segunda-feira, 11 de setembro de 2017

Último discurso de Salvador Allende


Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado Director General de carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.

Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

quarta-feira, 6 de setembro de 2017

Preparando otro crimen contra la humanidad

Ariel Dorfman
Página 12

La noticia de que Estados Unidos va a gastar un trillón de dólares en modernizar su fuerza nuclear ha provocado preguntas acerca de si tal estrategia, que incluye misiles “stealth” (furtivos) que no podrían ser detectados por fuerzas enemigas, no terminará desestabilizando la relación con los otros gobiernos que poseen bombas atómicas, generando una peligrosa carrera armamentista. Pero otra interrogante, una que nos ronda hace más de siete décadas, es, a mi parecer, más importante y primigenia: ¿fue Hiroshima un crimen de guerra?

Responder a tal pregunta ha cobrado urgencia debido a la promesa de Donald Trump de desatar “furia y fuego como el mundo nunca ha visto antes” contra Corea del Norte así como debido al ultimátum igualmente insensato de parte de Kim-Jong-Un, amenazas mutuas que indican que un nuevo genocidio en nuestros tiempos ya no es inconcebible.

Por mi parte, no me cabe duda de que el bombardeo de Hiroshima el 6 de agosto de 1945, que mató, por lo menos, a 146.000 hombres, mujeres y niños y dejó muchos miles más dañados de por vida, constituyó, en efecto, un crimen de guerra. Contrariamente a la tesis de que tal asalto era la única manera de esquivar una invasión de las tierras enemigas que hubieran llevado a innumerables bajas entre las tropas Aliadas, investigadores han constatado que la razón por la cual Japón capituló fue por temor a que la Unión Soviética (que acababa de declararle la guerra al Imperio del Sol Naciente) se apoderara de la mitad del territorio nipón. Los hallazgos y conclusiones de Gar Alperovitz, Murray Sayle y Tsyuyoshi Hasegawa, entre otros, arrasan con el mito de que el primer ataque nuclear de la historia - al que hay que añadir el segundo contra Nagasaki el 9 de agosto - era inevitable.

Y, sin embargo, aquel mito persiste. Dos años atrás una encuesta del Pew Research Center indicó que el 56 por ciento de los estadounidenses creía que ese bombardeo estaba justificado, un número considerable, aunque muy disminuido del 85 por ciento que defendía esas atrocidades en 1945. Mi propia experiencia avala tales cifras. Cuando escribí en The New York Times hace unas semanas (en un artículo que publiqué también en estas páginas) que Hiroshima era un crimen de guerra, recibí una serie incesante de mensajes destemplados de parte de gringos iracundos: ¿cómo me atrevía yo (un sucio chileno) a dudar acerca de la benevolencia de una maniobra militar que tantas vidas había salvado?

¿Acaso esas personas no se dan cuenta de que al insistir en la inocencia de los Estados Unidos no sólo tratan de mitigar su culpa por el genocidio de centenares de miles de seres humanos, sino que facilitan y alientan la retórica belicosa de Trump (“todas las opciones están abiertas”, es su última andanada) y, también, por cierto, el gasto de un trillón de dólares letales para remozar el arsenal nuclear?

Aquellos que juran estar a favor de tales métodos salvajes deberían comprender que, aun si las embestidas mortales que asolaron a Hiroshima y Nagasaki fueron, como se supone equivocadamente, un “mal necesario”, eso no obviaría que tal asalto se condene como un crimen contra la humanidad. Tal como lo fue la masacre japonesa de Nanking, y los horrores alemanes procesados en Nuremburg, los incendios aéreos intensivos de los Aliados contra Dresden y Hamburgo, el asesinato masivo de prisioneros perpetrados por los soviéticos al final de la Segunda Guerra Mundial, la destrucción a mansalva de Vietnam de parte de Johnson y Nixon, y los ataques de gas de Saddam Hussein contra Irán y Bashar al Assad en Siria. Y tal como lo sería cualquier uso norcoreano de su arsenal minúsculo, con su “mar de fuego” y las absurdas bravatas de aniquilar a los Estados Unidos o al territorio colonial de Guam, que solo incrementan la eventualidad de una catástrofe.

La discusión en torno a si Hiroshima fue un crimen de guerra no es un ejercicio académico. Es esencial para que tengan sentido las palabras “nunca más” que una humanidad consternada pronunció después de las primeras detonaciones nucleares, esencial para que no tengamos que presenciar, como lo profetizó el filósofo Federico Nietzsche en 1888, “guerras como las que el mundo nunca ha visto antes.”

Dudo, por cierto, de que Trump sepa quién es Nietzsche, ni menos que haya leído esa frase de Ecce Homo que aturdidamente, y sin conocer su origen, ha repetido en estos días al blandir la posibilidad de desencadenar una ola de “fuego y furia”.

Pero el nombre de Einstein debe tener alguna resonancia para Trump, hasta para alguien tan iletrado como él. Einstein, cuyos descubrimientos de los secretos del universo condujeron a las bombas que este Presidente insano ofrece con tanto desparpajo soltar sobre sus rivales, dijo, cuatro años después de que Washington destruyó aquellas dos ciudades japonesas, “No sé con qué armas se ha de llevar a cabo la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta será una pelea con piedras y palos.”

