sexta-feira, 15 de março de 2019

Las mil muertes de Marielle

Elaine Tavares
Rebelión

El día en que fue divulgado el nombre de los matadores de Marielle, lo que más se vio en los perfiles de los seguidores de Bolsonaro fueron calumnias y mentiras sobre ella. Un verdadero horror. Cada una y cada uno, a su modo, intentando descalificar a esa mujer que venía luchando valientemente, incluso por los policías militares que también son víctimas de la violencia en Río de Janeiro. Son muchos los relatos de familiares de policías asesinados que tuvieron el apoyo de Marielle en los más de 10 años en que ella trabajó con la ayuda jurídica y psicológica a las víctimas de la violencia. Sí, así es, Marielle no empezó su lucha contra la violencia cuando se eligió concejal, antes de eso ya estaba involucrada en pesadas batallas.

Como parlamentaria ha podido ir más profundo en esa lucha y estaba dedicada a deshacer a las milicias (grupos paramilitares que extorsionan a comerciantes y populares) que tomaron cuenta de Río de Janeiro. Asesinada por dos policías (un jubilado y otro ex) vinculados a las milicias, a lo largo de ese año ella todavía fue asesinada en cada mentira, en cada calumnia, en cada maledicencia dicha en su contra. Su cuerpo sigue caliente y recibiendo balazos.

Ahora, cerrada la fase de saber quién ha disparado, debería tener secuencia para llegar al mandante. Pero una vez más Marielle es asesinada. El delegado que estaba al frente de las investigaciones fue alejado del caso. Según el gobernador de Río, él no fue exonerado, apenas está saliendo porque "él está agotado, absorbió demasiada información" y va a pasar algunos meses en Italia, para quedar más liviano, quizás. Se sabe que los asesinos fueron advertidos de que había prisión, y ya trataban de huir. Pero el delegado adelantó el acto y consiguió atraparlos, uno de ellos ya en fuga. Eso dice mucho. Mucho. Ahora, sabes dios quien va a asumir el caso y con qué voluntad de llegar a la verdad. Marielle seguirá muriendo ...

Pero si Marielle sigue siendo asesinada todos los días, ya sea por las autoridades o por las gentes que siguen a Bolsonaro como un dios, eso significa que ella sigue viva. Y sigue. En las calles, en las plazas, en las casas, en los corazones de los que aman la paz y la justicia. Y para cada nuevo balazo que ella reciba, una nueva resurrección. Mil veces acribillarán su cuerpo. Mil veces se levantará. Hasta que caiga el que mandó borrar su sonrisa. ¡Sólo ahí podremos llorar y hacerla descansar!

quarta-feira, 13 de março de 2019

Brasil: Una nave a la deriva

Fernando de la Cuadra
ALAI

Después de más de dos meses del gobierno Bolsonaro, el país parece encontrarse paralizado y perdido en una interminable secuencia de declaraciones bizarras que no apuntan hacia ningún destino viable, es una producción absurda de incongruencias y desatinos. Esta indescriptible hemorragia de disparates tuvo su inicio desde el mismo día en que el gobierno tomó pose del poder el 1 de enero del presente año. Desde ese momento, los pronunciamientos del presidente y de sus principales ministros se han transformado en una verdadera “comedia de los horrores”, superándose día tras día.

Ya en su primer pronunciamiento a la nación y renunciando a su papel de estadista y presidente de “todos los brasileños”, Jair Bolsonaro consiguió la proeza de esbozar un programa que solo puede satisfacer a sus seguidores de la extrema derecha, ultraconservadores y oscurantistas. Proclamó que Brasil ya nunca más será socialista -como si alguna vez lo hubiera sido- que va a terminar con lo políticamente correcto, que se va a expurgar la ideología de género, que la bandera brasileña jamás será roja y otras consignas por el estilo.

Sus ministros no se han quedado atrás y sería largo y cansador enumerar uno por uno el abundante y vasto inventario de anuncios esdrújulos e irracionales que han realizado algunos miembros del ejecutivo. Como el canciller Ernesto Araujo, quien ha señalado –entre muchas necedades- que la globalización y el cambio climático son un invento marxista. Otros casos patéticos son los de la Ministra de la Mujer, Familia y los Derechos Humanos, Damares Alves, el Ministro de Educación, Ricardo Vélez o el Ministro de Medioambiente, Ricardo Salles.

Todos ellos han diseminado en un mare magnum de sandeces que viene espantando a los brasileños, los cuales observan con legitima preocupación como un gobierno que se arrogaba el papel de “restaurador de la nación” para liberarla de las garras de la ideología izquierdista, se ha dedicado hasta ahora a dar señales confusas de lo que pretende hacer y que por lo mismo no ha mostrado ninguna medida concreta de avance hacia algo mínimamente constructivo.

