sábado, 17 de agosto de 2019

O Brasil rumo ao ostracismo

José Eduardo Agualusa
O Globo

O país corre o risco sério de se transformar num pária, como a África do Sul nos tempos do Apartheid

Na passada terça-feira, manifestantes do grupo Extinction Rebellion lançaram tinta vermelha sobre as paredes da embaixada brasileira em Londres, protestando contra a destruição da floresta amazônica e a perseguição aos povos indígenas. Dias antes, o governo alemão anunciara o cancelamento de fundos para a proteção da Amazônia, no valor de R$ 155 milhões. Jair Bolsonaro reagiu dizendo que o Brasil não precisa de dinheiro estrangeiro para proteger a floresta.

Há trinta anos a destruição das grandes florestas tropicais de chuva não era um tema que ocupasse as primeiras páginas dos jornais europeus ou americanos. Cientistas e ambientalistas tinham alguma dificuldade em denunciar o que estava acontecendo. Isso mudou. Se antes a Amazônia era apenas uma mancha verde nos planisférios, um território inconcreto, mais do domínio da mitologia do que da realidade, tornou-se algo muito próximo. A maioria dos europeus sabe que a destruição das grandes florestas afeta o seu quotidiano. O aquecimento global instalou-se nos quintais das nossas casas.

O Brasil de Bolsonaro corre o risco sério de se transformar, a muito curto prazo, num país pária, ostracizado e desprezado pela comunidade internacional, à semelhança da África do Sul nos tempos do sistema de segregação do Apartheid. Turistas brasileiros em viagem pela Europa já estão sendo questionados — e cobrados — pelas bizarras atitudes, comentários e decisões do presidente Jair Bolsonaro. Daqui a pouco estarão sendo abertamente hostilizados, pagando os justos pelos pecadores.

Ao mesmo tempo, muitos europeus desistem de viajar para o Brasil, em férias. Escolher o Brasil como destino turístico tende a ser visto como uma atitude política, de apoio a um governo que persegue as vozes críticas, hostiliza os movimentos feministas e os homossexuais, e, sobretudo, parece empenhado em destruir todo o seu rico patrimônio ambiental.

Jair Bolsonaro e os seus apoiantes apostam no fortalecimento da extrema-direita no ocidente. Não creio que seja uma boa aposta. A extrema direita vem crescendo na Europa devido à irritação de uma classe média empobrecida, que vota nesses movimentos para castigar os políticos tradicionais. Não se trata de um voto por convicção ideológica. Os partidos e movimentos ecológicos e ambientalistas, pelo contrário, veem crescendo de forma sustentada, graças ao apoio de uma juventude cada vez mais consciente e reivindicativa. A médio prazo a Europa será verde.

Contudo, não será preciso esperar muito mais tempo para que o Brasil seja responsabilizado. Questões como a preservação das florestas tropicais colhem simpatia quase geral. Graças sobretudo à sua política de destruição da Amazônia, Jair Bolsonaro está em vias de se transformar num vilão global.

Já se escutam vozes apelando ao boicote de produtos brasileiros. Por este andar, o Brasil terminará completamente isolado. Acham que estou exagerando? Podem até subestimar o meu pessimismo. Convém, porém, não subestimar Jair Bolsonaro e o seu tenebroso talento para o desastre.

sexta-feira, 16 de agosto de 2019

Bolsonaro y la irrupción del fascismo escatológico

Fernando de la Cuadra
ALAI

Solo me cabe certificarlo, Brasil es gobernado por un individuo ignorante y vulgar. Nada de la complejidad de la vida y de las problemáticas que enfrenta el mundo y su patria es del interés del actual presidente del país. Cada vez queda más claro que Bolsonaro todavía no supera su etapa anal, pues son ya varios los episodios en que utiliza recursos escatológicos para referirse a los problemas de la nación. Hace una semana, cuando fue indagado sobre la posible relación contradictoria entre crecimiento y medioambiente, el gobernante no encontró nada mejor que decir que para cuidar del medioambiente “hay que hacer caca un día sí y otro día no” (sic). Días después señaló que la “caca petrificada de indígena consigue parar el licenciamiento de obras”. En su última manifestación en Piauí inaugurando una escuela insistió en su escatología “Vamos a acabar con la caca en Brasil”, refiriéndose a los comunistas.

El psicoanalista y académico de la Universidad de Sao Paulo, Christian Dunker, entrega una explicación instigante para este fenómeno: “El discurso moral, cuando se exprime psicoanalíticamente, frecuentemente termina en la mierda, en la bosta, exactamente lo que el presidente está practicando”.

Si Bolsonaro solo se dedicara a proferir sus necedades y abrir su cloaca verbal hasta podría ser un personaje inconveniente e irrelevante. El problema es que su gobierno se encuentra desmontando todas las políticas públicas que aseguraban un nivel mínimo de convivencia y aspiraciones de desarrollo entre la población. Y en todos los ámbitos.

Solo por mencionar el impacto de sus políticas sobre la acelerada desforestación del territorio amazónico, los datos recopilados en este primer semestre por organismos especializados como el Instituto de Pesquisa Espaciales (INPE) han demostrado que dicho proceso ha aumentado casi en un 90% en el presente año. Además de desconocer los datos entregados por el INPE, el ejecutivo no encontró nada mejor para impugnar las conclusiones de esta institución que remover a su director.

La postura radical de Bolsonaro contra los temas medioambientales lo ubica como un líder de la ultraderecha en esta cuestión, desconociendo tratados internacionales y provocando el corte de financiamiento en proyectos para esa región de países como Alemania o Noruega, que hasta ahora apoyaban el Fondo Amazonia. Su desafecto con los países europeos que dejaron de apoyar este Fondo, también se ha extendido hacia Alberto Fernández y Cristina Kirchner, que se perfilan como favoritos para ganar las próximas elecciones en Argentina, diciendo que “Bandidos de izquierda empezaron a volver al poder”.

A pesar de que se han escrito millares de páginas sobre este tema, no deja de resonar la pregunta sobre las razones que llevaron al electorado brasileño a elegir un candidato tan escaso de cualidades para ejercer un cargo de esa magnitud. Como entregar los destinos de la nación a un personaje tan nefasto y perverso. Puede ser el malestar acumulado contra los gobiernos del PT, la corrupción desatada en la última década, la creciente criminalidad y la inseguridad cotidiana, la manipulación efectuada en las redes sociales, la expectativa de cambios fuera de la estructura política tradicional, el hartazgo generalizado, la apatía republicana y un largo etcétera.

¿Y qué pasó con la valorización de la democracia, conquistada con tanto esfuerzo después de 21 años de dictadura?, ¿Cómo la ciudadanía le dio carta blanca a este grupo de apologistas de la tortura y el asesinato, reaccionarios delirantes, económicamente ultraliberales y fundamentalistas religiosos? ¿Cómo se puede soportar el retroceso cultural y social que quiere imponer ese grupo de descalificados, paranoicos y terraplanistas que niegan el cambio climático y la globalización?

Hace un par de años Yascha Mounk y Roberto Foa pusieron las alarmas sobre lo que denominaron como el proceso de “desconsolidación” democrática que comenzaba a campear por el mundo. Este desapego o desinterés por las formas de regímenes democráticos se puede atribuir al hecho de que las personas han aumentado sus expectativas sobre este sistema de gobierno, expectativas que no se cumplirían actualmente. En efecto, lo que la democracia proporcionaría en términos de estabilidad, inclusión, mejoras en la calidad de vida de las personas ya no se está consumando. En función de ello, los ciudadanos han ido perdiendo su aprecio y apoyo por la democracia. Para estos autores, los gobiernos de baja calidad colocan en riesgo la democracia y van minando su legitimidad. Especialmente propicios para la inclinación hacia gobiernos autoritarios son aquellos escenarios en los que está ausente un sistema de seguridad pública y la falta de confianza en que las formas democráticas puedan resolver los problemas de inseguridad y acceso a los servicios básicos de las personas.

Parece que Brasil todavía no ha tomado plena conciencia sobre los riesgos que representa la inauguración de este ciclo perverso en que la ultraderecha de la mano de las fuerzas armadas ha ido asumiendo el control sobre la nación. Ello sin duda plantea un peligroso precedente para que otras derechas en otros países aspiren a contar con el concurso de los militares para imponer una dictadura definitiva e irreversible.

Hasta ahora las democracias de la región han mantenido una relación ambigua con el autoritarismo y su versión fascista, aunque si el autoritarismo sigue tomando la iniciativa en plantearse como alternativa frente al malestar y la inseguridad que experimentan los ciudadanos, no pasará mucho tiempo para que fantasma del fascismo se apodere de nuestros países y nos lleve de regreso a un periodo de tinieblas.

En otro artículo señalábamos que para Umberto Eco siempre existirá la amenaza de restauración de un ur-fascismo o fascismo eterno. El ur-fascismo crece y busca el consenso explotando y exacerbando el miedo a la diferencia, a los otros. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El ur-fascismo es, pues, racista por definición. Pero él también se nutre del culto a la tradición y el rechazo a lo moderno, en la misoginia y la homofobia, en el odio a los extranjeros, en el desprecio a los pobres. Por eso, el fascismo escatológico de Bolsonaro no se distingue fundamentalmente de estas claves apuntadas por Eco. Al contrario, este tipo de fascismo libera la excrecencia que llevamos dentro, se nutre de los despojos corporales, se complace en exponer los residuos del espíritu humano, los códigos nauseabundos de nuestras vísceras y nuestros prejuicios. El fascismo es escatológico por antonomasia y quizás si la gran apuesta de futuro consiste en desterrarlo definitivamente de la convivencia humana a través del simple ejercicio de la democracia, la tolerancia y la fraternidad.

segunda-feira, 5 de agosto de 2019

Negacionismo climático y los escenarios del desastre

Adolfo Estrella
Diario La Quinta


Los negacionistas pueden ser divididos en ingenuos, ignorantes, estúpidos y malvados. Algunos presentan todos estos atributos a la vez. Y negacionistas los hay y los ha habido siempre, y de toda ralea. Han negado y niegan, por ejemplo, el holocausto judío, la limpieza étnica en Palestina, los crímenes de Stalin, la llegada de los estadounidenses a la luna, la teoría de la evolución, la existencia del VIH Sida, los crímenes de Pinochet, etc.