Si todo el planeta se vuelve como Hiroshima, si no podemos impedir un nuevo crimen de guerra que puede terminar en un apocalipsis para todos, que nadie declare - si acaso alguien queda con vida - su inocencia.

sábado, 2 de setembro de 2017

Temer y el regreso al neoliberalismo noventero

José Robredo
El Ciudadano

Esta semana Michel Temer cumple un año como presidente de Brasil, cargo que asumió de forma interina en mayo del año pasado tras propiciar e impulsar el impeachment contra Dilma Rousseff, y lo festeja en medio de un complejo escenario político interno en el país: Acusaciones de soborno que lo tuvieron al borde del juicio político, extensas jornadas de protestas y grandes movilizaciones sociales han caracterizado estos doce meses a la cabeza del gobierno.

A pesar de la presión social, que se refleja en solo un 5% de aprobación en las encuestas, Temer se ha sostenido en el poder gracias al apoyo del Parlamento, el que se encuentra en tela de juicio por la vinculación de varios diputados y senadores en el caso Lava Jato, lo que no ha impedido que comience a implementar su giro neoliberal tras 15 años de gobiernos progresistas.

Brasil, la economía más potente del continente, se encuentra en una grave crisis, la que se ha manifestado en los últimos dos años con cifras negativas -en 2015 y 2016 se contrajo en 3,5 y 3,6 por ciento, respectivamente- lo que se traduce en un alza del desempleo y un déficit fiscal cercano a los 49.000 millones de dólares.

Ante esto, Temer comienza a desplegar su programa neoliberal e inicia el cierre de las políticas sociales que se llevaron a cabo bajo las administraciones de Lula -que se encuentra en campaña para volver a la presidencia- y Dilma Rousseff. Para ello, ha presentado un nuevo paquete de privatizaciones de 57 empresas públicas para recaudar casi US$ 14 mil millones, donde destaca la gigante ElectroBras, y que es la continuación del proceso iniciado el año pasado. La medida fue resuelta por el Consejo del Programa de Asociaciones en Inversiones (PPI) de la Presidencia, órgano multiministerial que decide cómo se realizan los procesos de privatización de estatales brasileñas y las concesiones a privados.

También son parte de esta propuesta de privatización la venta del aeropuerto de Congonhas, en Sao Paulo (el segundo mayor del país en número de pasajeros), la Casa de la Moneda, y Lotex, organismo a cargo de la venta de lotería y apuestas. También resaltan vender 49 por ciento de la Empresa Brasileña de Infraestructura Aeroportuaria (Infraero) en los aeropuertos de Guarulhos (San Pablo), Confins (Belo Horizonte), Brasilia y Galeao (Río de Janeiro).

Para entender el contexto político que se desarrolla en el gigante latinoamericano, El Ciudadano conversó con el académico y analista Fernando de la Cuadra, quien expresa que las medidas significan que “su gobierno permanecerá como refuerzo de las fuerzas políticas tradicionales y de los conglomerados económicos nacionales e internacionales”.

Esta semana Temer cumple un año en el poder. ¿Las medidas económicas presentadas son la primera muestra de su “consolidación” en el cargo?

En efecto Temer ya cumple un año en el cargo y contra todas las previsiones de hace un par de meses, los últimos acontecimientos nos inducen a pensar que él continuará en el cargo hasta el final de su mandato. Puede parecer una flagrante contradicción afirmar que alguien que viene mostrando índices tan bajos de aprobación de la ciudadanía pueda mantenerse en su puesto. Cuando muchos analistas presagiaban que la pérdida de su mandato era inminente, Temer ha conseguido articular apoyos en base a promesas de financiamiento de proyectos para parlamentarios y políticos, por medio de medidas que privilegian a poderosos grupos económicos nacionales y extranjeros o a través de diversas modalidades de chantaje puro y directo. En estos días, los anuncios hechos por el Gobierno pueden en efecto permitir la consolidación de Temer en el poder, especialmente si se considera los grandes beneficios que proporcionará a los consorcios económicos la venta de las generadoras del sistema Electrobras a un precio que se estima es menos del 10 por ciento de su valor real.

¿Cuáles son las implicancias que tiene esta decisión para el reimpulso de la economía brasileña?

Según los cálculos de especialistas, aun cuando se aplique la depreciación correspondiente, el valor de los activos de la empresa de electricidad llegaría a los 370 mil millones de reales (unos US$ 110 mil millones) y no a los 20 o 30 mil millones de reales (algo más de US$ 6 mil millones) que el gobierno espera recaudar con su venta. Todavía más escandaloso resulta el anuncio del gobierno para abrir la concesión para explotación mineral y forestal de la Reserva Nacional de Cobre (Renca), una extensa área de casi 5 millones de hectáreas. De prosperar esta política de concesiones en el Amazonas, el país se enfrentará a nuevos riesgos en la conservación de su biodiversidad y en la protección de los pueblos originarios que habitan en esa floresta. Estas y otras medidas se realizan con el evidente objetivo de aumentar la base de apoyo de un mandatario que a pesar de ser el más impopular de la vida política reciente, ha demostrado que se puede hacer un uso inescrupuloso del “Todo Vale” para mantenerse en el poder.

Temer se mantiene en el cargo a pesar de su pobrísima aprobación pero con el apoyo del Parlamento. ¿Cómo se entiende esta combinación?

