domingo, 19 de fevereiro de 2023

El espíritu revolucionario de Frantz Fanon sigue vivo

Raj Patel
New Frame

Una nueva colección de ensayos utiliza los trabajos del psiquiatra y filósofo político radical para explorar cómo el lenguaje y la capacidad de pensamiento e ingenio de una comunidad amenazan al Estado.

¿Qué puede ofrecer un psiquiatra que murió hace 60 años a la lucha de la clase trabajadora en el siglo XXI? Fanon Today : Reason and Revolt of the Wretched of the Earth de Nigel Gibson, un volumen editado con colaboradores de Siria y Pakistán a Palestina y Sudáfrica, sugiere una respuesta: sanación revolucionaria.

Completado durante la pandemia con su consiguiente amplificación de la inequidad y el trauma para los empobrecidos, este libro es un producto del momento, y en 551 páginas, sin escatimar en su cobertura. Aunque está organizado en tres secciones, Fanonian Militants, Still Fanon y Fanonian Practices, la tipología no es rígida. Los sitios en los que Fanon sigue siendo relevante son geográficamente diversos, pero una de las características unificadoras es que no importa dónde se mire, el espacio fanoniano es uno de poder comunitario en desarrollo contra el Estado. Por esa razón, las comunidades también se cercan con frecuencia para contener la amenaza y luego se les llena de plomo para eliminarla.

Consideremos, en primer lugar, el cercado de la inteligencia. Wangui Kimari comienza su capítulo con las observaciones de Fanon sobre la geografía: “El mundo colonizado es un mundo dividido en dos. La línea divisoria, la frontera, está representada por los cuarteles y las comisarías”. El excelente capítulo de Toussaint Losier sobre la relevancia de Fanon en las prisiones de los Estados Unidos observa que no es la ocupación del espacio lo que es la revolución, sino la conciencia revolucionaria que emerge dialécticamente de la ocupación de ese espacio.

El pensamiento que surge de los proyectos revolucionarios fanonianos es contrahegemónico y, por lo tanto, una amenaza muy real para el poder estatal. Frantz Fanon diagnosticó el proyecto colonial francés en Argelia como un intento de “descerebrizar” al pueblo, como nos recuerda Gibson en su destacado capítulo. Cuando las comunidades se involucran en el análisis científico de sus circunstancias y responden con arte, radio y política, la gente rechaza el colonialismo. En Bairro Alto, Lisboa, la poesía lírica y las batallas de hip-hop están criminalizadas. En Los Ángeles, la policía estaba aterrorizada por la tregua negociada por las pandillas en Watts en 1992. Cuando las pandillas depusieron las armas, la policía llenó el vacío con sus propios disparos, una señal del pánico que el reconocimiento del poder comunitario generó en el Estado.

Para los lectores que esperan leer Fanon sobre la violencia, Fanon Today deja en claro que ha habido un cambio desde que Fanon publicó por primera vez los Condenados de la Tierra en 1961. En el siglo XXI, el proyecto de descolonización en curso se contrarresta con violencia, no con tropas coloniales. , sino por fuerzas internas, ya sean fuerzas del orden o milicias. La policía es una amenaza constante. Mientras apuntan con sus armas a los cuerpos de los militantes, el objetivo final es la capacidad de pensamiento, inteligencia e ingenio de las comunidades. Las fuerzas burguesas poscoloniales responden con políticas públicas precoloniales, ofreciendo sacrificios de sangre para salvar su cuerpo político.

Quienes luchan por la justicia han sido blanco sistemático de masacres policiales. Desde asentamientos de chabolas en Durban hasta guetos en Los Ángeles, la violencia policial se lleva a cabo como un ejercicio para enseñar a los empobrecidos que no pueden ni deben tratar de pensar por sí mismos. En Cova de Moura en Amadora, Portugal, un espacio ocupado por inmigrantes principalmente de Cabo Verde, los trabajadores traídos para construir un puente que el dictador António de Oliveira Salazar nombró por sí mismo fueron acorralados por alambradas y caminos, y la policía disparó 54 veces a un residente.


Trauma global

Pero no es necesario que las balas se disparen constantemente para que sean la fuente de un trauma permanente. La amenaza de la violencia estatal es tan real como la degradación crónica y las señales del encierro. Tanto Fanon el psiquiatra como Fanon el revolucionario interpretan y luego sanar de la violencia del colonialismo.

El capítulo de Samah Jabr y Elizabeth Berger es un himno a la deuda que los trabajadores de salud mental de todo el Sur Global tienen con Fanon cuando señaló el trauma colonial y sus complejos. Aquellos que sobreviven a la confrontación con el estado colonial a menudo se ven destrozados psicológicamente por un trauma que solo terminará con el fin de la ocupación. Este trauma es global y se agudiza por la experiencia de la negritud, pero la crítica del colorismo de Razan Ghazzawi complica la idea de que el blanco y el negro son categorías simples. Esto es especialmente cierto cuando las políticas de clase y de género influyen en la experiencia vivida de los militantes en el frente. Fanon habría tenido poco tiempo para la política de autenticidad.

Fanon, el médico, comprendió que la violencia de la lucha colonial se manifiesta de muchas formas diferentes. Las comunidades indígenas tienen más probabilidades de morir, y morir por diabetes, homicidio y suicidio, que los colonos en sus países. El capítulo de Léa Tosold, que ubica a Fanon en las luchas del pueblo munduruku en la Amazonía y que incluye un análisis de la praxis de la autodemarcación del territorio a pesar de la temible resistencia estatal, es particularmente bienvenido. Los lectores que deseen más información sobre Fanon y los estudios indígenas pueden dirigirse a Red Skin, White Masks de Glen Sean Coulthard.

El lenguaje de la lucha

La lucha indígena en todo el mundo implica siempre la defensa de formas de pensamiento bajo la ocupación. De diferentes maneras, Losier y Feargal Mac Ionnrachtaigh comparten cómo el encarcelamiento fue, para unos pocos, una escuela de lucha porque era una escuela de lenguaje. Hablar irlandés contra la hegemonía del inglés del ocupante fue, como dijo un ex preso republicano, “una parte crucial de nuestra lucha contra la criminalidad y ayudó a formar nuestra identidad. Tuvimos que luchar para aprender y hablarlo fue una forma de resistencia. Cada vez que hablábamos irlandés, le decíamos a nuestro enemigo que éramos republicanos irlandeses, protestando y luchando. No íbamos a dejar que nos silenciaran... Irish fue un arma que usamos contra los tornillos dejándolos totalmente frustrados y excluidos. Nuestra expresión de identidad los dejó sintiéndose totalmente impotentes.

Este idioma tiene verdadero poder curativo. En varios estudios , el uso de la lengua indígena protege a sus hablantes del tabaquismo, el abuso del alcohol y la diabetes, males que tienen como vector al colonialismo . Dichos lenguajes están siendo atacados por el capitalismo colonial, sobre todo por la gramática de la inteligencia y la reciprocidad socavada por el inglés colonial. Quizás lo más destacado del libro es la oportunidad de ver a Fanon trabajando en la rearticulación del lenguaje en un diálogo entre Gibson y una variedad de miembros de Abahlali base Mjondolo. En el diálogo, Fanon se discute como una forma de entrar en la política de construcción del movimiento, al igual que las mentiras de la “planificación de ciudades inteligentes”, los conflictos sobre el papel de la religión y las articulaciones de poder dentro del ANC (Congreso Nacional Africano, partido político de Sudáfrica).

Es un raro privilegio ver este tipo de transcripción de Fanon en acción, particularmente en una organización que incorpora muchas de las ideas del libro. El lenguaje del abahlalismo desafía al Estado: el gobierno consideraba que Abahlali vivía en “asentamientos informales” o “barrios marginales”. La propia Abahlali abrazó el lenguaje de las “chabolas”, orgullosa de ocupar y socializar la tierra y la vivienda, y afirmar su derecho a la ciudad. La insistencia de Abahlali en su capacidad para pensar independientemente del estado se encontró primero con acusaciones de una tercera fuerza, la incredulidad del estado y la burguesía de que las personas empobrecidas pudieran pensar y escribir por sí mismas. Y, a medida que la amenaza del activismo organizado e inteligente presionó contra el Estado, ha matado a docenas de personas en respuesta, todo lo cual ha dejado al movimiento traumatizado.

El camino hacia la curación será largo. Nadie pretende lo contrario. El mismo Fanon entendió la necesidad de descolonizar el proceso de curación. Después de hacer todo lo posible para transformar las instalaciones psiquiátricas en su práctica en el Centro Psiquiátrico Blida-Joinville, Fanon se fue para unirse a la lucha de liberación en serio. Murió a los 36 años de leucemia, no sin antes observar las barreras coloniales a su propia práctica: “Detrás de 'el médico que cura las heridas de la humanidad' aparece el hombre, miembro de una sociedad dominante y que goza en Argelia del beneficio de una incomparable nivel de vida superior al de su colega metropolitano. Además, en los centros de colonización, el médico es casi siempre también un terrateniente”.

Es completamente apropiado que en este excelente libro, aquellos comprometidos en la praxis radical de la curación sean movimientos que están subvirtiendo las instituciones de la propiedad privada como un camino hacia una sociedad emancipada. El legado de Fanon hoy se mantiene vivo en su lucha.

segunda-feira, 13 de fevereiro de 2023

A constante e conflitiva expansão da democracia para Jacques Rancière


Renato Janine Ribeiro
Boitempo

A democracia não é um Estado acabado, nem um estado acabado das coisas; ela vive constante e conflitiva expansão; não se reduz ao desenho das instituições, ou à governabilidade, ou ao jogo dos partidos, mas é algo que vem de baixo, desdenhado desde os gregos como o empenho insolente dos pobres em invadir o espaço que era de seus melhores, de seus superiores.

Nos últimos anos, o Brasil se tornou um exemplo de inclusão social, com dezenas de milhões de pessoas saindo da pobreza e da miséria para terem uma vida melhor. Em que pese a inclusão ter ocorrido sobretudo pelo consumo – mais que pela educação –, ela mudou o país. Hoje, ninguém disputa o Poder Executivo atacando os programas de inclusão social. Eles se tornaram um consenso junto à grande maioria dos eleitores.

Entretanto, um número expressivo de membros da classe média os desqualifica, alegando diversos pretextos. Para eles, o Brasil era bom quando pertencia a poucos. Assim, quando os polloi – a multidão – ocupam os espaços antes reservados às pessoas de “boa aparência”, uma gritaria se alastra em sinal de protesto.

