segunda-feira, 13 de abril de 2015

Fallece el escritor uruguayo Eduardo Galeano

Ericka Montaño
La Jornada

Los indignados de América Latina y el mundo han perdido a uno de sus guías: Eduardo Galeano se ha ido. El escritor, periodista, ensayista uruguayo, colaborador de La Jornada, falleció este lunes en Montevideo debido a un cáncer de pulmón, confirmó su casa editorial. Pero su biografía no termina con su muerte. Inició, sí, el 3 de septiembre de 1940 en Montevideo, pero entre su nacimiento y su muerte hay miles de palabras, escritas en numerosos libros, dichas en múltiples discursos, retomadas por cientos de miles de jóvenes y adultos, hombres y mujeres inconformes con los gobiernos a todo lo largo y ancho de este planeta, en todas las entrevistas concedidas, en todas esas frases que rondan Internet, en todos los artículos que publicó en La Jornada, su casa, y en todos los sueños que compartió para hacer de este un mundo menos peor.

Entre su nacimiento y su muerte están su primer libro Los días siguientes y Mujeres, una antología que acaba de publicar en España Siglo XXI Editores. Entre esos dos Las venas abiertas de América Latina, ese libro que el entonces presidente venezolano Hugo Chávez regaló al su homólogo estadunidense Barak Obama durante la V Cumbre de las Américas, en abril de 2009. Están Memoria del fuego (Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento), El descubrimiento de América que todavía no fue y otros escritos, Nosotros decimos no, Palabras: antología personal y Espejos.

En 2012 visitó el país por última vez. Acababa de publicar Los hijos de los días (Siglo XXI Editores). En noviembre de ese año se presentó en la Sala Nezahualcóyotl ante miles de jóvenes que ansiaban verlo, escucharlo, conocerlo en persona, y en la clausura de la asamblea del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. En ambos casos fueron decenas de personas las que tuvieron que conformarse con escucharlo fuera de la sala o el auditorio. Eso ocurría siempre.

Entre su nacimiento y su muerte están sus varios oficios: obrero, dibujante, recaudador, pintor, mensajero, cajero de banco, mecanógrafo, editor del semanario Marcha y el diario Época, y en medio de todos ellos su pasión por el futbol. Además de un gran escuchador, como él se definía, también fue un exiliado político. Salió de Uruguay después de haber sido encarcelado por la dictadura. Cruzó el Río de la Plata para vivir en Argentina, pero de nuevo tuvo que abandonar ese país ahora con destino a España porque su nombre estaba entre los condenados por la dictadura de Videla. Fue en Cataluña, donde además de escribir para periódicos, publicó Trilogía del fuego.

Las venas abiertas de América Latina publicado años antes, en 1971, fue prohibido por el régimen dictatorial tanto en Uruguay, como en Chile y Argentina. En 1985 regresó a su país, donde fundó el semanario Brecha, publicación que en 2010 creo el Premio Memoria del Fuego, el primero en recibirlo fue el cantante y compositor español Joan Manuel Serrat. Ese mismo año Eduardo Galeano obtuvo el premio Stig Dagerman, y a lo largo de su vida recibió varios doctorados Honoris Causa por parte de universidades en Cuba, El Salvador, México y Argentina, además del premio medalla 1808, entregado en febrero de 2011 en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento.También en 2010 recibió el Premio Manuel Vázquez Montalbán en la categoría de Periodismo Deportivo.

Siempre habló de y para los jóvenes, de y para los indígenas, en contra de los narcoestados y el neoliberalismo, en favor de la ecología y la legalización de las drogas. Habló contra el olvido. Hace unos días presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dio a conocer que había recibido la firma de Galeano contra el decreto por el que Obama calificó al país sudamericano como una amenaza. En México, uno de sus últimos textos publicado por La Jornada fue Leo y comparto, dedicado a los 43 estudiantes desaparecidos. “Los huérfanos de la tragedia de Ayotzinapa no están solos en la porfiada búsqueda de sus queridos perdidos en el caos de los basurales incendiados y las fosas cargadas de restos humanos. Los acompañan las voces solidarias y su cálida presencia en todo el mapa de México y más allá, incluyendo las canchas fútbol, donde hay jugadores que festejan sus goles dibujando con los dedos, en el aire, la cidra 43, que rinde homenaje a los desaparecidos”.

Siempre del lado de los pobres, de los indignados, su activismo social y compromiso con los desprotegidos lo llevó a Chiapas a conocer de cerca al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, experiencia que vertió durante varios años en diversos artículos, por ejemplo, en Una marcha universal, publicada por este diario el 10 de marzo de 2001.

“Año 1914, año 2001: Emiliano Zapata era en el DF por segunda vez. Esta segunda vez viene desde La Realidad, para cambiar la realidad: desde la selva Lacandona llega para que se profundice el cambio de la realidad de todo México. Desde que emergieron a la luz pública, los zapatistas de Chiapas, están cambiando la realidad del país entero. Gracias a ellos y a la energía creadora que han desencadenado, ya ni lo que era es como era”.

“Los que hablan del problema indígena tendrán que empezar a reconocer la solución indígena. Al fin y al cabo, la respuesta zapatista a cinco siglos de enmascaramiento, el desafío de estas máscaras que desenmascaran, está despegando el espléndido arcoiris que México contiene y está devolviendo la esperanza a los condenados a espera perpetua. Los indígenas, está visto, sólo son un problema para quienes les niegan el derecho de ser lo que son, y así niegan la pluralidad nacional y niegan el derecho de los mexicanos a ser plenamente mexicanos sin las mutilaciones impuestas por la tradición racista, que enaniza el alma y corta las piernas”.

