segunda-feira, 27 de fevereiro de 2017

Cómo sobrevivir en la era Trump

Joseph Stiglitz
Project Syndicate

Uno de los principales desafíos durante esta nueva época abierta con Trump, será permanecer vigilantes y, siempre y cuando sea necesario, resistir.

En apenas un mes, y a un ritmo vertiginoso, el presidente de EE.UU. Donald Trump ha logrado propagar caos e incertidumbre. No es de extrañar que tanto ciudadanos como líderes empresariales, así como la sociedad civil y el gobierno, realicen esfuerzos por responder apropiada y eficazmente.

Ningún punto de vista sobre el camino a seguir es necesariamente provisional, ya que Trump aún no ha propuesto legislación detallada, y el Congreso y los tribunales no han respondido plenamente a su chorrera de decretos. Sin embargo, el reconocimiento de la incertidumbre no es justificación para la negación.

Por el contrario, ahora está claro que lo que dice Trump y los tuits que escribe deben ser tomados en serio. Tras las elecciones del mes de noviembre, existía una esperanza casi universal sobre que él abandonaría el extremismo que caracterizó a su campaña electoral. Ciertamente, se pensaba, este maestro de la irrealidad iría a adoptar una forma de ser distinta a momento de asumir la maravillosa responsabilidad de lo que a menudo se llama el cargo más poderoso en el mundo.

Algo similar ocurre con cada nuevo presidente de Estados Unidos: independientemente de si votamos a favor del nuevo titular del cargo, proyectamos en él la imagen que nosotros tenemos en mente de lo que queremos que dicha persona sea. Pero, si bien la mayoría de los funcionarios electos aceptan ser todo lo que las personas quieren que sea, Trump no ha dejado entrever ninguna duda sobre que él tiene la intención de hacer lo que él dijo que haría: una prohibición de la inmigración musulmana, un muro en la frontera con México, una renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la derogación de las reformas financieras Dodd-Frank del año 2010, y mucho más, incluso Trump hará lo que sus propios partidarios pensaron que no llegaría a hacer.

En algunas oportunidades, he criticado aspectos y políticas específicas del orden económico y de seguridad, mismo que fue creado tras la Segunda Guerra Mundial sobre la base de las Naciones Unidas, la OTAN, la Unión Europea y una red de otras instituciones y relaciones. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre los intentos por reformar estas instituciones y sus relaciones para que puedan servir mejor al mundo y una agenda que busca destruirlas de manera categórica.

Trump ve el mundo en términos de un juego de suma cero. En realidad, la globalización, si es bien administrada, es una fuerza de suma positiva: Estados Unidos gana si sus amigos y aliados – ya sea Australia, la Unión Europea o México – son más fuertes. Pero el enfoque de Trump amenaza con convertir a la globalización en un juego de suma negativa: Estados Unidos, también, perderá.

Ese enfoque quedó claro desde su discurso inaugural, en el cual su repetido conjuro «America First», con sus connotaciones históricamente fascistas, confirmó el compromiso que Trump tiene con sus estrategias más feas. Las administraciones anteriores siempre han tomado en serio su responsabilidad de promover los intereses de Estados Unidos. Pero, las políticas que perseguían, por lo general, se enmarcaban en términos de una comprensión ilustrada de lo que significa el interés nacional. Los estadounidenses, según ellos, se benefician de una economía mundial más próspera y una red de alianzas entre países comprometidos con la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho.

Si hay una luz de esperanza en el nubarrón Trump, es un nuevo sentido de solidaridad con respecto a los valores fundamentales, tales como la tolerancia y la igualdad, que ahora se sustentan por la toma de conciencia del fanatismo y misoginia – ya sean manifiestos o encubiertos – que encarnan Trump y su equipo. Y, dicha solidaridad se ha tornado mundial, y Trump y sus aliados enfrentan protestas y rechazo a lo largo y ancho del mundo democrático.

En Estados Unidos, La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU), que había previsto que Trump rápidamente pisotearía los derechos de las personas individuales, ha demostrado que está tan preparada como siempre para defender los principios constitucionales fundamentales, tales como el debido proceso, la igualdad de protección y la neutralidad oficial con respecto a la religión. Y, durante el mes pasado, los estadounidenses han apoyado a la ACLU con millones de dólares en donaciones.

Del mismo modo, a lo largo y ancho de EE.UU., los empleados y clientes de las empresas han expresado su preocupación respecto al apoyo que algunos directores ejecutivos y miembros de las juntas directivas brindan a Trump. De hecho, como grupo, los líderes e inversionistas corporativos estadounidenses se han convertido en los facilitadores de Trump. En la Reunión Anual del Foro Económico Mundial de este año en Davos, muchos ya empezaron a salivar al sólo pensar en las promesas de recortes de impuestos y desregulación, mientras afanadamente ignoraban el fanatismo de Trump – sin mencionarlo ni siquiera en una sola de las reuniones a las que asistí – así como ignorando también su proteccionismo.

