Socialismo y Democracia
Carlo Ginzburg fue uno de los grandes pioneros de la microhistoria, una corriente que propone analizar los procesos sociales desde abajo, atendiendo a lo cotidiano. Su obra está atravesada por los lazos de su familia con la resistencia al fascismo y por las disputas entre las distintas vertientes antifascistas que marcaron la historia italiana de la posguerra.
Si quisiéramos captar el significado profunda de la relación de Carlo Ginzburg y su familia con el antifascismo, nada mejor que leer Invierno en los Abruzos (1944), uno de los relatos más célebres de su madre, la escritora Natalia Ginzburg.
Su padre, Leone Ginzburg —erudito de la literatura rusa y uno de los fundadores de la editorial Einaudi—, había sido condenado al confinamiento en el pueblo de Pizzoli, cerca de L’Aquila, bajo la figura de «internado civil de guerra», tanto por su militancia antifascista como por su origen judío. Para Natalia, aquellos años representaron una suerte de exilio: un mundo campesino que parecía suspendido fuera del tiempo, regido por el ritmo de las estaciones, la nieve, el sol, el sonido de las campanas de la iglesia y el calor del hogar.
Fue en ese mundo a la vez encantador y aterrador —marcado por la tienda de ramos generales de Girò, con sus velas y naranjas, y por las largas historias sobre cementerios que contaba la empleada, Crocetta— donde Leone y Natalia vivieron entre 1940 y 1943. Allí escribían y corregían pruebas de imprenta para Einaudi mientras sus hijos, Carlo, Andrea y Alessandra, jugaban en el piso. Tras la repentina caída de Benito Mussolini en el verano de 1943, Leone regresó a Roma para unirse a la Resistencia. Detenido más tarde mientras integraba la redacción clandestina del periódico antifascista Italia Libera, Leone Ginzburg murió torturado por los nazis en la prisión romana de Regina Coeli el 5 de febrero de 1944. De aquella época en Pizzoli, Natalia conservaría un recuerdo impregnado de felicidad melancólica, ensombrecido para siempre por el horror y la angustia que precedieron a aquella muerte solitaria.
Tiempo después, Carlo Ginzburg se convertiría en uno de los historiadores más influyentes de su generación, reconocido sobre todo por fundar la microhistoria y por su obra clásica, El queso y los gusanos, centrada en Menocchio, un molinero y hereje del siglo XVI. En lugar de escribir una historia política «desde arriba» o una historia social de trazo grueso, Ginzburg puso el foco en Menocchio —una figura aparentemente marginal— para explorar desde su experiencia el universo de la cultura popular.
Sin embargo, el énfasis casi exclusivo en sus innovaciones metodológicas, un lugar común en muchos de los obituarios publicados tras su fallecimiento el pasado 17 de junio, corre el riesgo de eclipsar otro aspecto crucial de su trayectoria intelectual: su compromiso indirecto pero persistente con la política o, más precisamente, con la cuestión de la revolución vista a través del prisma de la tradición antifascista. Se trata de un tema vasto y complejo que aquí solo podemos abordar mediante una serie de conjeturas preliminares.
Tradiciones antifascistas
Leone y Natalia llamaron Carlo a su hijo en memoria de Carlo Rosselli, quien, menos de dos años antes de su nacimiento —el 15 de abril de 1939—, había sido asesinado junto a su hermano Nello en una emboscada perpetrada por una organización paramilitar francesa bajo las órdenes de Mussolini. Carlo Rosselli había sido el fundador del movimiento antifascista revolucionario Giustizia e Libertà, del cual Leone Ginzburg fue una figura destacada en Turín durante la década de 1930.
Para Carlo Ginzburg, asumir un compromiso político significaba, ante todo, heredar una tradición antifascista profundamente arraigada en la memoria familiar. Sin embargo, aunque reconoció haber sido «profundamente moldeado por la tradición del antifascismo», Ginzburg también admitió que intentó resguardarse de él cuando se convirtió en una «fuerza abrumadora» dentro de las revueltas juveniles de las décadas de 1960 y 1970.
Desde el período de entreguerras en adelante, el antifascismo encarnó numerosas ideas y prácticas políticas que a menudo resultaron divergentes y, por momentos, contradictorias, tanto en Italia como en el resto del mundo. Después de 1945 se transformó en uno de los pilares constitucionales de la República Italiana. No obstante, fue capitalizado sobre todo por la cultura política comunista, que invocó su rol protagónico en la Resistencia para legitimar su inserción en la democracia parlamentaria. Más tarde, durante los años sesenta y setenta, los nuevos movimientos estudiantiles y obreros reimaginaron el antifascismo como un lenguaje de movilización ideológica orientado a la transformación radical de la sociedad italiana. En ese contexto, la militancia adoptó frecuentemente formas totalizadoras, intransigentes y, en ocasiones, violentas. «Muchas personas de mi generación», explicó Ginzburg,
quedaron completamente arrastradas por esa ola. Creo que, de alguna manera, logré mantenerme al margen y tomar un camino diferente. Creo que esta diferencia —o, si se quiere, esta lealtad a través de senderos sinuosos y poco evidentes— es, en última instancia, lo que motivó todas mis decisiones, a veces incluso de manera inconsciente.