Podemos resumir que el actual gobierno se ha propuesto, de manera caótica, imponer una agenda moral ultra conservadora o retrograda, que ha tenido a estos personeros como sus portavoces más declarados, pues desde que asumieron se han dedicado principalmente a pedir la renuncia de funcionarios considerados “marxistas” o a tratar de imponer una agenda de restricciones y censuras. Por ejemplo, el Ministerio de Educación le fue asignado a un ex profesor de la Academia Militar, el cual ha estado implementando iniciativas como la “Escuela sin Partido” que supone la denuncia y sumario de cualquier docente que realice algún tipo de pronunciamiento “ideológico” durante su clase. Esta medida puede expandirte rápidamente como una nueva “caza de brujas” en el Brasil del siglo XXI.

Por su parte, el decreto 9.465 promulgado el 2 de enero –un día después de la investidura- creó una secretaria de fomento de las escuelas cívico-militares, que busca instituir un sistema de enseñanza tutelada por las Fuerzas Armadas para alejar a los niños y jóvenes del adoctrinamiento marxista que –según el decreto- estaría imperando actualmente en los centros educativos del país.

Al inicio del año escolar, el jefe de la cartera emitió una directriz que obligaba a los estudiantes a cantar todos los lunes el himno nacional y además que los alumnos fuesen filmados en esa ceremonia y el archivo enviado al Ministerio. Este reglamento resultó ser tan contraproducente entre la ciudadanía y transgresor de la Constitución, que el propio ministro tuvo que pedir disculpas y sacarlo de la pauta del ministerio, demostrando un fragrante desconocimiento del orden jurídico del país. Su propuesta ha sido hasta ahora desmontar los programas que estaban en curso y aumentar los grados de coerción y sanción sobre profesores, funcionarios y alumnado en general.

Si hubiera que hacer una síntesis, este gobierno se sustenta sobre dos ejes. Un eje es de tipo ético, moral y cultural que se caracteriza por su oscurantismo cultural y su fundamentalismo religioso, apoyado por diversas vertientes del pentecostalismo que tienen representación en el parlamento, la llamada “Bancada de la Biblia”. Junto con ello, se encuentran los apoyos de militares, ex militares, policías y agentes de seguridad que también han accedido a cuotas importantes de participación en el congreso, la “Bancada de la Bala”. Ellos sustentan un proyecto de Populismo autoritario que encarna los valores de la dictadura militar, hacen apología de la tortura y piensan que los problemas de seguridad ciudadana se resuelven aumentando la dotación de policías y matando a los criminales. Su consigna es: “Bandido bueno es bandido muerto”.

Sin embargo, pentecostales y militares no operan como un bloque monolítico, sino que muy por el contrario, mantienen una dura disputa al interior del gobierno por cuotas de poder. De hecho, parlamentarios de la bancada evangélica están acusando a los militares de blindar a Bolsonaro y alejarlo de su base social. Algunos representantes apuntan a que existiría intolerancia religiosa entre los militares, presionando al presidente para exonerar a varios funcionarios que formaban parte de los cuadros directivos del gobierno y que han sido destituidos poco a poco sin previo aviso.

Otro eje del gobierno está representado por el ultraliberalismo económico, el cual es sintetizado en la figura y el proyecto del Ministro de Economía, Paulo Guedes, un economista que ha circulado en las esferas del mercado, despreciado por el mundo académico y por los organismos gubernamentales. Jamás ocupó algún cargo de importancia entre las instituciones del Estado. La elección de Guedes para hacerse cargo de la cartera de economía representa la firme adhesión de Bolsonaro a la política económica de la Escuela de Chicago, donde el primero realizó su doctorado con parte de la generación conocida como los Chicago Boys. En su paso por Chile a inicio de los años ochenta, Guedes convivió con José Piñera, en el preciso momento en que el hermano del actual presidente de Chile ponía en práctica la instalación y privatización del sistema de previsión chileno, que tantas críticas sigue recibiendo hasta el día de hoy por los enormes lucros que obtienen los seis fondos privados que dominan el mercado previsional y por las condiciones paupérrimas en que deja a los futuros jubilados.

La propuesta de Guedes es principalmente implementar una agenda ultraliberal que entre otras medidas supone un gran programa de privatizaciones de empresas que aún se encuentran en manos del Estado (con Petrobras en la mira), cortes de gastos sociales y transformación del actual sistema previsional de reparto para uno de capitalización individual, siguiendo los pasos de lo realizado por Chile.

