sábado, 11 de junho de 2011

Esa sana costumbre de decir que No



Juan Ignacio Provéndola
Página 12

Cambiar su rumbo de una buena vez o ser otra anécdota bonita del ideario utópico juvenil, es el menudo debate al que el mundo ha decidido someterse desde que unos muchachos de Argelia y Túnez decidieron inmolarse a lo bonzo a fines de 2010, no por mandato de la Jihad más ortodoxa y recalcitrante sino, simplemente, para decir basta. Basta a lo dado y a lo establecido, en principio, aunque todo lo naïf de la expresión se vuelva desgarradoramente humano en una zona tan inhumanamente desigual como lo es la que barren los casi 8 mil kilómetros entre el Sahara y Omán, conocido occidentalmente como el mundo árabe.

El NO como bandera universal que, antes de fagocitarse en los poderes ocultos que aún hoy siguen metiendo la cuchara en el Magreb y en Medio Oriente, exportó el germen al otro margen de Mediterráneo para edulcorarse (y, tal vez por eso, popularizarse) bajo el nombre de “indignados”, una demarcación tan efectiva y obvia que encontró su anclaje en España y Grecia, los dos países europeos más azotados por la crisis inmobiliaria y financiera de 2008.

¿Y qué se supone que tienen de distintas estas revueltas con otros relatos de similar calibre como, por ejemplo, la Revolución Cubana, el Mayo Francés o la Primavera de Praga? Por empezar, su epicentro sísmico, que es en el último bastión dictatorial del mundo moderno (no existe región en el mundo con mayor promedio de regímenes totalitarios que en la árabe). Tampoco hay armas de fuste, ni cornamentas exhibidas con orgullo en las casas de los agitadores. Pero lo que marca la ruptura respecto de toda revuelta anterior no son estos datos sino que, esta vez, no hay Che Guevara, ni Daniel Cohn-Bendit, ni Jan Palach que asuman para sí el mérito individual de un proceso colectivo.

El protagonista real de estas protestas que vienen convulsionando el ombligo del mundo parece ser la indignación como factor nucleante de una masa de jóvenes efervescente, pero anónima, con la participación estelar de las redes sociales como verdaderas divas de una cartelera que hasta el momento la tenía arrumbada en el olvido. ¿Se imaginan lo que hubiese sucedido de haber existido Twitter o YouTube en tiempos de las revueltas en la Plaza Tiananmen de Beijing? ¿Cuánto hubiese tardado la multitud en volcarse a las calles luego de ver la imagen del chinito enfrentándose a una fila de cuatro tanques con tan sólo dos bolsas de fruta en la mano? Como reguero de pólvora, por blogs y grupos de Facebook comenzó a discurrir toda la información que los medios y los gobiernos hubiesen deseado ocultar para que, en la estima de la opinión pública, no se atraviese la débil barrera entre los que pueden ser un par de quilomberos aislados y una masa furibunda que está convencida de sí misma.

Cinco litros de gasolina y un fósforo

Fueron tierras de imperios monumentales, guerras salvajes y cruzadas impiadosas. Allí nacieron el comercio y el sistema bancario; también las matemáticas y las religiones monoteístas más populares del mundo. Para Occidente, y gracias a la mala prensa de sus centros hegemónicos, es el nido donde se crían terroristas en nombre de una guerra santa donde la muerte castiga a los gringos y bendice a los niños que se inmolan por la causa. A la altura de una historia que nunca pasa desapercibida, el mundo árabe nos ofrece ahora la última gran revolución que sacude de su modorra a una sociedad adormilada por otra de sus tantas crisis mundiales. Crisis, por cierto, impulsadas por los centros de poder y amortiguadas en sus periferias, y que esta vez fue en sus márgenes donde se le animaron a la afrenta y al descaro.

Se tratan de movimientos juveniles pacifistas en países donde el mayor porcentaje de la población no supera los 35 años, fastidiados por décadas de gobiernos opresivos y autoritarios y dinastías de hierro que vivan el Corán como si fueran imanes de mezquitas pero que, por lo bajo, le hacen el juego a la OTAN en su guerra contra el terrorismo islámico, a cambio del invalorable apoyo para permanecer en el poder de regiones riquísimas en recursos, como el petróleo y el gas natural. Las enormes desigualdades entre una elite rica y la masa pobre se acentuaron a partir de la crisis de 2008, cuando el aumento de la canasta básica sepultó a 44 millones de africanos y asiáticos por debajo de la línea de la pobreza.

Desde su emancipación de Francia, en 1962, Argelia se la pasó entre revueltas, guerras civiles y elecciones fraudulentas, hasta que a fines de diciembre pasado unos 3 mil estudiantes salieron a la calle para protestar por la reforma universitaria que el presidente Abdelaziz Bouteflika pretendía imponer. Toda una audacia en un país donde el estado de emergencia declarado hace 20 años impide cualquier tipo de manifestación pública, carta que fue utilizada tenazmente por el gobierno para volcar hacia los díscolos todo su aparato represivo y que algunos enfrentaron prendiéndose fuego públicamente.

“Argelia tuvo varios revueltas a lo largo de su historia, pero creo que ahora nosotros necesitamos una que sea radical, pero sincera”, dice Younes Saber Cherif (22 años), estudiante de Ciencia Política y Relaciones Internacionales que, al igual que otros congéneres, asumió el momento histórico que le tocaba vivir difundiendo lo que su gobierno censuraba a través de su blog. “La muestra de que nuestra generación aprendió de los errores del pasado está en el pacifismo de nuestras protestas. No buscamos ríos de sangre y venganza sino un cambio pacífico y maduro. A pesar de la enorme riqueza natural de nuestro país, los altos niveles de corrupción impiden todo tipo de desarrollo.”

Los argelinos lograron el compromiso de parte del presidente de analizar una reforma constitucional, poca cosa frente a su batería de reclamos, pero todo un avance con relación al antecedente iraní (la llamada Revolución Verde) que, con similares objetivos, lo único que se llevó a casa fue el cadáver de 70 protestantes y el claro mensaje de que el mundo árabe aún no estaba preparado para discutir su democracia.

En simultáneo con las protestas en Argel, otro foco de conflicto se despertaba en Túnez, el país más pequeño de todo el norte africano. La historia no ubica como hito iniciático de la Revolución de los Jazmines una megamovilización por los valores universales en la gran metrópolis sino el episodio del vendedor callejero Mohamed Bouazizi en el pueblito de Sidi Bouzid, a quien la policía –paliza mediante– le había confiscado un carrito con frutas y verduras, que luego el Ayuntamiento no le quiso devolver. Ahogado por la angustia de tener que mantener a su madre y a sus siete hermanos en un rancho de adobe, Mohamed gastó sus últimos dinares en 5 litros de gasolina y una cajita de fósforos, lo último que hizo antes de convertirse en el mártir de una nación que se sintió tocada ante tamaña injusticia. Fue inédita la provocación para desafiar el toque de queda y pedir en las calles de todo el país la dimisión del tirano Ben Ali, quien antes de renunciar dejó chorreras de sangre en su retirada, una desocupación del 50 por ciento y la totalidad de las fuerzas productivas tunecinas en manos de empresas cuyos países alentaron un gobierno de 33 años basado en garrote y autoritarismo.

Linna ben Mhenni tiene 28 años y es profesora de inglés en la Universidad de Túnez. Cuando trascendió la inmolación de Bouazizi que desató las múltiples protestas, se largó con su cámara por el interior del país y dejó fiel registro de los sofocones (también de la represión) en su blog atunisiangirl.blogspot.com, tarea que no aflojó siquiera cuando sus padres, cansados del asedio policial que vivían en su casa, le privaron de la medicación que ella debe tomar para controlar sus graves problemas renales. Linna ejemplifica en carne propia el papel fundamental que ejercieron las redes sociales en la difusión de las movilizaciones y de la mano dura del gobierno, aunque ella prefiere restarse méritos: “Creo que el rol que les atribuyen a las redes es exagerado. Aceleraron el proceso, permitiendo estar en contacto y difundir cosas que los medios ocultaban, porque el régimen reforzó la censura bloqueando Internet, pero los tunecinos somos expertos en sortearla. De todos modos sostengo que el factor fundamental de estas revueltas fue la gente, que tuvo la valentía de tomar las calles en más de 30 ciudades”.

Kacem Jlidi, periodista de 23 años, discrepa con su colega tunecina: “Sería absurdo negar que gracias a Facebook y Twitter se levantaron las 22 revueltas siguientes a la de Sidi Bouzid, porque fueron quienes le permitieron a la gente tener una idea de lo que estaba sucediendo en otras ciudades y alentarlos a bajar a las calles, ya que ante la primera protesta la policía rodeó la ciudad, bloqueó las entradas, atacó a civiles y prohibió toda difusión del hecho”. Y no sólo eso: “También permitió mostrar al mundo los miles de casos de torturas y desapariciones durante todo el régimen de Ben Ali, y que las cárceles no están llenas de criminales sino de detractores de su gestión”.

Aunque en Arabia Saudita no se lograron cambios sustanciales, ni compromisos alentadores, el licenciado en Negocios, Saeed Alwahabi (de 25 años), también sostiene que “las redes sociales son la columna vertebral de nuestro cuerpo, porque nos ofrecen las herramientas perfectas para ir a hablar con el cambio”. El argelino Younes Saber Cherif, en tanto, apunta con un dato irrebatible: “Las redes sociales les permitieron a los jóvenes árabes tener su voz, rebelarse contra las mafias... ¡y poder derrocar a sus dos más grandes dictadores!”.

Túnez fue el primer país de la región que logró destronar a su gobernante a través de esta nueva modalidad de resistencia pacífica combinada con el poderoso aparato difusor de las redes sociales, que permite aparear voluntades individuales y sortear la férrea censura que los regímenes árabes imponen sobre los medios de comunicación. El segundo que logró idéntico cometido (aunque también lo intentaron, y lo intentan, bajo el mismo procedimiento, los otros 18 países de la zona) fue Egipto, que logró cortarle la cabeza a Hosni Mubarak, el último gran faraón, en gran parte gracias a la faena de Wael Ghonim, un ingeniero egipcio de Google que centralizó la información de las protestas a través del grupo “Todos somos Kahlil Saed”, in memorian del activista que fue lapidado por las fuerzas policiales cuando filmaba las violentas palizas que éstas les propinaban a los revoltosos en la Plaza Tahrir de El Cairo.

