quinta-feira, 13 de agosto de 2026

Fidel: la paciencia de la revolución

Jaime Ortega
Socialismo y Democracia

De la gesta del Moncada a la «batalla de ideas», el legado de Fidel Castro ofrece una lección de paciencia revolucionaria y de la indisoluble unidad entre soberanía y socialismo. A cien años de su nacimiento, repasamos las claves de un proyecto que mantuvo la dignidad popular y el internacionalismo como banderas emancipatorias bajo el asedio imperial. Su legado enseña la necesidad de la paciencia revolucionaria: comprender que para salvaguardar la independencia nacional es imprescindible romper con el capitalismo y perseverar en la vía socialista.

El 3 de octubre de 1965, durante la constitución del primer Comité Central del que luego sería el Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro pronunció un discurso en el que señaló que los revolucionarios debían saber esperar, tener paciencia y no desesperar ante las dificultades. Bajo esta premisa debemos leer y comprender su aporte al movimiento político revolucionario y a las izquierdas globales. La antología preparada por Marc Sayous y prologada por Ignacio Ramonet es una excelente primera aproximación al vasto universo que encierra el nombre de Fidel. Trinchera de ideas aparece en un momento altamente emotivo por el centenario del comandante histórico y especialmente delicado ante la renovada embestida imperial sobre la isla.

Compuesto por 25 textos —la mayoría acompañados por breves páginas de contextualización—, el volumen ofrece una muestra de lo que significó la voz del líder revolucionario, tanto en el transcurso del proceso insurreccional como en la emergencia de una posición política socialista en el Caribe y América Latina. Estos materiales, que abarcan desde 1953 hasta la primera década del siglo XXI, dan cuenta de la variedad en el uso de la palabra: desde los discursos densos y meticulosamente articulados de los primeros años hasta las intervenciones breves pero contundentes de su etapa final.

En algún momento de su larga amistad, Gabriel García Márquez escribió que el comandante había cultivado el oficio de la palabra hablada como sello distintivo para dialogar y convencer al pueblo cubano. Varios testigos de los primeros años de la revolución —desde la mexicana Sol Arguedas hasta el argentino Ezequiel Martínez Estrada— destacaron el carácter pedagógico de las maratónicas jornadas en las que Fidel conversaba con el pueblo en la plaza pública. Es este quizás el principal registro desde el cual abordar sus ideas, el de la palabra hablada; según el compilador, la cifra de discursos contabilizados supera los mil, a lo que habría que sumar sus intercambios con delegaciones extranjeras, sus escritos teóricos y las extensas entrevistas publicadas en forma de libro a lo largo de varias décadas.

Sin embargo, su obra solo cobra dimensión plena en la articulación entre palabra y acción; en la facultad de conducir a través de la voz y forjar una manera de comprender el mundo, el lugar del continente y las urgencias del tiempo histórico. En este centenario de Fidel volvemos a su figura porque la región exige nutrir los programas políticos con aquello que se cultivó durante décadas al amparo de una visión radical y consecuente de la liberación nacional, de la soberanía entendida como cooperación entre iguales y del socialismo como proyecto histórico enraizado en las luchas de los pueblos. Entre esa vasta constelación de experiencias, Fidel es el «profeta de una aurora» —la de la liberación nacional, como definió el Che Guevara—, una batalla crucial que el líder cubano encabezó manteniendo la unidad indivisible entre patria, revolución y socialismo.

El discurso del método de la descolonización

Como cabe esperar, la antología se abre con el célebre alegato de defensa que Fidel pronunció tras su detención por el fallido asalto al Cuartel Moncada: La historia me absolverá. Sin saberlo en aquel momento, la gesta del Moncada se convertiría en el nombre de una posibilidad, en la latencia de un proyecto y en algo más que una promesa a futuro: la síntesis entre la independencia real de la nación frente al neocolonialismo y un horizonte de superación de las principales directrices del capitalismo.

René Depestre, el poeta haitiano que vivió y escribió durante el impulso inicial de la revolución, señaló que aquel «revés victorioso» del 26 de julio había legado en el alegato de Fidel el verdadero «discurso del método» de la descolonización. Y lo hizo, esencialmente, al superar la escisión entre los grandes objetivos de la liberación nacional y la construcción de un horizonte socialista. Dicho de otro modo: en aquel documento se sembró la certidumbre de que para ser independientes era preciso escapar del capitalismo, y que para romper con este no había otro camino que desmantelar el sistema colonial bajo su forma renovada. El efecto de aquel alegato fue soldar de manera indisoluble la liberación nacional con el socialismo.

Por eso, cuando tras el colapso del bloque soviético Cuba entra en el Periodo Especial, Fidel se dirige a sus compatriotas afirmando que no hay modo de salvaguardar la independencia sin preservar la revolución, y que para ello es imprescindible perseverar en la vía socialista, aun si la conceptualización de esta debe reconfigurarse a la luz del tiempo y la experiencia acumulada, con sus errores, crisis y recomposiciones. Esta ardua tarea emancipó al socialismo cubano de ser un mero reflejo de las estepas europeas en los llanos del Caribe, demostrando que, a diferencia de los modelos centroeuropeos derrotados, el proyecto isleño respondía a causas y necesidades propias.

En Fidel, el concepto de socialismo de los años setenta difiere del de los noventa: si en el primero primaba una lógica racionalizadora y organizativa excesiva, en el segundo el énfasis se desplaza hacia la voluntad solidaria de una sociedad bajo asedio permanente. Resulta particularmente provechoso releer el discurso de 1968 en el que Fidel sostiene que en Cuba ha habido «una sola revolución», donde ya se aprecia la originalidad de una concepción que anuda soberanía y socialismo al tiempo que despliega una interpretación histórica de gran densidad.

Asimismo, en varias de estas alocuciones se percibe la certeza de estar construyendo una alternativa que, si bien abraza abiertamente el socialismo, no reniega de las herencias históricas de los pueblos. En ese sentido, la intuición de Depestre cobra todo su valor: la formulación de un «discurso del método de la descolonización» radica en haber habitado la tensión entre la universalidad del socialismo y la singularidad de su realización nacional. Descolonización no como un simple marco epistemológico o académico —al que hoy se halla frecuentemente reducida—, sino como la capacidad de los pueblos para aprehender su propia historia y orientarla hacia un fin emancipatorio. Cuestionar el imperio del egoísmo y la competencia implicaba forjar una concepción renovada de la cultura y del pasado. La descolonización era, en definitiva, la conquista de una liberación en clave nacional, mental y cultural.


Revolución: soberanía y cultura

Con todo, sería un error reducir el programa fundacional del Moncada y el 26 de Julio a la alocución de 1953, por decisiva que haya sido. El torrente que desencadenó quedó registrado en las páginas de los discursos pronunciados en los momentos más dramáticos entre 1959 y 1961, reforzado luego en 1968 al calor de la reorganización del campo político cubano. En ellos se articula una amalgama que en Fidel adquirió forma de simbiosis: revolución, soberanía y cultura. Para el líder cubano, revolución y soberanía eran indisolubles, más aún al encarar las primeras agresiones de envergadura por parte de Estados Unidos.

Sin embargo, esta concepción no se agotaba en la idea del Estado como mero articulador de una población y sus capacidades técnicas o productivas. En Fidel, la soberanía responde en lo inmediato a la defensa frente al hostigamiento imperial. Pero defender la revolución exigía transformar las condiciones mismas del ejercicio de la soberanía, es decir, que esta fuera real, concreta, específica. Porque, a contramano del sentido común académico dominante en el espacio cubano-americano contemporáneo, Fidel comprendió que «de la soberanía sí se come» y que, para garantizar las necesidades materiales de la población, la soberanía debe construirse de manera ininterrumpida.

Por ello es clave remarcar cómo Fidel orientó la experiencia revolucionaria hacia la creación y el desarrollo de capacidades públicas para satisfacer demandas fundamentales como la salud y la educación. No es casual que los grandes proyectos neoliberales de mercantilización hayan apuntado precisamente contra esos dos pilares en su intento de refundar la sociedad sobre bases individualistas. Y si bien este debe ser un esfuerzo continuo y sostenido, los años de auge revolucionario mantuvieron siempre estos dos ejes como cimientos innegociables.

A su vez, la dimensión cultural —la creación artística y la praxis intelectual— nunca fue ajena al ideario de Fidel. Sus célebres Palabras a los intelectuales de 1961, pronunciadas cuando aún no se había disipado el humo de Playa Girón, ratificaron la alianza entre cultura, educación y revolución bajo la convicción de que no hay patria posible sin una intelectualidad capaz de desplegar sus potencias simbólicas y creativas. Aunque los marcos teóricos decoloniales hegemónicos suelan ignorarla, la apuesta cubana constituye una de las experiencias de descolonización integral más acabadas, al combinar la soberanía popular con el desplazamiento de la competencia como eje articulador de las relaciones humanas e internacionales.

Más tarde, en las postrimerías del siglo XX, la formulación de la «batalla de ideas» invita a una lectura gramsciana del núcleo del socialismo concebido por Fidel: la cultura no como un molde rígido, sino como relación social en constante construcción. En la «batalla de ideas» se jugaba la hegemonía de un proyecto socialista capaz de echar raíces en la conciencia y la voluntad, y no solo en la reproducción material o en el consumo de bienes (un consumismo desmedido contra el cual el propio Fidel advirtió tempranamente por sus secuelas ambientales). La dimensión material, si bien indispensable, no era para él el único ni el principal factor de cohesión social.

