quarta-feira, 27 de julho de 2022

Marx no era un pensador eurocéntrico


Kevin B. Anderson
Jacobin América Latina

Los críticos de Marx lo acusan de haber impuesto ilegítimamente un modelo de desarrollo histórico en el mundo no europeo. Pero la verdad es que Marx rechazó el pensamiento eurocéntrico y desarrolló una perspectiva sofisticada de la historia mundial en toda su diversidad y sus complejidades.

A pesar del renovado interés en su crítica del capitalismo, los ataques contra Marx no cesan. Con ejes distintos, todos comparten el postulado de que Marx está muerto, que pasó de moda y que fue superado por las nuevas teorías y por el curso de los acontecimientos. Pero si es verdad que el marxismo está muerto, ¿por qué sus críticos sienten la necesidad de insistir tanto en el tema, de «demostrar» su punto de vista una y otra vez?

La respuesta verdadera es obvia. El marxismo nunca murió, aunque a lo largo de los últimos 150 años su influencia menguó y atravesó ciclos de letargo y resurrección. De ahí la necesidad de los críticos de Marx que intentan enterrarlo, sin éxito por ahora.

La crítica de Edward Said

La perspectiva liberal estándar sostiene que el socialismo marxista conduce hacia el totalitarismo y hacia un eventual colapso económico. En síntesis, los «experimentos» marxistas —¡miren lo que pasó en la URSS!— son peligrosos y deberíamos apegarnos a la alternativa más viable, el capitalismo liberal. Sin embargo, después de la Gran Recesión y del crecimiento de tendencias fascistas que salieron fortalecidas de la era Trump, surgieron dudas sobre el futuro del capitalismo y la democracia liberal que debilitan este tipo de argumentos.

Una acusación contra Marx que tiene más difusión, especialmente entre los intelectuales progresistas y los académicos, está centrada en la noción de que Marx era eurocentrista, es decir, un pensador del siglo diecinueve que desentona con la sensibilidad multirracial y anticolonial del siglo veinte. Esta línea crítica ganó bastante visibilidad con la publicación de Orientalismo (1978) de Edward Said.

Said encuentra dos puntos débiles en Marx. En primer lugar, el autor denuncia la supuesta adscripción de Marx al gran relato o serie unilineal de etapas de desarrollo económico y social. De acuerdo con esta perspectiva, Marx habría utilizado sin ninguna justificación este modelo unilineal, fundado en la historia de Europa occidental, para analizar y medir las sociedades no capitalistas de otras regiones. En segundo lugar, Said acusa a Marx de etnocentrismo, hasta de racismo, en función de sus descripciones de las sociedades no europeas.

Como parte de la primera crítica, Said escribió que para Marx, el imperialismo europeo era parte de la marcha adelante de la «necesidad histórica» que terminaría conduciendo a toda la humanidad hacia el progreso. Como destaca Said, los escritos de 1851 de Marx sobre la India publicados en el New York Tribune muestran un nivel sorprendente de respaldo del colonialismo británico.

Marx describió a los británicos como «superiores, y, por lo tanto, inalcanzables para la civilización india», además de definir a la India como una sociedad estática, incapaz de ejercer mucha resistencia contra el imperialismo. La posición de Marx queda resumida en las palabras de Said: «Incluso cuando estaba destruyendo Asia, Gran Bretaña estaba haciendo posible una verdadera revolución social».

Tal vez el ejemplo más evidente del tipo de problema que Said está destacando no esté en los escritos de 1853 sobre la India, sino en el Manifiesto del Partido Comunista (1848). En este texto, Marx y Engels parecen elogiar la penetración imperialista contra China:

La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas.

Marx no solo parece celebrar el «progreso» que conlleva el colonialismo, sino que también califica a los chinos de «bárbaros». Este tipo de lenguaje nos lleva a la segunda crítica de Said, la acusación de eurocentrismo.

Said incluye a Marx en una serie de pensadores europeos que incluye «desde Renan hasta Marx», que desarrolló un «sistema de verdades, verdades en el sentido nietzscheano del término»: «Por lo tanto, es verdad que todo europeo, en sus eventuales dichos sobre Oriente, era consecuentemente racista, imperialista y casi completamente etnocéntrico».

La trayectoria de Marx

¿Estos argumentos son válidos? ¿Era Marx realmente eurocentrista en el doble sentido del término, a saber, un teórico que construyó un gran relato abstracto que terminó subsumiendo la historia y la cultura del mundo bajo las categorías de Europa occidental, y un etnocentrista que adoptó una actitud condescendiente (o peor) hacia las sociedades ajenas a Europa occidental?

La respuesta no es en absoluto sencilla. A diferencia de algunos marxistas, pienso que, aunque estas críticas son exageradas, tenemos que reconocer su validez parcial, al menos cuando se trata de los primeros escritos de Marx —de 1848 a 1853— sobre las sociedades no occidentales. Pero la noción de un Marx eurocéntrico no se sostiene cuando uno examina todos sus escritos considerando el período que abarca de 1841 a 1883, porque Marx fue un pensador que nunca dejó de reelaborar y desarrollar su aparato conceptual.

Antes que anda, es difícil afirmar que eso hoy llamamos eurocentrismo y etnocentrismo hayan sido los únicos tonos que Marx hizo sonar, incluso en sus primeros textos sobre la India y China. Los problemáticos escritos sobre India también contenían pasajes como este:

Los indios no cosecharán los frutos de los nuevos elementos de la sociedad esparcidos entre ellos por la burguesía británica hasta que en Gran Bretaña las clases ahora dominantes hayan sido reemplazadas por el proletariado industrial, o hasta que los hindúes se hayan vuelto suficientemente fuertes como para terminar de una vez con el yugo inglés. En cualquier caso, es dado esperar, en un período más o menos lejano, la regeneración de este interesante y enorme país, cuyos gentiles nativos […] sorprendieron a las autoridades británicas por su bravura y cuyo país es la fuente de nuestras lenguas y de nuestras religiones.

Marx no solo muestra un gran aprecio por la cultura india y por las civilizaciones, sino que también adopta la posición, rara entre los europeos de su época, de defender la independencia de India. En segundo lugar, las perspectivas de Marx sobre India y sobre China cambiaron considerablemente en 1856-1858, en respuesta a la resistencia masiva que estas sociedades empezaron a ejercer contra el imperialismo británico. En artículos de Tribune rara vez citados, Marx pone el eje, no en el «atraso» de Asia, sino en la brutalidad colonial de la segunda guerra del Opio contra China. Es evidente en este fragmento de un artículo de Tribune publicado en 1856:

Los ciudadanos inocentes y los comerciantes pacíficos de Cantón fueron masacrados, sus casas fueron destruidas y su humanidad violada […]. Los chinos tienen como mínimo noventa y nueve heridas de las que quejarse contra una de parte de los ingleses. En respuesta a la revuelta Sepoy que irrumpió en 1857 en India, Marx respaldó de nuevo a los rebeldes indios contra los británicos en las páginas de Tribune. En una carta de 1857 dirigida a Engels también usó el término «nuestros mejores aliados» en una época en la que la clase obrera europea atravesaba un período de inactividad.

En tercer lugar, la noción de Marx de etapas de desarrollo histórico también sufrió cambios importantes a fines de los años 1850. En La ideología alemana de 1846, él y Engels postularon una teoría de etapas socioeconómicas, que después denominaron modos de producción: las sociedades sin Estado, las sociedades esclavistas de Grecia y de Roma y el feudalismo fundado en la servidumbre de la Europa occidental medieval, precedían al capitalismo con su régimen de trabajo asalariado libre y anticipaban un comunismo moderno en el futuro, que estaría fundado en el «trabajo libre y asociado». En síntesis, el desarrollo recorre la serie modo de producción «primitivo»-esclavista-feudal-burgués-socialista.

Sin embargo, en 1857-1858, en los Grundrisse, Marx expandió su marco conceptual e introdujo, junto a los sistemas grecorromano y feudal europeos, un modo de producción asiático que vinculó especialmente con los imperios precoloniales de la India, de China y de Oriente Medio. Marx también hizo referencia a este marco extendido en El capital, donde escribió sobre los «modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno».

Cabe pensar que el modo de producción asiático (MDA) es un homólogo de las sociedades grecorromanas y feudal. El MDA es importante sobre todo como un indicador de que Marx no estaba intentando hacer encajar toda la historia humana en la trayectoria esclavismo-feudalismo-capitalismo. Desafortunadamente, la mayoría de los seguidores de Marx —especialmente en la Unión Soviética— insistieron en el programa de hacer entrar las sociedades de clase precapitalistas no occidentales, incluidos los imperios agrarios centralizados con importantes centros urbanos, en la camisa de fuerza del feudalismo.

Una teoría no es una llave maestra

Este tipo de temas ocuparon el centro de los escritos tardíos de Marx —de 1877 a 1882—, período en el que empezó a estudiar obras de antropología y de historia social sobre una gran variedad de sociedades pastoriles y agrarias no occidentales, desde la India hasta América Latina y desde Rusia hasta África del Norte. A esta altura, Marx había aprendido ruso para investigar la estructura social de ese país, donde para su sorpresa se publicó, en 1872, la primera traducción completa de El capital.

Partes considerables de las notas de investigación de Marx sobre este período, sobre todo las que tratan sobre la India, fueron publicadas y otros textos están en preparación. Marx también escribió dos cartas conceptualmente relevantes sobre una de estas sociedades agrarias, Rusia.

