sexta-feira, 21 de julho de 2017

La larga Ilustración

Antonio Rivera
Revista de Libros

Por diversas razones, la Ilustración del siglo XVIII ha terminado por asociarse entre la mayor parte de la gente con la gran revolución intelectual que condujo al mundo que tenemos hoy. Nuestra mayor relación cultural con Francia, la coincidencia de los philosophes y los revolucionarios en el mismo tiempo y espacio galo, el conocimiento más generalizado de autores como Kant o Rousseau, así como el gran éxito divulgador de la cultura en que consistió el movimiento ilustrado –con L’Encyclopédie a la cabeza–, explican el hecho de que cada vez que acudimos a los orígenes de la Modernidad nos cueste franquear la frontera del Setecientos. Y, sin embargo, la gran convulsión que dio paso a la contemporaneidad, aquella gran «crisis de la conciencia europea» de que hablara Paul Hazard, se produjo en el siglo XVII, tanto en términos intelectuales como científicos, en el terreno del cambio político y en el de la formación de los grandes factores protagonistas del presente largo: los Estados-nación modernos y el desarrollismo capitalista. Como reza el subtítulo del último libro de A. C. Grayling, en esa centuria tenemos que buscar «el nacimiento de la mente moderna».

Evidentemente, era sólo el principio, y sus logros intelectuales y políticos no rebasaron las fronteras de algunos países o el ámbito de influencia de unos pocos pensadores brillantes y del puñado de corresponsales literarios que difundían sus escritos y cartas. Pero ahí estaban ya los Descartes y Mersenne, Galileo y Newton, Spinoza, Hugo Grocio, Hobbes y Locke, para dar lugar no a un pensamiento revolucionario, sino a una revolución en la manera de pensar. Y ahí estaban las bases de la nueva y moderna filosofía, ciencia, derecho y teoría política. Se empezaron a quebrar entonces al menos dos paradigmas: la necesidad de una ortodoxia de los conocimientos y el respeto reverencial al saber transmitido por la tradición (protegido por sus correspondientes guardianes religiosos). Galileo remachó el clavo de Copérnico y Kepler enfrentándose hasta lo posible a una Iglesia católica resentida y expectante, dispuesta a preservar violentamente la ortodoxia después de la rebelión de Lutero. Su enfrentamiento con Galileo y el logro de la retractación de este fue una victoria pírrica para ella, la última batalla para preservar el monopolio de la verdad y frenar la emergencia de la revolución científica. Por su parte, Descartes estableció un nuevo método de conocimiento, inspirado en la sospecha epistémica frente a todo lo heredado. Precisó un sistema de conocimiento secuenciado en sus conocidos cuatro pasos y desterró la tentación nihilista al establecer que de algo sí podíamos estar seguros: de que al pensar estamos existiendo. A partir de ese punto de apoyo podía promoverse un mundo de nuevos saberes. La escolástica, Aristóteles y Tomás de Aquino aparecían como sus primeras víctimas.