Eduardo Galeano es recuerdo de esas cosas que el poder -político y económico- quiere que se olviden. Galeano eres memoria.

sexta-feira, 3 de abril de 2015

O sal da Terra: Em busca do elo perdido

Nina Rahe
Revista da Cultura

Além das mudanças pelas quais o fotógrafo Sebastião Salgado passou em sua carreira, o longa ‘O sal da Terra’, dirigido por Juliano Salgado, traz uma narrativa de aproximação que vai muito além dos laços sanguíneos

Em meio a uma floresta em Papua, província da Indonésia na parte ocidental da Nova Guiné, o franco-brasileiro Juliano Salgado registrou o momento em que uma tribo construía uma armadilha para caça. Assim que a tarefa terminou, após um longo período, um homem se posicionou em frente à câmera e produziu fogo utilizando pedaços de madeira e plantas secas. Emocionado ao testemunhar um dos momentos mais marcantes da história da humanidade, o documentarista de 40 anos percebeu que não eram tantas as diferenças que o distanciavam do povo de Papua: após a jornada, os homens acenderam cigarros para conversar e descansar.

Nessa viagem, ele acompanhava o renomado fotógrafo Sebastião Salgado, seu pai, na realização do projeto Gênesis, que o levou, entre 2004 e 2012, a registrar locais de natureza intocada pelo homem. Foi ali que o cineasta notou algo que Sebastião já havia descoberto há tempos, durante o percurso de mais de quatro décadas dedicadas à fotografia: nenhum homem é tão diferente; semelhanças nos aproximam dos papuas, dos índios Zo’é e até mesmo dos nenetses. “Eles estavam fazendo exatamente a mesma coisa que eu costumo fazer em Paris após um dia de trabalho: fumando para relaxar. Foi quando o abismo que parecia existir desapareceu e a viagem se transformou”, conta Juliano, que acompanhou o fotógrafo mineiro em outras quatros viagens. O resultado dessa experiência pode ser visto em O sal da Terra, filme sobre Sebastião que estreia neste mês, no qual Juliano divide a direção com o cineasta alemão Wim Wenders.

Foi um ano antes de Juliano nascer, em 1973, que Sebastião resolveu abandonar uma promissora carreira como economista para se tornar um fotógrafo independente. Pouco depois, com o objetivo de documentar a fome que assolava os africanos, ele viajou a Níger com sua esposa Lélia – na época, ela estava grávida de Juliano. O menino cresceu ouvindo as histórias do pai e o acompanhando no processo de revelação de fotos no laboratório – o cheiro do revelador, o tique-taque do relógio que contava o tempo de exposição e a luz amarela do espaço são lembranças fortes.

Juliano se habituou a ver a face de admiração e espanto dos colegas e das professoras quando contava os lugares para os quais seu pai viajava. “Ele provocava esse tipo de reação nas pessoas. Havia algo de heroico no que ele fazia”, conta. E teve que aprender a lidar também com os longos períodos de ausência, nos quais Sebastião se embrenhava mundo afora para descrever através de sua câmera as desgraças e injustiças sociais: ainda que as imagens tivessem a imprensa como suporte e fossem veiculadas em jornais e revistas da época, o interesse de Sebastião era explorar os temas a fundo, suas pesquisas duravam anos. Para concluir a série Trabalhadores, por exemplo, ele levou seis anos, de 1986 a 1992. “Eu ficava fora de casa por longos meses, sentia uma saudade enorme da Lélia. Pensava muito nela e em nosso filho Juliano, que era bem pequeno. Quantas vezes eu não chorei sozinho”, disse Sebastião no livro Da minha terra à Terra.

Alguém de fora

Em 2009, o documentarista resolveu aceitar o convite do pai para uma viagem de três semanas ao Pará, onde ficariam em contato com os indígenas Zo’é. A aventura também fazia parte de Gênesis e marcou o início de um processo de reaproximação entre os dois, que durante anos mantiveram uma relação distante e permeada de conflitos. “Era muito tempo para permanecer em um lugar onde seríamos só nós entre poucas pessoas que falavam português, mas aceitei porque achei que era um daqueles convites que não se recusam”, explica.

Não foi a primeira vez que Juliano acompanhou Sebastião em suas jornadas de trabalho. Em 1991, época em que o documentarista estava com 17 anos, ele viajou junto ao pai para Ruanda. Ali, visitaram a região de Kivu e as famosas plantações de chá. Enquanto Sebastião reunia material para Trabalhadores, o filho usava o cenário como tema para uma apresentação da escola.

Já a vivência com os Zo’é foi um importante passo na construção do relacionamento deles, tornando sua relação mais fácil. Na tribo, que desconhece a violência, ignora tanto a mentira quanto as brigas, resolvendo mal-entendidos por meio da argumentação, Juliano começou a filmar os passos de seu pai. As cenas foram editadas em um curta de poucos minutos, que encheu de lágrimas os olhos de Sebastião. “As imagens dizem muito sobre quem filma e meu pai ficou muito tocado ao ver a maneira como eu o enxergava.” Foi a motivação necessária para a ideia de desenvolver um longa-metragem sobre aquele que poderia ser o último projeto grandioso de Sebastião Salgado, hoje com 71 anos. Juntos, eles viajaram também para o Pantanal, o Grand Canyon, nos Estados Unidos, e a ilha russa de Wrangel.

