quinta-feira, 15 de janeiro de 2026

La derecha abusa impúdicamente de la mentira como estrategia política

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Hace algunos años atrás, alertábamos sobre el uso y abuso de la mentira en la política que realiza la derecha y, especialmente, la ultraderecha (La mentira como forma de acción política). Podríamos hacer un largo inventario de mentiras que se han difundido en este último periodo por parte de los representantes de la extrema derecha en Brasil y en el mundo. En efecto, la versión conservadora radical de la derecha ha venido utilizando la mentira no solo para engañar a los ciudadanos y electores, sino que sobre todo lo ha hecho con la finalidad de perturbar los hechos, construir una realidad paralela y desarticular a los adversarios.

Tal como nos advierte el sociólogo brasileño Jessé Souza en su libro El pobre de derecha, “la mentira es un arma de guerra utilizada no solamente contra el enemigo de ocasión, sino con la finalidad de adolecer a la sociedad como un todo, llevándola a un estado de guerra latente y así quebrar todos los acuerdos morales implícitos sobre los cuales se apoya la vida social”. No se trataría en este caso de un simple recurso marginal, sino de una técnica sistemática de dominación simbólica.

Cuando Trump anuncia el secuestro del presidente Maduro, debido a que sería un narcoterrorista y liderar el Cartel de los Soles, la verdad se deturpa de una forma tan grosera que la mayoría de las personas con algún grado de apego a la realidad quedan perturbadas o paralizadas con esas mentiras. Luego, el propio Departamento de Justicia vino a desmentir esa versión que justificó el secuestro diciendo que Nicolás Maduro es más bien parte de una cultura de la corrupción presente en el régimen venezolano.

El aspirante a tirano planetario se ha dedicado a mentir persistentemente para sus seguidores y el resto del mundo, tanto así que en su primer mandato el Washington Post se dio el trabajo de contar el total de mentiras esparcidas durante su gestión de 4 años y llegó a establecer la escalofriante cifra de 25 mil falsedades diseminadas por Trump durante ese breve periodo. La repetición constante y progresiva de afirmaciones falsas por parte de Trump y sus asesores, evidencia que el objetivo de tergiversar los hechos, no busca convencer racionalmente, sino por el contrario, polarizar, saturar y confundir. Como señalaba Hannah Arendt, cuando todo parece mentira, nada puede ser refutado.

La extrema derecha mundial utiliza la mentira para desprestigiar la política misma, especialmente aquella política que busca los cauces democráticos como vía para expresar las opiniones y propuestas del conjunto de la comunidad. La idea de que todos los políticos son corruptos es la fórmula común manoseada por figuras como Jair Bolsonaro, Javier Milei, Juan Antonio Kast o Nayib Bukele, solo por mencionar a algunos de esta parte del mundo. Sus visiones radicales convergen en la idea de que la democracia no sirve para administrar las diferencias existentes en las sociedades y que los derechos humanos solo terminan protegiendo a los delincuentes. Se atribuyen la cualidad de anti políticos y finalmente se transforman en lideres autoritarios que utilizan la violencia y la represión contra quienes piensan distinto.

En ese contexto, se encargan invariablemente de producir enemigos ficticios, hacia los cuales depositan todo su odio y su desprecio. Ese enemigo es deshumanizado y transmutado en un riesgo para una supuesta paz y armonía social. Son los migrantes, las feministas y su ideología de género, las minorías sexuales, los sindicatos, las organizaciones ambientalistas, los movimientos indígenas, los estudiantes, los partidos de izquierda, los intelectuales críticos, o inclusive en el caso de Brasil, los ministros de la Corte Suprema.

Utilizan los medios de comunicación y las redes sociales para diseminar ataques y construir escenarios artificiales. Este verdadero ecosistema comunicacional apela a sentimientos de rabia, impotencia y resentimiento para atraer seguidores entre segmentos vulnerables de la sociedad: los trabajadores precarizados, los miembros de familias desintegradas, los individuos frustrados por falta de oportunidades. Invocan lemas fáciles de aprender como Dios, familia y Patria para seducir a auditorios carentes de identidad y sin reconocimiento. Con mensajes emocionales, breves y agresivos han sido capaces de seducir a masas de electores hacia promesas de realización, prosperidad y auto emprendimiento que se mostraron completamente vacías, pero que siguen generando esperanzas entre los desesperados.

Naturalizan la mentira y transforman fenómenos o situaciones falsas en verdades. Para ello se apoyan en un axioma enunciado brevemente por el sociólogo estadounidense William I. Thomas que señaló hace casi un siglo que “si una situación es definida como real, ella es real en sus consecuencias”. Este teorema revela el alto potencial que puede tener una creencia para determinar el comportamiento de las personas sin necesidad de contar con evidencias demostrables. De este modo, los embustes proferidos incansablemente son capaces de crear realidades para quienes las escuchan y la frontera tenue entre la verdad y la pos verdad oculta los hechos como ellos son. La extrema derecha difunde la narrativa de que existen muchas verdades, creando un manto de incertidumbre y desconfianza generalizada entre los ciudadanos. Así, la verdad deja de ser un terreno común y se vuelve una trinchera más, favoreciendo a aquellos que poseen mayor poder comunicacional y control de los medios.

La mentira ha provocado una simplificación grotesca de la complejidad de la vida política, económica, social y cultural de los países. El discurso sobre la meritocracia se ha transformado en la gran falacia de estos tiempos y los gurús de la ultraderecha se han dedicado a difundir que las capacidades y destrezas se encuentran distribuidas equitativamente en la humanidad, es solo querer y proponerse ser un triunfador para alcanzar el éxito en la vida.

En última instancia, la mentira cumple la función de ocultar lo que muchos no pueden observar por su mayor complejidad, es decir, que existen relaciones de dominación que configuran formas de desigualdad estructurales que no es posible contornar sin enfrentar directamente a las elites que concentran la riqueza y el poder, junto con las formas de racismo, clasismo y opresión patriarcal que le dan sustento a esa hegemonía. La mentira por lo tanto no es un error, es una estrategia de conservación del orden social.

La mentira en tiempos del bolsonarismo

En Brasil, el bolsonarismo se convirtió en un verdadero laboratorio de la mentira como forma de hacer política. No solo por medio de centenares de noticias falsas, sino especialmente por constituir un camino sistemático para transformarse en una fuerza dominante por medio del convencimiento de que la composición de partidos y la política llevarían inevitablemente a la destrucción del país. Así, una de las principales banderas de campaña del ex capitán, lo situaba como un político antisistema, que enfrentaría la corrupción y la inmoralidad de la clase política, acabando con el fisiologismo representado por los partidos del “Centrão”.

Todo engaño para los electores. Al final Bolsonaro fue el mejor cómplice de dicho conglomerado y durante su mandato se produjo el mayor repase de recursos a los parlamentarios que condicionaron su apoyo a ese gobierno retrogrado. Por medio de una serie de transferencias desde el gobierno central hacia legisladores corruptos -el nefasto “presupuesto secreto”- la ultraderecha estuvo a punto de conseguir reelegirse para un segundo mandato.

Anteriormente, Bolsonaro se había aprovechado de la crisis sistémica heredada del gobierno ilegitimo de Michel Temer para crear la falsa ilusión de que un “antipolítico” pudiera sacar al país del atolladero en que se encontraba. Y por cierto fue capaz de unificar un bloque social heterogéneo que había emergido en las manifestaciones de 2013, aglutinando el malestar y el hartazgo acumulado con expresiones de odio y virulencia contra el Estado, la política y los políticos. Electo a fines de octubre de 2018, el (des)gobierno de Bolsonaro fue una sucesión infinita de horrores y destrucción de las políticas públicas en todos los ámbitos del acontecer nacional. En el plano de la salud, fue el principal instigador del negacionismo de la pandemia causada por el Coronavirus, provocando decenas de muertes adicionales por demorar la compra de las vacunas necesarias para enfrentar dicho flagelo. También fomentó la tala ilegal de árboles en Amazonia, Mata Atlántica, Serrado y otros ecosistemas con efectos gravísimos sobre el medioambiente.

Descontinuó o extinguió programas de combate al hambre de los gobiernos anteriores, colocando a Brasil de nuevo en el Mapa del Hambre. Aumentó considerablemente la pobreza y la extrema pobreza que había sido disminuido drásticamente durante las administraciones del Partido de los Trabajadores. Fomentó el uso de armas entre la población y estimuló el uso desmedido de la violencia por parte de las fuerzas policiales. Al final de su mandato, refutó ante embajadores de muchos países la idoneidad de las urnas electrónicas y, por último, desconoció el resultado de las elecciones de 2022, tratando de infringir un Golpe de Estado con sectores de las Fuerzas Armadas, Policiales y agrupamientos radicales acampados frente al Cuartel General del Ejército en Brasilia. Por este motivo, se encuentra condenado a 27 años y 3 meses de reclusión. El relator del caso, ministro Alexandre de Moraes se negó recientemente a considerar una solicitud para que el ex presidente cumpla prisión domiciliaria.

En la actualidad, los abogados de Bolsonaro mienten descaradamente cuando dicen que Bolsonaro nunca intentó cuestionar los resultados de las elecciones en que fue perdedor y que las conversaciones claramente sediciosas mantenidas en el departamento del General Braga Netto no pasaban de una conversación entre amigos en un bar. Además, argumentan sus defensores, si el Golpe de Estado no se consumó, mal podrían culpar al ex capitán de ser el líder de una organización criminal que se articulaba para obtener algo que finalmente no logró su objetivo. O sea, el intento de algo que fracasó no sería crimen de acuerdo a estos profesionales del derecho. Un argumento demasiado burdo que, a pesar de todas las pruebas en contrario, todavía es asumido como verdadero por una parte nada despreciable de los brasileños.

