quarta-feira, 15 de abril de 2009

Dólar en la mira de Naciones Unidas

Reuters

Naciones Unidas discutiría en una cumbre que se celebrará en junio sobre si el mundo debe abandonar al dólar estadounidense como la principal moneda de reserva, dijo el martes un alto funcionario de la ONU.

El presidente de la Asamblea General, el ex ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua Miguel D'Escoto Brockmann, ha invitado a los líderes de los 192 miembros de la ONU a participar en la conferencia sobre la crisis financiera mundial, que tendrá lugar entre el 1 y el 3 de junio.

"Está todo el problema de la creación de los Derechos Especiales de Giro (DEG) y quizás eliminar al dólar como la divisa de reserva internacional", dijo D'Escoto a los reporteros. "Estoy seguro de que esta será una de las cosas que los líderes de Estado van a querer discutir (en la cumbre)", afirmó, añadiendo que muchos países habían perdido su confianza en el dólar.

China y Rusia han pedido una revisión general del sistema monetario global que podría aumentar el uso de los DEG, un activo de reserva internacional creado por el Fondo Monetario Internacional en 1969 y que tiene el potencial de actuar como divisa de reserva global. Las propuestas de las potencias económicas emergentes reflejan las dudas sobre la supremacía del dólar como la principal divisa de reserva.

El FMI ha dicho que el estatus del dólar como unidad de reserva dominante no está bajo amenaza. Rusia ha sugerido que introducir una moneda de reserva internacional para desplazar al dólar podría frenar la volatilidad en el mercado cambiario.

D'Escoto dijo que el martes estaba enviando cartas a los líderes de los 192 países miembros de la ONU, instándolos a asistir a la reunión. Según declaró, enviaría una carta personal al presidente estadounidenses, Barack Obama, solicitándole que participe de la cita.

No quedó inmediatamente claro cuántos líderes van a asistir. La reunión tiene un fuerte respaldo del denominado Grupo de los 77 países en desarrollo, incluyendo a China, dijo D'Escoto.

Funcionarios de la ONU dijeron que la cumbre es también una respuesta a la reciente reunión del Grupo de los 20 países desarrollados y en vías de desarrollo en Londres.

terça-feira, 14 de abril de 2009

¿Es tan malo ser antisistema?


Francisco Fernández Buey y Jordi Mir
Público

Venimos observando que, en los últimos tiempos, los medios de comunicación de todo tipo han puesto de moda el término antisistema. Lo usan por lo general en una acepción negativa, peyorativa, y casi siempre con intención despectiva o insultante. Y aplican o endosan el término, también por lo general, para calificar a personas, preferentemente jóvenes, que critican de forma radical el modo de producir, consumir y vivir que impera en nuestras sociedades, sean estos okupas, altermundialistas, independentistas, desobedientes, objetores al Proceso de Bolonia o gentes que alzan su voz y se manifiestan contra las reuniones de los que mandan en el mundo.

Aunque no lo parezca, porque enseguida nos acostumbramos a las palabrejas que se ponen de moda, la cosa es nueva o relativamente nueva. Así que habrá que decir algo para refrescar la memoria del personal. Hasta comienzos de la década de los ochenta la palabra antisistema sólo se empleaba en los medios de comunicación para calificar a grupos o personas de extrema derecha. Vino a sustituir, por así decirlo, a otra palabra muy socorrida en el lenguaje periodístico: ultra. Pero ya en esa década la noción se empleaba principalmente para hacer referencia a las posiciones del mundo de Herri Batasuna en el País Vasco. En la década siguiente, algunos periódicos a los que no les gustaba la orientación que estaba tomando Izquierda Unida ampliaron el uso de la palabra antisistema para calificar a los partidarios de Julio Anguita y la mantuvieron para referirse a la extrema derecha, a los partidarios de Le Pen, principalmente, y a la llamada izquierda abertzale. Así se mataba de un solo tiro no dos pájaros (de muy diferente plumaje, por cierto) sino tres.

Esa práctica se ha seguido manteniendo en la prensa aproximadamente hasta principios del nuevo siglo, cuando surgió el movimiento antiglobalización o altermundialista. A partir de entonces se empieza a calificar a los críticos que se manifiestan de grupos antisistema y de jóvenes antisistema. Pero la calificación no era todavía demasiado habitual en la prensa, pues el periodista de guardia de la época, Eduardo Haro Teglen, en un artículo que publicaba en El País, en 2001, aún podía escribir: “Las doctrinas policiales que engendra esta globalización que se hace interna hablan de los grupos antisistema. No parece que el intento de utilizar ese nombre haya cundido: se utilizan los de anarquismo, desarraigo, extremismo, agitadores profesionales. Pero el propio sistema tendría que segregar sus modificaciones para salvarse él si fuera realmente un sistema y no sólo una jungla, una explosión de cúmulos”.

En cualquier caso, ya ahí se estaba indicando el origen de la generalización del término: las doctrinas policiales que engendra la globalización. Desde entonces ya no ha habido manifestación en la que, después de sacudir convenientemente a una parte de los manifestantes, la policía no haya denunciado la participación en ellas de grupos antisistema para justificar su acción. Pasó en Génova y pasó en Barcelona. Y también desde entonces los medios de comunicación vienen haciéndose habitualmente eco de este vocabulario.

El reiterado uso del término antisistema empieza a ser ahora paradójico. Pues son muchas las personas, economistas, sociólogos, ecólogos y ecologistas, defensores de los derechos humanos y humanistas en general que, viendo los efectos devastadores de la crisis actual, están declarando, uno tras otro, que este sistema es malo, e incluso rematadamente malo. Académicos de prestigio, premios Nobel, algunos presidentes en sus países y no pocos altos cargos de instituciones económicas internacionales hasta hace poco tiempo han declarado recientemente que el sistema está en crisis, que no sirve, que está provocando un desastre ético o que se ha hecho insoportable. Evidentemente, también estas personas son antisistema, si por sistema se entiende, como digo, el modo actualmente predominante de producir, consumir y vivir. Algunas de estas personas han evitado mentar la bicha, incluso al hablar de sistema, pero otras lo han dicho muy claro y con todas las letras para que nadie se equivoque: se están refiriendo a que el sistema capitalista que conocemos y en el que vivimos unos y otros, los más moran o sobreviven, es malo, muy malo.

Resulta por tanto difícil de entender que, en estas condiciones y en la situación en que estamos, antisistema siga empleándose como término peyorativo. Si analizando la crisis se llega a la conclusión de que el sistema es malo y hay que cambiarlo, no se ve el motivo por el cual ser antisistema tenga que ser malo. El primer principio de la lógica elemental dice que ahí hay una incoherencia, una contradicción. Si el sistema es malo, y hasta rematadamente malo, lo lógico sería concluir que hay que ser antisistema o estar contra el sistema. Tanto desde el punto de vista de la lógica elemental como desde el punto de vista de la práctica, es indiferente que el antisistema sea premio Nobel, economista de prestigio, okupa, altermundista o estudiante crítico del Proceso de Bolonia.

Si lo que se quiere decir cuando se emplea la palabreja es que en tal acción o manifestación ha habido o hay personas que se comportan violentamente, no respetan el derecho a opinar de sus conciudadanos, impiden la libertad de expresión de los demás o atentan contra cosas que todos o casi todos consideramos valiosas, entonces hay en el diccionario otras palabras adecuadas para definir o calificar tales desmanes, sean éstos colectivos o individuales. La variedad de las palabras al respecto es grande. Y eligiendo entre ellas no sólo se haría un favor a la lengua y a la lógica sino que ganaríamos todos en precisión. Y se evitaría, de paso, tomar la parte por el todo, que es lo peor que se puede hacer cuando analizamos movimientos de protesta.

segunda-feira, 13 de abril de 2009

La sentencia contra Fujimori y el futuro de la democracia

Alberto Di Franco
Sin permiso


Se comenta y se analiza en la prensa nacional e internacional que la sentencia condenatoria, a través de un fallo unánime, del Tribunal Penal de la Corte Suprema del Perú, contra Alberto Fujimori es un hito histórico para la democracia para peruana y del mundo, ya que afirma la consolidación del principio de autonomía de la justicia como uno de los tres poderes fundacionales de la Nación. De este modo, establecería, como dice César Hildebrandt, un antes y un después en la justicia peruana que la enaltece. Eso es absolutamente cierto. A través de una sustentación jurídica impecable la condena fundamenta y demuestra concluyentemente la autoría mediata del acusado. Alberto Fujimori al ser el jefe principal de una estructura de poder, es responsable mediato de los crímenes de Estado que se cometieron en su mandato: delitos de homicidio calificado y secuestro agravado, tipificados como crímenes de lesa humanidad.

Sin embargo, las repercusiones del juicio en la población peruana no han sido homogéneas, esto es lo que nos interesa analizar. En los sectores de la clase media y alta peruana (sectores que no representan la mayoría de la población) conformada por profesionales, técnicos, funcionarios de estado, existen dos claras posiciones. Para un sector, este juicio representa una justa recompensa a su exigencia de justicia, aquí están, ciudadanos pertenecientes a las ONGs defensoras de derechos humanos, así como personas ligadas a la Comisión de la Verdad y Reconciliación a quienes, injustamente, se los ha llamado la "izquierda caviar". De otro lado, están los sectores de la derecha representada en los empresarios, las fuerzas armadas y policiales contrarios o al menos reticentes, a aceptar el fallo: algunos lo tildan de severo y otros más cínicos de injusto. No cabe otra explicación, que muchos de ellos fueron cómplices o partidarios del autoritarismo del régimen. Esta misma división se expresa también en los medios de comunicación.

A pesar de ello lo inquietante es: ¿por qué los miles o más bien los millones de personas pobres, de las ciudades y el campo (especialmente de los populosos conos de la ciudad de Lima que representan el 27% de la población total del Perú) continúan apoyando a Alberto Fujimori? ¿Lo hacen sólo por atraso, incultura política o ausencia de civismo? ¿Qué está detrás de su apoyo? ¿Qué nos dice esto acerca del valor mismo del concepto de democracia en las sociedades actuales?

Pienso que intentar responder a estas preguntas nos ayudaría a analizar la naturaleza misma de la democracia, su misma legitimidad y perdurabilidad.

A Raúl Alfonsín, quien acaba de fallecer los 82 años, le tocó ser, en 1983, el primer presidente en las cenagosas aguas de la post-dictadura de Videla. En medio de la inercial turbiedad de ese período de transición, cedió en ocasiones a presiones de la derecha, cometió errores, pero dejó un indudable mensaje democrático que marcó a la sociedad argentina y que la opinión pública internacional ha recogido.

Dice Alfonsín "Cómo hacer para que el primer objetivo de la democracia sea mejorar cuanto antes las condiciones objetivas de vida del hombre; cómo hacer para que la primera meta de un proceso progresista sea la transformación del hombre y de su cultura…". Continua: "Todos sabemos que el atraso y la pobreza conspiran contra la democracia y que sin ella es imposible el respeto por las otras categorías de derechos humanos". […] "La acción política es, ante todo, una acción transformadora de la realidad. No puede haber principios tales que nieguen la capacidad de acción. De allí que el desafío para los hombres políticos sea encontrar en el campo de la ética los caminos que aseguren la acción".