El escenario de semejante transformación no podía ser más tumultuoso: un siglo de contiendas que apenas toleró en Europa una tregua de tres años (de 1669 a 1671), y donde destacan por sus efectos y repercusiones la Guerra de los Treinta Años, la guerra civil y revolución inglesas, y las guerras navales anglo-neerlandesas. De allí salió Westfalia (1648), sentando dos bases del futuro: el final de la religión como argumento de confrontación, sustituyendo la lucha entre países de distintas creencias por el criterio de que la fe del príncipe era la de su pueblo (lo que no hizo sino trasladar al interior esas tensiones), y el principio de los modernos Estados-nación, al convertir en dogma de las relaciones internacionales el respeto a las fronteras propias y a los asuntos internos de cada país. Westfalia creó una sociedad de Estados basada en los principios de soberanía territorial. A la vez, dejó para el muy largo futuro un mapa fragmentado que hacía imposible la emergencia de una única potencia europea y que impedía que el continente se expresara a través de una voz de grandes proporciones y poderes, como podía ser la China del momento. Las consecuencias de ese hecho se dejaron ver en el surgimiento de nuevas potencias nacionales –Gran Bretaña, sobre todo– y en la capacidad de estas para disponerse a la competición internacional frente a contrarios de más volumen, pero, a la postre, menos poderosos. De la gloriosa revolución inglesa surgió la monarquía parlamentaria que permitió a los mc gobernar la política, disponerla a favor de sus intereses mercantiles y manufactureros, y derivarla complementariamente hacia la gestión capitalista y global de su creciente espacio colonial. Su prolongada contienda civil también suscitó reflexiones acerca de cómo racionalizar las relaciones políticas entre los individuos para terminar con ese estado de guerra permanente que habían vivido personajes como Hobbes o Locke. Finalmente, los conflictos de ese país con los holandeses propiciaron a medio plazo el dominio británico de los mares y su acceso a nuevas áreas coloniales (del Caribe a Bengala, pasando por Nueva York). También dieron lugar al casamiento de la hija del monarca inglés con Guillermo de Orange, futuro rey tras la gloriosa revolución. Con todo, no dejaba de ser tiempo de arranque y tiempo también de convivencia de lo nuevo y lo de siempre: el mejor ejemplo de absolutismo monárquico –la antítesis ideal de la monarquía parlamentaria–, la Francia de Luis XIV, se instituyó en ese momento como una de las principales potencias europeas.

¿Fue condición tal escenario de violencias mundiales para que emergiera una revolución en la manera de construir el pensamiento o de concebir la organización social y política de los individuos? Grayling sostiene que así fue, que precisamente la atención constante prestada a la guerra y la generación de espacios vacíos –sin olvidar la propia experiencia bélica y la necesidad de racionalizar la organización social– es lo que explica y da sentido a la oportunidad aprovechada por aquellas mentes y por los difusores de sus ideas. Quizá sea esta una de las partes donde el relato de Grayling es más problemático. Me explico: dedica un centenar de páginas a describir los avatares de la guerra de los Treinta Años, pero sin justificar por qué tanto detalle explicaría lo ocurrido en el campo del pensamiento. Está clara la conexión argumental del autor, pero no la exagerada atención dedicada a la sucesión de contiendas dentro de la general e interminable guerra de entonces, lo que acaba dando lugar a una especie de capítulo autónomo (toda la Parte II) bastante prescindible y de escaso interés para el lector más preocupado por los aspectos intelectuales que por los bélicos de ese siglo.

Semejante duda generan también las Partes III y IV, que vuelven a tratar un tema de gran interés: la convivencia del pensamiento mágico con el científico y el resultado de esa pugna, pero que lo hacen a veces de manera demasiado prolija y confusa. Ambos capítulos destacan aspectos muy diversos y de una extraordinaria importancia. Así, las figuras de Francis Bacon, Marin Mersenne y René Descartes, padres los tres de una diferente manera de organizar el hecho de pensar. Bacon sobresale por su empirismo metódico, la diferenciación entre teoría y práctica científica, o entre pensamiento práctico y pensamiento especulativo. A la condición sanamente hedonista del objetivo científico, que es mejorar la vida de las personas mediante un mejor control de la naturaleza (anticipando ya la intención de la organización política moderna), se añade la convicción de que la ciencia miraba hacia adelante (que no era presa de los hallazgos anteriores; en todo caso, dueña de los mejores de ellos) y de que debía manejarse con amplia libertad de experimentación. Se propugna el esfuerzo cooperativo y el destierro del ocultismo en beneficio de la colaboración entre diversos investigadores, la crítica recíproca y la comunicación constante de los descubrimientos científicos. La Royal Society de Londres sería su más acabada expresión, pero no la única ni la primera. Descartes abrumó con su método para llegar al conocimiento y con su duda no menos metódica, con su «escepticismo metodológico». Mersenne, por su parte, además de con sus avances matemáticos, destacó como «un servidor de Internet» –se lo conocía como «el buzón de Europa»– aplicado a distribuir y conectar conocimientos a través de una tupida y febril red de comunicaciones epistolares. Proyectos como el de la Universidad de Stanford («Mapping the Republic of Letters») están aportando mucho al conocimiento de las redes de difusión de las nuevas ideas en los siglos XVII y posteriores.