Su propósito era saltear el bloqueo que el gobierno de Mubarak había impuesto sobre la conexión a Internet antes de entregar el poder, tiempos en los que también ordenó las represiones más crueles que haya sufrido cualquier manifestante en el mundo moderno. Tamaña valentía le costó a Ghonim doce días de arresto y el exilio en varios países del mundo, pero para ese entonces el germen del fastidio y el recelo hacia lo establecido ya se había incubado más allá de los confines del valle del Nilo.

Nuevas recetas para un Viejo Continente

“Que sea infinito mientras dure”, le dijo el escritor Eduardo Galeano a los acampantes catalanes, en una entrevista que recorre el mundo a fuerza de clicks en YouTube. La pregunta suena obscena, pero es inevitable: ¿hasta dónde serán capaces de llegar los indignados españoles con sus reclamos al nervio duro del mismísimo poder? Más aún: ¿está en la lógica del sistema imperante la posibilidad de reajustar sus engranajes en beneficio del bien común? Eso suena tan absurdo como pensar que miles y miles de jóvenes son capaces de tomar los corazones neurálgicos de sus ciudades para reclamar al mundo lo que los fastidia. Sin embargo, lo segundo está sucediendo, en aras de que en su consecuencia ocurra lo primero.

“Creo que en España se vive una apatía y una despolitización de todas las generaciones; el estado de bienestar ha logrado generar ciudadanos poco comprometidos, ya que la comodidad abundaba y lo más fácil era preocuparse por uno mismo y discutir bien poco los problemas políticos y sociales que estaban a la vuelta de la esquina”, opina Gabriel Blejman, mendocino de nacimiento, que cursa un doctorado en Medio Ambiente en Barcelona. “Pero, después del verano de 2008, la cosa cambió; y si bien la crisis no se notó hasta pasados varios meses, la gente estaba paranoiqueada con la posibilidad de perder trabajos y subsidios.”

Los indignados españoles no entienden las revueltas del mundo árabe como una influencia directa, pese a que la Televisión Española o diarios como El País y El Mundo les han dado a estos conflictos casi tanta importancia como a las elecciones municipales y autónomas que semanas atrás le arrebataron un poco de poder al oficialista PSOE en manos del PP, dos partidos que se presentan como la antinomia izquierda-derecha pero que, para la horda iracunda, no son más que la misma cara de una moneda que nunca entra a sus bolsillos.

Sin embargo, la reacción en masa fue casi idéntica a la de sus vecinos transmediterráneos: salir a tomar el espacio público como método de protesta hacia un sistema que, creen ellos, lejos está de representarlos. Desde la primera acampada, el 15 de mayo en la Plaza del Sol de Madrid, sólo hubo lugar para un movimiento que se expandió en ciudades y en adherentes. A lo largo y a lo ancho de España, millares de jóvenes se reunieron en las plazas con una proclama cara, “Democracia real, ya”, tal vez un intencionado juego de palabras que involucra la incongruencia de una república democrática contenida en una monarquía de otra era. El objetivo de más asidero es lograr, a través de una reforma constitucional, la verdadera división entre los tres poderes del Estado, pese a que todos son conscientes de que el principal protagonista de su crisis inmobiliaria surgió del poder económico.

“Nos quejamos de los sueldos congelados, del aumento de la desocupación y de la deuda pública, de los impuestazos, y de un sistema bipartidista que no piensa en nosotros”, dice Soledad Diez Denegri, argentina que participó en tomas de Zaragoza y Valencia, y que vive en España 30 de sus 35 años. “La situación en España llegó al ridículo total y absoluto. Muchos de los ganadores en las elecciones son personas acusadas de corrupción, a la espera de ser juzgados. Me parece mucho más real ir a una plaza que quedarse sentado en casa viendo cómo nos mienten la tele y los políticos.”

Alberto Araujo es catalán, tiene 31 años y es organizador de eventos. Participó en varias protestas, incluso en aquella que fue insólitamente reprimida por la policía el 27 de mayo para que, al día siguiente, el Barcelona FC de Messi pudiese festejar en la plaza central de su ciudad la Champions League que estaban por obtener y cuyas imágenes, una vez más, lograron difusión mundial a través de las redes sociales.

“Aunque eso se detonó con los acampantes, cada uno, en las sobremesas de familia, ya estaba discutiendo de estos asuntos semanas atrás. Todos vivimos un cansancio generalizado hacia los hechos de paro, corrupción política y crisis económica. Defendemos algo tan simple como poder vivir en un hogar digno, con políticos que nos representen en vez de estar peleándose entre ellos sin solucionar nada. Queremos reivindicar los derechos de todos, incluso los míos, el del trabajador de a pie”, opina Alberto, y su esposa Gisele Cuevas (tan porteña como el barrio de Boedo en el que se crió),aporta: “Yo espero que esto no se quede acá. La gente de España no es muy unida, si se piensa en las diferencias que tienen todas sus comunidades y que pasaron por una guerra civil y una dictadura de más de 30 años. Estaría bueno que, por una vez, todos piensen igual para lograr objetivos”.

Su propio método, el de aprobación unánime, muchas veces les juega en contra a los asambleístas. Y, al paso del tiempo, llega el fastidio. En estos días, los acampantes se debaten entre redoblar la misma modalidad, o bien bajar a los barrios para evitar el desgaste del paso de las semanas. “Como somos pacíficos, los políticos no pueden negarnos el derecho a reunirnos en lugares públicos, pero sí pueden optar por ignorarnos”, remarca Soledad Diez Denegri, mientras que Gabriel Blejman alerta que “hay mucho que hacer y no es fácil decidir por dónde empezar. Lo mejor sería plantear metas a corto plazo, concretas, e ir a por ellas; no se puede cambiar todo lo que se plantea de un día para el otro”.

En Plaza Syntagma (el kilómetro cero de Atenas, así como lo es la Plaza del Congreso para Buenos Aires), miles de jóvenes griegos se desgarran junto a un país que ha quedado al borde de la quiebra, luego de que el gobierno aplicara las recetas fiscales que el FMI impuso a cambio de un salvataje financiero (no sé si te suena...). Sevi Triantis (26) estudia Historia y Arqueología en la Universidad de Atenas, y en sus ojos se esconden el azul infinito del mar Egeo y toda la indignación del pueblo heleno: “Queremos castigar a los políticos por sus crímenes económicos y también exigirles un referéndum para abolir la inmunidad parlamentaria de quienes nos están llevando a la ruina”.

Si bien los atenienses tampoco se despojan de las proclamas pacifistas de sus colegas, proponen acciones más allá de las ocupaciones simbólicas: “Promovemos el movimiento ‘No Pagues’, que consiste en no pagar los impuestos de un Estado que los sube, pero a la vez baja los salarios”, dice Sevi. ¿Podrán los habitantes de la cuna de la cultura occidental (y, por añadidura, los habitantes del mundo en general) picar con el aguijón de sus conciencias a esos molinos de viento que resultan ser los grandes poderes económicos, que alientan quiebras y financian gobiernos tiránicos? “Los griegos nos despertamos, abandonamos la inactividad”, dice Triantis. “Nuestra pelea acaba de comenzar y nos queda un largo camino. No creo que bajo estas condiciones sea posible un mundo mejor. Pero si luchás, quién sabe...”

sexta-feira, 10 de junho de 2011

Misrata, la ciudad mártir



Maite Rico
El País


Misrata da la medida de hasta dónde puede llegar la locura de un dictador. Muamar el Gadafi no podía permitir que la ciudad más próspera de Libia, a 200 kilómetros al este de la capital, se uniera a la rebelión civil que desde febrero trata de acabar con 42 años de represión. Por eso la martiriza meticulosamente desde hace tres meses. Los vecinos resisten y han expulsado hacia la periferia a las tropas gadafistas que se habían acantonado en el corazón de la ciudad. El régimen ha intensificado la ofensiva, y los misiles Grad que martillean a diario las defensas rebeldes mataron el miércoles a 12 combatientes. En la retaguardia, las familias limpian las calles, reabren comercios y aguantan las lágrimas. Falta agua, falta luz, falta gas. Pero recuperar el pulso cotidiano a pesar del asedio es la manera de decirle a Gadafi que ya ha sido derrotado.

La calle Trípoli corta el aliento. La principal arteria de Misrata, llena de comercios y edificios de la etapa colonial italiana, es hoy una sucesión de cascotes y hierros retorcidos. Las cortinas revolotean en las ventanas sin cristales del hotel Turístico. Del emblemático café Simbad, lo único que queda en pie es una mesa.

"Los tanques entraron por el oeste el 13 de marzo. Llegaron nueve regimientos. El 18 plantaron los francotiradores", cuenta Yusuf, universitario reconvertido, como tantos otros, en combatiente. Desde la Torre de Seguros, que con sus ocho plantas es la más alta de Misrata, los tiradores de élite tuvieron la ciudad a su merced durante semanas, mientras los tanques paseaban disparando a mansalva. Muchos de ellos, destripados, son ahora parte de un paisaje urbano fantasmagórico.

Todo el centro está arrasado. El Ayuntamiento, la oficina postal, los bancos, las mezquitas... Las tropas gadafistas se ensañaron con los edificios de apartamentos, comidos a dentelladas por proyectiles de todos los calibres. Aquí y allá se ven cocinas abrasadas y armarios reventados.

"Todo es tan irreal... ¡Gadafi mata a la gente con tanques. Eso no es un presidente, es un criminal!", clama Fati Bubreda. La calle Trípoli es la metáfora de la crueldad. Pero también del coraje. Ahí están los restos de las alfombras empapadas en aceite que los vecinos colocaban para entorpecer el paso de los blindados.

