quinta-feira, 25 de janeiro de 2024

Paul Sweezy, un gran pensador económico del siglo XX


John E. King
Socialismo y Democracia

El economista marxista Paul Sweezy dedicó su vida a entender cómo funciona el capitalismo y cómo ha cambiado desde la época de Karl Marx. Los temas que abordó siguen siendo fundamentales para los socialistas de hoy.

Paul Sweezy fue uno de los economistas marxianos más distinguidos y controvertidos del siglo XX. Sweezy se ocupó de algunas de las cuestiones más vitales a las que se enfrentaban quienes querían comprender el capitalismo para superarlo. Aunque desempeñó un papel importante en la popularización de las ideas de Karl Marx, no se contentó con quedarse ahí y desarrolló su propio marco conceptual para explicar la forma en que evolucionaban las economías capitalistas durante las décadas de posguerra.

Sus dos libros más importantes, La teoría del desarrollo capitalista (1942) y El capital monopolista (1966), este último en coautoría con Paul Baran, provocaron una enorme literatura crítica y fueron traducidos a muchos idiomas. Los problemas a los que se enfrentó Sweezy para dar sentido al capitalismo de los últimos tiempos siguen siendo los mismos que la izquierda necesita resolver hoy en día, y su influencia sigue dejándose sentir en el mundo intelectual de la economía política radical.

El camino de Sweezy hacia el marxismo

Paul Marlor Sweezy nació en Nueva York el 10 de abril de 1910, hijo de un banquero de Wall Street. Se educó en la Phillips Exeter Academy y en la Universidad de Harvard, donde se graduó en 1931, sin haber recibido absolutamente ninguna enseñanza sobre Marx. En 1932-33, fue estudiante de posgrado en la London School of Economics, donde estudió economía liberal con Friedrich von Hayek y Lionel Robbins, pero también aprendió ideas políticas socialistas de Harold Laski.

Cuando regresó a Estados Unidos en 1933, Sweezy se consideraba marxista, aunque, como veremos, esto no era en absoluto evidente en sus primeras publicaciones académicas. De vuelta a Harvard, Sweezy impartió un curso sobre socialismo con Edward S. Mason, y trabajó en su tesis doctoral bajo la supervisión de Joseph Schumpeter. Schumpeter sabía mucho de marxismo, aunque siempre fue profundamente crítico con él.

En 1938, Harvard University Press publicó la tesis doctoral de Sweezy sobre un antiguo cártel en la industria británica del carbón. Entre 1934 y 1942, Sweezy también trabajó para varias agencias del gobierno federal, ayudando a implantar el New Deal de Franklin Roosevelt, antes de incorporarse a la Oficina de Servicios Estratégicos (precursora de la CIA) para trabajar como investigador de oficina mientras duró la participación estadounidense en la Segunda Guerra Mundial.

Al final de la guerra, el péndulo político de Estados Unidos ya se inclinaba rápidamente hacia la derecha y Sweezy se dio cuenta de que no le concederían la titularidad si volvía a su puesto académico en Harvard. En este caso, su privilegiado entorno familiar le resultó útil y le permitió dimitir de Harvard, trasladarse a la granja familiar de New Hampshire y trabajar como académico y periodista radical independiente.

Junto con su amigo Leo Huberman, fundó la revista socialista independiente Monthly Review, que dirigió desde su primer número en mayo de 1949 hasta su jubilación efectiva en marzo de 1997. Sweezy nunca volvió a ocupar un puesto universitario a tiempo completo, aunque a menudo fue contratado como profesor invitado. Murió a la edad de noventa y tres años el 27 de febrero de 2004.

Primeras contribuciones

Las primeras publicaciones académicas de Sweezy tuvieron poco o nada que ver con el marxismo, pero en cambio hicieron importantes contribuciones intelectuales a la literatura sobre la economía dominante. Su primer artículo en una revista fue una extensa y muy crítica revisión de la Teoría del Desempleo de A. C. Pigou, que explicaba el desempleo en términos pre-keynesianos, como resultado de las excesivas demandas de salarios reales por parte de los trabajadores.

Sweezy no tardó en revelarse como un keynesiano entusiasta, abogando por un aumento del gasto público financiado mediante déficits presupuestarios en respuesta a la «segunda depresión» de 1937-38. También estableció un caso microeconómico para la teoría del desempleo de John Maynard Keynes en un breve pero original artículo de 1939 publicado en el Journal of Political Economy. Una empresa oligopolística, sostenía Sweezy, se enfrentaba generalmente a una curva de demanda curvada y, por tanto, también a una discontinuidad vertical en su curva de ingresos marginales. Lo mismo ocurriría con su curva de producto marginal (demanda de mano de obra).

Se trataba de una pieza impresionante de la teoría económica neoclásica original, basada en la idea de que las ventas del producto del oligopolista caerían mucho más rápido si el precio subiera de lo que aumentarían si el precio se redujera. Lo mismo ocurriría, sugería, con los niveles de empleo de la empresa si los salarios subían o bajaban. En estas condiciones, los recortes de los salarios reales no tendrían ningún efecto sobre el empleo. El aumento del empleo sólo se produciría si la curva de demanda de productos se desplazara hacia arriba, lo que a finales de los años treinta requería la aplicación de políticas macroeconómicas keynesianas.

La teoría del desarrollo capitalista

Las implicaciones del declive de la competencia en las economías capitalistas avanzadas ocupan un lugar destacado en La teoría del desarrollo capitalista, publicada en 1942. Se convirtió en una exposición enormemente influyente de la teoría económica marxiana. El libro consta de cuatro partes, las tres primeras dedicadas a la exposición de las ideas de Marx y la última al análisis del propio Sweezy de la fase monopolista del desarrollo capitalista.

En la Parte I, «Valor y plusvalía», Sweezy comienza exponiendo la metodología subyacente de Marx. A continuación, ofrece una explicación sutil y original de los problemas de valor «cualitativo» y «cuantitativo» que Marx distinguía, siendo el primero el de las relaciones entre productores y el segundo el de las relaciones entre sus productos. Las cuestiones del trabajo abstracto y del fetichismo de las mercancías se plantean en el primer caso, y la determinación de los valores de cambio relativos de las mercancías en el segundo.

La Parte II, «El proceso de acumulación», trata del análisis de Marx de la reproducción simple y ampliada, centrándose en la creación y constante reposición de un «ejército de reserva» de desempleados, la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la transformación de los valores del trabajo en precios de producción. Sweezy critica el tratamiento que da Marx tanto a la caída de la tasa de ganancia como al problema de la transformación. Aunque la cuestión cualitativa del valor sigue siendo fundamentalmente importante, sugiere, no puede decirse lo mismo de la cuestión cuantitativa: «El mundo real es un mundo de cálculos de precios; ¿por qué no tratar en términos de precios desde el principio?».

En la Parte III, «Crisis y depresiones», Sweezy comienza apoyando el rechazo de Marx a la Ley de Say, según la cual la oferta agregada crea su propia demanda agregada y, por tanto, una tendencia intrínseca al pleno empleo. Esto le lleva a enfatizar los problemas que tienen los capitalistas para «realizar» la plusvalía contenida en sus mercancías en forma de beneficios monetarios, debido a la deficiente demanda agregada efectiva.

Pone gran énfasis en el análisis de Marx de las crisis de subconsumo, que son causadas (como el propio Marx dijo), por «la pobreza y el consumo restringido de las masas». Sweezy hace un análisis detallado de los modelos de reproducción que Marx expuso en el volumen II de El Capital y adorna un modelo matemático formal del subconsumo tomado de la obra del teórico austriaco Otto Bauer.

Concluye, en la Parte IV, «El imperialismo», evaluando las perspectivas de prosperidad capitalista en la última etapa de su desarrollo. Según Sweezy, el capitalismo monopolista se caracteriza por la creciente concentración y centralización del capital, el surgimiento de corporaciones gigantescas y el crecimiento de cárteles, trusts y fusiones. La demanda efectiva se ve sometida a una gran presión, sostiene, ya que las nuevas inversiones se limitan a defender la tasa de beneficio y el crecimiento de los salarios reales disminuye, lo que refuerza la tendencia al subconsumo.

Sin embargo, también hay una fuerte tendencia al aumento de diversas formas de consumo improductivo, debido al enorme incremento de los costes de venta, y al aumento del gasto público. Aquí Sweezy se basa en la obra de Vladimir Lenin para explicar el auge del nacionalismo, el militarismo y el racismo en lo que el líder soviético consideraba la etapa final e imperialista del capitalismo.

Sweezy y Baran

Sweezy siguió reflexionando y publicando sobre estas cuestiones hasta el final de su vida. En el proceso, fue responsable de una importante aportación a la literatura en lengua inglesa sobre economía política marxiana. Se trata de su edición de 1949 de los textos clásicos sobre el problema de la transformación de Eugen von-Böhm-Bawerk, Rudolf Hilferding y Ladislaus von Bortkiewicz. La crítica de este último a los marxistas resultó ser extremadamente influyente.

Sweezy también publicó una cuidadosa y comprensiva descripción de los puntos de vista subconsumistas de Rosa Luxemburg. Mientras tanto, sus propias ideas seguían evolucionando, bajo la influencia de dos importantes keynesianos de izquierda, el polaco Michał Kalecki y el economista austriaco Josef Steindl. Tanto Kalecki como Steindl analizaron las conexiones entre el creciente poder de los monopolios y el aumento de la inestabilidad económica.

Sin embargo, la principal contribución del propio Sweezy se produjo casi un cuarto de siglo después de la aparición de La teoría del desarrollo capitalista, con la publicación de la que fue, con diferencia, su obra más vendida, El capital monopolista, en 1966. Su coautor fue un refugiado de la Rusia de Stalin, Paul Alexander Baran, que llegó a Harvard en 1939 con una carta de recomendación del economista polaco Oskar Lange.

