quarta-feira, 1 de abril de 2026

Israel se asegura de que Trump no encuentre una salida en Irán

Jonathan Cook
Middle East Eye

El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu debió de haber convencido a Donald Trump de que una guerra contra Irán se desarrollaría de forma muy similar al ataque mediante el buscapersonas en el Líbano de hace 18 meses. Los dos ejércitos decapitarían conjuntamente a la cúpula dirigente de Teherán, y esta se derrumbaría tal como lo había hecho Hizbolá —o eso parecía entonces— tras el asesinato por parte de Israel de Hasan Nasraláh, líder espiritual y estratega militar del grupo libanés.

De ser así, Trump se creyó completamente esta estratagema. Asumió que sería el presidente de Estados Unidos encargado de “rehacer Oriente Medio”, una misión que sus predecesores habían rechazado desde el rotundo fracaso de George W. Bush cuando intentó alcanzar el mismo objetivo, junto con Israel, más de 20 años antes.

Netanyahu dirigió la mirada de Trump hacia la supuesta “hazaña audaz” de Israel en el Líbano. El presidente estadounidense debería haber mirado hacia otro lado: al colosal fracaso moral y estratégico de Israel en Gaza. Allí, Israel se ha pasado más de dos años arrasando el pequeño enclave costero, sometiendo a la población al hambre y destruyendo toda la infraestructura civil, incluyendo escuelas y hospitales.

Netanyahu declaró públicamente que Israel estaba “erradicando a Hamás”, el gobierno civil de Gaza y su movimiento de resistencia armada, que durante dos décadas se había negado a someterse a la ocupación y el bloqueo ilegales del territorio por parte de Israel. En realidad, como prácticamente todos los expertos en derecho y en derechos humanos concluyeron hace tiempo, lo que Israel estaba haciendo era cometer un genocidio y, al hacerlo, quebrantar las reglas de la guerra que habían regido el período posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Pero dos años y medio después de la destrucción de Gaza por parte de Israel, Hamás no sólo sigue en pie, sino que controla las ruinas. Si bien Israel puede haber reducido en un 60% el tamaño del campo de concentración donde se encuentra confinada la población de Gaza, Hamás está lejos de ser derrotado. Más bien, es Israel quien se ha retirado a una zona segura, desde donde está reanudando una guerra de desgaste contra los supervivientes de Gaza.


Sorpresas por el horizonte

Al considerar la posibilidad de lanzar una guerra ilegal contra Irán, Trump debería haber tenido en cuenta el rotundo fracaso de Israel para destruir a Hamás tras bombardear este pequeño territorio —del tamaño de la ciudad estadounidense de Detroit— desde el aire durante dos años. Ese fracaso fue aún más evidente dado que Washington había proporcionado a Israel un suministro ilimitado de municiones. Ni siquiera el envío de fuerzas terrestres israelíes logró sofocar la resistencia de Hamás. Estas eran las lecciones estratégicas que la administración Trump debería haber aprendido.

Si Israel no pudo someter militarmente a Gaza, ¿por qué iba a pensar Washington que la tarea en Irán sería más fácil? Después de todo, Irán es 4.500 veces más grande que Gaza. Tiene una población y un ejército 40 veces mayores. Y posee un temible arsenal de misiles, no los cohetes caseros de Hamás. Pero, aún más importante, como Trump parece estar aprendiendo ahora a su costa, Irán —a diferencia de Hamás en la aislada Gaza— tiene palancas estratégicas que accionar con consecuencias de gran alcance.

Teherán está igualando la escalada de Washington paso a paso: desde atacar la infraestructura militar estadounidense en los Estados vecinos del Golfo y la infraestructura civil crítica, como las redes eléctricas y las plantas desalinizadoras, hasta cerrar el estrecho de Ormuz, la vía por donde se transporta gran parte del petróleo y los suministros energéticos del mundo. Teherán sanciona ahora al mundo, privándolo del combustible necesario para el funcionamiento de la economía global, de forma muy similar a como Occidente sancionó a Irán durante décadas, privándolo de los elementos esenciales para sostener su economía interna.

A diferencia de Hamás, que tuvo que luchar desde una red de túneles bajo las llanuras arenosas de Gaza, Irán cuenta con un terreno que le otorga una enorme ventaja militar. Los acantilados de granito y las estrechas calas a lo largo del estrecho de Ormuz ofrecen un sinfín de lugares protegidos desde donde lanzar ataques sorpresa. Las vastas cordilleras del interior brindan innumerables escondites: para el uranio enriquecido que Estados Unidos e Israel exigen que Irán les entregue, para los soldados, para plataformas de lanzamiento de drones y misiles y para fábricas de armamento.

Estados Unidos e Israel están destruyendo la infraestructura militar visible de Irán, pero, tal como descubrió Israel al invadir Gaza, prácticamente desconocen lo que se esconde tras ella. Sin embargo, pueden estar seguros de una cosa: Irán, que lleva décadas preparándose para esta lucha, tiene muchas sorpresas reservadas si se atreven a invadir.

Sin confianza en Trump

El principal problema para Trump, el narcisista presidente de Estados Unidos, es que ya no controla los acontecimientos, más allá de una serie de declaraciones escuetas, alternando entre la agresión y la conciliación, que parecen haber enriquecido únicamente a su familia y amigos, mientras los mercados petroleros suben y bajan con cada una de sus palabras. Trump perdió el control de la contienda militar en el momento en que cayó en la trampa de Netanyahu.

Puede que sea el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, pero ahora se ha visto envuelvo, de forma inesperada, en una situación muy delicada. Carece en gran medida de poder para poner fin a una guerra ilegal que él mismo inició. Ahora son otros quienes dictan los acontecimientos. Israel, su principal aliado en la guerra, e Irán, su enemigo oficial, tienen todas las cartas importantes en la mano. Trump, a pesar de su bravuconería, se deja arrastrar por su estela. Puede declarar la victoria, como ha dado a entender en repetidas ocasiones. Pero, una vez desatada la guerra, poco puede hacer para poner fin a los combates.