O que é isso, senão o enorme mal-estar dos privilegiados quando se expande a democracia? Democracia é hoje um significante poderoso, palavra bem-vista e que agrega um número crescente de possibilidades, indo da eleição pelo povo até a igualdade entre os parceiros no amor. Mas essa expansão da democracia incomoda. Daí, um ódio que domina nossa política, tal como não se via desde as vésperas do golpe de 1964, condenando medidas que favorecem os mais pobres como populistas e demagógicas.

Por isso são relevantes ensaios sustentando que a democracia não é um Estado acabado, nem um estado acabado das coisas; que ela vive constante e conflitiva expansão; que não se reduz ao desenho das instituições, ou à governabilidade, ou ao jogo dos partidos, mas é algo que vem de baixo, desdenhado desde os gregos como o empenho insolente dos pobres em invadir o espaço que era de seus melhores, de seus superiores. Porque a ideia de separação social continua presente e forte.

Se as ditaduras deixaram, desde os anos 1980, de tutelar a maior parte da humanidade, se governos eleitos proliferam, se a orientação sexual dissidente é mais bem aceita hoje, isso não significa que se tenha completado a democratização das formas de convivência social. E é justamente essa recusa da hierarquia que tem a ganhar com a leitura de O ódio à democracia, de Jacques Rancière que, à luz dos clássicos como da experiência francesa e mundial, continua um trabalho sempre renovado, jamais concluso, de afiar o gume da democracia.

Neste breve e contundente ensaio, publicado em 2005 na França, Jacques Rancière, um dos mais importantes filósofos da atualidade, conduz o leitor por um passeio pela história da crítica à democracia para situá-la no cerne político do momento atual, procurando esclarecer o que há de novo e revelador no sentimento antidemocrático, uma manifestação tão antiga quanto a própria noção de democracia. Dessa forma, Rancière repensa o poder subversivo do ideal democrático e o que se entende por política, para assim encontrar o caráter incisivo de sua ideia.

A obra mostra-se atual também em relação ao debate que vem crescendo sobre participação e representação popular, democracia direta e o desejo de que a política signifique mais do que uma escolha entre oligarcas substituíveis. Com uma narrativa que prima pela erudição e absoluta ausência de afetação, Rancière faz uma análise oportuna sobre as contradições dos Estados democráticos e lança uma crítica ao sistema representativo vigente a partir de uma afirmação polêmica: “Não vivemos em democracias. Vivemos em Estados de direito oligárquicos, em um admirável sistema que dá à minoria mais forte o poder de governar sem distúrbios”.

Nesse contexto, o ódio à democracia se apresenta como o ódio ao povo e seus costumes – à sociedade que busca a igualdade, o respeito às diferenças e o direito das minorias –, e não às instituições que dizem encarnar o poder do povo. Os porta-vozes desse ódio, defensores da ordem legítima e do direito ao poder àqueles destinados por nascimento ou eleitos por suas competências, habitam todos os países que se declaram Estados democráticos. A disputa pelo consenso está, no entanto, em aberto. Para Rancière, começa pela compreensão de que a democracia não se fundamenta em nenhuma natureza das coisas e não é garantida por nenhuma forma institucional.

segunda-feira, 6 de fevereiro de 2023

Gramsci : un marxismo singular, una nueva concepción del mundo


Yohann Douet
Contretemps

Gramsci tiene el mérito de haber estudiado y puesto de relieve fenómenos sociales que en gran medida la tradición marxista había hecho pasar a un segundo plano.

El marxismo abierto de Gramsci: "una nueva concepción del mundo"

A Antonio Gramsci suele atribuírsele, no sin razón, el mérito de haber estudiado y puesto de relieve fenómenos sociales que en gran medida la tradición marxista había hecho pasar a un segundo plano. Particularmente a través de la noción de hegemonía, Gramsci habría subrayado la importancia del papel de los intelectuales, de la lucha cultural e incluso de la sociedad civil, además de elaborado análisis y reflexiones de gran profundidad sobre la religión, la literatura, el periodismo, el folclore y la lengua, si bien esos otros aspectos de su labor son menos conocidos. Sin embargo, aunque nada de ello se pueda disputar, sí ha dado lugar a interpretaciones divergentes. Por ejemplo, hay quienes han llegado a considerar a Gramsci un “teórico de las superestructuras“ que habría ampliado y enriquecido el marxismo clásico por medio del estudio de nuevos objetos, a la vez que han creído percibir en la particular atención que Gramsci presta a la cultura y a la sociedad civil un alejamiento del marxismo y un giro implícito hacia concepciones liberales.

El nombre de Gramsci aparece igualmente vinculado a novedosas concepciones políticas y estratégicas. En efecto, a ojos de Gramsci, la lucha de clases no se limita a una “guerra de movimientos” cuyo desenlace sería rápidamente zanjado, sino que también consiste en una encarnizada y compleja “guerra de posiciones”, que tiene lugar a largo plazo y conlleva la construcción de una hegemonía alternativa a la de la clase dominante. La guerra de posiciones está ligada al peso de las superestructuras, particularmente fuerte en las sociedades capitalistas más avanzadas.

Gramsci distingue esas sociedades —que denomina “Occidente”— de las sociedades de “Oriente”, donde la sociedad civil, por el contrario, está muy poco desarrollada, y cuyo paradigma es la Rusia anterior a 1917. De ahí que proponga una estrategia adaptada a coyunturas diferentes de aquellas en que los bolcheviques llevaron a cabo sus luchas. Sólo que esos análisis también podrían haberse interpretado en el sentido opuesto: como complemento del marxismo revolucionario o, por el contrario, como cuestionamiento de este último.

En realidad, la reflexión de Gramsci no implica un rechazo, ni siquiera tendencial, del marxismo de Marx, ni tampoco del marxismo de Lenin: más bien constituye un empeño por elaborar su verdadero sentido. Ahora bien, no se trata para Gramsci simplemente de complementar la tradición marxista anterior, por lo demás muy diversa, y cuyas muchas deformaciones somete a crítica. Sería, por tanto, más exacto decir que el pensamiento gramsciano constituye una renovación del marxismo, a la vez fiel y creadora.

Para hablar de lo que es realmente el marxismo, Gramsci utiliza la expresión “filosofía de la praxis” y afirma que se trata de “una nueva concepción del mundo”. A su juicio, esa concepción debe ser capaz de aprehender la historia de forma teórica y práctica, es decir, de hacerla inteligible y de producir en ella efectos decisivos. Esa nueva concepción del mundo es un pensamiento sobre las contradicciones sociales y políticas, elaborado desde la perspectiva de una de las fuerzas en lucha (las clases dominadas), y que se esfuerza por superar esas contradicciones.

En cuanto tal, esa concepción procura intensificar la actividad autónoma de los grupos subalternos y ofrecerles una mejor comprensión de sí mismos, lo que presupone que consiga hacerse “popular”, es decir, difundirse ampliamente entre las masas. Es cuando constituye de manera indisociable actividad consciente y concepción activa —es decir, en cuanto praxis— que logra una verdadera unidad entre la teoría y la práctica.

La singularidad de su concepción del marxismo debe aprehenderse a la luz de la trayectoria personal, intelectual y militante de Gramsci. Nacido en 1891 en Cerdeña, Gramsci creció en una región pobre, donde la miseria cotidiana y la ausencia de desarrollo económico desalentaban toda visión de la historia como triunfo del progreso. Su padre, quien trabajaba como controlador en la oficina del registro civil, sufrió cárcel durante cinco años por contratiempos judiciales, por lo que durante ese período la familia de Gramsci, aunque proveniente de la pequeña burguesía, se vio sumida en una gran pobreza. En 1911, Gramsci se trasladó a Turín para emprender estudios superiores, habiendo contemplado durante algún tiempo la posibilidad de consagrarse a las investigaciones lingüísticas, que sin embargo abandonará por la lucha política.

La tradición neohegeliana italiana, en particular el historicismo de Benedetto Croce (1866-1952) y el actualismo de Giovanni Gentile (1875-1944), quienes hacían hincapié en la libre actividad humana, tanto contra el oscurantismo católico como contra el determinismo materialista, fue una fuente de profunda inspiración para Gramsci. Este propondría más tarde una crítica radical de esos filósofos neo-idealistas, tanto por razones teóricas como políticas —Gentile se había convertido en el filósofo oficial del fascismo, mientras que Croce fue hasta su muerte el filósofo liberal más influyente de Italia—, sin que su pensamiento dejara de construirse en diálogo con ellos.

Desde sus primeros escritos, Gramsci rechazó cualquier actitud pasiva y fatalista ante el curso de la historia. Más concretamente, se enfrentó a las versiones positivistas y cientificistas del marxismo, dominantes en el seno de la II Internacional en su conjunto, pero todavía más en el Partido Socialista Italiano (PSI), en que militaba desde 1913. El reformismo, el gradualismo y, básicamente, la actitud de espera del fundador y dirigente del PSI, Filippo Turati (1857-1932), se basaban en la idea de que el triunfo del socialismo estaba científicamente determinado.

En el advenimiento de la revolución en Rusia, que iba en contra de las predicciones del llamado socialismo “científico”, Gramsci vio una refutación de este último, idea que expuso en el artículo “La revolución contra El capital” (24 de diciembre de 1917), al que se hace referencia varias veces en la presente obra. Pero, como muestra otro artículo de esa época, titulado “Nuestro Marx”, esa refutación es también el punto de partida de una nueva concepción del marxismo, que no reduce la historia a esquemas mecánicos y determinismos económicos y que deja a la actividad humana todo el lugar que le corresponde.

En los años siguientes, Gramsci, entonces jefe del periódico L’Ordine Nuovo —fundado el 1 de mayo de 1919— junto con sus camaradas Angelo Tasca, Umberto Terracini y Palmiro Togliatti, ejerció una profunda influencia en el movimiento de los consejos obreros de Turín durante el biennio rosso de 1919-1920. En conflicto con la dirección burocratizada y tácitamente reformista del PSI en el curso de ese movimiento, participó en la fundación, en el congreso de Livorno de enero de 1921, del Partido Comunista de Italia, cuya dirección asumió en 1924, tras desplazar a Amadeo Bordiga, cuya línea le parecía sectaria y cuyos análisis juzgaba dogmáticos y economicistas.