En este momento, Guedes libra una batalla para obtener lo antes de posible la aprobación por parte del Congreso de la Reforma del Sistema Previsional brasileño. El problema es que aprobar una ley que afecta tan sensiblemente a tantos millones de ciudadanos no es una tarea fácil y el presidente con sus declaraciones diarias por medio de Twitter no ha facilitado para nada esta tarea. Diariamente brinda a sus seguidores con comentarios burdos y grotescos o exhibe videos escatológicos, como en el caso de las imágenes que difundió de una pareja haciendo “Golden Shower” durante el último carnaval. Bolsonaro nunca se ha caracterizado por su postura de presidente, pero la falta de decoro y sus opiniones vulgares han boicoteado su proyecto y ponen en duda su permanencia en el poder.

Ello porque con sus permanentes desatinos, el mandatario está comprometiendo el apoyo a las reformas y transformándose en un obstáculo para la continuidad de estas y el programa regresivo que le ofrecieron al país. Justamente, su vicepresidente, el General Hamilton Mourão, ha emergido como una figura más cautelosa y tolerante en estos dos meses, un perfil que no tenía durante la campaña. Existen rumores de que Mourão estaría intentando catalizar el creciente descontento entre las huestes bolsonaristas, para provocar un autogolpe de Estado que le daría mayor viabilidad a los cambios que desean emprender las elites empresariales y los grupos de intereses que apoyaban hasta hace poco al gobierno.

Al mismo tiempo, muchos juristas han señalado que existen condiciones de juzgar a Bolsonaro por falta de decoro e improbidad en las funciones que ejerce un mandatario, no solo por la publicación a través de un medio oficial de un video pornográfico, sino por otros acontecimientos que han involucrado al presidente y comprometido la liturgia del cargo y por incitar actos de violencia hacia sus detractores.

En resumen, el gobierno Bolsonaro se descompone tempranamente y el país se asemeja a una nave sin rumbo, movida solamente por una inercia institucional que además está siendo desmontada todos los días. Parece un gobierno que se apaga lánguidamente al final de su periodo, desgastado, desarticulado y denigrado. Sin embargo, esta es una administración que lleva poco más de dos meses y que ya se encuentra en absoluta decadencia. Ello permite preguntarse, cuánto tiempo más podrá durar el presidente y su gobierno y cuál será la reacción de la ciudadanía en los próximos días en caso de que -como es de esperar- se profundice aún más la crisis económica, política, social y ecológica en que se debate Brasil.

segunda-feira, 24 de dezembro de 2018

Felices fiestas y un 2019 lleno de realizaciones, salud y prosperidad !!!


Querid@s amig@s:

En tiempos dificiles, de retroceso y amenazas a la democracia, renovamos nuestro compromiso con una América Latina más justa, inclusiva y democrática. Nuestros mejores anhelos para tod@s ustedes en esta Navidad y en el próximo año 2019.

Son los sinceros deseos de Fernando

terça-feira, 11 de dezembro de 2018

Kafka: La mirada despejada

José Andrés Rojo
El País

Kafka propone caminos para transitar un mundo enmarañado

Entre 1914 y 1945 el mundo pasó largas temporadas en el infierno. Los campos de batalla, pero también las ciudades de la retaguardia, se llenaron de millones de cadáveres durante las dos guerras mundiales, y el horror siguió presente acompañando a los heridos que consiguieron sobrevivir. El periodo de entre-guerras estuvo abarrotado de conflictos en distintos lugares, a finales de los años veinte estalló una brutal crisis económica, la polarización fue inmensa, la democracia como forma de gobierno perdió todo prestigio frente al empuje de proyectos épicos que prometían cambiar radicalmente las cosas, y la crisis de valores y expectativas fue profunda, íntima, lacerante. El nivel de barbarie alcanzó con el Holocausto unas cotas hasta entonces inconcebibles. Franz Kafka nació en 1883 y murió en 1924, así que le tocó vivir buena parte de aquel periodo. Muchos consideran que han sido sus escritos los que atrapan con mayor lucidez y finura aquella catástrofe, ese cataclismo que mostró la fragilidad de las criaturas humanas frente a la corriente tempestuosa de la historia.

Hace poco se ha publicado en España el primero de los dos volúmenes de sus cartas completas. Este tomo incluye las que escribió entre 1900 y 1914, y la manera tan particular que tenía Kafka de ver las cosas irrumpe enseguida, en la segunda de ellas, de enero de 1901. Es una nota de pésame que le envía a su amigo Paul Kisch por la muerte de un familiar muy cercano y le expresa un deseo poco corriente en esas circunstancias: “Mantener despejada la mirada”, Sabe que no le va a resultar fácil hacerlo, pero le insiste: “Tienes que intentarlo”.

