quinta-feira, 19 de março de 2026

La maldad de lo banal

Adolfo Estrella
infoLibre

La tragedia contemporánea es la estabilización de un sentido común antiutópico en masas caprichosas, banales y sumisas que desean y exigen vigilancia y castigo.

Sabemos bastante, con Hannah Arendt, acerca de la "banalidad del mal", pero sabemos quizás menos sobre la "maldad de lo banal"; es decir, sobre la banalidad como causa del mal o, al menos, como su sustrato o condición de posibilidad. No solo hay crímenes ejecutados burocráticamente por personas corrientes y vulgares, sino que el propio dominio de lo banal prepara el terreno para esos crímenes.

El capitalismo neoliberal digitalizado y fascistoide triunfa como imperio de lo banal. El mundo se ha banalizado; al mundo lo han banalizado. Todo es griterío y cacofonías sin límites en las ceremonias del espectáculo ruidoso que incluye los sonidos de las máquinas de guerra. Y aquí, ninguna utopía igualitaria —y libertaria de verdad— es audible.

La maldad no irrumpe de golpe ni desde lo excepcional, sino que se incuba en lo cotidiano, en ciclos largos de naturalización trivial del espanto. Todas las viejas y nuevas expresiones de la crueldad requieren de una permisividad social previa. El miedo ahora se vuelve deseable frente a la angustia existencial difusa generada por el mismo neoliberalismo. Las sociedades atemorizadas eligen siempre lo peor: populismo punitivo y cultura del castigo. Ya no se buscan causas ni responsables, sino culpables débiles.

La antigua rebeldía ética de las izquierdas, nacida de la indignación, es reemplazada por falsas rebeldías reaccionarias guiadas por el resentimiento y el deseo de venganza. Muchas de las izquierdas, sin utopías, copian a las derechas eufóricas que no solo proponen soluciones fáciles a problemas complejos, sino que inventan problemas donde no los hay.

La tragedia contemporánea es la estabilización de un sentido común antiutópico en masas caprichosas, banales y sumisas que desean y exigen vigilancia y castigo. Esto no se soluciona con la alternancia electoral ni seduciendo a las masas que ya dieron el paso hacia el abismo. La situación no cambia en esencia si accede al poder algún partido o coalición "progresista". Estamos dentro de una "onda larga" de ofensiva reaccionaria que apuesta por un cambio refundacional del régimen político, no por simples cambios de gobierno. Es el fin de una época y de sus utopías liberales y socialistas.

La aceptación de la derrota presente, en esta onda larga, es el primer paso para imaginar una victoria futura. Queda la posibilidad —cuya probabilidad desconocemos— de prefigurar y experimentar, aquí y ahora, formas de vida nuevas, desde una ética y unas prácticas de resistencia política y resiliencia ecológica. Es decir, iniciar, desde un pesimismo activo, la lenta reinvención de un mundo no banal y no atemorizado, sin la mediación del espectáculo ruidoso. Un mundo silencioso reconstruido a partir de un amplio repliegue o deserción de masas que se atreva a experimentar con un nuevo dibujo civilizatorio y con la reinvención, también, de la misma idea de emancipación.

quarta-feira, 18 de março de 2026

Un mundo sin orden

Juliano Fiori
Instituto Alameda

A medida que el poder estadounidense declina, destruye las normas e instituciones que alguna vez organizaron su proyección internacional de autoridad. Estados Unidos está perdiendo su liderazgo, pero ninguna potencia individual lo está reemplazando como hegemón global.

Si aún quedaba alguna duda sobre nuestras coordenadas tras una década de sacudidas al orden normal de las cosas, la desorientadora apertura de este año ha confirmado que ya no estamos en Kansas. Una nueva geopolítica está tomando forma, algo particularmente evidente en el bombardeo en curso de Irán por parte de Estados Unidos e Israel, en el secuestro estadounidense del presidente venezolano Nicolás Maduro y en el posicionamiento de tropas europeas en Groenlandia tras las reclamaciones de Donald Trump sobre la isla.

Desde la crisis financiera de 2007-2008, los incipientes desafíos a la primacía del poder estadounidense, así como la turbulencia política al interior de las democracias capitalistas occidentales, han provocado la producción de un considerable corpus de escritura angustiada sobre el fin de las cosas. Gran parte de esta escritura, en lo que respecta a la situación imperial comúnmente denominada «orden internacional», expresa el deseo de un «retorno» a la estabilidad.

No sorprende, entonces, que tantos comentaristas de asuntos internacionales, de distintas filiaciones políticas, hayan repetido la célebre afirmación sobre el «interregno» del comunista italiano Antonio Gramsci: un período en el que «lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer».

Hoy, esa anticipación de «lo nuevo» en el sistema internacional tiende a revelar una búsqueda de restauración parcial de «lo viejo», fundada en la idea de que el orden puede ser producto de la voluntad, del tipo de emprendimiento moral ejercido en décadas anteriores por los cuadros del servicio civil global y los ejecutivos de agencias de ayuda e instituciones financieras. Pero no hay garantías de que se establezca un nuevo orden.

El concepto de orden internacional, tal como se entiende generalmente hoy, que describe una disposición global de normas e instituciones de gobernanza, es un legado del siglo XX y, más específicamente, del período de hegemonía estadounidense. De hecho, si bien el uso de este concepto aumentó de manera sostenida en la segunda mitad del siglo XX, se disparó drásticamente en el último decenio y medio, precisamente en el momento del supuesto colapso del orden internacional.

Pero vale la pena explorar el argumento de Gramsci con mayor detenimiento. En su pensamiento, el orden depende de la hegemonía: es decir, depende no solo, ni principalmente, de la coerción, sino del «consenso espontáneo». El interregno, argumentaba, es precisamente un momento de crisis hegemónica, producido por una pérdida de autoridad y de «liderazgo» que deja únicamente a la dominación como recurso. Aunque Gramsci se ocupaba de los medios a través de los cuales la clase dominante reproduce su poder, su definición de hegemonía ha sido aplicada con frecuencia a las relaciones internacionales.

Si el orden internacional consolidado tras la Segunda Guerra Mundial ha llegado ahora a su fin, es porque el consenso en torno al imperio estadounidense se ha desmoronado. La hegemonía estadounidense derivaba de una estructura material: inicialmente, del desarrollo de una base industrial sin parangón que permitió la proyección de su poder económico y militar; y luego, de la transformación del comercio y las finanzas globales en mecanismos para la reproducción de ese poder.

