segunda-feira, 30 de setembro de 2019

Hacia un anticapitalismo realista

Wolfgang Streeck
Nueva Sociedad

Wolfgang Streeck cree que la izquierda debe plantear un programa anticapitalista realista antes que proyectos de reeducación moral. En esta entrevista analiza el rol de las izquierdas en el complejo panorama contemporáneo.

Los partidos de izquierda, dentro y fuera de Europa, están en crisis. ¿Hasta qué punto esta crisis difiere de la crisis general de las organizaciones políticas de masas y del desconcierto ideológico de los conservadores?

Hay puntos en común y diferencias. Uno de los puntos en común es que ya no se cree que los partidos tradicionales tengan fuerza creativa, y ni siquiera se les exige que la tengan. La diferencia es que hay otros que pueden manejar esta situación mejor que los socialdemócratas o los partidos ubicados a la izquierda de estos. Los partidos que no son de izquierda, antaño «burgueses», pueden hacer política de manera espontánea, como lo hace, por ejemplo, Angela Merkel, que logra escenificar magistralmente un oportunismo guiado por encuestas, a modo de una novela de aprendizaje personal. Todos los días sucede algo que la prensa puede revelar de inmediato. Lo que sucedió ayer ya no es de interés siquiera para los miembros de la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán).

Por el contrario, los partidos de izquierda tienen miembros que esperan de ellos un núcleo ideológico-programático. Sin embargo, generalmente no lo pueden consensuar, en parte porque carecen cada vez más de una perspectiva de poder real que promueva el realismo. Los votantes, muchos de los cuales toman su decisión en el último minuto dentro del cuarto oscuro, ven esto solamente como caos. Si los partidos de izquierda no logran, en medio de una opinión pública acostumbrada a consumir una multiplicidad de noticias, concitar atención y credibilidad para una voluntad transformadora que apunte a una sociedad sostenible a largo plazo, y por lo tanto tangiblemente distinta, se volverán irrelevantes. Más aún cuando sus líderes intentan imitar el oportunismo carente de conceptos del llamado «centro». Los otros dominan mejor la política posdemocrática.

Un punto neurálgico del debate político es el futuro de la Unión Europea. ¿Cómo percibe el debate actual de la izquierda sobre Europa?

Para Alemania, la Unión Europea sigue significando bonanza, tanto económica como política. En Alemania convergen los flujos de poder económico de la eurozona, mientras que los países de la región mediterránea se desangran. Aquí es donde se está gestando un conflicto intraeuropeo como no hemos tenido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Haber impuesto una moneda única de acuerdo con la receta alemana sirve a los intereses de la industria exportadora alemana, incluidos sus trabajadores, al tiempo que arruina a países como Italia y Grecia: un ejemplo de cómo un exceso de integración lleva al conflicto.

La situación es similar en Europa del Este, aunque por otras razones, como la política de refugiados. En términos políticos, con el número creciente y la heterogeneidad de los Estados miembros de la Unión Europea, Alemania está emergiendo como la potencia hegemónica de Europa, junto con –o mejor dicho, escondida detrás de– Francia. Y esto se debe además, en no menor medida, al rearme previsto del 2% del PIB, con lo que el presupuesto alemán de «defensa» superará con creces el de Rusia. Es probable que el nuevo poder militar se use en el África poscolonial, donde Francia necesita ayuda contra los insurgentes islamistas, así como en Europa del Este y los Balcanes, donde, para mantener la amistad de sus habitantes con Europa, Rusia debe ser mantenida a raya; y quizás incluso en Oriente Medio.

¿Cuáles son las consecuencias de esta hegemonía alemana para los y las votantes en Alemania?

Ser una potencia hegemónica no es gratis; los países mediterráneos demandarán compensación económica y financiera regional, y los países balcánicos reclamarán ayuda para el desarrollo; además será necesario cerrar la brecha financiera abierta por el Brexit en la Unión Europea y contar con el armamento convencional planeado como complemento de las armas nucleares y espaciales francesas. Nada de esto se discute seriamente en la izquierda alemana. Su pasatiempo es el reaseguro, en el nivel de la Unión Europea, de los seguros nacionales de desempleo a base de crédito y el denominado «salario mínimo europeo», llamado así porque diferencia según el ingreso promedio nacional.

Hay muchos indicios de que Alemania es demasiado pequeña para estar a la altura del papel de un Estado hegemónico europeo, incluso si Francia contribuyera con los costos. Ni siquiera somos capaces de reducir las diferencias de ingresos entre Alemania Occidental y Alemania del Este 30 años después de la unión monetaria alemana, ¿cómo haríamos entonces para reducir esas diferencias entre Baviera y Sicilia? Las demandas imposibles de satisfacer de otros países, especialmente si están moralmente justificadas, pueden provocar reacciones hostiles en la política interna. Entonces la «gran europea» Merkel, para ponerse del lado de sus votantes, traería sin duda de vuelta al «ama de casa suaba» (el símbolo de la austeridad alemana) de su reserva de RRPP. Incluso ante este peligro evidente, no hay una visión alternativa en la izquierda para una Europa futura, aparte de una mayor redistribución de Norte a Sur, con fronteras abiertas en todas las direcciones: un proyecto segurísimo de autorrepliegue.

Una importancia no menor reviste el tema de la migración, que ha resultado ser tan difícil como doloroso para los partidos de izquierda. ¿Cómo debería ser para usted una posición de izquierda convincente?

Las empresas alemanas tienen hambre de mano de obra, tanto de trabajadores calificados como de aquellos que estarían satisfechos con la mitad del salario mínimo alemán, sumado al subsidio Hartz IV. Una floreciente economía regional está creciendo más rápido que la oferta laboral renovable en cada región; es necesario que pasen casi dos décadas para que esa oferta arroje ganancias para los empleadores y los organismos de seguridad social. Esto significa inmigración. Piense en el hombre de Daimler, Dieter Zetsche, quien a fines de 2015 fantaseaba con el «comienzo de un segundo milagro económico». Pero tenemos una ley de migración desde hace apenas unos meses –tal fue hasta ese entonces la resistencia tanto de la antigua CDU como de los sindicatos– y no habría sido suficiente para la utopía neoliberal de un mercado laboral abierto con oferta ilimitada de mano de obra.

Fue entonces cuando llegaron oportunamente la guerra de Siria y las guerras (también guerras civiles) en Afganistán y África: si se interpreta adecuadamente la Constitución y el derecho internacional, a los refugiados se les debe permitir ingresar sin control y sin límite, incluso a aquellos poco calificados o que no están calificados en absoluto. Incluso tampoco pudo hacer nada en contra la bancada de la CDU/CSU en el Bundestag, acosada por sus votantes pero presionada a quedarse quieta no solo por la canciller, sino también por los empleadores, aliados con las iglesias, el Partido Socialdemócrata de Alemán (SPD), Los Verdes...

Por lo tanto, la economía obtuvo por razones humanitarias lo que no podría haber obtenido con justificación económica: una oferta de trabajo adicional tanto para trabajos calificados como para el sector de bajos salarios, desde el cual se puede seleccionar lo mejor y transferir el resto a la asistencia social. Que luego «nosotros» hayamos sido elogiados como una nación «abierta al mundo» –una «nueva Alemania» que ha «aprendido de su historia»– hizo de la izquierda casi un club de admiradores de Merkel, especialmente cuando se le permitió combatir al inevitable movimiento antagónico tildándolo de «neofascista». Lo que se le escapó fue el hecho de que Merkel, a más tardar a fines de 2016, tuvo éxito en volver a cerrar las fronteras no solo de Alemania sino también de Europa, para asegurar así su supervivencia política.

¿Pero la inmigración controlada no es vista con agrado por amplios círculos de la opinión pública alemana?

Sabemos poco sobre la reacción de la población local a las oleadas inmigratorias. Sin embargo, parece que aun en los países «más abiertos al mundo» la euforia inicial, incluso el orgullo nacional por la propia voluntad de ayudar, se convierte en algún momento y súbitamente en rechazo (ver los países escandinavos), al menos cuando se extiende la impresión de que la inmigración no está bien administrada, ya sea por incapacidad del gobierno o por falta de cooperación por parte de los inmigrantes.

En los Estados de Bienestar clásicos de Europa occidental, la oposición que surge a la inmigración se debe menos probablemente a la xenofobia general que a la preocupación por el estilo de vida propio, considerado progresista y justo. Una sociedad igualitaria tolera, por ejemplo, la desigualdad solo en un grado muy limitado: a diferencia de Estambul, no se quiere ver a los refugiados en Colonia o Múnich durmiendo en las calles y en los parques. Para que tal colapso del orden público sea solo una excepción, los recién llegados deben ser rápidamente capacitados para participar en la vida social como ciudadanos de pleno derecho, incluso mediante la adquisición de habilidades laborales, de modo que puedan ganar por lo menos el salario mínimo alemán.

Esto requiere un esfuerzo social y fiscal que no puede aumentarse arbitrariamente. A menos que se logre limitar la inmigración de forma tal que los recién llegados puedan integrarse a una vida doméstica exigente, es decir, que la entrada de inmigrantes se ajuste a los recursos destinados a la integración social disponibles, inevitablemente se hará escuchar el reclamo para que se ponga fin, primero de manera temporaria y luego permanente, a la inmigración. Quien condene esto moralmente debe contar, a su vez, con que recibirá una condena moral por violar otros valores sociales.

En Alemania, los socialdemócratas han discutido en los últimos tiempos acaloradamente sobre el ejemplo de Dinamarca, donde los socialdemócratas insisten en establecer estrictas restricciones migratorias.

Del caso danés se puede aprender que un partido socialdemócrata asume un alto riesgo si permite que la cantidad de inmigrantes exceda la capacidad de la sociedad para integrarlos a su estilo de vida tradicional. Esto es en particular lo que pasa cuando el partido reacciona con una retórica «cosmopolita» destinada a reeducar a los ciudadanos en lo que consideran moralmente aconsejable. Volver a trabajar como partido desde tal posición para volver a representar a sus votantes puede requerir un tipo de política simbólica que puede parecer sucia a los observadores externos. Sin embargo, en la medida en que los defensores de la inmigración ilimitada, incluso como consumidores, tienen interés en una mayor desigualdad –para comer barato en el restaurante y limpiar sus casas de manera más barata–, esto puede señalar un conflicto real sobre qué tipo de sociedad se quiere ser, una sociedad socialdemócrata o neoliberal.