El negacionismo no debe ser confundido con posiciones críticas frente a determinados consensos o hegemonías. El negacionismo no es una refutación racional y dialogante de aseveraciones científicas. Es un rechazo sistemático, generalmente doctrinario, burdo y obtuso, que pretende, desde una posición falsamente crítica, cuestionar los acuerdos básicos que han posibilitado la existencia de la cultura humana.

Los negacionistas, como los fascismos y ciertos populismos, son desestabilizadores y reaccionarios frente a los saberes comunes que las sociedades han ido construyendo laboriosamente a lo largo de los siglos. Como estos últimos, sus líneas argumentales son débiles en contenidos, pero abundantes en falacias lógicas que no respetan el principio de no contradicción. El negacionismo, en sus exponentes extremos, es una ideología de encubrimiento de propósitos ocultos y perversos, de dominio y privilegios. Es una estrategia retórica de poder más que una defensa de realidades alternativas y legítimas.

En tanto negación de los datos empíricos que sostienen determinados hechos, tiende a ser un comportamiento reaccionario. Pero no siempre es así: el negacionismo frente al actual desastre climático, por ejemplo y a sus consecuencias civilizatorias tiene también sus adherentes en el “campo progresista”, seducidos todavía por las posibilidades de un “capitalismo verde”; es decir, de un “capitalismo bueno”, ecológicamente consciente y responsable. Por otra parte, frente al negacionismo dogmático, ideológico y ruidoso, existe un negacionismo psicológico, íntimo, del “ciudadano normal”, silencioso, que no quiere sacar las consecuencias de las imágenes de playas llenas de plástico, de sequías cada vez más frecuentes, de la contaminación de sus ciudades, de la desaparición de especies entre otras escenas que se ven abundantemente en las pantallas mediáticas.

Ya hemos sido advertidos

Durante años los informes científicos vienen advirtiendo de las consecuencias negativas del funcionamiento del industrialismo en lo que respecta a la biosfera. Todos han señalado que se han traspasado límites que no deberían haberse traspasado y que las posibilidades de supervivencia de la civilización humana y de la vida sobre el planeta están muy reducidas. Contaminación, agotamiento de recursos y cambio climático han sido señalados como sus signos más evidentes. Las ciencias y los movimientos ecologistas durante décadas han advertido lo que ahora es una evidencia visible. Pero el mundo ha seguido creciendo al abrigo de la energía aparentemente inagotable que proporcionaba el petróleo barato, no queriendo enfrentarse a la paradoja de que el petróleo barato es, a la vez, la causa del crecimiento ilimitado del industrialismo y causa de su colapso. Y que la quema de combustibles fósiles ha producido una emisión insostenible de dióxido de carbono con sus consecuencias directas sobre el aumento del efecto invernadero.

Ahora nos encontramos con evidencias, irrefutables científicamente, aunque posibles de negar dogmáticamente, de un desastre inminente. La humanidad está consumiendo una cantidad de recursos naturales equivalente a 1,6 Planetas. De seguir, se necesitarían 2,5 Planetas en 2050. Europa ha vivido estos días las mayores temperaturas registradas nunca, simbolizadas por esos cuarenta y dos grados en París. “Seguir con la dinámica de crecimiento actual nos enfrenta a la perspectiva de desaparición de la civilización tal como la conocemos, no en millones de años ni tan sólo en milenios, sino desde ahora hasta el fin de este siglo: cuando nuestros hijos tengan sesenta años, si todavía existe, el mundo será muy diferente”, afirmaba hace un tiempo, Peter Branett del Centro de Investigación para la Antártica.

La ONU, entidad alejada de cualquier posición extremista, a través de la representante especial del Secretario General para la Reducción del Riesgo de Desastres, Mami Mizoturi, señala que los desastres climáticos están ocurriendo en la actualidad al ritmo de uno a la semana, aunque no tengan atención mediática. Se trata de “eventos de, relativo, bajo impacto que están causando muerte, desplazamientos de población y sufrimientos, y que están sucediendo con mucha mayor frecuencia de la prevista”. Y asegura que esto “no es un tema del futuro, sino del presente”. Finalizaba Mizoturi diciendo que es necesario que “la gente debería conversar más acerca de adaptación y resiliencia”.

Con alta probabilidad el desorden climático ya está en marcha y las consecuencias sobre la vida en la tierra se han abierto a lo imprevisible. Lo que se avecina más que un cambio climático es un caos climático; es decir, una pérdida del equilibrio y de la “normalidad” atmosférica como consecuencia de un efecto invernadero intensificado. Esto significará un aumento de la temperatura media de la tierra con sus consecuencias sobre la modificación de los ciclos vitales, re-aparición de enfermedades ya erradicadas, deshielos, inundaciones con sus consecuentes crisis alimentaria, desplazamientos poblacionales, entre otros muchos otros efectos catastróficos, que algunos denominan “colapso civilizatorio”.

Un colapso civilizatorio significa la reducción de la complejidad de una sociedad que modifica radicalmente su funcionamiento habitual en términos de flujos de energía, estructura social y posibilidades de mantenimiento de la vida colectiva. Es un proceso por etapas que no se desarrolla simultáneamente en todos los lugares, ni en todos los sectores sociales: algunos podrán enfrentarlo de mejor forma que otros. “Si la magnitud de la catástrofe será de alcance mundial -afirma Paolo Cacciari- “habrá sin duda algún privilegiado que se las arreglará para vivir más tiempo escondido en un bunker antiatómico o en una habitación anti motín o que se escapará de las inundaciones o del asalto de los desposeídos enfurecidos escondiéndose en sus mansiones de montaña”

Escenarios del desastre

Frente a este colapso biológico y civilizatorio es posible imaginar al menos cuatro escenarios posibles:

Escenario 1. Sostenibilidad: espera de un remedio mágico, confianza en la tecnología y en la capacidad del capitalismo de transformarse en un “capitalismo verde”, con producción “circular”, reciclaje generalizado, energía nuclear, captura y almacenamiento de dióxido de carbono y otras acciones paliativas. Este es el escenario con el que trabajan la mayoría de los gobiernos en el mundo y constituye para las poblaciones el escenario más tranquilizador y que exige menos compromiso individual y colectivo.

Escenario 2. Ecofascismo: crisis económicas, catástrofes ambientales encadenadas, competencia por recursos, guerras, supervivencia de los más fuertes. Resurgimiento de las doctrinas del “espacio vital” y todos aquellos comportamientos que defenderán los privilegios de algunas minorías fuertes frente a mayorías débiles.

Escenario 3. Comunitarismo/individualismo resiliente: construcción de “botes salvavidas” con momentos y espacios de solidaridad y preservación comunitarias que salvarían a la civilización en algunos lugares con suficiente, aunque limitada, provisión de agua y alimentos.

Escenario 4. Decrecimiento y transición: adaptación inmediata a un suministro energético declinante siguiendo una vía de cooperar, conservar y compartir hacia una sociedad más austera (decrecer, descentralizar, descomplejizar, reutilizar…)

Podemos elegir cualquiera de estos escenarios. También podemos pensar en que estos escenarios no son excluyentes y que las próximas generaciones humanas tendrán que convivir, de acuerdo a sus particulares circunstancias con combinaciones de estos cuatro. No obstante, existe evidencia razonable para pensar que el colapso no lo podremos evitar en la medida que no podremos compensar el descenso de energía disponible y los otros factores asociados a la civilización termo-industrial. Y con menos energía no se puede mantener la complejidad y las actuales exigencias de producción y consumo.

Se dice que un pesimista es un optimista informado. Nuestra información y nuestro pesimismo nos lleva a afirmar que el mundo que se avecina será un mundo muy diferente al actual y, con alta probabilidad, trágico. Los pesimistas y catastróficos pensamos que existen posibilidades de enmendar el rumbo modificando tanto el imaginario productivista como las formas sociales de organización del trabajo, distribución de la riqueza y relación con la naturaleza. Existen posibilidades culturales, tecnológicas y políticas, pero desgraciadamente, desconocemos sus probabilidades de éxito. A lo mejor los botones del fin ya han sido tocados.

quinta-feira, 1 de agosto de 2019

Bolsonaro muestra su índole cruel y vulgar

Fernando de la Cuadra
Socialismo & Democracia

Los apelativos que se utilizaban más frecuentemente para definir la índole de Bolsonaro como los de un ser ignorante, incapaz, vulgar, homofóbico, racista, autoritario o bruto, ya no permiten reflejar en toda su magnitud los rasgos de su personalidad siniestra y psicopática. Molesto por las actividades de la Orden de los Abogados de Brasil (OAB) respecto al proceso sobre el atentado que sufrió y que declaró inimputable a su autor por problemas de salud mental, el ex capitán dirigió su odio contra el actual presidente de la OAB, Felipe Santa Cruz, hijo de un militante de izquierda detenido y desaparecido de la dictadura en 1974, afirmando que: “Si el presidente de la OAB quiere saber cómo su padre desapareció en el periodo militar, yo cuento para él”.

Las reacciones del mundo político, de la prensa y de la sociedad han sido inmediatas, llegando a sumarse la repulsa de muchos aliados, como el gobernador de Sao Paulo, quien en una declaración fuerte (y dígase de paso oportunista) señaló que las palabras del mandatario eran “inaceptables”. Uno de los abogados que entró con pedido de casación contra la presidenta Dilma Rousseff, el jurista Miguel Reali Jr., afirmó que este no sería precisamente un caso para solicitar impeachment, sino que para pedir la interdicción, pues estaríamos “frente a un cuadro de insanidad absoluta” por parte de Bolsonaro.

Por su parte, el Supremo Tribunal Federal puede aceptar la interpelación del injuriado presidente de la OAB, Felipe Santa Cruz, para que Bolsonaro entregue la información que dice poseer sobre el desaparecimiento de su padre.

Continuando con la polémica sobre el destino de los torturados y desaparecidos durante el régimen militar, Bolsonaro llegó a decir que la información recopilada y difundida por la Comisión Nacional para la Verdad (CNV) es pura mentira. Esta Comisión creada en 2011 por la ex presidenta Dilma Rousseff, fue compuesta por un grupo de juristas y especialistas en derechos humanos que elaboraron un detallado informe sobre caso de violaciones a los derechos humanos (detenciones, torturas y desapariciones) ocurridas en los años de la dictadura. Según el Informe final de esta Comisión divulgado en 2014, se constató con documentos y declaraciones de los agentes y militares involucrados, que durante ese periodo (1964-1986) fueron asesinadas o desaparecieron 434 personas como resultado de la violencia directa ejercida por parte de miembros del Estado brasileño.