Esta estructura material produjo un complejo internacional de dependencias respecto al imperio estadounidense que, a su vez, alimentó el consenso respecto de su liderazgo global entre otros estados y sus clases dominantes. Si bien fueron parcialmente moldeadas por luchas «desde abajo», las instituciones de gobernanza global —las de las Naciones Unidas, de manera más evidente— estuvieron condicionadas por la autoridad estadounidense y un consenso suficiente en torno a ella. Sin embargo, la estructura material de la hegemonía estadounidense ya no existe.

En la búsqueda de nuevas oportunidades de ganancia, el capitalismo estadounidense evolucionó durante el último cuarto del siglo XX hacia un régimen neoliberal de apreciación de activos, en parte mediante la desregulación y la financiarización. Al aumentar significativamente el valor del dólar, las altas tasas de interés en Estados Unidos provocaron una explosión de la deuda global, cercenando la industrialización por sustitución de importaciones en gran parte de la periferia capitalista. Sin embargo, también aceleraron la deslocalización de la industria estadounidense y crearon oportunidades para el ascenso de competidores nacionales a Estados Unidos, entre los cuales China emergió finalmente como el más importante. Esta competencia fragmentó entonces la propia autoridad estadounidense.

Llevada a cabo sin ningún intento de formular un pretexto coherente, la agresión de Estados Unidos contra Venezuela ofreció quizás la demostración más clara hasta la fecha de que el país está dispuesto a ejercer la coerción sin consenso o, en palabras del historiador indio Ranajit Guha, una «dominación sin hegemonía». Ni la sobreextensión del imperio estadounidense a través de la guerra ni el agotamiento de su propaganda son los principales responsables de la crisis de su hegemonía. La causa principal es, más bien, la creación de condiciones para más desafíos económicos a su búsqueda de poder global, una consecuencia contradictoria de su propia expansión.

En medio de las ruinas del viejo orden, sin embargo, está lejos de ser claro cómo podría tomar forma la estructura material capaz de sostener uno nuevo. El imperio estadounidense conserva gran parte de su poderío, con el presupuesto y el alcance incomparables de sus fuerzas armadas, la referencia global de su moneda y el dominio de mercado de sus mayores empresas. Cualquier perspectiva de subordinarlo en un sistema ordenado por la hegemonía china parece inconcebible sin un enfrentamiento militar directo y a gran escala, que implicaría el posible uso de armas nucleares. Y, a pesar de todos los rasgos que distinguen al régimen chino de acumulación del capitalismo estadounidense, este sufre cada vez más de patologías similares: caída de la productividad y la demanda, junto con presiones deflacionarias, que sugieren un estancamiento secular exacerbado por la sobrecapacidad industrial, el aumento de la deuda y una población que envejece rápidamente.

Es probable, entonces, que estemos entrando ahora en una época posterior al orden, una época de crisis hegemónica duradera. Algunos podrían leer esta situación como un retorno al statu quo ante, ya que, en el largo arco de la historia moderna, el siglo estadounidense fue excepcional por la extensión global de la hegemonía ejercida por una potencia dominante. Sin embargo, contrariamente al sentido común emergente, esto no implica un retorno a una disputa geoestratégica gestionada mediante «esferas de influencia» (un arreglo legalista asociado a finales del siglo XIX, a través del cual las potencias coloniales se dividían territorios en su mayoría lejanos). No existe ningún pacto de no injerencia entre Estados Unidos y China; y si bien ambos afirmarán con mayor fuerza su primacía sobre sus respectivas regiones, ninguno logrará expulsar al otro.

El mundo posterior al orden está dando forma a una «geopolítica zonal», en la que es probable que distintas modalidades de disputa entre grandes potencias prevalezcan en diferentes zonas geográficas. Se trata de un arreglo interimperial más inestable y peligroso, con implicaciones significativas para la gobernanza y la cooperación internacionales. Quienes se preocupan con razón por desarrollar instituciones internacionales que protejan la soberanía y limiten el imperio harían bien en concentrar sus esfuerzos en el plano regional y en la formación de bloques que puedan compeler a las grandes potencias a moderar la búsqueda de sus propios intereses particularistas.

segunda-feira, 16 de março de 2026

Diego Rivera, el pintor de la Revolución Mexicana

Mike González
Jacobin

La Revolución Mexicana impulsó una extraordinaria efervescencia cultural, con la pintura como su forma artística principal. Los espectaculares murales de Diego Rivera, inspirados en la historia y la cultura popular de México, constituyen el legado más notable de ese período.

El arte de Diego Rivera es inseparable de la revolución que México experimentó a comienzos del siglo XX y del Estado que se construyó en el período posterior. El proceso revolucionario comenzó en 1910, cuando Porfirio Díaz, quien había gobernado México durante treinta y cuatro años, anunció que habría elecciones presidenciales.

Díaz había supervisado el crecimiento de una economía basada en exportaciones como el azúcar, el café y el tabaco, y en nuevas industrias como el petróleo y los textiles, la mayoría de las cuales estaban financiadas por capital extranjero. La población rural de México, indígena y mestiza, vivía bajo el látigo de los latifundistas, la clase terrateniente, y la amenaza de violencia de la policía rural de Díaz, los rurales (como se documenta en el libro de John Kenneth Turner Barbarous Mexico).

Las tensiones sociales eran palpables, pero la chispa que encendió la mecha de la revolución de 1910–17 fue un panfleto políticamente moderado de Francisco Madero, hijo de una familia terrateniente acomodada, que abogaba por el sufragio universal y el voto contra Díaz. Las demandas de Madero se limitaban a la reforma política, y pronto fue empujado al exilio. Pero sus palabras resonaron en todo un país desgarrado por el conflicto social.

En el estado de Morelos, con sus plantaciones de azúcar altamente rentables, la resistencia campesina bajo el liderazgo de Emiliano Zapata defendía a las comunidades rurales frente a la expansión de las enormes haciendas. En el norte, un ocasional ladrón de ganado llamado Pancho Villa lideraba su propia rebelión. Las protestas contra Díaz se extendieron hasta que el dictador huyó a Gran Bretaña a comienzos de 1911.

En este vacío de poder, la vieja clase gobernante luchó por controlar los restos del Estado porfiriano en alianzas cambiantes con la clase media. Mientras cada movimiento armado reclamaba la revolución para sí, los zapatistas fueron los únicos en encabezar una lucha revolucionaria de masas. La nueva constitución de México de 1917 se asentó sobre una promesa de modernización, desarrollo, redistribución de la tierra y control nacional del subsuelo (sobre todo del petróleo). Y fue bajo la presidencia de Álvaro Obregón (1920–24) que comenzó la construcción del nuevo Estado, en nombre de una «alianza popular».