Nessa época, o cineasta alemão Wim Wenders, de quem Sebastião Salgado é amigo desde a década de 1990, vinha manifestando o interesse de realizar algum trabalho a respeito do fotógrafo. Ele e Juliano iniciaram uma conversa que culminou, em 2011, com a assinatura de um contrato para a realização conjunta de O sal da Terra. O projeto já contava com um material farto de Sebastião em campo, no qual Juliano descobriu um profissional extremamente focado, com uma concentração impecável e uma disposição enorme para compreender as pessoas. Ainda assim, havia pouca abertura para a câmera. Sebastião ditou, inclusive, algumas regras que deveriam ser seguidas durante o processo: a primeira, não haveria uma equipe de filmagem, deixou nas mãos de Juliano a captação tanto do som quanto da imagem. Ele também se negou a repetir qualquer ação para o vídeo e avisou que não iria esperar pela câmera quando estivesse em movimento – as imposições eram uma forma de proteger o seu desempenho como fotógrafo. “O problema era que a nossa relação não era boa o suficiente para que eu pudesse entrevistá-lo. Tinha medo que a gente começasse alguma briga no meio, pois eram coisas que vinham acontecendo. Eu precisava de alguém de fora”, conta Juliano.


Beleza do mundo

Grande parte das entrevistas que dão corpo ao filme ficou a cargo de Wim Wenders. O cineasta alemão optou por um método de poucas perguntas: utilizando um teleprompter, exibiu uma seleção de fotografias de autoria de Sebastião, pedindo para que ele comentasse os detalhes de cada uma. O depoimento contém uma força assustadora de um alguém que parece ter experimentado muitas vidas em uma trajetória de poucas décadas. O fotógrafo, que já declarou que o maior prazer de todas as viagens era pegar o táxi para o aeroporto de onde voltaria para a mulher e os filhos, dividiu sua jornada entre a saudade da família e o enorme prazer que possuía na busca de novas imagens. Ele registrou desde grupos de refugiados da sede, da fome e da guerra em países como Etiópia, Mali e Sudão a garimpeiros da Serra Pelada, no Pará. Nas suas andanças, testemunhou tragédias inenarráveis, que o deixaram incrédulo quanto às atrocidades das quais a humanidade é capaz.

Em 1994, Sebastião encontrou em Ruanda um cenário de violência e ódio – os mortos eram tantos que acabavam empilhados, formando montanhas de cadáveres de centenas de metros de comprimento. Os sobreviventes pareciam ter se tornado insensíveis e ele começou a sentir ali que o corpo e a mente começavam a abandoná-lo. A esperança conseguiu reencontrar na fazenda onde nasceu, em Minas Gerais, quando decidiu junto à esposa transformar uma terra infértil em um ecossistema com mais de 2 milhões de árvores. Foi essa experiência que acabou o colocando no projeto de Gênesis, com a ideia de contar uma história que mostrasse a beleza do mundo. É essa transformação de um homem que chegou a perder a fé na espécie humana e conseguiu se reinventar que Wim Wenders e Juliano Salgado escolheram abordar em O sal da Terra. Para além dela, o filme também retrata em suas entrelinhas uma história de reaproximação entre um pai e um filho, entre Sebastião e Juliano. “Tinha raiva dentro de mim por conta da ausência dele, não conseguia ver mais nada. Alguma coisa mudou quando assisti aos seus depoimentos para o filme. Antes, ele era apenas meu pai e não tinha ideia dele como alguém que pôde compreender tanto do mundo.”

sexta-feira, 20 de março de 2015

Brasil: Las paradojas de un país en crisis

Fernando de la Cuadra
ALAI

Hace algunos años el gran compositor Tom Jobim declaró que Brasil no es país para principiantes. Y parece que esta afirmación, en principio enigmática, tiene algo de verdadera. Para muchos políticos, intelectuales, periodistas o personas con opinión, se ha transformado en un lugar común decir que Brasil es un país de grandes contradicciones. Y ciertamente lo es.

Desde que asumió su segundo mandato, la presidenta Dilma Rousseff tuvo que enfrentar una enormidad de problemas. Muchos de los problemas de Brasil son relativamente nuevos: una economía en proceso de recesión, una tasa de inflación en ascenso, sumado con una caída de la actividad industrial y un concomitante aumento del desempleo. Pero un conjunto de otros problemas se vienen arrastrando desde hace bastante tiempo. Solamente por mencionar los más importantes: La crisis energética, la crisis hídrica, la falta de inversión en infraestructura productiva, la reprimarización de la economía, el deterioro de los servicios públicos, el soborno electoral, la corrupción endémica de políticos, empresarios y gestores públicos.

Con el propósito de enfrentar estas diversas crisis y “apaciguar a los mercados”, la presidenta Rousseff nominó como su Ministro de Hacienda a Joaquim Levy, un economista formado en la Universidad de Chicago, es decir, alguien que tiene en su ADN el recetario neoliberal difundido por Milton Friedman y la Escuela de Chicago para los cinco continentes. Siendo fiel a su formación, el Ministro Levy anunció un paquete de medidas que representan todo lo contrario de lo que la presidenta electa prometió en su programa de campaña. Ante el estupor de sus electores, el actual ministro comunicó la “nueva” política de ajuste fiscal que aplicaría el ejecutivo: aumento de impuestos, incluido el retorno de un tributo especial para los combustibles y del impuesto sobre las operaciones financieras (IOF), recorte de gastos en educación, salud y vivienda, mayores restricciones en beneficios como el seguro desempleo, el auxilio a enfermedades, la restricción de las pensiones por muerte o la reducción de los subsidios en los prestamos realizados por el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES).