A diferencia de Estados Unidos, Israel e Irán tienen interés en que la guerra continúe mientras puedan soportar el sufrimiento. Cada régimen cree —por diferentes razones— que la lucha entre ellos es existencial. Israel, con su visión del mundo de suma cero, teme que, si Irán igualara su poderío militar en Oriente Medio con su capacidad nuclear, Tel Aviv ya no contaría con la exclusiva influencia de Washington. Ya no podría sembrar el terror en la región a su antojo. Y tendría que llegar a un acuerdo con los palestinos, en lugar de su plan preferido de perpetrar genocidio y limpieza étnica.

De igual modo, Irán ha llegado a la conclusión —basándose en la experiencia reciente— de que no se puede confiar en Estados Unidos, y especialmente en Trump, más que en Israel. En 2018, durante su primer mandato, el presidente estadounidense rompió el acuerdo nuclear firmado por su predecesor, Barack Obama. El verano pasado, Trump lanzó ataques contra Irán en medio de las negociaciones. Y, a finales del mes pasado, Trump desató esta guerra, justo cuando las conversaciones reanudadas estaban a punto de tener éxito, según los mediadores. Las palabras de Trump no valen nada. Podría llegar a un acuerdo mañana, pero ¿cómo podría Teherán estar seguro de no sufrir otra ronda de ataques seis meses después?

Irán se fija en el destino de Gaza durante las últimas dos décadas. Israel comenzó bloqueando el territorio y sometiendo a la población a una dieta que se intensificaba si se negaban a quedarse quietos en su campo de concentración. Luego, Israel comenzó a “segar el césped” cada pocos años, es decir, a bombardear el enclave con ataques aéreos. Y terminó perpetrando un genocidio. Los líderes iraníes no están dispuestos a arriesgarse a seguir ese camino. En cambio, creen que deben darle a Estados Unidos una lección que no olvidará fácilmente. Irán busca causar tal devastación en la economía global y en los Estados aliados de Estados Unidos en el Golfo, que Washington no se atreva a plantearse una segunda ronda.

Esta semana, el New York Times informó que los ataques iraníes habían dejado muchas de las 13 bases militares estadounidenses en la región prácticamente inhabitables. Los 40.000 soldados estadounidenses en el Golfo han tenido que ser reubicados en hoteles y oficinas, incluyendo miles que han sido dispersados ​​incluso en lugares lejanos de Europa.


Avivando las llamas

Como se hace más evidente cada día, los intereses de Estados Unidos e Israel con respecto a Irán son ahora opuestos. Trump necesita restablecer la calma en los mercados cuanto antes para evitar una depresión global y, con ella, el colapso de su apoyo interno. Debe encontrar la manera de restablecer la estabilidad. Dado que los ataques aéreos no han logrado desalojar ni a los ayatolás ni a la Guardia Revolucionaria, sólo le quedan dos opciones: ceder y entablar negociaciones humillantes con Irán, o intentar derrocar al régimen mediante una invasión terrestre e imponer un líder de su elección. Pero dado que Irán aún no ha terminado de causar daño a Estados Unidos y no tiene motivo alguno para confiar en la buena fe de Trump, Washington se ve inexorablemente empujado hacia la segunda opción.

Israel, por su parte, se opone rotundamente a la primera opción, las negociaciones, que lo llevarían de vuelta al punto de partida. Y sospecha que la segunda opción es inviable. La principal lección de Gaza es que el vasto territorio iraní probablemente convierta a las tropas invasoras en blancos fáciles para un ataque de un enemigo invisible. Y existe el suficiente apoyo al liderazgo iraní —aunque los occidentales nunca se quieran enterar de ello— como para que Israel y Estados Unidos impongan a la población al pretendiente al trono, Reza Pahlavi, quien ha estado celebrando desde la distancia el bombardeo de su propio pueblo.

Israel inició esta guerra con una agenda completamente distinta. Busca el caos en Irán, no la estabilidad. Eso es lo que ha intentado generar en Gaza y el Líbano, y todo indica que busca el mismo resultado en Irán. Esto es algo que debería haberse comprendido hace mucho tiempo en Washington. Esta semana, Jake Sullivan, exasesor de seguridad nacional de Joe Biden, citó recientes declaraciones de Danny Citrinowicz, un veterano exresponsable de inteligencia militar israelí especializado en Irán, quien afirmó que el objetivo de Netanyahu es “simplemente desintegrar Irán y provocar el caos”. ¿Por qué? “Porque”, explica Sullivan, “desde su perspectiva, un Irán desintegrado representa una menor amenaza para Israel”.

Esa es la razón por la que Israel sigue asesinando a líderes iraníes, como hizo anteriormente en Gaza, conocedor como es de que figuras aún más beligerantes ocuparán su lugar. Busca líderes radicalizados y vengativos que se nieguen a dialogar, no pragmáticos dispuestos a negociar. Por eso Israel ataca la infraestructura civil en Irán, como hizo en Gaza y está haciendo ahora mismo en el Líbano, para sembrar desesperanza y fomentar la división, y provocar que Teherán arremeta con represalias, lo que a su vez provocaría mayor indignación en los vecinos iraníes del Golfo y arrastraría a Estados Unidos aún más al conflicto. Por eso Israel ha estado colaborando secretamente con grupos minoritarios en Irán y sus alrededores —y sin duda armándolos—, como ha vuelto a hacer en Gaza y el Líbano, con la esperanza de avivar aún más las llamas de la desintegración interna. Los Estados en guerra civil, consumidos por sus propias luchas internas, representan poca amenaza para Israel.


Mensajes confusos

Como es habitual, Trump envía mensajes confusos. Busca negociar —aunque no está claro con quién— mientras acumula tropas para una invasión terrestre. Resulta difícil analizar las intenciones del presidente estadounidense porque sus declaraciones carecen por completo de sentido estratégico. El miércoles por la noche, declaró en un evento de recaudación de fondos en Washington que Irán deseaba fervientemente llegar a un acuerdo, y añadió: “Tienen miedo de decirlo porque creen que su propio pueblo los matará. También temen que los matemos nosotros”.