 Artista de la Revolución

Obregón estaba comprometido con la educación como instrumento de cambio, y nombró al filósofo José Vasconcelos como su ministro de educación. Vasconcelos lanzó el proyecto muralista para decorar los muros de los edificios públicos de México con imágenes de la cultura clásica universal. Sostenía que las sociedades avanzaban hacia una etapa superior de civilización universal a través de las artes, pero lo que tenía en mente eran los clásicos europeos, quizás combinados con algunas representaciones de indígenas estereotipados.

Sin embargo, el movimiento muralista que surgió después de su retiro en 1924 nació de un espíritu muy distinto. Diego Rivera y su generación habían rechazado el eurocentrismo conservador del establishment artístico y reclamaban un arte que reflejara la realidad de México. Dr. Atl, un español llamado originalmente Gerardo Murillo que adoptó un nombre azteca y se convirtió en director de la principal escuela de arte de la época, fue altamente influyente por su fascinación con los volcanes del país.

Rivera se encontraba en realidad en Europa durante la Revolución Mexicana, trabajando con cubistas y surrealistas en París y luego absorbiendo las técnicas del fresco de los maestros del Renacimiento italiano. En 1921 regresó a México para sumarse al movimiento muralista, trayendo consigo los métodos modernistas que había aprendido en Francia.

Tenía un compromiso claro con un modernismo mexicano que no imitara al europeo sino que expresara la transformación de México sobre la base de su propia historia y su rica y variada cultura indígena. Su única pintura surrealista —Paisaje zapatista (1915), una composición con un sombrero campesino, un rifle y un sarape contra un fondo de montañas— anticipó la centralidad del México indígena en su obra a partir de ese momento.


Nuevos héroes

Su primer mural, La creación, fue concebido para exhibirse en la nueva Escuela Nacional Preparatoria. Rivera todavía hacía referencia a mitos universales, pero utilizó imágenes de la vida indígena en la pintura del mural. Luego siguió su primer encargo importante para decorar los tres pisos del nuevo edificio del Ministerio de Educación.

De manera inusual, Vasconcelos había dejado el contenido de los murales abierto a la elección de los artistas. Rivera ya trabajaba con organizaciones populares y campesinas, y compartía con los otros dos muralistas principales, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, una visión del nuevo arte monumental. En palabras de Rivera, «Por primera vez en la historia del arte monumental, el Muralismo Mexicano terminó con el enfoque en dioses, héroes y jefes de Estado. (…) Por primera vez, convirtió a las masas en los héroes del arte monumental».

Fue en cierto modo un ejercicio masivo de creación de una conciencia nacional con una clara comprensión de clase. El lenguaje de este nuevo arte público se nutría de la rica cultura indígena de México, cuyos colores y formas se remontaban a la historia de los mundos azteca y maya, aunque los descendientes contemporáneos de esos mundos estaban sumidos en la pobreza y la explotación más intensa.

En el Patio del Trabajo del Ministerio de Educación, Rivera pintó la vida cotidiana de los trabajadores en la agricultura y la industria. En el Patio de las Fiestas, recurrió a los rituales y ceremonias de las comunidades indígenas y mestizas que daban sentido a sus relaciones con el paisaje y la historia de México, como el Día de los Muertos, con sus omnipresentes esqueletos.

Para la tercera galería utilizó un lenguaje diferente, el del «realismo socialista» que había encontrado en una visita a Rusia en 1928–29. En La distribución de armas incluyó a su esposa Frida Kahlo, a la fotógrafa Tina Modotti y a su amante Julio Antonio Mella, fundador del Partido Comunista Cubano.


Tierra y Libertad

El propio Rivera se afilió al Partido Comunista Mexicano, al igual que Orozco y Siqueiros; los tres fueron miembros de su comité central. Fue un reflejo del papel de los muralistas en la configuración de la cultura revolucionaria. Para Rivera, el arte, y especialmente el arte público, era una forma de trabajo productivo que transformaba el entorno material y a las masas que lo habitaban. El papel del artista era, en contraste con la concepción burguesa del artista como creador individual, el de ser un trabajador en una creación colectiva. Esa creación no era simplemente la obra de arte sino la revolución misma.

En ese espíritu, Rivera, Siqueiros y Orozco formaron la Unión de Pintores, Escultores y Trabajadores Técnicos. Produjeron un periódico, «El Machete», que fue diseñado utilizando dramáticos grabados en madera que hacían una referencia clara a las artesanías tradicionales. Más tarde se convirtió en la publicación del Partido Comunista.

A diferencia de la Revolución Rusa, la Revolución Mexicana no estuvo moldeada por un partido dominante basado en la clase trabajadora ni impulsada por una concepción del Estado. El movimiento revolucionario de masas fue la insurrección rural liderada por Emiliano Zapata, quien había sido asesinado en 1919. Sin embargo, su consigna «Tierra y Libertad» se convirtió en la consigna de la revolución.

En 1929, se le pidió a Rivera que decorara la capilla del nuevo colegio agrícola en Chapingo. Rivera concibió el proyecto como una celebración de la redistribución de la tierra entre el campesinado. El más conmovedor y más punzante de los murales muestra a Zapata y a su colega Otilio Montaño enterrados bajo un campo de maíz con nuevas plantas creciendo desde sus cuerpos. Es una profecía de una revolución por venir, y quizás un presagio de la reemergencia del zapatismo como movimiento revolucionario en Chiapas durante la década de 1990.

En el mismo año, Rivera comenzó su obra maestra en el Palacio Nacional en la Ciudad de México, Historia de México (de la Conquista a 1930). Este enorme mural sobre la escalera central retrata a la civilización azteca y a la deidad principal de las culturas prehispánicas, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada. En el fondo está la gloriosa capital azteca, Tenochtitlán. Esta parte del mural representa la brutal conquista española de ese mundo y la crueldad de la Iglesia Católica.

La representación avanza luego en una curva envolvente a través de las guerras de independencia hacia un México previsto de luchas obreras y campesinas y más tarde un futuro industrial, supervisado desde arriba por Karl Marx. Ese sentido del futuro es central en la obra de Rivera, pero la presencia de Marx fue suficiente para persuadir a estudiantes de derecha a atacar a este y a sus otros murales, muchos de los cuales todavía llevan las cicatrices.


Entre Stalin y Trotsky

Para 1929, la Internacional Comunista (Comintern) estaba plenamente bajo el mando de Joseph Stalin y estaba expulsando a los partidarios de León Trotsky y de la Oposición de Izquierda, con la cual Rivera ya había expresado su simpatía. En línea con la política sectaria de «clase contra clase» de la Comintern de ese momento, el Partido Comunista Mexicano lanzó una tentativa de derrocar al gobierno posrevolucionario cuya figura dominante era Plutarco Elías Calles. Esto ocurrió justo cuando el gobierno también enfrentaba una insurrección católica reaccionaria conocida como la Guerra Cristera.