Pero al final las mentiras caen por su propio peso. Es solo ver el destino patético de Jair Bolsonaro, aquel personaje que aparecía como el “mito”, el macho alfa siempre empuñando un fusil para enfrentar el peligro rojo; el presidente que decía que el Covid-19 era solo una gripecita o resfriadito y que su histórico de atleta lo dejaba inmune; el gobernante impiedoso que descalificaba a la población que lloraba a sus muertos porque él no era sepulturero; el sujeto grosero que afirmaba que Brasil tenía que dejar de ser un país de maricas, etcétera, etcétera. Pues bien, este mismo ser nefasto se queja hoy en día porque se encuentra detenido en dependencias de la Policía Federal con todas las regalías de un ex presidente. Exige prisión domiciliaria debido a que no consigue dormir, se cae de la cama y vive constantemente aquejado por el hipo y la acidez estomacal.

Ese es el Bolsonaro real, un cobarde disimulado que nunca asumió responsablemente sus opiniones, su índole despótica, su conducta siniestra y su falta de empatía por los otros. A esta altura, con todo lo que se sabe, la extrema derecha brasileña sigue apoyando a Bolsonaro y su clan, mintiendo sobre su historia de pésimo militar y su biografía de político mediocre. Su hijo Flavio ha tomado el bastón de reemplazo, pero una parte mayoritaria del país dejó de creer en el mito fabricado y se depara con el hombre real sin cualidades, en el embuste que crearon sus propagandistas, en el personaje que representa finalmente la síntesis del falsario oportunista que se aprovechó de la conspiración jurídica-política perpetrada por la extrema derecha contra el actual presidente Lula da Silva, que resistió con dignidad y sabiduría la condena que le fue aplicada injustamente.

O ICE se tornou um grupo paramilitar violento, ilegal e imoral

Meagan Day
Jacobin Brasil

O assassinato de Renee Good por agentes do ICE deveria ser um ponto de inflexão na série de tomadas de poder autoritárias que o governo Trump vem realizando ao longo do último ano. Chegou a hora de enxergarmos o ICE como ele já se vê: um exército enviado pelo governo Trump para aterrorizar pessoas vulneráveis e intimidar violentamente adversários políticos, forçando-os à submissão.

O assassinato de Renee Good pelas mãos do agente do ICE, Jonathan Ross, são indiscutíveis. Em uma sociedade liderada por pessoas comprometidas com a verdade e a decência humana, não precisaríamos relembrar esses fatos. Mas, infelizmente, não vivemos em uma sociedade assim.

Ross atirou em Good quando ela tentou sair com o carro, o que sabemos porque podemos ver em suas próprias gravações que ela estava virando o volante dramaticamente, afastando-o dele. O carro já havia passado por ele quando ele disparou o primeiro dos três tiros. Sua vida não estava em perigo, ou seja, matá-la não teve nenhuma influência na trajetória imediata do carro e ele saiu ileso. E se ele realmente estivesse em perigo, atirar nela não teria contribuído em nada para sua legítima defesa, o que sabemos porque os carros não param instantaneamente quando seus motoristas morrem.

Ross, que havia se colocado na frente do carro de Good enquanto ela estava distraída com outros agentes puxando a porta lateral e tentando alcançar algo pela janela, tinha duas opções quando Good começou a fugir: dar um pequeno passo para o lado sem matá-la, ou dar um pequeno passo para o lado e matá-la. Ele escolheu a segunda opção.

Quanto às suas motivações, há duas opções em aberto. Ou ele estava com medo, caso em que subestimou gravemente a severidade da ameaça e não compreendeu o papel de matá-la na mitigação dessa ameaça. Ou ele estava com raiva dela e de sua esposa, Becca Good, por serem desobedientes e descontou sua raiva com força letal. Esta última possibilidade é corroborada pelas palavras de Ross enquanto se afastava, com o carro de Good ainda desgovernado atrás dele: “Aquela vadia desgraçada”. Essa compilação de ângulos sincronizados não deixa dúvidas sobre a verdadeira sequência dos fatos.

No entanto, o governo Trump mentiu descaradamente sobre o terrível incidente desde o momento em que ocorreu. Primeiro, acusaram Good de tentar intencionalmente “direcionar seu veículo” em “uma tentativa de matar ou causar danos corporais a agentes, um ato de terrorismo doméstico”. Quando essa mentira óbvia se tornou insustentável, passaram a insinuar que Renee e Becca Good estavam envolvidas em atividades políticas sediciosas que representavam uma ameaça inerente à segurança dos agentes do ICE, que haviam chegado a Minneapolis para realizar batidas em comunidades imigrantes.

A partir dessas declarações, o governo Trump parece estar insinuando que qualquer oposição às atividades do governo é criminosa e que, portanto, qualquer ativista é um voluntário disposto a ser executado pelo Estado. Por mais ridículo que pareça, preciso dizer isso: não há nada de ilegal em protestar contra o governo dos EUA e se organizar com outras pessoas que compartilham suas crenças — algo que os defensores da democracia gostam de chamar de “liberdade de reunião”.

Mas isso não impediu o governo Trump de anunciar que investigará as ligações de Becca Good com o ativismo após o assassinato de sua esposa. Para reforçar a ideia, o governo Trump optou por não investigar Ross, que disparou três tiros no rosto da motorista de um carro que ainda não o havia atingido. Em vez disso, investigará as inclinações políticas da mulher que viu sua esposa ser brutalmente executada por tentar fugir dos agentes aterrorizantes em sua porta lateral.

Na sequência do assassinato de Good, o ICE enviou pelo menos mais mil agentes para Minneapolis. Lutando contra dissensões internas e baixa moral, o Departamento de Segurança Interna mobilizou todos os seus aparatos em busca de voluntários dispostos, garantindo que está enviando para a cidade os agentes mais propensos a conflitos, vingança e motivações políticas.

Os resultados eram previsíveis: agentes do ICE em Minneapolis empurraram e derrubaram observadores no chão, arrastaram motoristas para fora de seus carros, forçaram carros civis a avançarem semáforos vermelhos, ameaçaram ferir pessoas desarmadas para lhes dar uma lição (“Vocês não aprenderam nada com os últimos dias?”), brutalizaram adolescentes para puni-los por filmarem, usaram spray de pimenta contra septuagenários, deixaram veículos destruídos pelas ruas da cidade e muito mais. Enquanto isso, continuam a percorrer a cidade em busca de informações sobre deportações, realizando batidas de porta em porta vestidos como soldados invadindo Fallujah e exigindo que os moradores revelem a etnia de seus vizinhos. Não o status da cidadania, mas a etnia!

Enquanto isso, o governo Trump promete aos agentes do ICE que eles têm o apoio total do governo em quaisquer atrocidades que cometam. Aqui está o discurso de Stephen Miller aos agentes do ICE, deixando claro que o governo dos EUA fechará os olhos para qualquer ação que os agentes do ICE tomem contra “obstrução” e “conspiração criminosa”, ou seja, protestos e ativismo.

Chegou a hora de enxergarmos o ICE como ele já se vê: uma força paramilitar interna desonesta, enviada pelo governo Trump para aterrorizar pessoas vulneráveis ​​e intimidar violentamente inimigos políticos, forçando-os à submissão. Como observou o senador Bernie Sanders: “O ICE, o exército doméstico de Trump, está agora tentando ocupar Minneapolis. Sejamos claros: esta é uma tomada de poder autoritária de Trump — uma tentativa flagrante de suprimir a dissidência e acirrar o conflito após o ICE ter atirado e matado uma mãe de três filhos em plena luz do dia.”

O único ponto positivo nisso tudo é que o governo Trump, preso em uma bolha criada por ele mesmo, está claramente exagerando. Quase todos os americanos viram os vídeos da morte de Good, e a maioria acredita que a morte foi injustificada. Além disso, a já baixa popularidade do ICE despencou a tal ponto que agora há mais americanos a favor da abolição do ICE do que contra.

Veículos de imprensa pró-Trump têm tentado interferir, incluindo a CBS, liderada por Bari Weiss, que age descaradamente como porta-voz do governo ao compartilhar um relato sem provas de dois funcionários não identificados do governo, alegando que Ross sofreu hemorragia interna no tronco após o incidente. Mas, até agora, essa propaganda descarada parece apenas reforçar a ira delirante dos apoiadores mais fervorosos de Trump, em vez de influenciar a opinião do eleitorado em geral.

Parece impossível imaginar que o comportamento despótico do governo Trump na última semana não volte a assombrá-lo em novembro de 2026 e 2028, desde que nossas instituições democráticas permaneçam funcionais. Ainda assim, o governo precisa enfrentar uma forte oposição imediatamente. Não podemos suportar mais uma semana disso, muito menos mais alguns anos.

sábado, 10 de janeiro de 2026

Si hacen cosas fascistas, quizás haya que llamarles fascistas

Beñat Zaldua
La Jornada

Trump tiene tras él un sólido movimiento de masas de corte supremacista, predispuesto a la acción violenta y para el que la democracia no significa nada.

El nombre de Kurt von Schuschnigg no dice gran cosa hoy día. Ahora entenderemos por qué. El 12 de febrero de 1938 llegó en tren a Berchtesgaden, en Baviera, disfrazado de esquiador. Nadie diría que tras semejante atuendo se esconde el pequeño déspota, racista y timorato canciller que gobierna Austria sin contrapeso parlamentario. Adolf Hitler lo ha llamado al orden a su refugio alpino del Berghof.

Tras una comida llena de conversaciones frívolas, Hitler se va a descansar y dos horas de ansiedad después, le expone a Schuschnigg sus condiciones para “respetar” la soberanía austriaca. Entre otras cosas, debe situar a un nazi austriaco al frente del ministerio del Interior y amnistiar a todos los nazis encarcelados, también a los que mataron a Engelbert Dollfus, antecesor de Schuschnigg. Y le da ocho días para cumplir las condiciones a cambio de las cuales, según el documento encima de la mesa, “Alemania renuncia a toda intromisión en la política interior de Austria”.