Esta serie de políticas anunciadas por la autoridad económica tuvo entre sus primeras consecuencias el “merito” de provocar la unidad de fuerzas insospechadas en la historia reciente, la alianza entre los representantes del capital y del trabajo. En efecto, tanto los dirigentes de las industrias (FIESP) que se quejan por el aumento de los tributos, como los líderes de la clase trabajadora (CUT, Fuerza Sindical), que denuncian el fin de muchas conquistas laborales, ya señalaron públicamente su intención de aunar esfuerzos para combatir las medidas informadas por el Ministro Levy. El propósito de este frente común en que están embarcados empresarios y sindicalistas es presionar al Congreso para que no apruebe los ajustes e impugne las Medidas Provisorias (MP’s 664 y 665) propuestas por el Ejecutivo, que alteran las reglas del beneficio, abono salarial, auxilio desempleo, pensión por fallecimiento, auxilio enfermedad y auxilio reclusión.

En principio son inexplicables los motivos que tuvo la presidenta Rousseff para aceptar este conjunto de acciones que van a contrapelo de sus promesas de campaña y de las expectativas de sus electores, que implican una serie de cortes en los gastos sociales y la restricción de derechos laborales y previsionales de los trabajadores, aunque sus asesores y portavoces insisten en aclarar que estas medidas antipopulares eran inevitables para reconducir al país a un nuevo ciclo de crecimiento y equilibrio fiscal.

Contrariando también a los partidos y políticos que constituyen la base del gobierno - en un sistema llamado presidencialismo de coalición- la presidenta ha sufrido seguidos reveses en el Congreso Nacional que es presidido tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado por dos miembros del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el principal conglomerado de la base aliada, cuyos representantes han vetado relevantes proyectos enviados por el ejecutivo para su aprobación, como la eliminación de las trabas que permitirían un aumento de los impuestos o la disminución del techo del superávit primario de R$ 66,3 billones para este año.

Mientras tanto, el descontento y malestar casi generalizado con el alza de los impuestos, los aumentos de tarifas y los cortes de gastos ya se ha instalado en el país. Un levantamiento divulgado esta semana por el Instituto Datafolha muestra que la popularidad de la Presidenta Dilma ha bajado considerablemente. Los que juzgan su gestión como óptima o buena suman un escaso 13 por ciento. Este porcentaje implica una caída significativa con relación a fines de 2014, cuando la presidenta poseía un 42 por ciento de apoyo de la ciudadanía. Los que consideran su administración mala o pésima representan un 62 por ciento. Si a ellos se agrega el 24 por ciento que considera a su gobierno como regular, la cifra de insatisfacción asciende al 86 por ciento de los consultados. Además, en una encuesta anterior, el 77 de los entrevistados pensaba que la presidenta estaba en conocimiento de los fraudes sucedidos en la Petrobras y un 60 por ciento de ellos consideraba que Rousseff mintió durante la campaña electoral del año pasado.

Estimulados por la baja popularidad y por la acumulación de los problemas apuntados previamente, algunos grupos opositores han organizado panelaços y protestas en las principales ciudades, en los cuales ha surgido el slogan de “Fuera Dilma”, exigiendo que la mandataria sea objeto de un impeachment por parte del Congreso, tal como sucediera en septiembre del año 1992 con Fernando Collor de Mello. Como ha sido señalado por diversos juristas y cientistas políticos, las posibilidades de que una solicitud de inhabilitación tenga éxito en el Congreso son bastante remotas. Primero porque la presidenta no ha realizado ningún tipo de acto de corrupción fragrante que justifique su enjuiciamiento por parte del Congreso o por el Supremo Tribunal Federal (STF).

En segundo lugar, porque no existen las fuerzas políticas necesarias para promover dicha acción de derrocamiento institucional, como fue el caso de José Manuel Zelaya en Honduras o de Fernando Lugo en Paraguay. En tercer lugar, porque los movimientos sociales más importantes de Brasil continúan apoyando al gobierno, pese a todas las críticas que puedan hacer a su gestión, especialmente al nombramiento de un ministro cuya palabra de orden es “austeridad” y recorte de gastos.

Para cualquier observador desavisado la situación brasileña es confusa e incomprensible. Como muestra basta observar lo que ha sucedido en las últimas semanas. En efecto, empero no concordar con la política económica implementada desde comienzos de este año, sindicatos de trabajadores, movimientos y sectores sociales han llamado a manifestarse en favor del gobierno, de la estatal Petrobras y de la democracia. Contraria y paradojalmente, aquellos electores que votaron por Aécio Neves, cuya plataforma de gobierno incluía la aplicación de un programa de ajuste como el que está siendo implementado ahora, han salido a la calle a pedir la salida del gobierno, entre otros motivos, por la carestía de la vida y por la irritante corrupción revelada a cada momento.

Sin embargo, no solamente la Petrobras ha sido objeto de malversación de los recursos públicos, pues la corrupción y el tráfico de influencias es transversal a todos los partidos y, tal como advierten la mayoría de especialistas, ella es parte del gen institucional de Brasil desde la época de las capitanías hereditarias con su marca patrimonialista en la conformación del Estado. En definitiva, el patrimonialismo representa nada más que la superposición del interés privado en los asuntos públicos, es una modalidad casi que atávica de privatización de los bienes públicos y su correspondiente apropiación por individuos, grupos o corporaciones privadas.

El escándalo de la Petrobras ha alcanzado a prácticamente todos los partidos y la clase política en su conjunto, por eso se torna evidente y notoriamente oportunista acusar solo al Partido de los Trabajadores de ser parte de los arreglos con las empresas para recaudar los fondos destinados al financiamiento de las campañas de sus candidatos. No existe referente político que no realice este tipo de acuerdo con el capital privado. Este es uno de los temas principales que ha sido planteado como base de argumentación para efectuar urgentemente la reforma política: que sea el Estado aquel organismo que financie las campañas partidarias a partir de un fondo a ser distribuido proporcionalmente entre todos los partidos y coaliciones con mayor representación nacional.