Por ejemplo, desde comienzos de julio y hasta poco antes del rechazo de la acusación contra Temer en la Comisión de Constitución y Justicia (CCJ), el gobierno había aprobado un total de mil novecientos millones de reales en propuestas de diputados y senadores que necesitaban de tales proyectos para conseguir o mantener el apoyo de los electores. En los primeros seis meses de este año esa cifra fue menor, lo cual torna evidente como el gobierno utilizó hasta el límite los recursos fiscales para presionar a los miembros del CCJ a rechazar el proseguimiento de la denuncia contra el presidente.

¿Hay un carácter regresivo en las medidas de Temer? Considerando que desde Fernando Cardoso no se veían medidas de este calibre

Sin duda, estoy convencido del carácter regresivo de este gobierno, en muchos ámbitos. Las Universidades Federales han experimentado cortes de presupuestos que llegan hasta un tercio del presupuesto histórico que tenían. Eso ha implicado que muchos alumnos perdieron sus becas de estudio, que la infraestructura se encuentra abandonada, que no existe casi ningún tipo de inversión nueva para mejorar las salas de clases, los edificios, los baños. Ni hablar de los cortes en el campo de la investigación científica, que se encuentra en niveles irrisorios, casi inexistente. En definitiva, Temer se está aprovechando de su impopularidad para hacer el “trabajo sucio” que le impusieron los grupos económicos y los sectores más conservadores del país. Mientras no concluya la reforma laboral, del sistema previsional, la reducción de los gastos sociales, etc., su gobierno permanecerá como refuerzo de las fuerzas políticas tradicionales y de los conglomerados económicos nacionales e internacionales.

¿Cómo se puede proyectar el escenario político en Brasil a partir de estos anuncios?

Es una pregunta difícil. A pesar de lo señalado en líneas anteriores, considero que pronosticar lo que va a suceder en el escenario político brasileño es una tarea muy riesgosa. Brasil se ha transformado en un país impredecible y en cualquier momento pueden surgir nuevas informaciones o hechos que le den un giro radical al escenario político. Con las filtraciones de las grabaciones que envolvían a Temer se esperaba un desenlace fatal a cualquier momento y, sin embargo, por los mecanismos que comentaba en líneas anteriores, el presidente se ha conservado en su cargo. Otras acusaciones aún más graves pueden venir a cambiar este panorama y alterar la actual correlación de fuerzas que le da sustento a Temer y su grupo cercano. Al final, me quedo con un dicho popular que hoy día cobra más vigencia que nunca: “Brasil no es para principiantes”.

sexta-feira, 1 de setembro de 2017

Cambio climático y educación ambiental

Fernando de la Cuadra
El Mostrador

En la actualidad existen pocas opiniones que nieguen la existencia del cambio climático y probablemente entre quienes admiten este axioma exista un grupo un poco menor que reconozca que dicho cambio tiene su principal fuente en los procesos productivos y la actividad desarrollada por la humanidad desde mediados del siglo XIX, es decir, de aquello que se ha convenido en llamar la dimensión antropogénica del cambio ambiental global.

Sin embargo, a pesar de su incontestable presencia en la sociedad contemporánea, el cambio climático no ha sido internalizado ni por la sociedad ni por los individuos como un factor que coloca en serio riesgo la continuidad de nuestra especie. Es como si el fenómeno del efecto invernadero y el calentamiento global que se constata en diversos eventos y desastres climáticos -huracanes, tornados, ciclones, inundaciones, lluvias torrenciales, deshielo de los polos y aumento del nivel del mar, sequía y desertificación- no fuera asumido conscientemente como algo que está y continuará afectando la vida del planeta en el largo, mediano y hasta en el corto plazo.

Es una contradicción entre lo que sabemos y la actitud concreta que tomamos como personas y comunidades para mitigar o compensar los efectos deletéreos de las catástrofes climáticas que se presentan de manera cada vez más frecuente en los diversos rincones de la tierra. Es lo que el sociólogo inglés Anthony Giddens ha definido como la “paradoja de Giddens”. Esta paradoja consistiría en una postura que tendrían las personas en su comportamiento diario, en donde pese a la certeza del impacto que el calentamiento global podría tener sobre nuestras vidas, continuamos deslumbrados por llevar una vida de consumo ilimitado, impulsado por satisfactores inventados para proporcionar una felicidad de corto plazo. Y precisamente debido al hecho de que estos cambios no son palpables, inmediatos, concretos o visibles, hace que, en general, nos comportemos pasivamente ante una situación de indudables y nefastas consecuencias  sobre la vida del planeta. La paradoja de Giddens nos confronta con un horizonte incierto, quizás el mayor desafío que debe encarar la humanidad: la perdida acelerada de biodiversidad y la extinción de muchas especies indispensables para mantener los equilibrios de los ecosistemas. A pesar de todas las evidencias acumuladas a la fecha, la mayoría de la gente continúa consumiendo bastante más de lo estrictamente necesario y apostando a que el planeta va a encontrar los mecanismos para auto-regularse, reestablecer su equilibrio sistémico y mantener su capacidad de reproducción de vida.


Por lo mismo, es fundamental que exista una política activa de educación ambiental que se proponga formar una consciencia lúcida sobre los riesgos del actual patrón de desarrollo, especialmente orientado hacia las generaciones más jóvenes, forjando ya a partir de la infancia una conciencia ciudadana sobre las nefastas consecuencias que tiene sobre el conjunto de la humanidad el uso desmedido de los recursos naturales y la generación exponencial de desechos sobre la tierra. Ello implica también prepararse para los desafíos que plantean los futuros escenarios climáticos que se vislumbran cada vez más graves y complejos, a no ser que exista un giro radical de nuestra insana obsesión por el productivismo y el crecimiento y nuestra compulsión por el consumo.