Pero también advierte: "la quiebra súbita de una escala de valores puede traducirse en la ausencia de términos de referencia políticos, sociales, culturales y morales. Una sociedad no resiste esa mutilación. Y por eso tratará de lograr un fuerte componente cohesivo, que si no nace de la sociedad a través de una propuesta democrática, será encarnado por una minoría que buscará la expresión más crudamente autoritaria del Estado". [….] "una de las causas de la desestabilización política latinoamericana es que la democracia no ha logrado dar satisfacción a las expectativas de los sectores populares, traducidas en requerimientos vinculados con la justicia social, y en definitiva, con la dignidad del hombre".

Creo que estas lúcidas declaraciones nos ayudarán a entender por qué un sector importante de la sociedad apoya a Fujimori. El 16 % de apoyo a Keiko, que para algunos nos resulta inquietante y peligroso, responde a la siniestra relación entre un gobierno que fue autoritario y criminal, pero que satisfizo algunas de sus necesidades. En mi opinión ese apoyo al fujimorismo, expresa la insatisfacción por su desamparo, el del Estado y el sistema político que les concede un tratamiento discriminatorio y no inclusivo. Miles de peruanos no cuentan con necesidades básicas como una vivienda digna, alumbrado, agua potable, desagüe, calles asfaltadas, escuelas con buenos maestros, un decente sistema de salud, campos deportivos, áreas verdes. Estos sectores sienten que durante la primera presidencia de Fujimori, al menos una parte de estas necesidades fueron atendidas. Sin satisfacción de las mismas sé es ciudadano de segunda categoría y no se está en condiciones de experimentar y ejercer plenamente los derechos y deberes de la ciudadanía. En esas precarias y, en ocasiones, viles condiciones de vida, la democracia, la presunta autonomía de los tres poderes del Estado, los derechos humanos son entes abstractos, no presentes y alejados de su dura experiencia diaria. Experimentan que, con distintos enfoques, pero con resultados similares, los partidos políticos de derecha o de izquierda los utilizan política y electoralmente como masa de apoyo y de maniobras, pero son "olvidados", tratados, en los hechos, como inexistentes sino se hacen presentes a través del derecho de protesta.

En esas condiciones es siempre alta la posibilidad de que regímenes autoritarios de sesgo populista, como el de Fujimori, tengan éxito. Lo paradójico es que a largo plazo estos gobiernos terminan aplicando, fieles al Consenso de Washington, políticas neoliberales, privatizadoras, antilaborales, antisindicales, que concentran la riqueza y acrecentar las desigualdades sociales, precisamente traicionando a quienes los eligieron. Sin ser un síntoma definitivo, es significativo que Keiko Fujimori, la heredera del shogunato japonés Fujimori, salga primera en las últimas encuestas de opinión como presidenta de la república. En este sentido, la opinión de Aldo Mariátegui, director de "Correo" no es tirada de los cabellos, sino una sombría posibilidad.

La única legitimación que posibilitaría una relativa perdurabilidad de la democracia sería su carácter inclusivo, la participación más amplia – siendo imposible hoy el ágora de la polis griega – de las poblaciones en la toma de decisiones, en suma, en el delineamiento de su futuro. Queremos saber adonde vamos y estamos comprobando en forma espeluznante con la actual crisis financiera y capitalista global que la sociedad de mercado nos lleva al abismo económico y al colapso climático. Cuando la democracia participativa, a través de referéndum se ha querido aplicar en el Perú, ha dado resultados, parciales pero maravillosos como el de Tambogrande, contra la prepotencia coaligadas de la minera Manhattan y del Estado contra los agricultores piuranos, con el triunfo, parcial, de estos últimos gracias a la movilización local y nacional. Triunfó un modelo de desarrollo humano sostenible contra un engendro puramente extractivo y depredador de la feraz agricultura tambograndina, de la minería a tajo abierto de la Manhattan. Cuando este mismo modelo se lo ha querido aplicar en otras partes, como en Majaz, Piura, el gobierno, el Ministerio de Energía y Minas, apoyando a las mineras, han hecho todo lo posible por sabotear los referéndum organizados por las comunidades, desautorizándolos como no vinculantes, acusándolas de actividades terroristas, llegando, en confabulación con empresas de seguridad minera secuestrar y torturar a 29 de sus dirigentes. Esa es la "democracia" de este régimen.

Este déficit, esta falta de representatividad y legitimidad de la democracia esta presente, con distintos niveles y peculiaridades históricas y culturales en los diferentes países del mundo. La actual democracia está en crisis en todo el mundo. Si bien el ideal de la democracia no es un punto final de arribo a un pretendido sistema acabado sino una lucha sin fin en búsqueda de continuos perfeccionamientos, hoy ese objetivo se encuentra oscurecido por el predominio aplastante de una globalización neoliberal, que profundiza las desigualdades sociales, que ha destruido antiguos tejidos sociales y fabriles basados en la subjetividad e intersubjetividad solidaria y comunitaria, remplazándola por un individualismo estupidizante – el homo videns de Giovanni Sartori, seres que sólo ven y escuchan pero no leen ni piensan, configurando sociedades de mercado poco cohesionadas y reactivas frente, por ejemplo, los increíbles abusos y fraudes de las grandes corporaciones financieras, compañías de seguros y bancos, cuyos directivos deberían ser juzgados, según propone el ex-presidente argentino Eduardo Duhalde, por tribunales como los de los juicios de Nuremberg ya que, gracias a su codicia y voracidad sin límites han llevado a la humanidad a una situación límite, como lo reconoce Strauss-Kahn, director gerente del FMI, quien alertó que la actual crisis puede arrastrar a la pobreza y al desempleo a millones de personas en todo el mundo, lo que eleva el riesgo de enfrentamientos sociales e incluso de guerra, más allá aún, para muchos países, amenazas a la democracia », advirtió.

Reconocer a la democracia como un valor está íntimamente ligado con nuestras condiciones de vida, con aquellas que aseguran nuestra dignidad y sobrevivencia. Cuando estamos privados de agua, luz y alimento el concepto de democracia no se traduce en ninguna exigencia vital, se trata de un concepto abstracto que pareciera no afectar la existencia de nuestras vidas. La pobreza en la que miles de peruanos viven envilece y reduce su espíritu, no es posible pensar democracia en una economía neoliberal despiadada y perversa.

sexta-feira, 10 de abril de 2009

“Los muros son una capitulación del poder público”

Soledad Vallejos
Página 12

El arquitecto argentino Jorge Jáuregui lleva dos décadas en Brasil y es un ferviente opositor a la construcción de muros como forma de frenar el crecimiento de los barrios pobres. Aquí analiza el significado urbano, social y político de una medida de ese tipo.

“Los muros siempre son contra alguien”, señala el arquitecto Jorge Jáuregui, nacido en la Argentina, radicado en Brasil y autodefinido urbanista latinoamericano. “Cuando se levanta un muro, real o imaginario (porque muchas veces comienzan por lo imaginario y luego se van materializando), nunca se hace a favor de nada”, insiste, con la autoridad de haber estudiado el tema de cerca, tanto como uno de los hacedores del programa Favela Barrio en Río de Janeiro, como en su carácter público de crítico del muro para detener el crecimiento de las favelas de la misma ciudad.

– Que se levanten estos muros en situaciones de frontera, en sentido social y político, ¿significa que fracasaron todas las demás respuestas posibles?

– Es una capitulación por anticipado del poder público, en el sentido de que son decididos por un poder público que no confía en su propia capacidad de fiscalización a la hora, por ejemplo, de mantener el control sobre lo construido y lo no construido, como en el caso de las favelas. Cuando se hace un muro para dividir, para cortar, no se tiene en cuenta que lo primero que uno piensa al encontrarse frente a él es cómo pasar al otro lado. En este momento, estoy trabajando en un área que se llama Complejo de Manguinhos, conformado por un conjunto de 11 favelas, divididas al medio (cinco quedan de un lado, seis del otro) por el tren. Esa vía de tren está flanqueada por muros, lo que constituye un borde imposible de trasponer de un lado al otro de la comunidad. Sin embargo, la gente hizo agujeros en el muro y transita: termina usando como calle los espacios entre el muro y la vía, e inclusive la misma vía, si hasta hay fotos donde se ve cómo circulan en bicicleta por el medio de la vía.

Lo que quiero decir es que el muro no sólo no resuelve, sino que crea problemas adicionales. El muro ya es una capitulación por anticipado frente a la posibilidad de pensar alguna armonía entre las partes, algún tipo de convivencia, en el sentido que planteaba Jacques Derrida. El, que casualmente visitó Río poco antes de morir, decía que en el mundo contemporáneo es necesario reaprender a convivir en la diferencia y que esto implica una propedéutica política. Es algo difícil de hacer, pero necesario, y está visto que sin ella sólo se cometen actos innecesarios, como quedó clarísimo con la contramarcha del muro de San Isidro. En el caso argentino, a diferencia de lo que pasa con el muro para evitar el crecimiento de las favelas, hubo una reacción y un cambio de idea. Aquí lo máximo que se sugirió fue que se embelleciera el muro con plantas, que fuera ecológico.

– Pero sigue siendo un muro y permanece la intención de bloquear.

– Porque persiste la idea de que, ya que no podemos tratar con la diferencia, separemos lo que está dividido, acentuemos la división. Pero son cosas que no pueden hacerse sin reflexión: se trata del desafío de imaginar alternativas.

– Río de Janeiro, Cisjordania, Tijuana, el caso –aunque notablemente de menor escala– de San Isidro: los muros parecerían estar generalizándose.

– Sí. Y si se generaliza como solución, en todo el mundo tal vez empiece a haber ciudades tan feas como San José de Costa Rica, que parece más un campo de concentración que una ciudad: por la calle, sólo hay cercas de hierro y rejas, una contaminación que inclusive reproducen las zonas más desfavorecidas. Eso alimenta la paranoia de la persecución y la inseguridad generalizada, todo el mundo se defiende de todo el mundo. En entornos así, nadie camina por la calle, los desplazamientos sólo son en auto. Es preciso lograr una conjunción de ciudad, urbanidad y espacio público, y si esos factores se combinan con espacios verdes, uno puede decir que está ante un lugar deseable de ser vivido.

Un ideal podría ser el estado actual de Palermo –planteado como contenedor físico–, pero integrando clase media, alta, sectores populares: un ambiente donde las diferencias se articulen verdaderamente. No es posible integrar las diferencias, pero sí articularlas a partir de puntos en común. Y hay que lograrlo junto al disfrute de la urbanidad. No se trata de muros, sí de llenar las calles de gente: nada más seguro que una calle llena de gente.

quarta-feira, 8 de abril de 2009

Condena a Fujimori podría complicar a García

Teresa Céspedes
Reuters

El fallo contra el ex mandatario podría perturbar el tramo final del Gobierno de García, quien se vería abrumado por denuncias de excesos cometidos en su primera gestión.

La severa condena contra el ex mandatario peruano Alberto Fujimori por abusos a los derechos humanos podría perturbar el tramo final del Gobierno del presidente Alan García, quien se vería abrumado por denuncias de excesos cometidos en su primera gestión hace dos décadas.