El intento de golpe fracasó. Rivera se opuso a él desde el principio y fue expulsado del partido, con Siqueiros como su principal acusador. De manera irónica, Rivera votó a favor de su propia expulsión, quizás porque sus puntos de vista como artista significaban que rechazaba la ortodoxia rígida exigida del estalinismo, tanto política como artísticamente.

Luego pasó algún tiempo en los Estados Unidos, donde recibió encargos en Detroit, San Francisco y, el caso más famoso, por parte de Nelson Rockefeller para pintar un mural en el vestíbulo de entrada del Rockefeller Center de Nueva York. Rivera incluyó la figura de Vladimir Lenin y el mural fue destruido. Sus murales de Detroit son celebraciones de la industria en sí misma y hacen eco de esa sección industrial del mural del Palacio Nacional.

Los comunistas en México y en los Estados Unidos utilizaron estos encargos como una oportunidad para atacar a Rivera, retratándolo como una herramienta del gobierno mexicano y un sirviente del gran capital. Él y Kahlo entablaron posteriormente amistad con León Trotsky, y Rivera utilizó su influencia con Lázaro Cárdenas, que se convirtió en presidente de México en 1934, para ofrecerle asilo al gran revolucionario.

Trotsky se mudó a la Casa Azul de Kahlo, en la Ciudad de México, donde ella y Rivera vivían. Trotsky y su esposa permanecieron allí hasta que una serie de problemas personales (sin mencionar el breve romance de Trotsky con Kahlo) hicieron imposible su convivencia. Trotsky se trasladó a una casa cercana donde fue blanco de un intento fallido de asesinato en 1940 por un comando dirigido nada menos que por David Alfaro Siqueiros. Unos meses más tarde, un agente estalinista logró matarlo en su escritorio.

Unos años antes de su muerte en 1957, Rivera solicitó reingresar al Partido Comunista, quizás por nostalgia de los primeros años del movimiento muralista. Pero seguía siendo el mismo partido que lo había tildado de renegado, derechista y dócil sirviente del gobierno, según la acusación demoledora de Siqueiros.

Revelando México

En 1938, Rivera y el poeta surrealista francés André Breton habían firmado conjuntamente un texto, que Trotsky ayudó a redactar, con el título de «Manifiesto por un arte revolucionario libre». Contenía las siguientes palabras:

En el mundo contemporáneo debemos reconocer la destrucción cada vez más extendida de aquellas condiciones en las que la creación intelectual es posible. (…) El verdadero arte, que no se contenta con jugar variaciones sobre modelos ya hechos sino que se esfuerza por expresar las necesidades internas del hombre y de la humanidad en su tiempo, el verdadero arte no puede dejar de ser revolucionario, no puede dejar de aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad.

El crítico de arte Meyer Schapiro señaló que los murales de Rivera «producen una poderosa impresión de densidad de la vida histórica, (…) ningún otro pintor de nuestro tiempo ha sido tan prolífico e inagotablemente curioso sobre la vida y la historia». Schapiro continuó preguntándose «cómo pudo producirse tal arte en un país semicolonial dominado por el imperialismo extranjero». Parte de la explicación residía en el descubrimiento por parte de Rivera de la enorme riqueza intelectual del México indígena.

En su mural Historia de la medicina en México: la demanda del pueblo por una mejor salud en el Hospital de la Raza en la Ciudad de México, la procesión de científicos incluye a personajes aztecas, mostrando que la suya era una civilización avanzada. Cuando describía el arte del mundo indígena, Rivera elogiaba su profundidad espiritual. De hecho, la forma mural en sí misma estaba altamente desarrollada en el mundo prehispánico (por ejemplo, en la Pirámide de la Luna en Teotihuacán) y en la cultura popular de México (considérense los murales en las pulquerías del país).

Rivera era irreprimiblemente enérgico e inspirado en su aplicación de algunos de los métodos de vanguardia que había encontrado en Europa. Podía pintar caricaturas feroces como las de Noche de los ricos y retratos intensamente emocionales como Entrada a la mina, donde vemos al minero a punto de entrar en el reino subterráneo cuya entrada bosteza como una boca a punto de tragárselo. Hay aquí una referencia religiosa, pero el propio Rivera era materialista y ateo, y las metáforas evocan la religión popular más que cualquier ortodoxia católica.

Rivera fue un individuo enormemente creativo, consagrado a una causa colectiva que ganó profundidad y poder imaginativo a través de sus brillantes murales. Para tomar solo un ejemplo, La Maestra Rural muestra a una joven maestra en una aldea, durante la campaña nacional de alfabetización, instruyendo a un círculo de estudiantes que tienen la forma y las figuras del arte prehispánico. Un guardia a caballo vigila posibles ataques de campesinos locales incitados por el sacerdote del lugar (algo que ocurría con frecuencia en ese momento).


Octavio Paz señaló en una ocasión: «La Revolución nos reveló a México. O mejor, nos dio ojos para verlo». Diego Rivera, en su inmensa obra, fue central para esa nueva visión.

quinta-feira, 12 de março de 2026

Cuba: a agressão e os riscos de omitir-se

Roberto Amaral
Outras Palavras

Trump impõe garrote vil a Havana. Após mais de 60 anos de bloqueio, objetivo agora é impor a fome, para forçar país a por-se de joelhos. O Brasil fará algo? História mostra: silêncio e concessões a potências agressoras não evitam tragédias

Em 1938, regressando de Munique, onde fora negociar com Adolf Hitler, o primeiro-ministro Neville Chamberlain declara ao Parlamento britânico haver conquistado o que denominava como “a paz para o nosso tempo”. Enganado ou não, enganava os ingleses e despistava o mundo, em especial o mundo europeu, mal saído da Primeira Guerra Mundial e já se vendo ameaçado por um novo conflito para o qual não estava preparado, como se veria logo depois.

Eram tempos de medo, dominados pela retórica do pacifismo para enfrentar as ameaças do rearmamento alemão comandado pela ascensão do nazifascismo. Ao entregar os Sudetos (parte da então Tchecoslováquia) à Alemanha como compensação pela promessa de Berlim de não reivindicar mais territórios (mote da doutrina do “espaço vital”, que tudo justificava), a monarquia decadente aplainava os avanços das tropas de Hitler: o “acordo de paz” é firmado em 1938 e, já em 1939, a Polônia era invadida. Avança a guerra que a Inglaterra, não podendo enfrentar, tentava não ver, simplesmente ignorando a agressão que vinha a galope.