Que puede estar por tras de estas declaraciones tan mentirosas y deshumanas proferidas por el gobernante. Algunos analistas especulan que Bolsonaro en realidad desea crear un distractor comunicacional que le permita seguir desmontando las políticas educacionales, sociales, culturales y ambientales sin generar rechazo ni resistencia entre la población. Sus constantes comentarios y acciones tendrían como objetivo levantar una cortina de humo para esconder de la sociedad sus reales propósitos de destruir las políticas que buscan favorecer a las mayorías y promulgar, por el contrario, decretos y resoluciones que favorecen a los grupos empresariales y ruralistas que le dan sustento a su gobierno.

Aunque todo tiene un límite. Estas últimas bravatas de Bolsonaro son tan aberrantes, vulgares y crueles que incluso entre sus huestes más incondicionales, hasta ahora, se percibe el descontento y la frustración con la impostura del presidente. Y es que los permanentes desatinos y barbaridades pronunciadas por él pueden colocar en riesgo la continuidad de las reformas ultra liberales encabezadas por su Ministro de Hacienda, Paulo Guedes. De hecho, el proceso de aprobación de la Reforma Previsional (con muchas indicaciones) todavía no concluye y tiene que pasar por dos votaciones en el parlamento para ser aprobada definitivamente.

La pregunta por lo tanto es hasta donde la insanidad de Bolsonaro puede comprometer los cambios conservadores a que aspira la derecha brasileña o si en realidad dicho estilo permite precisamente esconder de la opinión pública los negocios truculentos que pretenden realizar las autoridades como, por ejemplo, la privatización de la empresa Distribuidora de Petrobras a un consorcio estadounidense.

Entre una especulación y otra, lo que queda evidente en este último episodio con el presidente de la OAB es que el ex capitán continúa reafirmando su completa decrepitud moral, su falta de criterio y su monumental incapacidad para dirigir el destino de millones de brasileños.

quarta-feira, 31 de julho de 2019

Espiral de infâmias

Editorial
Folha de Sao Paulo

Em declarações, Bolsonaro escancara leviandade e inclinação autoritária

Numa escalada sem precedentes de insultos às normas de convívio democrático, aos fatos históricos, às evidências científicas e aos direitos humanos, o presidente Jair Bolsonaro (PSL) aguçou nos últimos dias as tensões e incertezas em torno de sua administração.

Se no início de mandato declarações e medidas estapafúrdias ainda podiam, com boa vontade, ser vistas como tentativa de satisfazer o eleitorado mais fiel e ideológico, o que se verifica agora é um padrão de atitudes que ofendem o Estado de Direito, reforçam preconceitos e aprofundam as divisões políticas.

Além de expor o despreparo do chefe do Executivo para desempenhar suas funções num quadro de coexistência com as diferenças, a insistência na agressão e na boçalidade revela uma personalidade sombria que parece se reconhecer, com júbilo, nas trevas dos porões da ditadura militar.

As insinuações sórdidas acerca do pai do presidente da OAB, Felipe Santa Cruz —morto, segundo as investigações, sob a guarda do poder autoritário—, são um exemplo da pequenez e da leviandade a que pode chegar o presidente.

Não espanta, aliás, que tenha classificado como “balela” documentos oficiais sobre abusos cometidos pelo regime. Já eram, afinal, conhecidos seus elogios ao torturador Carlos Alberto Brilhante Ustra, bem como suas simpatias pelas violações praticadas no submundo dos órgãos de repressão.

Enganou-se, infelizmente, quem esperou que a condição de presidente da República levaria o ex-deputado nanico a moderar o discurso e buscar alguma conciliação.

Pelo contrário, são os traços intolerantes e obscurantistas do mandatário que saltam aos olhos nos ataques e afirmações falsas dirigidos aos jornalistas Miriam Leitão e Glenn Greenwald, nas imposturas acerca do desmatamento da Amazônia, nas ameaças de censura ao cinema, no tratamento injurioso aos nordestinos e no desdém pelo massacre de presos no Pará.

Talvez transtornado com as críticas à indicação vexatória de um filho à embaixada em Washington, ou com as investigações que envolvem outro, Bolsonaro aprofunda a estratégia populista e acentua a retórica de confrontação.

Com índices de aprovação aquém dos obtidos por seus antecessores em igual período do mandato, o presidente desperta crescente apreensão quanto a seu desempenho nos anos vindouros.

Para alguns analistas, os destemperos verbais já começam a fornecer munição para um eventual enquadramento em crime de responsabilidade, por procedimentos incompatíveis com a dignidade, a honra e o decoro do cargo.

Não se vê nenhum movimento nesse sentido, e a perspectiva de reforma da Previdência dá fôlego ao governo. Entretanto a recente espiral de infâmias não poderá se perpetuar sem consequências.

quinta-feira, 25 de julho de 2019

Descolonizar o saber e o poder

Boaventura de Sousa Santos
Outras Palavras

O drama do nosso tempo é dominação articulada e resistência fragmentada. Muitas vezes, os movimentos anticapitalistas, feministas e antirracistas têm combatido uma destas formas de opressão – e fechado os olhos às outras

Os conflitos sociais têm ritmos e intensidades que variam consoante as conjunturas. Muitas vezes acirram-se para atingir objetivos que permanecem ocultos ou implícitos nos debates que suscitam. Num período pré-eleitoral em que as opções políticas sejam de espectro limitado, os conflitos estruturais são o modo de dramatizar o indramatizável.

Os conflitos estruturais do nosso tempo decorrem da articulação desigual e combinada dos três modos principais de desigualdade estrutural nas sociedades modernas. São eles, capitalismo, colonialismo e patriarcado, ou mais precisamente, hetero-patriarcado. Esta caracterização surpreenderá aqueles que pensam que o colonialismo é coisa de passado, tendo terminado com os processos de independência. Realmente, o que terminou foi uma forma específica de colonialismo — o colonialismo histórico com ocupação territorial estrangeira. Mas o colonialismo continuou até aos nossos dias sob muitas outras formas, entre elas, o neocolonialismo, as guerras imperiais, o racismo, a xenofobia, a islamofobia, etc. Todas estas formas têm em comum implicarem a degradação humana de quem é vítima da dominação colonial. A diferença principal entre os três modos de dominação é que, enquanto o capitalismo pressupõe a igualdade abstrata de todos os seres humanos, o colonialismo e o patriarcado pressupõem que as vítimas deles são seres sem plena dignidade humana, seres sub-humanos. Estes três modos de dominação têm atuado sempre de modo articulado ao longo dos últimos cinco séculos e as variações são tão significativas quanto a permanência subjacente.

A razão fundante da articulação é que o trabalho livre entre seres humanos iguais, pressuposto pelo capitalismo, não pode garantir a sobrevivência deste sem a existência paralela de trabalho análogo ao trabalho escravo, trabalho socialmente desvalorizado e mesmo não pago. Para serem socialmente aceitáveis, estes tipos de trabalho têm de ser socialmente vistos como sendo produzidos por seres humanos desqualificados. Essa desqualificação é fornecida pelo colonialismo e patriarcado. Esta articulação faz com que as pessoas que acham desejável a desigualdade social do capitalismo tendam a desejar também a continuação do colonialismo e do patriarcado, e sejam, por isso, racistas e sexistas, mesmo que jurem não sê-lo. Esta é a verdadeira natureza dos grupos políticos de direita e de extrema direita. Se, numa dada conjuntura, as preferências racistas e sexistas vêm à tona, é quase sempre para expressarem a oposição ao governo do dia, sobretudo quando este é menos pró-capitalista que o desejado por tais grupos.

O drama do nosso tempo é que, enquanto os três modos de dominação moderna atuam articuladamente, a resistência contra eles é fragmentada. Muitos movimentos anticapitalistas têm sido muitas vezes racistas e sexistas, movimentos anti-racistas têm sido frequentemente pró-capitalistas e sexistas e movimentos feministas têm sido muitas vezes pró-capitalistas e racistas. Enquanto a dominação agir articuladamente e a resistência a ela agir fragmentadamente, dificilmente deixaremos de viver em sociedades capitalistas, colonialistas e homofóbicas-patriarcais. Talvez, por isso, e como se tem visto ultimamente, aos jovens de muitos países seja hoje mais fácil imaginar o fim do mundo (pelo agravamento da crise ambiental) do que o fim do capitalismo. A assimetria entre a dominação articulada e a resistência fragmentada é a razão última da tendência das forças de esquerda para se dividirem em guetos sectários e das forças de direita para se promiscuirem em amálgamas ideológicas na mesma cama do poder.

A continuidade da dominação segrega um senso comum capitalista, racista e sexista que serve as forças de direita, até porque é reproduzido incessantemente por grande parte da opinião publicada e pelas redes sociais. Porque age na corrente, a direita pode dar-se ao luxo de ser indolente e transmitir a ideia de “estar ao corrente” e, quando tal não funciona, aciona a sua asa de extrema direita (tão presa ao seu tronco quanto a asa de direita moderada) para dramatizar o discurso e provocar novas divisões nas esquerdas, sobretudo se estas ocupam o poder de governo e estamos em período pré-eleitoral e a ausência de alternativas credíveis salta aos olhos. Pelo contrário, as forças de esquerda estão sempre à beira do abismo da fragmentação por terem sido treinadas no mundo eurocêntrico para desconhecer ou descartar as articulações entre os três modos de dominação. As dificuldades são ainda maiores por terem de agir contra a corrente do senso comum reacionário.

