segunda-feira, 14 de setembro de 2009

Winnipeg, el poema imborrable de Neruda

Natalia Junquera
El País

"Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie", escribió Pablo Neruda. El poema tenía nombre de barco, Winnipeg, el que él mismo envió a Chile en septiembre de 1939 con 2.500 republicanos rescatados de campos de concentración franceses. Acaban de cumplirse 70 años de la proeza. La pasajera más joven, Elena Castedo, y el embajador chileno en España, Gonzalo Martner, compartieron los recuerdos de aquella gran operación de rescate.

"Cumplí dos años el día que vimos Valparaíso", recuerda Castedo, de 72 años. "Fui la pasajera más joven hasta que nacieron dos niños durante la travesía. Uno murió. Las condiciones higiénicas no eran muy buenas..."

El Winnipeg era un barco preparado para llevar a 78 personas. Subieron 2.500. El propio Neruda eligió por orden del presidente chileno, Pedro Aguirre Cerda, a los pasajeros con dos criterios. El primero, las habilidades de cada uno, porque la selección se llevó a cabo como una masiva entrevista de trabajo. "Necesitábamos especialistas. El mar chileno me había pedido pescadores. Las minas me pedían ingenieros. Los campos, tractoristas", escribió Neruda. "A veces, entrevistaba a algún escritor y le ponía que era abogado. Hubo una campaña de presión muy fuerte en Chile contra la llegada de 'los rojos españoles", explica Martner. "Por eso Neruda le dio aquel formato: se trataba de buscar a los españoles que pudieran contribuir con su oficio al desarrollo de Chile".

El segundo filtro eran las antipatías y simpatías políticas del propio poeta. "Neruda no fue muy generoso con los anarquistas", explica Marther. En cambio, fue benevolente con algunos de los republicanos cuyos oficios no encajaban en aquella gran operación de recursos humanos. "A uno que decía ser escritor, le inscribia como abogado. Y tiene una anécdota muy bonita con un trabajador del corcho. Neruda le dijo: 'En Chile no hay alcornoques'. Y él le contestó: 'Pues los habrá' y sólo por eso le dejó subir".

Deshechos por la guerra -"venían de la angustia, de la derrota", describió Neruda- los republicanos llegaban en trenes para subir al barco. "Las mujeres reconocían a sus maridos por las ventanillas de los vagones. Habían estado separados desde el fin de la guerra. Y allí se veían por primera vez frente al barco que los esperaba. Nunca me tocó presenciar abrazos, sollozos, besos, apretones, carcajadas de dramatismo tan delirantes", confesó el poeta.

Heridas imborrables

El padre de Elena llevaba consigo la humillación de haber perdido y heridas graves hechas en el frente de Madrid. Leopoldo Castedo, que luego se convirtiría en el historiador de referencia de Chile, y su padre, el abuelo de Elena, habían estado recluidos en el campo de concentración de Argèles sur Mer, al sur de Francia. Elena y su madre, en un centro de detención. Por eso, cuando años más tarde, Elena Castedo se reencontró con Neruda le saludó diciendo: "Estoy viva gracias a ti".

Estuvo a punto de no viajar en aquel barco. "No dejaban subir a nadie con infecciones y yo tenía tosferina. Mi madre temblaba mientras nos entrevistaban porque pensaban que no nos iban a dejar subir. Cada vez que yo tosía, ella me ponía la cabeza contra su falda y un señor que estaba detrás de nosotros en la cola y se dio cuenta de lo que pasaba, hablaba en voz alta para disimular".

Elena no lo recuerda. Olvidó toda la travesía porque cuando subió al Winnipeg aún no tenía edad para tener memoria. Los recuerdos que conserva se los han contado otros: su madre, su padre, su abuelo. De la misma manera, cuando regresó a España, en los años 70, no reconocía a aquellas personas que decían ser sur primos o sus tíos.

"Perdimos nuestro país, nuestra familia, nuestra casa, todo. El exilio es un descalabro. Yo le achaco a la guerra mi carácter nómada. Soy de donde vivo y vivo en muchos sitios: EE UU, Chile, España....", explica Castedo. Con ese sentimiento, el del desarraigo, escribió ya siendo abuela una novela que le valió una nominación a uno de los premios literarios más importantes de EE UU, el National Book Award y quen tituló El Paraíso.

La operación del Winnipeg fue financiada por el Gobierno Republicano en el Exilio, con Juan Negrín a la cabeza, y por los cuáqueros, una sociedad religiosa que pidió el anominato de su generosidad. Preguntado por si cree que hoy, cuando se cierran las fronteras a los inmigrantes, sería posible repetir un acto de solidaridad igual, el embajador de Chile responde: "Yo creo que sí. España ya nos devolvió aquel gesto acogiendo a los chilenos que huían de la dictadura de Pinochet".

domingo, 13 de setembro de 2009

Manifiesto de Víctor Jara






"Canto que ha sido valiente, siempre será canción nueva..."




El asesinato de Víctor Jara


Jacmel Cuevas
CIPER

Al conmemorarse los 36 años de la muerte del destacado folclorista chileno, el tesón de su viuda Joan Turner y de sus hijas, logró que la investigación judicial llegara al punto que se creía imposible: individualizar al grupo de oficiales y conscriptos que perpetraron el asesinato. Las confesiones de los involucrados, entre ellos un conscripto que participó en forma directa en el crimen, permiten conocer las estremecedoras últimas horas de vida de Víctor Jara: un subteniente jugó a la ruleta rusa con él hasta que le descerrajó un tiro en su cabeza. Después ordenaron acribillarlo en un camarín de un subterráneo del Estadio Chile. También revelamos la historia nunca antes contada de cómo se rescató su cuerpo desde la Morgue. Junto al artista, fueron acribilladas otras 15 personas, entre los que se encontraba el ex Director de Prisiones, Litre Quiroga. Los detalles del homicidio fueron recabados en la presente investigación.

Las últimas horas de Víctor Jara

El 16 de septiembre, cerca de las 18:00 horas, el escuadrón de militares llegó hasta el Estadio Chile, donde se presentaron ante un oficial de rango superior cuya identidad desconoce, quien les ordenó vigilar las casetas de transmisión del recinto. Y en el interior del Estadio, los otros conscriptos comentaban que ahí estaban detenidos el Director de Prisiones, Litre Quiroga; el cantautor Víctor Jara y el Director de Investigaciones, Eduardo “Coco” Paredes.

Siempre según la confesión de Paredes, al día siguiente fue enviado al sector del subterráneo. Y permaneció como centinela en la puerta de uno de los camarines destinados a los detenidos. En ese camarín había 5 ó 6 oficiales de otros regimientos, con tenida de combate, cuya identidad desconoce. Los vio escribir en unos papeles los datos que le respondía un detenido al que observó sentado frente a un escritorio. En otro ángulo del camarín, Paredes vio a otros prisioneros mirando hacia la pared.

Unas horas después, llegaron a la habitación el teniente Barrientos y el subteniente que bajo las órdenes de Haase y Rodríguez estaba a cargo de los conscriptos. Traían a un detenido. Fue entonces que dice haber sido llamado, junto al conscripto Francisco Quiroz Quiroz (55 años), y que se les comunicó que el detenido era Víctor Jara. El grupo lo comenzó a insultar por su condición de comunista. Paredes lo miró y lo reconoció. Víctor Jara quedó allí, en ese camarín, custodiado por Quiroz.

Más tarde, recordará el principal testigo, el teniente Barrientos lo mandó nuevamente al subterráneo, al mismo camarín. Pero esta vez Paredes no encontró a nadie: ni interrogadores ni detenidos y tampoco a Víctor Jara. Pasaron las horas hasta que Paredes vio nuevamente llegar a los oficiales interrogadores. La orden fue precisa: traer a los detenidos que figuraban en una lista que uno de los oficiales le entregó a un cabo. Y nuevamente el mismo procedimiento: interrogatorio y las anotaciones en cada una de las fichas.

Y llegó la noche. Paredes se encontraba de centinela en el mismo camarín del subterráneo cuando observó el ingresó de unos quince detenidos. Y entre ellos reconoció a Víctor Jara y también a Litre Quiroga. Ambos fueron lanzados contra la pared. Detrás de los prisioneros, Paredes vio llegar al teniente Nelson Haase y al subteniente que también estaba a cargo de los conscriptos. Y fue testigo del minuto preciso en que el mismo subteniente comenzó a jugar a la ruleta rusa con su revólver apoyado en la sien del cantautor. De allí salió el primer tiro mortal que impactó en su cráneo.

El cuerpo de Víctor Jara cayó al suelo de costado. Paredes observó cómo se convulsionaba. Y escuchó al subteniente ordenarle a él y a los otros conscriptos que descargaran ráfagas de fusiles en el cuerpo del artista. La orden se cumplió. Todo lo que ocurrió fue presenciado por Nelson Haase, quien se encontraba sentado detrás del escritorio de interrogación. Según el protocolo de autopsia, el cantautor tenía aproximadamente 44 impactos de bala en su cuerpo.