En la URSS, Baran había estudiado en el Instituto Plejánov y, casi con toda seguridad, adquirió de su director, Yevgeny Preobrazhensky, su interés de toda la vida por la etapa monopolista del capitalismo. Además de las ideas de Preobrazhensky, Baran aportó algo propio al proyecto del Capital Monopolista. Lo más importante es que el concepto de excedente económico —«la diferencia entre lo que produce una sociedad y el coste de producirlo»— era suyo y no de Sweezy.

También lo era la distinción entre el excedente real y el potencial, que señalaba claramente la naturaleza despilfarradora del capitalismo avanzado a medida que el excedente realmente producido se quedaba cada vez más lejos del máximo posible. Este elemento crítico, que probablemente debía algo al tiempo que Baran pasó en Alemania estudiando en la Escuela de Frankfurt, le permitió hacer hincapié en las dimensiones culturales e ideológicas del capitalismo, que se analizan en las ochenta páginas finales de El capital monopolista.

El enfoque de Baran sobre la explotación del Tercer Mundo era también más agudo que el de Sweezy. Argumentaba que la extracción del excedente de las zonas atrasadas del mundo ayudaba tanto a explicar la pasividad de la clase obrera occidental, que había sido comprada con una pequeña parte de los beneficios, como a demostrar el potencial revolucionario del campesinado en los territorios coloniales y excoloniales.

El capital monopolista

Sweezy publicó El capital monopolista dos años después de la muerte de Baran. Como su título indica, se basó en gran medida en la literatura sobre la corporación gigante contemporánea, capaz de eliminar la competencia de precios y ampliar los márgenes de beneficio. La consecuencia fue una fuerte tendencia al aumento del excedente como proporción de la producción total, intensificando el problema del subconsumo en el que Sweezy se había centrado desde 1942.

En el libro sigue un extenso debate sobre las formas en que podría absorberse el aumento del excedente, que incluyen el aumento del consumo y del gasto en inversión por parte de los capitalistas, el aumento del gasto militar, el crecimiento del gasto civil por parte del Estado y una mayor actividad militar e imperialista en general. El modelo macroeconómico implícito en El Capital Monopolista es esencialmente keynesiano y se basa en gran medida en el papel económico de lo que llegó a conocerse como «keynesianismo militar».

Para Sweezy y Baran, las consecuencias políticas de este análisis eran tajantes: cualquier esperanza para el mundo, concluían, dependía en gran medida de los «pueblos revolucionarios» de países como Vietnam, China, Cuba y Argelia, es decir, de las perspectivas de revolución fuera de las naciones capitalistas avanzadas. Las opiniones de Sweezy sobre el socialismo habían cambiado significativamente desde 1942, cuando todavía era un decidido partidario del comunismo soviético y esperaba que se estableciera algo muy similar en Estados Unidos, aunque nunca se afilió al Partido Comunista de Estados Unidos, que consideraba excesivamente dogmático en su postura ideológica.

Las simpatías de Sweezy estaban ahora más con la China maoísta que con la URSS, ya que creía que Mao había conservado el fervor revolucionario que habían abandonado Nikita Jruschov y sus socios soviéticos. Sin embargo, con la muerte de Mao y la victoria de los «capitalistas de la carretera», primero en China y luego de forma más generalizada tras la desintegración de la Unión Soviética a principios de la década de 1980, renunció a su oposición casi de por vida al reformismo y terminó su vida como la había empezado, como socialdemócrata de izquierdas.

Durante las tres décadas posteriores a la publicación de El capital monopolista, Sweezy se dio cuenta de que su tratamiento del sector financiero había sido inadecuado. Mientras que él y Baran habían asumido que la gestión empresarial era en gran medida inmune a las presiones del mercado financiero, el sistema capitalista se había movido desde entonces en una dirección muy diferente, con adquisiciones y la amenaza de adquisiciones ejerciendo una profunda influencia en el pensamiento y el comportamiento empresarial.

En sus últimos escritos, Sweezy admitió que su anterior análisis de la acumulación de capital había sido unilateral e incompleto, prestando muy poca atención a la interacción de sus aspectos reales y financieros. Pero no se comprometió con otras corrientes de la teoría macroeconómica —por ejemplo, con la «hipótesis de la inestabilidad financiera» postkeynesiana expuesta por Hyman Minsky— ni consideró seriamente la posibilidad de que en la década de 1970 hubiera comenzado una nueva etapa competitiva y neoliberal del desarrollo capitalista, que socavó el poder monopolista y puso en duda la ley del excedente creciente.

Una evaluación comprensiva de la notable carrera intelectual de Sweezy, que se extendió a lo largo de más de seis décadas, tendría que concluir, por tanto, que puso de relieve muchos de los dilemas a los que se enfrentaron los economistas políticos marxianos del siglo XX. En un ensayo de 2004 del que fui coautor con Mike Howard, terminamos nuestra valoración de la obra de Sweezy enumerando cinco de ellos:

¿Cuál era la causa principal de las crisis económicas: la producción de plusvalía o su realización? ¿El sistema capitalista se enfrentaba a un crecimiento cíclico vigoroso pero inestable o a un estancamiento? ¿Debía analizarse en términos de valores laborales o de precios de mercado? ¿Podría la planificación central sustituir por completo al mercado en el socialismo? ¿Era el Estado capitalista un adversario de clase o un agente potencial de reforma social?

Estas exigentes preguntas siguen acechando a la izquierda hoy en día, y el fracaso de Paul Sweezy a la hora de dar respuestas convincentes a algunas de ellas no es de extrañar. Sin embargo, ello no debería desacreditar la obra de un pensador socialista verdaderamente notable.

domingo, 14 de janeiro de 2024

Jean-Luc Mélenchon: "Todos deberíamos darle las gracias a Sudáfrica"

Jean-Luc Mélenchon
Socialismo y Democracia

Mientras los abogados de Sudáfrica presentaban este jueves 11 de enero sus argumentos contra el genocidio israelí, sólo un puñado de personas fueron admitidas en la tribuna del público de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), entre ellas el tres veces candidato a la presidencia de Francia, Jean-Luc Mélenchon.

Mélenchon, crítico de izquierdas con el apoyo de París a Israel, promueve lo que denomina una política exterior «no alineada», basada en la defensa del derecho internacional. Tras hacer cola desde primera hora de la mañana para presenciar los procedimientos, Mélenchon compartió su opinión sobre lo que presenció en la sala.

Acabamos de terminar la primera sesión del recurso ante la Corte Internacional de Justicia. Hoy era el día en que los demandantes, por así decirlo, presentaban su caso ante el tribunal. Sudáfrica es el actor del momento, antes de que el gobierno de Benjamin Netanyahu tenga que responder al caso mañana.

Esto por sí solo es un gran momento. ¿Por qué? Porque estamos tan inmersos en la espantosa y vergonzosa situación que todos conocemos ya. Digo que es vergonzosa porque el grupo de grandes países que sermonea al mundo entero en cada oportunidad, pidiendo sanciones contra tal o cual Estado, ahora se ha callado y está permitiendo lo que es, como mínimo, un número creciente de crímenes de guerra.

Lo que Sudáfrica está diciendo es que, más que una serie de crímenes de guerra, estamos ante algo cualitativamente diferente. Como firmante de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, está diciendo que se trata de genocidio. Dejaré de lado por el momento las consideraciones puramente jurídicas y me ceñiré a eso. Entonces, ¿por qué es un gran momento? Porque es el retorno de la humanidad. Sólo vemos a este pueblo humano a través del derecho internacional, a través de la acción colectiva.

El derecho internacional puede ser imperfecto. Pero al menos existe y aquí estamos en un lugar para tener un argumento, un contraargumento y un juicio, que luego debe ser respetado. Todo el mundo sabe que si este tribunal concluye que, efectivamente, hay actos que presentan el riesgo de genocidio, entonces obviamente esto cambiaría completamente la situación política y legal para todos aquellos que de alguna manera están ayudando al gobierno de Israel en su operación militar en Gaza.

Hay un punto que hay que entender, de cuyas sutilezas no era consciente antes de llegar aquí. La pregunta esencial ante el tribunal es, básicamente, ¿se trata de un genocidio o no? Pero eso no es lo que el tribunal tiene que decidir ahora. Esa cuestión más amplia será juzgada por sus méritos, y llevará tiempo. Pero en este momento, el tribunal se está pronunciando sobre la solicitud de «medidas provisionales» [para prevenir el genocidio, lo que requeriría una acción inmediata, tal vez incluyendo un alto el fuego].

Por eso, en primer lugar, debemos dar un millón de gracias al gobierno sudafricano por tomar esta iniciativa. Como uno de los representantes de un país que no ha hecho esta petición, puedo asegurarles que no me siento muy orgulloso de ello en estos momentos. La convención sobre el genocidio también fue firmada por Francia: la forma en que funciona es que los firmantes pueden tomar medidas y pedir a otro firmante de la convención que rinda cuentas de sus actos.

Así pues, lo que el tribunal tiene que decidir es si toma las medidas provisionales solicitadas por Sudáfrica en beneficio de los palestinos y de la población de Gaza. Si hay factores que sugieren que esto va a acabar en genocidio, entonces el tribunal tiene competencia para decir «alto» y tomar una decisión. No sería la primera vez, y éste no es un caso especial. El tribunal ya se ha pronunciado sobre casos similares en los que existía la misma acusación de genocidio, por ejemplo contra los pueblos rohingya. En el magnífico caso que Sudáfrica ha presentado esta mañana se citaban varios antecedentes de este tipo. La decisión se tomará rápidamente, ya que se trata de medidas provisionales contra una masacre de consecuencias irreparables.