Lo que sucede con los demócratas estadounidenses parece ser bien diferente de lo que ocurre en Dinamarca. ¿Qué se puede aprender de estas comparaciones?

El Partido Demócrata de Estados Unidos nunca ha logrado ponerse de acuerdo sobre una política de inmigración creíble. Actualmente, la reacción frente a Trump es liderada por fuerzas «liberales» que se basan en dos grupos significativos de defensores de las fronteras abiertas de facto: las familias inmigrantes que ya están en el país, predominantemente latinoamericanas, y los trabajadores de bajos salarios, como los cientos de miles que cada mañana inician su viaje de varias horas en el metro para limpiar habitaciones de hotel en Manhattan y cocinar alimentos para locales y turistas; por la noche viajan otras tantas horas de regreso, porque ni siquiera pueden soñar con vivir cerca de su lugar de trabajo. El lema que ambos deben pregonar es «Legalización de la inmigración ilegal».

Se evita decir si «legalización» significa que, después de una victoria electoral demócrata, toda inmigración debería ser legal, o si todavía habrá inmigración ilegal en el futuro y qué se debe hacer si alguien que no puede ingresar legalmente en ese momento lo hace ilegalmente. Cualquiera que haya tenido que pasar por los controles normales de inmigración como pasajero de una aerolínea normal después de aterrizar de manera segura en Estados Unidos debería poder imaginar que la «legalización de la inmigración», entendida como entrada gratuita al país para todos, no es un hit de campaña con el que se pueda vencer a Trump; probablemente ni siquiera se obtenga bajo ese lema una mayoría en el Partido Demócrata.

Por cierto, nadie habla de recursos para financiar la calificación profesional de los inmigrantes ni incluso de construir viviendas dignas para ellos, ni siquiera los «legalizadores»; ahí es donde se termina la generosidad aun del demócrata más generoso porque, en la vieja tradición de la sociedad rica más desigual del mundo, los inmigrantes tienen que valerse por sí mismos. No es un modelo para Europa.

Usted señala repetidamente el importante papel del Estado. ¿Realmente necesita la izquierda aclarar su relación con el Estado-nación?

Por cierto que sí, y con urgencia. El Estado-nación, especialmente el europeo, es la única entidad política de importancia que puede democratizarse. La transferencia de competencias nacionales al «mercado mundial» o a las autoridades supranacionales normalmente equivale a una desdemocratización de estas competencias, si por democracia se entiende la posibilidad que tienen los perdedores en la lotería capitalista de oportunidades de corregir, mediante la movilización del poder político, los resultados de la distribución.

La política de redistribución solo funciona en las naciones; en la sociedad mundial hay donaciones, de Bill Gates y compañía, pero no hay impuestos. La «gobernanza global» no es democrática y no puede serlo. Por encima del Estado-nación solo existe el «libre mercado internacional», que consiste en grandes empresas que son libres de hacer lo que quieran, y tecnocracias como el Fondo Monetario Internacional o la Unión Europea. En lo que respecta especialmente a esta última, se ha construido supranacionalmente desde el principio de modo tal que su democratización quede descartada o permanezca en el plano de la «consulta pública» del señor Juncker sobre la eliminación de la hora de verano. ¿Alguien realmente recuerda eso? En su lugar, ahora todos esperan que la señora Von der Leyen ponga fin al cambio climático.

Incluso si los Estados nacionales y la democracia están ligados, los Estados nacionales son históricamente responsables del exceso de violencia. ¿Acaso ser una nación no implica esto?

Es un cuento de hadas, contado muchas veces en beneficio de los Estados nacionales con ambiciones imperiales, que los Estados nacionales como tales sean agresivos hacia fuera y autoritarios hacia dentro. Curiosamente, el escepticismo con respecto al Estado desaparece como por arte de magia en los autodenominados «proeuropeos» tan pronto como el concepto se transpone al plano europeo. El superestado supranacional, que reemplazará al Estado-nación europeo al final de la «integración europea», de repente tiene que ser imaginado como pacífico y democrático.

El hecho de que los Estados nacionales pueden ser bastante diferentes se demuestra al observar Escandinavia y Suiza, pero también las seis o siete décadas de la Europa occidental de posguerra, después de que las aspiraciones de poder del Reich fueran aniquiladas junto con el propio Reich. Los imperios son agresivos hacia dentro especialmente cuando no quieren que se independicen las naciones que ellos dominan, y hacia fuera, cuando hay conflicto con otros imperios, como en la Primera Guerra Mundial; así sucede con los Estados nacionales que quieren convertirse en imperios, como Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial, o Estados Unidos en Vietnam, Iraq, etc. Para formularlo de manera provocativa, una Unión Europea bajo el liderazgo francés y armada con el 2% del PIB de Europa, obviamente con fines de defensa, sería la única entidad política de Europa occidental que podría tener hoy ambiciones imperiales, por ejemplo, en África u Oriente Medio.

Volvamos nuevamente a la debilidad de la izquierda: el debate a menudo se refiere a la distribución de la atención política entre un eje de conflicto cultural y un eje de conflicto económico. ¿Cuál es el eje decisivo desde su punto de vista? ¿En qué plano hay que dar un golpe de timón de manera más urgente?

No creo que los dos ejes sean rígidamente perpendiculares entre sí, es decir, que no tengan nada que ver entre sí, en cuyo caso de hecho plantearían un dilema como el de Escila y Caribdis para la izquierda. Recuerdo que el problema surgió del desconcierto de la izquierda de la «Tercera Vía» en la década de 1990 sobre lo que aún podían ofrecer a los votantes después de su giro globalista: quedaba ya descartada la protección frente a las fuerzas del mercado y la competencia internacional. La respuesta fue la propagación de valores liberal-libertarios, llamados posmaterialistas, que eran percibidos como una tendencia.

Esto dividió a la base de la izquierda: aquellos «nuevos libertarios», que hasta entonces habían podido integrarse económicamente, ya no veían razón alguna para no pasarse inmediatamente a Los Verdes, que estaban en ascenso; por el contrario, los votantes de izquierda tradicionales se encontraron expuestos a una retórica de reeducación que exigía de ellos que adhirieran a estilos de vida que les parecían incomprensibles, siniestros o incluso inmorales. Es por ello que muchos de ellos decidieron no tener nunca más relación con la política. Otros se fueron a partidos conservadores o, en su defecto, a partidos de derecha y radicales de derecha.

¿Habría podido evitarse?

Creo que la mayoría de los alemanes tiende a adoptar una actitud de «vivir y dejar vivir» en cuestiones culturales y morales, siempre que los otros adopten la misma actitud hacia ellos. Aceptación de que cada uno haga lo que quiera mientras no me moleste; rechazo a que se imponga una cultura de «celebración de la diversidad» desde arriba hacia abajo, desde el pensamiento único antitradicionalista de la elite de los medios liberales hasta los últimos rincones del pensamiento y la vida cotidianos. No existe ninguna contradicción entre esto y que uno se lleve bien con los vecinos turcos o vietnamitas, aunque sea de una manera alemana, bastante poco social.

Creo que la política de izquierda puede contentarse con eso: no tiene que presionar por limpiar la esfera pública de actitudes y manifestaciones que no sean lo suficientemente diversas desde una perspectiva verde. Quedan exceptuadas las manifestaciones de odio nazis, para cuya represión en Alemania, afortunadamente, se cuenta con el derecho penal. La izquierda puede encomendarles los intentos de reeducación moral de las masas a Los Verdes, que tienen bastante experiencia en ello, y cuyo buen momento actual se debe probablemente al hecho de que han atenuado notoriamente su moralismo, que tanto crispa a la gente.

¿Dónde ve una razón para el optimismo? ¿Dónde están los puntos fuertes estructurales de la izquierda que podrían aprovecharse más en el futuro?

Veo una gran necesidad estructural de una política de izquierda, es decir, una política que cohesione a la sociedad multiplicando sus bienes colectivos, que benefician a todos por igual. Obviamente, otro asunto completamente distinto es si los partidos de izquierda pueden satisfacer esta necesidad tal como están conformados en la actualidad; en esto soy escéptico. La actual borrachera del espectro verde/izquierda con una política simbólica de exclusión hacia dentro, regulaciones discriminatorias en escritura y lenguaje, condena moral contra quienes cometan mínimas desviaciones, habla en contra de esto.

En mi opinión, la situación actual pide a gritos una izquierda que se preocupe con igual intensidad por los déficits dramáticamente crecientes de nuestras infraestructuras colectivas en el sentido más amplio, desde el transporte urbano hasta el sistema escolar, y por las crecientes disparidades entre las zonas centrales en ascenso y la periferia en decadencia. Esto requiere, entre otras cosas, el alivio de la deuda de los municipios, con una descentralización simultánea de decisiones, un aumento sostenido de la capacidad de la desangrada administración pública, la promoción de cooperativas y formas no convencionales de empresa con capital ligado a un lugar, inversiones costosas para la protección contra las consecuencias del irreversible cambio climático que se avecina y espera desde hace mucho tiempo, además de dejar de lado el «déficit cero» como dogma fiscal: en resumen, un anticapitalismo realista. A veces uno tiene la sensación de que algunas izquierdas están más preocupadas por la mayor difusión posible de las estrellas de género.

sábado, 17 de agosto de 2019

O Brasil rumo ao ostracismo

José Eduardo Agualusa
O Globo

O país corre o risco sério de se transformar num pária, como a África do Sul nos tempos do Apartheid

Na passada terça-feira, manifestantes do grupo Extinction Rebellion lançaram tinta vermelha sobre as paredes da embaixada brasileira em Londres, protestando contra a destruição da floresta amazônica e a perseguição aos povos indígenas. Dias antes, o governo alemão anunciara o cancelamento de fundos para a proteção da Amazônia, no valor de R$ 155 milhões. Jair Bolsonaro reagiu dizendo que o Brasil não precisa de dinheiro estrangeiro para proteger a floresta.

