Socialismo y Democracia
De la gesta del Moncada a la «batalla de ideas», el legado de Fidel Castro ofrece una lección de paciencia revolucionaria y de la indisoluble unidad entre soberanía y socialismo. A cien años de su nacimiento, repasamos las claves de un proyecto que mantuvo la dignidad popular y el internacionalismo como banderas emancipatorias bajo el asedio imperial. Su legado enseña la necesidad de la paciencia revolucionaria: comprender que para salvaguardar la independencia nacional es imprescindible romper con el capitalismo y perseverar en la vía socialista.
El 3 de octubre de 1965, durante la constitución del primer Comité Central del que luego sería el Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro pronunció un discurso en el que señaló que los revolucionarios debían saber esperar, tener paciencia y no desesperar ante las dificultades. Bajo esta premisa debemos leer y comprender su aporte al movimiento político revolucionario y a las izquierdas globales. La antología preparada por Marc Sayous y prologada por Ignacio Ramonet es una excelente primera aproximación al vasto universo que encierra el nombre de Fidel. Trinchera de ideas aparece en un momento altamente emotivo por el centenario del comandante histórico y especialmente delicado ante la renovada embestida imperial sobre la isla.
Compuesto por 25 textos —la mayoría acompañados por breves páginas de contextualización—, el volumen ofrece una muestra de lo que significó la voz del líder revolucionario, tanto en el transcurso del proceso insurreccional como en la emergencia de una posición política socialista en el Caribe y América Latina. Estos materiales, que abarcan desde 1953 hasta la primera década del siglo XXI, dan cuenta de la variedad en el uso de la palabra: desde los discursos densos y meticulosamente articulados de los primeros años hasta las intervenciones breves pero contundentes de su etapa final.
En algún momento de su larga amistad, Gabriel García Márquez escribió que el comandante había cultivado el oficio de la palabra hablada como sello distintivo para dialogar y convencer al pueblo cubano. Varios testigos de los primeros años de la revolución —desde la mexicana Sol Arguedas hasta el argentino Ezequiel Martínez Estrada— destacaron el carácter pedagógico de las maratónicas jornadas en las que Fidel conversaba con el pueblo en la plaza pública. Es este quizás el principal registro desde el cual abordar sus ideas, el de la palabra hablada; según el compilador, la cifra de discursos contabilizados supera los mil, a lo que habría que sumar sus intercambios con delegaciones extranjeras, sus escritos teóricos y las extensas entrevistas publicadas en forma de libro a lo largo de varias décadas.
Sin embargo, su obra solo cobra dimensión plena en la articulación entre palabra y acción; en la facultad de conducir a través de la voz y forjar una manera de comprender el mundo, el lugar del continente y las urgencias del tiempo histórico. En este centenario de Fidel volvemos a su figura porque la región exige nutrir los programas políticos con aquello que se cultivó durante décadas al amparo de una visión radical y consecuente de la liberación nacional, de la soberanía entendida como cooperación entre iguales y del socialismo como proyecto histórico enraizado en las luchas de los pueblos. Entre esa vasta constelación de experiencias, Fidel es el «profeta de una aurora» —la de la liberación nacional, como definió el Che Guevara—, una batalla crucial que el líder cubano encabezó manteniendo la unidad indivisible entre patria, revolución y socialismo.
El discurso del método de la descolonización
Como cabe esperar, la antología se abre con el célebre alegato de defensa que Fidel pronunció tras su detención por el fallido asalto al Cuartel Moncada: La historia me absolverá. Sin saberlo en aquel momento, la gesta del Moncada se convertiría en el nombre de una posibilidad, en la latencia de un proyecto y en algo más que una promesa a futuro: la síntesis entre la independencia real de la nación frente al neocolonialismo y un horizonte de superación de las principales directrices del capitalismo.