Solidaridad internacional

De igual modo, resultaría reduccionista encasillar a Fidel en un nacionalismo estrecho o en un soberanismo endogámico que pretendiera agotar el proyecto revolucionario «en un solo país». Sus intervenciones, especialmente desde la década de 1970, reflejan la noción más radical de la solidaridad internacional y, con ella, la ampliación de la noción de liberación nacional.

Fidel comprendió que la soberanía de una nación solo es plenamente efectiva si todas gozan de la misma prerrogativa; es decir, si existen las condiciones para que el derecho a la autodeterminación pueda ser ejercido en igualdad de condiciones por una potencia o por un país pequeño. Allí aflora la dimensión radicalmente comunista de su pensamiento: la extinción paulatina de las tutelas estatales e imperiales solo es viable en la medida en que todos los pueblos accedan al ejercicio pleno de su soberanía. Fidel, cuyo origen ideológico había partido del nacionalismo revolucionario, avanza hacia el socialismo al situar la cooperación y la solidaridad desinteresada como premisas de la acción política.

Esta orientación se tradujo en el respaldo activo de parte de Cuba a las luchas en Vietnam y en África. El papel de los combatientes cubanos en la liberación de diversos países del continente africano y en la aceleración del fin del régimen racista del apartheid es bien conocido. Lejos de negar la soberanía, el internacionalismo la expandía como un principio universal de respeto mutuo. El pueblo cubano pagó un alto costo en vidas, recursos y presiones diplomáticas por sostener esa política exterior solidaria. Una lección histórica que no puede ser olvidada ni menoscabado el reconocimiento de las voluntades que combatieron a miles de kilómetros en favor de la liberación de los pueblos, pues ello configura un nivel de compromiso destacable y es expresión de esa otra cara del socialismo cubano.


Fidelidad revolucionaria, pese a todo

Buena parte de los textos de la antología se sitúan en la compleja encrucijada entre la ofensiva neoliberal y el derrumbe de la experiencia del socialismo soviético. En aquel momento, la presión de la intelectualidad liberal, los medios masivos de comunicación y los centros de poder buscaba doblegar a Cuba para forzarla a ceder ante el canto del cisne de las transiciones neoliberales que pulularon por el continente. Sostener la fidelidad revolucionaria implicó altísimos costos sociales, políticos y económicos, pero preservó la independencia nacional frente a los dictados de la privatización y el despojo en nombre de la democracia liberal. Frente al abandono de antiguos aliados —especialmente la intelectualidad desencantada que afloró por aquellos años—, la resistencia cubana evitó el colapso y la derechización que afectaron a otras latitudes.

A tres décadas de distancia, destaca no solo la firmeza doctrinaria de aquel rumbo, sino la pervivencia de un proyecto que, con sus defectos y contradicciones, mantuvo siempre un espíritu de solidaridad y un horizonte de construcción de un mundo solidario y fraterno. El contraste resulta elocuente ante una Europa del Este tironeada desde la «transición» hacia formas fascistas, operando como verdaderos enclaves coloniales del poder imperial y como fuente de inspiración para las actuales corrientes derechistas globales. Frente a ese espejo, Cuba continuó su marcha como ejemplo de dignidad e independencia.

Las lecciones de aquel período deberán discutirse con la frialdad que solo habilita el paso del tiempo. La negativa a sumarse al carro de la glásnost y la perestroika, optando en su lugar por el Proceso de Rectificación de Errores, fue una decisión crucial. En ella se dirimió el debate sobre el valor, el mercado y el trabajo, algo que, más allá del caso cubano, debería involucrar a las izquierdas de manera global, toda vez que ahí se juega el destino mismo de los proyectos poscapitalistas. Recuperando el viejo debate protagonizado por el Che Guevara en los años sesenta, aquella discusión debió volver a plantearse, aunque en un escenario adverso y con escaso margen para la innovación. Dicha coyuntura obligó a abandonar las certidumbres dogmáticas del modelo soviético para interrogarse críticamente sobre la naturaleza de la transición socialista. En ese marco, sostener la cohesión entre pueblo y Estado resultó determinante: la experiencia de Europa del Este demostró que la penetración del capital es más devastadora allí donde las élites se fragmentan y su divorcio con el entramado popular es más profundo.

La tenacidad del líder, la voluntad del pueblo cubano por mantener su independencia y los cambios operados desde fines de los noventa en América Latina abrieron un escenario diferente al comenzar el siglo XXI, momento en que la presencia de Fidel en el espacio público comenzaba a declinar. La presencia de Cuba como referencia histórica contribuyó a alimentar las sucesivas olas de gobiernos populares y progresistas en la región.

Trinchera de ideas ofrece insumos valiosos tanto para profundizar la reflexión sobre el socialismo como para examinar con sentido crítico las encrucijadas del movimiento revolucionario cristalizado como proyecto político y estatal. Cuba, como cualquier sociedad, puede ser criticada pero a condición de situar las coordenadas históricas de sus decisiones y examinando las correlaciones de fuerza concretas, lejos de moralismos o abstracciones teóricas.

Hoy, a la distancia, resulta evidente que ningún país puede realizar plenamente su independencia rodeado de Estados vasallos, y que el sacrificio prolongado de una población no es deseable ni sostenible de manera indefinida. El pueblo cubano debería ser libre de decidir con quien intercambiar, dialogar y negociar. Libre debería ser también para elegir sus formas de organización política, su modelo económico y su cultura sin el estrangulamiento de un bloqueo tan violento como ilegítimo. Pero, en lugar de ello, en este 2026 el recrudecimiento del cerco energético evidencia la gravedad de la situación y la tibia respuesta de muchos gobiernos de la región. El pueblo de Cuba merece el ejercicio pleno de su soberanía. El poder imperial que la asfixia, junto a sus acólitos académicos, periodísticos e intelectuales, pasarán a la memoria histórica como los copartícipes del sufrimiento de todo un pueblo.

La cita martiana que da título a la obra condensa el núcleo de la impronta ideológica de Fidel: las «trincheras de ideas» son aquellas donde el acumulado histórico de los combates del pasado sirve como pertrecho para las batallas del presente; donde la herencia intelectual construye los horizontes de futuro.

segunda-feira, 10 de agosto de 2026

Democracia made in USA. La rebelión de los “socialistas democráticos”

Aleardo Laría Rajneri
El cohete a la luna

Un Estado en guerra permanente no puede ser un Estado democrático, porque imperialismo y democracia son incompatibles.

Sheldon S. Wolin (1922-2015) fue un filósofo y politólogo estadounidense, profesor emérito de la Universidad de Princeton, considerado uno de los más destacados teóricos de la democracia norteamericana. Su obra más difundida ha sido Democracia SA. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido, publicada en español por la Editorial Katz en 2008. La incisiva crítica que Wolin formula tiene enorme actualidad en momentos en que existe una rebelión de las bases del Partido Demócrata, liderada por una corriente de “socialistas democráticos”, que aspira a provocar una renovación en el interior del partido.

En las primarias demócratas para el Senado, que han tenido lugar el martes en Michigan, el médico Abdul El-Sayed ha derrotado por un estrecho margen a la representante del establishment demócrata Haley Stevens, en una contienda ampliamente considerada como un referéndum sobre Israel, la influencia del Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-israelí (AIPAC) y la postura del Partido Demócrata sobre ambos temas. La relevancia que tenía la elección ha quedado de manifiesto con la reacción del Presidente Donald Trump a la victoria de El-Sayed, calificándola de “una gran noticia para el Partido Republicano” y tachando a El-Sayed de “perdedor comunista que odia a los judíos e Israel”.

La democracia dirigida

En Democracia SA, Sheldon S. Wolin describe a la democracia dirigida o administrada como el espectáculo rutinario de la política electoral, donde el papel de la ciudadanía se va difuminando para quedar reducido estrictamente al ejercicio del voto. Los ciudadanos desorientados dejan las manos libres a líderes populistas que no dudan en imponer la agenda de las grandes corporaciones. A esta democracia administrada, meramente gestionada en beneficio de las corporaciones, Wolin la considera una nueva forma de totalitarismo, al que llama totalitarismo invertido por oposición al totalitarismo clásico. “El totalitarismo invertido marca un momento político en el que el poder corporativo se despoja finalmente de su identificación como fenómeno puramente económico, confinado principalmente al terreno interno de la empresa privada, y evoluciona hasta transformarse en una coparticipación globalizadora con el Estado: una transmutación doble de corporación y Estado. La primera se vuelve más política, el segundo más orientado al mercado”. Es invertido porque a diferencia del totalitarismo clásico no surge de una revolución desde abajo para conquistar el poder, sino que busca la desmovilización de las masas desde arriba para devolverlas a un estado de neutralidad e impotencia.

Wolin, que escribió su ensayo antes de que aparecieran personajes como Trump, Milei, Bukele o Bolsonaro, añade que el predominio del ejecutivo y el dominio de la élite son elementos básicos del totalitarismo invertido. La antidemocracia no adopta la forma de ataques explícitos a la idea del gobierno por el pueblo, pero significa alentar lo que denomina “desmovilización cívica”: “Se alienta a los ciudadanos a desconfiar del gobierno y de los políticos; a concentrarse en sus propios intereses; a quejarse de los impuestos; a cambiar el compromiso activo por las gratificaciones simbólicas del patriotismo, la soberbia moral colectiva y la proeza militar”.

Sobre todo, se promueve la despolitización envolviendo a la sociedad en una atmósfera de temor colectivo y de impotencia individual, por la pérdida de los puestos de trabajo, la incertidumbre sobre los planes de jubilación, los costos médicos elevadísimos y los gastos de educación en ascenso. Se instala un perpetuo estado de preocupación, donde los ciudadanos anhelan estabilidad política más que compromiso cívico; protección más que participación política. En Estados Unidos los recursos que podrían usarse para mejorar la atención sanitaria, la educación y la protección del medio ambiente son destinados a cubrir los exorbitantes gastos de defensa, que consumen el porcentaje más elevado del presupuesto nacional.