Há trinta anos a destruição das grandes florestas tropicais de chuva não era um tema que ocupasse as primeiras páginas dos jornais europeus ou americanos. Cientistas e ambientalistas tinham alguma dificuldade em denunciar o que estava acontecendo. Isso mudou. Se antes a Amazônia era apenas uma mancha verde nos planisférios, um território inconcreto, mais do domínio da mitologia do que da realidade, tornou-se algo muito próximo. A maioria dos europeus sabe que a destruição das grandes florestas afeta o seu quotidiano. O aquecimento global instalou-se nos quintais das nossas casas.

O Brasil de Bolsonaro corre o risco sério de se transformar, a muito curto prazo, num país pária, ostracizado e desprezado pela comunidade internacional, à semelhança da África do Sul nos tempos do sistema de segregação do Apartheid. Turistas brasileiros em viagem pela Europa já estão sendo questionados — e cobrados — pelas bizarras atitudes, comentários e decisões do presidente Jair Bolsonaro. Daqui a pouco estarão sendo abertamente hostilizados, pagando os justos pelos pecadores.

Ao mesmo tempo, muitos europeus desistem de viajar para o Brasil, em férias. Escolher o Brasil como destino turístico tende a ser visto como uma atitude política, de apoio a um governo que persegue as vozes críticas, hostiliza os movimentos feministas e os homossexuais, e, sobretudo, parece empenhado em destruir todo o seu rico patrimônio ambiental.

Jair Bolsonaro e os seus apoiantes apostam no fortalecimento da extrema-direita no ocidente. Não creio que seja uma boa aposta. A extrema direita vem crescendo na Europa devido à irritação de uma classe média empobrecida, que vota nesses movimentos para castigar os políticos tradicionais. Não se trata de um voto por convicção ideológica. Os partidos e movimentos ecológicos e ambientalistas, pelo contrário, veem crescendo de forma sustentada, graças ao apoio de uma juventude cada vez mais consciente e reivindicativa. A médio prazo a Europa será verde.

Contudo, não será preciso esperar muito mais tempo para que o Brasil seja responsabilizado. Questões como a preservação das florestas tropicais colhem simpatia quase geral. Graças sobretudo à sua política de destruição da Amazônia, Jair Bolsonaro está em vias de se transformar num vilão global.

Já se escutam vozes apelando ao boicote de produtos brasileiros. Por este andar, o Brasil terminará completamente isolado. Acham que estou exagerando? Podem até subestimar o meu pessimismo. Convém, porém, não subestimar Jair Bolsonaro e o seu tenebroso talento para o desastre.

sexta-feira, 16 de agosto de 2019

Bolsonaro y la irrupción del fascismo escatológico

Fernando de la Cuadra
ALAI

Solo me cabe certificarlo, Brasil es gobernado por un individuo ignorante y vulgar. Nada de la complejidad de la vida y de las problemáticas que enfrenta el mundo y su patria es del interés del actual presidente del país. Cada vez queda más claro que Bolsonaro todavía no supera su etapa anal, pues son ya varios los episodios en que utiliza recursos escatológicos para referirse a los problemas de la nación. Hace una semana, cuando fue indagado sobre la posible relación contradictoria entre crecimiento y medioambiente, el gobernante no encontró nada mejor que decir que para cuidar del medioambiente “hay que hacer caca un día sí y otro día no” (sic). Días después señaló que la “caca petrificada de indígena consigue parar el licenciamiento de obras”. En su última manifestación en Piauí inaugurando una escuela insistió en su escatología “Vamos a acabar con la caca en Brasil”, refiriéndose a los comunistas.

El psicoanalista y académico de la Universidad de Sao Paulo, Christian Dunker, entrega una explicación instigante para este fenómeno: “El discurso moral, cuando se exprime psicoanalíticamente, frecuentemente termina en la mierda, en la bosta, exactamente lo que el presidente está practicando”.

Si Bolsonaro solo se dedicara a proferir sus necedades y abrir su cloaca verbal hasta podría ser un personaje inconveniente e irrelevante. El problema es que su gobierno se encuentra desmontando todas las políticas públicas que aseguraban un nivel mínimo de convivencia y aspiraciones de desarrollo entre la población. Y en todos los ámbitos.

Solo por mencionar el impacto de sus políticas sobre la acelerada desforestación del territorio amazónico, los datos recopilados en este primer semestre por organismos especializados como el Instituto de Pesquisa Espaciales (INPE) han demostrado que dicho proceso ha aumentado casi en un 90% en el presente año. Además de desconocer los datos entregados por el INPE, el ejecutivo no encontró nada mejor para impugnar las conclusiones de esta institución que remover a su director.

La postura radical de Bolsonaro contra los temas medioambientales lo ubica como un líder de la ultraderecha en esta cuestión, desconociendo tratados internacionales y provocando el corte de financiamiento en proyectos para esa región de países como Alemania o Noruega, que hasta ahora apoyaban el Fondo Amazonia. Su desafecto con los países europeos que dejaron de apoyar este Fondo, también se ha extendido hacia Alberto Fernández y Cristina Kirchner, que se perfilan como favoritos para ganar las próximas elecciones en Argentina, diciendo que “Bandidos de izquierda empezaron a volver al poder”.

A pesar de que se han escrito millares de páginas sobre este tema, no deja de resonar la pregunta sobre las razones que llevaron al electorado brasileño a elegir un candidato tan escaso de cualidades para ejercer un cargo de esa magnitud. Como entregar los destinos de la nación a un personaje tan nefasto y perverso. Puede ser el malestar acumulado contra los gobiernos del PT, la corrupción desatada en la última década, la creciente criminalidad y la inseguridad cotidiana, la manipulación efectuada en las redes sociales, la expectativa de cambios fuera de la estructura política tradicional, el hartazgo generalizado, la apatía republicana y un largo etcétera.

¿Y qué pasó con la valorización de la democracia, conquistada con tanto esfuerzo después de 21 años de dictadura?, ¿Cómo la ciudadanía le dio carta blanca a este grupo de apologistas de la tortura y el asesinato, reaccionarios delirantes, económicamente ultraliberales y fundamentalistas religiosos? ¿Cómo se puede soportar el retroceso cultural y social que quiere imponer ese grupo de descalificados, paranoicos y terraplanistas que niegan el cambio climático y la globalización?

Hace un par de años Yascha Mounk y Roberto Foa pusieron las alarmas sobre lo que denominaron como el proceso de “desconsolidación” democrática que comenzaba a campear por el mundo. Este desapego o desinterés por las formas de regímenes democráticos se puede atribuir al hecho de que las personas han aumentado sus expectativas sobre este sistema de gobierno, expectativas que no se cumplirían actualmente. En efecto, lo que la democracia proporcionaría en términos de estabilidad, inclusión, mejoras en la calidad de vida de las personas ya no se está consumando. En función de ello, los ciudadanos han ido perdiendo su aprecio y apoyo por la democracia. Para estos autores, los gobiernos de baja calidad colocan en riesgo la democracia y van minando su legitimidad. Especialmente propicios para la inclinación hacia gobiernos autoritarios son aquellos escenarios en los que está ausente un sistema de seguridad pública y la falta de confianza en que las formas democráticas puedan resolver los problemas de inseguridad y acceso a los servicios básicos de las personas.

Parece que Brasil todavía no ha tomado plena conciencia sobre los riesgos que representa la inauguración de este ciclo perverso en que la ultraderecha de la mano de las fuerzas armadas ha ido asumiendo el control sobre la nación. Ello sin duda plantea un peligroso precedente para que otras derechas en otros países aspiren a contar con el concurso de los militares para imponer una dictadura definitiva e irreversible.

Hasta ahora las democracias de la región han mantenido una relación ambigua con el autoritarismo y su versión fascista, aunque si el autoritarismo sigue tomando la iniciativa en plantearse como alternativa frente al malestar y la inseguridad que experimentan los ciudadanos, no pasará mucho tiempo para que fantasma del fascismo se apodere de nuestros países y nos lleve de regreso a un periodo de tinieblas.

En otro artículo señalábamos que para Umberto Eco siempre existirá la amenaza de restauración de un ur-fascismo o fascismo eterno. El ur-fascismo crece y busca el consenso explotando y exacerbando el miedo a la diferencia, a los otros. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El ur-fascismo es, pues, racista por definición. Pero él también se nutre del culto a la tradición y el rechazo a lo moderno, en la misoginia y la homofobia, en el odio a los extranjeros, en el desprecio a los pobres. Por eso, el fascismo escatológico de Bolsonaro no se distingue fundamentalmente de estas claves apuntadas por Eco. Al contrario, este tipo de fascismo libera la excrecencia que llevamos dentro, se nutre de los despojos corporales, se complace en exponer los residuos del espíritu humano, los códigos nauseabundos de nuestras vísceras y nuestros prejuicios. El fascismo es escatológico por antonomasia y quizás si la gran apuesta de futuro consiste en desterrarlo definitivamente de la convivencia humana a través del simple ejercicio de la democracia, la tolerancia y la fraternidad.

segunda-feira, 5 de agosto de 2019

Negacionismo climático y los escenarios del desastre

Adolfo Estrella
Diario La Quinta


Los negacionistas pueden ser divididos en ingenuos, ignorantes, estúpidos y malvados. Algunos presentan todos estos atributos a la vez. Y negacionistas los hay y los ha habido siempre, y de toda ralea. Han negado y niegan, por ejemplo, el holocausto judío, la limpieza étnica en Palestina, los crímenes de Stalin, la llegada de los estadounidenses a la luna, la teoría de la evolución, la existencia del VIH Sida, los crímenes de Pinochet, etc.

El negacionismo no debe ser confundido con posiciones críticas frente a determinados consensos o hegemonías. El negacionismo no es una refutación racional y dialogante de aseveraciones científicas. Es un rechazo sistemático, generalmente doctrinario, burdo y obtuso, que pretende, desde una posición falsamente crítica, cuestionar los acuerdos básicos que han posibilitado la existencia de la cultura humana.

Los negacionistas, como los fascismos y ciertos populismos, son desestabilizadores y reaccionarios frente a los saberes comunes que las sociedades han ido construyendo laboriosamente a lo largo de los siglos. Como estos últimos, sus líneas argumentales son débiles en contenidos, pero abundantes en falacias lógicas que no respetan el principio de no contradicción. El negacionismo, en sus exponentes extremos, es una ideología de encubrimiento de propósitos ocultos y perversos, de dominio y privilegios. Es una estrategia retórica de poder más que una defensa de realidades alternativas y legítimas.

