terça-feira, 12 de maio de 2020

Gobernando sobre una pila de cadáveres

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

El concepto de necropolítica fue acuñado por el filósofo camerunés Achille Mbembe en un artículo del mismo nombre publicado en 2003 en la Revista Public Culture. Con este concepto, Mbembe quiere expresar las modalidades en que la política se impone sobre las personas como un poder que decida sobre sus vidas, aunque, sobre todo, sobre su muerte. La necropolítica representaría la disposición de los gobiernos a exponer a los ciudadanos a la muerte, es decir, como desde el poder político y desde la soberanía el Estado se puede imponer a las personas un régimen de naturaleza arbitraria en la cual se elige entre quienes pueden vivir y quienes pueden ser eliminados, vidas superfluas, residuales, “matables” como diría el pensador africano. La necropolítica establece los estándares de a quienes hay que proteger y quienes son dispensables o porque representan una “amenaza para la sociedad” o porque son seres superfluos, destituidos de su condición de personas porque no son ni productores ni consumidores.

Haciéndose eco de esta perspectiva, el gerente de una de las principales corredoras de valores de Brasil, declaraba sin ruborizarse que el auge de la pandemia en los sectores de las clases media alta y alta ya pasó, por lo tanto, el problema ahora se ubicaba en las comunidades pobres, donde hay muchas favelas, “lo que acaba complicando todo el proceso de ataque al virus (sic)”. Ahora algunos empresarios descubrieron que el problema son los pobres, los favelados, son ellos los que por sus condiciones de hacinamiento ponen en peligro las iniciativas que recomiendan el distanciamiento social.

Por su parte, para el Ejecutivo, no interesa si los muertos por el Covid-19 ya sobrepasan los 12 mil casos oficiales y que las previsiones sobre futuros decesos son de lo más sombrías y pesimistas, estimándose que a partir de la próxima semana el número de muertes diarias llegué a ser de mil personas. Para Bolsonaro, que ha demostrado un total desprecio por la vida de las poblaciones más pobres y vulnerables, lo que interesa son los indicadores económicos que –como casi todos los países- revelan que Brasil se encuentra pasando por un profundo proceso recesivo. Acompañado por algunos ministros y un grupo de empresarios, el mandatario encabezó una marcha a pie hasta el Supremo Tribunal Federal (STF), para pedir a su máxima autoridad, José Dias Toffoli, que presione a los gobernadores para que terminen con la cuarentena en sus respectivos estados.

Una de las expresiones más impactantes de esta banalización de la muerte, fueron las declaraciones de la Ministra de Cultura, Regina Duarte, que minimizó los asesinatos cometidos durante la dictadura brasileña, diciendo que “siempre muere gente, en todas partes”. Junto con minimizar los efectos del Covid-19 en el aumento del número de fallecidos, la ex actriz señaló que ella es demasiado leve para cargar con los muertos. Su postura refleja claramente, el nivel de apatía por las víctimas de la dictadura y de la actual pandemia, lo que la sitúa en total sintonía con el espíritu de necropolítica instaurado por el capitán de reserva.

Y siguiendo con esta serie de medidas incomprensibles, el gobierno liberó el funcionamiento de academias de gimnasia, salones de belleza y peluquerías como servicios esenciales, bajo el argumento de que “la salud es vida”. Parece una broma de mal gusto, pero es la realidad en el Brasil actual. Como apuntó recientemente el Director de la Orden de los Abogados de Brasil (OAB), Felipe Santa Cruz, “El presidente creó este ambiente de indolencia con el Covid-19 y muchas de esas muertes podrán, si, ser imputadas a la responsabilidad personal de Jair Bolsonaro. Él no va a huir de eso. La historia es inclemente”.

A la vez, ya se está transformando en una práctica habitual que el gobernante realice todos los domingos su show en la rampla del Palácio da Alvorada, con amenazas de golpe y de invadir la sede del Supremo Tribunal Federal (STF) o del Parlamento con sus huestes de acólitos fanáticos y odiosos. Y también ya es común asistir al espectáculo patético de las Fuerzas Armadas reiterando su compromiso con la Constitución y la democracia, reforzando el carácter independiente y armónico de los poderes en el marco de la gobernabilidad. ¿En cuál régimen democrático se vio que las Fuerzas Armadas deben pronunciarse constantemente en defensa del equilibrio de poderes y el respeto a las leyes y la institucionalidad de un país? Se supone que cuando las democracias funcionan, los militares se mantienen en tareas profesionales, sin interferencia política permanente.

Las acusaciones contra Bolsonaro se siguen acumulando, pero –como ya hemos apuntado en otras columnas- existe bastante consenso entre los diversos actores políticos, juristas y la población en general, que este no el momento más propicio para abrir un proceso de impeachment. En primer lugar, porque no es posible avanzar en un proceso tan complejo sin debate directo y solo a través de la comunicación en línea y videoconferencia. Además, para alcanzar una correlación de fuerzas favorables, es necesario que exista una movilización popular en las calles, que presione fuertemente a un parlamento comprado con promesas de puestos en el gobierno y recursos para los proyectos de los diputados, especialmente de aquellos pertenecientes a un conjunto amorfo de partidos llamado de “Centrao, que componen la mayoría en la Cámara de Diputados.