No es tarea sencilla comprender el significado de estas posturas, incluyendo sus dimensiones inconscientes, ni desandar sus sinuosos caminos. Tampoco resulta simple desentrañar el recuerdo de Leone (1909–1944) —un padre a la vez ausente y profundamente presente en la vida de su hijo—, ni el papel central que desempeñó su madre, Natalia (1916–1991), dentro del privilegiado ecosistema social y cultural en el que Carlo creció. Del mismo modo, es complejo situar en su contexto histórico la trayectoria diversa y polifacética de uno de los mayores exponentes del oficio de historiador de las últimas décadas, más allá de las numerosas autorrepresentaciones que él mismo ofreció. En resumen, no será fácil releer a Ginzburg a través de Ginzburg, después de Ginzburg. Sin embargo, podemos comenzar revisando los contornos de su formación intelectual más amplia.
Genealogía
Los libros fundamentales de su trayectoria -Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci, El mundo mágico de Ernesto de Martino, Cristo se detuvo en Éboli de Carlo Levi y Diálogos con Leucó de Cesare Pavese- apuntaban todos hacia el universo campesino, poblado por las «clases subalternas» con sus mitos y ritos. Era el mismo mundo rural por el que los populistas rusos (narodniki) habían luchado a finales del siglo XIX, buscando movilizar las tradiciones comunitarias para evitar la traumática transición al capitalismo. Su padre, Leone, nacido en Odesa en 1909 bajo el Imperio ruso, estaba profundamente imbuido de esas tradiciones. Sin duda, en muchos sentidos, esta genealogía intelectual moldeó la inclinación de Ginzburg hacia la historia del radicalismo religioso campesino entre las décadas de 1950 y 1960.
Tras ese trasfondo se perfilaban vastos procesos históricos: el milagro económico de la posguerra en Italia, el declive de una civilización agraria milenaria y el Concilio Vaticano II, un momento de profunda renovación para las doctrinas sociales y litúrgicas de la Iglesia. Fue en este contexto, plagado de tendencias contradictorias, donde tomaron forma las primeras y extraordinarias investigaciones de Ginzburg sobre los cultos agrarios europeos.
A través de los expedientes de los juicios inquisitoriales, sus primeros trabajos —entre los que se destacan Los benandanti (1966), Los constitutos de Don Pietro Manelfi (1970), El nicodemismo (1970), Juegos de paciencia (junto a Adriano Prosperi, 1975) y El queso y los gusanos (1976)— sacaron a la luz una vertiente campesina radical. Estas obras resquebrajaron el sólido bloque de las clases dominantes victoriosas y las ideologías imperantes de los siglos XVI y XVII, superando en parte la dicotomía jerárquica entre lo alto y lo bajo, y devolviendo a la historia las voces de «una religión campesina intolerante con los dogmas y las ceremonias», silenciada en última instancia por la autoridad de la Inquisición.
La fuerza disruptiva de la investigación de Ginzburg, que desenterró fragmentos y estratos profundos del radicalismo campesino, radicaba en su crítica corrosiva a las culturas de izquierda dominantes, profundamente ligadas a nociones deterministas del progreso industrial moderno. A sus ojos, esas identidades políticas eran, a su manera, «víctimas» de la ruptura histórica producida por el triunfo de la Contrarreforma: la imposición de una cultura jerárquica, la marginación de las disidencias y la eliminación de la cultura popular —en gran parte de origen precristiano— a lo largo del siglo XVII.
El significado de las derrotas del pasado, entrelazado con las del presente, se convirtió en el eje de una reflexión en la que la conciencia de los tiempos largos de la historia se combinaba con la urgencia de los tiempos cortos de la política. Cuando la ola de protestas juveniles estalló a finales de la década de 1960 —impulsada por los conflictos sociales y la certeza de que la Resistencia de 1943-1945 había quedado incompleta o había sido «traicionada»— Ginzburg se posicionó, siempre a su modo, en la órbita de la izquierda extraparlamentaria, particularmente en torno a la organización Lotta Continua de Adriano Sofri.