Esta no es la lógica de una superpotencia que busca consolidar su propia autoridad y restablecer el orden en la región. Es la lógica de un jefe mafioso acorralado, que espera que una última jugada desesperada pueda desbaratar los planes de sus rivales lo suficiente como para darle la vuelta a la situación. Es probable que esa jugada consista en enviar fuerzas especiales estadounidenses a ocupar la isla de Kharg, el principal centro de las exportaciones de petróleo iraní a través del estrecho de Ormuz. Trump parece creer que puede usar la isla como moneda de cambio, exigiendo a Teherán que reabra el estrecho o perderá el acceso a su propio petróleo.

Según diplomáticos consultados, Irán no sólo se niega a ceder el control del estrecho, sino que amenaza con bombardear masivamente la isla —y a las fuerzas estadounidenses allí presentes— antes que darle a Trump una ventaja. Teherán también advierte que comenzará a atacar el transporte marítimo en el Mar Rojo, una segunda vía marítima vital para el transporte de suministros de petróleo desde la región. Aún le quedan cartas por jugar.

Esto es como el juego de ver quién es el menos gallina que a Trump le costará ganar. Todo esto deja al liderazgo israelí en una posición ventajosa. Si Trump sube la apuesta, Irán hará lo mismo. Si Trump declara la victoria, Irán seguirá disparando para dejar claro que él decide cuándo se detiene el conflicto. Y en el improbable caso de que Estados Unidos haga grandes concesiones a Teherán, Israel tiene múltiples maneras de avivar de nuevo las llamas. De hecho, aunque apenas lo informan los medios occidentales, ya está alimentando activamente esas llamas. Está destruyendo el sur del Líbano, utilizando la devastación de Gaza como modelo, y preparándose para anexionarse territorios al sur del río Litani de acuerdo con su agenda imperial del Gran Israel. Sigue matando palestinos en Gaza, sigue reduciendo el tamaño de su campo de concentración y sigue bloqueando la ayuda, los alimentos y el combustible. Israel está intensificando sus pogromos con milicias de colonos contra aldeas palestinas en la Cisjordania ocupada, en preparación para la limpieza étnica de lo que alguna vez se consideró la columna vertebral de un Estado palestino.

Sullivan, asesor principal de Biden, señaló que la visión israelí de un “Irán fracturado” no redundaba en interés de Estados Unidos. Suponía el riesgo de una prolongada inseguridad en el estrecho de Ormuz, el colapso de la economía global y un éxodo masivo de refugiados de la región hacia Europa. Esto agravaría aún más la crisis económica europea, de la que ya se culpa a los inmigrantes. Reforzaría el sentimiento nativista que los partidos de extrema derecha ya están ganando terreno en las encuestas. Reforzaría la crisis de legitimidad que ya enfrentan las élites liberales europeas y justificaría el creciente autoritarismo.

En otras palabras, fomentaría en toda Europa un clima político aún más propicio para la agenda supremacista israelí, basada en la ley del más fuerte. La salida de Trump es difícil de lograr. E Israel hará todo lo posible para asegurarse de que siga siendo así.

sábado, 28 de março de 2026

Presentación del libro 30 años de Rebelión en la librería Librouro de Vigo

Consejo Editorial
Rebelión

La librería Librouro acogerá el lunes 30 de marzo, a las 20:00, la presentación del libro 30 años de Rebelión, de la editorial Dyskolo. El acto contará con la presencia del vigués Alfredo Iglesias Diéguez, colaborador del Faro da Cultura y coordinador del libro, del que también es coautor junto con otras 29 personas que representan el pasado y el presente del periódico digital Rebelión, del que es miembro del consejo editorial. En el acto también participará Luis Miguel Busto Mauleón, coautor del libro y miembro del consejo editorial de Rebelión.

“Septiembre de 1996, el neolítico de Internet, un informático y un periodista charlan en la barra de un puesto callejero de un barrio popular de Madrid…” Así fue como se puso en marcha Rebelión hace 30 años, según cuenta en el libro Pascual Serrano, conocido periodista y uno de los fundadores de Rebelión.

30 años después, la editorial Dyskolo quiso conmemorar esos treinta años con un libro, en el que participan 30 voces rebeldes que representan los 30 años de información alternativa y emancipadora, la trayectoria de ese portal digital que constituye un proyecto utópico que cada día va tejiendo luchas, uniendo compromisos, mostrando caminos y construyendo futuro, como resalta Silvia Arana en uno de los textos del libro.

En el acto se presentará el libro, cuya edición estuvo a cargo de Beatriz Morales Bastos, Silvia Arana, Alfredo Iglesias Diéguez y Antonio Cuesta, y cuenta con la participación, entre otras personas bien conocidas en el mundo del altermundismo, Pascual Serrano, Belén Gopegui, Santiago Alba Rico, Yayo Herrero, Juan Torres López, Silvia Arana, Miguel Arróniz, Alfredo Iglesias Diéguez, Aram Aharonian, Isabel Rauber, Atilio Boron, Olga Rodríguez, Renán Vega Cantor, Ilka Oliva-Corado, Fernando de la Cuadra o Ileana Almeida. Una pléyade de periodistas, sociólogos, historiadores y economistas que con su voz rebelde acercan análisis, reflexiones y argumentos fundamentales para luchar por el futuro, para que siga existiendo futuro, como nos enseñaba Eduardo Galeano, uno de los imprescindibles y habitual de Rebelión, en su ‘Carta al señor futuro’.

Con todo, en la medida en que el libro no tendría razón de ser sin el periódico, los presentadores también darán a conocer el proyecto utópico y rebelde que hay detrás, hablarán de la generosidad de quienes hacen realidad a diario el proyecto, de quienes entregan sus textos sin demandar nada a cambio y de cuantas personas leen a diario el periódico y confían en él como una fuente veraz y fiable de información. Rebelión, y en eso también insistirán los presentadores, es un portal de información alternativa y emancipadora, ese es el subtítulo del libro, que existe debido a tres razones principales, recogidas por el prologuista del libro José Daniel Fierro: el carácter no mercantil del proyecto, que funciona exclusivamente con recursos propios y con la voluntad rebelde de quienes lo editan a diario, al margen de la publicidad y de las subvenciones; la estructura absolutamente horizontal del consejo editorial, que es quien sostiene el periódico a diario; la pluralidad de las ideas expresadas en el portal, que representan a la totalidad del pensamiento alternativo y transformador desde una óptica de izquierdas.