Y en esta displicencia del ex capitán y su gobierno, las cifras de víctimas del Coronavirus comienzan su tendencia creciente, sin ninguna previsión de que la curva empiece a achatarse. Bolsonaro es llamado por algunos periodistas como “el sepulturero de Brasil”. Ni siquiera es eso, porque los sepultureros tienen respeto por los muertos que entierran, por los deudos y por quienes asisten a un funeral. El ex capitán es un psicópata que es incapaz de sentir algún tipo de empatía por las personas fallecidas y sus familias. Su política está marcada por Tanatos, el Dios de la muerte, y por su incontenible pulsión de crueldad, odio y destrucción.

terça-feira, 5 de maio de 2020

La necropolítica de Bolsonaro descubre nuevos enemigos

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Con mucha tristeza nos enteramos de la muerte Aldir Blanc de Coronavirus en un hospital de Rio de Janeiro. Blanc fue uno de los mayores compositores brasileños y se transformó en una figura emblemática de la lucha contra la dictadura, pues en sus letras combinaba poesía y esperanza en medio de un panorama sombrío y desolador. Como en el homenaje a Charlie Chaplin en que funde los destinos del inolvidable Carlitos con otros incomprendidos de la historia, como los exiliados por el régimen militar (O Bêbado e a Equilibrista). Y ahora, su patria amada continúa equilibrándose en la cuerda floja para no transformarse en una dictadura tropical. Mientras tanto, ese personaje tosco, grosero, brutal que ocupa la presidencia, insiste en imponer su agenda autoritaria, amenazando nuevamente a los otros poderes del Estado con la clausura del Congreso y del Supremo Tribunal Federal (STF). ¿Cuánto más va a soportar este país a un sujeto tan nefasto e insano?

La interrogante se mantiene, aunque cada vez parece más claro que el ex capitán está actuando sin ninguna visión estratégica, acumula diferencias y desafectos todos los días e insiste en apelar al apoyo de las Fuerzas Armadas para aplicar un autogolpe que le entregue más poderes para gobernar sin ningún control. En su definición bizarra de la democracia, el mandatario piensa que no debe tener ninguna interferencia para hacer y deshacer a su antojo, en un Brasil que se curve a sus caprichos.
Pero las Fuerzas Armadas no están convencidas de sumarse a una aventura golpista que no supone, en ninguna hipótesis, derrotar a las fuerzas del comunismo o a algún enemigo interno, sino que, por el contrario, significaría disolver las instituciones que están consagradas por la propia Constitución como frenos o contrapesos de las embestidas autocráticas del Ejecutivo.

El actual contexto político es muy diferente al que existía en 1964, en el que el gobierno de Joao Goulart prometía la realización de un conjunto de transformaciones estructurales, llamadas las Reformas de Base, comenzando por una reforma agraria, reformas administrativas, tributarias y en el sistema bancario, junto con la nacionalización de empresas bajo capital extranjero y control sobre las remesas de dichas empresas. A pesar de que las condiciones para una arremetida totalitaria en el presente son muy distintas, Bolsonaro citó a sus ministros militares y a los altos mandos de las tres ramas de las Fuerzas Armadas a su despacho, para quejase de lo que él llama “intervencionismo” del STF en sus decisiones. Sintiendo que tenía el aval de los militares, decidió, una vez más, convocar a sus seguidores a apoyar un golpe porque la situación habría llegado a un límite. Por la reacción y el disgusto expresado por los militares a partir de este pronunciamiento del gobernante, parece bastante remota la posibilidad de que ellos estén dispuestos a cargar con el fardo de inaugurar una dictadura por un motivo fútil y torpe.

En ese caso, se visualiza como más probable un escenario en el cual el golpe sea efectuado para apartar a Bolsonaro de la jefatura del gobierno y colocar a otro militar en su lugar, de preferencia el Vicepresidente, Hamilton Mourao, que ha mostrado mayor racionalidad y capacidad de negociación con los diversos actores políticos e institucionales.

Además, Bolsonaro cambió peligrosamente de campo de batalla. Se ha olvidado de sus antiguos enemigos para descargar su odiosidad. Antes de las elecciones sobraban amenazas contra los agentes del comunismo, los Petralhas y todos quienes querían que Brasil fuera una sucursal de Venezuela. Repetía incansablemente el eslogan Nossa bandeira jamais será vermelha. En la actualidad sus adversarios se encuentran entre la derecha o la centroderecha. Con los ataques del ex capitán a la prensa liberal (O Globo, Folha de Sao Paulo, Estado de Sao Paulo), al Congreso y a sus respectivos presidentes (Rodrigo Maia de la Cámara de Diputados y Davi Alcolumbre del Senado), a gobernadores también de derecha (como Doria, Wetzel o Caiado) y al hasta hace poco Ministro de Justicia, Sergio Moro –a quien llamó de Judas-, parece que la disputa por la continuidad de su proyecto autocrático se reduce a un conflicto entre los sectores de la derecha y la ultraderecha.

Paralelamente, el presidente ya acumula más de 30 pedidos de impeachment por varios motivos, a saber: Crimen de responsabilidad por participación en actos contra el Congreso, STF y la prensa; obstrucción de la Justicia al querer nombrar para Superintendente de la Policía Federal a un amigo de la familia; Falta de decoro o dignidad del cargo, al pronunciarse de manera injuriosa contra personas e instituciones; Abuso de poder, en el caso de insultos a periodistas que cubren las novedades del Palacio do Planalto.