"Al principio nadie nos ayudó. Nos organizamos como pudimos, en grupos de vecinos, de amigos. A estas alturas hemos aprendido y conseguido armas. Entonces solo teníamos nuestras manos". No exagera un ápice el doctor Mohamed el Fortía, director del principal hospital de Misrata, también destruido. Los vídeos caseros de aquellos primeros días dan cuenta de una defensa tan valiente como caótica, casa por casa y calle por calle. Todo servía. Escopetas de perdigones, cócteles molotov, incluso los controles remotos de los juguetes. El arsenal se fue engrosando con las piezas que recuperaban de los gadafistas caídos.

La salvación fueron los contenedores del puerto. Alguien tuvo la idea de llenarlos de arena y transportarlos al centro en camiones. Estas imponentes barricadas cortaron el paso a los tanques, aislaron a los que ya estaban dentro y dejaron sin suministros a los francotiradores. "Se quedaron sin munición ni comida. Algunos se rindieron. Pero acabamos con la mayoría", explica Yusuf.

Para mediados de mayo, las tropas gadafistas se retiraron a una veintena de kilómetros del centro. Aviones de la OTAN machacaban su artillería y sus blindados. Otros tanques los destruyeron los civiles de Misrata. "Algunos ingenieros fabricaban explosivos caseros", prosigue Yusuf. Como Mohamed Ras Ali, de 28 años, muerto al estallarle la bomba que manipulaba. Su hermana Fusía habría preferido no tener un mártir en la familia. Ahora contiene el llanto mientras prepara la comida para los combatientes. Fue su marido, Abubakar Esririk, comerciante de tejidos, quien tuvo la idea: cada día, un barrio de Misrata aprovisionaría a los tres frentes. Los miércoles, Fusía y sus cuñadas entregan 150 comidas. Arroz, carne picada y pan. Las verduras y la fruta escasean. "Si no hay luz ni gas, cocinamos con leña. Pero no podemos fallarles".

La vida ha dado un vuelco en esta ciudad portuaria de medio millón de habitantes, abierta y orgullosa, que se dedica desde hace siglos al comercio y siempre ha defendido su independencia. Según las autoridades rebeldes, los muertos en Misrata superan los 1.300, y hay 7.000 desaparecidos.

Además de atacar a la población civil, la Brigada 32, dirigida por Jamis, uno de los hijos del dictador, ha destruido fábricas, huertos y granjas. Ha ametrallado rebaños de ovejas, camellos y vacas y acabado con la central eléctrica y los tanques de combustible y agua. La planta desalinizadora y el generador del complejo siderometalúrgico alivian en parte las penurias. No hay teléfono.

"Ha querido destruir todo el aparato productivo", señala Taher bin Taher, decano de la Facultad de Humanidades. "Pero cometió un error estratégico al descuidar el puerto. Si lo hubiera tomado, en 10 días nos liquida". Por el puerto entran alimentos, gas, medicinas y armas que mantienen en pie a la ciudad, sitiada por el este, el oeste y el sur.

Con lo que no ha acabado la Brigada 32 es con el espíritu emprendedor de los misratíes, que tienen un objetivo: volver a la vida. Con las explosiones de los Grad como banda sonora perpetua, cuadrillas de niños y adultos dejan las calles como patenas. Otros podan el césped de las glorietas y riegan las adelfas. Las excavadoras retiran barricadas y cascotes. Ha aparecido incluso un guardia de tráfico que solo hace saludar a los conductores.

Poco a poco van abriendo los comercios, con los escaparates hechos añicos y las persianas reventadas. Al contrario de lo que pasó en las revueltas de Túnez o Egipto, en Misrata no se ha dado un solo caso de saqueo. "Nos estamos organizando para ayudar a los que lo han perdido todo", dice Mustafá. "Gadafi nos está haciendo pagar un precio muy alto, pero vamos a acabar con él. Ahora, lo único que necesitamos es libertad. Libertad para nuestros negocios y para nuestra vida".

quinta-feira, 9 de junho de 2011

Indignados debatem futuro do movimento



Fabiola Munhoz
Carta Maior


“Isso aqui não é um parlamento”. A frase foi dita por um dos indignados da Praça Catalunya, durante a Assembleia Geral realizada no último domingo, com a finalidade de discutir, dentre outros temas, estratégias para se deixar o local central dos protestos em Barcelona, expandindo o movimento a outras áreas da cidade e do país.

A reclamação do manifestante se deu durante a votação de propostas para a desocupação da praça, em que os ânimos se acirraram porque alguns dos presentes interrompiam a contagem dos votos, carregando cartazes a favor da permanência do acampamento.

“Não estamos reunidos aqui para ver quem ganha, mas sim, para somar forças”, continuou o mesmo jovem, pedindo a todos que mantivessem a disposição para o diálogo e a busca por decisões tomadas em consenso. No entanto, se a grande quantidade de pessoas reunidas na praça já era um obstáculo à contagem fiel dos votos antes, quando os temas tratados despertavam opiniões mais ou menos parecidas, agora, que o movimento cresce em complexidade e discordância interna, a democracia perseguida pela dinâmica da assembleia torna-se ainda mais difícil de ser alcançada.

“Estamos tentando melhorar a metodologia usada até agora, mas não tem sido fácil. Por isso, a Comissão de Organização da Assembleia está sempre aberta a propostas”, pedia calma uma das duas garotas que eram porta-vozes no encontro de domingo.

Seguindo a lógica de se dividirem as ações do movimento por grupos de trabalho, e diante da importância das definições sobre como e quando sair da praça, foi criada uma Comissão de Continuidade. Esse grupo é responsável por planejar a transição da acampada a outros tipos de ativismo, sem que, com isso, percam-se a visibilidade e o poder de mobilização, alcançados até agora pelos indignados.

Os participantes de tal célula do movimento têm se reunido diariamente desde quinta-feira passada, e apresentaram no domingo algumas ideias postas a votação. A primeira delas é a de que seja levantado acampamento já ao longo desta próxima semana, porém, sem uma data definida para que isso ocorra de fato. Segundo uma jovem catalã que lia a proposta, a saída da praça ocorreria quando se mostrasse “logisticamente viável e politicamente clara”.

A definição, vaga demais, não pareceu ter sido compreendida pelas pessoas que votavam a favor. “O que significa uma saída politicamente clara?” perguntei a uma jovem de cabelo vermelho que, sentada ao meu lado, levantava a mão para mostrar que estava de acordo com a sugestão apresentada. “Não sei”, respondeu. Ela, assim como os muitos outros que deram seu sim duvidoso à proposta, demonstrava mais ânsia pela expansão e pela transformação do movimento do que temor frente às incertezas.

O imigrante de Senegal, chamado Ibrahima, que freqüenta a praça todos os dias e luta por melhores condições de trabalho na fábrica onde atua como soldador, também é contra a permanência dos acampados na Praça Catalunya por mais tempo. “Algumas pessoas pensam que vão morar para sempre na praça. E isso não é possível. Aqui também um lugar turístico, que precisa ser mantido limpo”.

Escutava essas palavras e observava um grupo de músicos tocando em local próximo a uma das entradas da praça, quando fui convidada a sair do canteiro que tinha escolhido como lugar alto e privilegiado para assistir ao espetáculo. “Vocês não podem ficar aqui”, fui avisada por um casal que havia montado sua tenda ao lado e pedia para que eu e outras pessoas não ocupassem seu “quintal”, enquanto cercavam o espaço para impedir novas “invasões”.

Digressões divertidas à parte, a segunda proposta de continuidade votada no domingo foi de que as Assembleias Gerais já não sucedam todos os dias, mas sim, três vezes por semana, para que as comissões tenham mais tempo de refletir e debater planos de trabalho e princípios antes de que tais ideias sejam levadas a julgamento de todos. Como essa mudança também foi aprovada pela maioria dos presentes, a próxima assembleia aconteceu terça-feira. E as seguintes serão sexta e domingo.

Assim, embora tenha sido aprovado o abandono da praça nos próximos dias, esse plano prevê a manutenção da Praça Catalunya como ponto central de articulação e informação do movimento. Ali continuarão a ser realizadas atividades diurnas, como debates e oficinas, em paralelo a dinâmicas parecidas em outras praças e bairros da cidade. A transformação da acampada pretende, portanto, apenas impedir que as pessoas continuem dormindo na praça, já que essa situação tem sido acompanhada de problemas, como inseguridade, desorganização e cansaço.

Portanto, as Assembleias Gerais seguirão como mecanismo de decisão, e a Comissão de Continuidade propõe agora a busca de outro local, como ponto de encontro alternativo à Praça Catalunya, onde também possam ser realizados debates públicos que afetem o movimento espalhado por toda a cidade. Levantaram-se as hipóteses de que esse novo espaço seja pedido à Prefeitura de Barcelona ou de que ele seja conquistado com a ocupação de algum prédio público.

Essa última opção seria mais coerente com o lema do movimento de que “Ninguém nos representa”, mas deixaria de respeitar a opinião dos reformistas que também fazem parte do coletivo de manifestantes. Por isso, o debate vai longe, assim como está distante de um consenso o tema das estratégias políticas e comunicativas do movimento.

Apesar de a acampada contar com Comissões de Comunicação e Audiovisual próprias, além de mídias sociais, blogs e listas de e-mail, providenciados como instrumentos informativos por cada uma das outras comissões temáticas, ainda há receio de parte do coletivo quanto à possível perda de espaço na imprensa convencional. Por isso, tanta dúvida quanto a sair ou não da Praça Catalunya, que se tornou símbolo da luta dos indignados aos olhos da mídia internacional.

