sábado, 20 de setembro de 2008

El clavel negro: historia de un héroe anónimo


Rafael Vargas
Proceso

En la cinta El clavel negro, producción sueco-danesa-mexicana dirigida por Ulf Hultberg en 2005, se cuenta, a través de una mezcla de ficción con hechos reales, la heroica actitud del embajador de Suecia en Chile en los primeros días de la cruenta represión pinochetista. Ahora la rememora su par mexicano en el Santiago de aquellas horas aciagas de septiembre de 1973.

Han pasado justo 35 años: el embajador Gonzalo Martínez Corbalá habla sobre Harald Edelstam, su colega sueco en Chile, con quien hizo una buena amistad. “Entramos en contacto debido a nuestra cercanía con los funcionarios más importantes del gobierno de Salvador Allende. Nos contábamos entre los mejor informados, y otros colegas solían buscarnos.”

Gustaf Harald Edelstam nació en Estocolmo, el 17 de marzo de 1913. Comenzó su carrera diplomática en 1939. En 1941 es enviado a Berlín, donde ayuda a escapar a Suecia a muchos judíos. Cuando los nazis invaden su país regresa para unirse a la resistencia. Fue entonces que recibió el mote de El clavel negro (Svarta nejlikan), que conservaría siempre.

“Era un hombre muy valiente, con muchos méritos personales --dice Martínez Corbalá--. Cuando ocurrió el golpe contra Allende él decidió actuar, no por obligación política, sino por convicción personal. Lo hizo invocando el Pacto de Caracas, suscrito en 1954 por países latinoamericanos --no europeos--, con toda la conciencia de que era un recurso que estrictamente no le correspondía. Para decirlo de otra manera, él no tenía facultades para asilar a nadie en su embajada. Los asiló de hecho, no por derecho.

“Nosotros éramos buenos amigos, y acordamos apoyarnos mutuamente. Yo le ofrecí lo que al final hicimos: que él llevara a sus ‘asilados’ a las puertas de la Embajada de México, donde yo los recibiría. Los trasladaríamos a México, y de México él se encargaría de trasladarlos a Suecia. “Los chilenos que llegaron a Suecia después del golpe no llegaron en calidad de asilados, sino de inmigrantes. Su humanitarismo le causó muchos conflictos con el Ministerio de Relaciones Exteriores de Suecia, que reaccionó muy negativamente. Yo creo que incluso lo separaron del servicio exterior, porque años después nos vimos aquí, en México, y él se había convertido en vendedor de medicamentos de una firma europea.”

La actuación de Edelstam en aquellos días que Martínez Corbalá recuerda ahora es descrita en la cinta El clavel negro, que quiere ser un homenaje. El único que se le ha hecho, hasta ahora. Ni en Suecia ni en Chile hay un monumento o un sitio público que lo recuerden. Sólo en Uruguay existe una plaza que lleva su nombre, signo de gratitud de un grupo de cincuenta ciudadanos de ese país al que Edelstam salvó la vida. Prosigue Martínez Corbalá:

“Yo creo que por eso el gobierno sueco ha financiado ahora esta película, para lavar un poco su mala conciencia y su mala memoria. Es una lástima que la historia que cuenta El clavel negro sea, según me han contado los amigos, una tergiversación de las cosas. Yo no la he visto ni pienso verla. A mí me invitó a la première la embajadora de Suecia. Había una rueda de prensa y querían que yo hablara. Pero cuando me di cuenta de que la película estaba totalmente fabricada para llenar de elogios a Harald (no era necesario acudir a la ficción para resaltar sus méritos) preferí marcharme. Es una lástima, porque se debió haber restituido la figura de Harald, pero no de esa manera.” Entre los muchos recuerdos que guarda de esos días, hay algunos en los que destaca la actuación de Harald:

“México le dio asilo a doña Hortensia Bussi y otros miembros de la familia Allende. El 15 de septiembre un avión mexicano llegó a Santiago para llevarlos a México a ellos y a muchos asilados más. Era indispensable escoltarlos al aeropuerto para garantizar su seguridad. Me acompañaron los embajadores de Guatemala, de Israel, de la Unión Soviética y de la India y, por supuesto, Harald. Íbamos en dos autobuses. En el camino nos detuvieron incontables veces. Los militares actuaban siempre de manera muy agresiva.

