segunda-feira, 16 de janeiro de 2023

Entrevista a Fernando de la Cuadra: "El bolsonarismo se ha instalado con mucha fuerza en las Fuerzas Armadas brasileñas"


Paul Walder
El Clarín de Chile

Los efectos del intento de golpe de Estado en Brasil siguen fluyendo en una peligrosa imbricación no solo con las fuerzas policiales y militares sino con movimientos internacionales. Los sucesos de Brasilia del domingo 8 de enero han sido la expresión de la dirección y los objetivos que tiene la ultraderecha mundial en un contexto de debilidad de las democracias representativas.

Fernando de la Cuadra es un sociólogo chileno que vive hace décadas en Brasil. Graduado en la Universidad de Chile, Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Federal Rural de Rio de Janeiro, columnista de El Clarín y autor de varios libros sobre el trance brasileño de los últimos años, entre los que destaca “De Dilma a Bolsonaro. Itinerario de la tragedia sociopolítica brasileña”. En esta conversación, nos entrega una visión no sin inquietud acerca de estos eventos en pleno desarrollo.

¿Qué pasó el domingo 8 de enero en Brasil? ¿Fue una sorpresa pese a los evidentes llamados a la movilización y al golpe? Porqué los miles de seguidores de Bolsonaro pudieron ingresar a las sedes de los tres poderes del Estado y permanecer en el interior el tiempo suficiente para humillar a estas instituciones. ¿Hubo un fallo en la seguridad deliberado?

En los días posteriores a la invasión efectuada por las hordas bolsonaristas al Palacio do Planalto, al Congreso Nacional y a las instalaciones del Supremo Tribunal Federal (STF) se llegó a una constatación generalizada por parte de prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional, incluidos los servicios de inteligencia, la Policía Federal, la prensa, los partidos políticos y las organizaciones sociales: el intento de Golpe de Estado venía siendo preparado con mucha antelación por los grupos más radicales del bolsonarismo y su articulación se realizó tanto por medio de las redes sociales y comunidades de internet así como en los contactos estrechos y directos que se generaron en los campamentos levantados en los portones de los Cuarteles Generales del Ejército en las principales ciudades y capitales de varios Estados de la Federación y del Distrito Federal.

Al final del día en que se produjeron estos deplorables acontecimientos, quien – en ese entonces- ocupaba el cargo de gobernador del Distrito Federal, Ibaneis Rocha, pidió disculpas públicas en una declaración en vivo, argumentando que nunca pensó que las movilizaciones de los bolsoraristas que se trasladaron desde varios puntos del país, avanzarían hasta la Plaza de los Tres Poderes y procederían a la invasión, saqueo y depredación de las tres instituciones mencionadas. La verdad, es que muy pocas personas creyeron en las palabras del ex gobernador (un bolsonarista asumido) y la tesis de que él se encontraba coludido con los manifestantes ganó fuerza. Ello llevó a su destitución inmediata a través de una resolución del Presidente del Tribunal Superior Electoral, Alexandre de Moraes.

Antes ya había sido destituido por el propio Ibaneis Rocha, el Secretario de Seguridad Pública, Anderson Torres (ex Ministro de Justicia de Bolsonaro), el cual en este momento se encuentra detenido por su responsabilidad en los ataques golpistas del pasado domingo 8 de enero. Por último, el Comandante de la Policía Militar del Distrito Federal, Fabio Vieira, también se encuentra detenido tras una decisión del mismo Ministro Moraes por considerar que las conductas de los imputados son gravísimas porque pusieron en riesgo las vidas del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de diputados y senadores federales y de los Ministro de la Corte Suprema de Brasil.

En su determinación el Ministro Moraes afirma que, según los hechos narrados por la Policía Federal, autora original del pedido de prisión de los involucrados, existen claros indicios de la existencia de “una posible organización criminal que tiene por uno de sus objetivos desestabilizar las instituciones republicanas”. En el caso de Anderson Torres y Augusto Vieira, “el deber legal deviene del ejercicio del cargo de Secretario de Seguridad Pública y de Comandante de la Policía Militar del Distrito Federal, respectivamente, y en que la omisión quedó ampliamente comprobada por la previsibilidad de los grupos criminales y por la falta de seguridad que posibilitó la invasión y depredación de los edificios públicos”.

Un fenómeno que todavía es difícil de explicar, es que el Batallón de la Guardia Presidencial (BGP), responsable por la seguridad del Palacio do Planalto fue liberado 20 horas antes de producirse la invasión por parte de las huestes bolsonaristas. Y esta medida fue tomada por el nuevo Director del Gabinete de Seguridad Institucional (GSI) nombrado por el Presidente Lula. Esta unidad especial del Ejercito cuenta con un efectivo de mil soldados que podrían fácilmente haber montado una barrera de contención de los vándalos, pero ese día fue desmontado por una decisión proveniente desde el Comando Central, desconociendo la autoridad del Director del GSI. O sea, la posición del Comando del Ejército en Brasilia no deja dudas de su involucramiento en un “Golpe Militar camuflado”, pues luego del fracaso de la ocupación de los edificios de la Explanada y constatando la ausencia de movimientos de tropas y blindados en el resto de los cuarteles del país, orientó sus esfuerzos para defender a los bolsonaristas amotinados, como han mostrado las imágenes en que se puede apreciar a tres tanquetas custodiando y protegiendo a los acampados para no ser detenidos por la Policía Militar una vez que el interventor nombrado por el Presidente Lula, Ricardo Cappelli, decretó la prisión en fragrante de los invasores para comenzar a restablecer el orden en la capital. Según algunos especialistas en política militar, probablemente si otras unidades en el país se hubiesen unido a esta asonada golpista, Brasil se habría convertido en el palco de una guerra fratricida con resultados nefastos para la democracia y el pueblo, tal como ya ocurrió en abril de 1964.

En suma, hubo efectivamente una acción concertada para que los manifestantes pudieran ingresar a las instalaciones de la Plaza de los Tres Poderes y a medida que avanzan las investigaciones se conoce la identidad de más personas y grupos que colaboraron en este lamentable episodio, ya sea actuando directamente, incitando o financiando a los agentes destructores, considerados y definidos como terroristas por la Justicia y la prensa.

El presidente Lula ha apuntado de inmediato más arriba hacia Bolsonaro y el bolsonarismo pero también a empresarios de la agroindustria.

Efectivamente, Bolsonaro es el principal instigador de este ataque golpista al no reconocer hasta el día de hoy el legítimo triunfo de Lula da Silva en la segunda vuelta de las elecciones el 30 de octubre del año pasado. Desde Miami, hacia donde se fugó para no entregarle la cinta presidencial al actual presidente y para huir de los varios procesos con él que se ventilan en la justicia brasileña, el ex capitán no ha hecho más que insuflar a sus seguidores a través de las redes para que no reconozcan al nuevo gobierno y apelen a las Fuerzas Armadas para que acometan un Golpe de Estado con Bolsonaro a la cabeza. En esta intentona golpista también se han sumado empresarios urbanos y del agronegocio, ocupantes ilegales de tierras (grileiros), predadores de los ecosistemas amazónicos y del Pantanal, garimpeiros y buscadores de oro, empresas forestales, gremios de transportistas, fabricantes y comerciantes de armas, explotadores de pesca ilegal, invasores de tierras indígenas, pastores pentecostalistas, militantes de la extrema derecha y del bajo clero del Congreso Nacional.

Después de su detención y tras ser interrogados, muchos de los ocupantes han reconocido que recibieron un pago en efectivo más transporte y comida por parte de financiadores (conocidos y anónimos) que les prometieron nuevos pagamentos si conseguían instalarse en los edificios públicos, generando así una situación de caos generalizado y, consecuentemente, una crisis de gobernabilidad. Dicha crisis era necesaria para que las Fuerzas Armadas esgrimieran el artículo 142 de la Constitución que las autoriza para intervenir en caso de peligro institucional y, de esta manera, garantizar la imposición de la ley y el orden. Es decir, los golpistas intentaron y seguirán intentando utilizar este artículo de la Constitución de 1988 para sostener una amenaza permanente sobre las instituciones democráticas y, especialmente, sobre cualquier medida decretada por el actual gobierno que consideren nociva para sus intereses y privilegios.

¿Qué sucede con los cuerpos uniformados? Se observó apoyo explícito de la policía a los manifestantes. ¿Es posible que el presidente Lula descabece o limpie de potenciales golpistas a las instituciones armadas? ¿Hasta qué profundidad puede llegar esa limpieza? ¿Qué éxito puede tener esta medida?

Es una buena pregunta y de compleja respuesta. Lo que se observó el domingo pasado, fue la presencia de un riesgo latente de golpe entre las Fuerzas Armadas donde la doctrina de la extrema derecha o del bolsonarismo radical se ha instalado con mucha fuerza entre sus miembros, preferentemente entre las jefaturas y estructuras de comando. Pienso que el porvenir y la viabilidad de este movimiento golpista en estado larvado, depende de cómo el Presidente Lula y su gobierno vayan inclinando la correlación de fuerzas a su favor, aglutinando y comprometiendo a todos los sectores democráticos en una lucha decidida y persistente contra la sedición golpista y los sectores de la extrema derecha que, como ya señalamos, se encuentran enquistados al interior de las instituciones armadas y en la estructura del aparato burocrático brasileño. Es urgente depurar estos órganos, pero no es una tarea fácil, considerando que Bolsonaro fue desmontando durante 4 años los frenos democráticos con que contaba el aparato del Estado y fortaleció a los grupos golpistas dentro de las Fuerzas Armadas, especialmente a militares de alta patente que tienen nostalgia de la época de la dictadura militar que imperó en el país entre 1964 y 1985. Además, la mayoría de los militares de la reserva son partidarios de un Golpe de Estado y varios de ellos participaron en la invasión de los edificios, como pudo ser constatado por los videos que ellos mismos subieron en sus redes sociales.

La cuestión que se presenta, por lo tanto, es si el Poder Judicial y la nueva administración podrán regular y sancionar la acción de estos grupos sediciosos, no solo a los militares, sino a todos quienes practicaron las escenas de vandalismo y destrucción que hemos visto desde esa nefasta jornada y en otros tantos casos que vienen ocurriendo desde que Lula ganó las elecciones, como las tomas y bloqueos de carreteras, la explosión de torres de alta tensión del sistema interconectado, la amenaza de bombas a las refinerías de petróleo, la ocupación de plazas y espacios públicos pidiendo la intervención militar, la agresión de periodistas y de ciudadanos que han cuestionado sus acciones, etc. Específicamente, el domingo pasado se pudo apreciar que existía una acción coordinada, un mapa del espacio a ser invadido, uso de GPS, un plan de ocupación y una logística (equipamientos, máscaras de gas, comunicación interna) preparados de antemano, con piquetes de enmascarados que asumieron la ofensiva del ataque.

