sábado, 11 de julho de 2026

55 años de la Nacionalización del Cobre


 

Friedrich Engels nos mostró cómo hacer historia


Paul Blackledge
Jacobin

Una caricatura retrata a Friedrich Engels como un ultradeterminista que presentó a los seres humanos como marionetas de las fuerzas económicas. En realidad, sus escritos históricos fueron sutiles y sofisticados, y mostraron de qué manera la agencia humana puede cambiar el curso de la historia.

Existe un mito según el cual Friedrich Engels distorsionó la teoría social revolucionaria de Karl Marx hasta convertirla en una forma de determinismo tecnológico políticamente fatalista. Si bien es posible extraer frases fuera de contexto para justificar esta afirmación, la verdad es que Engels era un pensador sumamente sofisticado, con un conocimiento enciclopédico de la historia, que colocó a la agencia humana consciente en el centro de su comprensión del proceso histórico. Si bien entendía que la agencia humana estaba materialmente determinada, su modelo de determinación no era en absoluto mecánico ni reduccionista.

E.P. Thompson tenía, sin lugar a dudas, razón cuando sostuvo que debíamos precavernos de los intentos de convertir a Engels en el «chivo expiatorio» de cualquier defecto «que se elija imputarle al marxismo posterior». Y Perry Anderson, con justicia, torció el bastón hacia el lado contrario frente a los intentos de denigrar el legado de Engels, cuando sugirió que en realidad era un historiador más sólido que Marx: «Los juicios históricos de Engels son casi siempre superiores a los de Marx. Poseía un conocimiento más profundo de la historia europea, y tenía una comprensión más segura de sus estructuras sucesivas y salientes».

El nacimiento del materialismo histórico

En sus propios comentarios, eminentemente sensatos, sobre el método que él y Marx desarrollaron, Engels hizo una observación que se ha vuelto célebre:

Si algunos escritores más jóvenes le atribuyen al aspecto económico más importancia de la que le corresponde, Marx y yo somos en cierta medida responsables de ello. Tuvimos que subrayar este principio rector frente a los adversarios que lo negaban, y no siempre tuvimos el tiempo, el espacio o la oportunidad de hacerles justicia a los demás factores que interactuaban entre sí. Pero la cuestión era distinta cuando se trataba de retratar una sección de la historia, es decir, de aplicar la teoría en la práctica, y ahí no era admisible ningún error.

Para Engels, «el factor determinante en la historia es, en última instancia, la producción y reproducción de la vida real». Sin embargo, insistía, «si alguien distorsiona esto declarando que el momento económico es el único factor determinante, convierte esa proposición en una jerga abstracta, ridícula y carente de sentido».

Lamentablemente, a lo largo del último siglo y más ha existido toda una industria artesanal empeñada en distorsionar las proposiciones de Marx y Engels hasta convertirlas en piezas de jerga abstractas, ridículas y carentes de sentido. Esto es particularmente cierto en lo que respecta a los escritos de Engels. La calumnia que se le ha arrojado encima puede estar relacionada con el hecho de que no solo acuñó el término «materialismo histórico», sino que también, podría decirse, inventó su práctica a través de su autoría de la primera obra de historia «marxista»: La guerra campesina en Alemania (1850).

Producido sobre el trasfondo de las revoluciones derrotadas de 1848, este estudio estaba destinado tanto a aportar evidencia de una auténtica tradición revolucionaria alemana como a contrarrestar las tendencias moralistas y voluntaristas presentes entre los fragmentos de la izquierda revolucionaria derrotada. Mientras que el padre de la historia positivista moderna, Leopold von Ranke, hizo la afirmación superficial y mística de que el levantamiento campesino de 1525 había surgido como una «convulsión de la naturaleza», Engels trató a todos los personajes principales como agentes racionales, cuyo comportamiento podía comprenderse mejor mediante un análisis en profundidad de sus contradictorios intereses materiales, enraizados en las relaciones sociales contemporáneas.

Su intención era captar la esencia social subyacente del movimiento revolucionario por debajo de su apariencia superficial de mera explosión de misticismo religioso. Estructura y agencia no son, según este modelo, opuestos: de hecho, son mutuamente constitutivas. Su afirmación de que las revoluciones tienen causas profundas no es una alternativa a explorar el papel de la agencia dentro de ellas, sino más bien el prerrequisito necesario para semejante indagación.

Crítico militar

El poder de este enfoque para el estudio de la historia resulta evidente en sus escritos militares. Como observó Walter Gallie, Engels se consagró como «probablemente el crítico militar más perspicaz del siglo XIX». Comentando un ensayo de Engels sobre este tema, «Ejército» (1857), Marx escribió que había quedado «anonadado», no solamente «por el mero volumen de la obra», sino también por su calidad: la consideraba una pieza de trabajo que «demuestra lo acertado de nuestros puntos de vista en cuanto a la conexión entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales».

Más allá de cualquier otra cosa que pueda decirse de «Ejército», no se trata de una pieza de materialismo mecánico o de determinismo tecnológico. En realidad, es un estudio magistral de la historia militar occidental desde la Antigüedad hasta la época inmediatamente posterior a Napoleón. A lo largo del ensayo, si bien Engels enmarcó su relato en relación con su contexto social, su atención a la organización, el liderazgo, la moral y la cultura iluminó la naturaleza no reduccionista de su materialismo.

Al trazar los enfrentamientos entre griegos y persas, sostuvo que la organización, el entrenamiento y el liderazgo de los griegos hicieron que las «muchedumbres torpes y desordenadas» de sus adversarios fueran «absolutamente incapaces de ofrecer nada más que una resistencia pasiva frente a la falange incipiente de Esparta y Atenas». En relación con los conflictos entre los propios griegos, explicó de manera similar la dominación de Esparta en la guerra terrestre como resultado de su organización interna.

Sin embargo, también señaló que el sistema social griego pudo sostener el servicio militar de los hombres libres porque estaba basado en la esclavitud. En Atenas, la preparación militar tomaba la forma de dos años de servicio a los dieciocho años de edad, tras lo cual el hombre libre mantenía una posición en las reservas hasta los sesenta años.

Si este sistema producía muy buenos soldados, los cuarenta años de servicio militar de los hombres de Esparta, entre los veinte y los sesenta años, aseguraban que sus hoplitas estuvieran incluso mejor entrenados. Dado que el movimiento unificado que exigía la falange solo podía dominarse mediante largos años de práctica colectiva, «mientras la falange decidía la batalla, el espartano, a la larga, llevaba la ventaja».

Un arte práctico

El matiz característico que Engels agregó a este argumento, «a la larga», junto con su atención al momento organizativo del análisis, señala el hecho de que su materialismo no era en absoluto mecánico. Tómese, por ejemplo, sus comentarios sobre la manera revolucionaria en que Epaminondas condujo a los tebanos a la victoria sobre Esparta en 371 a. C. En una innovación táctica de profundo mérito, Epaminondas decidió no enfrentar a los espartanos en una línea tradicional, sino formar un orden oblicuo cuyo punto más fuerte era una columna profunda que avanzaba contra el ala más fuerte de sus adversarios espartanos.

Esta formación novedosa quebró la línea espartana en su punto más fuerte, tras lo cual Epaminondas flanqueó a un enemigo que se había vuelto incapaz de recrear su orden táctico. Engels reconoció que el genio de Epaminondas residía en su capacidad para reconocer el poder organizativo del enemigo y cambiar sus tácticas para socavar ese poder. A partir de ese momento, como escribió en otro lugar, el liderazgo militar se convirtió en un arte «que hay que aprender teórica y prácticamente».

Si bien los macedonios perfeccionaron esta revolución táctica, la fuerza de su forma militar siguió dependiendo de un intenso programa de entrenamiento que solo era posible porque la esclavitud había liberado a su infantería de la necesidad del trabajo manual. No obstante, por mucho que se entrenaran los hoplitas, su poder no excedía al del propio sistema de la falange.

Según resultó, la característica misma que le daba a la falange su poder demostró ser la causa de su caída. Mientras que la eficacia de la falange dependía del movimiento coherente de una masa de hombres, el hecho de estar en masa significaba que la falange era relativamente inflexible.

En terreno accidentado en particular, el orden de la falange podía verse comprometido al encontrarse con un enemigo. Esto resultó ser el caso de los romanos, que fueron capaces de sacar provecho de esta falla mediante el despliegue de infantería pesada en una formación más flexible.

De la Antigüedad al feudalismo

Los romanos pudieron derrotar a los griegos gracias a sus innovaciones organizativas. Sin embargo, a medida que el Imperio Romano se expandía y se estabilizaba, el ejército tendía a perder su carácter romano. Las exigencias militares implicaron que, en lugar de esclavizar a los bárbaros derrotados para reproducir las relaciones de producción existentes, Roma reclutara en masa a esos viejos adversarios para su ejército.

Para Engels, este proceso desembocó en la gradual desromanización del ejército y en la eventual caída del imperio. Fue cuando «cesó toda distinción de equipamiento y armamento entre romanos y bárbaros» que las tribus germánicas, «física y moralmente superiores, marcharon sobre los cuerpos de las legiones no romanizadas».

La corporalidad y la moral, que habían quedado en un segundo plano mientras la organización y la táctica ocupaban el primer plano, se volvieron entonces más importantes a medida que las diferencias organizativas tendían a desaparecer. Estos cambios organizativos reflejaban la decadencia del modo de producción esclavista.