En esta época, Rusia todavía estaba determinada por una estructura social fundamentalmente agraria fundada a nivel local en las comunas rurales. Estas comunas, aunque estaban bajo control de una monarquía despótica anclara en las clases terratenientes, poseían cierto nivel de propiedad colectiva y acuerdos de trabajo que eran inconsistentes con las disposiciones sociales del feudalismo de Europa occidental.

Marx abordó dos preguntas importantes en estas cartas. En primer lugar, ¿estaba Rusia destinada a seguir el camino de desarrollo de Europa occidental? En segundo lugar, ¿sus comunas rurales tenían potencial revolucionario o anticapitalista, o era necesario que sus habitantes fueran despojados de sus tierras y formaran un proletariado industrial compuesto de asalariados en un proceso que Marx denominó «acumulación primitiva de capital»?

Muchos académicos consideran que este rumiar de Marx sobre Rusia concernía también a otras sociedades agrarias del Sur Global a las que dedicó sus últimos años de estudio. En una carta de 1877 dirigida a intelectuales rusos de izquierda, Marx negó enfáticamente haber creado una teoría general y transhistórica sobre el desarrollo social:

Así, acontecimientos de semejanza impactante, que toman lugar en contextos históricos diferentes, conducen a resultados completamente dispares. Estudiando cada uno de estos procesos por separado, sería fácil descubrir la clave de este fenómeno, pero esto nunca se lograría con la llave maestra de una teoría histórico-filosófica general, cuya máxima virtud consiste en ser suprahistórica.

Aquí Marx parece negar, avant la lettre, la acusación de construir un «gran relato» eurocéntrico.

La vía rusa

El contexto inmediato de estos debates era la pregunta, que se planteaban los intelectuales rusos, de si su sociedad, en caso de querer progresar, estaba «inevitablemente» destinada a seguir el camino de Europa occidental. En 1881, Marx escribe sobre este punto a Vera Zasulich:

Al tratar de la génesis de la producción capitalista, yo he dicho que su secreto consiste en que tiene por base «la separación radical entre el productor y los medios de producción» […] y que «la base de toda esta evolución es la expropiación de los agricultores. Esta no se ha efectuado radicalmente por el momento más que en Inglaterra… Pero todos los demás países de Europa Occidental siguen el mismo camino» [columna 1 de la edición francesa de El Capital citado, col. 2, p. 315]. Por tanto, he restringido expresamente la «fatalidad histórica» de este movimiento a los países de Europa Occidental.

De nuevo, Marx estaba negando haber creado un modelo unilineal de desarrollo social fundado en la trayectoria de Europa occidental. En este contexto, también debemos notar que en sus notas de investigación sobre la India de este período, ataca explícitamente la perspectiva de que la India precolonial era una sociedad feudal.

En este período, Marx también abordó las contradicciones sociales de la sociedad rusa, donde a esta altura había surgido un movimiento revolucionario importante. No solo negó ante sus interlocutores rusos que sus teorías demostraran que las comunas rurales debían ser «inevitablemente» destruidas en un proceso de acumulación primitiva de tipo europeo occidental. También afirmó que estas comunas eran la base social de un nuevo tipo de movimiento revolucionario.

Este movimiento marcaría un paralelo con, pero no seguiría la misma línea que, la clase obrera europea, como escribieron Marx y Engels en el prefacio a la edición rusa de 1892 de El manifiesto…:

[S]i la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida para el desarrollo comunista.

Aquí Marx propone un concepto multilineal de la revolución, en el que las comunas rurales de Rusia podrían convertirse en un aliado importante de las clases obreras industriales de Europa occidental. Pero Marx va todavía más lejos y argumenta que un levantamiento campesino de este tipo en la periferia del capitalismo podría llegar primero y convertirse en el «punto de partida» capaz de desatar un movimiento revolucionario a nivel europeo.

Al mismo tiempo, Marx nunca defendió la posible autarquía de una sociedad agraria. Sin vínculos con los países más desarrollados, pensaba, una revolución campesina en Rusia sería incapaz de conducir a una forma viable de comunismo moderno. En cambio, Marx defendía una revolución mundial contra un sistema mundial de dominación de explotación, el capitalismo.

Un Marx contemporáneo

En este sentido, el Marx tardío se alejó de toda teoría unilineal del desarrollo fundada en Europa occidental y a la que debía adecuarse todo el resto del mundo. Lejos de mostrar una actitud condescendiente con las sociedades de la periferia capitalista, estos escritos exhiben una cualidad exactamente opuesta: una teoría sobre su potencial revolucionario.

En la época en la que la crítica de Marx elaborada por Edward Said empezaba a tomar vuelto, muchos intelectuales defendieron un punto de vista similar al que sostengo. Rosa Luxemburgo, la liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución (1982), escrita por mi mentora, Raya Dunayevskaya, y en El Marx tardío y la vía Rusa (1983) de Teodor Shanin, destacaron la noción de un Marx tardío que desarrolló una perspectiva multilineal y verdaderamente mundial de la sociedad y de la revolución, y que llegó a plantear cuestiones de género.

Estas interpretaciones de Marx no recibieron mucha atención en un período definido por el neoliberalismo, el posestructuralismo, el posmodernismo y las sentencias de «muerte» del marxismo. En los años sucesivos, el debate sobre el Marx tardío avanzó lentamente. Espero que el retorno a Marx que parece definir el presente sea un momento propicio para el desarrollo de estas perspectivas.

quinta-feira, 21 de julho de 2022

Bajo el dominio de los gusanos


Eliane Brum
El País

Por qué la campaña electoral de Brasil en 2022 es aún más violenta que en 2018

En la campaña electoral de 2018, en Brasil, los resentidos salieron de su capullo para metamorfosearse al revés. Orgullosos de su esencia, apaleaban a las personas LGBTQIA+, les gritaban a los negros que “volvieran a los barracones”, juraban barrer a los indígenas de la Amazonia, destruían centros religiosos afrobrasileños. Era la venganza de los resentidos que habían acumulado rencor durante décadas ante el avance de los derechos y de aquello que denominan “la prisión de lo políticamente correcto”. Su acción fue decisiva para elegir a su portavoz, el entonces candidato Jair Bolsonaro. La campaña electoral de 2022, en la que Bolsonaro busca reelegirse, es mucho peor.

Tras casi cuatro años en el poder utilizando la máquina del Estado para minar la democracia, el bolsonarismo ha infiltrado más profundamente sus raíces podridas en las instituciones brasileñas y en organizaciones de la sociedad civil. Si en 2018 los peores ataques los llevaban a cabo individuos o grupos, en 2022 provienen de parlamentos y asociaciones. Aunque ambos escenarios sean espeluznantes, la diferencia es sustancial. Y muestra que la corrosión de la sociedad brasileña aún será más difícil de revertir de lo que piensan los más pesimistas. Como el personaje de Smith en la icónica serie Matrix, Bolsonaro se replica por millones. Aunque no se reelija ni sea capaz de consumar el golpe de Estado que prepara por si pierde, miles de Bolsonaros se reelegirán en el Parlamento y seguirán ocupando cargos de poder en todas las esferas.

Entre las más recientes agresiones cometidas por instituciones públicas se encuentra la solicitud que presentó una partidaria de Bolsonaro en el Estado de Santa Catarina para abrir una Comisión de Investigación. La diputada Ana Campagnolo quiere investigar a una niña que a los 10 años se quedó embarazada tras ser violada y, aunque sea un derecho legal, solo consiguió abortar después de luchar mucho. Para abrir una investigación en ese Parlamento se necesitan 14 votos. Campagnolo consiguió 21: más de la mitad de los diputados está dispuesta a utilizar su mandato para criminalizar a una niña que ahora tiene 11 años y ya ha sufrido una violación, un embarazo y un aborto.

Entre los más recientes ataques de organizaciones de la sociedad civil se encuentra la carta que las asociaciones y federaciones de la industria de Pará enviaron a la Presidencia de la República clamando que abandone la Convención 169 de la Organización Internacional del Trabajo, que establece la necesidad de realizar una consulta “libre, previa e informada” a las comunidades indígenas y tradicionales que puedan verse afectadas por proyectos económicos. En 2021, la Amazonia perdió 18 árboles por segundo, pero la élite económica del Estado campeón en deforestación se siente autorizada a exigir que se silencie oficialmente a los guardianes de la selva.

Hace poco más de una semana, un hombre invadió la fiesta de otro que celebraba su cumpleaños con una decoración pro-Lula en la ciudad de Foz de Iguazú. Lo mató a tiros, ante todos los invitados, gritando “Aquí somos de Bolsonaro”. La Policía Civil afirmó que no se trataba de un crimen político. Y gran parte de la prensa responsabilizó no a la destrucción de los adversarios que promueve Bolsonaro, sino a la “polarización”, como si ambos lados fueran igualmente violentos. Así se pudre un país.

Bolsonaro puede perder las elecciones, pero la bestialidad de lo que representa no solo circula por las calles a plena luz del día, como en 2018, sino que, en 2022, también lidera gran parte del aparato institucional en todas las áreas. Bolsonaro ya ha ganado, aunque pierda. Y derrotarlo será una lucha que durará mucho más que una generación.

quarta-feira, 20 de julho de 2022

¿Cómo enfrentar la pesadilla brasileña?


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

En una bizarra -pero no menos preocupante- reunión convocada por la Presidencia de la República para un grupo de embajadores a inicios de esta semana, el ex capitán insistió en realizar ataques a las urnas electrónicas y poner en duda la transparencia de las futuras elecciones que se llevarán a cabo en octubre. En una transmisión en directo por un Canal Oficial (TV Brasil), a la cual no tuvo acceso la prensa audiovisual o escrita, el presidente Bolsonaro no solamente efectuó acusaciones infundadas sobre la seguridad y confiabilidad del sistema electoral, como también acusó a tres miembros del Supremo Tribunal Federal (STF) y del Tribunal Superior Electoral (TSE) de estar propiciando un escenario en que los votantes serán fraudados.