Diputado desde abril de 1924, fue sin embargo encarcelado por el régimen fascista el 8 de noviembre de 1926 y, a partir del 8 de febrero de 1929, comenzó a escribir sus Cuadernos de la cárcel. Su proyecto de juventud de un marxismo vivo, abierto y activo, aunque ampliamente elaborado y profundamente refundido, siguió siendo el hilo conductor de sus reflexiones hasta que sus problemas de salud le impidieron escribir entre 1935 y el momento de su muerte, ocurrida el 27 de abril de 1937.

Filosofía de la praxis y materialismo histórico

La “nueva concepción del mundo” elaborada en Cuadernos de la cárcel se opone en más de un respecto a una comprensión esquemática y economicista del marxismo: abandona la dicotomía entre estructura económica, por un lado, y superestructuras políticas e ideológicas, por otro; rechaza toda visión determinista del curso de la historia; rechaza toda concepción de los sujetos históricos — en este caso, las clases— como dotados de una identidad fija predeterminada por una esencia económica. Es bien sabido que Gramsci hace hincapié en la cuestión de la lucha por la hegemonía y, en particular, en el papel decisivo que en ella desempeñan los intelectuales.

Del mismo modo, habida cuenta de la masificación y la complejidad de las sociedades del siglo XX y de la importancia de la sociedad civil, plantea la necesidad de favorecer una estrategia política de “guerra de posiciones” más que de “guerra de movimientos”, que trate de obtener el consentimiento de las masas, en particular mediante la construcción de una cultura popular autónoma opuesta a la cultura de las clases dominantes. Lejos de hacer de la política o de la cultura la expresión pasiva de la economía, Gramsci considera que entre esos diferentes elementos de la realidad socio-histórica pueden establecerse relaciones de “traducibilidad [traducibilità] recíproca” -al igual que entre la teoría y la práctica y entre el pensamiento y la acción.

Por esas diferentes razones, la “filosofía de la praxis” elaborada por Gramsci parece alejarse progresivamente del “materialismo histórico” entendido de forma mecanicista. Es lo que sostienen, valiéndose del método diacrónico al que ya hemos hecho referencia, investigadores como Fabio Frosini y Giuseppe Vacca. Este último encuentra en el núcleo de la “filosofía de la praxis” la noción de traducibilidad y una teoría de la “constitución” política de los sujetos colectivos.

Tal como lo ve Gramsci, no se debe concebir a los sujetos colectivos como si estuviesen determinados sin más por su situación económica, sino en cambio como algo siempre por construir y por organizar, es decir, inmerso en un proceso de formación histórica. Ese proceso jamás llega a consumarse, pues debe reanudarse y llevarse adelante continuamente, y es de carácter relacional, en el sentido de que pone en juego relaciones sociales, y en particular relaciones de fuerza y luchas, con otros sujetos colectivos.

Sin embargo, a pesar de su anti-economicismo, Gramsci no llega al punto de promover ningún “politicismo”, ni a sostener la primacía de la política en detrimento de la economía. Pierre Musso y Domenico Losurdo ponen por tanto de relieve la importancia que tiene para Gramsci la reflexión sobre el americanismo y el fordismo y, en sentido más general, sobre la dinámica y las transformaciones del sistema económico capitalista. El reconocimiento del terreno económico es, en ese sentido, indispensable para cualquier concepción adecuada de las luchas sociales y de los actores políticos. Si la identidad de un actor sociopolítico colectivo (como en el caso de una clase) se forma históricamente y emerge en particular de sus relaciones con otros actores, depende no obstante de su anclaje en la situación socioeconómica.

Por otro lado, aunque junto con las clases pueden tomarse en consideración otras relaciones y grupos sociales, estos últimos son, a ojos de Gramsci, los actores colectivos que desempeñan el papel más importante dentro del proceso histórico. Por lo demás, la continua referencia de Gramsci (que Domenico Losurdo subraya) a la Revolución rusa — para él una verdadera ruptura existencial y política— y al bolchevismo, sugiere que, lejos de distanciarse de ella, buscaba profundizar en la política revolucionaria de clase de la que es indisociable el marxismo.

Es desde esa perspectiva que se puede comprender la noción de hegemonía. Así pues, la hegemonía de una clase dominante, es decir, su capacidad para suscitar y organizar un determinado nivel de consentimiento entre otros grupos sociales, no se puede reducir a la cultura. Por un lado, es siempre también, e indisociablemente, política. El terreno primordial para el ejercicio de la hegemonía es, sin duda, la “sociedad civil”, es decir, “el conjunto de los organismos vulgarmente llamados ‘privados'”, en la medida en que la mayoría de esas organizaciones (iglesias, escuelas, universidades, medios de comunicación, editoriales, asociaciones, grupos de interés, partidos, etc.) producen, de forma más o menos directa, la hegemonía de la clase dirigente.

Pero en ese terreno, también las clases subalternas disponen de suficiente margen de maniobra para organizarse (tienen sus sindicatos, asociaciones, partidos, etc.) y desafiar la hegemonía establecida: en la sociedad civil tiene lugar, por tanto, una lucha de clases y esa lucha es tanto política como cultural. Además, si bien a la hora de definir la sociedad civil Gramsci la distingue de la “sociedad política”, es decir, del Estado en sentido estricto —el Estado tal como comúnmente se entiende en la tradición marxista, como instancia coercitiva al servicio de la clase dominante—, la sociedad civil y la sociedad política están unidas dialécticamente en la realidad concreta y forman lo que Gramsci denomina el “Estado integral”.

De ese modo, puede definir el Estado, en esa acepción más amplia, como “el conjunto de actividades prácticas y teóricas mediante las cuales la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominación, sino que logra obtener el consenso activo de los gobernados”. Por otra parte, la hegemonía político-cultural de una clase también necesariamente posee una dimensión económica. Es lo que demuestra una vez más la concepción gramsciana del americanismo, analizada por Pierre Musso, quien a ese respecto destaca, de manera original, cierto número de similitudes con el productivismo de Saint-Simon.

En la situación sociohistórica de Estados Unidos a principios del siglo XX, “la hegemonía nace de la fábrica y, para ejercerse, necesita sólo el concurso de un número limitado de intermediarios políticos e ideológicos profesionales”. Se basa menos en la mediación del Estado o de las organizaciones de la sociedad civil, o en ideologías y visiones del mundo construidas y difundidas por diferentes estratos de intelectuales, que en la eficiencia y el dinamismo de la producción (en particular la velocidad con que se introducen innovaciones técnicas) y el nivel relativamente alto de los salarios. Antes aún, Musso sostiene de manera convincente, en relación con el neoliberalismo pero basándose en los señalamientos de Gramsci, que los métodos utilizados en el proceso de producción y en la gestión de la mano de obra (en primer lugar, la gerencia) pueden secretar sus propios intelectuales e ideologías orgánicas, capaces de extenderse al resto de la sociedad y producir en ella efectos de hegemonía.

Estructura, acontecimiento e historicismo realista en Gramsci

La atención prestada por Gramsci al surgimiento de una nueva lógica capitalista (es decir, el fordismo en Estados Unidos) capaz de superar —hasta cierto punto y temporalmente— la crisis de la época anterior, no lo lleva, sin embargo, a pasar por alto las contradicciones sociales y los conflictos políticos. En términos más generales, Gramsci jamás abstrae los sistemas socioeconómicos de las actividades humanas de las que aquellos derivan su eficacia.

Del mismo modo, si bien pone de relieve fenómenos históricos masivos (el surgimiento de una nueva lógica económica, la instauración o el mantenimiento de una determinada hegemonía, etc.), los discierne en el marco de situaciones históricas singulares y los concibe como resultado de luchas sociopolíticas. El “historicismo realista” de Gramsci —es decir, el reconocimiento de la realidad histórica concreta— busca de esa manera superar dos escollos.

Por un lado, se rehúsa a adoptar una perspectiva subjetivista e idealista, como atestigua su crítica del “historicismo especulativo” del filósofo neohegeliano Benedetto Croce, quien, a juicio de Gramsci, sustancializa o incluso personaliza la historia bajo la apariencia de un Espíritu perpetuamente en acción y disuelve así lo que el proceso histórico tiene de consistente o estructurado.

Por otra parte, Gramsci se aparta de toda concepción objetivista y mecanicista, encarnada en particular por la presentación del materialismo histórico que hace por Bujarin en su Ensayo popular, cuyo determinismo, según Gramsci, le impide tener en cuenta la dimensión constitutiva de la historia en que consiste la actividad humana.

El marxismo estructuralista, aunque mucho más rico y articulado, no deja de ser igualmente una concepción objetivista del materialismo histórico. Francesca Izzo muestra la importancia de la relación crítica de Althusser con el historicismo y en particular con Gramsci, tanto para su propio pensamiento como para la historia del marxismo en general. Para Althusser, la ciencia de la historia que es el materialismo histórico debe forjar, de manera abstracta, la teoría de las estructuras sociohistóricas objetivas (como el modo de producción capitalista).

También debe protegerse del historicismo y del empirismo al que está vinculado, y ello como mínimo por dos razones. Por un lado, concordar [indexer] la teoría con las fluctuaciones históricas, y hacerla así depender de la coyuntura inmediata, conduciría al revisionismo y al oportunismo. Por otro, creer que se tiene acceso inmediato a la historia concreta —directamente a través de la experiencia y, por tanto, sin necesidad de los rodeos propios de la teoría— implica quedarse atrapado en categorías ideológicas (como la de sujeto) que nos condenan a malinterpretar la realidad social, al aprehenderla en particular a partir de las acciones libres y conscientes de los sujetos humanos y no a partir de estructuras inteligibles y determinantes.

Según Althusser, Gramsci habría estado expuesto a esos dos peligros. Las vías teóricas, y sobre todo epistemológicas, emprendidas por ambos autores divergen radicalmente, y no es posible evaluar aquí sus méritos respectivos. Sin embargo, cabe afirmar que algunas de las críticas hechas por Althusser no son pertinentes: el “historicismo realista” gramsciano está lejos de caer en el empirismo ingenuo que Althusser denuncia, pues Gramsci, por el contrario, se esfuerza por comprender los fenómenos históricos en gran escala y “estructurados”, y ello a partir de nociones generales (hegemonía, Estado integral, bloque histórico, y así sucesivamente); mientras que la “filosofía de la praxis”, sin dejar de hacer justicia a la actividad humana, no nos lleva a abstraer o absolutizar a los sujetos —ya sean individuales o colectivos—, sino, por el contrario, a concebirlos como necesariamente atrapados en relaciones sociales constrictivas y como definidos por esas relaciones.