Sobre esse ponto, merece citação outra fala do autor da frase que inicia este texto: “Não temos que ter medo de sair daqui. Não é isso que vai nos desorganizar. Podemos ir embora, mas já sabemos o caminho de volta”. Tendo em vista que o movimento dos indignados só vem perdendo espaço na grande imprensa e lembrando o fato de que ele surgiu como uma mobilização espontânea a partir das mídias sociais, agora só há uma alternativa: a comunicação alternativa.

quarta-feira, 8 de junho de 2011

El destino literario de un deportado



Sara Barderas
Página 12

Su paso por Buchenwald marcó su vida y su obra, que comenzó con la narración de El largo viaje en que fue conducido en tren hasta ese campo de concentración nazi. El escritor español Jorge Semprún murió ayer en París a los 87 años. Y hasta su muerte, como cuando a los 19 cruzó el portón del horror, siguió considerándose un “deportado”.

Escritor, guionista y figura de alta talla intelectual, quizás el reconocimiento le llegó más desde fuera de España que de su propio país, del que salió muy joven, con apenas 13 años, al iniciarse la Guerra Civil (1936-1939). Desde entonces, el hombre alto, de pelo blanco desde hacía un tiempo y de una cultura admirable, había vivido a caballo, escindido. “Yo tengo dos patrias, es una situación espantosa”, solía decir. España lo vio nacer y Francia, que lo vio morir, lo acogió primero como exiliado y luego como sobreviviente del horror nazi.

Más allá de estas circunstancias no queridas, Semprún estuvo ligado a su país por fuertes vínculos. Su abuelo materno fue Antonio Maura, cinco veces presidente del gobierno bajo el régimen de Alfonso XIII. Y él mismo, durante años, fue el mítico Federico Sánchez, dirigente del Partido Comunista (PCE) que desarrolló su actividad clandestina en Madrid contra la dictadura de Francisco Franco y que evadió siempre con éxito a la policía del régimen.

Semprún había nacido en Madrid en el seno de lo que suele llamarse “una buena familia”. Pero la suya no sólo tenía dinero. De madre y padre republicanos, la cultura y la política se respiraban en su casa, situada frente al madrileño parque de El Retiro, una bonita zona residencial del centro a la que regresó a vivir cuando asumió la cartera de Cultura (1988-1991) en el gobierno de Felipe González. Con el inicio de la Guerra Civil, la familia se instaló en Holanda y en 1939, con la victoria del general Franco, su padre abandonó la legación de la España republicana en La Haya. Comenzaba el exilio en París.

Siempre quiso ser escritor. Pero su trayectoria literaria no comenzó hasta 1964 con El largo viaje, escrita en francés. Y con la que para muchos fue su mejor obra ganó finalmente el Premio Formentor. La experiencia en el campo nazi de Buchenwald, muy cerca de Weimar, al que llegó en 1943 con 19 años y del que salió con 21, le permitió profundizar en otro de los idiomas importantes de su vida, el alemán, en el que se desenvolvía perfectamente y que lo nutrió en su empeño de convertirse en escritor. Pero, paradójicamente, no pudo hacerlo durante años. Y cuando se lanzó no fue ni para recordar ni para olvidar, sino simplemente para ser escritor. Luego sí escribió con otro objetivo: “Sé perfectamente que los testigos estamos desapareciendo, estamos en el umbral de la época en que ya nadie tendrá memoria directa de esta experiencia”, señaló en una oportunidad.

Sobre esos dos años que marcaron su vida volvería a escribir luego otras obras: La escritura o la vida, Aquel domingo, Viviré con su nombre, moriré con el mío, entre otras. Y la memoria, ligada íntimamente al significado de la experiencia, también fue llevada al cine, a través de guiones de películas emblemáticas como Z y Missing, ambas dirigidas por su amigo griego Costa-Gavras.

El idioma fue otro elemento de escisión en su vida. “El francés es una lengua que obliga a la precisión. El castellano, como te descuides, se desboca y se hace grandilocuente”, sostenía. La mayoría de sus obras las escribió en la lengua de Victor Hugo. La de Cervantes sólo la eligió para la Autobiografía de Federico Sánchez –radiografía del Partido Comunista Español, del que fue expulsado en 1964 por no comulgar con la línea estalinista imperante–, libro que en 1977 le permitió ganar el Premio Planeta, y para la novela Veinte años y un día (2003), publicada poco antes de cumplir 80 años.

Su trabajo como coministro de Cultura en el gobierno de Felipe González le sirvió asimismo para escribir otro libro, Federico Sánchez se despide de ustedes (1991). Si en la Aubogiografía... era Santiago Carrillo quien era criticado por un Semprún profundamente desengañado del comunismo, en la obra sobre su paso por el Ejecutivo español fue el vicepresidente Alfonso Guerra uno de los que salió peor parados.

En Alemania, donde la comunidad intelectual siente gran admiración por la figura de Semprún, se publicó pocos años atrás un libro sobre su vida: Von Treue und Verrat. Jorge Semprún und sein Jahrhundert (De la lealtad y la traición. Jorge Semprún y su siglo), un retrato basado en las conversaciones que tuvo durante varios largas temporadas con la reputada periodista Franziska Augstein.

Testigo privilegiado del siglo XX, miembro de la Academia Goncourt con reconocimientos a sus espaldas como los citados, el Femina y el de la Paz de los libreros alemanes, entre otros, ya hacía tiempo que su faceta de hombre de pensamiento se había impuesto a la de hombre de acción. Hasta muy avanzada edad, con parte de la historia europea detrás, Semprún mantenía una gran lucidez, interpretando el mundo y manteniendo la misma definición de sí mismo que había dado ya hacía tiempo: “Yo lo que en realidad soy es un deportado de Buchenwald, lo más radical que he vivido fueron aquellos dos años”.

terça-feira, 7 de junho de 2011

Reflexiones sobre los indignados



Toni Negri
Uninomade

En estas últimas semanas, he estado por el trabajo en España. Naturalmente, he prestado atención a los "indignados", he atravesado algunas calles y acampadas, he discutido con muchos compañeros. ¿Quiénes son los “indignados "? No pretendo responderlo -hay docenas de historias que fácilmente pueden hacerlo. Cito aquí sólo algunas notas.

¿Quiénes son los “indignados "?

Democracia Real Ya nace dos meses antes del 15 de mayo. Es una asociación de activistas informáticos, menos radical pero tan eficaz como Anonymous. Ya se habían manifestado contra la ley Sinde que castiga la piratería en Internet en enero de 2011 y desarrollaron un discurso y una lucha contra la firma de ese acuerdo, decidido por PP y PSOE (derecha y izquierda), y bendecido por el vicepresidente estadounidense Biden. En consecuencia, la asociación fomenta el rechazo del voto: "¡no les votes!", y desarrolla un discurso sobre el sistema representativo español, contra el bipartidismo por una nueva ley electoral proporcional, destinada a favorecer el pluralismo y la equidad.

Otro grupo interesante es V de Vivienda. Es un movimiento de lucha sobre la vivienda iniciado en el 2005 (“por una vivienda digna"), desarrollándose sobre todo en red cuando estalla la burbuja inmobiliaria, que produce auténticos "enjambres" con fuertes protestas pero que inicialmente luchan por establecer un impacto político.

Un tercer movimiento es el de "hipotecados”. Nace en Barcelona y constituye una plataforma de ayuda mutua entre las familias y los individuos que por hipoteca o préstamo bancario o desalojo privado son expulsados ​​de sus hogares. La comunicación mediática de este grupo e s particularmente demandada, y su competencia ha sido importante para las luchas y la construcción de la 15-M.

Un cuarto grupo está formado por las distintas asambleas y colectivos del cognitariado urbano. Estos grupos no tienen perfiles militantes consolidados, se trata fundamentalmente de una izquierda intelectual que produce protestas y coopera en red, asumiendo posiciones radicales contra la precariedad y la incertidumbre del trabajo, así como contra los bajos salarios. Son grupos de trabajo inmaterial desarrollados "dentro y contra" la crisis.

Desde hace algún tiempo, sobre todo desde abril de este año, también aparece en escena una red de "izquierda autónoma", mayoritariamente vinculada políticamente a Izquierda Unida, “Juventud sin futuro” . El nombre lo dice todo. Esta organización comienza una amplia agitación, con una importante capacidad para aprovechar los titulares periodísticos convocando una manifestación el 7 de abril. Es un antecedente importante porque del 7 de abril al 15 de mayo el anuncio de una “gran manifestación” se propagará por la red como un virus.

¿Quiénes son, además de estos movimientos, las personas que se reúnen el 15 de mayo en las calles de España? Hay dos componentes principales. El primero es esencialmente la clase media empobrecida, empleados abocados al desempleo, propietarios de pequeñas empresas en crisis, profesionales que son rechazados por las empresas, trabajadores autónomos afectados recientemente por la crisis o acosados por Hacienda a los que acompañan ciudadanos indigentes expulsado de su vivienda o que no la pueden conseguir. Un segundo componente, frecuentemente mayoritario en las acampadas, es el del cognitariado metropolitano, trabajadores cognitivos e informáticos, precarios del sector servicios y de todo tipo de actividad inmaterial, estudiantes y jóvenes sin futuro. Algunos inmigrantes están presentes en las manifestaciones y se expresan en las asambleas. En el movimiento son muchas las mujeres que participan en los debates y sobre todo en la dirección de la organización de los campamentos. Estos sujetos constituyen un movimiento que no es identitario, no es un simple movimiento de solidaridad, todo el mundo habla en primera persona: es un movimiento contra la crisis y la pobreza que atraviesa la clase media (en un sentido amplio).

Indignados. Los medios de comunicación imponen este nombre, tomado del folleto de Hessel. En la imposición de este nombre, el movimiento ha reconocido inmediatamente un intento de reducirlo a la protesta moral y relegarlo a un terreno no-político (con la amenaza implícita de ser reprimidos si actuasen políticamente). El movimiento ha respondido por partida doble: de inmediato, pacíficamente; y luego, practicando el "rechazo a la violencia", teorizado y proclamado como “rechazo del miedo”. Este es un factor importante y constante en la constitución y mantenimiento del movimiento. Refleja la conciencia de que si se tiene miedo, se está dispuesto a responder violentamente a la violencia; de que el gobierno tratará ahora de infundir el miedo (un gesto hobbesiano) para provocar una respuesta tan violenta como empobrecedora para legitimar la represión. La respuesta no-violenta del movimiento ha permitido una aceleración extraordinaria, una gran expansión (metrópolis, ciudades, pueblos), su aparición como un "evento" incontenible.

