sexta-feira, 31 de outubro de 2014

La psicología de masas del fascismo: ¿Cómo llegó Hitler al poder?

Michael Neudecker
El País

¿Cómo es posible que en Alemania, el país con el movimiento obrero más organizado de Europa, millones de trabajadores apoyaran a Adolfo Hitler a pesar de su carácter reaccionario? Una respuesta interesante pero controvertida a esta pregunta la ofreció Wilhelm Reich en su libro “La psicología de masas del fascismo”: el apoyo masivo al nazismo habría sido consecuencia de la represión sexual propia de un modelo de familia autoritario muy extendido entre las clases medias y entre gran parte de los trabajadores. La represión de los instintos sexuales más profundos y desde la más tierna infancia habría creado individuos con grandes carencias y frustraciones que habrían tratado de compensar participando en un movimiento autoritario y obedeciendo a un líder que reproducía a nivel político esas mismas estructuras autoritarias de la familia.

Wilhelm Reich fue un autor muy polémico en su época. Sociólogo, psicoanalista y comunista austriaco (expulsado del partido por “heterodoxo”), vio la llegada de Hitler al poder en Alemania en 1933. Ese año escribió su obra “La psicología de masas del fascismo” para tratar de dar una respuesta a la pregunta que en ese momento se hacían en la izquierda europea: ¿Cómo es posible que millones de trabajadores alemanes, el movimiento obrero más grande y mejor organizado de Europa, no impidieran e incluso apoyaran al fascismo a pesar de tratarse de una ideología reaccionaria que trabajaba en contra de sus intereses como clase social? Y también, ¿cómo es posible que millones de ciudadanos alemanes de clase media aceptaran la muerte de la democracia y el triunfo de un sistema que les perjudicaba en sus aspiraciones individuales, tanto económicas como políticas?

Reich explicó que según el dogma imperante entre los autores marxistas en los años 30, a los que calificó como “vulgares”, eran las condiciones económicas las que determinaban la conciencia de clase y por lo tanto la acción política de las masas. Según este planteamiento, no habría otra fuerza más poderosa que la realidad económica para mover a los individuos hacia una determinada ideología política que debería corresponder a sus intereses. Es decir, en teoría, durante la crisis económica que azotó el mundo a partir de 1929, las masas deberían haber apoyado a las izquierdas porque solamente éstas defendían sus intereses frente a la explotación capitalista despiadada, y los nazis deberían haber carecido casi de de seguidores entre los obreros y las clases medias en peligro por la crisis porque “su esencia se presentaba como la expresión más extrema de la reacción política y económica”.

Sin embargo, la realidad tomó un rumbo muy diferente. Como explicó el autor, “la crisis económica, que hubiera debido imprimir un impulso hacia la izquierda a la ideología de las masas, inició de hecho un deslizamiento hacia la derecha que se apoderó de todas las capas proletarias de la población”. Reich fue incluso más lejos y aseguró que “fueron precisamente las masas empobrecidas las que ayudaron a la instalación en el poder del fascismo, es decir, a la reacción política más despiadada”. ¿Por qué?

¿Por qué se equivocaron los partidos de izquierda?

Reich criticó que el análisis de sus compañeros marxistas no tuviera en cuenta otra variable más poderosa a la hora de predecir el comportamiento político del individuo que no fueran las condiciones económicas. Para Reich, lo que faltaba en el análisis marxista eran las condiciones subjetivas, las fuerzas que anidan en el interior de la personalidad de cada individuo y que pueden incluso ser más poderosas que las condiciones objetivas de su entorno. Reich se refería a la estructura psíquica de cada individuo, que tiene su expresión política en la psicología de las masas.

Según Reich, los partidos de izquierda habrían fracasado ante Hitler porque no supieron trabajar las condiciones subjetivas de los obreros alemanes, mientras que los nazis sí supieron conectar y movilizar la estructura psíquica del proletariado y las clases medias mediante una propaganda muy eficaz. En este sentido, Reich explicó que “la ideología de cada formación social no solamente tiene como función reflejar el proceso económico, sino también enraizarlo en las estructuras psíquicas de los hombres de esa sociedad”. Es decir, mientras que los partidos de izquierda hablaron durante la crisis de la lucha de clases con un éxito moderado entre los obreros, Hitler habló de otros asuntos que conectaban mejor con la mayoría de la población.

¿Cómo fue eso posible? Porque el mensaje de Hitler era absolutamente “irracional” y por ello consiguió un apoyo igualmente totalmente irracional que nada tenía que ver con las causas “objetivas” de los autores marxistas. El movimiento nazi tenía un fuerte componente emocional “que no se sostiene con argumentos racionales”.

El control de las ideas

Reich explicó que la conciencia colectiva no avanza a la misma velocidad que los acontecimientos, por ejemplo una crisis económica: “La situación económica no se traslada inmediata y directamente a la conciencia política”. Existen una serie de controles que impiden esperar una reacción inmediata y explosiva por parte de las clases explotadas contra su situación y el principal control es el ejercido sobre las ideas. En este sentido, Wilhelm Reich citó a Karl Marx para explicar que “las ideas de la clase dominante son también las ideas dominantes de cada época”. Es decir, es posible mantener bajo control a una mayoría sumisa que acepta la explotación y la dominación gracias al control de las ideas.

Pero no se trata de una simple manipulación mediática y del mensaje. Es mucho más profunda. Según Reich se articula a través de la familia, en concreto del concepto de la familia dominante que reproduce a escala doméstica las relaciones de poder y dominación del Estado sobre los individuos: “La familia autoritaria representa la célula productiva más inmediata y la más importante del pensamiento reaccionario: constituye la fábrica de la ideología y de la estructura reaccionarias”, explicó el autor.

En concreto, Reich aseguró que la dominación comienza en los primeros años de vida del individuo con la represión de los instintos sexuales del niño y adolescente, aplicando la prohibición, los castigos y el remordimiento. Se trata de una técnica muy eficaz porque “la inhibición sexual es el medio de ligar al individuo con la familia”. El objetivo de esa unión sería convertir “el lazo biológico del niño con su madre y el de la madre con los niños en una fijación sexual indisoluble y en una falta de aptitud para contraer otros vínculos. El vínculo del niño con su madre es el núcleo de la unión familiar”. Una vez pasa el tiempo y los niños se convierten en adultos, esa unión con la familia se traslada al Estado, ya que “las representaciones de patria y de nación son, en su núcleo subjetivo emocional, representaciones de la madre y de la familia”.

Según este análisis, la familia reproduciría a pequeña escala a la nación y representaría a la patria, con la que se formarían unos lazos de lealtad que impedirían cualquier actitud hostil hacia el poder estatal. En otras palabras, según Reich el miedo a la libertad sexual sería el principal obstáculo para la revolución contra la explotación económica y contra las clases dominantes, y la mejor vía para apoyar las opciones políticas reaccionarias que reproducen las relaciones de poder que se dan en las familias autoritarias.