Para Gramsci, pues, los fenómenos históricos ni están íntegramente determinados ni son completamente contingentes; si bien no son desarrollos perfectamente objetivos, tampoco son acontecimientos puros. Una crisis orgánica, por tanto, es un caso en que se manifiesta por excelencia la unidad dialéctica de continuidad y discontinuidad en la historia: tiene su origen en profundas contradicciones y prolonga —acentuándolas— tendencias fundamentales del proceso histórico, pero constituye un período en que la posibilidad de ruptura con el pasado es particularmente aguda, sin que por ello nada garantice su realización.

Así lo indica la famosa tesis de que “la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no acaba de nacer”, lo cual abre un “interregno” en que “pueden observarse los fenómenos morbosos más variados”, en la misma medida en que las contradicciones anteriores aún no han sido superadas.

Fabio Frosini muestra que la noción de crisis es decisiva en Cuadernos de la cárcel —donde incluso se moviliza como paradigma para tratar de comprender toda la época burguesa moderna en su conjunto — y sostiene que esa noción nos permite someter a crítica los escollos —y sortearlos— con que se han tropezado aquellos teóricos que, como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, erigen la noción de acontecimiento como categoría primaria de la comprensión histórica.

Desde su primera obra “posmarxista”, Hegemonía y estrategia socialista, publicada en 1985, estos autores —que se califican a sí mismos de gramscianos—, atacan el esencialismo y el economicismo que consideraban característicos del marxismo. A sus ojos, las subjetividades colectivas no están determinadas por su situación económica, sino que son fruto de una articulación política —perfectamente contingente— entre fuerzas aliadas, bajo la égida de una fuerza hegemónica, contra fuerzas antagónicas.

Por ejemplo, si el movimiento obrero pareció por tanto tiempo ser portador de la emancipación humana en su conjunto, ello no se debió — contrariamente a lo que, según Laclau y Mouffe, creían los teóricos marxistas— al hecho de que el proletariado fuera, por su posición económica en las relaciones de producción capitalistas, una clase universal por esencia, cuya liberación conllevaba el fin de toda dominación, sino a que las organizaciones comunistas y socialistas consiguieran, de manera contingente, amalgamar políticamente un conjunto de reivindicaciones emancipatorias heterogéneas (feministas, antiautoritarias, antiimperialistas, etc.) en torno a un proyecto anticapitalista, hegemónico en la medida en que representaba toda esa serie de reivindicaciones.

Nada garantizaba que esa articulación tuviera éxito, ni que se pudiera sostener; y, a la inversa, habrían sido posibles también otras articulaciones (en las que otras reivindicaciones, feministas o antiimperialistas, por ejemplo, hubieran desempeñado un papel hegemónico). La identidad de un actor colectivo como el movimiento obrero dependería así totalmente de las reivindicaciones que este asuma, de las modalidades según las cuales consiga articularlas y de los enemigos contra los que luche.

Como bien se sabe, sin embargo, Gramsci rechaza esa concepción unilateral de las subjetividades colectivas, que se centra sólo en su dimensión político-ideológica y oscurece su anclaje en determinadas situaciones socioeconómicas. La tarea de la filosofía de la praxis es precisamente pensar la dialéctica entre la acción humana y sus condiciones y —esta segunda pareja no se superpone a la primera— entre política y economía.

Fabio Frosini muestra, por añadidura, que las reflexiones de Cuadernos de la cárcel se oponen a la visión del tiempo histórico propuesta por Laclau. Para este último, en la medida en que cada configuración sociohistórica no se define sino por una articulación política contingente, la realidad social deberá concebirse como susceptible de ser, en cualquier momento, alterada por un acontecimiento puro que no esté determinado por la configuración precedente.

Es cierto, como señala Fabio Frosini, que Gramsci no concibe la historia como el continuo despliegue de un principio dado desde el primer momento, ya sea el despliegue de la Razón tal como es posible concebir desde una perspectiva hegeliana, o la maduración gradual de las contradicciones del capitalismo tal como aparecen en el gran relato de las versiones esencialistas del marxismo. Pero tampoco ve discontinuidades absolutas, ni momentos de pura indeterminación.

Aunque es evidente que, para Gramsci, acontecimientos como la Revolución de Octubre revisten una importancia decisiva, no los discierne de forma aislada y, en cambio, trata siempre de dar cuenta de las tendencias históricas en cuya estela se producen, así como de la situación sociohistórica específica de su advenimiento, que en el caso de una revolución corresponde precisamente a una crisis. A juicio de Gramsci, la historia es el lugar, siempre “saturado”, de conflictos entre fuerzas diferentes: una crisis de hegemonía no es un vacío de hegemonía, sino la vacilación del sistema hegemónico de que se trate ante el empuje que otra clase imprima al advenimiento de una nueva hegemonía.

quinta-feira, 2 de fevereiro de 2023

Viejos y nuevos retos de un gobierno de reconstrucción


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Hace un mes que asumió el nuevo gobierno en Brasil, cuyo lema es precisamente “Unión y Reconstrucción”, intentando con ello reflejar el difícil momento por el que transita la Nación. En efecto, el presidente Lula ha enfatizado en muchas de sus alocuciones y encuentros con diversos actores del quehacer nacional (Ministros del STF, Parlamentarios, Gobernadores, Rectores de Universidades, Dirigentes sindicales, Líderes Territoriales y de Organizaciones de los Derechos Humanos, Comunidades Indígenas, Afrodescendientes, LGBTQIA+, etc.), que el país está saliendo de un periodo tenebroso y de oscurantismo hasta ahora inédito en la historia de la República.

Con el pasar de los días tenemos más informaciones sobre la tragedia humanitaria vivida por el pueblo Yanomami, historias escalofriantes de horror, hambruna y muerte causadas por diversos tipos de usurpadores con la complicidad de los órganos del gobierno federal, especialmente de la Fundación Nacional de los Pueblos Indígenas (FUNAI) que fue totalmente permisiva y omisa con la acción devastadora de los garimpeiros (extractores de oro y otros metales), ocupantes fraudulentos de tierras (grileiros) pescadores ilegales y grupos de madereros explotadores de la floresta amazónica.

Las imágenes estremecedoras de niños y niñas muriendo de desnutrición, envenenamiento por mercurio y variadas enfermedades (malaria, neumonía, viruela, verminosis y diarrea) no dejan ninguna duda respecto a la dimensión monstruosa de este verdadero exterminio que estaba aniquilando a las comunidades que habitan en ese territorio amazónico. Un genocidio evidente que debería llevar a que Bolsonaro sea juzgado por el Tribunal Penal Internacional de La Haya como principal agente provocador del asesinato directo o de muerte por desnutrición y enfermedades de niños, jóvenes y adultos de dicho pueblo originario.

Entretanto, para que la acción criminal de estos agentes y predadores sea realizada con total impunidad es necesario que exista una enorme cadena de cómplices, encubridores y sostenedores ubicados en muchos espacios de la vida nacional, partiendo por el Poder Ejecutivo que permitía o estimulaba la connivencia de sus diversos órganos de Fiscalización. Estos grupos delictivos también cuentan con la indiscutible colaboración de diversos Gobernadores, Senadores, Diputados, Alcaldes, Concejales, Miembros del Ejército y de la Policía Federal, traficantes de drogas y armas, empresarios, comerciantes, transportistas, constructores civiles, pilotos de avión y un largo etcétera de personas y conglomerados que se han enriquecido con dichas actividades ilícitas.

Aunque la tragedia del pueblo Yanomami se agravó exponencialmente durante el gobierno Bolsonaro, su abandono por parte del Estado brasileño no es un fenómeno reciente. Ya hace casi 44 años, el día 2 de agosto de 1979, el poeta Carlos Drummond de Andrade escribió una columna en el diario O Globo con el título de No dejen acabar con los yanomamis, en la cual advertía con profunda preocupación en una de sus partes: “Los Yanomamis corren en este momento un grave riesgo y están necesitando de nosotros. No es necesario volar hasta allá para ayudarlos. Basta, primero, que tomemos conocimiento de la existencia de ellos, del modo de vivir que les es peculiar y de la situación que enfrentan, sin garantías y sin posibilidades de autodefensa”.

Dicho alegato ha pasado prácticamente inadvertido durante todos los gobiernos instalados desde aquella época, salvo en los dos primeros mandatos del presidente Lula y de la presidenta Dilma Rousseff, periodos en que se aplicó efectivamente la ley de demarcación de las tierras indígenas como parte de una política de Estado. Esta ley tiene el propósito de garantizar el derecho de los pueblos indígenas a desarrollar su vida (física, cultural, espiritual, social, económica y política) y las consiguientes actividades en un determinado territorio, asegurando la protección de ese espacio vital e impidiendo su ocupación por terceros.

Pero la situación de abandono y miseria en que se encuentra el pueblo Yanomami -que ahora ha sido vastamente difundida por los medios a partir de la visita del presidente Lula a su hábitat en el estado de Roraima-, viene a sumarse a la situación de extrema pobreza y hambruna que sufren numerosos segmentos de la población brasileña. Son 33 millones de personas que revelan la infamia que representa el reingreso de Brasil al “Mapa del Hambre”.

Además, se deterioraron ostensiblemente los principales indicadores en materia de educación, salud, vivienda, empleo, salarios, inflación, poder adquisitivo, previsión, saneamiento básico, transporte, infraestructura, medioambiente, seguridad ciudadana, violencia urbana y rural, criminalidad. Va a ser una tarea titánica remontar este panorama en el contexto de una acumulación de carencias y de una recuperación económica ralentizada, tal como indican las predicciones de agencias y organismos especializados multilaterales.

Esa es la herencia que ha dejado un gobierno que mostró todo su desprecio por los más desamparados, por las minorías invisibilizadas y por los pueblos originarios. Un enorme esfuerzo de reconstrucción va a tener que ser desplegado por el actual gobierno para enfrentar este y otros flagelos que comprometen el futuro de millones de ciudadanos. Y para eso, el ejecutivo necesita de una vasta red de apoyos en todas las esferas de la estructura económica y sociopolítica nacional, empezando por el Congreso que posee la prerrogativa de apoyar o rechazar los diversos planes, programas y proyectos elaborados por la administración central.


