terça-feira, 5 de dezembro de 2017

¿Son compatibles el capitalismo y la democracia?

Alejandro Nadal
La Jornada

La estabilidad social y económica bajo el capitalismo afronta dos problemas esenciales. Por un lado, las continuas crisis y la feroz competencia inter-capitalista hacen de la acumulación de capital un proceso inseguro. Por el otro, el conflicto en la distribución del ingreso constituye una permanente amenaza de ruptura social. La democracia está en el corazón de estas dos fuentes de tensiones sistémicas.

Para introducir un par de definiciones operativas, aquí entendemos por democracia un sistema en el que todos los ciudadanos adultos tienen el derecho al voto (sufragio universal), hay elecciones libres y se protegen los derechos humanos bajo el imperio del estado de derecho. El capitalismo es un sistema en el que una clase dominante se apropia del excedente del producto social ya no por la violencia, sino por medio del mercado.

El surgimiento del capitalismo se llevó a cabo en un entorno de estados monárquicos y autocráticos, por no decir dictatoriales. La necesidad de preservar los derechos de propiedad de la clase capitalista era una de las prioridades de esos estados. El movimiento de ideas comenzó a cambiar con la sacudida de las revoluciones en Estados Unidos y en Francia. Aún así, la constitución de Estados Unidos (1787) no menciona el sufragio universal y en cambio otorgó a cada estado la facultad de regular el derecho al voto. La mayoría sólo otorgó ese derecho a los propietarios. No fue sino hasta la décimo quinta y décimo novena enmiendas (1870 y 1920 respectivamente) que se garantizó el voto universal. En Francia la revolución terminó con la monarquía pero el sufragio universal se otorgó hasta 1946.

La palabra "democracia" fue utilizada hasta principios del siglo veinte en un sentido peyorativo o como sinónimo de un sistema caótico en el que las clases desposeídas terminarían por expropiar a los propietarios del capital. La clase capitalista pensaba que detrás del sufragio universal se ocultaba el peligro de que la mayoría democrática pudiera abolir sus privilegios. Pero gradualmente la presión de una masa que aunque no tenía derecho al voto sí formaba parte de la economía de mercado se hizo irresistible. También la perspectiva de la clase capitalista fue transformándose: un régimen monárquico parecía ser cada vez menos adecuado para garantizar el cumplimiento de los contratos y los derechos de propiedad. A pesar de todo, capitalismo y democracia siguieron siendo vistos como procesos antagónicos hasta bien entrado el siglo veinte.

Al finalizar la primera guerra mundial la reconstrucción de las economías capitalistas en Europa no permitió consolidar un orden social adecuado para el capitalismo y en varios países se abrió paso al fascismo. La Gran Depresión debilitó al capital y generó un sistema regulatorio en el que una adecuada distribución del producto se erigió en prioridad del estado. Ese sistema permitió el crecimiento robusto y la distribución de beneficios a través del estado de bienestar durante las tres décadas de la posguerra. La clase capitalista aceptó a regañadientes la regulación del proceso económico por el estado. La legitimidad del capitalismo se fortaleció a través de una menor desigualdad y un mejor nivel de vida para la mayor parte de la población. En ese período democracia y capitalismo parecían marchar de la mano en sincronía.

Pero en la década de 1970 resurge la tensión por la disminución en la rentabilidad del capital, una caída en la tasa de crecimiento, nuevas presiones inflacionarias y otros desajustes macroeconómicos. La política económica que había mantenido el estado de bienestar fue desmantelada gradualmente, al mismo tiempo que se declaraba la guerra contra sindicatos y las instituciones ligadas a la dinámica del mercado laboral. En ese tiempo comenzó también el proceso de desregulación del sistema financiero. Se acabó por destruir el régimen de acumulación basado en una democracia que buscaba mayor igualdad y se reinició el ciclo natural de crisis que siempre había marcado la historia del capitalismo. El neoliberalismo es la culminación de todo este proceso.

Hoy la democracia se encuentra más amenazada porque la vía electoral no parece permitir cambios en las decisiones fundamentales de la vida económica. Las cosas empeoraron al estallar la crisis de 2008. Los mitos sobre equilibrios macroeconómicos ayudaron a imponer políticas que frenan el crecimiento e intensifican la desigualdad. La austeridad fiscal y la llamada política monetaria no convencional son los ejemplos más sobresalientes. Si a esto agregamos la incompetencia de los funcionarios públicos, su entrega a los intereses corporativos y del capitalismo financiero, así como el tema de la corrupción, tenemos una combinación realmente peligrosa.

El capitalista puede despedir a un obrero, pero no al revés. Por eso capitalismo y democracia no son hermanitos gemelos. Más bien son enemigos mortales. Por eso Hayek, uno de los ideólogos más importantes del neoliberalismo, no titubea en recomendar la abolición de la democracia si se trata de rescatar al capitalismo.

segunda-feira, 27 de novembro de 2017

Las guerras en el siglo 21

Nora Fernández
Rebelión

En el siglo 21 las guerras no han cambiado demasiado, implican muerte, destrucción, dolor, hambre, miedo, inestabilidad, sufrimiento, la población civil bombardeada en las calles, hospitales, escuelas y en sus casas, muertos, heridos, traumatizados. Las guerras pueden pasar desapercibidas solo para quienes no las sufren, porque pueden continuar viviendo como todos los días -trabajando, estudiando, comprando, planeando entretenimientos, pensando en festejar cumpleaños o en la celebración del día de gracias o de la navidad. Los que sufren las guerras no tienen tiempo para esto, para ellos se trata de sobrevivir, de no pensar demasiado, de vivir minuto a minuto, hora a hora, día a día. Las guerras son largas, se sienten eternas, son deshumanizadas y deshumanizantes, son experiencias que no deberían ser experiencias humanas.

Pero las guerras son, y son porque no las deciden quienes las van a sufrir o las sufren. Los costos de guerra han recibido últimamente mayor atención pero todavía ignoramos demasiado, los números en dinero son enormes, casi no tienen sentido. Los costos en personas no pueden entenderse sólo numéricamente, falta estar en los zapatos de los afectados que se presentan siempre lejanos, ajenos, diferentes. En la guerra sufren principalmente los civiles, aunque sin duda sufren también los soldados incluso los mejor equipados, los más aventajados, los que parecen tienen total superioridad, ellos también se traumatizan. En las guerras el costo humano es enorme, tanto que las guerras deberían ya no ser, pero esto no nos ha impedido nunca invadir, destruir y comenzar una guerra. Las razones de guerra se presentan siempre como de defensa, nos atacan los salvajes, los herejes, los desalmados, los otros despojados de humanidad. Las razones verdaderas son prosaicas, hay armas que probar y vender, dineros que ganar, territorios y recursos que asegurar, intereses que proteger, privilegios que defender.