Schuschnigg intenta negociar y Hitler responde: “No cambiaré una coma. O firma usted o no tiene sentido que prosigan estas conversaciones”. Generales de la Wehrmacht miran expectantes. Dos oficiales de las SS sirven el café. El austriaco, ser diminuto, acaba anunciando su firma. Pero hay tiempo para un pero, según cuenta en sus memorias. “Con esa firma no va a adelantar usted nada. Según nuestra Constitución, sólo la más alta autoridad del Estado, es decir, el presidente de la República, puede nombrar a los miembros”.

Éric Vuillard, de cuyo libro El orden del día se nutren estas líneas, no tiene piedad con el pusilánime Schuschnigg: “No se contentaba con ceder ante Adolf Hitler, necesitaba también atrincherarse tras otra persona”. El alemán, contrariado, se retira con un general. Schuschnigg cree haber ganado un tanto. 45 eternos minutos después, llama de nuevo al austriaco: “He decidido, por primera vez en mi vida, replantearme una decisión. Espero que este acuerdo entre en vigor en un plazo de tres días”.

La maniobra procedimental le ha costado a Schuschnigg cinco días de margen. Acepta el trato sin rechistar, junta los añicos de soberanía austriaca esparcidos por el suelo y regresa a su país, que sólo un mes después será invadido por los tanques alemanes.

Es una buena época para releer a Vuillard, que culmina su libro con un epitafio sublime: “Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor”.

Hitler fue Hitler y Schuschnigg fue Schuschnigg, igual que Trump es Trump y Von der Leyen es Von der Leyen. Hay que huir del cliché, pero así, con los pies de puntillas y aprovechando que no nos escucha nadie, yo no sé si la escena en el campo de golf escocés del presidente estadunidense, en el que Von der Leyen entregó un buen pedazo de soberanía europea a Washington este verano, dista demasiado de aquel encuentro en el Berghof. Salvando las distancias, que las hay, los paralelismos son francamente sencillos de establecer, empezando por el propio escenario. Del refugio alpino del führer, al campo de golf de Trump.

Pero las comparaciones históricas no pueden ser sólo un ejercicio literario. Hay que escarbar un poco en la realidad para ver si tienen fundamento. ¿Aguanta la etiqueta de fascismo lo que está ocurriendo en Estados Unidos?

Robert Paxton explica en su Anatomía del fascismo que éste no se caracteriza tanto por un corpus ideológico concreto, sino por su acción. Son los actos los que dan cuerpo al fascismo, un accionar en el que brilla con luz propia la fascinación por la violencia. El ataque a Venezuela lo puede explicar por sí solo un imperialismo renovado, pero no las declaraciones de Trump: “Deberían haber visto esa velocidad, esa violencia, fue realmente increíble”. El discurso antinmigración no es exclusivo del fascismo, pero la actividad del ICE, no sólo por el reciente homicidio de una mujer en Minnesota, difícilmente puede recibir otro calificativo.

El propio Paxton, reacio durante el primer mandato de Trump a calificarlo de fascista, se autoenmendó tras el asalto al Congreso de 2021. Desde entonces lo ha tenido claro: es fascismo. Pero no sólo porque Trump sea un fascista que pueda compararse con Hitler o Mussolini, añade, sino, sobre todo, porque tiene tras él un sólido movimiento de masas de corte supremacista, predispuesto a la acción violenta y para el que la democracia no significa absolutamente nada.

Este académico no está solo, ni mucho menos. Jason Stanley, otro investigador de la misma materia en Yale, anunció en abril que se muda a Canadá: “Ya somos un régimen fascista”.

Es crucial llamar las cosas por su nombre y, sobre todo, hacerlo a tiempo. Llamándolos fascistas quizá visualicemos mejor el peligro que son. Y en cualquier caso, es mejor equivocarse ahora que lamentarse después. Todo el libro de Vuillard es un recopilatorio de momentos en los que alguien pudo haber hecho algo para parar los pies a Hitler y no lo hizo. Que no escriban ese libro sobre nosotros de aquí a unas décadas.

La nueva era imperial de Estados Unidos

Joseph Stiglitz
Project Syndicate

El presidente estadounidense Donald Trump ha atraído una ola de críticas por sus acciones en Venezuela, violaciones al derecho internacional, desdén por normas establecidas y amenazas contra otros países, incluso aliados, como Dinamarca y Canadá. En todo el mundo existe una palpable sensación de incertidumbre y premonición. Pero ya debería ser obvio que las cosas no terminarán bien, ni para Estados Unidos ni para el resto del mundo.

Nada de esto constituye una sorpresa para muchos en la izquierda. Todavía recordamos la advertencia de despedida del ex presidente Dwight Einsenhower, referente al surgimiento de un complejo industrial-militar a partir de la Segunda Guerra Mundial. Era inevitable que una nación cuyo gasto militar era igual al del resto del mundo combinado llegará con el tiempo a utilizar sus armas para dominar a otros.

Sin duda, las intervenciones populares se volvieron cada vez más impopulares después de las malhadadas incursiones estadunidenses en Vietnam, Irak, Afganistán y otras partes. Sin embargo, Trump nunca ha mostrado mayor preocupación por la voluntad del pueblo estadunidense. Desde que entró en la política (y con seguridad desde antes) ha considerado estar por encima de la ley, alardeando de que podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York sin perder un voto. La insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio –cuyo aniversario acabamos de “celebrar”– mostró que tenía razón. La elección de 2024 reforzó el control de Trump sobre el Partido Republicano, al asegurar que no hará nada para obligarlo a rendir cuentas.

La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro fue descaradamente ilegal e inconstitucional. Como intervención militar, requería el conocimiento previo del Congreso, si no su aprobación. E incluso si se estipulara que se trataba de un asunto de “aplicación de la ley”, el derecho internacional requiere que tales acciones se lleven a cabo mediante la extradición. Un país no puede violar la soberanía de otro ni capturar ciudadanos extranjeros –ya no digamos jefes de Estado– dentro de otro país. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, el presidente ruso Vladimir Putin y otros han sido acusados de crímenes de guerra, pero nadie ha propuesto enviar soldados para capturarlos dondequiera que estén.

Aún más descaradas han sido las subsecuentes afirmaciones de Trump. Sostiene que su gobierno “manejará” Venezuela y tomará su petróleo, dando a entender que no se le permitirá vender al mejor postor. Dados estos designios, parecería que una nueva era de imperialismo se cierne sobre nosotros. El poder hace el derecho, y nada más importa. Las cuestiones morales –como matar docenas de presuntos narcotraficantes sin ninguna pretensión de proceso debido– y el imperio de la ley han sido hechos a un lado, con apenas algún gemido de los republicanos que alguna vez proclamaron con orgullo los “valores” estadounidenses.

Muchos comentaristas se han referido ya a las implicaciones para la paz y estabilidad globales. Si Estados Unidos reclama al hemisferio occidental como su esfera de influencia (la “doctrina Donroe”) e impide a China el acceso al petróleo venezolano, ¿por qué China no debería reclamar el este de Asia e impedir a Estados Unidos el acceso a los chips de Taiwán? Para hacerlo no necesitaría “manejar” a Taiwán, sino sólo controlar sus políticas, en particular las que le permiten exportar a Estados Unidos.

Vale la pena recordar que a Gran Bretaña, la gran potencia imperial del siglo XIX, no le fue bien en el siglo XX. Si la mayoría de las otras naciones cooperan frente a este nuevo imperialismo estadunidense –como deberían–, las perspectivas a largo plazo para Estados Unidos serían aún peores. Después de todo, Gran Bretaña al menos intentó exportar principios saludables de gobierno a sus colonias, introduciendo un mínimo de estado de derecho y otras instituciones “buenas”.


En contraste, el imperialismo trumpista, ausente de cualquier ideología coherente y por completo carente de principios, es tan sólo una expresión de codicia y voluntad de poder. Atraerá a los más avaros y mendaces réprobos que la sociedad estadunidense puede producir. Tales ejemplares no producen riqueza: dirigen su energía a la búsqueda de ganancias, saqueando a otros mediante el ejercicio del poder del mercado, el engaño o la abierta explotación. Los países dominados por los buscadores de ganancias producen algunos individuos acaudalados, pero no llegan a ser prósperos.

La prosperidad requiere del estado de derecho. Sin él, existe una perpetua incertidumbre. ¿Se quedará el gobierno con mis bienes? ¿Exigirán los funcionarios un soborno para pasar por alto algún pecadillo insignificante? ¿La economía será un campo de juego parejo, o los poderosos siempre darán la ventaja a sus amigotes?

Es famosa la observación de Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pero Trump ha mostrado que no se requiere poder absoluto para sumirse en una corrupción sin precedente. Una vez que el sistema de pesos y contrapesos comienza a venirse abajo –como de hecho ocurre en Estados Unidos–, los poderosos pueden operar con impunidad. Los costos serán pagados por el resto de la sociedad, porque la corrupción siempre es mala para la economía.

Uno esperaría que hayamos llegado al “tope de Trump”, que esta era distópica de cleptocracia termine con las elecciones de 2026 y 2028. Pero Europa, China y el resto del mundo no pueden confiar sólo en la esperanza. Deben desarrollar planes de contingencia que reconozcan que el mundo no necesita a Estados Unidos.

¿Qué ofrece Estados Unidos de lo que el mundo no pueda privarse? Es posible imaginar un mundo sin los gigantes de Silicon Valley, porque las tecnologías básicas que ofrecen están ahora disponibles en muchas partes. Otros correrían a suministrarlas, y bien podrían establecer salvaguardas mucho más fuertes. También es posible imaginar un mundo sin las universidades y el liderazgo científico estadunidense, porque Trump ha hecho ya su mayor esfuerzo por asegurar que esas instituciones tengan que batallar para mantenerse entre las mejores del planeta. Y es posible imaginar un mundo donde los demás no dependan del mercado estadunidense.

El comercio trae beneficios, pero no tantos si una potencia imperial busca hacerse con una porción desproporcionada para sí misma. Llenar el “hueco en la demanda” planteado por los persistentes déficits comerciales de Estados Unidos será mucho más fácil para el resto del mundo que el reto que enfrenta Estados Unidos de atender el lado de la oferta.