En esas mismas secciones se aborda cómo la versión científica desplazó a la fe y cómo algunos de los autores que colaboraron decisivamente a ello oscilaron entre una u otra convicción. Se recuerda también que, al tiempo que prosperaban nuevas visiones de la ciencia, se quemaban cuerpos en la hoguera de condenados por brujería. La tenebrosa guerra de los Treinta Años, con tantas pasiones religiosas de por medio, fue el escenario propicio para esas prácticas. Una convivencia de lo viejo y de lo nuevo que no sorprende, porque es así como se producen todos los cambios, y que Grayling ilustra con más erudición que elocuencia. Son dos apartados tan estimulantes en muchas de sus páginas como desordenados en su conjunto.

El relato termina, ¡cómo no!, en el orden social. La labor académica e intelectual de Grayling se aplica a una investigación filosófica que ilustre acerca de «cómo se debe vivir» y pone por eso la política práctica en el centro de sus preocupaciones. Sabemos que el tránsito inevitable entre el descubrimiento de las claves de la naturaleza y las de la organización social formó parte de los iniciáticos optimismos de la Modernidad. Hobbes y Locke, cada uno a su modo, dieron respuesta a la pregunta que desde Aristóteles –y con permiso de Grocio y Maquiavelo– parecía oportuno hacerse: ¿por qué nos organizamos los humanos en sociedades políticas? O antes: ¿de dónde procede el derecho a gobernar del príncipe? A partir de ese desentrañamiento resultaba factible formular y aspirar a alternativas diferentes de las conocidas. Y se hizo a partir de antropologías pesimistas como la de Hobbes o, cuando menos, circunspectas, como la que tenía en la cabeza Locke (no optimistas como la de Rousseau). Absolutismo y liberalismo laicos nacieron con sus respectivas reflexiones. Spinoza remató la jugada acercándose más a lo que hoy tenemos por democracia. Dios, eso sí, quedaba alojado «en el asiento trasero», tanto en la ciencia como en la política.

Posiblemente Grayling sea demasiado optimista acerca del alcance y extensión popular, por aquellos tiempos, de esa revolución en la manera de pensar. Se cura un tanto en salud acudiendo a una ilustrativa metáfora: el siglo arranca con la tragedia de Macbeth, estrenada en 1606, en que un rey es asesinado, pero en 1649 algunos de los espectadores de Shakespeare pudieron asistir a la decapitación de Carlos I, principio de las turbulencias que remataron en la Gloriosa. Lo que en la obra teatral se imaginaba como el caos absoluto –los búhos atacaban a los halcones–, en la vida real se producía como una contingencia más de la historia, que daba paso a otra nueva situación y que no acababa con nada. Pero esa actitud menos dramática no sugiere que aquellos espectadores estuvieran intelectualmente afectados por el cambio en la manera de pensar que venía produciéndose en la centuria. Sin duda hay que esperar, ahora sí, al siglo siguiente, a la Ilustración, para que el enfoque científico llegue, no sólo a las grandes revoluciones políticas del siglo XVIII, como dice el autor, sino también a públicos mucho más numerosos, sin los cuales no habría surgido en escena un nuevo sujeto político protagonista: el Pueblo. La alfabetización masiva posterior y la educación generalizada confirmaron esa deriva.