É história contada. Aquele não era, porém, o primeiro recuo, nem seria o último registro nos conflitos do século passado e nos conflitos de nossos dias, ensinando que nem sempre a estratégia do passo atrás, anunciando outro passo atrás, é a melhor arte da guerra dos que se veem ameaçados por agressores mais poderosos. O agressor sempre avança onde há menor custo. Como ensinavam os argonautas, “navegar é preciso”.

Quando se entrega tudo, ou quase tudo, chega-se a um ponto em que não há nada mais a entregar, nem mais ninguém para resistir, como lembra Bertolt Brecht: “Primeiro levaram os comunistas… Depois os social-democratas… Depois vieram me levar, e não havia mais ninguém para protestar”. O silêncio da comunidade internacional em face da política dos EUA não é neutro. A indiferença ante a dor de suas vítimas, países e povos é escolha.

Em 1936, a “Frente Popular”, liderada por Léon Blum, com forte apoio socialista e comunista, aderiu à política de “não intervenção”, fechando oficialmente a fronteira com a Espanha, temerosa da desestabilização interna que via em seus calcanhares, a tiracolo da Segunda Guerra Mundial. Essa foi sua contribuição para a vitória do franquismo. Caso isolado foi a intervenção cautelosa, mas real, da URSS, ao lado dos republicanos.

Na mesma linha de omissão, os EUA — nada obstante nutrirem simpatias com o governo republicano (ou ainda enxergarem as implicações do enclave fascista na Europa ibérica às vésperas da grande guerra já anunciada) — enclausuram-se na política isolacionista que vinha da Primeira Guerra Mundial. Era o receio de reações internas, especialmente congressuais.

Guernica não é obra exclusiva dos bombardeios alemães, assim como o genocídio palestino — ainda em curso — não é, tão só, o fruto do crime continuado perpetrado pelo sionismo israelo-estadunidense, tanto quanto os tantos crimes que se cometem contra o povo cubano, desde a revolução de 1959, não se podem contar apenas como engenho e paranoia do imperialismo norte-americano.

O que a humanidade — nossos povos, nossos governos, nossos partidos, cada um de nós — está fazendo para defender suas vítimas? Todas as ditas democracias, todos os governos ditos de esquerda e centro-esquerda, todas as nossas organizações têm que assumir sua cota-parte de responsabilidade. Não há inocentes nesta guerra.

Retornemos a Munique, como recomendado por Gabriel Cohn. Começava, em 1939, após o fracasso do “acordo” e a invasão da Polônia, a Segunda Guerra Mundial — que seria vencida, como se sabe, ao preço que se sabe. Seguem-se, ao seu fim formal (1945), a Guerra Fria e a vitória do capitalismo, anunciada com a queda do Muro de Berlim e o melancólico suicídio do projeto socialista, com a autodissolução da URSS gorbatchoviana, em 1991.

A polaridade Leste-Oeste, presente o fantasma do Armagedom nuclear, foi conduzida pelo que se chamou, primeiro, de “convivência pacífica” e, ao final, de “entente”, um xadrez de pesos e contrapesos entre as potências e seus projetos de domínio, que compreendiam a cartografia mais ou menos respeitada de suas respectivas áreas de influência e controle. Mesmo mantendo a tensão e as disputas geopolíticas e estratégicas, os dois blocos, ao tempo em que conservavam a acordada monitoria sobre o mundo, afastavam os riscos dos impasses diretos.

São os muitos anos dos “conflitos por procuração”, a marca mais significativa da Guerra Fria, quando a violência — política, militar e ideológica — se desloca para a periferia, nomeadamente para a Ásia (e nada mais significativo do que a invasão do Vietnã pelos EUA), a África e o Oriente Médio. A América Latina, nela incluído o Caribe, conservava o destino de “quintal”, o fardo que sobre nós pesa desde os amargos tempos da Doutrina Monroe, agora reclamados por Peter Hegseth, secretário de Guerra (já não mais Defesa) dos EUA.

Com o colapso da URSS, o imperialismo, guerreiro sem adversário, livre de freio sistêmico, assume as rédeas do mundo desregulado. A diplomacia cede ao tacape. Regressamos, em termos planetários, ao regime do big stick.

Desde logo, os EUA — nada do que estamos a assistir sob a fase trumpista pode ser considerado fato novo — confrangem a ordem estatuída em regras de direito internacional, levam à falência fática as organizações fundadas no pós-guerra com o frustrado objetivo de manter a paz e a segurança internacionais, caso exemplar da ONU. Retiram-se ou esvaziam-se agências multilaterais, como a UNESCO e a OMS, fragilizando mecanismos de cooperação internacional construídos ao longo de décadas.

A polaridade cede vez à hegemonia econômica, militar, política e ideológica do imperialismo norte-americano, o regime de hoje, belicoso, agressivo, sem limites para seu expansionismo, tanto inquestionado quanto facilitado pelo vazio da resistência.

Na paranoia do regime, ensandecido e mais perigoso quanto mais decadente, o “après moi le déluge” de Luís XV, ou, mais precisamente, a “Grande Alemanha” (Grossdeutschland) nazista, fundem-se no Make America Great Again (MAGA), o nexo entre o trumpismo (a contrapartida do fracasso do ensaio social-democrata) e o “destino manifesto” dos fundadores do “A América para os americanos”. Formulação que, hoje, mais do que nunca, deve ser vista em sua acepção mais ampliada possível: o espaço no qual Washington divise, imagine ou desconfie da sombra de uma ínfima partícula de interesse ou ameaça à sua integridade, na estrita lógica do diálogo do cordeiro com o lobo, consagrado na fábula de La Fontaine.

À ausência de freios de qualquer ordem — freios morais, diplomáticos, geopolíticos, estratégicos, como aqueles que, no curso da polaridade e da Guerra Fria, condicionavam o belicismo das potências — os EUA, autoinstituídos xerifes do mundo, implantam a lei do “Velho Oeste”. Todos os seus reais, supostos ou inventados adversários são peles-vermelhas em tocaia contra o branco cristão e civilizador, selvagens sem cura e sem salvação, criminosos irrecuperáveis, que precisam ser eliminados.