Lo que ignoramos también nos daña

Linda Bilmes (Universidad de Harvard) en su presentación en el Congreso de los Estados Unidos el 8 de noviembre hizo visibles los elementos que han facilitado la ignorancia de los estadunidenses con respecto a los costos billonarios de las últimas guerras, las posteriores a septiembre 11 (2001). Estas guerras, argumentó Bilmes, han sido radicalmente diferentes a las anteriores y aunque su costo en personas y en dinero (estimados en 5,6 billones de dólares) han sido altos son poco visibles para el ciudadano común porque son deferidos. Debido a los procesos presupuestarios aplicados el Congreso tampoco ha podido controlar los costos de estas guerras, se les hace muy difícil seguirles la pista.

En guerras anteriores la ciudadanía estaba informada sobre costos de guerra porque significaban un aumento en sus impuestos a pagar. Hasta Vietnam los gobiernos favorecieron el pago de los gastos de guerra a medida que estos se generaban, pero en las guerras posteriores a septiembre 11 del 2001 los gastos de guerra empiezan a ser deferidos, son gastos a pagar en el futuro, son guerras a crédito. Por ejemplo, mientras el año 2001 y el año 2004 Estados Unidos iba a la guerra con Afganistán y con Irak, se aprobaban en el Congreso cortes a los impuestos tal como proponía el entonces presidente, G.W. Bush (hijo). Por otra parte el proceso presupuestario que se sigue hoy no sólo es menos transparente sino que no cuenta con la supervisión del Congreso porque la mayoría de los gastos de guerra no figuran en el presupuesto del Departamento de Defensa como figuraban antes. Los gastos de guerra se han vuelto proyectos de ley de emergencia y operaciones de contingencia de ultramar (Overseas Contingency Operations, OCO) que no tienen tope y que además no requieren negociaciones como antaño entre el Congreso y el Pentágono para ser aprobados. Hoy un gasto de guerra es aprobado sin que en contrapartida se espere corte de gastos en otras áreas del presupuesto.

En Estados Unidos la población general no es hoy afectada como antes por la guerra, en parte porque las guerras posteriores a septiembre 11 involucran a un porcentaje bajo de ciudadanos (menos del 0.5%) y en parte porque los gastos de guerra al ser menos visibles y pagaderos a futuro no les afecta la calidad de vida en el presente. Por eso no puede sorprendernos tanto que los estadunidenses vivan en guerra por más de 16 años sin casi enterarse de su costo ya que ni han participado ni han pagado por ellas. Eso no quita, si embargo, que los gastos de estas guerras sean billonarios. Lo son, a largo plazo; estamos hablamos de 5,6 billones en gastos de guerra hasta el 2018 y de sus obligaciones a futuro hasta el 2056. Si le agregáramos los intereses por pagos de deudas de guerra hasta el 2056 hablaríamos de 7,9 billones. Las obligaciones a futuro incluyen los beneficios y cuidados de salud de los veteranos de hoy, la mayoría de ellos participantes en los conflictos con Afganistán y con Irak y algunos en la Guerra del Golfo. Estos veteranos no cuentan, en su inmensa mayoría, con retiro militar porque no han servido el mínimo requerido de 20 años en las fuerzas armadas, y en estos momentos son incluso vulnerables de quedar sin protección alguna por lo que Bilmes plantea que el Congreso cree un fondo que los proteja cubriendo estas obligaciones.

Los veteranos marginados de estas guerras

Estas guerras han generado veteranos que el país en general ignora. Si es cierto que la mayoría de los veteranos regresan sin daños físicos ni sicológicos y se ajustan a la vida civil, muchos vuelven con dudas sobre lo que les pidieron hicieran en la guerra y el precio que pagaron y otros sufren daños físicos consecuencia de la guerra. Las imágenes públicas, sin embargo, excluyen a los combatientes tanto como a los civiles dañados y muertos. El discurso público oculta los costos sociales en Estados Unidos y en los países invadidos. La ciudadanía, cansada de la guerra, está desconectada del 0.5% de la población directamente involucrada en ella. En el país no se habla de los países invadidos donde la economía y la infraestructura han sido destruidas por más de 30 años de continuo conflicto.

Muchos de los costos de estas guerras se pagan en los hogares estadunidense mismos, sin que sean vistos ni reconocidos. Los esposos de los combatientes mantienen las familias unidas esperando reunificación, pero pronto entienden que la persona que vuelve no es la que partió. Son padres que cuidan de sus hijos adultos afectados por traumas y persistentes sentimientos de rabia, vergüenza o culpa, padres que sufren el miedo de que su hijo-hija se suicide. Son niños y adolescentes afectados porque sus padres están o han estado en la guerra. Son soldados y veteranos que se auto-medican con drogas o alcohol, tienen problemas en mantener un empleo, sus matrimonios se disuelven y ellos mismos terminan viviendo en las calles. Son comunidades y son instituciones –escuelas por ejemplo, que tienen que responder a los crecientes desafíos que presentan los veteranos que vuelven.

El síntoma de estrés post-traumático afecta al 30% de los veteranos de estas guerras que han recibido ayuda desde el 2002, este diagnostico se combina a veces con daño cerebral traumático y depresión profunda. Aproximadamente un tercio de los veteranos de las guerras posteriores a septiembre 11 vuelven con daños sicológicos y una proporción importante de ellos con más de un daño. Muchos soldados confunden sus esposas con el enemigo y las atacan, muchos abusan alcohol y drogas para aliviar sus síntomas. Un foco angosto en este sindroma no captura los problemas estructurales e históricos que afectan a los veteranos y a sus familias, incluso dificultades artificiales de acceso a servicios, conductas malinterpretadas, pérdida de beneficios por efecto del síndrome mismo.