¿Y entretanto, qué están haciendo los partidos de la oposición de izquierda? Bueno, estos partidos también buscan encontrar una salida a la crisis que les otorgue algún protagonismo. El Partido de los Trabajadores (PT) ha iniciado, primero tímidamente, una campaña cuyo eslogan es “Fuera Bolsonaro”, aunque no está clara su posición con respecto a la posibilidad de instaurar un proceso de destitución, pues se encuentra evaluando la viabilidad de llevar a buen puerto la salida del Jefe de Estado. Si se fracasa en el intento, el ex capitán puede salir fortalecido pese a los pesados cargos que se vienen acumulando en su contra.

Los otros partidos de izquierda o progresistas también se encuentran evaluando la correlación de fuerzas que podría llevar a la instalación de una comisión para analizar la exoneración del mandatario, aunque debido a la compra de apoyo parlamentario que ha efectuado Bolsonaro en los últimos días entre los partidos del “Centrao”, este escenario todavía parece remoto. Sin posibilidades de llamar a sus militantes a ocupar las calles, la izquierda se manifiesta en las redes sociales, pero sin el impacto que tendría una gran movilización nacional.

Ya hemos señalado en columnas anteriores que la decisión de abrir estos procesos se encuentra en las manos de Rodrigo Maia, el cual –al igual que los partidos de oposición- sigue evaluando la factibilidad de una medida de este tipo. En un escenario en que aún no se decantan las aguas turbulentas de la política brasileña, los muertos por el Covid-19 siguen aumentando y, según cifras oficiales, estos ya superan los siete mil decesos, mientras los contagiados llegaron a los 110 mil casos. En esta ruleta de la vida y de la muerte, resuena en la memoria una música que recuerda otros tiempos de terror, cuando Joao Bosco junto a Aldir Blanc escribían “Llora nuestra patria, madre gentil, lloran Marías y Clarices en el suelo de Brasil…”

domingo, 3 de maio de 2020

Os vivos e os mortos

J. C. Cuenca
Deutsche Welle

Qual é o limite para a infâmia deste governo num momento de pandemia global? Sobre isso, hoje os mortos podem falar mais alto que os vivos.

Estendendo as mãos para fora da cama, admirou-se de não encontrar nada. "Ora essa", pensou, "as formigas devem ter comido a parede", e voltou a dormir. Pouco depois, a mulher o sacudiu: "Olha, seu preguiçoso", disse ela, "enquanto você estava dormindo, roubaram a nossa casa". O céu intacto espraiava-se por todos os lados. "Bem, o que está feito, está feito", pensou ele.

Pouco depois, ouviu-se um barulho. Era um trem que se aproximava deles a toda velocidade. "Com tanta pressa", pensou, "vai chegar com certeza antes de nós", e voltou a dormir. Depois, o frio o despertou. Estava banhado em sangue. Alguns pedaços da sua mulher jaziam junto dele. "Com o sangue", pensou ele, "surgem sempre muitos contratempos; se aquele trem não tivesse passado eu seria feliz. Mas, uma vez que já passou...", e tornou a adormecer.

Nos últimos anos, sonâmbulos como o homem pacífico de Henri Michaux pulularam por estas terras. Liberais com deficiência de aprendizado, juristas de palanque e articulistas do chefinho distraíram-se dos ímpetos totalitários do asno que alçaram ao poder com o simples objetivo de apear um governo levemente trabalhista. Quando confrontados, disseram: "O poder irá moderá-lo...", e voltaram a dormir.

Hoje, as instituições estão sequestradas por milícias fascistas. A cada dia mais frágeis, adiam o momento em que terão que finalmente combater ou capitular. Indecisos entre o cálculo político e a defesa da Constituição, a desonra e a guerra, congressistas, senadores e presidentes das duas casas assistem, lívidos, a corrosão do que nos sobrava de Estado Democrático de Direito. Sem perceber que, um a um, todos estão virando sombras. Antes de cair no sono, soltarão outra nota de repúdio.

As intrigas palacianas com ramificações em grupos de extermínio que testemunhamos no meio de uma pandemia só podem acabar em (mais) tragédia. Não haverá renúncia ou acordo. Haverá tiroteio, assassinato, suicídio. Este governo miliciano sabe que, fora do poder, será encarcerado.

Entre a inocência e a impotência, a oposição democrática descobre a cada dia novos buracos para enfiar o pescoço. Enquanto nós, os últimos ilustrados, inventamos novas formas de conversar com o espelho. Sempre um pouco acima do chão, um pouco revolucionários – ligeiramente subversivos. Mas não muito. Talvez por isso, nós, que ainda estamos vivos, fomos – e seguimos – incapazes de estar a altura do desafio histórico que temos diante dos olhos. A esperança que nos resta é outra.

Quantos zeros precisam estar à direita para que a pilha de corpos torne-se (ou deixe de ser) uma abstração? Qual é o limite do aceitável? Qual o grau de parentesco? A aritmética da compaixão? Qual será a imagem, o cadáver exposto na calçada, a cova coletiva, que irá riscar uma linha a partir da qual um "e daí?" seja respondido com a guilhotina que merece?