El lenguaje del movimiento es simple, popular pero no populista. Ha sido sugerido sobre todo por Democracia Real, Ya: "No somos mercancía en manos de políticos y banqueros". El lenguaje es filtrado por las redes y por la increíble cantidad de comunicaciones, enlaces, webs y foros en Facebook, Twitter, etc. Que, en una democracia real el poder sea interacción –lo que implica la disolución de toda autonomía de lo político- constituye la clave del lenguaje del movimiento. A esto se añade la crítica de la constitución democrática y los tres poderes (legislativo, ejecutivo, judicial), porque ya no se corresponden con las funciones para las que fueron constituidos. La dimensión pública del Estado, cuando no es atravesada por la participación de los ciudadanos, ya no puede ser considerada legítima. En las formas en las que existe, lo público es simplemente una superestructura del sector privado. Por lo tanto, se requiere un nuevo poder constituyente para la construcción del común. ¿Se puede decir más claramente que el movimiento de los indignados es un movimiento radicalmente constituyente?

Por tanto, aquí se propone un nuevo modelo de representación. Por un lado, las redes, por otro las asambleas. Desde las asambleas en las plazas de las ciudades se desciende “en red" a las asambleas locales en los barrios y, después, a las pequeñas ciudades y pueblos. El retorno es igual de rápido y veloz. La base de la organización de las asambleas –desde la base- es por lo tanto la vía y la estructura de la "democracia real" más allá de la representación. La red proporciona una temporalidad inmediata y en la organización/difusión espacial (cuando los tiempos son más largos) las asambleas deciden la institucionalización del movimiento.

El 15-M parece brotar de la nada. No es cierto: más allá de la actividad de los grupos, más allá de la casualidad (latente y perversa) de la crisis, pueden rastrearse en el movimiento acumulaciones, sedimentaciones, cambios en la duración.

Para empezar, hay similitudes importantes con lo que había sucedido en mayo de 2004, cuando el "movimiento contra la guerra" se rebeló contra Aznar en los días previos a las elecciones generales, en protesta por la atribución a ETA de los atentados terroristas de la estación de Atocha. También entonces se produjo un enorme enjambre, convocado a través de los "móviles", que transformó radicalmente el ambiente electoral y favoreció la victoria electoral del socialista Zapatero: la llamada "comuna de Madrid."

Hoy, no existe esa enorme tensión, aquel gran miedo, aquella violencia, que entonces atravesaba los movimientos. Hoy en día existe un mayor sentido de la propia fuerza y una mayor madurez. Por otra parte, Zapatero respondió entonces al movimiento y propuso una vez más una posibilidad de representación política -pronto se reveló un engaño, tanto más insultante porque fue una traición. Ahora ya no queda ninguna posibilidad de reforma sino que se tiene la conciencia de la imposibilidad de modificar el sistema. Se tiene la percepción (sobre todo después de los resultados electorales desastrosos para los socialistas y en referencia al gran impacto de la abstención -alrededor del 50%) que el movimiento hace y deshace los gobiernos pero con un imaginario cambiado, ya que –se piensa- ninguna hegemonía de partido puede hoy corresponder al movimiento. "No nos representan". El sistema constitucional está en crisis.

La continuidad también se puede registrar en referencia a las formas organizativas del movimiento. La configuración material de las acampadas retoman las formas de lucha de los trabajadores de Sintel que durante meses acamparon en el centro de Madrid. La forma de la “acampada” se toma de la lucha obrera. Esto muestra cómo la conexión de los movimientos representa hoy un pasaje esencial en la producción de las luchas. Aunque las organizaciones oficiales del movimiento obrero (sindicatos y partidos) se mantienen fuera del movimiento, la experiencia de las luchas obreras es comprendida y desarrollada.

Sólo a partir de esta puntualización vale la pena mencionar otro elemento fundamental de este 15-M: el "republicanismo" implícito, el recuerdo nostálgico pero radical de 1936. Toda la historia de la España moderna es la que está aquí puesta en cuestión contra una gobernabilidad capitalista y clerical, reaccionaria y represiva, liberal y reformista, que no tiene comparación en otros países europeos.

Todo esto ayuda a comprender la dinámica organizativa de este movimiento. Nace de una maduración capilar, sobre una dimensión microsocial, completamente voluntarista. Hay un máximo de cooperación, que no se produce por individuos ni grupos sino organizada por "todos juntos". Incluso la elaboración teórica es colectiva. En las asambleas todos tienen derecho a hablar. El nivel del debate es muy desigual pero a menudo rico en intervenciones competentes y eficaces. Parece increíble pero aquí se dan formidables experiencias innovadoras, tanto en el terreno de la cooperación organizativa como en el de la elaboración teórica -experiencias de ninguna manera repetitivas, burocráticas, inútiles. Hay una madurez general que ha desarrollado sus competencias -pero, sobre todo, que ha evitado confrontaciones dogmáticas y sectarias. Los que ya estaban organizados en grupos no han sido excluidos sino involucrados en el "todos juntos". No hay necesidad de un "savoir faire" político particular en este movimiento sino de competencia y capacidad de proyecto.

Los dos procesos organizativos fundamentales que se integran aquí son, por tanto, el de la comunicación en red (que permite la articulación de la centralización y la descentralización territorial) y el de la intersección de los componentes sociales (que permite la recomposición programática del proletariado social).

Teniendo en cuenta estas características de la recomposición (de los movimientos y de los programas) se comprende también la afirmación de un espíritu constituyente que evita amalgamas políticamente contradictorias (por ejemplo, entre grupos y organizaciones que intenten afirmar su hegemonía sobre otros) y que, por tanto, no produce entusiasmos sectarios o puramente movimentistas. Los indignados hablan entre ellos, en las asambleas o en la red, de programas, de acciones, de plazos, de problemas concretos que hay que resolver... El espíritu constituyente predomina aquí. "Todos Juntos" -aquí se construye el común.

Se ha creado una organización de alimentación totalmente horizontal, con su cocina y servicio de limpieza en el campamento, con un centro informático e informativo, con horarios de asamblea, decisiones, actividades, comisiones jurídicas y médicos "no a las drogas", etc...

¿Cuáles son los mecanismos de decisión en este movimiento? La democracia directa, por tanto las decisiones tomadas en asamblea y la temporalidad (breve) de las funciones de representación (portavoces). Sabemos que tomar una decisión en estas condiciones requiere mucho tiempo y que el proceso a menudo tiene que sufrir los efectos de una discusión caótica. Sin embargo, ello no impide llegar a través de la designación de "portavoces" (cambian todos los días), a la toma de decisiones, a la comunicación pública con legitimidad y consenso. La decisión o la discusión que se produce, es depositada/archivada en el sitio informático del movimiento. Este proceso es, en paralelo, una réplica y una verificación en red. Se pone así en marcha una estructura policéntrica de decisión y, si en las asambleas las decisiones exigen mucho tiempo, su verificación en la red es rapidísima.

Este proceso constituye una novedad radical con respecto a la experiencia de los movimientos más recientes (Seattle, Génova, etc.) cuando las decisiones colectivas difícilmente conseguían sintetizar puntualmente los comportamientos y la urgencia de los eventos con la continuidad y la extensión de la iniciativa... Por no hablar de su institucionalización.

Como ya hemos dicho el movimiento surgió desde las manifestaciones de los grupos, de un período experimental de movilizaciones rápidas, de la repetición de acciones flash: y finalmente, en relación con las grandes manifestaciones, la decisión de acampar. La acampada y la consolidación de la modalidad asamblearia que la acompañan, representan, por tanto, una relativa ruptura/discontinuidad con el modelo de decisión en red. Tanto más que en los campamentos la composición social se complica y, junto a los sujetos mencionados, también hay sectores marginales del proletariado (cognitivo y no- cognitivo): desempleados, inmigrantes, "hyppies" y pequeños-burgueses desesperados... Todo esto puede crear problemas si no se soluciona fácilmente, pero no hay que dramatizar, y no han roto los procesos de organización y toma de decisiones. Otra prueba del "sentido común" de este movimiento.

Los puntos programáticos discutidos en las asambleas y proseguidos en la red, siempre resumidos en los documentos, son básicamente los siguientes:

Empleo precario. Se pide trabajo y/o ingresos para todos. La discusión no implica ideologías o prejuicios "laboristas" (los sindicatos están excluidos, tanto UGT y CCOO, así como las fuerzas políticas): decir "trabajo para todos" quiere decir "ingresos para todos." El tema de la renta universal es muy difuso. Se convierte en dominante cuando los trabajadores autónomos de segunda generación son mayoría en las asambleas. Además: reducción de la jornada laboral, jubilación a los 65 años, seguridad del empleo y ayudas a los parados, etc...

Derecho a la vivienda. Expropiación del stock de casas sin vender y su transferencia al mercado público de alquiler. Plan para la cancelación de las hipotecas, etc...

Fiscalidad. La crítica del desigualdad reparto de la renta, tanto de los trabajadores independientes como dependientes, por las autoridades fiscales es muy fuerte. Aumento de los impuestos sobre las grandes fortunas y bancos. Relanzamiento del impuesto sobre el Patrimonio. Control real y efectivo de la evasión fiscal y la fuga de capitales a los paraísos fiscales. Pero la discusión se dirige principalmente contra los bancos, contra de las estructuras financieras, etc... Prohibición de toda inyección de capital a los bancos responsables de la crisis. Control social de los bancos. Sanciones para los movimientos especulativos y la mala praxis bancaria, etc. El concepto fundamental expresado en las asambleas es que hay una gran riqueza social, de la que se apropian las autoridades fiscales y los bancos. Las operaciones bancarias actuales son culpables de usura y arrogancia. Se pide la generalización de la tasa Tobin.

