sábado, 28 de março de 2026

Presentación del libro 30 años de Rebelión en la librería Librouro de Vigo

Consejo Editorial
Rebelión

La librería Librouro acogerá el lunes 30 de marzo, a las 20:00, la presentación del libro 30 años de Rebelión, de la editorial Dyskolo. El acto contará con la presencia del vigués Alfredo Iglesias Diéguez, colaborador del Faro da Cultura y coordinador del libro, del que también es coautor junto con otras 29 personas que representan el pasado y el presente del periódico digital Rebelión, del que es miembro del consejo editorial. En el acto también participará Luis Miguel Busto Mauleón, coautor del libro y miembro del consejo editorial de Rebelión.

“Septiembre de 1996, el neolítico de Internet, un informático y un periodista charlan en la barra de un puesto callejero de un barrio popular de Madrid…” Así fue como se puso en marcha Rebelión hace 30 años, según cuenta en el libro Pascual Serrano, conocido periodista y uno de los fundadores de Rebelión.

30 años después, la editorial Dyskolo quiso conmemorar esos treinta años con un libro, en el que participan 30 voces rebeldes que representan los 30 años de información alternativa y emancipadora, la trayectoria de ese portal digital que constituye un proyecto utópico que cada día va tejiendo luchas, uniendo compromisos, mostrando caminos y construyendo futuro, como resalta Silvia Arana en uno de los textos del libro.

En el acto se presentará el libro, cuya edición estuvo a cargo de Beatriz Morales Bastos, Silvia Arana, Alfredo Iglesias Diéguez y Antonio Cuesta, y cuenta con la participación, entre otras personas bien conocidas en el mundo del altermundismo, Pascual Serrano, Belén Gopegui, Santiago Alba Rico, Yayo Herrero, Juan Torres López, Silvia Arana, Miguel Arróniz, Alfredo Iglesias Diéguez, Aram Aharonian, Isabel Rauber, Atilio Boron, Olga Rodríguez, Renán Vega Cantor, Ilka Oliva-Corado, Fernando de la Cuadra o Ileana Almeida. Una pléyade de periodistas, sociólogos, historiadores y economistas que con su voz rebelde acercan análisis, reflexiones y argumentos fundamentales para luchar por el futuro, para que siga existiendo futuro, como nos enseñaba Eduardo Galeano, uno de los imprescindibles y habitual de Rebelión, en su ‘Carta al señor futuro’.

Con todo, en la medida en que el libro no tendría razón de ser sin el periódico, los presentadores también darán a conocer el proyecto utópico y rebelde que hay detrás, hablarán de la generosidad de quienes hacen realidad a diario el proyecto, de quienes entregan sus textos sin demandar nada a cambio y de cuantas personas leen a diario el periódico y confían en él como una fuente veraz y fiable de información. Rebelión, y en eso también insistirán los presentadores, es un portal de información alternativa y emancipadora, ese es el subtítulo del libro, que existe debido a tres razones principales, recogidas por el prologuista del libro José Daniel Fierro: el carácter no mercantil del proyecto, que funciona exclusivamente con recursos propios y con la voluntad rebelde de quienes lo editan a diario, al margen de la publicidad y de las subvenciones; la estructura absolutamente horizontal del consejo editorial, que es quien sostiene el periódico a diario; la pluralidad de las ideas expresadas en el portal, que representan a la totalidad del pensamiento alternativo y transformador desde una óptica de izquierdas.

Al final, los presentadores estarán gustosos de participar, si se da la oportunidad, en un debate sobre el papel de Rebelión en la comunicación emancipadora.

Para más información: https://dyskolo.cc/tienda/libros/30-anos-de-rebelion

terça-feira, 24 de março de 2026

Las articulaciones de la derecha para ganar las próximas elecciones

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

La derecha brasileña que se quiere proyectar como más moderada (la llamada Tercera Vía) se encuentra en una carrera desenfrenada para escoger a su candidato en las próximas elecciones. Existen en estas disputas tres candidatos del Partido Social Democrático (PSD), dos de las cuales son recientes afiliados a ese partido: Ronaldo Caiado (ex Demócratas) y Eduardo Leite (ex PSDB). El tercero es Ratinho Junior -que tiene una trayectoria política más duradera en el mismo PSD-, el cual acaba de renunciar a su candidatura a la presidencia, demostrando su desconfianza en un posible triunfo de la Tercera Vía.

Otro candidato que aparecen en el horizonte electoral de la derecha es Romeu Zema (Partido Novo) que dejó su cargo de gobernador del Estado de Minas Gerais, para incorporarse de lleno a la campaña presidencial. Zema también está siendo indagado para que asuma el lugar de vicepresidente de alguno de los restantes 2 candidatos del PSD que pueda erigirse como el abanderado del partido en la interna de ese conglomerado.

Todos ellos aparecen distantes de Flavio Bolsonaro en la preferencia de los electores, después de que su padre Jair lo designó como el sucesor en el campo de la extrema derecha, decisión que tomó en la prisión de Papudinha, lugar en el que se encuentra confinado desde el 15 de enero de este año.

Existe una gran paradoja reflejada en los resultados de las últimas encuestas sobre la intención de voto para las próximas elecciones presidenciales de octubre. Según los datos arrojados por la empresa Datafolha para la segunda vuelta Lula y Flavio Bolsonaro se encuentran técnicamente emparados con un 46 y 43 por ciento respectivamente. Con relación a la evaluación del gobierno un 51 por ciento reprueban la actual gestión frente a un 44 por ciento que la aprueba y el 47 por ciento percibe que predominan las noticias negativas sobre la presente administración. Y con respecto al grado de rechazo por parte del electorado, Lula obtiene un 46 por ciento y Flavio Bolsonaro posee un poco menos, 45 por ciento.

Por su parte, la encuesta de Genial/Quaest también revela un empate técnico entre ambos candidatos, con una leve ventaja para Lula. Si comparados los 7 candidatos consultados para la primera vuelta, la intención de voto para Lula llega a un 39 por ciento, mientras que Bolsonaro alcanza un 35 por ciento. Los otros candidatos de la derecha obtienen valores menores del 7 por ciento.