Kafka era un tipo bastante complicado, y sus cartas enseguida te llevan por los extraños pasadizos que frecuentaba su imaginación. Al rato se sintoniza con su sentido del humor y resulta fascinante esa ligereza y facilidad con la que va introduciendo en sus cartas las consideraciones más diabólicas y peregrinas. Buena parte de este primer volumen recoge las que le envió a Felice Bauer, la mujer con la que estuvo prometido y con la que rompió después de una tortuosa relación, y que cuando se publicaron por primera vez mucho después de la muerte de Kafka provocaron en Elias Canetti la incómoda sensación de que profanaba una intimidad que tenía que haber permanecido inviolable, secreta, sellada frente a cualquier extraño. Luego quedó deslumbrado por la capacidad de Kafka para explorar las galerías más oscuras que recorre un hombre cuando ama a una mujer. O quiere amarla o pretende vivir con ella o debe apartarla de su camino.

Kafka, que escribió de manera compulsiva, hizo muy pocas anotaciones sobre la primera conflagración que tuvo una escala mundial. El 2 de agosto de 1914 apuntó en su diario: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. — Por la tarde, Escuela de Natación”. No hay mucho más. Y ese era el mismo hombre que le había recomendado unos años antes a un amigo que lo importante era mantener la mirada despejada. Los grandes asuntos que sacudían la política y la sociedad de su tiempo le interesaban a Kafka de manera secundaria.

Su literatura está sin embargo cada día más viva. El escritor ibicenco Vicente Valero comentó hace unos días en la presentación en Madrid de su última colección de relatos, Duelo de alfiles, que en todos ellos terminaba al final viajando a Kafka, ya fuera de la mano de Benjamin, de Nietzsche, de Rilke. Para comprender algo. Ahora que atravesamos una época enmarañada, las palabras de Kafka siguen ahí como instrumentos indispensables para conservar la mirada despejada. Y así no despistarnos.

quarta-feira, 3 de outubro de 2018

Brasil: Construyendo la alianza antifascista

Fernando de la Cuadra
Rebelión

La manifestación convocada por las mujeres el pasado fin de semana bajo el slogan de “Ele não” ha sido la expresión más multitudinaria de la voluntad de un gran sector de las ciudadanas y ciudadanos brasileños de decirle no al fascismo que amenaza fieramente la democracia en dicho país. No es exagerado pensar que muy probablemente Brasil enfrenta el mayor dilema de su historia reciente: la elección entre el fascismo y la democracia.

Pero cuando hablamos de fascismo, no lo hacemos en el sentido de abusar del concepto -o como fuerza de expresión- sino que lo hacemos en el entendido de que efectivamente el candidato de la ultraderecha representa muchos de los rasgos que se reconocen como parte del entramado ideológico de aquello que Umberto Eco ha caracterizado como Fascismo eterno o ur-fascismo. Uno de los rasgos más propios de este tipo de fascismo es su apelación a las clases medias que se encuentran frustradas por la situación de crisis económica que las llevaría a reducir su nivel de vida y por la amenaza que representarían los grupos sociales subordinados. Si a ello le sumamos el clima de violencia urbana que se ha diseminado por las principales ciudades, la presencia permanente de la corrupción y la impunidad, entre otros factores, nos encontramos ante un escenario favorable a un discurso autoritario que se erige como la fórmula salvacionista a la crisis sistémica por la que atraviesa el país.

Si Bolsonaro se mostraba como una figura patéticamente anecdótica y aislada cuando defendía, por ejemplo, la obra de la dictadura de Pinochet hace una década, en la actualidad ha conseguido captar la adhesión de un 28 por ciento del electorado -según las últimas encuestas- acentuando su carácter autoritario y ultra conservador. Consecuentemente, sus seguidores también se vienen mostrando cada vez más agresivos y truculentos en las manifestaciones de apoyo a dicha candidatura. En su más reciente aparición pública este fin de semana, el ex capitán Bolsonaro ha señalado que no reconocerá el triunfo de otro candidato que no sea el mismo, dando una clara señal a sus colegas de las fuerzas armadas de que pueden emprender una asonada golpista, en el caso que pierda en la futura contienda electoral.

La posibilidad de un golpe se acrecienta en la medida que los dos candidatos con más chance de pasar a una segunda vuelta son el propio Bolsonaro y Fernando Haddad el abanderado del Partido de los Trabajadores (PT). Si el primero insiste en desconocer el resultado de las elecciones, su apelo a un “pronunciamiento” de los militares cobra ribetes de riesgo inminente para la democracia y el golpe ya no sería blando, sino que podría ser directamente un golpe en que se utilicen los recursos de las armas y la violencia militar.