En ese marco, la educación ambiental debe propiciar un cambio en el modelo de desarrollo hacia un estilo que permita generar un consumo moderado que sea compatible con las capacidades de reproducción y supervivencia de los ecosistemas y, por lo tanto, solidario con el medio ambiente. Por lo mismo, pensamos que el reciente anuncio realizado por el ejecutivo de incorporar en la malla curricular escolar la disciplina de “Cambio climático” representa un avance importante en la política pública, permitiendo en definitiva que “la educación ambiental marque la diferencia y cada vez más personas estén comprometidas con el cuidado y con la protección del medio ambiente”.

Sin embargo, no es suficiente que la preocupación con la educación ambiental sea una tarea solo de los gobiernos nacionales y locales. La ciudadanía también tiene que asumir un papel más activo y responsable con relación al cuidado del medio ambiente. Por cierto, la educación ambiental es una herramienta esencial que facilita este proceso de toma de conciencia, aunque ello posteriormente debería ser replicado en diversas instancias de la vida comunitaria. Es la conciencia de que nuestro actual modelo de vida, de desplazamiento, de uso de energía, de apropiación de los bienes comunes, está colaborando ostensiblemente en la aceleración del calentamiento global y el cambio climático. Como señalaba hace años atrás la economista Elinor Ostrom, la problemática del cambio climático debería ser enfrentada a través de una perspectiva multiescalar, en la que se articulen las acciones surgidas desde el ámbito de los macro acuerdos multilaterales -como las Conferencias de las Partes- hasta las pequeñas acciones cotidianas realizadas por los ciudadanos y las comunidades locales. Desde esa perspectiva, la educación ambiental juega y deberá desempeñar un papel central en los esfuerzos por transformar el comportamiento y estilo de vida de los ciudadanos, potenciando la capacidad crítica da las personas y formando millones de agentes comprometidos con la mitigación y resiliencia al cambio climático, así como con un ethos global que restituya la relación de respeto y cooperación entre los seres humanos y la naturaleza.

quinta-feira, 31 de agosto de 2017

La persistencia obstinada de Michel Temer

Fernando de la Cuadra
El Clarín de Chile

Ya se cumplió un año desde que la presidenta Dilma Rousseff fuera depuesta en un golpe político-institucional instigado por quienes habían perdido en la última elección de 2014 y articulado por su Vice-presidente Michel Temer. Ahora Temer puede celebrar su primer año en el cargo que usurpó. Contra todas las previsiones de hace un par de meses, las últimas medidas tomadas por su gobierno nos inducen a pensar que él continuará ocupando el sillón presidencial hasta el final de su mandato. Puede parecer una flagrante paradoja afirmar que alguien que viene mostrando índices tan bajos de aprobación de la ciudadanía pueda mantenerse en su puesto. Cuando muchos analistas presagiaban que la pérdida de su mandato era inminente, Temer ha conseguido articular apoyos en base a promesas de financiamiento de proyectos para parlamentarios y políticos, por medio de medidas que privilegian a poderosos grupos económicos nacionales y extranjeros o a través de diversas modalidades de chantaje puro y directo.

Por ejemplo, desde comienzos de julio y hasta poco antes del rechazo de la acusación contra Temer en la Comisión de Constitución y Justicia (CCJ) el gobierno había aprobado un total de mil novecientos millones de reales en propuestas de diputados y senadores que necesitaban de tales proyectos para conseguir o mantener el apoyo de los electores. En los primeros seis meses de este año esa cifra fue menor, lo cual torna evidente como el gobierno utilizó hasta el límite los recursos fiscales para presionar a los miembros del CCJ a rechazar el proseguimiento de la denuncia contra el presidente.

En estos días, los anuncios hechos por el gobierno pueden en efecto permitir la consolidación de Temer en el poder, especialmente si se considera los grandes beneficios que proporcionará a los consorcios económicos la venta de las generadoras del sistema Electrobras a un precio que se estima es menos del 10 por ciento de su valor real. Según los cálculos de especialistas, aun cuando se aplique la depreciación correspondiente, el valor de los activos de la empresa de electricidad llegaría a los 370 mil millones de reales y no a los 20 o 30 mil millones de reales que el gobierno espera recaudar con su venta. Todavía más escandaloso resulta el anuncio del gobierno que extinguió por decreto y abrió para la explotación mineral y forestal, la Reserva Nacional de Cobre y sus asociados (Renca), una extensa área de casi 5 millones de hectáreas, rica en ríos y bosques nativos. De prosperar esta política de concesiones en el Amazonas, el país se enfrentará a nuevos riesgos en la conservación de su biodiversidad y en la protección de los pueblos originarios que habitan en esa región. Estas y otras medidas se realizan con el evidente objetivo de aumentar la base de apoyo de un mandatario que a pesar de ser el más impopular de la vida política reciente, ha demostrado que se puede hacer un uso inescrupuloso del “Todo Vale” para mantenerse en el poder.