La aparente sorpresa que expresan estos datos, se debe precisamente al hecho de que este tercer mandato del gobierno Lula ha obtenido importantes logros en el plano económico y social: la economía crece con indicadores de estabilidad, el desempleo ha bajado a niveles inéditos, los salarios experimentaron un aumento relevante, fue aprobado el proyecto del Ejecutivo de permitir la exención del pago de impuestos a quienes perciben una renta mensual inferior a 5 mil reales (US$ 950 aprox.), el país abandonó el Mapa del Hambre, se retomaron los programas de transferencia de renta para las familias más pobres y otras acciones que van en beneficio de los sectores más vulnerables (Bolsa Familia, Gas para Todos, Minha Casa-Minha Vida, Farmacia Popular).

Algunos elementos han confluido para que el apoyo al actual gobierno y al presidente Lula no se haya incrementado en el último tiempo, factores que han sido explotados por la prensa de derecha y los medios financiados por los grandes conglomerados financieros y empresariales. Uno de los mayores escándalos en el cual pretenden involucrar al presidente Lula y sus asesores dice relación con los desdoblamientos de la quiebra del Banco Master y de la actuación de su dueño Daniel Vorcaro, el banquero acusado de ser responsable del mayor caso de corrupción financiera de la historia republicana brasileña. Para ello, los medios se han valido de una visita que realizó Vorcaro al presidente Lula a pedido de Guigo Mantega, que fue su Ministro de Hacienda durante los dos primeros mandatos.

Se suma a ello, el caso del hijo del presidente, Fábio Luís Lula da Silva (Lulinha), acusado de recibir propina y de haberse favorecido de las ganancias ilícitas obtenidas por el principal articulador del fraude del Instituto Nacional de Seguro Social (INSS), Antonio Carlos Camilo Antunes. Este ex funcionario, conocido como el “careca do INSS”, está siendo procesado como el cerebro de un millonario esquema de desvíos de recursos desde el sistema de jubilaciones y pensiones, que llegaría a la exorbitante suma de 6.300 millones de reales, algo así como 1.200 millones de dólares. En declaraciones de un ex secretario de Antonio Antunes a la Policía Federal, se denuncia que el hijo del presidente recibía mensualmente valores de cerca de “300 mil”, sin mostrar hasta ahora evidencia alguna de dichas transferencias o mesadas. Además, Lulinha también habría realizado algunos viajes de negocios a Portugal financiados y, en un par de ellos, acompañado por el señor Antunes.

En concreto, la campaña organizada y financiada por sectores empresariales y del agronegocio para disminuir la aprobación del presidente Lula y de su gobierno es bastante nítida. La derecha ha conseguido divulgar por medio de letreros en carreteras y paneles, panfletos, publicaciones varias y el uso de medios de prensa locales distribuidos por todo el país, la idea de que nos encontramos ante un gobierno fracasado y corrupto, incapaz de realizar las tareas mínimas para sacar adelante las políticas públicas necesarias para el bienestar de la población. Es una articulación que busca con toda claridad impedir la reelección de Lula, utilizando para ello las mismas armas truculentas y mentirosas que posibilitaron el triunfo de una figura descalificada como Jair Bolsonaro en octubre de 2018.

A pesar de que su hijo Flavio desea encarnar el proyecto de la extrema derecha para la próxima contienda electoral, este sector no actúa como un bloque único y monolítico, sino que muestra fisuras en su interior. La propia Michelle Bolsonaro no ha participado nunca en la campaña de su hijastro y mantiene un silencio evidente con relación a los otros miembros del Clan. De cualquier manera, aunque el patriarca Jair se encuentra en la prisión actualmente, su influencia sigue ocupando un lugar significativo a la hora de buscar los auténticos herederos de la supuesta “identidad bolsonarista”, o sea, de quienes puedan presentarse como fieles representantes de esta tendencia en las elecciones parlamentarias y de gobernadores estaduales que son simultáneas a la presidencial. Es decir, aunque el ex capitán haya perdido protagonismo institucional e influencia política en el terreno -en gran medida debido a su encarcelamiento-, continúa siendo el principal polo de atracción simbólica de los valores enarbolados por la extrema derecha: Dios, Patria y Familia.

Si Jair Bolsonaro ha sido condenado por liderar un fracasado Golpe de Estado, su hijo Flavio trata de hacerse pasar por una persona con credenciales democráticas a diferencia del resto de la familia (Eduardo, Carlos, Jair Renán), pero su genética golpista lo traiciona y frecuentemente retoma el mismo discurso odioso y embaucador de su padre. Tratando de aprovechar el apoyo de la Internacional de extrema derecha y, especialmente de Donald Trump, Flavio Bolsonaro apuesta en el poder económico que sustenta el financiamiento de su campaña y en la adhesión de evangélicos, empresarios mineros, agronegocio, mercado financiero, policiales y fuerzas de seguridad, para transformar el próximo pleito electoral en una dura prueba para los segmentos democráticos que deberán seguir luchando para lograr la contención de esta nueva asonada del neofascismo en Brasil.

domingo, 22 de março de 2026

Pablo Milanés - Cuando te encontré



Y esto que encontré ya no era desconocidoSe hizo la canción que se había perdidoNo la perderé ni la mayor riqueza arrancaráUna concesión a este clamor repartido
Y se encontrarán los del machete aguerridoCon el último héroe que hasta hoy se ha perdidoTodos gritarán: "será mejor hundirnos en el marQue antes traicionar la gloria que se ha vivido..."


sábado, 21 de março de 2026

El nuevo desborde del capital: cuando la bestia se vuelve autoritaria

Antonio Elizalde Hevia
Socialismo y Democracia

Frente al cinismo de la ley del más fuerte, la respuesta no puede ser únicamente militar ni económica. Ni tan siquiera política. Debe ser, sobre todo, cultural. Solo las culturas que beben del humanismo pueden volver a recordarnos la ética que sostiene nuestra convivencia.