Logo uma tempestade pesada cairá em cada trecho do Planalto Central, nas secas colinas, sobre os mangues e as florestas. Cairá, também, sobre os cemitérios, em rajadas nas cruzes e lápides, nas pontas dos portões, nos espinheiros e jardins, na grama, na lama. Ouviremos essa chuva cair na terra, como se encontrasse seu pouso definitivo, sobre todos os vivos e todos os mortos. Talvez nesse dia, os últimos falem mais alto que os primeiros.

segunda-feira, 27 de abril de 2020

La nueva estrategia de la centroderecha

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

La renuncia del ahora ex Ministro de Justicia y Seguridad Pública, Sergio Moro, ha comenzado a decantar el nuevo escenario que se instala en la política brasileña. Primeramente, vale destacar que dicha renuncia no es producto de una frustración de última hora, provocada por la destitución -sin consulta- del Superintendente de la Policía Federal (PF), Maurício Valeixo. Sería una ingenuidad pensar que una decisión de este calibre fue tomada por Sergio Moro únicamente por el disgusto que le produjo la pretendida intromisión del mandatario en las investigaciones realizadas por la PF, especialmente aquellas que están focalizadas en las actividades de sus hijos y de políticos aliados del presidente. En rigor, esta renuncia no es apenas una expresión del hecho de que el ex capitán desea convertir a la Policía Federal en una especie de aparato de seguridad personal o blindaje frente a los procesos que se comienzan a acumular en contra de su familia y de los amigos del clan Bolsonaro.

No es el caso. De hecho, la salida del ex juez de la Operación Lava Jato y símbolo de la lucha contra la corrupción parece haber sido planificada con mucha antelación. En este último periodo, el ministro Moro -muy ausente y con escasas apariciones públicas- se había reunido con representantes de entidades empresariales, con altos ejecutivos de la banca y del sistema financiero, así como con miembros de la prensa y políticos de la centroderecha tradicional. Por lo mismo, lo que se puede percibir de su salida del gobierno es que este supone un movimiento más global de rearticulación de una centroderecha que apuesta en Sergio Moro como una figura respetada, moderada y, por lo tanto, una carta de consenso para superar el conturbado momento sanitario, económico y político que devasta al país.

Si bien la centroderecha apostó con cierta aprehensión en el candidato de la ultraderecha para derrotar a los “izquierdistas” del Partido de los Trabajadores en las elecciones de 2018, transcurrido algunos meses, ella observa con preocupación el rápido deterioro que viene experimentando el gobierno y el malestar creciente que se apodera de la población en medio del caos sanitario provocado por el Covid-19 y de la caída estrepitosa de todos los indicadores de la economía brasileña.

Precisamente, para enfrentar la crisis económica, el Jefe de la Casa Civil, General Braga Netto, ha presentado recientemente un ambicioso programa de recuperación con intervención del Estado, lo cual implica un contrapelo de las políticas que viene tratando de implementar el titular de la cartera, Paulo Guedes. Por lo mismo, no resultó tan extraño que el Ministro de Economía no estuviera presente en el lanzamiento de este Plan de Recuperación Nacional. Si las discrepancias con el Ministro Guedes se hacen constantes o se profundizan, es muy probable que sea el próximo secretario en solicitar su salida del gabinete.

Con un Bolsonaro cada vez más aislado, intentando aumentar su base de apoyo en el Congreso en base a un fisiologismo de compra de apoyo dirigido hacia los partidos del bajo clero llamado “Centrão”, la centroderecha ha comenzado a distanciarse definitivamente de un gobierno que ya no le sirve para continuar protegiendo sus intereses y sus negocios. El presidente en ejercicio puede ser descartado por este espectro político y por los empresarios, a pesar de que todavía no concluye el “trabajo sucio” para el cual fue instalado en el Ejecutivo. Todavía quedan pendientes algunas reformas de la agenda neoliberal propuesta por su equipo económico, a saber: privatización de empresas públicas (especialmente Petrobras), disminución de impuestos para las empresas, desregulación total de los contratos laborales, relajación o extinción de las agencias de fiscalización de la explotación predatoria que afecta la región amazónica y de otras actividades extractivistas.

Pero a pesar de la tarea inconclusa, la centroderecha y el empresariado se encuentran actualmente convencidos que el comportamiento desequilibrado y beligerante de Bolsonaro está colocando en serio riesgo la estabilidad de las instituciones y la viabilidad de los “emprendimientos”, todo lo cual se ve potenciado por el contexto de pandemia que aflige al país. Para este bloque político, es ineludible distanciarse o directamente enfrentarse a un gobierno en descomposición, que pierde diariamente la legitimidad y el apoyo popular y que demuestra total incapacidad de establecer pactos con el resto de los poderes y con la clase política en su conjunto, incluidos congresistas, gobernadores y alcaldes. El ex capitán tampoco cuenta con el apoyo incondicional de las Fuerza Armadas, las cuales ya han expresado su malestar por las manifestaciones convocadas a favor de una intervención golpista que tendría por objetivo salvar al gobierno de sus enemigos invisibles, como ya resulta habitual en el discurso delirante del presidente y de sus fanáticos adictos. En otras palabras, difícilmente los militares se van a subir a una aventura golpista auspiciada por los seguidores del ex capitán para endurecer las acciones contra los opositores o cualquier grupo que cuestione las políticas del gobierno.

En ese contexto de irracionalidad persecutoria, la persona del ex juez simboliza una imagen de semblante ponderado y dialogante, todavía investido de honores y legitimado por su papel emblemático como la persona que combatió la corrupción endémica de Brasil, como quien renunció a su sosegada vida familiar para emprender una cruzada contra el crimen y la delincuencia. Esta es la narrativa que en este momento construyen los medios de prensa y los sectores que apoyan una opción de centroderecha para salir del atolladero en que se encuentra el país, sin perder el control sobre las instituciones y sobre las reformas económicas en curso. En tal sentido, Sergio Moro se perfila como aquel líder que le podría dar una continuidad al proyecto neoliberal, el que se encuentra comprometido con la profundización de la crisis y con el programa intervencionista elaborado entre cuatro paredes por la Casa Civil.