Pocos minutos después, el mismo subteniente que le disparó en la cabeza solicitó el retiro del cuerpo. Llegaron unos enfermeros con camilla, lo levantaron y metieron al interior de una bolsa y luego lo cargaron hasta la parte trasera de un vehículo militar estacionado en el patio del recinto, al costado nororiente.

No fue fácil para José Alfonso Paredes Márquez confesar ante el juez lo que vio y protagonizó. Primero fue renuente a reconocer su real participación en los hechos. Y finalmente se quebró, empezó su relato y ya no paró. Este obrero de la construcción que fabrica casas en la zona del litoral central, reveló haber guardado el secreto durante casi 36 años, sin siquiera habérselo contado a su mujer. También hizo una aclaración ante el juez: durante los días posteriores al golpe, y como trabajaban casi 24 horas al día, la oficialidad les entregaba estimulantes para evitar el sueño y el hambre, por lo cual su relato podía no ser exacto en las fechas.

Lo que Paredes y otros conscriptos sí recordaron fue lo que pasó luego que el cuerpo de Víctor Jara desapareció del camarín. Los otros 14 detenidos que venían con el cantautor y director teatral fueron acribillados con fusiles percutados por los propios conscriptos y oficiales presentes. Entre las víctimas cayó asesinado Litre Quiroga. Sus cuerpos también fueron cargados en el mismo vehículo. Poco después y al amparo de la noche, todos ellos fueron abandonados en la vía pública.

Se estima que el cuerpo de Víctor Jara fue encontrado el 17 de septiembre en las afueras del Cementerio Metropolitano, por funcionarios de la Primera Comisaría de Carabineros de Renca, quienes lo trasladaron como N.N. al Instituto Médico Legal (IML).

Un funeral sin flores y en silencio

Ya había amanecido cuando el 18 de septiembre, en la casa de Víctor Jara, en calle Plazencia, en Las Condes, Joan Turner escuchó que alguien llamaba a su puerta. Salió a mirar desde una ventana del segundo piso. Un hombre al que no conocía le dijo que necesitaba hablar con Joan Turner. Ella bajó y se acercó a la reja de la casa. Herrera recuerda haberla visto muy nerviosa. Se identificó como funcionario del Registro Civil y le relató lo que había vivido.

Poco después ambos partieron de la casa en la renoleta de Joan Turner en dirección al IML. Entraron juntos. Pero no encontraron el cuerpo de Víctor Jara en el lugar donde Herrera recordaba muy bien haberlo dejado la tarde anterior. Se inició la búsqueda. Y llegaron al segundo piso del edificio, sitio a donde habían llevado los cadáveres que estaban para las llamadas “autopsias económicas”. En el lugar Nº 20 estaba el folclorista. El cuerpo fue abrazado por su esposa, quien lloró en silencio tratando de no despertar sospechas. Estaba muy consciente de que no tenía autorización alguna para estar ahí.

El trámite del certificado de defunción lo realizaron en el primer piso. Para poder sacar el cuerpo en día feriado, Herrera invocó su calidad de funcionario del Registro Civil. Al ser consultado en la ventanilla por la causa de muerte y fecha de la misma, requisito indispensable para llenar el documento de defunción, Herrera sólo atino a decir que falleció por herida de bala el 14 de septiembre a las 5:00 horas. Fue el apresurado cálculo que logró hacer en esos pocos minutos al recordar que el cuerpo de Víctor Jara habría llegado al IML antes que él lo descubriera. La hora la sacó de un poema que le vino a la memoria sobre fusilados.

Como el cuerpo debía ser sacado en una urna y la esposa de Víctor no tenía dinero para comprarla, Héctor Herrera se contactó con su amigo Héctor Ibaceta Espinoza, a quien le pidió ayuda. Juntos fueron hasta calle Agustinas, en el centro de Santiago, a buscar el dinero. Pero Ibaceta decidió acompañarlos.

Alrededor del mediodía de ese 18 de septiembre, llegaron con el ataúd al IML. Sólo los dos hombres ingresaron a buscar el cuerpo de Víctor Jara. Su cadáver desnudo fue trasladado en una camilla metálica con su ropa doblada a los pies. Recogieron el cuerpo y lo pusieron dentro de la urna. La ropa fue depositada a sus pies. Lo cubrieron con un poncho nortino que traían y encima la mortaja. Cerraron la urna. El ataúd lo ubicaron en una sala que se utilizaba como velatorio.

"Nos prendieron unas cuatro ampolletas e hicimos entrar a Joan para que se quedara a solas con él, para que se despidiera de su marido. Estuvo alrededor de una hora", recordó el ex funcionario del Registro Civil.

Herrera agregó: “Posteriormente, concurrí al Cementerio General, ubicado al frente, para solicitar un carrito para trasladar el cuerpo, ya que era muy caro hacerlo en una carroza. Una señorita me indicó que no se podía hacer eso, pero al ver el nombre del occiso me dijo que para él sí se podía. Volví al IML en compañía de un funcionario del Cementerio. Entre los cuatro colocamos el ataúd en el carro y lo trasladamos al campo santo, enterrando a Víctor Jara en un modesto nicho al final del recinto donde se encuentra hasta hoy. Fue enterrado sin flores y con la sola presencia de nosotros tres”.

Héctor Herrera siguió trabajando en el Registro Civil hasta 1975. Desde 1969 y hasta el día en que se fue se desempeñó en el departamento de Carné de Identidad. Debió abandonar el país como miles de otros chilenos llevando consigo un secreto que Joan Turner también guardó para protegerlo y que hoy le pertenece a todos los chilenos que podrán cantar con nuevas esperanzas “Levántate y mírate las manos. Para crecer, estréchala a tu hermano”.

Plegaria a un labrador

sábado, 12 de setembro de 2009

Argentina: Una larga lucha por la libertad de expresión


Diego Martínez & Horacio Verbitsky
Página 12

La cita era para homenajear a los ex miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que en 1979 corroboró y transmitió al mundo las atrocidades de la dictadura. El lugar, el salón Dorado del ex casino de oficiales de la Escuela Superior Mecánica de la Armada (ESMA), donde la inteligencia naval analizaba la información arrancada bajo tortura y ordenaba más secuestros. En ese contexto y frente a las principales autoridades del Sistema Interamericano de protección de los derechos humanos, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner anunció el envío al Congreso de un proyecto de ley para despenalizar los delitos de calumnias e injurias. Se trata de un compromiso que el Estado asumió hace diez años, que ratificaron los sucesivos gobiernos, pero que, hasta ayer, ninguno había honrado. El anuncio se produce en el marco del debate por la presentación del proyecto de ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. “Prefiero mil millones de mentiras antes que ser responsable de cerrar la boca de alguien. Es la verdadera forma en que entiendo la libertad, los derechos humanos y la participación democrática”, explicó la Presidenta.

La respuesta llega a quince meses del fallo de la Corte Interamericana contra el Estado argentino por el caso de Eduardo Kimel, el periodista condenado por criticar la actuación de la Justicia durante su investigación de la Masacre de San Patricio en 1976. El tribunal ordenó al Estado dejar sin efecto la sentencia, indemnizar al periodista y reconocer su responsabilidad en un acto público, y lo intimó a modificar su legislación para evitar violaciones a la libertad de expresión. La indemnización se concretó de inmediato. Ayer, frente a la jurista Cecilia Medina, presidenta de la Corte Interamericana, se comenzó a cumplir el último punto.

El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), que patrocinó a Kimel, elogió “la voluntad inequívoca de honrar los compromisos internacionales” aunque cuestionó que el proyecto “no incorpora la limitación de las sanciones civiles en casos de expresiones sobre asuntos de interés público”. Advirtió que “debería ser complementado con una reforma del Código Civil que evite la utilización arbitraria y desproporcionada de las indemnizaciones pecuniarias para cercenar la libertad de expresión de periodistas y ciudadanos en general”. Si bien el Código impide fijar topes a las sanciones, el proyecto que el CELS presentó en marzo insta a los jueces a “evitar que la sanción desaliente la participación ciudadana en el debate de asuntos de interés público o la labor periodística”. También se hace eco del fallo de la Corte el proyecto de la diputada Marcela Rodríguez, que sólo permite la sanción civil en caso de real malicia, es decir cuando a sabiendas se publica información falsa.

La Presidenta aprovechó además la presencia de Luz Patricia Mejía, presidenta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para firmar un acuerdo de solución amistosa entre el Estado y Abuelas de Plaza de Mayo. El organismo recurrió a la CIDH tras el fallo de la Corte Suprema que en 2003 dejó sin efecto la orden judicial de realizar una extracción compulsiva de sangre de Evelin Bauer Pegoraro, quien sabía que no era hija biológica de quienes la habían criado, pero ignoraba su verdadera identidad. La medida, fundada en el derecho a la intimidad, impedía investigar a los responsables de la apropiación. El intríngulis se subsanó en 2008, cuando a partir de muestras de ADN la joven supo que era hija de Rubén Bauer y Susana Pegoraro, vistos por última vez en la ESMA. El acuerdo anunciado incluye un proyecto de ley para obtener muestras de ADN sin vulnerar los derechos de las partes y sin obstaculizar las investigaciones, otro que regula el funcionamiento del Banco Nacional de Datos Genéticos, y un tercero para garantizar la participación de las asociaciones intermedias en las causas judiciales.