Una potencia hegemónica que abusa de su poder y amedrenta a otros debe ser acorralada en su esquina. Resistir a este nuevo imperialismo es esencial para la paz y la prosperidad de todos. Si bien el resto del mundo debe esperar lo mejor, necesita planear para lo peor y, al planear para lo peor, puede que no haya alternativa al ostracismo económico y social: ningún otro recurso más que una política de contención.

segunda-feira, 5 de janeiro de 2026

La muralla - Quilapayún - Inti Illimani histórico

Año de elecciones y reconfiguración del tablero político

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

La disputa electoral para elegir Presidente este 2026 en Brasil, debe mantener el guion que se ha venido dibujando hasta ahora, con Lula da Silva concentrando el apoyo de las fuerzas de izquierda y centro izquierda, por un lado, y Jair Bolsonaro –actualmente preso en la Sede de la Policía Federal en Brasilia- manteniéndose como la principal referencia de la derecha y extrema derecha. En donde la derecha tradicional ha sido fagocitada por los sectores radicalizados del bolsonarismo, lo cual impide la emergencia de una tercera vía competitiva que pueda unir a una derecha democrática con los conglomerados más de centro (algunos partidos del llamado centrão), que optaron por rendirse ante la arremetida ideológica regresiva de la ultraderecha y la corrupción sistémica del sistema partidario, es decir, ante el uso de la máquina del Congreso para obtener beneficios económicos con las enmiendas parlamentarias.

Efectivamente, el bolsonarismo tuvo éxito en la pulverización de la derecha moderada y democrática, pero fracasó rotundamente en el boicot de la urna electrónica, en la derrota de las elecciones en 2022, en la posterior intentona de Golpe de Estado y el año pasado, en la influencia para que el gobierno Trump aplicara medidas legales y económicas con la finalidad de que Bolsonaro y sus cómplices no fueran condenados por la justicia brasileña.

En pocas palabras, el horizonte más previsible hasta ahora es la reelección del Presidente Lula para su cuarto mandato (Lula 4.0). Sin embargo, a pesar de su ventaja electoral corroborada en diversos estudios de intención de voto, la gestión del actual presidente ha tenido enormes dificultades para llevar adelante su programa, debiendo hacer frente a todas las arremetidas de un Congreso dominado por la alianza entre una extrema derecha evidentemente golpista coludida con una derecha oportunista y corrupta.

El próximo 8 de enero se rememora una fecha simbólica en que hace 3 años las fuerzas del bolsonarismo intentaron asestar un Golpe de Estado. Como se recordará, ese día grupos de extrema derecha que se encontraban acampados fuera del Cuartel General del Ejército en Brasilia avanzaron hasta la Plaza de los Tres Poderes e invadieron y depredaron las dependencias del Ejecutivo (Palácio do Planalto), el Congreso Nacional y la sede del Supremo Tribunal Federal (STF). Estas verdaderas tropas de choque adoctrinadas fueron destruyendo todo a su paso, con el propósito de que el presidente Lula recién asumido en su cargo, dictara una ley extraordinaria para garantizar el restablecimiento de la paz y el orden, autorizando a las Fuerzas Armadas a intervenir como Poder moderador en esa coyuntura.

Tres años después de esos acontecimientos, todos los miembros del denominado “núcleo crucial” ya tuvieron sus condenaciones confirmadas por el STF. Este grupo es así llamado por incluir a los principales responsables de la trama golpista. De los ocho integrantes de este núcleo crucial, seis se encuentran presos y deberán pasar los próximos años en la cárcel, de no existir alguna medida extrajudicial o un indulto presidencial. Con la reciente prisión de Filipe Martins, ex asesor de la Presidencia, el número de presos de los cuatro núcleos (Crucial; Estratégico; Planificación; y Desinformación) condenados por el STF llega a 29 personas, siendo que 23 de ellos se encuentran ya en régimen cerrado (15) y el resto en prisión domiciliaria (8).

Por su parte, a mediados de diciembre del año pasado, la Cámara de Diputados y el Senado aprobaron el Proyecto de Ley para disminuir las penas de todos los involucrados en la tentativa de Golpe, pero ya se sabe que el Presidente Lula debería vetar en su totalidad la propuesta de “dosimetría” aprobada en el Congreso. Se aguarda que Lula firme el decreto con su veto a dicho proyecto de ley este 8 de enero, una fecha simbólica para corroborar la defensa del Estado Democrático de Derecho y el respeto a la Constitución de la República.

El contexto regional

El ataque que acaba de perpetrar Estados Unidos a Venezuela, profundiza las contradicciones políticas y electorales con el bolsonarismo y miembros de partidos de derecha que ven en esta intervención una buena oportunidad para atacar los lazos que históricamente ha mantenido la izquierda y el presidente Lula con iniciativas como el Foro de Sao Paulo, que siempre mantuvieron un espacio de diálogo con Hugo Chávez y, últimamente, con Nicolás Maduro.

En esta oportunidad, el sitio oficial del Presidente Lula difundió una declaración, pocos minutos después de conocerse los sucesos de Venezuela: “Los bombarderos en territorio venezolano y la captura de su presidente ultrapasaron una línea inaceptable. Estos actos representan una afronta gravísima a la soberanía de Venezuela y, sobre todo, un precedente extremadamente peligroso para toda la comunidad internacional.”

A pesar de esta declaración indispensable, hasta ahora el apoyo del Presidente Lula al régimen de Venezuela le venía provocando un fuerte desgaste a la izquierda en disputas electorales pasadas. Y ahora, la derecha visualiza esta arremetida contra el “eje comunista del mal” como una oportunidad inmejorable para dar vuelta el escenario electoral en los próximos meses.

De hecho, la tolerancia de Lula con el régimen de Venezuela y la interpretación de que el secuestro de Maduro es el presagio de nuevos tiempos con vistas a las elecciones de octubre, es un argumento que ha sido rápidamente esgrimido por los posibles candidatos de la oposición de derecha y extrema derecha (Eduardo Leite, Tarcísio de Freitas, Ratinho Junior, Romeu Zema, Ronaldo Caiado, Flavio y Michelle Bolsonaro).

Sin embargo, las cuentas alegres que –apresuradamente- saca el bolsonarismo y la derecha, pueden verse frustradas, pues una acción más agresiva o una ocupación militar directa del país vecino por Estados Unidos -con el objetivo explícito de explotar sus recursos naturales en hidrocarburos-, puede generar un rechazo contundente por parte del pueblo brasileño que entiende que los temas de soberanía son innegociables.

Hasta hace muy poco, las encuestas de opinión realizadas con relación al aumento unilateral de las tarifas por parte del gobierno de Trump, constataron que la gran mayoría de la población de Brasil rechazó vehementemente tales medidas considerándolas una fragrante violación a la soberanía del país y una intervención externa grosera que comprometía el desarrollo de la Nación. Consecuentemente, el papel negociador del gobierno en esta crisis mejoró la evaluación de la actual administración, situación que se mantiene hasta ahora.

Un punto relevante a ser tomado en cuenta, podrían ser los efectos concretos que una baja considerable en la producción de petróleo en Venezuela tendría sobre el aumento en el precio internacional del crudo, alza que puede instalar nuevos obstáculos para el buen desempeño de la economía interna. Considerando que el peso de Venezuela en el total de la producción mundial viene disminuyendo desde hace más de una década, es esperable que su impacto sobre el precio global del petróleo no sea relevante.

Por su parte, a esta altura parece claro que el gobierno norteamericano va a tratar de intervenir en las elecciones de Brasil, aunque considero que, si la izquierda refuerza el discurso en defensa de la soberanía, los intentos por manipular el resultado electoral no tendrán efectos significativos en las decisiones de los votantes. Por lo mismo, todo parece indicar que, de no existir grandes turbulencias o catástrofes en los meses siguientes, la candidatura del actual presidente mantendrá su favoritismo, dibujándose un cuarto mandato que, con todas sus complejidades y sinuosidades, mantiene a Lula como una opción electoral difícil de ser derrotada.

Los Jaivas - Mira Niñita (Oficial Video)

Joe Cocker - With A Little Help From My Friends (Live From Mad Dogs & En...

domingo, 4 de janeiro de 2026

El fantasma que nos posee

Alfredo Iglesias Diéguez
Rebelión

El libro de China Miéville Un espectro recorre el mundo. Sobre el Manifiesto comunista (Akal, 2024) consiste en una completa introducción a la lectura del Manifiesto comunista (1848), de Marx y Engels, que se distribuye en dos partes: el texto introductorio de China Miéville y el propio Manifiesto.

Entonces, dicho esto, qué es lo que puede animar a su lectura a un público lector que seguramente ya conoce el Manifiesto y está sobradamente familiarizado con otras introducciones a la lectura, como las que realizaron Lenin, Althusser, Harnecker… y, entre otras, Manuel Sacristán en “Para leer el Manifiesto comunista”, un texto publicado en 1972. La cuidada edición y la traducción de Juanmari Madariaga podría ser una respuesta o incluso la necesidad de satisfacer algún tipo de raro ‘coleccionismo’ -reconozco que, sin llegar a poseer una colección tan amplia como la de la profesora Adelaide Gonçalves, que posee más de 200 ediciones en diferentes idiomas, más modestamente yo también colecciono Manifiestos-, pero esas no son razones para leer ‘otra’ introducción a la lectura del Manifiesto. Hay otras razones de peso.