A medida que Roma se fragmentaba en el nuevo modo de producción feudal, la caballería resurgió como el factor decisivo en la guerra. Si bien los caballeros feudales que surgieron de este proceso podían vencer con facilidad a los campesinos locales sin entrenamiento, los conflictos con las fuerzas árabes durante las Cruzadas y con los mongoles en Europa oriental mostraron que estas tropas montadas no eran rivales para «los activos jinetes ligeros de Oriente».

Pese a esta debilidad, las derrotas a manos de estos jinetes ligeros no llevaron al colapso del antiguo orden. Esta transformación tuvo que esperar hasta que la emergencia de un capitalismo embrionario dentro del modo de producción feudal comenzara a crear las condiciones a través de las cuales el sistema militar feudal terminaría por desmoronarse.

Engels sostuvo que el ascenso de las ciudades y de los Estados centralizados, junto con la introducción de la pólvora proveniente de Oriente, sustentó una lenta revolución en la organización y la táctica militares. El papel de la infantería volvió a expandirse a medida que las limitaciones de la caballería se hacían cada vez más evidentes. Este proceso vio a los mosquetes convertirse en armas de guerra cada vez más poderosas a medida que los cambios tecnológicos aumentaban la velocidad de recarga.

Guerra revolucionaria

Estas innovaciones tecnológicas le dieron forma a los cambios en la táctica militar, ya que el aumento de la velocidad de recarga permitió líneas de infantería más largas y menos profundas, con una mayor cadencia de fuego. Los beneficios evidentes de esta nueva táctica crearon, sin embargo, dificultades inéditas, ya que las incómodas líneas de soldados requerían un entrenamiento incesante —recordado hoy a través de los ya obsoletos desfiles que forman parte de las paradas de dictadores y reyes—, mientras que las largas líneas delgadas presentaban puntos débiles en sus flancos.

No obstante, las fortalezas del nuevo sistema culminaron inicialmente en los abrumadores éxitos de Federico el Grande contra los austríacos. El propio Federico fue el primero en admitir que había aplicado a las condiciones modernas las lecciones aprendidas de Epaminondas y de su orden oblicuo de ataque.

Mientras que los éxitos de Federico dependían de una soldadesca bien adiestrada, apenas unos años después de su muerte la Revolución Francesa tuvo que defenderse con un ejército ciudadano relativamente sin entrenamiento, reclutado a través de las levées en masse. Este nuevo ejército ciudadano, forjado a través de la conciencia nacional, aprendió de los éxitos de las igualmente inexpertas tropas norteamericanas contra los británicos de una década antes.

Engels señaló que, al igual que los norteamericanos, las tropas francesas recién reclutadas estaban ideológicamente comprometidas con su causa pero tenían poco tiempo para dominar las complejidades del adiestramiento. En consecuencia, se inclinaron hacia las tácticas de escaramuza contra el enemigo. Por desgracia para los franceses, estos no contaban ni con los bosques vírgenes de Estados Unidos en los que podrían desvanecerse ante el enemigo, ni con su espacio interminable para la retirada. Como resultado, el ejército ciudadano francés, relativamente sin entrenamiento, necesitaba algo más que esta táctica para poder aprovechar sus nuevas armas.

Lo encontraron en la columna cerrada. Combinadas con los tiradores de escaramuza, las columnas cerradas se enfrentaban eficazmente al enemigo en línea extendida, con tropas que actuaban con flexibilidad según el contexto geográfico. Buscaban protección en el terreno accidentado y en las aldeas, y sobrevivían viviendo de la tierra.

Engels señaló dos avances tecnológicos que facilitaron esta flexibilidad. Primero, los franceses introdujeron en 1777 la culata de fusil inclinada, que permitió a sus tiradores de infantería (tirailleur) apuntarle mejor al enemigo. Segundo, aprovecharon «la cureña más liviana pero aún sólida construida a mediados del siglo XVIII», que hizo posible «la mayor movilidad exigida más tarde a la artillería».

El ascenso del fusil

Los puntos referidos a la escaramuza y a vivir de la tierra revisten una importancia cardinal para nuestra historia. En cuanto a la escaramuza, en su ensayo «Infantería» (1859), Engels sostuvo que esta práctica había sido una parte normal de la guerra desde la Antigüedad hasta la Edad Media, e incluso hasta el siglo XVII. Luego desapareció, para reaparecer recién en la Guerra de Independencia estadounidense:

Mientras que a los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos unidos por la coacción y el trato severo, no se les podía confiar el combate en orden extendido, en Estados Unidos tuvieron que vérselas con una población que, sin entrenamiento en el adiestramiento regular de los soldados de línea, eran buenos tiradores y estaban bien familiarizados con el fusil. La naturaleza del terreno los favorecía; en lugar de intentar maniobras para las que en un principio eran incapaces, cayeron inconscientemente en la escaramuza. Así, el enfrentamiento de Lexington y Concord marca una época en la historia de la infantería.

Estos cambios tácticos sustentaron una demanda de revolución en la tecnología militar. En su «Historia del rifle» (1861), Engels señaló que el fusil era un producto de la tecnología alemana del siglo XV que apenas había visto mejoras en su construcción antes del siglo XIX.

Hasta ese momento, los fusiles eran más precisos que los mosquetes de ánima lisa hasta una distancia máxima de alrededor de 350 a 450 metros, pero también eran más complejos de fabricar y considerablemente más lentos de recargar. En consecuencia, los mosquetes de ánima lisa constituían el grueso de las armas de fuego de la infantería y la caballería. Y aunque los ejércitos europeos siguieron usando fusiles, su despliegue fue muy limitado y en gran medida irrelevante para el desenlace de las batallas.

Sin embargo, las cosas cambiaron con el resurgimiento de la escaramuza en las guerras revolucionarias estadounidense y francesa. En lugar de ejércitos que se enfrentaban predominantemente en líneas, «de ahí en adelante se introdujo el orden extendido en cada enfrentamiento; la combinación de tiradores de escaramuza con líneas o columnas se convirtió en la característica esencial del combate moderno».

Como señala Engels, el grueso de las municiones se gastaba durante las escaramuzas, dirigido contra blancos que «rara vez eran más grandes que el frente de una compañía; en la mayoría de los casos, debían disparar contra hombres solos, bien ocultos por objetos de cobertura. Y sin embargo, el efecto de su fuego es de suma importancia». Mientras que los viejos mosquetes eran prácticamente inútiles en esta nueva forma de guerra, los fusiles existentes resultaban casi igual de inadecuados, porque eran demasiado lentos de recargar y, como consecuencia de la dificultad asociada a forzar las balas por cañones más largos, demasiado cortos para ser usados con bayoneta.

Estas deficiencias hacían que los soldados armados con fusiles fueran vulnerables al ataque, ya sea de infantería con bayonetas o de caballería. En estas circunstancias, escribió Engels, «el problema se presentó de inmediato: inventar un arma que combinara el alcance y la precisión del fusil con la rapidez y la facilidad de carga y con la longitud de cañón del mosquete de ánima lisa». Un arma semejante tendría que ser «apta para ser puesta en manos de todo soldado de infantería».

La marcha con el estómago lleno

La demanda de fusiles rayados generada por esta revolución en el arte de la guerra sustentó la transformación revolucionaria del fusil a lo largo del siglo XIX. Engels puso patas para arriba al determinismo tecnológico:

Con la propia introducción de la escaramuza en la táctica moderna, surgió la demanda de un arma de guerra así perfeccionada. En el siglo XIX, cada vez que surge una demanda de algo, y esa demanda está justificada por las circunstancias del caso, es seguro que será satisfecha.

El resto del ensayo es un relato sofisticado del desarrollo acumulativo del fusil después de 1828. En «La táctica de infantería y sus fundamentos materiales, 1700-1870» (1877), describió cómo el uso generalizado de los fusiles de retrocarga en la guerra franco-prusiana llevó a que las columnas fueran reemplazadas por cadenas compactas de tiradores de escaramuza, porque las primeras se habían convertido en un blanco demasiado fácil para las nuevas armas.

En cuanto a la cuestión de vivir de la tierra, Engels vinculó este punto con el de la innovación tecnológica a través del concepto de la productividad del trabajo. Si Federico abrió la puerta a una revolución en el arte de la guerra, fue Napoleón quien profundizó masivamente esta revolución en materia de movilidad, al dividir a la Grande Armée en corps d’armée que podían actuar como fuerzas militares relativamente autosuficientes.

Cada corps d’armée era lo suficientemente grande y complejo como para llevar el combate al enemigo, a la vez que lo bastante pequeño como para sostenerse a sí mismo viviendo de la tierra, de un modo que reducía sus líneas de suministro y aumentaba su velocidad. Napoleón, célebremente, combinó velocidad con masa manteniendo a cada corps d’armée a solo un día de marcha de distancia entre sí. Podían engañar a sus enemigos respecto de su objetivo previsto, a la vez que conservaban la capacidad de unirse cuando fuera necesario para enfrentar al enemigo: «Marchar divididos, combatir unidos», como escribió en una frase que recordaría Vladimir Lenin en sus argumentos a favor de la táctica del frente único.

Según Engels, el sistema militar de Napoleón estaba supeditado al desarrollo previo de las fuerzas productivas. Pese a la controversia que rodea este aspecto de la teoría marxista, en este caso al menos parece tratarse de puro sentido común. Si los franceses eran «casi invencibles» pero aun así en ocasiones vulnerables, incluso en su apogeo, esto no se debía simplemente a las vicisitudes de los líderes locales. También se debía a que su estilo de guerra móvil dependía de la capacidad de los soldados para vivir de la tierra.