Se han añadido muchos documentos al expediente, y los expertos y activistas aquí presentes, son conscientes del número de muertos, de la implacabilidad del asalto israelí. Lo que me ha sorprendido especialmente es hasta qué punto las propias autoridades israelíes han utilizado el lenguaje del genocidio. Se puede ver la violencia de sus comentarios. Los hizo en particular Netanyahu, pero también su ministro de Justicia, su ministro de las Fuerzas Armadas y el jefe de las Fuerzas Armadas. No se trata sólo de que una persona, en un momento de emoción, hiciera comentarios de naturaleza genocida. Si yo fuera un hombre religioso, me escandalizaría oír a Netanyahu utilizar la Biblia para recomendar masacrar a todo el mundo.

Así que hubo muchas citas, muchos ejemplos que demostraban que, sobre la base de estas incitaciones en la cúpula del Estado, incluso entre las tropas, individualmente, la gente se sentía investida de una misión genocida, diciendo que debemos matarlos a todos, que no hay inocentes, incluidas las mujeres y los niños. Fue un momento muy fuerte.

Para mí, después de haber visto esta violencia desenfrenada durante tanto tiempo, cuando entras en un entorno legal es casi un momento de reconciliación con la humanidad. De repente, vuelves a tratar con un pueblo humano cuyos derechos están garantizados. Tal vez ese no vaya a ser el resultado inmediato, pero significa mucho. Y no tenemos otra opción. Si no queremos la ley del más fuerte, entonces necesitamos la ley internacional. Por eso se ha defendido tan brillantemente la causa palestina esta mañana, porque partimos de hechos probados y documentados. Después, el tribunal juzgará hasta qué punto están probados, pero eran hechos.

No se trataba de discursos ideológicos, aunque había un cierto compromiso por parte de Sudáfrica, que remontaba la historia de este momento no al 7 de octubre, sino al principio, al final de la Segunda Guerra Mundial. Aquí, en el tribunal, todo el mundo hablaba en los términos del derecho internacional, de las Naciones Unidas, de las posiciones adoptadas por el secretario General. En resumen, estábamos en un camino trillado. Creo que para nosotros es un verdadero punto fuerte en el que basarnos, porque nos permite establecer la coherencia de ciertos principios políticos. No es que un día seamos de tal o cual punto de vista y al día siguiente, ante una situación similar, nos neguemos a ver nada. Eso es el «campismo», la lógica según la cual, por estar alineado con tal o cual bando, simplemente te pones detrás del líder correspondiente.

Mi posición, y la de La France Insoumise, es la no alineación. Eso no significa replegarse en una cómoda posición de equidistancia o neutralidad. Se trata más bien de comprometerse con principios que siguen siendo coherentes, sean quienes sean los actores implicados. Así pues, todos los crímenes de guerra deben ser condenados. Como dijo muy rotundamente uno de los abogados: sea cual sea el motivo, sea cual sea la acusación del bando contrario, sea cual sea la situación, y estemos en paz o en guerra, nada justifica el genocidio. Nunca, bajo ninguna circunstancia.

El papel de un país civilizado, especialmente de uno que ha firmado convenciones, es respetar su propia palabra y los compromisos que ha contraído. Creo que lo que se está diciendo aquí, si se difunde ampliamente, animará a mucha gente a tomar partido. Porque uno de los argumentos más brillantes que oí en la sala fue el de unos médicos que, antes de abandonar un hospital, escribieron en una pizarra: «Hicimos lo que pudimos. Recuérdennos». Y el abogado dijo: «¿Quién va a poder mirarse al espejo mañana? Porque sean cuales sean los acontecimientos del día, los altibajos, todos sabemos a qué atenernos y sabemos que se trata de una masacre. No una masacre ‘desproporcionada’: esa palabra no encaja. Porque ninguna masacre es proporcionada, ningún genocidio es proporcionado».

Así pues, creo que la condena moral que encierra esta situación tiene verdadera fuerza. Pido a todos los que comparten mis convicciones, mi compromiso, que se impliquen. Participen en manifestaciones, firmen peticiones, sigan a los líderes históricos de este movimiento, entre los que no me encuentro. Hay gente como Salah Hamouri, como otros que siempre han militado en esta causa. Y escuchen. Todo lo que dicen es importante, porque os ayuda a formaros vuestras propias convicciones y a educaros. Nunca se educará lo suficiente sobre el derecho internacional y el respeto de la paz entre las naciones.

En este momento, sabemos que este juicio ya ha tenido un primer resultado, en las declaraciones de los portavoces israelíes y estadounidenses. Aunque no creamos en su sinceridad, se han visto obligados a dejar de decir las cosas que decían al principio de esta historia. Así que creo que ese ya es un primer resultado. Pero más allá de eso, esta vista judicial tuvo lugar. Eso en sí es una victoria de la humanidad, contra la ley del más fuerte.

sábado, 6 de janeiro de 2024

Horror absoluto: Guernica, el gueto de Varsovia y ahora Gaza

Melvin Goodman
CounterPunch

El bombardeo nazi de Guernica, ciudad vasca del norte de España, tuvo lugar en 1937, durante la Guerra Civil española. Los alemanes estaban probando su nueva fuerza aérea y sus bombas mataron o hirieron a un tercio de los 5.000 habitantes de aquella localidad. Pablo Picasso captó la agonía de Guernica en un cuadro que se considera la más emotiva y poderosa expresión antibelicista. El cuadro muestra el sufrimiento causado por la guerra moderna y trasmitió las atrocidades de la Guerra Civil española a un público internacional.

En el caso de Palestina, probablemente Picasso habría utilizado la destrucción de los hospitales de Gaza para representar el terror y el horror del uso de artillería pesada por parte de Israel. Al igual que el bombardeo nazi de Guernica tenía un objetivo perverso, el uso que Israel hace de su fuerza aérea es perverso en su destrucción de la infraestructura de Gaza, de hecho de la propia Gaza. El uso de bombas de media y una tonelada suministradas por Estados Unidos desmiente la afirmación de Israel de que el objetivo principal de la guerra es destruir a Hamás.

El objetivo principal de la guerra de Israel es destruir la propia Gaza; es el último paso de los constantes esfuerzos realizados por Israel durante 75 años para desplazar a los palestinos que habitan desde el río hasta el mar. El gabinete de guerra derechista y el ejército de Israel y no están apuntando a Cisjordania, donde el número de muertos va en aumento.

El gueto de Varsovia albergaba a 350.000 judíos que, como los habitantes de Gaza, sobrevivían al hambre y la enfermedad cuando los nazis iniciaron su campaña de liquidación. Tras concentrar allí a los judíos, los nazis desplegaron tanques y artillería pesada para destruir a los 50.000 supervivientes y arrasar todos los edificios, hasta que el gueto de Varsovia dejó de existir. La destrucción israelí de Gaza está diseñada para garantizar que los palestinos no tengan un lugar donde vivir.

El New York Times y el Washington Post han desmentido la afirmación de Israel de que el hospital al-Shifa de Gaza estaba directamente implicado en las actividades de Hamás y que los edificios del complejo al-Shifa estaban situados sobre túneles subterráneos que se utilizaban para dirigir ataques con cohetes y dirigir a los combatientes. El análisis del Post demostró que «las habitaciones conectadas a la red de túneles… no mostraban indicios inmediatos de uso militar por parte de Hamás»; «ninguno de los cinco hospitales parecía estar conectado a la red de túneles»; y que no había «ninguna prueba de que se pudiera acceder a los túneles desde el interior de las salas del hospital». Los israelíes mintieron y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) corroboró sus mentiras.

En general, los principales medios de comunicación siguen ayudando a los propagandistas israelíes a presentar sus argumentos a la audiencia internacional. Los medios estadounidenses se refieren constantemente al asesinato el mes pasado de tres rehenes israelíes por el ejército israelí como «accidental». No hubo nada «accidental» en su muerte; fue intencionada, ya que los rehenes iban sin camiseta, llevaban una bandera blanca, levantaban las manos, hablaban hebreo y colocaban avisos de SOS, además de garabatear «¡Socorro! 3 rehenes» en hebreo en las paredes cercanas. Puede que el tiroteo fuera «erróneo», pero no fue «accidental». Los soldados israelíes pretendían matar a los tres hombres; simplemente no sabían que eran israelíes. El padre de una de las víctimas preguntó conmovido por qué los soldados no se limitaron a dispara a su hijo en la pierna.

La matanza apunta a un incumplimiento ético de las tropas, según Ron Ben-Yishal, columnista jefe de seguridad nacional del periódico Yediot Ahronot, que ha informado sobre todas las guerras de Israel desde la Guerra de los Seis Días de 1967. Estos incumplimientos son previsibles a la vista del racismo israelí hacia los palestinos. La ex primera ministra Golda Meir los calificó de «cucarachas» antes de la guerra de octubre de 1973. El ministro de Defensa Yoav Gallant ha descrito a los palestinos como «animales humanos» y ha dicho que «actuamos en consecuencia». De este modo, Gallant justifica el crimen de guerra israelí que supone cortar los alimentos y el agua a los residentes de Gaza.

Los medios de comunicación estadounidenses han apoyado la versión de Israel de que los disparos contra los rehenes se debieron al «miedo y la confusión» causados por la «guerra de trampas y engaños» de Hamás, lo que hizo que las «tropas israelíes se asustaran y no se lo pensaran a la hora de disparar» (The Washington Post, 24 de diciembre de 2023). Al menos, los israelíes están investigando la matanza y contarán con la ayuda de un perro de combate con una cámara GoPro que grabó las voces de las tres víctimas. Por supuesto, si estas hubieran sido palestinas no habría habido publicidad, y mucho menos una investigación. Nunca sabremos cuántos palestinos inocentes han sido asesinados de forma similar.