La clase media, el principal apoyo de Hitler

La familia era la base de la estructura social de las clases medias porque proporcionaba la ayuda económica y era la base de la existencia de los pequeños y medianos negocios, ya que a diferencia del gran capital que explota a los obreros, “la clase media se explota a sí misma” (empleando a familiares en el negocio, manteniendo a la mujer en el hogar, etc). A su vez, esta explotación familiar se basaba en una estructura patriarcal con una fuerte represión sexual, lo que reproducía en la familia la dominación del poder estatal: “La posición del padre en el Estado y en la economía se refleja en su actitud patriarcal con respecto al resto de la familia. El padre representa en la familia al Estado autoritario, de donde el padre se convierte en el más precioso instrumento del poder estatal”, afirmó Reich.

Esa posición autoritaria del padre facilitó el acceso del nazismo a las clases medias, según Reich, ya que el liderazgo carismático de Hitler representaba a ese padre autoritario. Hitler encarnaba a la nación y la relación de la masa era emocionalmente individual: es decir, cada uno de sus seguidores creía tener una relación individual con Hitler y sentía una confianza infantil hacia Hitler, una actitud provocada desde la infancia por la familia autoritaria que extirpaba cualquier tipo de iniciativa independiente: “Cuanto más ha perdido el individuo, a consecuencia de su educación, su sentido de la independencia, tanto más se manifiesta la necesidad infantil de apoyo por la identificación afectiva con el führer. (…) El pequeño burgués reaccionario se descubre a sí mismo en el führer, en el Estado autoritario; en razón de esa identificación se siente defensor de la nacionalidad”, escribió Reich.

La clase media fue, con diferencia, la que mayor apoyo prestó a los nazis en su camino hacia el poder (“El grueso de las tropas de la cruz gamada fueron las clases medias”). La familia autoritaria creó el marco para que el mensaje de Hitler fuera bien recibido en esa clase social. Pero, ¿cuál era ese mensaje?

El mensaje de Hitler: la lucha contra el sistema a favor del sistema

El propio Partido Nazi tenía un origen pequeño burgués y el componente emocional del mensaje del nazismo funcionó porque, según Reich, coincidía con las estructuras de esta capa social: “En lo esencial el origen pequeño burgués de sus ideas coincidía con las estructuras de las masas, dispuestas a darles la mejor acogida”. Es decir, el mensaje del nazismo se acoplaba como un guante a las clases medias. ¿Por qué?

Las clases medias vivían atemorizadas por la expansión del gran capital que amenazaban con destruir su modo de vida. El pequeño comercio se arriesgaba a ser absorbido por las grandes empresas en las ciudades y las pequeñas propiedades campesinas estaban amenazadas por los grandes latifundios en el campo. Temían perder su estatus social y acabar “degradadas” a clase obrera, hacia la que sentían una mezcla de temor y desprecio. Las clases medias vieron en el nazismo una oportunidad de enfrentarse a sus dos miedos, el gran capital y la clase obrera, y a tener una expresión política propia: “Las clases medias se pusieron en movimiento y, bajo el disfraz del fascismo, efectuaron su entrada en la escena política como fuerza social”, escribió Reich.

Las clases medias interpretaron su apoyo a los nazis como “una lucha contra el sistema, y por tal entendía el régimen marxista de la socialdemocracia”. Pero también sentían un violento rechazo al gran capital. Como escribió Reich: “Nunca hubiera podido ganar Hitler para su causa a las clases medias si no hubiera prometido iniciar la lucha contra el gran capital”. Precisamente el gran capital era un aliado fundamental para los nazis y su objetivo fundamental de acabar con las fuerzas de izquierda, según Reich, por lo que obligatoriamente existió una contradicción con las aspiraciones de las clases medias de realizar la “revolución nacional”.

Esa contradicción fue superada con éxito por Hitler porque conectó con esta clase social en su aspecto más íntimo, según Reich: “El estudio de la eficacia psicológica de Hitler sobre las masas debía partir de la idea de que un führer o representante de una idea, no podía tener éxito más que si sus conceptos personales, su ideología o su programa se encontraban en armonía con la estructura media de una amplia capa de individuos integrados en una masa”. Es decir, Hitler contó con la ayuda de la estructura de la familia autoritaria para imponer un mensaje altamente irracional y emocional entre la clase media que “olvidó” sus aspiraciones revolucionarias contra el gran capital guiados por un liderazgo carismático y autoritario.

Los obreros, también con Hitler

Pero las masas que llevaron al movimiento nazi al poder no provenían solamente de las clases medias, ya que solamente con ellas no era suficiente alcanzar una mayoría decisiva en las sociedades de los años 30. Como ya se ha señalado, un número muy considerable de trabajadores, incluso muchos organizados en el movimiento obrero, apoyaron a los nazis a pesar de que representaban supuestamente justo lo contrario de sus intereses objetivos. Según Reich, lo hicieron porque “se aburguesaron”, es decir, adoptaron una conciencia de clase media y con ella adoptaron las mismas estructuras que permitieron calar el mensaje nazi.

A diferencia del proletariado en época de Marx y Engels a mediados y finales del S.XIX cuando los obreros sufrían unas condiciones de vida miserables, en los años 30 del S. XX, los obreros (los alemanes, sobre todo), disfrutaban de unas condiciones de vida mucho mejores, lo que les habría alejado de su motivación revolucionaria y les habría acercado emocionalmente a las clases medias. Los obreros habrían adoptado así los modelos pequeño-burgueses de familia autoritaria, facilitando el acceso de la ideología nazi a un grupo social en el que, según los analistas marxistas de la época, no debería haber tenido cabida.

Hitler pudo contar así con el apoyo masivo de la clase media y con una amplia capa de la clase trabajadora porque en ambas funcionaba la estructura de la familia autoritaria. Por lo tanto, y a modo de conclusión, Reich explicó que para combatir a las ideologías reaccionarias no hay que apostar por un discurso basado en la realidad “objetiva”, sino adentrarse en la estructura psíquica de cada individuo que no tiene por qué coincidir con la realidad que le rodea. Por todo ello, la única manera de atacar a las fuerzas reaccionarias y conseguir que triunfe la revolución, es atacando el concepto de familia autoritaria y la represión sexual de sus miembros.

El poder de lo irracional

“La psicología de masas del fascimo” de Wilhelm Reich es una teoría heterodoxa que analiza la causa del apoyo masivo a una ideología extremista, irracional y violenta por parte de una sociedad moderna y educada. Reich despertó una importante polémica con este libro, que cuenta con muchos detractores y también con muchas opiniones favorables abriendo un debate todavía sin fin.