A pesar de que diversos juristas y constitucionalistas señalaron que el cuestionamiento del jefe del Ejecutivo al sistema electoral constituye un crimen pasible de provocar una casación de su mandato, esta “afrenta” a las instituciones democráticas no ha tenido una respuesta a la altura por parte de las mismas instituciones y poderes del Estado que Bolsonaro insiste en denigrar. Aparte de algunas declaraciones y advertencias a sus palabras, los principales actores de la vida política y los medios en general no han denunciado la gravedad del aviso de Golpe que estaría incitando Bolsonaro en el caso de que las urnas no le sean favorables para obtener su reelección. En su discurso, que muchos han evaluado como el discurso de un perdedor, el mandatario cuestiona desde ahora el probable resultado que le daría la victoria al ex presidente Lula da Silva.

En su monumental biografía novelada de Benito Mussolini (M. El hijo del siglo), el escritor italiano Antonio Scurati nos relata que luego del atentado con granadas perpetrado contra una multitud que marchaba por la Via San Damiano, en la que murieron algunos participantes, Mussolini y una parte de sus secuaces fueron arrestados al día siguiente bajo la acusación de “atentado a la seguridad del Estado y formación de un bando criminal”. Después de haber sido sometido a interrogatorios por su responsabilidad en el atentado, Mussolini es dejado en libertad, permaneciendo solo 24 horas detenido. A su favor intervino el Director del Corriere della Sera, Luigi Albertini, un connotado pensador liberal para quien el desastre electoral de los fascistas en esas recientes elecciones no ameritaba un tratamiento drástico contra ellos. En su argumentación Albertini señalaba: “Mussolini es un desastre, no hagamos de él un mártir”.

La experiencia histórica del nazismo y el fascismo deberían ser una clara advertencia para que las sociedades democráticas se mantengan en alerta y activen prontamente los frenos necesarios para contraponerse a las embestidas autoritarias de la extrema derecha. En caso contrario, dichas sociedades pueden sucumbir a los desbordes tiránicos de un líder y un pequeño grupo que impone su proyecto con el recurso de la violencia y las armas, tal como podría suceder en el caso brasileño.

Al igual que en la bestial declaración de Millán Astray en la Universidad de Salamanca luego del triunfo de los franquistas en la Guerra Civil Española, el deleznable Jair Bolsonaro también quiere hacer suyo el perverso eslogan de “Viva la muerte, muera la inteligencia”. Para ello viene trabajando desde que asumió hace 3 años. Con casi 700 mil fallecidos por la pandemia e indicadores de desempleo, miseria y hambre que no se veían hace décadas, Brasil también enfrenta una crisis en sus indicadores de salud mental, sin precedentes en la historia nacional.

Según un estudio realizado recientemente por el Centro Datasus, la cifra de suicidios sube alarmantemente, siendo que el número de óbitos por esta causa aumentó el doble en los últimos 20 años, pasando de casi 7 mil decesos en 2000 a más de 14 mil muertes auto provocadas en el año 2021. La curva que expone las cifras brasileñas van a contramano de la tendencia mundial – a pesar de la pandemia- y los especialistas atribuyen esta grave situación al aumento de la pobreza, la desigualdad, la desesperanza, la exposición a eventos de violencia y la inexistencia de una política efectiva de contención y prevención de la depresión y el suicidio.

Cada día se desmantela alguna política pública, especialmente la política social, que había sido construida a través de muchos años de gobiernos que intentaban disminuir la desigualdad escandalosa y enfrentar los altos índices de pobreza y exclusión. A pesar de su incompetencia en la gestión gubernamental, el ex capitán y sus ministros han demostrado extrema eficacia para desmontar el Estado brasileño, tal como ya lo hemos apuntado en una columna anterior (La paradoja de un gobierno devastador).



Por lo mismo, la interrogante que se mantiene en el aire es si las instituciones republicanas serán capaces de colocar un basta a las atrocidades que viene cometiendo el gobierno de extrema derecha y si las fuerzas sociales serán capaces de contraponerse a las amenazas golpistas propaladas por el presidente y su núcleo de incondicionales. Hasta ahora las organizaciones sindicales, los movimientos sociales y la ciudadanía en general, se han mantenido en una pasividad asustadora para enfrentar los desvaríos de Bolsonaro.

Es de esperar que en la medida que se inicien las campañas para la próxima contienda electoral, las personas estén dispuestas a salir a la calle para exigir un juicio por los crímenes cometidos por este desgobierno, aun cuando sus resultados se vean obstaculizados por la complicidad de políticos, jueces y empresarios que siguen defendiendo la actual administración. El pueblo, los ciudadanos deben ocupar el protagonismo indiscutible a ellos asignados para detener el oscurantismo y la expansión de la estrategia del miedo y la mentira. Son ellos los convocados a dar un giro definitivo a este periodo de penumbras y ocupar las calles, plazas y espacios públicos de ciudades, pueblos y villas de todo Brasil. De no ser así, una mancha de infamia se apoderará del país y la desidia de las entidades políticas y de las instituciones sometidas al poder despótico pavimentarán el camino para que las expresiones nefastas del neofascismo se consoliden para la desgracia de la inmensa mayoría de los brasileños.

sexta-feira, 15 de julho de 2022

O país de Bolsonaro


Ruy Castro
Folha de Sao Paulo

Talvez, hoje, Brasil seja o único país no mundo em que o povo assiste de casa à sua demolição

Em 2020, no auge da pandemia sem vacina, sem isolamento e sem controle em seu governo, Jair Bolsonaro declarou que o brasileiro precisava ser estudado. "Ele se joga no esgoto e não pega nada!", ejaculou. A frase nos custou milhares de vidas, mas não seria Bolsonaro a se importar com isso. E eu não diria que o brasileiro deva ser estudado, mas os seguidores dele, sim. Bolsonaro os joga diariamente num esgoto —profissional, financeiro, sanitário, educacional, moral— e eles não pegam nada. Tanto que votarão nele.

Um homem é assassinado pelo ódio político insuflado por Bolsonaro. Bolsonaro, coerente, culpa o assassinado e se solidariza com o assassino. E o irmão do assassinado, que é eleitor de Bolsonaro, não apenas aceita falar com ele ao telefone como afirma que Bolsonaro é contra a violência e não tem nada com o crime. Em que país vive esse sujeito a quem não chegam os discursos de Bolsonaro pregando exatamente o que matou seu irmão?

Em que país vivem seus seguidores, infensos à inflação (nos dois dígitos), ao desemprego (11 milhões de pessoas neste momento), à fome (35 milhões) e à pobreza (63 milhões)? E que país é este, sem corrupção, em que todo o dinheiro roubado no passado virou moeda de troco diante dos R$ 60 bilhões que Bolsonaro já desviou para se reeleger?

Este país é o Brasil, onde, por muito menos, presidentes se mataram com um tiro no peito e foram depostos ou impichados. É o país que, outrora tão vigilante à menor suspeita de subversão, baderna e terrorismo por grupos clandestinos, assiste bovinamente à prática de tudo isso, só que agora pelo próprio Estado. E é o país em que, outro dia mesmo, milhões estavam gritando nas ruas.

Bolsonaro tem razão: o brasileiro precisa ser estudado. Deve ser hoje o único povo do mundo que assiste à demolição de seu país, horária, descarada, em todos os níveis, e fica quieto em casa, se tiver uma.

terça-feira, 12 de julho de 2022

Bolsonaro estimula sin pudor el uso del asesinato político


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

El asesinato del militante del Partido de los Trabajadores (PT), Marcelo Arruda, ocurrido el último fin de semana en la ciudad de Foz do Iguaçu, demuestra fehacientemente como el gobierno y su gabinete del odio viene instigando el crimen político a escasos meses de las elecciones del 2 de octubre. Desde que asumió en 2019, Bolsonaro se ha caracterizado por amenazar de muerte a los opositores, especialmente de fusilar a aquellos que él denomina de Petralhada (militantes o simpatizantes del PT).

Hasta la presente fecha, son innumerables las declaraciones destempladas del ex capitán para hacer uso de las armas contra quienes no profesan sus ideas, inspiradas en el falso eslogan de la defensa Dios, la familia y la patria. Cualquier opción diversa de su propuesta debe ser enfrentada con violencia y con la fuerza de las armas si es necesario, apelando incluso a la intervención de las Fuerzas Armadas en caso de que su candidatura no salga reelecta en los próximos comicios.

En su discurso retorcido, Bolsonaro y sus seguidores vienen sembrando el odio entre los brasileños y la prensa audiovisual y escrita atribuye esta violencia política a lo que erróneamente llaman de una radicalización de posiciones. Pero la realidad es que los únicos radicales que han ejecutado acciones criminales en estos últimos 3 años son los partidarios de la extrema derecha que no solamente han eliminado a adversarios políticos y miembros de grupos vulnerables, sino que también defensores de comunidades indígenas y del medioambiente, como es el reciente caso de Bruno Pereira y Dom Phillips, que fueron asesinados por orden de un político bolsonarista y traficante local.