Como señaló Engels en «Condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza contra Francia en 1852» (1851), los aumentos previos y de largo plazo en la productividad del trabajo agrícola fueron el prerrequisito para el éxito de este enfoque, lo que lo hacía «imposible durante un período prolongado en un país pobre, semibárbaro y escasamente poblado». Por eso los ejércitos franceses «perecieron lentamente en España, y rápidamente en Rusia».

El hilo ininterrumpido

En ese mismo ensayo, Engels sostuvo que las dos características clave del sistema napoleónico —su carácter de masa y su movilidad— eran productos de la emergencia del capitalismo: «La guerra moderna presupone la emancipación de la burguesía y del campesinado; es la expresión militar de esa emancipación». Al especular sobre las posibles consecuencias de una nueva Revolución Francesa, planteó el argumento materialista de que nuevos desarrollos en las fuerzas productivas —específicamente el uso generalizado del telégrafo y la expansión de los ferrocarriles por Europa occidental— estaban volviendo «cada día más imposible» el dominio ruso.

No obstante, Engels seguía subrayando el punto no reduccionista de que cualquier esperanza que se pudiera depositar en una Francia revolucionaria en su lucha contra la Rusia contrarrevolucionaria «presupone que habrá un buen ministro de Guerra». Reiteró su visión sobre la importancia del liderazgo militar al abordar los éxitos de la levée en masse.

Engels sostuvo que los éxitos iniciales de los reclutas bisoños de Francia dependían de la existencia de un núcleo de soldados experimentados en torno al cual se organizaban. Es más, las victorias francesas en las primeras guerras revolucionarias de la década de 1790, en particular sobre los prusianos y los austríacos en Valmy en 1792, fueron consecuencia no tanto de la pericia y el entusiasmo franceses como de la incompetencia alemana.

Todos estos argumentos ponen en evidencia un punto clave: la visión de Engels sobre la centralidad de la agencia humana históricamente constituida en la fabricación de la historia. Como señaló Marx en sus comentarios sobre «Army», Engels no redujo la historia humana a un relato de avance tecnológico, sino que desplegó su comprensión de esos avances como el medio para una comprensión rica de la agencia humana, a través de la cual pudo dar sentido al núcleo racional del voluntarismo evitando al mismo tiempo su superficialidad.

Con palabras que parafrasean la solución formal que da Marx a la relación entre estructura y agencia en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Engels escribió:

Los hombres hacen su propia historia, sólo que en medios dados que la condicionan, y sobre la base de relaciones reales ya existentes, entre las cuales, las relaciones económicas —por mucho que puedan ser influidas por las políticas e ideológicas— siguen siendo las que deciden en última instancia, constituyendo el hilo rojo que las atraviesa y que es el único que conduce a comprender las cosas.

Los escritos históricos de Engels dan vida a esta relación. Al hacerlo, ofrecen un recurso poderoso para cualquiera que quiera dar sentido a la historia de un modo que escape a las triviales superficialidades de buena parte del trabajo histórico y político contemporáneo.

quarta-feira, 8 de julho de 2026

A gazaficação do Líbano

Ayoub Khan
Jacobina

Do deslocamento em massa ao ataque indiscriminado contra civis, a ofensiva de Israel no sul do Líbano apresenta as mesmas características da destruição de Gaza - e com a mesma cumplicidade internacional.

Desde que Israel retomou seu ataque ao Líbano em 2 de março, mais de 1,2 milhão de pessoas foram deslocadas e mais de 2.500 acabaram mortas. Comunidades inteiras foram expulsas de suas casas. Vilarejos foram arrasados. Famílias ficaram sem nada, sem ter para onde voltar. Ao longo da chamada “linha amarela” -a zona militarizada que corta o sul do Líbano- moradores descrevem-se como abandonados, presos entre bombardeios contínuos e sem qualquer proteção significativa. Enquanto isso, os perpetradores documentam tudo para o mundo ver.

O que estamos testemunhando agora é a “gazificação” do Líbano: destruição em larga escala da infraestrutura civil, deslocamento em massa e operações militares contínuas em áreas povoadas, juntamente com o uso indiscriminado de fósforo branco. As Nações Unidas alertaram que os ataques de Israel no Líbano podem já constituir graves violações do direito internacional humanitário. No entanto, até o momento, não houve nenhum esforço internacional sério para deter essa onda de destruição, assim como não houve nenhuma tentativa coordenada significativa para impedir o genocídio em Gaza. O governo do Reino Unido não fez nada para acabar com o delírio de Israel de que pode agir impunemente.

Este é precisamente o tipo de situação que a Carta da ONU foi concebida para evitar — impondo limites ao uso da força e tornando a proteção da paz e da segurança internacionais uma obrigação fundamental. O direito internacional humanitário existe para garantir que, mesmo em tempos de guerra, haja certos limites que não podem ser ultrapassados. É impossível observar o que está acontecendo no sul do Líbano e concluir que esses princípios estão sendo respeitados.

O Reino Unido é signatário das Convenções de Genebra e está vinculado pelo Artigo 1º Comum, que exige não apenas que os Estados cumpram o direito internacional, mas também que tomem medidas para garantir que outras nações o façam. O direito internacional não se impõe sozinho. Ele depende da disposição dos Estados em defendê-lo quando suas normas estão ameaçadas. No entanto, em vez de tomar medidas significativas, o governo trabalhista se limita a emitir declarações tímidas de “preocupação”, apelos à “moderação” e pedidos de “desescalada”, como se tudo isso fosse uma questão de imagem, e não de direito — ou mesmo de princípios morais básicos.

Uma resposta juridicamente coerente ao ataque de Israel ao Líbano exigiria uma abordagem completamente diferente: a imposição de sanções eficazes; a suspensão das exportações de armas; o apoio a investigações internacionais sobre potenciais crimes de guerra; e a tomada de medidas concretas para garantir um cessar-fogo real, em oposição a um cessar-fogo ilusório que permite aos israelenses continuarem seus bombardeios e o deslocamento em massa de civis. Exigiria também o cumprimento das fronteiras internacionalmente reconhecidas, que as Forças de Defesa de Israel (IDF) transgridem repetidamente.

O Líbano não pode ser tratado como uma crise isolada. Reflete um colapso mais amplo nas estruturas do direito internacional. Os princípios jurídicos são agora invocados retoricamente, mesmo quando os Estados devastam populações civis sem qualquer responsabilização. Se isso continuar, as consequências irão muito além do Líbano, corroendo as proteções legais das quais os civis em todo o mundo dependem em tempos de guerra. O governo do Reino Unido não sofre de falta de conhecimento. Sabe perfeitamente o que está acontecendo. Sua falha reside na falta de coragem política básica.

sexta-feira, 3 de julho de 2026

A "panteonização" de Marc Bloch

Fábio Fonseca de Castro
A Terra é Redonda

Sua reflexão histórica jamais foi construída na tranquilidade das bibliotecas; ela foi atravessada pela experiência concreta das crises políticas e das guerras

Qual o lugar dos intelectuais em tempos de regressão democrática? A “panteonização” do historiador, soldado e resistente Marc Bloch, dia 23 de junho último, conduz, naturalmente, a essa pergunta. E, a ela, outra pergunta se segue: O que a “panteonização” de Marc Bloch, especificamente, ensina – ou sugere?

Partamos do conceito de “panteonização”. Essa palavra, que faz parte do quotidiano da vida francesa, não é um conceito corrente no Brasil. Trata-se, empiricamente, de ter os despojos mortuários trasladados para a Igreja de Sainte-Généviève, centro de Paris, conhecida como Panthéon – do grego pan theoin, templo de todos os deuses, lugar onde se sepultam os grandes nomes de uma pátria. Os franceses levam, para lá, sempre com grande pompa, os restos mortais – ou os cenotáfios – dos grandes nomes da sua história. Voltaire, Jean- Jacques Rousseau, Victor Hugo, Marie Curie, Denis Diderot e tantos outros, estão lá. É uma grande dignidade ser recebido no Panthéon.

No dia 23 de junho de 2026, a França conduziu Marc Bloch ao Panthéon. O gesto ocorreu oitenta e dois anos depois de sua prisão pela Gestapo e de seu fuzilamento, em Lyon, 18 de junho de 1944, ao lado de outros resistentes franceses. A cerimônia, acompanhada pela entrada simbólica de sua esposa, Simonne Vidal, militante como ele e sua companheira de vida e de pesquisa científica, foi apresentada como uma homenagem republicana a um dos maiores historiadores do século XX.

Mas seria um equívoco entendê-la apenas como uma reparação histórica. O Panthéon, de fato, nunca acolhe apenas os mortos. Ele organiza uma memória pública. Cada nova incorporação redefine aquilo que a República pretende afirmar sobre si mesma e sobre o seu tempo. Mais do que celebrar indivíduos, o monumento constrói uma narrativa sobre os valores que a França – ou uma certa França – considera dignos de permanência. Por isso, toda “panthéonisation” é também um gesto político.

A escolha de Marc Bloch talvez seja uma das mais eloquentes das últimas décadas. Em um contexto marcado pelo crescimento da extrema direita, pela confusão propositada entre sionismo e antissemitismo, pela circulação industrial da desinformação e pela crise das instituições democráticas, a República francesa decidiu elevar, justamente, um historiador judeu, resistente ao nazismo, fundador da historiografia contemporânea e defensor intransigente da verdade histórica.