La falta de coraje fue aún más preocupante: estaba claro que muchos de los que estaban preocupados por Trump tenían miedo de elevar sus voces, ya que podría ocurrir que ellos (y el precio de las acciones de sus empresas) se vayan a convertir en el blanco de un tuit. El miedo omnipresente es un sello característico de los regímenes autoritarios, y ahora lo estamos viendo en Estados Unidos por primera vez en mi vida adulta.

Como resultado, la importancia del Estado de derecho, que otrora fue un concepto abstracto para muchos estadounidenses, se ha convertido en algo muy concreto. Bajo el Estado de derecho, si el gobierno quiere evitar que las empresas contraten a terceros y subcontraten internacionalmente, tiene que promulgar leyes y adoptar regulaciones para crear los incentivos adecuados y desalentar el comportamiento que le es indeseable. El gobierno no intimida, ni amenaza a empresas en particular, ni tampoco retrata a los traumatizados refugiados como una amenaza a la seguridad.

Los principales medios de comunicación de Estados Unidos, como The New York Times y The Washington Post, se han negado, hasta ahora, a ver como normal el sacrificio de los valores estadounidenses que lleva a cabo Trump. No es normal que Estados Unidos tenga un presidente que rechace la independencia judicial; no es normal sustituir a los oficiales militares y de inteligencia del más alto rango e importancia, quienes se encuentran en el núcleo de la formulación de políticas de seguridad nacional, con un fanático acérrimo de los medios de comunicación que es de extrema derecha; y, no es normal que Trump en el momento que se encontró frente a la más reciente prueba de misiles balísticos de Corea del Norte, se dedique a promocionar los negocios de su hija.

Sin embargo, cuando nos vemos constantemente bombardeados por acontecimientos y decisiones completamente inaceptables y que se pasan de la raya, es fácil empezar a adormecerse y comenzar a ver más allá de los grandes abusos ya ocurridos, fijando la mirada en las aún más grandes parodias que vendrán. Uno de los principales desafíos durante esta nueva época será permanecer vigilantes y, siempre y cuando sea necesario, resistir.

domingo, 19 de fevereiro de 2017

El caso Odebrecht, un golpe brutal para la democracia en la región

Fernando de la Cuadra
Rebelión

Lo que se ha observado en las últimas semanas con las ramificaciones de las redes de corrupción montadas por la contratista Odebrecht es de una magnitud inimaginable. Cuando comenzaron a conocerse el tenor de las “delaciones premiadas” de los 77 ejecutivos de esta mega empresa, muchos políticos importantes y funcionarios del alto escalón gubernamental de países latinoamericanos comenzaron a desfilar por las páginas de los diarios y en noticiarios de televisión. Nombres como Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Alan García en Perú, Uribe en Colombia, el panameño Ricardo Martinelli y el ex presidente de El Salvador, Mauricio Funes, fueron parte de la extensa lista de ex mandatarios acusados de haberse beneficiado con las propinas que efectuaba la empresa contratista para adjudicarse importantes proyectos de infraestructura regional.

Según informaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos, Odebrecht pagó casi 800 millones de dólares en sobornos realizados en 10 países de la región. El nivel de corrupción fue tan alto, que llegó a ser institucionalizado. La Odebrecht tenía un Departamento con decenas de funcionarios dedicados exclusivamente a organizar el pago de las propinas para proyectos que eran licitados por los diversos gobiernos, con listas enormes de políticos profesionales y decisores de políticas públicas entre ellos.

Por lo mismo, nos encontramos ante una clara demostración de que los intereses de las empresas (no solo de Odebrecht) se mezclan con las expectativas de renta de poderosos grupos e individuos enquistados en las estructuras políticas y del aparato de Estado, consolidando la primacía de un régimen plutocrático que muestra un absoluto desprecio por las prácticas democráticas que deberían envolver al conjunto de los ciudadanos. El patrimonialismo que caracteriza la mezcla de los intereses privados con la actividad de servicio público está enriqueciendo crecientemente a una minoría social, como ha sido destacado por diversos informes realizados por organismos internacionales, como Oxfam o la propia CEPAL. No hay democracia que resista a una cada vez mayor desigualdad en la distribución de la renta a partir de las relaciones espurias que se establecen entre las empresas, el gobierno y la clase política.

Los efectos deletéreos que tiene para los países de la región que los principales proyectos de infraestructura y de política pública en general, se realicen a partir del pago de sobornos de quienes tienen que decidir sobre esas políticas tienen consecuencias todavía incalculables. Muchas de las concesiones efectuadas por los gobiernos se encuentran sobrefacturadas y quien paga la cuenta finalmente es la población que debe tributar para sustentar esas grandes obras sin ser consultada e informada. Todo es realizado en secreto o burlando los canales de transparencia y de prestación de cuentas. En ese contexto, es bastante difícil ejercer una política soberana sobre los modelos de sociedad y sobre el uso de los recursos naturales que les dan sustento a dichos modelos. En un proceso emblemático, el gobierno Temer ha iniciado la venta de recursos naturales a corporaciones transnacionales, comprometiendo la soberanía de Brasil sobre dichos recursos. Concretamente, en el campo de los hidrocarburos, Petrobras acaba de firmar un acuerdo con la petrolera francesa Total por un valor de 2,2 billones de dólares, que incluye la venta para explotación de los campos del pre-sal existentes en la Bahía de Santos. Dicho convenio es parte de una extensa lista de concesiones y ventas realizadas a favor de corporaciones multinacionales para la explotación de las reservas petrolíferas que se encuentran en el subsuelo territorial. La autorización de venta del pre-sal en Brasil es una demostración más -entre muchos otros casos representativos- de como los países abdican a la soberanía de su patrimonio en favor de las ventajas obtenidas por las grandes corporaciones transnacionales.