El 2016 un estudio hecho por organizaciones sin afán de lucro de veteranos descubrió el creciente porcentaje de despidos disciplinarios en las fuerzas armadas de los Estados Unidos; un total del 6.5%, lo que se traduce en 125 000 veteranos, son despedidos de esta forma y pierden sus beneficios. Se trata de despido deshonorable, mala conducta (especial o general) pero particularmente de despido administrativo “otro que honorable”. Los veteranos que reciben “malos papeles” vuelven al país sin protección, excluidos de los beneficios y servicios que les hubiera normalmente brindado la Oficina de Veteranos. Muchos han sido disciplinados por un momento de distracción en su juicio, por haberse auto medicado para lidiar con los efectos de la guerra, por ser sobrevivientes que han reportado violación, o porque sufren una condición de salud mental. Pero cuando la Oficina de Veteranos los excluye el peso y el costo de ayudar a estos veteranos cae sobre las redes informales de ayuda, incluso la familia y amigos, sobre organizaciones de caridad y se usan recursos municipales y del estado. Particularmente, se crea una permanente clase marginada de ex miembros del servicio que no puede acceder a la Oficina de Veteranos debido a transgresiones menores y hasta a victimizaciones o diagnósticos dudosos. Y ellos se vuelven también en serios costos de estas guerras.

El costo humano de estas guerras

El costo humano de las guerras de Afganistán y Pakistán (entre octubre 2001 y julio 2016) y la de Irak (entre octubre 2001 y abril 2015) es de entre 367 mil y 395 mil personas muertas por violencia directa, no incluyen las muertes indirectos que son 800 mil mas. De estas muertas por violencia directa entre 350 mil y 378 mil son locales, del lugar –entre 190 mil y 218 mil son civiles, 109 500 son combatientes enemigos y 50 684 son policías y militares nacionales. Las tropas incluyen 6860 estadunidenses y 1455 tropas aliadas por un total de 8315. Mueren, además, 7071 contratistas de los Estados Unidos, 536 miembros de organizaciones humanitarias y no gubernamentales y mueren también 298 periodistas. A nivel general se repite el padrón que se da país por país de alto número de civiles muertos por violencia directa.

Es importante notar que la mayor parte de los costos humanos de guerra son civiles y locales. En Afganistán, donde el total de muertos es de 111 442, la violencia directa mata a 31 419 civiles –además de a 42 100 combatientes enemigos y 30 470 militares y policías nacionales. Si sumamos todos los locales de los 111 442 muertos por violencia directa 103 989 son afganos. Algo similar, pero en números menores, sucede en Pakistán donde la violencia directa mata a 61 549 de las cuales 61 300 son nacionales -31 000 combatientes, 22 100 civiles y 8214 militares y policías. El padrón se repite en Irak con un estimado de entre 194 mil a 222 mil muertos por violencia directa de los cuales entre 185 400 y 213 400 son del país –entre 137 mil y 165 mil civiles, 36 400 combatientes enemigos y 12 000 militares y policía.

La guerra no termina allí, continúa la destrucción por la inestabilidad en la que los países quedan. UNAMA –la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas a Afganistán, ha reportado que el 2016 hubo un aumento en la letalidad, y entre enero y septiembre del 2017 hubo un total de 8019 civiles muertos o heridos –entre ellos 1000 mujeres y 2480 niños. La mayor parte (20%) son muertos o heridos en ataques suicidas y complejos, el 18% a causa de aparatos explosivos improvisados, un 12 % debido a ataques deliberados, el 6% por ataques aéreos, otro 6 % debido a explosivos remanentes de la guerra y el resto por otras razones. Graves violaciones son cometidas contra niños, a quienes se trata de reclutar para la guerra (por parte de las fuerzas armadas y grupos armados), quienes son asesinados, mutilados, raptados, abusados sexualmente y quienes sufren también ataques en escuelas y hospitales. Afganistán tiene además 1.4 millones de refugiados en su territorio mientras que hay 2.6 millones de afganos refugiados en más de 70 países -la mayoría de ellos en Pakistán e Irán (1.5 millones en Pakistán y 1 millón en Irán). En Irak la situación es también inestable y peligrosa con muchos civiles heridos y muertos. El 2016 murieron 5796 civiles y 11388 fueron heridos; y, entre enero y octubre de este año (2017) hay 3112 civiles muertos y 4375 heridos de acuerdo a reportes de UNAMI la Misión de Asistencia a Irak de las Naciones Unidas.

El siglo 21, como otros siglos

Pensábamos llegar al siglo 21 con un mundo en paz, sin guerras y mejor. Estados Unidos arrastra a occidente a la guerra en el Medio Oriente y replantea las “cruzadas”. David Vine, argumentando en contra de la política de presencia militar de los Estados Unidos con bases en todo el planeta, plantea como las bases de los Estados Unidos en el Medio Oriente facilitaron el lanzamiento de guerras e intervenciones militares encabezadas por los Estados Unidos en al menos once países entre 1980 y el año 2015. El mundo vuelve atrás pero con una tecnología de matar nueva y terrible. Vemos por televisión en tonos verdosos los ataques militares y las guerras, las luces son bombas que caen en la noche sobre poblaciones civiles, una escena surrealista que hoy ya no podemos decir no entender las connotaciones. Bombardeos a hombres, mujeres, niños en ciudades lejanas, en territorios ajenos, que quedan sin alimentos, sin agua, sin hospitales, heridos o sin vida. Estamos lejos todo aquello se siente como realidad ajena, no es nuestra guerra. Nadie nos invade, no caen bombas sobre nuestras ciudades en las noches, el agua sigue corriendo por las cañerías, la electricidad no se interrumpe, los supermercados siguen llenos de alimentos, funcionan las escuelas, los lugares de trabajo, los hospitales y los buses.

El precio que se materializa es en dinero. El precio es en soldados occidentales es menor que en otras guerras aunque los veteranos vuelvan dañados se trata de ignorarlos pero si los profesionales de la guerra sufren traumas seguramente los niveles de trauma de los civiles agredidos han de ser mucho mayores. Se hace hoy imposible seguir ignorando que los muertos y heridos de estas guerras son mayoritariamente civiles y nacionales de los países invadidos, muertos por violencia directa e indirecta. Tampoco podemos ignorar que esta violencia no termina cuando la guerra se decreta finalizada, el caos y la inestabilidad persisten y la población civil queda atrapada en luchas internas que la destrucción de la guerra ha generado, sufriendo abuso, necesidades, tráfico de esclavos, sufrimientos y muerte. Las guerras en el siglo 21 son invasiones que los invadidos sufren pero que al resto han tocado poco, especialmente cuando no tienen familia en el frente.

segunda-feira, 13 de novembro de 2017

Odio a los indiferentes

Antonio Gramsci
La Città futura

Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

sábado, 11 de novembro de 2017

Elecciones en Chile: “La derecha controla los medios de comunicación”


Augusto Taglioni
Resumen del Sur

El próximo 19 de noviembre Chile celebrará sus elecciones presidenciales, por eso en Resumen del Sur dialogamos con Fernando de la Cuadra, sociólogo de la Universidad de Chile y doctor en Ciencias Sociales por la Universalidad Federal Rural de Río de Janeiro quien hizo un balance de la gestión de Michele Bachelet y relativizó los números de las encuestas que ubican arriba a Sebastián Piñera.