Al final, los presentadores estarán gustosos de participar, si se da la oportunidad, en un debate sobre el papel de Rebelión en la comunicación emancipadora.

Para más información: https://dyskolo.cc/tienda/libros/30-anos-de-rebelion

terça-feira, 24 de março de 2026

Las articulaciones de la derecha para ganar las próximas elecciones

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

La derecha brasileña que se quiere proyectar como más moderada (la llamada Tercera Vía) se encuentra en una carrera desenfrenada para escoger a su candidato en las próximas elecciones. Existen en estas disputas tres candidatos del Partido Social Democrático (PSD), dos de las cuales son recientes afiliados a ese partido: Ronaldo Caiado (ex Demócratas) y Eduardo Leite (ex PSDB). El tercero es Ratinho Junior -que tiene una trayectoria política más duradera en el mismo PSD-, el cual acaba de renunciar a su candidatura a la presidencia, demostrando su desconfianza en un posible triunfo de la Tercera Vía.

Otro candidato que aparecen en el horizonte electoral de la derecha es Romeu Zema (Partido Novo) que dejó su cargo de gobernador del Estado de Minas Gerais, para incorporarse de lleno a la campaña presidencial. Zema también está siendo indagado para que asuma el lugar de vicepresidente de alguno de los restantes 2 candidatos del PSD que pueda erigirse como el abanderado del partido en la interna de ese conglomerado.

Todos ellos aparecen distantes de Flavio Bolsonaro en la preferencia de los electores, después de que su padre Jair lo designó como el sucesor en el campo de la extrema derecha, decisión que tomó en la prisión de Papudinha, lugar en el que se encuentra confinado desde el 15 de enero de este año.

Existe una gran paradoja reflejada en los resultados de las últimas encuestas sobre la intención de voto para las próximas elecciones presidenciales de octubre. Según los datos arrojados por la empresa Datafolha para la segunda vuelta Lula y Flavio Bolsonaro se encuentran técnicamente emparados con un 46 y 43 por ciento respectivamente. Con relación a la evaluación del gobierno un 51 por ciento reprueban la actual gestión frente a un 44 por ciento que la aprueba y el 47 por ciento percibe que predominan las noticias negativas sobre la presente administración. Y con respecto al grado de rechazo por parte del electorado, Lula obtiene un 46 por ciento y Flavio Bolsonaro posee un poco menos, 45 por ciento.

Por su parte, la encuesta de Genial/Quaest también revela un empate técnico entre ambos candidatos, con una leve ventaja para Lula. Si comparados los 7 candidatos consultados para la primera vuelta, la intención de voto para Lula llega a un 39 por ciento, mientras que Bolsonaro alcanza un 35 por ciento. Los otros candidatos de la derecha obtienen valores menores del 7 por ciento.

La aparente sorpresa que expresan estos datos, se debe precisamente al hecho de que este tercer mandato del gobierno Lula ha obtenido importantes logros en el plano económico y social: la economía crece con indicadores de estabilidad, el desempleo ha bajado a niveles inéditos, los salarios experimentaron un aumento relevante, fue aprobado el proyecto del Ejecutivo de permitir la exención del pago de impuestos a quienes perciben una renta mensual inferior a 5 mil reales (US$ 950 aprox.), el país abandonó el Mapa del Hambre, se retomaron los programas de transferencia de renta para las familias más pobres y otras acciones que van en beneficio de los sectores más vulnerables (Bolsa Familia, Gas para Todos, Minha Casa-Minha Vida, Farmacia Popular).

Algunos elementos han confluido para que el apoyo al actual gobierno y al presidente Lula no se haya incrementado en el último tiempo, factores que han sido explotados por la prensa de derecha y los medios financiados por los grandes conglomerados financieros y empresariales. Uno de los mayores escándalos en el cual pretenden involucrar al presidente Lula y sus asesores dice relación con los desdoblamientos de la quiebra del Banco Master y de la actuación de su dueño Daniel Vorcaro, el banquero acusado de ser responsable del mayor caso de corrupción financiera de la historia republicana brasileña. Para ello, los medios se han valido de una visita que realizó Vorcaro al presidente Lula a pedido de Guigo Mantega, que fue su Ministro de Hacienda durante los dos primeros mandatos.

Se suma a ello, el caso del hijo del presidente, Fábio Luís Lula da Silva (Lulinha), acusado de recibir propina y de haberse favorecido de las ganancias ilícitas obtenidas por el principal articulador del fraude del Instituto Nacional de Seguro Social (INSS), Antonio Carlos Camilo Antunes. Este ex funcionario, conocido como el “careca do INSS”, está siendo procesado como el cerebro de un millonario esquema de desvíos de recursos desde el sistema de jubilaciones y pensiones, que llegaría a la exorbitante suma de 6.300 millones de reales, algo así como 1.200 millones de dólares. En declaraciones de un ex secretario de Antonio Antunes a la Policía Federal, se denuncia que el hijo del presidente recibía mensualmente valores de cerca de “300 mil”, sin mostrar hasta ahora evidencia alguna de dichas transferencias o mesadas. Además, Lulinha también habría realizado algunos viajes de negocios a Portugal financiados y, en un par de ellos, acompañado por el señor Antunes.

En concreto, la campaña organizada y financiada por sectores empresariales y del agronegocio para disminuir la aprobación del presidente Lula y de su gobierno es bastante nítida. La derecha ha conseguido divulgar por medio de letreros en carreteras y paneles, panfletos, publicaciones varias y el uso de medios de prensa locales distribuidos por todo el país, la idea de que nos encontramos ante un gobierno fracasado y corrupto, incapaz de realizar las tareas mínimas para sacar adelante las políticas públicas necesarias para el bienestar de la población. Es una articulación que busca con toda claridad impedir la reelección de Lula, utilizando para ello las mismas armas truculentas y mentirosas que posibilitaron el triunfo de una figura descalificada como Jair Bolsonaro en octubre de 2018.