A esta altura también se sabe que la actuación de la Policía Militar del Distrito Federal, de miembros del Gabinete de Seguridad Institucional (GSI) y de las Fuerzas Armadas en la revuelta golpista fue totalmente omisa o cómplice de estas acciones deplorables, pero el propio presidente Lula y su Ministro de Justicia y Seguridad, Flavio Dino, han señalado que es necesario ir paso a paso descubriendo todos los desdoblamientos de lo sucedido y desmontando con detalle las ramificaciones de los grupos de extrema derecha. También es necesario “desbolsonarizar” el país, entendiendo por ello la destrucción y superación de la cultura del odio, la intolerancia y la violencia que se ha venido apoderando del país en estos últimos años. Los sectores nostálgicos de la dictadura, los creyentes pentecostales y los grupos de extrema derecha se han transformado en verdaderas sectas irracionales que no se resignan con la derrota de Bolsonaro en las urnas y por el hecho consumando de que Lula da Silva gobernará durante los próximos cuatro años. Nada parece convencerlos de su actitud y algunos de ellos, en gestos bizarros difundidos profusamente, incluso han llegado a tratar de hacer contacto con sus celulares hacia seres extraterrestres que podrían salvar a la patria brasileña. Es decir, estas sectas siguen operando con un nivel de irracionalidad absoluta que aparte del aspecto sedicioso, también llega a preocupar por sus futuras consecuencias sobre la salud mental colectiva de la nación.

En dicho contexto, el Ministro de Defensa, José Mucio Monteiro, ha tenido una actuación muy débil con relación al desmonte de los sectores golpistas enquistados en la Fuerzas Armadas y muchos miembros del Partido de los Trabajadores y otros partidos aliados han pedido su destitución inmediata. Pero el Presidente Lula ha señalado que el momento es muy delicado para promover un cambio de su gabinete a solo 2 semanas desde que asumió el actual gobierno. Sin embargo, no se descarta la salida del Ministro en el futuro, ya que viene acumulando declaraciones infelices hacia los invasores, diciendo que las personas acampadas frente a los cuarteles exigiendo un Golpe de Estado lo hacían con “buenas intenciones” y los clasificó como manifestantes patriotas que solo buscan lo mejor para el país. Después del asalto a la Plaza de los Tres Poderes, el Ministro José Mucio no ha realizado grandes gestos para obligar a las Fuerzas Armadas a asumir su papel institucional y subordinarse al Presidente de la República –como ordena la Constitución- declarando solamente que no piensa renunciar a su cargo. Es decir, demasiado poco para alguien que ocupa una cartera tan estratégica para el futuro de la república.


¿Cuál es la influencia de los pastores evangélicos en los sucesos? ¿Cuál es la consigna, el temor y el odio a un supuesto marxismo que tan profundamente penetra en millones de ciudadanos?

Los pastores evangélicos representan una pieza clave en la construcción de una narrativa anticomunista y ya desde antes del inicio de la campaña presidencial han utilizado su poder incontestado en sus iglesias para denegrir y falsificar la imagen de Lula y de los sectores progresistas en el país, asociándolos con el demonio, el pecado y la destrucción de la familia, la fe y la patria.

Más que un odio a la ideología marxista propiamente tal, la consigna de estos pastores y por ende de sus incondicionales seguidores junto a otros sectores de la extrema derecha es que “Brasil nunca será un país comunista” o “Nuestra bandera jamás será roja”. Las imágenes filmadas al interior de estas iglesias son bastante elocuentes en cuanto a la toxicidad del discurso de estos pastores que han contaminado a miles de personas con el virus de la ignorancia, el prejuicio y la construcción de una realidad paralela alucinada y delirante.

No pocos autores atribuyen el auge de la ultraderecha y su desprecio por las instituciones al descrédito de la democracia representativa en muchos países. Si esta crisis no tiene en este momento ninguna salida y sí su profundización es global por otras diversas causas, ¿Qué se puede esperar en el corto plazo, o incluso para la próxima semana, en nuestra región sudamericana?

Lamentablemente vivimos desde hace tiempo en un ciclo regresivo de la concepción de la política y, sobre todo, de una descalificación de la democracia representativa que, con todas sus limitaciones, es claramente mejor que las formulas autoritarias que se pretenden imponen en escala global. La fragilidad de dichas democracias en nuestra región puede dar paso a la irrupción de aventuras populistas de extrema derecha, como ha sido el caso de Bolivia con Jeanine Áñez, de Colombia bajo la presidencia de Álvaro Uribe o actualmente el perturbador Nayib Bukele en El Salvador. Y existe también una amenaza latente en el caso de Chile con José Antonio Kast o en el caso de Argentina con Javier Milei. Son políticos astutos que utilizan la mentira y la manipulación como estrategia para acercarse a los electores, aprovechándose de escenarios complejos en la economía, con el aumento de la delincuencia en las principales ciudades de muchos países, con la crisis migratoria y con el rechazo de las políticas inclusivas por parte de sectores medios que temen perder su estatus frente a los grupos más pobres y vulnerables objeto de esas políticas.

La reciente destitución de Pedro Castillo en Perú y el riesgo de movilizaciones golpistas que acechan al Presidente Gustavo Petro en Colombia y Alberto Fernández en Argentina son parte de una arremetida de la extrema derecha que busca reposicionarse en el poder aprovechando precisamente los intersticios que permiten el pluralismo, la tolerancia y la propia vida democrática de nuestros países. Cuál va a ser el comportamiento de la región en la próxima semana es difícil de prever, salvo que uno tenga una bola de cristal que anticipe los acontecimientos de corto plazo.

Sin embargo, para el caso brasileño me atrevo a señalar que esta va a ser una semana en la que se deberían profundizar los vínculos con diferentes fuerzas políticas para fortalecer las instituciones democráticas y el Estado Democrático de Derecho consagrado en la Constitución de 1988. El dilema que se presenta en dicho escenario es que resulta urgente consolidar el discurso contra el Golpe de Estado, quizás o muy probablemente a costa de tener que abdicar de algunas de las transformaciones más importantes que se encuentran definidas en la agenda programática del nuevo gobierno: una reforma tributaria progresiva que se dirija hacia una mayor recaudación “penalizando” a las enormes fortunas y aumentando los impuestos de las grandes empresas; una política social más vasta y profunda determinada a eliminar el hambre que sufren 33 millones de ciudadanos; recuperar el aporte de las transferencias a los segmentos más pobres de la población; reajustar los salarios al nivel que tenían en los gobiernos anteriores del Partido de los Trabajadores; invertir más en educación, salud, vivienda, saneamiento básico, infraestructura, agricultura familiar, etc. Muchas de estas medidas se pueden ver comprometidas si la tarea principal es crear un Frente Amplio –incluso con la derecha liberal- para enfrentar la arremetida fascista que continúa ensombreciendo y amenazando la vida política y social brasileña.

Se puede afirmar que hay un complot internacional contra las democracias. En el asalto de Brasilia hubo muchos elementos similares al del Capitolio en enero del 2021 en tanto el mismo Steve Bannon está muy ligado con Bolsonaro.

Si, en efecto hay elementos de este asalto a la Plaza de los Tres Poderes que nos recuerdan el asalto al Capitolio por los seguidores más radicales de Trump. Y la presencia de Bannon, como bien apuntas, es una marca de la estrategia de Bolsonaro, sus hijos y sus apoyadores. La diferencia es que la invasión al Capitolio fue para que el Congreso Norteamericano no confirmase el triunfo de Joe Biden. En el caso brasileño, fue con el Presidente Lula ya instalado y con la clara intención de generar las condiciones para que los militares se sintieran convocados a consumar un Golpe de Estado, según comentaba anteriormente.

En todo caso, la respuesta casi unánime del conjunto de países del orbe, denunciando la intentona golpista y declarando su apoyo irrestricto al gobierno del Presidente Lula y a las instituciones de la República, han fortalecido este frente democrático que comienza a aislar con mucha mayor consistencia a las facciones de extrema derecha que pretenden desconocer el resultado de las urnas y la soberanía popular que eligió a un presidente que cuenta con toda la legitimidad interna y de la comunidad internacional. Algunos mandatarios como Biden, Macron o Fernández ya han confirmado un futuro encuentro con el Presidente Lula como una manera de manifestar con mayor vehemencia su apoyo al proceso político brasileño y a la continuidad del gobierno según el itinerario establecido por la Constitución. Ello permite augurar que los grupos fascistas podrán perder fuerza y que incluso su principal instigador, Bolsonaro, sea encarcelado por todos los delitos que ha cometido en estos últimos 4 años, incluido el tratamiento displicente o directamente criminal con el cual enfrentó la pandemia del Covid-19.

Tradicionalmente Estados Unidos ha apoyado y promovido los Golpes de Estado en América Latina. El caso de Brasil ha sido diferente si comparamos sus apoyos a los golpes contra Evo Morales en Bolivia y el respaldo a la presidenta de facto de Perú, Dina Boluarte. ¿Es esta ultraderecha brasileña que sigue a Trump más peligrosa?

Esta ultraderecha es indudablemente peligrosa, pero tengo confianza en la capacidad del Presidente Lula y de los partidos que conforman esta amplia coalición democrática, que los próximos pasos serán el fortalecimiento de esta alianza en defensa de los valores republicanos y democráticos, para simultáneamente, juzgar con el mayor rigor y celeridad posible a todos quienes cometieron delitos contra la democracia, el orden pública, la integridad de las personas y del patrimonio cultural de la nación. En una encuesta realizada esta semana después de los lamentables hechos que comentamos, el 93% de los brasileños consulados afirmaron ser contrarios a la invasión y la depredación de los edificios públicos y descartaron de plano la posibilidad de apoyar un Golpe de Estado a partir de la implantación de un clima de violencia y miedo por parte de los sectores más radicalizados del bolsonarismo. La tarea urgente ahora, como ya señalé en un artículo anterior, es “desbolsonarizar” la cultura del terror que pretenden imponer estos segmentos fascistizados de la vida nacional y colocar la actividad política sobre sus verdaderos causes, el del diálogo, el entendimiento y la formación de consensos, a pesar de las inevitables y legitimas discrepancias y conflictos que pueden existir en cualquier comunidad humana.

quinta-feira, 22 de dezembro de 2022

A estetica de uma derrota


Milly Lacombe
UOL

Assim como o nazismo é uma estética política e também é a política como estética (já ensinou o professor Michel Gherman), talvez a derrota do nazismo se construa também como estética. Michelle Bolsonaro, caída ao chão de joelhos enquanto três dúzias de fanáticos entoam um Pai Nosso em frente ao Alvorada e Jair se mantém de pé na perfeita imitação de sua própria estátua de madeira, é a brutal estética de uma derrota.