René Depestre, el poeta haitiano que vivió y escribió durante el impulso inicial de la revolución, señaló que aquel «revés victorioso» del 26 de julio había legado en el alegato de Fidel el verdadero «discurso del método» de la descolonización. Y lo hizo, esencialmente, al superar la escisión entre los grandes objetivos de la liberación nacional y la construcción de un horizonte socialista. Dicho de otro modo: en aquel documento se sembró la certidumbre de que para ser independientes era preciso escapar del capitalismo, y que para romper con este no había otro camino que desmantelar el sistema colonial bajo su forma renovada. El efecto de aquel alegato fue soldar de manera indisoluble la liberación nacional con el socialismo.
Por eso, cuando tras el colapso del bloque soviético Cuba entra en el Periodo Especial, Fidel se dirige a sus compatriotas afirmando que no hay modo de salvaguardar la independencia sin preservar la revolución, y que para ello es imprescindible perseverar en la vía socialista, aun si la conceptualización de esta debe reconfigurarse a la luz del tiempo y la experiencia acumulada, con sus errores, crisis y recomposiciones. Esta ardua tarea emancipó al socialismo cubano de ser un mero reflejo de las estepas europeas en los llanos del Caribe, demostrando que, a diferencia de los modelos centroeuropeos derrotados, el proyecto isleño respondía a causas y necesidades propias.
En Fidel, el concepto de socialismo de los años setenta difiere del de los noventa: si en el primero primaba una lógica racionalizadora y organizativa excesiva, en el segundo el énfasis se desplaza hacia la voluntad solidaria de una sociedad bajo asedio permanente. Resulta particularmente provechoso releer el discurso de 1968 en el que Fidel sostiene que en Cuba ha habido «una sola revolución», donde ya se aprecia la originalidad de una concepción que anuda soberanía y socialismo al tiempo que despliega una interpretación histórica de gran densidad.
Asimismo, en varias de estas alocuciones se percibe la certeza de estar construyendo una alternativa que, si bien abraza abiertamente el socialismo, no reniega de las herencias históricas de los pueblos. En ese sentido, la intuición de Depestre cobra todo su valor: la formulación de un «discurso del método de la descolonización» radica en haber habitado la tensión entre la universalidad del socialismo y la singularidad de su realización nacional. Descolonización no como un simple marco epistemológico o académico —al que hoy se halla frecuentemente reducida—, sino como la capacidad de los pueblos para aprehender su propia historia y orientarla hacia un fin emancipatorio. Cuestionar el imperio del egoísmo y la competencia implicaba forjar una concepción renovada de la cultura y del pasado. La descolonización era, en definitiva, la conquista de una liberación en clave nacional, mental y cultural.
Revolución: soberanía y cultura
Con todo, sería un error reducir el programa fundacional del Moncada y el 26 de Julio a la alocución de 1953, por decisiva que haya sido. El torrente que desencadenó quedó registrado en las páginas de los discursos pronunciados en los momentos más dramáticos entre 1959 y 1961, reforzado luego en 1968 al calor de la reorganización del campo político cubano. En ellos se articula una amalgama que en Fidel adquirió forma de simbiosis: revolución, soberanía y cultura. Para el líder cubano, revolución y soberanía eran indisolubles, más aún al encarar las primeras agresiones de envergadura por parte de Estados Unidos.
Sin embargo, esta concepción no se agotaba en la idea del Estado como mero articulador de una población y sus capacidades técnicas o productivas. En Fidel, la soberanía responde en lo inmediato a la defensa frente al hostigamiento imperial. Pero defender la revolución exigía transformar las condiciones mismas del ejercicio de la soberanía, es decir, que esta fuera real, concreta, específica. Porque, a contramano del sentido común académico dominante en el espacio cubano-americano contemporáneo, Fidel comprendió que «de la soberanía sí se come» y que, para garantizar las necesidades materiales de la población, la soberanía debe construirse de manera ininterrumpida.