Entonces, partiendo de este escenario surgen algunas interrogantes: ¿Cómo posibilitar que las fuerzas de centroderecha recuperen su protagonismo y cuál es el papel que puede desempeñar Moro en ese entramado? ¿Cuáles son los plazos necesarios para lograr este cometido? ¿Qué puede suceder con los otros líderes de la centroderecha, como el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia o el gobernador de Sao Paulo, Joao Doria? En efecto, ambos se insinúan como posibles candidatos para asumir el desafío de restaurar el proyecto de este sector político.

¿Y los plazos? De acuerdo a la Constitución, si prospera una destitución antes de que el presidente concluya su segundo año de gestión, se debe convocar a nuevas elecciones. En ese caso, el candidato de la centroderecha puede ser perfectamente Sergio Moro. Sin embargo, faltan poco más de 8 meses para que ello ocurra, por lo tanto, el proceso de impeachment tiene que ser abierto inmediatamente y su tramitación tiene que ser ejecutiva. Este escenario resulta incierto, debido a que actualmente no están dadas las condiciones para terminar de manera rápida y expedita con el mandato de Bolsonaro. Según los últimos balances, no existiría en la Cámara de Diputados la correlación de fuerzas suficiente para obtener los votos que permitan encausar y acelerar la destitución del presidente. De aprobarse el impedimento de Bolsonaro solo después de su segundo año de mandato, quien debe asumir es su vicepresidente, General Hamilton Mourao, que no personifica –hasta ahora- los intereses ni de los grupos económicos liberales ni de la centroderecha política e ideológica que dice representar dichos intereses.

Mientras tanto, los infectados por el Covid-19 aumentan exponencialmente y las víctimas fatales ya superan los 4 mil casos. En medio del debate sobre la transición política y el desprecio de las autoridades por la vida de las personas -que insisten en priorizar el impacto económico del Coronavirus- Brasil continúa desangrándose internamente.

domingo, 26 de abril de 2020

Sociología: (Sobre)viviendo juntos al coronavirus

Antonio Leal
El Pensador

El Sociólogo Alan Touraine decía al Diario El País de España hace unos días: ”Lo que vemos es un virus microbiológico desconocido de un lado y, del otro, personas y grupos sin ideas, sin dirección, sin programa, sin estrategia, sin lenguaje. Es el silencio, el vacío, la reducción a la nada. No hablamos, no debemos movernos, ni comprender. Esto es el no-sentido y, si dura en el tiempo, temo que mucha gente se volverá loca por la ausencia de sentido”.

En medio de la incertidumbre, la sociología puede, sin embargo, indicarnos, en momentos en que solo cuarentenas y aislamientos sociales pueden contener la pandemia, como (sobre)vivir juntos y ayudar a visibilizar algunos aspectos de la vida social que a veces pasan inadvertidos pero que el coronavirus está haciendo dolorosamente patentes.

Nos puede indicar qué es lo que nos une y qué lo que nos separa y los efectos sociales que produce en el cuerpo social y en las interrelaciones humanas la multiplicación de las líneas divisorias entre “nosotros” y “los otros”, entre sanos y enfermos, entre quienes están bien y quienes tienen “patologías previas” o pertenecen a “grupos de riesgo”, entre quienes tienen recursos y apoyos y quienes no los tienen, entre “los de aquí” y “los de fuera”. Al fin de cuentas, como decía Aristóteles, somos “animales políticos”, seres destinados a la sociabilidad, por compleja que ella sea, y agrego, al menos en el deseo, a la afectividad.

El coronavirus demuestra ser un “hecho social total”, como lo llamaría el sociólogo y antropólogo francés Marcel Mauss para referirse a aquellos fenómenos que ponen en juego la totalidad de las dimensiones de lo social.

Transforma en algo extremo la idea de Ulrich Beck de la “sociedad de riesgo” porque, sin tratamiento y sin vacuna, hoy -sobretodo en los grupos de mayor riesgo- el temor es la muerte y más dramáticamente el obligado rol, antes reservado solo a Dios, que deben asumir los médicos cuando, disponiendo de respiradores mecánicos reducidos, deben resolver a quién salvar y a quién dejar morir.

Pero, a la vez, el estar confinados todos al mismo tiempo, lo indiscriminado del virus, que puede afectar a personas de diversos estratos casi por igual, el saber que todos podemos estar infectados, supone un factor de cohesión de una sociedad crecientemente individualizada, crea una dimensión nueva de comunidad aunque ella desaparezca superada la pandemia.

El concepto de “sociedad del riesgo” de Beck, permite mostrar lo ambivalente de nuestras sociedades tecnocientíficas, donde la innovación tecnológica es a la vez fuente de amenazas y herramienta para su solución, como a la vez, los sistemas estadísticos, cálculos, datos, lo que llamamos los instrumentos de la modernidad reflexiva, son esenciales para adquirir conciencia de la magnitud de la pandemia, pero también suscitando dilemas éticos y políticos.

El coronavirus moviliza otras numerosas cuestiones sociológicas, desde las transformaciones digitales del tejido productivo, de la educación, de la salud, de las comunicaciones interpersonales, o el estudio de la sociología de la tecnología , del usos de drones y nuevas técnicas diagnósticas como el control de temperatura, pero también nuevas formas de control y vigilancia de la población, hasta, por cierto el papel de los imaginarios culturales.