En un fallo histórico, una sala de la Corte Suprema condenó a Fujimori a 25 años de prisión por la matanza de 25 personas, entre ellos un niño, sentando un precedente para estos casos en un país que vivió una profunda guerra interna. Fujimori, de 70 años, gobernó entre 1990 y el 2000 con mano dura en su lucha contra las guerrillas izquierdistas de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru.

En esa lucha, tras asumir plenos poderes luego de cerrar temporalmente en Congreso en 1992 con el apoyo de los militares, Fujimori estructuró una estrategia de guerra sucia contra la insurgencia, según determinó la justicia peruana.

Activistas de derechos humanos dijeron que la condena a Fujimori activaría denuncias pendientes de abusos en gobiernos anteriores, como el de García durante 1985 y 1990. "En tanto se formulen cargos concretos contra García, que no han ocurrido hasta este momento, sí va hacer mucho ruido al Gobierno", dijo a Reuters Farid Kahhat, profesor de relaciones internacionales de la universidad peruana La Católica.

Organismos de derechos humanos tienen en curso denuncias como la matanza de cientos de rebeldes durante la primera gestión de García en 1986, luego de una violenta incursión militar -que incluyó aviones de combate- para sofocar motines en los penales Lurigancho, El Frontón y Santa Bárbara en Lima.

Otros casos son Accomarca en 1985, cuando militares mataron a 62 personas bajo la sospecha de pertenecer a la guerrilla; y Cayara en 1988 cuando murieron 30 campesinos de manos de fuerzas de seguridad en represalia por un ataque rebelde.

Pasado diferente. García, que en su segundo mandado ha llevado a que la economía del país registre uno de los mayores crecimientos del mundo, ha rechazado cualquier comparación a su gestión anterior con gobiernos que interrumpieron la democracia.

"El problema es que un hecho que aparentemente se parece cambia cualitativamente de sentido cuando se interrumpe la democracia y aparece un fórmula dictatorial en que todo depende de una persona", dijo García la semana pasada a periodistas.

Aunque la guerra interna en Perú dejó unos 69.000 muertos y desaparecidos, la mayoría entre 1980 y 1990, nunca se procesó a los presidentes por excesos cometidos por las fuerzas armadas.

Representantes de organismos internacionales, que siguieron el juicio en Perú, calificaron de "hito" el fallo contra Fujimori en la lucha contra la impunidad en casos de abusos. "Es imposible cometer el crimen perfecto", dijo a Reuters el asesor especial de la secretaría general de Amnistía Internacional, Javier Zuñiga, respecto a la sentencia.

El internacionalista Kahhat enfatizó que si se judicializa una denuncia de violación a los derechos humanos antes de 1990, la percepción de los jueces sería diferente, dado el carácter de "gobierno autoritario" que ejerció Fujimori luego de su autogolpe el 5 de abril de 1992 con el apoyo militar. "En una gestión democrática es más fácil desconocer hechos particulares frente a un gobierno autoritario que tenía dominio de los hechos", afirmó el analista.

Kahhat afirmó en tanto que las manifestaciones a favor de Fujimori anunciadas por su hija, la legisladora Keiko Fujimori, marcan el lanzamiento de una prematura campaña electoral con miras a las elecciones presidenciales del 2011. "Va ser difícil de sostener esa campaña sin levantar la animadversión de los rivales. El fujimorismo no tiene otra agenda sino la liberación de Fujimori", refirió el experto.

Peru: Fujimori é condenado por violar direitos humanos


Agencias

O ex-presidente do Peru Alberto Fujimori, de 70 anos, foi condenado, nesta terça-feira, a 25 anos de prisão por quatro casos de violação dos direitos humanos durante o período em que governou o Peru, entre 1990 e 2000. Ele respondeu pelas mortes de 25 pessoas durante o seu governo,em um julgamento que se estendeu por mais de um ano. É a primeira vez que um presidente latino-americano eleito democraticamente é condenado por esse tipo de abuso em seu próprio país.

Fujimori foi considerado o autor intelectual das matanças de Barrios Altos, em 1991, que deixou 15 mortos, entre eles uma criança de 8 anos. O Grupo Colina, um comando militar que operou no país durante o seu governo, cometeu os assassinatos como parte de uma operação contra supostos extremistas.

O ex-presidente também foi considerado culpado pelos assassinatos ocorridos em La Cantuta, região serrana próxima a Lima. Em 1992, nove estudantes e um professor da Universidade Nacional Enrique Guzmán y Valle foram sequestrados e mortos. Fujimori foi ainda considerado responsável pelo sequestro do jornalista Gustavo Gorriti e do empresário Samuel Dyer, mantidos reféns no porão do Serviço de Inteligência do Exército.

Durante o julgamento, que começou em dez de dezembro de 2007, foram realizadas 160 audiências e ouvidos os depoimentos de 90 testemunhas. O ex-presidente negou todas as acusações feitas contra ele e disse considerar o julgamento um paradoxo. ''Quem livrou o Peru do terrorismo e da instabilidade está no banco dos réus'', disse.

A Suprema Corte considera que Fujimori criou um aparato de poder que promoveu duas estratégias paralelas de luta contra grupos subversivos, uma oficial e outra clandestina - esta última teria se baseado em uma guerra suja, com violações dos direitos humanos. A sentença foi aprovada por unanimidade.

Apesar disso, o parlamentar Renzo Reggiardo, que defende Fujimori, declarou hoje que o ex-governante apelará da decisão judicial. "Parece-me desproporcional. Os crimes que lhe são atribuídos são desproporcionais", opinou Reggiardo em entrevista ao portal do jornal peruano El Comercio, após o anúncio da sentença. O parlamentar disse que "a pena já está dada, é preciso acatá-la e recorrer às instâncias superiores".

O ex-presidente continuará a enfrentar a Justiça. O próximo processo a ser julgado contra ele será por haver entregue US$ 15 milhões a Vladimiro Montesinos, chefe do Serviço de Inteligência durante seu governo. Quando o ex-presidente foi eleito, o Peru vivia uma grave crise econômica e observava o auge da guerrilha Sendero Luminoso. Apesar da condenação, Fujimori ainda tem milhares de seguidores no Peru. Sua filha, Keiko Fujimori, deve ser candidata nas próximas eleições presidenciais e lidera as primeiras pesquisas para o pleito de 2011.

Nesta terça, simpatizantes de Fujimori e um grupo de sindicalistas se enfrentaram do lado de fora do tribunal onde acontecia a leitura da sentença. Os fujimoristas estiveram concentrados a cerca de 200 metros da sala judicial, de onde acompanharam a leitura da sentença por um telão, e reagiram quando viram se aproximar um grupo da Confederação Geral dos Trabalhadores do Peru (CGTP), que pedia a condenação do ex-líder.

Ao atravessarem a rua, os sindicalistas gritaram "assassinos", enquanto os fujimoristas responderam com "terroristas", o que deu início a uma briga que deixou vários feridos. Um simpatizante de Fujimori foi ferido na cabeça por uma pedra jogada pelos críticos o ex-líder. A polícia presente na área separou os dois grupos e ficou entre eles para evitar que se enfrentassem novamente.

Fato histórico

A organização humanitária Anistia Internacional (AI) afirmou, nesta terça-feira, que a condenação de Alberto Fujimori "é um fato histórico" na luta pela justiça. Para Javier Zuñiga, observador da AI no julgamento do ex-governante, a decisão do júri é "crucial na luta contra a impunidade no Peru e demonstra que ninguém está de fora da justiça". "Fez-se justiça no Peru. Este é um dia histórico. Não é todo dia que vemos um ex-chefe de Estado ser condenado por violações dos direitos humanos como tortura e sequestro", destacou o observador. "Esperamos que este seja o primeiro de muitos julgamentos, tanto na América Latina como no mundo", reiterou.

Segundo a instituição, "é vital que as pessoas responsáveis por violações dos direitos humanos sejam levados aos tribunais". Zuñiga ressaltou que os crimes pelos quais Fujimori foi condenado "não estão sujeitos a estatutos de limitações se forem cometidos de forma extensiva, como aconteceu no Peru".

Otro mundo ¿es realmente posible?

Victor M. Toledo
La Jornada

Primero fue la crisis social la que generó conciencias, reacciones, iniciativas diversas, protestas. Después se agregó la crisis ecológica y en íntima relación la energética. Hoy ha hecho su aparición la crisis financiera, convertida ya en debacle económica de escala global, y los defensores de la situación se quedan sin baldes para sacar el agua del buque que se hunde.

¿Son estas crisis fenómenos aislados o por lo contrario no son sino las expresiones de una sola crisis? Aquí de nuevo es la perspectiva histórica la que nos permite responder a la pregunta, pero no la de cualquier historia, sino la de aquella que logra articular la historia de la sociedad con la historia de la naturaleza.

Estamos en un “fin de época”, entrando a la fase terminal de la civilización industrial, tecnocrática y capitalista, en la que las contradicciones sociales y ecológicas se agudizan y la norma es cada vez más los escenarios sorpresivos, inesperados e impredecibles. Dos fenómenos encabezaban esta crisis de civilización: el calentamiento global y el fin de la era del petróleo. Ahora debemos agregar la crisis provocada, y largamente anunciada, por la voracidad insaciable del capital. Todas son la expresión de un intrincado conjunto de procesos cuyo devenir ha tomado varias décadas, es decir que conforman una inercia de largo aliento.

La gran aceleración: el siglo XX

El ser humano ha estado presente en el planeta desde hace 200 mil años, un suspiro en la larga, casi eterna, historia de la Tierra. Durante la mayor parte de ese lapso, el hábitat planetario ha sufrido una creciente presión por parte de la especie humana. Sin embargo nada es comparable con lo ocurrido en los cien años recientes, un periodo que equivale solamente al 0.05 por ciento en la historia de la humanidad. Hoy pueden identificarse un conjunto de fenómenos sin precedente en la historia (Mc Neill, J. 2002. Something new under the Sun: an ecological history of twenty century. Penguin Books). La población humana, por ejemplo, se incrementó más de cuatro veces entre 1900 y 2000, al pasar de 1.6 mil millones a más de 6 mil millones. Ello supone la llegada cada año al planeta de 77 millones de nuevos seres humanos. A esta velocidad el reloj demográfico es, y será cada vez más, una bomba de tiempo que ha dejado en el siglo XX a la quinta parte de todos los miembros, vivos o muertos, que han existido a lo largo de la historia.

Los datos demográficos, sin embargo, palidecen frente a los de la economía mundial. Medida en dólares de 1990, ésta se incrementó 14 veces entre 1900 y 2000, de tal suerte que la economía global de 1950 ha sido superada ya por la economía estadounidense de hoy, y la economía global de 1900 es equivalente a la economía japonesa actual (McNeill, 2000).