Desde que asumió el actual gobierno, Brasil ha visto aumentado exponencialmente la compra y el uso de armas de fuego, fenómeno que ha sido el resultado de la flexibilización legal para el porte de armas dictaminado por la autoridad. Según cifras oficiales, solo el año pasado el registro de nuevas armas de fuego alcanzó la marca de casi 250 mil artefactos inscritos en la Policía Federal. Esto representa un aumento de más del 300 por ciento con relación a las 51 mil piezas registradas en 2018, antes de que Bolsonaro asumiera la presidencia de la República con la promesa de facilitar el acceso a las armas de los ciudadanos comunes. El efecto concreto de dicho incentivo, es que la tenencia de armas en manos de particulares prácticamente se cuadruplicó en el curso de los tres últimos años. La normativa vigente, hecha efectiva a través de decretos, permite que un miembro de un Club de Caza y Tiro pueda adquirir hasta 60 armas de fuego, incluso de fusiles de alto poder, lo cual no era permitido hasta hace poco tiempo atrás.

Sin embargo, investigaciones realizadas en este mismo período han podido verificar que el apoyo a la facilitación para el porte de armas de fuego es solamente aprobado por un 30 por ciento de la población, precisamente el mismo porcentaje que sigue sustentando al ex capitán en su proyecto de reelección. Ahora tenemos la amarga constatación que la pose de armas en manos de individuos y grupos armados de la extrema derecha puede desencadenar muchas tragedias en esta fase final de la campaña electoral y lejos de hacer un llamado a la calma y la ponderación, el presidente genocida sigue estimulando a sus seguidores a hacer un uso desmedido de la violencia política para provocar el miedo y la desazón entre sus adversarios y en el conjunto de los electores menos posicionados.

Muchos especialistas y comunicadores sociales advierten del peligro inminente que enfrenta Brasil en este periodo sombrío de su vida política, aunque con argumentos maliciosos y tendenciosos muchos de ellos no son capaces de advertir que la mayor amenaza para la convivencia política y la vida democrática está representada por el presidente y los grupos neofascistas que lo apoyan. La interrogante que permanece en el aire es saber si las instituciones, los partidos políticos, las organizaciones de la sociedad civil y la ciudadanía en general están preparados para contener esta espiral violentista que puede comprometer seriamente el futuro del país. Por lo mismo, la tarea urgente de la hora presente implica no solamente derrotar a Bolsonaro en octubre próximo, sino que también acabar con el bolsonarismo y todo su legado de odio e infamia que asola a los hijos de este suelo, de esta Patria llamada Brasil.

quarta-feira, 8 de junho de 2022

Hambre y miseria azotan a Brasil en un año electoral


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

El último informe divulgado esta semana por la Red Penssan (Red Brasileña de Investigación en Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional) ha revelado cifras dramáticas de la situación de la miseria y el hambre en este país que, paradojalmente, es un gran productor y exportador de alimentos (Carne bovina, azúcar, café, soya y jugo de naranja, entre otros ítems). Por lo mismo, la pregunta que permanece en el aire es como un país que se sitúa entre los mayores exportadores mundiales de alimentos permite que parte significativa de su población no tenga que comer.

De acuerdo con esta investigación, seis de cada diez brasileños no poseen seguridad alimentaria. Ello representa a más de 125 millones de personas, lo cual viene a confirmar un aumento de 60 por ciento si se compara con los números de 2018. Dentro de esta cifra, son 33 millones de personas que pasan hambre en el país. El documento también constata que el hambre afecta especialmente a las poblaciones negras, pues el 65 por ciento de los hogares comandados por personas negras y pardas conviven con problemas de provisión de alimentos. En términos concretos, el contingente de personas que sufren el flagelo del hambre en el Brasil actual es muy superior al registrado hace 30 años atrás, cuando comenzaron a impulsarse los primeros programas de combate a la miseria y el hambre desde la redemocratización del país.

Según el mismo informe, este año de 2022 1 de cada 3 brasileños ha tenido que buscar alguna fórmula para conseguir alimento de la cual se avergüenza o le provoca tristeza. Son miles de familias que han tenido que recurrir a los rellenos sanitarios para buscar el alimento diario entre las sobras que deben disputar con buitres, jotes y otros animales carroñeros. Brasil siempre fue un país desigual, pero los niveles de indignidad a los cuales se ha arrojado a millones de ciudadanos es algo que no se había visto desde tiempos inmemoriales. Son lacerantes las imágenes de familias enteras aprovechando la escasa carne que sobra entre los huesos depositados en los basurales para saciar un hambre desmedida. Existen, por cierto, muchas acciones de solidaridad y de entrega de canastas mensuales de alimentos otorgadas por instituciones de la iglesia o de la sociedad civil, pero esta ayuda no es suficiente para paliar las enormes dificultades por las que atraviesan millones de brasileños.

Los especialistas que trabajan con la temática de la pobreza han mostrado enorme preocupación con el desmonte de los programas Hambre Cero (Fome Zero) y Bolsa Família, implementados durante los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff durante la gestión del Partido de los Trabajadores (PT). El gobierno de ultraderecha de Bolsonaro ha sustituido este último por uno que se llama Auxilio Brasil, el cual no tiene ni la envergadura, ni la capilaridad, ni el impacto que tenía el programa Bolsa Família.


En dicho programa eran 44 millones de familias las que recibían el aporte directo del Estado, reduciendo -ya en los primeros años- la pobreza (extrema o moderada) entre 25 millones de habitantes. En el caso del Auxilio Brasil son solo 14 millones de familias que reciben la ayuda. Ello significa que unos 30 millones de familias se han quedado sin recibir este beneficio, cuyo corte se ha efectuado sin ningún criterio técnico. Se excluyeron muchas familias simplemente porque se decidió arbitrariamente destinar menos recursos para políticas sociales. Tal situación contrasta radicalmente con el conjunto de beneficios otorgados a las Fuerzas Armadas, que recibieron ayudas hasta en la adquisición de artefactos bizarros y sospechosos para reforzar la virilidad de los militares, a saber, prótesis penianas, viagras y otros accesorios por el estilo.

Asimismo, el actual gobierno pretende acabar con el programa al final del presente año, lo que dejaría a millones de familias sin asistencia monetaria para enfrentar los déficits de alimentación que ya vienen experimentando hace años, carencias que además se han visto agudizadas por la pandemia. Para sumar obstáculos a los posibles beneficiarios de transferencia de renta, el gobierno ha impuesto un sistema que opera por Internet por medio de un computador o un celular. Es decir, las familias en situación de extrema pobreza quedan excluidas de cualquier tipo de ayuda por no poseer las condiciones mínimas para acceder a ellas.

Otro dato que preocupa a los especialistas es el hecho de que aquella población que sufre el impacto del hambre y la desnutrición tiene muchas posibilidades de comprometer su desarrollo físico e intelectual en el futuro, lo cual no hace más que reproducir las estructuras de exclusión y limitación de oportunidades para miles de niños y jóvenes que se han visto afectados por deficiencias nutricionales. Como se puede apreciar, este escenario solo aumenta los niveles de incertidumbre que vive la población más vulnerable de cara a las elecciones de octubre.

Cuando asumió su primer gobierno el 1 de enero de 2003, Lula da Silva se comprometió a eliminar Brasil del mapa del hambre. Para ello el gobierno comenzó a trabajar para garantizar dos elementos esenciales a este propósito. Primero, apoyar a la agricultura familiar para aumentar la producción de alimentos de consumo interno y, segundo, que la población más pobre accediera a una renta suficiente para comprar dichos alimentos.

Considerando que Lula da Silva pueda vencer la próxima contienda electoral, es de esperar que reponga aquellos programas sociales emblemáticos de los 18 años de administración del PT, aunque el retroceso causado por el gobierno de Bolsonaro es de tal magnitud que va a ser necesario un esfuerzo doblegado para restaurar las condiciones de seguridad alimentaria de la población brasileña.

quinta-feira, 2 de junho de 2022

La lucha por la reunificación italiana inspiró a la izquierda internacional


Anne Colamosca
Jacobin América Latina

La unificación italiana tuvo como héroe a Giuseppe Garibaldi, de cuyo fallecimiento se cumplen 140 años este 2 de junio. La lucha italiana contra la dominación extranjera influyó en los socialistas de todo el mundo.

El 27 de noviembre de 1871, el rey de Italia Vittorio Emanuele II pronunció un apasionado discurso en el Parlamento italiano, dando paso finalmente a la completa unificación de su país. Durante siglos, la península había estado dividida en un mosaico de regiones, dominadas en su mayoría por las monarquías de Austria, Francia y España. Napoleón se esforzó por cambiar esta situación después de la Revolución Francesa, pero, después de que el diplomático de los Habsburgo, el conde Klemens von Metternich, revocara sus reformas en el Consejo de Viena de 1815, las tres dinastías extranjeras recuperaron en gran medida sus bastiones.

Como reacción, surgió un agresivo movimiento político italiano, que reintrodujo el concepto de larga historia de Risorgimento —resurgimiento nacional— que encabezado por el intelectual genovés Giuseppe Mazzini atrajo a miles de jóvenes italianos dentro y fuera del país en la década de 1830. Sobre todo, querían que los imperios europeos abandonaran el país. Giuseppe Garibaldi, un importante discípulo de Mazzini y miembro de la sociedad secreta de la Joven Italia, se mantuvo en contacto con el genovés durante muchos años y, en 1848, atendió a su llamada para volver a casa y luchar. Mientras tanto, Garibaldi se hizo un nombre como importante líder guerrillero en América del Sur, un hombre que sabía cómo dirigir una gran tripulación mercante o un ejército.

Pero las cosas no salieron como Mazzini había previsto. Había escrito a Garibaldi que el enorme ejército austriaco en el norte de Italia estaba en un estado de casi colapso. Viajando por el norte meses después, Garibaldi descubrió que la situación era la opuesta, ante lo que las fuerzas italianas sufrieron una fuerte derrota en la batalla de Novara contra la oposición de los Habsburgo. En cuanto a Mazzini, en marzo de 1849, fue nombrado miembro del tribunal de tres hombres que dirigía una república radical en Roma que acababa de crearse. Desde el principio, todo el mundo estaba de acuerdo, Mazzini era el hombre principal.