Viendo la información que nos llega, parece que es muy claro el liderazgo de Piñera en las encuestas y fragmentación, ¿Cuál es el panorama que ves para estas elecciones?

En primer lugar, un dato importante es que muchos de los institutos que hacen encuestas son controlados por la derecha. El centro de estudios públicos, que es un think tank de la derecha, financiado por Piñera, le da un favoritismo incluso en primera vuelta. Muy lejos se coloca Alejandro Guillier, que es el candidato del oficialismo. Otras encuestas más neutras, han dicho el viernes 3 de noviembre – porque según la ley no se pueden publicar encuestas antes de 15 días de las elecciones – que habría balotaje, entre Piñera y Guillier. Ahí esta peleada la cosa. La gente de Guillier está militando en eso, de ahí depende de Guillier que pueda convocar a los otros candidatos de la izquierda y la centroizqueirda, y la democracia cristiana.

Los datos que llegaron aquí, por ejemplo a la agencia oficial Télam, dicen que ganaría “tranquilo” la segunda vuelta Piñera, ¿es tan así?

Yo no creo que sea tan así. La verdad es que Piñera tiene un voto duro, de un 42 a 45%. Un voto de la derecha que lo va a apoyar. Pero es posible que el candidato del oficialismo, como en otras elecciones, consiga congregar al otro 52 o 53%. En un escenario de “empate técnico” es posible que gane Guillier con el 51%. Lagos ganó con un margen muy estrecho hace unos años. Este es un país muy fracturado. Una derecha fuerte, renovada como la de Piñera – ya no pinochetista -. Una sociedad fraccionada, con una mitad de derecha y otra de centro o centroizqueirda. En ese escenario, a pesar del desgaste del gobierno de Bachelet, es posible pensar que pueda ganar Guillier.

¿Que análisis hacés de la presidencia de Bachelet?

Hay que evaluar cómo es el Congreso Nacional hoy día. Muchas de las propuestas de Bachelet han sido bloqueadas en el Congreso, como el tema de las AFP (similares a las AFJP de Argentina). Tú no puedes imponer una perspectiva de acabar con las AFP o cambiar a un régimen estatal sin la presencia del congreso. Bachelet ha querido hacerlo y ha sido bloqeuada. Algunas propuestas se han conseguido: se reformó la constitución con los binominales, y hoy tenemos un sistema proporcional. En el caso del aborto se consiguió la aprobación del aborto por 3 causales (violación, riesgo de muerte del hijo o la madre), con una propaganda atroz en contra. En el tema educativo, más complejo, se ha conseguido una gratuidad parcial. Tenemos hoy 260 mil estudiantes con gratuidad. En mi universidad en Talca, tenemos 90% de estudiantes objeto de gratuidad. En sociología, donde doy clase, la mayoría son hijos de campesinos pobres de la región, gente que ha perdido sus tierras y cuyos hijos han conseguido llegar a la universidad. Es un gran logro. Guiller quiere llegar al 70% de las familias de bajos recursos puedan llegar a la gratuidad. Lo que ha comprometido a Bachelet fue una secuencia de casos de corrupción, que la gente en su desconocimiento le achacan al Gobierno. Como el caso de Rousseff en Brasil. Se le han achacado temas como el caso Penta, el caso de Soquimich, caso Cabal, donde sí estaba involucrado el hijo de Bachelet en tráfico de influencias. Eso perjudicó mucho a Bachelet, en la popularidad de ella, y ha sido difícil remontar eso para el Gobierno. Pero ella ha tenido logros importantes en su gobierno, aunque es parte de la disputa política y de esto de la “posverdad”, que apunta a destruir imágenes.

¿Qué imagen ha quedado de Piñera en Chile después de su presidencia?

Soy contrario a lo que representa Piñera, que son los intereses del empresariado. Nosotros decíamos “Un país atendido por sus dueños”. Es un pequeño grupo de grandes empresarios, entre las mayores fortunas de Forbes. Mi evaluación de Piñera es mala por defender esos intereses, pero mucha gente piensa que por este estrecho vínculo con empresariado va a generar más trabajo. Porque estos boicotearían a cualquier gobierno menos a Piñera. Han hecho una campaña del terror, por ejemplo “si gana Guillier la bolsa va a caer”. Pero el gobierno de Piñera ha sido un gobierno malo, ni siquiera fue capaz de hacer un censo poblacional. El de 2012 Fue anulado por estar mal hecho. Este año se hizo un pequeño censo para tener algunos datos más confiable. Pero la gente se ha olvidado de estas cosas, la derecha controla todos los medios de comunicación, como el consorcio Mercurio y Copesa, y otros diarios. Ellos han puesto mucho énfasis en que Piñera generaría crecimiento y combatiría la delincuencia, que el país esta ingobernable, colocar más cámaras y policías. Hay memoria de corto plazo y más el bombardeo de la prensa, se genera la idea de que Piñera es “el cambio”.

En Chile no se discute tanto la política exterior, ¿ hay un consenso generalizado sobre el libre comercio?

Sí, yo creo que lamentablemente la dictadura de Pinochet y sus sucesores dejaron asentadas muchas ideas, sobre todo en estos temas de libre comercio y achicamiento del Estado. Fueron muy “gramscianos”, consiguieron construir una hegemonía cultural, política e ideológica muy fuerte. En Chile es muy fuerte el individualismo, donde la mayoría de la gente te dice “acá hay que trabajar”, no importa la política, y que la economía es lo único que resuelve los problemas del país, pero tú solo resuelves tus propios problemas, “cada uno se rasca con sus propias uñas”, lo que pasa con la política no es interés general. Hay un gran esfuerzo para deconstruir eso, pensar un sistema previsional más solidario, que seamos capaces de repartir la renta entre quienes podemos y aquellos que han tenido situaciones de invalidez o alguna deficiencia. Cada vez que se plantea una reforma del sistema de reparto se dice “no si tu aquí tienes que recibir lo que has aportado, tu ahorro individual”. Todo el debate contra la AFP, no es contra la filosofía del AFP, sino sobre el abuso de las AFP en cobrar la administración de esos fondos, ese 10% que se cobra es lo que se discute, no la filosofía que esta detrás. Hay muchos temas que hay que ir deconstruyendo, muchos resabios de la dictadura militar.

segunda-feira, 6 de novembro de 2017

De Silent Spring a los Monsanto Papers: los límites de la gobernanza ambiental moderna

Julien Vanhulst
ALAI

En los años 1960, la multiplicación de accidentes industriales con graves consecuencias para el medio ambiente y la salud humana, combinada con las evidencias del deterioro ambiental, así como los ejercicios nucleares, la exploración espacial pero también la crisis del petróleo de los años 1970; instalan el tema ambiental al centro de las preocupaciones socio-políticas.