Quizás como nunca en los últimos 32 años de vida republicana, la nación se enfrenta al dilema del fascismo versus democracia. En esa encrucijada, la cuestión que se plantea como prioritaria es si las fuerzas progresistas tendrán la lucidez de construir una alianza que permita mantener a Brasil dentro de un régimen democrático. Por lo mismo, diversas voces desde un centro moderado vienen alertando sobre la necesidad de formar un gran acuerdo antifascista en el que puedan sumarse todos aquellos sectores que se comprometan a luchar por la defensa del estado de derecho y el pluralismo, pues claramente la mayor amenaza a estos proviene de los grupos de la extrema derecha y no del espectro político de izquierda. Figuras como el ex presidente Fernando Henrique Cardoso han advertido públicamente sobre el riesgo que representa un posible triunfo de la extrema derecha y, en ese contexto, ha declarado su apoyo al candidato del PT en el probable balotaje entre Haddad y Bolsonaro.

Algunos podrán cuestionar que el PT ha tenido en algunos momentos de su biografía ciertas actitudes anti-democráticas, como en el caso de compra de votos para aprobación de proyectos de ley, en el bullado caso del mensalão. Sin embargo, es evidente que el PT ha mostrado muchas más credenciales de situarse en el lado del campo democrático, muy diferente a todos los arrestos autoritarios y de apología de la tortura y violencia institucional que viene realizando el candidato de la ultra derecha.

En su análisis sobre la génesis del fascismo, Antonio Gramsci señalaba que, en momentos de transición de las sociedades, en periodos sombríos, grises, de indefiniciones, cuando lo viejo se ha desmoronado y lo nuevo no aparece con claridad en el horizonte, la emergencia de salvadores de estirpe autoritaria viene a llenar el espacio de ciudadanos en búsqueda de identidad y sentido. Personajes mesiánicos característicos del fascismo le entregan a esa masa amorfa un proyecto por el que hay que luchar. Ese destino común que muchas veces se define por lo más elemental y vulgar de las personas (la nación, la raza, la edad, el sexo) es invocado por el líder autoritario que construye en torno a estas identidades una causa común para enfrentar a los enemigos. Bolsonaro ha construido su discurso en torno a estas ideas básicas. Su desprecio por las prácticas democráticas y por la política, su combate a los avances en las políticas sociales, su machismo y su misoginia, su homofobia, su xenofobia, su ataque a las comunidades negras y a los pueblos originarios, ha conseguido crear una base de apoyo en las clases medias que se han sentido postergadas por las políticas de inclusión emprendidas por los sucesivos gobiernos del PT. Su base de apoyo se ha nutrido entre aquellos que no confían en las instituciones democráticas y que estarían dispuestos a cambiar las reglas de juego con tal de poder trabajar “tranquilos” y dedicarse a sus proyectos individuales.

La crisis permanente por la que atraviesa la sociedad brasileña ha contribuido a que sus habitantes se sientan hastiados por la violencia y el abandono, en medio de un cuadro de corrupción incesante. Como un navío a punto de naufragar, Brasil se debate contra las sombras de la incertidumbre y sus habitantes no vislumbran salidas viables. El fascismo se alimenta de este malestar y desazón generalizados.

Sin embargo, los periodos de crisis también representan momentos para replantearse la defensa de los valores civilizatorios que le posibilitan a las naciones sobrevivir a las tempestades. Por eso es urgente que las personas, organizaciones y conglomerados políticos que pertenecen al campo democrático realicen un esfuerzo por construir una agenda de futuro, que se situé más allá de un mero arreglo instrumental de corto plazo y que consiga no solo derrotar al fascismo en la segunda vuelta electoral, sino que además permita edificar un pacto de gobernabilidad en el cual el respeto de la libertad de opinión, de reunión, de participación, de información, la tolerancia a los otros, a lo diferente y a la diversidad se constituyan en valores irrenunciables para la gran mayoría de los ciudadanos de ese país. Solo a través de un renovado pacto social democrático se generarán las condiciones necesarias para que los fantasmas del fascismo sean erradicados definitivamente del imaginario político de quienes consideran que la salida de la crisis requiere más autoritarismo, más censura y más violencia.

terça-feira, 2 de outubro de 2018

El fenómeno del cowangry en la nueva política

Jorge Majfud
ALAI

Una de las interpretaciones más sólidas, casi una obviedad, tanto en los sociólogos de izquierda como de derecha, es la lectura marxista de la realidad donde los procesos materiales, como la economía y la producción, influyen de manera decisiva en los procesos psicológicos, morales, políticos, ideológicos y culturales. La reinstauración de la esclavitud en Texas a mediados del siglo XIX, debido al reemplazo de la lana por el algodón en Europa, su abolición legal, unas décadas después, por la nueva industrialización en los estados del norte de Estados Unidos, el ingreso de la mujer a las fábricas y tantos otros fenómenos no podrían explicarse sin este factor.

Pero la realidad es siempre más compleja de lo que quisiéramos. En su pluri dimensionalidad, otros, como Max Weber e, incluso, varios pensadores marxistas del siglo XX (Gramsci, Althusser) analizaron cómo esta avenida es de ida y vuelta: los procesos culturales también influyen decisivamente en el resto de la realidad, incluida la economía, el poder militar, etc.