La batalla de Roma enfrentaría a los defensores radicales de la república, incluidas las fuerzas que venían del norte con Garibaldi, con un ejército francés muy disciplinado que pretendía reinstalar al Papa fugitivo. Los hombres de Garibaldi -casi todos voluntarios, llegados de numerosos países- fueron celebrados por su valentía en incursiones contra el ejército francés que dejaron atónitos a los lectores de los periódicos de Europa y América. Pero a medida que se desarrollaba la batalla, que duró un mes, la opinión de Garibaldi sobre Mazzini, su antiguo mentor, cambió drásticamente.

Garibaldi había sido nombrado general, no comandante en jefe. Sin embargo, su destreza militar le proporcionó una victoria de alto nivel, aunque a corto plazo, el 30 de abril de 1849, cuando sus tropas se abrieron paso hacia la ciudad. «Cuando los legionarios de Garibaldi entraron en Roma», escribe su biógrafo Christopher Hibbert,

la gente los miró con asombro […] sus rostros barbudos, sombreados por las alas de sombreros de copa alta y plumas negras, estaban cubiertos de polvo, sus cabellos eran largos y desordenados; algunos llevaban lanzas, otros mosquetes y todos llevaban en sus cinturones negros una pesada daga […] y no había que confundir la figura de hombros anchos sobre el caballo blanco. A pesar de la piel pecosa y quemada por el sol y el flamante sombrero de fieltro negro con su alto penacho de plumas de avestruz, Garibaldi, para algunos, parecía el Mesías.

Sin embargo, el 30 de junio de 1849, un Garibaldi exhausto se presentó ante la asamblea republicana para decir que tendría que rendirse ante el asedio francés. Mazzini, por su parte, exigió que siguieran luchando, sugiriendo que tener mártires ayudaría a su causa. Disgustado, Garibaldi renunció al mando y abandonó rápidamente Roma con su ejército de cuatro mil hombres. Tiempo después, Garibaldi formaría una alianza con Vittorio Emanuele para completar la lucha por la reunificación de Italia, ahora bajo la monarquía de los Saboya.

Reacciones de la corriente principal de Estados Unidos

La asediada República Romana había atraído mucha atención en los Estados Unidos. El medio de comunicación más importante de la América de mediados del siglo XIX era el mayor periódico del país, el New York Tribune, conocido por su postura editorial antiesclavista. El editor jefe, Horace Greeley, seis años más joven que Mazzini, se había convertido en un importante intelectual público tras fundar el Tribune en 1841. Apasionado defensor de la reforma social, en 1857 Greeley sería una figura destacada del nuevo Partido Republicano.

«El Tribune fue uno de los principales canales a través de los cuales los estadounidenses se enteraron de lo ocurrido en Europa en 1848», explica el biógrafo de Greeley, Mitchell Snay. Greeley había predicho con exactitud que su público estaría fascinado por la revolución que se estaba produciendo en Italia a finales de la década de 1840. Como el sombrío tema de la esclavitud obsesionaba cada vez más a Estados Unidos, aceptó la petición de su columnista de primera plana de trasladarse a Europa e informar desde allí. Margaret Fuller captaría el interés de los lectores de Greeley y les recordaría su propia revolución, de apenas tres cuartos de siglo antes.

Mazzini y Greeley —que nunca se conocerían— compartían una filosofía política común a su clase en la primera parte del siglo XIX. El socialismo utópico predicaba la unión de las clases para resolver los problemas sociales. Ambos hombres se dedicaban a reducir la agitación entre las clases trabajadoras y las altas. En ocasiones, Mazzini se había autodenominado socialista. Sin embargo, su definición era muy diferente a la de los socialistas marxistas que pronto desempeñarían un papel importante en la segunda mitad del siglo XIX, al menos en Europa. El célebre historiador italiano Gaetano Salvemini definiría a Mazzini como «alguien que esperaba una reforma social, pero que evitaba cuidadosamente hablar de conflicto de clases». Esto también definía la política de Greeley. A ambos lados del Atlántico hubo varias formas de este «ismo»: comunitarismo, fourierismo, asociacionismo y otros. Todas ellas implicaban una reforma social, no una acción revolucionaria.

Una mazziniana cubriendo la batalla de Roma

Margaret Fuller había pasado toda su vida profesional entre los socialistas utópicos. Una neoyorquina de sangre azul de Cambridge, Massachusetts, había sido autora de un libro feminista, Woman in the Nineteenth Century, y editó la publicación literaria de Ralph Waldo Emerson, The Dial, antes de ser contratada por Greeley para escribir en el Tribune en 1844.

Dieciocho meses después, se dirigió a Londres, donde le presentaron a Mazzini, que la cautivó desde el principio. Fuller se habría quedado atónita ante la descripción que Eric Hobsbawm hizo de Mazzini, en su libro La era de la Revolución, más de un siglo después, como «el lanudo e ineficaz autodramatizador». La descripción inicial que Fuller hizo de él fue la de «un hombre de música bella y pura».

Se mantuvieron en contacto, especialmente después de que Fuller regresara a Roma, justo antes de que el primer ministro del Papa Pío IX, el conde Pellegrino Rossi, fuera brutalmente acuchillado hasta la muerte en medio de una multitud enfurecida. El Papa huyó rápidamente hacia el sur. Durante los meses siguientes, hasta julio de 1849, Fuller cubriría la batalla en curso de las tropas radicales contra las fuerzas francesas que intentaban reinstalar al Papa. Y utilizaría a Mazzini como su principal fuente de información.

Al mismo tiempo, Fuller, a punto de cumplir los cuarenta años, experimentaba su propia crisis personal. Para consternación de Greeley, Fuller había desaparecido durante seis meses a principios de la primavera sin apenas decir nada sobre dónde y por qué no escribía. Sola y asustada en Aquila, había dado a luz a un hijo. Poco después, el padre, un joven miembro de la Guardia Civil romana, el marqués Giovanni Ossoli, se había unido a ella en una tranquila ceremonia de matrimonio. Una amiga de Massachusetts le aconsejó que se quedara en Italia y no volviera a casa. Contrató a una nodriza y regresó a Roma para cubrir la guerra.

El movimiento revolucionario europeo que Fuller abrazó y luego vio aplastado, surgió de una miseria social muy real y generalizada, escriben Larry J. Reynolds y Susan Belasco Smith, editores de una colección de sus escritos. «La Europa que Fuller encontró en sus viajes durante 1846 y 1847 estaba repleta de desempleo, hambruna y malestar social, así como de gobiernos despóticos incapaces de encontrar soluciones a estos problemas o poco dispuestos a hacerlo».

Otros proponían soluciones. La situación de la clase obrera en Inglaterra, de Friedrich Engels, publicada en 1845, y el Manifiesto Comunista, publicado en 1848, fueron señalados a Fuller por un periodista alemán, aunque no escribió sobre ninguno de ellos para el Tribune. En este periodo, Fuller, que había mantenido una larga entrevista con la escritora George Sand, empezó a llamarse a sí misma «radical». Pero la académica Margaret V. Allen concluye que «sus columnas muestran que ella creía implícitamente que el conocimiento de los errores o males conducía a su corrección». La poetisa Elizabeth Browning había afirmado que «Fuller se convirtió en una de las rojas más absolutas», pero Reynolds y Smith escriben que «la militancia de Fuller tenía sus límites», dudando de que se hubiera convertido en una «roja».

Fuller era ciertamente una firme admiradora de Mazzini – escribiendo que era «inmortalmente querido para mí —mil veces más querido por todo el juicio que vi hacer de él en Roma». Su idolatría parecía aumentar a medida que avanzaba el asedio. Pero, como escribe el historiador italoamericano Roland Sarti —ex director del departamento de historia de la Universidad de Massachusetts—, aunque muchas feministas en Inglaterra se inspiraron en Mazzini, «uno sospecha que, en algunos casos, las cultivó por el bien de los hombres” a los que estaban unidas. Fuller, comenta, «era una figura importante entre los trascendentalistas», lo que habría interesado a Mazzini. Pero añade: «Tuvo una importancia menor en la vida de Mazzini». Trágicamente, Fuller y su pequeña familia murieron en un naufragio frente a la costa de Nueva York el 1 de julio de 1850.

Del socialismo utópico al marxista

La caída de la República Romana, casi a la mitad del siglo XIX, fue seguida rápidamente por el profundo cambio de rumbo de Mazzini una vez de vuelta en Londres, donde viviría como emigrado el resto de su vida.

Seguía muy implicado en la defensa de la unificación de Italia. Pero durante los siguientes veinte años, se obsesionaría con un odio feroz hacia los socialistas marxistas emergentes. Karl Marx y Friedrich Engels denunciaron enérgicamente su socialismo «reaccionario» y otros similares, «es decir, las críticas conservadoras al capitalismo», escribe el académico Jonathan Sperber en su autorizada obra Karl Marx: A Nineteenth—Century Life. «Hicieron poco caso del ‘socialismo burgués’, lo que hoy llamaríamos reforma social, la mejora de la condición de la clase obrera dentro de la sociedad capitalista».

Esta «reforma social» estaba en el centro de la definición de Greeley y Mazzini del primer socialismo. «Pero poco a poco, a medida que el movimiento proletario asumía un carácter más revolucionario», escribe Salvemini, «y la palabra socialismo se alejaba de la idea de una forma simple y cooperativa de democracia y crecía para identificarse con la de la lucha de clases —como ocurrió de 1848 a 1851, bajo el impulso dado por [Louis Auguste] Blanqui y Marx—, Mazzini se volvió profundamente antagónico hacia este nuevo movimiento, con ideas tan diferentes a las suyas».

