domingo, 3 de maio de 2026

Victor Serge, un revolucionario indómito

Ian Birchall
Pluto Press

Víctor Serge vivió una notable secuencia de convulsiones revolucionarias antes de morir en el exilio mexicano a los 56 años. La vida y la obra de Serge, atrapadas entre la esperanza y la desesperación, pueden ayudarnos a comprender el turbulento siglo XX europeo.

Muchos lectores conocerán la obra literaria de Víctor Serge: sus novelas, en particular El caso del camarada Tulayev, y su fascinante autobiografía Memorias de un revolucionario. Toda su obra gira en torno a los grandes acontecimientos históricos de la primera mitad del siglo XX, las esperanzas suscitadas por la Revolución Rusa de 1917 y su posterior desenlace catastrófico.

Ahora Mitchell Abidor ha escrito una biografía de Serge, basada en una investigación exhaustiva y en documentación reunida por el gran estudioso y traductor de Serge, Richard Greeman. Si bien Abidor no cuestiona de manera fundamental el relato que el propio Serge presentó en sus Memorias, añade numerosos detalles fascinantes que sitúan la evolución política de Serge en su contexto.

Anarquismo y bolchevismo

Nacido en Bélgica en el seno de una familia rusa con el nombre de Víctor Lvovich Kibálchich, Serge atravesó un notable proceso de desarrollo intelectual siendo todavía adolescente (nunca fue a la escuela). Se trasladó a París y se incorporó activamente como escritor y editor al ambiente anarquista, terminando en prisión durante cinco años.

Abidor dedica el primer cuarto del libro a la etapa anarquista de Serge. Los revolucionarios no nacen como tales, sino que se hacen a sí mismos, a menudo a través de un camino marcado por dificultades y contradicciones. Aunque Serge conservó siempre cierta simpatía por el anarquismo, Abidor muestra que existían algunos elementos profundamente reaccionarios en el ambiente anarquista parisino.

La influencia del individualismo radical y un marcado pesimismo sobre la posibilidad del cambio social hicieron que Serge fuera muy escéptico respecto a la viabilidad de la acción colectiva. Fueron sus experiencias posteriores de acción de masas, primero en España y luego en Rusia, las que lo llevarían a una reorientación fundamental de su actividad política.

La Revolución Rusa de 1917 fue el punto de inflexión decisivo en el desarrollo de Serge. Para Serge, como para toda una generación devastada por la espantosa matanza masiva de la Primera Guerra Mundial, la llegada al poder del Partido Bolchevique fue un momento de esperanza, esperanza de que fuera posible construir un orden social completamente diferente.

El joven Serge se había entregado a especulaciones sobre la posibilidad de la revolución. Ahora una revolución real había ocurrido y, aunque divergía de sus ideas anteriores, estaba decidido a desempeñar su papel en ella. Con grandes dificultades, se abrió camino a través de Europa y se puso al servicio de los bolcheviques.

La Rusia posrevolucionaria no era un paraíso. La razón principal —y una que Abidor podría haber subrayado más— fueron los esfuerzos realizados por las grandes potencias de Occidente (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, etc.) para subvertir y derrocar al nuevo régimen e impedir que la esperanza que encarnaba contagiara a los trabajadores de otras partes del mundo. Ejércitos extranjeros invadieron Rusia para unirse a los contrarrevolucionarios locales; la llamada guerra civil fue una guerra de defensa nacional. Serge, que participó en la defensa armada de Petrogrado y escribió una poderosa historia al respecto, El año uno de la Revolución Rusa, lo comprendía bien.

Ciertamente Serge tenía, como muestra Abidor, críticas y reservas sobre los primeros años de la revolución. Pero no hay duda de que su principal motivación en esos años era el compromiso de defender y propagar la revolución. Incluso apoyó la supresión de la revuelta de Kronstadt contra los bolcheviques en 1921 (aunque más tarde cambió de opinión al respecto). Serge desarrolló el concepto de «doble deber»: la necesidad de enfrentar a los enemigos externos de la revolución pero también, y al mismo tiempo, los factores negativos dentro de la revolución.

Al igual que Vladimir Lenin y León Trotsky, Serge estaba convencido de que la revolución solo podía sobrevivir y desarrollarse si se extendía hacia el oeste. A mediados de la década de 1920, se trasladó a Europa central con el propósito de desempeñar su papel en la esperada revolución alemana que habría transformado el equilibrio de fuerzas en toda Europa. Por más ilusorias que las esperanzas de una revolución alemana puedan parecer en retrospectiva, la Alemania de 1923, descrita por Serge en una serie de crónicas periodísticas, estaba al borde del colapso social y económico y realmente parecía una sociedad al filo de la revolución.

Medianoche en el siglo

Los diez años de compromiso revolucionario fueron, en cierto sentido, los más importantes en la vida de Serge. Le dieron un ideal y una visión de esperanza frente a la cual podían medirse las deformaciones y traiciones posteriores de la revolución. A finales de la década de 1920, las cosas habían cambiado de manera catastrófica. Lenin había muerto, Trotsky había sido enviado al exilio y Iósif Stalin controlaba cada vez más la URSS.

Las simpatías de Serge estaban con Trotsky, una figura a quien, pese a las diferencias entre ellos, siempre admiró. Pero el régimen no podía tolerar el apoyo de Serge a la Oposición de Izquierda, a pesar de —en realidad, precisamente por— su historial como defensor de la revolución. Fue arrestado, interrogado brutalmente y enviado al exilio a más de mil cuatrocientos kilómetros de Moscú.

En cierto sentido, Serge tuvo suerte: fue exiliado, pero no enviado a un campo de concentración. La mayoría de sus contemporáneos con simpatías opositoras terminaron muertos. Una de las principales razones por las que Serge evitó ese destino fue que un grupo significativo de amigos y camaradas en Francia llevó a cabo una vigorosa campaña por su liberación. Stalin, que necesitaba aliados en la izquierda francesa, decidió exiliarlo en lugar de someterlo a juicio.

Como le sucedió a mucha gente, con frecuencia me han pedido que exprese apoyo a personas encarceladas en países extranjeros, y me he preguntado si eso tiene algún sentido. La liberación de Serge demuestra que esas campañas pueden funcionar, al menos a veces.