Por estas razones, por esta tradición analítica tan largamente estudiada y elaborada, resulta casi una herejía imaginar siquiera que una realidad social puede estar definida por procesos puramente psicológicos, como la angustia, la frustración, la rabia, la depresión, tal como observamos actualmente en, al menos, medio planeta. Uno siempre tiende a pensar que esas expresiones no son más que eso, expresiones, síntomas, consecuencias, y que las causas están en otro lado. Cuando echamos una mirada a la base material de la sociedad, enseguida vemos lo más obvio, una realidad que nadie puede negar sin contradecir la mayoría de los datos: el radical desbalance entre quienes trabajan o simplemente sobreviven y quienes acaparan la mayoría de los frutos de una sociedad y una civilización que ha sufrido mucho para llegar al grado de progreso científico, tecnológico y social a la que ha llegado y que, de repente, parece al borde de un colapso, tanto social como ecológico.

Esas razones infraestructurales son innegables. No obstante, podemos hacer un esfuerzo para enfocarnos en la cultura de las últimas décadas y tratar de explicar los nuevos fenómenos, como el regreso del orgullo fascista, apenas un siglo después de que comenzara a producir las dos mayores guerras mundiales que el centro del poder, del desarrollo, sufrió en la Era Moderna (si no contamos los silenciados holocaustos de los pueblos colonizados).

Sin tiempo (ni histórico ni personal) como para hacer un análisis basado en datos duros, no me queda más remedio que especular con algunas observaciones y una hipótesis. Me refiero al factor psicológico que ha invadido la dinámica social. Como ya propusimos hace unos años, este factor se ha magnificado con el fenómeno de las redes sociales y las nuevas tecnológicas del anonimato o de la identificación a distancia, creando un individuo o una característica personal que podríamos llamar cowangry. Por múltiples razones, el neologismo en inglés no puede ser traducido sin debilitarlo.

Cowangry podría ser la clara mezcla de cobardía (cowardice) y rabia (anger) y, al mismo tiempo, ilustrarse con la rabia vacuna (angry cow), esos pobres animales que se ordeñan cada día, que rara vez se rebelan y, cuando se rebelan, sus patadas son tan inefectivas e intrascendentes que no tienen otro efecto que una soga más firme entre las patas.

Este elemento psicológico siempre existió, pero estuvo controlado por un mínimo sentido de la responsabilidad, esa misma que hasta hoy muestran dos personas que piensan diferente, pero se encuentran cara a cara y se imponen ciertos límites, propios de seres civilizados. Sin ese elemento de responsabilidad social en las redes sociales, el cowangry se reprodujo en los últimos años de forma exponencial. Pero su efecto no se limitó a los espacios virtuales.

El antiguo sistema de democracia representativa, donde los individuos expresan sus opiniones a través del voto, se parece increíblemente al sistema de las redes sociales donde cada individuo, anónimo o identificado, actúa impune o protegido por la plena distancia. De igual forma, la conciencia de que su opinión o posición política y social tiene un efecto mínimo, infinitesimal, a la hora de votar, su reacción debe ser lo más extrema posible para compensar o mitigar esa debilidad sumada a la frustración que produce no solo la realidad económica sino sus mismos intentos vanos de agresión personal.

Cuando el cowangry vota en el sistema tradicional, no solo siente la frustración de la desigualdad económica que ama, sino también la ineficiencia o la debilidad de su voz, por lo que necesita apoyar a candidatos que expresen toda esa rabia tribal prometiendo palo y metralla con los que no están de acuerdo. Considerando que la izquierda se feminizó en la segunda mitad del siglo XX (anticolonialismo, feminismo, derechos de homosexuales y lesbianas, comprensión hacia los pobres, hacia los perdedores, etc.), que la derecha se mantuvo en el poder mundial pudiendo recurrir a un nivel todavía racional, frío, calculado, dulcemente propagandístico (Coca-Cola, la chispa de la vida), ahora la opción del cowangry no podía ser otra que la derecha fascista, nacionalista, machista, tribal; la del ganador que percibe que ya no lo es o ha dejado de ser el colonizador, el semental (“estamos asistiendo al genocidio de la raza blanca”), la del macho encolerizado después que la borrachera abandona el clímax de la euforia.

En cualquier caso, es una postura extrema pero aun así vaciada del valor real de los verdaderos activistas sociales. El compromiso del cowangry es frágil, precario, puede desaparecer con un solo click, como el mismo individuo con sus múltiples identidades (definición clásica del maniático), todo lo cual nunca elimina su frustración sino que, por el contrario, la amplifica y la potencia para un retorno aún más virulento e igualmente inefectivo.