Mientras tanto, organismos regionales como Celac y Unasur no han realizado ninguna acción de importancia para evaluar las consecuencias que tienen los casos de corrupción que envuelven empresas, instituciones y dirigentes políticos de la región. Así como existen los entes reguladores y superintendencias a nivel cada país, estos organismos deberían establecer mecanismos para regular y vigilar permanentemente todos los proyectos que envuelvan licitaciones, velando por el estricto cumplimiento de cláusulas de transparencia, probidad e idoneidad en todos dichos emprendimientos. Esta es ciertamente una aspiración normativa que debe ser conciliada con las condiciones políticas y jurídicas que permitirían llevar adelante las reformas necesarias en esa dirección. De lo contrario, estos organismos seguirán siendo meras agencias de empleo de la burocracia regional.

De esta manera, la democracia se encuentra amenazada no solamente por la exclusión de los ciudadanos en la toma de decisiones sobre temas fundamentales que afectan sus vidas. Ella también se ve enfrentada por la emergencia de grupos nacionalistas y neofascistas que utilizando el argumento de la lucha contra la corrupción, han erigido proyecto ultraconservadores que se alimentan con la crisis política y con la falta de credibilidad en los partidos y en las instituciones democráticas. Estas figuras mesiánicas que se arrogan el papel de salvadores de la patria buscan finalmente destruir la dimensión política y el pluralismo existente en la sociedad. Estimulados por el triunfo de Donald Trump y la ascensión de Marine le Pen en Francia, Nigel Farage en el Reino Unido o Frauke Petry en Alemania, los oportunistas de la reacción buscan captar el voto de los descontentos con su discurso nacionalista, misógino, homofóbico y xenofóbico.

América Latina se enfrenta a un peligroso viraje hacia la extrema derecha y, en consecuencia, es necesario redoblar los esfuerzos para que los avances conquistados en la última década no sean destruidos por la ascensión de la plutocracia y la intolerancia.

sábado, 18 de fevereiro de 2017

Trump é assessorado por ignorantes para se fortalecer

Paul Krugman
Folha de São Paulo

Quando viajo à Ásia, muitas vezes sou recebido no aeroporto por alguém carregando um cartaz que diz "Mr. Paul". Por quê? Em boa parte da Ásia, é costume grafar o sobrenome primeiro. Em seu país, o primeiro-ministro japonês é chamado de Abe Shinzo. E o engano é completamente perdoável quanto é cometido por um motorista de táxi que está no aeroporto para apanhar um professor universitário.

Não é tão perdoável, no entanto, que o presidente dos Estados Unidos cometa o mesmo erro ao receber o líder de um dos nossos mais importantes parceiros econômicos e no campo da segurança. Mas lá estava Donald Trump, se referindo a Abe como, sim, primeiro-ministro Shinzo. Até onde sabemos, Abe não respondeu chamando seu anfitrião de presidente Donald.

Trivial? Bem, poderia ser, se o caso tivesse sido uma exceção. Mas não é. O que vimos nas últimas três semanas, em lugar disso, foi uma exibição espantosa de ignorância bruta, em todas as frentes. Pior, não existe qualquer indicação de que a Casa Branca ou seus aliados no Congresso vejam a questão como problema. Eles parecem acreditar que conhecimentos especializados, ou mesmo informações básicas sobre um dado assunto, são coisa de fracotes. Ignorância é força.

É algo que vemos quanto às questões judiciais. Em uma análise que circulou amplamente, Benjamin Wittes descreveu a infame ordem executiva sobre a imigração como "malevolência temporada por incompetência", e apontou que a ordem "não parece ter passado por qualquer revisão conduzida por um advogado competente" —o que é um bom caminho para derrotas nos tribunais.

É algo que vemos nas questões de segurança nacional, quanto às quais o presidente continua a confiar em um assessor chefe que, mesmo desconsiderada sua proximidade suspeita com o Kremlin, parece obter suas informações de direitistas adeptos de teorias de conspiração.

É algo que vemos na educação, onde as audiências de confirmação de Betsy DeVos como secretária da Educação revelaram sua mais completa ignorância sobre até mesmo as questões mais básicas.

É algo que vemos na diplomacia. Qual é a dificuldade de pedir a ajuda do Departamento de Estado para garantir que a Casa Branca acerte os nomes dos líderes estrangeiros? Aparentemente isso é difícil demais: antes da mancada quanto a Abe, a agenda oficial da visita de Estado da primeira-ministra britânica Theresa May continha repetidos erros na grafia de seu nome.