Tres mujeres

El ministro de Justicia, Julio Alak, y el secretario de derechos humanos, Eduardo Luis Duhalde, dieron la bienvenida a la ex ESMA a la delegación de la CIDH y de la Corte Interamericana, incluidos tres de los comisionados que en 1979 realizaron la observación in loco para documentar los crímenes de la dictadura: Tom Farer, Marco Monroy Cabra y Edmundo Vargas Carreño. Luego, en compañía de guías y sobrevivientes, los juristas recorrieron las instalaciones donde funcionó el mayor centro clandestino de la Armada.

El acto de homenaje comenzó con la palabra de Verónica Castelli en representación de los organismos que integran el ente Espacio para la Memoria y Promoción y Defensa de los Derechos Humanos. Recordó que “la visita de la CIDH fue un rayo de luz y esperanza”, repudió el rol “del poder económico, la cúpula eclesiástica y los medios de comunicación” durante el terrorismo de Estado y se abrazó con Cristina Fernández de Kirchner. Luz Patricia Mejía enumeró como “desafíos actuales” de la CIDH a la lucha contra “la exclusión, la pobreza y la miseria”, destacó la necesidad de alcanzar “no sólo el Estado de Derecho sino también el Estado de Justicia”, y agregó en referencia al golpe de Estado en Honduras que “algunos regímenes sólo se pueden sostener mediante violaciones masivas a los derechos humanos”.

“No enviamos los proyectos al Congreso como homenaje a la CIDH sino como sujetos del derecho internacional que respetamos los tratados y las normas internacionales y, por sobre todas las cosas, los derechos humanos. No es benevolencia, es cumplir con las sentencias de la Corte Interamericana y los procedimientos de la CIDH”, aclaró Fernández de Kirchner.

Luego anunció el acuerdo amistoso con Abuelas y el proyecto para despenalizar las calumnias e injurias. “Dudo que haya habido alguna otra etapa en la vida institucional de nuestro país donde se haya podido hablar con mayor libertad que en la que me ha tocado gobernar”, afirmó, y desafió a probar lo contrario “a cualquier archivo, a cualquier memoria”. En referencia a las presidentas de la CIDH y la Corte, celebró que “somos tres mujeres” las protagonistas de los acuerdos, “en defensa de dos derechos personalísimos y a la vez de los más colectivos que pueden tener los seres humanos: la libertad y la identidad”. “Libertad para que cada uno pueda decir lo que piensa, aun a costa de tener que soportar mentiras”, destacó.

“Ojalá podamos sortear los fuertes obstáculos que están teniendo las democracias, como en Honduras”, dijo, y recordó la “fecha emblemática para la región, por el golpe contra Salvador Allende, y para el mundo, ya que un 11 de septiembre el terrorismo internacional se abatió sobre las Torres Gemelas”. “Creo que ante tanta barbarie y tanta irracionalidad, oponer la razón, la sujeción a las normas de derecho internacional, es el mejor antídoto para cualquier terrorismo y para cualquier intento de entorpecer las democracias”, reflexionó. Cerró con palabras para los ex comisionados de la CIDH, “que vinieron porque no había justicia ni libertad de expresión”, recordó. “Esta orgullosa presidenta los recibe para darles las gracias por lo que hace treinta años hicieron para todos los argentinos”.

Ni calumnias ni injurias

Con la despenalización de calumnias e injurias en casos de interés público culmina un largo proceso de muchos actores. Que la presidente Cristina Fernández de Kirchner lo haya anunciado ante las presidentes de la Comisión y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Luz Patricia Mejía y Cecilia Medina, refuerza su significación. Hace 30 años la Comisión visitó la Argentina, donde constató las masivas y sistemáticas violaciones a los derechos humanos por parte de la dictadura militar. Hoy el quinto gobierno consecutivo elegido por el voto popular rinde homenaje a los miembros de entonces en lo que fue un campo clandestino de concentración y le comunica una decisión sobre derechos humanos del presente, en cumplimiento de decisiones del Sistema Interamericano de Protección dictadas a iniciativa de organizaciones de la sociedad.

La cuestión comenzó en 1992, cuando la mayoría automática de la Corte Suprema de Justicia me condenó por desacato a uno de los miembros del tribunal. Para impedir que mi denuncia avanzara ante la Comisión, el gobierno del ex presidente Menem se comprometió a eliminar del Código Penal ese delito de resabios medievales. Pero en cuanto el Congreso lo hizo, Menem y otros funcionarios comenzaron a querellar a periodistas por calumnias e injurias, pese a que la CIDH había impugnado también ese instrumento cuando se trataba de funcionarios públicos, que debían quedar más y no menos expuestos que los particulares al escrutinio de sus actos. En 1999 llevé a la Comisión otros cuatro casos y en sus últimos días Menem volvió a comprometerse a modificar también esas figuras del Código Penal.

Fernando de la Rúa ratificó ese compromiso y su ministro Ricardo Gil Lavedra me acompañó al Congreso para apoyarlo. El trámite se detuvo cuando Joaquín Morales Solá destapó el escándalo de las coimas en el Senado. También Adolfo Rodríguez Saa firmó el proyecto pero no llegó a impulsarlo porque su mandato duró apenas una semana. El presidente Néstor Kirchner prometió hacerlo, pero no cumplió. Desde hace un año no se trata de una opción voluntaria sino de un compromiso internacional, porque la Corte Interamericana ordenó al Estado Argentino que modificara los artículos del Código Penal sobre calumnias e injurias. Lo hizo en el caso de Eduardo Kimel, condenado por su investigación sobre el asesinato de los palotinos. El envío del proyecto se produce, además, en un momento oportuno. Garantizar que nadie pueda ser perseguido por lo que diga o escriba es una buena manera de acompañar la reforma de la ley de servicios audiovisuales, que no procura restringir sino ampliar la libre expresión de ideas y difusión de informaciones.

Varios partidos de la oposición han presentado iniciativas similares, por lo que nada debería dilatar una decisión que beneficiará a toda la sociedad. Este no es el proyecto de un partido, sino el que periodistas de todas las ideologías y organismos defensores de los derechos humanos reclamaron a lo largo de dos décadas. La coincidencia de objetivos debería permitir que el Congreso acordara una versión satisfactoria para todos. Debería incluir también una reforma del Código Civil para que no se perpetuaran por esa vía las intimidaciones contra los periodistas, como ocurrió en México.

sexta-feira, 11 de setembro de 2009

Palacio de La Moneda, Santiago de Chile, 11/09/1973



Palacio de La Moneda, Santiago de Chile, 11/09/1973

Seguramente esta es la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron los soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino que se ha auto designado, más el señor Mendoza, general rastrero... que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno, también se ha nominado director general de Carabineros.

Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen... ni con la fuerza.

La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros; a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días estuvieron trabajando contra la sedición auspiciada por los Colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista da a unos pocos. Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos... porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi patria: Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición, pretende imponerse. Sigan ustedes, sabiendo, que mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza, de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

quinta-feira, 10 de setembro de 2009

Hipocresía

Juan Gelman
Página 12

La palabra viene del griego y, como todos saben y la Real Academia dice, es el fingimiento de cualidades “o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. Es una práctica “normal” en el planeta y los años afinan cada vez más el olfato que la detecta. Voltaire opinó que “el hipócrita sonríe, el energúmeno ladra”. Claro que hay casos y casos. En todas partes se cuecen habas, pero hay lugares donde se cuecen habas solamente.

El 1º de este mes tuvo lugar un debate entre los tres candidatos a fiscal del distrito de Manhattan y dos de ellos, Cy Vance Jr. y Richard Aborn, admitieron que, además de marihuana, habían probado cocaína en su juventud. Se ha convertido en un lugar común que parlamentarios y funcionarios estadounidenses confiesen que probaron marihuana alguna vez, pero algunos todavía vacilan en hablar de drogas más pesadas y pareciera que esto no hace mayor efecto en sus electores. Han pasado más de dos décadas desde que el juez Douglas Ginsburg, propuesto por Ronald Reagan para ocupar un sillón en la Corte Suprema, tuvo que retirar su candidatura porque una periodista reveló que había fumado marihuana en los ’60 y los ’70 “en algunas ocasiones”.