La Sociología, y específicamente la Psicología Social, ha trabajado mucho sobre los procesos de difusión de las ideas y sirve hoy, en la era de internet, para instalar en la población la idea del contagio, las formas de expansión del virus y a transformar en algo comprensible, normal, algo que altera nuestra sociabilidad connatural, nuestra forma de ser social, como el encierro y el aislamiento social.

Comunica globalmente en una pandemia en la cual el mundo está inexorablemente interconectado, y rompe el anterior monopolio de la información por parte del Estado lo cual, sin duda, obliga a las autoridades a informar con mayor transparencia y a crear mecanismos participativos de los actores más directamente involucrados.

Reducir el sentimiento de pánico que lleva a gestos desesperados, al hiperconsumismo, que todas las sociedades golpeadas por el coronavirus han vivido en las primeras semanas de la expansión de la infección, y comprender la importancia del otro para salvarnos , para salir de la pandemia , es parte de la tarea que emprende la sociología de las comunicaciones y la sicología social, que entrega herramientas para evitar que el estado de ánimo de la población se contamine con un pesimismo antropológico paralizante y destructivo que podría, en sus efectos, ser aún más grave que la pandemia misma.

La capacidad de intercomunicación autónoma de la sociedad, proporcionada por las redes sociales donde todos somos receptores y trasmisores a la vez, se transforma en una reserva de la democracia en medio de la restricción de las libertades que experimentamos como parte de las medidas para contener la pandemia.

La sociología se ocupa también de la manera en que cambian nuestras relaciones sociales cuando perdemos las rutinas que conforman nuestras vidas, cuando el virus y sus efectos modifica las categorías de tiempo y espacio alterando lo impuesto por la acelerada vida “normal” de la sociedad tecnodigital donde tiempo y espacio parecían haber escapado absolutamente de nuestro control o, simplemente, en muchas esferas de la vida, habían desaparecido.

Edgar Morin, nos recuerda la diferencia entre el tiempo vivido (el interior) y el tiempo cronometrado (el exterior) y plantea que en medio de la pausa que nos impone el corona virus hay que reconquistar el tiempo interior lo cual se constituye en un desafío político, pero también ético y existencial.

Las probabilidades de superar el virus no son las mismas para unos y otros y mientras más se extienda el contagio afectará a sectores de la población más desvalidos que no estuvieron en el origen de la pandemia, como también vemos que las medidas sanitarias puestas en práctica no son iguales en todos los casos. Incluso teniendo todos la posibilidad de contraer la enfermedad, muchos hacen un cálculo de riesgos ciertamente egoísta, considerando que sus vidas no corren peligro, pero poniendo en peligro con ello a otra población mucho más vulnerable ante el coronavirus.

Lo peor se representa en la idea mercantil de desprecio por la vida de los otros, expresada en Chile por el empresario José Manuel Silva de Larraín Vial: “No podemos seguir parando la economía, debemos tomar riesgos, y eso significa que va a morir gente”. Esto se reproduce a nivel internacional en la visión de Trump, Bolsonaro y de otros gobernantes que desprecian las razones sanitarias y para los cuales solo vale el funcionamiento de la economía y de los negocios. Es la distopía, aquella visión de una sociedad perfectamente imperfecta donde una elite, después de la pandemia, recupera todo su poder y sigue viviendo feliz frente a la desgracia de la mayoría. Son los que piensan que la gente se olvidará del coronavirus, los daños económicos acabarán asumidos por las clases bajas y medias, la ciencia volverá a no importarle a nadie y la desigualdad intolerable seguirá medrando en unos sistemas económicos que ya estaban al límite de la maldad psicopática.

Edgar Morín dice respecto de este grave fenómeno de insolidaridad humana y de brutal darwinismo social “un ejemplo claro de cómo la razón económica es más importante y más fuerte que la humanitaria: la ganancia vale mucho más que las ingentes pérdidas de seres humanos que la epidemia puede infligir. Al fin y al cabo, el sacrificio de los más frágiles (de las personas ancianas y de los enfermos) es funcional a una lógica de la selección natural. Como ocurre en el mundo del mercado, el que no aguanta la competencia es destinado a sucumbir”.

Es difícil vaticinar, después de la pandemia, si habrá una “primavera del amor” o un redescubrimiento de lo mucho que nos gusta estar juntos. Pero hay que tener siempre presente que el pasado nunca se queda donde lo dejaste y entender que una crisis sanitaria puede provocar una crisis económica que, a su vez, produce una crisis social y, por último, existencial. Por tanto, hay que derrotar sanitaria, científica y sicológicamente el coronavirus, pero preparar una salida donde el Estado y lo público recupere protagonismo en lo estratégico de la vida de la población y lo social se transforme en el centro de la preocupación de la política.

terça-feira, 21 de abril de 2020

¿Brasil se encuentra bajo amenaza de un bonapartismo tropical?

Fernando de la Cuadra
Rebelión

En su genial análisis del autogolpe acometido por Luis Bonaparte el 2 de diciembre de 1851, Karl Marx acuñó el concepto de Bonapartismo para designar la imposición de un poder personal legitimado popularmente por la hegemonía de una elite burocrática-militar y la voluntad de preservar la independencia del Estado respecto a la sociedad. Es una salida en donde las fuerzas antiliberales se atrincheran en el aparado del Estado y en que la clase burguesa está dispuesta a abdicar al ejercicio del poder a cambio de la preservación de sus intereses económicos y de sus privilegios.