Los costos de la gobernabilidad

Acaba de ser reelecto para la presidencia de la Cámara de Diputados, Arthur Lira, la expresión máxima del fisiologismo político del país. Esta victoria de Lira, implica un serio obstáculo para las posibilidades de retomar la confianza de la ciudadanía en su clase política y para la normalización de una saludable convivencia parlamentaria. Arthur Lira representa lo más abyecto de la vida política brasileña, un personaje con prácticas mafiosas, un simulador oportunista, cuyos mayores méritos consisten en erigirse como líder de esa facción nefasta de partidos y congresistas vulgarmente conocida como centrão, que como es ampliamente conocido, utiliza la máquina política para beneficio propio, para aumentar la influencia y el poder en sus respectivos corrales electorales y, simultáneamente, para alcanzar el enriquecimiento de sus integrantes.

En los últimos dos años, mientras ocupó la presidencia de la Cámara, el diputado Lira desestimó más de 140 solicitudes de apertura de procesos de impeachment contra Bolsonaro y consiguió aprobar el escandaloso esquema del presupuesto secreto, que le permitía a los parlamentarios hacer uso de grandes sumas de dinero sin tener que rendir cuentas de los valores asignados a determinados proyectos (si es que los había) o hacia donde esos recursos eran destinados. En definitiva, una de las mayores aberraciones de cualquier sistema político que se dice democrático. Por medio de este mecanismo, el diputado Lira consiguió un apoyo incontestable del resto de sus pares, operando como un verdadero “padrino” en un sistema de corrupción desatada a plena luz del día que, finalmente, fue extinguida a través de una resolución del Superior Tribunal Federal (STF).

A pesar de todos estos antecedentes, Arthur Lira pudo contar con el apoyo de los diputados del Partido de los Trabajadores y de la mayoría de los parlamentarios que conforman la base aliada. Es la “vuelta de mano” que proporciona el ejecutivo a quien no puso mayores obstáculos para la aprobación de la Propuesta de Enmienda Constitucional (PEC de la Transición) necesaria para aumentar el presupuesto destinado a reinstalar el Programa Bolsa Familia y otras políticas sociales. Ciertamente el triunfo avasallador de Lira solo viene a reforzar la consolidación de un poder hipertrofiado que utilizará para chantajear invariablemente a la actual situación, transformándose en una persistente amenaza para la mayor parte de las iniciativas gubernamentales que representen un riesgo para los privilegios y favores que pretenden obtener los legisladores del centrão que sustentan su liderazgo. Tampoco se debe olvidar que el presidente de la Cámara es la única persona que puede iniciar un proceso de impeachment contra el mandatario.

Este es el escenario que deberá sortear el presidente Lula en una Cámara de Diputados contaminada y cruzada por los intereses más espurios que puedan existir. Muchos apuestan en la capacidad de negociación mostrada por Lula durante su larga trayectoria sindical y política, forjada desde la época en que era un dirigente metalúrgico en el ABC paulista a mediados de los años setenta. En el caso del Senado, la victoria de Rodrigo Pacheco para un nuevo periodo le otorga un respiro relativo al gobierno, pues su reelección significa la derrota del candidato bolsonarista, Rogerio Marinho, que prometía hostigar la vida de la reciente gestión, además de fortalecer las posiciones de una extrema derecha radicalizada dentro del Senado.

Con las presidencias de ambas cámaras definidas y los diversos comités legislativos instalados, el gobierno Lula tendrá que articular un conjunto complejo de medidas en todos los ámbitos apuntados anteriormente. En el campo de la economía ya se presenta una votación trascendente para el ejecutivo en los próximos meses: la aprobación de la reforma tributaria. Como Lula no tiene mayoría para aprobar la propuesta del gobierno, deberá negociar el apoyo de parlamentarios que hasta hace poco tiempo atrás se encontraban apoyando la reelección del ex capitán.

Existe la creencia bastante extendida de que los gobiernos (nacionales, regionales o comunales) cuando asumen cuentan con una aprobación indulgente por parte de la prensa, la clase política y los electores, una especie de “luna de miel” que dura aproximadamente tres meses. Durante este periodo las distintas administraciones contarían con el beneplácito de la población para realizar las políticas públicas más osadas de su mandato. No es el caso del presente gobierno de Lula da Silva.

En primer lugar, porque va a tener que lidiar con un parlamento adverso que tratará de poner obstáculos permanentes a su gestión, especialmente los adherentes de la extrema derecha bolsonarista que obtuvieron muchos escaños en ambas cámaras. Seguidamente, porque después de la grave crisis económica por la que atravesó el país -crisis profundizada por la pandemia-, las necesidades y las expectativas de mejoría por parte de la población son monumentales y le dan un carácter de urgencia a toda medida paliativa o compensatoria que emprenda el gobierno.

Por su parte, la ultra derecha sigue mostrando sus garras y pese a las derrotas consecutivas que ha enfrentado en sus intentos golpistas, continúa inundando las redes sociales con noticias falsas y llamados a subvertir el Estado Democrático de Derecho. Estos grupos extremistas no han detenido su accionar, siguen movilizados pese a todos los procesos que se han instaurado contra quienes incitaron, financiaron, invadieron y depredaron hace menos de un mes las sedes de los Tres Poderes.

Por lo mismo, será necesario compatibilizar la necesaria exigencia de sentenciar a los vándalos de extrema derecha que intentaron y siguen intentando dar un golpe contra las instituciones democráticas, con las negociaciones para conseguir avanzar en la aplicación del programa de gobierno, que hiere los intereses de ciertos poderes fácticos que funcionaron con total desparpajo e impunidad durante el gobierno anterior.

segunda-feira, 23 de janeiro de 2023

Cuando menos se la espera, la revolución

Mariano Zarowsky
Revista Anfibia

Reseña de "Revolución - Una historia intelectual" de Enzo Traverso. 

En su último libro, Enzo Traverso vuelve sobre una palabra cargada de sentido político: revolución. A partir de materiales diversos, tal vez olvidados, el historiador recorre las dimensiones intelectuales y emocionales de esos saltos dialécticos que, desde el siglo XIX hasta la actualidad, hicieron estallar el continuo de la historia. Locomotoras, cuerpos, columnas, barricadas, banderas, pinturas, canciones, carteles, fechas, vidas singulares montan constelaciones de imágenes en las que el pasado, de improviso, resurge bajo nuevas formas.

Revolución, el último libro del italiano Enzo Traverso, no es un relato lineal o cronológico de las revoluciones modernas ni una historia de las ideas o teorías que las impulsaron o interpretaron. Las revoluciones ─cita Traverso a Walter Benjamin─ son “saltos dialécticos que hacen estallar el continuo de la historia”, escribir sobre ellas supone captar su significación mediante imágenes que las condensen en figuras donde el pasado se cristaliza. El método de Traverso, al igual que el de Benjamin en El Libro de los pasajes, es la recopilación y el montaje: apunta a ensamblar construcciones de gran escala con componentes más pequeños que, al observarse con mayor precisión, permiten descubrir en el análisis del momento individual “el cristal del acontecimiento total”.

Traverso reúne en su libro ideas y representaciones para dar forma a una serie de composiciones o imágenes significativas: locomotoras, cuerpos, estatuas, columnas, barricadas, banderas, sitios, pinturas, carteles y películas; incluso los conceptos son abordados como “imágenes dialécticas”, en la medida en que surgen en sus contextos específicos como cristalizaciones intelectuales de necesidades políticas y una conciencia (o inconsciente) colectiva. Desde esta perspectiva -que puede llevar a cierto grado de eclecticismo, reconoce Traverso- el historiador se convierte en una suerte de “trapero” (si argentinizamos el término deberíamos decir: cartonero). Lo esencial es ser consciente del carácter provisorio y performático (y por ende político) de la composición: el investigador puede ordenar y clasificar los objetos que se amontonan en su taller, sabe “que esa operación de montaje no es un orden definitivo; el lugar adecuado de muchas cosas no depende de sus decisiones, que son simplemente una apuesta por el futuro”.

El autor de Melancolía de izquierda se inspira en las concepciones de la historia de Benjamin y Karl Marx (en uno de sus filones): antes que un camino lineal y predeterminado, la historia es un proceso abierto, hecho de giros y bifurcaciones, sin una dirección dada de antemano; su resultado depende de la agencia humana. Las revoluciones son precisamente el momento cúlmine de ese salto dialéctico, por lo que Traverso las examina como una clave interpretativa de la historia moderna.

El método, entonces, pretende ser fiel a su objeto: son las revoluciones mismas las que operan como un “campo magnético” que atrae y relaciona ideas, experiencias, símbolos y memorias, dándole a los conceptos una dimensión concreta y una traducción a la realidad. En la medida en que, a diferencia de las rebeliones, cambian conscientemente el rumbo de la historia, las revoluciones son conceptos convertidos en acción; crean lo que Benjamin denominó “pensamiento en imágenes” o “figuras del pensamiento”: imágenes que condensan ideas, experiencias y emociones, trascendiendo las palabras.

Desde esta perspectiva Traverso piensa Octubre, el emblemático film de Sergéi Eisenstein que, entre otras tantas figuras, analiza en su libro. La traducción misma de los conceptos en acciones y de las experiencias en imágenes recibe ineluctablemente una nueva forma por obra del paso de la revolución como acontecimiento a la revolución desplegada como una secuencia histórica: el acontecimiento es un momento disruptivo y liberador, pero sus símbolos pertenecen a una rememoración colectiva, una tradición revolucionaria que, al iconizar ese acontecimiento, los aparta de su presente y pretende fijar su sentido. En última instancia, la tradición revolucionaria, nos dice Traverso, es la insoluble contradicción entre un momento extático de autoliberación y su inevitable transformación en acción organizada.