El propio Estados Unidos apoya a Israel vetando o absteniéndose en todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que critican a Israel. Desde la Guerra de Octubre de 1973, Estados Unidos ha vetado más de 50 medidas. Cuando el Gobierno de Obama se abstuvo [sin oponerse] de una resolución de 2017 que declaraba ilegales los asentamientos israelíes en Cisjordania, hubo considerables críticas en el Congreso. El mes pasado Estados Unidos incluso se abstuvo en una resolución de la ONU que simplemente apoyaba ayuda humanitaria adicional para Gaza.

Mientras tanto, Estados Unidos no ha criticado el asesinato por parte de Israel de más de 70 periodistas y trabajadores de los medios de comunicación, en su mayoría palestinos, lo que supone el conflicto más letal para los periodistas jamás registrado por el Comité para la Protección de los Periodistas. Los israelíes también han matado a más de una docena de escritores y poetas palestinos, así como a más de cien cooperantes internacionales, algunos de ellos junto a sus familiares.

El Secretario de Estado Antony Blinken, uno de los principales apologistas de Israel, se ha limitado a afirmar que «queremos asegurarnos de que se investiga, de que entendemos lo que ha ocurrido y hay rendición de cuentas». El asesinato de periodistas es un intento israelí de asegurarse de que el resultado de la guerra de Israel no se registra con exactitud. Incluso el Post se refirió a las declaraciones de Blinken como «una respuesta nada honesta».

El legado de Netanyahu está asegurado. Cuando en el futuro se hable y analice Guernica, el gueto de Varsovia y Gaza, los nazis y Benjamin Netanyahu serán condenados de modo similar. Mientras tanto, todos los estadounidenses tienen mucho que aprender. El presidente Biden debería pensar en la derrota del vicepresidente Hubert Humphrey ante Richard Nixon en las elecciones presidenciales de 1968 por su tardía oposición a la guerra de Vietnam. Y para comprender mejor el apartheid israelí y la miserable vida de los palestinos en Cisjordania, lea «Un día en la vida de Abed Salama: Autonomía de una tragedia de Jerusalén», de Nathan Thrall.

sábado, 30 de dezembro de 2023

Feliz año 2024 !!

 

A pesar de los nubarrones que amenazan en el horizonte de nuestra región y del planeta, con el nuevo año siempre renovamos la esperanza en mejores días, con mucha salud, paz, amor y felicidad.  Les deseo a todas mis amigas y amigos lectores un 2024 lleno de alegrías, triunfos y realizaciones !! 

terça-feira, 26 de dezembro de 2023

El gobierno de Lula navega sobre aguas turbulentas


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Tentei te entender. Você não soube explicar
Fiz questão de ir lá ver. Não consegui enxergar
Desempregado, despejado, sem ter onde cair morto
Endividado sem ter mais com que pagar
Nesse país, nesse país, nesse país
Que alguém te disse que era nosso...

Perplexo, Os Paralamas do Sucesso

Un año sin mucho para celebrar

El próximo 1 de enero se cumple el primer año desde que asumió el presidente Lula da Silva. En este periodo el gobernante brasileño pudo cumplir con algunas de sus propuestas de campaña, pero para ello ha tenido que renunciar a la construcción de un gobierno efectivamente progresista en el ámbito económico, político, social, cultural y ambiental.

El llamado “presidencialismo de coalición” le ha implicado a Lula sufrir algunas derrotas que resultan de la cada vez más amplia plataforma de apoyo entre los partidos que componen su actual administración. Con el objetivo de asegurar la estabilidad institucional y la sacrosanta gobernabilidad, el mandatario fue incorporando hasta a los más tradicionales partidos de la derecha brasileña, como Unión Brasil, Partido Social Democrático (PSD), Partido Progresista (PP), Republicanos o Partido Laborista Brasileño (PTB).

Inconsistente con el electorado y la base social que le dio sustento en octubre de 2022, el gobierno tuvo que renunciar a las expectativas que existían en torno a su programa original para iniciar -desde antes de asumir su mandato- una rueda interminable de negociaciones con los sectores de derecha que amenazan permanentemente con boicotear su gestión de no obtener los beneficios que creen “merecer” por parte del Ejecutivo. (Los principales escollos del gobierno Lula).

Electo a partir de la construcción de una concertación con partidos de izquierda y centro izquierda, los correligionarios del presidente representan solamente a un cuarto de los asientos en el Congreso, es decir, el gobierno posee una correlación de fuerzas bastante desfavorable para impulsar su agenda programática en el campo político.

Solo para ayudar a la memoria, es bueno recordar que, en el segundo turno de las elecciones del 30 de octubre de 2022, el candidato Lula da Silva triunfó solamente con el 50.9 por ciento de los votos válidos que representaron poco más de 60 millones de sufragios, ganando por una margen muy estrecha con relación a su contendor de la extrema derecha.

No deja de ser intrigante saber que 58 millones de brasileños votaron por Jair Bolsonaro, que ha sido el presidente con peor desempeño desde la redemocratización en 1985. No solo su administración dejó un legado de casi 700 mil muertes a causa de la pésima gestión de la pandemia del Covid19, como también su mandato será reconocido en la historia brasileña como aquel que provocó la mayor destrucción de los sistemas de protección social, el exterminio de los pueblos originarios, la devastación ambiental, el apoyo incondicional a las milicias o el ataque violento a las minorías y la diversidad sexual.

A pesar de su triunfo – con un desempeño que frustró las expectativas en torno a su candidatura- las alianzas que consiguió construir el pacto democrático no han sido suficientes para proporcionarle a Lula las articulaciones necesarias para implementar su programa con tranquilidad y fluidez. Eso se debe en gran medida al hecho de que, en las elecciones de gobernadores, senadores y diputados, la derecha y la extrema derecha obtuvieron una significativa representación a lo largo y ancho del país.

Varios ministros de Bolsonaro consiguieron escaños en la Cámara y el Senado y los cuatro estados más importantes de la República (Sao Paulo, Rio de Janeiro, Minas Gerais y Rio Grande do Sul) poseen gobernadores cercanos o militantes de la extrema derecha. Eso sin contar con las presiones que sufre constantemente de parte de unas Fuerzas Armadas con vocación golpista, de los empresarios retrógrados, de los sectores del agronegocio, de los conglomerados extractivistas, de los especuladores financieros, de las iglesias pentecostales o de las milicias que controlan parte del territorio de las grandes capitales.

En este escenario de presiones y chantajes, el Parlamento acaba de aprobar el presupuesto del próximo año el que incluye la escandalosa cifra de 53 mil millones de reales (algo así como 11 mil millones de dólares) para obras propuestas y elegidas por sus diputados y senadores. Esta descomunal cifra de enmiendas parlamentarias es similar a aquella que el gobierno debería invertir en todos los proyectos diseñados para el próximo año.

Dichos recursos son la moneda de cambio que poseen los congresistas para reproducirse en sus reductos electorales, ignorando casi siempre las prioridades del gobierno. Este último desdoblamiento sobre la pérdida de control con respecto a la planificación presupuestaria se inscribe en aquello que puede ser considerada como una nueva modalidad de “parlamentarismo disfrazado”, la cual le resta aún más capacidad decisoria al ejecutivo, restricciones que ya se presentan en el marco del presidencialismo de coalición al que aludimos anteriormente.


Las tareas pendientes de un gobierno acorralado

Resumiendo, desde que fue ungido como primer mandatario, Lula ha debido gobernar en un tipo de régimen hibrido o transformista que se mueve entre un tipo de presidencialismo incompleto y un parlamentarismo enmascarado, siempre amenazado por el Presidente de la Cámara, Arthur Lira, que exige mayores poderes a cambio del apoyo de los partidos del Centrao, operando casi como un primer ministro que administra las tareas de un Estado que no tiene nada de republicano. Lira es una figura que se encuentra más interesada en fortalecer los privilegios personales y de sus seguidores, valiéndose para ello del usufructo del tesoro público y en contra de cualquier iniciativa que ayude a superar los problemas que enfrentan los brasileños.

Entonces, desde la conformación de su gabinete, Lula ha tenido que ir cediendo a los intereses de los partidos que fueron incorporándose a la base del gobierno, descartando a ministros –y especialmente ministras- que eran de su confianza. El caso más emblemático fue la salida de la Ministra del Deporte, Ana Moser, una destacada deportista que era de plena confianza para el mandatario. Ella que tuvo que dejar el cargo para entregárselo a un cuestionado André Fufuca, miembro del Partido Progresista, un conglomerado de derecha que ni siquiera apoya al gobierno en las votaciones más relevantes y en que la mayoría de sus integrantes siguen fuertemente ligados a las huestes bolsonaristas.

Este partido, junto con Republicanos y Unión Brasil van negociando ministerios con el gobierno Lula, mientras siguen manteniendo puentes con el bolsonarismo. La estrategia consiste en dejar las puertas abiertas con ambos campos políticos para evaluar con cuál de ellos vincularse, según las configuraciones que se presentan en el Congreso y de acuerdo con el termómetro electoral.

O sea, dado el conjunto de limitaciones políticas y económicas que le ha ido imponiendo un Congreso fisiologista, corrupto y oportunista, el presidente Lula se encuentra prácticamente incapacitado incluso para realizar un gobierno reformista con un perfil moderado de transformaciones, como lo fueron sus dos administraciones anteriores entre 2003 y 2010. Aun siendo parte de un ciclo socialdemócrata imperfecto, estos gobiernos por lo menos consiguieron – a través del asistencialismo y de transferencias directas del Estado a los grupos más carentes- sacar a miles de familias del mapa de la pobreza. En estos momentos, el hambre de millones de brasileños heredada de la gestión de Bolsonaro, persiste todavía como un monumental e ineludible desafío a ser superado.

La permanencia de una ideología ultra conservadora y de la extrema derecha política no se discute como dato de realidad, ella posee basamentos firmes en la propia historia brasileña, con su herencia esclavista, racista y clasista, sus raíces religiosas atávicas, su cultura country y su elite colonizada. Dicha impronta reaccionaria se apoya durante siglos –con escasas excepciones- en una fuerza militar que siempre está amenazando los avances democráticos de la sociedad, con un empresariado atrasado que vela solamente por sus intereses y subordinado a las directrices de las corporaciones transnacionales.