Y aquí aparece, en sus páginas finales, el beligerante y militante Grayling. En lugar de contestar los conocidos cuestionamientos de la Modernidad, tanto el antiiluminismo de primera hora como el más contemporáneo de Fráncfort y la posterior posmodernidad, nuestro autor arrambla con ellos y los remite a una fantasmal nota al pie, contestando con una defensa apasionada de la fe ilustrada en las últimas páginas y haciéndose solidario de los argumentos de Anthony Pagden en su La Ilustración y por qué sigue siendo importante para nosotros. En ese sentido, apunta que son los restos de pensamiento antiguo, premoderno, religioso, característico de las culturas que no han llevado a cabo la separación de lo mágico y lo científico, quienes, a despecho de su naturaleza minoritaria, están poniendo en peligro hoy la continuidad de nuestra feliz mayoría de edad. «El totalitarismo mental del islam –sentencia– es el paradigma». También, el sustrato mágico popular que cobra enteros conforme la cosmovisión científica, con su tecnicismo, se aleja del ciudadano. La brecha se llena con creencias e historias ilusorias, reconocidamente falsas, pero conformadoras de un relato menos turbador y más comprensible que el que proporciona la madurez moderna. Es el regreso a la infancia intelectual del hombre, el camino de retorno cuando no se entiende el mundo en que se vive. Frente a ello, sin pestañear, Grayling receta lo mismo que Rousseau, Kant y todos los modernos desde hace dos siglos: educación. El problema es que no hay que ser un posmoderno para reconocer que ello no es en absoluto suficiente. Grayling explica extraordinariamente el nacimiento de la mente moderna, pero parece no tener demasiada consideración de los problemas que ha generado la elevación de la razón al pedestal de la deidad, su conversión en un valor supremo indiscutible.

sábado, 8 de julho de 2017

Análisis de la crisis en Brasil: “Parece que la presión para la salida de Temer ha disminuido”

José Robredo
El Ciudadano

"La tendencia debería ser que de no aparecer nuevas acusaciones graves contra el actual presidente, el actual gobierno se va a mantener, incluso a pesar de todas las turbulencias que existen y que probablemente seguirán existiendo en su travesía", sostiene el académico Fernando de la Cuadra.

El pasado martes la Comisión de Constitución y Justicia de la Cámara de Diputados de Brasil comenzó el proceso de análisis de la denuncia de “corrupción pasiva” presentada por la Fiscalía brasileña en contra del presidente Michel Temer, lo que tiene en las cuerdas al mandatario.

La denuncia se enmarca en la serie de actos de corrupción que se han develado en el último año, y que van desde el financiamiento de las campañas electorales de todos los sectores políticos hasta los sobornos a parlamentarios para la legislación en diferentes temas.

De aprobarse la denuncia en el Parlamento, el mandato de Temer queda en manos del Tribunal Supremo de Justicia brasileño, lo que daría pie a un nuevo “carrusel político” en el país.

En este contexto, ya es larga la lista de políticos que han caído. La primera fue la ex presidenta Dilma Rousseff, quien fue destituida a través de un impeachment por los vínculos con el esquema de corrupción de Petrobras e irregularidades en el manejo de las arcas fiscales. Tras la caída de Rousseff, vino la serie de parlamentarios que han tenido que dejar sus cargos para asumir sus responsabilidad frente a la Justicia.

Ante esta inestabilidad, la investigación sobre posibles actos de corrupción protagonizados por el presidente Temer, tiene al sistema político brasileño al borde de la cornisa, lo que se ve alimentado por el período electoral en el que se encuentra el país, que finaliza el próximo año con las elecciones presidenciales.

Al respecto, El Ciudadano conversó con el analista internacional y académico Fernando de la Cuadra, el que sostiene que la crisis es tan grande que “entre los ciudadanos se ha instalado la sensación de que el país no consigue salir del pantano, pero tampoco se vislumbran alternativas viables para salir de la crisis o que surja algún nuevo liderazgo o bloque político que sea capaz de congregar a la mayoría hacia un proyecto que permita alejar la crisis del horizonte de los brasileños”.

¿Cuáles son las implicancias de la denuncia de la Fiscalía a Temer?

La denuncia de corrupción pasiva contra el Presidente Temer, que ha sido instaurada por el Procurador General de la República, es muy grave, suficiente para apartarlo de su mandato de forma automática. Si Brasil tuviera un sistema de gobierno parlamentario es casi seguro que ya hubiera sido alejado del poder. Pero como este país es presidencialista es necesario que se sigan otros caminos para conseguir su destitución. Primeramente, la apertura del proceso de ser aprobada por la Cámara de Diputados y son necesarios 342 votos favorables a la apertura de proceso de un total de 513 diputados. Por ahora, el proceso se tramita en la Comisión de Constitución y Justicia (CCJ) en la cual la defensa del presidente tiene 10 sesiones para presentar sus descargos. En seguida, deben existir 5 sesiones para que se realice la presentación del relator. Inclusive si la CCJ votará contra el informe, este debe ser conducido al Plenario de la Cámara donde se requiere una votación aprobación de los dos tercios para continuar con la acusación. La tendencia hasta ahora es que no se conseguirán los votos suficientes para continuar con el proceso y éste sea encerrado hasta que aparezcan nuevas denuncias.