Hoy es difícilmente aplicable, al menos al pie de la letra. El mundo, al menos en Occidente, se ha transformado de manera decisiva en algunos de los aspectos clave de su teoría. Por ejemplo, el concepto de familia autoritaria ya no existe en las sociedades europeas actuales de la misma manera como en los años 30 del S. XX. Sin embargo, más de ocho décadas después, esta obra de Wilhelm Reich contiene unos elementos interesantes de reflexión acerca de cómo millones de personas guiaron su comportamiento político por lo emocional y lo irracional en una época de crisis.

terça-feira, 28 de outubro de 2014

Pobreza, cambio climático y guerras ambientales

Enric Llopis
Rebelión

El cambio climático, la disminución en la producción de alimentos o en la disponibilidad de agua dulce, las migraciones forzadas, las inundaciones o el riesgo de desertificación conducen a un aumento de los conflictos, calificados como “ambientales”. Las guerras ambientales se han convertido en una categoría específica de análisis. El discurso de Obama en la Academia Militar de West Point (mayo de 2014) relacionaba el cambio climático con la seguridad nacional. Gran Bretaña también abordaba la cuestión en el documento “Tendencias y Estrategias Globales (2007-2036)”. Libros como “Batallas constantes”, del arqueólogo Steve LeBlanc; “Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI”, de Harald Welzer; o “Los conflictos sociales del cambio climático”, de Pablo Cotarelo ahondan en el asunto.

Señala el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) que en los últimos 60 años al menos el 40% de los conflictos internos mantienen relación con la explotación de los recursos naturales. Por un lado, porque se consideran de alto valor: madera, diamantes, oro o petróleo; pero también por considerarse escasos, como la tierra fértil y el agua. “Cuando se trata de conflictos relativos a los recursos naturales, se duplica el riesgo de recaer en el conflicto”, agrega Naciones Unidas.

El paradigma de estos conflictos es de Dahrfur (oeste de Sudán), que estalló en 2003 después de que se pudiera constatar un aumento demográfico, procesos de degradación y erosión del suelo, sequía y disminución de la producción agrícola y de pastos. El secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, consideró que el conflicto de Dahrfur comenzó con una crisis ecológica y, parcialmente, derivada del cambio climático. A ello se agregaron otros factores, como la pugna por las tierras entre pastores y agricultores, atravesada por diferencias étnicas. “La de Dahrfur se considera la primera guerra climática”, ha afirmado el miembro del Centro de Investigación sobre Desertificación CIDE-CSIC, José Luis Rubio Delgado, en un acto organizado en la Universitat de València por la Asociación Medio Ambiente y Cambio Climático (AMA).

“Dahrfur es el ejemplo de cómo las personas, cuándo se encuentran sin medios de subsistencia, pueden recurrir a la violencia y a situaciones de genocidio”, ha agregado. El resultado, 2,4 millones de desplazados y entre 200.000 y 500.000 muertos. Otro ejemplo es el de Ruanda. Aunque de origen complejo, la guerra respondió en buena medida a la escasez de tierras y la inequidad en el acceso a la misma. En el año 1994, en sólo tres semanas, los Hutus (minoría étnica de agricultores) causaron la muerte (genocidio) de 800.000 tutsis. En Somalia, una guerra larvada en el tiempo precipitó en el periodo 2006-2009 por factores como la escasez y degradación de recursos básicos, como la tierra. Situaciones parecidas pueden visualizarse en Nigeria, Egipto, Mali o Kenia y, recientemente, en Sudán del Sur. “Ésta es una realidad permanente en el continente africano, que probablemente se incrementará”, afirma Rubio Delgado.

Procesos parecidos, con causas similares, contribuyeron al estallido de las “primaveras árabes” (Túnez, Egipto, Libia, Yemen o Siria). En el origen de estas revueltas también puede identificarse la degradación y falta de recursos, así como la incapacidad para absorber una creciente mano de obra. El fenómeno puede observarse a una escala global. El Instituto para la Investigación de los conflictos internacionales de Heildeberg (Alemania) señala que, de los 365 conflictos observados en el planeta en 2009, 31 fueron calificados como “altamente violentos”; a 7 conflictos de “alta intensidad” se les denominó “guerras”. Otro comité científico alemán apunta que desde 1945 hasta hoy, se han producido 61 conflictos ambientales en el planeta por la degradación de recursos como agua, tierra, suelo o biodiversidad.

Múltiples factores convergen para la proliferación de guerras ambientales. En los últimos años, países como China, India, Japón, Corea del Sur o Arabia Saudí, entre otros, han adquirido en África, en los últimos años, 67 millones de hectáreas de tierra. “Se compran tierras fértiles para anticiparse a una eventual escasez de alimentos”, apunta José Luis Rubio. Además, una proporción importante de las zonas agrícolas del planeta se dedican a la producción de alimentos para el ganado, es decir, “más carne para las sociedades opulentas”, señala el miembro del CIDE-CSIC, o a los agrocombustibles. Proliferan, asimismo, los cultivos industriales, como palma aceitera, caucho, celulosa o maderas de exportación. En conclusión, África pasó de ser autosuficiente en 1970 a importar en la actualidad el 25% de los alimentos.

Uno de los factores que explican los conflictos ambientales es el riesgo de desertificación. Hace unos años, Rubio Delgado ya apuntaba en la revista Métode que el 40% de la superficie terrestre está amenazado por este motivo. Además, el 17 de junio Naciones Unidas informó, con motivo del día mundial contra la desertificación, que cerca de 1.500 millones de personas en todo el mundo viven en tierras en proceso de degradación, y casi el 50% de los habitantes más pobres del planeta –un 42%- viven en zonas ya degradadas. En relación con posibles conflictos, “la degradación de las tierras convierte a estos lugares en los más inseguros del mundo; en algunos casos, esta inseguridad puede llegar a desestabilizar regiones enteras”, indica Naciones Unidas. Se calcula que en 2020 unos 60 millones de personas emigrarán desde las zonas desertificadas del África Subsahariana hacia África del Norte y Europa.

Las cifras prueban de manera palmaria el nexo entre agricultura, desertificación y pobreza. Según los datos de la Convención de las Naciones Unidas de lucha contra la desertificación, 2.600 millones de personas viven de la agricultura en el planeta. A causa de la sequía y los procesos de desertificación, cada año se pierden 12 millones de hectáreas –a razón de 23 por minuto-, en las que podrían haberse producido 23 millones de hectáreas de cereales.

El cambio climático, pese a las contadísimas voces que se abonan al negacionismo, es uno de los elementos que más contribuirá a las nuevas guerras. Numerosos informes y estudios científicos avalan las modificaciones en el clima, pero en perspectiva hay algunos que resultan demoledores: las emisiones mundiales de efecto invernadero generadas por la actividad humana han ido en aumento desde la época preindustrial, con un incremento del 70% entre 1970 y 2004. Este incremento tiene su origen, sobre todo, en el suministro de energía, el transporte y la industria.

Este mes de octubre Naciones Unidas ha celebrado en Corea del Sur la Cumbre Mundial de la Biodiversidad, en un contexto bien elocuente: el 70% de los pobres del mundo viven en zonas rurales y dependen directamente de la biodiversidad para sobrevivir; además, la variedad y abundancia de especies se ha reducido en un 40% entre los años 1970 y 2000. Todo ello en medio de un consumo “insostenible” que continúa y lleva a que la demanda de recursos en todo el mundo exceda la capacidad biológica de la tierra en un 20%.