Identifico duas tarefas urgentes para superar tais dificuldades. A primeira é de curto prazo e tem um nome: pragmatismo. Se a agressividade do pensamento reacionário, explicitamente racista e encobertamente hiper-capitalista e patriarcal, é a que se observa e ocorre num país cujos cidadãos ainda há cinquenta anos eram vítimas de racismo por toda a Europa dita desenvolvida e antes disso tinham sido ostracizados como brancos escuros — ou portygyes no Caribe, Havaí e EUA – se tudo isto ocorre num país cujo poder de governo é ocupado por forças de esquerda, é fácil imaginar o que será quando voltarmos (se voltarmos) a ser governados pela direita. O entendimento entre as forças de esquerda tem contra si forças imensas, nacionais e internacionais: capitalismo financeiro global, privatarias público-privadas, Comissão Europeia, Embaixadas norte-americana e de muitos países europeus, agências da sociedade civil supostamente promotoras da democracia, Igrejas conservadoras, a razão indolente da direita infiltrada há muito no PS português contra a militância corajosa do último Mário Soares, a razão indolente do sectarismo de pequenos grupos de esquerda radical que têm sempre os dois pés no mesmo sítio para acreditarem que são firmes em vez de estáticos. Mas o que está em jogo é muito e o pragmatismo impõe-se. Quando a direita começa a defender transportes públicos e saúde pública, a esquerda no governo deve lembrar-se do que está a esquecer. A resposta à extrema-direita racista tem de ser tanto política como jurídica e judicial. Defendo há muito que as lutas jurídicas contra o senso comum reacionário só devem ocorrer depois de tais lutas terem adquirido forte densidade política. É, pois, imprudente determinar em abstrato a validade da via jurídico-judicial ou da via política.

A segunda tarefa é de longo prazo e consiste em descolonizar o saber científico e popular e o poder, tanto social como cultural e político. Esta tarefa é particularmente difícil em Portugal por duas razões. Em primeiro lugar, a última fase da descolonização do colonialismo português ocorreu há muito pouco tempo (1961-1975). As feridas coloniais estão ainda tão abertas e fundas que, tal como as crateras produzidas pela mineração a céu aberto, parecem parte integrante da paisagem. O longo ciclo colonial está inscrito na carne do país até ao mais íntimo tutano. Um país com tanta falsa esperança histórica sente-se agora dominado por tanto falso medo de ser menos europeu que a Europa desenvolvida que sempre recolonizou o colonialismo português para maior benefício dela. Por sua vez, os países que nasceram da luta anticolonial contra Portugal tiveram o privilégio de sofrer o menor ônus neocolonial. Todos sem exceção se afirmaram orgulhosamente socialistas e não apenas independentes. Foram, porém, rapidamente postos na ordem pelo capitalismo financeiro global. Sucederam-se lideranças que querem esquecer a violência e rapina colonialistas para melhor ocultarem a violência e a rapina que elas próprias vão exercendo contra as suas populações.

A segunda decorre do fato de os processos de independência terem ocorrido como uma dupla revolução: nas então colónias, a revolução da independência, e em Portugal, a revolução da democracia do 25 de Abril de 1974. Os mesmos militares que sustentaram o regime colonial no seu último período, participaram na guerra dita de pacificação e certamente cometeram as atrocidades correspondentes, são também os heróis de que muito nos orgulhamos por terem aberto o caminho às independências sem peias neocoloniais e pela democracia que nos devolveram em Portugal. Passará ainda algum tempo para que as feridas se exponham, e assim possam ser eficazmente curadas.

segunda-feira, 1 de julho de 2019

Por que os psicopatas chegaram ao poder

George Monbiot
Outras Palavras

Há uma dimensão pouco examinada no avanço das lógicas neoliberais. Um sistema que estimula competição, disputa e rivalismo produzirá “líderes” brutais e sem empatia. Eleger gente generosa e sensível requer uma nova democracia

Quem, em seu juízo perfeito, poderia desejar esse trabalho? É quase certo que acabará, como descobriu Theresa May, em fracasso e execração pública. Procurar ser primeiro-ministro britânico, hoje, sugere ou confiança imprudente ou fome insaciável de poder. Talvez necessitemos de uma ironia como a de Groucho Marx: alguém louco o suficiente para candidatar-se a essa função deveria ser desqualificado para concorrer.

Alguns anos atrás, a psicóloga Michelle Roya Rad listou as características de uma boa liderança. Entre elas figuravam justiça e objetividade, desejo de servir à sociedade e não a si mesmo, falta de interesse em ser famoso e ocupar o centro das atenções, resistência à tentação de esconder a verdade ou fazer promessas impossíveis. Por outro lado, um artigo publicado no Journal of Public Management & Social Policy (Jornal de Gestão Pública e Política Social) listou as características de líderes com personalidade psicopata, narcisista ou maquiavélica. Elas incluem: tendência à manipulação dos outros, disposição em mentir e enganar para alcançar seus objetivos, falta de remorso e sensibilidade, desejo de admiração, atenção, prestígio e status. Quais dessas características descrevem melhor as pessoas que estão competindo para ser “governantes” no mundo contemporâneo?

Na política, vê-se em todo lado o que parece ser a externalização de déficits ou feridas psíquicas. Sigmund Freud afirmou que “os grupos assumem a personalidade do líder”. Penso que seria mais preciso dizer que as tragédias privadas dos poderosos tornam-se as tragédias públicas daqueles que eles dominam.

Para algumas pessoas, é mais fácil comandar uma nação, mandar milhares para a morte em guerras desnecessárias, separar crianças de suas famílias e infligir sofrimentos terríveis do que processar sua própria dor e trauma. Aparentemente, o que vemos na política, em todos os cantos, é uma manifestação pública de profunda angústia privada.

Essa talvez seja uma força particularmente forte na política britânica. O psicoterapeuta Nich Duffell escreveu sobre “líderes feridos”, que foram separados da família na primeira infância para ser enviados ao colégio interno. Eles desenvolveram uma “personalidade de sobrevivente”, aprendendo a reprimir seus sentimentos e projetar um falso eu, caracterizado pela demonstração pública de competência e autoconfiança. Sob essa persona está uma profunda insegurança, que pode gerar necessidade insaciável de poder, prestígio e atenção. O resultado disso é um sistema que “sempre revela pessoas que parecem muito mais competentes do que realmente são”.

O problema não está confinado a estas paragens. Donald Trump ocupa a cadeira mais poderosa do planeta, e ainda assim parece roer-se de inveja e ressentimento. “Se o presidente Obama tivesse feito os acordos que fiz”, afirmou há pouco, “a mídia corrupta os consideraria incríveis… Para mim, apesar do nosso recorde em economia e tudo o que fiz, não há crédito!”. Nenhuma riqueza ou poder parece capaz de satisfazer sua necessidade de afirmação e segurança.

Penso que deveria ser necessário a qualquer um que quisesse participar de uma eleição nacional passar por uma formação em psicoterapia. A conclusão do curso seria a qualificação para o cargo. Isso não mudaria o comportamento de psicopatas, mas poderia evitar que, ao exercer o poder, certas pessoas impusessem sobre os outros suas próprias feridas profundas. Fiz dois cursos: um influenciado por Freud e Donald Winnicott, outro cuja abordagem tinha foco na compaixão de Paul Gilbert. Considero os dois extremamente úteis. Penso que quase todo mundo se beneficiaria desses tratamentos.

A psicoterapia não iria garantir uma política mais gentil. A abertura admirável de Alastair Campbell ao falar sobre sua terapia e saúde mental não o impediu de comportar-se – quando desempenhou as funções de assessor político e porta-voz de Tony Blair – como um valentão desbocado, que intimidava as pessoas a apoiar uma guerra ilegal, em que centenas de milhares de pessoas morreram. Tanto quanto sei, não demonstrou remorso por seu papel nessa guerra agressiva, que cabe na definição de “crime internacional supremo” do tribunal de Nuremberg.

O problema, na verdade, é o sistema no qual essas pessoas competem. Personalidades tóxicas prosperam em ambientes tóxicos. Aqueles que deveriam ser menos confiáveis para assumir o poder são justamente os que mais provavelmente vencerão. Um estudo publicado no Journal of Personality and Social Psychology sugere que o grupo de traços psicóticos conhecido como “domínio sem medo” está associado a comportamentos amplamente valorizados nos líderes, tais como tomar decisões ousadas e sobressair-se no cenário mundial. Se assim for, nós, por certo, valorizamos as características erradas. Se para alcançar o sucesso no sistema é necessário ter traços psicopatas, há algo errado com o sistema.

Para pensar uma política eficiente, talvez fosse útil trabalhar de trás para frente: primeiro decidir que tipo de gente gostaríamos que nos representassem e depois criar um sistema que as levasse ao primeiro plano. Quero ser representado por pessoas ponderadas, conscientes de si e colaborativas. Como seria um sistema que promovesse essas pessoas?

Não seria uma democracia puramente representativa. Esse tipo de democracia funciona com o princípio do consenso presumido: você me elegeu há três anos, então presumo que consentiu com a política que estou para implementar, não importa se na época eu a mencionei ou não. Ela recompensa os líderes “fortes e determinados” que tão frequentemente levam suas nações à catástrofe. Um sistema que fortaleça a democracia representativa com democracia participativa – assembleias de cidadãos, orçamento participativo, co-criação de políticas públicas – tem mais possibilidades de recompensar os políticos sensíveis e atenciosos. A representação proporcional, que impede governos com apoio minoritário de dominar a nação, é outra salvaguarda potencial (embora não seja garantia).

Ao repensar a política, é preciso desenvolver sistemas que incentivem gentileza, empatia e inteligência emocional. É preciso nos desvencilhar de sistemas que encorajem as pessoas a esconder sua dor e dominar os outros.

quinta-feira, 20 de junho de 2019

David Harvey: Veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz

Edgar Sapiña
El Diario

David Harvey (Gillingham, 1935) es un geógrafo marxista de origen británico que trabaja como profesor en la City University of New York (CUNY) y que se ha convertido en uno de los científicos sociales de referencia para muchos movimientos de izquierdas. Estos días visita Barcelona para presentar su nuevo libro La lógica geográfica del capitalismo (Icaria Editorial), una obra biográfica en la que se ofrece un repaso histórico de la trayectoria del autor, una entrevista realizada en 2015, nuevos textos traducidos al castellano y un capítulo inédito.

Usted se define como anticapitalista antes que socialista, comunista, anarquista o populista. ¿Por qué?

El capital tiene mucha influencia sobre muchos aspectos de la vida diaria. No es solo la economía. Es la cultura, la forma de pensar o las estructuras de conocimiento. Conceptos como el comunismo o el socialismo suelen estar muy asociados con una concepción del mundo muy rígida. Las relaciones sociales entre las personas deben ser transformadas, pero esto requerirá muchas transformaciones mentales. Por eso pienso que tenemos que quitarnos el capitalismo de nuestras cabezas, así como de las calles y de la vida.

¿Y el anticapitalismo es un término que engloba más aspectos que conceptos como el socialismo o el comunismo?