Vivimos atrapados en una paradoja que debería hacernos ruido: el mundo nunca ha visto tanto dinero acumulado en tan pocas manos, pero el capitalismo, paradójicamente, ya no sabe qué hacer con él. No estamos ante una crisis por escasez, sino ante el vértigo de la sobreabundancia. Las grandes corporaciones transnacionales resguardan hoy cerca de 20 billones de dólares ociosos, un capital que no encuentra cauce en la economía productiva real sin poner en riesgo sus propias tasas de ganancia. Esa es la herida profunda del sistema: más valor atesorado del que puede ser colocado sin destruirse a sí mismo.

Durante años, esta presión se alivió con dos válvulas que terminaron siendo trampas: la deuda masiva y la especulación financiera. Ambas, lejos de resolver el estancamiento, solo expandieron la fragilidad del modelo. Así, el gran desafío del capital en esta fase es, en esencia, cómo inventar nuevas dinámicas de acumulación cuando las viejas ya no dan más.

Y la respuesta que está tomando forma es tan radical como inquietante: la fusión de tres mundos que hasta hace poco operaban en órbitas separadas. Por un lado, el capitalismo digital impulsado por inteligencia artificial; por otro, el capital financiero global; y finalmente, el complejo militar-industrial. Este bloque tripartito se ha convertido en el motor de una nueva expansión global. Pero esta vez, la expansión no viene con promesas de paz.

Para desplegarse, este nuevo ciclo necesita Estados dispuestos a ejercer la coerción sin eufemismos. Por eso abraza gobiernos autoritarios, modelos represivos y una deriva que muchos ya no dudan en llamar nuevo fascismo. Sus expresiones están a la vista: la guerra en Medio Oriente, la "guerra contra las drogas" como excusa para el control geopolítico, y la imposición de regímenes de excepción en territorios estratégicos. Este es el poder real que respalda a figuras como Donald Trump, pero no se trata de un capricho nacional ni de la voluntad de un hombre. Es el núcleo duro del llamado "trumpismo global": una fase expansiva del capital que opera mediante fuerzas de extrema derecha en todo el planeta, dispuesta a alinear países por la fuerza si es necesario al programa de este nuevo bloque transnacional.

Hemos accedido, de golpe, a la era sin orden, la era de la brutalidad, "la era de la revancha". Vivimos un retorno a la lógica de la amenaza, la confrontación y la guerra, al uso del poder duro como dialéctica geopolítica. Es una lógica imprevisible, arrogante, temeraria. No el derecho, sino la fuerza. No el acuerdo, sino el combate. No la negociación internacional, sino el ataque sistemático a las organizaciones multilaterales que antes arbitraban en el conflicto. Es una Era para desandar, para deconstruir valores, para desaprender. Una Era de laminación del multilateralismo, de cuestionamiento de la paz, de reemplazo de los valores de la Ilustración por el culto a la irracionalidad.

En este entramado, la inteligencia artificial se ha convertido en el instrumento perfecto. No solo porque optimiza la producción y la vigilancia, sino porque otorga al capital una herramienta de control estructural sin precedentes. Hoy no hay institución pública o privada que no dependa de estas tecnologías digitales. Eso implica un poder inmenso que ya se ejerce: desde la gestión algorítmica de la fuerza laboral hasta la militarización de la inteligencia artificial en conflictos abiertos. Los apóstoles del tecnocapitalismo han aprovechado la coyuntura perfecta: la erosión de las instituciones políticas y el debilitamiento de los grandes marcos espirituales que, durante siglos, proporcionaron un sentido compartido a la vida colectiva.

Pero esta bestia tecnológica no se alimenta solo de datos. Detrás de cada despliegue de IA hay una voracidad material que vuelve a poner en el centro el despojo: litio en América del Sur, coltán en el Congo, tierras raras bajo el deshielo de Groenlandia. Cada nuevo centro de datos, cada cadena de semiconductores, cada avanzada militar con IA incorporada implica expulsión de comunidades, devastación ambiental y represión. Lo que vemos entonces en Gaza, la presión sobre Venezuela, la guerra en Ucrania, el conflicto en Sudán, la desestabilización de Irán, la disputa por Rojava, el cerco al Congo y el renovado interés imperial sobre Groenlandia no son hechos aislados. Son piezas de un mismo tablero: la expresión militarizada y autoritaria de esta nueva ronda de acumulación. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no es solo un episodio traumático más: es el síntoma abyecto de una crisis de valores global.


El capital sobreacumulado ha encontrado así un camino: fusionar tecnología, finanzas y guerra para imponer una nueva fase de expansión. Lo hace bajo formas políticas extremas, erosionando democracias, naturalizando la violencia y presentando la coerción como la única gobernanza posible.

Pero este despliegue de fuerza no opera en el vacío. Encuentra un terreno fértil en la crisis profunda de sentido que atraviesan nuestras sociedades. Se habla mucho de la crisis de la política —con razón— pero mucho menos del vacío que ha dejado la pérdida de referencias morales y éticas comunes. El cristianismo —con todas sus contradicciones históricas, con todo su abuso de poder terrenal también— aportó durante siglos un armazón de valores que podían ser compartidos desde posiciones laicas: la idea de que el prójimo merece cuidado, la centralidad de la dignidad humana, la solidaridad con los vulnerables, el mandato de amar al otro, al diferente. La fraternidad, la compasión, la defensa del débil o la idea de comunidad no nacieron del mercado, sino de un sentido de respeto y empatía. Ahí estaba Luís Vives y su reflexión —tan lejana como vigente— sobre la imposibilidad de vivir la libertad sin igualdad.

Sin embargo, también la religión ha visto erosionada su autoridad moral en este tiempo. Los gravísimos casos de pederastia en el seno de la Iglesia, el silencio de décadas ante esos crímenes, o actitudes de intolerancia —todavía hoy— frente a avances sociales como la igualdad real entre mujeres y hombres, la libertad de orientación y de identidad sexual, la muerte digna o el derecho de las mujeres al aborto han debilitado profundamente su credibilidad.