Estética que tem no bolsonarista grudado ao para-brisa do caminhão e vestido em camisa amarela outra simbólica representação do fracasso. O fiasco de um golpe, o malogro da crueldade, a ruína de um projeto nazi-fascista de Brasil. O fim de um governo desumano, perverso, sinistro, funesto, aterrador, tétrico, tenebroso, macabro. Acaba aos prantos e de joelhos na grama do Alvorada.

Termina curvado em lágrimas tendo na mulher que derrete ao chão a perfeita representação do que chamam de fraquejada e no homem que permanece em pé vestido como um defunto a simbologia daquele que, ao menos, não se colocou em posição de prece frente ao séquito de fanáticos.

A imagem dos restos mortais dos sem caráter, dos sem alma, dos sem espírito. Arrastando-se pela grama a partir do palácio para, calados, se arriarem diante de uns poucos que berravam coisas sem sentido, cantavam músicas que pediam por Deus e repetiam palavras de ordem. Coloridas cadeiras de praia vazias entre eles e alguns lunáticos completavam a pintura mórbida.

Tudo em Michele e Jair cheira decadência e deterioração. Estão com a textura de uma decomposição pública, cadáveres que se arrastam lentamente de mãos dadas pela grama, destinatários de tudo o que semearam e que agora volta como um bumerangue sobre suas cabeças. O fim do atual governo produz imagens fortes e eloquentes.

É a estética do apodrecimento. É a pulsão de morte que tanto promoveram representada em corpos que ainda se movimentam, mas que já não emitem mais sinais vitais. Jair, o zumbi político, terá agora que encarar juridicamente suas ações nos últimos quatro anos - ou mais. Quanto a Michele, vamos ter que esperar para ver o que tem pela frente: se segue caída e humilhada aos pés do marido e enfrenta destino semelhante ou se decide, quem sabe, contar um pouco do que viu e ouviu.

quarta-feira, 21 de dezembro de 2022

Buscando posada


David Brooks
La Jornada

Estados Unidos está atrapado entre su identidad como «país de inmigrantes» y país envenenado con xenofobia y racismo históricos que han sido elevados a niveles alarmantes por fuerzas neofascistas en los últimos años.

Hay un número sin precedente de peregrinos en el mundo –refugiados, migrantes, exiliados– que se han visto obligados a despedirse de sus hogares, de sus familias, de sus amados, de sus mundos, para ir a buscar posada, muchos en países que comparten responsabilidad en provocar el éxodo a través de políticas económicas, guerras, su contribución al cambio climático y más.

John Berger había dicho que el siglo XXI era el siglo en donde nunca antes tanta gente ha tenido que decir adiós, que es el siglo de las desapariciones. El siglo de gente viendo sin poder hacer nada, a otros, que eran cercanos a ellos, desaparecer en el horizonte. El siglo XXI sigue siendo marcado por el largo adiós con la ONU calculando que más de 100 millones de personas fueron forzosamente desplazadas de sus hogares.

En Estados Unidos, que ahora está atrapado entre su identidad como país de inmigrantes y país envenenado con xenofobia y racismo históricos que han sido elevados a niveles alarmantes por fuerzas neofascistas en los últimos años.

Mientras tanto, hay una disputa para ver cómo continuar limitando el derecho al asilo, un éxito del gobierno de Trump que casi logró anularlo por completo. Los políticos, con sus notables excepciones, siguen usando a los migrantes como peones en su obsceno juego de ajedrez, algunos construyendo nuevos muros o secuestrándolos para enviarlos a otros estados, mientras defensores expresan su preocupación por los migrantes y ofrecen propuestas para manejar este flujo humano de manera responsable, incluyendo lo que dicen que es un regalo para los llamados soñadores, pero hasta ahora, sólo han logrado alargar una pesadilla para los buscadores de posada.

La gran iniciativa del gobierno de Biden para identificar y atender algunas de las causas de raíz sigue evitando una de las causas principales: el propio Estados Unidos ha nutrido el éxodo durante décadas como resultado de sus intervenciones y guerras, su fracasada guerra contra el narco, su promoción de políticas neoliberales y su magna contribución histórica al cambio climático.

Todo, mientras seres humanos –tal vez hasta un tercio menores de edad– buscan cómo sobrevivir una noche más, un secuestro más, una amenaza más, otro día de frío en la zona fronteriza y rumbo al país de la estatua esa que dice que da la bienvenida a los desamparados del mundo.

Ni hablar de los desplazados y desamparados dentro del país. Vale recordar que parte de la historia de esta nación fue el desplazamiento y el exilio interno de millones de indígenas por colonizadores europeos –los primeros migrantes indocumentados– y sus descendientes. Los indígenas estadunidenses aún viven en reservaciones que en algunos casos podrían ser caracterizados como campos de refugiados. Y en el país más rico del mundo, también hay por lo menos 580 mil homeless, personas sin techo, en busca constante de posada. Entre ellos hay miles de veteranos militares que participaron en las intervenciones e invasiones de otros países, provocando desplazamientos y éxodos en varias partes del mundo.

Desde los campos de refugiados al otro lado del río, desde dentro de este país donde más de 11 millones viven en las sombras por no tener papeles, desde las calles bajo cajas de cartón o en el Metro, donde duermen cientos de miles de ciudadanos, se pueden ver los arbolitos de Navidad y otras decoraciones en hogares, comercios, iglesias y oficinas recordando la búsqueda de posada por unos migrantes/refugiados para el nacimiento de su hijo que después sería un trabajador (carpintero) perseguido tachado de ilegal.

¿Habrá milagro? Ante el prolongado adiós, ¿por fin habrá un gran saludo de bienvenida? ¿Quiénes lograrán ese milagro? Dicen, citando a June Jordan, que nosotros somos los que hemos estado esperando.

quarta-feira, 14 de dezembro de 2022

Os marxistas mudaram a forma como entendemos a história


Alfie Steer
Jacobin Brasil

Historiadores marxistas ingleses – como E. P. Thompson e Eric Hobsbawm – desencadearam uma revolução na compreensão do papel dos trabalhadores na construção da história. Seus trabalhos ainda são frescos e vibrantes - e todos aqueles que querem mudar o mundo deveriam ler.

Resenha do livro Os historiadores marxistas britânicos por Harvey J. Kaye (Zer0 Books, 2022)

Enquanto os guerreiros da cultura da direita populista gostam de acreditar que o marxismo domina nossas universidades e instituições culturais, na verdade, sua presença contemporânea é bastante marginal. Poucos acadêmicos hoje se descreveriam acriticamente como “marxistas”. Menos ainda se sentiriam vinculados por qualquer linha partidária. Na disciplina da história em particular, a abordagem marxista é agora frequentemente criticada como economicamente determinista, falhando em explicar a ação humana e reduzindo desenvolvimentos históricos complexos aos processos imutáveis dos sistemas econômicos. Nas interpretações mais cruas dos escritos de Marx, toda ideologia, lei, política, cultura e sociedade civil são redutíveis à composição da base econômica; o estudo do desenvolvimento histórico torna-se uma ciência imutável, acessível apenas com uma compreensão marxista da exploração econômica.

Embora essa abordagem possa ser defendida pelos teóricos marxistas mais dogmáticos, e menos perspicazes, ela foi desafiada apaixonadamente por alguns dos historiadores mais influentes do século XX. Primeiramente agrupados em torno do Grupo de Historiadores do Partido Comunista, os historiadores marxistas britânicos (entre seus líderes Maurice Dobb, Rodney Hilton, Christopher Hill, Eric Hobsbawm e E. P. Thompson) tinham grandes ambições tanto no mundo da erudição histórica quanto no ativismo político. Eles visavam transcender o modelo vulgar de superestrutura de base que havia freado a teoria marxista, ampliar o conceito de classe, em nossa compreensão do passado e recuperar as lutas e ideias esquecidas das classes trabalhadoras. Como demonstra a nova edição de Harvey Kaye de seu estudo clássico de 1984, os historiadores marxistas britânicos foram autores de uma importante tradição teórica muito mais matizada do que admitem seus detratores, e que pode nos ensinar muito sobre o estudo da história e seu valor para a política radical de hoje.

Como Kaye demonstra, os historiadores marxistas britânicos fizeram contribuições tanto acadêmicas quanto políticas. No nível mais básico, eles expandiram os horizontes da pesquisa histórica, escrita e compreensão. Por muito tempo a história se limitou ao estudo das elites políticas dominantes, campanhas militares ou intrigas diplomáticas. A vida das pessoas comuns raramente era registrada. Ao expandir o escopo tradicional da pesquisa histórica, os historiadores marxistas britânicos procuraram desvendar a “totalidade social” mais complexa e representativa do passado. Maurice Dobb, por exemplo, empurrou o estudo da história econômica para uma definição mais abrangente do capitalismo como uma relação social historicamente específica, implantando os primórdios de uma abordagem interdisciplinar que agora domina a academia. Esse impulso para ampliar o escopo da história, por sua vez, levou ao conceito politicamente mais potente da tradição: a história vista de baixo.

Concentrando-se no trabalho, nas vidas e nas ideias das pessoas comuns, os historiadores marxistas britânicos redescobriram a agência política e a criatividade intelectual das classes trabalhadoras e camponesas do passado. Longe das vítimas passivas das mudanças de época (o declínio do feudalismo, a ascensão do capitalismo e do imperialismo, para citar alguns), as classes trabalhadoras, da era medieval à industrial, foram redefinidas como atores históricos influentes, porém limitados pelas explorações das relações de classe e a dominação do poder estatal.