Serge regresó a Bélgica, luego a Francia. Continuó escribiendo copiosamente, tanto periodismo como novelas. Aunque había escapado del estalinismo, otras amenazas persistían. En toda Europa occidental, el fascismo estaba en ascenso.

Tras la marcha triunfal de Francisco Franco sobre Madrid y Barcelona en 1939, Francia quedó rodeada por tres lados por regímenes fascistas (en Alemania, Italia y España). Era, en una frase que Serge acuñó como título de una de sus novelas, la «medianoche en el siglo». Cuando Francia fue ocupada por las tropas alemanas al año siguiente y se estableció un régimen ferozmente derechista y antisemita, Serge se propuso salir de Europa y escapar hacia América del Norte.

Esta fue la etapa de Serge como solicitante de asilo. Quizás pocos solicitantes de asilo tienen un pasado político como el de Serge, ni un talento literario como el suyo. Pero en sus esfuerzos por encontrar un lugar en un barco con destino al otro lado del Atlántico, Serge nos recuerda los problemas y tormentos que enfrentan todos los refugiados, desde su época hasta la nuestra.

Serge encontró refugio en México, que acogió a numerosos exiliados europeos. León Trotsky había sido exiliado (y asesinado por un agente estalinista) allí. Serge pasó sus últimos años rodeado de exiliados europeos, con diversas esperanzas y aspiraciones para el mundo de posguerra. Continuó escribiendo, tanto para publicar como en sus cuadernos. Murió en 1947, a los cincuenta y seis años, en una pobreza extrema (tenía agujeros en los zapatos), agotado por una vida de lucha y persecución.


Preguntas sin respuesta

Para quienes, como yo, hemos admirado a Serge durante mucho tiempo, la sección final del libro de Abidor es quizás la más triste. Abidor ha examinado cuidadosamente los escritos publicados e inéditos de Serge de sus últimos años, y concluye de manera convincente que en ese período Serge veía al comunismo como el «enemigo principal».

En cierto sentido, esto apenas sorprende. La violencia estalinista no se limitaba a la URSS: los comunistas estalinistas de México habían atacado físicamente a Serge e incluso pudieron haber intentado matarlo. No era de extrañar que llegara a verlos como su enemigo principal. De hecho, es difícil saber cómo habría evolucionado Serge de haber vivido más tiempo. Murió en el otoño de 1947; la Guerra Fría había comenzado apenas ese mismo año, con la proclamación de la Doctrina Truman, cuando el presidente de Estados Unidos prometió apoyo material a las naciones que resistieran al comunismo, y con el giro hacia huelgas combativas por parte de los Partidos Comunistas de Europa occidental. Durante los cuarenta años siguientes, la política mundial estaría dominada por la confrontación entre los bloques estadounidense y soviético.

Algunos ex comunistas, como Arthur Koestler, se convirtieron en defensores leales y entusiastas del campo occidental. Pero existía también una corriente mucho más pequeña, representada por figuras como C. L. R. James, Hal Draper, Cornelius Castoriadis y Tony Cliff, que adoptó una perspectiva diferente. Al tiempo que argumentaban que el estalinismo no tenía nada en común con el socialismo, buscaban un camino político independiente tanto de Washington como de Moscú. ¿Habría apoyado Serge a los estadounidenses en Corea y Vietnam, o se habría mantenido fiel al espíritu de independencia revolucionaria que había caracterizado su vida hasta entonces? Solo podemos especular.

El abanico de opciones que enfrentaba Serge puede ilustrarse observando a algunos de los compañeros que compartieron su exilio en México. Marceau Pivert había sido el líder de la facción de extrema izquierda del Partido Socialista francés durante la década de 1930, antes de separarse para formar un grupo propio. En 1945 regresó a Francia y se reintegró al Partido Socialista.

Aunque se opuso a toda cooperación con el Partido Comunista francés, Pivert se mostró cada vez más insatisfecho con el giro a la derecha del Partido Socialista. En particular, mantuvo su compromiso con la causa de la liberación colonial y se opuso firmemente a la represión del movimiento por la independencia de Argelia; esto lo llevó a una ruptura definitiva con la dirección del Partido Socialista poco antes de su muerte, en 1958.

Otro de los estrechos colaboradores de Serge, Julián Gorkin, siguió un camino diferente. Durante la Guerra Civil española, había sido dirigente del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), que confrontó al Partido Comunista de España desde la izquierda. Exiliado en México, ayudó a Serge a obtener una visa mexicana y, junto a él, continuó enfrentado la violencia de los estalinistas mexicanos.

Sin embargo, para cuando se instaló en París en 1948, Gorkin ya se había alineado firmemente como anticomunista en el contexto de la Guerra Fría. Se convirtió en editor de una revista en lengua española, Cuadernos, en nombre del Congreso por la Libertad de la Cultura, que (como se hizo ampliamente conocido) era financiado y controlado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

Esperanza y traición

Una cosa es clara: la perspectiva de Serge es ante todo europea. Aunque escribiío un artículo muy perspicaz sobre el levantamiento chino de 1927, por lo demás mostró escaso interés por África y Asia. Sin embargo, el colapso de los viejos imperios coloniales fue uno de los desarrollos más importantes después de 1945. Gran Bretaña fue expulsada de India, mientras que Francia libró dos guerras sangrientas y desastrosas en Indochina y Argelia. No podemos saber cómo habría respondido Serge.

Si la muerte de Serge dejó una cantidad de preguntas sin respuesta, su vida fue una contribución notable a la política de la izquierda socialista. El relato de Abidor es una historia fascinante y bien documentada; merece ser leído y, con suerte, alentará a más personas a leer los propios escritos de Serge.

Toda la vida y la obra de Serge estuvo dominada por una contradicción: la manera en que la esperanza genuinamente real inspirada por 1917 cedió ante la traición del estalinismo. Como lo resumió el propio Serge: «De una magnífica victoria obrera hemos visto surgir, sobre la base de la propiedad socialista de los medios de producción, un régimen inhumano, profundamente antisocialista en el modo en que trata a los seres humanos».