Um republicano antes de ser historiador

Marc Bloch nasceu em 1886, em uma família judaica alsaciana profundamente identificada com os valores da República. A decisão de seus familiares de permanecer franceses após a anexação da Alsácia pelo Império Alemão, em 1871, não representava apenas uma escolha nacional. Tratava-se de uma adesão a um projeto político fundado na cidadania republicana, na laicidade e na universalidade dos direitos.

Seu pai, Gustave Bloch, era um historiador reconhecido, pesquisador da antiguidade. O ambiente familiar foi marcado pelo culto ao conhecimento, pela confiança na escola pública e pelo compromisso com a República, valores reforçados pela experiência do Caso Dreyfus, que revelou como o antissemitismo podia corroer as instituições democráticas.

Essa formação ajuda a compreender um aspecto fundamental de sua trajetória. Antes mesmo de se tornar um grande historiador, Marc Bloch já compreendia que conhecimento e responsabilidade pública não podiam ser separados.

A formação do historiador

Sua passagem pela École Normale Supérieure, assim como os seus estudos em Berlim e Leipzig, colocaram-no em contato com o que havia de mais sofisticado na historiografia europeia. Da tradição alemã, absorveu o rigor documental; da tradição francesa, herdou a preocupação com a síntese histórica. Mas Marc Bloch faria algo que poucos conseguiram: ultrapassaria ambas.

Ao lado de Lucien Febvre, fundou em 1929 a revista Annales d’histoire économique et sociale. Mais do que uma revista, tratava-se da formulação de um novo programa científico. Até então, a história privilegiava governos, batalhas, tratados diplomáticos e biografias de “grandes homens”. Marc Bloch deslocou radicalmente o olhar das ciências da história. A verdadeira matéria da história passou a ser a vida social: as formas de trabalho, as crenças, os imaginários, os costumes, as técnicas, as paisagens, as temporalidades e as maneiras pelas quais diferentes sociedades constroem seus mundos. Não era apenas uma ampliação temática. Era uma redefinição epistemológica.

A pergunta deixava de ser “o que aconteceu?” para tornar-se “como vivem os homens no tempo em que tal coisa aconteceu?”. Essa mudança modificou profundamente não apenas a história, mas todo o campo das ciências humanas. A antropologia histórica, a história das mentalidades, a micro-história, a história cultural, a história ambiental e, em grande medida, a própria renovação da sociologia histórica encontram em Bloch um de seus principais pontos de partida.

Existe uma característica frequentemente esquecida de Marc Bloch: ele foi também um homem de guerra. Combateu na Primeira Guerra Mundial durante quatro anos. Alistou-se voluntariamente aos 28 anos, sem ter sido convocado, terminando o conflito como capitão, condecorado diversas vezes por bravura.

Mais impressionante ainda foi sua decisão de voltar ao exército em 1939. Aos cinquenta e três anos, já reconhecido internacionalmente como historiador, pai de seis filhos e sofrendo de problemas graves de saúde, insistiu em ser novamente mobilizado.

Essa experiência alteraria profundamente sua compreensão da história. Longe de produzir uma história distante dos acontecimentos, Marc Bloch sabia que compreender o passado exigia também experimentar a intensidade do presente. Sua reflexão histórica jamais foi construída na tranquilidade das bibliotecas; ela foi atravessada pela experiência concreta das crises políticas e das guerras.

O resistente

A derrota francesa de 1940 produziu um de seus livros mais extraordinários: A estranha derrota. Escrito poucos meses depois da capitulação, o livro não procura culpados individuais. Marc Bloch faz aquilo que sempre ensinou a fazer: procura compreender as estruturas profundas que produziram o desastre.

A derrota militar aparece como consequência de uma derrota intelectual. As elites francesas haviam perdido a capacidade de compreender o mundo em transformação. Permaneceram presas às categorias da guerra anterior, incapazes de imaginar o novo. Essa análise continua surpreendentemente atual. As sociedades raramente sucumbem apenas porque seus adversários são fortes. Frequentemente fracassam porque suas próprias elites deixam de compreender o presente.

Pouco depois, Marc Bloch ingressaria na Resistência. Não houve ruptura entre o historiador e o resistente. O combate político foi consequência direta de sua concepção de verdade. Para alguém que definia o historiador como aquele que busca compreender os homens em sua complexidade, o nazismo representava precisamente a negação radical dessa humanidade plural. Por isso resistir era também continuar exercendo seu ofício.


A atualidade de Marc Bloch

Tudo isto colocado, retornamos às duas questões com as quais abrimos este artigo: qual o lugar dos intelectuais em tempos de regressão democrática? E o que a “panteonização” de Marc Bloch, especificamente, ensina ou sugere?

Talvez o aspecto mais impressionante da entrada de Marc Bloch no Panthéon seja sua atualidade. Vivemos novamente um tempo em que nacionalismos reaparecem como projetos políticos; em que a mentira organizada se converte em instrumento cotidiano de mobilização; em que a produção científica é frequentemente tratada como suspeita; em que intelectuais voltam a ser acusados de representar inimigos internos; em que a história é constantemente manipulada para fabricar identidades homogêneas e justificar exclusões.

Não por acaso, cresce também o revisionismo histórico, acompanhado de formas renovadas de racismo. Nesse cenário, a panteonização de Marc Bloch adquire enorme densidade simbólica. Sua vida demonstra que a defesa da verdade não é uma atividade neutra. Seu trabalho mostra que compreender exige complexificar, comparar, relativizar e rejeitar explicações simplificadoras.

Sua morte lembra que existem momentos em que a própria possibilidade do conhecimento depende da coragem de defendê-lo. Penso que isso responde, a um só tempo, às duas questões: o lugar dos intelectuais em tempos de regressão democrática é, não apenas, um lugar de “posicionamento”, mas um lugar de militância e de resistência – ou melhor, um lugar de contundência.

E a “panteonização” de Marc Bloch nos ensina, ou sugere, especificamente, que é preciso reconhecer a experiência da empatia no fazer da história. Marc Bloch escreveu, em sua inacabada Apologia para a História, que a função do historiador consiste em compreender “os homens no tempo”. Vejam, não sou historiador. Sou um cientista social, formado em perspectiva interdisciplinar, trabalhando com a fenomenologia social. E, bom, também sou leitor, leitor extenso, de Marc Bloch.

A essa segunda questão, eu responderia aproximando Marc Bloch da fenomenologia – considerando que a fenomenologia social transpassa a ideia de sujeito, necessariamente, para a compreensão da intersubjetividade – e diria que Bloch realiza, em história, o projeto fenomenológico de compreender o mundo como uma fusão de horizontes contingentes e contextualizados.

Marc Bloch não foi, apenas, o fundador da “história das mentalidades”. Foi um dos primeiros autores a deslocar a história do estudo dos acontecimentos para o estudo das formas de existência-operação; uma perspectiva fenomenológica por excelência – ainda que ele não tenha reivindicado essa aproximação teórica. Quando Marc Bloch afirma que o objeto da história são “os homens no tempo”, ele está propondo uma ontologia histórica da experiência humana. Isso aproxima sua obra de autores posteriores como Merleau-Ponty, Paul Ricoeur, Michel de Certeau, Carlo Ginzburg, Marshall Sahlins, Tim Ingold, dentre muitos outros.

A panteonização de Marc Bloch não celebra apenas um historiador do século XX, mas um pensador cuja maneira de compreender a experiência humana permanece profundamente contemporânea. Ao conduzir Marc Bloch ao Panthéon, a França não apenas homenageia um grande historiador. Ela também reafirma uma certa ideia da República, fundada na ciência, na escola pública, na cidadania, na resistência ao fascismo e na responsabilidade intelectual.

É significativo que isso ocorra justamente quando forças políticas procuram reabilitar nacionalismos excludentes, relativizar a colaboração francesa com o nazismo e transformar o conhecimento em alvo de suspeita permanente. A entrada de Marc Bloch no Panthéon recorda que compreender o tempo é também assumir responsabilidade diante dele.

Acompanhando o debate ocorrido em França sobre a sua panteonização escutei a posição da sua família. Soube que muitos dos seus descendentes posicionaram-se, inicialmente contra a panteonização: uns por recearem o uso político que poderia ter sido dado por Emmanuel Macron ao fato – em época de populismo simplório; outros, por recearem a sua transformação em “mártir judeu” – em época de sionismo instrumental; outros, por recearem que o papel do historiador fosse apagado pelo papel do patriota – em época de patriotismo ignóbil.

Acompanhei, igualmente, a posição de sua família, de seus descendentes, que, coletivamente, escreveram uma carta, à República (e não ao presidente Emmanuel Macron, o que, em si, já é bastante simbólico) solicitando que as homenagens da “panteonização” não fossem oportunistas, não se prestassem aos interesses do Estado de Israel, condenassem expressamente a extrema direita contemporânea e o nazismo, que reivindicassem a democracia e os princípios republicanos da igualdade e da liberdade dos povos. Fora isso, é preciso dizer que a família de Marc Bloch também solicitou que todas as lideranças da extrema direita fossem desconvidadas de se fazerem presentes no ato.