Ello refuerza la convicción respecto al perfil entreguista y regresivo de este gobierno, en muchos ámbitos. Para financiar la compra de políticos y parlamentarios, el gobierno decidió congelar los salarios de los servidores públicos y disminuir el gasto en educación, salud, habitación y otros programas sociales. Las Universidades Federales han experimentado cortes de presupuesto que llegan hasta a un tercio de los fondos con que contaban históricamente. Ello ha implicado que muchos alumnos perdieron sus becas de estudio, que la infraestructura se encuentra abandonada, que no existe casi ningún tipo de inversión nueva para mejorar las salas de clases, los edificios, los laboratorios, los baños. Ni hablar de los cortes en el campo de la investigación científica que es casi nula o se encuentra en niveles irrisorios. En definitiva, Temer se está aprovechando de su impopularidad para hacer el “trabajo sucio” que le impusieron los grupos económicos y los sectores más conservadores del país. Hasta que no concluya la reforma laboral, del sistema previsional, la reducción de los gastos sociales, etc., su gobierno muy probablemente permanecerá con el beneplácito de las fuerzas políticas tradicionales y de los grandes conglomerados empresariales y financieros de carácter nacional e internacional.

A pesar de lo señalado en líneas anteriores, pronosticar lo que va a suceder en el escenario político brasileño es una tarea muy riesgosa. Brasil se ha transformado en un país impredecible y en cualquier momento pueden surgir nuevas informaciones o hechos que le den un giro radical al escenario político. Con las filtraciones de las grabaciones que envolvían a Temer se esperaba un desenlace fatal a cualquier momento y, sin embargo, por los mecanismos apuntados al comienzo, el presidente se ha conservado en su cargo. Otras acusaciones aún más graves pueden venir a cambiar este panorama y alterar la actual correlación de fuerzas que le da sustento a Temer y su grupo cercano. Mientras tanto, el retroceso de Brasil se expande por diferentes áreas de la vida nacional y la única salida que se vislumbra por ahora se restringe a la posibilidad de un cambio en las próximas elecciones de octubre del 2018. Al final, nos podemos quedar con una sensación de pesimismo sobre el futuro del país y quizás con la única certeza rescatada de aquel dicho popular que en los tiempos presentes cobra más vigencia que nunca: “Brasil no es para principiantes”.

sexta-feira, 21 de julho de 2017

La larga Ilustración

Antonio Rivera
Revista de Libros

Por diversas razones, la Ilustración del siglo XVIII ha terminado por asociarse entre la mayor parte de la gente con la gran revolución intelectual que condujo al mundo que tenemos hoy. Nuestra mayor relación cultural con Francia, la coincidencia de los philosophes y los revolucionarios en el mismo tiempo y espacio galo, el conocimiento más generalizado de autores como Kant o Rousseau, así como el gran éxito divulgador de la cultura en que consistió el movimiento ilustrado –con L’Encyclopédie a la cabeza–, explican el hecho de que cada vez que acudimos a los orígenes de la Modernidad nos cueste franquear la frontera del Setecientos. Y, sin embargo, la gran convulsión que dio paso a la contemporaneidad, aquella gran «crisis de la conciencia europea» de que hablara Paul Hazard, se produjo en el siglo XVII, tanto en términos intelectuales como científicos, en el terreno del cambio político y en el de la formación de los grandes factores protagonistas del presente largo: los Estados-nación modernos y el desarrollismo capitalista. Como reza el subtítulo del último libro de A. C. Grayling, en esa centuria tenemos que buscar «el nacimiento de la mente moderna».

Evidentemente, era sólo el principio, y sus logros intelectuales y políticos no rebasaron las fronteras de algunos países o el ámbito de influencia de unos pocos pensadores brillantes y del puñado de corresponsales literarios que difundían sus escritos y cartas. Pero ahí estaban ya los Descartes y Mersenne, Galileo y Newton, Spinoza, Hugo Grocio, Hobbes y Locke, para dar lugar no a un pensamiento revolucionario, sino a una revolución en la manera de pensar. Y ahí estaban las bases de la nueva y moderna filosofía, ciencia, derecho y teoría política. Se empezaron a quebrar entonces al menos dos paradigmas: la necesidad de una ortodoxia de los conocimientos y el respeto reverencial al saber transmitido por la tradición (protegido por sus correspondientes guardianes religiosos). Galileo remachó el clavo de Copérnico y Kepler enfrentándose hasta lo posible a una Iglesia católica resentida y expectante, dispuesta a preservar violentamente la ortodoxia después de la rebelión de Lutero. Su enfrentamiento con Galileo y el logro de la retractación de este fue una victoria pírrica para ella, la última batalla para preservar el monopolio de la verdad y frenar la emergencia de la revolución científica. Por su parte, Descartes estableció un nuevo método de conocimiento, inspirado en la sospecha epistémica frente a todo lo heredado. Precisó un sistema de conocimiento secuenciado en sus conocidos cuatro pasos y desterró la tentación nihilista al establecer que de algo sí podíamos estar seguros: de que al pensar estamos existiendo. A partir de ese punto de apoyo podía promoverse un mundo de nuevos saberes. La escolástica, Aristóteles y Tomás de Aquino aparecían como sus primeras víctimas.