“Antes de la salida del avión, hacia las seis de la tarde, los choferes que los manejaban tuvieron que retirarse por el toque de queda, que se imponía a partir de aquella hora. Harald, que había permanecido con nosotros hasta que partió el vuelo, se encargó de manejar de regreso uno de los autobuses. El otro lo condujo Orlando Carrillo, capitán mexicano del Estado Mayor presidencial.

“El 24 de septiembre, al día siguiente de la muerte de Pablo Neruda, Harald y yo acudimos a La Chascona --la casa del poeta al pie del Cerro San Cristóbal-- para acompañar a su viuda, Matilde Urrutia, quien velaba su cuerpo en compañía de unos cuantos amigos. Los militares habían asaltado y destruido la casa. Harald estaba indignado y lo manifestaba a voz en cuello.

“Cuando se decidió llevar el féretro al Cementerio General, salimos de La Chascona, y en el trayecto, poco a poco, se fue sumando una gran cantidad de personas al cortejo --gente que salía de sus casas y llegaba de quién sabe dónde--. Al poco, a cada lado de la avenida por la que marchábamos, se formaron filas de soldados. La gente comenzó a corear: ‘Pablo Neruda, ¡presente!’, ‘Salvador Allende, ¡presente!’ Un coro dramáticamente impresionante.

“Los tres o cuatro embajadores que íbamos con el cortejo caminábamos entre la gente. Cuando salimos del cementerio, busqué a Horacio, mi chofer (un chileno que no había podido acompañarnos en el cortejo, porque cojeaba), a quien había pedido que nos buscara al término del sepelio. Cuando lo encontré me dijo: ‘Embajador, yo lo iba a retar --así se refieren los chilenos a ‘regañar’-- porque se puso usted en riesgo. Los milicos nos habían ordenado que nos moviéramos a los que estamos aquí afuera. Mire usted alrededor. Esto está lleno de milicos e iban a disparar contra ustedes’. “Creo que la presencia de los tres o cuatro embajadores, y algunos otros diplomáticos que estuvimos ahí ese día, contribuyó a disminuir la posibilidad de que algo así pasara.” Por instrucciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Gonzalo Martínez Corbalá dejó Chile pocos días después. Harald Edelstam permaneció hasta diciembre de 1973, cuando la junta fascista lo declaró persona non grata y se vio obligado a abandonar el país.

José Viñoles, uno de los chilenos a los que ayudó a llegar a Suecia, recuerda que cuando Edelstam volvió sólo los exiliados acudieron a darle la bienvenida. El 5 de octubre de 1988 Pinochet perdió la presidencia que usurpó durante 15 años gracias a un referéndum convocado por él mismo. (Un encabezado de la prensa chilena de la época describió su derrota de manera inmejorable: “corrió solo y llegó segundo”).

Edelstam no vivió lo suficiente para ver el final del régimen del dictador, pues murió el 17 de abril de 1989. Patricio Aylwin fue electo presidente de Chile el 14 de diciembre de ese año. Su heroísmo será recordado por primera vez en ese país la tarde del jueves 25 de este mes, en un acto que tendrá lugar en la Biblioteca Nacional, a pocas cuadras de distancia del Palacio de la Moneda.

2 comentários:

Anônimo disse...

Puede ser que en la película haya ficción, pero me parece que alcanza no sólo a mostrar un poco de los horrores de esa época en chile y también el trabajo tan importante de un hombre que actuó por pura conciencia humanitaria en tiempos en que muchos decidieron retirarse para no ponerse en peligro. Este embajador si fue de verdad un héroe.

Fernando de la Cuadra disse...

Concuerdo totalmente con su comentario. Gracias. Abrazo cordial.