En ese contexto, el gobierno Lula no ha conseguido ni siquiera mejorar el Programa Bolsa Familia ni aumentar el salario mínimo a niveles que permitan recuperar la capacidad de compra perdida por las familias brasileñas durante la administración de Bolsonaro. Otros programas emblemáticos de las anteriores administraciones del Partido de los Trabajadores (Programa de Aceleración del Crecimiento, Sistema Único de Salud, Minha Casa-Minha Vida, Farmacia Popular), se arrastran lánguidamente y sobreviven gracias al esfuerzo de los profesionales comprometidos con la mejoría de vida de la población más vulnerable.

En el ámbito de la participación popular, la tarea se encuentra aún pendiente y no existe una política efectiva de formación política para los ciudadanos. Por su parte, las organizaciones y movimientos sociales se han restado a la realización de manifestaciones durante el presente año bajo el argumento de que es necesario apoyar incondicionalmente al gobierno que debe maniobrar entre adversarios declarados y agresivos. Parece que existe una abdicación absoluta sobre la necesidad de complementar las políticas públicas con la participación popular, precisamente desde un gobierno que dice promover la inclusión social con los procesos pedagógicos que aseguren la organización y movilización de la población en torno a sus derechos postergados.

En síntesis, nos encontramos ante un gobierno de manos atadas que es amenazado y extorsionado por un Legislativo y por diversas fuerzas retrógradas que se han dedicado a desmontar la carta de navegación progresista que se presentaba en la campaña electoral. Sin convocar el apoyo de los sindicatos, las organizaciones sociales y de la ciudadanía en general, será muy difícil para el actual gobierno alterar la actual correlación de fuerzas desfavorable y salir de las trampas que le tienden cotidianamente sus enemigos. En esa gran encrucijada se encuentra el actual mandatario y su proyecto de reformas, si pretende mejorar positivamente la vida de los habitantes de un país que no debería renunciar a la esperanza.

sexta-feira, 22 de dezembro de 2023

Cuando civilización es barbarie


Rosa Miriam Elizalde
La Jornada

Un sistema de inteligencia artificial (IA) desarrollado por Israel le permite localizar y aniquilar 100 objetivos por día en Gaza, pero 2023 quedará en la historia como el año en que aproximadamente 180 millones de terrícolas se comunicaron, crearon e hicieron trampas con robots.

En apenas 12 meses, OpenAI se ha convertido en la empresa de inteligencia artificial más popular del mundo, al diseñar una aplicación (ChatGPT) capaz de mantener un diálogo razonablemente coherente con cualquier usuario en Internet. Con esta tecnología, Los Beatles estrenaron su última canción y Kuwait News presentó a Fedha, la futura conductora de su principal canal de noticias. Nvidia, que se ha posicionado como proveedor del hardware requerido para la inteligencia artificial, subió su valor en la bolsa 190 por ciento. Tesla sigue liderando el mercado de la conducción autónoma. Apple ha destinado millones para mejorar sus asistentes virtuales y Microsoft se alzó como el principal inversor de ChatGPT (para luego absorber a la mayor parte de su plantilla y su CEO Sam Altman).

Sin mencionar a Israel, los expertos nos abruman con tremendismos como 2023 será recordado como el año en que se produjo la mayor disrupción tecnológica desde la creación del buscador de Google. Otros, siguiendo una suerte de escatología apocalíptica, creen que marcará el inicio de la rebelión de las máquinas y de los intentos de regularlas a tiempo. Y todos ellos buscan implantarnos la idea de una nueva hipermodernidad que acabará con el mundo tal como lo conocemos.

La realidad es bastante más simple. No son las máquinas las que adquieren inteligencia y valores humanos; son las élites tecnológicas las que reproducen la lógica de las máquinas. El dilema sobre ChatGPT –o cualquier otra tecnología basada en sistemas de redes neuronales– lo hemos visto ya muchas veces desde la generalización del uso y acceso a Internet, con plataformas que aparecen abiertas, gratis y disruptivas, pero que en realidad vienen acopladas a la idea de que siempre hay una solución tecnológica o de mercado para los grandes problemas sociales y ­medioambientales.

En La supervivencia de los más ricos, Douglas Rushkoff estudia la forma de pensar y actuar de la superélite tecnológica y llega a la conclusión de que ésta lleva las riendas de la revolución digital desde una visión de la tecnología despojada de cualquier tipo de reflexión o contenido humanista: se centra en forzar los límites y escapar.

Los que controlan la industria tecnológica, volcada ahora hacia la inteligencia artificial, no sólo son inmensamente ricos: saben que lo que han construido puede destruir al mundo y tienen un plan B para salvar el pellejo. Jeff Bezos (Amazon) viajará al espacio; Elon Musk (X, Tesla), colonizará a Marte. Peter Thiel (Palantir) está empeñado en revertir el proceso del envejecimiento. Sam Altman (OpenAI) y Ray Kurzweil (Google) viven convencidos de que llegará el día en que podrán hacer una copia de seguridad de sus cerebros y subirla a la nube. El búnker de Mark Zuckerberg es el metaverso. Todos se han inventado una forma de alejarse de los problemas que con entusiasmo y alevosía han contribuido a crear.

“Para ellos –dice Rushkoff– sus algoritmos, sus inteligencias artificiales, los robots o los humanos aumentados que un día colonizarán los cielos son más importantes que la gente. Creen que la experiencia de trillones de inteligencias artificiales esparcidas por la galaxia dentro de mil años importa más que la de estos 8 mil millones de pequeños gusanos de carne que se arrastran ahora por el planeta. Y estos señores son lo suficientemente inteligentes y lúcidos para verlo. No están atrapados en la emocionalidad humana; no son capaces de retroceder y ver la ecuación desde un lugar mucho más racional.”

Mientras corremos el riesgo de un estallido atómico y en Gaza muere un niño asesinado cada diez minutos, el marketing intenta convencernos de que 2023 es la puerta de entrada a una civilización en que los androides soñarán con ovejas eléctricas. Pero éste sólo ha sido un año más del siglo XXI y de la era de las cavernas. Todo al mismo tiempo.

sexta-feira, 15 de dezembro de 2023

De la Cumbre del Clima y del tiempo perdido

Alberto Garzón
El Diario

No podemos permitirnos perder tanto tiempo al abordar todas las implicaciones, no sólo las climáticas, de habernos dotado de un sistema económico incompatible con la sostenibilidad del planeta

La última Cumbre del Clima (COP28) acaba de finalizar con otro acuerdo celebrado entre aplausos y abrazos. Las expectativas previas no eran buenas, pues la cumbre ha tenido lugar en Emiratos Árabes Unidos, un Estado que es el séptimo productor mundial de petróleo. No obstante, por primera vez en casi treinta años una cumbre del clima ha terminado con una declaración que insta a reducir gradualmente los combustibles fósiles. En todas las ocasiones anteriores, veintisiete para ser exactos, los intentos de introducir una referencia tan directa habían fracasado.

Hay quien define este acuerdo como histórico. Sin duda, la novedad es sustantiva. Los combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural) son la principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera y, por ello, son también los principales causantes del cambio climático. Igualmente son importantes los compromisos alcanzados para triplicar la capacidad de producción de energías renovables, la mejora sustancial de la eficiencia energética y la supresión de subvenciones a las energías contaminantes. Todos estos avances, aunque aún en la esfera declarativa y probablemente sin que sean suficientes para no rebasar los 1,5º C respecto a la era preindustrial, son positivos y necesarios.

La cuestión es que, si lo ponemos en perspectiva, el panorama es más lúgubre. La concentración de moléculas de dióxido de carbono en el aire fue medida por primera vez en 1958 por Charles Keeling. Unos años más tarde quedó claro que se estaba dando un crecimiento continuado de dicho gas en la atmósfera, y el propio Keeling sospechaba que la causa era la quema de combustibles fósiles. No obstante, las primeras alarmas en el foro público llegaron a finales de los ochenta, cuando el científico James Hansen informó al Congreso de los Estados Unidos acerca de las consecuencias que estas emisiones tenían sobre el clima.

Con todo, la primera cumbre del clima tuvo lugar en 1995, el protocolo de Kioto en 1997 y los Acuerdos de París en 2015. Y ahora, gracias a este último acuerdo, la primera mención a reducir los combustibles fósiles ha tenido lugar en 2023. A todas luces hemos perdido un tiempo precioso. ¿Por qué? Me parece que el retraso hay que explicarlo partiendo de dos elementos interrelacionados pero distintos: la lucha económica que tiene lugar en el tablero de la geopolítica internacional y la estructura cultural propia de un mundo constituido sobre el capital fósil.

En primer lugar, los principales países productores de petróleo, organizados actualmente en la OPEP, han acumulado grandes cuotas de poder e influencia desde hace más de un siglo. Alrededor del capital fósil se han tejido negocios sumamente lucrativos, especialmente en momentos de crisis internacional como la sucedida en los años setenta. Y aunque se sabe desde hace mucho tiempo que la escasez de combustibles fósiles aboca al sector a una inevitable desaparición, son muchos y muy poderosos los actores que se resisten a acelerar ese final. De hecho, el bloque de la OPEP, encabezado por Arabia Saudí, ha sido el más reacio a los compromisos más ambiciosos también en esta cumbre.

La Unión Europea, presidida justo ahora por España, y sumamente dependiente de la importación de combustibles fósiles, se ha situado en una posición antagónica a la de la OPEP. Por otro lado, el papel de Estados Unidos, desde hace unos años también un gigante exportador de gas natural, ha sido mucho más ambiguo. La oferta, esto es, el negocio económico vinculado a la extracción, distribución, comercialización y venta de combustibles fósiles nos da un mapa muy útil para entender cuáles son los frenos que existen a la aceptación total de las recomendaciones científicas.