Sistema electoral. La solicitud de modificación de la ley electoral y las reglas de representación ha asumido un tono de urgencia. Se considera que el sistema bipartidista español es intolerable, que las dos grandes fuerzas parlamentarias son igualmente corruptas y responsables de la crisis. Por tanto, se pide que el sistema electoral se modifique proporcionalmente y una propuesta de un referéndum sobre esta cuestión se ha puesto ya en marcha (500.000 firmas). Por otra parte, sobre la libertad de los ciudadanos y la democracia participativa: no al control de Internet y la abolición de la ley Sinde, generalización del método de consulta, etc...

Sistema judicial. Se considera por completo en manos de los políticos y banqueros, incapaz de perseguir la corrupción y, sobre todo, corregir los defectos de la representación y dotar de sentido igualitario el sistema jurídico. Cuando se habla de la justicia, se contrapone a la corrupción política un discurso sobre la dignidad -no desde un moralismo pequeño-burgués sino desde un fuerte sentimiento de autonomía ética y política.

Servicios públicos. Reorganización de la sanidad pública. Contratación de profesores para garantizar una ratio adecuada de alumnos por aula y grupos de apoyo escolar. Gratuidad de la enseñanza universitaria. Financiación pública de la investigación para garantizar su independencia. Transporte público de calidad y ecológicamente sostenible. Constitución de redes de control local para los servicios municipales, etc...


Algunos temas no aparecen en las asambleas. Lo "nacional" en primer lugar -es decir, no hay enfrentamientos entre las distintas nacionalidades (algo asiduo en el debate político español), hablándose en todos las lenguas, castellano, vasco, catalán, etc... Este es un elemento muy importante en la experiencia de los campamentos. Otros temas inexistentes son el de Europa y, en parte, el de la guerra (sí se protesta contra los gastos militares del gobierno). La ausencia de debate sobre estos temas es bastante extraña, pero corresponde a la falta de información y a la ambigüedad existente respecto a la cuestión europea y la Alianza Atlántica.

¿En qué puede devenir este movimiento desde una perspectiva a largo plazo? ¿Puede constituirse un contra-poder permanente y organizarse como poder constituyente. Es difícil predecir cuáles serán los pasos del movimiento, si organiza una especie de doble poder, o bien desarrolla un poder constituyente que intente penetrar y transformar las estructuras del Estado. Lo que es seguro es que, dentro de la práctica de toma la plaza contra el gobierno, aparece positivamente el proyecto de una regeneración republicana: la República frente al Estado, tal y como en la tradición española (antes y durante la Guerra Civil), este proyecto se ha vivido. Hay que tener en cuenta que en España, treinta años después del fin del régimen franquista, todavía falta una crítica del fascismo, hay todavía una demanda de la continuidad de la derecha conservadora y financiera con el régimen de Franco. Esto significa que el movimiento -incluso y especialmente en su actual éxodo- se sitúa radicalmente a la izquierda, pero desde luego fuera de la izquierda que está representada por Zapatero -cuya acción política siempre ha consistido en una gestión del capital. El 15-M no se opone a la política en general sino al sistema de partidos.

Como se ha mencionado, se habla poco de Europa en las acampadas. Sin embargo, la necesidad de un relais europeo, de una adquisición de una dimensión continental de la discusión política es particularmente evidente.

¿Qué pasará con el movimiento a corto plazo? Hay tres posibilidades a tener en cuenta. La primera es el de un agotamiento por frustración; la segunda es la de una radicalización grupal. Y la tercera es la de una reterritorialización estable, en los barrios, en la sociedad con una capacidad de movilización continua. Parece que los manifestantes quieren federarse en un movimiento socio-político, específico de cada región y una auto-administración a nivel territorial. Cada 15 de mes, los grupos territoriales se pondrían de acuerdo sobre una plataforma de reivindicaciones y un calendario de movilizaciones. Sería una continuidad del movimiento al menos hasta las elecciones generales del año próximo. Queda por saber si el apoyo de la gente se mantendrá tan sólido a corto plazo. Esto dependerá en parte de la conducta de las autoridades: si reprimen el movimiento, la solidaridad manifestada debería reforzarse. De todas maneras, los problemas fundamentales que quedan abiertos en este momento son principalmente los relacionados con la reterritorialización del movimiento y la construcción de una red europea.

segunda-feira, 6 de junho de 2011

Perú elige a Ollanta Humala



Carlos Noriega
Página 12


Con casi el 80 por ciento de las mesas escrutadas, el triunfo de Ollanta Humala incorporaba al Perú a la ola de centroizquierda que, en sus distintas variantes, gobierna la mayoría de los países de América del Sur. Tanto el boliviano Evo Morales como el chileno Sebastián Piñera se apresuraron a felicitarlo.

El Perú tendrá un presidente de izquierda. De esta forma, se suma a los gobiernos progresistas que son mayoría en la región. Ollanta Humala ganó las elecciones según arrojaron los cómputos rápidos al cierre de esta edición, derrotando a la derechista Keiko Fujimori. Humala se convertirá, a partir del 28 de julio, en el primer presidente de izquierda elegido en las urnas. El único antecedente histórico de un gobierno progresista es el régimen militar reformista del fallecido general Juan Velasco Alvarado, que llegó al poder con un golpe de Estado en 1968 y fue derrocado en 1975. Los peruanos derrotaron ayer al oscuro pasado del autoritarismo y las desapariciones, que pretendía volver al poder, y apostaron por el cambio. Un cambio que busca redistribuir mejor los beneficios del importante crecimiento económico que tiene el país y comenzar a cerrar la brechas sociales. La de ayer fue una victoria de la izquierda, pero también una victoria del interior del país sobre la capital, que apoyó mayoritariamente a Fujimori. Evo Morales y Sebastián Piñera ya felicitaron a Ollanta.

El conteo rápido al 100 por ciento de la organización Transparencia le da a Humala 51,3 por ciento y a Keiko Fujimori 48,7 por ciento. Cifra casi idéntica tiene el conteo rápido de la encuestadora Ipsos Apoyo: 51,4 por ciento para Humala y 48,6 por ciento para su rival. El margen de error del conteo rápido, que es una muestra de todo el país, es de un punto porcentual, lo que haría irreversible el resultado. Según los resultados oficiales de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) al 78,2 por ciento, Ollanta Humala derrotaba a Keiko Fujimori, hija del ex dictador Alberto Fujimori (1990-2000), condenado a 25 años de cárcel por violaciones a los derechos humanos y corrupción, por 50,08 por ciento contra 49,91 por ciento. La ONPE, que volvió a mostrar su exasperante lentitud, dio estos resultados recién pasadas las diez de la noche. Y cuando lo hizo, lejos de aclarar el panorama sembró confusión, porque sus cifras estrecharon la diferencia entre Humala y Keiko. La explicación a eso está en que el resultado parcial que dio la ONPE correspondía a Lima –donde Fujimori ganaba con cerca del 60 por ciento- y las principales ciudades del interior, en algunas de las cuales también punteaba la candidata fujimorista, quedando afuera las pequeñas ciudades y las zonas rurales, donde Humala ganaba con comodidad. Se espera que con el ingreso de los votos de las ciudades más pequeñas y el voto rural la diferencia a favor de Humala crezca hasta acercarse a las cifras del conteo rápido.

Aunque tres encuestas a boca de urna, difundidas apenas cerraron las urnas a las cuatro de la tarde, coincidieron en darle una ventaja de cinco puntos, y los posteriores conteos rápidos extraoficiales, aparecidos antes de las ocho de la noche, confirmaban su triunfo, los voceros de Gana Perú anunciaron que Humala esperaría los resultados oficiales para aparecer en público y proclamar su victoria. Al momento del envío de esta nota, el candidato ganador todavía no había hablado.

Apenas se difundieron las encuestas a boca de urna que daban una clara diferencia a favor de Humala, el júbilo estalló en el Hotel Los Delfines, en el barrio de San Isidro, donde la dirigencia de Gana Perú, la coalición progresista que lanzó la candidatura de Humala, se habían reunido para ver los resultados. El candidato permanecía en una habitación del hotel, donde siguió la difusión de los resultados junto a su esposa, Nadine Heredia. En sus declaraciones a la prensa, los miembros de Gana Perú optaron por la prudencia y no quisieron hablar de victoria hasta ver los resultados oficiales. Pero desde temprano comenzaron a celebrar el triunfo, que todavía no era oficial, pero sí seguro. En la televisión, los comentaristas, varios con rostro de decepción, también daban por descontado el triunfo de Humala.

En el otro lado, los resultados conocidos temprano cayeron como un mazazo. La sala del Hotel Bolívar, del centro de Lima, que había sido preparada para anunciar la victoria de Keiko Fujimori, estaba desierta. Los pocos dirigentes del fujimorismo que se animaron a hablar, lo hicieron para desafiar todas las cifras y hablar de una probable victoria de su candidata. A las nueve de la noche, cuando la ONPE todavía no había dado sus resultados parciales, hizo su aparición Keiko Fujimori y puso en duda la victoria de Humala, que a esa hora todos daban como segura, y anunció que esperaría los resultados oficiales finales antes de admitir su derrota. Pero la derrota se reflejaba en su rostro. Inmediatamente después de esa declaración apareció en el balcón del Hotel Bolívar para saludar a sus partidarios. Keiko, en un breve discurso, intentó incentivar a sus seguidores diciendo que había recibido los resultados, que la declaran perdedora, con “gran expectativa” porque la diferencia a favor de su rival entre el boca de urna y el conteo se había reducido, pero no dijo que la diferencia del conteo rápido era, según todos los expertos, irreversible. Apenas terminó de hablar Keiko, sus simpatizantes se comenzaron a retirar, con sus banderas plegadas, derrotados. Keiko y los dirigentes fujimoristas abandonaron el hotel con caras largas. En el Hotel Bolívar la imagen era de desolación.