E quanto à economia —bem, ninguém em casa nessa área. O Conselho de Assessores Econômicos, que deveria oferecer consultoria técnica, já não tem posição no gabinete, mas isso pouco importa, porque seus integrantes ainda não foram nomeados. Lembra-se de toda aquela conversa sobre um plano de US$ 1 trilhão de investimento em infraestrutura? Se você se lembra, por favor contate a Casa Branca para relembrá-los, porque até agora não há nem sombra de uma proposta concreta.

Mas não quero ser crítico demais com relação ao twitteiro em chefe: o desdém pelos conhecimentos especializados é muito comum também em seu partido. Por exemplo, os mais influentes economistas republicanos não são acadêmicos sérios mas de inclinação conservadora —e há muitos profissionais que merecem essa descrição. Não: são charlatões conhecidos que literalmente não conseguem acertar um número que seja.

Ou considere o atual pânico do Partido Republicano quanto à área da saúde. Muita gente no partido parece chocada por descobrir que revogar qualquer parte da reforma da saúde de Barack Obama deixará dezenas de milhões de cidadãos desprovidas de planos de saúde. Qualquer pessoa que tenha estudado o assunto poderia lhes ter informado anos atrás como os componentes da reforma da saúde funcionam juntos, e por que o fazem. Na verdade, muitos de nós o fizemos, repetidamente. Mas análises competentes são tratadas como indesejáveis.

E é esse o ponto, claro. Advogados competentes decerto o informarão de que sua proibição aos muçulmanos é inconstitucional; cientistas competentes apontarão que a mudança no clima é real; economistas competentes exporão que cortes de impostos precisam ser compensados em outras frentes; especialistas eleitorais competentes afirmarão que não houve milhões de votos ilegais na eleição; diplomatas competentes dirão que o acordo com o Irã faz sentido, e que Putin não é seu amigo. Por isso, a competência precisa ser excluída.

A essa altura, alguém certamente vai questionar: "Se eles são assim tão burros, como venceram?" Parte da resposta é que o desdém pelos especialistas —desculpe: pelos "assim chamados" especialistas— ecoa junto a uma parte importante do eleitorado. A intolerância não era a única força sombria em ação na eleição: o anti-intelectualismo, a hostilidade para com "elites" que afirmam que opiniões devem se basear em estudo e consideração cuidadosa, também esteve presente.

Além disso, fazer campanha e governar são coisas muito diferentes. Isso é especialmente verdadeiro quando a mídia noticiosa passa muito mais tempo se preocupando com os pseudoescândalos de seu rival do que com as questões substantivas de política pública. Mas agora estamos vivendo a realidade, e todas as indicações são de que as pessoas que estão no controle não fazem ideia do que estão fazendo, em qualquer frente.

De algumas maneiras, essa falta completa de senso pode ser boa: a incompetência pode de fato temperar a malevolência. Não se trata apenas da derrota judicial quanto à imigração. A ignorância republicana transformou o que deveria ser uma blitzkrieg contra o Obamacare em um atoleiro, o que beneficia milhões de pessoas. E a implosão nos índices de aprovação a Trump pode ajudar a desacelerar a marcha rumo à autocracia. Mas enquanto isso, quem está no comando? Crises acontecem, e temos um vácuo intelectual no topo de nosso governo. Tenha medo, tenha muito medo.

sexta-feira, 17 de fevereiro de 2017

Nicaragua: Los jueces de Caifás

Sergio Ramírez

Apenas he sabido este domingo que Ernesto Cardenal ha sido notificado por medio de una cédula judicial que debe pagar 800 mil dólares en un proceso que le inventaron hace tiempo, cruzo la calle para irlo a ver. Somos vecinos hace tiempo.

Esta casa es el único bien que Ernesto posee sobre la tierra, y nunca ha querido más. Cuando los jueces la subasten, no servirá de mucho para abonar esa deuda de inquina y odio que le cobran. No servirá que sepan que por su puerta entraron un día Günther Grass, Graham Greene, García Márquez, Julio Cortázar, Harold Pinter.

Es la misma casa donde ha vivido por casi cuarenta años, desde el triunfo de la revolución, y desde hace tiempos necesita una mano de pintura. Adentro lo que hay es penumbra, las mismas mecedoras de mimbre en la sala, y en las paredes las fotos desleídas de los muchachos de Solentiname, hijos espirituales suyos, que cayeron en combate o fueron asesinados en las cárceles de Somoza. Y unas cuantas esculturas, cactus, garzas, peces, armadillos, en las que sigue trabajando a sus 92 años, y que son su principal fuente de ingreso.

Entro a su dormitorio conventual. Un catre de monje, otra mecedora, un estante de libros. Por la ventana se mira el verdor del patio. Lo encuentro sentado en el borde de la cama, donde hace sus meditaciones, la primera de ellas a las cuatro de la madrugada. Ha sido fiel con lo que cree, y la pobreza lo acompaña.

Cuando vengan los jueces de Caifás con sus tasadores oficiales a levantar inventario de lo que hay en esta casa para confiscarlo todo, encontraran muy poco. Los mismos viejos muebles, sus libros en los estantes, esos sí, muchos, pero que seguramente no servirán a la voracidad de quienes quieren despojarlo por venganza. Tirria, decimos en Nicaragua. Le tienen tirria por ser tan grande y por hablar tan alto, por no callarse nunca.