Al contrario de lo recomendado por sus partidarios más fieles e incondicionales, el actual gobierno parece haber sido acometido por una crisis de pánico y no ha tomado ninguna iniciativa relevante para cambiar este cuadro negativo. Una que otra reforma ministerial de carácter cosmético no va a convencer ni a quienes están decepcionados del “viraje” hacia la derecha del gobierno ni a quienes adhieren resueltamente a las filas de la oposición, atribuyendo todos los males de Brasil a estos últimos 12 años de administración de la coalición liderada por el Partido de los Trabajadores. El gobierno se encuentra acorralado en medio a una sociedad que está dispuesta a movilizarse para defender sus conquistas históricas o sus privilegios, negocios y utilidades.

Ya han transcurrido prácticamente cinco siglos desde que Nicolás Maquiavelo nos advierte en el capítulo III de El Príncipe que un gobierno que no se preocupa del futuro está condenado al fracaso, pues reconociendo los males que caen sobre él, como cualquier persona o entidad prudente, es posible aliviar éstos. Pero si por falta de previdencia los dejan crecer al punto de tornarse visibles a los ojos de todos, dichos males no tendrán más remedio. Por la parálisis política que afecta al gobierno de Rousseff, el consejo del pensador florentino parece haber sido escrito en estos días. La pregunta que flota en el aire es como podrá sobrellevar y superar esta turbulencia un gobierno que está recién comenzado su segundo mandato. Con una política de conciliación y dialogo con la oposición o con una postura más agresiva que recoja el mandato que el pueblo le ha otorgado para retomar la política de protección social y de consolidación de los derechos laborales. Por el gabinete y la agenda que se viene diseñando, parece que la primera alternativa es más probable. En todo caso, quizás si la única certeza que existe en este mar de dilemas y contradicciones, es que se siguen avizorando oscuros nubarrones en el horizonte de este país inescrutable.

terça-feira, 17 de março de 2015

A ocupação da Cisjordânia é uma situação colonial de apartheid

François Clemenceau
Le Journal du Dimanche

O historiador e cientista político Zeev Sternhell, autor de Histoire et lumières: Changer le monde par la raison (História e Luz: Mudar o mundo pela razão), se diz desapontado com os trabalhistas israelenses. Ele analisa a campanha das eleições legislativas em Israel e aponta um olhar crítico sobre a colonização dos territórios da Cisjordânia.

Os trabalhistas de centro-esquerda ainda têm chances de ganhar as eleições de terça-feira?

Não é impossível, mas as chances são muito baixas, porque mesmo que cheguem em primeiro, terão enorme dificuldade de construir uma coalizão. E se a construírem, a coalizão será tão contraditória que os deixará de mãos atadas. Se a direita ganhar, será tentada a formar uma nova coalizão com a extrema direita, uma coalizão linha-dura, como a que temos agora. O cenário mais realista é que direita e esquerda formem um governo. Isso permitiria que Netanyahu desse o ministério das Relações Estrangeiras a Isaac Herzog e retomasse um processo de paz, mas como Netanyahu é hostil a este processo, a esquerda estará no Governo, mais uma vez, apenas para caucionar uma ocupação interminável dos territórios palestinos.

O que o sr. critica nos trabalhistas? Acha que traíram seus ideais?

Em 1977, entrei para o Partido Trabalhista pensando que poderia ser profundamente reformado de dentro. Mas o fracasso do Partido Trabalhista vem do fato de estarmos constantemente em campanha eleitoral, de sua recusa em se aliar à esquerda com o Meretz ou com as listas árabes, com a justificativa de que estes não seriam suficientemente patriotas. Hoje, está numa aliança com o pequeno partido de centro-esquerda de Tzipi Livni chamada União sionista. Mas o que isso significa? Eles são sionistas e os outros não? Todos somos sionistas, ou eu não estaria neste país, teria ficado na França ou nos Estados Unidos. Os trabalhistas não representam mais nem a possibilidade de uma nova relação com os palestinos nem uma nova política social.

Mas a sociedade também mudou, não?

Não me orgulho desta sociedade. Não é o que minha geração gostaria de ver quando envelhecesse. Nossa sociedade abandonou a vontade de dar fim à guerra com os árabes. Hoje, fala-se da necessidade de “administrar” o conflito. Tornamo-nos uma das sociedades mais desiguais do mundo. Quando se trata dos EUA, fico um pouco chocado, mas não acho que Israel merecia construíssemos esses fossos com nossas próprias mãos. Sim, a sociedade ficou mais conservadora e de direita, e faz 30 anos que os trabalhistas pensam que se aproximar da direita é uma boa estratégia.

Fala-se de um aumento da presença da religião em todos os setores da sociedade, especialmente no exército...

Quando saí da escola de oficiais, em 1956, havia na minha classe um ou dois religiosos. Hoje eles são, pelo menos, metade das classes de oficiais. Aos poucos, tomaram contra do exército, e têm um peso muito maior nas forças armadas do que na sociedade em geral. Isto acabará por causar problemas se um dia tivermos que enfrentar os colonos que não quiserem deixar os territórios palestinos. Haverá o risco de guerra civil. Deste ponto de vista, não é normal que o Estado continua passivo diante desta situação. Mas o sentimento geral é de que é melhor lutar contra os árabes do que contra os colonos. Precisaríamos de um de Gaulle. Mas não temos.