A la vez, la política ha sufrido una gran merma de confianza. La desigualdad cronificada, la corrupción, la desinformación, la desconexión de diversas élites y la larga resaca social que han dejado la crisis financiera internacional de 2008 y luego la pandemia, han erosionado la confianza de millones de ciudadanos en las instituciones democráticas. Ese desgaste ha dejado el terreno abonado para discursos simplistas, radicales o directamente cínicos. Lo decía Gramsci: entre que muere lo viejo y nace lo nuevo es el tiempo en el que surgen los monstruos. Aquí los tenemos.

Ese vacío ha sido el caldo de cultivo perfecto para el anarcolibertarismo contemporáneo, una ideología que se presenta como rebelde pero que, en realidad, es la peor versión de una visión egoísta, retrógrada y elitista de la sociedad. El anarcolibertarismo es una estafa intelectual: solo beneficia a quien puede pagarse la fiesta. Exige renunciar a cualquier sentido comunitario, a cualquier política redistributiva, a cualquier responsabilidad común. Es la burbuja de los que pueden vivir sin Estado y soñar con viajes turísticos a la Luna mientras miles de millones de personas dependen de las políticas públicas para tener una vida digna en su educación, su sanidad, su trabajo, su jubilación o —en tantas partes del mundo— para no morir de hambre.

En este contexto, sorprenden —y estremecen— las veleidades frente a las violaciones de las reglas para lograr la paz, de reglas frente a la barbarie para sustituir la ley del más fuerte por el Estado de Derecho. Por tanto, si el nuevo orden es la ley de la selva, ¿hemos de adaptarnos a la selva? Eso suena al peor de los mundos. Si las instituciones caen en la irrelevancia total y solo importa el peso de la bestialidad, ya podemos anticipar lo que va a ocurrir(nos).

Está en las páginas que Stephan Zweig escribió en El mundo de ayer. Pero también en las de un ensayo fundamental: Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson. Ellos demuestran que las sociedades solo prosperan cuando existen instituciones inclusivas, reglas compartidas y límites a los poderes. Cuando esas reglas desaparecen, lo que emerge no es libertad, sino dominación. Luego vienen la fractura y el declive.

En este panorama sombrío hay, sin embargo, una posibilidad de reconstrucción: la cultura. La cultura —entendida en su sentido más hondo y cabal— no es solo entretenimiento ni industria creativa. Es el espacio donde una sociedad se piensa a sí misma, donde se transmiten las huellas profundas de la vida, donde desde el respeto se siente la empatía que alumbra la convivencia. La cultura es el territorio que piensa en el ayer, en el presente y en el mañana y que formula la pregunta esencial: ¿Qué significa vivir juntos?

Cuando la política se ha debilitado y la espiritualidad ha perdido autoridad moral, la cultura es la esperanza. No un imperio tecnológico con basamentos medievales. No la inteligencia artificial como arma de destrucción masiva del pensamiento. Sino el bastidor que da sentido y valor —progreso, en definitiva— a todos los avances tecnológicos y científicos de la sociedad humana. Eso es la cultura. Hay un renacer de una inquietud espiritual ante un mundo secularizado que genera vacío y que se manifiesta en el auge de la meditación o en fenómenos culturales. El vacío ante el vacío: esa es la cuestión.

Ese renacer —llamémosle espiritual o ético— es una oportunidad si está orientado hacia lo común. Porque lo que está en juego no es solo el equilibrio geopolítico, el multilateralismo que muchas se esforzaron por construir, y los derechos y las libertades de la ciudadanía. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: el sentido ético de nuestras sociedades, ¿Cómo queremos vivir juntos?

La guerra de Irán es una advertencia. Uno de aquellos avisadores de incendios de los que hablaba Walter Benjamin. Este ataque desnudo de explicaciones y argumentaciones evidencia que, cuando la sociedad se vacía de valores, cuando la política se degrada y las instituciones se debilitan —y hay agentes muy poderosos interesados en ello—, entonces el mundo retorna rápidamente a su estado más primario: el de la fuerza contra la razón. Sube el precio del petróleo y baja el precio de la muerte.

Por eso, frente al cinismo de la ley del más fuerte, la respuesta no puede ser únicamente militar ni económica. Ni tan siquiera política. Debe ser, sobre todo, cultural. Solo las culturas que beben del humanismo pueden volver a recordarnos la ética que sostiene nuestra convivencia. Por eso, empujados a la nueva Era, constatamos que allá donde existe poder también aparece resistencia. El laissez faire, laissez passer no es una opción decente. Frente al cinismo de la ley del más fuerte, de la aberración criminal de los líderes fanáticos envueltos en la religión para masacrar a sus pueblos, de los autoritarismos que aspiran a repartirse el mundo, nos queda la cultura. Y la cultura es decencia, dignidad y humanismo.

Porque la pregunta que no podemos eludir es si existirá contrapoder colectivo capaz de frenar esta maquinaria. No estamos ante una crisis técnica del capitalismo, sino ante su reconfiguración más autoritaria en décadas. Y si algo nos enseña la historia es que las bestias, cuando concentran tanto poder, no se detienen solas. Pero tampoco se detienen ante el silencio. Se detienen, quizá, cuando la cultura —esa memoria viva de lo que fuimos y lo que aún podemos ser— les devuelve el espejo de su propia barbarie.

quinta-feira, 19 de março de 2026

La maldad de lo banal

Adolfo Estrella
infoLibre

La tragedia contemporánea es la estabilización de un sentido común antiutópico en masas caprichosas, banales y sumisas que desean y exigen vigilancia y castigo.

Sabemos bastante, con Hannah Arendt, acerca de la "banalidad del mal", pero sabemos quizás menos sobre la "maldad de lo banal"; es decir, sobre la banalidad como causa del mal o, al menos, como su sustrato o condición de posibilidad. No solo hay crímenes ejecutados burocráticamente por personas corrientes y vulgares, sino que el propio dominio de lo banal prepara el terreno para esos crímenes.

El capitalismo neoliberal digitalizado y fascistoide triunfa como imperio de lo banal. El mundo se ha banalizado; al mundo lo han banalizado. Todo es griterío y cacofonías sin límites en las ceremonias del espectáculo ruidoso que incluye los sonidos de las máquinas de guerra. Y aquí, ninguna utopía igualitaria —y libertaria de verdad— es audible.