El escenario de semejante transformación no podía ser más tumultuoso: un siglo de contiendas que apenas toleró en Europa una tregua de tres años (de 1669 a 1671), y donde destacan por sus efectos y repercusiones la Guerra de los Treinta Años, la guerra civil y revolución inglesas, y las guerras navales anglo-neerlandesas. De allí salió Westfalia (1648), sentando dos bases del futuro: el final de la religión como argumento de confrontación, sustituyendo la lucha entre países de distintas creencias por el criterio de que la fe del príncipe era la de su pueblo (lo que no hizo sino trasladar al interior esas tensiones), y el principio de los modernos Estados-nación, al convertir en dogma de las relaciones internacionales el respeto a las fronteras propias y a los asuntos internos de cada país. Westfalia creó una sociedad de Estados basada en los principios de soberanía territorial. A la vez, dejó para el muy largo futuro un mapa fragmentado que hacía imposible la emergencia de una única potencia europea y que impedía que el continente se expresara a través de una voz de grandes proporciones y poderes, como podía ser la China del momento. Las consecuencias de ese hecho se dejaron ver en el surgimiento de nuevas potencias nacionales –Gran Bretaña, sobre todo– y en la capacidad de estas para disponerse a la competición internacional frente a contrarios de más volumen, pero, a la postre, menos poderosos.

De la gloriosa revolución inglesa surgió la monarquía parlamentaria que permitió a los mc gobernar la política, disponerla a favor de sus intereses mercantiles y manufactureros, y derivarla complementariamente hacia la gestión capitalista y global de su creciente espacio colonial. Su prolongada contienda civil también suscitó reflexiones acerca de cómo racionalizar las relaciones políticas entre los individuos para terminar con ese estado de guerra permanente que habían vivido personajes como Hobbes o Locke. Finalmente, los conflictos de ese país con los holandeses propiciaron a medio plazo el dominio británico de los mares y su acceso a nuevas áreas coloniales (del Caribe a Bengala, pasando por Nueva York). También dieron lugar al casamiento de la hija del monarca inglés con Guillermo de Orange, futuro rey tras la gloriosa revolución. Con todo, no dejaba de ser tiempo de arranque y tiempo también de convivencia de lo nuevo y lo de siempre: el mejor ejemplo de absolutismo monárquico –la antítesis ideal de la monarquía parlamentaria–, la Francia de Luis XIV, se instituyó en ese momento como una de las principales potencias europeas.

¿Fue condición tal escenario de violencias mundiales para que emergiera una revolución en la manera de construir el pensamiento o de concebir la organización social y política de los individuos? Grayling sostiene que así fue, que precisamente la atención constante prestada a la guerra y la generación de espacios vacíos –sin olvidar la propia experiencia bélica y la necesidad de racionalizar la organización social– es lo que explica y da sentido a la oportunidad aprovechada por aquellas mentes y por los difusores de sus ideas. Quizá sea esta una de las partes donde el relato de Grayling es más problemático. Me explico: dedica un centenar de páginas a describir los avatares de la guerra de los Treinta Años, pero sin justificar por qué tanto detalle explicaría lo ocurrido en el campo del pensamiento. Está clara la conexión argumental del autor, pero no la exagerada atención dedicada a la sucesión de contiendas dentro de la general e interminable guerra de entonces, lo que acaba dando lugar a una especie de capítulo autónomo (toda la Parte II) bastante prescindible y de escaso interés para el lector más preocupado por los aspectos intelectuales que por los bélicos de ese siglo.

Semejante duda generan también las Partes III y IV, que vuelven a tratar un tema de gran interés: la convivencia del pensamiento mágico con el científico y el resultado de esa pugna, pero que lo hacen a veces de manera demasiado prolija y confusa. Ambos capítulos destacan aspectos muy diversos y de una extraordinaria importancia. Así, las figuras de Francis Bacon, Marin Mersenne y René Descartes, padres los tres de una diferente manera de organizar el hecho de pensar. Bacon sobresale por su empirismo metódico, la diferenciación entre teoría y práctica científica, o entre pensamiento práctico y pensamiento especulativo. A la condición sanamente hedonista del objetivo científico, que es mejorar la vida de las personas mediante un mejor control de la naturaleza (anticipando ya la intención de la organización política moderna), se añade la convicción de que la ciencia miraba hacia adelante (que no era presa de los hallazgos anteriores; en todo caso, dueña de los mejores de ellos) y de que debía manejarse con amplia libertad de experimentación. Se propugna el esfuerzo cooperativo y el destierro del ocultismo en beneficio de la colaboración entre diversos investigadores, la crítica recíproca y la comunicación constante de los descubrimientos científicos. La Royal Society de Londres sería su más acabada expresión, pero no la única ni la primera. Descartes abrumó con su método para llegar al conocimiento y con su duda no menos metódica, con su «escepticismo metodológico». Mersenne, por su parte, además de con sus avances matemáticos, destacó como «un servidor de Internet» –se lo conocía como «el buzón de Europa»– aplicado a distribuir y conectar conocimientos a través de una tupida y febril red de comunicaciones epistolares. Proyectos como el de la Universidad de Stanford («Mapping the Republic of Letters») están aportando mucho al conocimiento de las redes de difusión de las nuevas ideas en los siglos XVII y posteriores.

En esas mismas secciones se aborda cómo la versión científica desplazó a la fe y cómo algunos de los autores que colaboraron decisivamente a ello oscilaron entre una u otra convicción. Se recuerda también que, al tiempo que prosperaban nuevas visiones de la ciencia, se quemaban cuerpos en la hoguera de condenados por brujería. La tenebrosa guerra de los Treinta Años, con tantas pasiones religiosas de por medio, fue el escenario propicio para esas prácticas. Una convivencia de lo viejo y de lo nuevo que no sorprende, porque es así como se producen todos los cambios, y que Grayling ilustra con más erudición que elocuencia. Son dos apartados tan estimulantes en muchas de sus páginas como desordenados en su conjunto.