Fue esta contradicción la que configuró el mundo del siglo XX. La herencia sigue con nosotros, mientras enfrentamos la medianoche de nuestro propio siglo. En ese contexto, quienes se rebelan contra el sistema son etiquetados de «marxistas», con frecuencia por personas que saben poco o nada de lo que es el marxismo. El recuerdo de la Guerra Fría y el anticomunismo macartista permanece entre nosotros. Aún hay mucho que aprender de la vida y la obra de Victor Serge.

sexta-feira, 1 de maio de 2026

La sonrisa maligna de un colono judío pone al descubierto la monstruosidad del "Gran Israel"

Michael Leonardi
Voces del Mundo

El 10 de abril de 2026, el semanario italiano L’Espresso salió a la venta con una portada que ha provocado una debacle total en el aparato sionista. Bajo el título «L’Abuso», la imagen muestra a un colono israelí armado —vestido con uniforme militar, con kipá en la cabeza y rizos de peot colgando— sonriendo con sádico deleite mientras graba con su teléfono a una mujer palestina visiblemente angustiada. Ella se encuentra entre olivos en lo que queda de su tierra ancestral, con el rostro convertido en una máscara de dolor y agotamiento durante la cosecha anual de aceitunas.

La fotografía, tomada por el fotoperiodista italiano Pietro Masturzo cerca de la aldea de Idhna, al oeste de Hebrón, en octubre de 2025, no está montada, ni manipulada, y desde luego no ha sido generada por IA. Cuando las cuentas proisraelíes inundaron las redes sociales afirmando que era falsa, Masturzo y L’Espresso publicaron el vídeo completo.

Muestra exactamente lo que capta la imagen fija: un grupo de colonos armados, algunos con uniformes del ejército, abalanzándose sobre familias palestinas que intentaban recolectar sus aceitunas. El colono de la foto se burla de la mujer imitando el sonido que hace un pastor para arrear a los animales, tratando a los palestinos como ganado en una tierra que la ideología sionista reclama como divinamente destinada sólo a los judíos.

El embajador de Israel en Italia, Jonathan Peled, denunció inmediatamente la portada como «manipuladora» y distorsionadora de la realidad. Las redes sionistas en las redes sociales lanzaron una campaña coordinada de acoso, negación y difamación. Sin embargo, cuanto más se enfurecían, más se difundía la imagen, porque hace lo que a veces hacen las imágenes impactantes: traspasa la propaganda y muestra el rostro crudo y cotidiano de la violencia colonialista.

Esta única fotografía se ha convertido en un símbolo del proyecto sionista del Gran Israel en su forma más cruda. No es una aberración. Es la lógica de la expansión hecha visible: civiles armados, respaldados por el Estado y su ejército, aterrorizando sistemáticamente a los palestinos indígenas para robarles sus tierras, destruir sus medios de vida y expulsarlos.

Los olivos —antiguos símbolos del arraigo y la resiliencia palestinos— son arrancados, quemados o bloqueados habitualmente por los colonos. La cosecha, que antes era un momento de comunidad y sustento, se ha convertido en una temporada de miedo, confrontación y limpieza étnica a cámara lenta, especialmente en zonas como Masafer Yata y las colinas del sur de Hebrón.

El frenesí que provocó la portada revela algo más profundo que el mero control de daños en materia de relaciones públicas. Pone al descubierto la fragilidad del discurso sionista. Cuando se enfrenta a la cruda realidad —la sonrisa burlona del ocupante, el sufrimiento silencioso de los ocupados—, la respuesta por defecto es la negación, la evasión y los gritos de «antisemitismo».

El embajador y sus aliados preferirían que los italianos y el mundo nunca vieran esta cara de la ocupación. Quieren imágenes edulcoradas de «autodefensa» y «seguridad», no la humillación y el despojo cotidianos que sustentan el sueño de un Gran Israel que se extienda desde el río hasta el mar, desprovisto de sus habitantes palestinos.

El reportaje de L’Espresso que acompaña a la portada va más allá, documentando cómo los elementos más extremistas de la derecha sionista están configurando activamente la política israelí: ampliando los asentamientos ilegales, acelerando la rapiña de tierras en Cisjordania y normalizando lo que equivale a una operación de limpieza étnica a cámara lenta.

El colono de la foto no es un fanático solitario. Es el soldado raso de un proyecto respaldado por el Estado que goza de total impunidad: protegido por la ley israelí, financiado por los contribuyentes estadounidenses y amparado diplomáticamente por gobiernos de Europa y Estados Unidos, incluida la propia administración Meloni de Italia.

Sin embargo, incluso en la Italia de Meloni, la marea está empezando a cambiar. Esta semana, bajo la creciente presión de las calles y de la denominada «Generación Gaza» —los jóvenes italianos radicalizados por los horrores retransmitidos en directo desde Gaza y el creciente movimiento de base que exige el fin de la complicidad—, el Gobierno de Meloni anunció la suspensión de su memorando de cooperación militar con Israel.

Se trata de un primer paso limitado pero significativo: una grieta en el muro de alineamiento incondicional que durante mucho tiempo ha definido la política italiana hacia el régimen sionista. Por primera vez en años, los vínculos económicos y militares están siendo cuestionados desde las propias esferas del poder, y no sólo desde las plazas. El «movimiento desde abajo» —con protestas continuadas, bloqueos portuarios, huelgas en fabricantes de armas como Leonardo y una movilización pública incesante— ha obligado incluso a este gobierno de extrema derecha a dar un paso atrás.

Este avance no es un regalo de arriba. Es el resultado directo de la presión organizada y constante de la sociedad civil italiana, en particular de su juventud, que se niega a permitir que su país siga siendo cómplice voluntario del genocidio y el robo de tierras. Aunque la suspensión es parcial y reversible, indica que el monopolio de la influencia sionista en la política italiana ya no es absoluto.

La sonrisa del colono en la portada de L’Espresso se ha convertido en un espejo que ni siquiera Roma puede seguir ignorando por completo. En una época en la que los gobiernos occidentales siguen armando a Israel, vetando los llamamientos al alto el fuego y criminalizando la solidaridad con Palestina, el valor de L’Espresso al publicar esta portada es importante. El verdadero escándalo no es la fotografía. El verdadero escándalo es el proyecto de décadas que ilustra con tanta fuerza: el despojo metódico de todo un pueblo, llevado a cabo con rifles, cámaras y la certeza petulante del colonizador.