El uso de la energía, medido en toneladas métricas de barriles de petróleo, es el tercer gran aceleramiento del siglo pasado: creció 16 veces. La energía utilizada en el siglo XX ha sido mayor que la utilizada a lo largo de toda la historia de la especie, y diez veces mayor a la usada en los mil años previos (McNeill, 2000). En comparación con los datos anteriores, el uso del agua se elevó nueve veces; el incremento del bióxido de carbono (CO2), el principal contaminante atmosférico, fue de 13 veces, y las emisiones industriales de ¡40 veces! De la misma manera, la extracción y el consumo de metales (cobre, zinc, manganeso, cromo, níquel, magnesio, estaño, molibdeno y mercurio) han tenido un crecimiento espectacular en los cien años recientes. La extracción de estos metales conlleva a su vez el uso de sustancias tóxicas, el uso y contaminación del agua y el movimiento masivo de materiales. Otros crecimientos vertiginosos son el de los vehículos automotores y el de las reses o cabezas de ganado, así como el de las poblaciones de la fauna que acompaña al ser humano (moscas, ratas, cucarachas, etcétera) y, en las décadas recientes, el de la información manejada globalmente por medio de los sistemas de cómputo y las telecomunicaciones.

Los autos y las reses se pueden considerar dos de los principales iconos del siglo XX. Por cada dos seres humanos que nacen al año se construye un auto, de tal suerte que para 2010 el parque vehicular alcanzará los mil millones. El auto produce 15 por ciento de los gases que contaminan la atmósfera, su construcción produce entre 15 y 20 toneladas de residuos, y cada año los accidentes automovilísticos matan a un millón de seres humanos y dejan heridos entre 25 y 35 millones (Toledo, V. M., 2006. Ecología, espiritualidad, naturaleza. Jitanjáfora Ediciones). Por otro lado, puestas en una balanza, todas las reses del mundo pesan más que todos los seres humanos juntos, y en varios países como Uruguay, Costa Rica o Australia, existen más vacas que humanos.

Hacia 2001, las reses habían alcanzado los mil 530 millones, cada una de las cuales eructa metano y óxido nitroso, gases que inducen el calentamiento global. La expansión de la ganadería vacuna ha sido la causa principal de la destrucción de millones de hectáreas de selvas tropicales. Con poblaciones cercanas a las de los seres humanos, los autos y las reses, los dos principales engendros de la invención humana del siglo pasado, compiten ya con sus creadores por los alimentos. En países como Brasil o Estados Unidos, cada parcela agrícola puede ser dedicada a alimentar a los autos (agrocombustibles), a las reses (pastizales) o a los humanos (cereales, hortalizas, legumbres, etcétera).

El gran evento más reciente que ha acompañado a todo lo anterior ha sido el de la producción de desechos: la excreción de materiales, sustancias, agua utilizada, radiaciones, genomas alterados y basura. Los volúmenes de generación de desechos han roto toda predicción. Hoy podemos afirmar que el planeta es cada vez más un espacio irremediablemente contaminado de una gama casi infinita de basuras y desechos. Tan sólo en Europa, posiblemente la región con las leyes más estrictas, existen unos 30 mil productos químicos sin control, es decir, de los cuales no se sabe nada acerca de sus efectos sobre la salud humana y el ambiente.

Es muy probable que el notable incremento de las alergias, el asma, el cáncer, las disfunciones hormonales y la infertilidad esté ligado con el uso incontrolado de esas sustancias. Dentro del panorama anterior, no debe dejar de citarse la producción de máquinas y aparatos inservibles. Por ejemplo, hoy existen 2 mil 100 millones de celulares en el mundo, casi uno por cada tres personas, y dado que el tiempo de uso promedio de cada aparato es de 14 meses, la cantidad de celulares que se desechan como “chatarra electrónica” es descomunal: sólo en Estados Unidos hay 500 millones de celulares desechados.

Los impactos de un “experimento sin control”

Si el uso pacífico o bélico de la energía nuclear ya había sacudido las conciencias de los miembros más lúcidos de la especie humana, hacia mediados del siglo pasado comenzaron a surgir las primeras llamadas de atención acerca de los impactos de la modernidad industrial sobre la trama de la vida y los balances ecológicos del planeta.

Durante los recientes cien años, la especie humana ha modificado y/o afectado los ecosistemas del planeta Tierra de forma más extensa y rápida que en ningún otro periodo de la historia humana. Dos fenómenos destacan: el mayor poder de transformación adquirido por los seres humanos a partir del uso de los combustibles fósiles (incluyendo la energía nuclear) y la lógica o racionalidad que ha dominado y que hoy alcanza su máxima expresión, la cual está basada en una voracidad insaciable: la de la acumulación, concentración y centralización de capital. El “experimento incontrolable” que caracteriza al metabolismo industrial se explica entonces por los mecanismos insaciables de un mercado dominado por el capital que echa mano de un gigantesco poder de transformación, cada vez más acrecentado por la innovación científica y tecnológica. Y es esta espiral que crece y crece la que se debe detener, única manera de finalizar una etapa y de comenzar otra.

La huella ecológica y la inercia de la era industrial

La cantidad de alimentos, energía, agua, materiales de construcción y desechos que cada individuo utiliza y expide a lo largo de un año puede ser calculada mediante un índice conocido como la “huella ecológica” creado por M. Wackernagel y J. Rees, en 1996. Este índice es de carácter trans-escalar, pues puede aplicarse a individuos, familias, barrios, comunidades, ciudades, países y a la humanidad entera, así como compararse al paso del tiempo, y se mide en el número de hectáreas necesitadas para satisfacer lo consumido.

Desde 1985 los seres humanos traspasaron, en conjunto, la capacidad del planeta para proveer esos satisfactores. Esta presión humana sobre el equilibrio de la Tierra debe sin embargo ser matizada, pues son los países y sectores opulentos los que mayores impactos producen, de tal suerte que medida por países, la huella ecológica resulta de la combinación del número de habitantes y de su nivel de consumo. Si todos viviéramos como la población promedio en los países ricos, el planeta sólo podría soportar mil 800 millones de personas, y no los seis mil 700 millones que viven en la actualidad.

Contrariamente a lo esperado, la huella ecológica sigue aumentando dado que el consumo tanto de los países ricos como la de los llamados emergentes (China, India, los de Europa del este, Brasil, Sudáfrica) se incrementa día a día. En 2006, el comercio y el consumo globales aumentaron a niveles récord en todo el mundo. Las producciones de acero (mil millones de toneladas), aluminio (31 millones de toneladas) y automóviles (45.6 millones de unidades), por ejemplo, superaron todas las marcas anteriores.

Utilizando el parámetro de la huella ecológica por un lado, y el índice de bienestar humano de la Organización de las Naciones Unidas, un grupo de investigadores confeccionaron un método para cuantificar el nivel de sustentabilidad de los países, definido como aquel que alcanza un mínimo grado de bienestar social y un nivel de consumo que no excede la capacidad de renovación de la biosfera (bio-capacidad) (Moran, et al, 2008, Ecological economics). La aplicación de ese índice a 93 países, entre 1975 y 2003, reveló que no obstante los conocimientos acumulados y las medidas adoptadas durante ese periodo, la sociedad humana se ha vuelto menos, no más sustentable, con excepción de un país, Cuba. Los resultados también ubicaron a Latinoamérica como la región “menos insustentable” del globo.

El análisis anterior cobra especial importancia porque viene a corroborar, a escala global, la existencia de un proceso largamente intuido o sospechado pero no demostrado con cifras o datos: la inercia aparentemente imparable del metabolismo industrial y su carácter esencialmente depredador de los recursos del planeta. Este análisis encuentra su correlato en los más recientes reportes sobre el cambio climático. De acuerdo con los trabajos presentados por varios expertos, varios de ellos miembros del IPCC, durante la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), celebrada en Chicago en febrero del 2009, el cambio climático será más rápido y más intenso de lo previsto en el más reciente informe de los científicos de Naciones Unidas (el IPCC), presentado a principios de 2007, el cual fue demasiado prudente o conservador.

¿Otro mundo es realmente posible?

El metabolismo industrial se ha convertido ya en un irrefrenable movimiento expansivo, en un permanente creador de entropía o desorden, ha generado innumerables nuevas articulaciones entre los fenómenos sociales y naturales, ha impulsado nuevos efectos de carácter multi-escalar (de lo local a lo global y viceversa), y ha terminado por convertir al mundo moderno en un complicado e incomprensible calidoscopio de crisis cada vez más concatenadas y amplificadas.

Con la consolidación del capitalismo industrial, cuyo pináculo estamos viviendo, el hábitat planetario ha entrado en una fase crítica de aceleración y descontrol. Los fenómenos globales inducidos por la civilización industrial, han traído un sinfín de ventajas y nuevas e inimaginables posibilidades, pero también han hecho del hábitat planetario un espacio cada vez más inseguro, incierto y peligroso. La destrucción de la variedad de la vida (biodiversidad), el agua cada vez más cara y escasa, el aire y los mares contaminados, los alimentos insanos, las substancias y las tecnologías peligrosas, así como los cambios climáticos inesperados y catastróficos, se combinan ya con los quiebres de empresas y corporaciones, las recesiones económicas y la devaluación de las monedas.

La crisis múltiple que sufre el mundo contemporáneo obliga a replantear innumerables aspectos del entramado social y de sus relaciones con el mundo natural, y ello vuelve anacrónicas a buena parte de las propuestas teóricas y prácticas de los sectores anti-sistémicos. Toda solución parcial o unidimensional es ya una interpretación reduccionista, limitada e inútil. La crisis de civilización que hoy vive la especie humana es antes que todo una “crisis metabólica”, en tanto que atañe al entramado de innumerables dimensiones. No hay pues solución económica, tecnológica, energética, social, política, institucional, epistemológica o ambiental. Si hay fuerzas que enarbolan el lema de que “otro mundo es posible”, es decir que las crisis son superables, entonces ese mundo visualizado debe construirse sobre la justicia social, el respeto a la naturaleza, la re-configuración de los sistemas financieros, el cambio de fuentes energéticas, la autogestión local y regional, la creación de nuevas tecnologías y sistemas de conocimientos, etcétera.

Hoy se requieren cambios en todas esas dimensiones de la realidad, orquestados por un nuevo paradigma político, que deje atrás los atavismos que aún dominan los movimientos anti-sistémicos y el pensamiento crítico. Este nuevo paradigma político debe basarse en una concepción que contemple tanto la explotación entre los seres humanos como entre aquellos y la naturaleza. Frente a las múltiples crisis, un proyecto alternativo o, si se prefiere, una modernidad alternativa, está obligado a dos cosas: en primer término a organizar la resistencia ciudadana, y en segundo lugar a construir el poder social. Ambos se encuentran indisolublemente ligados.

El poder social se construye poniendo en juego tres elementos: la solidaridad, la organización y el conocimiento científico y tecnológico, en proyectos concretos. Cada uno de ellos es necesario pero no suficiente. Ello implica gestar modos alternativos de vida basados en la autogestión, la autosuficiencia, la diversidad, la democracia participativa y la equidad, por medio de los cuales los individuos, las familias, las comunidades recuperan el control sobre los procesos que les afectan, es decir, disminuyen el riesgo al que los ha condenado a vivir la sociedad dominada por el capital.

La “micropolítica doméstica”. La construcción del poder social comienza en la familia, en la edificación de un hogar autosuficiente, seguro y sano, que comparte con muchos otros hogares una misma “micropolítica doméstica”.