La maldad no irrumpe de golpe ni desde lo excepcional, sino que se incuba en lo cotidiano, en ciclos largos de naturalización trivial del espanto. Todas las viejas y nuevas expresiones de la crueldad requieren de una permisividad social previa. El miedo ahora se vuelve deseable frente a la angustia existencial difusa generada por el mismo neoliberalismo. Las sociedades atemorizadas eligen siempre lo peor: populismo punitivo y cultura del castigo. Ya no se buscan causas ni responsables, sino culpables débiles.

La antigua rebeldía ética de las izquierdas, nacida de la indignación, es reemplazada por falsas rebeldías reaccionarias guiadas por el resentimiento y el deseo de venganza. Muchas de las izquierdas, sin utopías, copian a las derechas eufóricas que no solo proponen soluciones fáciles a problemas complejos, sino que inventan problemas donde no los hay.

La tragedia contemporánea es la estabilización de un sentido común antiutópico en masas caprichosas, banales y sumisas que desean y exigen vigilancia y castigo. Esto no se soluciona con la alternancia electoral ni seduciendo a las masas que ya dieron el paso hacia el abismo. La situación no cambia en esencia si accede al poder algún partido o coalición "progresista". Estamos dentro de una "onda larga" de ofensiva reaccionaria que apuesta por un cambio refundacional del régimen político, no por simples cambios de gobierno. Es el fin de una época y de sus utopías liberales y socialistas.

La aceptación de la derrota presente, en esta onda larga, es el primer paso para imaginar una victoria futura. Queda la posibilidad —cuya probabilidad desconocemos— de prefigurar y experimentar, aquí y ahora, formas de vida nuevas, desde una ética y unas prácticas de resistencia política y resiliencia ecológica. Es decir, iniciar, desde un pesimismo activo, la lenta reinvención de un mundo no banal y no atemorizado, sin la mediación del espectáculo ruidoso. Un mundo silencioso reconstruido a partir de un amplio repliegue o deserción de masas que se atreva a experimentar con un nuevo dibujo civilizatorio y con la reinvención, también, de la misma idea de emancipación.

quarta-feira, 18 de março de 2026

Un mundo sin orden

Juliano Fiori
Instituto Alameda

A medida que el poder estadounidense declina, destruye las normas e instituciones que alguna vez organizaron su proyección internacional de autoridad. Estados Unidos está perdiendo su liderazgo, pero ninguna potencia individual lo está reemplazando como hegemón global.

Si aún quedaba alguna duda sobre nuestras coordenadas tras una década de sacudidas al orden normal de las cosas, la desorientadora apertura de este año ha confirmado que ya no estamos en Kansas. Una nueva geopolítica está tomando forma, algo particularmente evidente en el bombardeo en curso de Irán por parte de Estados Unidos e Israel, en el secuestro estadounidense del presidente venezolano Nicolás Maduro y en el posicionamiento de tropas europeas en Groenlandia tras las reclamaciones de Donald Trump sobre la isla.

Desde la crisis financiera de 2007-2008, los incipientes desafíos a la primacía del poder estadounidense, así como la turbulencia política al interior de las democracias capitalistas occidentales, han provocado la producción de un considerable corpus de escritura angustiada sobre el fin de las cosas. Gran parte de esta escritura, en lo que respecta a la situación imperial comúnmente denominada «orden internacional», expresa el deseo de un «retorno» a la estabilidad.

No sorprende, entonces, que tantos comentaristas de asuntos internacionales, de distintas filiaciones políticas, hayan repetido la célebre afirmación sobre el «interregno» del comunista italiano Antonio Gramsci: un período en el que «lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer».

Hoy, esa anticipación de «lo nuevo» en el sistema internacional tiende a revelar una búsqueda de restauración parcial de «lo viejo», fundada en la idea de que el orden puede ser producto de la voluntad, del tipo de emprendimiento moral ejercido en décadas anteriores por los cuadros del servicio civil global y los ejecutivos de agencias de ayuda e instituciones financieras. Pero no hay garantías de que se establezca un nuevo orden.

El concepto de orden internacional, tal como se entiende generalmente hoy, que describe una disposición global de normas e instituciones de gobernanza, es un legado del siglo XX y, más específicamente, del período de hegemonía estadounidense. De hecho, si bien el uso de este concepto aumentó de manera sostenida en la segunda mitad del siglo XX, se disparó drásticamente en el último decenio y medio, precisamente en el momento del supuesto colapso del orden internacional.

Pero vale la pena explorar el argumento de Gramsci con mayor detenimiento. En su pensamiento, el orden depende de la hegemonía: es decir, depende no solo, ni principalmente, de la coerción, sino del «consenso espontáneo». El interregno, argumentaba, es precisamente un momento de crisis hegemónica, producido por una pérdida de autoridad y de «liderazgo» que deja únicamente a la dominación como recurso. Aunque Gramsci se ocupaba de los medios a través de los cuales la clase dominante reproduce su poder, su definición de hegemonía ha sido aplicada con frecuencia a las relaciones internacionales.

Si el orden internacional consolidado tras la Segunda Guerra Mundial ha llegado ahora a su fin, es porque el consenso en torno al imperio estadounidense se ha desmoronado. La hegemonía estadounidense derivaba de una estructura material: inicialmente, del desarrollo de una base industrial sin parangón que permitió la proyección de su poder económico y militar; y luego, de la transformación del comercio y las finanzas globales en mecanismos para la reproducción de ese poder.

Esta estructura material produjo un complejo internacional de dependencias respecto al imperio estadounidense que, a su vez, alimentó el consenso respecto de su liderazgo global entre otros estados y sus clases dominantes. Si bien fueron parcialmente moldeadas por luchas «desde abajo», las instituciones de gobernanza global —las de las Naciones Unidas, de manera más evidente— estuvieron condicionadas por la autoridad estadounidense y un consenso suficiente en torno a ella. Sin embargo, la estructura material de la hegemonía estadounidense ya no existe.