Recuerdo a los jueces de Caifás, porque recuerdo su poema de Gethsemani, Ky:

Es la hora en que brillan las luces de los burdeles
y las cantinas. La casa de Caifás está llena de gente.
Las luces del palacio de Somoza están prendidas.
Es la hora en que se reúnen los Consejos de Guerra…

Al poeta más grande de Nicaragua le han notificado la sentencia condenatoria, urdida a medianoche, por medio de cédula judicial, como a alguien que no tiene domicilio conocido. El juez que lo ha condenado va a ordenar que lo saquen de esta casa para entregarla al demandante inventado por el poder que quiere humillarlo. Ninguna otra cosa puede esperarse. La pretensión es dejarlo en la calle.

No hay más, poeta, le digo, son unos pocos pasos, se viene para mi casa con sus cuatro bártulos, y sus libros, si es que no le secuestran sus libros. Tulita mi mujer estará feliz de recibirlo. Imagínese lo bien que la vamos a pasar, conversando.

Eso sí, agrego, prepárese para una gran disputa, porque serán miles en Nicaragua los que querrán llevárselo a vivir con ellos también, un honor así no pasa tan fácilmente desapercibido, como no pasa desapercibida esta injusticia colosal a la que lo someten los jueces de Caifás.

quarta-feira, 15 de fevereiro de 2017

Odebrecht: La mano que mece los sobornos en Latinoamérica

José Robredo
El Ciudadano

La empresa constructora brasilera tiene operaciones en casi toda la región, y es ahora protagonista de una red de corrupción y sobornos que tiene en vilo a gobiernos y políticos, con consecuencias hasta ahora difíciles de imaginar.

Casi como efecto dominó, hace un par de años que comenzaron a darse a la luz casos de financiamiento irregular o ilegal de las campañas políticas en los diferentes países de la región, donde las fórmulas no eran muy diferentes: boletas por trabajos no realizados, pago de favores o coimas para gestionar proyectos de la empresa multinacional.

Argentina, Perú, Colombia, Ecuador, Venezuela, Brasil, Chile, Panamá, El Salvador son algunos de los países protagonistas de esta red de corrupción que se ha develado en los últimos meses a partir de la investigación de la justicia brasileña en el denominado caso Lava Jato, y donde la empresa constructora Odebrecht -multinacional brasilera con intereses en todo el continente- movía los hilos (y a políticos) en su beneficio.

Personajes de todos los niveles del aparato público, políticos de diferentes sectores y empresarios lobbistas fueron uniéndose a este tejido de corrupción, cuya madeja está lejos de terminar de desenredarse y que puede seguir aumentando la lista de involucrados.

Tanto las autoridades chilenas como las del resto del continente se encuentran expectantes de los resultados de las diligencias judiciales en Brasil, que tiene como efectiva herramienta de investigación a la delación compensada, la que hasta hora rinde frutos y compromete a un sistema político que se encuentra bajo presión ciudadana.

Ahora la trama de Odebrecht y la serie de aristas que involucran al caso, aparecen como una nueva amenaza a las democracias latinoamericanas, y por ahora dan la razón a los gobiernos del norte que califican, en general a sus pares del sur, como ineficientes y corruptos.

Según el historiador y analista político Max Quitral el escenario que abren estas investigaciones “instala un manto de dudas sobre la transparencia política de algunos mandatarios y retornan los fantasmas de la corrupción regional que siempre han debilitados las democracias latinoamericanas”.

Coincide con Quitral el académico chileno-brasilero avecindado en Brasil, Fernando de la Cuadra, quien sostiene que “lo que se ha observado en las últimas semanas es de una magnitud inimaginable. Cuando comenzaron a conocerse el tenor de las ‘delaciones premiadas’ de los 77 ejecutivos de la Odebrecht, muchos políticos importantes y funcionarios del alto escalón gubernamental de países latinoamericanos comenzaron a desfilar por las páginas de los diarios y en noticiarios de televisión”.

“Estamos ante una clara demostración de que los intereses de las empresas (no solo de Odebrecht) se mezclan con las expectativas de renta de poderosos grupos e individuos enquistados en las estructuras políticas y del aparato de Estado, consolidando la primacía de un régimen plutocrático que muestra un absoluto desprecio por las prácticas democráticas que deberían envolver al conjunto de los ciudadanos”, agrega de la Cuadra.

Tal es la magnitud e los sobornos investigados hasta la fecha que según el departamento de Estado norteamericano, se estima en US$ 800 millones los “invertidos” en 10 países. De esta forma, no es insensato llegar a preguntarse qué tan independientes pueden llegar a ser los gobiernos de la región.

En este sentido, Quitral declara a este medio que “en el fondo los mandatarios salpicados con el caso Odentecht estarían respondiendo a intereses de empresarios poderosos y no en razón de la soberanía popular. Por tanto, sus acciones están determinadas por el grado de compromiso que tienen con los empresarios y no con los electores, haciendo tomar decisiones que benefician a los primeros y perjudican a los segundos”.