En las guerras ambientales intervienen factores muy diversos, pero una mirada más amplia obliga a incluir las causas estructurales: las desigualdades entre el Norte y el Sur, entre el Centro y la Periferia. La Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria celebrada en Roma (2009) dejó claro que bastaría con dedicar 30.000 millones de euros anuales al desarrollo agrícola para combatir el hambre en el mundo. Mientras, según la FAO, alrededor de un tercio de la producción de alimentos destinados al consumo humano se pierden o desperdician en el conjunto del planeta. Si se recuperara la mitad de aquello que se pierde o desperdicia, podría alimentarse al conjunto de la población mundial. La comparación puede formularse en diferentes términos, pero en todos los casos resulta inasumible: en el mundo –según la FAO- se desperdician alimentos por valor de 565.348 millones de euros (sin contar el pescado y el marisco), mientras 870 millones de personas pasan hambre todos los años.

sexta-feira, 24 de outubro de 2014

EEUU destruye sus propias armas, ahora en manos enemigas

Thalif Deen
IPS

Cuando Estado Islámico (EI) capturó las armas estadounidenses que soldados iraquíes abandonaron en su huida ante la avanzada de ese grupo extremista, uno de sus líderes habría dicho con sarcasmo: “Esperamos que Estados Unidos cumpla con lo acordado y le haga el mantenimiento a nuestros helicópteros”.

En la actual campaña bélica contra objetivos del EI, algunos de los ataques aéreos de Estados Unidos apuntan, paradójicamente, a helicópteros Humvees, vehículos blindados y piezas de artillería de fabricación estadounidense que estaban en poder de las Fuerzas Armadas iraquíes y ahora cayeron en manos del grupo yihadista. No es de sorprender que esas armas tengan la garantía de mantenimiento y reparación de Estados Unidos.

El operativo militar degeneró en una farsa política agravada por el lanzamiento desde el aire de armas y provisiones a las fuerzas kurdas que luchan contra el EI en la ciudad siria de Kobani, fronteriza con Turquía. El diario The Wall Street Journal informó el miércoles 22 que las armas y municiones lanzadas en paracaídas a más de 3.000 metros de altura no siempre cayeron en manos de los kurdos. Al menos uno de esos paracaídas, cargado de armas, se desvió a una zona bajo control del EI.

Informes recientes sugieren que el EI capturó algunas de las armas que Estados Unidos lanzó a los kurdos, según Natalie J. Goldring, investigadora de la Escuela Edmund A. Walsh de Servicio Exterior, de la estadounidense Universidad de Georgetown. “Esto dejó a los militares estadounidenses con la incómoda opción de permitir que las fuerzas del EI se quedaran con las armas o de intentar destruir las mismas armas que había arrojado. Al parecer, optaron por destruirlas”, indicó a IPS.

La explicación que dieron los militares estadounidenses acerca de la operación no es tranquilizadora, aseguró. “Estamos muy seguros de que la gran mayoría de los fardos” de armas arrojados a los kurdos “terminaron en las manos adecuadas. De hecho, solo sabemos de uno que no lo hizo… si podemos confirmarlo… les haremos saber”, declaró el contralmirante John Kirby, portavoz del secretario de Defensa de Estados Unidos, Chuck Hagel, a la prensa el martes 21. “Seguramente”, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos “pueden y deben regirse por un estándar muy superior”, comentó Goldring. 

“¿Dónde comienza… la historia de las armas estadounidenses que terminan en manos de los enemigos de Estados Unidos?”, se preguntó Michael Ratner, presidente emérito del Centro para los Derechos Constitucionales. “Dejen de dar o vender armas al mundo, pero en particular a los militares o grupos que a la larga se vuelven contra Estados Unidos o son demasiado débiles para retener ese armamento”, exhortó.

Recordó que la presidencia de Jimmy Carter (1977-1981) armó a los rebeldes muyaidines de Afganistán, como medio para expulsar a las fuerzas de la Unión Soviética del territorio afgano. “La ideología derrota al sentido común y con terribles resultados, incluidos en última instancia” los atentados del “9 de septiembre de 2001 y las continuas guerras que enfrentamos hoy en día”, agregó Ratner. “Sin duda, la industria armamentista desempeña una función al querer vender más y más armas, pero también lo hace la ideología y un país, Estados Unidos, que sigue siendo, como dijo Martin Luther King, el mayor proveedor de violencia en el mundo”, afirmó.

El semanario Defense News, con sede en Washington, informó que la venta de armas estadounidenses a Iraq en 2013 incluyó 681 misiles antiaéreos Stinger, 40 lanzamisiles en camiones, radares Sentinel, tres baterías antiaéreas con 216 misiles Hawk, 50 carros de infantería Stryker, 12 helicópteros y el mantenimiento y apoyo logístico para miles de vehículos militares por valor de cientos de millones de dólares. Además, Estados Unidos acordó la venta de misiles Hellfire, carros de combate M1A1 Abrams, ametralladoras, fusiles de francotiradores, granadas y municiones por miles de millones de dólares. Cuántas de esas armas irán a parar a las fuerzas del extremista EI es algo que nadie sabe.

Goldring dijo a IPS que el gobierno de Estados Unidos, una vez más, no aprendió la lección sobre las consecuencias indeseadas de sus acciones en Medio Oriente. Tras el importante error de la invasión de Iraq en 2003, el gobierno de Estados Unidos agravó las cosas al suponer que las Fuerzas Armadas iraquíes serían capaces de defender a su país, señaló. A medida que esas fuerzas se derrumban, el armamento estadounidense cae en poder de los extremistas del EI, añadió.

Con demasiada frecuencia, Washington vende u otorga sus armas con el fin de obtener beneficios políticos o militares a corto plazo, afirmó Goldring. Es necesaria “una reevaluación política que le dé mucho más peso a los riesgos a largo plazo que acompañan las transferencias de armas en todo el mundo”, recomendó. “Además, como claramente es el mayor exportador de armas del mundo, Estados Unidos tiene la responsabilidad especial de abstenerse de transferir armas cuando es probable que se utilicen para violar los derechos humanos y el derecho humanitario internacional. El exceso en la venta de armas aumenta el riesgo de consecuencias indeseadas, ya que las mismas podrían usarse contra los propios militares estadounidenses”, advirtió.

Ratner recordó que Estados Unidos apoyó y armó en Libia a algunas de las mismas fuerzas que después atacaron la embajada estadounidense en Bengasi. La invasión de Iraq también fue un crimen de guerra, provocando la muerte de un número incalculable de personas en ese país y desatando la violencia en toda la región, sostuvo. “Para las empresas estadounidenses, la venta de armas a Iraq fue tan fácil como venderles dulces a los niños, y se vendieron miles de millones de dólares en armas a un país que, a causa de las acciones estadounidenses, se volvió inestable”, dijo. Estados Unidos se permitió creer que estaba entrenando a un ejército cuando, de hecho, formaba a una cleptocracia, según Ratner. “Ningún país con un poco de sentido común hubiera cargado al ejército de Iraq con ese armamento. Y pasó lo que era de esperar”, manifestó.