En tanto negación de los datos empíricos que sostienen determinados hechos, tiende a ser un comportamiento reaccionario. Pero no siempre es así: el negacionismo frente al actual desastre climático, por ejemplo y a sus consecuencias civilizatorias tiene también sus adherentes en el “campo progresista”, seducidos todavía por las posibilidades de un “capitalismo verde”; es decir, de un “capitalismo bueno”, ecológicamente consciente y responsable. Por otra parte, frente al negacionismo dogmático, ideológico y ruidoso, existe un negacionismo psicológico, íntimo, del “ciudadano normal”, silencioso, que no quiere sacar las consecuencias de las imágenes de playas llenas de plástico, de sequías cada vez más frecuentes, de la contaminación de sus ciudades, de la desaparición de especies entre otras escenas que se ven abundantemente en las pantallas mediáticas.

Ya hemos sido advertidos

Durante años los informes científicos vienen advirtiendo de las consecuencias negativas del funcionamiento del industrialismo en lo que respecta a la biosfera. Todos han señalado que se han traspasado límites que no deberían haberse traspasado y que las posibilidades de supervivencia de la civilización humana y de la vida sobre el planeta están muy reducidas. Contaminación, agotamiento de recursos y cambio climático han sido señalados como sus signos más evidentes. Las ciencias y los movimientos ecologistas durante décadas han advertido lo que ahora es una evidencia visible. Pero el mundo ha seguido creciendo al abrigo de la energía aparentemente inagotable que proporcionaba el petróleo barato, no queriendo enfrentarse a la paradoja de que el petróleo barato es, a la vez, la causa del crecimiento ilimitado del industrialismo y causa de su colapso. Y que la quema de combustibles fósiles ha producido una emisión insostenible de dióxido de carbono con sus consecuencias directas sobre el aumento del efecto invernadero.

Ahora nos encontramos con evidencias, irrefutables científicamente, aunque posibles de negar dogmáticamente, de un desastre inminente. La humanidad está consumiendo una cantidad de recursos naturales equivalente a 1,6 Planetas. De seguir, se necesitarían 2,5 Planetas en 2050. Europa ha vivido estos días las mayores temperaturas registradas nunca, simbolizadas por esos cuarenta y dos grados en París. “Seguir con la dinámica de crecimiento actual nos enfrenta a la perspectiva de desaparición de la civilización tal como la conocemos, no en millones de años ni tan sólo en milenios, sino desde ahora hasta el fin de este siglo: cuando nuestros hijos tengan sesenta años, si todavía existe, el mundo será muy diferente”, afirmaba hace un tiempo, Peter Branett del Centro de Investigación para la Antártica.

La ONU, entidad alejada de cualquier posición extremista, a través de la representante especial del Secretario General para la Reducción del Riesgo de Desastres, Mami Mizoturi, señala que los desastres climáticos están ocurriendo en la actualidad al ritmo de uno a la semana, aunque no tengan atención mediática. Se trata de “eventos de, relativo, bajo impacto que están causando muerte, desplazamientos de población y sufrimientos, y que están sucediendo con mucha mayor frecuencia de la prevista”. Y asegura que esto “no es un tema del futuro, sino del presente”. Finalizaba Mizoturi diciendo que es necesario que “la gente debería conversar más acerca de adaptación y resiliencia”.

Con alta probabilidad el desorden climático ya está en marcha y las consecuencias sobre la vida en la tierra se han abierto a lo imprevisible. Lo que se avecina más que un cambio climático es un caos climático; es decir, una pérdida del equilibrio y de la “normalidad” atmosférica como consecuencia de un efecto invernadero intensificado. Esto significará un aumento de la temperatura media de la tierra con sus consecuencias sobre la modificación de los ciclos vitales, re-aparición de enfermedades ya erradicadas, deshielos, inundaciones con sus consecuentes crisis alimentaria, desplazamientos poblacionales, entre otros muchos otros efectos catastróficos, que algunos denominan “colapso civilizatorio”.

Un colapso civilizatorio significa la reducción de la complejidad de una sociedad que modifica radicalmente su funcionamiento habitual en términos de flujos de energía, estructura social y posibilidades de mantenimiento de la vida colectiva. Es un proceso por etapas que no se desarrolla simultáneamente en todos los lugares, ni en todos los sectores sociales: algunos podrán enfrentarlo de mejor forma que otros. “Si la magnitud de la catástrofe será de alcance mundial -afirma Paolo Cacciari- “habrá sin duda algún privilegiado que se las arreglará para vivir más tiempo escondido en un bunker antiatómico o en una habitación anti motín o que se escapará de las inundaciones o del asalto de los desposeídos enfurecidos escondiéndose en sus mansiones de montaña”

Escenarios del desastre

Frente a este colapso biológico y civilizatorio es posible imaginar al menos cuatro escenarios posibles:

Escenario 1. Sostenibilidad: espera de un remedio mágico, confianza en la tecnología y en la capacidad del capitalismo de transformarse en un “capitalismo verde”, con producción “circular”, reciclaje generalizado, energía nuclear, captura y almacenamiento de dióxido de carbono y otras acciones paliativas. Este es el escenario con el que trabajan la mayoría de los gobiernos en el mundo y constituye para las poblaciones el escenario más tranquilizador y que exige menos compromiso individual y colectivo.

Escenario 2. Ecofascismo: crisis económicas, catástrofes ambientales encadenadas, competencia por recursos, guerras, supervivencia de los más fuertes. Resurgimiento de las doctrinas del “espacio vital” y todos aquellos comportamientos que defenderán los privilegios de algunas minorías fuertes frente a mayorías débiles.

Escenario 3. Comunitarismo/individualismo resiliente: construcción de “botes salvavidas” con momentos y espacios de solidaridad y preservación comunitarias que salvarían a la civilización en algunos lugares con suficiente, aunque limitada, provisión de agua y alimentos.

Escenario 4. Decrecimiento y transición: adaptación inmediata a un suministro energético declinante siguiendo una vía de cooperar, conservar y compartir hacia una sociedad más austera (decrecer, descentralizar, descomplejizar, reutilizar…)

Podemos elegir cualquiera de estos escenarios. También podemos pensar en que estos escenarios no son excluyentes y que las próximas generaciones humanas tendrán que convivir, de acuerdo a sus particulares circunstancias con combinaciones de estos cuatro. No obstante, existe evidencia razonable para pensar que el colapso no lo podremos evitar en la medida que no podremos compensar el descenso de energía disponible y los otros factores asociados a la civilización termo-industrial. Y con menos energía no se puede mantener la complejidad y las actuales exigencias de producción y consumo.

Se dice que un pesimista es un optimista informado. Nuestra información y nuestro pesimismo nos lleva a afirmar que el mundo que se avecina será un mundo muy diferente al actual y, con alta probabilidad, trágico. Los pesimistas y catastróficos pensamos que existen posibilidades de enmendar el rumbo modificando tanto el imaginario productivista como las formas sociales de organización del trabajo, distribución de la riqueza y relación con la naturaleza. Existen posibilidades culturales, tecnológicas y políticas, pero desgraciadamente, desconocemos sus probabilidades de éxito. A lo mejor los botones del fin ya han sido tocados.

quinta-feira, 1 de agosto de 2019

Bolsonaro muestra su índole cruel y vulgar

Fernando de la Cuadra
Socialismo & Democracia

Los apelativos que se utilizaban más frecuentemente para definir la índole de Bolsonaro como los de un ser ignorante, incapaz, vulgar, homofóbico, racista, autoritario o bruto, ya no permiten reflejar en toda su magnitud los rasgos de su personalidad siniestra y psicopática. Molesto por las actividades de la Orden de los Abogados de Brasil (OAB) respecto al proceso sobre el atentado que sufrió y que declaró inimputable a su autor por problemas de salud mental, el ex capitán dirigió su odio contra el actual presidente de la OAB, Felipe Santa Cruz, hijo de un militante de izquierda detenido y desaparecido de la dictadura en 1974, afirmando que: “Si el presidente de la OAB quiere saber cómo su padre desapareció en el periodo militar, yo cuento para él”.

Las reacciones del mundo político, de la prensa y de la sociedad han sido inmediatas, llegando a sumarse la repulsa de muchos aliados, como el gobernador de Sao Paulo, quien en una declaración fuerte (y dígase de paso oportunista) señaló que las palabras del mandatario eran “inaceptables”. Uno de los abogados que entró con pedido de casación contra la presidenta Dilma Rousseff, el jurista Miguel Reali Jr., afirmó que este no sería precisamente un caso para solicitar impeachment, sino que para pedir la interdicción, pues estaríamos “frente a un cuadro de insanidad absoluta” por parte de Bolsonaro.

Por su parte, el Supremo Tribunal Federal puede aceptar la interpelación del injuriado presidente de la OAB, Felipe Santa Cruz, para que Bolsonaro entregue la información que dice poseer sobre el desaparecimiento de su padre.

Continuando con la polémica sobre el destino de los torturados y desaparecidos durante el régimen militar, Bolsonaro llegó a decir que la información recopilada y difundida por la Comisión Nacional para la Verdad (CNV) es pura mentira. Esta Comisión creada en 2011 por la ex presidenta Dilma Rousseff, fue compuesta por un grupo de juristas y especialistas en derechos humanos que elaboraron un detallado informe sobre caso de violaciones a los derechos humanos (detenciones, torturas y desapariciones) ocurridas en los años de la dictadura. Según el Informe final de esta Comisión divulgado en 2014, se constató con documentos y declaraciones de los agentes y militares involucrados, que durante ese periodo (1964-1986) fueron asesinadas o desaparecieron 434 personas como resultado de la violencia directa ejercida por parte de miembros del Estado brasileño.

Que puede estar por tras de estas declaraciones tan mentirosas y deshumanas proferidas por el gobernante. Algunos analistas especulan que Bolsonaro en realidad desea crear un distractor comunicacional que le permita seguir desmontando las políticas educacionales, sociales, culturales y ambientales sin generar rechazo ni resistencia entre la población. Sus constantes comentarios y acciones tendrían como objetivo levantar una cortina de humo para esconder de la sociedad sus reales propósitos de destruir las políticas que buscan favorecer a las mayorías y promulgar, por el contrario, decretos y resoluciones que favorecen a los grupos empresariales y ruralistas que le dan sustento a su gobierno.