La primera razón y la más importante es que se trata de una lectura novedosa. Una novedad que radica en el hecho de que su autor, China Miéville, aparte de ser un teórico marxista, es un escritor de ciencia ficción weird, lo que hace que su lectura sea crítica e imaginativa a la par. La segunda razón, pero también a tener en cuenta, es el propio pensamiento materialista de China Miéville que subyace a toda la obra y que fundamenta en dos aspectos centrales: primero, su crítica al binarismo racional-irracional, con la introducción del aspecto no-racional (sentimientos, emociones, pasiones… forman parte de nuestro ser sin ser exactamente aspectos reducibles a lo racional); y, dos, su noción de apocatopía -realmente ya presente en aquella famosa “Carta al señor Futuro”, de Eduardo Galeano-, una idea que remite a que ante el futuro siempre nos encontramos ante una disyuntiva: o avanzamos hacia el ‘fin del mundo’ (apocalipsis) o hacia un mundo nuevo (utopía), dos opciones que siempre estuvieron ligadas y que son un eco de la disyuntiva propuesta ya en su día por Engels y Rosa Luxemburg entre socialismo o barbarie. Precisamente a esa apocatopía alude la imagen de la cubierta del libro, una litografía de Spassky para el I Congreso de la Internacional Comunista celebrada en 1919, en la que se ve a un remero montado sobre una balsa (en la que se puede leer Manifiesto comunista y Karl Marx en ruso) que capea un fuerte temporal, que llega a poner en peligro los barcos más sólidos (apocalipsis), guiado por el faro de la Internacional (utopía). Es esa la perspectiva que nos permitirá realizar una provechosa introducción a la lectura del Manifiesto de China Miéville.

Bajo esa perspectiva la primera tarea del autor es explicar la razón por la cual Marx y Engels, que había estado trabajando en el año 1847 en unos “Principios del comunismo” -recogidos en el libro en forma de epílogo al texto de China Miéville- y escritos al estilo de los catecismos de la Iglesia católica con una serie sucesiva de preguntas y respuestas, optan por la forma manifiesto; para China Miéville la opción del manifiesto iba a permitir que ‘el texto no solo trabajase sobre los materiales que analiza, sino que va a intentar además que esos análisis trabajen sobre el público lector’. Efectivamente, el Manifiesto, a diferencia de otros formatos -como podría ser un ensayo-, nos interpela, se dirige a nosotros en primera persona y nos anima a actuar: “Proletarios de todos los países, uníos”, un lema que no solo llama a la unidad, ofrece esperanza, algo que ya había interpretado Ernst Bloch, quien sostenía que las personas tenemos un ‘excedente’ no racional que nos impulsa a luchar. Dicho de otro modo, nadie ‘muere por la causa’ por un cálculo racional, lo hace inspirado por un fuerte sentimiento de esperanza en un mundo mejor que solo se puede conseguir mediante la lucha, una lucha que puede implicar la muerte.

No obstante, el libro de China Miéville no se limita a ese análisis de la utopía, la esperanza y lo no-racional, también nos ofrece una lectura ‘clásica’ del Manifiesto, aunque mediada por su pensamiento. Así, a lo largo de las páginas del libro el autor nos obliga a ‘repensar la historia’, nada que no hubiesen hecho ya tantos y tantas marxistas de diferentes ‘ismos’, a la vez que va desmontando viejas lecturas. En este sentido, para China Miéville es fundamental demostrar que efectivamente hay un ‘hilo rojo a lo largo de la historia’, pero ese hilo no está determinado. ¿Qué sentido tendría apelar a la movilización si solo hay que esperar a que ‘los tiempos sean llegados’ y florezca el comunismo en la faz de la Tierra como fruta madura en los árboles? ¡Marx es materialista, pero no mecanicista! Con todo, el autor no se limita a señalar que en Marx ‘habita el fantasma utópico del comunismo que nos anima a luchar’, ese que se manifiesta hacia el final del Manifiesto cuando nos dice que como obreros y obreras no tenemos “nada que perder, solo las cadenas. Pero tenemos un mundo por ganar”.

Asimismo, la lectura que nos ofrece del Manifiesto deshace malentendidos y responde a viejas críticas. En este sentido, para el autor, de la lectura comprensiva -no literal, no escolástica, no reduccionista-, del Manifiesto se desprende que el comunismo lucha contra todas las opresiones, como prueba el hecho de que a lo largo del texto de Marx y Engels hay varias referencias a la opresión de la mujer y a la opresión de las razas no europeas, y China Miéville nos advierte de dos cuestiones fundamentales: primera, el papel de los comunistas “apoyando todo movimiento revolucionario en contra del orden político y social existente”, lo que en su momento incluía a las mujeres y a las razas no europeas, pero que por esa lógica comprensiva en la actualidad incorporaría a otras múltiples formas de opresión que Marx y Engels ni siquiera podían intuir; y, segunda, el hecho de que la lucha contra el sistema deba girar sobre el antagonismo de clase (capital-trabajo), no significa que en la lucha por el comunismo se deba de posponer la lucha feminista o antirracista, significa sencillamente que esas otras luchas si quieren triunfar tienen que ser también anticapitalistas, de lo contrario le estarían haciendo el juego al capital.

En definitiva, la creativa lectura que nos ofrece China Miéville, también nos interpela y anima a la acción al considerar que “cada generación política -y él representa a esa generación de jóvenes formados en la Inglaterra del ‘thatcherismo’ que, considerándose de izquierdas, tenían gustos artísticos, literarios y estéticos que no eran propios de ‘un hombre de izquierdas’ comme il faut-, debe reencontrarse con el Manifiesto, descubrir en qué enfocarse, encontrar problemas, preguntas, análisis, respuestas, lagunas, aporías y soluciones para su propia época y a partir de ella”. Dejémonos ‘poseer’ por el ‘fantasma del comunismo’ -Laura Marx en su traducción del Manifiesto al francés emplea ‘hante’, que hace referencia a esa posesión por los espíritus, para traducir ‘geht’-, que se ‘manifiesta’ por medio del Manifiesto, disfrutando de la lectura y relectura de este libro.

Este mismo texto también fue publicado en Nuestra Bandera (nº 269, 2025) con el título «El fantasma que nos posee: una nueva lectura del Manifiesto«.

quinta-feira, 1 de janeiro de 2026

Direita se confundiu com extrema direita e precisa de autocrítica para superar a crise

Odilon Caldeira Neto
Folha de São Paulo

Odilon Caldeira Neto analisa como campo se radicalizou e perdeu identidade política moderada.

Há uma crise das direitas no Brasil. O campo conservador se deixou levar pela radicalização, passou a adotar a linguagem da extrema direita e viu a própria identidade política se confundir com ela. Para Odilon Caldeira Neto, professor de história contemporânea da UFJF (Universidade Federal de Juiz de Fora), longe de uma tese conciliatória, a única saída para esse impasse é uma autocrítica.

Nesta entrevista, o pesquisador do neofascismo e da extrema direita no país revela a simbologia cifrada que esse grupo usa para se comunicar, aborda a tendência do surgimento de figuras como o influenciador Pablo Marçal nas eleições de 2026 e defende a atualização do arcabouço de mapeamento dessas entidades antidemocráticas, da leitura, da análise e da resposta institucional.

O que é extrema direita hoje e como ela se manifesta no Brasil?

A extrema direita é um universo próprio. É definida pelo culto à autoridade e autoritarismo, pela xenofobia, pelo culto ao passado, pela defesa de um tipo bem específico de nacionalidade. Sobretudo, ela é, do ponto de vista ideológico, programático, discursivo e efetivo, antidemocrática. Tem a ambição de subverter a democracia, não de reformá-la. O caso brasileiro foi muito nítido recentemente.

Quando olhamos para o caso de Jair Bolsonaro, ou daquilo que podemos eventualmente chamar de bolsonarismo, vemos um padrão histórico consolidado, mas, ao mesmo tempo, Bolsonaro, no primeiro momento, se consolidou a partir de um processo eleitoral. Na reeleição, teve uma busca por uma ruptura antidemocrática.

Então, essas categorias, por mais que sejam úteis, analiticamente, são tênues e finíssimas linhas na realidade política. Se a utilizarmos uma categoria interpretativa para o primeiro Bolsonaro, ele estaria mais no campo da direita radical. Depois, não há dúvida que é uma figura de extrema direita. Precisamos olhar para a extrema direita a partir desse jogo de passado e presente e das mutações ao longo dos anos.

O sr. balançou a cabeça quando falou de bolsonarismo. Dá para falar em bolsonarismo, como conceito?

Do ponto de vista acadêmico, está em aberto. Em alguma medida, se consolidou utilizar o bolsonarismo como uma categoria analítica, mais do que um conceito. É minimamente viável quando vamos entender como Bolsonaro consegue estabelecer um ponto de convergência entre diversos atores políticos, [como] vai amalgamar facetas diversificadas da extrema direita, da direita radical brasileira, do conservadorismo católico, do conservadorismo neopentecostal, do agronegócio, dos militares, dos antifeminismos, da misoginia. Esse universo tão plural acaba sendo involucrado pelo Bolsonaro —já não sei se é tanto pela capacidade política do próprio Bolsonaro ou não.

O mais importante é o fato de que Bolsonaro, ou o bolsonarismo, é um fenômeno da extrema direita. Do ponto de vista analítico me parece mais importante pontuar essas categorias que são menos associadas a figuras políticas eventuais. Não falamos em janismo para falar de Janio Quadros, de malufismo, do ponto de vista da academia, de eneísmo para falar de Enéas. O mais importante é uma categoria que consiga nos auxiliar a olhar o quadro de uma maneira mais ampla. Extrema direita e seus correlatos são mais úteis à curta, média e longa duração.

Com o ex-presidente preso, a tendência é que permaneçamos com o discurso extremista ou podemos pensar uma direita moderada nos próximos anos?

Devemos nos acostumar com o extremismo? Nunca podemos nos acostumar com o extremismo... Uma questão muito necessária, embora pouquíssimo provável, é a necessidade de uma autocrítica imensa das direitas brasileiras, porque o descrédito aos processos políticos eleitorais, à inviolabilidade das urnas eletrônicas antecedem… Foram naturalizados mesmo antes da ascensão de Bolsonaro. Isso, paulatinamente, se intensifica, sobretudo após o processo de chegada de Bolsonaro à liderança do campo político e, posteriormente, à eleição, levando a uma radicalização do campo conservador.