Penso que todas essas coisas renovam a memória do procedimento de Marc Bloch em relação à história. Em termos epistemológicos, uma história dos problemas, e não apenas dos acontecimentos. Em termos antropológicos, uma antropologia histórica das formas de vida humanas. Em termos metodológicos, uma história comparativa e interdisciplinar das sociedades. Em termos filosóficos, uma fenomenologia histórica da vida social. Aliás, em síntese, em termos fenomenológicos, eu diria que Marc Bloch desloca a história do evento para a experiência.

Memória longa a Marc Bloch. Que seu legado nos ensine que o lugar dos intelectuais, em tempos de regressão democrática, exige coragem. Que sua “panteonização” nos ensine, especificamente, que a história é uma ciência de combate.

quinta-feira, 2 de julho de 2026

Patrice Lumumba y la batalla inconclusa por la descolonización

Jeremías Pérez Rabasa
Página 12

El 2 de julio de 1925 nacía Patrice Lumumba, el dirigente que convirtió la independencia del Congo en un proyecto de soberanía real. Su asesinato marcó los límites que el colonialismo estaba dispuesto a imponer a los procesos de emancipación africanos.

Patrice Émery Lumumba nació el 2 de julio de 1925 en el entonces Congo Belga, una de las colonias más violentas que produjo el imperialismo europeo. Bajo la dominación belga, millones de congoleños fueron sometidos a un régimen de trabajo forzado, despojo territorial, segregación y terror cuya historia todavía permanece relativamente ausente de los relatos occidentales. Fue en ese contexto donde comenzó a formarse un dirigente que entendió que la independencia no era el reemplazo de una bandera por otra.

Autodidacta, lector voraz y extraordinario orador, Lumumba emergió durante la década de 1950 como una de las principales figuras del nacionalismo congoleño. En 1958 fundó el Movimiento Nacional Congoleño, una organización que rechazaba las divisiones étnicas promovidas por el colonialismo y proponía la construcción de un Estado verdaderamente soberano. Su apuesta era profundamente panafricanista, Lumumba creía que la emancipación del Congo sólo tendría sentido como parte de la liberación del continente africano.

Cuando el Congo obtuvo su independencia el 30 de junio de 1960, Lumumba se convirtió en el Primer Ministro del nuevo Estado, y asumió la presidencia Joseph Kasa-Vubu. Aunque el sistema distribuía las funciones entre ambas autoridades, fue Lumumba quien encarnó el proyecto de una soberanía plena sobre el país y sus recursos naturales. El mismo día de la asunción del cargo, Lumumba protagonizó uno de los discursos más importantes del siglo XX. Mientras el rey Balduino de Bélgica celebraba la supuesta “obra civilizadora” del colonialismo, él tomó la palabra para recordar los trabajos forzados, las humillaciones cotidianas, la violencia sistemática, la explotación de las riquezas naturales y el racismo que había estructurado la dominación colonial.

Ese discurso alteró mucho más que el protocolo de una ceremonia oficial. Desafió la narrativa con la que las antiguas metrópolis buscaban administrar el proceso de descolonización. El problema no era únicamente que el Congo se independizara, el problema era que un dirigente africano reclamara ejercer plenamente la soberanía sobre uno de los territorios más ricos del planeta, dueño de inmensos recursos minerales estratégicos para la economía mundial.

La respuesta fue inmediata. Tras una profunda crisis institucional, el presidente Kasa-Vubu anunció su destitución, decisión que Lumumba desconoció por considerarla inconstitucional. Pocos días después, el coronel Joseph-Désiré Mobutu tomó el poder mediante un golpe de Estado. Lumumba fue puesto bajo arresto, intentó reorganizar la resistencia desde el este del país, pero fue capturado por las tropas golpistas.

El 17 de enero de 1961 fue trasladado a Katanga junto con Maurice Mpolo,Ministro de Juventud y Deportes, y Joseph Okito, Vicepresidente del Senado. Allí los tres fueron torturados y ejecutados esa misma noche por un pelotón de fusilamiento con participación decisiva de autoridades belgas y del régimen secesionista katangués. Sus cuerpos fueron luego destruidos para borrar las huellas del crimen. Lumumba tenía apenas 35 años. En 2022 Bélgica restituyó a su familia el único resto conservado de su cuerpo, un diente que había sido retirado por un policía belga tras el intento de hacer desaparecer completamente sus restos.

Décadas de investigaciones demostraron la responsabilidad de autoridades belgas en la operación y revelaron también el papel desempeñado por la CIA durante el proceso que condujo a su eliminación. La muerte de Lumumba fue una advertencia dirigida al conjunto del Sur Global. La independencia política tenía límites cuando amenazaba la arquitectura internacional heredada del colonialismo. Su eliminación abrió el camino para décadas de inestabilidad, autoritarismo y saqueo de los recursos congoleños, cuyas consecuencias siguen marcando la historia de la actual República Democrática del Congo.

Con el paso del tiempo, Lumumba dejó de pertenecer exclusivamente a la historia congoleña. Su figura pasó a integrar el gran repertorio político del panafricanismo junto a Kwame Nkrumah, Thomas Sankara, o Amílcar Cabral, entre otros. No porque todos compartieran las mismas estrategias, sino porque entendieron que el colonialismo no terminaba con la independencia formal. Persistía bajo nuevas formas de dependencia económica, subordinación política y jerarquización racial.

Hoy, cuando el extractivismo continúa definiendo el destino de buena parte del continente africano y las disputas por minerales críticos vuelven a colocar al Congo en el centro de la competencia global, la trayectoria de Lumumba recupera una actualidad incómoda. Sus palabras siguen interpelando un sistema internacional donde las asimetrías entre Norte y Sur permanecen vigentes bajo otros lenguajes y otros mecanismos.

Recordar su natalicio no significa convertirlo en una figura intocable, significa reconocer que buena parte de las discusiones contemporáneas sobre soberanía, justicia racial, dignidad, reparación histórica y autodeterminación de los pueblos ya estaban presentes en su pensamiento hace más de seis décadas. Por eso Patrice Lumumba continúa siendo una de las voces imprescindibles para comprender la historia africana y, al mismo tiempo, para leer críticamente el presente. Su vida recuerda que la descolonización nunca fue un acontecimiento cerrado. Es un proceso todavía inconcluso.

quarta-feira, 1 de julho de 2026

Carlo Ginzburg y la tradición antifascista

Marco Bresciani
Socialismo y Democracia

Carlo Ginzburg fue uno de los grandes pioneros de la microhistoria, una corriente que propone analizar los procesos sociales desde abajo, atendiendo a lo cotidiano. Su obra está atravesada por los lazos de su familia con la resistencia al fascismo y por las disputas entre las distintas vertientes antifascistas que marcaron la historia italiana de la posguerra.

Si quisiéramos captar el significado profunda de la relación de Carlo Ginzburg y su familia con el antifascismo, nada mejor que leer Invierno en los Abruzos (1944), uno de los relatos más célebres de su madre, la escritora Natalia Ginzburg.

Su padre, Leone Ginzburg —erudito de la literatura rusa y uno de los fundadores de la editorial Einaudi—, había sido condenado al confinamiento en el pueblo de Pizzoli, cerca de L’Aquila, bajo la figura de «internado civil de guerra», tanto por su militancia antifascista como por su origen judío. Para Natalia, aquellos años representaron una suerte de exilio: un mundo campesino que parecía suspendido fuera del tiempo, regido por el ritmo de las estaciones, la nieve, el sol, el sonido de las campanas de la iglesia y el calor del hogar.

Fue en ese mundo a la vez encantador y aterrador —marcado por la tienda de ramos generales de Girò, con sus velas y naranjas, y por las largas historias sobre cementerios que contaba la empleada, Crocetta— donde Leone y Natalia vivieron entre 1940 y 1943. Allí escribían y corregían pruebas de imprenta para Einaudi mientras sus hijos, Carlo, Andrea y Alessandra, jugaban en el piso. Tras la repentina caída de Benito Mussolini en el verano de 1943, Leone regresó a Roma para unirse a la Resistencia. Detenido más tarde mientras integraba la redacción clandestina del periódico antifascista Italia Libera, Leone Ginzburg murió torturado por los nazis en la prisión romana de Regina Coeli el 5 de febrero de 1944. De aquella época en Pizzoli, Natalia conservaría un recuerdo impregnado de felicidad melancólica, ensombrecido para siempre por el horror y la angustia que precedieron a aquella muerte solitaria.

Tiempo después, Carlo Ginzburg se convertiría en uno de los historiadores más influyentes de su generación, reconocido sobre todo por fundar la microhistoria y por su obra clásica, El queso y los gusanos, centrada en Menocchio, un molinero y hereje del siglo XVI. En lugar de escribir una historia política «desde arriba» o una historia social de trazo grueso, Ginzburg puso el foco en Menocchio —una figura aparentemente marginal— para explorar desde su experiencia el universo de la cultura popular.

Sin embargo, el énfasis casi exclusivo en sus innovaciones metodológicas, un lugar común en muchos de los obituarios publicados tras su fallecimiento el pasado 17 de junio, corre el riesgo de eclipsar otro aspecto crucial de su trayectoria intelectual: su compromiso indirecto pero persistente con la política o, más precisamente, con la cuestión de la revolución vista a través del prisma de la tradición antifascista. Se trata de un tema vasto y complejo que aquí solo podemos abordar mediante una serie de conjeturas preliminares.

Tradiciones antifascistas

Leone y Natalia llamaron Carlo a su hijo en memoria de Carlo Rosselli, quien, menos de dos años antes de su nacimiento —el 15 de abril de 1939—, había sido asesinado junto a su hermano Nello en una emboscada perpetrada por una organización paramilitar francesa bajo las órdenes de Mussolini. Carlo Rosselli había sido el fundador del movimiento antifascista revolucionario Giustizia e Libertà, del cual Leone Ginzburg fue una figura destacada en Turín durante la década de 1930.