El establishment demócrata

Bajo el totalitarismo invertido el Partido Demócrata ha venido cumpliendo la función de una falsa oposición. Según Wolin, “se ha despojado de sus elementos reformistas y ha desconocido el rótulo de liberal para quedar atrapado por nuevas reglas de juego que prescriben que un partido existe para ganar elecciones más que para promover la concepción de la buena sociedad”. El poder de las corporaciones se traduce en la proliferación de lobbistas en Washington, lo que demuestra a quiénes realmente se está representando. Si los candidatos demócratas finalmente resultan elegidos gracias a la financiación obtenida de las corporaciones, quedarían tan condicionados que no podrían alterar significativamente el rumbo de la sociedad. De allí que los socialistas democráticos sostengan la necesidad de terminar con el dinero opaco de la política.

Es cierto también que el Partido Demócrata vive atormentado por un dilema desde 2016, cuando Bernie Sanders perdió las primarias contra Bill Clinton. Ha sido el argumento de la “elegibilidad” el que ha llevado a optar siempre por los candidatos moderados con la idea de que los candidatos situados más a la izquierda podían asustar a algunos votantes. Desde entonces, muchos progresistas están enojados con la cúpula del Partido Demócrata porque ese argumento solo ha servido para preservar el inmovilismo y perder las elecciones frente a los candidatos republicanos disruptivos como Trump. Lo cierto es que los demócratas tradicionales perdieron las elecciones presidenciales de 2016 y 2024, entregando el control del gobierno a los republicanos, de modo que hay motivos para que haya afiliados irritados. Las fallidas campañas presidenciales de Sanders en 2016 y 2020 sentaron las bases para el reciente levantamiento, que comenzó el año pasado con la elección de Zohran Mamdani, el popular alcalde socialista demócrata de Nueva York. Desde entonces, los votantes de las primarias demócratas han elegido a más candidatos comprometidos con la defensa firme de los valores progresistas.


La campaña de El-Sayed

La campaña en Michigan enfrentó a El-Sayed, un político carismático de 41 años, de religión musulmana y médico de salud pública, respaldado por el senador Bernie Sanders, contra la representante Haley Stevens, que contaba con el apoyo de gran parte del establishment demócrata. Los videos de la campaña de El-Sayed lo muestran como una persona ingeniosa y jovial. En 2007, fue el mejor alumno de su promoción en la Universidad de Michigan y por ese motivo leyó el discurso de fin de curso en presencia del Presidente Clinton. Haley Steevens recibió en su campaña más de 30 millones de dólares provenientes de donantes proisraelíes, pero El-Sayed tuvo la habilidad de utilizar en su contra ese apoyo financiero. El Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-israelí (AIPAC) acusó a El-Sayed de adoptar una “retórica extremista”, de impulsar “falsas acusaciones de genocidio” y de apoyar la suspensión de la ayuda a Israel.

Efectivamente, El-Sayed ha calificado la actuación del gobierno israelí en Gaza como un “genocidio” y ha afirmado que Estados Unidos no debería financiar militarmente esas acciones. Por ese motivo ha pedido poner fin a la ayuda militar incondicional de Estados Unidos a Israel, argumentando que la asistencia exterior debería estar sujeta al respeto de los derechos humanos y que los recursos deberían priorizar necesidades internas de Estados Unidos. Al vincular persistentemente la ayuda militar estadounidense a Israel con las necesidades insatisfechas en su propio país, El-Sayed ha estado dando forma a una versión progresista de la política de “América First”, afirma el analista Peter Beinart. El-Sayed ha insistido en que criticar al gobierno de Israel no es antisemita y ha condenado el antisemitismo de forma explícita, afirmando que combatir el antisemitismo y la islamofobia son obligaciones morales igualmente importantes. Cuando CNN le preguntó a El-Sayed en julio si se podía ser sionista y progresista a la vez, respondió que “toda definición de un Estado (supremacista) judío termina por articular valores antiliberales, absolutamente todas”.

Los fondos oscuros

En Estados Unidos, la financiación de los partidos políticos y de las campañas electorales depende casi por completo de fondos privados. Se basa en donaciones individuales —limitadas por la ley a determinado importe—, aportaciones ilimitadas de los propios candidatos y grandes sumas canalizadas a través de comités y organizaciones sin límite de gasto amparadas por la libertad de expresión. Según el Tribunal Supremo, en la decisión adoptada en 2010 en el fallo Citizens United, limitar el gasto electoral vulnera la Primera Enmienda de la Constitución, lo que ha permitido el flujo ilimitado de fondos corporativos. Los Comités de Acción Política (PAC) son organizaciones que reúnen dinero de ciudadanos para entregarlo a las campañas, pero están sujetos a restricciones de cantidad.

Sin embargo, los súper-PACs (Comités de Acción Política Superiores) recaudan fondos ilimitados de personas ricas, empresas y corporaciones. Si bien no pueden coordinarse de forma directa con la campaña del candidato, pueden gastar millones en anuncios independientes para apoyarlo. Se supone que los súper-PACs deben operar independientemente de los candidatos y partidos políticos, pero esta independencia está definida por reglas débiles que casi nunca se cumplen, de modo que terminan formando parte del aparato de campaña de cada partido. A los súper-PACs deben sumarse las organizaciones sin fines de lucro (dark money), entidades exentas de revelar la identidad de sus donantes que pueden invertir sumas millonarias y anónimas en el debate político.

Los socialistas demócratas han venido adoptando posturas muy críticas hacia los fondos opacos empleados en las campañas electorales. Consideran que las donaciones cuyos financiadores permanecen ocultos permiten que grandes intereses económicos influyan en la política sin rendir cuentas, lo que reduce la transparencia y debilita la confianza pública. Sostienen que las grandes corporaciones, los multimillonarios y los grupos de presión pueden ejercer una influencia desproporcionada sobre el proceso democrático. Por consiguiente, defienden leyes que obliguen a revelar quiénes financian las campañas políticas y la publicidad electoral y buscan eliminar estructuras que permiten ocultar la identidad de los donantes. Varios proyectos de ley canalizando estas iniciativas duermen el sueño de los justos en el Congreso norteamericano.

El Centro Brennan para la Justicia publicó recientemente una encuesta que muestra que los votantes estadounidenses creen que el país se enfrenta a un grave problema de corrupción corporativa, y que una amplia mayoría apoya la adopción de medidas importantes para acabar con el papel del dinero opaco en la política estadounidense. La encuesta, que consultó a 2.000 votantes registrados en todo el país, reveló que el 79% apoya “una enmienda constitucional para restablecer los límites al financiamiento electoral”.

La renovación

La posibilidad de que los demócratas ganen las elecciones de medio término en noviembre, dada la magnitud de los errores políticos cometidos por Trump, es muy elevada. El-Sayed se enfrenta ahora al enorme desafío de obtener una victoria en un Estado bisagra como Michigan el próximo 3 de noviembre. Lo primero que tiene que hacer es unificar al Partido Demócrata, que en estas elecciones internas ha quedado partido en dos. El escaño del Senado en disputa está ahora en manos de los demócratas y si lo perdieran se complicaría el plan de hacerse con el control de la cámara alta. Hasta ahora el Partido Demócrata ha sustentado la teoría de que un centrista tendría más posibilidades de ganar unas elecciones generales en un Estado como Michigan. Pero la irritación que se ha ido acumulando contra las políticas erráticas de Trump, su irresponsable guerra contra Irán y sus idas y venidas del brazo de Netanyahu —una figura definitivamente asociada con el genocidio en Gaza— permiten pensar que muchos electores se inclinarán por los candidatos más radicales en la oposición al trumpismo.

Sería deseable que las propuestas de los socialistas democráticos, consistentes en reforzar los servicios públicos, establecer una sanidad universal, fijar un salario mínimo digno o aumentar los impuestos a las grandes fortunas, vayan calando en el Partido Demócrata y reciban luego el respaldo de millones de votantes. Por otra parte, como advirtiera Wolin, nunca habrá un retorno a la verdadera democracia en Estados Unidos mientras no se reduzca el poder de las corporaciones y del complejo militar-industrial. Un Estado en guerra permanente no puede ser un Estado democrático, porque imperialismo y democracia son incompatibles. Las desaprensivas acciones de Trump en el terreno interno e internacional probablemente terminen siendo un inesperado incentivo para la adopción de políticas democráticas equitativas y justas.

terça-feira, 4 de agosto de 2026

Brasil enfrentado a sus fantasmas

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Faltan apenas dos meses para que las elecciones de octubre sean realizadas y la mayoría de los candidatos está en campaña, pese a que el inicio de la corrida electoral solo comienza oficialmente el 16 de agosto. Casi todas las coligaciones ya escogieron sus candidatos a presidente y vicepresidente, siendo que la Federación Brasil de la Esperanza, el pacto entre el PT y otros dos partidos (PV y PC do B) junto al PSB, PSOL, Rede y PDT ya confirmaron al actual presidente Lula da Silva y a su vice Geraldo Alckmin como los representantes de ese conglomerado de centro izquierda para la próxima contienda.

Por su parte, Flavio Bolsonaro todavía no define el nombre de su vicepresidente y viene encontrando resistencia de los partidos de derecha para adherir a su campaña. Recientemente la coligación Unión Brasil y Progresistas afirmaron que se mantendrán imparciales en esta coyuntura y Republicanos se encuentra todavía definiendo la posición que asumirá con relación al candidato de la extrema derecha. De hecho, Bolsonaro efectuó una invitación a la senadora Tereza Cristina del Partido Progresistas y ex ministra de agricultura del gobierno de su padre Jair, pero ella declinó de esta invitación alegando motivos personales.