En la búsqueda de nuevas oportunidades de ganancia, el capitalismo estadounidense evolucionó durante el último cuarto del siglo XX hacia un régimen neoliberal de apreciación de activos, en parte mediante la desregulación y la financiarización. Al aumentar significativamente el valor del dólar, las altas tasas de interés en Estados Unidos provocaron una explosión de la deuda global, cercenando la industrialización por sustitución de importaciones en gran parte de la periferia capitalista. Sin embargo, también aceleraron la deslocalización de la industria estadounidense y crearon oportunidades para el ascenso de competidores nacionales a Estados Unidos, entre los cuales China emergió finalmente como el más importante. Esta competencia fragmentó entonces la propia autoridad estadounidense.

Llevada a cabo sin ningún intento de formular un pretexto coherente, la agresión de Estados Unidos contra Venezuela ofreció quizás la demostración más clara hasta la fecha de que el país está dispuesto a ejercer la coerción sin consenso o, en palabras del historiador indio Ranajit Guha, una «dominación sin hegemonía». Ni la sobreextensión del imperio estadounidense a través de la guerra ni el agotamiento de su propaganda son los principales responsables de la crisis de su hegemonía. La causa principal es, más bien, la creación de condiciones para más desafíos económicos a su búsqueda de poder global, una consecuencia contradictoria de su propia expansión.

En medio de las ruinas del viejo orden, sin embargo, está lejos de ser claro cómo podría tomar forma la estructura material capaz de sostener uno nuevo. El imperio estadounidense conserva gran parte de su poderío, con el presupuesto y el alcance incomparables de sus fuerzas armadas, la referencia global de su moneda y el dominio de mercado de sus mayores empresas. Cualquier perspectiva de subordinarlo en un sistema ordenado por la hegemonía china parece inconcebible sin un enfrentamiento militar directo y a gran escala, que implicaría el posible uso de armas nucleares. Y, a pesar de todos los rasgos que distinguen al régimen chino de acumulación del capitalismo estadounidense, este sufre cada vez más de patologías similares: caída de la productividad y la demanda, junto con presiones deflacionarias, que sugieren un estancamiento secular exacerbado por la sobrecapacidad industrial, el aumento de la deuda y una población que envejece rápidamente.

Es probable, entonces, que estemos entrando ahora en una época posterior al orden, una época de crisis hegemónica duradera. Algunos podrían leer esta situación como un retorno al statu quo ante, ya que, en el largo arco de la historia moderna, el siglo estadounidense fue excepcional por la extensión global de la hegemonía ejercida por una potencia dominante. Sin embargo, contrariamente al sentido común emergente, esto no implica un retorno a una disputa geoestratégica gestionada mediante «esferas de influencia» (un arreglo legalista asociado a finales del siglo XIX, a través del cual las potencias coloniales se dividían territorios en su mayoría lejanos). No existe ningún pacto de no injerencia entre Estados Unidos y China; y si bien ambos afirmarán con mayor fuerza su primacía sobre sus respectivas regiones, ninguno logrará expulsar al otro.

El mundo posterior al orden está dando forma a una «geopolítica zonal», en la que es probable que distintas modalidades de disputa entre grandes potencias prevalezcan en diferentes zonas geográficas. Se trata de un arreglo interimperial más inestable y peligroso, con implicaciones significativas para la gobernanza y la cooperación internacionales. Quienes se preocupan con razón por desarrollar instituciones internacionales que protejan la soberanía y limiten el imperio harían bien en concentrar sus esfuerzos en el plano regional y en la formación de bloques que puedan compeler a las grandes potencias a moderar la búsqueda de sus propios intereses particularistas.

segunda-feira, 16 de março de 2026

Diego Rivera, el pintor de la Revolución Mexicana

Mike González
Jacobin

La Revolución Mexicana impulsó una extraordinaria efervescencia cultural, con la pintura como su forma artística principal. Los espectaculares murales de Diego Rivera, inspirados en la historia y la cultura popular de México, constituyen el legado más notable de ese período.

El arte de Diego Rivera es inseparable de la revolución que México experimentó a comienzos del siglo XX y del Estado que se construyó en el período posterior. El proceso revolucionario comenzó en 1910, cuando Porfirio Díaz, quien había gobernado México durante treinta y cuatro años, anunció que habría elecciones presidenciales.

Díaz había supervisado el crecimiento de una economía basada en exportaciones como el azúcar, el café y el tabaco, y en nuevas industrias como el petróleo y los textiles, la mayoría de las cuales estaban financiadas por capital extranjero. La población rural de México, indígena y mestiza, vivía bajo el látigo de los latifundistas, la clase terrateniente, y la amenaza de violencia de la policía rural de Díaz, los rurales (como se documenta en el libro de John Kenneth Turner Barbarous Mexico).

Las tensiones sociales eran palpables, pero la chispa que encendió la mecha de la revolución de 1910–17 fue un panfleto políticamente moderado de Francisco Madero, hijo de una familia terrateniente acomodada, que abogaba por el sufragio universal y el voto contra Díaz. Las demandas de Madero se limitaban a la reforma política, y pronto fue empujado al exilio. Pero sus palabras resonaron en todo un país desgarrado por el conflicto social.

En el estado de Morelos, con sus plantaciones de azúcar altamente rentables, la resistencia campesina bajo el liderazgo de Emiliano Zapata defendía a las comunidades rurales frente a la expansión de las enormes haciendas. En el norte, un ocasional ladrón de ganado llamado Pancho Villa lideraba su propia rebelión. Las protestas contra Díaz se extendieron hasta que el dictador huyó a Gran Bretaña a comienzos de 1911.

En este vacío de poder, la vieja clase gobernante luchó por controlar los restos del Estado porfiriano en alianzas cambiantes con la clase media. Mientras cada movimiento armado reclamaba la revolución para sí, los zapatistas fueron los únicos en encabezar una lucha revolucionaria de masas. La nueva constitución de México de 1917 se asentó sobre una promesa de modernización, desarrollo, redistribución de la tierra y control nacional del subsuelo (sobre todo del petróleo). Y fue bajo la presidencia de Álvaro Obregón (1920–24) que comenzó la construcción del nuevo Estado, en nombre de una «alianza popular».