Sí. Creo que no estamos en una posición como para describir ahora una alternativa al capitalismo y quiero escapar de la caja que es el comunismo, el socialismo o el anarquismo.

Después de un periodo de silencio, parece que en los últimos años ha habido un interés creciente por el comunismo. Aquí en España, por ejemplo, en 2017 Alberto Garzón publicó Por qué soy comunista. ¿Cómo se materializa el comunismo hoy?

No lo sé. Tampoco sé qué piensa Garzón sobre el comunismo. De lo que estoy seguro es de que los niveles de desigualdad actuales son inaceptables. No creo en una absoluta igualdad, creo que ciertas desigualdades son interesantes, pero ciertamente las desigualdades de ingresos están revirtiendo muchas de las cosas que deberíamos poder alcanzar.

Una de las cosas en las que pienso más al final del día es en la calidad de las relaciones sociales entre las personas. Uno de los efectos de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos ha sido la degradación de las relaciones entre grupos de inmigrantes o entre grupos con diferentes orientaciones sexuales. La transformación de estas relaciones sociales está yendo en una dirección muy negativa.

¿El comunismo ha evolucionado desde la caída del muro de Berlín en 1989 o la disolución de la Unión Soviética en 1991?

El comunismo es crítico, obviamente ha evolucionado desde 1989 y creo que, de alguna forma, el colapso de la Unión Soviética y todo lo que ello supuso permitió la reevaluación de lo que debía ser el proyecto comunista. Tenemos un gobierno en China que se llama a sí mismo comunista. Mucha gente no se lo toma en serio, pero deberían hacerlo. Lo que deben hacer o hacia dónde tienen que ir es una gran pregunta para mí.

¿Cree que es una sociedad comunista?

No, no es una sociedad comunista, pero ideológicamente ellos han reivindicado que para el año 2050 serán una sociedad plenamente socialista. Yo me tomo muy en serio esa proclamación, a pesar de algunas medidas que han adoptado, como el intercambio mercantil capitalista. Hay problemas de desigualdad social y de degradación ambiental, pero todos los países los tienen. Ellos han dicho que serán plenamente socialistas para el año 2050 y esto significa combatir el problema medioambiental y la desigualdad social.

Una de las cosas que sabemos de China es que cuando dicen que van a hacer algo lo hacen y lo hacen muy rápido, no son demócratas para nada, pero no hay que subestimar las posibilidades que tiene China. Trump está organizando una política antichina ahora mismo y es un profundo error por parte de los Estados Unidos, porque está empujando a China a ser más autónoma.

Dos de las corrientes de pensamiento más recientes son el feminismo y el ecologismo. ¿Cómo coexisten estos dos movimientos con el sistema económico actual?

Una de las cosas interesantes de estos dos movimientos es que el neoliberalismo ha puesto desde 1970 un gran énfasis en el emprendimiento y ha abierto la posibilidad a que el feminismo use esta ideología para crear lo que podríamos llamar un feminismo corporativo. Ese es el feminismo de Hillary Clinton, un tipo de emprendimiento satisfactorio en el que, por supuesto, hay la posibilidad de que las mujeres ocupen posiciones importantes en el mundo académico, por ejemplo. Lo mismo podría ocurrir con el multiculturalismo y la orientación sexual.

El neoliberalismo puede ser visto como una apertura que permite un progreso en los derechos del colectivo LGTBI y de las mujeres. De todos modos, creo que muchas feministas se están dando cuenta de que el neoliberalismo no es la solución sino que es su enemigo prioritario. Hay una transformación en algunas pensadoras feministas que dicen que no pueden lograr sus objetivos desde el neoliberalismo y que hay que moverse hacia unas posiciones anticapitalistas. Lo mismo se puede decir del movimiento ecologista.

Entonces, ¿es compatible defender el capitalismo a la vez que el feminismo y el ecologismo?

Si defiendes el sistema económico actual te encontrarás defendiendo un tipo de feminismo que se basa en incorporar más mujeres en empresas, pero el problema ahora mismo son las condiciones salariales de las mujeres trabajadoras, que están viviendo en unas condiciones muy difíciles. Ellas son las que están sufriendo las políticas neoliberales. Mientras que una mujer de clase media se puede beneficiar del neoliberalismo, muchas de las trabajadoras están sufriendo mucho bajo las políticas de austeridad. Algunas mujeres y ecologistas se benefician del neoliberalismo, pero las problemáticas principales están fuera de la dinámica capitalista.

¿Usted cree que en los próximos años el capitalismo evolucionará y defenderá el ecologismo, en aras de generar un beneficio económico de ello, o se mantendrá en el mismo punto en el que está ahora?

El ecologismo forma parte de un gran negocio, hay sectores del mercado que están tratando de lidiar con el cambio climático. No digo que el capitalismo no haya prestado atención a las cuestiones medioambientales, lo que cuestiono es el límite del beneficio capitalista. La industrialización de la agricultura, por ejemplo, ha creado un serio efecto secundario. Estos son problemas que llevan al límite la capacidad del sistema económico capitalista.

¿Las problemáticas que van más allá de lo material invisibilizan la lucha de clases?

Hay una tendencia que consiste en evitar la cuestión de clase, particularmente desde la caída de la Unión Soviética había una tendencia que decía que Marx y el conflicto de clases sociales estaban muertos. Si preguntamos ahora mismo cuáles son los agentes activos, en términos de políticas de izquierdas, ya no son los trabajadores fabriles. La clásica visión del proletariado que se va a emancipar es el trabajador de una fábrica.

El problema principal es preguntarse quién es el proletario hoy en día. Cuando nos hacemos esta pregunta tenemos que pensar en una configuración distinta. El otro día, cuando estaba en un aeropuerto, miré por la ventana y vi la fuerza del trabajo. ¿Quién hace funcionar un aeropuerto? Cuando miras a los Estados Unidos, ves a mucha gente de color, muchos inmigrantes y mujeres asalariadas. Si toda esta gente de golpe deciden hacer huelga, el aeropuerto tiene que cerrar. El capital estaría completamente bloqueado. Este es el nuevo proletariado.

En esta década los partidos de extrema derecha han crecido. De hecho, en las últimas elecciones europeas han ganado en Francia, el Reino Unido, Italia, Hungría y Polonia. ¿Cómo deben responder los partidos de izquierdas, ya que una parte de los votantes de extrema derecha son antiguos votantes de izquierdas?

Hace falta una reorientación de las políticas de izquierdas y creo que las bases institucionales de las políticas de izquierdas no han sobrevivido demasiado bien. Las políticas de izquierdas han fallado en gran medida en los últimos 10 o 15 años, con algunas excepciones. Por ejemplo, el auge inicial de Podemos fue una cosa muy positiva, pero creo que está aún en formación. Hay una vasta parte de la población descontenta con las políticas neoliberales. Es un momento muy interesante. Tengo la sensación de que en un futuro muy próximo veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz y hablar de un modo distinto. La conversación debe estar basada en una configuración ideológica distinta.

¿En qué se debe basar esa conversación?

Tiene que estar basada en cómo entender las políticas anticapitalistas en la actual conjunción. Las transformaciones revolucionarias no serán violentas. En los últimos 20 años hemos vivido una presión en la calle muy fuerte, un ejemplo actual de ello son los chalecos amarillos en Francia. La gran pregunta es hacia dónde va políticamente. Tenemos que repensar cómo deben ser las políticas. Para eso hay que tener una conversación sobre qué es el anticapitalismo.

Usted concibe la historia y la geografía como dos disciplinas inseparables que, juntas, explican qué está sucediendo en el mundo. De todos modos, hoy en día se estudian por separado. ¿Esto es un error del mundo académico?

Es un profundo error, sí. La especialización es importante, pero lo que realmente no me gusta es la creación de aprendizajes que se supone que no se deben comunicar con otras disciplinas. ¿Por qué estamos segmentando de esta forma? Una cosa peculiar en el mundo académico en Estados Unidos, no sé si también ocurre aquí, es que hay una constante demanda de multidisciplinaridad.

¿Por qué cree usted que la geografía es una disciplina útil para comprender la realidad?

Uno de los motivos es que el hecho de que la geografía no sea una disciplina muy organizada crea una gran oportunidad. Dudo que me pudieran haber dejado hacer en otra disciplina todo lo que he hecho en geografía. La geografía es más abierta, un poco porque la gente no sabe exactamente lo que es, eso está bien, pero a su vez está mal porque los administradores académicos no saben qué hacer con ello.

No sé si está muy pendiente de la situación política en Barcelona. Después de las elecciones municipales, Ada Colau tratará este sábado de ser reelegida alcaldesa con el apoyo del PSC y de la lista de Manuel Valls, que está apoyada por Ciudadanos. Si eso ocurre, ERC, que ganó las elecciones, se convertiría en el principal partido de la oposición. ¿Cuál sería el mejor escenario para gobernar Barcelona, según su opinión?

La gestión de Colau fue muy importante para la gente que, como yo, cree que la organización del poder municipal es parte de un proceso político muy crítico en el mundo ahora mismo. Creo que lo que pasa en el nivel municipal es importante y la administración de Colau ha sido una muestra importante para el resto del mundo, enseñando que las cosas se pueden hacer.

La cuestión independentista se tiene que abordar, este es un hecho muy particular que hace las cosas difíciles, no es una cosa de partidos de izquierdas contra partidos de derechas. Personalmente no me emociona demasiado la idea de una Catalunya independiente, creo que no va a suceder y no creo que la Unión Europea lo vaya a aceptar, pero eso es solo mi opinión desde fuera. Puedo ser persuadido [ríe].

quarta-feira, 5 de junho de 2019

Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista

Redacción
Politika

Algunos elementos de la crítica del colapsismo marxista al Ecosocialismo

Desde hace algunos meses diversas organizaciones ecosocialistas de Chile, Argentina y otros países de América Latina vienen siendo objeto de una potente campaña de ataque ideológico en redes sociales por parte de un nuevo referente comunicacional que actúa bajo el nombre de “Marxismo y Colapso”. Uno de los objetivos centrales de este referente ha sido polemizar con algunas de las figuras y posturas centrales del ecosocialismo, por ejemplo aquellas representadas por el intelectual marxista Michael Lowy. Una de las posiciones centrales de este grupo ha sido negar reiteradamente varios de los preceptos centrales de los programas marxistas tradicionales y de la estrategia ecosocialista; esto es, por ejemplo, la idea de que un cambio revolucionario en las relaciones sociales de producción y el establecimiento de un nuevo régimen productivo orientado a la satisfacción de las necesidades sociales sería capaz tanto de “frenar” (o “revertir”) los efectos de la actual crisis ecológica-energética, así como también de “evitar” un fenómeno de colapso civilizatorio cercano.