Aparentemente el escenario parece favorable y con “cielo despejado” para la candidatura de Lula da Silva, aunque nunca hay que confiarse de los caminos que se transitan hasta la llegada de un triunfo seguro para día de las elecciones. La derecha y la extrema derecha de Brasil cuentan con el apoyo de importantes grupos empresariales que dominan ampliamente los medios de comunicación y pueden detonar una campaña en contra de Lula en este periodo de tierra derecha, influyendo finalmente en la decisión de un porcentaje significativo del electorado que hasta ahora se ha mantenido distante y neutro frente al futuro pleito electoral.

Un estudio reciente del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología (INCT)constató que en Brasil existen 1.091 ciudades que han cambiado la orientación de sus votantes, pasando de inclinarse por los candidatos de la izquierda o centro izquierda en una votación para votar por los representantes de la derecha o extrema derecha en otra votación. Estas son las llamadas “ciudades péndulos”, que son definidas como aquellos locales en los cuales no se encuentra alineada de manera estable a ninguna de las diversas fuerzas políticas en disputa. En esta clasificación se considera a aquellas ciudades que cambiaron al conglomerado vencedor durante la segunda vuelta en dos o más oportunidades a lo largo de los últimos 20 años.

En esta ocasión, las ciudades péndulos reúnen a más de 34 millones de votantes y pueden inclinar ciertamente la balanza del candidato que saldrá triunfante en octubre y sus tendencias serán sin duda decisivas cuando se produzca la votación, considerando que una disputa presidencial apretada puede desplazarse para cualquiera de los dos ejes principales, es decir, la reelección del actual mandatario o la victoria del bolsonarismo de la mano del primogénito del ex capitán.

Sin embargo, aun cuando las preferencias del electorado decidan darle nuevamente su apoyo al candidato de la situación, resulta preocupante que las alianzas que viene tejiendo el candidato Lula reproducen la amplitud del espectro que caracteriza su actual mandato, con ministros de partidos de la derecha en su gabinete.

Desde el impeachment de Dilma Rousseff, la derecha brasileña viene adquiriendo un protagonismo evidente en el escenario político nacional, solo comparable al existente durante el periodo de la dictadura militar (1964-1985), prácticamente controlando las dos cámaras del Congreso y fortaleciendo su presencia en los corrales electorales por medio de las enmiendas secretas y otros artilugios para reproducir su poder en los diversos territorios.

El triunfo de Lula en el año 2022 generó la expectativa de un nuevo ciclo político, efectivamente progresista, con un gobierno impulsando los cambios urgentes que el país necesita: mayor gasto en programas sociales, reformas políticas, tributarias, del sistema de pensiones, mayor regulación de los mercados especulativos, combate a la corrupción, preocupación y acciones en defensa del medioambiente, penalización del feminicidio, promulgación de un marco legal contra la discriminación, etc.

En cambio, los pactos políticos de la base gobiernista, de extrema amplitud, instauraron una administración débil, precaria, amarrada, dependiente de los humores del centrão, que nunca se ha comprometido verdaderamente con la defensa de la democracia y las instituciones de la República y que ciertamente no tendrían ningún pudor en ser parte de un gobierno de extrema derecha, caso que Flavio Bolsonaro resulte ganador en dos meses más o que apoyarían sin problema un golpe de Estado que les permita seguir usufructuando de los recursos públicos.

Cuando me instalé por primera vez en Brasil, allá por fines de agosto de 1992, el país se encontraba en pleno proceso de impeachment del presidente Fernando Collor de Mello. El ánimo era de inicio de una nueva fase política que se dirimía entre dos corrientes de un ciclo socialdemócrata identificados, por una parte, un sector que representaba a los grupos de la centroderecha en el partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB), liderado por Fernando Henrique Cardoso y, por otra parte, un segmento de centro izquierda liderado por Lula da Silva, presidente del Partido de los Trabajadores (PT).

Comparativamente, el panorama actual es más pesimista. Es un embate entre un proyecto que busca insistir en la justicia social y en la defensa de los valores democráticos, frente a una extrema derecha retrógrada, agresiva, que miente descaradamente y que cuenta con las plataformas y redes sociales que reproducen esas mentiras. Es Brasil enfrentado a sus eternos fantasmas heredados de un pasado clasista y discriminatorio, cuyas elites no quieren abrir mano de sus privilegios y utilizan todos y cualquier tipo de recursos para mantenerse en el poder. Este es un país que desea dar un salto hacia un futuro con mayor justicia social y dignidad para sus habitantes, pero que se encuentra atado por los lazos simbólicos y concretos de un autoritarismo estructural forjado en la matriz esclavista, el movimiento nazifascista de los años treinta (integralismo), la dictadura militar y el bolsonarismo contemporáneo.

De esta forma, la extrema derecha continúa manteniendo su poder político y su influencia sobre un electorado cautivo que, aunque actualmente no expresa una mayoría electoral invencible, sigue representando un porcentaje nada despreciable de la población brasileña, socavando los avances sociales de la gestión petista y siendo una plataforma permanente para alimentar el discurso del odio, la mentira y el radicalismo de extrema derecha. La derrota de estas fuerzas del oscurantismo y la regresión debe ser un punto central en el horizonte y en la agenda de un país que se libere definitivamente de sus fantasmas castradores.

sábado, 25 de julho de 2026

O tarifaço e a hora do Brasil

José Luís Fiori
Outras Palavras

Soberania não é algo estático nem definitivo. Defendê-la passa por enfrentar ingerências externas – e também o atraso de setores da elite brasileira. Afinal, Trump não oferece projeto e ainda a penaliza com sanções. Estão abertas oportunidades do país construir seus próprios rumos.

A opinião do presidente Donald Trump não deve ter tido grande influência na vitória dos candidatos de extrema-direita nas recentes eleições presidenciais sul- americanas. Esta é uma ideia que pode afagar o ego do presidente americano e assustar setores da esquerda mais ressabiada, mas, no mundo real, Trump é hoje uma figura cada vez mais impopular no mundo todo, e também na América do Sul.

Não quer dizer que algumas grandes big techs e grupos financeiros de extrema-direita não tenham intervindo nessas eleições, mas isto não chega a ser uma grande novidade. Durante a Guerra Fria, os EUA promoveram 72 intervenções diretas e mudanças de regime em todo o mundo, e só na América Latina, participaram de 18 golpes de Estado entre 1952 e 1973.

O que é realmente novo é o governo americano apoiando abertamente candidatos de direita ou extrema-direita, sem propor ou oferecer nenhum tipo de projeto, estratégia ou utopia de desenvolvimento nacional no caso de vitória de seus candidatos. Ao longo da Guerra Fria, os EUA encomendaram às FFAA sul-americanas o “combate aos comunistas”, mas ao mesmo tempo propuseram aos governos locais, pelo menos até a década de 70, um grande projeto ou “utopia desenvolvimentista”.

E depois dos anos 80 e 90, os EUA propuseram e defenderam a “utopia da globalização” e das “reformas neoliberais” em troca do apoio à sua “guerra imperial contra o terrorismo. Mas agora, nesta terceira década do século XXI, o único projeto proposto pela Administração Trump aos seus seguidores é o da “caça aos narcotraficantes” e aos “imigrantes ilegais” e, sempre que possível, seu confinamento em campos de concentração, ao estilo do presidente Nayib Bukele, de El Salvador.

Como consequência quase direta dessa falta de projeto, logo depois da vitória, muitos desses novos governos vêm enfrentando situações de ruptura e “convulsão social”, com queda rapidíssima de popularidade, uma vez que só propõem repressão e desmontagem de seus próprios Estados, sem contar com nenhum tipo de ajuda dos EUA que não seja policial ou militar, com exceção da Argentina, que foi salva da falência pela intervenção financeira direta dos EUA.

Pelo contrário, quase todos esses novos vassalos norte-americanos foram penalizados com a imposição das tarifas de Donald Trump, que reduziram seu acesso aos mercados norte-americanos. E mesmo no caso da catástrofe venezuelana recente, os EUA não forneceram nenhuma ajuda excepcional, nem mesmo se dispuseram a suspender ou aliviar suas sanções que paralisam a capacidade de ação do governo venezuelano.

Além disso, apesar de sua suposta unidade ideológica, esses novos governos de direita e extrema-direita carecem de qualquer tipo de unidade ou objetivo estratégico comum. E o mais provável, na próxima década, é que sigam na condição de pequenos Estados com economias “primário-exportadoras” isoladas e irrelevantes do ponto de vista geoeconômico — e mais ainda, do ponto de vista das grandes questões da geopolítica mundial.

O Brasil é uma grande exceção nesse quadro declinante do continente sul-americano. É o quinto maior país do mundo, e sua economia inclui-se entre as 10 maiores do sistema capitalista. No início do século passado, era um país agrário, com um Estado fraco e fragmentado, e com um poder econômico e militar muito inferior ao da Argentina. Hoje, na terceira década do século XXI, o Brasil possui um produto que representa cerca de 50% do PIB total do continente sul-americano, é o país mais industrializado da América do Sul, e o principal player internacional do continente sul-americano.

Além disso, é o país do continente com maior potencial de crescimento, se tomarmos em conta seu território, população, capacidade de produção agrícola e dotação de recursos energéticos, de minerais estratégicos e de “terras raras” (com a segunda maior reserva do mundo). Dispõe de uma matriz energética limpa e de uma gigantesca reserva hídrica que o candidata a uma posição de destaque na chamada “quarta revolução industrial”, comandada pelos avanços no campo da robótica e da inteligência artificial.