Entre estos elementos contextuales que favorecieron la emergencia del diagnóstico de una crisis multidimensional (socio-económica y ecológica) o “crisis de civilización”, se atribuye un rol clave a la publicación en 1962 del libro Silent Spring (“Primavera Silenciosa”) de la bióloga marina Rachel Carson. Muchos consideran que este libro marca un giro en nuestra comprensión de las interconexiones entre el medio ambiente, la economía y el bienestar social.

El libro expone los riesgos ambientales vinculados al uso del pesticida DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano), fabricado por la empresa Monsanto. El DDT era entonces el pesticida más potente porque era capaz de eliminar centenares de especies de insectos con un solo producto. Sin embargo, se levantaron algunas voces que expresaron sus dudas sobre este ‘producto milagroso’. Entre éstas la de Rachel Carson, que en ese entonces trabajaba en un servicio ambiental público en Estados Unidos y era famosa por sus libros sobre historia natural. Su foco de crítica son los efectos a largo plazo del DDT (debido a su gran toxicidad, persistencia y bioacumulación). En su libro, Carson concluye que el DDT y otros pesticidas han dañado irrevocablemente a los pájaros, así como otros animales, y contaminado la totalidad de la cadena trófica.

El libro abre con una “Fábula para el día de mañana” que presenta una pequeña ciudad donde la vida ha sido “silenciada” por los efectos malignos del DDT, de ahí el título del libro. De continuar usando de manera indiscriminada el DDT, un día no tan lejano la primavera llegaría sin ningún canto de pájaros: una “primavera silenciosa”.

Más allá de la metáfora, Rachel Carson acusa directamente a la industria química de poner en el mercado un producto tóxico y de practicar la desinformación, y acusa también a las autoridades públicas de responder a las necesidades de la industria química sin ninguna forma de cuestionamiento. De manera más general, cuestiona la fe de la humanidad en el progreso tecnológico.

El libro y su autora se enfrentaron a una fuerte resistencia por parte de aquellos a quienes la contaminación beneficia. El lobby de la industria de agrotóxicos atacó a Rachel Carson cuestionando su integridad y sanidad mental, poniendo en duda la cientificidad de su trabajo, entre muchos ataques personales y sexistas. Y en respuesta a la “Fábula para el día de mañana”, Monsanto publica en su revista la parodia “El año Desolado” que cuenta cómo el mundo quedaría devastado por una invasión de insectos si no se controlaran las plagas con pesticidas sintéticos.

Sin embargo, la preparación del libro había sido meticulosa, apoyada por un estudio exhaustivo y la revisión de expertos. Así, ante las controversias abiertas por la publicación del libro, muchos científicos lo defendieron y la comisión científica convocada por el presidente Kennedy terminó validando las conclusiones de Carson. El DDT fue prohibido en Estados Unidos en 1972 (para la gran mayoría de sus usos). En Chile fue prohibido en 1985 y finalmente fue incluido en 2001 en el Convenio de Estocolmo sobre los contaminantes orgánicos persistentes.

El legado más importante de Silent Spring fue una nueva conciencia colectiva acerca de la vulnerabilidad de la naturaleza a las intervenciones humanas y de los límites de los beneficios de la tecnología. Por primera vez, se planteó la necesidad de regular la industria para proteger el medio ambiente.

Este libro emblemático del ambientalismo del siglo XX y la controversia que abrió resuena con fuerza hoy luego de la difusión de los “Monsanto Papers” que denuncian un encubrimiento voluntario de la toxicidad del glifosato, principal agente activo de numerosos productos fitosanitarios, entre ellos el Roundup, el herbicida más usado en prácticas domésticas y agroindustriales en el mundo. El origen de la controversia en torno a los “Monsanto Papers” se debe a las acciones legales de dos activistas y defensoras de los derechos colectivos de los ciudadanos: Carey Gillam y Kathryn Forgie. Mediante procedimientos jurídicos e investigaciones, han obtenido la publicación de documentos clasificados como confidenciales por la justicia estadounidense. Estos documentos demuestran las manipulaciones de la industria química para ocultar la toxicidad y el peligro para la salud pública de sus productos.

Entre las estrategias develadas, y empleadas desde los años 1980, se mencionan prácticas de ghostwritting (es decir, la utilización de la firma de científicos para dar credibilidad a estudios cuyo verdadero autor es la propia empresa, los que circulaban como artículos científicos en circuitos formales, legitimando así la ‘verdad’ definida por la organización); la descalificación de estudios de científicos independientes que demostraban algún grado de toxicidad y riesgos cancerígenos (del mismo modo que lo habían hecho con el estudio de Rachel Carson), como los miembros del Centro Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC); y una tercera práctica que buscaba influenciar las autoridades de regulación, y particularmente la EPA (Agencia Federal de Protección Ambiental), pero también la Agency for Toxic Substances and Disease Registry y otras agencias europeas (la European Food Safety Authority, la European Chemicals Agency, el Bundesinstitut für Risikobewertung alemán, entre otros).

Es un caso de estudio paradigmático de ‘verdades contradictorias’ respaldadas por estudios pseudo-científicos que usan las reglas y códigos del campo científico para legitimar una verdad que responde a ciertos intereses privados y parciales, en un contexto caracterizado por la incapacidad estructural de gobernanza efectiva de problemas socio-ambientales a través del aparato institucional existente, tanto a nivel local y nacional como a nivel global.

Los principios orientadores de la gobernanza ambiental vigente y su institucionalidad terminan relegados a meras declaraciones de poco peso frente a los intereses de grupos económicos multinacionales. ¿Cómo opera en el contexto de los “Monsanto Papers” el Primer Principio de la Declaración de Estocolmo1 sobre el derecho a vivir en un medio ambiente sano; o el principio precautorio2? Siguiendo el principio precautorio, habría que seguir la fórmula propuesta por Hans Jonas: in dubio pro malo; es decir, en caso de duda frente al uso de una tecnología, por ejemplo, hay que tomar una decisión basándose en la hipótesis más pesimista. Parece claro que no se logran respetar estos principios básicos frente a la injerencia mediática, política, judicial y científica de las grandes empresas, que en definitiva son quienes determinan las hipótesis consideradas válidas.