A Europa, nau sem rumo, navegando ao sabor dos acontecimentos nos quais não consegue intervir, carente de futuro, cuida de seu esvaziamento e da ameaça de balcanização. As potências nucleares com pretensões hegemônicas para amanhã cuidam de suas demandas. A Rússia, ameaçada pela OTAN e pelo cerco econômico-político dos EUA — que inclui o bloqueio de reservas em dólar, restrições comerciais e limitações às exportações de petróleo — tenta salvar-se de uma guerra de desgaste que, projetada para cumprir-se em poucos meses, entra em seu quarto ano. Pode ser seu Vietnã, ou seu novo Afeganistão. A China trabalha com o tempo há mais de quatro mil anos. Enquanto faz negócios mundo afora, pode esperar pelo fim do ciclo hegemônico dos EUA. É a nova “convivência pacífica”.

A série de crimes em desenvolvimento pelos EUA é extensa e está muito longe de concluir seu repertório. Fixemo-nos na América Latina, e o primeiro registro é o da invasão da Venezuela, transformada em protetorado sob a regência da Casa Branca, depois de ter seu presidente (não vem ao caso que seja) sequestrado e transferido para uma prisão em NY. Antes, durante e depois, seu bloqueio aéreo e naval e, ao fim e ao cabo, o sequestro de suas reservas de petróleo.

Mas o que mais me toca é o garrote vil, extraordinariamente covarde, que ameaça matar de fome e doenças o povo cubano. Sim: o objetivo, hoje, não é mais destruir a resistência do regime tentativamente socialista, mas eliminar sua gente. A pequena Cuba, desde 1959, padece sob isolamento político e bloqueio econômico, invasões e sabotagens. Trata-se de estrangular a economia como forma de disciplinar um governo eleito como adversário, ainda que o custo recaia sobre a população.

Nós, brasileiros, supondo-nos grandes e poderosos, na ilusão da incolumidade, não identificamos como ameaça o isolamento para o qual caminhamos na América do Sul, nem consideramos como precedente perigoso a invasão da Venezuela. Lembrando, uma vez mais, Bertolt Brecht: nosso país não é socialista e nosso presidente não é acusado de traficante. Nada a temer.

quarta-feira, 18 de fevereiro de 2026

La página de información alternativa Rebelión celebra sus 30 años con un libro colectivo

Editorial
Rebelión

Pionero de la información alternativa en Internet, el diario digital Rebelión celebrará su 30 aniversario con un libro donde se reúnen 30 textos de personas que durante todos esos años han estado vinculadas de un modo u otro a la publicación.

30 años de Rebelión. Información alternativa y emancipadora, publicado por la editorial Dyskolo, cuenta con la participación de personas que pusieron en marcha el proyecto (Pascual Serrano y Toño Hernández); integraron en su momento el consejo editorial (Yayo Herrero, Santiago Alba Rico o Belén Gopegui), colaboran desde hace años con el diario (Aram Aharonian, Olga Rodríguez, Isabel Rauber o Alberto Acosta); o continúan ejerciendo funciones de redacción y edición (Silvia Arana, Miguel Arróniz o Alfredo Iglesias), entre otros.

Las 30 voces rebeldes pertenecen a escritores, profesoras, activistas, filósofos, periodistas, historiadores o sociólogos de América Latina, Europa y África, que buscan contextualizar la historia de un medio de información y sus particularidades: una organización horizontal, alejada de cualquier compromiso monetario o comercial, y con una reseñable amplitud y diversidad en su perspectiva editorial.

Prologado por José Daniel Fierro, el libro recuerda cómo surgió la iniciativa, y los desafíos que debieron superar sus promotores, así como el modo en que a lo largo de los años se ha logrado mantener sin grandes cambios los principios que lo hicieron posible. En una segunda parte se aborda el papel de Rebelión entre los medios de comunicación alternativa y la evolución de estos a lo largo de las últimas tres décadas. Y por último se analiza la conexión del periódico con organizaciones y movimientos populares a lo largo de los años, y los cambios experimentados en el panorama global.

Rebelion.org es una de las piezas fundamentales en la lucha contemporánea por la emancipación del pensamiento. No es un simple portal, es una institución de la conciencia crítica, un taller permanente de análisis, un archivo vivo de resistencia, un faro que ilumina las zonas que el capitalismo quiere mantener en sombra. Fernando Buen Abad Domínguez

Rebelión pone en diálogo a intelectuales, activistas y organizaciones populares, rompe el aislamiento, ofrece contexto histórico y político allí donde los grandes medios sólo caricaturizan. Patricia Rivas

Rebelión es el hogar de nosotras y nosotros, y es la red que nos conecta. No solamente porque acoge el testimonio por los agravios sufridos, sino porque es también un espacio donde se entretejen la solidaridad y la resistencia, desde donde es posible imaginar un mundo mejor. Silvia Arana

Ahí siguen otras compañeras remando a contracorriente en un proyecto que sigue siendo igual de importante que ayer, y que hoy se enfrenta a dos monstruos: el algoritmo de las redes sociales y la mal llamada inteligencia artificial. Luis Martín-Cabrera

quinta-feira, 5 de fevereiro de 2026

El humor es para Trump el arma del terror

Rubén Amón
Ethic

La «broma» de convertir Venezuela en un nuevo estado estadounidense describe la estrategia ambigua con que el presidente anticipa sus planes expansionistas y sus iniciativas políticas más serias.

Tiene razón la colega Marta García Aller cuando enfatiza la astucia con que Donald Trump convierte el humor en un instrumento político de intimidación y de prospección. Se trata de soltar una boutade, de explosionar un artefacto descacharrante para luego convertirlo en un objetivo. Sucede cuando regala a los invitados de la Casa Blanca los banderines electorales de Trump 2028. Y ha ocurrido ahora, con motivo del primer mes que «celebra» el secuestro de Maduro. Ha dicho Trump «bromeando» que Venezuela va a convertirse en el estado número 53 de Estados Unidos, pero lo más interesante del chascarrillo consiste en que en el mismo enunciado certifica las aspiraciones de incluir a Canadá (51) y Groenlandia (52).

O sea, que la broma ya no radica en prolongar, jijí-jajá, el expansionismo al Caribe, sino en haber consolidado la anexión de las fronteras septentrionales. Ya no es un chiste que Canadá y Groenlandia se hayan incorporado a la bandera. Tampoco será un chiste dentro de poco la «invasión» de Venezuela. Ni lo será que el presidente americano cambie las reglas del juego –ya veremos cómo – para repetir su candidatura en 2028 pese a los impedimentos.

Desde el primer momento en que Trump irrumpió en la política convirtió el humor en arma ofensiva. Y lo hizo con una precisión y una audacia que ha descolocado a sus adversarios y ha redefinido lo que hoy entendemos por humor político. Cuando Trump pronuncia un chiste, está activando un mecanismo donde la risa, la sorpresa y la provocación empiezan a funcionar como vectores de influencia. Se libera una frase aparentemente absurda para capturar atención y luego, cuando la atención está encapsulada, la frase empieza a actuar como si fuese un pronunciamiento político legítimo, un plan o una aspiración realista.