Ambos momentos están presentes en Octubre. El análisis de las operaciones que transformaron el acontecimiento en un símbolo es una forma crítica de analizar el pasado, políticamente comprometida con el presente. Si la caída del comunismo arrastró consigo la propia revolución como horizonte, el trabajo de Traverso aspira a elaborar su experiencia, menos para extraer recetas o modelos que para poner a disposición constelaciones de imágenes en las que, de improviso, el pasado pueda resurgir bajo nuevas formas. “Las revoluciones no pueden programarse: siempre vienen cuando menos se las espera”.

sábado, 21 de janeiro de 2023

O general Etchegoyen e a covardia


Cristina Serra
Folha de São Paulo

Militar da reserva emergiu das sombras para afrontar Lula

Setores das Forças Armadas, certamente frustrados com o fracasso do atentado no domingo infame, encontraram um porta-voz para mandar recados em tom de ameaça ao presidente Lula. Trata-se do general da reserva Sérgio Etchegoyen, ex-chefe do Gabinete de Segurança Institucional (GSI) do golpista Michel Temer.

Etchegoyen emergiu das sombras, onde atua com desenvoltura, e reapareceu num programa de entrevistas para afrontar Lula. Disse que o presidente praticou "ato de profunda covardia" ao manifestar a desconfiança de que militares tenham sido coniventes com a invasão e depredação do Palácio do Planalto.

As investigações mostram que Lula está coberto de razão em suas suspeitas. A estrutura militar da Presidência era um valhacouto de contaminação golpista que só agora começa a ser depurado. Volto ao general tagarela. Em 2014, ainda militar da ativa, também usou a palavra "covardia" para referir-se aos trabalhos da Comissão Nacional da Verdade (CNV). Ele não gostou de ver os nomes dos generais Leo e Ciro Etchegoyen, respectivamente seu pai e seu tio, na lista de autores de graves violações de direitos humanos durante a ditadura.

O general tem um entendimento muito peculiar do que seja covardia. Difícil saber se por má-fé ou por ignorância. Como se sabe, covardia é usar de violência e brutalidade contra alguém indefeso, dominado, mais fraco. Exatamente como fizeram agentes da ditadura com prisioneiros sob custódia do Estado. A ditadura perseguiu, torturou, estuprou, assassinou e desapareceu com os corpos de opositores. Mais de 200 não foram encontrados até hoje.

Covardia, senhor Etchegoyen, foi o que aconteceu na Casa da Morte, em Petrópolis. Covardia, senhor Etchegoyen, foi deixar faltar oxigênio nas enfermarias de Manaus e estimular a imunidade de rebanho durante a pandemia. Covardia é valer-se dos instrumentos da democracia para apregoar o golpe contra a República. Covardes!

quarta-feira, 18 de janeiro de 2023

Los principales escollos del gobierno Lula


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

No existe una opinión consensual con relación a la respuesta dada por el actual gobierno a los actos de vandalismo y destrucción ocurridos el pasado domingo 8 de enero. Hay quienes sostienen que la reacción de las autoridades ha sido la adecuada, deteniendo a una parte de los invasores de la Plaza de los Tres Poderes, fichando a sus principales líderes y tratando de descubrir la trama de conexiones y articulaciones que fueron montadas hasta desembocar en los actos de barbarie difundidos profusamente por los medios de comunicación y las redes sociales.

Sin embargo, hay quienes plantean que lo realizado hasta el momento por la administración del Presidente Lula da Silva es insuficiente para desmontar el proyecto insurgente de la extrema derecha brasileña, que además ha contado con el apoyo de movimientos con perfil neofascista que existen en otras latitudes del planeta. De hecho, a pesar de algunas diferencias, la ocupación de los edificios públicos de Brasilia, trajeron a la memoria, casi inmediatamente, los luctuosos acontecimientos producidos el 6 de enero de 2021, con el asalto al Capitolio en la capital de los Estados Unidos.

El gobierno recién instalado se encuentra en un tremendo dilema para contener a los grupos del llamado bolsonarismo radical que se niegan a reconocer el triunfo de Lula en las urnas. Insuflados por diversos gestos por parte de su líder, que ahora se ha refugiado en Miami, estos militantes se vienen coordinando desde hace un buen tiempo, preparando las condiciones para que las Fuerzas Armadas ejecuten un golpe de Estado bajo el argumento de restablecer la paz y el imperio de la ley en un contexto de crisis institucional.

La estrategia elaborada por estos sectores sediciosos -en parte a través de las redes y en parte directamente desde los campamentos montados fuera de los cuarteles-, supone crear un escenario de ingobernabilidad en el país (por medio del bloqueo de carreteras, atentados explosivos en aeropuertos y refinerías de petróleo, caos urbano, etc.) de manera tal que las Fuerzas Armadas utilicen el artículo 142 de la Constitución que las autorizaría para intervenir en el caso de producirse una situación de desorden social e inseguridad de las instituciones de la República. Sin embargo, el texto de la Carta Fundamental en ningún caso autoriza a las Fuerzas Armadas a actuar como Poder Moderador en caso de agitación social – como pretenden los subversivos de la extrema derecha- sino que su papel y su deber consiste en defender la democracia y las instituciones republicanas apoyando las decisiones del poder civil.

De todas maneras, una hipótesis de golpe de Estado no es para nada descabellada, considerando todos los privilegios que tuvieron las tres ramas de las Fuerzas Armadas durante el gobierno del capitán reformado y la enorme participación en su administración, llegando a ser reclutados para diversas funciones más de 8 mil miembros de esta corporación. Ello implicó, que militares, marinos y aviadores recibieran un doble salario, como miembros castrenses y como funcionarios de la estructura gubernamental. Los militares brasileños tuvieron más poder durante la gestión de Bolsonaro que en todo el periodo de la pasada dictadura (1964-1985).


Por lo tanto, la estrategia de la extrema derecha –a pesar del fracaso de su intentona golpista del domingo pasado- probablemente consistirá en crear permanentemente la sensación de caos instalado en el país, con atentados y terrorismo doméstico de bajo perfil destinado a poner siempre en guardia a las instituciones y generar un clima de incertidumbre y temor entre la población.

Incluso el Ministro de Defensa nombrado por Lula declaró antes del asalto de las hordas bolsonaristas, que las personas que se encontraban acampadas frente a los cuarteles del Ejército eran “patriotas” bien intencionados que no hacían más que expresar sus sentimientos e ideales políticos, como en cualquier democracia. Pero hoy día sabemos cuánto de estas ideas de sublevación fueron incubadas, procesadas, planeadas y ejecutadas a partir de las conspiraciones fraguadas en dichos campamentos. Y no solo eso, una parcela importante del Congreso electo el año pasado es de extrema derecha, algo que la prensa y algunos cientistas políticos no quieren reconocer. Les da pudor decir que un determinado senador o diputado es de extrema derecha, cuando es del todo evidente que su pensamiento y su conducta es propia de esa ideología.

Por lo mismo, es indudablemente apremiante encarar la intimidación militar con absoluta convicción y rigurosidad por la nueva administración, so pena que se transforme en una amenaza permanente sobre la democracia y el Estado de Derecho. El presidente Lula cuenta actualmente con el apoyo de las instituciones y poderes de la República y también de la inmensa mayoría de los habitantes, razón por la cual posee una posición y una oportunidad inmejorable para realizar los cambios necesarios al interior de las corporaciones militares, enfrentando la contaminación golpista, alterando la estructura de comando y colocando en los puestos claves de la jerarquía a aquellos uniformados que cuenten con su confianza y la del gobierno.

Construir un pacto democrático amplio sin renunciar al programa de gobierno

En este complicado escenario, el gobierno recién instalado debería profundizar sus vínculos con diferentes fuerzas políticas para fortalecer las instituciones democráticas y el Estado Democrático de Derecho consagrado en la Constitución de 1988. El dilema que se presenta en dicho contexto es que resulta perentorio consolidar el discurso contra el Golpe de Estado, quizás o muy probablemente a costa de tener que abdicar de algunas de las transformaciones más importantes que se encuentran definidas en la agenda programática del nuevo gobierno: una reforma tributaria progresiva que se dirija hacia una mayor recaudación “penalizando” a las mayores fortunas y aumentando los impuestos de las grandes empresas; una política social más vasta y profunda determinada a eliminar el hambre que sufren 33 millones de ciudadanos; recuperar el aporte de las transferencias a los segmentos más pobres de la población; reajustar los salarios al nivel que tenían en los gobiernos anteriores del Partido de los Trabajadores; invertir más en educación, salud, vivienda, saneamiento básico, infraestructura, agricultura familiar, etc.

Muchas de estas medidas se pueden ver comprometidas si la tarea principal es crear un muy amplio Frente Democrático –incluso con la derecha liberal- para enfrentar la arremetida fascista que continúa ensombreciendo y amenazando la vida política y social brasileña. Por ejemplo, la complicada y extenuante negociación para obtener los recursos necesarios para implementar el renovado Programa Bolsa Familia dentro del Presupuesto de 2023, necesitó de mucha transacción política, renuncia programática e inclusión de políticos de derecha en el cuadro ministerial del nuevo gobierno. Solo de esta manera se pudo aprobar la Propuesta de Enmienda a la Constitución (PEC) que incluyera en las cuentas del próximo año los valores para asegurar el financiamiento de una política de transferencia directa imprescindible, vistos los altos niveles de pobreza y hambre que actualmente enfrenta la población más vulnerable del país.

También es necesario “desbolsonarizar” el país, entendiendo por ello la destrucción y superación de la cultura del odio, la intolerancia y la violencia que se ha venido apoderando del país en estos últimos tiempos sombríos. Los sectores nostálgicos de la dictadura, los representantes del agronegocio, el lumpen empresariado, los pastores y creyentes pentecostales, los madereros ilegales, los ocupantes de tierras indígenas, las milicias o las agrupaciones neofascistas, se han transformado en verdaderas sectas irracionales que no se resignan con la derrota de Bolsonaro en las urnas y por el hecho consumado de que Lula da Silva deberá gobernar Brasil durante los próximos cuatro años.

El pacto sedicioso entre estos grupos se va a mantener como una permanente amenaza si el gobierno y el conjunto de las fuerzas políticas, institucionales y sociales no consiguen desmontar este entramado nefasto de una extrema derecha que cuenta con el aval o está directamente asociada a las Fuerzas Armadas y los cuerpos policiales, para pender como una espada de Damocles sobre las instituciones y la vida democrática nacional. Esta es una tarea urgente que el país no puede postergar a riesgo de sacrificar su futuro por varias décadas.

segunda-feira, 16 de janeiro de 2023

Entrevista a Fernando de la Cuadra: "El bolsonarismo se ha instalado con mucha fuerza en las Fuerzas Armadas brasileñas"


Paul Walder
El Clarín de Chile

Los efectos del intento de golpe de Estado en Brasil siguen fluyendo en una peligrosa imbricación no solo con las fuerzas policiales y militares sino con movimientos internacionales. Los sucesos de Brasilia del domingo 8 de enero han sido la expresión de la dirección y los objetivos que tiene la ultraderecha mundial en un contexto de debilidad de las democracias representativas.