En la actualidad, las armas dadas a los kurdos “¿se utilizarán contra Turquía? ¿Cuál será el resultado de esa guerra?. Hasta que Estados Unidos entienda que la respuesta a los problemas del mundo no es la guerra y que las armas… conducirán a guerras continuas y a la muerte de millones de inocentes, no veremos el fin de la creciente inestabilidad mundial”, sentenció. Como dijo el profeta Oseas, “los que siembran viento, cosecharán tempestades”.

terça-feira, 21 de outubro de 2014

Brasil: La certeza de lo incierto

Fernando de la Cuadra
Rebelión

Solo me cabe certificarlo: la incertidumbre provocada por el desenlace del próximo embate electoral de este fin de semana, ha llevado a los brasileños a trabar una especie de guerra civil que desde sus primeras manifestaciones al inicio de la campaña presidencial y parlamentaria, fue poco a poco contagiando a prácticamente toda la sociedad. Es difícil encontrar en estos días a ciudadanos y electores que se sitúen en una posición neutra con respecto al futuro del país.

En efecto, en el último levantamiento sobre intención de voto realizado por la empresa MDA bajo encomienda de la Confederación Nacional del Transporte aparece como ganadora la candidata del Partido de los Trabajadores (PT) y actual presidenta Dilma Rousseff (50,5%), superando por un muy estrecho margen al candidato del Partido Socialdemócrata Brasilero (PSDB), Aécio Neves (49,5%). Es definitivamente un empate técnico. La semana pasada la situación estaba invertida, siendo que la previsión según la encuesta de Ibope era de 51% para Neves y 49% para Rousseff. Este mismo resultado había arrojado la encuesta realizada por Datafolha a pedido de la TV O Globo y el diario Folha de São Paulo. Este verdadero péndulo de intención de voto ha generado una enorme y nerviosa expectativa entre los diversos actores políticos y sociales, provocando una agudización de la polarización entre los habitantes de este país. La prensa y los diversos medios de comunicación, las redes sociales, las conversaciones de pasillo y los diálogos fortuitos se han inundado de descalificaciones y epítetos para con el candidato y los partidos del lado “contrario”. Nadie está libre de pecado en esta vorágine in crescendo de animosidad y beligerancia.

En este clima, se puede apreciar que, por una parte, es evidente el aumento del rechazo de un sector significativo de la población al gobierno de la presidenta Dilma Rousseff, a quien acusan de proteger o ser connivente con políticos y empresarios corruptos, de desacelerar la economía y de ser incapaz de resolver los ingentes problemas que aún aquejan a Brasil. Una tensión larvada se ha ido apoderando de la gente y los casos de corrupción continúan apareciendo cotidianamente en los noticiarios, especialmente los asociados al desvío de recursos de la estatal del petróleo (Petrobras), una de las más importantes del planeta. Casi no existen políticos, ni partidos, ni empresarios libres de esta práctica. Los contribuyentes –especialmente la clase media- observan impotentes cómo sus elevados impuestos se escurren entre las aristas del poder, las empresas contratistas, los conspicuos parlamentarios y los funcionarios inescrupulosos que hacen uso indebido y fraudulento de su función pública.

Por su parte, los detractores del candidato socialdemócrata, lo acusan de estar en alianza con la derecha para restaurar los privilegios de los sectores dominantes y aumentar los lucros de las empresas en detrimento de los trabajadores y consumidores. También existe el riesgo inminente - aunque el candidato lo ha negado permanentemente - de que al triunfar Aécio Neves, su administración ejecutará una vasta política de austeridad recortando significativamente los gastos sociales y las transferencias directas del Estado para la población más carente. Muchos especialistas vinculados a la situación advierten que los programas como Bolsa Família, Bola Escola, Minha Casa-Minha Vida (Vivienda popular); ProUNE (subsidio Universitario), Territorios de la Ciudadanía (Desarrollo Rural Sustentable), Cisternas para el Semiárido, etc. se verán fuertemente afectados por la política neoliberal que deberá reinstalar el futuro gobierno del PSDB bajo la dirección del indicado Ministro de Hacienda, Armínio Fraga, un ex-Presidente del Banco Central al que le reprochan ser un “vasallo de los mercados”. [1]

Con las encuestas demasiado equilibradas, la lucha encarnizada por ganar electores se ha disparado en la última semana de campaña. Y en esta reñida batalla también se ha dado vía expresa para todo tipo de descalificaciones e imputaciones de bajo calibre, deteriorando ostensiblemente el debate de los candidatos en la parte final de la contienda electoral. En ese sentido, se echa de menos la discusión en torno a los problemas de Brasil y las propuestas para superarlos. La tendencia ha sido observar a un par de contendores en un ring dándose golpes bajos a cada momento, privilegiando el triste espectáculo en desmedro del abordaje de los temas relevantes que necesita conocer el elector para decidir conscientemente su voto. En ese marco, los electores también han entrado en este marasmo de reproches recíprocos, donde muchos van tomando partido a partir de las emociones y no de los proyectos para mejorar el país.

Mientras tanto, las acusaciones que recaen sobre la presidenta Dilma y sobre el candidato del PSDB han alcanzado un bajísimo nivel que pretende ventilar aspectos de la vida íntima de cada uno. En particular las redes sociales (Facebook y twitter) han sido el escenario privilegiado para difundir los más variados e infundados rumores, que se “viralizan” con una velocidad extraordinaria. Se formó en poco tiempo un escenario de terror y de amenazas reciprocas, condimentada con una extrema sensibilidad a flor de piel. Casi nadie está libre de ser acusado de derechista o terrorista, en esta semántica maniqueísta y perversa que divide al país.

Independiente de un debate respecto a si la victoria de uno u otro candidato representa un avance para el cambio o un retroceso hacia las tinieblas -cuestión que supera el recorte de estas líneas- la sensación que permanece es que con el sube y baja de las encuestas, la única certeza que nos queda es que a pocos días de la segunda ronda de estas elecciones, Brasil parece acechado una vez más por el riesgo de una fractura política y social de consecuencias imprevisibles e insospechadas.

Nota:
[1] Para el senador del PT Lauro Campos, el señor Fraga como Ministro de Hacienda es “como dejar a un vampiro cuidando el banco de sangre”. En: Ruth Costas, “ Armínio Fraga: ‘guru anticrise’ ou ‘vassalo dos mercados’?”, BBC Brasil, 14/10/2014.

sexta-feira, 17 de outubro de 2014

Coctel de violencia política, pobreza y narco emerge en México

Daniela Pastrana
IPS

Las imágenes ocuparon las portadas de los diarios mexicanos: 61 policías estadales, semidesnudos y amarrados, permanecían hincados en la plaza principal de la localidad de Tepatepec, en el central estado de Hidalgo, mientras los pobladores amenazaban con quemarlos vivos. Era el 19 de febrero de 2000. El motivo de la indignación de los campesinos era la ocupación por la policía de la Normal Rural Luis Villarreal, en la localidad de El Mexe, y la detención de 176 normalistas (estudiantes de magisterio) que llevaban dos meses de paro por el anuncio del gobierno de la reducción del cupo estudiantil.