Para el pensador alemán, la burguesía entendía que el conjunto de aquello que se conocía como las libertades y los órganos del progreso civil, atacaban y minaban su dominación de clase en la base social y, paralelamente, también en la cúspide política. De esta manera, continua Marx, “los burgueses particulares solo pueden continuar explotando a las otras clases y gozar tranquilamente de la propiedad, de la familia, la religión y el orden, bajo la condición de que su clase sea condenada, junto con las otras, a la misma nulidad política”.

En su delirio psicopático, Bolsonaro, se siente interprete de los anhelos y demandas del pueblo brasileño y no de aquellos grupos que solo buscan aumentar sus prerrogativas y beneficios –léase Congreso y Supremo Tribunal Federal – en desmedro de la pobreza del resto de la ciudadanía. A un pequeño número de fanáticos congregados frente al Cuartel General del Ejército en Brasilia - y que levantaban carteles solicitando la intervención militar- el ex capitán los envalentonaba diciéndoles: “Yo estoy aquí porque creo en ustedes y ustedes están aquí porque creen en Brasil (…) Acabó la época de la canallada, ahora es el pueblo en el poder. Todos tienen que entender que están sometidos a la voluntad del pueblo brasileño”.

A la luz de dicha proclama, este parece ser un escenario favorable para que las Fuerzas Armadas decidan neutralizar a aquellas instituciones que obstaculizan las acciones del Ejecutivo en una época de pandemia. Es decir, para una salida al estilo bonapartista, guardando por cierto todas las diferencias históricas y de contexto con el caso francés de mediados del siglo XIX. Aunque si se postula dicho escenario, nos enfrentamos también a serias interrogantes. Por una parte, si el actual mandatario quiere asumir más poderes de los conferidos por la Carta Magna, ¿Qué pueden ganar las Fuerzas Armadas rasgando la propia Constitución que dicen defender? En otras palabras: ¿Estarán los militares dispuestos a asumir el riesgo de una asonada golpista que después les pase la cuenta, en el marco de un ciclo en el que se auguran las peores proyecciones económicas y sanitarias para los tiempos venideros? Además, si los militares ya tienen una representación significativa en el gabinete y en el gobierno, cual es el sentido de iniciar una nueva empresa que les otorgue más atribuciones de las que ya les ha entregado Bolsonaro. Para que salir de su zona de confort, de estabilidad y de prebendas salariales, si ellas ya están aseguradas y sacramentadas en la política fiscal y presupuestaria de la Nación. Para que arriesgar sus negocios con empresas y corporaciones de Estados Unidos, si en medio de la pandemia todo ha pasado desapercibido.

¿Es un momento propicio para el autogolpe? Todo indica que no es el mejor momento. Si bien es cierto Bolsonaro todavía posee una base de apoyo de aproximadamente un 30 por ciento de la población, su conducta beligerante con los otros poderes del Estado lo ha conducido a un aislamiento y a una innegable reducción de su campo de acción e influencia política. Tampoco cuenta el presidente con la complicidad de la gran mayoría de los gobernadores y alcaldes, los cuales han firmado una carta de repudio a su reciente actitud de insuflar una intervención militar. Entonces, siguiendo con su campaña de agregar día a día nuevos desafectos y con una oposición cada vez más numerosa y activa, el capitán de reserva tampoco parece tener muchas posibilidades de lograr el apoyo de las cúpulas militares para sumarlos a su aventura golpista.

Por el contrario, puede suceder que la oficialidad siga esperando el progresivo desgaste del gobierno para asestar un golpe blando, un movimiento de palacio que implique desplazar a Bolsonaro de sus funciones y poner en su lugar a una “Junta de Restauración Nacional”. Pero aquí surge otra interrogante, ¿Existe actualmente la correlación de fuerzas favorables a una embestida de este tipo contra las instituciones de la República, inclusive considerando que la plataforma de sustentación del ex capitán se ha venido descomponiendo a un ritmo acelerado en los últimos dos meses?

Por el lado de las instituciones cuestionadas (Congreso y STF), los tiempos tampoco parecen favorables para iniciar un proceso de impeachment contra el gobernante. Pensar ahora en una acción de este tipo es inviable en medio de la pandemia. Un proceso de destitución -con toda la carga de dramatismo que representa- solo podrá ser realizado después de tener un balance ponderado de los estragos causados por el Covid19, es decir, cuando se pueda hacer una contabilidad del número de infectados y fallecidos por causa del Coronavirus y se puedan establecer las responsabilidades derivadas del papel desempeñado por Bolsonaro y sus ministros en medio a esta crisis sanitaria.

En resumen, entre todas las especulaciones que permite el momento político brasileño, nos inclinamos a pensar que el ex capitán seguirá navegando en aguas turbulentas, con los contrapesos institucionales y con una adhesión a su gestión en franco declive. Al final –de no ocurrir algún hecho grave o desequilibrador- Bolsonaro puede aprovecharse de un fortuito empate de las fuerzas en pugna (con el apoyo de sus colegas de armas) y de la falta de alternativas, para conseguir mantenerse en el gobierno hasta el final de su mandato. En todo caso, sus posibilidades de ser electo para un nuevo periodo presidencial se encuentran desde ya bastante comprometidas.

sexta-feira, 17 de abril de 2020

Un psicópata genocida de presidente

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

En su clásico Las reglas del método sociológico, publicado en 1895, el sociólogo francés Emile Durkheim desliza una importante recomendación a los gobernantes preocupados con las condiciones de vida de sus conciudadanos y por mantener a sus sociedades integradas, que las alejen de los males que puedan acechar y comprometer de esta forma la supervivencia del cuerpo social. En efecto, al final del tercer capítulo denominado “Reglas relativas a la distinción entre lo normal y lo patológico” se puede leer:

  • “El deber del hombre de Estado ya no es empujar violentamente a las sociedades hacia un ideal que se le aparece como algo seductor, sino que su misión es la del médico: previene la aparición de las enfermedades apoyándose en una buena higiene y, cuando se declaran, trata de curarlas”.