O campo conservador brasileiro começa a falar a partir de uma linguagem de extrema direita. Até a identidade política direita no Brasil se confunde com a identidade política de extrema direita. É pouco provável, mas necessário que a direita faça uma autocrítica para entender o que se perdeu, o que é necessário fazer daqui em diante. Podemos almejar esse retorno a uma normalidade. Existe uma crise das direitas no Brasil que se deixaram levar à sua própria radicalização, e é necessário que essa crise seja resolvida com uma série de autocrítica.


O sr. acredita que uma figura como Pablo Marçal pode surgir nas eleições presidenciais de 2026 ou nas proporcionais, com esse perfil digital, disruptivo?

É uma tendência, por diversas razões. Do ponto de vista majoritário, me parece pouco provável. O arranjo que se tem do campo bolsonarista é a tentativa de manter uma coesão. A estratégia política que parece estar sendo adotada por Jair Bolsonaro e pelas figuras-chave do clã Bolsonaro é uma tentativa de manutenção do poder. Neste momento, uma figura mais disruptiva, não somente para o centro nevrálgico do bolsonarismo, mas do ponto de vista estratégico, não fará frente à figura do campo bolsonarista.

Agora, se olharmos para o universo mais amplo, para o campo de deputados estaduais, federais, sem dúvida alguma vamos ter uma pulverização do repertório da extrema direita por pautas associativas das mais diversificadas, que podem estar associadas ao universo do ultraliberalismo, fazendo aceno não apenas aos expoentes do próprio campo bolsonarista, mas tendo as estratégias de figuras como Javier Milei.

A lógica do ultraliberalismo, do self-made man, que já foi tão trazida por Pablo Marçal nas eleições mais recentes, tendem a se intensificar. Do ponto de vista da política local, das pautas de identidade, das questões dos direitos reprodutivos, do conservadorismo moral e religioso, são questões mais intensificadas.

Neste ano, ganhou muita proeminência a série "Adolescência", com a questão de adolescentes usarem simbologia de red pills. Também houve o caso do vídeo do Felca, em que [foi revelado que] pedófilos usavam uma linguagem para ficar fora do radar. O sr. tem um trabalho nesse sentido [de estudo da simbologia], a Topografia do Extremismo. Existem símbolos políticos sendo usados fora do radar?

Nesse universo da radicalização online, existe um espaço de simbologia, de discurso, identidade política muito fluido. É aquilo que prefiro chamar de universo do próprio neofascismo, que transcende a política institucional. São organizações, tendências políticas que olham com absoluto descrédito e ojeriza às instituições políticas democráticas e passam a fazer tanto um resgate do passado, do nacional-socialismo, do integralismo brasileiro, do fascismo italiano, como atualizar os seus repertórios.

Logo, esses grupos anti-institucionais, esses grupelhos de extrema direita neofascista vão utilizar simbologias que estão fora do mainstream da política. Seja porque são simbologias que foram usadas há dezenas de anos no universo do fascismo histórico, seja porque vão utilizar simbologias cifradas que fazem referência a esse universo, como alguns emojis. Por exemplo, a caveira, pode significar a ideia tanto do culto à morte quanto a ideia de uma identidade do aceleracionismo, que é uma subvertente das extremas direitas mais recentes. A ideia da espada, do copo de leite, da taça de vinho, dos relâmpagos, fazendo referência, duplicado, com as SS nazista.

A legislação brasileira proíbe explicitamente a simbologia nazista, da suástica, apologia ao nazismo. Que outros símbolos e correntes de extrema direita o senhor adicionaria a esse rol?

O problema da extrema direita, como pensado no Brasil, deu conta de responder às urgências da transição democrática, quando começou a existir no Brasil a formação de um neofascismo tardio: neonazismo, neofascismo, e neointegralismo. Na atualidade existe um universo simbólico muito distinto. Será que apenas uma questão de atualização da proibição de símbolo: em vez de ter um símbolo, seria necessário ter 30 símbolos a serem proibidos? Esse é um debate, mas não se exaure dessa maneira, porque as simbologias vão sendo construídas.

É importante a manutenção e a ampliação pelos órgãos de segurança da percepção sobre a complexidade desse universo. Ou seja, mais do que fixar apenas o ponto de vista jurídico, é necessária a ampliação no cenário de mapeamento dessas entidades antidemocráticas, da leitura, da análise e da resposta institucional. Se a questão fosse solucionada exclusivamente do ponto de vista jurídico, pela discussão de quais símbolos são ou não proibidos, quais são legalizados com ressalvas, deixamos de pensar na prevenção e na leitura do fenômeno. Mas, sem dúvida, é necessário também um debate sobre a atualização dessas simbologias e olhar para casos de sucesso, como o da Alemanha e de outros países.

terça-feira, 23 de dezembro de 2025

Quanta desigualdade a democracia suporta?

Sonia Fleury
Outras Palavras

Às vésperas de um ano de disputas intensas, uma das líderes da Reforma Sanitária provoca: num tempo de neofascismo e medo do outro, esquerda não pode ser morna.

Virar o jogo exige garantir vida digna às maiorias – e nova política econômica. Em tempos de ofensiva da extrema-direita, que atinge fortemente os sistemas de saúde, como pôr na ordem do dia uma agenda de transformação social baseada no aprofundamento da democracia e na recuperação do papel do Cuidado? A retomada de uma forte luta ideológica e a formulação de novas formas de exercício da política fazem parte do caminho – mas têm como pré-condição uma mudança de rota na política econômica e de alianças do campo democrático. Foi o que ponderou Sonia Fleury, cientista política e pesquisadora da Fiocruz, no debate A democracia em transe: debatendo as crises dos regimes democráticos no Ocidente.

Falar das ameaças à democracia nos remete, inexoravelmente, a tratar das ameaças à saúde. Desde o início da Reforma Sanitária, postulamos essa relação fundamental, que nos distingue muito de outros processos de criação ou reforma de sistemas de saúde. Essa vinculação entre democracia e saúde é uma marca constitutiva e fundamental da Reforma Sanitária Brasileira: quando a democracia está sob ameaça, o sistema de saúde está sob ameaça e as políticas de proteção social também. Portanto, a nossa luta é sempre muito mais que uma luta setorial – ela é uma luta global pelo sistema democrático e pelos direitos sociais e humanos.

No entanto, a questão do desmonte da proteção social não está dissociada das atuais formas de reprodução do capital, em que o predomínio do capital financeiro sobre todas as outras formas de capital implica nas grandes transformações que vivemos nas últimas décadas. Essas transformações têm ocorrido especialmente desde a última crise econômica internacional, incluindo a resposta a ela, que foi de desregulação dos mercados. Tudo isso involucrado sob a hegemonia da ideologia neoliberal que privilegia o mercado e tenta reduzir a participação do Estado na economia através da diminuição de gastos, como se a crise tivesse se originado como decorrência da presença do Estado, da proteção social e do investimento público – e não da própria dinâmica do mercado. Esse processo levou a um aumento exponencial das desigualdades no mundo, uma concentração plutocrática da renda.

A desregulação ainda tem implicações sobre a crise climática, na medida em que a acumulação capitalista enfraquece enormemente as capacidades de regulação de Estado. Isso também reorganizou o tecido produtivo, levando à reprimarização das economias menos desenvolvidas, fragilizando-as e aumentando sua dependência em relação a produtos com maior valor agregado que incorporam novas tecnologias. Tais transformações têm afetado profundamente o mundo do trabalho, tanto com a flexibilização das proteções trabalhistas quanto com a produção de milhões de trabalhadores que se situam nas novas formas de informalidade ou se convertem em população de rua. Ao mesmo tempo em que aumenta o número de trilionários no mundo, aumenta a população de trabalhadores descartáveis.

Paralelamente, nas últimas décadas, houve a emergência do enorme poder das Big Techs, cujo poder se materializa na foto da posse de Trump com a presença de todos os CEOs dessas grandes empresas, mostrando que já não há mais separação entre tais corporações e o poder político. Trata-se de um retrato do capitalismo desregulamentado, com a associação simbiótica entre o grande poder das Big Techs e um poder político de que se pretende imperial. É isso que estamos tendo que enfrentar – e vamos enfrentar em 2026.

Todas essas mudanças tiveram enormes impactos geopolíticos, que desafiam as capacidades dos estados nacionais – hoje, bastante diminuídas – e o modelo de governança de Bretton Woods. Todas as instituições criadas como forma de governança global estão em crise, inclusive a Organização Mundial da Saúde – algo que nos afeta em particular. Além disso, o crescimento da presença da Inteligência Artificial e dos algoritmos, que têm impacto no cotidiano de cada um de nós, tem levado a novas formas de sociabilidade e comportamento político, que também nos afetam profundamente.

Diante desse quadro, há uma nova situação geopolítica em que os Estados Unidos se apresentam como a expressão decadente do capitalismo e da hegemonia do seu poder político em declínio. Sua reação a este quadro é um governo que se pretende imperial, com o objetivo de tentar resgatar seu poder frente ao crescimento da importância do papel da China no mundo. Isso nos coloca em uma situação de instabilidade global, com guerras e enfrentamentos constantes.

Diante disso, a que conclusão chegamos? Que há uma instabilidade que nos afeta profundamente, levando a um grande conjunto de inseguranças. As pessoas se sentem inseguras diante desse novo mundo. Antes, havia um certo ordenamento, em que as pessoas pensavam que haveria progresso: a vida do seu filho seria melhor que a sua, você teria aposentadoria depois de trabalhar tantos anos, existia a sociabilidade de família e vizinhos. Tudo isso está sendo desorganizado profundamente, afetando não só a geopolítica, mas o cotidiano da vida. Há uma grande perda de esperança de mudança social, que afeta particularmente os jovens. Desigualdades, inseguranças, falta de perspectiva no futuro e emergências climáticas determinam a deterioração das condições de vida, em especial da população mais pobre, e limitam as possibilidades de cuidado e dos sistemas de saúde.