Ello se logra mediante acciones en la alimentación, la salud, la vivienda, el agua, la energía y el ahorro y el crédito, todo lo cual surge, a su vez, de la toma de conciencia, ecológica y social, de los miembros de la familia, de un cambio de actitudes, y en fin de la adopción de una nueva filosofía por y para la vida. En el caso de la alimentación se trata de que el hogar alcance, donde le sea posible, el auto-abasto de alimentos sanos, nutritivos y producidos bajo esquemas ecológicamente adecuados (agricultura orgánica o sustentable) y/o la obtención de aquellos de redes y mercados solidarios, justos y orgánicos. El hogar debe buscar también la autosuficiencia en agua y energía, lo cual implica la adopción de tecnologías adecuadas, limpias, baratas y seguras. La vivienda debe estar construida con materiales locales, no tóxicos y producidos bajo fórmulas ecológicamente correctas. Finalmente, la salud se alcanza mediante la acción conjunta del consumo de alimentos sanos, materiales no tóxicos, agua limpia, adecuados dispositivos sanitarios, y el empleo no de una sino de varias tradiciones médicas (desde la acupuntura, digitopuntura, homeopatía y herbolaria hasta las diferentes medicinas industriales).

Los hogares autosuficientes, sanos y seguros conforman las células últimas del poder social, y sólo alcanzan a realizarse cuando forman parte de redes, asociaciones, cooperativas o comunidades de territorios bien definidos. Estos últimos representan un segundo nivel de organización social y surgen de la agregación solidaria de los primeros. Un tercer nivel puede alcanzarse cuando se logra la articulación a escala de barrios urbanos, ciudades pequeñas, municipios y micro-regiones, y así sucesivamente. Todas estas formas de organización se alcanzan más fácilmente cuando existe la participación de “agentes técnicos”: investigadores, promotores y animadores. Sin la construcción del poder social, el poder político (que corre en paralelo) se ve limitado en sus acciones reivindicadoras, incluso se torna inocuo o disfuncional al ser dominado o controlado por las fuerzas antisociales (como los mercados dominados por el capital).

En suma, la crisis de civilización que hoy vive el mundo contemporáneo y cuya dinámica opera en ritmos mucho más lentos al de los procesos políticos y sociales habituales, sólo será superable bajo esquemas teóricos renovados y mediante acciones políticas de nuevo cuño. Ya no bastan las fórmulas convencionales que aún dominan los movimientos anti-sistémicos, incluyendo las de los sectores considerados como los más avanzados (como el neo-zapatismo). Si “otro mundo es posible” éste será el de una “democracia solar” participativa e incluyente, una tecnología que imite los pulsos de la naturaleza, un conocimiento holístico donde pensar y sentir sean las dos caras de la misma esfera, un sentido de equidad que incluya al resto de los seres vivos y, en fin, una sociedad sustentable dominada por formas de vida orgánicas. Estamos ante una tarea descomunal y urgente. Ese es el tamaño del reto.

segunda-feira, 6 de abril de 2009

Chile caminha para a direita com Piñera

Helena Carnieri
Gazeta do Povo


As primárias presidenciais do Chile, que ocorreram neste domingo nas regiões sulistas de O’Higgins e del Maule, devem ser meramente simbólicas, já que escolhem o candidato da situação, enquanto a oposição lidera as pesquisas de intenção de voto com mais de 50% da preferência. Deve vencer o ex-presidente Eduardo Frei, democrata cristão – visto que o outro candidato, o radical José Antonio Gómez, tem pouquíssima preferência.

O apelo do candidato Sebastián Piñera, milionário do setor financeiro, ameaça tirar do poder a Concertación, bloco de partidos centro-esquerda que governaram o país nos últimos 20 anos.

A direita, que faz oposição à socialista Michelle Bachelet, ganhou um importante aliado de campanha: a crise econômica, que empurra o eleitorado para o conservadorismo. Piñera, com um discurso voltado para a geração de emprego para os chilenos e apoio a empreendedores, vem conquistando a classe média, avessa ao espaço tomado por imigrantes peruanos no mercado de trabalho.

“O Chile entrou com força na sociedade de consumo. Agora, grande parte da população está endividada e o eleitorado mais preocupado em pagar seus cartões de crédito”, diz o professor e Doutorando em Ciências Sociais da Universidade Federal Rural do Rio de Janeiro, o chileno Fernando de la Cuadra.

Além dos argumentos econômicos, a oposição bate na tecla de que a Concertación traiu seu discurso em prol da ética ao sujar as mãos com a corrupção.

A situação é velha conhecida dos brasileiros: denúncias de Caixa 2, salários extras para ministros, irregularidades com licitações... A perda de popularidade resultante se intensificou a partir de maio do ano passado, quando houve uma série de protestos estudantis contra o governo de Bachelet exigindo passe livre e outras alterações na lei da educação.

Ao distribuir a pílula do dia seguinte na rede pública de saúde para meninas acima dos 14 anos, o governo de Bachelet atraiu ainda a fúria da Igreja Católica.

Outra crítica ao governo, frisada na campanha da oposição, é que Bachelet estaria sendo dócil demais no conflito sobre limites marítimos com o Peru – que acionou a Corte Internacional de Justiça de Haia para ampliar seu espaço de mar.

“Além de tudo isso, há o fato de que uma fatia do eleitorado chileno é precário em termos ideológicos – pode apoiar qualquer um que ofereça um bom pacote”, diz o professor de la Cuadra.

O que muda

Depois de 20 anos de governos de centro-esquerda, caso as pesquisas de intenção de voto se confirmem e Piñera leve a Presidência chilena em dezembro, a expectativa é que ele reforce o modelo de mercado autorregulado e reduza o gasto social.

O professor de la Cuadra também vê modificações no horizonte no plano cultural. “Há temas importantes que podem deixar de ser discutidos, como a diversidade, o aborto e a inserção de indígenas”, diz.

Afora essas suposições, ainda é cedo para prever mudanças, já que o candidato tem se dedicado mais a pedir sugestões dos eleitores sobre suas necessidades que a anunciar plataformas.

Mandato curto, mas marcante

Apesar de neste momento o eleitorado tender para o candidato da oposição à Presidência, Verónica Michelle Bachelet Jeria deixará um legado marcante à frente do Chile. Quando assumiu, o correspondente do The New York Times Larry Rohter a definiu como “mulher e agnóstica, música amadora nos anos 60, ex-exilada”. Uma incrível lufada de vida num espaço até então sisudo e razoavelmente machista.

Bachelet é admirada pela postura responsável que manteve em relação a temas sociais, condizente com seu história familiar de resistência: o pai morreu na cadeia após ser torturado, sofrimento pelo qual ela também passou, no governo Pinochet.

Logo ao assumir, em 2006, declarou a gratuidade do sistema público de saúde para maiores de 60 anos e a reforma do sistema previdenciário. Depois, vieram o crédito imobiliário e o seguro-desemprego. “O Chile sai desses quatro anos mais moderno e tolerante, aberto a novas expressões”, salienta o professor chileno Fernando de la Cuadra.

Ela investiu também em mudanças no sistema eleitoral de forma a agregar jovens eleitores – entre os quais apenas 8% estão inscritos para votar. O voto passa a ser voluntário, mas a inscrição será obrigatória. Como a Constituição do país não prevê a reeleição, Bachelet pode dizer que mexeu com o Chile em seu curto, mas marcante governo.

No âmbito regional, ela também deu sua contribuição, assumindo a presidência da União das Nações Sul-Americanas no ano passado para apaziguar os ânimos exaltados de Equador, Colômbia e Venezuela.

domingo, 5 de abril de 2009

¿Qué simboliza Palestina?

Alain Gresh
Le Monde diplomatique

La guerra israelí contra Gaza del invierno de 2008-2009 ha levantado una inmensa emoción y poderosas manifestaciones por todo el mundo. Ha originado encendidos debates en torno a la legitimidad de esa ofensiva, de los crímenes cometidos, del futuro -e incluso de la posibilidad- de la paz entre palestinos e israelíes. También ha resurgido una cuestión: ¿Por qué Palestina? ¿Por qué suscita tanta emoción, tantas invectivas, tantas manifestaciones? Después de todo, el planeta conoce guerras más mortíferas, como en Darfur o en el Congo; opresiones por lo menos igual de devastadoras, como en el Tíbet, Chechenia o Birmania; otras negaciones escandalosas del derecho a la libertad, como la de los intocables en la India, los nubios en Kenia o los indios en diversos países de América Latina.

¿Qué se esconde, pues, detrás de esta focalización sobre Palestina? Para algunos, la respuesta no tiene ninguna duda: la presencia de los judíos, el odio contra ellos es el motor de este interés malsano. La crítica al Estado de Israel y su política serviría de excusa al eterno antisemitismo.

Incluso sin compartir este punto de vista simplista, la cuestión «¿Por qué Palestina?» es legítima. También presenta el interés de que permite reflexionar sobre el lugar central que este conflicto ocupa actualmente en la escena mundial, de la misma forma que Vietnam en los años 1960-70 y Sudáfrica en los años 1970-80 (1).

Ahora Palestina ha tomado el relevo. ¿Por qué? Porque en este principio del siglo XXI cristaliza un momento de la historia de las relaciones internacionales: último «hecho» colonial nacido del reparto de los imperios, Palestina simboliza la persistencia de la relación desigual entre el norte y el sur –como el conflicto de Vietnam o el de Sudáfrica-, pero también la voluntad de cuestionar dicha desigualdad. Es el paradigma de una injusticia jamás reparada. La implicación de Estados Unidos, principal potencia mundial, y de Israel, principal potencia regional, afianzan su importancia mundial.

El segundo plano

El interés estratégico de Palestina (y de Oriente Próximo), que explica la extraordinaria longevidad de las rivalidades de las cuales es objeto, y el carácter «sagrado» de esa tierra, constituyen el terreno en disputa, incluso aunque no sean la causa primigenia de la importancia que ha adquirido en la actualidad.

Situado en el cruce de tres continentes, Oriente es el lugar de paso de una gran parte del comercio mundial. Desde el siglo XIX, su control se convirtió en esencial para Londres que quería proteger, a través del canal de Suez, la ruta de las Indias, joya de su imperio. Además, en el siglo XX, la región se convirtió en la mayor reserva de petróleo del planeta.

El enfrentamiento en torno a Palestina se entabló incluso antes del hundimiento de los imperios otomano y zarista; continuó durante la marcha hacia la Segunda Guerra Mundial, se intensificó con la Guerra Fría, ha resistido al «nuevo orden internacional» surgido del hundimiento de la Unión Soviética y se prolonga todavía sin que nadie pueda percibir una luz al final del túnel. Henri Queuille, ministro de la Tercera República, afirmaba que no hay problema sin solución; palestina ofrece un contraejemplo trágico.

Desde 1967, las guerras, de las cuales algunas casi han degenerado en enfrentamientos entre los dos bloques, han instalado a Oriente Próximo en el primer plano de la actualidad: la guerra de junio de 1967; guerra de desgaste entre Egipto e Israel (1968-1970); guerra de octubre, denominada de Ramadán o de Kippur (1973); guerra civil libanesa en 1975 con la participación de los palestinos y ocupación israelí del sur de Líbano; invasión israelí de Líbano (1982); primera Intifada (1987-1993); segunda Intifada, a partir de septiembre de 2000, con su ola de atentados suicidas; guerra contra Hezbolá (2006); ofensiva israelí contra Gaza (2008-2009) –sin hablar de las diferentes conflagraciones en el Golfo…- Ningún otro conflicto ha ocupado durante tanto tiempo un lugar tan importante en las páginas informativas.