Para Carlo Ginzburg, asumir un compromiso político significaba, ante todo, heredar una tradición antifascista profundamente arraigada en la memoria familiar. Sin embargo, aunque reconoció haber sido «profundamente moldeado por la tradición del antifascismo», Ginzburg también admitió que intentó resguardarse de él cuando se convirtió en una «fuerza abrumadora» dentro de las revueltas juveniles de las décadas de 1960 y 1970.

Desde el período de entreguerras en adelante, el antifascismo encarnó numerosas ideas y prácticas políticas que a menudo resultaron divergentes y, por momentos, contradictorias, tanto en Italia como en el resto del mundo. Después de 1945 se transformó en uno de los pilares constitucionales de la República Italiana. No obstante, fue capitalizado sobre todo por la cultura política comunista, que invocó su rol protagónico en la Resistencia para legitimar su inserción en la democracia parlamentaria. Más tarde, durante los años sesenta y setenta, los nuevos movimientos estudiantiles y obreros reimaginaron el antifascismo como un lenguaje de movilización ideológica orientado a la transformación radical de la sociedad italiana. En ese contexto, la militancia adoptó frecuentemente formas totalizadoras, intransigentes y, en ocasiones, violentas. «Muchas personas de mi generación», explicó Ginzburg,

quedaron completamente arrastradas por esa ola. Creo que, de alguna manera, logré mantenerme al margen y tomar un camino diferente. Creo que esta diferencia —o, si se quiere, esta lealtad a través de senderos sinuosos y poco evidentes— es, en última instancia, lo que motivó todas mis decisiones, a veces incluso de manera inconsciente.

No es tarea sencilla comprender el significado de estas posturas, incluyendo sus dimensiones inconscientes, ni desandar sus sinuosos caminos. Tampoco resulta simple desentrañar el recuerdo de Leone (1909–1944) —un padre a la vez ausente y profundamente presente en la vida de su hijo—, ni el papel central que desempeñó su madre, Natalia (1916–1991), dentro del privilegiado ecosistema social y cultural en el que Carlo creció. Del mismo modo, es complejo situar en su contexto histórico la trayectoria diversa y polifacética de uno de los mayores exponentes del oficio de historiador de las últimas décadas, más allá de las numerosas autorrepresentaciones que él mismo ofreció. En resumen, no será fácil releer a Ginzburg a través de Ginzburg, después de Ginzburg. Sin embargo, podemos comenzar revisando los contornos de su formación intelectual más amplia.

Genealogía

Los libros fundamentales de su trayectoria -Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci, El mundo mágico de Ernesto de Martino, Cristo se detuvo en Éboli de Carlo Levi y Diálogos con Leucó de Cesare Pavese- apuntaban todos hacia el universo campesino, poblado por las «clases subalternas» con sus mitos y ritos. Era el mismo mundo rural por el que los populistas rusos (narodniki) habían luchado a finales del siglo XIX, buscando movilizar las tradiciones comunitarias para evitar la traumática transición al capitalismo. Su padre, Leone, nacido en Odesa en 1909 bajo el Imperio ruso, estaba profundamente imbuido de esas tradiciones. Sin duda, en muchos sentidos, esta genealogía intelectual moldeó la inclinación de Ginzburg hacia la historia del radicalismo religioso campesino entre las décadas de 1950 y 1960.

Tras ese trasfondo se perfilaban vastos procesos históricos: el milagro económico de la posguerra en Italia, el declive de una civilización agraria milenaria y el Concilio Vaticano II, un momento de profunda renovación para las doctrinas sociales y litúrgicas de la Iglesia. Fue en este contexto, plagado de tendencias contradictorias, donde tomaron forma las primeras y extraordinarias investigaciones de Ginzburg sobre los cultos agrarios europeos.

A través de los expedientes de los juicios inquisitoriales, sus primeros trabajos —entre los que se destacan Los benandanti (1966), Los constitutos de Don Pietro Manelfi (1970), El nicodemismo (1970), Juegos de paciencia (junto a Adriano Prosperi, 1975) y El queso y los gusanos (1976)— sacaron a la luz una vertiente campesina radical. Estas obras resquebrajaron el sólido bloque de las clases dominantes victoriosas y las ideologías imperantes de los siglos XVI y XVII, superando en parte la dicotomía jerárquica entre lo alto y lo bajo, y devolviendo a la historia las voces de «una religión campesina intolerante con los dogmas y las ceremonias», silenciada en última instancia por la autoridad de la Inquisición.

La fuerza disruptiva de la investigación de Ginzburg, que desenterró fragmentos y estratos profundos del radicalismo campesino, radicaba en su crítica corrosiva a las culturas de izquierda dominantes, profundamente ligadas a nociones deterministas del progreso industrial moderno. A sus ojos, esas identidades políticas eran, a su manera, «víctimas» de la ruptura histórica producida por el triunfo de la Contrarreforma: la imposición de una cultura jerárquica, la marginación de las disidencias y la eliminación de la cultura popular —en gran parte de origen precristiano— a lo largo del siglo XVII.

El significado de las derrotas del pasado, entrelazado con las del presente, se convirtió en el eje de una reflexión en la que la conciencia de los tiempos largos de la historia se combinaba con la urgencia de los tiempos cortos de la política. Cuando la ola de protestas juveniles estalló a finales de la década de 1960 —impulsada por los conflictos sociales y la certeza de que la Resistencia de 1943-1945 había quedado incompleta o había sido «traicionada»— Ginzburg se posicionó, siempre a su modo, en la órbita de la izquierda extraparlamentaria, particularmente en torno a la organización Lotta Continua de Adriano Sofri.

En una intervención característicamente aguda, publicada en la Storia d’Italia de Einaudi (su ensayo de 1973 «Folclore, magia, religión»), argumentó que, una vez que comenzaron a disiparse «los efectos de la sacudida infligida a la sociedad italiana por la lucha armada y la insurrección», la jerarquía católica lanzó «una cruzada a gran escala, aunque desplegada con medios técnicos modernos». Sin embargo, frente al surgimiento de nuevos impulsos hacia una «liberación carnavalesca», también le recordó a sus lectores que la «revolución» era, en definitiva, «una tarea larga y laboriosa».


Bajo la superficie

Una de sus obras más importantes, El queso y los gusanos, analizaba la cosmología del molinero Domenico Scandella, conocido como Menocchio, y su «deseo de un “nuevo mundo”» donde convergían un sustrato antiguo de creencias populares y expectativas milenaristas de justicia. No fue casualidad que Walter Benjamin sirviera de guía a Ginzburg en esta investigación: «A la historia nada de lo que alguna vez aconteció puede dársele por perdido», aunque solo «a la humanidad redimida le cabe por entero su pasado». Sin embargo, esta visión mesiánica y libertaria de la historia de los derrotados iba acompañada de otra radicalmente distinta —una perspectiva oscura y desesperanzada— sugerida por el epígrafe de Louis-Ferdinand Céline: «Todo lo interesante ocurre en la sombra (…) No se sabe nada de la verdadera historia de los hombres». Se podría reformular esto preguntando: por cada Menocchio que es «redimido», ¿cuántos otros han sido devorados por el olvido?

El filósofo marxista judío alemán Benjamin y el escritor francés fascista y antisemita Céline pueden parecer una pareja extraña. De hecho, la lealtad de Ginzburg a la tradición antifascista —aunque fuera por fuera de su corriente principal— le abrió un amplio espacio para el compromiso cultural sin poner en riesgo su intransigente orientación política. Quizás Ginzburg también se refería a sí mismo cuando escribió que Menocchio «sentía la necesidad de apropiarse de la cultura de sus adversarios».

Siguiendo a sus críticos marxistas —en particular a Eric Hobsbawm y Perry Anderson—, podríamos preguntarnos hasta qué punto la fascinación de Ginzburg por los perseguidos, los derrotados, los marginados y los heréticos, al moverse por un terreno profundamente marcado por la sensibilidad romántica, lo llevó al umbral de una identificación irracional, aunque nunca llegara a cruzarlo. Sin embargo, su temprana fascinación por lo que yacía bajo la superficie de la experiencia histórica se mantuvo como una constante. Articulada inicialmente en el «paradigma indiciario», más tarde evolucionó hacia una reflexión sobre el estatus epistemológico de la «distancia» y la «prueba», encontrando una expresión más completa a través de su diálogo con Marc Bloch: «Lo más profundo de la historia puede ser también lo más cierto» (Apología para la historia o el oficio de historiador).

Para comprender la trayectoria intelectual de Carlo Ginzburg y su relación con la literatura, la cultura y, en un sentido más amplio, con la política, resulta indispensable abordar el vínculo con su madre, Natalia. Como guardiana de la memoria de Leone, figura central de la editorial Einaudi de la posguerra e intelectual firmemente comprometida con la vida pública a través del Partido Comunista Italiano (PCI), Natalia ejerció una profunda influencia sobre su hijo. No solo se hizo cargo de la crianza de Carlo, de su hermano Andrea y de su hermana Alessandra, sino que también lo introdujo en los círculos de los escritores más destacados de la época, sobre todo de Italo Calvino. Del mismo modo, estimuló el talento narrativo de Carlo —un rasgo definitorio de su producción historiográfica— y lo alentó a experimentar con nuevas formas de expresión que luego se convertirían en los cimientos intelectuales y estilísticos de la microhistoria.