Hasta que el cowangry vota por un candidato que promete cambiar los argumentos racionales por unos insultos y unos cuantos balazos (Trump, Bolsonaro, y un largo etcétera), no para resolver los problemas del país, de la sociedad, sino para vengarse de todos aquellos que opinan, piensan o sienten diferente al cowangry. El cowangry está dispuesto a empobrecerse, a morirse de hambre si es necesario, pero nunca a perder en una disputa dialéctica, ideológica.

El cowangry es un fenómeno psicológico que ha desplazado la sociología, pero que, de durar en el tiempo, se convertirá en una característica cultural que definirá una época. Lo que, desde un punto de vista social y político, significa que apenas se agote la droga de la extrema derecha se podría pasar, luego de un retorno de la moderación, a una extrema izquierda tan visceral como la derecha, no racional, como forma de recuperar la necesidad que el cowangry siente por patear la mesa, no porque el mundo sea injusto, sino porque prefiere sufrir cualquier tipo de injusticia antes que ser dialéctica y psicológicamente derrotado por el adversario que, generalmente, aunque no siempre, es otro cowangry.

Así como la mentalidad de la iglesia que se absorbe desde pequeños (creer es prueba de la verdad) o la del estadio de fútbol (la pasión es prueba de que tengo razón) se traslada a la política con efectos catastróficos, confundiendo morrones con jalapeños, así esta batalla traslada sus dimensiones puramente psicológicas a la sociedad toda –empezando por las antiguas urnas. El espectáculo se parece mucho al brote de lo que se conoció como vaca loca (mad cow) que, como un mal augurio, asustó al mundo en los años 90. Cowangry es la furia del cobarde, la furia de la vaca, la cow-angry.

quinta-feira, 20 de setembro de 2018

Un nuevo eje autoritario requiere un frente progresista internacional

Bernie Sanders
The Guardian

Bernie Sanders hace un llamamiento global a la reacción contra la regresión en muchos países hacia una nueva derecha nacionalista

Se está llevando a cabo una lucha global que traerá consecuencias importantísimas. Está en juego nada menos que el futuro del planeta, a nivel económico, social y medioambiental. En un momento de enorme desigualdad de riqueza y de ingresos, cuando el 1% de la población posee más riqueza que el 99% restante, estamos siendo testigos del ascenso de un nuevo eje autoritario.

Si bien estos regímenes tienen algunas diferencias, comparten ciertas similitudes claves: son hostiles hacia las normas democráticas, se enfrentan a la prensa independiente, son intolerantes con las minorías étnicas y religiosas, y creen que el gobierno debería beneficiar sus propios intereses económicos. Estos líderes también están profundamente conectados a una red de oligarcas multimillonarios que ven el mundo como su juguete económico.

Los que creemos en la democracia, los que creemos que un gobierno debe rendirle cuentas a su pueblo, tenemos que comprender la magnitud de este desafío si de verdad queremos enfrentarnos a él. A estas alturas, tiene que quedar claro que Donald Trump y el movimiento de derechas que lo respalda no es un fenómeno único de los Estados Unidos. En todo el mundo, en Europa, en Rusia, en Oriente Medio, en Asia y en otros sitios estamos viendo movimientos liderados por demagogos que explotan los miedos, los prejuicios y los reclamos de la gente para llegar al poder y aferrarse a él.

Esta tendencia desde luego no comenzó con Trump, pero no cabe duda de que los líderes autoritarios del mundo se han inspirado en el hecho de que el líder de la democracia más antigua y más poderosa parece encantado de destruir normas democráticas. Hace tres años, quién hubiera imaginado que Estados Unidos se plantaría neutral ante un conflicto entre Canadá, nuestro vecino democrático y segundo socio comercial, y Arabia Saudí, una monarquía y estado clientelar que trata a sus mujeres como ciudadanas de tercera clase? También es difícil de imaginar que el gobierno de Netanyahu de Israel hubiera aprobado la reciente "ley de Nación Estado", que básicamente denomina como ciudadanos de segunda clase a los residentes de Israel no judíos, si Benjamin Netanyahu no supiera que tiene el respaldo de Trump.

Todo esto no es exactamente un secreto. Mientras Estados Unidos continúa alejándose cada vez más de sus aliados democráticos de toda la vida, el embajador de Estados Unidos en Alemania hace poco dejó en claro el apoyo del gobierno de Trump a los partidos de extrema derecha de Europa. Además de la hostilidad de Trump hacia las instituciones democráticas, tenemos un presidente multimillonario que, de una forma sin precedentes, ha integrado descaradamente sus propios intereses económicos y los de sus socios a las políticas de gobierno.