El ex presidente Alejandro Toledo, candidato derrotado en la primera vuelta que apoyó a Humala en el ballottage, fue el primero en aparecer en conferencia de prensa para saludar la victoria de Humala. “Ganó el pueblo, ganó la democracia. El pueblo se ha pronunciado por el cambio y por un crecimiento con inclusión social”, dijo el ex presidente. Toledo fue a felicitar a Humala por su victoria sin esperar los resultados oficiales. La población se volcó a las calles para celebrar. Desde temprano en la tarde comenzaron a llegar a la Plaza Dos de mayo, en el centro de Lima. El mismo lugar donde tres días antes Humala había cerrado su campaña electoral. La plaza desbordaba de júbilo. “Ollanta presidente, Ollanta presidente”, coreaba una enfervorizada multitud, que agitaba banderas peruanas y las banderas blancas de Gana Perú. La fiesta popular se extendió a las principales ciudades del país. Al momento del envío de esta nota, la enfervorizada multitud que llenaba la Plaza Dos de Mayo esperaba la llegada de Humala, el próximo presidente.

domingo, 5 de junho de 2011

Hessel: "La indignación debe ir seguida de compromiso"



Jesús Ruiz Mantilla
El País


Con 93 años, este diplomático francés, escritor y activista del progreso, ha inspirado a los jóvenes europeos, y con mucha fuerza a los españoles, bajo el lema de su libro: ¡Indignaos!

Sobre la mesa de su salón parisiense, Stéphane Hessel guarda un ejemplar de un diario en el que aparece una foto con jóvenes españoles indignados. Pertenece a los primeros días de la convocatoria de una ola de manifestaciones bajo el título de su libro, que va camino de vender 400.000 ejemplares en España y que ha alcanzado los dos millones en Francia.

Este chaval de 93 años apareció en el momento justo, con la palabra justa. Su único mérito ha sido recapitular. Colocar en alza valores que hoy están amenazados y que han costado años y décadas de lucha y sacrificio. Libertad, igualdad, justicia, legalidad, compromiso, derechos humanos. Palabras labradas a base de sangre y fuego, en su caso no con demagogia barata. Porque Hessel tiene sus razones para indignarse cuando vislumbra la amenaza de verlas desaparecer. No es un charlatán, ni un panfletario, aunque reivindique el género en el que Marx y Engels redactaron el Manifiesto comunista -él no comulga con ello- o Zola lanzara su Yo acuso sobre el caso Dreyfus.

Nacido en Berlín en 1917, se convirtió en francés después de que sus padres huyeran de la amenaza nazi y se instalaran en París. Se enroló en la Resistencia, fue condenado a muerte y torturado por la Gestapo, pasó temporadas en varios campos de concentración y fue testigo de excepción en la histórica redacción de la Declaración de Derechos Humanos. Una vida y una altura moral más que suficientes para sacudir conciencias a nivel global. Un héroe civil, un agitador pacífico y con las ideas claras.

Miles de personas manifestándose en España al grito de "¡Indignaos!". Estará satisfecho. Su mensaje ha calado.

Ya lo he visto. Me alegro. Cuando empezamos con la idea de este pequeño libro teníamos a Francia en la cabeza. Ocurrió que en pocas semanas se produjeron varios acontecimientos. La popularidad de Sarkozy se fue hundiendo, lo mismo ocurrió en Italia con Berlusconi, e incluso en España con Zapatero, y en Portugal con Sócrates. Antes de que se produjeran las revueltas del norte de África, la idea de que los Gobiernos de varias partes del mundo rozaban comportamientos que provocaban la indignación de la gente era algo que raramente habíamos visto.

Y le dio por escribir este discurso y convertirlo en libro.

No es un trabajo literario, en absoluto. Queríamos lanzar algo corto y estimulante. Puede que hasta tenga faltas de sintaxis. La editora se sentó justo donde está usted ahora, yo empecé a hablar, lo redactó, me lo dio, lo corregimos y lo lanzamos.

Como una entrevista. Una pena para mí, podía haberme tocado, ya que estamos.

Exactamente, así ocurrió. Lo digo porque surgió de manera natural, como una conversación. Y una vez en la calle corrió como la pólvora.

Es que hay mucha gente esperando un discurso que aglutine ciertos sentimientos. La palabra justa, la expresión que todos tienen en la cabeza. Esa indignación.

Lo he podido comprobar, efectivamente. Pero el libro está basado en dos textos: el programa de la Resistencia, no muy bueno, pero escrito en el momento y en el lugar justos; cuando los franceses se sentían acorralados por un enemigo como los nazis. El otro es la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

De la que usted fue testigo de excepción.

Estuve allí cuando se redactó. Yo era demasiado joven para formar parte de ese grupo de 12 sabios, pero fui asistente. Les ayudé a organizar las reuniones, a redactar las actas. Los que estaban allí eran figuras de primer nivel en la esfera de la política y el derecho como la viuda del presidente Roosevelt, Eleanor. Se encontraban en Nueva York y en Ginebra y yo me encargaba de prepararles los papeles y asegurarme de que hacían el trabajo.

¿Vigilándoles?

Como secretario. Yo era un joven diplomático, carecía de autoridad, pero me sobraba curiosidad. Tenía motivaciones muy profundas para que el trabajo saliera de la mejor manera. El hecho de haber acabado la guerra en tres campos de concentración era suficiente impulso para mí.

Estuvo usted en Buchenwald.

Allí conocí a Jorge Semprún. Un gran amigo; guardo una anécdota de él importante. Cuando llegó al campo y le preguntaron a qué se dedicaba respondió: estudiante. "Si pongo eso", dijo el que tomaba el registro, "le matarán inmediatamente, voy a dejar las primeras letras y lo voy a transformar en estucador. Así, por lo menos, le asignarán trabajos manuales". Era lo único que buscaban. Pero volvamos a ¡Indignaos!

Me gustaría que contara el significado que para usted lleva ese término. Es una palabra que utiliza con un sentido positivo. Apela a aquellos que la sienten para contagiársela a quienes no la llevan dentro.

Contiene su lado positivo, pero también sus partes oscuras.

Y si es así, ¿cómo cree que se puede contagiar su parte de luz?

Le confieso que el título fue propuesto por la editora, Sylvie Crossman. Pero lo acepté inmediatamente.

¿Con su llamada imperativa?

Sí, señor, y con su signo de exclamación. Es fuerte. Mucho más de lo que yo hubiera propuesto, porque no me considero un revolucionario, soy diplomático que cree en la no violencia. Busco poner a la gente de acuerdo, más que enfrentarla.

Eso es bastante radical para los tiempos que corren. Estamos rodeados de políticos que nos llevan a la guerra. ¿El diálogo es hoy revolucionario?

Puede ser. Pero si nos atenemos a los significados, le diré que lo que más me convence de la palabra es que contiene otro término fundamental: dignidad. Por eso lo acepté. Cuando la dignidad se pone en cuestión es necesario reaccionar. La indignación viene del pisoteo de la dignidad que cada ser humano lleva consigo. Por eso siempre me remito a la Declaración de Derechos Humanos. En su artículo primero ya dice: Todos los seres humanos somos iguales en dignidad y en derechos.

Y ahora viene a apelar al compromiso.

El nuevo libro se titula precisamente Comprometeos. Es el paso moral siguiente a la indignación. Nadie puede molestarse por que el prójimo se comprometa con algo. Puede molestarse si se rebela, si se remonta impulsivamente, eso es hacer el caldo a otros como Marine Le Pen [líder de la ultraderecha en Francia]. Lo que ella proclama es eso, pero yo apoyo la indignación en el sentido contrario. La que me sacude cuando los derechos básicos son atacados, perseguidos. Enfadarse y ya, para mí no tiene sentido. La ira no conduce a ninguna parte, debe ir seguida de compromiso.

Difícil.

No propongo a la gente que se enfade sin más, sino que se pregunte cuáles son las razones que ponen en peligro esos valores fundamentales que hemos heredado y que ahora tiemblan. No es fácil, no.

Sobre todo, aclararnos en toda esta confusión. Un caldo de cultivo para diferentes indignaciones, para diferentes intereses.

Al leer el libro quedan claros los valores, los peligros y los retos.

Son tres o cuatro. Empezando por los de la Revolución Francesa.

Por algunos de ellos. Otros, insisto, la Declaración Universal de Derechos Humanos.

¿Los ve en la picota?

Bastante, pero no olvidemos que en el tiempo en que fue redactada aquella declaración, el mundo todavía estaba amenazado por algunos totalitarismos. El fascismo había sido derrotado. Pero el comunismo pervivía. Luego se ha ido imponiendo otra ideología perversa basada en el mercado y nada más que en el mercado. Hoy, usted y yo, sufrimos sus consecuencias, las de un grupo privilegiado que busca sus beneficios a nuestras expensas. ¿Qué proponer como alternativa? La democracia real.

Bonita palabra.

Confiar en depositar cada vez más poder en la gente común para que sus necesidades sean la prioridad a resolver por los Gobiernos, el primer deber. Los Gobiernos deben asegurar libertad, hermandad, igualdad y justicia social.

Y progreso. Otro concepto en crisis. Lo confundimos con progreso técnico, científico, pero no con bienestar.

Absolutamente. Es algo muy sencillo, progresar significa tender a la mejoría. La palabra mejor es importante. ¿Cuál es la diferencia entre el bien y el mal? ¿Es mejor ganar dinero a cualquier precio o preservar la decencia y el honor? ¿Es mejor entrar en la espiral de un progreso científico a toda costa o guardarnos de descubrimientos que superen la dignidad del ser humano? Progreso no significa acelerarse, sino ser consciente de cuáles son los valores que ayudan a crear un mundo mejor y cuáles no. La democracia es exigente en sí. Demanda más a los políticos y logra tejer un sistema del que es difícil salir bien parado si actúas mal.

Volvamos a los claroscuros de la palabra indignación. Hubo un tiempo en que aquel sentimiento le llevó a un camino violento. ¿Qué sentía dentro, en sus tripas?