Por el contrario, “Marxismo y Colapso” defendería la necesidad de un nuevo marco teórico y estratégico al interior de la izquierda mundial para dar cuenta del fenómeno de colapso civilizatorio y extinción humana que, como producto de la combinación entre los efectos destructivos de la crisis ecológica-energética actual y las contradicciones tradicionales del sistema capitalista decadente, sería ya imposible de detener. Según este planteamiento, lo anterior pondría al conjunto de las fuerzas socialistas ante un escenario inédito en la historia revolucionaria moderna que se caracterizaría, entre otras cosas, por la “irrupción práctica” (a diferencia de los siglos pasados) del “horizonte de barbarie” anticipado teóricamente por una serie de pensadores marxistas tales como Rosa Luxemburgo o Walter Benjamin.

De acuerdo con Miguel Fuentes, uno de los ideólogos principales de estas posiciones, un escenario como el anterior implicaría no sólo una diferencia fundamental con el siglo pasado en el cual dicho horizonte se habría mantenido en un terreno aún “hipotético”, sino que obligaría además a las organizaciones de izquierda anti-capitalista a pensar la situación histórica actual en el marco de una “dinámica de cierre” (o clausura) del horizonte socialista moderno. La razón de lo anterior sería que estaríamos (o estaríamos muy cerca de estarlo) ante las puertas de un tipo de “resolución negativa” de la lucha de clases moderna como aquella anticipada teóricamente por Marx en el Manifiesto Comunista, esto al referirse a la posibilidad de una “autodestrucción” de las dos clases fundamentales del sistema capitalista.

Uno de los ejemplos de este “escenario inédito” al cual estaríamos a punto de enfrentarnos sería la perspectiva de un derrumbe generalizado (inminente) de las fuerzas productivas a nivel planetario, aquello como efecto de un avance imparable del calentamiento global y la crisis ecológica. Según las concepciones de “Marxismo y Colapso”, una situación de derrumbe económico de este tipo poseería, potencialmente, una gravedad mayor a cualquiera de las crisis económicas experimentadas durante la historia del capitalismo, asociándose desde aquí a un escenario mucho más destructivo al que tuvieron algunas de las peores catástrofes históricas de los últimos siglos: por ejemplo, las guerras mundiales. La explicación de esto sería que, a pesar de los niveles de destrucción masiva que experimentó Europa durante estos conflictos bélicos, las bases de la economía capitalista habrían podido mantenerse sólidas en el resto del planeta (por ejemplo en Estados Unidos), constituyendo lo anterior, en consecuencia, una situación radicalmente diferente al escenario potencial de derrumbe global “sincronizado” que estaría pronto a producir la crisis ecológica-energética en ciernes. Igualmente, a diferencia del costo en vidas que tuvieron las guerras mundiales, el cual ascendió en su conjunto a una cifra alrededor de los cien millones de personas, la crisis ecológica actual, ligada a una pronta crisis de subsistencia planetaria generalizada, podría cobrarse durante este siglo un número de víctimas que llegue a los billones (esto sin descartarse la posibilidad de una extinción completa de nuestra especie).

Otro planteamiento colapsista que puede destacarse aquí sería la supuesta existencia de un “déficit tecnológico” estructural que, debido a la extrema gravedad que tendría la crisis ecológica-energética actual y el nivel de descomposición de las bases eco-sociales del desarrollo histórico contemporáneo, incapacitaría hoy no sólo al capitalismo, sino que también a un hipotético proyecto socialista, para “contener”, “frenar” o bien “revertir” los efectos catastróficos de la crisis mundial que se aproxima. Esto último, por lo menos, en el poco tiempo que nos quedaría antes de que esta crisis se descontrole de manera absoluta, precipitando con ello un derrumbe ecosistémico planetario total que se asociaría, de manera inevitable, no a una pretendida “superación revolucionaria” del sistema capitalista, sino que a su colapso.

Un argumento adicional en esta línea sería que la crisis ecológica y energética en ciernes plantearía hoy, acorde con el posible derrumbe inminente del desarrollo de las fuerzas productivas que se asociaría a aquella, un horizonte de escasez crónica de recursos que terminaría por “bloquear” y volver pronto en inviable una gran parte del programa marxista revolucionario de los siglos pasados. La razón de lo anterior se encontraría en el hecho de que, a diferencia del contexto característico de abundancia de recursos de los siglos XIX y XX, un escenario de escasez global implicaría una pérdida de efectividad (y posterior caducidad) de una serie de consignas revolucionarias clásicas que habrían sido entendidas hasta hoy como las vías principales para la aseguración íntegra y efectiva de las necesidades materiales y espirituales de la población mundial. Algunas de estas medidas serían, entre otras, la expropiación y el control obrero de los medios de producción y la redistribución socialista de las riquezas sociales.


En pocas palabras, la situación de escasez crónica de recursos que se avecinaría en el futuro cercano implicaría, liza y llanamente, que un sector importante de la población mundial se encontraría ya, literalmente, perdida (muerta), esto incluso en un contexto futuro cercano de reorganización socialista del sistema económico. Para los referentes de “Marxismo y Colapso”, aquello tendría una serie de repercusiones (todavía no estudiadas) sobre las futuras dinámicas de la lucha de clases internacional, esto por ejemplo al nivel de las “fracturas inevitables” que el avance progresivo de un marco de escasez de recursos podría producir, inexorablemente, al interior de las filas de los explotados. Lo anterior constituiría así un escenario radicalmente distinto a los vistos durante los siglos XIX y XX en los cuales el desarrollo de las fuerzas productivas (y la abundancia mundial de recursos) representó la base objetiva de una potencial alianza revolucionaria internacional del conjunto de los oprimidos por el capitalismo. Un ejemplo de estas posibles “fracturas internas” futuras al nivel del campo de los explotados, gatilladas por un derrumbe global de las fuerzas productivas y un contexto de escasez aguda, podría encontrarse en una potencial división entre los sectores de la sociedad aptos para asegurar su sobrevivencia por sus propios medios y aquellos sectores (remanentes) que sólo podrían hacerlo obteniéndolos (de forma pacífica o violenta) de los primeros.

La perspectiva ecosocialista y la ecología marxista se caracterizarían por presentar, por lo tanto, una serie de “puntos ciegos” que afectarían su capacidad para una evaluación realista de la verdadera gravedad de la crisis ecológica-energética en curso y de sus potenciales proyecciones durante las próximas décadas. Una muestra de lo anterior serían tanto la escasa reflexión dada por estas corrientes en torno a la ya referida posibilidad (objetiva) de un fenómeno de colapso civilizatorio como resultado del avance de los procesos ya activados (e irreversibles) de destrucción ecosistémica, así como también la incomprensión de aquellas de las “limitaciones estructurales” que, tal como se indicó más arriba, tendría una potencial revolución mundial para hacer frente (tanto en el ámbito tecnológico como social) a este escenario de ruptura ecológica planetaria.

Un ejemplo supuestamente evidente de esto último se hallaría en la consigna ecosocialista de una posible “regeneración” del “equilibrio metabólico” entre el hombre y la naturaleza, aquello nada menos que en un contexto en el cual los niveles de alteración antrópica del medio-ambiente ya habrían destruido no sólo los últimos restos de dicho equilibrio (ya pulverizado por el avance del capitalismo), sino que, asimismo, hecho “saltar por los aires” los delicados y complejos pilares climáticos del periodo holocénico establecidos en la Tierra a lo largo de decenas de miles de años. De acuerdo con la perspectiva colapsista, estos equilibrios serían así ya no sólo imposibles de “recomponer” durante un largo periodo de tiempo en escala geológica, sino que, además, tal como en el caso del resto de “equilibrios medioambientales” rotos en el pasado terrestre con motivo de otras graves alteraciones paleo-climáticas (entre otras las cinco extinciones masivas que enfrentó la vida sobre nuestro planeta previamente al origen de la humanidad), aquellos habrían sido destruidos, muy probablemente, para siempre. Sería justamente en consignas como éstas en torno a una posible “restauración” del equilibrio metabólico hombre-naturaleza, compartida incluso por sectores “ecológicos” del industrialismo marxista (por ejemplo los representados por la sección medioambiental de la revista democrático-ciudadana “La Izquierda Diario”), en donde una parte importante del programa eco-socialista se presentaría, según la postura colapsista, como una verdadera “utopía verde”.

Debe considerarse aquí, asimismo, la incapacidad del desarrollo tecnológico actual para siquiera detener (y menos “revertir”) la trayectoria destructiva de lo que ha sido denominado ya por la ciencia como el inicio de la VI extinción masiva de la vida terrestre, la cual se encontraría hoy, aquello sin siquiera haberse alcanzado la barrera catastrófica de los 1.5 grados centígrados de aumento del calentamiento global fijada por la ONU, en pleno desarrollo. Lejos de cualquier posible “restauración” de ningún “equilibrio metabólico” entre el hombre y la naturaleza, no existiría hoy, por lo tanto, esto si se consideran por ejemplo los actuales niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera que asegurarían un aumento cercano probablemente incontrolable de las temperaturas globales, otro escenario más que el de una “ruptura geológica” imparable que, con o sin la aplicación de un “programa ecológico socialista”, no hará más que empeorar durante este siglo. Una de las críticas esgrimidas al ecosocialismo y al pensamiento ecológico marxista en este punto es que, tal como se dijo anteriormente, dichos referentes defenderían una perspectiva simplista (y en gran medida utópica) respecto a las capacidades que tendría el proyecto revolucionario socialista moderno para enfrentar esta crisis planetaria.