El caso de Monsanto no sorprende, ya que su mala reputación la precede, pero las prácticas de manipulación de estudios, falsificación de documentos y lobbying son frecuentes en la industria química (como en la industria del tabaco o la farmacéutica). La legitimidad cultural dada a la racionalidad económica favorece el cálculo costo-beneficios desde una perspectiva meramente privada, que busca reducir al máximo el costo y aumentar el beneficio privado, trasladando inevitablemente los costos reales a la sociedad y al medioambiente ecológico, generando siempre más desigualdades socio-ambientales. A pesar de la lenta instalación de una compleja institucionalidad ambiental en los niveles nacionales y globales, medio siglo después de la publicación de Silent Spring, parece que no se ha avanzado tanto para evitar las amenazas generadas por el propio modelo de desarrollo industrial prometeico.

Persiste la fe en el progreso de la humanidad por medio de la tecnología y el crecimiento económico, las dudas y las incertidumbres permanecen intactas y las acusaciones son las mismas. También sigue siempre más fuerte el llamado a construir un mundo sustentable, la justicia ambiental y la necesidad urgente de asegurar la protección ambiental y la salud pública por la regulación de las actividades industriales. Pero los patrones de respuesta a este llamado se siguen repitiendo tercamente, mientras las soluciones se postergan indefinidamente, en una ruleta rusa con los límites planetarios de la biosfera que pone en peligro nada menos que la supervivencia de la especie humana (y de la mayoría de las demás formas de vida con quienes compartimos el espacio vital).

Así, sigue vigente la conclusión del libro Silent Spring:

“Estamos hoy en el cruce de dos rutas divergentes. […] La ruta en la cual estamos viajando desde mucho tiempo es decepcionante porque fácil, una autopista suave y rápida en la cual progresamos a gran velocidad, pero que, a finales de cuenta, nos conduce al desastre. Por otro lado, la otra ruta, la menos concurrida, nos ofrece nuestra última, nuestra única oportunidad de alcanzar una destinación que asegura la preservación de nuestra Tierra”.

En los últimos años, se han ensayado y recuperado múltiples prácticas sociales y económicas que dibujan la segunda ruta: ideas como las del Buen Vivir andino, las economías plurales, el post-extractivismo, o aún el decrecimiento y la suficiencia como complemento a la eficiencia han permeado los debates contemporáneos sobre futuros sustentables. El mismo Papa Francisco, en su encíclica Laudato Si’, ha lanzado un llamado urgente a confrontar los tabúes de nuestra forma de vida y de organización económica. Sin embargo, estas propuestas alternativas concretas no superan aún su condición de subordinación a la matriz cultural dominante que no se desvía de la ‘autopista suave y rápida’.

En este debate entre ‘verdades contradictorias’ se omite el hecho evidente de que no se trata de un debate entre ideas abstractas: luego de medio siglo de prevalencia incuestionada de un mismo modelo de gobernanza ambiental que pretende conseguir una ‘transición a la sustentabilidad’ sin confrontar las estructuras de poder y los dogmas de la racionalidad económica, el mesianismo tecnológico, y la sociedad de consumo, la industria química, asociada a múltiples otras estrategias extractivas y desterritorializadas, sigue hipotecando la capacidad de futuro de las generaciones presentes y futuras. Hoy, resulta urgente abrir el debate para trazar la ‘ruta menos concurrida’ de forma colectiva, empezando por rechazar los discursos y prácticas que legitiman los sacrificios de personas, lugares, territorios, seres vivos, ecosistemas y el planeta en el altar de la rentabilidad del capital.

NOTAS

1 Este principio fue formulado en 1972 y señala que “El hombre tiene el derecho fundamental a la libertad, la igualdad y el disfrute de condiciones de vida adecuadas en un medio de calidad tal que le permita llevar una vida digna y gozar de bienestar y, tiene la solemne obligación de proteger y mejorar el medio para las generaciones presentes y futuras”.
2 Este principio fue popularizado por el filósofo Hans Jonas en su libro “El principio de responsabilidad”, publicado en 1979. En este libro, Hans Jonas alerta sobre los riesgos del poder de la técnica moderna y la capacidad del ser humano a autodestruirse y sus consecuencias éticas. Este principio se incluirá como “principio precautorio” en la Declaración de Rio en 1992 y replicado en la mayoría de las leyes ambientales en el mundo.

segunda-feira, 30 de outubro de 2017

Criterios para articular economías solidarias, feministas y ecológicas

Luis González Reyes
Viento Sur

El capitalismo tiene un único fin: la reproducción ampliada del capital, por lo que es necesario bloquear esa reproducción. A ello contribuyen distintas medidas. Una es prohibir la existencia de beneficios, que los excedentes reviertan en la mejora del tejido socioambiental. Esta es una de las características de las cooperativas sin ánimo de lucro. A esto se puede añadir limitar el tamaño posible de las empresas para que no puedan convertirse en capitalistas. Eso es mucho más que una ley antimonopolios, es poner en marcha medidas como las que hicieron que en la China yuan y ming no se desarrollase el capitalismo: fijación de precios, confiscación periódica de riqueza, etc. Pero si el beneficio no queda en la unidad de producción el ahorro es pequeño, por lo que hay que poner en marcha mecanismos que permitan hacer inversiones. Estos deberían ser necesariamente colectivos. Aquí son importantes herramientas como el micromecenazgo o la banca pública.

Una segunda característica del capitalismo es que la sociedad es “de mercado”, es decir, que la población necesita recurrir al mercado para poder sobrevivir, no tiene autonomía económica. Esto implica que el grueso de la población necesita dinero para adquirir esas mercancías, por lo que vende una parte sustancial o mayoritaria de su actividad económica. Así, habría que pasar de sociedades “de mercado” a sociedades “con mercado”, donde este sea solo un complemento.