¿Con esto queda a un paso del Impeachment?

No parece factible en la actual coyuntura Temer sea objeto del impeachment, pero uno nunca sabe y nuevas denuncias podrían venir a ocurrir. En ese caso, se abrirá otro proceso y así sucesivamente. Por ahora, la base de apoyo del gobierno parece haberse consolidado en torno a un apoyo al presidente y si ese apoyo continúa dando frutos, podemos llegar a 2018 en este impasse y el próximo año ya son las elecciones. Es decir, las prioridades van a ser otras y lo más probable es que los partidos vuelquen sus energías a organizar sus respectivas campañas y a construir las alianzas requeridas en función de la futura contienda electoral.

La inestabilidad política es evidente. ¿Es la salida de Temer la solución?

Pienso que sí, pero en este momento parece que la presión para la salida de Temer ha disminuido. Y las manifestaciones a favor de la salida de Temer no han tenido el impacto esperado sobre la clase política. Aunque insisto, el escenario brasileño es impredecible a mediano plazo y nuevos hechos podrán venir a cambiar la actual correlación de fuerzas.

¿Queda la sensación de que se vuelve al punto de inicio a casi un año de la salida de Dilma?

En efecto, entre los ciudadanos se ha instalado la sensación de que el país no consigue salir del pantano, pero tampoco se vislumbran alternativas viables para salir de la crisis o que surja algún nuevo liderazgo o bloque político que sea capaz de congregar a la mayoría hacia un proyecto que permita alejar la crisis del horizonte de los brasileños. La corrupción sigue campeando y el propio Poder Judicial está siendo cuestionado por sus últimos fallos a favor de la libertad de condenados en primera instancia, como por ejemplo, el ex asesor y estrecho colaborador del presidente, el ex diputado Rodrigo Rocha Loures.

¿Qué proyección de escenarios se puede realizar? ¿Cabe la opción de adelantar las elecciones?

Para adelantar las elecciones se requiere aprobar una Propuesta de Enmienda a la Constitución (PEC) ya presentada por el diputado Miro Teixeira, pero considerando que falta relativamente poco más de una año para las próximas elecciones, el 2 de octubre de 2018, pienso que los partidos de oposición no van a conseguir el apoyo de los conglomerados y partidos que se encuentran indecisos en torno a esta cuestión. La tendencia debería ser que de no aparecer nuevas acusaciones graves contra el actual presidente, el actual gobierno se va a mantener incluso a pesar de todas las turbulencias que existen y que probablemente seguirán existiendo en su travesía. Ello para desgracia del conjunto de la nación brasileña.

quinta-feira, 6 de julho de 2017

El futuro de Temer continúa siendo una incógnita

Fernando de la Cuadra
Rebelión

La denuncia de corrupción pasiva contra el Presidente Temer que ha sido instaurada por el Procurador General de la República, Rodrigo Janot, es muy grave, suficiente para apartarlo de su mandato de forma automática. Si Brasil tuviera un sistema de gobierno parlamentario es casi seguro que ya hubiera sido alejado del poder. Pero como este país se rige bajo un sistema presidencialista es necesario que se sigan otros caminos para conseguir su destitución. Primeramente, para que una investigación criminal contra el presidente pueda ser abierta y analizada por el Supremo Tribunal Federal (STF) se necesitaría la aprobación de los dos tercios de la Cámara de Diputados. En cifras, ello significa que son necesarios 342 votos favorables a la apertura de proceso de un total de 513 diputados.