A pesar de que su hijo Flavio desea encarnar el proyecto de la extrema derecha para la próxima contienda electoral, este sector no actúa como un bloque único y monolítico, sino que muestra fisuras en su interior. La propia Michelle Bolsonaro no ha participado nunca en la campaña de su hijastro y mantiene un silencio evidente con relación a los otros miembros del Clan. De cualquier manera, aunque el patriarca Jair se encuentra en la prisión actualmente, su influencia sigue ocupando un lugar significativo a la hora de buscar los auténticos herederos de la supuesta “identidad bolsonarista”, o sea, de quienes puedan presentarse como fieles representantes de esta tendencia en las elecciones parlamentarias y de gobernadores estaduales que son simultáneas a la presidencial. Es decir, aunque el ex capitán haya perdido protagonismo institucional e influencia política en el terreno -en gran medida debido a su encarcelamiento-, continúa siendo el principal polo de atracción simbólica de los valores enarbolados por la extrema derecha: Dios, Patria y Familia.

Si Jair Bolsonaro ha sido condenado por liderar un fracasado Golpe de Estado, su hijo Flavio trata de hacerse pasar por una persona con credenciales democráticas a diferencia del resto de la familia (Eduardo, Carlos, Jair Renán), pero su genética golpista lo traiciona y frecuentemente retoma el mismo discurso odioso y embaucador de su padre. Tratando de aprovechar el apoyo de la Internacional de extrema derecha y, especialmente de Donald Trump, Flavio Bolsonaro apuesta en el poder económico que sustenta el financiamiento de su campaña y en la adhesión de evangélicos, empresarios mineros, agronegocio, mercado financiero, policiales y fuerzas de seguridad, para transformar el próximo pleito electoral en una dura prueba para los segmentos democráticos que deberán seguir luchando para lograr la contención de esta nueva asonada del neofascismo en Brasil.

domingo, 22 de março de 2026

Pablo Milanés - Cuando te encontré



Y esto que encontré ya no era desconocidoSe hizo la canción que se había perdidoNo la perderé ni la mayor riqueza arrancaráUna concesión a este clamor repartido
Y se encontrarán los del machete aguerridoCon el último héroe que hasta hoy se ha perdidoTodos gritarán: "será mejor hundirnos en el marQue antes traicionar la gloria que se ha vivido..."


sábado, 21 de março de 2026

El nuevo desborde del capital: cuando la bestia se vuelve autoritaria

Antonio Elizalde Hevia
Socialismo y Democracia

Frente al cinismo de la ley del más fuerte, la respuesta no puede ser únicamente militar ni económica. Ni tan siquiera política. Debe ser, sobre todo, cultural. Solo las culturas que beben del humanismo pueden volver a recordarnos la ética que sostiene nuestra convivencia.

Vivimos atrapados en una paradoja que debería hacernos ruido: el mundo nunca ha visto tanto dinero acumulado en tan pocas manos, pero el capitalismo, paradójicamente, ya no sabe qué hacer con él. No estamos ante una crisis por escasez, sino ante el vértigo de la sobreabundancia. Las grandes corporaciones transnacionales resguardan hoy cerca de 20 billones de dólares ociosos, un capital que no encuentra cauce en la economía productiva real sin poner en riesgo sus propias tasas de ganancia. Esa es la herida profunda del sistema: más valor atesorado del que puede ser colocado sin destruirse a sí mismo.

Durante años, esta presión se alivió con dos válvulas que terminaron siendo trampas: la deuda masiva y la especulación financiera. Ambas, lejos de resolver el estancamiento, solo expandieron la fragilidad del modelo. Así, el gran desafío del capital en esta fase es, en esencia, cómo inventar nuevas dinámicas de acumulación cuando las viejas ya no dan más.

Y la respuesta que está tomando forma es tan radical como inquietante: la fusión de tres mundos que hasta hace poco operaban en órbitas separadas. Por un lado, el capitalismo digital impulsado por inteligencia artificial; por otro, el capital financiero global; y finalmente, el complejo militar-industrial. Este bloque tripartito se ha convertido en el motor de una nueva expansión global. Pero esta vez, la expansión no viene con promesas de paz.

Para desplegarse, este nuevo ciclo necesita Estados dispuestos a ejercer la coerción sin eufemismos. Por eso abraza gobiernos autoritarios, modelos represivos y una deriva que muchos ya no dudan en llamar nuevo fascismo. Sus expresiones están a la vista: la guerra en Medio Oriente, la "guerra contra las drogas" como excusa para el control geopolítico, y la imposición de regímenes de excepción en territorios estratégicos. Este es el poder real que respalda a figuras como Donald Trump, pero no se trata de un capricho nacional ni de la voluntad de un hombre. Es el núcleo duro del llamado "trumpismo global": una fase expansiva del capital que opera mediante fuerzas de extrema derecha en todo el planeta, dispuesta a alinear países por la fuerza si es necesario al programa de este nuevo bloque transnacional.

Hemos accedido, de golpe, a la era sin orden, la era de la brutalidad, "la era de la revancha". Vivimos un retorno a la lógica de la amenaza, la confrontación y la guerra, al uso del poder duro como dialéctica geopolítica. Es una lógica imprevisible, arrogante, temeraria. No el derecho, sino la fuerza. No el acuerdo, sino el combate. No la negociación internacional, sino el ataque sistemático a las organizaciones multilaterales que antes arbitraban en el conflicto. Es una Era para desandar, para deconstruir valores, para desaprender. Una Era de laminación del multilateralismo, de cuestionamiento de la paz, de reemplazo de los valores de la Ilustración por el culto a la irracionalidad.

En este entramado, la inteligencia artificial se ha convertido en el instrumento perfecto. No solo porque optimiza la producción y la vigilancia, sino porque otorga al capital una herramienta de control estructural sin precedentes. Hoy no hay institución pública o privada que no dependa de estas tecnologías digitales. Eso implica un poder inmenso que ya se ejerce: desde la gestión algorítmica de la fuerza laboral hasta la militarización de la inteligencia artificial en conflictos abiertos. Los apóstoles del tecnocapitalismo han aprovechado la coyuntura perfecta: la erosión de las instituciones políticas y el debilitamiento de los grandes marcos espirituales que, durante siglos, proporcionaron un sentido compartido a la vida colectiva.