Ahora bien, si el asunto fuera simplemente sustituir las fuentes de energía procedentes de combustibles fósiles por fuentes de energía renovables o limpias, la cuestión adquiriría una dimensión básicamente técnica. En el proceso habría dificultades, como las comentadas respecto a los poderosos intereses que atraviesan la geopolítica, la falta de financiación o en algunos casos incluso la disponibilidad de tecnología adecuada, pero el problema tendría una solución sencilla: una de esas soluciones que pueden alcanzarse sobre el papel. Sin embargo, me temo que si ampliamos el foco encontramos algo más que convierte al problema en algo bastante más complejo.


Ese algo más tiene que ver con el hecho de que poner en tela de juicio los combustibles fósiles es también poner en tela de juicio las sociedades que hemos construido durante los últimos doscientos años. Al fin y al cabo, vivimos en un sistema económico caracterizado no sólo por la propiedad privada de los medios de producción sino también, y muy especialmente, por fundarse sobre una legión invisible de esclavos energéticos. Todo lo que hemos levantado a nuestro alrededor en los dos últimos siglos, desde las redes de transportes y comunicaciones hasta los edificios y otras infraestructuras físicas, se ha conseguido utilizando las reservas de energías acumuladas en el subsuelo durante millones de años.

La inmensa mayoría de los bienes y servicios que hemos naturalizado, como que calentemos nuestro hogar o que tengamos electricidad en casa, dependen todavía hoy de manera abrumadora de esa energía para nosotros invisible. El espectacular incremento de la productividad económica durante los últimos dos siglos no es sólo debido a la conflictiva contribución del capital y el trabajo, sino también a esta dotación brutal de energía extraída esencialmente de los combustibles fósiles. Somos una civilización construida, física y culturalmente, sobre energía fosilizada por las fuerzas geológicas. De ahí que imaginar y construir una sociedad avanzada de alto consumo de energía –y sostenible al mismo tiempo– sea un ejercicio tan inmenso. Sobre todo, si el tiempo corre en nuestra contra.

Pero es que tal sistema económico no sólo produce impactos sobre el clima sino sobre el conjunto del Sistema-Tierra, lo cual afecta de manera mucho más compleja a los delicados equilibrios que hacen la vida posible. Y esto nos lleva a un terreno distinto del de la simple transición energética. Hasta donde sabemos, la Tierra es el único planeta que puede albergar la vida, y desestabilizar esos equilibrios es una muy mala idea. Sin embargo, esa es precisamente una de las descripciones posibles del Antropoceno: la del desequilibrio de las condiciones climáticas que hicieron del Holoceno una etapa fértil para el desarrollo de la civilización.

La emergencia de la ciencia del Sistema Tierra –una herramienta transdisciplinar para las enseñanzas de la química, la biología, la física, la geología y tantas otras ciencias consideradas naturales– ha sido fundamental para comprender cómo funciona realmente nuestro mundo, lo que nos ha permitido conocer mejor también sus vulnerabilidades. Ello ha dado lugar a un marco conceptual como el de los límites planetarios, que ha identificado una serie de límites biofísicos que en caso de traspasarse ponen en peligro las condiciones para la vida en el planeta. La mala noticia es que muchos de esos límites se han traspasado ampliamente. La buena noticia es que se trata de trayectorias que pueden ser corregidas.

El problema es que la política y la ciencia económica son la mayor parte del tiempo totalmente ajenas a este avance científico. La ciencia económica es el principal sostén ideológico de las sociedades de mercado, pero al constituirse antes incluso de que tuvieran lugar los descubrimientos científicos centrales de la física y la química, como las leyes de la termodinámica, nació desconectada de las leyes naturales. De acuerdo con el esquema economicista básico, el bienestar humano depende de la producción, y la producción depende de los factores capital y trabajo. Toda nuestra sociedad –y toda nuestra política– se ha inspirado en este sistema de ideas que descarta cualquier papel para la energía y los recursos naturales. Como consecuencia, la cultura constituida en nuestras sociedades de mercado –nuestra forma de ver el mundo– es generalmente ciega ante los impactos ecológicos y los desequilibrios generados en el Sistema Tierra. Eso es lo que cada uno de nosotros hemos interiorizado durante siglos.

Tenemos mucho camino aún que recorrer para que nuestras sociedades asuman realmente la verdadera transición pendiente. No se trata sólo de una sustitución energética que cambie los combustibles fósiles por energías limpias. Esto es una parte necesaria de un conjunto mucho más amplio de tareas. Se trata, más en general, de acometer una transición ecológica que además de reducir también muchos otros impactos ecológicos –como la pérdida de biodiversidad, la acidificación de los océanos o la contaminación del aire, entre otros–, asuma para nuestras sociedades el único rol que es viable en el medio y largo plazo. Durante siglos el pensamiento occidental ha asumido la idea de que la naturaleza es el objeto, a controlar y explotar, y la sociedad humana el sujeto.

Hoy sabemos que la única trayectoria posible es aquella que culmina con una sociedad humana plenamente integrada dentro de los límites del planeta. Y si bien las cumbres del clima han necesitado casi treinta años para señalar al principal vector del cambio climático, no podemos permitirnos perder tanto tiempo al abordar todas las implicaciones, no sólo las climáticas, de habernos dotado de un sistema económico incompatible con la sostenibilidad del planeta. Por eso es hora de cumplir los acuerdos alcanzados y de ser, al mismo tiempo, más ambiciosos en las tareas pendientes. El tiempo corre.

sexta-feira, 8 de dezembro de 2023

Napoleón: Una película mediocre al servicio de la política centrista

Luke Savage
Jacobin América Latina

Napoleón, de Ridley Scott, toma una de las épocas más interesantes y complejas de la historia moderna —la Revolución Francesa y sus prolongadas secuelas— y la convierte en una moralina conservadora sobre los peligros de la turba. Y lo que es peor, ni siquiera es convincente.

Desde sus primeros fotogramas, la nueva epopeya del director Ridley Scott, Napoleón, deja claro tanto su subtexto político como su actitud hacia la historia. «1789, Revolución en Francia», anuncian los títulos iniciales. «Los franceses se han desilusionado por la escasez de alimentos y la depresión económica generalizada. Los antirrealistas no tardarán en acabar violentamente con el rey Luis XVI y 11.000 de sus partidarios, y luego pondrán sus miras en la última reina de Francia, María Antonieta. Mientras tanto, un ambicioso oficial de artillería corso llamado Napoleón Bonaparte busca un ascenso…».

Una aterrorizada María Antonieta es conducida a su destino en la guillotina ante la mirada de una turba parisina que la increpa lanzándole insultos y verduras podridas. Mientras el verdugo alza su cabeza cortada ante los vítores de la multitud, el Napoleón Bonaparte de Joaquin Phoenix observa la escena con una expresión de enigmática ambivalencia.

Las superproducciones de gran presupuesto, especialmente las dedicadas a personajes y acontecimientos históricos muy conocidos, a menudo apuestan por la generalidad. Pero, desde el principio, Napoleón exhibe con orgullo su conservadurismo. Su Revolución Francesa no es ni una posibilidad radical en medio de la efervescencia intelectual ni una ruptura histórica moralmente compleja en la que las quiebras económicas e institucionales del Ancien Régime —por no mencionar la implacable invasión de las monarquías de la vieja Europa— dieron lugar a un violento conflicto civil. En su lugar, operando dentro de una tradición que se remonta a intelectuales como Thomas Carlyle y Edmund Burke, y más recientemente al historiador centrista François Furet, Scott nos muestra una revolución cuyo idealismo igualitario solo puede conducir a la oscuridad, el despotismo y la violencia.

En cuanto a la exactitud histórica, cualquiera que conozca mínimamente este periodo encontrará chocante la rapidez de la secuencia inicial de Scott. La ejecución de Antonieta tuvo lugar en 1793, pero Napoleón pasa del periodo de monarquía constitucional de 1789-1792 al republicanismo de la fase radical de la revolución sin perder un segundo, poniendo en marcha un ritmo absolutamente vertiginoso que nos lleva desde estos comienzos hasta el exilio final de Napoleón Bonaparte en Santa Helena en menos de tres horas.

En todo momento, Scott parece tan profundamente desinteresado por los detalles de la historia napoleónica como movido por un impulso ligeramente obsesivo de estructurar su película en torno a varios incidentes bien conocidos, aunque no sirvan a un propósito narrativo superior. Tras la ejecución de María Antonieta, Paul Barras (Tahar Rahim) pide a Bonaparte que dirija el asalto francés al bastión realista de Tolón. Gracias a su astucia estratégica, la acción tiene éxito y el joven capitán Bonaparte —veinticuatro años en la época real, pero interpretado por Phoenix, de cuarenta y nueve— es ascendido a general de brigada.

En los aproximadamente 120 minutos que siguen se nos ofrece un popurrí de episodios de la vida y la carrera de Bonaparte: su noviazgo y matrimonio con Joséphine de Beauharnais (Vanessa Kirby); su expedición a Egipto (1798); el derrocamiento del Directorio el 18 de Brumario y su ascenso a primer cónsul —y más tarde emperador— de Francia; las batallas de Austerlitz (1805), Borodino (1812) y Waterloo (1815).

No sería razonable esperar que una película como la de Scott transmitiera la historia con estricta precisión, y probablemente era inevitable tomarse ciertas libertades con los hechos establecidos. Kirby y Phoenix, por ejemplo, son actores de talento, y no tiene sentido quejarse de que su diferencia de edad sea tan grande (Kirby tiene treinta y cinco años, y Beauharnais era, en realidad, seis años mayor que Bonaparte). Del mismo modo, sería pedante criticar demasiado a Scott por omitir ciertos acontecimientos, aunque algunas de esas omisiones —como la campaña en Italia que ayudó a establecer la reputación de Napoleón como genio militar— son realmente desconcertantes. Las secuencias de batalla de la película también son espectáculos grandiosos y entretenidos, incluso cuando lo que se muestra se parece poco a la realidad.