Por ello es clave remarcar cómo Fidel orientó la experiencia revolucionaria hacia la creación y el desarrollo de capacidades públicas para satisfacer demandas fundamentales como la salud y la educación. No es casual que los grandes proyectos neoliberales de mercantilización hayan apuntado precisamente contra esos dos pilares en su intento de refundar la sociedad sobre bases individualistas. Y si bien este debe ser un esfuerzo continuo y sostenido, los años de auge revolucionario mantuvieron siempre estos dos ejes como cimientos innegociables.
A su vez, la dimensión cultural —la creación artística y la praxis intelectual— nunca fue ajena al ideario de Fidel. Sus célebres Palabras a los intelectuales de 1961, pronunciadas cuando aún no se había disipado el humo de Playa Girón, ratificaron la alianza entre cultura, educación y revolución bajo la convicción de que no hay patria posible sin una intelectualidad capaz de desplegar sus potencias simbólicas y creativas. Aunque los marcos teóricos decoloniales hegemónicos suelan ignorarla, la apuesta cubana constituye una de las experiencias de descolonización integral más acabadas, al combinar la soberanía popular con el desplazamiento de la competencia como eje articulador de las relaciones humanas e internacionales.
Más tarde, en las postrimerías del siglo XX, la formulación de la «batalla de ideas» invita a una lectura gramsciana del núcleo del socialismo concebido por Fidel: la cultura no como un molde rígido, sino como relación social en constante construcción. En la «batalla de ideas» se jugaba la hegemonía de un proyecto socialista capaz de echar raíces en la conciencia y la voluntad, y no solo en la reproducción material o en el consumo de bienes (un consumismo desmedido contra el cual el propio Fidel advirtió tempranamente por sus secuelas ambientales). La dimensión material, si bien indispensable, no era para él el único ni el principal factor de cohesión social.
Solidaridad internacional
De igual modo, resultaría reduccionista encasillar a Fidel en un nacionalismo estrecho o en un soberanismo endogámico que pretendiera agotar el proyecto revolucionario «en un solo país». Sus intervenciones, especialmente desde la década de 1970, reflejan la noción más radical de la solidaridad internacional y, con ella, la ampliación de la noción de liberación nacional.
Fidel comprendió que la soberanía de una nación solo es plenamente efectiva si todas gozan de la misma prerrogativa; es decir, si existen las condiciones para que el derecho a la autodeterminación pueda ser ejercido en igualdad de condiciones por una potencia o por un país pequeño. Allí aflora la dimensión radicalmente comunista de su pensamiento: la extinción paulatina de las tutelas estatales e imperiales solo es viable en la medida en que todos los pueblos accedan al ejercicio pleno de su soberanía. Fidel, cuyo origen ideológico había partido del nacionalismo revolucionario, avanza hacia el socialismo al situar la cooperación y la solidaridad desinteresada como premisas de la acción política.
Esta orientación se tradujo en el respaldo activo de parte de Cuba a las luchas en Vietnam y en África. El papel de los combatientes cubanos en la liberación de diversos países del continente africano y en la aceleración del fin del régimen racista del apartheid es bien conocido. Lejos de negar la soberanía, el internacionalismo la expandía como un principio universal de respeto mutuo. El pueblo cubano pagó un alto costo en vidas, recursos y presiones diplomáticas por sostener esa política exterior solidaria. Una lección histórica que no puede ser olvidada ni menoscabado el reconocimiento de las voluntades que combatieron a miles de kilómetros en favor de la liberación de los pueblos, pues ello configura un nivel de compromiso destacable y es expresión de esa otra cara del socialismo cubano.
Fidelidad revolucionaria, pese a todo
Buena parte de los textos de la antología se sitúan en la compleja encrucijada entre la ofensiva neoliberal y el derrumbe de la experiencia del socialismo soviético. En aquel momento, la presión de la intelectualidad liberal, los medios masivos de comunicación y los centros de poder buscaba doblegar a Cuba para forzarla a ceder ante el canto del cisne de las transiciones neoliberales que pulularon por el continente. Sostener la fidelidad revolucionaria implicó altísimos costos sociales, políticos y económicos, pero preservó la independencia nacional frente a los dictados de la privatización y el despojo en nombre de la democracia liberal. Frente al abandono de antiguos aliados —especialmente la intelectualidad desencantada que afloró por aquellos años—, la resistencia cubana evitó el colapso y la derechización que afectaron a otras latitudes.