Para esta transición es imprescindible la creación de autonomía. Esta se consigue en la medida que los proyectos tienen sostenibilidad ambiental (cierran los ciclos de la materia pudiendo reducir sus necesidades de aportes externos, usan energías y materiales renovables locales, etc.); están menos especializados o, dicho de otra forma, tienen una actividad económica más variada y por lo tanto son más autosuficientes; cuentan con una “huerta básica”, que les permite tener un aporte de alimento autónomo; se basan en la frugalidad; o tejen redes de apoyo mutuo con otras unidades de producción. Desde esta perspectiva, la lucha no estaría tanto en estatalizar sectores estratégicos (lo que no está de más, pues puede limitar la reproducción del capital), sino en crear autonomía.

En una economía “con mercado” no se produce para la venta, sino para el uso. Solo se venden los excedentes. Únicamente así, el mercado podría ser un mecanismo de cooperación. Un ejemplo serían las huertas rurales en las que las/os paisanas/os llevan a la plaza del pueblo lo que les sobra. Además, el mercado debería estar regulado por normativas estrictas que respondan a las necesidades básicas (y sentidas) de la población. La gestión de los comunales tradicionales provee de muchos ejemplos, uno es el Tribunal de las Aguas de Valencia.

Una tercera propiedad del capitalismo es que una sociedad de mercado necesita irremediablemente dinero para funcionar, por lo que habría que pasar del dinero capitalista a las monedas sociales y la desmonetización. Para ello, es importante que no sean funcionales a la reproducción del capital. Una forma es consiguiendo que no sirvan como reserva de valor. Esto se puede conseguir haciendo que se oxiden (pierdan valor con el tiempo), que puedan ser “creadas” por la población (como el cacao, la moneda maya) o que sean un dinero-mercancía basado en materiales relativamente abundantes (como las conchas de caurí, que se usaron desde el Índico hasta el Pacífico). Además de ser malas reservas de valor, también es importante que tengan límites en su creación. Unos límites que deberían referirse a los planetarios. La propuesta del grupo MaPriMi de anclar las monedas a una cesta de minerales va en ese sentido. Los sistemas LETS también ponen límites a la creación de dinero. Otra línea de trabajo sería que los intercambios, o mejor aún la reciprocidad, fuese en especie más que en dinero, que es como funciona habitualmente la economía familiar.

Una cuarta base del capitalismo es que el fundamento de las clases sociales es quién gestiona los medios de producción frente a quién tiene que vender su fuerza de trabajo para conseguir el dinero que le permita acceder al mercado. La clave no está en si el proletariado consigue buenos o malos salarios o si la empresa es más o menos democrática (cosas que son importantes en la economía solidaria, pero que no están en la base del funcionamiento del capitalismo), sino en que está proletarizado, en que ha perdido su autonomía. Trascender esta organización social requiere sacar del mercado cada vez más actividades, des-salarizar a la población. De este modo, la idea no es “valorar” los empleos que están fuera del mercado (como muchos de los cuidados), sino meterlos dentro de unidades productivas poscapitalistas. Para ello, es preciso unir producción y reproducción en una misma “empresa”. Un modelo podría ser la familia medieval, otro la integración de los cuidados dentro del funcionamiento de las cooperativas.

Obviamente, también habrá que atender a la propiedad de los medios que permiten la producción pero, sobre todo, a quién los gestiona. Un ejemplo de cómo la clave está más en la gestión que en la propiedad (sin negar su importancia) son los huertos comunitarios en terrenos municipales o privados.

En quinto lugar, en nuestro sistema socioeconómico la competencia obliga a un aumento de la productividad sostenido, lo que solo se consigue con un incremento de la maquinización. Una consecuencia de esto es que en los sectores más importantes del capitalismo el grado de automatización es muy alto y las posibilidades de hacer la inversión para entrar en ellos solo están al alcance de grandes capitalistas. Por ello, son imprescindibles expropiaciones y reapropiaciones de estos sectores productivos. También es importante que las unidades de producción tengan un tamaño medio (¿unos pocos cientos de personas?), lo que también es clave para conseguir autonomía. Un ejemplo de cómo intentar llevar a cabo esto podría ser la Cooperativa Integral Catalana. Y, por supuesto es fundamental una destecnologización de la economía, algo que sucederá conforme avancen las restricciones materiales y energéticas.

Una última idea es que el capitalismo es un sistema automático sin control profundo por ningún poder político ni empresarial: todo el mundo tiene que orientar obligatoriamente sus estrategias a aumentar la competitividad. Para que la economía sea realmente democrática, nuevamente la autonomía es un paso imprescindible. También ayudará integrar productoras/es y consumidoras/es en la toma de decisiones. El BAH! ha mostrado un camino de cómo hacerlo.

Reflexiones sobre cómo hacer el tránsito

La construcción de una sociedad así se puede parecer bastante a la de un gueto en el que las unidades productivas poscapitalistas se relacionarían entre sí creando un ecosistema autosuficiente. Pero articular solo “hacia dentro” sería una mala decisión desde la perspectiva estratégica, ya que en los tiempos actuales de colapso civilizatorio necesitamos parar la degradación socioambiental para que la supervivencia de estos guetos sea posible. Además, el capitalismo tiene gran potencia y está en una situación desesperada por la crisis estructural que atraviesa. Esto le llevará a intentar fagocitar estas iniciativas para llevarse su fuerza de trabajo y recursos.

Más que guetos, la idea podría ser crear espacios híbridos. Por ejemplo, huertos urbanos productivos abiertos al vecindario o comedores escolares ecológicos en colegios de barrios empobrecidos. No serían unidades productivas con límites definidos, sino más bien unidades productivas que se interpenetran, de forma que una persona pueda estar a la vez en varias de ellas. Solo la presencia en varias daría una cierta autonomía, ya que en la transición estarían bastante especializadas. El mercado social de Madrid sería un ejemplo de esto, no exento de una fuerte dosis de gueto. La economía que gira alrededor de la Bristol Pound sería otro caso más abierto, pero con iniciativas que en muchos casos no están trascendiendo al capitalismo.

Las instituciones también cumplirían un papel en todo esto, pero no como actrices del cambio, sino como facilitadoras, catalizadoras, pues los cambios personales y sociales solo se van a dar si las personas son protagonistas de estos, si participan directamente en entornos que les gratifiquen otros valores que no sean los competitivos.

quinta-feira, 26 de outubro de 2017

¿La economía solidaria representa un modelo viable a escala global?