Pero esta bestia tecnológica no se alimenta solo de datos. Detrás de cada despliegue de IA hay una voracidad material que vuelve a poner en el centro el despojo: litio en América del Sur, coltán en el Congo, tierras raras bajo el deshielo de Groenlandia. Cada nuevo centro de datos, cada cadena de semiconductores, cada avanzada militar con IA incorporada implica expulsión de comunidades, devastación ambiental y represión. Lo que vemos entonces en Gaza, la presión sobre Venezuela, la guerra en Ucrania, el conflicto en Sudán, la desestabilización de Irán, la disputa por Rojava, el cerco al Congo y el renovado interés imperial sobre Groenlandia no son hechos aislados. Son piezas de un mismo tablero: la expresión militarizada y autoritaria de esta nueva ronda de acumulación. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no es solo un episodio traumático más: es el síntoma abyecto de una crisis de valores global.


El capital sobreacumulado ha encontrado así un camino: fusionar tecnología, finanzas y guerra para imponer una nueva fase de expansión. Lo hace bajo formas políticas extremas, erosionando democracias, naturalizando la violencia y presentando la coerción como la única gobernanza posible.

Pero este despliegue de fuerza no opera en el vacío. Encuentra un terreno fértil en la crisis profunda de sentido que atraviesan nuestras sociedades. Se habla mucho de la crisis de la política —con razón— pero mucho menos del vacío que ha dejado la pérdida de referencias morales y éticas comunes. El cristianismo —con todas sus contradicciones históricas, con todo su abuso de poder terrenal también— aportó durante siglos un armazón de valores que podían ser compartidos desde posiciones laicas: la idea de que el prójimo merece cuidado, la centralidad de la dignidad humana, la solidaridad con los vulnerables, el mandato de amar al otro, al diferente. La fraternidad, la compasión, la defensa del débil o la idea de comunidad no nacieron del mercado, sino de un sentido de respeto y empatía. Ahí estaba Luís Vives y su reflexión —tan lejana como vigente— sobre la imposibilidad de vivir la libertad sin igualdad.

Sin embargo, también la religión ha visto erosionada su autoridad moral en este tiempo. Los gravísimos casos de pederastia en el seno de la Iglesia, el silencio de décadas ante esos crímenes, o actitudes de intolerancia —todavía hoy— frente a avances sociales como la igualdad real entre mujeres y hombres, la libertad de orientación y de identidad sexual, la muerte digna o el derecho de las mujeres al aborto han debilitado profundamente su credibilidad.

A la vez, la política ha sufrido una gran merma de confianza. La desigualdad cronificada, la corrupción, la desinformación, la desconexión de diversas élites y la larga resaca social que han dejado la crisis financiera internacional de 2008 y luego la pandemia, han erosionado la confianza de millones de ciudadanos en las instituciones democráticas. Ese desgaste ha dejado el terreno abonado para discursos simplistas, radicales o directamente cínicos. Lo decía Gramsci: entre que muere lo viejo y nace lo nuevo es el tiempo en el que surgen los monstruos. Aquí los tenemos.

Ese vacío ha sido el caldo de cultivo perfecto para el anarcolibertarismo contemporáneo, una ideología que se presenta como rebelde pero que, en realidad, es la peor versión de una visión egoísta, retrógrada y elitista de la sociedad. El anarcolibertarismo es una estafa intelectual: solo beneficia a quien puede pagarse la fiesta. Exige renunciar a cualquier sentido comunitario, a cualquier política redistributiva, a cualquier responsabilidad común. Es la burbuja de los que pueden vivir sin Estado y soñar con viajes turísticos a la Luna mientras miles de millones de personas dependen de las políticas públicas para tener una vida digna en su educación, su sanidad, su trabajo, su jubilación o —en tantas partes del mundo— para no morir de hambre.

En este contexto, sorprenden —y estremecen— las veleidades frente a las violaciones de las reglas para lograr la paz, de reglas frente a la barbarie para sustituir la ley del más fuerte por el Estado de Derecho. Por tanto, si el nuevo orden es la ley de la selva, ¿hemos de adaptarnos a la selva? Eso suena al peor de los mundos. Si las instituciones caen en la irrelevancia total y solo importa el peso de la bestialidad, ya podemos anticipar lo que va a ocurrir(nos).

Está en las páginas que Stephan Zweig escribió en El mundo de ayer. Pero también en las de un ensayo fundamental: Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson. Ellos demuestran que las sociedades solo prosperan cuando existen instituciones inclusivas, reglas compartidas y límites a los poderes. Cuando esas reglas desaparecen, lo que emerge no es libertad, sino dominación. Luego vienen la fractura y el declive.

En este panorama sombrío hay, sin embargo, una posibilidad de reconstrucción: la cultura. La cultura —entendida en su sentido más hondo y cabal— no es solo entretenimiento ni industria creativa. Es el espacio donde una sociedad se piensa a sí misma, donde se transmiten las huellas profundas de la vida, donde desde el respeto se siente la empatía que alumbra la convivencia. La cultura es el territorio que piensa en el ayer, en el presente y en el mañana y que formula la pregunta esencial: ¿Qué significa vivir juntos?

Cuando la política se ha debilitado y la espiritualidad ha perdido autoridad moral, la cultura es la esperanza. No un imperio tecnológico con basamentos medievales. No la inteligencia artificial como arma de destrucción masiva del pensamiento. Sino el bastidor que da sentido y valor —progreso, en definitiva— a todos los avances tecnológicos y científicos de la sociedad humana. Eso es la cultura. Hay un renacer de una inquietud espiritual ante un mundo secularizado que genera vacío y que se manifiesta en el auge de la meditación o en fenómenos culturales. El vacío ante el vacío: esa es la cuestión.

Ese renacer —llamémosle espiritual o ético— es una oportunidad si está orientado hacia lo común. Porque lo que está en juego no es solo el equilibrio geopolítico, el multilateralismo que muchas se esforzaron por construir, y los derechos y las libertades de la ciudadanía. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: el sentido ético de nuestras sociedades, ¿Cómo queremos vivir juntos?