Rodney Hilton lutou contra as definições de “feudalismo” como simplesmente um sistema experimentado por um punhado de membros da elite da classe dominante, para algo que afetava a vida do campesinato cotidiano e motivava suas próprias rebeliões condenadas, mas não menos influentes. A Guerra Civil Inglesa, para Christopher Hill, foi uma revolução inglesa, lançando simultaneamente as bases para o futuro desenvolvimento do capitalismo, ao mesmo tempo que mobilizou uma revolução democrática fracassada cujos atores principais (os Levellers, Diggers e Ranters) produziram ideias revolucionárias que variam de uma democracia massiva à uma forma de comunismo primitivo, e até mesmo ao amor livre. Em seus estudos sobre o sul da Europa pré-capitalista, Eric Hobsbawm redescobriu os “rebeldes primitivos” do banditismo estilo Robin Hood, ao mesmo tempo em que defendia a racionalidade por trás dos quebra-máquinas luditas na Grã-Bretanha industrial. Finalmente, em seu estudo magistral sobre o “fazer” da classe trabalhadora inglesa, E. P. Thompson recuperou tanto as ideias radicais dos clubes jacobinos e dissidentes religiosos, mas também a “economia moral” imposta por turbas desordeiras nas ruas de Londres.

Esse esforço para ampliar o escopo da história e recuperar um mundo esquecido de agência e radicalismo da classe trabalhadora foi acompanhado por um desejo de superar o modelo inadequado de superestrutura de base que definiu o marxismo clássico. Longe de serem deterministas econômicos, os historiadores marxistas britânicos rejeitaram uma análise estática e não histórica da estratificação de classes, vendo a “classe” como uma forma de relação social entre os seres humanos, desenvolvida ao longo do tempo, frequentemente contestada por meio de luta acirrada. A classe não era uma mera categoria econômica, mas um fenômeno histórico representado em nossas vidas sociais e formações culturais, em práticas, rituais, ideias e valores. Através do conceito de “experiência” de classe, os historiadores marxistas britânicos elucidaram uma maneira pela qual a luta de classes e a exploração moldaram a consciência social, reconhecendo a importância essencial do material sem abandonar a agência humana.


Essa reconceitualização faz parte do que Kaye define como a “Teoria da Determinação de Classe” dos historiadores marxistas, com a luta de classes ocorrendo simultaneamente nas esferas social, econômica, política e cultural, definida como o motor da história. Embora a “determinação de classe” dos historiadores marxistas britânicos possa ter corrido o risco de excluir outras formas de opressão, o desenvolvimento subsequente de outras “histórias de baixo” sofreu a influência direta dessa tradição original. Da história das mulheres, florescente no trabalho de historiadoras socialistas-feministas como Sheila Rowbotham e Sally Alexander, ao trabalho em crescimento sobre a história negra britânica, à micro-história ou história oral, o foco da disciplina foi arrancado das mãos de reis, cavaleiros e clero. Embora nem sempre possuam o mesmo compromisso ideológico explícito dos criadores marxistas, a mudança da elite para as pessoas comuns, suas vidas cotidianas, trabalho e até emoções, é uma mudança de foco indelével e potencialmente irreversível.

Como Kaye enfatiza o tempo todo, os historiadores marxistas britânicos não eram meros intelectuais de poltrona, mas também politicamente ativos, em alguns casos em detrimento de sua produção acadêmica. Todos eles desempenharam algum papel na oposição democrática dentro do Partido Comunista da Grã-Bretanha (CPGB), e muitos lideraram a fundação da Nova Esquerda Britânica após 1956.

E. P. Thompson escreveu e fez campanha apaixonadamente contra as armas nucleares e a invasão das antigas liberdades civis durante a Guerra Fria. Christopher Hill continuaria a ser um defensor de inúmeras causas e publicações de esquerda até os oitenta anos. Ironicamente, o mais popular dos historiadores marxistas britânicos e, de fato, um dos historiadores mais vendidos de todos os tempos, Eric Hobsbawm, foi o mais economicamente determinista da tradição, mas também o mais ideologicamente moderado (apesar de sua participação vitalícia no CPGB). Na década de 1980, suas advertências de que a “marcha para frente do trabalho” havia parado por causa de grandes mudanças na composição de classes da Grã-Bretanha, tiveram uma grande influência no doloroso processo de moderação ideológica do Partido Trabalhista, culminando no Novo Trabalhismo.

Embora as diferenças políticas surgissem naturalmente com o passar das décadas, todos os historiadores descritos por Kaye articularam uma forma de socialismo libertário enraizada tanto nos heróis folclóricos do passado radical da Inglaterra, que vão de Wat Tyler a William Morris, quanto nos escritos de Marx e Engels. Como tal, a redescoberta de velhas lutas e ideias radicais forneceu novas fontes de inspiração ideológica e até mesmo uma nova identidade nacional radical para a esquerda britânica.

Como a academia continua sendo uma centelha nas guerras culturais, uma reavaliação do papel do “ativista acadêmico” é oportuna, e os historiadores que Kaye descreve neste livro (Thompson em particular) aparecem como exemplos arquetípicos. Eles também foram, até certo ponto, beneficiários de uma era mais benevolente. Os empregos acadêmicos eram bem pagos e abundantes no pós-guerra, à medida que as universidades se expandiram e o número de estudantes cresceu. Um movimento vibrante de educação de adultos e trabalhadores proporcionou mais oportunidades fora das universidades convencionais de “elite”.

Agora, a precarização crônica do trabalho acadêmico deixa os historiadores tão sobrecarregados e sem tempo, que encontrar tempo para escrever ou pesquisar, quanto mais organizar politicamente, parece uma tarefa quase impossível. Em tempos tão pouco promissores, uma redescoberta das multidões que vieram antes, e lutaram contra a exploração e em defesa de suas antigas liberdades, poderia fornecer uma fonte de inspiração muito mais direta do que até mesmo os historiadores marxistas poderiam ter imaginado inicialmente.

quinta-feira, 1 de dezembro de 2022

A miséria na rica Europa


Celso Japiassu
Fórum 21

Um continente rico, composto de países ricos onde impera um sistema de bem estar social e que aprendeu, depois de tantas guerras e crises por que passou, a vencer a pobreza e a miséria das suas populações. Esta é a imagem que a Europa vendeu para o mundo e na qual o mundo passou a acreditar. Mas é uma ilusão porque a Europa, hoje, dominada por sistemas neoliberais na economia e à direita na política, contabiliza mais de 120 milhões de pessoas que vivem na fronteira da miséria numa população de pouco mais de 500 milhões de habitantes nos 27 países que compõem a União Europeia. Ou seja, perto de 25 por cento das populações da Europa vivem no limite da carência total de meios de subsistência.

O aumento da pobreza - quatro por cento maior do que antes da crise de 2008 - é atribuído ao desemprego, aos salários mais baixos, contratos de trabalho precários, acesso mais difícil à habitação e preços mais altos para energia, comida e saúde. Tudo agravado com a guerra da Ucrânia dentro das fronteiras do velho e orgulhoso continente e as consequências da pandemia de Covid 19.

A difícil situação

Mesmo quem tem emprego sofre a injustiça e não há garantia para condições de trabalho com dignidade. Em Gotse Delchev, no sudoeste da Bulgária, por exemplo, os empregados da fábrica Pirin-Tex trabalham muito para ganhar muito pouco. A Pirin-Tex emprega 1800 pessoas e opera principalmente para a marca de luxo Hugo Boss. Talvez seja bom não esquecer que Hugo Boss, empresário alemão filiado ao Partido Nazista, morto em 1948, desenhou os uniformes das sombrias Sturmabteilung (SA), Schutzstaffel (SS), da Juventude Hitlerista e do NSKK. Produziu os uniformes e ganhou muito dinheiro com a mão de obra escrava dos prisioneiros dos campos de concentração.

A pressão é enorme, dizem os empregados búlgaros de Hugo Boss, que se queixam de serem tratados como robôs. São fabricadas 12 mil peças de roupa por semana e a produção de cada empregado é controlada por tablets individuais. Os operários conseguem terminar diariamente, no máximo, apenas 60 por cento das tarefas que lhe são atribuídas e por isso os seus salários ficam abaixo do que foi contratado.

Mesmo nos países mais ricos a situação é também difícil. Na França, quase quinze por cento da população é considerada pobre ou muito pobre. Cerca de 400 mil pessoas caíram para a pobreza só no ano de 2018. Na Alemanha foram identificadas cerca de 700 mil pessoas sem teto, a maioria vivendo em abrigos mas 50 mil são moradores de rua.

A felicidade nórdica

 Nos países nórdicos, como Finlândia, Noruega e Dinamarca, a ideia de que eles são mais felizes mascara uma realidade sombria. São países que ocupam os primeiros lugares nos rankings de felicidade e bem estar. Mas um relatório do Conselho de Ministros Nórdicos e do Instituto de Pesquisa da Felicidade, de Copenhague, sugere que a reputação dos países nórdicos como "terras da felicidade" estão mascarando problemas importantes de parte da população, especialmente dos jovens entre 16 e 24 anos.

Uma pesquisa recente feita por aquelas entidades revela que mais de 12 por cento das pessoas declaram que se encontram em estado de sofrimento. O desemprego, a renda e a solidão têm a ver com este percentual. Os jovens, principalmente, declaram-se sozinhos e estressados. "Estamos vendo que essa epidemia de transtornos mentais e de solidão está chegando aos países nórdicos", disse Michael Birkjaear, um dos autores do relatório daquela pesquisa, ao jornal britânico The Guardian.

Na Finlândia, entre 2012 e 2016, o suicídio foi responsável por 35% de todas as mortes entre os mais jovens. Segundo a pesquisa, embora 3,9% das pessoas na região nórdica tenham declarado viver "em sofrimento", essa taxa em outros países é muito maior: 26,9% na Rússia e 17% na França.

O que fazer

Os estrategistas da União Europeia advertem que o envelhecimento das populações, provocado pela diminuição da taxa de natalidade e aumento da esperança de vida, está aos poucos tornando insustentável o modelo social europeu, pois aumentam as necessidades na área da saúde e pensões e vai diminuindo o número de pessoas em idade ativa.

Os objetivos da União Europeia para os próximos anos para enfrentar a pobreza visam aumentar o número e a qualidade dos empregos através de políticas nacionais em cada um dos países que levem em consideração o investimento em educação e treinamento e, genericamente, “a busca da justiça, combate à pobreza e promoção de oportunidades iguais para todos”.

A pobreza não é o mesmo que desigualdade, dizem alguns estudiosos do assunto. Mesmo nas sociedades desiguais quem ganha menos não vive necessariamente em situação de carência. Mas os pobres não dispõem de meios para sobreviver e podem chegar à indigência da miséria absoluta. São os jovens dos 18 aos 29 anos os que sofrem maior risco de caírem na pobreza. Segundo Christine Lagarde, que foi diretora do FMI e hoje é presidente do Banco Central Europeu, “os jovens da Europa colocaram seus sonhos em espera”.