Mazzini culpó a los socialistas franceses de asustar a la burguesía y de llevar al poder al régimen imperial reaccionario de Luis Napoleón en París. «Así comenzó la campaña sistemática contra el socialismo que libraría hasta el final de su vida». Cuando la Comuna de París izó la bandera roja sobre la capital francesa en 1871, Mazzini atacó con saña a los comuneros, poniendo a muchos antiguos discípulos en su contra. «El sistema social de Mazzini, desde el punto de vista práctico, ya no se correspondía con las realidades sociales y políticas imperantes», resumió Salvemini.

El socialismo burgués y los republicanos estadounidenses

A diferencia de Mazzini, la filosofía política de Greeley, que también evitaba el conflicto de clases, se mantuvo intacta y fue muy popular en Estados Unidos. Su propia carrera, desde aprendiz de imprenta adolescente de una familia agrícola pobre hasta editor del periódico más exitoso del país, fue utilizada a menudo como ejemplo por los líderes del Partido Republicano.

El Tribune “sacó a la luz las escandalosas condiciones de trabajo en muchos talleres de la ciudad de Nueva York», escribe el célebre historiador de Columbia Eric Foner en Free Soil, Free Labor, Free Men. De hecho, “a diferencia de muchos otros republicanos, Greeley apoyó un límite legislativo a las horas de trabajo... [pero] las huelgas eran una forma de ‘guerra industrial’, la antítesis de la cooperación entre el trabajo y el capital que Greeley deseaba». Si Greeley reconocía las barreras sociales al progreso económico, también insistía en enfrentar “la intemperancia, el libertinaje, el juego y otros vicios, en la clase más baja». Como señala Snay, el persistente énfasis de Greeley en la armonía esencial entre las clases” subrayaba su profunda aversión al socialismo marxista.

«En los Estados Unidos, particularmente en las grandes ciudades del Este, donde la inmigración a gran escala estaba aumentando la estratificación de clases y manteniendo bajos los salarios reales de todos los trabajadores, la perspectiva de ascender al autoempleo ya estaba retrocediendo… sabemos hoy, por supuesto», escribe Foner, «que a pesar de la amplia aceptación de la ideología de la movilidad social, los años posteriores a 1860 vieron una disminución constante de las perspectivas de que un trabajador o jornalero agrícola lograra la independencia económica». Sin embargo, en esa época, Abraham Lincoln insistiría en que el Norte no tenía una clase que «fuera siempre obrera». Esto surgió de un ethos de la época colonial que implicaba un estigma de décadas contra ser un «esclavo asalariado». En el Partido Republicano, ser un esclavo asalariado era sólo una existencia temporal, por lo que organizar a los trabajadores no era necesario.

Esto seguiría siendo una parte clave de la ideología republicana. «Paradójicamente», escribe Foner, «en el momento de su mayor éxito, las semillas del posterior fracaso de esa ideología ya estaban presentes». En la década de 1860, el partido de Greeley defendía un sistema económico que ya había empezado a perder poder. Para entonces, se estimaba que casi el 60 por ciento de la mano de obra estadounidense estaba empleada como asalariada, lo que demostraba que el nuevo partido político, desde sus inicios, abogaba por un sistema que ya formaba parte del pasado de Estados Unidos.

A pesar de los profundos problemas del Mezzogiorno, tanto en Italia como en el resto de Europa, a finales del siglo XIX surgió por primera vez en la historia un movimiento obrero de masas. «Entre 1880 y 1896 se fundaron diecinueve partidos socialistas y obreros», así como una federación sindical de ámbito nacional, escribe Sperber. Para entonces, el cambio entre el socialismo utópico y el socialismo marxista se había completado, mientras que en Estados Unidos ese momento nunca llegó a producirse. Mientras que Mazzini murió con un número de seguidores muy reducido, la celebración de la independencia económica de Greeley siguió muy viva. Y tendría una influencia duradera en la duradera división entre la izquierda estadounidense y la europea.

sexta-feira, 27 de maio de 2022

É preciso compreender o processo histórico para nele intervir

Roberto Amaral
Socialismo y Democracia

Compete à esquerda fazer a campanha da esquerda, jamais delegá-la a uma frente ampla cujo núcleo é a socialdemocracia. Toda campanha eleitoral é uma oportunidade de proselitismo. No caso concreto, os socialistas terão de associar a pedagogia ideológica à ação, o encontro ideal de teoria e prática, retornando à organização popular.

Ponderáveis setores da esquerda brasileira, novos e antigos companheiros das lutas democráticas, cobram de Luiz Inácio Lula da Silva o anúncio de um projeto socialista para o Brasil de hoje – embora a revolução, sempre desejada, não esteja posta pelo processo histórico. Lamentavelmente. De Lula, um dos mais avançados quadros da centro-esquerda brasileira, como certificam seus oito anos de governo, o que havemos de esperar é a construção e liderança de uma nova maioria política, fiadora da continuidade democrática, fundamental para a luta dos trabalhadores no Estado burguês. Não é um fim, em si, mas processo sem o qual não retomaremos o projeto de uma sociedade sem classes. (Ironia da História: são os “subversivos” que, hoje, defendem a democracia no país, contra as ameaças totalitárias dos partidos da ordem).

Cobra-se do Partido dos Trabalhadores – o maior e o mais sólido partido da socialdemocracia brasileira – um projeto revolucionário que não está no horizonte de seu programa. Sob o comando de Lula, o PT lidera uma coalizão partidária de centro-esquerda, ampla, que mais e mais procura afastar-se das teses encampadas na saudosa campanha eleitoral de 1989, porque de lá para cá o mundo mudou, o país mudou e mudou o próprio PT, tanto quanto mudaram as perspectivas da esquerda brasileira, com a crise do “socialismo real” e as seguidas “diásporas”; e consequentemente as condições de luta pioraram. O PT mudou para vencer as eleições em 2002, e volta a mudar, desta feita para poder liderar uma frente ainda mais ampla, em condições de derrotar o projeto protofascista governante, que nos ameaça com anunciadas expectativas de continuidade.

O pior desatino comete o pretenso revolucionário que supõe poder alterar a realidade ignorando os limites de seu papel como sujeito histórico. Como lembrava há mais de um século conhecido pensador alemão, o homem faz sua história, mas não a faz segundo os caprichos de sua vontade, de seus sonhos e de sua utopia; ele a faz segundo as circunstâncias com as quais se defronta (Cf. Marx, Karl. O 18 brumário de Luis Bonaparte). Dois mil anos antes, Sun Tzu recomendava aos generais em guerra conhecer previamente o inimigo e o terreno em que pretendiam lutar.

Mudando a conjuntura, as formas de luta também mudam. Independentemente do PT e de seu líder, nos defrontamos com o recesso das lutas sociais, implicando o remanso da denúncia da luta de classes. A conjuntura internacional vê-se pontuada pela fragilização das organizações revolucionárias, socialistas e trabalhistas, pari passu com o crescimento de apoio popular a movimentos de direita e extrema-direita (vide França, Itália, EUA, Hungria, Polônia), como o que se revelou contundente nas eleições brasileiras de 2018. Entre nós a extrema-direita empalmou o poder cavalgando eleições livres, pela primeira vez. Não se trata de um fenômeno menosprezável, mas de um indicador do nível de consciência das massas.

Cresce o imperialismo como força política, econômica e militar, e esse crescimento pesa sobre o processo social. A agudização do militarismo é uma de suas evidências. É seu o monopólio da informação, de que resulta a unipolaridade ideológica, uma modalidade de ditadura nas sociedades de massas. Limitada em suas opções revolucionárias, a esquerda optou pelo ingresso na institucionalidade, que, lhe dando sobrevida, congelou sua capacidade de intervir na realidade, visando a modificá-la. Perdida a revolução, seu projeto passou a ser modificar por dentro as estruturas, tornando-se, assim, inevitavelmente, um fator da ordem. É uma nova socialdemocracia, substituta daquela que transitou para a direita, no mundo e no Brasil.

Combater qualquer alteração do statu quo, qualquer ameaça de mudança de rumo, mesmo dentro da legalidade, qualquer sugestão de reforma social, passou a ser o projeto retrógrado da casa-grande brasileira, que não convive com alterações, quaisquer, da ordem baseada na superexploração da classe trabalhadora. Daí o combate que travou contra os governos Lula e Dilma, daí seu apoio ao quadro político consequente, daí suas ameaças ao processo eleitoral de 2022, à posse e ao futuro governo Lula, quando o candidato promete colocar o pobre no Orçamento e os ricos no Imposto de Renda. Essa resistência não conhece limite e explica o esforço do Lula candidato de construir, ainda no processo eleitoral, uma coalizão que lhe assegure, além da eleição e da posse, condições de governar, negadas a Jango e a Dilma Rousseff.

Nesta quadra histórica, está reservado às classes populares, organizadas, garantir a continuidade democrática e uma governança que possibilite a retomada do desenvolvimento, a recuperação das conquistas sociais e a preeminência do interesse nacional.

Para avançar, sempre a depender do que seremos e faremos no pós-2022, precisaremos alterar a atual correlação de forças, ampliando, para além de nosso campo, o arco político-social que garantirá a governabilidade a partir de 2023. Somente amparados em uma grande mobilização popular estaremos em condições de promover alterações significativas na estrutura do Estado brasileiro atual, sem as quais será impossível a um governo de raízes sociais descartar os entraves ao desenvolvimento nacional e remover a viciada, para além de nociva, ingerência da caserna atrasada sobre as instituições republicanas.