La imagen acabará desapareciendo de los titulares, pero los olivos permanecen, testigos obstinados de un crimen que se niega a permanecer oculto. Mientras los palestinos sigan cosechando lo que les pertenece, a pesar de los colonos y los soldados, la verdad seguirá abriéndose paso hasta llegar a la primera plana. Los abusos continúan. Y también debe hacerlo su denuncia.

quarta-feira, 29 de abril de 2026

Acerca de la guerra

Carlos Fazio
La Jornada

Entre las versiones sobre la evolución de la guerra de agresión imperialista de Estados Unidos e Israel contra Irán, la opinión dominante es que sus planificadores esperaban una victoria relámpago, con la caída y capitulación del gobierno iraní y la imposición de un régimen títere y la posterior balcanización de un país de importancia geopolítica rico en hidrocarburos. Pero por el giro que han tomado los acontecimientos, todo indica que los agresores subestimaron el poderío militar y la resistencia del nacionalismo iraní, su solidez organizativa y sus orientaciones estratégicas. Y hoy el balance parece favorecer a Irán, una nación con 3 mil años de historia y unas dinámicas internas que escapan a la comprensión de la mayoría de los occidentales.

De allí que más allá de los plazos, ultimátums y actos de aventurerismo de Donald Trump y el régimen sionista, ha quedado claro que el poder no sólo se mide en una abismal superioridad aérea, el despliegue de portaviones y la destrucción de infraestructura crítica gubernamental, civil y militar, según la doctrina militar de “conmoción y pavor” (shock and awe), dirigida a paralizar la percepción del adversario en el campo de batalla y destruir su voluntad de luchar. Sino que abarca, también, la naturaleza de la guerra asimétrica y sus dimensiones económicas y políticas; un nuevo concepto bélico desarrollado por la parte iraní en la legítima defensa de su soberanía, basado en misiles balísticos de precisión y drones fabricados con recursos propios e ingeniería inversa, como sustitutos de una fuerza aérea convencional, que dotó a Irán de una estructura disuasoria y reconfiguró el equilibrio militar en la zona, vía el ataque y/o destrucción de 13 bases de Estados Unidos en los petroemiratos del golfo Pérsico (incluidos sofisticados radares en Qatar y Bahréin, claves de la infraestructura de guerra electrónica del Pentágono), y en la capacidad de utilizar el territorio como un arma de guerra; en este caso, el estrecho de Ormuz, que hizo que los precios de los hidrocarburos, los fertilizantes y el helio se dispararan, impactando la economía mundial; lo que explica en gran medida el éxito militar de Irán hasta la fecha.

El gobierno y el alto mando militar iraní llevaban 20 años preparándose para una agresión como la del 28 de febrero. Eso es lo que –a pesar del alto costo humano y material infligido inicialmente por el eje estadunidense-israelí– les ha permitido poner en práctica una estrategia de resistencia basada en una guerra prolongada de desgaste y una “defensa en mosaico” descentralizada, principios elaborados por Irán tras los fracasos de Estados Unidos en Irak y Afganistán: los 31 centros de mando (uno por provincia) cuentan con fuerzas armadas y milicias propias, dotadas de capacidad armamentística y autonomía estratégica. En caso de un primer ataque que “decapitara” el mando central (como de hecho ocurrió con el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Jamenei y de los principales jefes castrenses), todos los centros de mando pasarían a modo autónomo y seguirían luchando.

Como ha explicado el ex diplomático británico y ex agente del MI6 Alastair Crooke, para resistir la supremacía de Estados Unidos en materia de satélites e inteligencia, otra de las enseñanzas recogida por Irán de las guerras en la región fue ocultar a gran profundidad toda su estructura militar misilística y de drones, para lo cual inicialmente habría recibido ayuda de la República Popular Democrática de Corea. El resultado son las “ciudades de misiles” –como la famosa Fortaleza de Yazd, enterrada en la montaña a 500 metros de profundidad fuera del alcance de las bombas–, que según Crooke (quien ha participado activamente como mediador en Medio Oriente durante muchos años) cuentan con un sistema ferroviario que lleva los misiles hasta la salida de túneles en la superficie, desde donde se lanzan directamente (y no sólo desde lanzadores móviles sobre el terreno) y luego los silos se introducen de nuevo en su lugar.

Sería el caso, también, de la infraestructura militar naval, enterrada a lo largo de toda la costa iraní (incluida la de Ormuz), plagada de cuevas y acantilados repletos de misiles antibuque, y túneles que pasan por debajo del mar y cuentan con drones sumergibles que cuentan con baterías de litio que les da una autonomía de cuatro días. Orientados a la inteligencia artificial, los drones tienen capacidad para merodear y esperar un objetivo, seleccionarlo y atacarlo de forma autónoma. Según Crooke, Irán también dispondría de unos 25 mini submarinos y debido a que el estrecho de Ormuz no es muy profundo, pueden desplazarse sin ser detectados por los satélites y los AWACS (sistema aerotransportado de alerta y control) de Estados Unidos y disparar misiles antibuque mientras están sumergidos.

Asimismo, Irán aprendió que Estados Unidos suele tener capacidad logística sólo para una fuerza de corta duración, y su plan fue llevar al enemigo a una guerra prolongada de desgaste; por eso ha dosificado el uso de misiles. Además, Irán estaría recibiendo vía satélite apoyo en inteligencia de China a través del buque Ocean One, y dispondría de un sistema integrado de campo de batalla y sus objetivos a través de radares, similar a los IRS (estructuras de inteligencia, reconocimiento y vigilancia) que utiliza Ucrania contra Rusia.

Irán ha puesto a prueba la hegemonía del dólar. Si es atacada, responde y al mismo tiempo intensifica la represalia, en una escalada de violencia sin fin que está marcando una tendencia desfavorable a Estados Unidos. Todo indica que el contrataque estratégico iraní no se concibió para conducir a ningún compromiso negociado (saben que Estados Unidos e Israel siempre engañan y traicionan), sino más bien para crear las circunstancias mediante las cuales el país persa pueda escapar de la “jaula” impuesta por Trump y sus aliados, de aislamiento, sanciones, bloqueos y asedio permanentes.

terça-feira, 28 de abril de 2026

Las bases históricas del bolsonarismo

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Las últimas encuestas de intención de voto para las próximas elecciones presidenciales arrojan una leve ventaja para el presidente Lula -que va a la reelección- en primera vuelta. Según los estudios de la empresa Nexus/BTG, el actual gobernante obtendría en primera vuelta el 41% de los sufragios seguido por el senador Flavio Bolsonaro con el 36% de las preferencias. Distantes de ellos se encuentran los ex gobernadores Romeu Zema (Partido Novo) y Ronaldo Caiado (PSD), con el 4% y el 3% de las intenciones de voto, respectivamente.