A política do medo e do ressentimento

Algumas décadas atrás, um famoso estudo do cientista político Norbert Lechner mostrou que as pessoas não estavam felizes no Chile, o único lugar da América Latina em que estava havendo algum desenvolvimento econômico na época. Havia um forte mal-estar societário. Ele chama atenção para algo muito importante em nosso atual momento: o papel do medo, diante da insegurança. Lechner avalia que há três tipos de medo que estavam afetando profundamente aquela sociedade – e que, de lá para cá, só cresceram.

O primeiro é o medo do outro. O outro passa a ser um risco, alguém que pode nos afetar negativamente. Numa situação cotidiana, isso leva as pessoas a terem medo dos desconhecidos.

O segundo é o medo da exclusão econômica e social. As pessoas têm inseguranças se elas vão conseguir manter essa posição na vida e continuar melhorando.

E o terceiro é o medo da falta de sentido, de uma vida sobre a qual não se tem controle. Isso afeta emocionalmente, sociologicamente e politicamente as pessoas. Vemos hoje um grande aumento do número de suicídios entre crianças e jovens, algo muito ligado a essa falta de perspectiva e sentido, com o fato de não saber para onde a vida está se direcionando.

Esses medos, como diz Lechner, são muito facilmente capturados para se tornarem ressentimento. Contra migrantes, favelados, mulheres, negros, homossexuais – aquele que é o outro, que pode ser o bode expiatório da culpa de seus problemas.

A situação de insegurança e medo levou a uma corrosão dos laços sociais e do funcionamento das instituições democráticas. Mesmo em lugares que possuíam níveis democráticos mais assegurados e institucionalizados, estamos assistindo a processos de autocratização e desdemocratização.

O relatório anual do Instituto Varieties of Democracy mostra que uma parcela crescente da população mundial está vivendo sob regimes autocráticos. Já em outros países, registram-se retrocessos nas conquistas democráticas, voltando para os níveis de trinta anos atrás. Isso se conecta ao ressentimento, à sensação de frustração, à ideia de que os governos são todos corruptos. Parte do caldo de cultura que favorece o surgimento e a ascensão dos populistas autoritários é essa descrença nas políticas públicas e a insatisfação com a classe política.

No caso do Brasil, surgem aqueles que viveram a vida inteira na política tradicional mas se colocam como antissistema, canalizando o ressentimento. O sistema político é o que não presta, a política não vale a pena, esse é o mote reproduzido pelas lideranças populistas autoritárias. Apoiam-se, em nosso país, em militares saudosistas da ditadura e em uma rede de lideranças religiosas conservadoras, para implantar políticas que favorecem setores do agronegócio e do capital financeiro.

Capitalismo desregulado e desigualdade: antônimos da democracia

A partir desse quadro, faço duas perguntas.

Quanta desigualdade pode suportar uma democracia? Creio que chegamos a um ponto em que, para seguir aprofundando as desigualdades, surge a necessidade do autoritarismo e do populismo.

Quanta desregulação do processo de acumulação e distribuição das riquezas o capitalismo ainda pode sustentar? Estamos em uma fase em que o capitalismo está claramente em crise, mas ainda parece ter conseguido uma sobrevida. No entanto, vemos a destruição da natureza por uma acumulação capitalista desregulada como ameaça à própria vida.

O sociólogo e economista alemão Wolfgang Streeck aponta que a situação em que vivemos está intimamente ligada a um movimento do capital financeiro em que os Estados passaram a ser os maiores devedores. Na fase de convivência entre capitalismo e democracia, os Estados eram arrecadadores e podiam desenvolver políticas redistributivas que caracterizaram os Estados do Bem-Estar Social. Hoje, anualmente, o Brasil paga R$1 trilhão de juros da dívida. É dinheiro que não vai para a Saúde, para a Educação, nada disso: o superávit primário precisa ser feito para pagar esse trilhão anual. Opõem-se, assim, os interesses do que Streeck chama de “povo do Estado”, os cidadãos com direitos civis e voto, e do “povo de Mercado”, os credores e investidores internacionais.

Governos progressistas se sentem tolhidos a cumprir os ditames da ordem financeira global, produzindo crescentes superávits esterilizados no pagamento de juros da dívida. Frustram seus eleitores, com medidas de ajuste fiscal que comprometem e invalidam suas promessas de campanha de melhoria da vida dos cidadãos.

Ao vencer as eleições, os líderes populistas autoritários começam a minar instituições e desfigurar a democracia constitucional, buscando a unanimidade de um “povo único” ou “povo verdadeiro” – usando a questão religiosa para tentar alcançar a sociedade sem mediações políticas.

Esse é um movimento internacional, que estamos vendo em vários países ocidentais, calcado em liberalismo econômico, forte guerra cultural e negacionismo. O combate à ciência é um aspecto central, já que ela parte do questionamento, algo impensável para um governo autoritário, cuja aderência ao líder deve ser baseada na fé.


O caso brasileiro

O que vemos ocorrendo hoje nos Estados Unidos, também foi possível ver no Brasil: negacionismo, crença no “mito”, retórica em torno de conceitos como liberdade e pátria e, principalmente, desmonte das políticas públicas.

No livro Cidadania em Perigo: Desmonte das Políticas Sociais e Desdemocratização no Brasil, estudamos como o governo Bolsonaro, juntando pandemia e pandemônio, desmontou a proteção social e diversas políticas públicas, como as de trabalho e previdência. Algo importante que o livro identifica é que a estratégia de desmonte foi diferente em cada área – nos três grandes sistemas de proteção social: saúde, assistência social e segurança alimentar e nutricional – se baseou nas fragilidades da institucionalidade brasileira na trajetória de construção do SUS, do SUAS e do SISAN.

É um problema a que precisamos estar atentos: ou superamos essas fragilidades, em relação ao financiamento, institucionalização e capacidades estatais, ou teremos novos riscos. Por exemplo, nos espaços em que a existência dos conselhos de participação social não era fundamentada em lei, eles foram extintos. Não é o caso da Saúde, porque havia uma institucionalização legal do CNS. No entanto, boa parte dos funcionários do Ministério da Saúde hoje não são servidores de carreira. Sem isso, não teria sido possível infiltrar dezenas de militares na pasta, com as consequências que conhecemos.

Nesse aspecto, o caso brasileiro se distingue de outros países, em que o populismo autoritário não contou com um papel tão forte dos militares. Aqui, eles se consideram tutores da Constituição através do artigo 142, que precisará ser alterado em algum momento. Outro aspecto que singulariza o Brasil é o grande papel das igrejas neopentecostais, que difundiram um conservadorismo moral e de costumes que deu base popular para legitimar os políticos populistas autoritários. É importante fazer a crítica desse conservadorismo, mas também é preciso entender o que faz as pessoas buscarem essas igrejas. Além da fé, elas procuram redes de solidariedade e um apoio e acolhimento que as políticas públicas não dão, além de uma relação personalizada de escuta dos problemas de cada uma dessas pessoas, que vivem em situações tão vulneráveis.

Onda Rosa: um balanço crítico

Também é preciso revisitar as limitações do próprio progressismo na América Latina. Nos anos 2000, a Onda Rosa tomou a região, mas o que foi feito? Não se criou um modelo econômico soberano, inclusivo e de reindustrialização. Pelo contrário, com o boom das commodities, houve uma reprimarização da economia: nos tornamos, todos os países da América Latina, exportadores de produtos primários, com baixo valor agregado. Além de essa economia primária não ser capaz de absorver a força de trabalho, os governos progressista não enfrentaram nem as oligarquias nem o capital financeiro, o que impossibilitou medidas de maior ousadia que deslocassem o centro das políticas públicas desde a proteção da propriedade para a proteção da cidadania. Foram incapazes de implantar as reformas estruturais mais importantes e necessárias, como a reforma agrária e a reforma urbana, a proteção ambiental e dos povos originários, reverter a privatização dos serviços nas políticas sociais.

Ao lado de um processo exponencial de acumulação de riqueza do capital financeiro, os governos progressistas na América Latina fizeram transferência de renda, introduziram cotas para acesso aos serviços públicos e diminuíram a extrema pobreza, significativamente. No entanto, isso acabou não sendo uma mudança tão grande. Criaram-se consumidores individualizados, já que não houve um processo de emancipação das pessoas no sentido político, de entender que não adianta só receber um benefício assistencial, mas também é preciso compreender as causas da pobreza e se organizar para construir uma saída coletiva dessa situação.

Agora que não temos mais um governo populista autoritário, temos que ter o compromisso de não voltar atrás. Precisamos avançar e não retornar ao cenário que, com suas limitações, criou as condições para o populismo.

Direita no contrapé

O momento da conjuntura política é de grande movimentação. Desde a manifestação da sociedade organizada contra a PEC da Blindagem, há uma virada política importante. Além disso, o governo Lula ganhou de presente o enfrentamento com o governo Trump, ampliando sua legitimidade popular a partir da bandeira da soberania.

A atuação da Polícia Federal chega no encalço das relações entre o PCC, as fintechs e ameaça parlamentares do Centrão. A direita se debate na tentativa de não perder os votos bolsonaristas mas de também não ser identificada a este movimento, e busca criar uma alternativa eleitoral.

É uma janela de oportunidade muito importante para a esquerda. O Governo acerta ao avançar com a isenção do imposto de renda e a ideia de taxar os superricos, acabar com os privilégios e criar justiça tributária e social.

É hora de dar visibilidade a essas e outras questões, lançando um programa de combate aos privilégios, soberania, justiça tributária, vida além do trabalho, com o fim da escala 6×1, e mobilidade urbana, com a implementação do passe livre. Esse programa é o que temos que trabalhar nas eleições do ano que vem. Enfrentar todos esses temas dependerá do fim do Arcabouço Fiscal e de outros fatores que limitam as capacidades do governo.

Uma agenda para avançar

Qual será o principal desafio que teremos de enfrentar nesse momento? Traduzir essa agenda para o cotidiano das pessoas. Para isso, é preciso chegar no mundo em que elas vivem e sofrem, disputar significados. Primeiro, é preciso travar uma forte luta ideológica e política. Ao se concentrar prioritariamente em erguer instituições democráticas, deixamos de construir um projeto ideológico e político que possa se traduzir em uma luta por significados.