No campo das relações internacionais, o Brasil mudou de rumo várias vezes nas últimas décadas. Mas com relação aos EUA, suas elites conservadoras e liberais, civis e militares têm mantido um apoio majoritário à Doutrina Monroe, desde os tempos de Joaquim Nabuco, um dos patriarcas de sua política externa. Mais recentemente, entretanto, mesmo com algumas interrupções, o governo vem construindo uma nova estratégia de inserção internacional do Brasil, lutando por aumentar seus graus de autonomia em um mundo cada vez mais “multipolar”, sem aceitar qualquer tipo de alinhamento automático com relação às Grandes Potências que dominam o sistema internacional. Foi com esta perspectiva que o Brasil se associou à China, Índia, Rússia e África do Sul, para constituir o grupo do BRICS, o bloco internacional que mais cresceu nos últimos anos, tornando-se hoje num dos maiores obstáculos ao mandonismo do governo de Donald Trump.

Esta estratégia atual do Estado brasileiro não se enquadra no “terceiro-mundismo” do século XX, nem parece ser a de um candidato apenas à liderança da “periferia mundial”, ou mesmo do chamado Sul Global. Suas posições e pronunciamentos têm apontado na direção de um universalismo cosmopolita e igualitário, e de um multilateralismo que respeita as diferenças civilizatórias e assimetrias de poder no sistema interestatal. O Brasil tem se movido entre as nações do Norte e do Sul, do Leste e do Oeste, sem fazer distinções ideológicas ou discriminar países em função de seus regimes políticos, ou pertencimentos culturais e religiosos. Além disso, o Brasil tem se oposto radicalmente a todas as tentativas de bipolarização do sistema mundial, com base em qualquer tipo de posicionamento ou estratégia das atuais Grandes Potências.

Em uma perspectiva histórica e comparativa de mais longo prazo, pode-se antecipar que, para seguir por esse caminho, o Brasil necessitará de enorme persistência e continuidade, e de uma estreita coordenação entre suas políticas externa e de defesa, e sua política econômica interna. Difícil também será o Brasil descobrir um novo caminho de afirmação de sua liderança e poder internacional, dentro e fora da América do Sul, que não utilize a mesma arrogância e violência que europeus e norte-americanos empregaram para conquistar, submeter e “civilizar” suas colônias e protetorados.

Por tudo e com tudo, não há dúvida de que a grande batalha geopolítica sul-americana será travada no Brasil neste segundo semestre de 2026. Nesse embate, o Brasil precisa ter claro que é próprio dos impérios desrespeitar sistematicamente as fronteiras dos Estados nacionais, e que países que têm projetos autônomos lutam permanentemente por suas soberanias.

Soberania não é algo estático nem definitivo, é uma condição que se conquista exercendo-a e defendendo-a continuamente, sem jamais considerá-la assegurada, nem mesmo pelo Direito Internacional ou pelas instituições multilaterais que vêm sendo sistematicamente atacadas e desrespeitadas. O Brasil vem enfrentando uma disputa em defesa de sua soberania, contra um poder assimétrico e imperial, e contra setores de sua própria elite civil e militar, que é “binária” e subserviente por sua própria natureza, incapaz de entender a complexidade do mundo contemporâneo.

Trata-se de uma conjuntura extremamente complexa e desafiadora, mas é também a hora em que o Brasil poderá abandonar sua longa dependência externa, assumindo seu próprio comando, dentro do sistema mundial e frente à história da humanidade.

terça-feira, 21 de julho de 2026

La furia de la naturaleza frente a la ignorancia y la arrogancia

Adolfo Estrella
El Desconcierto

La naturaleza está asediada y pocos son los que la defienden con convicción, rotundidad y vehemencia. Por eso ella, sola, resiste y se rebela con furia.

La naturaleza está iracunda. Tras siglos de daño acumulado que han modificado con profundidad y dramatismo sus flujos y ciclos, en Chile y en todo el planeta Tierra, la naturaleza se rebela. Sus metabolismos energéticos llevan tiempo alterados por la acción humana. La naturaleza está siendo asediada y responde con rabia frente a los ataques.

Lo que se ha alterado son los equilibrios de sus ecosistemas, hasta el punto de que las posibilidades de volver a muchos de sus estados metabólicos anteriores son nulas. El daño está hecho y, en muchas de las dimensiones de la vida sobre el planeta, ya no hay marcha atrás. Al caos climático se añaden el agotamiento energético, la contaminación generalizada y la pérdida de biodiversidad. Todo esto está estudiado, modelizado y publicado. «El que tenga ojos para ver, que vea; y el que tenga oídos para escuchar, que oiga».

Mientras una parte importante de la geografía chilena se ahoga con lluvias torrenciales, en Europa la población resiste como puede temperaturas inéditas y mortales. Desde hace años se repite lo mismo: los indicadores de temperatura de los océanos, de pluviosidad, de sequías, de huracanes y de muchos otros fenómenos alcanzan valores «nunca vistos». Los umbrales se ven sobrepasados continuamente y las anomalías del clima se han vuelto «normales».

En Chile, esta reciente avalancha de agua se fue creando a miles de kilómetros de distancia, viajó por los mares australes y chocó con la cordillera de los Andes. Y el agua bajó por los cauces por los que siempre ha bajado y allí se encontró con tierras resecas, no absorbentes, y con la mezcla fatal de especulación inmobiliaria y políticas de planificación y adaptación insuficientes. Y, por supuesto, también se encontró con viejas y nuevas pobrezas vergonzantes de un país profundamente clasista y desigual, que, sin embargo, ha elegido como gobernantes a los peores.

Con furia responden los ecosistemas a las agresiones antrópicas, es decir, a las causadas por la acción humana mediada por un sistema de producción y consumo depredador. Esto no es parte de ningún «ciclo natural», como quieren hacernos creer los negacionistas de todo pelaje. La evidencia científica muestra, sin ambigüedad, la profundidad de los daños y a sus responsables.

Curiosamente, los mismos que niegan el caos climático son los que aceptan con toda naturalidad y confianza las previsiones del tiempo para verificar las condiciones de su viaje a la playa el fin de semana. Pero sucede que los modelos de previsión del tiempo (a plazo corto) y del clima (a plazo largo) tienen el mismo sustento estadístico y probabilístico. Es la misma ciencia, la misma técnica y el mismo cálculo.

La naturaleza es un complejo mecanismo de acciones y retroacciones: los eventos producen efectos y estos vuelven sobre sus causas. No hay linealidad en las dinámicas naturales. Y hay umbrales que ya se han cruzado sin vuelta atrás. Por ello, las acciones de adaptación son más relevantes que las de mitigación en un país como Chile, cuya contribución neta al efecto invernadero es mínima.

La agresión a la naturaleza promovida por la voracidad expansionista del capital tiene en Chile, en la figura de Vicente Pérez Rosales, su epítome, quien fue nombrado «agente de colonización» en 1850. Para recibir en el sur a colonos alemanes, transformó extensos y húmedos bosques de la zona en tierras de labranza. En sus memorias relata cómo, en determinada época, alrededor del lago Llanquihue el sol estuvo «empañado» durante tres meses como efecto de los fuegos que había ordenado iniciar, quemando «las selvas que ocupaban gran parte del Valle Central al sudeste de Osorno».

La ceguera frente a la naturaleza alcanza, con los actuales gobernantes, niveles que hacen probablemente sonrojar a cualquier niño que haya recibido unas pocas clases de ecología básica. Decir que el agua de los ríos «se pierde en el mar» o que los proyectos extractivos y la especulación inmobiliaria son más importantes que las «arañitas» o los humedales es una muestra vergonzosa, entre muchas otras, de la mezcla perversa de ignorancia y arrogancia a la que nos tienen acostumbrados los dueños del país.

Pero esto es la caricatura de lo que sucede prácticamente en toda la clase política, incluso con las llamadas izquierdas y centroizquierdas, que no han salido nunca del modelo productivista-extractivista ni de la defensa irreflexiva del políticamente correcto «desarrollo sostenible». La naturaleza está asediada y pocos son los que la defienden con convicción, rotundidad y vehemencia. Por eso ella, sola, resiste y se rebela con furia.

terça-feira, 14 de julho de 2026

Triunfo electoral de Lula se sigue consolidando

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Las encuestas de opinión electoral de los últimos meses están confirmando el triunfo de Lula tanto en la primera como en la segunda vuelta. Por ejemplo, en el estudio del mes de julio realizado por la agencia Quaest, se refleja que la distancia entre Lula y Flávio Bolsonaro viene aumentando gradualmente en las sucesivas mediciones. Si en mayo ambos candidatos estaban técnicamente empatados -con 42 y 41% respectivamente-, en esta reciente encuesta Lula da Silva abre una ventaja de 8 puntos sobre su adversario, con un 45% de apoyo para el actual mandatario y un 37% para el primogénito de ex presidente Jair Bolsonaro.

Según diversos analistas, la tendencia es que esta preferencia del electorado brasileño se siga robusteciendo, sobre todo después de la conducta errática que demuestra Flávio Bolsonaro con relación a temas relevantes para los ciudadanos de este país. En su reciente viaje a Washington, el candidato de la extrema derecha tuvo una participación lamentable frente al Escritorio de la Representación Comercial de Estados Unidos (USTR), exponiendo en un breve discurso que no sería conveniente que el gobierno de Donald Trump aplique sus alzas tarifarias al Brasil antes de las elecciones, pues ello acabaría beneficiando la candidatura del actual presidente Lula da Silva.

