quarta-feira, 7 de outubro de 2026

El octubre chileno de Donald Trump

Ariel Dorfman
Página 12

Un presidente maligno y monomaníaco, insondablemente impopular, afronta comicios que podrían restringir su poder y dominio futuro del país. Cuenta, es cierto, con muchos recursos: una Corte Suprema sumisa y una avalancha de noticias falsas acusando a sus oponentes de ser comunistas antipatriotas, así como el mando absoluto de las Fuerzas Armadas y un colosal apoyo financiero de una oligarquía que ha prosperado gracias a sus políticas neoliberales. Nada de esto, ni siquiera el intento de intimidar a los votantes, parece suficiente para disuadir a un electorado harto de su autocracia. Pese a que las encuestas indican una derrota venidera, este déspota delirante, enceguecido por cortesanos aduladores, no cree posible que el inminente referéndum vaya en contra de su voluntad divinamente inspirada.

¿Donald Trump en 2026?

Y también el general Augusto Pinochet que, en octubre de 1988, insistía en que ganaría un plebiscito que iba a decidir si permanecería como jefe de Estado otros ocho años (y probablemente muchos más) o si Chile debía comenzar una transición hacia la democracia. El 5 de octubre de ese año, el dictador que había mal gobernado Chile desde que derrocó al presidente democráticamente electo Salvador Allende en un golpe de Estado en 1973, perdió rotundamente, con el 55,9 % de sus compatriotas diciéndole que dejara el poder. No fue fácil convencerlo de que se fuera.

Estuve presente esa noche, cuando el gobierno suspendió el escrutinio y estableció un bloqueo informativo a las 10 de la noche, y presente asimismo cuando, alrededor de la una de la madrugada del 6 de octubre, el general de la Fuerza Aérea Fernando Matthei, miembro de la Junta, reconoció públicamente que el voto “No” había ganado claramente, frustrando un autogolpe que el general Pinochet contemplaba en ese mismo momento.

Estos acontecimientos remotos resuenan significativamente en Estados Unidos ahora que se acercan las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre donde se sabrá si la mayoría de los estadounidenses puede entregar a los Demócratas el control del Senado y la Cámara de Representantes, un paso fundamental para coartar los arrebatos y la corrupción de un aspirante a monarca que hoy es tan desquiciado y tan despreciativo con la ley como lo fue Pinochet.

Ese octubre chileno debería servir, en esta coyuntura existencial del país del norte, para animar a los votantes. No importa cuánta supremacía, cuántos arbitrios y tácticas despliegue un líder trastornado, no importa el miedo, los caudales y las mentiras a su disposición, éste puede ser derrotado. Basta valentía, inteligencia y resolución. Chile, en efecto, llevó a cabo posteriormente una transición a la democracia, eligiendo a un presidente de centroizquierda en 1990 y, desde entonces, una serie ininterrumpida de mandatarios de diferentes corrientes ideológicas y políticas.

Pero ese hito de octubre de 1988 también implica advertencias para quienes desean circunscribir las tendencias autoritarias de Donald Trump. Así como Pinochet pretendió negar los sufragios que lo recusaban, el actual ocupante de la Casa Blanca podría intentar hacer algo similar. Solo un incremento de la vigilancia civil e institucional, solo la epopeya cotidiana de la gente común y corriente—y Fuerzas Armadas patrióticas— pueden garantizar, como en Chile, que tal posible ataque a la democracia fracase.

Pero hay más. Librar a Chile de su hombre fuerte no deshizo el enorme daño que ocasionó. Siguió mutilándolo gravemente durante el año y medio que le quedaba y durante ocho años adicionales como comandante en jefe del Ejército. Pero su legado más insidioso fue cómo cambió permanentemente la sociedad chilena. No únicamente el desmantelamiento del estado del bienestar creado por décadas de combate pacífico, reemplazado por un capitalismo salvaje que no se preocupaba del dolor que infligía. Peor fue la expansión del miedo y de la desconfianza que afectó la psique del país, enfermando su alma.