En relación a una probable segunda vuelta, el presidente Lula aparece con una muy pequeña ventaja -prácticamente en un empate técnico- entre él (46%) y el hijo mayor de Jair Bolsonaro (45%), porcentajes muy parecidos a los obtenidos en las encuestas realizadas en febrero y marzo.

Como ya registramos recientemente (Las articulaciones de la derecha para ganar las próximas elecciones), llama la atención que el candidato del bolsonarismo obtenga tan buenos resultados, cuando los medios de comunicación insisten en apoyar lo que denominan como una “Tercera Vía”, con el argumento de que es urgente acabar con la polarización que tanto daño le estaría haciendo a la convivencia interna y a la formulación de un proyecto nacional que permita salir de la crisis que enfrenta el mundo actualmente. Los esfuerzos para lanzar un candidato de la derecha moderada se han mostrado completamente frustrados con la persistencia de un electorado que se inclina por el radicalismo de extrema derecha, a pesar del descalabro que fue el gobierno de Bolsonaro. Para el espanto de quienes siguen levantando y creyendo en la posibilidad de una Tercera Vía, el actual escenario político se presenta hasta el momento como una repetición del cuadro diseñado en 2022, con un electorado dividido entre el lulismo y el bolsonarismo.

Para tratar de entender la capacidad de recomposición del bolsonarismo, después de que sus principales representantes fueron procesados y encarcelados por la justicia brasileña, se puede recurrir a las propias bases de la historia sociopolítica y cultural del país que ha sido definida por un eje estructural que conecta la esclavitud, el movimiento integralista (bajo influencia nazista), las dictaduras militares y fenómenos contemporáneos de un pensamiento neofascista cristalizados en el bolsonarismo, con algunos periodos de interludios democráticos caracterizados por su enorme fragilidad e inestabilidad.

En todo este proceso lo que se ha mantenido estable es la impronta autoritaria del Estado, con una democracia amenazada permanentemente por arremetidas autoritarias. Para el caso del integralismo, este movimiento autocrático, conservador y cristiano se inspiró fuertemente en elementos del nazifascismo imperante en Europa en los años treinta, especialmente por una mezcla ideológica representada por el fascismo italiano, el nazismo alemán, el franquismo español y el salazarismo portugués. Sin embargo, la presencia de un fuerte catolicismo acercaba a los integralistas sobre todo a los idearios de Franco y Salazar, especialmente por el liderazgo ejercido por su principal mentor, Plinio Salgado, un católico fervoroso.

El movimiento integralista de los años treinta parecía definitivamente sepultado con la derrota del Tercer Reich nazista en 1945. En ese momento se incubó en Brasil una gran esperanza de avance de la democracia y las libertades civiles y políticas. Sin embargo, para sorpresa de muchos, el movimiento integralista se reorganizó bajo el caudillaje de Plinio Salgado, que a pesar de tratar de encubrir su pasado fascista e intentar aparecer como defensores del Estado democrático de Derecho, en los hechos continuó manteniendo sus banderas reaccionarias de un proyecto retrógrado, autoritario y anticomunista.

Las actividades y el pensamiento integralista tuvieron efectos concretos en la trayectoria política nacional. El principal de ellos fue la generación de condiciones para insuflar el Golpe de Estado que se deflagraría en 1964. Es decir, desde 1962, cuando rompieron con el gobierno progresista de Joao Goulart, los integralistas contribuyeron de diversas maneras para su derrocamiento, acusándolo de comunista y traidor a través de sus vehículos de prensa. El importante papel desempeñado por el integralismo en el periodo 1945-1964 se hace comprensible cuando se observa que su discurso anticomunista fue asumido por sectores importantes de la vida política y, especialmente, por las Fuerzas Armadas. Así, el integralismo expresó en su forma más radical las restricciones a ser impuestas a la vida democrática del país, las que fueron aprobadas y respaldadas por los grupos económicos y las elites políticas dominantes.

El Golpe de Estado del 31 de marzo de 1964 vino a consagrar la continuidad del ideario fascista y autoritario, provocando paralelamente la derrota del proyecto político nacional-popular-estatista que lideraba João Goulart, encerrando la experiencia republicana que comenzó con el fin del Estado Novo en 1945. Como ya apuntábamos, esta arremetida golpista no fue un rayo que cayó en un cielo azul, sino que resultó de un conjunto de condiciones que se perpetúan a través de la historia de Brasil desde los tiempos de la Colonia.

El proceso de redemocratización que se instaló a partir de 1985 no realizó un ejercicio de memoria para cuestionar los años de la dictadura, sino más bien optó por el olvido y la mantención de la gobernabilidad en contraposición a la amenaza del caos y el desorden. Estas cuestiones serán arrastradas por todo el proceso democrático, manteniéndose incubada la larva del autoritarismo y las formas neofascistas que resurgirán nuevamente con la crisis sistémica durante el gobierno de Dilma Rousseff, el que tuvo en el impeachment de la mandataria su resultado más trágico y concreto.

En su declaración a favor del derrocamiento de la presidenta Rousseff, Bolsonaro dedicó su voto a un reconocido torturador y criminal que actuó durante la dictadura militar, el Coronel Brilhante Ustra. En ese momento, el diputado Bolsonaro demostró sin duda alguna su filiación incondicional a las ideas fascistas. Así también el actual bolsonarismo se alimenta de esta matriz despótica y antidemocrática que atraviesa el itinerario sociopolítico brasileño y que declara abiertamente y sin pudor su nostalgia por los tiempos de la dictadura.