El relato termina, ¡cómo no!, en el orden social. La labor académica e intelectual de Grayling se aplica a una investigación filosófica que ilustre acerca de «cómo se debe vivir» y pone por eso la política práctica en el centro de sus preocupaciones. Sabemos que el tránsito inevitable entre el descubrimiento de las claves de la naturaleza y las de la organización social formó parte de los iniciáticos optimismos de la Modernidad. Hobbes y Locke, cada uno a su modo, dieron respuesta a la pregunta que desde Aristóteles –y con permiso de Grocio y Maquiavelo– parecía oportuno hacerse: ¿por qué nos organizamos los humanos en sociedades políticas? O antes: ¿de dónde procede el derecho a gobernar del príncipe? A partir de ese desentrañamiento resultaba factible formular y aspirar a alternativas diferentes de las conocidas. Y se hizo a partir de antropologías pesimistas como la de Hobbes o, cuando menos, circunspectas, como la que tenía en la cabeza Locke (no optimistas como la de Rousseau). Absolutismo y liberalismo laicos nacieron con sus respectivas reflexiones. Spinoza remató la jugada acercándose más a lo que hoy tenemos por democracia. Dios, eso sí, quedaba alojado «en el asiento trasero», tanto en la ciencia como en la política.

Posiblemente Grayling sea demasiado optimista acerca del alcance y extensión popular, por aquellos tiempos, de esa revolución en la manera de pensar. Se cura un tanto en salud acudiendo a una ilustrativa metáfora: el siglo arranca con la tragedia de Macbeth, estrenada en 1606, en que un rey es asesinado, pero en 1649 algunos de los espectadores de Shakespeare pudieron asistir a la decapitación de Carlos I, principio de las turbulencias que remataron en la Gloriosa. Lo que en la obra teatral se imaginaba como el caos absoluto –los búhos atacaban a los halcones–, en la vida real se producía como una contingencia más de la historia, que daba paso a otra nueva situación y que no acababa con nada. Pero esa actitud menos dramática no sugiere que aquellos espectadores estuvieran intelectualmente afectados por el cambio en la manera de pensar que venía produciéndose en la centuria. Sin duda hay que esperar, ahora sí, al siglo siguiente, a la Ilustración, para que el enfoque científico llegue, no sólo a las grandes revoluciones políticas del siglo XVIII, como dice el autor, sino también a públicos mucho más numerosos, sin los cuales no habría surgido en escena un nuevo sujeto político protagonista: el Pueblo. La alfabetización masiva posterior y la educación generalizada confirmaron esa deriva.

Y aquí aparece, en sus páginas finales, el beligerante y militante Grayling. En lugar de contestar los conocidos cuestionamientos de la Modernidad, tanto el antiiluminismo de primera hora como el más contemporáneo de Fráncfort y la posterior posmodernidad, nuestro autor arrambla con ellos y los remite a una fantasmal nota al pie, contestando con una defensa apasionada de la fe ilustrada en las últimas páginas y haciéndose solidario de los argumentos de Anthony Pagden en su La Ilustración y por qué sigue siendo importante para nosotros. En ese sentido, apunta que son los restos de pensamiento antiguo, premoderno, religioso, característico de las culturas que no han llevado a cabo la separación de lo mágico y lo científico, quienes, a despecho de su naturaleza minoritaria, están poniendo en peligro hoy la continuidad de nuestra feliz mayoría de edad. «El totalitarismo mental del islam –sentencia– es el paradigma». También, el sustrato mágico popular que cobra enteros conforme la cosmovisión científica, con su tecnicismo, se aleja del ciudadano. La brecha se llena con creencias e historias ilusorias, reconocidamente falsas, pero conformadoras de un relato menos turbador y más comprensible que el que proporciona la madurez moderna. Es el regreso a la infancia intelectual del hombre, el camino de retorno cuando no se entiende el mundo en que se vive. Frente a ello, sin pestañear, Grayling receta lo mismo que Rousseau, Kant y todos los modernos desde hace dos siglos: educación. El problema es que no hay que ser un posmoderno para reconocer que ello no es en absoluto suficiente. Grayling explica extraordinariamente el nacimiento de la mente moderna, pero parece no tener demasiada consideración de los problemas que ha generado la elevación de la razón al pedestal de la deidad, su conversión en un valor supremo indiscutible.

sábado, 8 de julho de 2017

Análisis de la crisis en Brasil: “Parece que la presión para la salida de Temer ha disminuido”

José Robredo
El Ciudadano

"La tendencia debería ser que de no aparecer nuevas acusaciones graves contra el actual presidente, el actual gobierno se va a mantener, incluso a pesar de todas las turbulencias que existen y que probablemente seguirán existiendo en su travesía", sostiene el académico Fernando de la Cuadra.

El pasado martes la Comisión de Constitución y Justicia de la Cámara de Diputados de Brasil comenzó el proceso de análisis de la denuncia de “corrupción pasiva” presentada por la Fiscalía brasileña en contra del presidente Michel Temer, lo que tiene en las cuerdas al mandatario.