Tantos anos passados da Constituinte, retorna a discussão essencial sobre o caráter do Estado de que necessitamos para promover o progresso social, tantas vezes contestado pela casa-grande e seu braço armado. A urgência histórica é a questão democrática, que se materializará na derrota do projeto continuísta do bolsonarismo. É, ao mesmo tempo, a tarefa mais consequente ao nosso alcance, e aquela que mais amplia na sociedade, daí o caleidoscópio de alianças que o ex-presidente intenta costurar com paciência de cesteiro. Porque é necessário ganhar e é necessário ter forças para poder governar e, principalmente, governar sabendo que contará com a resistência da casa-grande.

Nada obstante essas considerações, que aos quadros mais experientes podem tangenciar o óbvio, é preciso ter sempre em conta que a ainda difícil (tanto quanto necessária) eleição de Lula e o retorno do PT ao governo – ainda longe da hegemonia do poder – significarão um grande avanço político (ao qual se associa a esquerda socialista), por representar o avanço possível nas condições concretas. Este avanço possível das esquerdas está abraçado ao sucesso que promete a candidatura Lula.

As limitações óbvias de uma candidatura que, para viabilizar-se, carece de amplas alianças, mesmo ultrapassando as fronteiras de seu arco ideológico, não podem, porém, ser arguidas como inibidoras da ação e do proselitismo das esquerdas, a quem incumbe, na campanha eleitoral, a defesa das teses de nosso campo. Em síntese, compete à esquerda fazer a campanha da esquerda, jamais delegá-la a uma frente ampla cujo núcleo é a socialdemocracia. Toda campanha eleitoral é uma oportunidade de proselitismo. No caso concreto, os socialistas terão de associar a pedagogia ideológica à ação, o encontro ideal de teoria e prática, retornando à organização popular. Organização em todo e qualquer nível, para a ação e o proselitismo e, para, amanhã, responder aos desafios que lhe serão forçosamente impostos pelo processo social.

A deposição de Dilma e o que a partir dessa violência se seguiu não podem ser entendidos como frutos do acaso, nem muito menos pensados como “chuvas de verão”. O programa fascistóide tem raízes em ponderáveis segmentos da sociedade brasileira, sua existência guarda coerência com nossa formação de sociedade (em busca da nação) e país escravocrata, racista e autoritário, governado por uma elite alienada e forânea, descomprometida com os destinos do país e de sua gente. É preciso compreender o caráter do processo histórico para nele poder intervir consequentemente.

segunda-feira, 2 de maio de 2022

Lula, la izquierda y las tareas del mañana


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Las fuerzas que se asumen como genuinamente socialistas se sienten frustradas con el viraje hacia el centro del candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio Lula da Silva. La elección de Geraldo Alckmin como vicepresidente de la chapa, es un poco indigesta para muchos militantes del PT y también para numerosos simpatizantes de su candidatura. Y motivos no sobran. Alckmin es un representante conspicuo de las facciones más conservadoras del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) el mismo del ex presidente Fernando Henrique Cardoso. Miembro del Opus Dei, siempre ha sido una figura pechoña, que tiene como bandera los valores “sagrados” de la familia, con su impronta rancia de un catolicismo fervoroso. En lo económico es un fuerte defensor de la ideología pro mercado y de la disminución del papel del Estado en las actividades productivas, manteniendo solo una acción focalizada hacia los más desamparados y los indigentes.

Esta decepción puede aún ser mayor si pensamos que en el periodo de los gobiernos del PT (2003-2016) Brasil comenzó a robustecer su paso hacia una sociedad abierta, tolerante e integradora, incluso en el espacio rural que siempre había sido más acoplado a las formas y comportamientos conservadores.

Además, el candidato a vice carga con un historial de corrupción cuando estuvo a la cabeza del Gobierno de Sao Paulo. Entre otras acusaciones graves, posee la infamante denuncia de haber desviado a su favor recursos destinados para la merienda de los niños y niñas que frecuentaban las escuelas públicas del Estado. Posteriormente, una investigación de la Fiscalía - en base a declaraciones ante la justicia de ex ejecutivos de la constructora Odebrecht- sustentaba que Alckmin amparaba una red de sobornos que permitía ocultar el financiamiento ilegal de campañas. En pocas palabras, él representa sin duda el tipo de político que se caracteriza por hacer un uso patrimonialista del Estado y de los bienes públicos.

Entonces surge inevitablemente la pregunta ¿Qué puede aportar Geraldo Alckmin a una candidatura que pretende contrarrestar a las fuerzas del retroceso actualmente en el poder? En principio parece que nada o muy poco. Sin embargo, independiente de las aspiraciones del pueblo que se asume de izquierda y que levanta la candidatura de Lula en esta nueva contienda electoral, Alckmin puede significar el intento de formar un frente democrático que, en primer lugar, derrote electoralmente a las fuerzas retrógradas que se encuentran gobernando. Ciertamente la historiografía va a debatir por un buen tiempo cuales fueron las causas que determinaron el triunfo de un candidato con las credenciales de Bolsonaro, que representaba lo opuesto a los avances políticos, sociales, culturales y ambientales que aparentemente se habían cristalizado en la sociedad brasileña.

Lo que resulta más perturbador de todo este tránsito hacia el atraso es que si bien durante la dictadura cívico militar las restricciones a la libertad y a la democracia parecían impuestas desde fuera, con el triunfo de Bolsonaro y su base de apoyo parlamentaria y social, se pudo constatar lamentablemente que, el proyecto ultraconservador que se impuso finalmente fue una decisión realizada por decenas de millones de electores. Y muchos de quienes sufragaron por el ex capitán también eran parte de nuestro entorno cercano – parientes, amigos, vecinos o conocidos – los cuales estuvieron dispuestos a arrojar al país hacia los sombríos caminos de la extrema derecha.

Sin embargo, la presencia de elementos de un pensamiento atrasado ya se ha podido apreciar en otros momentos de la historia brasileña, específicamente en las crisis políticas de 1954 y 1964. En este último caso, las manifestaciones de la derecha –como la marcha en defensa de la familia– se cristalizaron en el golpe de Estado perpetrado por los militares el 1 de abril de 1964, para deponer el gobierno legítimo de João Goulart.

Esos repertorios de la cultura reaccionaria –en el sentido dado por Albert Hirschman– se encuentran presentes en la atmósfera política y social brasileña desde que el país se fundó sobre una matriz esclavista y excluyente, generando simultáneamente un fuerte proceso de desinstitucionalización de los mecanismos de resolución de conflictos surgidos en el seno de la sociedad, lo cual se ha evidenciado a través de los años en violaciones sistemáticas a los derechos humanos en el país, especialmente agudo en el caso de las poblaciones pobres, negras e indígenas.

Por lo mismo, es de suma importancia comprender y reconocer que en este nuevo trance histórico resulta imprescindible unificar a todas las fuerzas democráticas y republicanas que enfrentan la embestida autoritaria y las amenazas de un futuro autogolpe con Bolsonaro a la cabeza. No es por falta de aviso que la sociedad brasileña se debe preparar para oponerse a las huestes de milicianos y seguidores incondicionales que vienen repitiendo incansablemente que en el caso de ganar el candidato Lula da Silva, ellos desconocerán el resultado de las urnas, tal como lo hicieran –frustradamente- los partidarios de Trump en las últimas elecciones estadounidenses.

Como todo indica que la llamada “tercera vía” no va a ser capaz de despegar, la disputa electoral se va centrar necesariamente en el dilema entre un proyecto de centro izquierda democrática y pluralista y una extrema derecha que aspira a consolidar un régimen despótico y plutocrático. Si existe algún tipo de polarización en esta próxima contienda ella se configura en torno de la dicotomía democracia versus dictadura. Precisamente, empero la legitimidad y pertinencia de sus propósitos, la izquierda y los conglomerados socialistas no deben esperar que Lula asuma un discurso radical, pues condicionado por las actuales circunstancias -con el preocupante aumento en la intención de voto para Bolsonaro- el ex presidente deberá contener su lenguaje y su programa, para atraer el voto “gelatinoso” del centro que puede inclinarse en última instancia hacia el ex capitán. Es un enorme dilema, pero si el PT y los partidos aliados no son capaces de demostrar su voluntad de construir un bloque que le permita conquistar la confianza en su proyecto de restauración democrática y generar las bases para tener una “gobernabilidad” futura, muchos de los electores que siguen indecisos también pueden restarse de concurrir a sufragar o votar blanco o nulo.

A pesar de los escollos que existen para ejercer un mandato efectivamente socialista o de izquierda, probablemente la coalición triunfante podrá dar el giro necesario que asegure nuevas bases para recuperar las banderas y promesas incumplidas hasta ahora, como la de otorgar mayor estabilidad y capacidad de negociación a los trabajadores, retomar acciones a favor de los derechos humanos y de las minorías, re-implementar las políticas sociales que han sido desmontadas en estos últimos 3 años, revertir las regresiones impuestas en el sistema previsional y cuidar mejor de los ecosistemas nacionales, primordialmente terminar con la devastación del territorio amazónico, del pantanal y de la mata atlántica.