Tom Newman, director de comunicaciones de Drug Policy Alliance, institución que brega por “políticas nuevas en materia de drogas, basadas en la ciencia, la compasión, la salud y los derechos humanos”, denuncia un acto de hipocresía particular. El alcalde de Nueva York y opulento millonario, Michael Bloomberg, no sólo se dedica a borrar estupendas pinturas espontáneas de las paredes de la ciudad con camiones tanques que las rocían con un disolvente especial: declaró alguna vez que había fumado marihuana y aun que la había gozado, pero en el 2008 eran 40.000 los neoyorquinos presos por posesión de pequeñas cantidades del cannabis. Hay, desde luego, hipocresías más inusitadas todavía.

La semana pasada, el secretario de Defensa de EE.UU., Robert Gates, condenó de “la manera más enérgica” a la agencia Associated Press por dar a conocer la foto de un marine mortalmente herido en Afganistán. La foto muestra al cabo Joshua M. Bernard, 21 años, caído en una emboscada que los talibán tendieron en la provincia sureña de Helmand. Fue tomada por Julie Jacobson, que cumple su función periodística acompañando a los efectivos estadounidenses, y Gates se muestra muy indignado en la carta que dirigió a Thomas Curley, presidente de la AP.

“No alcanzo a imaginar –escribe, comprensivo, Gates– el dolor y el sufrimiento que la muerte del cabo Bernard ha causado a su familia.” Esta, según él, le había pedido que impidiera la difusión del documento gráfico. “Su falta de compasión y de sentido común (los de AP), al poner la imagen de su hijo agredido y exánime (Bernard) en la primera plana de muchos periódicos estadounidenses, causa consternación.” Y agrega: “No se trata de la ley, la política o el derecho constitucional, es una cuestión de juicio y de decencia común y corriente”. Vaya. Esta sí que es una hipocresía mayúscula. Si la foto de Bernard no hubiera aparecido en los diarios, para Gates sería un número más en la estadística de los miles de estadounidenses muertos en Irak y Afganistán.

La tierna indignación de Gates no abarca a las familias de los 52.000 militares norteamericano que combaten en Afganistán y menos, claro, a los 68.000 “contratados” –es decir, mercenarios– que llevan el número de las fuerzas armadas de EE.UU. a una cifra superior a las que instaló la ex URSS en nueve años de guerra. Y se espera que Obama envíe aún más tropas, lo que tampoco le importa mucho al jefe del Pentágono, más bien al contrario. Las bajas norteamericanas aumentan en Afganistán de mes en mes y, paralelamente, crece de mes en mes el rechazo a esa guerra de la opinión pública de EE.UU.

Una reciente encuesta de CBS muestra que el 48 por ciento de los entrevistados aprueba “la nueva estrategia” de Obama en Afganistán; en abril ese guarismo fue del 56 por ciento. El 52 por ciento opina que a EE.UU. le va mal en Afganistán, contra el 37 por ciento que estima lo contrario. Y lo más significativo: el 41 por ciento expresa la voluntad de que las tropas empiecen a regresar a casa, un rápido ascenso en comparación con el 33 por ciento en abril y el 24 por ciento en febrero de este año. La proporción de quienes están de acuerdo con enviar más tropas bajó del 39 por ciento en abril al 25 por ciento ahora. Los jefes militares de EE.UU. y de la OTAN en el terreno quieren más contingentes para fin de año.

Gates protesta por la publicación de la foto de Bernard, pero la matanza de civiles afganos lo deja indiferente. No alcanza a imaginar el dolor y el sufrimiento de sus familias. Para eso le bastaría un poco de juicio, sentido común, compasión y decencia común y corriente.

quarta-feira, 9 de setembro de 2009

As Grandes Potências e a Guerra

José Luis Fiori
Carta Maior

Entre 1495 e 1975, as Grandes Potências estiveram em guerra durante 75% do tempo, começando uma nova guerra a cada sete ou oito anos. Mesmo nos anos mais pacíficos deste período, entre 1816 e 1913, estas potências fizeram cerca de 100 guerras coloniais. E ao contrário das expectativas, a cada novo século, as guerras foram mais intensas e violentas do que no século anterior (J. Levy, “War in the modern Great Power System”, Ky Lexington, 1983). Por isso, se poder dizer que as guerras foram a principal atividade dos estados nacionais europeus, durante seus cinco séculos de existência, e agora de novo, o século XXI já começou sob o signo das armas. Mas apesar disto, segue sendo um tabu falar e analisar objetivamente o papel das guerras na formação, na evolução e no futuro do sistema inter-estatal capitalista, que foi “inventado” pelos europeus, nos séculos XVI e XVII, e só se transformou num fenômeno universal, no século XX. Talvez, porque seja muito doloroso aceitar que as guerras não são um fenômeno excepcional, nem decorrem de uma “necessidade econômica”. Ou porque seja muito difícil de entender que elas seguirão existindo, mesmo que não ocorram enfrentamentos atômicos entre as Grandes Potências, porque elas não precisam ser travadas para cumprir seu “papel” dentro do sistema inter-estatal. Basta que sejam planejadas de forma complementar e competitiva.

A primeira vista, tudo isto parece meio absurdo e paradoxal. Mas tudo fica mais claro quando se olha para o começo desta história, e se entende que o sistema mundial em que vivemos, foi uma conquista progressiva dos primeiros estados nacionais europeus. E desde os seus primeiros passos, este sistema nunca mais deixou de se expandir, “liderado” pelo crescimento competitivo e imperial de suas Grandes Potências, que lutam permanentemente para manter ou avançar sua posição relativa dentro do sistema. Por isto, tem razão o cientista político norte-americano, John Mearsheimer, quando diz que “as Grandes Potências têm um comportamento agressivo não porque elas queiram, mas porque elas têm que buscar acumular mais poder se quiserem maximizar suas probabilidades de sobrevivência, porque o sistema internacional cria incentivos poderosos para que os estados estejam sempre procurando oportunidades de ganhar mais poder às custas dos seus rivais...”. (Mearsheimer, “The tragedy of the great powers”, 2001: 21).

Neste processo competitivo, a guerra, ou a ameaça da guerra, foi o principal instrumento estratégico utilizado pelos estados nacionais, para acumular poder e definir a hierarquia mundial. E as potências vencedoras - que se transformaram em “líderes” do sistema - foram as que conseguiram conquistar e manter o controle monopólico das “tecnologias sensíveis”, de uso militar. Por sua vez, esta competição pela ponta tecnológica, e pelo controle monopólico dos demais recursos bélicos, deu origem à uma dinâmica automática e progressiva, de preparação contínua para as guerras. Numa disputa que aponta todo o tempo, na direção de um império único e universal. Mas, paradoxalmente, este império não poderá ser alcançado sem que o sistema mundial perca sua capacidade conjunta de seguir se expandindo. Por que? Porque a vitória e a constituição de um império mundial seria sempre a vitória de um estado nacional específico. Daquele estado que fosse capaz de impor sua vontade e monopolizar o poder, até o limite do desaparecimento dos seus competidores. Se isto acontecesse, entretanto, acabaria a competição entre os estados, e neste caso, os estados não teriam como seguir aumentando o seu próprio poder.

Ou seja, neste sistema inter-estatal inventado pelos europeus, a existência de adversários é indispensável para que haja expansão e acumulação de poder, e a preparação contínua para a guerra é o fator que ordena o próprio sistema. Assim mesmo, como a “potência líder” também precisa seguir acumulando poder, para manter sua posição relativa, ela mesma acaba atropelando as instituições e os acordos internacionais que ajudou a criar num momento anterior. Ela é quem tem maior poder relativo dentro do sistema, e por isto, ela é que acaba sendo, quase sempre, a grande desestabilizadora de qualquer ordem internacional estabelecida.

Agora bem, a preparação para a guerra, e as próprias guerras, nunca impediram a complementaridade econômica e a integração comercial e financeira, entre todos os estados envolvidos nos conflitos. Pelo contrário, a mútua dependência econômica sempre foi uma peça essencial da própria competição. Às vezes, predominou o conflito, às vezes a complementaridade, mas foi esta “dialética” que se transformou no verdadeiro motor político-econômico do sistema inter-estatal capitalista, e no grande segredo da vitória européia, sobre o resto do mundo, a partir do século XVII.

Entre 1650 e 1950, a Inglaterra participou de 110 guerras aproximadamente, dentro e fora da Europa, ou seja, em média, uma à cada três anos E entre 1783 e 1991, os Estados Unidos participaram de cerca de 80 guerras, dentro e fora da América, ou seja, em média, também, uma a cada três anos. (M. Coldfelter, “Warfare and armed conflicts”, MacFarland, Londres, 2002). Como resultado, neste início do século XXI, os Estados Unidos tem acordos militares com cerca de 130 países, ao redor do mundo, e mantém mais de 700 bases militares, fora do seu território. E assim mesmo, devem seguir se expandindo - independente de qual seja o seu governo - sem precisar ferir necessariamente o Direito Internacional, e sem precisar dar explicações a ninguém.