De acuerdo con las posiciones colapsistas, las tareas de la izquierda y la revolución hoy serían así, asumiendo la perspectiva cercana de un cambio climático y una crisis energética súper-catastrófica imparable, dar pasos en la discusión de un programa político coherente con este escenario de derrumbe global inminente. Una de las razones de lo anterior sería que solamente discutiendo esta perspectiva, de una manera realista, sería posible en el futuro la mantención de un proyecto comunista que, debiendo ser esta vez asegurado “en la barbarie misma”, pueda constituir una alternativa de sobrevivencia y civilización para aquel sector de la humanidad que estaría capacitado para superar (de la manera que sea) los desafíos de la gran crisis geológica-civilizatoria que se abalanza sobre nosotros.

terça-feira, 4 de junho de 2019

Los cambios se disputan en las calles, no en las redes sociales

Fernando de la Cuadra
Politika

Hace más de dos décadas, el sociólogo catalán Manuel Castells provocó un enorme impacto en los espacios académicos, políticos y comunicacionales, al publicar una imponente trilogía, “La era de la Información”, en donde exponía su teoría sobre la sociedad en red. En la introducción de su estudio Castells señala que “Internet es el tejido de nuestras vidas en este momento. No es futuro. Es presente. Internet en un medio para todo, que interactúa con el conjunto de la sociedad y, de hecho, a pesar de ser tan reciente, en su forma societal no hace falta explicarlo, porque ya sabemos qué es Internet. (…) Sin embargo, esa tecnología es mucho más que una tecnología. Es un medio de comunicación, de interacción y de organización social”.

Las palabras de Castells pueden sonar obvias en la actualidad, pero no lo son en absoluto. Independiente de que ellas corresponden o fueron escritas a mediados de la década del 90, plantear ya en ese entonces que Internet representaba una forma de organización social no deja de ser una tesis osada, a pesar de que el propio concepto organización social es polisémico y puede dar pie para diversas interpretaciones. Ella puede ser la forma en que diversas unidades sociales entran en contacto (real o virtual) para promover una articulación en torno a un objetivo común. O también, se puede apelar a su componente movilizador, en el sentido de que una organización social serían todos aquellos conjuntos de personas que comparten valores, visiones de mundo, intereses, opiniones y motivaciones que las activan para generar estrategias de conjunto con el fin de obtener metas o bienes que vayan en beneficio del grupo o la comunidad.

En el caso de las organizaciones que se sustentarían a través de las redes virtuales, su virtud residiría en la capacidad de congregar a personas de diversos lugares a un mismo tiempo, permitiendo la realización de debates colectivos simultáneos y en condiciones de simetría y horizontalidad. En muchos o en la mayoría de los casos, estas organizaciones no obedecen a las directrices de los partidos políticos, ni reconocen ningún liderazgo formal, sustentándose solamente en el flujo de informaciones reciprocas de brotan de la misma red.

Hay que admitir que la propuesta de Castells de una sociedad en red es atractiva y tentadora, en el sentido de pensar las relaciones actuales a partir de vínculos que no necesariamente pasan por la interacción directa entre los agentes: es lo que algunos autores han denominado las calles de bytes. Mucho se ha escrito sobre el poder de las redes sociales y su impronta para conseguir la elección de algunos candidatos que parecían tener pocas posibilidades, como es el caso de Donald Trump o Jair Bolsonaro. En ambos casos, Facebook y Twitter fueron importantes en la divulgación de Fake News que capturaron el voto de muchos electores descontentos con la situación de sus países, pero que no poseían ninguna opción clara sobre el proyecto político que se les presentaba para conducir los destinos de la nación.

A esta altura el nombre de Steve Bannon se puede asociar con la estrategia diseñada por su consultora Cambridge Analitys para utilizar datos de 50 millones de usuarios estadounidenses de Facebook con el objetivo de manipular psicológicamente a eventuales electores con ideas conservadoras que terminarán inclinándose por el candidato Trump en las elecciones ese país. Por medio de Big Data y el uso algoritmos, esta empresa captaba un amplio espectro de usuarios de Internet que proferían discursos con un barniz reaccionario, los cuales fueron bombardeados con propaganda para profundizar sus concepciones contra las minorías, los extranjeros y los diferentes. Con esta estrategia Bannon ayudó a pavimentar la victoria de Trump y después fue contratado por el equipo de Bolsonaro para hacer lo mismo -creando miles de mensajes en los grupos de WhatsApp- durante las elecciones brasileñas. De esta manera, Bannon consiguió inventar una realidad paralela que internalizaron los votantes y cuyo resultado va a penar por muchos años el futuro de dicha nación.

Pero también las redes incuban otro peligro inevitable y quizás más grave, que es el de dar espacio a miles de voces que opinan de todo sin saber en rigor lo que están diciendo. Ya lo decía Umberto Eco “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas. El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad…”. En efecto, en las redes se van rotando los ignorantes para decir cualquier barbaridad sin ninguna argumentación consistente. Si bien por una parte Internet ha democratizado las opiniones, por otra parte, le ha dado tribuna a un sinfín de discursos esdrújulos y delirantes que se diseminan con una velocidad vertiginosa por las redes y que pueden llegar a tener influencia sobre muchas personas desinformadas.

Por lo mismo, las redes sociales se han transformado en una panacea, en parte, porque las personas se sienten movilizadas por cualquier causa sin salir de su zona de conforto, frente al computador o recostados en un sillón con el celular en mano. Todo parece más fluido, más a la mano de un simple toque del visor del IPhone o la Tablet. Esta volatilidad de las relaciones ha sido recuperada con bastante propiedad por Zygmunt Bauman en su concepción de aquello que denomina “Modernidad líquida”. Esta modernidad se caracteriza por las relaciones frágiles que se establecen entre las personas, en donde los seres humanos nos conectamos y desconectamos con la misma facilidad de nuestros vínculos sociales y familiares. En la fetichización de dichas relaciones, los humanos nos transformamos en meras mercancías que podemos ser consumidas y largadas sin mayores barreras al molino satánico del mercado, cuando no excluidos de tener alguna relevancia en el devenir social.

La conexión es frágil porque en la sociedad líquida los individuos nos encontramos aislados, liberados, pero también carentes de los referenciales que sostenían las instituciones “sólidas” anteriores de la actual modernidad. Nuestras preferencias individuales nos conducirían a buscar salidas provechosas o ventajosas solo para nosotros sin importar demasiado lo que sucede con el resto de la humanidad. Los valores de la sociedad industrial se desvanecen -ya antes Marx y Engels nos habían advertido que todo lo sólido se desvanece en el aire- en la dinámica de las nuevas formas de sociabilidad, en que la familia, el trabajo, los sindicatos, las agremiaciones, el vecindario, dejan de tener el peso que tuvieron hace medio siglo atrás. En la sociedad informacional –parafraseando a Castells- el sujeto líquido se enfrenta a un mundo de consumo irrefrenable y a una disputa por espacios de integración en un marco de competencia desregulada que socaba los vínculos que lo mantendrían ligado a los otros miembros de una comunidad de destino.

Las redes sociales facilitan precisamente este descompromiso con los otros, pues se puede entrar y salir de las redes con la misma facilidad, no existe ninguna condición de persistencia, de constancia que constriña a los individuos a mantenerse unidos a una causa o a un grupo determinado. Las redes concederían libertad, ausencia de “ataduras” en el mejor de los casos, pero también descompromiso y la sensación de que puedo satisfacer mis propias necesidades sin importarme con los otros, optimizando mis elecciones, tratando siempre de llevar ventaja sobre el resto, nunca desventaja.

Pero la libertad que en principio me otorgarían las redes sociales se encuentra supeditada a la presencia de los poderes fácticos, a la manipulación que ejercen los dueños del capital que pueden financiar campañas de desinformación a través del bombardeo de millones de cuentas de navegantes distraídos o ingenuos. Por eso las redes pasan a transformarse en un factor de penetración ideológica cuando orientadas hacia la inoculación de concepciones que buscan reproducir las condiciones de hegemonía de las clases o sectores dominantes. Las redes presentan una sociabilidad débil, aunque peligrosa, pues pueden decidir el voto de ciudadanos pasivos que solo ejercen su voluntad soberana cada cuatro o seis años.

Por lo mismo, resulta fundamental crear campos de disputa en los espacios públicos, en la relación cuerpo a cuerpo con el resto de los ciudadanos y ciudadanas. Si los artilugios tecnológicos pueden decidir algo, ellos serán incapaces de sustentar tales decisiones. Las verdaderas disputas se producen en las calles, en la solidaridad de los cuerpos. La calle es el lugar del encuentro por antonomasia, es donde se ponen en contacto nuestras emociones, nuestros proyectos colectivos y nuestras esperanzas.

No es una mera casualidad que el Ministerio de Educación de Brasil, publicó una advertencia en la cual emplaza a profesores, funcionarios, estudiantes y hasta a los padres para que denuncien a las personas u organizaciones que convoquen a protestas o que participen directamente de las manifestaciones en favor de la educación. La incapacidad del Ministro para administrar una pasta tan compleja como Educación, no le ha impedido percibir la importancia de reprimir las manifestaciones en la calle.

Las dos últimas convocatorias levantadas por los estudiantes para la defensa de la educación han sido monumentales, aunque insuficientes para alterar la agenda ultra-reaccionaria del gobierno Bolsonaro. Va a ser necesaria mucha perseverancia y coraje para seguir ocupando las calles y disputar codo a codo los cambios que requiere Brasil para continuar aspirando a transformarse en la patria inclusiva y justa que anhela imperiosamente la mayoría de sus habitantes.

sexta-feira, 17 de maio de 2019

Un país movilizado contra la barbarie

Fernando de la Cuadra
Politika

Las manifestaciones del 15 de mayo marcan el inicio de un ciclo de resistencia al (des)gobierno que existe actualmente. Luego de anunciar un corte del 30 por ciento del presupuesto de las Universidades Federales, una onda de rechazo a esta medida se propagó rápidamente por todo el territorio. El propio Bolsonaro viendo la antipatía que causaba esta decisión del ejecutivo, decidió llamar al Ministro de Educación, Abraham Weintraub, para solicitarle que echara pie atrás en esta resolución. Sin embargo, poco después desde la propia Casa Civil se declaraba que la disminución de gastos en educación continuaba vigente.

Un inventario interminable de imágenes que se han difundido por las redes y medios audiovisuales, muestran que las adhesiones a las movilizaciones en defensa de la educación fueron multitudinarias en decenas de ciudades de Brasil. Suman cientos de miles, especialmente jóvenes, los que participaron en las marchas por los diversos rincones del país. No solo las personas se manifestaron en los principales centros urbanos, sino que también hubo concentraciones en localidades pequeñas y apartadas. Bolsonaro dijo simplemente que eran “idiotas útiles, al servicio de una minoría aprovechadora izquierdista”. Está claro que el idiota es justamente aquel que no quiere ver lo que salta a simple vista, la enorme expresión de descontento con los rumbos de la educación y de un conjunto de materias que solo vienen a sumarse al creciente malestar provocado por las políticas obtusas y caóticas de un gobierno que – como señalábamos en otra materia- es una nave que ha perdido el rumbo.