Fernando de la Cuadra
Rebelión

Hace ya algunas décadas atrás el economista húngaro Karl Polanyi apuntaba que es posible pensar que existen formas de integración o de funcionamiento de la economía que no se asientan necesariamente en instituciones monetarias basadas en el intercambio convencional, es decir, que superan los movimientos de “doble mano” que se producen en el lugar del mercado, el cual representaría su locus por excelencia. De esta manera, Polanyi propuso algunas visiones alternativas de aquella existente en la economía capitalista, identificando en esa construcción tres principios de distribución distintos al modelo de intercambio mediado por el mercado y orientado a la ganancia, a saber, la administración doméstica, la redistribución y la reciprocidad. Según él, en la economía real pueden coexistir dos o más principios en los cuales esté presente inclusive la ganancia monetaria, aunque su presencia no necesariamente debe representar el principio dominante.

La importancia de estas formas para entender la actividad económica, residiría en que ellas no solo poseen una dimensión histórica sino que además ostentan una expresión empírica demostrable en actividades concretas realizadas por las personas, lo cual demostraría las limitaciones de la perspectiva de Olson y seguidores, en torno al lugar central ocupado por el comportamiento egoísta y la acción racional que tendrían los grupos y sus miembros individuales en las actividades desarrolladas cotidianamente.

Especialmente la noción de reciprocidad permite visualizar otros aspectos en torno a los cuales se organizan las sociedades, ya no basadas únicamente en la idea de interés y de competencia entre las personas y las organizaciones, sino también o sobre todo en torno a prácticas de cooperación destinadas a preservar los lazos sociales dentro y entre los diversos tipos de agrupaciones

En el caso latinoamericano es necesario considerar especialmente la prevalencia de formas de economía doméstica, visto el papel prioritario que dichas formas de integración ejercen en la conformación de grupos y comunidades que insertan las actividades económicas de producción y distribución en las diversas formas de sociabilidad presentes en la esfera local. Ello es especialmente significativo en el caso de aquellos países de cultura andina o mesoamericana. En este marco, tal como enunciado por José Luis Coraggio, la cuestión económica sustantiva se resuelve como una economía ‘natural’ o comunitaria, cuyo sentido es asegurar la autosuficiencia de todos los miembros o grupos que comparten los medios de sustento según reglas y estructuras no estrictamente económicas.

Una reflexión sobre la obra de Polanyi nos plantea el desafío de postular otras formas de organización económica de la humanidad, o como dicen sus principales adherentes, de pensar “Otra Economía” que supere el paradigma de la competitividad impuesto por la civilización del capital y de los mercados globales. En otras palabras, es necesario pasar de un paradigma centrado en la competitividad y la posesión de riqueza pecuniaria para un modelo centrado en las energías y capacidades que surgen desde las personas, en el trabajo y la cooperación que abunda en las comunidades. Ello implica, que los diversos actores (personas, comunidades y entidades públicas) sean capaces de construir nuevos espacios de cooperación, solidaridad y convergencia que integre lo económico en lo que verdaderamente es, un entramado de relaciones de sociabilidad -de parientes, amigos y vecinos en el territorio-, que buscan establecer vínculos equitativos y justos entre los diversos participantes del proceso económico y, de esta manera, propender hacia el bienestar de todos. A este tipo de prácticas cooperativas, asociativas y comunitarias se las conoce con el nombre de economía social y solidaria.

Pero no obstante las premisas recién expuestas, igual se mantiene en el aire la interrogante de si puede existir efectivamente una economía social y solidaria que supere el ámbito local. Esta es una pregunta que se podría responder – y descartar casi automáticamente – con un no rotundo. Para ciertas visiones, la evidencia acumulada hasta ahora nos permitiría concluir que el conjunto de experiencias que se sustentan en formas solidarias, cooperadoras y autogestionarias de concebir la actividad económica, difícilmente pueden traspasar los límites de lo local. Por lo mismo, es improbable que ellas lleguen a constituirse en modalidades globales de funcionamiento de la economía y las sociedades contemporáneas.

Aceptar esta premisa sin más, significa admitir que las sociedades y las personas poseen una naturaleza inmutable y que el estado de cosas con el cual nos deparamos cotidianamente va a seguir su mismo curso. Desde otra tradición crítica de esta ideología del status quo, Piotr Kropotkin, Marcel Mauss, Elinor Ostrom o Marshall Sahlins han podido demostrar que por el contrario las comunidades humanas han desarrollado preferentemente estrategias de cooperación para poder afrontar en conjunto la lucha por la supervivencia. Es decir, los seres humanos necesitamos construir persistentemente lazos de cooperación con los otros para poder enfrentar los avatares de la vida, desde las estructuras familiares y de parientes (lealtades primordiales) hasta comunidades más amplias y complejas de colaboración.

Si admitimos que la humanidad no se encuentra condenada a la acción individual de personas que emprenden batallas competitivas sin cuartel, en las cuales necesariamente se debe producir una solución del tipo “suma cero”, la perspectiva de dar un giro a esta narrativa no resulta tan ilusoria. Entonces, el mayor desafío de este giro consiste en ir edificando un sistema multiescalar, en el que se articulen las diversas experiencias que se originan en un plano local, para ir ascendiendo a una escala regional, nacional y global.

Si bien es cierto el horizonte de un sistema económico solidario de alcance global se ve muy lejano, cada vez son más las experiencias que intentan construir áreas de intercambio y flujos de bienes y servicios que no se rigen necesariamente por el parámetro de transacciones de equivalentes en mercados convencionales. Sus principales impulsores no han sido ni los conglomerados políticos ni las agencias públicas, sino que un sinfín de asociaciones y organizaciones de ciudadanos, que se han inspirado en experiencias históricas (mutualistas, cooperativas, asociaciones de autogestión o cogestión) o que han concebido nuevas modalidades de poner en común sus capacidades y deseos de complementarse solidariamente. Son Bancos de tiempo, de monedas alternativas o sociales, cajas populares de ahorro y crédito, mercados de trueque, cooperativas de diversa índole (vivienda, previsión, salud, educación, saneamiento, compra y venta), grupos de producción y consumo autogestionarios, etc. Es una enorme constelación de experiencias, muchas veces desperdigadas, pero que pueden ir convergiendo en una escala planetaria a partir de elementos comunes que las unen y que son susceptibles de articular en entes mayores.

Son iniciativas que demuestran que la historia de la humanidad está llena de millares de esfuerzos por construir relaciones basadas en la cooperación, la reciprocidad, la solidaridad y la búsqueda del bien común. Su transformación en iniciativas que vayan conformando una red cada vez más densa de relaciones y sinergias no solo representa una tendencia deseable y urgente, sino que es absolutamente posible en función de los repertorios culturales con que cuenta la humanidad para construir decididamente un futuro más viable, justo y fraterno.