Nicanor Cué, líder metalúrgico e dirigente do Partido da Esquerda Europeia, diz que “trabalhamos cada vez mais, somos mal remunerados”. E acrescenta que “há um grande número de problemas que se vão acumulando no seio da Europa. Temos que os resolver porque existe o risco de a Europa explodir sob a ascensão da extrema-direita que quer desmantelar a Europa”. Um dos lemas do Partido da Esquerda Europeia é “por uma Europa do povo e não do capital”.

quarta-feira, 30 de novembro de 2022

Lula precisa reconstitucionalizar o Brasil


Luis Felipe Miguel
Boitempo

É fundamental voltar a traçar as fronteiras entre os poderes e a definir as atribuições de cada um, permitindo tanto que eles deem previsibilidade à disputa política e à vida social quanto restabelecendo o equilíbrio do sistema de freios mútuos, que, no arranjo liberal, é a garantia da não-tirania.

Lula assume a presidência no próximo dia 1º de janeiro com um conjunto hercúleo de tarefas a cumprir. Afinal, os últimos anos foram de acelerada destruição do país. O novo presidente precisa reinserir o Brasil no mundo, restaurar os compromissos sociais do Estado, retomar o caminho do desenvolvimento, conter o colapso ambiental e pacificar a disputa política. Um desafio, em particular, atravessa todos os outros e é crucial para o futuro de nossa democracia: Lula precisa comandar o processo de reconstitucionalização do Brasil.

A derrota de Bolsonaro retira do horizonte o risco de um fechamento autoritário, mas ainda há muito a fazer para que a Constituição de 1988 volte a vigorar no país. Trata-se, em primeiro lugar, de restaurar a divisão de poderes, o princípio de igualdade perante a lei e o consenso sobre o respeito aos resultados eleitorais, pilares da ordem democrática e liberal que se quis edificar a partir da superação da ditadura de 1964. É claro que, com a chegada ao poder de um grupo abertamente saudoso do regime militar, estes princípios seriam colocados sob ataque.

Mas convém lembrar que o esvaziamento da Constituição não começou com Bolsonaro. O ponto de partida é o golpe de 2016 – quando grupos inconformados com a reeleição de Dilma Rousseff decidiram patrocinar uma “virada de mesa”, derrubando-a num processo de impeachment que, da legalidade, preservou apenas a fachada. Foi violado ali o elemento basilar da democracia eleitoral, aquele que determina que os mais votados são empossados e governam. Mas não foi só isso. A Operação Lava Jato, então com a complacência das cortes superiores, fez do Judiciário um instrumento de perseguição política, deixando evidente uma aplicação tendenciosa da lei. Em 2018, o “impeachment preventivo” de Lula, impedindo-o de concorrer às eleições, com nada discreta participação da cúpula militar, carimbou de vez a situação do país como estado de exceção.

A desorganização institucional ficou patente desde o golpe. Um episódio é ilustrativo: em dezembro de 2016, o ministro Marco Aurélio Mello, do Supremo Tribunal Federal, determinou o afastamento de Renan Calheiros da presidência do Senado. Calheiros se recusou a cumprir a determinação, foi apoiado pela mesa do Senado e o pleno do Supremo acabou por aceitar a situação, revogando a decisão de Mello.

Em suma, a relação entre os poderes tomava a forma de uma queda de braço, em que ganhava quem pudesse mais. A presidência Bolsonaro, com suas ameaças, bravatas e abusos, seguidos por “advertências” e jantares voltados à “harmonização” entre os poderes, tudo definido de acordo com os recursos e blefes lançados à mesa, escancarou uma situação na qual as regras constitucionais não vigoravam mais.

A campanha eleitoral que se encerrou há pouco revela, com clareza ímpar, a dimensão do impasse em que o Brasil foi colocado. Em relação a muitos dos abusos de Bolsonaro, a começar pelo uso da máquina pública em favor de sua candidatura, pelo pouco velado incentivo à violência política e pela reiteração de ameaças golpistas, as instituições optaram pela leniência – pouco ou nada fizeram para coibi-los. Coube ao ministro Alexandre de Moraes tomar a si a tarefa de enfrentar a desinformação, peça central da estratégia da reeleição, por meio de atitudes voluntaristas, que – embora justificadas pelas urgências do momento – não fornecem fundamento para um ordenamento jurídico estável.

A questão candente da liberdade de expressão serve de perfeito exemplo. Sim, os brados de “censura” da extrema-direita são hipócritas, já que ela apostava na difusão deliberada de mentiras com o objetivo de desvirtuar a escolha popular. Uma ação rápida e enérgica era necessária, para evitar danos irremediáveis ao processo eleitoral. Mas ainda falta definir o arcabouço legal que permita estabelecer a sanidade do debate público, sem comprometer a liberdade dos agentes e sem depender do arbítrio de algum xerife do momento.

É fundamental, portanto, voltar a traçar as fronteiras entre os poderes e a definir as atribuições de cada um, permitindo tanto que eles deem previsibilidade à disputa política e à vida social quanto restabelecendo o equilíbrio do sistema de freios mútuos, que, no arranjo liberal, é a garantia da não-tirania. Mas é preciso levar em conta o fato de que as instituições são “povoadas”, isto é, não operam de forma automática, mas por meio dos agentes que nelas ocupam os cargos. Isto significa que seu funcionamento é dependente também do material humano que as compõe.

No caso do Brasil, é forçoso reconhecer que a qualidade deste material é baixa. Uma boa parcela do Congresso é formada por pessoas não apenas pouco qualificadas intelectualmente, mas desprovidas de qualquer senso de dever público; e o mesmo se pode dizer das cortes superiores – nem é preciso citar exemplos. O vale-tudo em que a política foi transformada retirou as últimas inibições para que essas pessoas se comportassem de forma ainda mais predatória e truculenta, gerando um autêntico círculo vicioso.

Um elemento extra da confusão institucional brasileira é o crescimento da presença política militar. Uma certa “doutrina Villas Bôas”, elaborada pelo ex-comandante do Exército, determinaria que as Forças Armadas deveriam ser incorporadas como interlocutores “normais” do debate político. Mas elas evidentemente não são “normais”, pelo simples fato de que estão armadas. Suas intervenções sempre têm um tom de ameaça. Caso se envolvam na política, o risco de que cerceiem ou tutelem o poder civil está presente. E, não importa o que digam suas doutrinas, os militares brasileiros não se consideram um interlocutor político como os outros.

Suas intervenções sempre namoram o mito do “poder moderador” – a ideia fantasiosa de que cabe às Forças Armadas a palavra final nos desentendimentos entre os poderes da República. Também gostam de se arrogar detentoras de um patriotismo especial, inacessível aos civis. No entanto, comumente agem, como bem se vê agora, não em defesa de qualquer ideia, mesmo equivocada, de Pátria, mas para proteger vantagens mesquinhas.

Do apoio velado ao golpe de 2016 ao famigerado tuíte do próprio Villas Bôas (ameaçando o Supremo caso concedesse habeas corpus a Lula, em 2018) e daí à lambança no governo Bolsonaro, as Forças Armadas brasileiras só fizeram confirmar sua inadaptação ao regime democrático – no qual seu papel político é obedecer ao poder civil e nada mais.

Caso enfrente a questão, estabelecendo o silêncio político dos militares como princípio inarredável, punindo manifestações golpistas e saudosismo da ditadura, o novo governo certamente sofrerá tensões. Mas, caso repita o que se fez na transição dos anos 1980 e opte por não enfrentá-la, condenará o Brasil a uma democracia limitada, tutelada e possivelmente efêmera. A profunda desmoralização da corporação militar, dados os vexames que acumulou nos últimos anos, talvez forneça a janela de oportunidade para que esse nó, enfim, comece a ser desatado.

Há um último desafio, não menos importante, à tarefa de reconstitucionalização do país. Trata-se de estender a vigência das garantias constitucionais aos espaços geográficos e sociais em que, mesmo durante os melhores momentos da democracia brasileira, elas tiveram dificuldade de entrar: as periferias, os territórios indígenas, as zonas conflagradas do campo, os locais de trabalho. Trata-se tanto de uma questão de justiça quanto de pragmatismo político.

Afinal, é a força dos grupos sociais dominados que, em última instância, mantém vivas as práticas democráticas. Quanto mais esses grupos foram capazes de usufruir dos benefícios que a democracia traz, tendo garantidos direitos e conquistando uma voz a ser ouvida nos processos de tomada de decisão, maior seu interesse em lutar para preservá-la.

segunda-feira, 21 de novembro de 2022

El gobierno Lula y el desbloqueo del Futuro


Fernando de la Cuadra y Newton Albuquerque
Socialismo y Democracia

La arremetida del poder económico

Todavía falta más de un mes para que el presidente electo Lula da Silva asuma sus funciones en el Palacio do Planalto, y la banca y grupos empresariales ya están ejerciendo una presión impúdica sobre el futuro gobierno. Una declaración de Lula sobre la importancia de la política social y la lucha contra el hambre por encima de la supuesta austeridad del gasto público, provocó una oleada de declaraciones desproporcionadas por parte de sectores representativos del poder económico. De hecho, uno de ellos incluso amenazó con que si Lula continuaba “combatiendo” el mercado, la destitución (impeachment) de su gobierno -que asume en enero de 2023- no tardaría mucho tiempo en ser consumada.

La prepotencia de estos sectores sigue siendo reforzada por la prensa, que se hace eco del chantaje que ejercen los grupos económicos que temen perder sus privilegios y control sobre los trabajadores, manteniendo la contracción salarial y prácticas contrarias al mundo del trabajo con el reforzamiento de la precariedad y la pérdida de los derechos laborales consagrados en el gobierno de Bolsonaro.

Las conquistas experimentadas por los sectores populares y la clase obrera durante los gobiernos del PT fueron consideradas insoportables por los poseedores del gran capital, que han sostenido su “éxito” económico y competitividad internacional al ritmo de la explotación extrema de los trabajadores, como ocurre en la inmensa mayoría de países de la región. La gran vulnerabilidad de los trabajadores implica, específicamente, aprovecharse de una enorme posibilidad de extraer riqueza de los sectores laborales, lo que resulta ser una especie de mantra mágico para los empresarios codiciosos y atrasados.