Os Estados Unidos ou a Europa deveriam se envolver mais diretamente no processo de paz para que este possa ser salvo?

Sim. Não conseguiremos nada sem intervenção externa. Enquanto os israelenses não forem pessoalmente afetados pelos efeitos nefastos da colonização, ela não será interrompida. Mas se tivermos que pagar um preço pela ocupação, será diferente. Se Barack Obama fosse mais duro com Netanyahu, se demorasse três dias para responder, se as peças de reposição dos bombardeiros F-15 demorassem mais a chegar, se os Estados Unidos sugerissem que o uso do direito de veto em favor de Israel não fosse incondicional, Netanyahu pensaria duas vezes.

O sr. parece não ter esperanças...

Nunca tive medo da guerra. Israel é o meu país. Estou infeliz em vê-lo escolher um caminho que poderia levar ao maior dos desastres, ou seja, ao fim do sionismo. A ocupação da Cisjordânia não pode durar para sempre, é uma situação colonial e de apartheid. A natureza do Estado de Israel deve permanecer democrática. De tal forma que me pergunto se devo ficar aqui, porque, moralmente, não posso ficar ligado a um país que nega seus valores fundamentais.

sexta-feira, 13 de março de 2015

Vivir en estado de vigilancia permanente

Manuel Castells
La Vanguardia

La digitalización global de datos ubica a todos los ciudadanos en el papel de espiados tanto por los estados que dicen luchar contra el terrorismo como por quienes buscan más consumidores. El 97% de la información del planeta está digitalizada. Y la mayor parte de esta información la producimos nosotros, mediante Internet y redes de comunicación inalámbrica. Al comunicarnos transformamos buena parte de nuestras vidas en registro digital. Y por tanto comunicable y accesible mediante interconexión de archivos de redes. Con una identificación individual. Un código de barras. El DNI. Que conecta con nuestras tarjetas de crédito, nuestra tarjeta sanitaria, nuestra cuenta bancaria, nuestro historial personal y profesional –incluido domicilio–, nuestras computadoras –cada uno con su número de código–, nuestro correo electrónico –requerido por bancos y empresas de Internet–, nuestro permiso de conducir, la matrícula del coche, los viajes que hemos hecho, nuestros hábitos de consumo –detectados por las compras con tarjeta o por Internet–, nuestros hábitos de lectura y música –gentileza de las webs que frecuentamos–, nuestra presencia en los medios sociales –como Facebook, Instagram, YouTube, Flickr o Twitter y tantos otros–, nuestras búsquedas en Google o Yahoo y un largo etcétera digital. Y todo ello referido a una persona; usted, por ejemplo. Sin embargo se supone que las identidades individuales están protegidas legalmente y que los datos de cada uno son privados. Hasta que no lo son. Y esas excepciones, que de hecho son la regla, se refieren a la relación con las dos instituciones centrales en nuestra sociedad: el Estado y el Capital.

En ese mundo digitalizado y conectado, el Estado nos vigila y el Capital nos vende, o sea vende nuestra vida transformada en datos. Nos vigilan por nuestro bien, para protegernos de los malos. Y nos venden con nuestro acuerdo de aceptar cookies y de confiar en los bancos que nos permiten vivir a crédito (y, por tanto, tienen derecho a saber a quién le dan tarjeta). Los dos procesos, la vigilancia electrónica masiva y la venta de datos personales como modelo de negocio, se han ampliado exponencialmente en la última década por efecto de la paranoia de la seguridad, la búsqueda de formas para hacer Internet rentable y el desarrollo tecnológico de la comunicación digital y el tratamiento de datos.

Las revelaciones de Snowden sobre las prácticas de espionaje masivo del mundo entero (con escasa protección judicial o simplemente ilegales) han expuesto una sociedad en la que nadie puede escapar a la vigilancia del Gran Hermano, ni Merkel. No siempre ha sido así porque no estábamos digitalizados y no existían tecnologías suficientemente potentes para obtener, relacionar y procesar esa inmensa masa de información. La emergencia del llamado big data, gigantescas bases de datos en formatos comunicables y accesibles (como el inmenso archivo de la NSA en Bluffdale, Utah) ha resultado del reforzamiento de los servicios de inteligencia tras el bárbaro ataque a Nueva York así como de la cooperación entre grandes empresas tecnológicas y gobiernos, en particular con la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU. (que forma parte del Ministerio de Defensa, pero que goza de amplia autonomía).

El director de la NSA, Michael Hayden, declaró que para identificar una aguja en un pajar (el terrorista en la comunicación mundial) necesitaba controlar todo el pajar, y eso es lo que acabó consiguiendo, según su criterio, con una flexible cobertura legal. Aunque Estados Unidos es el centro del sistema de vigilancia, los documentos de Snowden muestran la activa cooperación con las agencias especializadas de vigilancia del Reino Unido, de Alemania, de Francia y de cualquier país, con la excepción parcial de Rusia y China, salvo en momentos de convergencia. En España, tras la escandalosa revelación de que la NSA había interceptado 60 millones de llamadas, Snowden apuntó que en realidad lo había hecho el CNI por cuenta de la NSA. Siguiendo la política de Aznar que dio a Bush permiso ilimitado para espiar en España a cambio de material avanzado de vigilancia. Y vigilaron a cualquiera que estuviera compartiendo información. Pero fueron las empresas tecnológicas las que desarrollaron las tecnologías de punta para el Pentágono. Y fueron empresas telefónicas y de Internet las que entregaron datos de sus clientes. Sólo se enfadaron cuando supieron que la NSA los espiaba sin su permiso. Facebook, Google y Apple protestaron y encriptaron parte de sus comunicaciones internas. Porque en realidad esa es una posible defensa de la privacidad: comunicación encriptada facilitada a los usuarios. Sin embargo, no se difunde porque contradice el modelo de negocio de las empresas de Internet: la recolección y venta de datos para la publicidad enfocada (que constituye el 91% de las ganancias de Google).