Fernando de la Cuadra es un sociólogo chileno que vive hace décadas en Brasil. Graduado en la Universidad de Chile, Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Federal Rural de Rio de Janeiro, columnista de El Clarín y autor de varios libros sobre el trance brasileño de los últimos años, entre los que destaca “De Dilma a Bolsonaro. Itinerario de la tragedia sociopolítica brasileña”. En esta conversación, nos entrega una visión no sin inquietud acerca de estos eventos en pleno desarrollo.

¿Qué pasó el domingo 8 de enero en Brasil? ¿Fue una sorpresa pese a los evidentes llamados a la movilización y al golpe? Porqué los miles de seguidores de Bolsonaro pudieron ingresar a las sedes de los tres poderes del Estado y permanecer en el interior el tiempo suficiente para humillar a estas instituciones. ¿Hubo un fallo en la seguridad deliberado?

En los días posteriores a la invasión efectuada por las hordas bolsonaristas al Palacio do Planalto, al Congreso Nacional y a las instalaciones del Supremo Tribunal Federal (STF) se llegó a una constatación generalizada por parte de prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional, incluidos los servicios de inteligencia, la Policía Federal, la prensa, los partidos políticos y las organizaciones sociales: el intento de Golpe de Estado venía siendo preparado con mucha antelación por los grupos más radicales del bolsonarismo y su articulación se realizó tanto por medio de las redes sociales y comunidades de internet así como en los contactos estrechos y directos que se generaron en los campamentos levantados en los portones de los Cuarteles Generales del Ejército en las principales ciudades y capitales de varios Estados de la Federación y del Distrito Federal.

Al final del día en que se produjeron estos deplorables acontecimientos, quien – en ese entonces- ocupaba el cargo de gobernador del Distrito Federal, Ibaneis Rocha, pidió disculpas públicas en una declaración en vivo, argumentando que nunca pensó que las movilizaciones de los bolsoraristas que se trasladaron desde varios puntos del país, avanzarían hasta la Plaza de los Tres Poderes y procederían a la invasión, saqueo y depredación de las tres instituciones mencionadas. La verdad, es que muy pocas personas creyeron en las palabras del ex gobernador (un bolsonarista asumido) y la tesis de que él se encontraba coludido con los manifestantes ganó fuerza. Ello llevó a su destitución inmediata a través de una resolución del Presidente del Tribunal Superior Electoral, Alexandre de Moraes.

Antes ya había sido destituido por el propio Ibaneis Rocha, el Secretario de Seguridad Pública, Anderson Torres (ex Ministro de Justicia de Bolsonaro), el cual en este momento se encuentra detenido por su responsabilidad en los ataques golpistas del pasado domingo 8 de enero. Por último, el Comandante de la Policía Militar del Distrito Federal, Fabio Vieira, también se encuentra detenido tras una decisión del mismo Ministro Moraes por considerar que las conductas de los imputados son gravísimas porque pusieron en riesgo las vidas del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de diputados y senadores federales y de los Ministro de la Corte Suprema de Brasil.

En su determinación el Ministro Moraes afirma que, según los hechos narrados por la Policía Federal, autora original del pedido de prisión de los involucrados, existen claros indicios de la existencia de “una posible organización criminal que tiene por uno de sus objetivos desestabilizar las instituciones republicanas”. En el caso de Anderson Torres y Augusto Vieira, “el deber legal deviene del ejercicio del cargo de Secretario de Seguridad Pública y de Comandante de la Policía Militar del Distrito Federal, respectivamente, y en que la omisión quedó ampliamente comprobada por la previsibilidad de los grupos criminales y por la falta de seguridad que posibilitó la invasión y depredación de los edificios públicos”.

Un fenómeno que todavía es difícil de explicar, es que el Batallón de la Guardia Presidencial (BGP), responsable por la seguridad del Palacio do Planalto fue liberado 20 horas antes de producirse la invasión por parte de las huestes bolsonaristas. Y esta medida fue tomada por el nuevo Director del Gabinete de Seguridad Institucional (GSI) nombrado por el Presidente Lula. Esta unidad especial del Ejercito cuenta con un efectivo de mil soldados que podrían fácilmente haber montado una barrera de contención de los vándalos, pero ese día fue desmontado por una decisión proveniente desde el Comando Central, desconociendo la autoridad del Director del GSI. O sea, la posición del Comando del Ejército en Brasilia no deja dudas de su involucramiento en un “Golpe Militar camuflado”, pues luego del fracaso de la ocupación de los edificios de la Explanada y constatando la ausencia de movimientos de tropas y blindados en el resto de los cuarteles del país, orientó sus esfuerzos para defender a los bolsonaristas amotinados, como han mostrado las imágenes en que se puede apreciar a tres tanquetas custodiando y protegiendo a los acampados para no ser detenidos por la Policía Militar una vez que el interventor nombrado por el Presidente Lula, Ricardo Cappelli, decretó la prisión en fragrante de los invasores para comenzar a restablecer el orden en la capital. Según algunos especialistas en política militar, probablemente si otras unidades en el país se hubiesen unido a esta asonada golpista, Brasil se habría convertido en el palco de una guerra fratricida con resultados nefastos para la democracia y el pueblo, tal como ya ocurrió en abril de 1964.

En suma, hubo efectivamente una acción concertada para que los manifestantes pudieran ingresar a las instalaciones de la Plaza de los Tres Poderes y a medida que avanzan las investigaciones se conoce la identidad de más personas y grupos que colaboraron en este lamentable episodio, ya sea actuando directamente, incitando o financiando a los agentes destructores, considerados y definidos como terroristas por la Justicia y la prensa.

El presidente Lula ha apuntado de inmediato más arriba hacia Bolsonaro y el bolsonarismo pero también a empresarios de la agroindustria.

Efectivamente, Bolsonaro es el principal instigador de este ataque golpista al no reconocer hasta el día de hoy el legítimo triunfo de Lula da Silva en la segunda vuelta de las elecciones el 30 de octubre del año pasado. Desde Miami, hacia donde se fugó para no entregarle la cinta presidencial al actual presidente y para huir de los varios procesos con él que se ventilan en la justicia brasileña, el ex capitán no ha hecho más que insuflar a sus seguidores a través de las redes para que no reconozcan al nuevo gobierno y apelen a las Fuerzas Armadas para que acometan un Golpe de Estado con Bolsonaro a la cabeza. En esta intentona golpista también se han sumado empresarios urbanos y del agronegocio, ocupantes ilegales de tierras (grileiros), predadores de los ecosistemas amazónicos y del Pantanal, garimpeiros y buscadores de oro, empresas forestales, gremios de transportistas, fabricantes y comerciantes de armas, explotadores de pesca ilegal, invasores de tierras indígenas, pastores pentecostalistas, militantes de la extrema derecha y del bajo clero del Congreso Nacional.

Después de su detención y tras ser interrogados, muchos de los ocupantes han reconocido que recibieron un pago en efectivo más transporte y comida por parte de financiadores (conocidos y anónimos) que les prometieron nuevos pagamentos si conseguían instalarse en los edificios públicos, generando así una situación de caos generalizado y, consecuentemente, una crisis de gobernabilidad. Dicha crisis era necesaria para que las Fuerzas Armadas esgrimieran el artículo 142 de la Constitución que las autoriza para intervenir en caso de peligro institucional y, de esta manera, garantizar la imposición de la ley y el orden. Es decir, los golpistas intentaron y seguirán intentando utilizar este artículo de la Constitución de 1988 para sostener una amenaza permanente sobre las instituciones democráticas y, especialmente, sobre cualquier medida decretada por el actual gobierno que consideren nociva para sus intereses y privilegios.

¿Qué sucede con los cuerpos uniformados? Se observó apoyo explícito de la policía a los manifestantes. ¿Es posible que el presidente Lula descabece o limpie de potenciales golpistas a las instituciones armadas? ¿Hasta qué profundidad puede llegar esa limpieza? ¿Qué éxito puede tener esta medida?

Es una buena pregunta y de compleja respuesta. Lo que se observó el domingo pasado, fue la presencia de un riesgo latente de golpe entre las Fuerzas Armadas donde la doctrina de la extrema derecha o del bolsonarismo radical se ha instalado con mucha fuerza entre sus miembros, preferentemente entre las jefaturas y estructuras de comando. Pienso que el porvenir y la viabilidad de este movimiento golpista en estado larvado, depende de cómo el Presidente Lula y su gobierno vayan inclinando la correlación de fuerzas a su favor, aglutinando y comprometiendo a todos los sectores democráticos en una lucha decidida y persistente contra la sedición golpista y los sectores de la extrema derecha que, como ya señalamos, se encuentran enquistados al interior de las instituciones armadas y en la estructura del aparato burocrático brasileño. Es urgente depurar estos órganos, pero no es una tarea fácil, considerando que Bolsonaro fue desmontando durante 4 años los frenos democráticos con que contaba el aparato del Estado y fortaleció a los grupos golpistas dentro de las Fuerzas Armadas, especialmente a militares de alta patente que tienen nostalgia de la época de la dictadura militar que imperó en el país entre 1964 y 1985. Además, la mayoría de los militares de la reserva son partidarios de un Golpe de Estado y varios de ellos participaron en la invasión de los edificios, como pudo ser constatado por los videos que ellos mismos subieron en sus redes sociales.

La cuestión que se presenta, por lo tanto, es si el Poder Judicial y la nueva administración podrán regular y sancionar la acción de estos grupos sediciosos, no solo a los militares, sino a todos quienes practicaron las escenas de vandalismo y destrucción que hemos visto desde esa nefasta jornada y en otros tantos casos que vienen ocurriendo desde que Lula ganó las elecciones, como las tomas y bloqueos de carreteras, la explosión de torres de alta tensión del sistema interconectado, la amenaza de bombas a las refinerías de petróleo, la ocupación de plazas y espacios públicos pidiendo la intervención militar, la agresión de periodistas y de ciudadanos que han cuestionado sus acciones, etc. Específicamente, el domingo pasado se pudo apreciar que existía una acción coordinada, un mapa del espacio a ser invadido, uso de GPS, un plan de ocupación y una logística (equipamientos, máscaras de gas, comunicación interna) preparados de antemano, con piquetes de enmascarados que asumieron la ofensiva del ataque.