Ao falar de justiça tributária para uma população que é completamente contra pagar impostos, é preciso frisar que ela não vai mais pagar imposto de renda, mas também que ela é muito afetada pelo não pagamento de tributos pelos mais ricos.

Hoje, a direita fala muito em liberdade. O que nós temos a dizer sobre liberdade? Liberdade é a capacidade da pessoa de decidir sobre sua vida ou a capacidade de ser rico e comprar coisas? É preciso disputar isso.

O que é meritocracia? Muitas pessoas que receberam Bolsa Família ou outros programas sociais dizem que sua ascensão na vida se deve apenas ao mérito individual. Sem dúvida, ele é importante, mas as oportunidades que foram dadas precisam ser levadas em conta, ao pensar como essa autonomia que foi conquistada. Em nossa cultura, as pessoas sentem uma forte ligação com a família. O que é a família? São laços afetivos, materiais, de cuidado e proteção uns aos outros. É possível disputar essas concepções.

Como segundo ponto, é preciso mudar o exercício da política. É necessário recuperá-la como um espaço dialógico, em que as pessoas sintam que estão dialogando umas com as outras e também sendo ouvidas pelo Estado. Forjar o espaço para construir uma cultura cívica no país.

Chamo isso de um “Estado pedagógico”, em que cada encontro do cidadão com o Estado deve ser um momento que busca o diálogo para a transformação e a emancipação, não para a subordinação das pessoas por uma burocracia insensível. A humilhação é a grande queixa das pessoas nas interações com agentes públicos. Para mudar isso, é preciso enfrentar temas como combate à corrupção, aumento da transparência na gestão pública e a eliminação da violência estatal a que as pessoas são submetidas.

O Cuidado deve ser a essência da ação por uma vida digna – o eixo das políticas de inclusão, participação e redistribuição. O Cuidado implica em alteridade, é sempre em relação ao outro, aceitando o outro. É o contrário do “medo do outro” de que fala Norbert Leschner, que leva ao desejo de excluir e até matar o outro. O Cuidado é a ética da alteridade, e é preciso entender que ele sempre se dá em um espaço territorial, e portanto é preciso que as políticas sejam territorializadas. Nos territórios é que haverá o diálogo e a intersecção, não a fragmentação das políticas.

É possível transformar a potência do Cuidado que vimos nas favelas e periferias durante a pandemia em uma alavanca de transformação social. O cuidado com as pessoas e com o território deve implicar em políticas de garantia de emprego para promoção da qualidade de vida em favelas e periferias, criando espaços de produção do comum, da solidariedade, dos laços culturais e das oportunidades para os jovens.

Para isso, porém, há três condições. É necessária uma nova política econômica, que não seja o Arcabouço Fiscal. Também é preciso entender que as alianças feitas para eleger Lula não permitiram governar, cumprindo com o programa eleito. Por fim, temos de ter um governo composto por quadros comprometidos com esse projeto de transformação social, e não com as alianças com setores conservadores.

segunda-feira, 27 de outubro de 2025

Del sueño americano a la distopía


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Reseña del libro de Jamil Chade, Tomara que você seja deportado: uma viagem pela distopia americana, São Paulo, Editora Nós, 2025, 256 págs.

Ha sido lanzado recientemente en Brasil, el libro del periodista Jamil Chade cuyo título podría ser traducido como “Ojalá que seas deportado”, el que reúne un conjunto de 48 crónicas y reportajes escritos durante su estadía en Estados Unidos, en un período que abarca desde el final de la campaña presidencial (17 de octubre de 2024) pasando por los primeros meses de la gestión de Donald Trump y concluyendo con una última crónica (25 de mayo de 2025) redactada días antes del retorno definitivo del escritor y su familia al lugar en el cual reside actualmente (Ginebra, Suiza).

Los textos que componen el libro abordan diversos aspectos de la historia reciente y de la vida cotidiana de los habitantes de ese país, configurando un panorama devastador desde todos los aspectos, evidenciando por la magnitud de la decadencia en que se encuentra desde hace décadas la sociedad estadounidense y que se ha incrementado en este último periodo con el surgimiento del líder extremista republicano y sus adeptos.

La crónica que da nombre al libro relata la experiencia que tuvo su hijo pequeño en una escuela del barrio luego de tener un altercado con una colega de clase. En una situación coloquial de altercado entre niños de diez u once años, la compañera de curso le espetó a su hijo “Ojalá que seas deportado”. Como nos advierte Chade “La novedad ciertamente no es la existencia de una discusión entre niños, sino el surgimiento de una nueva manera de agredir, basada en el odio, que es instrumentalizado por un grupo ultraconservador que llegó al poder. Nadie nace odiando. No brota de forma espontánea de la cabeza de ningún niño la idea de desear que la otra persona sea deportada”.

El tema de la persecución en masa de los migrantes irregulares -o incluso con papeles de residencia- y la truculencia de los abordajes que sufren las personas solo por sus características raciales, es una temática que atraviesa la mayor parte de las crónicas redactadas por Jamil Chade en ese periodo. A lo largo de sus viajes por el territorio estadunidense y la frontera mexicana, el escritor desplaza el foco de sus análisis hacia distintos espacios simbólicos y reales: desde Manhattan hasta la frontera con México, en abrigos de deportados, barrios empobrecidos, escuelas de inmigrantes, pueblos abandonados y un sinnúmero de escenarios distópicos que diseñan el paisaje humano y las políticas coercitivas hacia poblaciones vulnerables en un país autoritario.

A través de una prosa periodística cargada de testimonios, datos y vivencias, explora cómo la deshumanización del “otro”, la inmigración, la xenofobia, los recortes de derechos y la polarización política se entrelazan para producir lo que él conceptualiza como la “distopía americana”.

Esta sensación de estar dentro de un país decadente es claramente expuesta en la crónica “Mississipi y sus pantanos”, en la cual describe el panorama desolador de una pequeña ciudad de Arkansas llamada West Helena. En dicha crónica retrata ese lugarejo como salido de una película de terror: “En ambos lados de la calle central, casas destruidas, tiendas cerradas, techos desmoronados y un olor de desamparo. El viento aullaba, casi para susurrarme la noticia de que aquel local estaba abandonado (…) En West Helena, una orgullosa bandera americana flamea de manera triunfal sobre la alcaldía. Pero no esconde el hecho de que la ciudad tiene 35% de su población de ocho mil habitantes viviendo bajo la línea de la pobreza. El PIB per cápita promedio del local es inferior al de Bolivia y apenas un poco superior al de Bangladesh”. Y continua su relato con un análisis comparativo entre los estados más empobrecidos del sur ese país (Alabama, Tennessee, Arkansas, Mississippi y Luisiana) que poseen una renta promedio tres o cuatro veces inferior que los habitantes de la ciudad de Nueva York.

Las referencias que se realizan de esta pequeña ciudad abandonada nos muestran que la degradación de los espacios periféricos funciona también como una frontera interna, un territorio donde el “otro” (inmigrante, vulnerable, marginado) habita o atraviesa. Esto conecta con la frontera en el sentido literal: migrantes que cruzan, o que son expulsados, pero también la frontera simbólica y existencial, entre ciudadanos considerados “legítimos” y aquellos “que no lo son”.


En ese paisaje, la administración Trump no ha hecho más que profundizar las desigualdades entre los estadounidenses, como queda corroborado, por ejemplo, con anuncios realizados por el gobierno de que recortará 850 mil millones de dólares del presupuesto de la nación destinados al sistema público de salud, el Medicaid. En los estados del sur del país, aproximadamente 700 mil personas dependen integralmente de este programa para tener acceso a la salud, incluidas las políticas de asistencia a la natalidad.

Por otra parte, sus narraciones sobre los albergues de deportados en la frontera con México constituyen un nodo crítico en la narración de Chade: son la materialización de la política de expulsión, del “ser considerado prescindible”. Aparecen no solo como espacios de tránsito sino de detención, vulnerabilidad, destierro y desesperación. Los albergues no son simplemente consecuencia de la inmigración, sino parte de una maquinaria que produce la condición de seres humanos residuales, indeseables y descartables.

De esta manera, las crónicas de Jamil Chade nos muestran una cara poco tratada de los Estados Unidos contemporáneos: el miedo, la exclusión, la frontera geográfica y existencial dentro de la sociedad. Es una invitación a pensar que la distopía ya no es solo ficción; que la promesa del sueño americano convive con realidades de exclusión, vulnerabilidad y desamparo. Sus escritos representan una crítica vehemente de los caminos hacia los cuales se dirige una sociedad que se decía democrática y que hoy se percibe como un espacio de autoritarismo y represión a todos quienes no se encuadran con el tipo ideal del hombre blanco supremacista americano.

Si el lector espera una estructura académica tradicional con teoría amplia y sistemática, podría quedarse con ganas, pues el libro privilegia la narrativa, el testimonio y la denuncia, más que el desarrollo teórico extenso. Sin embargo, el apelo del autor es potente e incontestable. El libro contiene una línea de análisis crítico hacia el ascenso de la extrema derecha, la instrumentalización de la inmigración como arma política y el debilitamiento de instituciones democráticas. Es un retrato de una sociedad que bajo el mandato de Trump se ha transformado en la negación del “sueño americano” mostrando la persecución en masa de los migrantes, deshumanización, ciudades abandonadas y poblaciones dejadas a su propia suerte.

En definitiva, los temas centrales abordados en el libro – la deportación de inmigrantes, la exclusión de los pobres, el desmonte de políticas sociales y las prácticas de censura - nos ofrecen una visión articulada de cómo la crisis migratoria y de violación de los derechos humanos en los Estados Unidos implementada durante el gobierno de Donald Trump, no es un fenómeno aislado, sino una faceta de lo que se podría llamar la construcción de la “distopía americana”. Este modelo implica que la exclusión, el miedo y la represión clasista y racista ya no están en los márgenes sino en el centro de la vida cotidiana de un Imperio en decadencia.