Otros estados autoritarios están mucho más adelantados en este proceso cleptocrático. En Rusia, es imposible saber dónde acaban las decisiones de gobierno y dónde comienzan los intereses de Vladimir Putin y su círculo de oligarcas. Ellos operan como una unidad. De igual forma, en Arabia Saudí no existe un debate sobre la separación de intereses porque los recursos naturales del país, valorados en miles de billones de dólares, le pertenecen a la familia real saudita. En Hungría, el líder autoritario de extrema derecha, Viktor Orbán, es un aliado declarado de Putin. En China, el pequeño círculo liderado por Xi Jinping ha acumulado cada vez más poder, por un lado con una política interna que ataca las libertades políticas, y por otro con una política exterior que promueve una versión autoritaria del capitalismo.

Debemos comprender que estos autoritarios son parte de un frente común. Están en contacto entre ellos, comparten estrategias y, en algunos casos de movimientos de derecha europeos y estadounidenses, incluso comparten inversores. Por ejemplo, la familia Mercer, que financia a la tristemente famosa Cambridge Analytica, ha apoyado a Trump y a Breitbart News, que opera en Europa, Estados Unidos e Israel, para avanzar con la misma agenda anti-inmigrantes y anti-musulmana. El megadonante republicano Sheldon Adelson aporta generosamente a causas de derecha tanto en Estados Unidos como en Israel, promoviendo una agenda compartida de intolerancia y conservadurismo en ambos países.

Sin embargo, la verdad es que para oponernos de forma efectiva al autoritarismo de derecha, no podemos simplemente volver al fallido status quo de las últimas décadas. Hoy en Estados Unidos, y en muchos otros países del mundo, las personas trabajan cada vez más horas por sueldos estancados, y les preocupa que sus hijos tengan una calidad de vida peor que la ellos.

Nuestro deber es luchar por un futuro en el que las nuevas tecnologías y la innovación trabajen para beneficiar a todo el mundo, no solo a unos pocos. No es aceptable que el 1% de la población mundial posea la mitad de las riquezas del planeta, mientras el 70% de la población en edad trabajadora solo tiene el 2,7% de la riqueza global. Los gobiernos del mundo deben unirse para acabar con la ridiculez de los ricos y las corporaciones multinacionales que acumulan casi 18 billones de euros en cuentas en paraísos fiscales para evitar pagar impuestos justos y luego les exigen a sus respectivos gobiernos que impongan una agenda de austeridad a las familias trabajadoras.

No es aceptable que la industria de los combustibles fósiles siga teniendo enormes ingresos mientras las emisiones de carbón destruyen el planeta en el que vivirán nuestros hijos y nietos. No es aceptable que un puñado de gigantes corporaciones de medios de comunicación multinacionales, propiedad de pequeño grupo de multimillonarios, en gran parte controle el flujo de información del planeta. No es aceptable que las políticas comerciales que benefician a las multinacionales y perjudican a la clase trabajadora de todo el mundo sean escritas en secreto. No es aceptable que, ya lejos de la Guerra Fría, los países del mundo gasten más de un billón de euros al año en armas de destrucción masiva, mientras millones de niños mueren de enfermedades fácilmente tratables.

Para poder luchar de forma efectiva contra el ascenso de este eje autoritario internacional, necesitamos un movimiento progresista internacional que se movilice tras la visión de una prosperidad compartida, de seguridad y dignidad para todos, que combata la gran desigualdad en el mundo, no sólo económica sino de poder político. Este movimiento debe estar dispuesto a pensar de forma creativa y audaz sobre el mundo que queremos lograr. Mientras el eje autoritario está derribando el orden global posterior a la Segunda Guerra Mundial, ya que lo ven como una limitación a su acceso al poder y a la riqueza, no es suficiente que nosotros simplemente defendamos el orden que existe actualmente.

Debemos examinar honestamente cómo ese orden ha fracasado en cumplir muchas de sus promesas y cómo los autoritarios han explotado hábilmente esos fracasos para construir más apoyo para sus intereses. Debemos aprovechar la oportunidad para reconceptualizar un orden realmente progresista basado en la solidaridad, un orden que reconozca que cada persona del planeta es parte de la humanidad, que todos queremos que nuestros hijos crezcan sanos, que tengan educación, un trabajo decente, que beban agua limpia, respiren aire limpio y vivan en paz.

Nuestro deber es acercarnos a aquellos en cada rincón del mundo que comparten estos valores y que están luchando por un mundo mejor. En una era de rebosante riqueza y tecnología, tenemos el potencial de generar una vida decente para todos. Nuestro deber es construir una humanidad común y hacer todo lo que podamos para oponernos a las fuerzas, ya sean de gobiernos o de corporaciones, que intentan dividirnos y ponernos unos contra otros. Sabemos que estas fuerzas trabajan unidas, sin fronteras. Nosotros debemos hacer lo mismo.