A esta altura también se sabe que la actuación de la Policía Militar del Distrito Federal, de miembros del Gabinete de Seguridad Institucional (GSI) y de las Fuerzas Armadas en la revuelta golpista fue totalmente omisa o cómplice de estas acciones deplorables, pero el propio presidente Lula y su Ministro de Justicia y Seguridad, Flavio Dino, han señalado que es necesario ir paso a paso descubriendo todos los desdoblamientos de lo sucedido y desmontando con detalle las ramificaciones de los grupos de extrema derecha. También es necesario “desbolsonarizar” el país, entendiendo por ello la destrucción y superación de la cultura del odio, la intolerancia y la violencia que se ha venido apoderando del país en estos últimos años. Los sectores nostálgicos de la dictadura, los creyentes pentecostales y los grupos de extrema derecha se han transformado en verdaderas sectas irracionales que no se resignan con la derrota de Bolsonaro en las urnas y por el hecho consumando de que Lula da Silva gobernará durante los próximos cuatro años. Nada parece convencerlos de su actitud y algunos de ellos, en gestos bizarros difundidos profusamente, incluso han llegado a tratar de hacer contacto con sus celulares hacia seres extraterrestres que podrían salvar a la patria brasileña. Es decir, estas sectas siguen operando con un nivel de irracionalidad absoluta que aparte del aspecto sedicioso, también llega a preocupar por sus futuras consecuencias sobre la salud mental colectiva de la nación.

En dicho contexto, el Ministro de Defensa, José Mucio Monteiro, ha tenido una actuación muy débil con relación al desmonte de los sectores golpistas enquistados en la Fuerzas Armadas y muchos miembros del Partido de los Trabajadores y otros partidos aliados han pedido su destitución inmediata. Pero el Presidente Lula ha señalado que el momento es muy delicado para promover un cambio de su gabinete a solo 2 semanas desde que asumió el actual gobierno. Sin embargo, no se descarta la salida del Ministro en el futuro, ya que viene acumulando declaraciones infelices hacia los invasores, diciendo que las personas acampadas frente a los cuarteles exigiendo un Golpe de Estado lo hacían con “buenas intenciones” y los clasificó como manifestantes patriotas que solo buscan lo mejor para el país. Después del asalto a la Plaza de los Tres Poderes, el Ministro José Mucio no ha realizado grandes gestos para obligar a las Fuerzas Armadas a asumir su papel institucional y subordinarse al Presidente de la República –como ordena la Constitución- declarando solamente que no piensa renunciar a su cargo. Es decir, demasiado poco para alguien que ocupa una cartera tan estratégica para el futuro de la república.


¿Cuál es la influencia de los pastores evangélicos en los sucesos? ¿Cuál es la consigna, el temor y el odio a un supuesto marxismo que tan profundamente penetra en millones de ciudadanos?

Los pastores evangélicos representan una pieza clave en la construcción de una narrativa anticomunista y ya desde antes del inicio de la campaña presidencial han utilizado su poder incontestado en sus iglesias para denegrir y falsificar la imagen de Lula y de los sectores progresistas en el país, asociándolos con el demonio, el pecado y la destrucción de la familia, la fe y la patria.

Más que un odio a la ideología marxista propiamente tal, la consigna de estos pastores y por ende de sus incondicionales seguidores junto a otros sectores de la extrema derecha es que “Brasil nunca será un país comunista” o “Nuestra bandera jamás será roja”. Las imágenes filmadas al interior de estas iglesias son bastante elocuentes en cuanto a la toxicidad del discurso de estos pastores que han contaminado a miles de personas con el virus de la ignorancia, el prejuicio y la construcción de una realidad paralela alucinada y delirante.

No pocos autores atribuyen el auge de la ultraderecha y su desprecio por las instituciones al descrédito de la democracia representativa en muchos países. Si esta crisis no tiene en este momento ninguna salida y sí su profundización es global por otras diversas causas, ¿Qué se puede esperar en el corto plazo, o incluso para la próxima semana, en nuestra región sudamericana?

Lamentablemente vivimos desde hace tiempo en un ciclo regresivo de la concepción de la política y, sobre todo, de una descalificación de la democracia representativa que, con todas sus limitaciones, es claramente mejor que las formulas autoritarias que se pretenden imponen en escala global. La fragilidad de dichas democracias en nuestra región puede dar paso a la irrupción de aventuras populistas de extrema derecha, como ha sido el caso de Bolivia con Jeanine Áñez, de Colombia bajo la presidencia de Álvaro Uribe o actualmente el perturbador Nayib Bukele en El Salvador. Y existe también una amenaza latente en el caso de Chile con José Antonio Kast o en el caso de Argentina con Javier Milei. Son políticos astutos que utilizan la mentira y la manipulación como estrategia para acercarse a los electores, aprovechándose de escenarios complejos en la economía, con el aumento de la delincuencia en las principales ciudades de muchos países, con la crisis migratoria y con el rechazo de las políticas inclusivas por parte de sectores medios que temen perder su estatus frente a los grupos más pobres y vulnerables objeto de esas políticas.

La reciente destitución de Pedro Castillo en Perú y el riesgo de movilizaciones golpistas que acechan al Presidente Gustavo Petro en Colombia y Alberto Fernández en Argentina son parte de una arremetida de la extrema derecha que busca reposicionarse en el poder aprovechando precisamente los intersticios que permiten el pluralismo, la tolerancia y la propia vida democrática de nuestros países. Cuál va a ser el comportamiento de la región en la próxima semana es difícil de prever, salvo que uno tenga una bola de cristal que anticipe los acontecimientos de corto plazo.

Sin embargo, para el caso brasileño me atrevo a señalar que esta va a ser una semana en la que se deberían profundizar los vínculos con diferentes fuerzas políticas para fortalecer las instituciones democráticas y el Estado Democrático de Derecho consagrado en la Constitución de 1988. El dilema que se presenta en dicho escenario es que resulta urgente consolidar el discurso contra el Golpe de Estado, quizás o muy probablemente a costa de tener que abdicar de algunas de las transformaciones más importantes que se encuentran definidas en la agenda programática del nuevo gobierno: una reforma tributaria progresiva que se dirija hacia una mayor recaudación “penalizando” a las enormes fortunas y aumentando los impuestos de las grandes empresas; una política social más vasta y profunda determinada a eliminar el hambre que sufren 33 millones de ciudadanos; recuperar el aporte de las transferencias a los segmentos más pobres de la población; reajustar los salarios al nivel que tenían en los gobiernos anteriores del Partido de los Trabajadores; invertir más en educación, salud, vivienda, saneamiento básico, infraestructura, agricultura familiar, etc. Muchas de estas medidas se pueden ver comprometidas si la tarea principal es crear un Frente Amplio –incluso con la derecha liberal- para enfrentar la arremetida fascista que continúa ensombreciendo y amenazando la vida política y social brasileña.

Se puede afirmar que hay un complot internacional contra las democracias. En el asalto de Brasilia hubo muchos elementos similares al del Capitolio en enero del 2021 en tanto el mismo Steve Bannon está muy ligado con Bolsonaro.

Si, en efecto hay elementos de este asalto a la Plaza de los Tres Poderes que nos recuerdan el asalto al Capitolio por los seguidores más radicales de Trump. Y la presencia de Bannon, como bien apuntas, es una marca de la estrategia de Bolsonaro, sus hijos y sus apoyadores. La diferencia es que la invasión al Capitolio fue para que el Congreso Norteamericano no confirmase el triunfo de Joe Biden. En el caso brasileño, fue con el Presidente Lula ya instalado y con la clara intención de generar las condiciones para que los militares se sintieran convocados a consumar un Golpe de Estado, según comentaba anteriormente.

En todo caso, la respuesta casi unánime del conjunto de países del orbe, denunciando la intentona golpista y declarando su apoyo irrestricto al gobierno del Presidente Lula y a las instituciones de la República, han fortalecido este frente democrático que comienza a aislar con mucha mayor consistencia a las facciones de extrema derecha que pretenden desconocer el resultado de las urnas y la soberanía popular que eligió a un presidente que cuenta con toda la legitimidad interna y de la comunidad internacional. Algunos mandatarios como Biden, Macron o Fernández ya han confirmado un futuro encuentro con el Presidente Lula como una manera de manifestar con mayor vehemencia su apoyo al proceso político brasileño y a la continuidad del gobierno según el itinerario establecido por la Constitución. Ello permite augurar que los grupos fascistas podrán perder fuerza y que incluso su principal instigador, Bolsonaro, sea encarcelado por todos los delitos que ha cometido en estos últimos 4 años, incluido el tratamiento displicente o directamente criminal con el cual enfrentó la pandemia del Covid-19.

Tradicionalmente Estados Unidos ha apoyado y promovido los Golpes de Estado en América Latina. El caso de Brasil ha sido diferente si comparamos sus apoyos a los golpes contra Evo Morales en Bolivia y el respaldo a la presidenta de facto de Perú, Dina Boluarte. ¿Es esta ultraderecha brasileña que sigue a Trump más peligrosa?

Esta ultraderecha es indudablemente peligrosa, pero tengo confianza en la capacidad del Presidente Lula y de los partidos que conforman esta amplia coalición democrática, que los próximos pasos serán el fortalecimiento de esta alianza en defensa de los valores republicanos y democráticos, para simultáneamente, juzgar con el mayor rigor y celeridad posible a todos quienes cometieron delitos contra la democracia, el orden pública, la integridad de las personas y del patrimonio cultural de la nación. En una encuesta realizada esta semana después de los lamentables hechos que comentamos, el 93% de los brasileños consulados afirmaron ser contrarios a la invasión y la depredación de los edificios públicos y descartaron de plano la posibilidad de apoyar un Golpe de Estado a partir de la implantación de un clima de violencia y miedo por parte de los sectores más radicalizados del bolsonarismo. La tarea urgente ahora, como ya señalé en un artículo anterior, es “desbolsonarizar” la cultura del terror que pretenden imponer estos segmentos fascistizados de la vida nacional y colocar la actividad política sobre sus verdaderos causes, el del diálogo, el entendimiento y la formación de consensos, a pesar de las inevitables y legitimas discrepancias y conflictos que pueden existir en cualquier comunidad humana.