Por lo mismo, el gran desafío que encierra esta nueva contienda electoral consiste en mantener las conquistas sociales que han mejorado la vida de la mayoría del pueblo y profundizar la adhesión democrática de la ciudadanía, conteniendo y enfrentando el incesante bombardeo de mentiras difundidas por las redes y los medios de comunicación controlados por la derecha y la extrema derecha. Dichos sectores aspiran a imponer nuevamente un modelo autocrático representado por otro miembro de esta estirpe nefasta que, por una parte, se nutre del descontento, la incertidumbre y el miedo de los electores, pero que fundamentalmente se asienta en las bases ideológicas esclavistas, elitistas y discriminadoras de los grupos dominantes y sus despreciables y oportunistas lacayos internos.

segunda-feira, 27 de abril de 2026

O Capitalismo segundo David Harvey

Ann Pettifor
London School of Economics

Em novo livro, geógrafo volta a Marx, mas polemiza com parte de seus seguidores. Sustenta: combater o capital exige, hoje, entender a financeirização e o rentismo, apontar as ameaças e repensar programas e sujeitos capazes de superar o sistema.

Um olhar atento às finanças

Marx precisa de David Harvey. Primeiro, porque a linguagem do grande pensador é frequentemente densa e impenetrável, exigindo a “tradução” esclarecedora de Harvey para fazer sentido aos leitores de hoje. Segundo, muita coisa mudou desde 1867, quando o primeiro volume de O Capital foi publicado em Berlim. Terceiro, Marx e o marxismo precisam de Harvey e deste livro porque os comentários acadêmicos tendem a se concentrar no Volume I de O Capital e não nos cruciais Volumes II e III, publicados cerca de vinte anos depois do primeiro.

Grande parte do debate marxista atual ignora o papel da teoria e da política monetária, bem como do capital valorizado por juros, na condução da espiral infinita de acumulação do capitalismo e na precipitação de crises internas e internacionais. Como argumentou Michael Hudson , os marxistas frequentemente negligenciam o fracasso do capitalismo financeiro em libertar as economias da dinâmica rentista, remanescente do feudalismo e do imperialismo europeus. “O marxismo acadêmico não se concentrou no setor FIRE – Finance, Insurance and Real Estate, ou Finanças, Seguros e Imobiliário. É como se os juros e a extração de renda fossem problemas secundários em relação à dinâmica do trabalho assalariado”, escreve ele. Harvey não negligencia as finanças. O capítulo 15 de A História do Capital intitula-se “O Retorno do Rentista” e argumenta que:

“Agora é a vez do capitalista industrial submeter-se ao poder de monopsônio dos comerciantes (como o Walmart ou a IKEA) ou ao poder monopolista dos financistas, enquanto os proprietários de terras (incluindo os que controlam a riqueza mineral) extraem sua parte (ou gramas de lítio) onde quer que possam.”

Mapeando a história do capital

Harvey é um geógrafo conhecido por sua contribuição à geografia crítica, que explica como o capitalismo sobreviveu e prosperou organizando e hierarquizando o espaço. Fiel ao seu estilo, o novo livro começa com seu “mapa” da “história” do capital. O mapa descreve processos: a circularidade do capital monetário produzindo demanda efetiva, levando à produção de mercadorias de valor e, em seguida, à valorização da mais-valia, culminando na materialização do valor em forma de dinheiro. Como todos os mapas, o processo parece estático.

No entanto, como Harvey explica em outro trecho, o processo capitalista move-se, no mundo real, da forma cíclica representada no mapa para uma forma em espiral: uma espiral de acumulação infinita do que Marx chamou de “massa monstruosa”. Como Harvey detalha em seu fascinante capítulo 7 – “Massas em Movimento” – a “massa cada vez maior de ‘tudo’ ameaça esgotar as possibilidades de acumulação infinita de capital”. Ecoando preocupações científicas com o Ambiente, Harvey argumenta que “o crescimento da massa compromete seriamente a própria existência do já tênue estilo de vida da humanidade, se não a própria humanidade, no planeta Terra”.

Um dos principais “motores de tais males”, escreve Harvey, reside certamente nos problemas decorrentes da crescente massa de valores e mais-valias que não têm para onde ir de forma lucrativa. Essa massa crescente não pode ser revertida, dada a forma como as leis de movimento do capital estão estruturadas. E, graças à onipresença do modelo econômico voltado para a exportação, a economia global sofre com uma crise de superprodução. Simultaneamente, a repressão salarial e outras formas de “austeridade” resultam no subconsumo de tudo o que é produzido globalmente.


Acumulação em espiral

Para enfatizar a escala de tal acumulação, Harvey cita as estimativas do Banco Mundial para o PIB global, avaliado em US$ 9,25 trilhões em 1950. Em 2011, esse valor havia disparado para US$ 94,9 trilhões – um aumento de mais de dez vezes na produção econômica global em 60 anos. Como essa taxa de crescimento exponencial pode ser sustentada no futuro?, questiona Harvey. Entre 2011 e 2013, a China consumiu 6,6 gigatoneladas de cimento – uma importante fonte de gases de efeito estufa. (Para contextualizar esse número, os EUA levaram 100 anos para consumir 4,5 gigatoneladas).

 “Durante esses dois anos, a China liderou o crescimento econômico mundial, salvando o mundo da recessão econômica, em parte ao disseminar o cimento por toda parte em um boom de construção de infraestrutura sem paralelo na história da humanidade.”

A dimensão espacial da acumulação de capital em espiral exponencial não poderia ser mais clara.

Da produção industrial à renta e aos juros

Após a grande crise financeira de 2007-2009, eu e muitos outros argumentamos que a crise foi causada pela desregulamentação dos sistemas financeiros internacionais e domésticos, e pelo reposicionamento das finanças sob a autoridade dos mercados privados – em vez da autoridade pública, democrática e regulatória. Alguns marxistas contestaram esses argumentos com a afirmação – e aqui parafraseio – de que a crise foi, ao invés disso, desencadeada pela “queda da taxa de lucro” do capitalismo . Harvey dedica um capítulo inteiro ao tema e nele aponta para um notável economista marxista, Michael Roberts, que considera irrefutável que a lei da queda da lucratividade seja a única causa subjacente das tendências de crise do capitalismo.