A su turno, de la Cuadra sostiene que “muchas de las concesiones efectuadas por los gobiernos se encuentran sobrefacturadas y quien paga la cuenta finalmente es la población que debe tributar para sustentar esas grandes obras sin ser consultada e informada. Todo es realizado en secreto o burlando los canales de transparencia y de prestación de cuentas”. “En ese contexto, es bastante difícil ejercer una política soberana sobre los modelos de sociedad y sobre el uso de los recursos naturales que les dan sustento a dichos modelos”, agrega de la Cuadra.

¿Qué pasa con los organismos regionales?

Es una de las preguntas al momento de ver el complejo escenario que se reproduce en cada uno de los países de la región. Porque si bien la crisis afecta a particulares, cualquiera sea el rango de estos, a la postre es un modelo de gestión el que se está derrumbando. Y junto con ello, las instituciones que lo sostienen.

Hasta ahora Unasur y Celac no se han pronunciado respecto a estos hechos, dando cuenta de éstos, ni siquiera han sostenido encuentros para evaluar las consecuencias que pueda tener para la región. No por nada fueron creados para que los países de la región tomarán en sus manos la solución a sus problemas.

En este sentido, Quitral declara que “esos organismos debieran tomar una postura crítica a estos episodios de corrupción. Pero el asunto es que eso puede fracturar las confianzas y debilitar estos espacios de integración. Ese es él riesgo, pero mantener un silencio ante estos escándalos puede resultar perjudicial para ellos”. Y agrega que “ese es él riesgo, pero mantener un silencio ante estos escándalos puede resultar perjudicial para ellos”.

Al respecto, el académico de la Cuadra cree que “así como existen los entes reguladores y superintendencias a nivel cada país, estos organismos deberían establecer mecanismos para regular y vigilar permanentemente todos los proyectos que envuelvan licitaciones, velando por el estricto cumplimiento de cláusulas de transparencia, probidad e idoneidad en todos dichos emprendimientos”.

Junto con eso agrega que “esta es ciertamente una aspiración normativa que debe ser conciliada con las condiciones políticas y jurídicas que permitirían llevar adelante las reformas necesarias en esa dirección. De lo contrario, estos organismos seguirán siendo meras agencias de empleo de la burocracia regional”.

Futuro Incierto

En la medida que las causas judiciales que hasta ahora se conocen, como los casos de las acusaciones de coimas a los expresidentes Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Alan García en Perú; los aportes a las campañas presidenciales de Santos y Uribe en Colombia; al panameño Ricardo Martinelli y al ex presidente de El Salvador, Mauricio Funes; o el caso del jefe de la inteligencia argentina, Gustavo Arribas, quien aparece recibiendo 600 mil dólares por parte de esta red de sobornos y corrupción, más complicado aparece el escenario venidero en la región.

Gobiernos tambaleando por las investigaciones judiciales y con sus respectivos sistemas políticos en jaque viene a ser el escenario actual, por lo que la proyección puede ser bastante compleja. En este ejercicio de proyección política, Quitral sostiene que “de comprobarse las acusaciones de corrupción se abre la opción de pedir la salida de mandatarios y abrir espacios de tensión política entre oficialismo y oposición, y este caso puntual puede marcar campañas políticas al interior de los países y polarizar posiciones. Además, debilita a los presidentes en ejercicios, ya que re orientan la agenda para dar respuestas a supuestos sobornos”.

A su turno de la Cuadra agrega que “a pesar de algunas críticas recibidas sobre su posible inclinación ideológica o parcialidad en contra del Partidos de los Trabajadores (PT), puede ser que la Operación Lava-Jato represente un paso adelante en el desmantelamiento de estas prácticas viciosas y permita generar un nuevo consenso respecto a la construcción de una normativa que regule la acción de las empresas y establezca mecanismos anti-corrupción que aseguren una mayor transparencia y de prestación de cuentas de las instituciones públicas y de sus funcionarios”.

segunda-feira, 13 de fevereiro de 2017

Contra el progresismo neoliberal un nuevo progresismo populista

Nancy Fraser
Socialismo 21

La lectura que hizo Johanna Brenner de mi artículo “Trump o el final del neoliberalismo progresista” (más abajo en este Blog) no toca la centralidad del problema que he planteado: la hegemonía. Mi punto de vista primordial es que el actual predominio del capital financiero no se logró sólo por la fuerza, sino también por lo que Gramsci llama “consentimiento.” Las fuerzas que se benefician con la financiarización, la globalización corporativa, y la desindustrialización tuvieron éxito cuando el Partido Demócrata, exhibió como progresistas políticas manifiestamente anti-obreras.

Los neoliberales ganaron poder recubriendo su proyecto con un nuevo espíritu cosmopolita, centrado en la diversidad, la autonomía de la mujer, y en los derechos de los colectivos LGBT. Asumiendo esos ideales forjaron un nuevo bloque hegemónico, que llamé el progresismo neoliberal. En la identificación y el análisis de este bloque nunca perdí de vista el poder dominante del capital financiero -como insinúa J. Brenner- pero de lo que se trata es de ofrecer una explicación de su preponderancia política.