El absurdo de este discurso, es que la mayoría de los electores saben que fue el propio Flávio y su hermano Eduardo Bolsonaro, quienes sugirieron la aplicación de mayores tarifas al gobierno de Lula como una manera de presionar al Poder Judicial para que dejara sin efecto la condenación contra su padre, Jair Bolsonaro. Usando los datos de algunas empresas de estudios de opinión, Flávio señala que Lula estaría ampliando su ventaja cada vez más sobre él, en función de la aplicación de las nuevas tarifas anunciadas por la administración norteamericana.

Entonces, el senador sugiere que el gobierno Trump sería el principal culpable de su declinio sistemático en las preferencias de los electores brasileños en los meses recientes. Y ahora desea aparecer como el mentor de una solución al problema tarifario que el mismo ha creado, junto con su hermano y un grupo de lobistas brasileños radicados en Estados Unidos. En síntesis, el argumento del hijo mayor de Bolsonaro no es que el aumento de las tarifas sea negativo porque compromete la economía y el intercambio comercial de Brasil, sino que es nefasto porque está ayudando a que Lula se reelija para un cuarto mandato.

Además, en su discurso de Washington, Bolsonaro le achaca al gobierno brasileño todos los males y desafectos creados entre ambos países, como parte de un proyecto para desprestigiar a las instituciones de Estados Unidos. Entre las iniciativas “agresivas” de Brasil, estaría la defensa del etanol o las disputas creadas en torno a la existencia del sistema de pagos alternativo (Pix), elaborado por técnicos del Banco Central hace años atrás. También entran en estas desavenencias la regulación de las big techs, las que, en rigor, han sido aplicadas fundamentalmente por la Justicia brasileña y no por la actual gestión del presidente Lula. La impostura sobre estas cuestiones por parte de un oportunista Flavio Bolsonaro es tan fragrante, que una mayoría significativa de los ciudadanos ven en estas acusaciones un simple “volador de luces” que busca camuflar los casos de corrupción que involucran al clan Bolsonaro con las estafas del Banco Master y las estrechas relaciones entre Flavio con su dueño, el empresario Daniel Vorcaro, actualmente en un presidio Federal (Flavio Bolsonaro, el desplome de un corrupto).

Misoginia bolsonarista compromete campaña de Flávio

La apuesta del bolsonarismo por captar la adhesión de gran parte del mundo evangélico se asentaba en el presupuesto básico de que los llamados “creyentes” se inclinan preferencialmente por candidatos conservadores y escasamente votan por representantes de la izquierda. Lo cierto es que dicha apuesta simple y directa le ha dado frutos electorales, hasta ahora, a los grupos de extrema derecha que dicen enarbolar las banderas de defensa de los valores basados en la triada Dios, Patria y Familia.

Sin embargo, las disputas al interior del bolsonarismo, entre la ex primera dama, Michelle, y el hijo primogénito del patriarca de la familia Bolsonaro, han venido mermando sostenidamente el apoyo del candidato Flávio. Las declaraciones misóginas del senador y algunos de sus asesores provocaron la ruptura dentro del clan, y la propia Michelle Bolsonaro ha acusado recientemente al hijo mayor del ex capitán de despreciarla públicamente, no tomar en cuenta sus opiniones y boicotear sus políticas de alianzas en los diversos reductos electorales existentes a lo largo del país.

Las afirmaciones de un importante asesor de Flavio Bolsonaro que reside en Estados Unidos, Paulo Figueiredo –nieto del último dictador militar Joao Batista Figueiredo- puso más leña en esta embestida misógina de la extrema derecha. Según él, las mujeres no saben votar o votan muy mal, especialmente las solteras que no están bajo el alero y la influencia de los maridos que orientarían oportunamente a las mujeres casadas para votar mejor. Estas ideas se inspiran en viejas premisas planteadas por un pastor pentecostal norteamericano, Douglas J. Wilson, defensor del denominado “patriarcado bíblico”, quien señalaba que el voto individual debería ser substituido por el voto domiciliar, es decir, el voto debería ser emitido por el conjunto de la familia liderada por el marido o por el "jefe del hogar".

Esta norma que parece anecdótica y extemporánea en nuestra época, es asumida bizarramente por parte de esa derecha retrógrada que desea ver a las mujeres todavía dedicadas exclusivamente a tareas de la casa y la reproducción, ocupando un papel subalterno y decorativo dentro de la familia. El bolsonarismo aspira a que las mujeres sean aquel sustento dócil, recatada y obediente que apoya incondicionalmente a los hombres que toman las decisiones, aunque dichas decisiones sean completamente erradas. Esta teología patriarcal no busca más que mantener el sometimiento de las esposas y garantizar el predominio sin contestación de la dominación masculina. El proyecto es tan atrasado que hasta una fuerte adherente al mundo pentecostal y conservador como Michelle Bolsonaro, encontró que estaba siendo tratada con menosprecio y falta de respeto.


El video que difundió Michelle en las redes sociales cayó como una bomba en el Partido Liberal, al cual pertenece, y fue presionada para renunciar a su cargo de presidenta del PL Mujer. Este puesto le había permitido obtener mayor protagonismo en la política brasileña, poniendo en riesgo los intereses electorales de Flávio en estas elecciones y comprometiendo su liderazgo como el heredero legítimo del espolio electoral de Jair Bolsonaro. Las huestes bolsonaristas que destilan su odio en las redes sociales han llamado a Michelle de “fanática feminista”, cuando ella se ha definido durante toda su trayectoria pública como una mujer conservadora, obediente y sierva de Dios.

Los ataques recibidos por Michelle después de la difusión del video fueron respondidos por una onda de solidaridad por parte del mundo evangélico y del electorado femenino, lo cual debería disminuir aún más el apoyo a Flavio Bolsonaro en estos segmentos de votantes en la próxima contienda. Es decir, la estrategia errática del candidato Flavio y las divisiones internas de su base política, sumada a las diversas cuentas pendientes que posee con la justicia brasileña (rachadinhas, vínculo con milicianos, caso Banco Master), diseña un escenario cuesta arriba para el representante de la derecha en la recta final del pleito electoral.

Sin un programa claro de gobierno, sus participaciones en la esfera pública se han reducido a la defensa de su padre y a presentarse como una víctima de los intereses políticos de una izquierda radical, en una narrativa poco convincente, excepto para el bolsonarismo raíz. Pensando a nivel nacional, muy poco para un aspirante a presidente. Por estos y otros motivos, consideramos que, de no suceder algo extraordinario en los próximos dos meses, la tendencia hacia la reelección del actual presidente Lula se va afianzando cada vez con mayor contundencia.

sábado, 11 de julho de 2026

55 años de la Nacionalización del Cobre


La Nacionalización del Cobre en Chile (Ley N° 17.450) fue aprobada por unanimidad en el Congreso el 11 de julio de 1971. Este proceso histórico impulsado por el presidente Salvador Allende permitió al Estado chileno asumir el dominio absoluto de los principales yacimientos cupríferos, consolidando su soberanía económica.

Friedrich Engels nos mostró cómo hacer historia


Paul Blackledge
Jacobin

Una caricatura retrata a Friedrich Engels como un ultradeterminista que presentó a los seres humanos como marionetas de las fuerzas económicas. En realidad, sus escritos históricos fueron sutiles y sofisticados, y mostraron de qué manera la agencia humana puede cambiar el curso de la historia.

Existe un mito según el cual Friedrich Engels distorsionó la teoría social revolucionaria de Karl Marx hasta convertirla en una forma de determinismo tecnológico políticamente fatalista. Si bien es posible extraer frases fuera de contexto para justificar esta afirmación, la verdad es que Engels era un pensador sumamente sofisticado, con un conocimiento enciclopédico de la historia, que colocó a la agencia humana consciente en el centro de su comprensión del proceso histórico. Si bien entendía que la agencia humana estaba materialmente determinada, su modelo de determinación no era en absoluto mecánico ni reduccionista.

E.P. Thompson tenía, sin lugar a dudas, razón cuando sostuvo que debíamos precavernos de los intentos de convertir a Engels en el «chivo expiatorio» de cualquier defecto «que se elija imputarle al marxismo posterior». Y Perry Anderson, con justicia, torció el bastón hacia el lado contrario frente a los intentos de denigrar el legado de Engels, cuando sugirió que en realidad era un historiador más sólido que Marx: «Los juicios históricos de Engels son casi siempre superiores a los de Marx. Poseía un conocimiento más profundo de la historia europea, y tenía una comprensión más segura de sus estructuras sucesivas y salientes».

El nacimiento del materialismo histórico

En sus propios comentarios, eminentemente sensatos, sobre el método que él y Marx desarrollaron, Engels hizo una observación que se ha vuelto célebre:

Si algunos escritores más jóvenes le atribuyen al aspecto económico más importancia de la que le corresponde, Marx y yo somos en cierta medida responsables de ello. Tuvimos que subrayar este principio rector frente a los adversarios que lo negaban, y no siempre tuvimos el tiempo, el espacio o la oportunidad de hacerles justicia a los demás factores que interactuaban entre sí. Pero la cuestión era distinta cuando se trataba de retratar una sección de la historia, es decir, de aplicar la teoría en la práctica, y ahí no era admisible ningún error.

Para Engels, «el factor determinante en la historia es, en última instancia, la producción y reproducción de la vida real». Sin embargo, insistía, «si alguien distorsiona esto declarando que el momento económico es el único factor determinante, convierte esa proposición en una jerga abstracta, ridícula y carente de sentido».