Por isto, soa absolutamente cômica e desnecessária a justificativa de que as novas bases militares dos EUA, na Colômbia, tem a ver com o combate ao narcotráfico e a guerrilha local, assim como os argumentos que associam a instalação do escudo anti-mísseis dos EUA, na fronteira com a Rússia, com o controle e bloqueio de foguetes iranianos. Como soa ridícula, neste contexto, a evocação do “princípio básico da não ingerência”, na defesa das decisões colombianas, polacas ou checas. Neste “jogo” não há limites e por mais lamentável que seja, os “neutros” são irrelevantes ou sucumbem, e só lhes restam duas alternativas, para os que não aceitam aliar-se ou submeter-se à potencia expansiva: no caso dos mais fracos, protestar; e no caso dos demais, defender-se.

segunda-feira, 7 de setembro de 2009

La crisis según Richard Overy

Eric Hobsbawm
London Review of Books

Existe una diferencia fundamental entre las tradicionales preguntas académicas sobre el pasado -“¿Qué ocurrió en la historia, cuándo y por qué?”- y la cuestión que en los últimos cuarenta años ha animado un cuerpo creciente de investigación histórica, concretamente, “¿Cómo lo siente o sentía la gente?” Las primeras sociedades para la investigación de la historia oral fueron fundadas a finales de los sesenta. Desde entonces el número de instituciones y obras dedicadas al “legado” y a la memoria histórica -especialmente sobre las guerras del siglo XX- han crecido de manera espectacular. Los estudios sobre la memoria histórica no son, esencialmente, estudios sobre el pasado, sino sobre la retrospectiva hacia el mismo desde algún tipo de presente posterior. The Morbid Age: Britain between the Wars, de Richard Overy, muestra otro acercamiento, más indirecto, a la textura emocional del pasado: la compleja arqueología de las reacciones populares contemporáneas sobre lo que estuvo sucediendo en y alrededor de sus vidas, lo que uno llamaría la música ambiental de la historia.

Aunque este tipo de investigación resulta fascinante, especialmente cuando se realiza con la curiosidad y sorprendente erudición de Overy, presenta al historiador problemas considerables. ¿Qué significa describir una emoción como característica de un país o de una época? ¿Cuál es el significado de una emoción generalizada, incluso de una directamente relacionada con hechos históricos dramáticos? ¿Cómo y hasta qué punto podemos medir su predominio? Las encuestas, el mecanismo actual para estas mediciones, no estuvieron disponibles antes de 1938 aproximadamente. En aquellos casos, tales emociones -el rechazo ampliamente extendido hacia los judíos en Occidente, por ejemplo- no eran obviamente sentidas ni generaban las mismas reacciones en, pongamos por caso, Adolf Hitler y Virginia Woolf. Las emociones en la historia no son ni cronológicamente estables ni socialmente homogéneas, incluso en los momentos en que son universalmente sentidas, como en el Londres bajo los ataques aéreos alemanes, y sus interpretaciones intelectuales todavía menos. ¿Cómo pueden compararse o contrastarse? En pocas palabras, ¿qué pueden hacer los historiadores en este nuevo campo?

El sentimiento en concreto que Overy estudia es el de crisis y miedo, “el presentimiento de un desastre inminente”, la posibilidad del fin de la civilización que, desde su punto de vista, caracterizó al Reino Unido de entreguerras. No hay nada específicamente británico o propio del siglo XX en ese sentimiento. Es más, en el último milenio sería difícil señalar una época, al menos en el mundo cristiano, donde este sentimiento no haya encontrado una expresión significativa, a menudo en el idioma apocalíptico construido para ese mismo objetivo y explorado en las obras de Norman Cohn. (Aldous Huxley, citado por Overy, ve la “mano de Belial guiando” la historia moderna.). Hay buenas razones en la historia europea por las cuales que “nosotros” -se cual sea su definición- nos sintamos bajo la amenaza de enemigos extranjeros o nuestros demonios interiores no sea algo excepcional.

La obra pionera de este género, la historia del miedo en Europa occidental del siglo XIV al XVIII de Jean Delumeau, Le Peur en Occident (1978), describe y analiza una civilización “enferma hasta la médula” con un “paisaje de miedo” poblado de “fantasías mórbidas”, peligros y miedos escatológicos. El problema de Overy es que, a diferencia de Delumeau, no ve estos miedos como reacciones a experiencias y peligros reales, al menos en el Reino Unido, donde, por consenso general, ni la política ni la sociedad se habían desplomado, y la civilización no se encontraba en crisis durante el período de entreguerras. ¿Por qué, entonces, es un “período famoso por su población de Casandras y Jeremías que ayudaron a construir la imagen popular de los años de entreguerras como una época de ansiedad, dudas o miedo”?

Con saber, lucidez e ingenio, de manera notable en su brillante selección de citas, The Morbid Age desentraña las diferentes tendencias de expectativas catastróficas -la muerte del capitalismo, los miedos a un declive demográfico y corrupción, “el psicoanálisis y la consternación social”, el miedo a una guerra- principalmente a través de escritos públicos y privados de a quienes Delumeau, que hizo lo mismo en su respectivo período de estudio, llamó “los que tenían la palabra y el poder”: en su día los clérigos intelectuales, en los de Overy una selección de intelectuales burgueses y miembros representativos de la clase política. Los intentos por escapar de los desastres anticipados por el pacifismo y lo que el autor denomina “política utópica” son vistos sobre todo como un cuadro sintomático de una epidemia de pesimismo.

Concédasenos por un momento que Overy está en lo cierto en cuanto al pesimismo de quienes “tenían la palabra y el poder”, a pesar de algunas obvias excepciones, como los investigadores que conocían, con Ernest Rutherford, que estaban viviendo en los días gloriosos de las ciencias naturales; los ingenierons que no veían límites en el futuro progreso de las viejas y nuevas tecnologías; los oficiales y empresarios de un imperio que había alcanzado su máxima extensión en el período de entreguerras y que se veía aún bajo control (excepto por el estado libre irlandés); los escritores y lectores del género de entreguerras por antonomasia, la novela de detectives, que celebraban un mundo de certezas morales y sociales, de estabilidad restaurada después de una interrupción temporal. La pregunta, obviamente, es ¿hasta qué punto las opiniones de la minoría articulada presentada por Overy representaron o influenciaron a los aproximadamente 30 millones de votantes que constituían los súbditos del rey en 1931?

En la Europa tardomedieval y de la primera modernidad de Delumeau, la pregunta podía responderse con alguna confianza. En el Occidente cristiano de este período había vínculos orgánicos entre el pensamiento de los sacerdotes y predicadores y lo que los creyentes practicaban, aunque podamos verlos como incongruentes. El clero católico romano tenía tanto autoridad intelectual como práctica. ¿Pero qué influencia o efectos prácticos tuvieron en el período de entreguerras las palabras -por citar solamente a algunos de los escritores que tienen más de dos líneas en el índice de Overy- de la Sociedad Eugénica de Charles Blacker, de Vera Brittain Vera Brittain, Cyril Burt, G.D.H Cole, Leonard Darwin, G. Lowes Dickinson, E.M. Forster, Edward Glover, J.A. Hobson, Aldous y Julian Huxley, Storm Jameson, Ernest Jones, Sir Arthur Keith, Maynard Keynes, el arzobispo Cosmo Lang, Basil Liddell Hart, Bronislaw Malinowski, Gilbert Murray, Philip Noel-Baker, George Orwell, Lord Arthur Ponsonby, Bertrand Russell, George Bernard Shaw, Arnold Toynbee, los Webbs, H.G. Wells o Leonard y Virginia Woolf?

A menos que estuviesen respaldados por una editorial o periódico de importancia, como lo estuvieron Victor Gollancz o el New Stateman en el caso de Kingsley Amis, o por una organización de masas como la Liga de las Naciones Unidas Lord Robert Cecil o la Peace Pledge Union del pacifista Canon Sheppard, todos ellos tenían la palabra, pero poco más. Como cuando en el siglo XIX habían tenido una buena oportunidad de hablar sobre ello e influir en la política y la administración desde el enclaustramiento de una élite establecida, perteneciendo a ella por origen o siendo reconocidos por ella, especialmente si pertenecían a las redes de la “aristocracia intelectual” de Noel Annan, como muchos de estos pregoneros del juicio final. ¿Pero hasta qué punto sus ideas modelaron a la “opinión pública” que estaba más allá del alcance de los escritores y lectores de las cartas al editor del Times y del New Statesman?