Poner la lente sobre la hegemonía proyecta luces sobre el progresismo y sobre los movimientos sociales que han plantado cara al neoliberalismo. En lugar de analizar quién conspiró o quién fue cooptado me he centrado en el cambio que se ha producido en el pensamiento progresista; un proceso ideológico que ha cambiado el concepto de igualdad por la noción la “meritocracia”.

En las décadas recientes el pensamiento neoliberal influyó no sólo a las feministas liberales y en los defensores de la diversidad (que abrazaron a sabiendas el ethos individualista) sino también a muchos dentro de los movimientos sociales. Incluso en aquellos movimientos que J. Brenner denomina partidarios del bienestar social, porque cuando estos se identificaron con el progresismo neoliberal hicieron la vista gorda a sus contradicciones.

Afirmar que ellos no tienen la culpa -como sostiene J. Brenner- no permite a entender cómo funcionan los procesos hegemónicos y, tampoco ayuda a encontrar la mejor manera de construir la contrahegemonía. Es necesario evaluar el comportamiento de la izquierda desde la década de 1980 hasta la actualidad. Revisando aquel período, Brenner expone los datos de un impresionante activismo de izquierda, que apoya y admira tanto como yo apoyo y admiro. Pienso, sin embargo, que esta admiración no debe impedirnos comprobar que ese activismo no contribuyó a la construcción de la contrahegemonía.

Estos movimientos no tuvieron éxito. Es decir. no lograron presentarse sí mismo como una alternativa creíble al progresismo neoliberal, ni mucho menos a su sustitución. Aunque para explicar los porqués se requiere un “lato” estudio, al menos una cosa está clara: para desafiar las versiones neoliberales del feminismo, del antirracismo y del multiculturalismo, los activistas de izquierda no han podido llegar a los llamados “populistas reaccionarios” (es decir, a los blancos de la clase obrera industrial) que terminaron votando por Trump.

Bernie Sanders es la excepción que confirma la regla. Su campaña electoral, pese a estar lejos de ser perfecta, desafió directamente líneas de falla de la clase política. Apuntando a la “clase de los multimillonarios” tendió la mano a los abandonados por el progresismo neoliberal. Además, se dirigió a la “clase media” porque también es víctima de “la economía neoliberal” y, porque necesariamente deben hacer causa común con las otras víctimas del sistema; los que no han tenido acceso a los puestos de trabajo “de la clase media”. Al mismo tiempo, Sanders separó aguas con los partidarios del progresismo neoliberal.

Aunque derrotado por Clinton, Bernie Sanders abrió el camino para la construcción de un poder contra-hegemónico; en lugar de una alianza de los progresistas con los neoliberales, Bernie Sanders abrió la perspectiva de un nuevo bloque “progresista-populista” que combine la emancipación con la protección social. En mi opinión, la opción de Sanders es la única estrategia de principios y, capaz de ganar en la era Trump. A los que ahora se movilizan bajo la bandera “de la resistencia”, les sugiero un contraproyecto.

La primera estrategia sugiere una subordinación al progresismo neoliberal con un “nosotros” (los progresistas) contra “ellos” (los “deplorables” partidarios de Trump), lo que planteo es volver a diseñar el mapa político – forjando una causa común entre todos aquellos a los Trump indefectiblemente va a golpear y traicionar. Estos sectores NO son solamente los inmigrantes, las feministas, y la gente de color (que votaron contra él) también son los trabajadores parados del “cinturón del oxido” y los estratos de la clase obrera del Sur que votaron a favor de él.

En contra de lo que opina J. Brenner, pienso que la estrategia no debe poner en contradicción la “política de identidad” con la política de clase. Al revés, debe identificar claramente los intereses de la clase dominante y las injusticias provocadas por el capitalismo financiarizado construyendo alianzas para luchar contra ambas.

domingo, 29 de janeiro de 2017

La conjura contra América

Leonardo Padura
El País


El discurso que pronunció Donald Trump durante su toma de posesión es alarmante. No solo por la exacerbación flagrante de los sentimientos patrióticos sino porque su pensamiento político y su estilo mesiánico abonan el odio y la xenofobia

Hace unos años, mientras leía la novela de política-ficción La conjura contra América (2004), del gran escritor norteamericano Philip Roth, sentí de forma visceral el gran poder de la literatura: tocar y afectar lo más profundo del espíritu humano. Aquella historia, ubicada en los Estados Unidos de 1942, en la imaginaria coyuntura de un sorpresivo triunfo electoral del exaviador Charles Lindbergh sobre Franklin D. Roosevelt, desarrollaba su trama en una Norteamérica dirigida por una Administración cercana a los ideales nacionalsocialistas de Hitler en la que, junto al pregón de posturas nacionalistas, primero de manera sibilina, y luego de forma abierta, se culpaba de los males domésticos a un enemigo cada vez más concreto y cercano, en este caso la comunidad judía asentada en el país.