 Artista de la Revolución

Obregón estaba comprometido con la educación como instrumento de cambio, y nombró al filósofo José Vasconcelos como su ministro de educación. Vasconcelos lanzó el proyecto muralista para decorar los muros de los edificios públicos de México con imágenes de la cultura clásica universal. Sostenía que las sociedades avanzaban hacia una etapa superior de civilización universal a través de las artes, pero lo que tenía en mente eran los clásicos europeos, quizás combinados con algunas representaciones de indígenas estereotipados.

Sin embargo, el movimiento muralista que surgió después de su retiro en 1924 nació de un espíritu muy distinto. Diego Rivera y su generación habían rechazado el eurocentrismo conservador del establishment artístico y reclamaban un arte que reflejara la realidad de México. Dr. Atl, un español llamado originalmente Gerardo Murillo que adoptó un nombre azteca y se convirtió en director de la principal escuela de arte de la época, fue altamente influyente por su fascinación con los volcanes del país.

Rivera se encontraba en realidad en Europa durante la Revolución Mexicana, trabajando con cubistas y surrealistas en París y luego absorbiendo las técnicas del fresco de los maestros del Renacimiento italiano. En 1921 regresó a México para sumarse al movimiento muralista, trayendo consigo los métodos modernistas que había aprendido en Francia.

Tenía un compromiso claro con un modernismo mexicano que no imitara al europeo sino que expresara la transformación de México sobre la base de su propia historia y su rica y variada cultura indígena. Su única pintura surrealista —Paisaje zapatista (1915), una composición con un sombrero campesino, un rifle y un sarape contra un fondo de montañas— anticipó la centralidad del México indígena en su obra a partir de ese momento.


Nuevos héroes

Su primer mural, La creación, fue concebido para exhibirse en la nueva Escuela Nacional Preparatoria. Rivera todavía hacía referencia a mitos universales, pero utilizó imágenes de la vida indígena en la pintura del mural. Luego siguió su primer encargo importante para decorar los tres pisos del nuevo edificio del Ministerio de Educación.

De manera inusual, Vasconcelos había dejado el contenido de los murales abierto a la elección de los artistas. Rivera ya trabajaba con organizaciones populares y campesinas, y compartía con los otros dos muralistas principales, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, una visión del nuevo arte monumental. En palabras de Rivera, «Por primera vez en la historia del arte monumental, el Muralismo Mexicano terminó con el enfoque en dioses, héroes y jefes de Estado. (…) Por primera vez, convirtió a las masas en los héroes del arte monumental».

Fue en cierto modo un ejercicio masivo de creación de una conciencia nacional con una clara comprensión de clase. El lenguaje de este nuevo arte público se nutría de la rica cultura indígena de México, cuyos colores y formas se remontaban a la historia de los mundos azteca y maya, aunque los descendientes contemporáneos de esos mundos estaban sumidos en la pobreza y la explotación más intensa.

En el Patio del Trabajo del Ministerio de Educación, Rivera pintó la vida cotidiana de los trabajadores en la agricultura y la industria. En el Patio de las Fiestas, recurrió a los rituales y ceremonias de las comunidades indígenas y mestizas que daban sentido a sus relaciones con el paisaje y la historia de México, como el Día de los Muertos, con sus omnipresentes esqueletos.

Para la tercera galería utilizó un lenguaje diferente, el del «realismo socialista» que había encontrado en una visita a Rusia en 1928–29. En La distribución de armas incluyó a su esposa Frida Kahlo, a la fotógrafa Tina Modotti y a su amante Julio Antonio Mella, fundador del Partido Comunista Cubano.


Tierra y Libertad

El propio Rivera se afilió al Partido Comunista Mexicano, al igual que Orozco y Siqueiros; los tres fueron miembros de su comité central. Fue un reflejo del papel de los muralistas en la configuración de la cultura revolucionaria. Para Rivera, el arte, y especialmente el arte público, era una forma de trabajo productivo que transformaba el entorno material y a las masas que lo habitaban. El papel del artista era, en contraste con la concepción burguesa del artista como creador individual, el de ser un trabajador en una creación colectiva. Esa creación no era simplemente la obra de arte sino la revolución misma.

En ese espíritu, Rivera, Siqueiros y Orozco formaron la Unión de Pintores, Escultores y Trabajadores Técnicos. Produjeron un periódico, «El Machete», que fue diseñado utilizando dramáticos grabados en madera que hacían una referencia clara a las artesanías tradicionales. Más tarde se convirtió en la publicación del Partido Comunista.

A diferencia de la Revolución Rusa, la Revolución Mexicana no estuvo moldeada por un partido dominante basado en la clase trabajadora ni impulsada por una concepción del Estado. El movimiento revolucionario de masas fue la insurrección rural liderada por Emiliano Zapata, quien había sido asesinado en 1919. Sin embargo, su consigna «Tierra y Libertad» se convirtió en la consigna de la revolución.

En 1929, se le pidió a Rivera que decorara la capilla del nuevo colegio agrícola en Chapingo. Rivera concibió el proyecto como una celebración de la redistribución de la tierra entre el campesinado. El más conmovedor y más punzante de los murales muestra a Zapata y a su colega Otilio Montaño enterrados bajo un campo de maíz con nuevas plantas creciendo desde sus cuerpos. Es una profecía de una revolución por venir, y quizás un presagio de la reemergencia del zapatismo como movimiento revolucionario en Chiapas durante la década de 1990.

En el mismo año, Rivera comenzó su obra maestra en el Palacio Nacional en la Ciudad de México, Historia de México (de la Conquista a 1930). Este enorme mural sobre la escalera central retrata a la civilización azteca y a la deidad principal de las culturas prehispánicas, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada. En el fondo está la gloriosa capital azteca, Tenochtitlán. Esta parte del mural representa la brutal conquista española de ese mundo y la crueldad de la Iglesia Católica.