No soy un tipo violento. Puedo entender qué lleva a la gente a la violencia. Pero a mí no me convence. Mi primera indignación tenía un nombre: los nazis. El fascismo de Franco y Mussolini, incluso Stalin, de quien ya tuvimos noticias de sus purgas en 1935. El totalitarismo. Además, teníamos el ejemplo de los republicanos españoles como contraposición a los comunistas más cerrados. Yo siempre me consideré demócrata, y cuando este sistema estaba en peligro me indignaba. Pero incluso dudé. Los estragos de la I Guerra Mundial nos hacían pensar a muchos que había que agotar todas las vías antes de entrar en otro conflicto. Negociar y dar la palabra a la gente de los diferentes países. Solo cuando vi claro que esta gente lo único que quería hacer era conquistar Europa con métodos violentos me convencí de que había que enfrentarse a ellos por las armas.

Pero esa indignación, físicamente, ¿era equiparable a la que siente ahora?

No, entonces era joven y con ganas de luchar. Cuando llegó la hora, cuando vi que era necesario levantarme y enfrentarme a ellos, me invadió un deseo de lucha. Me enrolé en el ejército sin dudarlo. Y cuando se firmó el armisticio con los alemanes me volví a indignar. Sentí que era una deshonra y una deslealtad con los británicos. Me opuse; era inaceptable. ¿Qué podía hacer? ¿Luchar en Francia? ¿Unirme fuera a De Gaulle? Eso es lo que hice.

Y tuvo una relación intensa con él, han contado algunos.

No. Yo era muy joven y un oficial de bajo rango. Pero tuve el privilegio al llegar a Londres de cenar con él en la intimidad. Me convocó. Quería saber qué pensaba de él un joven estudiante de la Escuela Normal Superior, muy prestigiosa entonces en Francia. Deseaba conocer lo que opinábamos de él los estudiantes de ese nivel.

Por lo menos, y gracias a la fortuna, también De Gaulle se indignó. Cosa que no ocurría entre una enorme parte de los franceses. Aquello fue tan extraño en un país que había levantado las banderas de la democracia en todo el mundo... ¿Qué ocurrió?

Francia había sido tremendamente golpeada. Lo que había ocurrido entre mayo y junio de 1940 es algo muy raro en la historia. No solo fue una victoria militar. Fue una enorme derrota, humillante, en la que la gente tuvo que huir de sus casas hacia lugares insospechados. A muchos, el armisticio les supuso un respiro. La paz era tentadora para mucha gente, pero aquello no era paz.

¿Era una humillación?

Además, había otros factores. La amenaza de los soviéticos aterrorizaba a la burguesía, mientras que los fascismos no tanto, creían que no atentaban tanto a su modo de vida. Además, los nazis garantizaban el freno a los comunistas más que nadie.

Luego, en su caso particular vino otra nueva indignación.

¡La Gestapo!

Ahí sufrió en sus propias carnes el peligro. ¿Cómo fue su detención?

En el momento en que me arrestaron estaba seguro de que no sobreviviría. Me detuvieron bajo cargos de delitos criminales graves. Sabían que había llegado de Londres para reforzar la Resistencia.

Incluso, que usted era judío.

Eso no lo sabían. Me conocían poco. Si se hubiesen enterado de que mi padre era un judío emigrado de Berlín, me habrían tratado de otra forma. Pero lo hicieron como a un espía de nivel. Y, ¿qué haces con un espía? Obviamente, sacarle información.

¿Bajo torturas?

Efectivamente. En la bañera, ahogándome. Pero no consiguieron que delatara a nadie, y eso fue una satisfacción para mí. Después me condenaron a muerte. Afortunadamente, la justicia era lenta y me internaron en Buchenwald y la orden de ahorcarme llegó muy tarde. Ya entonces pude cambiar mi identidad con alguien que había fallecido sin que se dieran cuenta. Era una persona que no estaba condenada a muerte. Así me libré.

Me imagino que en aquellos días la indignación se había convertido en terror.

No exactamente. Se transformó en algo que solo un joven patriota puede sentir. Ese convencimiento henchido en el que crees que has cumplido con tu deber y te has sacrificado por tu país.

¡Un héroe!

[Risas] Le cuento algo. Cuando me detuvieron cogí un trozo de papel y escribí un soneto de Shakespeare que sabía de memoria: "No longer morn for me when I am dead...". Como diciendo, si me fusilan mañana, que mi esposa sepa que no quiero luto, sino que sea feliz. Ridículo, esto siempre resulta ridículo.

Es una manera noble de enfrentarse a la muerte.

La vida está llena de ironías.

Si le hubieran dicho entonces que cumpliría 93 años...

¡Y tanto! Mi siguiente indignación llegó en los campos de concentración. Yo sabía que la guerra era violenta. Pero lo que nunca pude sospechar es el grado de brutalidad al que podíamos llegar los seres humanos.

Pasó de sentirse un héroe a otro estado: el de víctima.

No solo una víctima individual, sino parte de una colectividad. Porque yo, personalmente, tuve suerte. Me salvé entre un grupo de 36 condenados a muerte. Yo y dos personas más. Me enviaron a otro campo y me escapé. Cuando lo logré me volvieron a capturar y me internaron en Dora. Allí se debatían entre colgarme o darme 25 latigazos. Pero me libré de ambas cosas porque le dije al oficial que me interrogaba: Estoy seguro de que usted, que es valiente, como yo, habría intentado escapar. Lo hice, pero fallé, con lo que no les puedo causar daño. Todo eso se lo expliqué en alemán, que es mi idioma materno. Si no hubiese hablado su lengua, seguramente nadie me habría librado del castigo.

En su vida han existido también momentos de alegría. Como el de la Declaración de Derechos. Poner de acuerdo en una posición común a países tan distintos como Francia, EE UU, la URSS o Arabia Saudí sería un esfuerzo titánico. ¿Costó?

Lo atestigüé de primera mano. Si no se hubiera conseguido en 1948, las tensiones posteriores lo habrían hecho imposible después. En ese momento histórico, los soviéticos se abstuvieron, Arabia, también, y así permitieron su aprobación. Fue el momento. Un texto ambicioso para la historia de la humanidad.

Supongo que en aquellos momentos su indignación dio paso a la esperanza.

Pues sí. Ese momento fue de auténtica, de verdadera y gran esperanza en el entendimiento de las naciones tras la guerra. Estábamos convencidos de que aquel texto encarrilaría a buena parte del mundo en el camino de la libertad y la justicia. Pero aquello duró poco, porque después llegó otro sentimiento: la ansiedad que producía el peligro de una tercera guerra, que no sería como las otras, sino que traería consigo la catástrofe nuclear. El mundo había conocido dos horrores: el Holocausto e Hiroshima, y eso nos producía un enorme temor. Era un mundo complicado e inseguro. Sentíamos que si la ONU no conseguía éxitos en sus programas de desarrollo y respeto a los derechos humanos, todo se iría derrumbando.

¿Le queda algo del optimismo de entonces?

Todavía creo que existen pequeños y lentos pasos adelante y que continuarán, con retrocesos y avances. La última década del siglo XX fue muy prometedora. Después de la caída del Muro estábamos convencidos de habernos adentrado en una nueva era. En 2000 se llegó a un acuerdo bajo la presidencia de Kofi Annan de los objetivos del milenio. Pero cayeron las Torres Gemelas... Y empezamos el siglo XXI muy mal.

Con la amenaza terrorista, pero también con la ruptura de las reglas internacionales por parte de Bush, Blair y Aznar. ¿Qué supuso aquello para el orden mundial?

Aquello es parte de mi indignación presente. El hecho de que los ciudadanos sean conscientes de que estábamos dando grandes pasos adelante y esos líderes los frenaran en seco y nos colocaran en la dirección equivocada.

¿No fue aquello una especie de paripé de cruzados por la democracia que en realidad representaban una especie de fascismo travestido?

Desde luego. Una de las reglas básicas a respetar en ese nuevo orden mundial que empezaba a configurarse a finales del siglo XX era el derecho internacional. Romperlo era adentrarse en lo peor.

Contra gobernantes de ignorancia supina, ¿qué se puede hacer?

¡Indignarse! Necesitamos otros gobernantes, y también, compromiso de la sociedad para aupar a los más decentes. No podemos caer en esa desazón de la juventud, ni en pensar que todos los políticos son iguales, porque no es cierto. La rabia y la indiferencia no nos llevan a ninguna parte.

En su vida ha existido otra indignación persistente: Palestina.

De nuevo, la ruptura de las reglas internacionales, la brutalidad impuesta, la situación en Gaza y Cisjordania aúnan todo lo que más he detestado en mi vida. Parecida a la que sentí en los campos de concentración. Siento un gran aprecio por el Estado de Israel, pero cuando su Gobierno se comporta de una manera similar a los peores Gobiernos que yo he tenido que soportar en mi vida, no puedo admitirlo y me rebelo y denuncio esos abusos cometidos por ellos con el permiso de Estados Unidos, la Unión Europea y algunas empresas involucradas en la situación. Es lo mismo que siento respecto a la incapacidad para ponerse de acuerdo sobre el cambio climático. Espero que ahora Obama, tras haber acabado con Bin Laden y ganado popularidad, pueda avanzar en ciertas cosas.

Por cierto, ¿qué opina de ese episodio?

Bueno, yo me alegro de que se haya acabado con él. Era un asesino capaz de cosas espantosas. Sobre todo, de haberle dado al islam una imagen siniestra en el mundo. Y no es así. La gente de los países árabes se ha encargado en pocos meses de hacernos saber que aspiran al sentido común con sus revueltas. Pero, volviendo a Bin Laden, hubiera sido deseable otro método: la detención, un juicio.

¿Dónde queda Europa con esas amenazas de políticas anti-inmigración?

Justo ese es el objetivo de mi libro. Concienciar a la gente para afrontar los nuevos retos con valores dignos. No son nuestras ínfimas naciones las que están en peligro, es nuestro mundo, cada vez más amenazado por corrientes como los neocons o quienes no se mentalizan en el trato al medio ambiente. La fe en el compromiso es clave. No estamos condenados al fracaso, pero para evitarlo hay que dar un paso adelante.