Aunque todo tiene un límite. Estas últimas bravatas de Bolsonaro son tan aberrantes, vulgares y crueles que incluso entre sus huestes más incondicionales, hasta ahora, se percibe el descontento y la frustración con la impostura del presidente. Y es que los permanentes desatinos y barbaridades pronunciadas por él pueden colocar en riesgo la continuidad de las reformas ultra liberales encabezadas por su Ministro de Hacienda, Paulo Guedes. De hecho, el proceso de aprobación de la Reforma Previsional (con muchas indicaciones) todavía no concluye y tiene que pasar por dos votaciones en el parlamento para ser aprobada definitivamente.

La pregunta por lo tanto es hasta donde la insanidad de Bolsonaro puede comprometer los cambios conservadores a que aspira la derecha brasileña o si en realidad dicho estilo permite precisamente esconder de la opinión pública los negocios truculentos que pretenden realizar las autoridades como, por ejemplo, la privatización de la empresa Distribuidora de Petrobras a un consorcio estadounidense.

Entre una especulación y otra, lo que queda evidente en este último episodio con el presidente de la OAB es que el ex capitán continúa reafirmando su completa decrepitud moral, su falta de criterio y su monumental incapacidad para dirigir el destino de millones de brasileños.

quarta-feira, 31 de julho de 2019

Espiral de infâmias

Editorial
Folha de Sao Paulo

Em declarações, Bolsonaro escancara leviandade e inclinação autoritária

Numa escalada sem precedentes de insultos às normas de convívio democrático, aos fatos históricos, às evidências científicas e aos direitos humanos, o presidente Jair Bolsonaro (PSL) aguçou nos últimos dias as tensões e incertezas em torno de sua administração.

Se no início de mandato declarações e medidas estapafúrdias ainda podiam, com boa vontade, ser vistas como tentativa de satisfazer o eleitorado mais fiel e ideológico, o que se verifica agora é um padrão de atitudes que ofendem o Estado de Direito, reforçam preconceitos e aprofundam as divisões políticas.

Além de expor o despreparo do chefe do Executivo para desempenhar suas funções num quadro de coexistência com as diferenças, a insistência na agressão e na boçalidade revela uma personalidade sombria que parece se reconhecer, com júbilo, nas trevas dos porões da ditadura militar.

As insinuações sórdidas acerca do pai do presidente da OAB, Felipe Santa Cruz —morto, segundo as investigações, sob a guarda do poder autoritário—, são um exemplo da pequenez e da leviandade a que pode chegar o presidente.

Não espanta, aliás, que tenha classificado como “balela” documentos oficiais sobre abusos cometidos pelo regime. Já eram, afinal, conhecidos seus elogios ao torturador Carlos Alberto Brilhante Ustra, bem como suas simpatias pelas violações praticadas no submundo dos órgãos de repressão.

Enganou-se, infelizmente, quem esperou que a condição de presidente da República levaria o ex-deputado nanico a moderar o discurso e buscar alguma conciliação.

Pelo contrário, são os traços intolerantes e obscurantistas do mandatário que saltam aos olhos nos ataques e afirmações falsas dirigidos aos jornalistas Miriam Leitão e Glenn Greenwald, nas imposturas acerca do desmatamento da Amazônia, nas ameaças de censura ao cinema, no tratamento injurioso aos nordestinos e no desdém pelo massacre de presos no Pará.

Talvez transtornado com as críticas à indicação vexatória de um filho à embaixada em Washington, ou com as investigações que envolvem outro, Bolsonaro aprofunda a estratégia populista e acentua a retórica de confrontação.

Com índices de aprovação aquém dos obtidos por seus antecessores em igual período do mandato, o presidente desperta crescente apreensão quanto a seu desempenho nos anos vindouros.

Para alguns analistas, os destemperos verbais já começam a fornecer munição para um eventual enquadramento em crime de responsabilidade, por procedimentos incompatíveis com a dignidade, a honra e o decoro do cargo.

Não se vê nenhum movimento nesse sentido, e a perspectiva de reforma da Previdência dá fôlego ao governo. Entretanto a recente espiral de infâmias não poderá se perpetuar sem consequências.

quinta-feira, 25 de julho de 2019

Descolonizar o saber e o poder

Boaventura de Sousa Santos
Outras Palavras

O drama do nosso tempo é dominação articulada e resistência fragmentada. Muitas vezes, os movimentos anticapitalistas, feministas e antirracistas têm combatido uma destas formas de opressão – e fechado os olhos às outras

Os conflitos sociais têm ritmos e intensidades que variam consoante as conjunturas. Muitas vezes acirram-se para atingir objetivos que permanecem ocultos ou implícitos nos debates que suscitam. Num período pré-eleitoral em que as opções políticas sejam de espectro limitado, os conflitos estruturais são o modo de dramatizar o indramatizável.

Os conflitos estruturais do nosso tempo decorrem da articulação desigual e combinada dos três modos principais de desigualdade estrutural nas sociedades modernas. São eles, capitalismo, colonialismo e patriarcado, ou mais precisamente, hetero-patriarcado. Esta caracterização surpreenderá aqueles que pensam que o colonialismo é coisa de passado, tendo terminado com os processos de independência. Realmente, o que terminou foi uma forma específica de colonialismo — o colonialismo histórico com ocupação territorial estrangeira. Mas o colonialismo continuou até aos nossos dias sob muitas outras formas, entre elas, o neocolonialismo, as guerras imperiais, o racismo, a xenofobia, a islamofobia, etc. Todas estas formas têm em comum implicarem a degradação humana de quem é vítima da dominação colonial. A diferença principal entre os três modos de dominação é que, enquanto o capitalismo pressupõe a igualdade abstrata de todos os seres humanos, o colonialismo e o patriarcado pressupõem que as vítimas deles são seres sem plena dignidade humana, seres sub-humanos. Estes três modos de dominação têm atuado sempre de modo articulado ao longo dos últimos cinco séculos e as variações são tão significativas quanto a permanência subjacente.

A razão fundante da articulação é que o trabalho livre entre seres humanos iguais, pressuposto pelo capitalismo, não pode garantir a sobrevivência deste sem a existência paralela de trabalho análogo ao trabalho escravo, trabalho socialmente desvalorizado e mesmo não pago. Para serem socialmente aceitáveis, estes tipos de trabalho têm de ser socialmente vistos como sendo produzidos por seres humanos desqualificados. Essa desqualificação é fornecida pelo colonialismo e patriarcado. Esta articulação faz com que as pessoas que acham desejável a desigualdade social do capitalismo tendam a desejar também a continuação do colonialismo e do patriarcado, e sejam, por isso, racistas e sexistas, mesmo que jurem não sê-lo. Esta é a verdadeira natureza dos grupos políticos de direita e de extrema direita. Se, numa dada conjuntura, as preferências racistas e sexistas vêm à tona, é quase sempre para expressarem a oposição ao governo do dia, sobretudo quando este é menos pró-capitalista que o desejado por tais grupos.

O drama do nosso tempo é que, enquanto os três modos de dominação moderna atuam articuladamente, a resistência contra eles é fragmentada. Muitos movimentos anticapitalistas têm sido muitas vezes racistas e sexistas, movimentos anti-racistas têm sido frequentemente pró-capitalistas e sexistas e movimentos feministas têm sido muitas vezes pró-capitalistas e racistas. Enquanto a dominação agir articuladamente e a resistência a ela agir fragmentadamente, dificilmente deixaremos de viver em sociedades capitalistas, colonialistas e homofóbicas-patriarcais. Talvez, por isso, e como se tem visto ultimamente, aos jovens de muitos países seja hoje mais fácil imaginar o fim do mundo (pelo agravamento da crise ambiental) do que o fim do capitalismo. A assimetria entre a dominação articulada e a resistência fragmentada é a razão última da tendência das forças de esquerda para se dividirem em guetos sectários e das forças de direita para se promiscuirem em amálgamas ideológicas na mesma cama do poder.

A continuidade da dominação segrega um senso comum capitalista, racista e sexista que serve as forças de direita, até porque é reproduzido incessantemente por grande parte da opinião publicada e pelas redes sociais. Porque age na corrente, a direita pode dar-se ao luxo de ser indolente e transmitir a ideia de “estar ao corrente” e, quando tal não funciona, aciona a sua asa de extrema direita (tão presa ao seu tronco quanto a asa de direita moderada) para dramatizar o discurso e provocar novas divisões nas esquerdas, sobretudo se estas ocupam o poder de governo e estamos em período pré-eleitoral e a ausência de alternativas credíveis salta aos olhos. Pelo contrário, as forças de esquerda estão sempre à beira do abismo da fragmentação por terem sido treinadas no mundo eurocêntrico para desconhecer ou descartar as articulações entre os três modos de dominação. As dificuldades são ainda maiores por terem de agir contra a corrente do senso comum reacionário.

Identifico duas tarefas urgentes para superar tais dificuldades. A primeira é de curto prazo e tem um nome: pragmatismo. Se a agressividade do pensamento reacionário, explicitamente racista e encobertamente hiper-capitalista e patriarcal, é a que se observa e ocorre num país cujos cidadãos ainda há cinquenta anos eram vítimas de racismo por toda a Europa dita desenvolvida e antes disso tinham sido ostracizados como brancos escuros — ou portygyes no Caribe, Havaí e EUA – se tudo isto ocorre num país cujo poder de governo é ocupado por forças de esquerda, é fácil imaginar o que será quando voltarmos (se voltarmos) a ser governados pela direita. O entendimento entre as forças de esquerda tem contra si forças imensas, nacionais e internacionais: capitalismo financeiro global, privatarias público-privadas, Comissão Europeia, Embaixadas norte-americana e de muitos países europeus, agências da sociedade civil supostamente promotoras da democracia, Igrejas conservadoras, a razão indolente da direita infiltrada há muito no PS português contra a militância corajosa do último Mário Soares, a razão indolente do sectarismo de pequenos grupos de esquerda radical que têm sempre os dois pés no mesmo sítio para acreditarem que são firmes em vez de estáticos. Mas o que está em jogo é muito e o pragmatismo impõe-se. Quando a direita começa a defender transportes públicos e saúde pública, a esquerda no governo deve lembrar-se do que está a esquecer. A resposta à extrema-direita racista tem de ser tanto política como jurídica e judicial. Defendo há muito que as lutas jurídicas contra o senso comum reacionário só devem ocorrer depois de tais lutas terem adquirido forte densidade política. É, pois, imprudente determinar em abstrato a validade da via jurídico-judicial ou da via política.