Marx não foi o único a prever uma tendência de queda nas taxas de lucro, explica Harvey. David Ricardo e (de forma mais cautelosa) Adam Smith também acreditavam que os lucros estavam fadados a cair, sugerindo que o capitalismo industrial poderia não ser um modo de produção viável a longo prazo. A lei de Marx, argumenta Harvey, baseia-se na regra de que “um grande volume de capital, com uma taxa de lucro menor, acumula mais rapidamente do que um pequeno volume, com uma taxa de lucro maior”. Se a massa de valor já é enorme, ela continua a se expandir com consequências potencialmente monstruosas (tanto ambientais quanto sociais), mesmo diante de uma queda acentuada na lucratividade. Aquisições alavancadas [financiadas por dívidas] vêm à mente como maneiras convenientes pelas quais certos capitalistas podem obter controle sobre uma enorme massa de capital com base em um aporte mínimo de recursos próprios.

Harvey rejeita as apresentações do argumento de Marx que sugerem que a taxa de lucro está exclusivamente ligada à taxa de exploração da força de trabalho na produção. Ele cita o exemplo da indústria farmacêutica dos EUA, onde muito pouco lucro é obtido com a exploração da força de trabalho. A maior parte deriva, ao contrário, de preços monopolistas extorsivos, em conluio com seguradoras de saúde e reguladores federais cativos.

Hoje, o capitalismo industrial constitui uma parte cada vez menor da economia globalizada de renda e juros – que caracterizo como um “Cassino Global” em meu livro mais recente . O retrocesso do capitalismo da produção industrial para a economia de renta e juros, mais intangível, exige uma reconsideração de O Capital de Marx. Exige que os marxistas de hoje ultrapassem as teorias baseadas apenas na força de trabalho e na produção industrial. Neste livro, David Harvey fez isso com autoridade e de forma acessível.

sexta-feira, 24 de abril de 2026

Milei en su peor momento


Fernando Rosso
El Salto

La inflación perdura, el consumo desploma y el desempleo asombra. En medio a escándalos, la retórica del presidente pierde fuerza – y él nunca fue tan impopular. El deterioro material lastima. Pero el deterioro simbólico puede resultar todavía más letal para un gobierno que llegó envuelto en una moralina purificadora. Aunque esperar la implosión es arriesgado: la ultraderecha sólo será vencida con alternativas.

Jorge Luis Borges decía que los espejos eran aborrecibles, entre otras cosas, porque siempre devolvían una amenaza. La sospecha inquietante de que el reflejo en algún momento podía comenzar a independizarse del cuerpo. Algo de eso ocurre con el Gobierno de Javier Milei. Conserva la pose, los gestos, la narrativa exaltada con la que desembarcó en la Casa Rosada. Pero el doble ya no obedece. El relato avanza por un lado y la experiencia social por otro. En esa separación comienza el verdadero desgaste de un poder: formalmente no pierde el mando, pero ya no tiene la capacidad de nombrar lo que pasa en el país.

Durante meses el oficialismo vivió de una promesa sencilla, brutal y eficaz: soportar para salir. La pedagogía del sacrificio. Aguantar la licuación de ingresos, la poda del gasto, la demolición de la obra pública, con la expectativa de una recompensa futura. Aquel contrato precario dependía de una condición: que la realidad ofreciera alguna evidencia de redención. Esa evidencia era, sobre todo, la inflación. Mientras el índice se desacelerara o, por lo menos, se mantuviera estable, el sufrimiento podía ser contado como una estación transitoria.

El dato de inflación de marzo cayó como una astilla en el centro del discurso oficial. El Índice de Precios al Consumidor subió 3,4% en el mes, acumuló 9,4% en el primer trimestre y 32,6% interanual. Los precios regulados treparon 5,1%, empujados por transporte, tarifas y educación. No se trata del viejo incendio inflacionario argentino, pero sí de un golpe político preciso: el Gobierno había hecho de la desinflación su certificado de legitimidad. Milei mismo reconoció en estos días “problemas económicos” y pidió “paciencia”, señal de que la autosuficiencia de otro tiempo empezó a resquebrajarse.

La inflación, además, dejó de ser el único o el principal lenguaje del malestar. La última encuesta de la Universidad de San Andrés mostró a fines de marzo que los bajos salarios y la falta de trabajo pasaron a encabezar las preocupaciones sociales. Es un corrimiento decisivo. Si a una inflación que nunca termina de irse como problema se suman los ingresos y el empleo, entra en discusión el sentido entero del programa económico.

Ese sentido resulta cada vez más difícil de defender en el terreno de la economía real. En febrero, la industria manufacturera cayó 8,7% interanual y 14 de 16 ramas terminaron en baja; el acumulado del primer bimestre marcó una contracción del 6%. Al mismo tiempo, la tasa de desocupación llegó al 7,5% en el cuarto trimestre de 2025. El consumo, ese plebiscito silencioso que se vota todos los días en el changuito [carro de supermercado], tampoco acompaña: las ventas minoristas cayeron 0,6% interanual en marzo y completaron once meses consecutivos en retroceso, según la cámara que agrupa a las pequeñas y medianas empresas. La escena es conocida: equilibrio de laboratorio, enfriamiento productivo, mercado interno exhausto, recomposición muy parcial para sectores muy delimitados.

La encuesta de Tendencias publicada en abril le puso números a ese deterioro cotidiano. El 41,3% de los consultados dijo que no llega a fin de mes; apenas 15,3% afirma que puede ahorrar. Entre las principales preocupaciones aparecen también aquí los bajos ingresos, la pobreza y la corrupción.

Toda política de ajuste duro termina escribiendo sus efectos en la vida cotidiana. En el caso de Milei, ese texto ya no se lee en abstracto. Se lee en el transporte y en la obra social de los jubilados y jubiladas (PAMI). En el Área Metropolitana de Buenos Aires (la mayor concentración urbana del país), la Secretaría de Transporte debió anunciar una transferencia complementaria a las empresas de colectivos para evitar un deterioro mayor del servicio, en medio de una deuda que fuentes del sector ubican cerca de los $95.000 millones [80 millones de euros] y de frecuencias que siguieron lejos de lo normal. En el PAMI, el cuadro es todavía más brutal: deuda con prestadores por alrededor de $500.000 millones [417 millones de euros], paro de 72 horas de médicos de cabecera y odontólogos, y una transferencia oficial de $150.000 millones [125 millones de euros] para intentar normalizar el conflicto.