Por ahora, la causa se tramita en la Comisión de Constitución y Justicia (CCJ) en la cual la defensa del presidente tiene 10 sesiones para presentar sus descargos. En seguida, deben existir 5 sesiones el para que se realice la presentación del relator. Inclusive si la CCJ votará contra el informe, este debe ser conducido para el Plenario de la Cámara para votación, instancia donde se requiere está aprobación de los dos tercios para continuar con la acusación. La tendencia hasta ahora es que pocos diputados han decidido o manifestado como votarán, aunque existe en este momento la sensación de que no se conseguirán los votos suficientes para continuar con la denuncia y ella sea archivada hasta que aparezcan nuevas pruebas contra el inculpado. Si la Cámara aprueba y la máxima Corte del país concluye que hay elementos para declarar reo al presidente, este será apartado automáticamente del cargo por un periodo de 180 días, mientras prosiguen las investigaciones. En dicho escenario, según la constitución debería asumir el primero en la línea sucesoria, función que recae en el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia.

No parece factible en la actual coyuntura que el presidente Temer pueda ser objeto de un impeachment aunque nunca se sabe que actitud asumirán los congresistas al tomar conocimiento con mayor profundidad sobre los términos de la denuncia del procurador o si nuevas acusaciones aparecen en los próximos días. En ese caso, los partidos de la base aliada pueden optar por apartarse definitivamente del gobierno y del presidente, en cuyo caso el futuro de Temer se encuentra bastante comprometido.

Diferentemente, si la base aliada del gobierno se consolida en torno a un apoyo incondicional al presidente y si ese sustento continúa estable, podemos llegar a 2018 sin alteraciones en la hoja de ruta, especialmente ahora que Brasil entrará en clima de elecciones el año que viene. Es decir, las prioridades van a ser otras y lo más probable es que los partidos vuelquen sus energías para organizar sus respectivas campañas electorales y para articular las alianzas requeridas en función de la contienda que se aproxima. Esta semana, los aliados del presidente están en una campaña agresiva para conquistar el apoyo de los indecisos para la votación en el plenario, que puede ser marcada para el viernes 14 de este mes.

Otra alternativa sería la renuncia de Temer y la convocatoria inmediata a nuevas elecciones, lo cual es una hipótesis improbable debido a la voluntad de Temer de seguir en su cargo hasta el fin de su mandato. Una última posibilidad es que sea aprobada la Propuesta de Enmienda Constitucional (PEC) presentada por el diputado Miro Teixeira para adelantar la fecha de las elecciones. Sin embargo, para que ello suceda se requiere un quorum hasta el momento inexistente e improbable si se considera que falta poco más de un año (2 de octubre de 2018) para que se realicen las elecciones según el cronograma oficial.

Mientras tanto, entre los ciudadanos se ha instalado la sensación de que el país no consigue emerger del pantano, aunque tampoco se vislumbran alternativas viables para superar la crisis. Por lo mismo, las frecuentes manifestaciones a favor de la salida de Temer no han tenido el impacto esperado sobre la clase política.

Aparte del ex presidente Lula o de Marina Silva, no se percibe el surgimiento de ningún nuevo liderazgo o de algún bloque político que sea capaz de congregar a la mayoría de las fuerzas políticas y sociales hacia un proyecto que permita construir acuerdos y alejar la crisis del horizonte de los ciudadanos. La corrupción sigue campeando y el propio Poder Judicial está siendo cuestionado por sus últimos fallos a favor de la libertad de condenados en primera instancia, como por ejemplo, el ex asesor y estrecho colaborador del presidente, el ex diputado Rodrigo Rocha Loures.

Si bien el escenario brasileño continúa siendo incierto e impredecible a mediano plazo, no se puede descartar la posibilidad de que nuevos hechos podrán venir a cambiar la actual correlación de fuerzas. La tendencia debería ser que de no aparecer nuevas acusaciones graves contra el actual presidente, el actual gobierno se va a mantener incluso a pesar de todas las turbulencias que existen y que probablemente seguirán existiendo en su travesía. Ello para desgracia de la inmensa mayoría de los ciudadanos de esta nación.