La marca de ponderación y comedimiento proferida por el pensador francés era un sello propio de su pensamiento considerado conservador por sus detractores, aunque posteriormente Anthony Giddens lo calificó como siendo representante de un cierto “republicanismo liberal”. Sin embargo, Durkheim, estaba sinceramente preocupado por los problemas que aquejaban a su país, que vivía -como el resto de Europa – un periodo de profundas transformaciones y desajustes sociales que colocaban en riesgo la vida y el bienestar de las personas. Estamos hablando de una época que anticipa la crisis del liberalismo y la democracia, que como bien sabemos, después entrará en una espiral de autodestrucción, guerra y regímenes totalitarios.

Pero volviendo a la recomendación realizada por Durkheim, podemos apreciar claramente que un presidente como Bolsonaro más que un médico se ha transformado en un verdugo genocida de su propio pueblo. La reciente destitución de su Ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta – que ya era esperada- solo viene a confirmar que el gobernante no está ni un poco interesado en el destino de los brasileños, en momentos en que el Covid-19 se encuentra en franca expansión, sumando a los miles de infectados -más de 300 mil según cálculos de especialistas-, las decenas de víctimas que ya suman más de dos mil decesos y que seguirán llenando las estadísticas de ese país.

En todo caso, hay que resaltar que Mandetta no es el héroe incomprendido que cierta prensa intenta construir. No era un Ministro que estaba dispuesto a sacrificarse por la salud de la población, ni personificaba las virtudes del juramento Hipocrático de la categoría. En primer lugar, porque quienes han estado dispuestos a ser parte de un gabinete dirigido por un presidente que hace apología de la tortura y la desaparición de los opositores políticos, comparte por aproximación un determinado ethos que no respeta los Derechos Humanos ni la dignidad de las personas. Además, el ex Ministro nunca fue partidario del Sistema Único de Salud (SUS), que permite – a pesar de sus insuficiencias – resolver las carencias sanitarias de la mayoría de la población que no tiene recursos para acceder a un Plan Privado de Salud.

Además, Mandetta aceptó el cargo desde una postura oportunista pensando en proyectarse como una figura política de carácter nacional. Cercano a Ronaldo Caiado (Gobernador de Matto Grosso) entró en conflicto con el presidente a partir del propio distanciamiento de Caiado de la base aliada. La popularidad de ex Ministro se debió básicamente por seguir las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que en estos tiempos de oscurantismo gubernamental le había otorgado un aura de iluminado. Al final Mandetta sale del ministerio como un defensor de la razón, la medicina y la ciencia.

Con la destitución de Mandetta, el gobierno pierde igual un gestor que hacia esfuerzos por atenuar el impacto de la diseminación del Coronavirus y que intentaba articular con el Congreso, gobernadores y alcaldes algunas fórmulas para evitar el colapso de los sistemas sanitarios y centros hospitalarios de Estados y municipios del país.

Por otro lado, queda cada vez más patente el carácter psicopático de Bolsonaro, en la medida que posee una enfermedad moral que le lleva a tomar decisiones graves, de una enorme irresponsabilidad por la cual no siente ningún tipo de remordimiento. En otra columna reciente (¿Hasta cuándo Brasil podrá soportar a Bolsonaro?) hemos señalado que Bolsonaro construye una realidad paralela que desestima todas las informaciones y datos duros producidos por organizaciones internacionales, como la OMS, por centros de investigación y por especialistas en la materia.

Por ejemplo, se ha empeñado en insistir que la solución para el Covid-19 es un medicamento llamado Cloroquina, lo cual ha sido desmentido por muchos farmacéuticos, médicos e investigadores, tras evidencia de que este remedio puede causar graves secuelas en caso de personas con cardiopatías, problemas renales o hepáticos. Despreciando el “principio de precaución” propio del quehacer científico, el ex capitán se ha transformado en el principal propagandista del uso de este fármaco que hasta el momento se ha utilizado principalmente para el tratamiento y la prevención de la malaria.

Quizás el título de esta nota pueda parecer un tanto sensacionalista, pero lo cierto es que muchos psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras han diagnosticado que el actual presidente de Brasil no es simplemente un loco o un alucinado, sino algo mucho más peligroso: un psicópata que no posee ninguna capacidad de sentir empatía por los otros, frio, calculista, completamente auto-centrado y que solo responde a sus deseos y pulsiones. La psicopatía es característica de los asesinos en serie que se muestran indiferentes al sufrimiento de sus congéneres. El comportamiento de Bolsonaro frente a la pandemia que asola a su país parece el de un genocida que disfruta con la desgracia del resto, declarando de manera impúdica como si fuera algo normal que inevitablemente “algunos van a tener que morir”.

A juzgar por la tendencia que los contagios están adquiriendo en Brasil, esos “algunos” podrán transformarse en miles en las próximas semanas. El dilema que ahora enfrentan las instituciones de ese país – léase Congreso y Supremo Tribunal Federal- es si inician un proceso de destitución del mandatario en plena crisis pandémica o esperan hasta que la cantidad de muertos acumulados se transforme en una situación insustentable y decidan finalmente despojar del poder a este ser desquiciado y peligroso para la salud de la nación.