Aunque la vigilancia incontrolada del Estado es una amenaza para la democracia, la erosión de la privacidad proviene esencialmente de la práctica de las empresas de comunicación de obtener datos de sus clientes, agregarlos y venderlos. Nos venden como datos. Sin problema legal. Lea la política de privacidad que publica Google: el buscador se otorga el derecho de registrar el nombre del usuario, el correo electrónico, número de teléfono, tarjeta de crédito, hábitos de búsqueda, peticiones de búsqueda, identificación de computadoras y teléfonos, duración de llamadas, localización, usos y datos de las aplicaciones. Aparte de eso, se respeta la privacidad. Por eso Google dispone de casi un millón de servidores para procesamiento de datos.

¿Cómo evitar ser vigilado o vendido? Los criptoanarquistas confían en la tecnología. Vano empeño para la gente normal. Los abogados, en la justicia. Ardua y lenta batalla. Los políticos, encantados de saberlo todo, excepto lo suyo. ¿Y el individuo? Tal vez cambiar por su cuenta: no utilice tarjetas de crédito, comunique en cibercafés, llame desde teléfonos públicos, vaya al cine y a conciertos en lugar de descargarse películas o música. Y si esto es muy pesado, venda sus datos, como proponen pequeñas empresas que ahora proliferan en Silicon Valley.

quinta-feira, 12 de março de 2015

El único peligro para el pueblo de Estados Unidos está en Estados Unidos

Adolfo Pérez Esquivel
Socialismo y Democracia

La declaración de Venezuela como una amenaza para la Seguridad Nacional de Estados Unidos es un formalismo que siempre ha usado ese país para realizar embargos económicos y una posterior intervención militar en diversos países alrededor del mundo.

Han intentado invadir Cuba y fueron derrotados, han intentado vencerla con bloqueo económico y han sido derrotados. El mismo presidente Obama lo reconoció abriendo una nueva etapa de diálogos con la Isla. ¿Por qué ahora intentar hacer lo mismo con otro país latinoamericano? Nadie niega que hay serios conflictos y un incremento de la violencia en Venezuela pero ¿Acaso alguien puede creer que represente un peligro para el pueblo estadounidense o algún otro país del mundo? ¿Porqué EEUU se contradice deliberadamente en sus injerencias externas? ¿No hay acaso una clara crisis humanitaria en México que obvia mencionar?

Si se trata de violaciones a DDHH, los países latinoamericanos debemos declarar a EEUU, sus injerencias y sus bases militares una amenaza para todos los pueblos de la región. Pero Nuestra América es una región solidaria y de paz, no pretendemos invadir a nadie, sólo queremos respeto a nuestra soberanía y nuestra autodeterminación.

La situación de Venezuela debe resolverse en el marco de sus instituciones democráticas y con colaboración de nuestros organismos regionales. Así lo ha hecho, por ejemplo, la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), con su reciente visita a Caracas, la cual fuera apoyada por el Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon. En su visita, la UNASUR ha reconocido intentos de desestabilización en Venezuela para interrumpir la cadena de legitimidad democrática lo que explica, entre otras cosas, las situaciones de desabastecimiento económico.

El único peligro para el pueblo de Estados Unidos está en Estados Unidos. Son los lobbys corporativos militares y financieros, que consideran que una región sin guerras y con recursos que no pueden controlar, es un peligro para sus intereses económicos y de poder profundamente antidemocráticos. Sectores que se sustentan en el ataque a otros pueblos, en la desinformación y utilización del pueblo norteamericano pudiente y de piel blanca, y del empobrecimiento, encarcelamiento y persecusión de los norteamericanos e inmigrantes de piel oscura.

Venezuela tiene la mayor reserva de petróleo del mundo, es el cuarto suplidor de crudo de EEUU, fortalece su economía real, sus políticas sociales y ha logrado una revolución democrática y bolivariana a fuerza de elecciones que han sido declaradas por el ex presidente norteamericano, James Carter, como una de las más transparentes del mundo. A lo que se debe agregar haber sido el primer país en la historia de los Estados Nación en crear un referéndum revocatorio y en aplicarlo. Esta declaración de Obama es la única forma de aislar políticamente a una Venezuela digna y solidaria, que a pesar de los ataques, desde el año 2007 envía petróleo para la calefacción gratuita de millones de personas de los sectores populares de 16 estados norteamericanos a través de su filial norteamericana CITGO.

Si el gobierno norteamericano quiere hablar de Paz para su pueblo, el Congreso debe derogar la Ley de sanciones a Venezuela 2014 y Obama debe anular la declaración de Venezuela como amenaza a la seguridad nacional.

Por su parte, la CELAC, la UNASUR y el MERCOSUR deben defender a Venezuela de estas agresiones norteamericanas. Maduro fue bien claro en su discurso ante todos los bloques parlamentarios “nadie podrá detener que este año 2015 haya elecciones parlamentarias, y si perdemos, perdemos, si ganamos, ganamos, pero son los venezolanos los que tomarán la decisión”.

segunda-feira, 9 de março de 2015

Patrimonialismo renitente

José Antonio Segatto
Gramsci e o Brasil

Nos últimos meses, o problema do Estado patrimonialista voltou à baila após a presidente da República, em discurso no ato de sua diplomação, referir-se à confusão entre negócios públicos e interesses privados. A seguir o ministro da Fazenda, Joaquim Levy, em seu discurso de posse, retomou a questão e assegurou que uma de suas prioridades seria o combate ao patrimonialismo.

