El Desconcierto
La naturaleza está asediada y pocos son los que la defienden con convicción, rotundidad y vehemencia. Por eso ella, sola, resiste y se rebela con furia.
La naturaleza está iracunda. Tras siglos de daño acumulado que han modificado con profundidad y dramatismo sus flujos y ciclos, en Chile y en todo el planeta Tierra, la naturaleza se rebela. Sus metabolismos energéticos llevan tiempo alterados por la acción humana. La naturaleza está siendo asediada y responde con rabia frente a los ataques.
Lo que se ha alterado son los equilibrios de sus ecosistemas, hasta el punto de que las posibilidades de volver a muchos de sus estados metabólicos anteriores son nulas. El daño está hecho y, en muchas de las dimensiones de la vida sobre el planeta, ya no hay marcha atrás. Al caos climático se añaden el agotamiento energético, la contaminación generalizada y la pérdida de biodiversidad. Todo esto está estudiado, modelizado y publicado. «El que tenga ojos para ver, que vea; y el que tenga oídos para escuchar, que oiga».
Mientras una parte importante de la geografía chilena se ahoga con lluvias torrenciales, en Europa la población resiste como puede temperaturas inéditas y mortales. Desde hace años se repite lo mismo: los indicadores de temperatura de los océanos, de pluviosidad, de sequías, de huracanes y de muchos otros fenómenos alcanzan valores «nunca vistos». Los umbrales se ven sobrepasados continuamente y las anomalías del clima se han vuelto «normales».
En Chile, esta reciente avalancha de agua se fue creando a miles de kilómetros de distancia, viajó por los mares australes y chocó con la cordillera de los Andes. Y el agua bajó por los cauces por los que siempre ha bajado y allí se encontró con tierras resecas, no absorbentes, y con la mezcla fatal de especulación inmobiliaria y políticas de planificación y adaptación insuficientes. Y, por supuesto, también se encontró con viejas y nuevas pobrezas vergonzantes de un país profundamente clasista y desigual, que, sin embargo, ha elegido como gobernantes a los peores.
Con furia responden los ecosistemas a las agresiones antrópicas, es decir, a las causadas por la acción humana mediada por un sistema de producción y consumo depredador. Esto no es parte de ningún «ciclo natural», como quieren hacernos creer los negacionistas de todo pelaje. La evidencia científica muestra, sin ambigüedad, la profundidad de los daños y a sus responsables.
Curiosamente, los mismos que niegan el caos climático son los que aceptan con toda naturalidad y confianza las previsiones del tiempo para verificar las condiciones de su viaje a la playa el fin de semana. Pero sucede que los modelos de previsión del tiempo (a plazo corto) y del clima (a plazo largo) tienen el mismo sustento estadístico y probabilístico. Es la misma ciencia, la misma técnica y el mismo cálculo.
La naturaleza es un complejo mecanismo de acciones y retroacciones: los eventos producen efectos y estos vuelven sobre sus causas. No hay linealidad en las dinámicas naturales. Y hay umbrales que ya se han cruzado sin vuelta atrás. Por ello, las acciones de adaptación son más relevantes que las de mitigación en un país como Chile, cuya contribución neta al efecto invernadero es mínima.
La agresión a la naturaleza promovida por la voracidad expansionista del capital tiene en Chile, en la figura de Vicente Pérez Rosales, su epítome, quien fue nombrado «agente de colonización» en 1850. Para recibir en el sur a colonos alemanes, transformó extensos y húmedos bosques de la zona en tierras de labranza. En sus memorias relata cómo, en determinada época, alrededor del lago Llanquihue el sol estuvo «empañado» durante tres meses como efecto de los fuegos que había ordenado iniciar, quemando «las selvas que ocupaban gran parte del Valle Central al sudeste de Osorno».
La ceguera frente a la naturaleza alcanza, con los actuales gobernantes, niveles que hacen probablemente sonrojar a cualquier niño que haya recibido unas pocas clases de ecología básica. Decir que el agua de los ríos «se pierde en el mar» o que los proyectos extractivos y la especulación inmobiliaria son más importantes que las «arañitas» o los humedales es una muestra vergonzosa, entre muchas otras, de la mezcla perversa de ignorancia y arrogancia a la que nos tienen acostumbrados los dueños del país.
Pero esto es la caricatura de lo que sucede prácticamente en toda la clase política, incluso con las llamadas izquierdas y centroizquierdas, que no han salido nunca del modelo productivista-extractivista ni de la defensa irreflexiva del políticamente correcto «desarrollo sostenible». La naturaleza está asediada y pocos son los que la defienden con convicción, rotundidad y vehemencia. Por eso ella, sola, resiste y se rebela con furia.

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