La carrera académica que más tarde lo llevó de Bolonia a Los Ángeles —precisamente mientras codirigía junto a Giovanni Levi la célebre colección Microstorie de Einaudi (1981–1991)— transformó y amplió el alcance de sus investigaciones. Para entonces, sus intereses se habían expandido drásticamente, tomando rumbos que implicaban una autocrítica implícita de sus posiciones anteriores. Ginzburg combatió con fuerza el neoescepticismo posmoderno, que al relativizar el estatuto de la verdad y romper su lazo con la realidad, terminaba abriendo las puertas al negacionismo del exterminio de los judíos europeos.

En su obra metodológicamente más ambiciosa, Historia nocturna (1989), la microhistoria se cruzó con una suerte de historia global avant la lettre que se extendía desde el Friuli hasta Siberia, atravesando la vasta geografía euroasiática del chamanismo en busca de conexiones históricas y morfológicas. Allí, el aquelarre de las brujas fue interpretado como una estructura de compromiso entre elementos de origen culto y folclórico, cristalizada en la región alpina occidental durante el siglo XIV a raíz de la persecución inquisitorial contra judíos, leprosos y musulmanes, extendida posteriormente a brujas y hechiceros.

Al igual que el poder taumatúrgico atribuido a los reyes de Francia e Inglaterra que Marc Bloch había desmenuzado en Los reyes taumaturgos (1924), este fenómeno equivalía a «una verdadera invención». «Después de todo», escribió Ginzburg en 1989,

la conspiración no es más que un caso extremo, casi caricaturesco, de un fenómeno mucho más complejo: el intento de transformar (o manipular) la sociedad. El creciente escepticismo sobre la eficacia y los resultados de los proyectos tanto revolucionarios como tecnocráticos nos obliga a repensar el modo en que la acción política interviene en las estructuras sociales profundas y su capacidad real para modificarlas.

Cambio intelectual

Aquellas palabras sonaban a despedida de la tradición revolucionaria europea, en la cúspide de una trayectoria que precedió a las transiciones poscomunistas de Europa del Este en 1989. En el trasfondo se cernía el recuerdo fracturado y doloroso de los Años de Plomo italianos: esa turbulenta década de violencia política, terrorismo y conflictividad social que marcó los años setenta. No fue casualidad que, durante ese período, Ginzburg utilizara las mismas herramientas filológicas que había aplicado a los registros inquisitoriales para analizar los documentos judiciales de Adriano Sofri. Sofri, exlíder de la organización de izquierda radical Lotta Continua, fue juzgado y condenado por su participación en el asesinato, en 1972, del comisario de policía Luigi Calabresi, uno de los casos de violencia política más polémicos de aquella época.

Tras los atentados del 11 de septiembre y el inicio de la «guerra contra el terrorismo» global, la atención de Ginzburg se volcó cada vez más hacia Nicolás Maquiavelo, Thomas Hobbes y las nuevas derivas tiránicas del poder basadas en «el miedo, la reverencia y el terror». Sin embargo, su fascinación por las figuras rebeldes y por la energía revolucionaria que eran capaces de inspirar estaba lejos de haberse extinguido. Podía percibirse, por ejemplo, en la sutil textura de sus escritos sobre su admirado Stendhal: «Julien Sorel [el protagonista de Rojo y negro] no es un liberal; es un jacobino anacrónico. Le rouge et le noir cuenta la historia de una derrota individual trágica, no de una revolución victoriosa».

Desde esta perspectiva, la polémica de Perry Anderson sobre la supuesta deriva de Ginzburg hacia un «liberalismo conservador» pasó por alto un punto fundamental. Ciertamente, a medida que las transformaciones globales se desplegaban y generaban repercusiones locales —con el ascenso del populismo de Silvio Berlusconi a principios de los noventa—, su fidelidad a la tradición antifascista siguió caminos aún más sinuosos y sutiles, pero sin romper jamás el hilo de su continuidad personal y política. Era una postura que el propio Ginzburg afirmaba haber aprendido al leer los Cuadernos de la cárcel de Gramsci, donde el pensador sardo reconoció que «el fascismo triunfó porque fue capaz de dar una respuesta (reaccionaria) a preguntas que en sí mismas no eran reaccionarias».

Como explicó en un diálogo en 2002 con el sindicalista y veterano antifascista Vittorio Foa -exmiembro de Giustizia e Libertà y amigo de su padre, Leone-, Ginzburg se cuidaba de distinguir el radicalismo de pensamiento del radicalismo de acción. Esta fue una de las lecciones duraderas que extrajo de los Años de Plomo. Mientras tanto, su batalla contra el neoescepticismo lo había conducido hacia un proyecto intelectual muy diferente al de sus inicios, desplazando gradualmente su enfoque desde la cuestión de la «revolución» hacia la función moderna de la mentira política y la «conspiración». Cada vez más preocupado por la propaganda política y sus dispositivos de manipulación de masas, centró su atención en lo que una obra casi olvidada de 1934 del psicólogo ruso Wladimir Drabovitch había denominado «la fragilidad de la libertad y la seducción de las dictaduras», un libro que Ginzburg había redescubierto y releído en sus últimos años.

En este presente sombrío marcado por figuras como Donald Trump o Vladímir Putin y por las fake news -fenómenos que parecen prosperar en el terreno cultivado por las vertientes más extremas de la deconstrucción-, Ginzburg siguió insistiendo, hasta sus últimos días, en la necesidad de buscar la verdad como una condición previa e irrenunciable para la libertad individual.

sábado, 20 de junho de 2026

El lujo de unos, el colapso de todos

J. Luis Carpintero
Rebelión

La gran coartada de nuestro tiempo consiste en presentar la crisis ecológica como si fuese una culpa difusa, repartida entre millones de ciudadanos que usan demasiado coche, compran demasiado plástico o calientan demasiado la casa. Es una mentira útil.

Conviene a quienes mandan porque diluye responsabilidades. Conviene a quienes más consumen porque los convierte en parte del problema y no en su causa principal. Y conviene a un sistema que ha sabido convertir el expolio del planeta en un asunto de comportamiento individual para no hablar de poder, riqueza y privilegio.

Esto es puesto de relieve por Schrijver, Hoekstra,y Behrens, tres investigadores del Institute of Environmental Sciences (CML) de Leiden University (Países Bajos), en un estudio científico que deja al descubierto una realidad insoportable: el 10% más consumidor del mundo provoca daños ambientales anuales estimados entre 1,7 y 5,7 billones de dólares, una factura que supera las grandes necesidades de financiación climática y de biodiversidad. Traducido al lenguaje llano: una minoría vive por encima de los límites del planeta y hace pagar ese exceso al conjunto de la sociedad. Eso no es libertad de consumo. Eso es una forma de violencia estructural.

La clave está en mirar donde casi nunca se mira: arriba. No abajo. No en el hogar humilde que intenta sobrevivir, sino en el espacio social donde se concentran la renta, la riqueza, la movilidad intensiva y la capacidad de fijar las reglas. No consumen igual quienes sobreviven con salarios precarios que quienes vuelan constantemente, acumulan patrimonio, externalizan impactos y viven en un régimen material de abundancia que devora energía, agua, minerales, suelos y biodiversidad. Pretender que ambos grupos comparten la misma culpa es una forma elegante de mentira.

El artículo recuerda además que una parte sustancial de ese daño no procede solo del consumo directo, sino también de las inversiones asociadas a la riqueza. Ahí está el núcleo del problema: no solo se contamina al comprar, también se contamina al poseer.

Durante años se nos ha vendido la idea de que el planeta se salva con pequeños gestos. Separar residuos, apagar luces, reducir el plástico, evitar la pajita. Todo eso puede tener valor, pero no toca el corazón del desastre. Es un discurso cómodo porque permite una moralidad limpia sin conflicto político. Pero el conflicto existe, y es feroz. Quienes menos han contribuido a la crisis son quienes antes sufren sus consecuencias: olas de calor, subida de precios, pérdida de cosechas, degradación de agua, precariedad energética y territorios cada vez más frágiles. La catástrofe se distribuye hacia abajo, mientras los beneficios del saqueo se concentran arriba.

No hay transición ecológica posible si se mantiene intacto ese reparto obsceno. No puede pedirse sacrificio a quienes ya viven ajustados mientras se tolera que una élite materialmente privilegiada siga ocupando el espacio ecológico de decenas de personas. No puede hablarse de justicia climática mientras la austeridad se aplica como norma moral para la mayoría y el derroche continúa siendo un derecho de clase. El problema no es solo cuánto consume la gente; el problema es quién tiene permitido consumir sin límite y quién paga por ello.

Lo peor de todo es que esta desigualdad se presenta como si fuera natural, además el artículo apunta un dato decisivo: el daño ambiental atribuido al 10% más consumidor supera, en su estimación, las necesidades anuales de financiación para hacer frente a la crisis climática y a la pérdida de biodiversidad. Es una afirmación política de enorme calado, porque desmonta el argumento recurrente de la escasez presupuestaria. No falta dinero para la transición; falta voluntad para extraerlo del lugar correcto. El problema no es la imposibilidad material de actuar, sino la protección institucional de los grandes beneficiarios del modelo depredador. Hay recursos de sobra, pero están mal distribuidos, mal gravados y peor politizados.