La denuncia se enmarca en la serie de actos de corrupción que se han develado en el último año, y que van desde el financiamiento de las campañas electorales de todos los sectores políticos hasta los sobornos a parlamentarios para la legislación en diferentes temas.

De aprobarse la denuncia en el Parlamento, el mandato de Temer queda en manos del Tribunal Supremo de Justicia brasileño, lo que daría pie a un nuevo “carrusel político” en el país.

En este contexto, ya es larga la lista de políticos que han caído. La primera fue la ex presidenta Dilma Rousseff, quien fue destituida a través de un impeachment por los vínculos con el esquema de corrupción de Petrobras e irregularidades en el manejo de las arcas fiscales. Tras la caída de Rousseff, vino la serie de parlamentarios que han tenido que dejar sus cargos para asumir sus responsabilidad frente a la Justicia.

Ante esta inestabilidad, la investigación sobre posibles actos de corrupción protagonizados por el presidente Temer, tiene al sistema político brasileño al borde de la cornisa, lo que se ve alimentado por el período electoral en el que se encuentra el país, que finaliza el próximo año con las elecciones presidenciales.

Al respecto, El Ciudadano conversó con el analista internacional y académico Fernando de la Cuadra, el que sostiene que la crisis es tan grande que “entre los ciudadanos se ha instalado la sensación de que el país no consigue salir del pantano, pero tampoco se vislumbran alternativas viables para salir de la crisis o que surja algún nuevo liderazgo o bloque político que sea capaz de congregar a la mayoría hacia un proyecto que permita alejar la crisis del horizonte de los brasileños”.

¿Cuáles son las implicancias de la denuncia de la Fiscalía a Temer?

La denuncia de corrupción pasiva contra el Presidente Temer, que ha sido instaurada por el Procurador General de la República, es muy grave, suficiente para apartarlo de su mandato de forma automática. Si Brasil tuviera un sistema de gobierno parlamentario es casi seguro que ya hubiera sido alejado del poder. Pero como este país es presidencialista es necesario que se sigan otros caminos para conseguir su destitución. Primeramente, la apertura del proceso de ser aprobada por la Cámara de Diputados y son necesarios 342 votos favorables a la apertura de proceso de un total de 513 diputados. Por ahora, el proceso se tramita en la Comisión de Constitución y Justicia (CCJ) en la cual la defensa del presidente tiene 10 sesiones para presentar sus descargos. En seguida, deben existir 5 sesiones para que se realice la presentación del relator. Inclusive si la CCJ votará contra el informe, este debe ser conducido al Plenario de la Cámara donde se requiere una votación aprobación de los dos tercios para continuar con la acusación. La tendencia hasta ahora es que no se conseguirán los votos suficientes para continuar con el proceso y éste sea encerrado hasta que aparezcan nuevas denuncias.

¿Con esto queda a un paso del Impeachment?

No parece factible en la actual coyuntura Temer sea objeto del impeachment, pero uno nunca sabe y nuevas denuncias podrían venir a ocurrir. En ese caso, se abrirá otro proceso y así sucesivamente. Por ahora, la base de apoyo del gobierno parece haberse consolidado en torno a un apoyo al presidente y si ese apoyo continúa dando frutos, podemos llegar a 2018 en este impasse y el próximo año ya son las elecciones. Es decir, las prioridades van a ser otras y lo más probable es que los partidos vuelquen sus energías a organizar sus respectivas campañas y a construir las alianzas requeridas en función de la futura contienda electoral.

La inestabilidad política es evidente. ¿Es la salida de Temer la solución?

Pienso que sí, pero en este momento parece que la presión para la salida de Temer ha disminuido. Y las manifestaciones a favor de la salida de Temer no han tenido el impacto esperado sobre la clase política. Aunque insisto, el escenario brasileño es impredecible a mediano plazo y nuevos hechos podrán venir a cambiar la actual correlación de fuerzas.

¿Queda la sensación de que se vuelve al punto de inicio a casi un año de la salida de Dilma?

En efecto, entre los ciudadanos se ha instalado la sensación de que el país no consigue salir del pantano, pero tampoco se vislumbran alternativas viables para salir de la crisis o que surja algún nuevo liderazgo o bloque político que sea capaz de congregar a la mayoría hacia un proyecto que permita alejar la crisis del horizonte de los brasileños. La corrupción sigue campeando y el propio Poder Judicial está siendo cuestionado por sus últimos fallos a favor de la libertad de condenados en primera instancia, como por ejemplo, el ex asesor y estrecho colaborador del presidente, el ex diputado Rodrigo Rocha Loures.

¿Qué proyección de escenarios se puede realizar? ¿Cabe la opción de adelantar las elecciones?

Para adelantar las elecciones se requiere aprobar una Propuesta de Enmienda a la Constitución (PEC) ya presentada por el diputado Miro Teixeira, pero considerando que falta relativamente poco más de una año para las próximas elecciones, el 2 de octubre de 2018, pienso que los partidos de oposición no van a conseguir el apoyo de los conglomerados y partidos que se encuentran indecisos en torno a esta cuestión. La tendencia debería ser que de no aparecer nuevas acusaciones graves contra el actual presidente, el actual gobierno se va a mantener incluso a pesar de todas las turbulencias que existen y que probablemente seguirán existiendo en su travesía. Ello para desgracia del conjunto de la nación brasileña.