En una intervención característicamente aguda, publicada en la Storia d’Italia de Einaudi (su ensayo de 1973 «Folclore, magia, religión»), argumentó que, una vez que comenzaron a disiparse «los efectos de la sacudida infligida a la sociedad italiana por la lucha armada y la insurrección», la jerarquía católica lanzó «una cruzada a gran escala, aunque desplegada con medios técnicos modernos». Sin embargo, frente al surgimiento de nuevos impulsos hacia una «liberación carnavalesca», también le recordó a sus lectores que la «revolución» era, en definitiva, «una tarea larga y laboriosa».
Bajo la superficie
Una de sus obras más importantes, El queso y los gusanos, analizaba la cosmología del molinero Domenico Scandella, conocido como Menocchio, y su «deseo de un “nuevo mundo”» donde convergían un sustrato antiguo de creencias populares y expectativas milenaristas de justicia. No fue casualidad que Walter Benjamin sirviera de guía a Ginzburg en esta investigación: «A la historia nada de lo que alguna vez aconteció puede dársele por perdido», aunque solo «a la humanidad redimida le cabe por entero su pasado». Sin embargo, esta visión mesiánica y libertaria de la historia de los derrotados iba acompañada de otra radicalmente distinta —una perspectiva oscura y desesperanzada— sugerida por el epígrafe de Louis-Ferdinand Céline: «Todo lo interesante ocurre en la sombra (…) No se sabe nada de la verdadera historia de los hombres». Se podría reformular esto preguntando: por cada Menocchio que es «redimido», ¿cuántos otros han sido devorados por el olvido?
El filósofo marxista judío alemán Benjamin y el escritor francés fascista y antisemita Céline pueden parecer una pareja extraña. De hecho, la lealtad de Ginzburg a la tradición antifascista —aunque fuera por fuera de su corriente principal— le abrió un amplio espacio para el compromiso cultural sin poner en riesgo su intransigente orientación política. Quizás Ginzburg también se refería a sí mismo cuando escribió que Menocchio «sentía la necesidad de apropiarse de la cultura de sus adversarios».
Siguiendo a sus críticos marxistas —en particular a Eric Hobsbawm y Perry Anderson—, podríamos preguntarnos hasta qué punto la fascinación de Ginzburg por los perseguidos, los derrotados, los marginados y los heréticos, al moverse por un terreno profundamente marcado por la sensibilidad romántica, lo llevó al umbral de una identificación irracional, aunque nunca llegara a cruzarlo. Sin embargo, su temprana fascinación por lo que yacía bajo la superficie de la experiencia histórica se mantuvo como una constante. Articulada inicialmente en el «paradigma indiciario», más tarde evolucionó hacia una reflexión sobre el estatus epistemológico de la «distancia» y la «prueba», encontrando una expresión más completa a través de su diálogo con Marc Bloch: «Lo más profundo de la historia puede ser también lo más cierto» (Apología para la historia o el oficio de historiador).
Para comprender la trayectoria intelectual de Carlo Ginzburg y su relación con la literatura, la cultura y, en un sentido más amplio, con la política, resulta indispensable abordar el vínculo con su madre, Natalia. Como guardiana de la memoria de Leone, figura central de la editorial Einaudi de la posguerra e intelectual firmemente comprometida con la vida pública a través del Partido Comunista Italiano (PCI), Natalia ejerció una profunda influencia sobre su hijo. No solo se hizo cargo de la crianza de Carlo, de su hermano Andrea y de su hermana Alessandra, sino que también lo introdujo en los círculos de los escritores más destacados de la época, sobre todo de Italo Calvino. Del mismo modo, estimuló el talento narrativo de Carlo —un rasgo definitorio de su producción historiográfica— y lo alentó a experimentar con nuevas formas de expresión que luego se convertirían en los cimientos intelectuales y estilísticos de la microhistoria.
La carrera académica que más tarde lo llevó de Bolonia a Los Ángeles —precisamente mientras codirigía junto a Giovanni Levi la célebre colección Microstorie de Einaudi (1981–1991)— transformó y amplió el alcance de sus investigaciones. Para entonces, sus intereses se habían expandido drásticamente, tomando rumbos que implicaban una autocrítica implícita de sus posiciones anteriores. Ginzburg combatió con fuerza el neoescepticismo posmoderno, que al relativizar el estatuto de la verdad y romper su lazo con la realidad, terminaba abriendo las puertas al negacionismo del exterminio de los judíos europeos.