Lamentablemente, a lo largo del último siglo y más ha existido toda una industria artesanal empeñada en distorsionar las proposiciones de Marx y Engels hasta convertirlas en piezas de jerga abstractas, ridículas y carentes de sentido. Esto es particularmente cierto en lo que respecta a los escritos de Engels. La calumnia que se le ha arrojado encima puede estar relacionada con el hecho de que no solo acuñó el término «materialismo histórico», sino que también, podría decirse, inventó su práctica a través de su autoría de la primera obra de historia «marxista»: La guerra campesina en Alemania (1850).

Producido sobre el trasfondo de las revoluciones derrotadas de 1848, este estudio estaba destinado tanto a aportar evidencia de una auténtica tradición revolucionaria alemana como a contrarrestar las tendencias moralistas y voluntaristas presentes entre los fragmentos de la izquierda revolucionaria derrotada. Mientras que el padre de la historia positivista moderna, Leopold von Ranke, hizo la afirmación superficial y mística de que el levantamiento campesino de 1525 había surgido como una «convulsión de la naturaleza», Engels trató a todos los personajes principales como agentes racionales, cuyo comportamiento podía comprenderse mejor mediante un análisis en profundidad de sus contradictorios intereses materiales, enraizados en las relaciones sociales contemporáneas.

Su intención era captar la esencia social subyacente del movimiento revolucionario por debajo de su apariencia superficial de mera explosión de misticismo religioso. Estructura y agencia no son, según este modelo, opuestos: de hecho, son mutuamente constitutivas. Su afirmación de que las revoluciones tienen causas profundas no es una alternativa a explorar el papel de la agencia dentro de ellas, sino más bien el prerrequisito necesario para semejante indagación.

Crítico militar

El poder de este enfoque para el estudio de la historia resulta evidente en sus escritos militares. Como observó Walter Gallie, Engels se consagró como «probablemente el crítico militar más perspicaz del siglo XIX». Comentando un ensayo de Engels sobre este tema, «Ejército» (1857), Marx escribió que había quedado «anonadado», no solamente «por el mero volumen de la obra», sino también por su calidad: la consideraba una pieza de trabajo que «demuestra lo acertado de nuestros puntos de vista en cuanto a la conexión entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales».

Más allá de cualquier otra cosa que pueda decirse de «Ejército», no se trata de una pieza de materialismo mecánico o de determinismo tecnológico. En realidad, es un estudio magistral de la historia militar occidental desde la Antigüedad hasta la época inmediatamente posterior a Napoleón. A lo largo del ensayo, si bien Engels enmarcó su relato en relación con su contexto social, su atención a la organización, el liderazgo, la moral y la cultura iluminó la naturaleza no reduccionista de su materialismo.

Al trazar los enfrentamientos entre griegos y persas, sostuvo que la organización, el entrenamiento y el liderazgo de los griegos hicieron que las «muchedumbres torpes y desordenadas» de sus adversarios fueran «absolutamente incapaces de ofrecer nada más que una resistencia pasiva frente a la falange incipiente de Esparta y Atenas». En relación con los conflictos entre los propios griegos, explicó de manera similar la dominación de Esparta en la guerra terrestre como resultado de su organización interna.

Sin embargo, también señaló que el sistema social griego pudo sostener el servicio militar de los hombres libres porque estaba basado en la esclavitud. En Atenas, la preparación militar tomaba la forma de dos años de servicio a los dieciocho años de edad, tras lo cual el hombre libre mantenía una posición en las reservas hasta los sesenta años.

Si este sistema producía muy buenos soldados, los cuarenta años de servicio militar de los hombres de Esparta, entre los veinte y los sesenta años, aseguraban que sus hoplitas estuvieran incluso mejor entrenados. Dado que el movimiento unificado que exigía la falange solo podía dominarse mediante largos años de práctica colectiva, «mientras la falange decidía la batalla, el espartano, a la larga, llevaba la ventaja».

Un arte práctico

El matiz característico que Engels agregó a este argumento, «a la larga», junto con su atención al momento organizativo del análisis, señala el hecho de que su materialismo no era en absoluto mecánico. Tómese, por ejemplo, sus comentarios sobre la manera revolucionaria en que Epaminondas condujo a los tebanos a la victoria sobre Esparta en 371 a. C. En una innovación táctica de profundo mérito, Epaminondas decidió no enfrentar a los espartanos en una línea tradicional, sino formar un orden oblicuo cuyo punto más fuerte era una columna profunda que avanzaba contra el ala más fuerte de sus adversarios espartanos.

Esta formación novedosa quebró la línea espartana en su punto más fuerte, tras lo cual Epaminondas flanqueó a un enemigo que se había vuelto incapaz de recrear su orden táctico. Engels reconoció que el genio de Epaminondas residía en su capacidad para reconocer el poder organizativo del enemigo y cambiar sus tácticas para socavar ese poder. A partir de ese momento, como escribió en otro lugar, el liderazgo militar se convirtió en un arte «que hay que aprender teórica y prácticamente».

Si bien los macedonios perfeccionaron esta revolución táctica, la fuerza de su forma militar siguió dependiendo de un intenso programa de entrenamiento que solo era posible porque la esclavitud había liberado a su infantería de la necesidad del trabajo manual. No obstante, por mucho que se entrenaran los hoplitas, su poder no excedía al del propio sistema de la falange.

Según resultó, la característica misma que le daba a la falange su poder demostró ser la causa de su caída. Mientras que la eficacia de la falange dependía del movimiento coherente de una masa de hombres, el hecho de estar en masa significaba que la falange era relativamente inflexible.

En terreno accidentado en particular, el orden de la falange podía verse comprometido al encontrarse con un enemigo. Esto resultó ser el caso de los romanos, que fueron capaces de sacar provecho de esta falla mediante el despliegue de infantería pesada en una formación más flexible.

De la Antigüedad al feudalismo

Los romanos pudieron derrotar a los griegos gracias a sus innovaciones organizativas. Sin embargo, a medida que el Imperio Romano se expandía y se estabilizaba, el ejército tendía a perder su carácter romano. Las exigencias militares implicaron que, en lugar de esclavizar a los bárbaros derrotados para reproducir las relaciones de producción existentes, Roma reclutara en masa a esos viejos adversarios para su ejército.

Para Engels, este proceso desembocó en la gradual desromanización del ejército y en la eventual caída del imperio. Fue cuando «cesó toda distinción de equipamiento y armamento entre romanos y bárbaros» que las tribus germánicas, «física y moralmente superiores, marcharon sobre los cuerpos de las legiones no romanizadas».

La corporalidad y la moral, que habían quedado en un segundo plano mientras la organización y la táctica ocupaban el primer plano, se volvieron entonces más importantes a medida que las diferencias organizativas tendían a desaparecer. Estos cambios organizativos reflejaban la decadencia del modo de producción esclavista.

A medida que Roma se fragmentaba en el nuevo modo de producción feudal, la caballería resurgió como el factor decisivo en la guerra. Si bien los caballeros feudales que surgieron de este proceso podían vencer con facilidad a los campesinos locales sin entrenamiento, los conflictos con las fuerzas árabes durante las Cruzadas y con los mongoles en Europa oriental mostraron que estas tropas montadas no eran rivales para «los activos jinetes ligeros de Oriente».

Pese a esta debilidad, las derrotas a manos de estos jinetes ligeros no llevaron al colapso del antiguo orden. Esta transformación tuvo que esperar hasta que la emergencia de un capitalismo embrionario dentro del modo de producción feudal comenzara a crear las condiciones a través de las cuales el sistema militar feudal terminaría por desmoronarse.

Engels sostuvo que el ascenso de las ciudades y de los Estados centralizados, junto con la introducción de la pólvora proveniente de Oriente, sustentó una lenta revolución en la organización y la táctica militares. El papel de la infantería volvió a expandirse a medida que las limitaciones de la caballería se hacían cada vez más evidentes. Este proceso vio a los mosquetes convertirse en armas de guerra cada vez más poderosas a medida que los cambios tecnológicos aumentaban la velocidad de recarga.

Guerra revolucionaria

Estas innovaciones tecnológicas le dieron forma a los cambios en la táctica militar, ya que el aumento de la velocidad de recarga permitió líneas de infantería más largas y menos profundas, con una mayor cadencia de fuego. Los beneficios evidentes de esta nueva táctica crearon, sin embargo, dificultades inéditas, ya que las incómodas líneas de soldados requerían un entrenamiento incesante —recordado hoy a través de los ya obsoletos desfiles que forman parte de las paradas de dictadores y reyes—, mientras que las largas líneas delgadas presentaban puntos débiles en sus flancos.

No obstante, las fortalezas del nuevo sistema culminaron inicialmente en los abrumadores éxitos de Federico el Grande contra los austríacos. El propio Federico fue el primero en admitir que había aplicado a las condiciones modernas las lecciones aprendidas de Epaminondas y de su orden oblicuo de ataque.

Mientras que los éxitos de Federico dependían de una soldadesca bien adiestrada, apenas unos años después de su muerte la Revolución Francesa tuvo que defenderse con un ejército ciudadano relativamente sin entrenamiento, reclutado a través de las levées en masse. Este nuevo ejército ciudadano, forjado a través de la conciencia nacional, aprendió de los éxitos de las igualmente inexpertas tropas norteamericanas contra los británicos de una década antes.

Engels señaló que, al igual que los norteamericanos, las tropas francesas recién reclutadas estaban ideológicamente comprometidas con su causa pero tenían poco tiempo para dominar las complejidades del adiestramiento. En consecuencia, se inclinaron hacia las tácticas de escaramuza contra el enemigo. Por desgracia para los franceses, estos no contaban ni con los bosques vírgenes de Estados Unidos en los que podrían desvanecerse ante el enemigo, ni con su espacio interminable para la retirada. Como resultado, el ejército ciudadano francés, relativamente sin entrenamiento, necesitaba algo más que esta táctica para poder aprovechar sus nuevas armas.