El deterioro material lastima. Pero el deterioro simbólico puede resultar todavía más letal para un gobierno que llegó envuelto en una moralina purificadora. Milei ganó prometiendo dinamitar la casta, exponer a los privilegiados, barrer con los acomodos. Por eso los escándalos no caen sobre una superficie neutra: caen sobre el centro mismo de su legitimidad. El caso de Manuel Adorni -ex vocero presidencial, actual jefe de Gabinete-, investigado por presunto enriquecimiento ilícito, ya no funciona como una anécdota de palacio.

La Justicia confirmó nuevos elementos -además de la forma dudosa de adquisición de inmuebles- vinculados a viajes a Aruba con su familia y a gastos bajo examen. El Gobierno respondió con blindaje, pero blindar ya no equivale a cerrar. A veces equivale a encapsular el problema para que fermente adentro. En paralelo, el escándalo por los créditos hipotecarios del Banco Nación a funcionarios y legisladores oficialistas terminó de perforar el libreto moral del oficialismo.

En otro momento, el mileísmo habría intentado licuar todo eso en el torbellino digital. Ese recurso también muestra señales de agotamiento. El informe de la consultora Ad Hoc sobre marzo resumió el problema con una definición: Milei “cierra otro mes con negatividad”. El informe señala que la crisis comunicacional de Adorni fue el hecho político del mes y que las menciones al funcionario se septuplicaron respecto de febrero; además, consigna que el encuadre oficialista sobre la última dictadura militar y el aniversario del golpe del 24 de marzo (que va del negacionismo del genocidio a la “teoría de los dos demonios”) perdió protagonismo incluso en el ecosistema que solía ser más hospitalario para la comunidad libertariana. Dicho de otro modo: el Gobierno todavía ocupa el centro de la conversación digital, pero ya no lo hace en sus propios términos. Su “calle online”, que supo funcionar como caja de resonancia y fuerza de choque, muestra signos de extenuación. La maquinaria de producir clima sigue ahí, pero ya no tiene el monopolio del ánimo.


Las encuestas acompañan ese corrimiento. AtlasIntel para Bloomberg registró en marzo una aprobación presidencial de 36,4% y una desaprobación de 61,6%, el peor dato para Milei desde su llegada al poder. En política, los números importan menos por lo que fotografían que por lo que habilitan. La pérdida de temor, expectativa y centralidad que mantenía disciplinados a aliados y expectantes a observadores provoca que el sistema entero empieza a olfatear fragilidad. La decadencia de un gobierno no se mide únicamente por lo que cae. Se mide también por lo que no puede convocar como antes. Milei consiguió durante meses imponer una sensibilidad: irreverencia, velocidad, provocación, desprecio por las mediaciones. Esa sensibilidad ya no organiza el clima nacional. Perdió la iniciativa y esa pequeña electricidad que le permitía transformar cada tropiezo en una demostración de fuerza.

En ese marco, también dentro del universo opositor se registran movimientos interesantes. Algunas mediciones recientes muestran un cuadro más competitivo entre el peronismo y La Libertad Avanza, con una caída de la imagen presidencial y un crecimiento de referencias opositoras. Entre ellas, el Frente de Izquierda y, de modo particular, Myriam Bregman, aparecen como síntomas de una búsqueda. No porque la izquierda haya resuelto por sí sola el problema de la representación de las grandes mayorías ni porque esté ante una traducción automática del malestar social. Pero sí porque, en un escenario de frustración con el oficialismo y de desconfianza con las oposiciones tradicionales, su ascenso relativo señala algo políticamente importante: hay un sector de la sociedad que comienza a mirar con menos prevención y más atención a quienes nombraron desde el principio el carácter regresivo, cruel y elitista de este experimento, y actuaron en consecuencia.

Esa novedad no resuelve por sí misma el problema de la alternativa. Pero sí modifica la conversación. A Milei lo sostuvo bastante tiempo una suerte de chantaje histórico: esto o el regreso del pasado. Esa fórmula pierde rendimiento cuando el presente se vuelve demasiado áspero y cuando, además, la oposición tradicional tampoco consigue representar una salida vigorosa y, sobre todo, programáticamente consistente.

El Gobierno de Milei atraviesa su peor momento porque se le juntaron las cuentas, los cuerpos y los símbolos. Volvió a acelerarse la inflación. El consumo se arrastra. El desempleo se sostiene en niveles altos. El transporte cruje. El PAMI se hunde en una crisis socialmente obscena. Los casos Adorni y Banco Nación dañan el corazón moral de una administración que prometió una regeneración purificadora. Y el universo digital, que era una extensión de su potencia, se transformó en un campo más inestable y menos dócil. Más que una suma mecánica de malas noticias, se trata de la estructura de una decadencia.

Esa estructura produce una consecuencia conocida: el encierro. Los gobiernos que dejan de persuadir comienzan a administrarse como secta. Dan una imagen de corte, de camarilla, de pequeño círculo sitiado. Ven conspiraciones por los cuatro costados. Redoblan la voz porque perdieron la escucha. Se vuelven supersticiosos con sus propias consignas. Creen que todavía conducen lo que apenas logran comentar. El mileísmo comenzó a entrar en esa cámara de eco. Y una cámara de eco, por definición, no amplifica la realidad: la deforma.

Nada de esto garantiza un desenlace favorable para quienes quieren derrotarlo. La historia no reparte premios por desgaste ajeno. Un gobierno puede caer en descrédito y, aun así, prolongar su dominio e incluso hacer más daño si del otro lado no cristaliza una fuerza con programa, voluntad y vocación transformadora. El peor error sería leer la crisis de Milei como sustituto de la tarea política. No alcanza con que el espejo devuelva fisuras.

Porque los gobiernos se encierran sobre sí mismos cuando ya no pueden ofrecer más que su propio reflejo. Y las sociedades comienzan a salir cuando dejan de mirarlos con miedo y empiezan a mirarse entre sí. Ahí, en ese movimiento todavía disperso, todavía incompleto, todavía lleno de incertidumbre, puede estar la parte esperanzadora de esta historia: más que la certeza de una caída ajena, la lenta posibilidad de una reconstrucción propia.