Entre aquel episodio y el del lunes 13, en el suroccidental estado de Guerrero, cuando maestros, normalistas y residentes del municipio de Ayotzinapa incendiaron el palacio de gobierno estadal, hay una larga historia de represión y criminalización de los estudiantes más pobres del país: los campesinos que se preparan para ser maestros en las comunidades más marginadas.

“Es un enojo acumulado. Durante años ha habido una campaña contra las normales rurales y un desprecio por lo que hacen. Para la mente del gobierno, son muy caras, y los normalistas siempre tienen que estar luchando por mantener sus escuelas. Y nadie dice nada porque son muchachos pobres”, dijo a IPS la investigadora Etelvina Sandoval, de la Universidad Pedagógica Nacional.

Guerrero es el tercer estado menos desarrollado del país y, paradójicamente, uno de los más politizados. Ha sido cuna histórica de movimientos sociales y hace cuatro décadas fue objetivo protagónico de lo que en México se conoce como “guerra sucia”, una etapa de represión militar contra movimientos opositores que dejó un número aún desconocido de muertos y desaparecidos.

También es uno de los más violentos. Y ahora está en la mira del mundo desde el 26 de septiembre, cuando policías de la ciudad de Iguala atacaron tres autobuses de estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa. Los motivos del ataque aún son inciertos y, según lo trascendido, entregaron a un grupo de estudiantes al cartel del narcotráfico de los Beltrán Leyva. El saldo, hasta ahora, es de seis personas muertas, 25 heridas y 43 estudiantes desaparecidos, la mayoría de primer año.

La masacre abrió una cloaca que involucra al alcalde, José Luis Abarca, y su esposa, María de los Ángeles Pineda, ambos prófugos y que, según lo investigado, estaban en la nómina de pagos del grupo criminal. Además, durante la búsqueda de los estudiantes se localizaron 19 fosas clandestinas hasta este jueves 16, con decenas de cadáveres, en una cifra que sube cada día. “La violencia indiscriminada contra la población civil que tuvimos en el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012) se está dirigiendo al movimiento social organizado con el cambio de gobierno. Lo que pasó en Iguala era cuestión de tiempo”, dijo Héctor Cerezo, integrante del Comité Cerezo, una organización especializada en documentar desapariciones forzadas y guerra sucia.

Los normalistas rurales son los estudiantes más pobres del país, que se preparan para educar a los campesinos pobres en las comunidades más marginadas, a las que los maestros urbanos no quieren ir. Son campesinos, cuya única posibilidad de estudio son estas normales, fundadas en 1921 y que son el último reducto de educación socialista que se aplicó en México entre 1934 y 1945. En estas escuelas, que funcionan como internados y en las que los alumnos reciben comida y una beca que va de tres a siete dólares diarios, los estudiantes mandan. Ellos participan directamente en la toma de decisiones administrativas y han establecido redes de apoyo entre escuelas a través de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, la organización estudiantil más antigua del país y acusada con frecuencia de formar guerrilleros.

Por sus filas pasaron legendarios guerrilleros, como Lucio Cabañas, quien en 1967 fundó el Partido de los Pobres, y Genaro Vázquez (ambos egresados de la escuela de Ayotzinapa). También Misael Núñez Acosta, licenciado del centro de Tenería, en el estado de México, quien en 1979 fundó la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y fue asesinado dos años después. “Fueron creadas para eso, para hacer trabajo político y de conciencia. Son jóvenes muy independientes (en comparación con las normales urbanas) y con una disciplina muy rígida”, explicó Sandoval, para quien las normales “han sido la piedra en el zapato de los gobiernos”.

De las 46 normales rurales originales, solo quedan 15. La mitad fueron cerradas después del movimiento estudiantil de 1968 por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz. Las que quedan libran una continua batalla desde 1999 para que no las reconviertan en escuelas técnicas. Pero los gobiernos estadales las han asfixiado económicamente, con el argumento de que en el país no se necesitan más maestros de primaria, porque la dinámica poblacional redujo la matrícula.

Como consecuencia, son recurrentes en estas escuelas los incendios u otros incidentes por la precariedad de las instalaciones. En 2008, por ejemplo, el fuego desatado por un cortocircuito en la primera escuela rural en su tipo en América Latina, la Normal Rural Vasco de Quiroga, en el noroccidental estado de Michoacán, ocasionó la muerte de dos estudiantes. “Lo que puedo decir es que en las zonas más alejadas hacen falta maestros. Hay comunidades que se quedan sin maestros muchos meses. En algunos lugares los cubre un ‘no maestro’ que trabaja temporalmente en las escuelas, pero sin plaza ni contrato”, afirmó Sandoval.

La masacre de los normalistas de Ayotzinapa, que ha puesto a prueba la política de derechos humanos del presidente Enrique Peña Nieto, encontró un caldo de cultivo en la tensión que provocaron los intentos de los últimos gobiernos por eliminar la escuela. En enero de 2007, el entonces gobernador Zeferino Torreblanca intentó reducir su matrícula estudiantil y declaró que el objetivo de su gobierno era acabar con la “alumnocracia”. En noviembre de ese año, los estudiantes fueron reprimidos por los policías antimotines por manifestarse ante el Congreso legislativo estadal.

El 12 de diciembre de 2011, la policía asesinó a dos normalistas: Gabriel Echeverría de Jesús, quien estudiaba educación física, y Jorge Alexis Herrera Pino, que cursaba educación primaria. Ambos participaban en el bloqueo de una carretera, en protesta por la reducción del presupuesto de la escuela. También fue herido gravemente Édgar David Espíritu Olmedo, mientras 24 estudiantes más resultaron heridos y golpeados. “Ayotzinapa está de pie. Se levantó en movimiento para luchar y exigir justicia. La excelencia académica que buscamos no puede estar condicionada a la sumisión política”, afirmó entonces en un comunicado la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México. No hubo sanción para los responsables de las muertes.

Casi tres años después, cuando se preparaban para viajar a Ciudad de México, a fin de asistir a la conmemoración del aniversario de la matanza de estudiantes en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, los normalistas fueron emboscados por policías municipales y los detenidos, según las investigaciones y los testimonios, entregados a un grupo criminal para el que trabajaba el alcalde. Hasta ahora, 43 normalistas siguen desaparecidos.

quinta-feira, 16 de outubro de 2014

Meritocracia, trapaça e depressão

George Monbiot
The Guardian

Psicanalista belga relaciona competição selvagem, que marca capitalismo pós-moderno, com comportamentos antiéticos dos “vencedores” e com a frustração da imensa maioria. “Sejamos desgarrados”, ele sugere.

Estar em paz com um mundo atormentado: não é uma meta sensata. Ela pode ser conquistada apenas negando tudo aquilo que cerca você. Estar em paz com você mesmo dentro de um mundo atormentado: essa é, ao contrário, uma aspiração nobre. Este texto é para as pessoas que estão em conflito com a vida. Ele faz um apelo para você não se envergonhar disso.

Senti o ímpeto de escrevê-la ao ler um livro notável de Paul Verhaeghe, um professor belga de psicanálise. What About Me? The Struggle for Identity in a Market-Based Society [E quanto a mim? A luta por identidade em uma sociedade baseada no mercado] é uma dessas obras que, ao fazer conexões entre fenômenos aparentemente distintos, fomenta novos insights sobre o que está acontecendo conosco e porquê.

