sábado, 10 de janeiro de 2026

Si hacen cosas fascistas, quizás haya que llamarles fascistas

Beñat Zaldua
La Jornada

Trump tiene tras él un sólido movimiento de masas de corte supremacista, predispuesto a la acción violenta y para el que la democracia no significa nada.

El nombre de Kurt von Schuschnigg no dice gran cosa hoy día. Ahora entenderemos por qué. El 12 de febrero de 1938 llegó en tren a Berchtesgaden, en Baviera, disfrazado de esquiador. Nadie diría que tras semejante atuendo se esconde el pequeño déspota, racista y timorato canciller que gobierna Austria sin contrapeso parlamentario. Adolf Hitler lo ha llamado al orden a su refugio alpino del Berghof.

Tras una comida llena de conversaciones frívolas, Hitler se va a descansar y dos horas de ansiedad después, le expone a Schuschnigg sus condiciones para “respetar” la soberanía austriaca. Entre otras cosas, debe situar a un nazi austriaco al frente del ministerio del Interior y amnistiar a todos los nazis encarcelados, también a los que mataron a Engelbert Dollfus, antecesor de Schuschnigg. Y le da ocho días para cumplir las condiciones a cambio de las cuales, según el documento encima de la mesa, “Alemania renuncia a toda intromisión en la política interior de Austria”.

Schuschnigg intenta negociar y Hitler responde: “No cambiaré una coma. O firma usted o no tiene sentido que prosigan estas conversaciones”. Generales de la Wehrmacht miran expectantes. Dos oficiales de las SS sirven el café. El austriaco, ser diminuto, acaba anunciando su firma. Pero hay tiempo para un pero, según cuenta en sus memorias. “Con esa firma no va a adelantar usted nada. Según nuestra Constitución, sólo la más alta autoridad del Estado, es decir, el presidente de la República, puede nombrar a los miembros”.

Éric Vuillard, de cuyo libro El orden del día se nutren estas líneas, no tiene piedad con el pusilánime Schuschnigg: “No se contentaba con ceder ante Adolf Hitler, necesitaba también atrincherarse tras otra persona”. El alemán, contrariado, se retira con un general. Schuschnigg cree haber ganado un tanto. 45 eternos minutos después, llama de nuevo al austriaco: “He decidido, por primera vez en mi vida, replantearme una decisión. Espero que este acuerdo entre en vigor en un plazo de tres días”.

La maniobra procedimental le ha costado a Schuschnigg cinco días de margen. Acepta el trato sin rechistar, junta los añicos de soberanía austriaca esparcidos por el suelo y regresa a su país, que sólo un mes después será invadido por los tanques alemanes.

Es una buena época para releer a Vuillard, que culmina su libro con un epitafio sublime: “Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor”.

Hitler fue Hitler y Schuschnigg fue Schuschnigg, igual que Trump es Trump y Von der Leyen es Von der Leyen. Hay que huir del cliché, pero así, con los pies de puntillas y aprovechando que no nos escucha nadie, yo no sé si la escena en el campo de golf escocés del presidente estadunidense, en el que Von der Leyen entregó un buen pedazo de soberanía europea a Washington este verano, dista demasiado de aquel encuentro en el Berghof. Salvando las distancias, que las hay, los paralelismos son francamente sencillos de establecer, empezando por el propio escenario. Del refugio alpino del führer, al campo de golf de Trump.

Pero las comparaciones históricas no pueden ser sólo un ejercicio literario. Hay que escarbar un poco en la realidad para ver si tienen fundamento. ¿Aguanta la etiqueta de fascismo lo que está ocurriendo en Estados Unidos?

Robert Paxton explica en su Anatomía del fascismo que éste no se caracteriza tanto por un corpus ideológico concreto, sino por su acción. Son los actos los que dan cuerpo al fascismo, un accionar en el que brilla con luz propia la fascinación por la violencia. El ataque a Venezuela lo puede explicar por sí solo un imperialismo renovado, pero no las declaraciones de Trump: “Deberían haber visto esa velocidad, esa violencia, fue realmente increíble”. El discurso antinmigración no es exclusivo del fascismo, pero la actividad del ICE, no sólo por el reciente homicidio de una mujer en Minnesota, difícilmente puede recibir otro calificativo.

El propio Paxton, reacio durante el primer mandato de Trump a calificarlo de fascista, se autoenmendó tras el asalto al Congreso de 2021. Desde entonces lo ha tenido claro: es fascismo. Pero no sólo porque Trump sea un fascista que pueda compararse con Hitler o Mussolini, añade, sino, sobre todo, porque tiene tras él un sólido movimiento de masas de corte supremacista, predispuesto a la acción violenta y para el que la democracia no significa absolutamente nada.

Este académico no está solo, ni mucho menos. Jason Stanley, otro investigador de la misma materia en Yale, anunció en abril que se muda a Canadá: “Ya somos un régimen fascista”.

Es crucial llamar las cosas por su nombre y, sobre todo, hacerlo a tiempo. Llamándolos fascistas quizá visualicemos mejor el peligro que son. Y en cualquier caso, es mejor equivocarse ahora que lamentarse después. Todo el libro de Vuillard es un recopilatorio de momentos en los que alguien pudo haber hecho algo para parar los pies a Hitler y no lo hizo. Que no escriban ese libro sobre nosotros de aquí a unas décadas.

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