Hay muy pocas pruebas en la cultura y el modo de vida de las clases trabajadores y de las clases medias-bajas del período de entreguerras -que este libro no investiga- de que la tuvieran. Gracie Fields, George Formby y Bud Flanagan no vivieron esperando que la sociedad se viniera abajo, ni tampoco el teatro del West End. Lejos de mostrar morbosidad, la clase obrera de la juventud Richard Hoggart (y también de la mía) consistía sobre todo de gente que “sentía que no podía hacer gran cosa con las características fundamentales de su situación, pero no lo sentía necesariamente con desesperación o rechazo o resentimiento, sino simplemente como un hecho en sus vidas.” Es cierto, como muestra Overy, que el drástico crecimiento de los medios de comunicación de masas permitió que las “ideas principales” de estos pensadores mórbidos fuesen ampliamente propagadas. Sin embargo, la melancolía intelectual que se desplegaba no era el objeto de las omnipresentes películas o siquiera de los periódicos de circulación masiva, que llegaban a tener una circulación de dos millones de ejemplares o más a principios de los treinta, aunque la BBC radio, prácticamente universalmente disponible a mediados de los 30, concedió al portavoz de la catástrofe una pequeña fracción -uno hubiera deseado que Overy hiciese una estimación- de su cómputo total de horas, que era enorme. No es baladí que el Listener, que reimprimía los debates y charlas radiofónicas, tuviera una circulación de 52.000 ejemplares en 1935, contra los 2'4 millones del Radio Times.

El libro, que experimentó una revolución en la década de los treinta con Penguin y Gollancz, fue prácticamente, sin ninguna duda, la más efectiva forma de difusión intelectual: no sólo para la clase trabajadora para la cual la palabra “libro” aún significaba “revista”, sino también para la vieja clase educada y el rápido y creciente cuerpo de autodidactas políticamente conscientes y con aspiraciones políticas. Incluso entre éstos, como las notas a pie de página de Overy muestran, las circulaciones de más de 50.000 -el orden de la magnitud del Left Book Club lo sitúa por encima del nivel actual para un bestseller- eran poco frecuentes, excepto en los tensos meses de preguerra de 1938-39. Las admirables investigaciones de Overy sobre los registros de los editores muestran que la novela sobre la Depresión de Walter Greenwood, Love on the Dole [Amor en el paro] (“pocos productos culturales de la Depresión llegaron a tanto público”) vendió 46.290 copias entre 1933 y 1940. El potencial de lectura de libros en 1931 (sumando los censos de las categorías de “trabajadores profesionales y semi-profesionales” y “trabajadores de cuello blanco y similares”) fue de cerca de dos millones y medio, de los prácticamente 30 millones de electores británicos.

Es generalmente admitido que “las tesis de algún pensador difunto (o vivo)” (por adaptar la frase de Keynes) no se difunden por estos medios convencionales, sino por una suerte de ósmosis por la que unos pocos conceptos radicales, reducidos y simplificados, como ”la supervivencia de los más aptos”, “capitalismo”, “complejo de inferioridad”, “el inconsciente”, entran de algún modo en el discurso público o privado como monedas de cambio. Incluso con un criterio tan relajado, muchas de las predicciones fatídicas de Overy apenas fueron más allá del círculo de intelectuales, activistas y de quienes tomaban las decisiones políticas, especialmente en el caso de los demógrafos y su miedo a un desplome de la población (que se demostró falso) y lo que ahora se contempla como planes siniestros de los eugenistas para eliminar a quienes entonces se definía como genéticamente inferiores. Marie Stopes se hizo famosa en Gran Bretaña no como defensora de la esterilización de los subnormales, sino como pionera del control de natalidad, algo que en aquella época llegó a ser reconocido entre las masas británicas como una incorporación útil a la práctica tradicional del coitus interruptus.

Sólo donde la opinión pública espontáneamente compartía los miedos y reacciones de los intelectuales de la élite podían sus escritos servir como expresiones del sentir general británico. Casi con toda seguridad coincidían en el problema del envejecimiento, en el miedo a la guerra; probablemente también en algunas formas que tomó la crisis de la economía (británica). Con respecto a estas cuestiones los británicos no experimentaron, como sugiere Overy, los aprietos del período de entreguerras como de trasmano. Como los franceses, vivieron con los sombríos recuerdos de los asesinatos masivos de la Gran Guerra y (acaso incluso de manera más efectiva), las pruebas vivientes andaban por las calles, sus supervivientes mutilados y desfigurados. Los británicos fueron realistas en sus miedos a otra guerra. Especialmente a partir de 1933, la sombra de una guerra se extendía sobre sus vidas, en la de las mujeres (sobre cuya participación en la Gran Bretaña del período de entreguerras este libro guarda silencio) acaso incluso más que en la de los hombres.

En la admirable segunda parte de su libro, Overy, que se ganó su merecida reputación como historiador de la Segunda Guerra Mundial, describe brillantemente el sentimiento de una catástrofe inminente inevitable en los treinta, que iba a dominar la llamada al pacifismo. Pero lo hizo precisamente porque no se trataba de un sentimiento de desesperanza, comparable al expresado y que recorrió toda la población con el del informe secreto del gobierno sobre una guerra nuclear en 1955 citado por Peter Hennessy (“si este país podría resistir un ataque general y aún estar en un situación de responder a las hostilidades es algo que debería cuestionarse seriamente.”) Esperar morir en la próxima guerra, como mis contemporáneos esperaban no sin razón en 1939 -Overy cita mis propias memorias en este punto- no nos detuvo a la hora de pensar que aquella guerra había de lucharse, había de ganarse y que podía llevar a una sociedad mejor.

Las reacciones británicas a la crisis del período de entreguerras que sufrió la economía británica fueron más complejas, pero el argumento aquí de que el capitalismo británico tenía menos razones para causar alarma es, con toda seguridad, erróneo. En la década de los veinte los británicos parecían tener razones más obvias para preocuparse por el futuro de su economía que el resto de europeos. Prácticamente ella sola en el mundo, la producción manufacturera en el Reino Unido, incluso en su momento álgido en la década de los veinte, cuando la producción mundial estaba por encima de un 50% de lo que había sido antes de la guerra, permaneció por debajo del nivel de 1913, y su tasa de desempleo, mucho más alta que la de Alemania y los Estados Unidos, nunca descendió del 10%. Poco sorprendentemente, la Gran Depresión golpeó a otros países más fuerte que a la ya renqueante Gran Bretaña, pero vale la pena recordar que el impacto de 1929 fue tan dramático como para hacer que el Reino Unido abandonase los dos pilares teológicos de su identidad económica del siglo XIX, el libre comercio y el patrón oro, en 1931. La mayoría de las citas de Overy sobre una catástrofe económica proceden de antes de 1934.

Ciertamente, la crisis produjo un acuerdo entre las clases articuladas como el sistema no pudo llevar a cabo antes, ya fuese por los defectos básicos del capitalismo o por el “fin del laissez-faire” anunciado por Keynes en 1926, pero las discusiones para la futura forma de la economía, ya fuese socialista o gobernada por un capitalismo reformado, más intervencionista y “planeado”, estuvieron estrictamente confinadas a minorías: las primeras al hasta medio millón que se movía en y alrededor del movimiento obrero, la segunda probablemente a unos cuantos cientos de lo que Gramsci hubiera llamado “intelectuales orgánicos” de la clase dominante británica. Sin embargo, nuestra memoria sugiere que Overy está en lo correcto al pensar que la reacción más extendida a los problemas de la economía entre los súbditos del rey que no escribían, fuera de las nuevas zonas deprimidas de las viejas regiones industriales, no era tanto el sentimiento de que “el capitalismo no había funcionado, sino de que no debería haberlo hecho del modo en que lo hizo.” Y en la medida en que el “socialismo” fue más allá de los activistas y hasta el 29% de los votantes británicos que votó por el Partido Laborista en el pináculo de su éxito durante el período de entreguerras, se debió más al resultado de un rechazo moral del capitalismo que a una imagen concreta de la sociedad futura.

Pero tampoco la creencia en el socialismo o en un capitalismo planificado implica morbosidad, desesperación o un sentimiento apocalíptico. Ambos, de modos diferentes, asumieron que la crisis podía y debía ser superada, animados por lo que parecía ser una extraordinaria inmunidad a la Gran Depresión de los planes quinquenales soviéticos, los cuales, en la década de los 30, observa apropiadamente Overy, convirtieron las palabras “plan” y “planificación” en el “ábrete Sésamo” incluso de los pensadores no socialistas. No hay ninguna duda de que el grueso de los socialistas fue más utópico en sus creencias que los reformistas pragmáticos, y más vagos en sus prescripciones, que no iban más lejos de la nacionalización de todas las industrias. Pero ambos miraron más lejos para un futuro mejor o al menos más viable. Sólo la recalcitrante retaguardia de tristes individualistas liberales anteriores a 1914 no veía ninguna esperanza. Para el gran gurú de la London School of Economics, Friedrich von Hayek, quien no aparece en este libro, tanto las recetas socialistas y keynesianas para el futuro eran los adoquines de un predecible “camino a la servidumbre”.