Problema antigo, o patrimonialismo de há muito vem sendo objeto de estudos e apreciações. Por meio de adaptações criativas dessa categoria weberiana, diversos autores abordaram a relação entre Estado e sociedade na história brasileira. Sérgio Buarque de Holanda, em Raízes do Brasil, de 1936, escreveu que o patrimonialismo seria um prolongamento do patriarcalismo no Estado, daí derivando o desapreço pela impessoalidade na gestão da coisa pública.

Raymundo Faoro, em Os Donos do Poder, de 1958, foi além. Numa operação analítica sequencial de larga duração histórica — do século 14 ao 20, de dom João I a Getúlio Vargas, numa “viagem redonda” de seis séculos — procurou reconstituir a história do capitalismo politicamente orientado pelo estamento burocrático. Gestado em Portugal e transplantado para o Brasil, o Estado burocrático-patrimonial teria engendrado, no século 19, uma monarquia tuteladora da Nação, na qual o Estado é tudo e a sociedade civil, nada. Controlado e dirigido pelo patronato político, o “governo tudo sabe, administra e provê. Ele faz a opinião, distribui a riqueza e qualifica os opulentos”. No pós-1930, o patrimonialismo teria sido revigorado, particularmente durante o Estado Novo.

Nessa compreensão, a herança ibérica e estatista ou patrimonial seria a chave para o entendimento da história do Brasil. Tal maldição, proveniente do “pecado original”, determinaria, inevitável e invariavelmente, o País ao atraso, condenando-o ao autoritarismo e ao infortúnio. Não obstante o caráter trans-histórico e fatalista da interpretação de Faoro, não se pode compreender a formação do Estado nacional prescindindo de sua análise.

Mas se o patrimonialismo é uma realidade inquestionável que impregna todas as relações sociais, a cultura política e os liames entre a sociedade civil e a política — ou está entranhado nelas —, ele não pode ser considerado como a chave determinante e a-histórica do Estado brasileiro. Tem de ser analisado como construção histórico-política da organização do Estado nacional, tendo em vista as configurações que assumiu nos diversos períodos e regimes, com todas as mediações possíveis. Ele não pode ser compreendido por si só — por exemplo, sempre esteve intimamente amalgamado às relações de favor e clientelistas e, no pós-1930, ao corporativismo.

Além dos intelectuais referidos, o conceito de patrimonialismo está também presente, direta ou indiretamente, nas análises de muitos outros estudiosos, permeando-as, embora com entendimentos diversos, como Florestan Fernandes, Fernando Henrique Cardoso, Francisco Weffort, Simon Schwartzman e outros. Nos anos 1970 — na crítica e no combate ao regime ditatorial — converteu-se em moeda corrente e tornou-se mesmo ideia-força. Os fundamentos basilares das análises, derivados do conceito de patrimonialismo, na luta pela democracia confundiram-se com o combate ao Estado — que deveria ser reduzido e enfraquecido — e com o robustecimento da sociedade civil. Ou seja, a condição sine qua non para a democratização estaria no cerceamento do poder de intervenção do Estado e na depuração de suas anomalias, entraves para a economia de mercado e para a efetivação de direitos.

Não é exagero afirmar que essas concepções estiveram mesmo na gênese do PT e do PSDB, partidos tornados os novos donos do poder nas duas últimas décadas. Todavia, se foram concebidos contra o Estado patrimonial, como explicar que, em 20 anos no governo do País, não conseguiram expurgar do Estado os elementos e as relações que facultam a privatização de bens públicos e a apropriação indébita do Estado como algo exclusivo de indivíduos e grupos, corporações e confrarias para garantir e perpetuar privilégios e negócios?

No governo, o PSDB, que prometia desmantelar o “Estado varguista”, realizou algumas reformas, privatizando parte do aparato e do patrimônio estatal, mas sem publicizá-lo. Já os governos petistas não só se acomodaram às vantagens do patrimonialismo e do clientelismo — desfrutados pragmática e utilitariamente —, como potencializaram sua práxis e cultura política.

Por mais paradoxal que possa parecer, as declarações de intenção da presidente e do ministro de combate ao patrimonialismo no Estado não são incompatíveis com a política que tem guiado os governos petistas desde 2003. As concepções e orientações liberais ortodoxas de Joaquim Levy deverão ser conformadas ao condomínio de poder, segundo os desígnios do “presidencialismo de coalizão” — o papel (antipático) que lhe foi atribuído é, única e exclusivamente, o de realizar os ajustes econômicos necessários à governabilidade, à rentabilidade dos negócios e à estabilidade funcional do mercado. Como se fosse possível apartar economia e política. De resto, tudo deve continuar como dantes, com uma simples diferença: as práticas e/ou políticas patrimonialistas e clientelistas poderão ter algumas regras de contenção e regulação. O atual arranjo de forças políticas no poder não sobrevive sem tais práticas, dado que lhe são congênitas.

Nesse sentido, os dirigentes e representantes do PT, PMDB e demais partidos da base aliada podem dormir tranquilos — seus interesses e práxis serão muito pouco afetados. Pode-se dizer que a política do ministro Joaquim Levy de combate ao patrimonialismo não intenta, nem está autorizado a isso, publicizar o Estado. E sem Estado público a democracia continuará aviltada.