Somos animais sociais, argumenta Verhaeghe, e nossas identidades são formadas pelas normas e valores que absorvemos de outras pessoas. Toda sociedade define e molda sua própria normalidade e sua própria anormalidade, de acordo com narrativas dominantes, e busca fazer com que as pessoas obedeçam — caso contrário as exclui.

Hoje, a narrativa dominante é do fundamentalismo de mercado, amplamente conhecido como neoliberalismo. O conto é que o mercado pode resolver quase todos os problemas sociais, econômicos e políticos. Quanto menos o Estado nos controlar e taxar, melhor será nossa condição. Os serviços públicos devem ser privatizados, os gastos públicos devem ser reduzidos e os negócios devem ser liberados do controle social. Em países como o Reino Unido e os EUA, essa história molda as normas e valores há cerca de 35 anos: desde que Thatcher e Reagan chegaram ao poder. E rapidamente está colonizando o restante do planeta.

Verhaeghe indica que o neoliberalismo se apoia na ideia grega de que nossa ética é inata (e regida por um estado de natureza que chama de mercado) e na ideia cristã de que a humanidade é inerentemente egoísta e gananciosa. Em vez de tentar suprimir essas características, o neoliberalismo as exalta: essa doutrina afirma que a competição irrestrita, guiada pelo interesse próprio, conduz à inovação e ao crescimento econômico, melhorando o bem estar de todos.

Toda essa história gira em torno da noção de mérito. A competição irrestrita recompensaria as pessoas talentosas, que trabalham duro e inovam. Ela rompe com as hierarquias e cria um mundo de oportunidades e mobilidade. Mas a realidade é bem diferente. Mesmo no início do processo, quando os mercados foram desregulamentados pela primeira vez, não começamos com oportunidades iguais. Algumas pessoas já estavam bem à frente antes de ser dada a largada. Foi assim que as oligarquias russas conseguiram acumular tanta riqueza quando a União Soviética chegou ao fim. Eles não eram, em sua maioria, os mais talentosos, trabalhadores ou inovadores, mas sim os menos escrupulosos, os mais grosseiros e com os melhores contatos, frequentemente na polícia secreta — a KGB.

Mesmo quando os resultados resultam de talento e trabalho duro, a lógica não se mantém por muito tempo. Assim que a primeira geração de empresários liberados conquista seu dinheiro, a meritocracia inicial é substituída por uma nova elite, que isola seus filhos da competição por meio da herança e da melhor educação que o dinheiro pode comprar. Nos locais onde o fundamentalismo de mercado foi aplicado com mais vigor, em países como os EUA e o Reino Unido, a mobilidade social diminui bastante.

Se o neoliberalismo não fosse uma trapaça egoísta, e se seus gurus e thinktanks não fossem financiados desde o início por algumas das pessoas mais ricas do mundo (os multimilionários americanos Coors, Olin, Scaife e Pew, entre outros), seus apóstolos teriam exigido, como precondição para uma sociedade baseada no mérito, que ninguém deveria começar a vida com uma vantagem injusta — seja riqueza herdada ou educação determinada economicamente. Porém, eles nunca acreditaram em sua própria doutrina. O empreendimento, como resultado, rapidamente deu lugar à renda.

Tudo isso é ignorado, e o sucesso ou a falha da economia de mercado são atribuídos unicamente aos esforços do indivíduo. Segundo esta crença, os ricos são os novos justos; os pobres são os novos desviados, que fracassaram econômica e moralmente e hoje são classificados como parasitas sociais. O mercado deveria nos libertar, oferecendo autonomia e liberdade. Em vez disso, entregou atomização e solidão.

O local de trabalho foi envolvido por uma estrutura louca, kafkiana, de monitoramento, medição, vigilância e auditorias, orientada centralmente, planejada de forma rígida e cujo objetivo é recompensar os vencedores e punir os perdedores. Ela destrói a autonomia, o empreendimento, a inovação e a lealdade e gera frustração, inveja e medo. Por meio de um paradoxo incrível, ela nos levou até o renascimento de uma antiga tradição soviética conhecida na Rússia como tufta. Ela significa falsificação de estatísticas com o objetivo de atender aos ditames do poder irresponsável.

As mesmas forças afetam aqueles que não conseguem encontrar trabalho. Agora, eles precisam disputar, além de sofrer as outras humilhações do desemprego, com um nível totalmente novo de vigilância e monitoramento. Tudo isso, de acordo com Verhaeghe, é fundamental para o modelo neoliberal, que sempre insiste na comparação, avaliação e quantificação. Somos tecnicamente livres, mas incapacitados. Quer seja no trabalho ou fora dele, devemos viver com base nas mesmas regras ou perecer. Todos os principais partidos políticos as promovem — então não temos poder político também. Em nome da autonomia e da liberdade, acabamos controlados por uma burocracia esmagadora e anônima.

Verhaeghe escreve que essas mudanças vieram acompanhadas de um aumento espetacular em certas condições psiquiátricas: automutilação, distúrbios de alimentação, depressão e distúrbios de personalidade. Dentre os distúrbios de personalidade, os mais comuns são ansiedade por desempenho e fobia social: ambos refletem um medo da outra pessoa, que é percebida tanto como avaliadora quanto como competidora, as únicas funções que o fundamentalismo de mercado admite para a sociedade. Somos atormentados pela depressão e pela solidão.

Os ditames infantilizadores do local de trabalho destroem nosso respeito próprio. Aqueles que terminam no fim da fila são acometidos por culpa e vergonha. A falácia da autoatribuição tem dois lados: assim como nos regozijamos por nosso sucesso, nos culpamos por nosso fracasso, mesmo se não tivermos qualquer responsabilidade por isso.

Portanto, se você não se encaixa ou se sente um estranho no mundo, se sua identidade está perturbada ou rompida, se você se sente perdido e envergonhado, talvez seja porque você manteve os valores humanos que deveria ter descartado. Você é um desgarrado. Orgulhe-se.

terça-feira, 7 de outubro de 2014

Elecciones Bolivia 2014: ¿Post indianismo?

Pablo Stefanoni
Nodal

El próximo 12 de octubre casi seis millones de bolivianos, contabilizados en el padrón biométrico en Bolivia y en el exterior, irán a las urnas para elegir presidente, vicepresidente y un nuevo Parlamento. El estado de ánimo de la oposición es resultado de una serie de encuestas que dan al binomio Evo Morales-Álvaro García Linera una ventaja virtualmente irremontable: 54% contra 14% de Samuel Doria Medina según el último sondeo difundido por El Deber de Santa Cruz de la Sierra. De allí que el analista Roger Cortez haya dicho en un debate televisivo que habría que considerar a estas elecciones como unos comicios parlamentarios: con la elección presidencial “resuelta”, lo que verdaderamente está en juego es si el oficialismo obtendrá o no los dos tercios del Congreso –mayoría con la que cuenta en la actualidad–, que es hacia donde se enfoca la campaña del MAS.