La reacción que me fue provocando el sentimiento de encierro, desvalimiento, indefensión de unos individuos posibles ante la enorme maquinaria desbocada de un poder que los ha convertido en sus objetivos de represión y ataque solo por ser culpables de lo que son, me llegó a resultar agobiante, al punto de que por momentos debí detener mi lectura. Y es que Roth nos advertía en su magnífica y dolorosa novela, referida a un mundo tan imaginario y posible como el de George Orwell en 1984, sobre la necesidad del poder de tener o de crear enemigos, reales o pretendidos, y su capacidad de devorar a los marcados por esa necesidad, a los reales o pretendidos disidentes. Y aquella historia me afectaba porque sus connotaciones son universales, los peligros de su existencia siempre están latentes y porque, partiendo de una conjetura histórica, Roth desbordaba la realidad factual y me mostraba de modo ejemplar cómo había sido siempre, cómo podía ser siempre, cuando desde las alturas políticas se exacerban el nacionalismo, el aislacionismo y el odio nacional, social, político, sexual o racial hacia el otro.

Creo que, precisamente por su proyección universal y su cualidad de permanencia, a nadie le extrañará que La conjura contra América haya vuelto por estos días a mi mente, revolviendo todos los avasallantes efectos estéticos y políticos que en su momento me provocó la novela.

El discurso presidencial de Donald J. Trump este 20 de enero de 2017 es, sencillamente, uno de los documentos más alarmantes que se han lanzado al mundo en las últimas décadas, por venir de quien viene y por salir de donde sale. La exacerbación flagrante de los sentimientos patrióticos mediante el levantamiento de su peor manifestación, el nacionalismo, aparece tan en el centro de sus palabras que opacan la capacidad o necesidad de anotar sus inexactitudes, sus medias verdades (o medias mentiras) y su comportamiento antiético respecto a sus predecesores políticos, especialmente el saliente presidente, Barack Obama.

“A partir de este día, una nueva visión gobernará nuestra tierra. A partir de este día, solo Estados Unidos será la prioridad. Estados Unidos primero”, afirmó Trump, mesiánico, casi revolucionario. La atmósfera creada por estas posturas que se empeñan en señalar a algún culpable y pretenden convertirse en política de Estado del país más poderoso del mundo, de seguro calará en la mente de millones de personas que viven en Estados Unidos y, al escucharlas, se sienten más patriotas, más insatisfechos y ofendidos, incluso humillados pero, sobre todo, al fin capaces de denar sus temores. Y sus respuestas, estoy convencido, no se harán esperar: el enemigo ha sido señalado y se les ha pedido, a ellos, los buenos, actuar. El enemigo es el otro, el extranjero, el que está más allá de las fronteras (el que provoca miedo y nos roba) y las víctimas han sido los que debían haber sido beneficiados y han sido perjudicados por esos otros.

Como bien se sabe, pocos discursos gustan más a las masas que los de este estilo, muy cercano al practicado por los totalitarismos que sufrimos en el siglo XX y hasta el día de hoy: el que hace posible culpar al otro de nuestros problemas, el que nos hace vernos como objetivos de una malévola conjura y con derecho a defendernos con todas las armas.

Trump no dice cómo hará para que los grandes capitales industriales renuncien a sus ganancias y abran fábricas en Estados Unidos y paguen 25 dólares la hora al obrero que, fuera de sus fronteras, por igual o más trabajo, empleado por esos mismos capitales u otros similares, solo recibe cinco, o menos. Tampoco cómo mejorará la educación y la salud, el gran tema todavía pendiente en el país poderoso y que a su juicio reclaman una refundación. Pero afirma que se construirán más carreteras y, con vehemencia, que si se les da a los norteamericanos lo que les corresponde, todo irá a mejor para ellos.

El espíritu de un país ha sido convocado a reclamar derechos que les pertenecen y que, les dicen, les han sido arrebatados. Cómo gestionará Trump su política de rescate de la (según él) perdida grandeza norteamericana puede ser objeto de muchos análisis y conjeturas. Pero lo que ya ha ocurrido es que las semillas de su alarmante pensamiento político han sido lanzadas al viento y muchas de ellas van a caer en tierra fértil donde brotarán, diría que inevitablemente, los retoños del odio, la xenofobia, la megalomanía de los grandes sectores de un país que votó por estos discursos populistas de Trump que tanto recuerdan otras exaltadas elocuciones de similar especie que de vez en cuando la historia evoca con pavor para que algunos nos preguntemos cómo fue posible que aquello ocurriera.

Por suerte también sabemos que no todos los estadounidenses votaron por Trump y que muchos de ellos observan con pavor el ambiente creado antes y con el ascenso del mandatario. Hace unos pocos días Merryl Streep lanzó su grito de alarma, el mismo que han dado otros muchos norteamericanos, democratas y republicanos, que han decidido levantar banderas mucho más nobles y coherentes y han comenzado el movimiento civil de oposición. Pero lo cierto y terrible es que la máquina del nacionalismo excluyente ha sido puesta en movimiento y que el futuro se ha convertido en una interrogadora amenaza para muchos norteamericanos pero, también, para nosotros, “los otros”, pues su alcance será lamentablemente universal.