Otra dimensión de los enfrentamientos es el carácter «sagrado» de Palestina. Durante siglos, los nombres de Jerusalén, Belén o Hebrón, han resonado en la memoria de los fieles de las tres grandes religiones monoteístas. Aunque sirvieron de cobertura a otras ambiciones, las Cruzadas han reclutado durante varios siglos a hombres y mujeres de ambas orillas del Mediterráneo. Y los judíos religiosos iban a Palestina para morir y que los enterrasen allí. Cuando, a partir de siglo XII, esas tierras volvieron al control permanente de potencias musulmanas, importantes comunidades cristianas (y también judías) vivían allí, y Palestina permanece como un lugar de peregrinación, tanto para los judíos como para los cristianos. Los viajes, en la época, no estaban sometidos a ningún visado, a ningún papel de identidad, sino a los caprichos del azar, los largos desplazamientos por mar o por tierra eran a menudo arriesgados.

En los siglos XVIII y XIX, las colinas de Jerusalén y los olivares de Palestina atrajeron a novelistas y pintores franceses o británicos. Cada nombre, cada piedra, evoca el nacimiento de las religiones, los Libros Sagrados, la travesía del Sinaí por Moisés, el sermón de Jesús en la montaña, incluso para los viajeros que no exaltaban una fe conquistadora. Durante largos períodos, el Mediterráneo fue un mar de intercambios, tanto humanos como culturales, más que de desgarros. Y el espíritu de las Cruzadas no siempre sopló sobre el «Mare Nostrum»…

Salvo una excepción que sin embargo pasó ampliamente inadvertida: la existencia de pensadores protestantes que, con su interpretación de los pasajes de la Biblia, y especialmente del Apocalipsis, veían en el «retorno» de los judíos a Palestina, tras su conversión, una etapa necesaria para la llegada del Mesías. Ese milenarismo ejerció una influencia sustancial en la política británica, como la tiene actualmente en Estados Unidos.

Por el contrario, mientras disminuía en parte el atractivo de las religiones, emergía una nueva ideología: el nacionalismo. A finales del siglo XIX, se fundó la Organización Sionista Mundial que reclamaba un Estado judío en Palestina; y al mismo tiempo un movimiento de renacimiento árabe (nahda) que ambicionaba el afianzamiento de la independencia árabe frente al Imperio Otomano, pero también frente a las potencias europeas.

La «reconquista» de Jerusalén por las tropas aliadas en 1918 no podía dejar de levantar una ola de consternación en el mundo musulmán. Ratificó el hundimiento del último gran imperio musulmán, el Imperio Otomano -del cual se olvida muy a menudo que fue una de las potencias europeas más avanzadas del continente en los siglos XV y XVI-; la abolición del califato, símbolo de la unidad (en parte ficticia) de la comunidad islámica, la comunidad de los creyentes, pero también el «retraso» en el que se hundió el mundo árabe y, más generalmente, el mundo no desarrollado. Dicha reconquista marcó el apogeo de la dominación europea en el mundo.

Dictada por ambiciones puramente «geopolíticas», la toma de Jerusalén se podría leer como una venganza por la derrota de las Cruzadas. ¿No fue un general francés quien, después de conquistar Damasco en 1920, fue a visitar la tumba de Saladino, el «liberador» de Jerusalén para los musulmanes, y declaró: «Saladino, estamos de vuelta»?

Al Reino Unido, que había obtenido en 1922 el mandato de la Sociedad de las Naciones (SDN) sobre Palestina, se le confió también la puesta en marcha de la «promesa de Balfur» (2 de noviembre de 1917), un compromiso asumido por Londres de propiciar la creación de un «hogar nacional judío». El enfrentamiento se desplegó en los términos actuales, pero Palestina permaneció como un imán para numerosos peregrinos: judíos, musulmanes y cristianos podían ir a cumplir sus deberes religiosos. La dimensión «sagrada» de esta tierra no desaparecería nunca, ni siquiera cuando el enfrentamiento adquirió un carácter nacional –que se interpreta como la lucha del pueblo judío para regresar a su patria (incluyendo los enfrentamientos, de vez en cuando, con el imperio británico desde principios de los años 40) o como una lucha anticolonial de los palestinos contra los británicos y la inmigración sionista. Palestina servirá siempre, con más o menos fuerza según las épocas, para alimentar el imaginario de unos y otros y fortalecer su movilización. Ni Vietnam ni Sudáfrica pusieron nunca en movimiento semejante herencia cultural y religiosa en el inconsciente colectivo de los movimientos y las personas que se movilizaron por sus causas.

El genocidio de los judíos

En la encrucijada de la religión, la política y la historia, la persecución de los judíos y el genocidio perpetrado durante la Segunda guerra Mundial marcaron la historia de Palestina, pero de manera diferenciada según las épocas. Hasta finales de los años 20, el movimiento de emigración judía a Palestina era limitado y el sionismo, minoritario entre los judíos del mundo, era un fracaso. Dos elementos revirtieron el curso de la historia: el cierre de Estados Unidos (y parte de Europa occidental) a la emigración y la marcha de los nazis hacia el poder y el antisemitismo cada vez más militante en Alemania y Europa oriental. El número de judíos que buscaban refugio en Palestina crecía a medida que se les cerraban los demás países.

El período de 1936-1939 representa el gran retorno a Tierra Santa: se aplasta la revolución palestina; el movimiento sionista, reforzado por un gran número de emigrantes europeos, se dota de poderosas milicias y remata la transformación del Yichuv (la comunidad judía en Palestina) en un casi-Estado con sus instituciones, su economía, sus partidos, su ejército, etcétera. De ese momento data el auténtico nacimiento de Israel y la transformación del «problema judío»: el judaísmo fue, en el siglo XIX, la negación del nacionalismo europeo; el sionismo transformó, por la colonización de Palestina, a los judíos del Yichuv en una comunidad nacional en la que se reconocieron e identificaron numerosos europeos. Esta simpatía se manifestaba ya en los años 20 entre los periodistas y los intelectuales, fascinados por el éxito de un proyecto colonial (véase, por ejemplo, Joseph Kessel, Terre d'amour, 1927).

El genocidio perpetrado durante la Segunda Guerra Mundial no jugó un papel principal en la adopción por parte la Asamblea General de las Naciones Unidas del plan de partición de Palestina (29 de noviembre de 1947). Aunque obviamente el genocidio alimentaba la simpatía de las opiniones públicas del norte hacia el joven Estado, todavía no había conquistado el lugar central que ocuparía a partir de finales de los años 60: por una parte, los dirigentes de Israel querían dar una imagen de judíos combativos, en oposición a quienes se dejaron «llevar al matadero»; por otro lado, los judíos estaban considerados como víctimas del nazismo al mismo nivel que los deportados políticos o los gitanos.

1962 y el proceso Eichmann, 1967 y la guerra de junio, los años 70 y el «descubrimiento» del colaboracionismo en Francia y Europa otorgaron una nueva dimensión al genocidio e influyeron de manera importante en la percepción del conflicto entre Israel y Palestina, y también sobre su internacionalización.

Un marco internacional convulso, un nuevo lugar para Palestina

Sobre ese fondo histórico, estratégico y religioso, Palestina se impuso a partir de los años 90, sobre todo tras el estallido de la segunda Intifada (noviembre de 2000), en el escenario mundial. El conflicto adquirió un lugar nuevo, una dimensión que seguramente no tuvo en los años 70 u 80 –cuando en el mejor de los casos se consideraba como una lucha más, y en el peor como una simple extensión de un movimiento nacionalista árabe poco recomendable-. La movilización de algunos grupos de extrema izquierda europeos a favor de los palestinos después de 1967 –limitada por el peso de la cuestión judía y por el «descubrimiento» por Europa de la especificidad del genocidio y la responsabilidad de los Estados europeos en su ejecución (la traducción del libro de Robert Paxton La France de Vichy es de 1973)- se inscribe más bien en la solidaridad mundial antiimperialista y en el gran sueño de la revolución mundial. Para Jean Genet, en Un captif amoureux, Palestina está en el centro «de una revolución grandiosa en forma de castillo de fuegos artificiales, un incendio que salta de banco en banco, de ópera en ópera, de las prisiones a los palacios de justicia».

Ahora la situación ha cambiado. Como antes Vietnam o Sudáfrica, Palestina destapa la realidad de las relaciones internacionales. Éstas están marcadas por la dominación occidental sobre el mundo y su impugnación cada vez más fuerte. Un período de dos siglos marcado por la conquista europea del mundo está tocando a su fin.

La escena internacional se trastocó con la desaparición de la URSS, que puso fin a cualquier idea de inscribir la lucha en torno a Palestina e Israel en el campo de la Guerra Fría –de cualquier forma, incluso si desde 1967 el «campo socialista» ha apoyado a los árabes y Estados Unidos a Israel, el conflicto siempre ha estado circunscrito a la división entre Oriente y Occidente-. El período post 1990 también estuvo marcado por la implantación de Estados Unidos como la única superpotencia. Francis Fukuyama habló incluso del «fin de la historia» y la victoria, sin vuelta atrás, del modelo liberal democrático. Veinte años después, con el hundimiento estadounidense en Iraq (y Afganistán) y la crisis económica y financiera, la dinámica mundial está marcada por el estrangulamiento de la dominación occidental. El antiguo orden internacional está cuestionado tanto por el fortalecimiento en la escena mundial de China, Brasil, la India y numerosos países antes dominados, como a través de las luchas altermundistas de numerosos movimientos contestatarios.

Esta «insurrección» contra el viejo orden no concierne únicamente a los ámbitos de la política o la economía, sino también al de la cultura, al de la historia. Es toda una narrativa histórica del mundo la que está en entredicho, una narrativa en la que Europa y Estados Unidos ocupaban hasta ahora un lugar preponderante mientras los países del Tercer Mundo estaban relegados a una especie de trastienda. Al mismo tiempo se refuerza la idea de un «choque de las civilizaciones», de una «amenaza islámica».

Por otra parte, es el momento en el que las imágenes de Oriente Próximo invaden las pantallas de televisión del mundo. Sabemos más sobre este enfrentamiento, tanto en Europa como en el resto del mundo, que sobre cualquier otro. Incluso quienes no están al tanto de los pormenores han leído y escuchado mil y un análisis y han visto mil y un reportajes. La revolución tecnológica de finales de los años 80, con la digitalización y las cadenas de televisión de información en directo, permite a los telespectadores vivir la actualidad en directo. El monopolio de la CNN durante la primera guerra del Golfo (1990-1991) ha caído por el auge de las cadenas árabes vía satélite, -sobre todo la más famosa, Al-Jazeera-; y con la utilización sobre el terreno de portátiles y cámaras de vídeo, muchas crónicas se ven ahora a escala mundial, por primera vez desde el hundimiento de la Unión Soviética y la desaparición del «campo socialista». Y las versiones de Al Jazeera y otras cadenas del sur tienen tanto impacto, o más, que las de los medios que responden a los criterios occidentales de profesionalidad…

Finalmente la presencia, tanto en Europa como en América Latina, e incluso en Estados Unidos, de grandes inmigraciones árabes y musulmanas, que ven en los palestinos la «metáfora» de su propia situación, y el papel de las comunidades judías –la mayoría adeptas a Israel y su política- por todo el mundo, contribuyen a la globalización de las polémicas.