A segunda tarefa é de longo prazo e consiste em descolonizar o saber científico e popular e o poder, tanto social como cultural e político. Esta tarefa é particularmente difícil em Portugal por duas razões. Em primeiro lugar, a última fase da descolonização do colonialismo português ocorreu há muito pouco tempo (1961-1975). As feridas coloniais estão ainda tão abertas e fundas que, tal como as crateras produzidas pela mineração a céu aberto, parecem parte integrante da paisagem. O longo ciclo colonial está inscrito na carne do país até ao mais íntimo tutano. Um país com tanta falsa esperança histórica sente-se agora dominado por tanto falso medo de ser menos europeu que a Europa desenvolvida que sempre recolonizou o colonialismo português para maior benefício dela. Por sua vez, os países que nasceram da luta anticolonial contra Portugal tiveram o privilégio de sofrer o menor ônus neocolonial. Todos sem exceção se afirmaram orgulhosamente socialistas e não apenas independentes. Foram, porém, rapidamente postos na ordem pelo capitalismo financeiro global. Sucederam-se lideranças que querem esquecer a violência e rapina colonialistas para melhor ocultarem a violência e a rapina que elas próprias vão exercendo contra as suas populações.

A segunda decorre do fato de os processos de independência terem ocorrido como uma dupla revolução: nas então colónias, a revolução da independência, e em Portugal, a revolução da democracia do 25 de Abril de 1974. Os mesmos militares que sustentaram o regime colonial no seu último período, participaram na guerra dita de pacificação e certamente cometeram as atrocidades correspondentes, são também os heróis de que muito nos orgulhamos por terem aberto o caminho às independências sem peias neocoloniais e pela democracia que nos devolveram em Portugal. Passará ainda algum tempo para que as feridas se exponham, e assim possam ser eficazmente curadas.

segunda-feira, 1 de julho de 2019

Por que os psicopatas chegaram ao poder

George Monbiot
Outras Palavras

Há uma dimensão pouco examinada no avanço das lógicas neoliberais. Um sistema que estimula competição, disputa e rivalismo produzirá “líderes” brutais e sem empatia. Eleger gente generosa e sensível requer uma nova democracia

Quem, em seu juízo perfeito, poderia desejar esse trabalho? É quase certo que acabará, como descobriu Theresa May, em fracasso e execração pública. Procurar ser primeiro-ministro britânico, hoje, sugere ou confiança imprudente ou fome insaciável de poder. Talvez necessitemos de uma ironia como a de Groucho Marx: alguém louco o suficiente para candidatar-se a essa função deveria ser desqualificado para concorrer.

Alguns anos atrás, a psicóloga Michelle Roya Rad listou as características de uma boa liderança. Entre elas figuravam justiça e objetividade, desejo de servir à sociedade e não a si mesmo, falta de interesse em ser famoso e ocupar o centro das atenções, resistência à tentação de esconder a verdade ou fazer promessas impossíveis. Por outro lado, um artigo publicado no Journal of Public Management & Social Policy (Jornal de Gestão Pública e Política Social) listou as características de líderes com personalidade psicopata, narcisista ou maquiavélica. Elas incluem: tendência à manipulação dos outros, disposição em mentir e enganar para alcançar seus objetivos, falta de remorso e sensibilidade, desejo de admiração, atenção, prestígio e status. Quais dessas características descrevem melhor as pessoas que estão competindo para ser “governantes” no mundo contemporâneo?

Na política, vê-se em todo lado o que parece ser a externalização de déficits ou feridas psíquicas. Sigmund Freud afirmou que “os grupos assumem a personalidade do líder”. Penso que seria mais preciso dizer que as tragédias privadas dos poderosos tornam-se as tragédias públicas daqueles que eles dominam.

Para algumas pessoas, é mais fácil comandar uma nação, mandar milhares para a morte em guerras desnecessárias, separar crianças de suas famílias e infligir sofrimentos terríveis do que processar sua própria dor e trauma. Aparentemente, o que vemos na política, em todos os cantos, é uma manifestação pública de profunda angústia privada.

Essa talvez seja uma força particularmente forte na política britânica. O psicoterapeuta Nich Duffell escreveu sobre “líderes feridos”, que foram separados da família na primeira infância para ser enviados ao colégio interno. Eles desenvolveram uma “personalidade de sobrevivente”, aprendendo a reprimir seus sentimentos e projetar um falso eu, caracterizado pela demonstração pública de competência e autoconfiança. Sob essa persona está uma profunda insegurança, que pode gerar necessidade insaciável de poder, prestígio e atenção. O resultado disso é um sistema que “sempre revela pessoas que parecem muito mais competentes do que realmente são”.

O problema não está confinado a estas paragens. Donald Trump ocupa a cadeira mais poderosa do planeta, e ainda assim parece roer-se de inveja e ressentimento. “Se o presidente Obama tivesse feito os acordos que fiz”, afirmou há pouco, “a mídia corrupta os consideraria incríveis… Para mim, apesar do nosso recorde em economia e tudo o que fiz, não há crédito!”. Nenhuma riqueza ou poder parece capaz de satisfazer sua necessidade de afirmação e segurança.

Penso que deveria ser necessário a qualquer um que quisesse participar de uma eleição nacional passar por uma formação em psicoterapia. A conclusão do curso seria a qualificação para o cargo. Isso não mudaria o comportamento de psicopatas, mas poderia evitar que, ao exercer o poder, certas pessoas impusessem sobre os outros suas próprias feridas profundas. Fiz dois cursos: um influenciado por Freud e Donald Winnicott, outro cuja abordagem tinha foco na compaixão de Paul Gilbert. Considero os dois extremamente úteis. Penso que quase todo mundo se beneficiaria desses tratamentos.

A psicoterapia não iria garantir uma política mais gentil. A abertura admirável de Alastair Campbell ao falar sobre sua terapia e saúde mental não o impediu de comportar-se – quando desempenhou as funções de assessor político e porta-voz de Tony Blair – como um valentão desbocado, que intimidava as pessoas a apoiar uma guerra ilegal, em que centenas de milhares de pessoas morreram. Tanto quanto sei, não demonstrou remorso por seu papel nessa guerra agressiva, que cabe na definição de “crime internacional supremo” do tribunal de Nuremberg.

O problema, na verdade, é o sistema no qual essas pessoas competem. Personalidades tóxicas prosperam em ambientes tóxicos. Aqueles que deveriam ser menos confiáveis para assumir o poder são justamente os que mais provavelmente vencerão. Um estudo publicado no Journal of Personality and Social Psychology sugere que o grupo de traços psicóticos conhecido como “domínio sem medo” está associado a comportamentos amplamente valorizados nos líderes, tais como tomar decisões ousadas e sobressair-se no cenário mundial. Se assim for, nós, por certo, valorizamos as características erradas. Se para alcançar o sucesso no sistema é necessário ter traços psicopatas, há algo errado com o sistema.

Para pensar uma política eficiente, talvez fosse útil trabalhar de trás para frente: primeiro decidir que tipo de gente gostaríamos que nos representassem e depois criar um sistema que as levasse ao primeiro plano. Quero ser representado por pessoas ponderadas, conscientes de si e colaborativas. Como seria um sistema que promovesse essas pessoas?

Não seria uma democracia puramente representativa. Esse tipo de democracia funciona com o princípio do consenso presumido: você me elegeu há três anos, então presumo que consentiu com a política que estou para implementar, não importa se na época eu a mencionei ou não. Ela recompensa os líderes “fortes e determinados” que tão frequentemente levam suas nações à catástrofe. Um sistema que fortaleça a democracia representativa com democracia participativa – assembleias de cidadãos, orçamento participativo, co-criação de políticas públicas – tem mais possibilidades de recompensar os políticos sensíveis e atenciosos. A representação proporcional, que impede governos com apoio minoritário de dominar a nação, é outra salvaguarda potencial (embora não seja garantia).

Ao repensar a política, é preciso desenvolver sistemas que incentivem gentileza, empatia e inteligência emocional. É preciso nos desvencilhar de sistemas que encorajem as pessoas a esconder sua dor e dominar os outros.

quinta-feira, 20 de junho de 2019

David Harvey: Veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz

Edgar Sapiña
El Diario

David Harvey (Gillingham, 1935) es un geógrafo marxista de origen británico que trabaja como profesor en la City University of New York (CUNY) y que se ha convertido en uno de los científicos sociales de referencia para muchos movimientos de izquierdas. Estos días visita Barcelona para presentar su nuevo libro La lógica geográfica del capitalismo (Icaria Editorial), una obra biográfica en la que se ofrece un repaso histórico de la trayectoria del autor, una entrevista realizada en 2015, nuevos textos traducidos al castellano y un capítulo inédito.

Usted se define como anticapitalista antes que socialista, comunista, anarquista o populista. ¿Por qué?

El capital tiene mucha influencia sobre muchos aspectos de la vida diaria. No es solo la economía. Es la cultura, la forma de pensar o las estructuras de conocimiento. Conceptos como el comunismo o el socialismo suelen estar muy asociados con una concepción del mundo muy rígida. Las relaciones sociales entre las personas deben ser transformadas, pero esto requerirá muchas transformaciones mentales. Por eso pienso que tenemos que quitarnos el capitalismo de nuestras cabezas, así como de las calles y de la vida.

¿Y el anticapitalismo es un término que engloba más aspectos que conceptos como el socialismo o el comunismo?

Sí. Creo que no estamos en una posición como para describir ahora una alternativa al capitalismo y quiero escapar de la caja que es el comunismo, el socialismo o el anarquismo.

Después de un periodo de silencio, parece que en los últimos años ha habido un interés creciente por el comunismo. Aquí en España, por ejemplo, en 2017 Alberto Garzón publicó Por qué soy comunista. ¿Cómo se materializa el comunismo hoy?