Del humor al terror

Se ha canonizado la estrategia como el dark play, un juego oscuro que desdibuja la frontera de la ambigüedad. La idea radica en decir algo tan desmesurado que, si provoca rechazo, siempre pueda refugiarse en el «era una broma», pero que, si prende, quede ya inoculado en el imaginario colectivo. El humor como ensayo de realidad, como camino de exploración.

Trump no inventa el chiste político. Lo que hace es cambiar su función. Antes, el humor servía para pinchar al poder desde fuera. Ahora lo ejerce el poder desde dentro. Por eso su humor no busca consenso sino fricción. Cuando Trump lanza una ocurrencia no espera aplausos universales. Espera titulares, memes, tertulias escandalizadas, desmentidos solemnes. Todo eso forma parte del proceso. Cada respuesta literal a un chiste es una victoria. Cada editorial indignado confirma que el marco lo ha puesto él.

En ese mismo, el humor de Trump funciona a la vez como escudo y espada. Escudo, porque le permite esquivar la responsabilidad directa: «solo estaba bromeando». Espada, porque deja al adversario atrapado en una disyuntiva imposible: o se ríe (y normaliza la idea) o se indigna (y la amplifica). El chiste es una trampa retórica. Y casi siempre se cierra del mismo lado. Trump no compite en el terreno de la argumentación, sino en el de la «memorabilidad». No quiere convencer con razones, sino instalar marcos mentales. Y el humor es el atajo perfecto. De ahí que su humor sea deliberadamente poco sofisticado, poco elegante, incluso grosero. No busca la risa culta ni la ironía fina. Busca el reconocimiento inmediato. El «esto lo diría cualquiera». El humor de barra, de plató, de estadio. No el humor que observa desde arriba, sino el que se ríe con alguien y de otros al mismo tiempo. Humor tribal. Humor identitario.

Cuando bromea con la anexión de territorios, no está proponiendo una política exterior concreta. Está haciendo algo tan eficaz como desensibilizar. Está entrenando al público para aceptar como discutible lo que antes resultaba impensable. Hoy es un chiste. Mañana es una exageración. Pasado mañana, una hipótesis. Y al final, una propuesta que ya no suena tan extravagante porque lleva tiempo circulando en forma de risa. Eso explica también el error persistente de muchos medios: tomar el humor de Trump como un defecto, como una falta de seriedad, como un síntoma de incompetencia. En realidad, es una ventaja estratégica. El humor atrae, moviliza, cohesiona y protege. Y, sobre todo, desarma al adversario que sigue esperando solemnidad donde solo hay provocación calculada.

Trump no quiere parecer presidencial. Quiere parecer auténtico. Y la autenticidad, hoy, cotiza más que la coherencia. El chiste mal dicho, la exageración burda, el sarcasmo evidente refuerzan la sensación de que no hay filtro, de que habla como habla la gente. Aunque esa naturalidad esté milimétricamente diseñada. Por eso el humor trumpiano no es un exceso. Es el centro. No acompaña a la política: la sustituye. La política ya no se articula en programas, sino en gestos, en frases virales, sino en bromas que funcionan como contratos emocionales con su electorado.

La «riviera de Gaza», por ejemplo, nació como una provocación grotesca, casi como un chiste inmobiliario de sobremesa (la Franja convertida en destino turístico, el horror reciclado en resort) y, sin embargo, ese sarcasmo encapsulaba una idea muy concreta: la deshumanización del territorio y la naturalización de su reordenación desde fuera. Lo que parecía una boutade revelaba una lógica. Si Gaza puede imaginarse como solar, entonces también puede pensarse como proyecto. Si puede decirse en broma, puede empezar a discutirse en serio.

Ahí está la clave. El humor no es un adorno del trumpismo. Es su gramática. Y quien siga analizándolo como simple chascarrillo seguirá llegando tarde. Porque, cuando el chiste ya ha hecho su trabajo, la realidad suele venir detrás. Y viceversa. El ejemplo más inquietante, más feroz, se encuentra en la campaña de su primera victoria (2016), cuando dijo que podría disparar a la gente en la Quinta Avenida y no sucedería nada. La boutade era una premonición de los escuadrones de la muerte que ahora patrullan en los estados demócratas para cazar humanos.

terça-feira, 3 de fevereiro de 2026

Las tres caras de la esperanza y el poder que nos desborda

Antonio Elizalde Hevia
Socialismo y Democracia

Hablamos de esperanza como quien habla del horizonte: algo que intuimos, que nos atrae, pero cuya esencia se nos escapa porque siempre está más allá. Sin embargo, hay una certeza en su naturaleza: la esperanza, cuando es auténtica, no sabe de parcelas. Es, por definición, una fuerza expansiva que quiere abarcarlo todo. Joaquín García Roca lo dice con una claridad que duele: pretende alcanzar "a la naturaleza y a la historia, a los integrados y a los excluidos, a los vencedores y a los vencidos". Es una promesa de plenitud que, si deja a alguien fuera, se traiciona a sí misma.

Esta promesa universal, sin embargo, no se ha perseguido siempre del mismo modo. La humanidad ha ensayado, al menos, tres caminos fundamentales para creer en ella.

El primero es el camino del telos, de la finalidad intrínseca. Es la confianza en que el mundo, por su propia constitución, camina hacia un punto de madurez y armonía. Como la semilla que lleva en sí el árbol, la historia llevaría un destino bueno inscrito en su código. Hegel lo elevó a sistema: el Espíritu del mundo desplegándose, superando contradicciones, avanzando inevitablemente hacia la libertad. La ciencia moderna, en el fondo, heredó esta fe. La llamó "progreso" y cambió la providencia divina por el dominio racional de la naturaleza. Pero este relato tiene una sombra alargada: en su marcha triunfal hacia el futuro, demasiadas veces pisa, sin verlos, a los que se quedan atrás. Su universalidad se construye, paradójicamente, sobre exclusiones concretas.

Frente a esta marcha que aplasta, surge una segunda vía: la esperanza apocalíptica. Esta no cree en el progreso del mundo presente; al contrario, lo denuncia como un orden esencialmente corrupto y lo declara condenado. Su promesa no es la culminación de la historia, sino su fin y su reinicio radical. Aquí, la garantía de universalidad se da precisamente a los perdedores de ese orden. Es el consuelo último de los perseguidos, la certeza de que la justicia, aunque no llegue hoy, es ineludible. La esperanza ya no está en el curso de las cosas, sino en una intervención que lo revierta todo, poniendo a los últimos en primer lugar.