Lo encontraron en la columna cerrada. Combinadas con los tiradores de escaramuza, las columnas cerradas se enfrentaban eficazmente al enemigo en línea extendida, con tropas que actuaban con flexibilidad según el contexto geográfico. Buscaban protección en el terreno accidentado y en las aldeas, y sobrevivían viviendo de la tierra.

Engels señaló dos avances tecnológicos que facilitaron esta flexibilidad. Primero, los franceses introdujeron en 1777 la culata de fusil inclinada, que permitió a sus tiradores de infantería (tirailleur) apuntarle mejor al enemigo. Segundo, aprovecharon «la cureña más liviana pero aún sólida construida a mediados del siglo XVIII», que hizo posible «la mayor movilidad exigida más tarde a la artillería».

El ascenso del fusil

Los puntos referidos a la escaramuza y a vivir de la tierra revisten una importancia cardinal para nuestra historia. En cuanto a la escaramuza, en su ensayo «Infantería» (1859), Engels sostuvo que esta práctica había sido una parte normal de la guerra desde la Antigüedad hasta la Edad Media, e incluso hasta el siglo XVII. Luego desapareció, para reaparecer recién en la Guerra de Independencia estadounidense:

Mientras que a los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos unidos por la coacción y el trato severo, no se les podía confiar el combate en orden extendido, en Estados Unidos tuvieron que vérselas con una población que, sin entrenamiento en el adiestramiento regular de los soldados de línea, eran buenos tiradores y estaban bien familiarizados con el fusil. La naturaleza del terreno los favorecía; en lugar de intentar maniobras para las que en un principio eran incapaces, cayeron inconscientemente en la escaramuza. Así, el enfrentamiento de Lexington y Concord marca una época en la historia de la infantería.

Estos cambios tácticos sustentaron una demanda de revolución en la tecnología militar. En su «Historia del rifle» (1861), Engels señaló que el fusil era un producto de la tecnología alemana del siglo XV que apenas había visto mejoras en su construcción antes del siglo XIX.

Hasta ese momento, los fusiles eran más precisos que los mosquetes de ánima lisa hasta una distancia máxima de alrededor de 350 a 450 metros, pero también eran más complejos de fabricar y considerablemente más lentos de recargar. En consecuencia, los mosquetes de ánima lisa constituían el grueso de las armas de fuego de la infantería y la caballería. Y aunque los ejércitos europeos siguieron usando fusiles, su despliegue fue muy limitado y en gran medida irrelevante para el desenlace de las batallas.

Sin embargo, las cosas cambiaron con el resurgimiento de la escaramuza en las guerras revolucionarias estadounidense y francesa. En lugar de ejércitos que se enfrentaban predominantemente en líneas, «de ahí en adelante se introdujo el orden extendido en cada enfrentamiento; la combinación de tiradores de escaramuza con líneas o columnas se convirtió en la característica esencial del combate moderno».

Como señala Engels, el grueso de las municiones se gastaba durante las escaramuzas, dirigido contra blancos que «rara vez eran más grandes que el frente de una compañía; en la mayoría de los casos, debían disparar contra hombres solos, bien ocultos por objetos de cobertura. Y sin embargo, el efecto de su fuego es de suma importancia». Mientras que los viejos mosquetes eran prácticamente inútiles en esta nueva forma de guerra, los fusiles existentes resultaban casi igual de inadecuados, porque eran demasiado lentos de recargar y, como consecuencia de la dificultad asociada a forzar las balas por cañones más largos, demasiado cortos para ser usados con bayoneta.

Estas deficiencias hacían que los soldados armados con fusiles fueran vulnerables al ataque, ya sea de infantería con bayonetas o de caballería. En estas circunstancias, escribió Engels, «el problema se presentó de inmediato: inventar un arma que combinara el alcance y la precisión del fusil con la rapidez y la facilidad de carga y con la longitud de cañón del mosquete de ánima lisa». Un arma semejante tendría que ser «apta para ser puesta en manos de todo soldado de infantería».

La marcha con el estómago lleno

La demanda de fusiles rayados generada por esta revolución en el arte de la guerra sustentó la transformación revolucionaria del fusil a lo largo del siglo XIX. Engels puso patas para arriba al determinismo tecnológico:

Con la propia introducción de la escaramuza en la táctica moderna, surgió la demanda de un arma de guerra así perfeccionada. En el siglo XIX, cada vez que surge una demanda de algo, y esa demanda está justificada por las circunstancias del caso, es seguro que será satisfecha.

El resto del ensayo es un relato sofisticado del desarrollo acumulativo del fusil después de 1828. En «La táctica de infantería y sus fundamentos materiales, 1700-1870» (1877), describió cómo el uso generalizado de los fusiles de retrocarga en la guerra franco-prusiana llevó a que las columnas fueran reemplazadas por cadenas compactas de tiradores de escaramuza, porque las primeras se habían convertido en un blanco demasiado fácil para las nuevas armas.

En cuanto a la cuestión de vivir de la tierra, Engels vinculó este punto con el de la innovación tecnológica a través del concepto de la productividad del trabajo. Si Federico abrió la puerta a una revolución en el arte de la guerra, fue Napoleón quien profundizó masivamente esta revolución en materia de movilidad, al dividir a la Grande Armée en corps d’armée que podían actuar como fuerzas militares relativamente autosuficientes.

Cada corps d’armée era lo suficientemente grande y complejo como para llevar el combate al enemigo, a la vez que lo bastante pequeño como para sostenerse a sí mismo viviendo de la tierra, de un modo que reducía sus líneas de suministro y aumentaba su velocidad. Napoleón, célebremente, combinó velocidad con masa manteniendo a cada corps d’armée a solo un día de marcha de distancia entre sí. Podían engañar a sus enemigos respecto de su objetivo previsto, a la vez que conservaban la capacidad de unirse cuando fuera necesario para enfrentar al enemigo: «Marchar divididos, combatir unidos», como escribió en una frase que recordaría Vladimir Lenin en sus argumentos a favor de la táctica del frente único.

Según Engels, el sistema militar de Napoleón estaba supeditado al desarrollo previo de las fuerzas productivas. Pese a la controversia que rodea este aspecto de la teoría marxista, en este caso al menos parece tratarse de puro sentido común. Si los franceses eran «casi invencibles» pero aun así en ocasiones vulnerables, incluso en su apogeo, esto no se debía simplemente a las vicisitudes de los líderes locales. También se debía a que su estilo de guerra móvil dependía de la capacidad de los soldados para vivir de la tierra.

Como señaló Engels en «Condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza contra Francia en 1852» (1851), los aumentos previos y de largo plazo en la productividad del trabajo agrícola fueron el prerrequisito para el éxito de este enfoque, lo que lo hacía «imposible durante un período prolongado en un país pobre, semibárbaro y escasamente poblado». Por eso los ejércitos franceses «perecieron lentamente en España, y rápidamente en Rusia».

El hilo ininterrumpido

En ese mismo ensayo, Engels sostuvo que las dos características clave del sistema napoleónico —su carácter de masa y su movilidad— eran productos de la emergencia del capitalismo: «La guerra moderna presupone la emancipación de la burguesía y del campesinado; es la expresión militar de esa emancipación». Al especular sobre las posibles consecuencias de una nueva Revolución Francesa, planteó el argumento materialista de que nuevos desarrollos en las fuerzas productivas —específicamente el uso generalizado del telégrafo y la expansión de los ferrocarriles por Europa occidental— estaban volviendo «cada día más imposible» el dominio ruso.

No obstante, Engels seguía subrayando el punto no reduccionista de que cualquier esperanza que se pudiera depositar en una Francia revolucionaria en su lucha contra la Rusia contrarrevolucionaria «presupone que habrá un buen ministro de Guerra». Reiteró su visión sobre la importancia del liderazgo militar al abordar los éxitos de la levée en masse.

Engels sostuvo que los éxitos iniciales de los reclutas bisoños de Francia dependían de la existencia de un núcleo de soldados experimentados en torno al cual se organizaban. Es más, las victorias francesas en las primeras guerras revolucionarias de la década de 1790, en particular sobre los prusianos y los austríacos en Valmy en 1792, fueron consecuencia no tanto de la pericia y el entusiasmo franceses como de la incompetencia alemana.

Todos estos argumentos ponen en evidencia un punto clave: la visión de Engels sobre la centralidad de la agencia humana históricamente constituida en la fabricación de la historia. Como señaló Marx en sus comentarios sobre «Army», Engels no redujo la historia humana a un relato de avance tecnológico, sino que desplegó su comprensión de esos avances como el medio para una comprensión rica de la agencia humana, a través de la cual pudo dar sentido al núcleo racional del voluntarismo evitando al mismo tiempo su superficialidad.

Con palabras que parafrasean la solución formal que da Marx a la relación entre estructura y agencia en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Engels escribió:

Los hombres hacen su propia historia, sólo que en medios dados que la condicionan, y sobre la base de relaciones reales ya existentes, entre las cuales, las relaciones económicas —por mucho que puedan ser influidas por las políticas e ideológicas— siguen siendo las que deciden en última instancia, constituyendo el hilo rojo que las atraviesa y que es el único que conduce a comprender las cosas.

Los escritos históricos de Engels dan vida a esta relación. Al hacerlo, ofrecen un recurso poderoso para cualquiera que quiera dar sentido a la historia de un modo que escape a las triviales superficialidades de buena parte del trabajo histórico y político contemporáneo.