sábado, 10 de janeiro de 2026

La nueva era imperial de Estados Unidos

Joseph Stiglitz
Project Syndicate

El presidente estadounidense Donald Trump ha atraído una ola de críticas por sus acciones en Venezuela, violaciones al derecho internacional, desdén por normas establecidas y amenazas contra otros países, incluso aliados, como Dinamarca y Canadá. En todo el mundo existe una palpable sensación de incertidumbre y premonición. Pero ya debería ser obvio que las cosas no terminarán bien, ni para Estados Unidos ni para el resto del mundo.

Nada de esto constituye una sorpresa para muchos en la izquierda. Todavía recordamos la advertencia de despedida del ex presidente Dwight Einsenhower, referente al surgimiento de un complejo industrial-militar a partir de la Segunda Guerra Mundial. Era inevitable que una nación cuyo gasto militar era igual al del resto del mundo combinado llegará con el tiempo a utilizar sus armas para dominar a otros.

Sin duda, las intervenciones populares se volvieron cada vez más impopulares después de las malhadadas incursiones estadunidenses en Vietnam, Irak, Afganistán y otras partes. Sin embargo, Trump nunca ha mostrado mayor preocupación por la voluntad del pueblo estadunidense. Desde que entró en la política (y con seguridad desde antes) ha considerado estar por encima de la ley, alardeando de que podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York sin perder un voto. La insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio –cuyo aniversario acabamos de “celebrar”– mostró que tenía razón. La elección de 2024 reforzó el control de Trump sobre el Partido Republicano, al asegurar que no hará nada para obligarlo a rendir cuentas.

La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro fue descaradamente ilegal e inconstitucional. Como intervención militar, requería el conocimiento previo del Congreso, si no su aprobación. E incluso si se estipulara que se trataba de un asunto de “aplicación de la ley”, el derecho internacional requiere que tales acciones se lleven a cabo mediante la extradición. Un país no puede violar la soberanía de otro ni capturar ciudadanos extranjeros –ya no digamos jefes de Estado– dentro de otro país. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, el presidente ruso Vladimir Putin y otros han sido acusados de crímenes de guerra, pero nadie ha propuesto enviar soldados para capturarlos dondequiera que estén.

Aún más descaradas han sido las subsecuentes afirmaciones de Trump. Sostiene que su gobierno “manejará” Venezuela y tomará su petróleo, dando a entender que no se le permitirá vender al mejor postor. Dados estos designios, parecería que una nueva era de imperialismo se cierne sobre nosotros. El poder hace el derecho, y nada más importa. Las cuestiones morales –como matar docenas de presuntos narcotraficantes sin ninguna pretensión de proceso debido– y el imperio de la ley han sido hechos a un lado, con apenas algún gemido de los republicanos que alguna vez proclamaron con orgullo los “valores” estadounidenses.

Muchos comentaristas se han referido ya a las implicaciones para la paz y estabilidad globales. Si Estados Unidos reclama al hemisferio occidental como su esfera de influencia (la “doctrina Donroe”) e impide a China el acceso al petróleo venezolano, ¿por qué China no debería reclamar el este de Asia e impedir a Estados Unidos el acceso a los chips de Taiwán? Para hacerlo no necesitaría “manejar” a Taiwán, sino sólo controlar sus políticas, en particular las que le permiten exportar a Estados Unidos.

Vale la pena recordar que a Gran Bretaña, la gran potencia imperial del siglo XIX, no le fue bien en el siglo XX. Si la mayoría de las otras naciones cooperan frente a este nuevo imperialismo estadunidense –como deberían–, las perspectivas a largo plazo para Estados Unidos serían aún peores. Después de todo, Gran Bretaña al menos intentó exportar principios saludables de gobierno a sus colonias, introduciendo un mínimo de estado de derecho y otras instituciones “buenas”.


En contraste, el imperialismo trumpista, ausente de cualquier ideología coherente y por completo carente de principios, es tan sólo una expresión de codicia y voluntad de poder. Atraerá a los más avaros y mendaces réprobos que la sociedad estadunidense puede producir. Tales ejemplares no producen riqueza: dirigen su energía a la búsqueda de ganancias, saqueando a otros mediante el ejercicio del poder del mercado, el engaño o la abierta explotación. Los países dominados por los buscadores de ganancias producen algunos individuos acaudalados, pero no llegan a ser prósperos.

La prosperidad requiere del estado de derecho. Sin él, existe una perpetua incertidumbre. ¿Se quedará el gobierno con mis bienes? ¿Exigirán los funcionarios un soborno para pasar por alto algún pecadillo insignificante? ¿La economía será un campo de juego parejo, o los poderosos siempre darán la ventaja a sus amigotes?

Es famosa la observación de Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pero Trump ha mostrado que no se requiere poder absoluto para sumirse en una corrupción sin precedente. Una vez que el sistema de pesos y contrapesos comienza a venirse abajo –como de hecho ocurre en Estados Unidos–, los poderosos pueden operar con impunidad. Los costos serán pagados por el resto de la sociedad, porque la corrupción siempre es mala para la economía.

Uno esperaría que hayamos llegado al “tope de Trump”, que esta era distópica de cleptocracia termine con las elecciones de 2026 y 2028. Pero Europa, China y el resto del mundo no pueden confiar sólo en la esperanza. Deben desarrollar planes de contingencia que reconozcan que el mundo no necesita a Estados Unidos.

¿Qué ofrece Estados Unidos de lo que el mundo no pueda privarse? Es posible imaginar un mundo sin los gigantes de Silicon Valley, porque las tecnologías básicas que ofrecen están ahora disponibles en muchas partes. Otros correrían a suministrarlas, y bien podrían establecer salvaguardas mucho más fuertes. También es posible imaginar un mundo sin las universidades y el liderazgo científico estadunidense, porque Trump ha hecho ya su mayor esfuerzo por asegurar que esas instituciones tengan que batallar para mantenerse entre las mejores del planeta. Y es posible imaginar un mundo donde los demás no dependan del mercado estadunidense.

El comercio trae beneficios, pero no tantos si una potencia imperial busca hacerse con una porción desproporcionada para sí misma. Llenar el “hueco en la demanda” planteado por los persistentes déficits comerciales de Estados Unidos será mucho más fácil para el resto del mundo que el reto que enfrenta Estados Unidos de atender el lado de la oferta.

Una potencia hegemónica que abusa de su poder y amedrenta a otros debe ser acorralada en su esquina. Resistir a este nuevo imperialismo es esencial para la paz y la prosperidad de todos. Si bien el resto del mundo debe esperar lo mejor, necesita planear para lo peor y, al planear para lo peor, puede que no haya alternativa al ostracismo económico y social: ningún otro recurso más que una política de contención.

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