Existe un tercer camino, más sutil y quizás más exigente: el profetismo. No anuncia un fin catastrófico ni confía ciegamente en el progreso. Su gesto fundacional es ponerse del lado de la víctima. Y es precisamente desde esa posición aparentemente parcial, desde esa toma de partido por los excluidos, donde encuentra su credencial universal. Porque al defender al que no tiene defensa, al denunciar la injusticia concreta, está defendiendo un principio que vale para todos: la dignidad inviolable. Como señala García Roca, "desde la parcialidad a favor de los desesperanzados podemos rehacer la esperanza". Es una paradoja luminosa: la puerta de entrada a lo universal está en el rincón más olvidado.

Esta reflexión sobre la esperanza se enreda inevitablemente con otra paradoja mayor, la de nuestra propia existencia. Vivimos en un universo que parece un milagro estadístico. Su existencia, el ajuste fino de sus constantes para que la vida fuera posible, es de una improbabilidad abrumadora. Y la aparición de la conciencia, de esta chispa que reflexiona sobre su propia improbabilidad, es un azar sobre otro azar.

Sin embargo, esa conciencia azarosa está enferma de sentido. No soporta el caos. Su primer impulso es buscar un orden, un patrón, una narrativa que lo explique todo. La ciencia es la forma más depurada de esta búsqueda: el intento de descifrar las leyes que subyacen al aparente desorden del cosmos.

Pero en nuestro tiempo, algo crucial ha cambiado. La ciencia ha mutado en tecno-ciencia. Ya no nos contentamos con descubrir el orden del mundo. Queremos asignárselo. Diseñarlo. La paciencia ante los ritmos lentos de la evolución y la ecología se nos agota. Buscamos acelerar, replicar en laboratorio, alterar la esencia misma de los fenómenos. El salto simbólico está en el paso de la genética (la ciencia que estudia las leyes naturales de la herencia) a la Genética (con mayúscula, la ingeniería que reescribe ese código). Ya no nos sometemos al orden primigenio; pretendemos ser sus autores.

Este impulso prometeico de "ser como dioses" recorre nuestra historia. Está en el mito de Prometeo robando el fuego, en la serpiente del Edén ofreciendo el fruto del conocimiento, en la "muerte de Dios" de Nietzsche que nos deja como únicos árbitros del valor. Es la voluntad humana desatada, el yo puedo convertido en imperativo absoluto.

Y aquí es donde la advertencia del Papa Francisco en Laudato si’ resuena como un gong: "cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando como legítima cualquier práctica". Un poder sin brújula ética es un poder ciego. La pregunta "¿podemos hacerlo?" ahoga a las preguntas esenciales: "¿deberíamos hacerlo?" y, sobre todo, "¿para el bien de quién?". La tecnociencia, separada de la ética, no conoce autolimitación. Y en su marcha, redefine qué es la vida, la salud, la normalidad, concentrando ese poder de definición en muy pocas manos y amplificando, a menudo, las desigualdades ya existentes.

Frente a este panorama de poder desbocado y esperanza fracturada, es tentador el cinismo. Pero quizás la respuesta no esté en el centro, en los lugares donde se diseña ese futuro tecnológico, sino en los márgenes que ese futuro suele olvidar.

García Roca apunta hacia allí: "En la esperanza de los últimos, se empieza a recuperar la tierra como hogar". Para las comunidades excluidas, despojadas, confinadas a los territorios más degradados, la tierra no es un "recurso" abstracto. Es el suelo bajo los pies, el agua que se bebe, el aire que se respira. Es, literalmente, el hogar sin el cual no hay futuro. Su lucha ecológica no es un lujo ideológico; es una cuestión de supervivencia inmediata. En esa lucha se forja una alianza poderosa: la de los perdedores del sistema, unidos por una solidaridad concreta con las víctimas del "progreso".

Desde ahí, desde esa posición de fragilidad y resistencia, se vislumbra la paradoja más fecunda: "Si hay que esperar en tiempos en los que se ha hecho difícil la esperanza, es en y desde los empobrecidos y excluidos, que se puede recuperar la universalidad de la esperanza". ¿Por qué? Porque su esperanza nunca se construyó sobre el mito del dominio técnico infinito o del consumo sin límites. Su esperanza, templada en la adversidad, es más resiliente. Sabe de dependencias, conoce los límites, está atada al cuerpo concreto y al territorio vivo. Es una esperanza encarnada. Y desde esa encarnación, desde esa parcialidad consciente por los dañados, es posible vislumbrar una universalidad más verdadera y más humilde.

Frente a la tecnociencia sin ética, Francisco no propuso un rechazo romántico, sino un diálogo triple y urgente:

1. Diálogo interreligioso: Para movilizar las vastas reservas de sabiduría espiritual sobre el límite, la dignidad de lo creado y la justicia, orientándolas al cuidado común.

2. Diálogo entre las ciencias: Para romper el aislamiento de los especialismos y poder abordar problemas complejos (como el cambio climático) que exigen miradas integradas.

3. Diálogo entre los movimientos sociales: Para superar luchas ideológicas fragmentarias y encontrar causas comunes.

Este diálogo, nos recuerda, requiere paciencia, ascesis (disciplina, renuncia) y generosidad. Y debe guiarse por un principio fundamental: "la realidad es superior a la idea". Ningún modelo teórico, por elegante que sea, puede sustituir la atención humilde y persistente a lo concreto: al grito de la tierra y al grito de los pobres, que son, en el fondo, un solo grito.

Al final, nos quedamos con esta imagen paradójica y poderosa. En la era del poder tecnológico sin precedentes, la esperanza universal más genuina no brota de los centros de mando, sino de las periferias de dolor y resistencia. Es una esperanza crítico-utópica:

Encarnada, atada a territorios y cuerpos.

Dialógica, que busca el encuentro entre saberes.

Consciente de los límites, tanto ecológicos como éticos.

Parcial hacia las víctimas, entendiendo que la justicia universal empieza por ahí.

Resiliente, forjada en la lucha por la supervivencia digna.

Esta esperanza no es ingenua. Sabe del poder de la tecnociencia y de sus riesgos. No es un simple optimismo. Es, más bien, la decisión tenaz de rehacer la confianza en el futuro desde el único lugar donde esa confianza no puede ser una ilusión barata: desde el lado de quienes más tienen que perder, y que, aun así, insisten en cuidar el hogar común. Es ahí, en los márgenes, donde la vida, contra toda esperanza, se renueva. Y es quizás desde ahí, paradójicamente, de donde tendrá que venir la luz que nos guíe a todos.