Por ejemplo, para estas clases resultaba intolerable la posibilidad de que las trabajadoras del hogar pudieran viajar en avión a Miami o que un subordinado pudiera comprar un automóvil. Lo anterior no sólo expone una repulsión cultural de las clases medias brasileñas, sino que sobre todo representa un indicador de que la prosperidad económica de la clase asalariada es simplemente inaceptable para los estándares de explotación a los que aspiran los segmentos empresariales.

Si la reacción de los representantes de la industria y las finanzas parece demasiado histérica, puede ser precisamente porque su vehemencia pretende enmarcar y constreñir al futuro gobierno en una camisa de fuerza presupuestaria que no afecte sus intereses. Este sería el caso de legislar con urgencia una reforma tributaria que grave progresivamente las fortunas y ganancias de las grandes empresas con el fin de obtener los recursos necesarios para financiar los programas sociales del gobierno entrante.

En suma, el alarmismo expresado por los representantes del capital y la invocación de la mencionada responsabilidad fiscal solo confirman una estrategia de disimulación de sus espurios intereses que en ningún caso pueden confundirse con los intereses de la nación y del pueblo brasileño. Guardaron silencio durante los cuatro años del régimen de Bolsonaro, tolerando y aceptando sin reservas todas las ilegalidades y las numerosas violaciones del “techo de gastos” infringidas por el actual gobierno.

Brasil y su herencia maldita

Una de las consecuencias más desastrosas del arraigo del bolsonarismo neofascista en la sociedad y el Estado brasileños fue el bloqueo del futuro. La necropolítica de Jair Bolsonaro y sus hordas bárbaras infundió miedo en las personas, estimuló la privatización, buscó restringirlas al espacio vital de la mera supervivencia, del miedo atomizador que refuta la auténtica política como expresión de lo común, de la relación fértil entre los cuerpos. y mentes activas. Porque al secuestrar la esfera pública de los argumentos, sometiéndola a los delirios paranoicos de los algoritmos de la extrema derecha, Bolsonaro cerró las instituciones a las energías provenientes de la manifestación pluralista de los diversos actores políticos, especialmente de los trabajadores brasileños, las clases proletarias, mientras imponía su pauta de costumbres en detrimento de los temas estructurales de la agenda. Junto a esto, cabe mencionar también la obra de degradación del lenguaje, ahora norteado por la abyecta pornografía de un discurso intolerante, ávido de destrucción física y simbólica de los enemigos.

Dinámica autocrática de este bolsonarismo que corrompió la dialéctica contradictoria del conflicto saludable que modula la construcción intersubjetiva del Estado Democrático de Derecho. En ese sentido, el ascenso de Bolsonaro como consumación del movimiento golpista iniciado en 2016 con la destitución ilegítima de la presidenta Dilma Rousseff, marca el éxito de la estrategia de las clases dominantes y los aparatos estatales de revisar la idea de Brasil, del proyecto de país, al preferir resucitar el pasado reaccionario de la Antigua República y restaurar la tradicional inserción agraria y pasiva en las relaciones económicas internacionales, erosionando los cimientos de la Constitución del 88, sus fundamentos, principios y mandatos.

De hecho, estrecharon los cauces de la Sociedad Civil, de los circuitos de la economía política, al optar por un modelo de desarrollo subalterno, mezquino, ceñido al rol de productor de mercancías agrícolas y divorciado de la construcción de una nacionalidad sustantiva, de carácter nacional-popular, porque integrando a todo el pueblo y su potencial productivo, creativo, una economía con un ritmo intenso y armonizador de los diversos Brasil, de las diferentes regiones que lo componen.

Además de socavar la cultura brasileña estigmatizando los elementos africanos que guían nuestras actividades religiosas y cotidianas, estigmatizando a los nordestinos, persiguiendo tenazmente a las mujeres, a los homosexuales, a los “diferentes”, en un triste espectáculo de hostilidad hacia las bases de la diversidad nacional. Al contrario de reconocer al Otro como referente intrínseco de la alteridad que nos constituye, el fascismo predica su negación perentoria, más aún, su transformación en causa de todos los males del país. Se crea así la antecámara de la “Solución Final”, de la purga, eliminación de quienes se apartan o divergen de la voz monótona del sistema.


Agenda Inmediata y Mediata para la reconstrucción democrática

Brasil necesita más que nunca retomar su proceso de construcción, o más bien su reconstrucción, luego del desmantelamiento general de las instituciones, derechos, prerrogativas y garantías establecidas en la Constitución Ciudadana del 88. La primera y urgente tarea es romper con los cercos establecidos por los sigilos indecorosos del gobierno Bolsonaro sobre los datos del Estado. Presupuesto secreto, encubrimiento de varios esquemas de corrupción -incluyendo la familia de milicianos en el gobierno-, maquillaje, falsificación de información, destrucción de computadores que almacenaban datos de la Administración Pública son algunos de los ejemplos antirrepublicanos de la práctica gubernamental de Bolsonaro.

Sin acceso a toda esta información, no es posible establecer escenarios de gobernanza y mucho menos definir la planificación, las inversiones necesarias para el rescate y promoción de los derechos sociales a la educación, salud, vivienda, aumentos anuales del salario mínimo, aumento de fondos para universidades, para microcréditos, para el fomento de la innovación tecnológica, la cultura, etc. Después de todo, la ciudadanía vista desde una perspectiva concreta requiere una mayor y más efectiva presencia del Estado como instrumento de soberanía popular, especialmente frente a las desigualdades sociales.

Otra tarea es la impostergable lucha contra el hambre, el control de los precios de los productos básicos a través de una política de precios que valorice el consumo interno masivo, a diferencia de lo que ocurre hoy en día, ya que toda la producción de alimentos se orienta exclusivamente a la generación de divisas en el mercado exterior. Brasil produce proteína animal, soja, naranjas, maíz y tantos otros tipos de alimentos para ser enviados a Europa, Estados Unidos, China, mientras más de 33 millones de habitantes padecen el hambre más atroz.

No menos importante porque tiene repercusiones en las propias condiciones materiales de vida de las personas es la recuperación de la agenda democrática entre nosotros. El socavamiento del régimen de derechos fundamentales, los ataques al poder judicial como instancia autónoma de viabilidad de la ciudadanía, así como la desmoralización del poder legislativo por la acción del dinero, de los negocios inconfesables hechos en la oscuridad de la noche, demuestran inequívocamente la dificultad de reequilibrar los poderes del Estado, reajustándolos a las aspiraciones populares y a los dictámenes programáticos de la Carta Fundamental.

En ese sentido, también se destaca la delicada cuestión de repensar la relación entre la sociedad brasileña y las Fuerzas Armadas. La acción tutelar que históricamente ejerce el poder militar sobre las instituciones siempre ha rondado como amenaza y realidad en una historia plagada de Golpes de Estado, que lamentablemente trae consternación y desaliento. Desde 2014, esta situación se ha deteriorado debido a la fragilidad de la hegemonía burguesa, de sus partidos y asociaciones, en la vida pública.

Por ello, las clases dominantes recurrieron nuevamente al Ejército como una especie de “poder moderador” para contener a “los de abajo”. Oficiales de irrefrenable vocación autoritaria y estamental, convencidos de su auto atribuida supremacía de representantes “técnicos” de la nacionalidad. El viejo argumento que emana de los escritos del ultraconservador, ideólogo de la derecha nativa, Oliveira Viana, sobre la necesidad instrumental del autoritarismo como medio de llegada errática a una siempre futura e improbable “democracia”.

La seguridad pública, por ejemplo, debe reservarse a los civiles, las líneas generales de articulación complementaria entre la preservación de la vida, el plexo de derechos y la justicia social a realizar por la acción estatal. El papel central de las Fuerzas Armadas en la trama del golpe de 2016 y en la asunción del neofascista Bolsonaro al gobierno hizo explícita la perseverancia autocrática de esta institución en nuestras vidas y su completo divorcio del pueblo y de sus demandas materiales y subjetivas. Actúan como el brazo operativo del Capital Financiero Internacional y del imperialismo estadounidense, rompiendo con todo rastro de desarrollo soberano, de inscripción activa en la economía y la política mundial.

Sin resolver este cuello de botella, viviremos eternamente bajo la sombra de las botas militares. La misma preocupación que deberíamos tener con la cuestión agraria, con el latifundio que genera cautivos que quedan fuera de los derechos y acceso a los bienes básicos, además de reproducir aspectos coloniales en nuestra formación sociopolítica y cultural. Así como la indispensable cuestión de la regulación normativa, constitucional de los medios, frenando así el poder mastodóntico del Capital en los medios. La práctica oligopólica, el cruce de propiedad de los medios de información, la selectividad partidista de los dueños de la TV, la radio y los diarios, necesitan ser enfrentados adecuadamente si queremos una democracia en Brasil.

Finalmente, es imperativa una reforma profunda del sistema de justicia en Brasil. Abrir la ley y su dicción a la mayoría, profundizar el diálogo participativo sobre la Constitución y el apoyo programático vinculante de los poderes y agentes públicos es dramáticamente indispensable. El hacinamiento de penitenciarías con negros, la barbarie institucionalizada del racismo en la policía, la militarización de la seguridad y el reclutamiento elitista de miembros del sistema de justicia son prueba ineludible de la inviabilidad de sus prácticas con el Estado de Derecho.

Sin embargo, tales cambios, inversiones prioritarias, reconstrucciones institucionales se realizarán en un contexto complejo, junto a un frente amplio y contradictorio, sin olvidar las fricciones en las calles auspiciadas por el protofascismo bolsonarista. Una extrema derecha que no está dispuesta a participar en el juego democrático, sin duda, seguirá enfrentándose con decisión a los avances del gobierno y tratando de bloquear todas y cada una de las políticas diseñadas en beneficio de la población.

Pero, a su vez, el gobierno que se inicia el 1 de enero de 2023, también tendrá que hacer uso de todo su arsenal y repertorio de movilizaciones para mantener intacto el apoyo popular y expandirse permanentemente en diferentes territorios, barrios populares, sindicatos, universidades, centros comunitarios, organizaciones y movimientos sociales, y de esta manera, convocar a una actividad permanente y entusiasta que apoye las transformaciones apremiantes que necesita la nación para destrabar su futuro.

quinta-feira, 10 de novembro de 2022

La victoria de Lula es un ejemplo de solidaridad


Jeremy Corbyn
Jacobin América Latina

La histórica victoria de Lula, impensable hace apenas dos años, no podría haber ocurrido sin que millones de personas lucharan por ella. En tanto los partidarios de Bolsonaro se niegan a aceptar su derrota, la movilización será clave para asegurar la democracia.