La guerra de Irán es una advertencia. Uno de aquellos avisadores de incendios de los que hablaba Walter Benjamin. Este ataque desnudo de explicaciones y argumentaciones evidencia que, cuando la sociedad se vacía de valores, cuando la política se degrada y las instituciones se debilitan —y hay agentes muy poderosos interesados en ello—, entonces el mundo retorna rápidamente a su estado más primario: el de la fuerza contra la razón. Sube el precio del petróleo y baja el precio de la muerte.

Por eso, frente al cinismo de la ley del más fuerte, la respuesta no puede ser únicamente militar ni económica. Ni tan siquiera política. Debe ser, sobre todo, cultural. Solo las culturas que beben del humanismo pueden volver a recordarnos la ética que sostiene nuestra convivencia. Por eso, empujados a la nueva Era, constatamos que allá donde existe poder también aparece resistencia. El laissez faire, laissez passer no es una opción decente. Frente al cinismo de la ley del más fuerte, de la aberración criminal de los líderes fanáticos envueltos en la religión para masacrar a sus pueblos, de los autoritarismos que aspiran a repartirse el mundo, nos queda la cultura. Y la cultura es decencia, dignidad y humanismo.

Porque la pregunta que no podemos eludir es si existirá contrapoder colectivo capaz de frenar esta maquinaria. No estamos ante una crisis técnica del capitalismo, sino ante su reconfiguración más autoritaria en décadas. Y si algo nos enseña la historia es que las bestias, cuando concentran tanto poder, no se detienen solas. Pero tampoco se detienen ante el silencio. Se detienen, quizá, cuando la cultura —esa memoria viva de lo que fuimos y lo que aún podemos ser— les devuelve el espejo de su propia barbarie.

quinta-feira, 19 de março de 2026

La maldad de lo banal

Adolfo Estrella
infoLibre

La tragedia contemporánea es la estabilización de un sentido común antiutópico en masas caprichosas, banales y sumisas que desean y exigen vigilancia y castigo.

Sabemos bastante, con Hannah Arendt, acerca de la "banalidad del mal", pero sabemos quizás menos sobre la "maldad de lo banal"; es decir, sobre la banalidad como causa del mal o, al menos, como su sustrato o condición de posibilidad. No solo hay crímenes ejecutados burocráticamente por personas corrientes y vulgares, sino que el propio dominio de lo banal prepara el terreno para esos crímenes.

El capitalismo neoliberal digitalizado y fascistoide triunfa como imperio de lo banal. El mundo se ha banalizado; al mundo lo han banalizado. Todo es griterío y cacofonías sin límites en las ceremonias del espectáculo ruidoso que incluye los sonidos de las máquinas de guerra. Y aquí, ninguna utopía igualitaria —y libertaria de verdad— es audible.

La maldad no irrumpe de golpe ni desde lo excepcional, sino que se incuba en lo cotidiano, en ciclos largos de naturalización trivial del espanto. Todas las viejas y nuevas expresiones de la crueldad requieren de una permisividad social previa. El miedo ahora se vuelve deseable frente a la angustia existencial difusa generada por el mismo neoliberalismo. Las sociedades atemorizadas eligen siempre lo peor: populismo punitivo y cultura del castigo. Ya no se buscan causas ni responsables, sino culpables débiles.

La antigua rebeldía ética de las izquierdas, nacida de la indignación, es reemplazada por falsas rebeldías reaccionarias guiadas por el resentimiento y el deseo de venganza. Muchas de las izquierdas, sin utopías, copian a las derechas eufóricas que no solo proponen soluciones fáciles a problemas complejos, sino que inventan problemas donde no los hay.

La tragedia contemporánea es la estabilización de un sentido común antiutópico en masas caprichosas, banales y sumisas que desean y exigen vigilancia y castigo. Esto no se soluciona con la alternancia electoral ni seduciendo a las masas que ya dieron el paso hacia el abismo. La situación no cambia en esencia si accede al poder algún partido o coalición "progresista". Estamos dentro de una "onda larga" de ofensiva reaccionaria que apuesta por un cambio refundacional del régimen político, no por simples cambios de gobierno. Es el fin de una época y de sus utopías liberales y socialistas.

La aceptación de la derrota presente, en esta onda larga, es el primer paso para imaginar una victoria futura. Queda la posibilidad —cuya probabilidad desconocemos— de prefigurar y experimentar, aquí y ahora, formas de vida nuevas, desde una ética y unas prácticas de resistencia política y resiliencia ecológica. Es decir, iniciar, desde un pesimismo activo, la lenta reinvención de un mundo no banal y no atemorizado, sin la mediación del espectáculo ruidoso. Un mundo silencioso reconstruido a partir de un amplio repliegue o deserción de masas que se atreva a experimentar con un nuevo dibujo civilizatorio y con la reinvención, también, de la misma idea de emancipación.

quarta-feira, 18 de março de 2026

Un mundo sin orden

Juliano Fiori
Instituto Alameda

A medida que el poder estadounidense declina, destruye las normas e instituciones que alguna vez organizaron su proyección internacional de autoridad. Estados Unidos está perdiendo su liderazgo, pero ninguna potencia individual lo está reemplazando como hegemón global.

Si aún quedaba alguna duda sobre nuestras coordenadas tras una década de sacudidas al orden normal de las cosas, la desorientadora apertura de este año ha confirmado que ya no estamos en Kansas. Una nueva geopolítica está tomando forma, algo particularmente evidente en el bombardeo en curso de Irán por parte de Estados Unidos e Israel, en el secuestro estadounidense del presidente venezolano Nicolás Maduro y en el posicionamiento de tropas europeas en Groenlandia tras las reclamaciones de Donald Trump sobre la isla.

Desde la crisis financiera de 2007-2008, los incipientes desafíos a la primacía del poder estadounidense, así como la turbulencia política al interior de las democracias capitalistas occidentales, han provocado la producción de un considerable corpus de escritura angustiada sobre el fin de las cosas. Gran parte de esta escritura, en lo que respecta a la situación imperial comúnmente denominada «orden internacional», expresa el deseo de un «retorno» a la estabilidad.