No lo sé. Tampoco sé qué piensa Garzón sobre el comunismo. De lo que estoy seguro es de que los niveles de desigualdad actuales son inaceptables. No creo en una absoluta igualdad, creo que ciertas desigualdades son interesantes, pero ciertamente las desigualdades de ingresos están revirtiendo muchas de las cosas que deberíamos poder alcanzar.

Una de las cosas en las que pienso más al final del día es en la calidad de las relaciones sociales entre las personas. Uno de los efectos de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos ha sido la degradación de las relaciones entre grupos de inmigrantes o entre grupos con diferentes orientaciones sexuales. La transformación de estas relaciones sociales está yendo en una dirección muy negativa.

¿El comunismo ha evolucionado desde la caída del muro de Berlín en 1989 o la disolución de la Unión Soviética en 1991?

El comunismo es crítico, obviamente ha evolucionado desde 1989 y creo que, de alguna forma, el colapso de la Unión Soviética y todo lo que ello supuso permitió la reevaluación de lo que debía ser el proyecto comunista. Tenemos un gobierno en China que se llama a sí mismo comunista. Mucha gente no se lo toma en serio, pero deberían hacerlo. Lo que deben hacer o hacia dónde tienen que ir es una gran pregunta para mí.

¿Cree que es una sociedad comunista?

No, no es una sociedad comunista, pero ideológicamente ellos han reivindicado que para el año 2050 serán una sociedad plenamente socialista. Yo me tomo muy en serio esa proclamación, a pesar de algunas medidas que han adoptado, como el intercambio mercantil capitalista. Hay problemas de desigualdad social y de degradación ambiental, pero todos los países los tienen. Ellos han dicho que serán plenamente socialistas para el año 2050 y esto significa combatir el problema medioambiental y la desigualdad social.

Una de las cosas que sabemos de China es que cuando dicen que van a hacer algo lo hacen y lo hacen muy rápido, no son demócratas para nada, pero no hay que subestimar las posibilidades que tiene China. Trump está organizando una política antichina ahora mismo y es un profundo error por parte de los Estados Unidos, porque está empujando a China a ser más autónoma.

Dos de las corrientes de pensamiento más recientes son el feminismo y el ecologismo. ¿Cómo coexisten estos dos movimientos con el sistema económico actual?

Una de las cosas interesantes de estos dos movimientos es que el neoliberalismo ha puesto desde 1970 un gran énfasis en el emprendimiento y ha abierto la posibilidad a que el feminismo use esta ideología para crear lo que podríamos llamar un feminismo corporativo. Ese es el feminismo de Hillary Clinton, un tipo de emprendimiento satisfactorio en el que, por supuesto, hay la posibilidad de que las mujeres ocupen posiciones importantes en el mundo académico, por ejemplo. Lo mismo podría ocurrir con el multiculturalismo y la orientación sexual.

El neoliberalismo puede ser visto como una apertura que permite un progreso en los derechos del colectivo LGTBI y de las mujeres. De todos modos, creo que muchas feministas se están dando cuenta de que el neoliberalismo no es la solución sino que es su enemigo prioritario. Hay una transformación en algunas pensadoras feministas que dicen que no pueden lograr sus objetivos desde el neoliberalismo y que hay que moverse hacia unas posiciones anticapitalistas. Lo mismo se puede decir del movimiento ecologista.

Entonces, ¿es compatible defender el capitalismo a la vez que el feminismo y el ecologismo?

Si defiendes el sistema económico actual te encontrarás defendiendo un tipo de feminismo que se basa en incorporar más mujeres en empresas, pero el problema ahora mismo son las condiciones salariales de las mujeres trabajadoras, que están viviendo en unas condiciones muy difíciles. Ellas son las que están sufriendo las políticas neoliberales. Mientras que una mujer de clase media se puede beneficiar del neoliberalismo, muchas de las trabajadoras están sufriendo mucho bajo las políticas de austeridad. Algunas mujeres y ecologistas se benefician del neoliberalismo, pero las problemáticas principales están fuera de la dinámica capitalista.

¿Usted cree que en los próximos años el capitalismo evolucionará y defenderá el ecologismo, en aras de generar un beneficio económico de ello, o se mantendrá en el mismo punto en el que está ahora?

El ecologismo forma parte de un gran negocio, hay sectores del mercado que están tratando de lidiar con el cambio climático. No digo que el capitalismo no haya prestado atención a las cuestiones medioambientales, lo que cuestiono es el límite del beneficio capitalista. La industrialización de la agricultura, por ejemplo, ha creado un serio efecto secundario. Estos son problemas que llevan al límite la capacidad del sistema económico capitalista.

¿Las problemáticas que van más allá de lo material invisibilizan la lucha de clases?

Hay una tendencia que consiste en evitar la cuestión de clase, particularmente desde la caída de la Unión Soviética había una tendencia que decía que Marx y el conflicto de clases sociales estaban muertos. Si preguntamos ahora mismo cuáles son los agentes activos, en términos de políticas de izquierdas, ya no son los trabajadores fabriles. La clásica visión del proletariado que se va a emancipar es el trabajador de una fábrica.

El problema principal es preguntarse quién es el proletario hoy en día. Cuando nos hacemos esta pregunta tenemos que pensar en una configuración distinta. El otro día, cuando estaba en un aeropuerto, miré por la ventana y vi la fuerza del trabajo. ¿Quién hace funcionar un aeropuerto? Cuando miras a los Estados Unidos, ves a mucha gente de color, muchos inmigrantes y mujeres asalariadas. Si toda esta gente de golpe deciden hacer huelga, el aeropuerto tiene que cerrar. El capital estaría completamente bloqueado. Este es el nuevo proletariado.

En esta década los partidos de extrema derecha han crecido. De hecho, en las últimas elecciones europeas han ganado en Francia, el Reino Unido, Italia, Hungría y Polonia. ¿Cómo deben responder los partidos de izquierdas, ya que una parte de los votantes de extrema derecha son antiguos votantes de izquierdas?

Hace falta una reorientación de las políticas de izquierdas y creo que las bases institucionales de las políticas de izquierdas no han sobrevivido demasiado bien. Las políticas de izquierdas han fallado en gran medida en los últimos 10 o 15 años, con algunas excepciones. Por ejemplo, el auge inicial de Podemos fue una cosa muy positiva, pero creo que está aún en formación. Hay una vasta parte de la población descontenta con las políticas neoliberales. Es un momento muy interesante. Tengo la sensación de que en un futuro muy próximo veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz y hablar de un modo distinto. La conversación debe estar basada en una configuración ideológica distinta.

¿En qué se debe basar esa conversación?

Tiene que estar basada en cómo entender las políticas anticapitalistas en la actual conjunción. Las transformaciones revolucionarias no serán violentas. En los últimos 20 años hemos vivido una presión en la calle muy fuerte, un ejemplo actual de ello son los chalecos amarillos en Francia. La gran pregunta es hacia dónde va políticamente. Tenemos que repensar cómo deben ser las políticas. Para eso hay que tener una conversación sobre qué es el anticapitalismo.

Usted concibe la historia y la geografía como dos disciplinas inseparables que, juntas, explican qué está sucediendo en el mundo. De todos modos, hoy en día se estudian por separado. ¿Esto es un error del mundo académico?

Es un profundo error, sí. La especialización es importante, pero lo que realmente no me gusta es la creación de aprendizajes que se supone que no se deben comunicar con otras disciplinas. ¿Por qué estamos segmentando de esta forma? Una cosa peculiar en el mundo académico en Estados Unidos, no sé si también ocurre aquí, es que hay una constante demanda de multidisciplinaridad.

¿Por qué cree usted que la geografía es una disciplina útil para comprender la realidad?

Uno de los motivos es que el hecho de que la geografía no sea una disciplina muy organizada crea una gran oportunidad. Dudo que me pudieran haber dejado hacer en otra disciplina todo lo que he hecho en geografía. La geografía es más abierta, un poco porque la gente no sabe exactamente lo que es, eso está bien, pero a su vez está mal porque los administradores académicos no saben qué hacer con ello.

No sé si está muy pendiente de la situación política en Barcelona. Después de las elecciones municipales, Ada Colau tratará este sábado de ser reelegida alcaldesa con el apoyo del PSC y de la lista de Manuel Valls, que está apoyada por Ciudadanos. Si eso ocurre, ERC, que ganó las elecciones, se convertiría en el principal partido de la oposición. ¿Cuál sería el mejor escenario para gobernar Barcelona, según su opinión?

La gestión de Colau fue muy importante para la gente que, como yo, cree que la organización del poder municipal es parte de un proceso político muy crítico en el mundo ahora mismo. Creo que lo que pasa en el nivel municipal es importante y la administración de Colau ha sido una muestra importante para el resto del mundo, enseñando que las cosas se pueden hacer.

La cuestión independentista se tiene que abordar, este es un hecho muy particular que hace las cosas difíciles, no es una cosa de partidos de izquierdas contra partidos de derechas. Personalmente no me emociona demasiado la idea de una Catalunya independiente, creo que no va a suceder y no creo que la Unión Europea lo vaya a aceptar, pero eso es solo mi opinión desde fuera. Puedo ser persuadido [ríe].

quarta-feira, 5 de junho de 2019

Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista

Redacción
Politika

Algunos elementos de la crítica del colapsismo marxista al Ecosocialismo

Desde hace algunos meses diversas organizaciones ecosocialistas de Chile, Argentina y otros países de América Latina vienen siendo objeto de una potente campaña de ataque ideológico en redes sociales por parte de un nuevo referente comunicacional que actúa bajo el nombre de “Marxismo y Colapso”. Uno de los objetivos centrales de este referente ha sido polemizar con algunas de las figuras y posturas centrales del ecosocialismo, por ejemplo aquellas representadas por el intelectual marxista Michael Lowy. Una de las posiciones centrales de este grupo ha sido negar reiteradamente varios de los preceptos centrales de los programas marxistas tradicionales y de la estrategia ecosocialista; esto es, por ejemplo, la idea de que un cambio revolucionario en las relaciones sociales de producción y el establecimiento de un nuevo régimen productivo orientado a la satisfacción de las necesidades sociales sería capaz tanto de “frenar” (o “revertir”) los efectos de la actual crisis ecológica-energética, así como también de “evitar” un fenómeno de colapso civilizatorio cercano.