Palestina mezcla, evidentemente, numerosas dimensiones. Tres de ellas explican su posición central: el redescubrimiento de una historia, ocultada durante mucho tiempo, de dominación colonial; la injusticia permanente y la violación sistemática del derecho internacional; el doble rasero aplicado por los gobiernos y por gran número de intelectuales occidentales en su lectura del conflicto. En la encrucijada de Oriente y Occidente, del sur y el norte, Palestina simboliza a la vez el viejo mundo y la gestación de un mundo nuevo.

Durante mucho tiempo, la historia dominante de Oriente Próximo se resumía en el «milagro» de la creación de un Estado judío en Palestina, el «retorno» de ese pueblo a su tierra, de donde fue expulsado hace dos mil años, «un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo», el desierto convertido en vergel, el socialismo de los kibutz. La guerra de 1948-49 se veía como el combate heroico de David contra Goliat: los soldados menos numerosos y peor equipados, entre ellos los que huyeron del genocidio de los judíos en Europa, resistieron el asalto de los ejércitos árabes aliados. Nadie vio, en el sentido literal del término, la expulsión de cientos de miles de palestinos. Véase Cómo expulsó Israel a los palestinos (1947-1949) de Dominique Vidal.

Han sido necesarios varios decenios para que, gracias especialmente a los nuevos historiadores israelíes, la narrativa de los palestinos de la guerra de 1948-49 –y de su expulsión masiva- se haya oído por fin más allá del mundo árabe. Esta reaparición del pasado reprimido coincidió con un movimiento, perceptible en todos los países antiguamente colonizados, que quería reescribir la historia, dirigida hasta ese momento por los cauces de interpretación occidentales. Lo que también se juega en Palestina es la interpretación de la historia mundial de los siglos XIX y XX, la narrativa de la política colonial y sus consecuencias en todo el mundo.

Segunda dimensión, la permanencia de una injusticia política que en otras partes del planeta se ha reparado, al menos en parte. Después de que la inmensa mayoría de los pueblos accediese a la independencia, los últimos –el África portuguesa, Sudáfrica, Namibia, Timor- en los años 1970-1990, la colonización desapareció de la faz de la tierra. Palestina es el recordatorio de que la colonización ha marcado durante mucho tiempo la historia contemporánea y su finalización política no significa que se haya evaporado ni que las injusticias que originó se hayan borrado. Es una página que no se puede pasar pura y simplemente. Y al contrario que los indios de América o las poblaciones autóctonas de Australia o Nueva Zelanda, los palestinos mantienen una presencia fuerte y masiva en su territorio nacional o alrededor de él y por lo tanto ejercen una presión por su sola presencia, que no está en vías de desaparición sean cuales sean los riesgos de su combate.

Finalmente, el tercer factor, el «doble rasero» que aplican Estados Unidos y Europa (no sólo los gobiernos, sino también numerosos intelectuales). Oímos a menudo el argumento según el cual el análisis del choque entre israelíes y palestinos obedecería a reglas diferentes, que Israel sería juzgado según unas leyes distintas. Eso es verdad en parte, pero no en el sentido que le atribuyen algunos. ¿Dónde hay otra ocupación condenada desde hace más de cuarenta años por las Naciones Unidas que perdure? ¿Existe otra ocupación en la que la potencia conquistadora pueda instalar a medio millón de colonos en los territorios ocupados –lo que en derecho constituye un «crimen de guerra»- sin que la comunidad internacional imponga alguna sanción? ¿Dónde hay otra potencia que lanza una agresión como la de Gaza en diciembre de 2008 y afirma descaradamente que ha recurrido a medios «desproporcionados» y perpetra crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad? Imaginemos un momento que Serbia se declara «Estado de los serbios», ¿qué diría la comunidad internacional ante la exclusión de todas las minorías étnicas de ese Estado? Sin embargo Israel se proclama «Estado judío» y excluye de facto a más del 15% (sin contar a los árabes de Jerusalén) de su población –aunque les concede el derecho de voto-.

Una observación importante en esta fase. Si otros conflictos, incluso más mortíferos, no suscitan semejante interés –como la guerra del Congo y sus millones de muertos o el conflicto de Sri Lanka- es porque éstos no están ubicados en la «encrucijada» de las relaciones entre el norte y el sur que está en el centro de la historia desde principios del siglo XIX.

Es verdad que numerosos Estados árabes (u otros) que defienden de boquilla a los palestinos no dudan en masacrarlos, que sus regímenes son autoritarios o dictatoriales y manipulan la causa palestina para desviar la opinión pública de las necesarias reformas internas. No son los más cualificados para presentarse como defensores de la causa palestina. Pero la justicia de la causa no depende de la «calidad» de sus partidarios: el apartheid se condenó por todos los gobiernos africanos, algunos muy poco recomendables. El apartheid que permanece en Palestina es una injusticia flagrante. Y este sentimiento de injusticia es el que anima los movimientos de solidaridad por todo el mundo.

En realidad, y al amparo del genocidio, Occidente se niega a aplicar en este conflicto las mismas reglas de análisis que aplica en general. En otros casos apelará al derecho internacional, los derechos humanos, el derecho de la prensa y los periodistas a cubrir las guerras, a la necesaria proporcionalidad de las acciones. Las exacciones serbias contra los kosovares, a menudo reales, a veces inventadas, pueden servir para justificar una intervención militar de la OTAN contra Serbia. El comportamiento de Rusia contra los chechenos se condena, con razón, y ninguna acción terrorista perpetrada por los rebeldes en Moscú u otros sitios exonera al ex ejército rojo. Pero el «cuarto (o tercero) ejército del mundo» arremete contra el minúsculo territorio de Gaza en el que viven más de millón y medio de personas, bombardea las escuelas, mata a cientos de civiles, destruye las infraestructuras, y entonces los gobiernos occidentales y ciertos intelectuales encuentran excusas y justificaciones para acciones que apuntan a crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

¿Choque de civilizaciones o cuestión política?

Esta lectura política se opone a otra, que vería a Palestina en el centro de un enfrentamiento entre el mundo judeocristiano y el Islam, o un simple pretexto del sempiterno antisemitismo. La visión de una «guerra de civilizaciones», compartida por los protagonistas de ambas partes, es una especie de tergiversación nada novedosa: en su momento la Guerra Fría, la guerra de Vietnam e incluso la lucha en Sudáfrica se contemplaron, por algunos, como un avatar del choque entre el Este y Occidente. Nelson Mandela, actualmente por las nubes, estuvo catalogado como terrorista e incluso Amnistía Internacional se negó darle la calificación de «preso de conciencia» porque preconizaba la lucha armada. Entonces se agitaba el comunismo como un freno a la solidaridad, pero de forma menos potente que el del islamismo político.

Ahora se agitan dos espantajos, el miedo de un «retorno» del Islam y el resurgimiento del antisemitismo.

El lugar que ocupa Hamás (y también Hezbolá) en la resistencia, paraliza claramente las buenas voluntades occidentales. Puede parecer, a toro pasado, que era más fácil ser solidario con Vietnam –a pesar del papel central de los comunistas- que con los palestinos, de los cuales un número importante se identifica con un movimiento islamista. Se puede replicar que, en la historia, la religión ha inspirado numerosos movimientos anticoloniales. En nombre del Islam, el Mahdi, sin ninguna duda un «reaccionario», dirigió la revolución en Sudán contra la presencia británica a finales del siglo XIX. Como el Reino Unido es un país democrático que se autoproclama ilustrado, ¿habría que acusar a esa revolución de «reaccionaria»? Sin volver sobre la complejidad y diversidad de las formaciones islamistas, ¿creen realmente que si esos movimientos ganasen impondrían regímenes más represivos que los de las «laicas» Argelia, Iraq o Siria, o incluso Egipto? El derecho a la resistencia contra la opresión extranjera es un derecho universal reconocido a todos los pueblos. Occidente no tiene ningún derecho a aceptarlo en unos casos y rechazarlo en otros. ¿Y si la «religión» en la actualidad no fuese más que un traje prestado para el movimiento de resistencia a la injusticia?

Eso no impide que haya que permanecer atentos al futuro, no taparse los ojos y apoyar a todos los que pretenden construir una sociedad palestina más democrática, más justa. La sola voluntad de poner fin a la injusticia no es garantía, la historia lo ha demostrado, de que se construya una sociedad democrática.

El peso del Holocausto en Occidente es enorme. Algunos, especialmente en el área musulmana, estiman que ese genocidio pura y simplemente se instrumentaliza, se manipula, incluso que no existió o no tiene la dimensión que le concede la historiografía. En cambio, para muchas fuerzas del norte es un acontecimiento que marca la historia europea y cualquier intento de minimizarlo es condenable. ¿Se pueden superar estas divergencias?

El historiador israelí Tom Segev resume las dos lecciones contradictorias que la sociedad israelí puede aprender del genocidio de los judíos: 1) Nadie tiene derecho a «recordar a los israelíes los imperativos morales como el respeto a los derechos humanos» porque los judíos han sufrido mucho y los gobiernos extranjeros fueron incapaces de acudir en su ayuda; 2) Por el contrario, se puede pensar que el genocidio «conmina a todos a preservar la democracia, combatir el racismo y defender los derechos humanos». Y por lo tanto, en la actualidad, defender a los palestinos... Sin embargo, la sensibilidad en el norte y en el sur nunca será la misma, ya se trate de las formas de lucha, el terrorismo, la legitimidad de Israel, el contenido de una solución política, etcétera.

En este combate es importante la lucha contra el antisemitismo, que se vuelve más difícil por la identificación a la que se asiste, por ambos lados, entre Israel y los judíos. Cuando Richard Prasquier, presidente del Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia (CRIF) declaró, a propósito de la ofensiva israelí contra Gaza: «Puedo afirmar que el 95% de la comunidad judía de Francia está de acuerdo con la política de Israel y con lo que está haciendo su ejército», el periodista Jean-François Kahn tuvo razón al decir que esa frase debería costarle a su autor un proceso ante los tribunales por antisemitismo. Cuando los predicadores musulmanes denuncian a los judíos y su influencia en el mundo, refiriéndose a los «Protocolos de los sabios de Sión», demuestran un enfoque similar. Luchar contra esas amalgamas, contra todas las formas de racismo hacia los judíos o hacia los árabes, contra cualquier idea de «choque de civilizaciones», es uno de los objetivos de los próximos años.

Algunos afirman que la única solución sigue siendo la creación de un Estado palestino junto al Estado de Israel. Otros aseguran que la colonización masiva de Cisjordania y Jerusalén ha vuelto inviable este resultado y preconizan un Estado binacional donde las dos nacionalidades, árabe-palestina y judía-israelí, disfrutarían de los mismos derechos. Otros más, evocan el modelo sudafricano, un Estado de todos sus ciudadanos: un hombre, una mujer, un voto. En cualquier caso, es difícil imaginar una solución sin la adhesión de una mayoría de la población presente en la actualidad en el territorio de la Palestina histórica. Hay que recordar que el final del apartheid sólo se consiguió porque el Congreso Nacional Africano (CNA) fue capaz de formular un proyecto para todos los ciudadanos de Sudáfrica y unirlos a todos, negros, mestizos y blancos, a la lucha.