Sin embargo, es más que extraño hacer una película sobre uno de los periodos más estudiados de la historia de la humanidad y estar tan poco interesado en lo que realmente ocurrió. Scott ha dicho abiertamente que «no necesitaba historiadores» y ha sido tan descarado sobre su desprecio por todo este campo que su descaro resulta casi admirable: «Cuando tengo problemas con los historiadores, les pregunto: “Perdona, colega, ¿estuviste allí? ¿No? Pues cállate la boca”». Las réplicas a esto son obvias, pero el verdadero problema con la actitud del director es que, en última instancia, convierte una de las épocas más interesantes y complejas de la historia moderna en una anodina moralina conservadora (y decididamente británica) con una vaga tesis sobre el exceso revolucionario y los peligros de la turba.

Una de las mejores ilustraciones de ello es la forma en que Scott elige retratar el levantamiento realista del 5 de octubre de 1795, más conocido por su fecha en el calendario revolucionario francés, 13 Vendémiaire. En la película vemos a un joven Bonaparte disparar su cañón contra una multitud de indefensos civiles, que son rápidamente mutilados por la salva. Cuando, en realidad, la Guardia Nacional francesa repelía lo que era un violento asalto por parte de una fuerza mucho mayor de monárquicos armados, cuyo único objetivo era reinstaurar la monarquía.

Esta secuencia es una unión de mala historia con mala política, pero también es un ejemplo de lo poco que le interesa a la película desarrollar a su personaje principal. Podría decirse que Joaquin Phoenix es uno de los actores más dinámicos en actividad, pero, de principio a fin, la idea que Scott tiene de Bonaparte rara vez se aleja del mismo monolito estático de fría brutalidad y estoica resolución. Básicamente, el Napoleón de Scott es un hombre sin personalidad, sin ni siquiera carisma: ni un antiguo revolucionario envenenado gradualmente por el cinismo, ni un idealista de antaño cuya ambición sin límites le inspira finalmente a enterrar el republicanismo e intentar ungirse dictador de Europa.

Desde la ejecución de María Antonieta, pasando por numerosos episodios que tienen el mismo tenor que la escena del 13 Vendémiaire, hasta su muerte en la remota isla de Santa Elena, el personaje central de Napoleón prácticamente no tiene arco narrativo. La relación de Bonaparte con Josefina es en muchos sentidos el núcleo emocional y argumental de la película, pero resulta un tanto desagradable gracias a una serie de escenas de sexo extrañas y a veces desgarradoras que sugieren poca ternura o afecto y se ven socavadas —como la mayor parte de lo que las rodea— por un ritmo frenéticamente entrecortado.

En última instancia, el mayor defecto de la película no es tanto su inexactitud histórica o su insípida política centrista como su incapacidad para ofrecer un drama épico convincente. El matiz y la complejidad son parte integrante de la historia, pero también mejoran y hacen más entretenida la narración. Una película con la misma concepción reaccionaria de la Revolución Francesa, la misma actitud displicente hacia el pasado e incluso la misma representación monocorde de Bonaparte podría haber sido mejor ejecutada. Pero, dado el calibre esencialmente mediocre de Napoleón como drama o entretenimiento (a pesar de los hermosos trajes y algunas secuencias de batalla realmente entretenidas), su columna vertebral es en última instancia política.

En Napoleón nos encontramos con una historia familiar sobre cómo la política de masas y el idealismo democrático conducen inexorablemente a la tiranía, una historia que exuda no solo la influencia ambiental de Burke, Carlyle y el liberalismo estéril de la Guerra Fría, sino también la de varios desvaríos posteriores a 2016 que en los Estados Unidos y buena parte del mundo han intentado culpar a la democracia de la continua disfunción de nuestro propio Ancien Régime en ruinas.

¿Qué decir? Con un poco de suerte, la inminente adaptación de la abortada epopeya sobre Napoleón de Stanley Kubrick dejará el intento de Scott en el olvido.

domingo, 22 de outubro de 2023

Oriente Medio: otra guerra imposible de ganar

Enrique Gomáriz Moraga
Latinoamérica 21

Toda guerra es una derrota humana, significa que los seres humanos no han logrado encontrar una vía pacífica para resolver sus diferencias. Pero hay un tipo de guerra que lleva esta derrota moral al paroxismo. Se trata de las unwinnable wars, es decir, las guerras imposibles de ganar. A menos, claro está, que se logre la liquidación física total del antagonista.

Este tipo de guerras tienden a enquistarse y quedar listas para una nueva explosión de destrucción y muerte. Y si no encuentran alguna salida estable del conflicto, la idea de que será posible encontrar una solución definitiva en el campo de batalla no es otra cosa que un espejismo. Algunos conflictos armados lograron encontrar esa vía de solución, después de muchas muertes y sufrimiento, como fue el caso de la guerra de Irlanda. Pero otros, incluso los más actuales, como el de Ucrania, son del tipo unwinnable war. Algo que se asocia bien con su vocación de durabilidad.

El conflicto armado entre palestinos e israelíes constituye el paradigma de este tipo de guerras. Una vez establecidas las bases constitutivas del enfrentamiento, solo existen dos opciones prácticas: la destrucción completa de una de las partes contendientes o bien un acuerdo negociado, aunque no resulte completamente satisfactorio para nadie. En realidad, a esa primera opción se referían los judíos ortodoxos cuando pedían a Nethanyahu que “entrara en Gaza para resolver de una vez por todas el problema”. No se puede pretender que sea posible distinguir a los militantes de Hamás de la población palestina que vive en Gaza.

La única forma de evitar que el niño de ocho años que vive en ese territorio ocupado sea mañana un militante de Hamás es borrándolo del mapa. Esta narrativa radical es la que conduce a golpear tan fuerte a la población palestina para que nunca olvide el costo de una agresión a Israel. En este contexto, la completa destrucción de un hospital, colmado de enfermos y heridos, encaja bien en esa lógica implacable.

Pero, desde el lado opuesto, hacer que tu vida solo tenga sentido si la dedicas a la destrucción de Israel también forma parte de la misma lógica, dentro de la cual cabe perfectamente el uso de armas de última generación, especialmente los drones, para provocar la elevación del enfrentamiento histórico. La destrucción de Israel es tan ilusoria como la negación de aceptar el establecimiento de un Estado palestino.

Como participante de una misión mediadora en los años ochenta, tuve la oportunidad de escuchar a Yasir Arafat contarnos dónde estaba su casa en Belén, antes de que fuera requisada por colonos israelíes. Y pude comprobar que el intercambio de ideas con las generaciones de judíos que habían vivido los campos de concentración se hacía eterno, hasta que el interlocutor acudía a su ultimo argumento, recogiéndose la manga de la camisa para mostrarme el número grabado en su antebrazo.

La solución al conflicto ya ha sido establecida por la comunidad internacional, mediante la resolución de Naciones Unidas que plantea el establecimiento de dos estados. Pero ninguna de las partes está dispuesta a aceptarla por entero. Israel aduce que con ello empeoraría su seguridad, algo que Estados Unidos apoya por razones geopolíticas y también domésticas. Y la parte palestina se mantiene completamente dividida al respecto. Hamás nunca superará la vieja demanda del regreso a la situación antes de la creación del Estado de Israel.

Hace tiempo que mi conclusión sobre este conflicto es que el hecho de haber sufrido una terrible persecución o discriminación no otorga a nadie una carta blanca moral para relacionarse con el mundo. No hay justificación ética para utilizar el terror como instrumento político o usar contra otros la espantosa experiencia adquirida en los campos de concentración. Los aterrorizados pueden convertirse en maestros del terror y los perseguidos pueden ser los perseguidores más atroces.

La comunidad internacional debe ayudar a los contendientes a encontrar una vía de negociación, comenzando por romper con la retórica victimista de ambos. Tomar distancia de esa retórica facilita la libertad de condenar cualquier acción condenable de cualquiera de las dos partes. Hoy, cuando Brasil preside por este mes el Consejo de Seguridad de la ONU, parece oportuno que impulse acciones de carácter humanitario y que se apeguen a los acuerdos y resoluciones ya establecidos entre las partes. Incluso si Estados Unidos ejerce su veto en el Consejo, colocando la defensa de Israel por encima de cualquier otro criterio.

sexta-feira, 13 de outubro de 2023

¿Cómo actuar moralmente ante el cambio climático?

Chuck Collins
Jacobin América Latina

A medida que el cambio climático produzca más miseria y los capitalistas que defienden los combustibles fósiles se nieguen a reducir las emisiones de carbono, nos enfrentaremos cada vez más claramente a la pregunta planteada por Chuck Collins en su nueva novela: ¿Cómo actuar moralmente contra un statu quo tan inmoral?

Chuck Collins, autor de numerosos libros, entre ellos Los acumuladores de riqueza: Cómo los multimillonarios pagan millones para ocultar billones (2022), es conocido desde hace tiempo por sus estudios detallados y basados en hechos sobre la desigualdad económica. Pero el último trabajo de Collins es una obra de ficción. Altar to an Erupting Sun nos plantea la cuestión de qué estaría moralmente justificado ante el desastre ecológico que se avecina.

En las primeras páginas, la protagonista Rae Kelliher, una activista moribunda en las últimas semanas de su vida, decide violar su antiguo compromiso con la no violencia para matar a un director general de una empresa de combustibles fósiles, ante la desaprobación de quienes la rodean. El resto del libro de Collins consiste en un recorrido por la vida de Rae, explorando su formación como activista, sus relaciones e influencias, y las raíces de su polémico acto final.