De hecho, a pesar de los grandes avances en revertir el pérfido legado de Pinochet, su sombra sigue oscureciendo la luz de Chile. Sin que importara el lamentable prontuario de desapariciones, torturas, exilio y persecuciones del dictador, José Antonio Kast, un admirador de Pinochet, listo a indultar a los agentes del régimen encarcelados por graves violaciones de derechos humanos, es ahora presidente. Su victoria en diciembre de 2025 puede explicarse en parte por una población económicamente angustiada que se dejó deslumbrar por su plataforma ferozmente antiinmigrante y su promesa de acabar con una oleada de violencia criminal.

Preocupa, de todas maneras, que 56 % de los votantes estuviera dispuesto a tolerar que los gobierne un ultraderechista negacionista. Sintomatiza la erosión, quizá el funeral, del sueño de lo que alguna vez fue Chile, una tierra de solidaridad y sed de justicia y dignidad que me fascinó cuando llegué allí a los doce años en 1954. Tan fuerte fue ese encantamiento que nunca dudé, durante la eterna noche de la dictadura, que ese país magnifico resurgiría y, cabalmente, el 5 de octubre de 1988, gracias a la lucha y sufrimiento de tantos compatriotas, pude comprobar que esa patria valiente y esperanzada seguía viva. En ese momento luminoso no me cabía duda de que el futuro sería diametralmente diferente, que la dictadura llegaría a ser, en la medida de que pasaran los años, un mal recuerdo. Fui ingenuo.

Y esa inconsciencia pretérita me obliga a preguntarme, en este octubre prometedor y ominoso del 2026, si los ciudadanos de este otro país, Estados Unidos, que ahora, gracias al exilio, también es mío, se dan verdaderamente cuenta de cuantos quebrantos y menoscabos y pérdidas han engendrado el calendario interminable de Trump.

Pregunto esto porque en octubre de 1988, los militantes democráticos de Chile, llevados por la ilusión de que el amanecer de una nueva era estaba a la vuelta, no abordaron entonces del todo la difícil cuestión de cómo pudo surgir tal monstruo entre nosotros. Dado el triunfal regreso ahora de un fanático de Pinochet para liderar su país, me parece claro que aquella fue una tarea pública y privada, tanto intelectual como emocional, que los chilenos, como un colectivo, no emprendieron suficientemente: ¿Qué errores cometimos originalmente para facilitar la existencia de un régimen tan despreciable y duradero? Y, más crucial, ¿Qué errores no debemos repetir en los años que vienen?

Aunque el electorado estadounidense en este momento está sensatamente centrado en lograr una victoria, tal urgencia no debería posponer la necesidad de un ajuste de cuentas, eternamente postergado, sobre las oscuras imperfecciones de la historia y del carácter nacional de la patria de Lincoln que generaron las condiciones para que la república se hallara en tan grave trance. Son condiciones que anteceden a Trump y a quienes facilitaron su reinado cruel y mendaz, los peores rasgos del pasado de los Estados Unidos que él exaltó y exacerbó: la arrogancia imperial, el nativismo y la misoginia, la degradación ecológica, el ataque a los derechos de las minorías y de los trabajadores, el mito del excepcionalismo. Y que probablemente van a persistir mucho más allá del día (si llega) en que Trump abandone la Casa Blanca.

Esa es la sombría lección que Chile susurra ayer y hoy desde lejos. Solo un profundo y doloroso autoexamen de la fracturada identidad de los hombres y mujeres de los Estados Unidos, algo que exigen los espléndidos guardianes de este experimento que comenzó hace 250 años, puede ayudar a impedir la ominosa posibilidad de que en un porvenir próximo el país donde ahora vivo enfrente una repetición de esta aterradora crisis que pone en peligro el mundo entero. Para entonces, puede que ya sea demasiado tarde.

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