No sorprende, entonces, que tantos comentaristas de asuntos internacionales, de distintas filiaciones políticas, hayan repetido la célebre afirmación sobre el «interregno» del comunista italiano Antonio Gramsci: un período en el que «lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer».

Hoy, esa anticipación de «lo nuevo» en el sistema internacional tiende a revelar una búsqueda de restauración parcial de «lo viejo», fundada en la idea de que el orden puede ser producto de la voluntad, del tipo de emprendimiento moral ejercido en décadas anteriores por los cuadros del servicio civil global y los ejecutivos de agencias de ayuda e instituciones financieras. Pero no hay garantías de que se establezca un nuevo orden.

El concepto de orden internacional, tal como se entiende generalmente hoy, que describe una disposición global de normas e instituciones de gobernanza, es un legado del siglo XX y, más específicamente, del período de hegemonía estadounidense. De hecho, si bien el uso de este concepto aumentó de manera sostenida en la segunda mitad del siglo XX, se disparó drásticamente en el último decenio y medio, precisamente en el momento del supuesto colapso del orden internacional.

Pero vale la pena explorar el argumento de Gramsci con mayor detenimiento. En su pensamiento, el orden depende de la hegemonía: es decir, depende no solo, ni principalmente, de la coerción, sino del «consenso espontáneo». El interregno, argumentaba, es precisamente un momento de crisis hegemónica, producido por una pérdida de autoridad y de «liderazgo» que deja únicamente a la dominación como recurso. Aunque Gramsci se ocupaba de los medios a través de los cuales la clase dominante reproduce su poder, su definición de hegemonía ha sido aplicada con frecuencia a las relaciones internacionales.

Si el orden internacional consolidado tras la Segunda Guerra Mundial ha llegado ahora a su fin, es porque el consenso en torno al imperio estadounidense se ha desmoronado. La hegemonía estadounidense derivaba de una estructura material: inicialmente, del desarrollo de una base industrial sin parangón que permitió la proyección de su poder económico y militar; y luego, de la transformación del comercio y las finanzas globales en mecanismos para la reproducción de ese poder.

Esta estructura material produjo un complejo internacional de dependencias respecto al imperio estadounidense que, a su vez, alimentó el consenso respecto de su liderazgo global entre otros estados y sus clases dominantes. Si bien fueron parcialmente moldeadas por luchas «desde abajo», las instituciones de gobernanza global —las de las Naciones Unidas, de manera más evidente— estuvieron condicionadas por la autoridad estadounidense y un consenso suficiente en torno a ella. Sin embargo, la estructura material de la hegemonía estadounidense ya no existe.

En la búsqueda de nuevas oportunidades de ganancia, el capitalismo estadounidense evolucionó durante el último cuarto del siglo XX hacia un régimen neoliberal de apreciación de activos, en parte mediante la desregulación y la financiarización. Al aumentar significativamente el valor del dólar, las altas tasas de interés en Estados Unidos provocaron una explosión de la deuda global, cercenando la industrialización por sustitución de importaciones en gran parte de la periferia capitalista. Sin embargo, también aceleraron la deslocalización de la industria estadounidense y crearon oportunidades para el ascenso de competidores nacionales a Estados Unidos, entre los cuales China emergió finalmente como el más importante. Esta competencia fragmentó entonces la propia autoridad estadounidense.

Llevada a cabo sin ningún intento de formular un pretexto coherente, la agresión de Estados Unidos contra Venezuela ofreció quizás la demostración más clara hasta la fecha de que el país está dispuesto a ejercer la coerción sin consenso o, en palabras del historiador indio Ranajit Guha, una «dominación sin hegemonía». Ni la sobreextensión del imperio estadounidense a través de la guerra ni el agotamiento de su propaganda son los principales responsables de la crisis de su hegemonía. La causa principal es, más bien, la creación de condiciones para más desafíos económicos a su búsqueda de poder global, una consecuencia contradictoria de su propia expansión.

En medio de las ruinas del viejo orden, sin embargo, está lejos de ser claro cómo podría tomar forma la estructura material capaz de sostener uno nuevo. El imperio estadounidense conserva gran parte de su poderío, con el presupuesto y el alcance incomparables de sus fuerzas armadas, la referencia global de su moneda y el dominio de mercado de sus mayores empresas. Cualquier perspectiva de subordinarlo en un sistema ordenado por la hegemonía china parece inconcebible sin un enfrentamiento militar directo y a gran escala, que implicaría el posible uso de armas nucleares. Y, a pesar de todos los rasgos que distinguen al régimen chino de acumulación del capitalismo estadounidense, este sufre cada vez más de patologías similares: caída de la productividad y la demanda, junto con presiones deflacionarias, que sugieren un estancamiento secular exacerbado por la sobrecapacidad industrial, el aumento de la deuda y una población que envejece rápidamente.

Es probable, entonces, que estemos entrando ahora en una época posterior al orden, una época de crisis hegemónica duradera. Algunos podrían leer esta situación como un retorno al statu quo ante, ya que, en el largo arco de la historia moderna, el siglo estadounidense fue excepcional por la extensión global de la hegemonía ejercida por una potencia dominante. Sin embargo, contrariamente al sentido común emergente, esto no implica un retorno a una disputa geoestratégica gestionada mediante «esferas de influencia» (un arreglo legalista asociado a finales del siglo XIX, a través del cual las potencias coloniales se dividían territorios en su mayoría lejanos). No existe ningún pacto de no injerencia entre Estados Unidos y China; y si bien ambos afirmarán con mayor fuerza su primacía sobre sus respectivas regiones, ninguno logrará expulsar al otro.

El mundo posterior al orden está dando forma a una «geopolítica zonal», en la que es probable que distintas modalidades de disputa entre grandes potencias prevalezcan en diferentes zonas geográficas. Se trata de un arreglo interimperial más inestable y peligroso, con implicaciones significativas para la gobernanza y la cooperación internacionales. Quienes se preocupan con razón por desarrollar instituciones internacionales que protejan la soberanía y limiten el imperio harían bien en concentrar sus esfuerzos en el plano regional y en la formación de bloques que puedan compeler a las grandes potencias a moderar la búsqueda de sus propios intereses particularistas.