Ediane Maria Nascimento habla con confianza, no nacida de la grandeza sino de la gratitud. Con una amplia sonrisa y los brazos a la espalda, agradece a todos los que se han reunido en São Paulo para hacer campaña por Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales. A Ediane se le habría perdonado cualquier petulancia, ya que ha hecho lo que Lula no pudo hacer tres semanas antes: ganar unas elecciones a la primera.

El 2 de octubre no solo se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales. También fue la fecha de las elecciones generales, en las que los miembros del Congreso Nacional y de las asambleas legislativas se presentaron como candidatos en todo el país. Y supuso la primera elección de una trabajadora doméstica para la legislatura del estado de Sao Paulo. Ediane, una mujer negra del estado nororiental de Pernambuco, había trabajado toda su vida como empleada doméstica mientras criaba sola a sus cuatro hijos. «Mi madre era una empleada doméstica, yo era una empleada doméstica. Mi hija rompió el ciclo, y ahora yo también».

Ediane fue una de las varias mujeres de origen étnico minoritario que hicieron historia ese día. Otras fueron Sônia Guajajara —una mujer indígena que, como Ediane, se presentó con éxito como candidata del Partido Socialismo y Libertad (PSOL)— y Danieli Balbi (una mujer negra transexual que representaba al Partido Comunista de Brasil). Tanto el PSOL como el Partido Comunista eran dos de los diez partidos políticos que se habían unido en torno a Lula, incluyendo su propio Partido de los Trabajadores (PT), el Partido Verde y el Movimiento Democrático Brasileño.

La campaña de Lula fue mucho más que una coalición de partidos políticos. Bajo el sol de Brasil, Ediane no llevaba ropa del PSOL. En su lugar, su camiseta roja estaba adornada con un logotipo de cuatro letras: MTST. Ediane es líder del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo. El grupo, fundado en 1984, utiliza diversos métodos —desde la organización de ocupaciones ilegales hasta la presión sobre los legisladores— para enfrentarse al modelo de vivienda neoliberal de Brasil y aumentar la oferta de viviendas sociales. El MTST es uno de los innumerables movimientos sociales que, al igual que la coalición de partidos políticos, se han unido a Lula. Otro es el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), que lucha por el acceso a la tierra de los trabajadores pobres. Y también está la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (APIB), que busca promover los derechos, proteger las tierras y fortalecer la unión de los pueblos indígenas. Su líder no es otra que Sônia Guajajara.

El domingo, Lula fue elegido presidente de Brasil. Se ha hablado mucho de su asombroso regreso político. De hecho, la idea de que Lula ganara las elecciones de 2022 era impensable hace tan solo dos años, cuando aún cumplía una condena injusta en prisión por corrupción. La valiente negativa de Lula a dejar que el Estado brasileño lo «entierre vivo» es notable. Sin embargo, sin el apoyo de movimientos sociales como el MTST, el MST y la APIB, su valor no habría servido de nada. Como el propio Lula reconoció en su discurso de victoria, este no fue un triunfo de él. Fue un triunfo de un «movimiento democrático que se formó por encima de partidos políticos, intereses personales e ideologías». Lula ganó con el apoyo de una coalición de partidos políticos, sindicatos y movimientos sociales que reunieron a millones de trabajadores, indígenas y comunidades marginadas.

Este triunfo no se produjo de la noche a la mañana. Antes de la victoria del lunes hubo una exitosa batalla legal para restablecer los derechos civiles de Lula, llevada a cabo por aquellos que se preocupaban por el debido proceso. Gracias a personas como Geoffrey Robertson KC y John Watts se permitió a Lula presentarse en 2022, anulando con éxito su condena el año anterior. Antes de esta batalla legal estuvo la fundación del PT en 1980. Antes de eso hubo décadas de trabajo organizado; la Confederación Brasileña de Trabajadores se creó en 1906 a raíz de una huelga de veintiséis días en una fábrica de ropa en Río de Janeiro. Puede que Lula se declarara victorioso el 2 de octubre de 2022, pero estaba recogiendo el botín de una campaña que llevaba décadas ganando y perdiendo.

En 2022, esta campaña se unió en torno a una plataforma transformadora para derrotar al fascismo, asegurar la justicia social y salvar el futuro de nuestro planeta. La plataforma de Lula ofrecía una alternativa al empobrecimiento, al odio y al ecocidio: impuestos sobre la riqueza, condonación de la deuda, igualdad salarial entre hombres y mujeres, viviendas más asequibles, aumento del salario mínimo, un programa de reducción masiva de la pobreza, protección de la tierra, la lengua y los derechos de los indígenas y el fin de la deforestación. Estos fueron los compromisos que reiteró en su discurso de victoria. Quizás la parte más significativa de su discurso llegó al final: Brasil, dijo, no se dejará arrastrar a una nueva Guerra Fría o a una carrera armamentística sin fin. Lula será una voz para la diplomacia en lugar de la guerra; bajo su liderazgo, Brasil se esforzará por fomentar las buenas relaciones con todos los socios mundiales, en aras de la paz internacional.

Una coalición liderada por la izquierda no solo merece el crédito por la elaboración de la plataforma transformadora de Lula. También está llamada a encargarse de su mantenimiento en el poder. Después de todo, la victoria formal en las urnas es solo el comienzo. Al momento de escribir este artículo, Bolsonaro no ha admitido aún su derrota y sus partidarios están bloqueando cientos de carreteras para protestar por el resultado. El resultado del domingo fue una victoria para el movimiento popular de base, aunque una victoria estrecha; y una victoria estrecha sobre una extrema derecha bien financiada y profundamente intolerante. Lula no resistirá solo la ola que se avecina. Necesitará el apoyo continuado de quienes, sobre el terreno, han forjado vínculos comunes más allá de la arquitectura electoral.

Espero, pues, que los que se suben rápidamente al carro de la victoria de Lula presten atención a la fuente de su éxito. El resultado del lunes demuestra que el camino hacia un futuro más verde y justo no pasa por la triangulación, la marginación de la izquierda o los intentos de encantar a los directores generales. Es a través de la movilización de una coalición multirracial de la clase trabajadora, galvanizada por la perspectiva de un gobierno lo suficientemente audaz como para hacer lo necesario para abordar las crisis más importantes de nuestro tiempo.

A medida que más y más personas se ven sumidas en la pobreza, la inseguridad y la marginación, hay una coalición cada vez mayor de activistas, sindicatos y movimientos sociales que reclaman una redistribución masiva de la riqueza, el poder y la propiedad. Algunas de estas redes llevan décadas gestándose. Sería una pena, como mínimo, desperdiciar su energía colectiva poniéndose del lado del statu quo. Como demuestra el éxito de Lula: ¿quién necesita focus groups cuando se tiene solidaridad? La lucha mundial por el cambio transformador la llevan a cabo personas cuyos nombres quizá nunca conozcamos. Les debemos a todos y cada uno de ellos —nos debemos a todos— la victoria.

segunda-feira, 7 de novembro de 2022

La tarea ahora es la “desbolsonarización” de Brasil


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

¿Con la derrota del domingo, se puede pensar en el ocaso del Bolsonarismo? Responder esta interrogante requiere sopesar los diversos desdoblamientos de los resultados de estas elecciones. Por una parte, el reconocimiento indirecto de la derrota del ex capitán permite dar un suspiro de alivio a las amenazas golpistas que se cernían sobre el país, volcando ahora toda la atención hacia el futuro, hacia lo que será la gestión del presidente electo Lula da Silva.

Fortaleciendo esta mirada sobre el futuro –no exclusivamente de Brasil- el presidente electo ha sido invitado a participar en la próxima Conferencia de las Partes (COP27) que se acaba de inaugurar en Egipto. La importancia de la presencia de Lula viene a confirmar las enormes expectativas que existen con relación al nuevo gobierno, no sólo por la negligencia y la cometido criminal con que fue tratado el problema medioambiental durante el gobierno saliente, sino también por la agenda innovadora que está siendo elaborada por las futuras autoridades como parte de las acciones de mitigación y de combate al calentamiento global, incluida la cuestión de la transición energética y la adopción de la “energía verde” como parte de una estrategia de gran relevancia para el equipo que asumirá el Ministerio de Medio Ambiente.

El futuro presidente también ha señalado entre sus compromisos de campaña llegar a una desforestación cero, completar la demarcación de las tierras indígenas y reprimir las actividades extractivistas, dando la prioridad debida a la materia del cambio climático global. En efecto, la problemática ambiental se encuentra entre las cuestiones centrales que serán abordadas por el nuevo gobierno, que deberá enfrentar con urgencia la tragedia de la devastación de la región Amazónica. Solo para tener una idea comparativa, entre los años de 2004 y 2012, durante las presidencias de Lula da Silva y Dilma Rousseff, el corte en la floresta amazónica disminuyó en un 80 por ciento. Ya en los 3 primeros años del gobierno Bolsonaro el talaje indiscriminado de los bosques en ese territorio alcanzó un 73 por ciento.

Pasado y futuro del bolsonarismo

En ese sentido, Bolsonaro se transformó con inusitada velocidad en una figura del pasado. Ahora parece sentenciado a cerrar su administración y apoyar el proceso de transición hacia el nuevo gobierno, como mandata la Constitución Federal. De hecho, los principales partidos del llamado centrao ya señalizaron con inusitada presteza que están dispuestos a apoyar al próximo gobierno Lula en todas las materias que sean de “interés” nacional.

Sin embargo, pese a todas las barbaridades cometidas en su gobierno, Bolsonaro continúa manteniendo un enorme respaldo entre el electorado brasileño, lo cual lo hace poseedor de un capital político indesmentible. En rigor fue derrotado Bolsonaro, pero todavía hay que derrotar al Bolsonarismo. No deja de ser intrigante saber que 58 millones de brasileños votaron por un mandatario que tuvo el peor desempeño desde la redemocratización. No solo su administración deja un legado de casi 700 mil muertes a causa de la pésima gestión de la pandemia del Covid19, como también su mandato será reconocido como aquel que provocó la mayor destrucción de los ecosistemas y biomas de la historia brasileña.