No solo en el ámbito educacional es donde el gobierno actúa de manera errática, sino que su administración completa es un fiasco. Con una total subordinación a los intereses de Estados Unidos, la inserción de Brasil en el plano externo está marcada por la ausencia de soberanía y por un papel intrascendente en los foros internacionales. Lejos ha quedado el proyecto de fortalecer el bloque de los BRICS como alternativa a la hegemonía del eje Estados Unidos-Unión Europea. Su poca amigable política comercial con China, siguiendo las recomendaciones de Trump, va a comprometer indudablemente la capacidad del país de seguir exportando su producción hacia uno de sus principales mercados. En materia ambiental, el país viene experimentando un retroceso evidente en la defensa del patrimonio natural y en la contención de la desforestación de la región amazónica. Y con escasa inversión en el campo de la ciencia y la innovación tecnológica, Brasil se encuentra en un franco retroceso, dependiendo casi exclusivamente de la explotación de sus materias primas sin ningún valor agregado.

En poco tiempo de mandato, el gobierno viene acumulando una cadena interminable de errores que hasta sobrepasa las peores previsiones que se tenían sobre él. Inclusive algunos analistas ya han acuñado el nombre de “República del tiro en el pie” para expresar la tendencia hacia el descalabro intencionado que parece inspirar al ejecutivo. Ello se está reflejando en la sucesión de derrotas que viene acumulando el gobierno en el Congreso, perdiendo sistemáticamente el apoyo de los partidos que formaban su base aliada.

Su última medida ha sido pedirle a la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN) que investigue la vida de rectores y decanos de las Universidades Federales, generando automáticamente una ola de rechazo por parte de muchas entidades de derechos humanos y de los diversos estamentos universitarios.

Ante este escenario, una nueva manifestación ha sido convocada por la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) para el día 30 de mayo y para el 14 de junio se ha programado una protesta nacional contra la Reforma del Sistema Previsional. Es una lucha de largo aliento, pero la tendencia es que la secuencia de movilizaciones, huelgas y paros se vaya robusteciendo en un incesante “in crescendo”, demostrando que es cada vez más vehemente el anhelo de millones de ciudadanos por construir una nación diferente. La protesta multitudinaria extravasó el ámbito de las redes y se expandió por el espacio público en un imponente cuerpo social manifestándose. La derrota en las calles del gobierno de ultraderecha parece, como nunca, un camino sin retorno.

quarta-feira, 15 de maio de 2019

Para repensar a América Latina

José Luís Fiori & Rodrigo Leão
Outras Palavras

Fracasso do neoliberalismo restaurado era previsível: suas opções internas e geopolíticas já haviam naufragado nos anos 1990. Mas de pouco servirá o fiasco, se a esquerda não recuperar o debate estrutural sobre os rumos da região

Dois temas ocuparam lugar de destaque na agenda das discussões socioeconômicas neste início do século XXI: o redesenho do mapa geopolítico e a polarização crescente da riqueza e do poder mundial; e a pauperização de grandes massas populacionais, sobretudo na periferia do sistema capitalista. Estes não são problemas novos, pois vêm sendo discutidos há muito tempo, no campo teórico e político. Cabe lembrar que tais problemas se intensificaram no período denominado de globalização.

Essa “fase” não pode ser tratada como algo necessariamente novo, é uma espécie de exacerbação do liberalismo clássico, econômico e político, em particular da sua crença num capitalismo sem fronteiras e gerido por Estados nacionais que fossem reduzidos às suas funções mais elementares. Outro elemento central nesse ideário é a certeza de que a desregulação dos mercados e a liberalização das economias nacionais promoveria no médio prazo a convergência da riqueza das nações e a redução das desigualdades entre as classes sociais.

Na América Latina, essas ideias acabaram dominando o pensamento político e acadêmico, durante as décadas de 1980 e 1990, e se transformaram no fundamento teórico e ideológico de um novo projeto econômico de desenvolvimento, “associado e dependente” das grandes potências, em particular, do poder e da economia norte-americana. Por isto, também na América Latina, durante este período, foram descartadas, como anacrônicas, todas as teses e preocupações contidas na agenda do debate latino-americano sobre o desenvolvimento, como as restrições externas ao crescimento e as origens das desigualdades sociais; mas também, a necessidade do intervencionismo estatal, e de um projeto de construção de um sistema econômico, nacional e autônomo.

O insucesso econômico das políticas liberais naquela década contribuiu decisivamente para a “virada à esquerda” dos governos sul-americanos, durante a primeira década do século XXI. Em poucos anos, quase todos os países da região elegeram governos de orientação nacionalista, desenvolvimentista ou socialista, que mudaram o rumo político-ideológico do continente. Como já lembrado em outro artigo[1], todos se opuseram às ideias e políticas neoliberais da década de 1990 e todos apoiaram ativamente o projeto de integração da América do Sul, opondo-se ao intervencionismo norte-americano no continente. Esse giro político à esquerda coincidiu com o ciclo de expansão da economia mundial, que favoreceu o crescimento generalizado das economias regionais até a crise financeira de 2008.

Os sucessos econômicos ao lado da maior autonomia política e social, materializada no fortalecimento do bloco regional latino-americano, de certa forma foram se colocando, ao longo do tempo, de forma conflituosa aos interesses das grandes potências, principalmente a norte-americana. Essa maior “autonomia” também significou um maior controle de ativos estratégicos latino-americanos pelos seus respectivos Estados nacionais, como foi o caso do setor de energia, o que novamente entrou em rota de colisão com os interesses dos Estados Unidos. A importância da descoberta do pré-sal no Brasil e do gás não convencional na Argentina, por exemplo, tem um papel central para a geopolítica energética dos Estados Unidos no longo prazo.

Não se deve negligenciar nesse debate o impacto da crise internacional do início da década atual, nem dos eventuais equívocos dos governos à esquerda latino-americanos, mas essa tensão e divergência “estratégica” entre os países da América Latina e os Estados Unidos impulsionam uma reorganização política, nesta segunda década do século XXI, que tem como mantra as ideias liberais.

Assim como nos anos 1990, um fantasma que ronda hoje parte dos governos latino-americanos: é a incapacidade de se entregar resultados diferentes dos observados naquele período. As experiências recentes mostram novamente as dificuldades para se beneficiar por completo do modelo liberal globalizante das grandes nações, isto é, para apresentar êxitos econômicos, como na questão da dívida pública, e sociais, como na redução da pobreza. A agenda do governo Macri na Argentina, por exemplo, recupera na íntegra as premissas liberais adotadas nos últimos vinte anos do século XX. Como mostra o jornalista argentino, Fernando Rosso, “logo depois de triunfar nas eleições em outubro de 2015, Macri lançou uma agenda econômico sustentada pelo tripé de ‘reformas permanentes’ (reforma da previdência, flexibilização trabalhista e ajuste fiscal)”.[2] E as consequências de tais políticas já são visíveis como mostra o mesmo jornalista:

“Algumas variáveis sintetizam o (des)equilíbrio econômico do governo de Macri em seus três anos de gestão: o PIB acumulou uma queda de 1,3%, a inflação foi da ordem de 163%, o dólar subiu 290% em relação à cotação oficial de dezembro de 2015 e 160% em relação ao dólar paralelo naquele momento. A dívida cresceu US$ 80 bilhões com credores privados e mais de US$ 100 bilhões se forem incluídos os primeiros desembolsos do acordo com o FMI. (…) As consequências desses números sobre a vida cotidiana das maiorias populares são profundamente desoladoras. O desemprego atingiu 9% durante o terceiro trimestre de 2018 e não atingiu os dois dígitos porque, para já, o grosso do ajustamento foi feito por via da liquidação do poder de compra do salário. As convulsões econômicas e os profundos retrocessos sociais são o saldo que o governo da nova direita argentina deixou até agora. E o pior parece ainda estar para vir.”

Esse é apenas um exemplo de como, nos últimos dois anos, essas ideias voltam a vigorar com força na agenda e no pensamento econômico de parte da América Latina, em especial no Brasil.

Não deixa de ser curioso que, se na década de 1920 e 1930 a concentração da América Latina na produção de produtos primários, no caso brasileiro o café, é o que impulsiona o debate estruturalista inaugurado pela Comissão Econômica para a América Latina (Cepal), nos final dos anos 2010, as ideias dos formuladores econômicos latino-americanos retomam aquela visão de mundo pré-Cepal, mas dessa vez não é café, mas sim o petróleo, a bola da vez. O atual presidente da Petrobras, Roberto Castello Branco, sintetiza de forma cristalina essa visão ao comentar o foco da empresa neste momento: “parecemos envergonhadas em explorar commodities. Vamos explorar e produzir valor para o Brasil”.

Não se pretende aqui discutir o caráter geoestratégico de um recurso como o petróleo, mas sim que por trás desta visão de exploração e exportação de petróleo cru está novamente aquele ideário liberal e de posição subordinada do Brasil na divisão internacional do trabalho.

É indiscutível que, neste momento e a despeito dos resultados anteriores, há uma espécie de retomada do pensamento liberal nas agendas de parte dos governos latino-americanos. E junto há uma tentativa não apenas de estreitar, mas de sepultar qualquer pensamento crítico a esse ideário. Dessa forma, torna-se indispensável novamente a recuperação de um debate que muitos consideram superado sobre o desenvolvimento desigual e pauperizante do capitalismo.

A dúvida é se haverá capacidade de reorganização do debate estrutural sobre os rumos da América Latina, incluindo aí o seu papel da geopolítica e geoeconomia, ou se ficaremos reféns apenas de responder aos desafios da “nova-velha” agenda liberal.

Referências:

[1] Fiori, J. L. O Brasil e seu entorno estratégico na primeira década do século XXI. In: Emir Sader (Org.). 10 Anos de governos pós-neoliberais no Brasil: Lula e Dilma. São Paulo: Boitempo, 2013.

[2] Rosso, F. La enigmática supervivencia política de Mauricio Macri. Nueva Sociedad, n. 279: 4-12, enero-febrero, 2019.