En su obra metodológicamente más ambiciosa, Historia nocturna (1989), la microhistoria se cruzó con una suerte de historia global avant la lettre que se extendía desde el Friuli hasta Siberia, atravesando la vasta geografía euroasiática del chamanismo en busca de conexiones históricas y morfológicas. Allí, el aquelarre de las brujas fue interpretado como una estructura de compromiso entre elementos de origen culto y folclórico, cristalizada en la región alpina occidental durante el siglo XIV a raíz de la persecución inquisitorial contra judíos, leprosos y musulmanes, extendida posteriormente a brujas y hechiceros.
Al igual que el poder taumatúrgico atribuido a los reyes de Francia e Inglaterra que Marc Bloch había desmenuzado en Los reyes taumaturgos (1924), este fenómeno equivalía a «una verdadera invención». «Después de todo», escribió Ginzburg en 1989,
la conspiración no es más que un caso extremo, casi caricaturesco, de un fenómeno mucho más complejo: el intento de transformar (o manipular) la sociedad. El creciente escepticismo sobre la eficacia y los resultados de los proyectos tanto revolucionarios como tecnocráticos nos obliga a repensar el modo en que la acción política interviene en las estructuras sociales profundas y su capacidad real para modificarlas.
Cambio intelectual
Aquellas palabras sonaban a despedida de la tradición revolucionaria europea, en la cúspide de una trayectoria que precedió a las transiciones poscomunistas de Europa del Este en 1989. En el trasfondo se cernía el recuerdo fracturado y doloroso de los Años de Plomo italianos: esa turbulenta década de violencia política, terrorismo y conflictividad social que marcó los años setenta. No fue casualidad que, durante ese período, Ginzburg utilizara las mismas herramientas filológicas que había aplicado a los registros inquisitoriales para analizar los documentos judiciales de Adriano Sofri. Sofri, exlíder de la organización de izquierda radical Lotta Continua, fue juzgado y condenado por su participación en el asesinato, en 1972, del comisario de policía Luigi Calabresi, uno de los casos de violencia política más polémicos de aquella época.
Tras los atentados del 11 de septiembre y el inicio de la «guerra contra el terrorismo» global, la atención de Ginzburg se volcó cada vez más hacia Nicolás Maquiavelo, Thomas Hobbes y las nuevas derivas tiránicas del poder basadas en «el miedo, la reverencia y el terror». Sin embargo, su fascinación por las figuras rebeldes y por la energía revolucionaria que eran capaces de inspirar estaba lejos de haberse extinguido. Podía percibirse, por ejemplo, en la sutil textura de sus escritos sobre su admirado Stendhal: «Julien Sorel [el protagonista de Rojo y negro] no es un liberal; es un jacobino anacrónico. Le rouge et le noir cuenta la historia de una derrota individual trágica, no de una revolución victoriosa».
Desde esta perspectiva, la polémica de Perry Anderson sobre la supuesta deriva de Ginzburg hacia un «liberalismo conservador» pasó por alto un punto fundamental. Ciertamente, a medida que las transformaciones globales se desplegaban y generaban repercusiones locales —con el ascenso del populismo de Silvio Berlusconi a principios de los noventa—, su fidelidad a la tradición antifascista siguió caminos aún más sinuosos y sutiles, pero sin romper jamás el hilo de su continuidad personal y política. Era una postura que el propio Ginzburg afirmaba haber aprendido al leer los Cuadernos de la cárcel de Gramsci, donde el pensador sardo reconoció que «el fascismo triunfó porque fue capaz de dar una respuesta (reaccionaria) a preguntas que en sí mismas no eran reaccionarias».
Como explicó en un diálogo en 2002 con el sindicalista y veterano antifascista Vittorio Foa -exmiembro de Giustizia e Libertà y amigo de su padre, Leone-, Ginzburg se cuidaba de distinguir el radicalismo de pensamiento del radicalismo de acción. Esta fue una de las lecciones duraderas que extrajo de los Años de Plomo. Mientras tanto, su batalla contra el neoescepticismo lo había conducido hacia un proyecto intelectual muy diferente al de sus inicios, desplazando gradualmente su enfoque desde la cuestión de la «revolución» hacia la función moderna de la mentira política y la «conspiración». Cada vez más preocupado por la propaganda política y sus dispositivos de manipulación de masas, centró su atención en lo que una obra casi olvidada de 1934 del psicólogo ruso Wladimir Drabovitch había denominado «la fragilidad de la libertad y la seducción de las dictaduras», un libro que Ginzburg había redescubierto y releído en sus últimos años.
En este presente sombrío marcado por figuras como Donald Trump o Vladímir Putin y por las fake news -fenómenos que parecen prosperar en el terreno cultivado por las vertientes más extremas de la deconstrucción-, Ginzburg siguió insistiendo, hasta sus últimos días, en la necesidad de buscar la verdad como una condición previa e irrenunciable para la libertad individual.