Tal como hemos resaltado en una columna anterior (Hambre y miseria azotan a Brasil en un año electoral), la administración vigente también consiguió recolocar a Brasil en el “Mapa del hambre”, calculándose que en la actualidad más de 33 millones de personas no consiguen obtener una cantidad de nutrientes suficientes para llevar una vida digna. Ello es tanto o más escandaloso si pensamos que Brasil es la tercera potencia mundial en producción de alimentos. Desempleo, congelamiento salarial, inflación, carestía, incremento de la violencia, destrucción de las políticas sociales son algunos de los componentes de un gobierno infame que ha tornado más difícil la vida de los brasileños. Todo ello, sin mencionar los arrestos autoritarios y las amenazas a las instituciones democráticas que ha sido una práctica casi cotidiana desde que Bolsonaro asumió la primera magistratura.

Entonces, tenemos que, por una parte, Bolsonaro y su gobierno ya representan una figura del pasado y ahora todas las miradas se concentran en lo que realizará el nuevo gobierno. Pero, por otra parte, también es posible predecir que el Bolsonarismo puede transformarse en una fuerza política, social y parlamentaria significativa en el futuro, considerando que muchos de sus acólitos incondicionales fueron recientemente electos en las dos Cámaras del Congreso.

Que hace de Bolsonaro, todavía una figura con importante adhesión entre los brasileños, cuando él es un personaje que debería quedar olvidado para siempre como el presidente de un gobierno desastroso para la vida de la enorme mayoría de los habitantes. Si en la actual coyuntura ya se habla del futuro ex presidente, cerrando anticipadamente su ciclo gubernamental, lo cierto es su legado puede sobrevivir si no es combatido con decisión y perseverancia. Lamentablemente, existen bases suficientes para sustentar la sobrevivencia del bolsonarismo.

A una parcela conservadora de la población brasileña que abraza los principios de “Dios, Patria y Familia”, se suman los fanáticos pentecostales que han sido intoxicados con los discursos delirantes de centenas de pastores que han apoyado con discursos alucinados y mentirosos al ex capitán. Se sabe que en gran medida este apoyo se debe a las exenciones tributarias y fiscales que han recibido las iglesias evangélicas en este periodo.

Bolsonaro fue capaz de galvanizar el conservadurismo contra cualquier tipo de cambio y también fue capaz de dar visibilidad en escala nacional a una cultura country que se encontraba constreñida al espacio rural, a una estética del agro que fue consolidando una identidad que parecía superada con el proceso de modernización experimentado por la sociedad brasileña desde la redemocratización.

Despreciada por la elite cultural sintonizada con la cultura global y cosmopolita, esta identidad mezcla de sertaneja y country fue inundando el espacio urbano con su culto al héroe individual y aguerrido que triunfa únicamente gracias a su esfuerzo personal, no importando las conquistas en el plano de la política ni percibiendo el impacto de las políticas públicas en la vida cotidiana de los ciudadanos. “Soy solo aquello que mi esfuerzo personal es capaz de lograr”. Por lo mismo, no existe una visión holística de las barreras y obstáculos estructurales que se interponen en la vida de las personas y en esa lectura la rabia de la frustración que llega casi inevitablemente en el decurso de la existencia de cada uno, se vuelca contra las minorías beneficiadas por las políticas de los “izquierdistas”, que destinan mayores recursos para los pobres, los negros, los indígenas, las minorías LGBTI+, los presidiarios, etc.

De esta manera, el ex capitán dio voz y expresión a los inconformados con la vida, les proporcionó una identidad vehiculada y difundida a través de las redes, alimentada además por visiones mágicas y trastornadas de un pentecostalismo desvariado que lo transformó a Bolsonaro en un enviado divino, el Mesías iluminado destinado a redimir las almas pecadoras y el mal de la humanidad. Esta nueva gramática identitaria consiguió neutralizar las críticas a la peor labor gubernamental de las últimas décadas, permitiéndole a Bolsonaro gozar de una resiliencia ante todos los desastres sanitarios, económicos, laborales, sociales, culturales y ambientales producidos por su desgobierno.

Desmontar esta configuración identitaria que subvierte las tendencias integradoras y progresistas de la sociedad, se pone como uno de los grandes desafíos de la política democrática del futuro, no solo para el gobierno que se iniciará el próximo año, sino para el conjunto de las fuerzas democráticas del país. Recapitulando, en lo que respecta a su gobierno Bolsonaro es pasado, pero el bolsonarismo puede continuar siendo una referencia para millones de habitantes del país. Por eso es fundamental asumir la tarea de su desmantelamiento y superación.


Desafíos para desanudar los nuevos tiempos

Reconociendo este fenómeno, el proyecto de reconstrucción emprendido por Lula y los referentes que lo sustentan va a tener que acomodarse con aquello que el pensador florentino Maquiavelo ya intuía a comienzos del siglo XVI, esto es, analizar las circunstancias del campo político dentro y fuera del Congreso y del Poder Judicial, para a partir de allí generar las condiciones para ir construyendo un proyecto de consolidación del marco democrático y simultáneamente ir desterrando los resabios del ideario de la extrema derecha que se ha instalado en Brasil. En otras palabras, para desbolzonarizar el futuro de este país es imprescindible contar con un gran pacto político y social que desmonte las armadillas dejadas por cuatro años de ataques sistemáticos a las instituciones democráticas, a las políticas públicas y al propio quehacer político como actividad fundamental para organizar la nación.

La coalición triunfante ya ha dado sus primeros pasos en la búsqueda de los consensos mínimos para poder gobernar a partir de 2023. Es de suma urgencia obtener los recursos presupuestarios para llevar adelante algunas de las promesas de campaña más significativas: Reinstalar el Programa Bolsa Familia con el correspondiente bono para las madres que tienen hijos hasta 6 años, aumentar el salario mínimo, retomar el programa de la Farmacia Popular y de la merienda escolar. Pero junto con estos objetivos de corto plazo, es imprescindible elaborar y ejecutar un conjunto de acciones de largo plazo tendientes a desmantelar el proyecto de la extrema derecha, reconquistando el espacio del saludable debate democrático en un ambiente de pluralismo, libre expresión y respeto a los adversarios.

En tal sentido, el triunfo de Lula resuelve el impasse democrático que vive la sociedad brasileña, con una apuesta orientada a recomponer la correlación de fuerzas democráticas y constituir una mayoría parlamentaria que permita generar condiciones para implementar los ejes principales del gobierno. Por lo mismo, no será un gobierno con una agenda de izquierda, sino más bien de una coalición que busque fortalecer un programa socialdemócrata de mayor inclusión y justicia social, reestructurando el sistema tributario -hacia un modelo de recaudación efectivamente progresivo- para obtener la recaudación necesaria para reponer y ejecutar el conjunto de políticas sociales que han sido desmontadas en los últimos cuatro años.

Tal como señala acertadamente el cientista político Luis Felipe Miguel en su reciente libro: “Colocada en estos términos, la victoria de Lula consagraría la idea de que la solución para los retrocesos sufridos en los últimos tiempos es la recomposición de una mayoría electoral y parlamentaria más o menos democrática, con una hegemonía moderadamente progresista y dispuesta a producir los más amplios consensos posibles”.

Es decir, en esta coyuntura se expresa un tipo de chantaje por el cual a la izquierda se le exige que abra mano de su discurso y de una agenda de transformaciones más profundas para el país. Las políticas de inclusión se encuentran a la orden del día, pero sin alterar significativamente el escenario económico y político del país. Después del impeachment de Dilma Rousseff en 2016 y de la emergencia y posterior triunfo de la extrema derecha en las elecciones de 2018, la tarea preeminente parece ser recomponer el tablero con las reglas de juego democrático, con especial atención para las amenazas y desvíos autoritarios impulsados por los sectores golpistas.

Indudablemente un escenario más propicio podría estimular la construcción de un bloque histórico popular necesario para realizar las transformaciones más profundas que la sociedad brasileña requiere, en la línea propuesta por Antonio Gramsci y después reelaborada por Enrico Berlinguer en su concepción del “Compromiso histórico”. En pocas palabras, esta noción postula que la formación de este bloque significa la construcción de una amplia alianza entre el conjunto de las fuerzas progresistas que impulsan las transformaciones necesarias para obtener una mayor justicia social. Este pacto se produciría por medio de un compromiso histórico, en el cual se constituye el tejido de la gran mayoría del pueblo en torno a un programa de lucha por el saneamiento y la renovación democrática de toda la sociedad y del Estado, en donde se hace corresponder a este programa y a esta mayoría una coalición de fuerzas políticas capaz de realizarlo. Un pacto de este tipo no parece imposible, aunque los datos de realidad permiten suponer que Brasil se encuentra actualmente en una etapa de recomposición de las instituciones democráticas en consonancia con la lucha para avanzar hacia una derrota definitiva de los sectores más retrógrados y reaccionarios del país.

Desde una perspectiva estratégica, incluso consideramos que es necesario crear las condiciones para que se pueda fortalecer una derecha democrática y dialogante que les quite sustento y visibilidad a las hordas fanatizadas de la extrema derecha que se han ido incubando en la sociedad brasileña desde hace mucho tiempo, pero que emergieron con mucha fuerza desde los subterráneos nostálgicos de la dictadura y las cloacas de la historia. Estamos en presencia de una sociedad fracturada que necesita ser reconciliada y para ello es preciso realizar las renuncias apropiadas que en otros tiempos podrían parecer exageradas.

Este gran pacto nacional tendrá por ciento un fuerte impacto sobre aquellos sectores y grupos que desean mantener el estatus quo a cualquier precio: los ruralistas, especialmente los pecuaristas, los madereros ilegales, los ocupantes ilícitos de tierras (grileiros), los invasores de reservas indígenas, los garimpeiros, los pastores pentecostales, los especuladores favorecidos por el gobierno, los evasores de impuestos, etc.

Esta extrema derecha ideológica y/u oportunista va a enfrentar férreamente el gobierno de Lula, tratando de generar a todo momento el caos institucional o intentando paralizar el país con sus prácticas saboteadoras y golpistas. Para ello, la coalición gobernante tendrá que apoyarse en aquellas mayorías que le dieron su voto y que se movilizaron activamente para confirmar el triunfo en las urnas. Estas mayorías deberán permanecer alertas y seguir movilizándose para defender al gobierno en sus esfuerzos para reconstruir las instituciones democráticas e implementar las políticas sociales que mejoren la vida de los brasileños. Ello también le dará sustentabilidad al proyecto de desmontar y derrotar definitivamente el bolsonarismo en todos los ámbitos, para que a mediano plazo este no represente más que una pesadilla que se acometió sobre este inmenso territorio llamado Brasil.