Siendo que la tarea estratégica deberá consistir en el desmantelamiento de la ideología del bolsonarismo, de los grupos protofascistas y milicias paramilitares que se han enquistado en las estructuras del Estado, dando sustento a la intimidación golpista, a la violencia contra las instituciones, a los fake news y a las expresiones más abyectas de racismo, clasismo, homofobia y misoginia. Para ello será necesario retomar los vínculos de los partidos de izquierda con la sociedad a través de un vasto trabajo de capilaridad territorial que se proponga la organización y la formación política de la ciudadanía, disputándole el espacio a las iglesias pentecostales que continúan dándole apoyo a Bolsonaro y a sus visiones más oscurantistas de la realidad. En ese sentido, es prioritario erigir un clima de esperanza en el cual el mundo popular y las grandes mayorías sientan que están llamadas a participar en la construcción de su propio destino, para enterrar definitivamente las voces y gestiones de los iluminados que quieren decidir por ellos.

sexta-feira, 1 de abril de 2022

Paulo Freire é homenageado com livro publicado em Portugal


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Nesta primeira semana de abril foi lançado no Portugal o livro-homenagem do grande educador brasileiro titulado Paulo Freire Centenário: Um educador no mundo. O livro é uma coletânea de artigos publicados por Freire no Chile e em Portugal, os quais foram organizados pelas professoras Adelaide Gonçalves e Débora Dias, junto com o autor desta coluna. Tal como se adverte na apresentação do mesmo: “Este é um livro de Paulo Freire, com a presença e a palavra do educador em entrevista, em debate e em escritos autobiográficos. É a reflexão e a memória de Paulo Freire por ele mesmo, uma memória que nunca foi em primeira pessoa, que se faz no plural mesmo quando diz de si, mesmo quando expõe sua sensibilidade e os modos como foi realizando sua leitura do mundo”.

Este livro-homenagem a Paulo Freire, lembra o seu centenário com a publicação de textos inéditos em Portugal, juntando escritos autobiográficos, debates e entrevistas. Freire tornou-se num educador do mundo e no mundo pela ampla difusão de suas ideias filosóficas, de seu método pedagógico e de sua ação, primeiro no Brasil, depois no Chile, seguindo para países da América Latina, Estados Unidos, Europa, Ásia e Oceania.

Em relevo estão momentos-chave da trajetória de Paulo Freire e o itinerário internacionalista de um pensamento cuja recepção por largos anos foi marcada pelo interdito, pela censura, por uma circulação clandestina e pelo exílio. No referido livro Paulo Freire conta suas experiências no âmbito da pedagogia e alfabetização de adultos em vários países do mundo, especialmente no Brasil, Chile, Guiné-Bissau, São Tomé e Príncipe, Angola e Cabo Verde.

Também reúne entrevistas e conferencias ditadas no Chile e Portugal, em que se apresentam suas ideias filosóficas e seu método de ensino que atualmente é aplicado a escala global. Dito método que foi sendo elaborado já nos anos cinquenta, superava o dualismo professor/aluno para construir em conjunto o processo da aprendizagem relevando o conhecimento e a realidade presente nos diversos sujeitos participantes nessa ação pedagógica.

Em muitos dos seus estudos, argumentava -a partir da leitura dialética realizada do ensaio de Frantz Fanon Os condenados da terra - que a opressão desumaniza tanto aos oprimidos como aos opressores e que as luchas emancipatorias daqueles que se encontram numa condição de subordinação são, em última instancia, uma tarefa que implica a libertação simultánea de si mesmos e de seus opressores. Em síntese, Paulo Freire entregou-se por inteiro a uma causa e a um projeto humanista e pedagógico, em que gerações seguiram aprendendo e pelo qual sempre será lembrado com admiração e respeito

O livro pode ser encomendado aqui: https://bit.ly/3lYucM0


quinta-feira, 24 de março de 2022

La paradoja de un desgobierno devastador


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

La catastrófica gestión del gobierno Bolsonaro se podría caracterizar por una preocupante paradoja: por una parte, se presenta como una administración incompetente y el Jefe de Estado emerge como una figura totalmente dispensable para dirigir los rumbos del país. De manera aparentemente contradictoria, nunca antes un mandatario había efectuado un daño tan devastador y un desmonte tan feroz de las políticas públicas y las estructuras del Estado brasileño.

En este último caso, la administración de Bolsonaro se podría caracterizar como un desgobierno o un anti-gobierno en la medida que se ha dedicado sistemáticamente a destruir todo aquello que Brasil había venido implementando en términos de políticas públicas en educación, salud, vivienda, medioambiente, transporte, previsión, Derechos Humanos y seguridad, entre otros. Muchos de sus ministros han sido emblemáticos de la desfachatez y la incapacidad de conducir su respectiva cartera.

El daño causado, por ejemplo, en un sector tan sensible y fundamental como educación es incalculable. Hasta la fecha, ya se han rotado cuatro ministros en el puesto y el actual secretario Milton Ribeiro, un pastor evangélico, se encuentra amenazado de ser exonerado, precisamente por haber favorecido a otros dos pastores con recursos para aumentar su influencia local. Estos dos religiosos actuaban como asesores informales del ministro e intermediaban reuniones con gestores municipales para la obtención de recursos a cambio de “propinas” por cada proyecto adjudicado. En una grabación difundida por el diario Folha de Sao Paulo, el ministro también llega a comprometer los recursos de su Ministerio para la construcción de iglesias en algunos municipios donde existen pastores pertenecientes a su iglesia, la Presbiteriana.

El Ministerio de Educación se ha caracterizado por escándalos desde que asumió el presente gobierno en 2019. Por ejemplo, el segundo ministro escogido por Bolsonaro, Abraham Weintraub, emprendió una verdadera cruzada contra la globalización porque, según su opinión, ella formaba parte de una estrategia de dominación del marxismo cultural. Después de insultar a los miembros del Supremo Tribunal de Justicia (los llamó de vagabundos en una reunión de gabinete), el ministro terraplanista acabó completamente aislado y despreciado por los funcionarios de carrera de su propio ministerio.

Podríamos seguir describiendo el desmonte en diversos sectores, como lo que ha sucedido con el boicot a los programas de vacunación que acumulaban una experiencia exitosa de hace décadas y que en este gobierno retardó intencionalmente la aplicación de inmunizantes contra el Covid-19, el cual ya ha cobrado la vida de más de 658 mil personas. Por lo mismo, existe una campaña sostenida en defensa del Sistema Único de Salud (SUS), garantizado por la Constitución de 1988 y una de las mayores conquistas de la población desde la redemocratización del país. La extinción de los programas de control de los principales ecosistemas del país, es otro caso emblemático de las acciones de desconstrucción de las políticas públicas en la esfera medioambiental. Cuestionando la información del organismo encargado de monitorear la región amazónica, que detectó un aumento significativo de la superficie de quemadas y devastación de la floresta, el presidente y su ministro de medioambiente no encontraron mejor solución que cambiar a los científicos encargados de administrarlo. Lo mismo ha sucedido con los programas de vivienda, de combate al hambre y la pobreza, de transporte y movilidad urbana, de financiamiento de la cultura y el arte, de protección del patrimonio histórico y un largo etcétera.

Tal como lo señaló Bolsonaro en su discurso inaugural, su primera tarea sería destruir todo lo que –según él- habían realizado los gobiernos de izquierda. En eso el ex capitán se ha mostrado un eficiente ejecutor en la devastación de las políticas públicas, de la acción política y de las instituciones de la República. El país se mantiene precariamente funcionando debido o ayudado por cierta inercia del aparato gubernamental que no ha sido del todo demolido y a la acción de los contrapesos del sistema político que pueden operar en ciertas ocasiones, especialmente en el caso del Supremo Tribunal Federal y del Ministerio Público. Ya el poder legislativo se encuentra cooptado por las prácticas fisiologistas articuladas por los partidos del llamado “Centrao”, configurándose aquello que tiene de peor el sistema político brasileño, o sea, un modelo que se sustenta por un clientelismo grosero y nefasto.

Si por un lado Bolsonaro es el paladín de la destrucción, por otra parte, se distingue como un gobernante sin cualidades, inculto e irrelevante. Su viaje a Rusia pocos días antes de la invasión a Ucrania tuvo escasa importancia para alterar el curso del conflicto que estaba por desatarse. Adulado por sus fervientes seguidores como el enviado de la paz, pasó completamente desapercibido para la geopolítica mundial, confirmando una vez más la completa intrascendencia que posee actualmente Brasil en materia de relaciones internacionales (La desastrosa geopolítica del gobierno Bolsonaro).

Aunque Bolsonaro puede presionar a la clase política a través de favores para el financiamiento de proyectos y enmiendas parlamentarias, en el plano interno sus opiniones son consideradas bizarras, groseras o anecdóticas, recibiendo en varias ocasiones el apodo de “bufón de la corte”. Por eso no deja de ser una paradoja el hecho de que un presidente tan limitado y carente de calificaciones, mantenga todavía un apoyo incondicional por parte de un cuarto de la población. Este respaldo a su gestión puede parecer débil, pero es ciertamente relevante si pensamos en todo el daño que viene realizando su gobierno en estos poco más de 3 años de mandato.

Contrariamente a lo que se podría esperar, parece haber un desfase entre los desastres cometidos por su administración y la aprobación que aún mantiene por una parte de los electores: economía en recesión, inflación disparada, carestía, desempleo, hambre y miseria, millares de familias viviendo en las calles, creciente criminalidad, violencia e inseguridad ciudadana, son algunos de los problemas que se han agudizado en este periodo. Sin embargo, las movilizaciones se han paralizado hace meses y existe una especie de letargo de los movimientos populares y de las organizaciones sociales. Quizás esta pasividad sea alterada por la contienda electoral que se avecina, pues solo faltan seis meses para que los brasileños y brasileñas escojan un nuevo presidente y un nuevo Congreso Nacional. Con todos los riesgos y amenazas que se vislumbran en este futuro escenario, las elecciones representan una inmejorable oportunidad para destrabar los nudos de este proceso sociopolítico y desenmascarar definitivamente las maniobras y atrocidades del actual desgobierno.