Por el contrario, “Marxismo y Colapso” defendería la necesidad de un nuevo marco teórico y estratégico al interior de la izquierda mundial para dar cuenta del fenómeno de colapso civilizatorio y extinción humana que, como producto de la combinación entre los efectos destructivos de la crisis ecológica-energética actual y las contradicciones tradicionales del sistema capitalista decadente, sería ya imposible de detener. Según este planteamiento, lo anterior pondría al conjunto de las fuerzas socialistas ante un escenario inédito en la historia revolucionaria moderna que se caracterizaría, entre otras cosas, por la “irrupción práctica” (a diferencia de los siglos pasados) del “horizonte de barbarie” anticipado teóricamente por una serie de pensadores marxistas tales como Rosa Luxemburgo o Walter Benjamin.

De acuerdo con Miguel Fuentes, uno de los ideólogos principales de estas posiciones, un escenario como el anterior implicaría no sólo una diferencia fundamental con el siglo pasado en el cual dicho horizonte se habría mantenido en un terreno aún “hipotético”, sino que obligaría además a las organizaciones de izquierda anti-capitalista a pensar la situación histórica actual en el marco de una “dinámica de cierre” (o clausura) del horizonte socialista moderno. La razón de lo anterior sería que estaríamos (o estaríamos muy cerca de estarlo) ante las puertas de un tipo de “resolución negativa” de la lucha de clases moderna como aquella anticipada teóricamente por Marx en el Manifiesto Comunista, esto al referirse a la posibilidad de una “autodestrucción” de las dos clases fundamentales del sistema capitalista.

Uno de los ejemplos de este “escenario inédito” al cual estaríamos a punto de enfrentarnos sería la perspectiva de un derrumbe generalizado (inminente) de las fuerzas productivas a nivel planetario, aquello como efecto de un avance imparable del calentamiento global y la crisis ecológica. Según las concepciones de “Marxismo y Colapso”, una situación de derrumbe económico de este tipo poseería, potencialmente, una gravedad mayor a cualquiera de las crisis económicas experimentadas durante la historia del capitalismo, asociándose desde aquí a un escenario mucho más destructivo al que tuvieron algunas de las peores catástrofes históricas de los últimos siglos: por ejemplo, las guerras mundiales. La explicación de esto sería que, a pesar de los niveles de destrucción masiva que experimentó Europa durante estos conflictos bélicos, las bases de la economía capitalista habrían podido mantenerse sólidas en el resto del planeta (por ejemplo en Estados Unidos), constituyendo lo anterior, en consecuencia, una situación radicalmente diferente al escenario potencial de derrumbe global “sincronizado” que estaría pronto a producir la crisis ecológica-energética en ciernes. Igualmente, a diferencia del costo en vidas que tuvieron las guerras mundiales, el cual ascendió en su conjunto a una cifra alrededor de los cien millones de personas, la crisis ecológica actual, ligada a una pronta crisis de subsistencia planetaria generalizada, podría cobrarse durante este siglo un número de víctimas que llegue a los billones (esto sin descartarse la posibilidad de una extinción completa de nuestra especie).

Otro planteamiento colapsista que puede destacarse aquí sería la supuesta existencia de un “déficit tecnológico” estructural que, debido a la extrema gravedad que tendría la crisis ecológica-energética actual y el nivel de descomposición de las bases eco-sociales del desarrollo histórico contemporáneo, incapacitaría hoy no sólo al capitalismo, sino que también a un hipotético proyecto socialista, para “contener”, “frenar” o bien “revertir” los efectos catastróficos de la crisis mundial que se aproxima. Esto último, por lo menos, en el poco tiempo que nos quedaría antes de que esta crisis se descontrole de manera absoluta, precipitando con ello un derrumbe ecosistémico planetario total que se asociaría, de manera inevitable, no a una pretendida “superación revolucionaria” del sistema capitalista, sino que a su colapso.

Un argumento adicional en esta línea sería que la crisis ecológica y energética en ciernes plantearía hoy, acorde con el posible derrumbe inminente del desarrollo de las fuerzas productivas que se asociaría a aquella, un horizonte de escasez crónica de recursos que terminaría por “bloquear” y volver pronto en inviable una gran parte del programa marxista revolucionario de los siglos pasados. La razón de lo anterior se encontraría en el hecho de que, a diferencia del contexto característico de abundancia de recursos de los siglos XIX y XX, un escenario de escasez global implicaría una pérdida de efectividad (y posterior caducidad) de una serie de consignas revolucionarias clásicas que habrían sido entendidas hasta hoy como las vías principales para la aseguración íntegra y efectiva de las necesidades materiales y espirituales de la población mundial. Algunas de estas medidas serían, entre otras, la expropiación y el control obrero de los medios de producción y la redistribución socialista de las riquezas sociales.


En pocas palabras, la situación de escasez crónica de recursos que se avecinaría en el futuro cercano implicaría, liza y llanamente, que un sector importante de la población mundial se encontraría ya, literalmente, perdida (muerta), esto incluso en un contexto futuro cercano de reorganización socialista del sistema económico. Para los referentes de “Marxismo y Colapso”, aquello tendría una serie de repercusiones (todavía no estudiadas) sobre las futuras dinámicas de la lucha de clases internacional, esto por ejemplo al nivel de las “fracturas inevitables” que el avance progresivo de un marco de escasez de recursos podría producir, inexorablemente, al interior de las filas de los explotados. Lo anterior constituiría así un escenario radicalmente distinto a los vistos durante los siglos XIX y XX en los cuales el desarrollo de las fuerzas productivas (y la abundancia mundial de recursos) representó la base objetiva de una potencial alianza revolucionaria internacional del conjunto de los oprimidos por el capitalismo. Un ejemplo de estas posibles “fracturas internas” futuras al nivel del campo de los explotados, gatilladas por un derrumbe global de las fuerzas productivas y un contexto de escasez aguda, podría encontrarse en una potencial división entre los sectores de la sociedad aptos para asegurar su sobrevivencia por sus propios medios y aquellos sectores (remanentes) que sólo podrían hacerlo obteniéndolos (de forma pacífica o violenta) de los primeros.

La perspectiva ecosocialista y la ecología marxista se caracterizarían por presentar, por lo tanto, una serie de “puntos ciegos” que afectarían su capacidad para una evaluación realista de la verdadera gravedad de la crisis ecológica-energética en curso y de sus potenciales proyecciones durante las próximas décadas. Una muestra de lo anterior serían tanto la escasa reflexión dada por estas corrientes en torno a la ya referida posibilidad (objetiva) de un fenómeno de colapso civilizatorio como resultado del avance de los procesos ya activados (e irreversibles) de destrucción ecosistémica, así como también la incomprensión de aquellas de las “limitaciones estructurales” que, tal como se indicó más arriba, tendría una potencial revolución mundial para hacer frente (tanto en el ámbito tecnológico como social) a este escenario de ruptura ecológica planetaria.

Un ejemplo supuestamente evidente de esto último se hallaría en la consigna ecosocialista de una posible “regeneración” del “equilibrio metabólico” entre el hombre y la naturaleza, aquello nada menos que en un contexto en el cual los niveles de alteración antrópica del medio-ambiente ya habrían destruido no sólo los últimos restos de dicho equilibrio (ya pulverizado por el avance del capitalismo), sino que, asimismo, hecho “saltar por los aires” los delicados y complejos pilares climáticos del periodo holocénico establecidos en la Tierra a lo largo de decenas de miles de años. De acuerdo con la perspectiva colapsista, estos equilibrios serían así ya no sólo imposibles de “recomponer” durante un largo periodo de tiempo en escala geológica, sino que, además, tal como en el caso del resto de “equilibrios medioambientales” rotos en el pasado terrestre con motivo de otras graves alteraciones paleo-climáticas (entre otras las cinco extinciones masivas que enfrentó la vida sobre nuestro planeta previamente al origen de la humanidad), aquellos habrían sido destruidos, muy probablemente, para siempre. Sería justamente en consignas como éstas en torno a una posible “restauración” del equilibrio metabólico hombre-naturaleza, compartida incluso por sectores “ecológicos” del industrialismo marxista (por ejemplo los representados por la sección medioambiental de la revista democrático-ciudadana “La Izquierda Diario”), en donde una parte importante del programa eco-socialista se presentaría, según la postura colapsista, como una verdadera “utopía verde”.

Debe considerarse aquí, asimismo, la incapacidad del desarrollo tecnológico actual para siquiera detener (y menos “revertir”) la trayectoria destructiva de lo que ha sido denominado ya por la ciencia como el inicio de la VI extinción masiva de la vida terrestre, la cual se encontraría hoy, aquello sin siquiera haberse alcanzado la barrera catastrófica de los 1.5 grados centígrados de aumento del calentamiento global fijada por la ONU, en pleno desarrollo. Lejos de cualquier posible “restauración” de ningún “equilibrio metabólico” entre el hombre y la naturaleza, no existiría hoy, por lo tanto, esto si se consideran por ejemplo los actuales niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera que asegurarían un aumento cercano probablemente incontrolable de las temperaturas globales, otro escenario más que el de una “ruptura geológica” imparable que, con o sin la aplicación de un “programa ecológico socialista”, no hará más que empeorar durante este siglo. Una de las críticas esgrimidas al ecosocialismo y al pensamiento ecológico marxista en este punto es que, tal como se dijo anteriormente, dichos referentes defenderían una perspectiva simplista (y en gran medida utópica) respecto a las capacidades que tendría el proyecto revolucionario socialista moderno para enfrentar esta crisis planetaria.

De acuerdo con las posiciones colapsistas, las tareas de la izquierda y la revolución hoy serían así, asumiendo la perspectiva cercana de un cambio climático y una crisis energética súper-catastrófica imparable, dar pasos en la discusión de un programa político coherente con este escenario de derrumbe global inminente. Una de las razones de lo anterior sería que solamente discutiendo esta perspectiva, de una manera realista, sería posible en el futuro la mantención de un proyecto comunista que, debiendo ser esta vez asegurado “en la barbarie misma”, pueda constituir una alternativa de sobrevivencia y civilización para aquel sector de la humanidad que estaría capacitado para superar (de la manera que sea) los desafíos de la gran crisis geológica-civilizatoria que se abalanza sobre nosotros.