Adicionalmente hay otra meta en juego: ganar el hasta ahora díscolo departamento de Santa Cruz, que hasta 2009 encabezó la oposición más combativa contra el gobierno de Evo Morales. Hoy ese objetivo parece posible y representaría un vuelco en la geopolítica interna del país. Para lograrlo, el MAS viene estructurando varias alianzas, incluso con remanentes de viejos partidos tradicionales, y con el alcalde “populista” de Santa Cruz, el polémico Percy Fernández, que colocó a tres candidatos de su riñón en las listas masistas. Con el masivo cierre de la campaña nacional a los pies del Cristo Redentor de Santa Cruz, el oficialismo busca plantar bandera en el mítico territorio en el que en 2008 decenas de miles de cruceños se movilizaron por la autonomía y contra el gobierno central. Como explica el jefe de campaña del MAS cruceño, Saúl Ávalos en un artículo del periodista Pablo Ortiz, se trata de una ocupación territorial: el MAS comenzó ganando en las periferias de migrantes de Santa Cruz de la Sierra –como el emblemático barrio Plan 3000– y ahora busca conquistar el centro mismo de esta urbe.

Con todo, esta “conquista” deberá ser ratificada en las urnas; no es tarea fácil pero por primera vez las encuestas dan ganador a Evo en esta zona agroindustrial de Bolivia. Para acercarse a esa “marea azul”, los colores del MAS, el presidente boliviano prometió una gran cantidad de obras, desde represas hasta ferrocarriles, e incluyendo la ampliación de la frontera agropecuaria. La ecuación es clara: para derrotar a la elite política cruceña, el MAS debió pactar con parte del empresariado y aceptar su “modelo de acumulación”. Para el candidato a primer senador del Partido Demócrata Cristiano, Pablo Banegas, es lógico que el MAS elija El Cristo: los que hacían los cabildos autonomistas – “banqueros, empresarios, agropecuarios, transportistas y canales de televisión”– ahora están con el oficialismo. Las palabras del candidato derechista que apoya la candidatura del ex presidente Jorge “Tuto” Quiroga, en el citado artículo de El Deber, no dejan de trasmitir decepción y cierto resentimiento. “Antes no querían que Evo pisara Santa Cruz, ahora los empresarios pujan por sentarse lo más cerca posible del presidente cuando hay algún encuentro”, resume un empresario el vuelco de situación. Nadie quiere perderse el boom económico que vive el país y la región.

El contexto político boliviano se ha venido transformando. Si en 2005 la acusación de la derecha contra Morales era que transformaría a Bolivia en una nueva Cuba (o en el mejor de los casos una nueva Venezuela), hoy el analista opositor Iván Arias puede acusar al MAS de propagar una suerte de pragmatismo infinito, de ser un “Godzilla político que no mide principios ni medios para lograr su fin”.

Pero el escenario no sólo cambió en relación a Santa Cruz. Evo Morales leyó el mensaje del censo de población de 2012. Ese censo evidenció una aparente paradoja, potencialmente explosiva a nivel simbólico-político: si en 2001 el 62% de los bolivianos se autoidentificaron con algún pueblo indígena, bajo el nuevo Estado plurinacional sólo lo hizo el 41%. Hay muchas causas que pueden haber incidido en los resultados, entre ellas un cambio en la pregunta que reemplazó “indígena originario” por “indígena originario campesino”, tal como está en la nueva Constitución, precisamente cuando Bolivia ya es un país mayoritariamente urbano. No menos importante es que en 2001 la identidad indígena era cuestionadora del orden de cosas y hoy es oficial, sin que la Bolivia urbana-mestiza se sienta a gusto con esa “indianidad de Estado”.

Finalmente, en Bolivia, la mayoría es “un poco” indígena y “un poco” mestiza, por lo que los desplazamientos en la geometría variable de la identidad no resultan muy infrecuentes. Más aún en las poblaciones quechuas, las mayoritarias. Estas carecen – como señalan Pablo Quisbert y Vincent Nicolas en su reciente libro Pachakuti: el retorno de la nación– de símbolos y héroes etno-nacionales como sí tienen los aymaras con Tupac Katari o la bandera multicolor denominada wiphala. Lo quechua es más bien una lengua que une a diversas “naciones” locales.

Evo se declaró sorprendido con los resultados censales pero dijo que es un tema secundario y señaló que, de todos modos, como en los dados, “lo que se ve se anota”. El vicepresidente Álvaro García Linera escribió luego un texto sobre “Nación y mestizaje” para defender la plurinacionalidad. Pero Evo, que sabe “anotar” en el cacho, un juego popular en Bolivia, también sabe cómo hacer ajustes en sus campañas con olfato de experimentado sindicalista.

No parece casual que la campaña electoral que lo proyectará a un tercer mandato para el periodo 2015-2019 –nunca antes un presidente boliviano estuvo tanto tiempo en el sillón– haya abandonado algunos tópicos de la etapa heroica y se asiente en la defensa de la estabilidad y el desarrollo económico y, más aún, en un gran salto tecnológico. El último spot del MAS resume, con estética informática, los planes de crear la Ciudadela del Conocimiento en Cochabamba, a la cual, como Rafael Correa con Yachay en Ecuador, se la compara con el Silicon Valley estadounidense.

A ello se suma la promesa de becas para estudiantes en universidades como Harvard, Stanford o Tokio, y el plan para construir hospitales de alta tecnología en un país donde la salud es una asignatura pendiente. El teleférico de transporte entre La Paz y El Alto es una de las últimas obras estrella del gobierno junto al satélite Túpac Katari. “Un pueblo milenario con tecnología de avanzada es invencible”, dice el spot, y no es difícil ver las simpatías que los grandes saltos de países como Corea del Sur cosechan en esta nación andina, donde, además sus cantantes de k-pop son cada vez más populares.

Más allá de la discusión puntual sobre cada uno de estos proyectos, lo cierto es que Bolivia vive una nueva etapa. La potencialidad del “gobierno indígena” –como renovador de los valores tradicionales– parece haber dado todo de sí y hoy Evo Morales ha captado que las reivindicaciones de las nuevas generaciones tienen menos que ver con demandas de tipo étnico-cultural. En parte porque se ha avanzado en una mayor igualdad, y en parte porque Bolivia no escapa a la globalización de los consumos, los imaginarios y las aspiraciones.

Quisbert y Nicolas observan que el Túpac Katari concebido por el conocido pintor Gastón Ugalde poco antes de la llegada de Evo al poder y reproducida por el nuevo Estado, ya no es el Katari mártir descuartizado, sino un “Katari palaciego”, con aires presidenciales. En ese sentido, el nacionalismo indígena –término que usamos para definir los horizontes del “evismo” en 2006 con Hervé Do Alto– es sede de una paradoja: posiblemente el Estado plurinacional sea el más nacionalista de la historia. Pero más que una traición a una revolución indianista ideal, estamos frente a profundos cambios societales que están redibujando a Bolivia. Sin que sepamos aún cual será el bosquejo final. Quizás sea un retrato post indianista, que capte los pliegues de las nuevas identidades emergentes.