La representación avanza luego en una curva envolvente a través de las guerras de independencia hacia un México previsto de luchas obreras y campesinas y más tarde un futuro industrial, supervisado desde arriba por Karl Marx. Ese sentido del futuro es central en la obra de Rivera, pero la presencia de Marx fue suficiente para persuadir a estudiantes de derecha a atacar a este y a sus otros murales, muchos de los cuales todavía llevan las cicatrices.


Entre Stalin y Trotsky

Para 1929, la Internacional Comunista (Comintern) estaba plenamente bajo el mando de Joseph Stalin y estaba expulsando a los partidarios de León Trotsky y de la Oposición de Izquierda, con la cual Rivera ya había expresado su simpatía. En línea con la política sectaria de «clase contra clase» de la Comintern de ese momento, el Partido Comunista Mexicano lanzó una tentativa de derrocar al gobierno posrevolucionario cuya figura dominante era Plutarco Elías Calles. Esto ocurrió justo cuando el gobierno también enfrentaba una insurrección católica reaccionaria conocida como la Guerra Cristera.

El intento de golpe fracasó. Rivera se opuso a él desde el principio y fue expulsado del partido, con Siqueiros como su principal acusador. De manera irónica, Rivera votó a favor de su propia expulsión, quizás porque sus puntos de vista como artista significaban que rechazaba la ortodoxia rígida exigida del estalinismo, tanto política como artísticamente.

Luego pasó algún tiempo en los Estados Unidos, donde recibió encargos en Detroit, San Francisco y, el caso más famoso, por parte de Nelson Rockefeller para pintar un mural en el vestíbulo de entrada del Rockefeller Center de Nueva York. Rivera incluyó la figura de Vladimir Lenin y el mural fue destruido. Sus murales de Detroit son celebraciones de la industria en sí misma y hacen eco de esa sección industrial del mural del Palacio Nacional.

Los comunistas en México y en los Estados Unidos utilizaron estos encargos como una oportunidad para atacar a Rivera, retratándolo como una herramienta del gobierno mexicano y un sirviente del gran capital. Él y Kahlo entablaron posteriormente amistad con León Trotsky, y Rivera utilizó su influencia con Lázaro Cárdenas, que se convirtió en presidente de México en 1934, para ofrecerle asilo al gran revolucionario.

Trotsky se mudó a la Casa Azul de Kahlo, en la Ciudad de México, donde ella y Rivera vivían. Trotsky y su esposa permanecieron allí hasta que una serie de problemas personales (sin mencionar el breve romance de Trotsky con Kahlo) hicieron imposible su convivencia. Trotsky se trasladó a una casa cercana donde fue blanco de un intento fallido de asesinato en 1940 por un comando dirigido nada menos que por David Alfaro Siqueiros. Unos meses más tarde, un agente estalinista logró matarlo en su escritorio.

Unos años antes de su muerte en 1957, Rivera solicitó reingresar al Partido Comunista, quizás por nostalgia de los primeros años del movimiento muralista. Pero seguía siendo el mismo partido que lo había tildado de renegado, derechista y dócil sirviente del gobierno, según la acusación demoledora de Siqueiros.

Revelando México

En 1938, Rivera y el poeta surrealista francés André Breton habían firmado conjuntamente un texto, que Trotsky ayudó a redactar, con el título de «Manifiesto por un arte revolucionario libre». Contenía las siguientes palabras:

En el mundo contemporáneo debemos reconocer la destrucción cada vez más extendida de aquellas condiciones en las que la creación intelectual es posible. (…) El verdadero arte, que no se contenta con jugar variaciones sobre modelos ya hechos sino que se esfuerza por expresar las necesidades internas del hombre y de la humanidad en su tiempo, el verdadero arte no puede dejar de ser revolucionario, no puede dejar de aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad.

El crítico de arte Meyer Schapiro señaló que los murales de Rivera «producen una poderosa impresión de densidad de la vida histórica, (…) ningún otro pintor de nuestro tiempo ha sido tan prolífico e inagotablemente curioso sobre la vida y la historia». Schapiro continuó preguntándose «cómo pudo producirse tal arte en un país semicolonial dominado por el imperialismo extranjero». Parte de la explicación residía en el descubrimiento por parte de Rivera de la enorme riqueza intelectual del México indígena.

En su mural Historia de la medicina en México: la demanda del pueblo por una mejor salud en el Hospital de la Raza en la Ciudad de México, la procesión de científicos incluye a personajes aztecas, mostrando que la suya era una civilización avanzada. Cuando describía el arte del mundo indígena, Rivera elogiaba su profundidad espiritual. De hecho, la forma mural en sí misma estaba altamente desarrollada en el mundo prehispánico (por ejemplo, en la Pirámide de la Luna en Teotihuacán) y en la cultura popular de México (considérense los murales en las pulquerías del país).

Rivera era irreprimiblemente enérgico e inspirado en su aplicación de algunos de los métodos de vanguardia que había encontrado en Europa. Podía pintar caricaturas feroces como las de Noche de los ricos y retratos intensamente emocionales como Entrada a la mina, donde vemos al minero a punto de entrar en el reino subterráneo cuya entrada bosteza como una boca a punto de tragárselo. Hay aquí una referencia religiosa, pero el propio Rivera era materialista y ateo, y las metáforas evocan la religión popular más que cualquier ortodoxia católica.


Rivera fue un individuo enormemente creativo, consagrado a una causa colectiva que ganó profundidad y poder imaginativo a través de sus brillantes murales. Para tomar solo un ejemplo, La Maestra Rural muestra a una joven maestra en una aldea, durante la campaña nacional de alfabetización, instruyendo a un círculo de estudiantes que tienen la forma y las figuras del arte prehispánico. Un guardia a caballo vigila posibles ataques de campesinos locales incitados por el sacerdote del lugar (algo que ocurría con frecuencia en ese momento).

Octavio Paz señaló en una ocasión: «La Revolución nos reveló a México. O mejor, nos dio ojos para verlo». Diego Rivera, en su inmensa obra, fue central para esa nueva visión.