Esto no debería de sorprendernos. Muchos europeos tuvieron la experiencia del Armageddón en la Gran Guerra. El miedo a otra y con toda probabilidad más terrible guerra fue aún más real ya que la Gran Guerra había dado a Europa una serie de símbolos inductores de miedo que no tenían precedentes: los bombardeos aéreos, el tanque, la máscara antigás. Allí donde el pasado o el presente no proporcionaban ninguna comparación adecuada, muchas personas se vieron inclinadas a olvidar o subestimar los riesgos del futuro, no importa lo insistente que fuera la retórica que los rodeaba. Que muchos judíos que permanecieron en Alemania tras 1933 tomasen la precaución de enviar a sus hijos al extranjero muestra que no eran ciegos a los riesgos de vivir bajo el régimen de Hitler, pero lo que de hecho les esperaba era literalmente inconcebible a principios del siglo XX incluso para un pesimista del gueto. Por supuesto que hubo profetas en Pompeya que advirtieron de los peligros de vivir bajo volcanes, pero es dudoso si incluso los pesimistas que había entre ellos esperaban de hecho la devastación total y definitiva de la ciudad.

No hay una única etiqueta para saber cómo los colectivos sociales o incluso los individuos conciben o siente el futuro. En cualquier caso, “apocalipsis”, “caos” o “fin de la civilización”, estando más allá de la experiencia cotidiana en la mayoría de la Europa de entreguerras, no era lo que la mayoría de gente esperaba, incluso cuando vivieron con la incertidumbre por el futuro, en las ruinas de un viejo orden social ya irrecuperable, como muchos lo hicieron después de 1917. Estas cosas son más fácilmente reconocibles retrospectivamente, pues durante los episodios genuinamente apocalípticos de la historia –como, pongamos por caso, Europa central en 1945-46– la mayoría de hombres y mujeres civiles están demasiado ocupados tratando de sostenerse como para clasificar sus aprietos. Esa es la razón, en contra de los ases del poder aéreo, por la que las poblaciones civiles de las grandes ciudades no se amedrentaron bajo las bombas y las tormentas de fuego de la Segunda Guerra Mundial. Fuesen cuales fuesen sus motivaciones, se “sostuvieron” a ellos mismos, y sus ciudades, en ruinas y en llamas, continuaron funcionando porque la vida no se detiene hasta la muerte. Permítasenos no juzgar los indicios del desastre durante el período de entreguerras, incluso cuando terminaron por demostrarse correctos, por los estándares inimaginables de la destrucción y desolación que le siguieron.

El libro de Overy, no por agudo en su observación, e innovador y monumental en su exploración de los archivos, demuestra la necesidad de las sobresimplificaciones de una historia construida sobre sentimientos. Buscar un “sentir” general como tónica de una época no nos lleva a estar más cerca de reconstruir el pasado que el “carácter nacional” o “los valores cristianos / islámicos / confucianos.” Nos cuentan demasiado poco demasiado vagamente. Los historiadores deberían tomarse estos conceptos seriamente, pero no como base para el análisis o la estructura narrativa. Para ser justo con el autor, nunca comete un error. Su objetivo ha sido claramente componer una muestra original de variaciones para competir con los ritmos de otros historiadores profesionales en lo que se asume que es un tema universalmente familiar: la historia del Reino Unido de entreguerras. Pero no es ya más que familiar para los ancianos. Las Variaciones Overy en clave C (de crisis) suponen un logro admirable, aunque se echa en falta cualquier otra comparación seria con la situación en otros países europeos. Puesto que escribe bien, su libro también se convierte justamente en lo que no pretendía: en una guía turística a terra incognita para lectores a quienes el Reino Unido de Jorge V queda tan lejos y resulta tan desconocido como el de Jorge II. Debería leerse con placer intelectual y provecho por su perspicacia y sus descubrimientos de muchas de las partes que permanecían sin explorar de la vida intelectual británica, pero no como una introducción del Reino Unido de entreguerras para el viajero en el tiempo sin experiencia previa.

sexta-feira, 28 de agosto de 2009

Suramérica refuerza sus arsenales

Javier Lafuente
El País

El acuerdo entre Colombia y Estados Unidos para el uso de siete bases militares colombianas disparó los nervios de muchos mandatarios suramericanos que hoy se verán las caras en la cumbre de Unasur, en Bariloche (Argentina). El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, vislumbró "vientos de guerra" en la operación. Sin embargo, es un movimiento más en el tablero militar de la región. Mientras Bogotá y Washington ultimaban el acuerdo, Venezuela seguía apilando sus pedidos a Rusia, el Ejército ecuatoriano adquiría material en Pekín... Y Brasil confirmaba que pondrá en marcha nuevas tácticas militares para, dicen, preservar el Amazonas.

Un lustro de bonanza económica ha propiciado que los presupuestos para defensa se disparasen. Dos informes de prestigiosos centros internacionales disipan cualquier duda. El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, en sus siglas en inglés) señaló que el gasto militar de América Latina y el Caribe aumentó un 91% entre 2003 y 2008, pasando de 24.700 millones de dólares (17.300 millones de euros) a 47.200 millones. Recientemente, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) indicó que el dinero destinado a armamento el año pasado sólo en Suramérica fue de 48.000 millones de dólares, un 6% más que en 2007, un aumento del 50% en la última década.

Tomando las cifras totales, es comprensible que las alarmas salten. El porcentaje en relación al producto interior bruto (PIB) de los países, sin embargo, no es excesivo. Los analistas advierten de la informalidad de las economías latinoamericanas a la hora de hacer cálculos. La duda está servida: ¿Existe una carrera armamentista? "En cierta medida la había hasta finales del año pasado. La crisis lo ha enfriado todo y ha ajustado las compras", explica Diego Fleitas, director de la Asociación de Políticas Públicas argentina, quien puntualiza que una compra de armas no genera una carrera armamentista, una opinión que comparte Armen Kouyoumdjian, analista de defensa radicado en Chile. "El grueso de los presupuestos de defensa, en la gran mayoría de países, está destinado a sueldos, comida, pensiones... y si queda algo, para equipamiento, aunque no siempre bélico".

Nadie duda de que la renovación es necesaria. Algunos ejércitos habían dejado deteriorarse su material hasta tal punto que se caía a pedazos. Pero, si sólo México y Colombia libran una guerra interna contra el narcotráfico y la guerrilla, ¿cómo se justifica que Chile tenga cientos de tanques Leopard 2, los más poderosos del sur del continente? ¿O que Venezuela haya adquirido material enormemente sofisticado?

Las tensiones regionales subyacen tras esa renovación del material bélico. Cada vez que un país se arma, el vecino anuncia nuevas adquisiciones. El principal foco de tensión abarca una delgada línea de miles de kilómetros, la que separa Venezuela de Colombia. Caracas ha adquirido mayor cantidad de armamento y más sofisticado; Bogotá, el segundo Ejército tras Brasil, ha incrementado su gasto militar en un 142% en los últimos 10 años. El presupuesto colombiano de defensa el pasado año fue de 5.500 millones de dólares, un 13,5% mayor que en 2007.

Frente a los obuses más potentes de la región, en poder del Gobierno de Álvaro Uribe, el Ejército de Hugo Chávez no ha hecho más que comprar armamento. Una de las adquisiciones que más polémica causó fue la de 100.000 fusiles AK-103, cuyo calibre es compatible con los que utilizan las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Las compras a Rusia, Bielorrusia, China y España han sobrepasado en apenas tres años los 4.600 millones de euros, una cifra que mañana puede quedarse corta, ya que los anuncios de nuevas adquisiciones son constantes, siempre con Rusia como principal suministrador. Los analistas no sólo dudan que vayan a concretarse; también cuestionan la utilidad que Venezuela pueda dar a, por ejemplo, 24 aviones caza Sukhoi Su-30MKV. "Es una opción muy arriesgada. Las adquisiciones van a ser tan caras de mantener que, dentro de poco, tendrá unas fuerzas armadas irrelevantes", opina el brasileño Salvador Raza, experto en temas de seguridad.

Al margen de cualquier foco de tensión está Brasil. El Ejército más poderoso de América Latina es también quien más invierte. El año pasado desembolsó 15.500 millones de dólares, un 5% más que en 2007, según datos del SIPRI. Tomando sólo los años de mandato del presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, el incremento del gasto militar fue del 50%.

Según el centro de Estocolmo, los motivos que llevan a los brasileños a mejorar e incrementar su arsenal no tienen que ver con fines bélicos. Una mejora del sistema de control aéreo, preservar el Amazonas y fomentar los recursos para la extracción de petróleo son los tres principales factores que apuntan. Este último motivo propició que, con el apoyo de Francia, Brasilia vaya a construir un submarino nuclear, que estará listo dentro de 20 años. Mientras, sigue firme en su camino de consolidarse como potencia mundial. Y como argumenta Fleitas: "Para ser potencia hay que tener con qué demostrarlo".

quinta-feira, 27 de agosto de 2009

El boicot es el único modo de salvar a Israel

Neve Gordon
Los Angeles Times

Los periódicos israelíes han estado recogido a lo largo de todo el verano artículos respecto a una campaña internacional de Boicot a Israel. Se han retirado películas de festivales de cine israelíes, Leonard Cohen está siendo sometido a una presión muy intensa debido a su decisión de cantar en Tel Aviv, OXFAM ha roto sus relaciones con una famosa actriz británica que publicita cosméticos producidos en los Territorios ocupados.