Luke Savage, de Jacobin, se sentó con Collins para hablar de Altar to an Erupting Sun, las provocaciones que ofrece su protagonista y la decisión que tomó a los veintiún años de regalar su propia y cuantiosa herencia.

Por hablar un poco de sus antecedentes, usted es bisnieto de Oscar Mayer y cuando era adolescente recibió una cuantiosa herencia, pero la regaló a los veinte años. ¿Puede hablarnos de ello?

Todo es verdad. Oscar Mayer era una persona real y era mi bisabuelo. El negocio familiar estaba en Madison, donde yo nací. Cuando yo nací, mi padre estaba trabajando en el taller y pensó que yo tenía que ir a la escuela de negocios y ponerme las pilas. Era una empresa familiar fundada en la década de 1880, pero fue comprada por el gigante corporativo General Foods, luego por Kraft y Philip Morris, y ahora de nuevo por Kraft. Cuando cumplí veintiún años, la empresa se vendió y las acciones quedaron en manos de los miembros de la familia, así que básicamente a todos nos tocó la lotería.

Yo ya tenía la sensación de que los grandes extremos de riqueza concentrada no eran algo bueno. Realmente no quería beneficiarme de ese sistema e intenté no ser desagradecido con mis padres, que intentaron darme una educación universitaria sin deudas, algo que todo el mundo debería tener. Pero doné el dinero a un montón de fundaciones para el cambio social y no me arrepiento de nada. Entre otras cosas, la experiencia me ayudó a darme cuenta de cuántas otras ventajas multigeneracionales fluyen aparte de la riqueza y el dinero en efectivo. Hay todo tipo de beneficios. Eso ha influido mucho en quién soy y en mi forma de pensar sobre la desigualdad.

Se le conoce sobre todo por su trabajo sobre la desigualdad. Esta es su primera novela. ¿Por qué una ficción? ¿Qué lo llevó a la historia de su protagonista, Rae Kelliher?

Personalmente, he aprendido mucho de la ficción histórica. Puede ser una puerta de entrada a la historia o a una región o cultura en particular. En este caso, tengo varios objetivos. Pero uno de ellos era sacar a relucir la historia de los movimientos sociales para hablar de la formación política.

Hay muchas novelas de aprendizaje que se ocupan de las influencias sobre las personas, pero no veo que la formación de movimientos sociales se trate realmente como un género. Por eso quise contar una historia en la que estuvieran implicadas personas reales —Juanita Nelson, la que se opuso a los impuestos de guerra; Sam Lovejoy, el que se subió a una torre; o Brian Willson, veterano de Vietnam— y espero que cuando la gente lea esas historias quiera saber más sobre quién era alguien como Willson y por qué puso su cuerpo delante de un tren.

También intentaba hacer ficción futurista, pensar en los próximos siete o diez años. La ficción es una oportunidad para articular una visión que no sea sólo apocalíptica. El libro es un intento de mostrar cómo sería si una comunidad se uniera para prepararse para un futuro perturbado, sabiendo que hay sistemas más amplios a los que debemos hacer frente y, al mismo tiempo, encontrar la manera de cuidarnos unos a otros.

Vivo en una región [Nueva Inglaterra] donde hay todo tipo de innovaciones interesantes en torno a los sistemas alimentarios y la economía localizada, la ayuda mutua y una forma diferente de concebir la muerte y la agonía. ¿Qué pasaría si actuáramos de conjunto? Y eso se prestaba a la ficción.

Pasamos mucho tiempo con Rae, aunque también hay otros personajes importantes. Está Reggie, su compañera. Me gustó especialmente la descripción de su hermano Toby, que durante un tiempo se aleja y tiene el cerebro podrido por la radio. Pero Altar to an Erupting Sun gira en torno a una decisión que ella toma hacia el final de su vida, cuando padece una enfermedad terminal, de acabar con la vida de un director ejecutivo de una empresa de combustibles fósiles. Así comienza la novela, y la mayor parte de ella transcurre viajando en el tiempo con Rae a medida que alcanza la mayoría de edad y desarrolla su perspectiva del mundo.

Antes de hablar de la decisión que constituye el eje narrativo de su libro, quizá podamos hablar de Rae. Es una persona que no tiene tiempo para la universidad o la educación formal, sino que es en gran medida una autodidacta. Se sumerge en las cosas y vive la vida con una urgencia y un compromiso tremendos con la gente que la rodea y con todo lo que hace. ¿Cómo caracterizaría a Rae como persona? ¿De dónde viene exactamente?

Es el alma de la fiesta. Es la persona que se acuerda de tu cumpleaños. Es la que se viste con disfraces tontos. No fue a la universidad, pero es una gran intelectual. Piensa en ideas y en historia. Es curiosa. En cierto sentido, es una historia de formación. Su pensamiento está moldeado por el de algunos mayores y otras personas muy impregnados de la práctica no violenta y la acción directa. Eso es lo que la forma. Y parte de la tensión es, ¿por qué hace lo que hace?

He oído a mucha gente decir cosas parecidas a las que dice Rae: «Si me pongo enferma terminal, no me voy a ir sin hacer ruido». Ayer mismo estaba de excursión en el bosque con un grupo de primos: una docena de niños pequeños y dos mujeres mayores. Una de ellas me preguntó qué haríamos si nos encontráramos con un oso. Yo respondí que intentaríamos poner a salvo a los niños, pero la otra mujer dijo, sin pestañear, que ella iría directamente a por el oso.

Me conmovió oírla decir eso, porque tiene más de sesenta años y entiende que su trabajo es defender a la próxima generación. Existe un grupo, Third Act, creado por Bill McKibben, Akaya Windwood y otros muchos que creen que no deberíamos depender de los jóvenes para dar un paso adelante en la lucha contra el cambio climático y que nosotros, los mayores, que hemos estado quemando combustibles fósiles y beneficiándonos de una sociedad dependiente de los combustibles fósiles, tenemos que dar un paso adelante y asumir los riesgos.

Rae es así. Está en la etapa generativa de su vida. Y hay gente que se siente así: «Si me llaman para hacer esto, esto es lo que haré». Así que no era del todo descabellado imaginar que Rae llegaría a la misma conclusión. He oído a muchos expresar un sentimiento similar sobre la necesidad de una escalada de tácticas en este momento.


La decisión que finalmente toma Rae no sólo transgrede lo que por otra parte ha sido su compromiso de toda la vida con la no violencia, sino que también se ve fuertemente perturbada por la gente que la rodea, aunque nadie está muy seguro de lo que va a hacer exactamente. Hacia el final del libro, cuando los amigos y familiares de Rae se reúnen para celebrar su vida siete años después de su muerte, queda claro que siguen sin estar de acuerdo con lo que hizo. También tiene una serie de consecuencias imprevistas: mueren tres personas en total y un querido amigo suyo es utilizado como chivo expiatorio y pasa varios años en la cárcel.

Así pues, Altar to an Erupting Sun no tiene una relación sencilla con su personaje central ni con la forma en que decide poner fin a su vida. ¿Cómo situarías la decisión de Rae? ¿Qué significado piensas que tiene?

Puesto que he oído a gente decir este tipo de cosas, era interesante — de una manera ficticia— tratar de hilar fino sobre cuáles serían las implicaciones: un tremendo retroceso político, la criminalización de la disidencia, la represión de la protesta legítima, una aceleración de las cosas que ya estamos viendo como reacción a tácticas incluso ligeramente escaladas.

Mi opinión personal es que lo que Rae decide hacer es tanto táctica como moralmente erróneo y que tendría tremendas consecuencias negativas, tanto políticas como para la gente que la rodea. Sabemos que eso no es lo que alguien como Rae habría querido, a pesar de haber apuntado sobre la responsabilidad de la industria de los combustibles fósiles y de que en los años posteriores a su muerte también suceden algunas cosas menos negativas.

Si hay algo de lo que espero que la gente hable en relación con el libro, es de cómo es la acción audaz cuando tienes una industria canalla tan poderosa políticamente como la de los combustibles fósiles, que ha hecho tanto por generar sólo charlas banales sobre quién es el responsable. «¿No somos todos responsables del cambio climático, especialmente los que pertenecemos a la clase media acomodada?», «¡Caramba, debería haber comprado ese vehículo eléctrico!», o «Debería haber ido en bicicleta y andando en vez de en coche a la tienda». La industria de los combustibles fósiles está encantada de que todos nos sintamos responsables de este dilema.

Y al final, cuando se enfrenta a estas realidades, Rae llega a la conclusión muy personal, mientras agoniza, de que quiere dejar una huella al final de su vida. Para mí, su acto es una invitación a que todo el mundo se pregunte, independientemente de lo que piense sobre lo que hace Rae, cómo sería una respuesta valiente al cambio climático y cómo sería enfrentarse a la industria de los combustibles fósiles y al poder que han utilizado para negar el cambio climático y bloquear las alternativas.

El altar aparece mucho en este libro. ¿Qué significa el altar para usted? ¿Qué significa en el libro?

En cierto sentido, el libro es un altar. Es un altar en la tradición global de recordar y honrar a los antepasados. Es un altar a los movimientos sociales y a la gente que nos ha precedido como activistas de toda la vida. No se trata de personas que acudieron a una manifestación, sino de los que llevan toda la vida dedicados a la justicia económica y racial, a la lucha contra la desigualdad y a los problemas medioambientales.

También está el papel de los altares que Rae conoce: Brian Willson entra en una cabaña en Vietnam y encuentra a Norman, un cuáquero estadounidense, en un altar. O Norman Morrison, que se autoinmoló. Hay una parte espiritual de Rae que está interesada en honrar y sacar fuerzas de los antepasados. A través de sus experiencias también llega a la conclusión de que debemos replantearnos nuestra actitud ante la muerte, la agonía y lo que queremos decir con nuestras vidas.