A tres décadas de distancia, destaca no solo la firmeza doctrinaria de aquel rumbo, sino la pervivencia de un proyecto que, con sus defectos y contradicciones, mantuvo siempre un espíritu de solidaridad y un horizonte de construcción de un mundo solidario y fraterno. El contraste resulta elocuente ante una Europa del Este tironeada desde la «transición» hacia formas fascistas, operando como verdaderos enclaves coloniales del poder imperial y como fuente de inspiración para las actuales corrientes derechistas globales. Frente a ese espejo, Cuba continuó su marcha como ejemplo de dignidad e independencia.
Las lecciones de aquel período deberán discutirse con la frialdad que solo habilita el paso del tiempo. La negativa a sumarse al carro de la glásnost y la perestroika, optando en su lugar por el Proceso de Rectificación de Errores, fue una decisión crucial. En ella se dirimió el debate sobre el valor, el mercado y el trabajo, algo que, más allá del caso cubano, debería involucrar a las izquierdas de manera global, toda vez que ahí se juega el destino mismo de los proyectos poscapitalistas. Recuperando el viejo debate protagonizado por el Che Guevara en los años sesenta, aquella discusión debió volver a plantearse, aunque en un escenario adverso y con escaso margen para la innovación. Dicha coyuntura obligó a abandonar las certidumbres dogmáticas del modelo soviético para interrogarse críticamente sobre la naturaleza de la transición socialista. En ese marco, sostener la cohesión entre pueblo y Estado resultó determinante: la experiencia de Europa del Este demostró que la penetración del capital es más devastadora allí donde las élites se fragmentan y su divorcio con el entramado popular es más profundo.
La tenacidad del líder, la voluntad del pueblo cubano por mantener su independencia y los cambios operados desde fines de los noventa en América Latina abrieron un escenario diferente al comenzar el siglo XXI, momento en que la presencia de Fidel en el espacio público comenzaba a declinar. La presencia de Cuba como referencia histórica contribuyó a alimentar las sucesivas olas de gobiernos populares y progresistas en la región.
Trinchera de ideas ofrece insumos valiosos tanto para profundizar la reflexión sobre el socialismo como para examinar con sentido crítico las encrucijadas del movimiento revolucionario cristalizado como proyecto político y estatal. Cuba, como cualquier sociedad, puede ser criticada pero a condición de situar las coordenadas históricas de sus decisiones y examinando las correlaciones de fuerza concretas, lejos de moralismos o abstracciones teóricas.
Hoy, a la distancia, resulta evidente que ningún país puede realizar plenamente su independencia rodeado de Estados vasallos, y que el sacrificio prolongado de una población no es deseable ni sostenible de manera indefinida. El pueblo cubano debería ser libre de decidir con quien intercambiar, dialogar y negociar. Libre debería ser también para elegir sus formas de organización política, su modelo económico y su cultura sin el estrangulamiento de un bloqueo tan violento como ilegítimo. Pero, en lugar de ello, en este 2026 el recrudecimiento del cerco energético evidencia la gravedad de la situación y la tibia respuesta de muchos gobiernos de la región. El pueblo de Cuba merece el ejercicio pleno de su soberanía. El poder imperial que la asfixia, junto a sus acólitos académicos, periodísticos e intelectuales, pasarán a la memoria histórica como los copartícipes del sufrimiento de todo un pueblo.
La cita martiana que da título a la obra condensa el núcleo de la impronta ideológica de Fidel: las «trincheras de ideas» son aquellas donde el acumulado histórico de los combates del pasado sirve como pertrecho para las batallas del presente; donde la herencia intelectual construye los horizontes de futuro.



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