No hay nada normal en eso. Hay captura política, hay blindaje fiscal, hay poder económico y hay una maquinaria ideológica empeñada en convertir la sobreexplotación en estilo de vida aspiracional. Se llama lujo cuando lo disfruta una minoría; se llama progreso cuando lo vende la industria; se llama crecimiento cuando lo legitima el discurso económico. Pero en realidad es desposesión.

La monetarización del daño ambiental que hace el artículo es brutal precisamente porque fuerza a poner cifras a una destrucción que el lenguaje institucional suele volver abstracta. Hablar de billones de dólares no resuelve el problema, pero impide esconderlo bajo eufemismos. Nos recuerda que la devastación ecológica no es un daño colateral inevitable, sino un coste real producido por decisiones concretas y por quienes tienen más capacidad para cambiar esas decisiones. Si el coste existe, debe pagarlo quien lo genera. Lo demás es pura impunidad.

Y aquí aparece la gran pregunta política: ¿por qué sigue siendo tan difícil aplicar una fiscalidad ambiental verdaderamente progresiva? La respuesta es sencilla y vergonzosa: porque tocar el lujo, la riqueza y el consumo de alto impacto significa enfrentarse a los intereses de quienes más influyen en la agenda pública. Se prefiere gravar conductas menores, repartir mensajes de responsabilidad general y diseñar políticas que no molesten demasiado a los grupos más poderosos. Así, la transición se convierte en decoración. Mucho discurso verde, poca redistribución. Mucha pedagogía, poca confrontación.

Pero sin confrontación no habrá justicia. Y sin justicia no habrá transición que merezca ese nombre. El artículo lo deja claro: las políticas deben orientarse a los grandes consumidores y a sus patrones de alto impacto, no a criminalizar el consumo básico de quienes ya soportan la parte dura de la crisis. Eso implica una verdad incómoda para el consenso dominante: el problema ecológico es también un problema de clase. Y mientras no se nombre así, seguirá resolviéndose a favor de quienes ya ganan demasiado.

La pregunta de fondo es moral, pero necesaria para la sociedad: ¿Qué significa vivir bien en un planeta finito? La respuesta de las élites contemporáneas parece ser que es vivir mucho mejor que los demás y descargar el coste en terceros. Esa respuesta es incompatible con cualquier idea positiva de convivencia, democracia y sostenibilidad. Un sistema que permite a una minoría sobrepasar los límites biofísicos mientras el resto hereda la cuenta del desastre es un sistema inviable. No porque no funcione económicamente, sino porque funciona demasiado bien para unos pocos y demasiado mal para todos los demás.

Conviene decirlo sin miedo: el problema no es que falte conciencia ecológica; el problema es que sobra privilegio. Y mientras el debate ambiental siga evitando nombrarlo, seguirá siendo un teatro de buenas intenciones y malas estructuras. La salida no pasa por pedir más sacrificios a los mismos de siempre. Pasa por reducir el poder de consumo de quienes más dañan, gravar con fuerza el lujo material y la riqueza contaminante, y redistribuir el coste de la transición donde realmente se genera el daño.

La crisis ecológica no es una tragedia abstracta. Es una desigualdad organizada. Es el resultado de un modelo que ha convertido el planeta en una mina y la justicia en un eslogan. Y mientras no se rompa ese pacto de impunidad, seguiremos discutiendo sobre sostenibilidad en un mundo cada vez menos habitable, pero muy rentable para los que ya han decidido que el colapso siempre ocurrirá en casa de otro.

quarta-feira, 10 de junho de 2026

FIFA, una mafia que garantiza el autoritarismo de Trump

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Está comenzando la Copa del Mundo 2026 y la fiesta del futbol deja una vez más un sabor amargo entre los amantes de este deporte. Por todo lo visto antes de la inauguración oficial, la actual Copa del Mundo se destaca por la secuencia de barbaridades cometidas en contra de los derechos fundamentales de sus participantes, dentro y fuera de la cancha.

Por cierto, la FIFA cada vez se parece más a un grupo de mafiosos y corruptos que solo se interesan por apropiarse de los millonarios recursos que genera el futbol, no importándole las condiciones restrictivas a la democracia que imponen los países anfitriones. La anterior Copa de 2022 fue realizada en Catar, país administrado por una monarquía absolutista e teocrática que desde mediados del siglo XIX se encuentra bajo el poder discrecional de una única familia, la dinastía Al Thani.

La presente edición de la Copa del Mundo se realizará en tres países, siendo que uno de ellos es gobernado por un psicópata aspirante a transformarse en un tirano con dimensión global. Desde antes que comenzara la Copa, las restricciones del gobierno de Estados Unidos han violado todas las normas de fraternidad universal que deberían representar el espíritu a ser simbolizado por el rey de los deportes.

En una medida inexplicable, el Departamento de Migración norteamericano impidió el ingreso de un árbitro, Omar Artan -ciudadano de Somalia y considerado el mejor juez de África-, bajo el pretexto de que representaría un riesgo para la seguridad interna de la nación. Al respecto, el comunicado oficial de la FIFA antes de condenar esta medida arbitraria, solo se limita a declarar que, en este caso, el gobierno anfitrión es quien decide si puede o no conceder la visa para el ingreso de cualquier ciudadano en ese país.

Las restricciones impuestas por la agencia migratoria también vienen impactando en las posibilidades de ingreso de los equipos de varios países, siendo el caso de Irán el más grave. Según las autoridades de Estados Unidos, las visas para los jugadores y la delegación de ese país ya fueron emitidas, pero estas mismas visas condicionan a que el equipo iraní se hospede en territorio mexicano (Tijuana) y viaje durante el mismo día del partido hacia el territorio estadounidense, regresando ese mismo día a la ciudad mexicana. Todavía está por verse cuál será el trato dispensado a la delegación de Irán en la frontera, pues la política migratoria del ICE se ha caracterizado por su extrema truculencia y imprevisibilidad.

Ya el atacante y estrella del equipo de Irak, Aymen Hussein, fue sometido injustamente a un interrogatorio de 8 horas en el Aeropuerto de Chicago, cuando intentaba junto al resto de su delegación entrar al territorio de Estados Unidos para comenzar con los preparativos y entrenamientos necesarios para enfrentar los correspondientes partidos del Grupo I.

El propio Departamento de Estado ha anunciado que los hinchas de Irán y Haití se encuentran totalmente prohibidos de ingresar al país, mientras que participantes de otros países (Senegal y Costa de Marfil) obtendrán sus visas con restricciones o validad limitada. Para los hinchas de estos países y para muchos otros posibles viajeros, la serie de obstáculos administrativos y monetarios impuestos por las autoridades norteamericanas va a significar resignarse a ver la Copa por las pantallas de televisión. Además, los fanáticos que provienen de Argelia, Túnez o Cabo Verde deberán desembolsar valores que podrán llegar a los 15 mil dólares por persona si desean obtener el permiso necesario para ver los juegos. Junto con ello, el miedo a ser abordados por el terrorífico ICE y ser expulsados del país, está provocando la renuncia de gran cantidad de seguidores del fútbol para asistir a los partidos en vivo. Por lo mismo, las empresas de turismo y los hoteles ya se están quejando de tener una caída notable en las reservas de habitaciones durante los días del evento, frustrando las expectativas que existían antes del inicio de la Copa.

Toda esta política restrictiva se aplica a pesar de que Estados Unidos firmó un documento de compromiso con la FIFA para facilitar la concesión de visas o simplificar los procedimientos actualmente vigentes, de forma de no discriminar entre los diversos y eventuales participantes del gigante evento, sea entre los grupos de atletas o sea entre el público asistente.

Contraria y sorprendentemente, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, se ha dedicado a lisonjear al abusivo presidente Trump concediéndole un bizarro Premio FIFA de la Paz, el que le fue entregado el mismo día del sorteo de los grupos, en una actitud de sumisión y abyección que debería avergonzar a cualquier dirigente deportivo que posea un mínimo de pudor y decoro. No es gratuito precisamente que la portada de la revista deportiva L´équipe retrata a Infantino como una marioneta ridícula manipulada por Trump.


Por lo mismo, la pregunta que queda suspendida es la siguiente: ¿Será posible organizar una actividad deportiva de confraternización universal, en países que se destacan por su carácter despótico y antidemocrático? Para la FIFA la respuesta es simple. Claro que se puede, si el evento significa la obtención ganancia y lucro para enriquecer el bolsillo de los delincuentes de cuello y corbata que controlan el organismo.

En rigor, Gianni Infantino y el grupo de mafiosos que lo rodea han mostrado hasta ahora un silencio cobarde por las aberrantes políticas aplicadas por el gobierno de Estados Unidos para impedir la entrada de árbitros, jugadores, cuerpo técnico, personal de apoyo y, sobre todo, de los principales actores que sustentan el espectáculo, el público que llena los estadios. Al final, la constatación más triste es ver que la entidad que dirige el fútbol mundial se transformó en un rehén del narcicismo y la megalomanía de Trump, mostrándose incapaz de proteger la autonomía y soberanía de su propio torneo y velando por el respeto de las personas que debieran ser los verdaderos protagonistas de la fiesta del fútbol.

Como Hitler en las Olimpiadas de Berlín en 1936, el presidente Trump desea transformar la Copa del Mundo en un palco de su ambición personal para autoproclamarse como el dueño del planeta y sellar con su alma de déspota las jornadas deportivas que, por bien o por mal, seducen y entusiasman a una parte significativa de la humanidad.