NOTA

(1) De Vietnam a Sudáfrica

Durante el período que siguió a la segunda Guerra Mundial, Vietnam y Sudáfrica conquistaron un lugar especial en las relaciones internacionales y rebasaron las fronteras para simbolizar la lucha de una generación. A partir de los años sesenta, la guerra de Vietnam estuvo en la intersección de dos movimientos: las insurrecciones nacionales que vencerían a los imperios establecidos, especialmente por el Reino Unido y Francia, y la aspiración al socialismo y a las transformaciones sociales profundas. La guerra de Vietnam simbolizó la «lucha heroica» de una pequeña nación contra la primera potencia mundial, Estados Unidos, que pretendía imponer su hegemonía a escala internacional. El pequeño pueblo vietnamita simbolizaba la sublevación de los condenados de la tierra y la opción armada de la resistencia se consideró en las opiniones públicas, incluidas las del norte, como legítima, no como terrorismo.

La solidaridad contra el régimen del apartheid de Sudáfrica se intensificó en los años ochenta. Dos elementos de este régimen eran especialmente odiosos: el racismo institucional y el carácter colonial. La dimensión del enfrentamiento entre el Este y el Oeste seguía presente, pero la URSS no escatimó su ayuda al Congreso Nacional Africano (CNA) mientras que numerosos países occidentales, incluidos Estados Unidos, Francia, Reino Unido e Israel, colaboraron, a pesar de condenarlo teóricamente, con el régimen del apartheid. El combate del CNA y Nelson Mandela, denunciado como «terrorista» por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, personificaba la aspiración a la igualdad humana y a una sociedad justa del «arco iris».

A partir de 1975, con la victoria del pueblo vietnamita, comenzó un reflujo de los movimientos políticos de solidaridad. Asistimos a su despolitización: los Médicos sin Fronteras sustituyeron a las Brigadas Internacionales, las víctimas reemplazaron a los resistentes –el humanitarismo sustituyó a la política y se denunció la lucha armada como terrorismo-. Esta evolución se basaba, naturalmente, en las desilusiones generadas por la lucha anticolonial y las independencias: cualquier lucha no desemboca en la justicia; la utilización de la lucha armada no es en sí misma liberadora, incluso puede acabar en formas de organización autoritarias y antidemocráticas; los combatientes de la libertad podían transformarse en dictadores tiránicos. A pesar de todo, Sudáfrica puso de manifiesto que la voluntad de cambio revolucionario no era forzosamente un sinónimo de «Gulag».

sábado, 4 de abril de 2009

Epitafios tras la muerte de Raúl Alfonsín

Luis Buchstein
Página 12

En una sociedad donde el concepto de democracia estaba degradado a una expresión hipócrita y miserable tras décadas de golpes y períodos de vigilancia y nuevo castigo, la elección de Alfonsín en 1983 fue una sorpresa. Con todas sus debilidades y limitaciones, Alfonsín tenía una idea democrática que se sobreponía a esos antecedentes, a la de la mayoría de su partido y de la oposición justicialista y también a la del promedio de la sociedad. Pero hay cierta hipocresía morbosa en las expresiones que se han hecho tras su muerte. Porque ahora todos lo califican como “padre de la democracia” y olvidan que tuvo que irse seis meses antes del gobierno porque ni siquiera obtenía el respaldo de la mayoría de los que hoy se rasgan las vestiduras. En esa construcción interesada queda justamente el Alfonsín cuya marca sobre los años que vendrían no fue tan positiva, cuando tuvo que desandar muchos de los logros y objetivos que se había propuesto al comienzo de su gestión.

Tras años de hegemonías supuestamente indiscutidas, como en la dictadura o después, con el neoliberalismo, la misma sociedad –o gran parte de ella, sobre todo en las capas medias– que fue soporte de ese predominio se vuelca al discurso opuesto y se abren etapas de fuertes pujas entre esas cosmovisiones antagónicas. De alguna manera, en ese aspecto están hermanados, pese a sus diferencias, Alfonsín y Néstor Kirchner.

Alfonsín fue elegido en 1983 por una sociedad que había sido muy permeada por el discurso autoritario de la dictadura en todos los planos. En contraposición, la campaña alfonsinista había sido la de contenidos más democráticos. Era una sociedad que estaba harta de los golpes militares, pero que mantenía resabios recónditos de los años de plomo. En ese sentido, el Alfonsín del ’83 tenía claras las consecuencias que implicaba la democracia. Por eso, en sus primeros años enfrentó a los militares por el juicio a los comandantes, confrontó con Reagan por su política intervencionista, polemizó con la Iglesia por los derechos humanos, la educación y el divorcio, visitó Cuba y resistió los primeros embates de los privatizadores y el FMI. Todos esos sectores afectados por sus políticas lo siguieron detestando cuando ya no estaba en el gobierno e incluso algunos conspiraron para su caída. Y varios de esos hoy lo exaltan. Este era el Alfonsín que se ganó muchos enemigos pero que logró avanzar en la democratización de la sociedad.

En la segunda etapa de su gobierno fue perdiendo en todas esas pujas. La Iglesia se impuso en el Congreso Pedagógico. Debió ceder a las presiones del FMI por la deuda externa y así empezó con la “economía de guerra”. Y entregó el punto final y la obediencia debida a los militares. A lo largo de ese proceso fue perdiendo el respaldo masivo que lo había llevado a la presidencia. Y cuanto más se debilitaba y cedía, más lo empujaban al precipicio. Hasta que llegó la hiperinflación y el golpe de mercado y tuvo que adelantar varios meses su salida.

Decir que perdió ese respaldo porque había comenzado a ceder sería falso. En algunos casos fue así. En contrapartida, parte de su respaldo se fue desgastando en esa confrontación y muchos de los que lo votaron para que abriera esos caminos se asustaron por sus consecuencias, en cuanto a tensión y conflicto, y se fueron alejando. Pero a la inmensa mayoría de su base electoral del ’83 la perdió por la situación económica en una crisis que fue aprovechada y estimulada por quienes lo habían enfrentado en los conflictos anteriores.

La imagen de Alfonsín que ha primado en la exaltación de su figura tras la muerte está mayoritariamente construida por quienes lo enfrentaron por derecha, tanto en su partido como en la sociedad en su conjunto.

El titular de la Sociedad Rural subrayó la capacidad de diálogo del ex presidente y se olvida de que cuando Alfonsín asistió a la Rural fue humillado con una sostenida y fuerte silbatina, para la cual los productores rurales se habían preparado con pitos y matracas. Editorialistas de La Nación que en su momento lo condenaban duramente por su política de derechos humanos y el enfrentamiento con las Fuerzas Armadas ahora dicen que lo extrañan. Y en ese entonces lo mostraban como un inútil.

Los empresarios, aquellos famosos “capitanes de la industria” que habían sido favorecidos por sus políticas, hablaban pestes del ex presidente y durante bastantes años ninguno quería “quemarse” saliendo en una foto junto a él. Y por supuesto la Iglesia, que en ese momento insistía con “la reconciliación de los argentinos”, contraponiendo esa reconciliación a los juicios por violaciones a los derechos humanos. Habría que recordar la ríspida disputa de Alfonsín con el obispo castrense de ese entonces, José Miguel Molina.

Este diario informó sin complejos sobre las medidas de avance y consolidación de la democracia cuando los demás lo defenestraban, pero también informó sin complejos sobre el Alfonsín del punto final y la obediencia debida o el de los dos demonios, así como sobre muchas de sus decisiones económicas y políticas, como el Pacto de Olivos. Pero no fueron las miradas críticas publicadas en Página/12 las que provocaron su salida anticipada de la Casa Rosada. Y esas miradas críticas no impiden el reconocimiento del peso histórico de su figura como el primer presidente de la democracia en una situación extremadamente difícil.

Ese fue el Alfonsín real, con el que se puede coincidir o no y la mayoría de las veces ambas cosas. La imagen pasteurizada, santificada o marketinizada que se ha promovido tras su muerte da la idea de una persona que, si hubiera asumido como presidente en el ’83, no hubiera podido marcar la diferencia con el resto del sistema político. Y quizás allí esté la explicación de la forma en que se construyó esa figura de ocasión con un discurso que no lo diferencia del corriente.

Resulta chocante cuando solamente se lo reivindica por su “capacidad de diálogo” y su esfuerzo por la “unión de los argentinos”, porque esas dos ideas fueron usadas para combatirlo cuando lanzó el Juicio a las Juntas o cuando polemizó con la Iglesia. Hay una intención manifiesta en oponer estos argumentos cuando la política avanza sobre intereses concretos o privilegios establecidos. El afectado acusa entonces de “dividir al país” o de no abrirse a un diálogo que preserve sus intereses y privilegios. Los que interpretan el diálogo de esa manera se refieren al punto final y la obediencia debida como ejemplo, cuando en realidad fueron una gran injusticia y un retroceso en el camino abierto con los juicios. El mismo Alfonsín reconocería después que esas leyes habían sido fruto de una circunstancia histórica especial. Estaba reconociendo que debió hacer esas concesiones para terminar con los levantamientos carapintada y el malestar en las Fuerzas Armadas, lo que tampoco consiguió porque las rebeliones y conspiraciones continuaron.

Tampoco es casual que se tomen esas dos ideas cuando las críticas de la Mesa de Enlace y de la oposición, contra el Gobierno, transcurren sobre esos dos argumentos. Se hace jugar esa imagen interesada en el juego político entre oposición y oficialismo. Y el radicalismo pierde la oportunidad de reivindicar a un político diferente entre sus filas. Un político que en el mejor momento de su vida apostó por lo que él pensaba que era una transformación de la sociedad con un sentido progresista, aunque tuviera que pisar algunos callos. No se lo reivindicó así. Ese Alfonsín polémico, confrontativo y cabezadura no apareció en la imagen que se reivindicó tras su muerte. Alfonsín no hablaba como De la Rúa o Angeloz, pero lo hicieron hablar así. El que diga que era fácil discutir con Alfonsín es porque no lo conoció.

La multitud que asistió a su velorio y luego a su entierro expresó un agradecimiento muy sentido por el profundo alivio que sintió la sociedad cuando salió de la dictadura. No fue artificial o prefabricado sino extendido también a muchos que no pensaban como él. Pero la pobreza de esa figurita de Billiken con que se lo reivindicó a nivel mediático y discursivo achicó ese sentimiento tan ligado a las expectativas épicas del ’83 y lo ató a uno más pequeñito relacionado con las próximas elecciones legislativas.

Se podrá estar de acuerdo con él o no, criticarlo, pensar que estaba equivocado, cuestionar muchas de sus decisiones políticas, económicas y sociales, sus alianzas o algunos de sus manejos, y hasta condenar las concesiones que hizo, pero nadie puede decir que Alfonsín fue la continuidad de la dictadura en la política, lo que hubiera sucedido si en su lugar hubieran estado muchos de los otros políticos de ese momento, de su partido o de la oposición, que hubieran “dialogado” con los militares para preservar “la unidad nacional”. Esa fue la diferencia, puntual, concreta. En lo demás podía ser más o menos parecido a los otros políticos, porque era un político. Esa fue la diferencia que borraron en los discursos.