Con toda claridad, la campaña destinada a utilizar la misma táctica que colaboró a derribar el apartheid sudafricano cada vez concita más apoyos en todo el mundo. No sorprende que muchos israelíes, incluso entre los pacifistas, no se sumen a la campaña. Un Boicot global podría incluir reminiscencias antisemitas. Además surge la cuestión del doble rasero. ¿Por qué no boicotear a China por sus violaciones de los derechos humanos? Es muy contradictorio boicotear a tu propio país.

No es fácil para mí, como ciudadano israelí, pedirle a gobiernos extranjeros, autoridades regionales, movimientos sociales internacionales, sindicatos y ciudadanos que boicoteen a Israel. Pero hoy, al mismo tiempo que veo a mis dos hijos pequeños jugar en el jardín, estoy convencido de que el Boicot es el único modo en que Israel puede salvarse de sí mismo. Y lo digo porque hemos llegado a un cruce de caminos histórico y la crisis actual demanda medidas dramáticas. Digo esto como judío que ha elegido criar a sus hijos en Israel, que ha sido miembro del campo por la paz durante los últimos 30 años y que siente una gran ansiedad respecto al futuro de este país.

El modo más preciso de definir al Israel de hoy es el de un Estado de apartheid. Durante los últimos 42 años, Israel ha controlado toda la tierra entre el río Jordan y el Mar Mediterráneo. En esta región residen cerca de 6 millones de israelíes y en torno a 5 millones de palestinos. De entre ellos, 3,5 millones de palestinos y medio millón de judíos viven en la zona que Israel ocupó en 1967 y aunque viven en el mismo lugar, se les aplican sistemas legales totalmente diferentes. Los palestinos no tienen estado y viven privados de sus derechos humanos más fundamentales. En contraste con esto, todo los judíos, vivan en Israel o en Territorio ocupado, son ciudadanos de pleno derecho del Estado de Israel.

Lo que me mantiene en vilo, como padre y como ciudadano, es como garantizar que mis dos hijos, así como los dos hijos de mis vecinos palestinos no crezcan en este régimen de apartheid. Sólo hay dos modos moralmente aceptables de conseguirlo.

El primero es la solución de Un Estado, ofrecerles la ciudadanía a todos los palestinos y establecer una democracia binacional en todo el área controlada por Israel. Teniendo en cuenta la demografía, esto supondría el fin del concepto de un estado judío. Un anatema para la mayoría de los judíos.

El segundo modo de terminar con nuestro apartheid sería la solución de los dos estados. Es decir la retirada de Israel a la fronteras anteriores a 1967 con intercambios de territorio, la división de Jerusalén y el reconocimiento del derecho palestino al retorno de un número limitado de 4,5 millones de refugiados que podrían regresar a Israel, mientras el resto podría regresar al nuevo estado palestino.

Geográficamente, la solución de un estado único parece mucho más realista, ya que palestinos y judíos ya se encuentran mezclados: además, sobre el terreno, la solución de un estado único, en su manifestación de régimen de Apartheid, es ya una realidad.

Ideológicamente la solución de dos estados es más realista ya que menos del 1% de los judíos y sólo una minoría de los palestinos apoya la binacionalidad. Por ahora es más realista alterar la realidad geográfica que la realidad ideológica. Si en el futuro, dos pueblos deciden compartir un estado, que lo hagan, pero no es algo que deseen en la actualidad.

Si la solución de los dos estados es el modo de terminar con el Estado de Apartheid, ¿como llegamos a ese objetivo? Estoy convencido de que la presión desde el exterior es ya la única alternativa. A lo largo de las últimas tres décadas, los colonos judíos en los Territorio Ocupados han aumentado su número de manera importante. El mito de una Jerusalén unificada a llevado a la creación de una ciudad de Apartheid donde los palestinos no son ciudadanos y no recoven servicios básicos. El campo israelí por la paz se ha desvanecido gradualmente hasta su práctica inexistencia y la política israelí avanza cada vez más hacia la extrema derecha.

Está claro, por tanto, que el único modo de luchar contra el apartheid es a través de una presión masiva desde el exterior. Las palabras de condena de la Administración Obama y la Unión Europea no se traducen en el más mínimo resultado. Ni siquiera una congelación del crecimiento de los asentamientos, ni mucho menos una retirada de los territorios ocupados.

En consecuencia, he decidido sumarme al Boicot, Desinversiones y sanciones que fue lanzado por activistas palestinos en 2005 y que desde entonces se ha extendido por el planeta. El objetivo es que Israel respete sus obligaciones ante el Derecho Internacional y que los palestinos consigan ejercer su autodeterminación.

En Bilbao, España, (País Vasco) una coalición de organizaciones de todo el mundo formularon los diez puntos de la campaña de Boycott, Desinversiones y Sanciones con el objetivo de “presionar a Israel de manera sostenible y gradual con sensibilidad a los diversos contextos y en función de las capacidades de cada uno”. Por ejemplo, el esfuerzo comienza con sanciones y desinversiones de compañías israelíes que operan en los territorios ocupados, y continá presionando a aquellos que colaboran en sostener y reforzar la ocupación de manera visible.

Del mismo modo, los artistas que vienen a Israel con el objetivo de llamar la atención respecto a la ocupación son bienvenidos. Los que sólo vienen a actuar no lo son. Poner una presión internacional masiva sobre Israel es el único modo de garantizar que la próxima generación de israelíes y palestinos, incluídos mis dos hijos, no crezcan bajo un régimen de Apartheid.

quarta-feira, 26 de agosto de 2009

Martín-Barbero e as Comunidades Falsificadas

Renato Essenfelder
Folha

Filósofo espanhol diz que a utopia de democracia direta e igualdade total na internet é mentirosa e ameaça minar as práticas de representação e participação políticas reais.

Com a emergência de gigantescas redes sociais virtuais, como o Facebook, a internet configura a sua utopia máxima: todos somos iguais. E, se somos todos iguais, não precisamos mais de eleições, pois não precisamos ser representados. Todos nos representamos no espaço democrático da internet. O raciocínio é tentador, mas, para o filósofo espanhol Jesús Martín-Barbero, é mentiroso -e temerário. "Nunca fomos nem seremos iguais", ele diz, e na vida cotidiana continuaremos dependendo de mediações para dar conta da complexidade do mundo, seja a mediação de partidos políticos ou a de associações de cidadãos. Martín-Barbero vê a internet como um dos fatores de desestabilização do mundo hoje, que não pode ser pensado por disciplinas estanques. Mundo, aliás, tomado pela incerteza e pelo medo, que nos faz sonhar com a relação não mediada das comunidades pré-modernas.

Desde 1987, quando o sr. lançou sua obra de maior repercussão ("Dos Meios às Mediações", ed. UFRJ), até hoje, o que mudou na comunicação e nas ciências sociais?

Estamos em um momento de pensar o conceito de conhecimento como certeza e incerteza. A incerteza intelectual dos modernos se vê hoje atravessada por outra sensação: o medo. A sociedade vive uma espécie de volta ao medo dos pré-modernos, que era o medo da natureza, da insegurança, de uma tormenta, um terremoto. Agora vivemos em uma espécie de mundo que nos atemoriza e desconcerta.

O medo vem, por exemplo, da ecologia: o que vai acontecer com o planeta, o nível do mar vai subir? A natureza voltou a ser um problema hoje, como aos pré-modernos. Depois vem o tema da violência urbana, a insegurança urbana. Por toda cidade que passo, de 20 mil a 20 milhões de habitantes, há esse medo. Como terceira insegurança, que nos afeta cada vez mais, aparece a vida laboral. Do mundo do trabalho, que foi a grande instituição moderna que deu segurança às pessoas, vamos para um mundo em que o sistema necessita cada vez menos de mão de obra. O mundo do trabalho se desconfigurou como mundo de produção do sentido da vida.

Nesse mundo de incertezas, como se comporta a noção de comunidade? Como ela aparece em redes virtuais como o Facebook?

Acho que ainda não temos palavras para nomear esse fenômeno. Falamos em rede social, mas o que significa social aí? Apenas uma rede de muita gente. Não necessariamente em sociedade. Há diferenças entre o que foi a comunidade pré-moderna e o que foi o conceito de sociedade moderna. A comunidade era orgânica, havia muitas ligações entre os seus membros, religiosas, laborais.

Renato Ortiz (sociólogo e professor na Universidade Estadual de Campinas) faz uma crítica muito bem feita a um livro famoso de (Benedict) Anderson, que diz que a nação é como uma comunidade imaginada ("Comunidades Imaginadas", ed. Companhia das Letras), principalmente por jornais e a literatura nacional.

É verdade, são fundamentais para a criação da ideia de nação. Mas Renato Ortiz diz que há muito de verdade e muito de mentira nisso. O que acontece é que, quando a sociedade moderna se viu realmente configurada pelo Estado, pela burocracia do Estado, começou a sonhar novamente com a comunidade. Era uma comunidade imaginada no sentido de querer ter algo de comunidade, e não só de sociedade anônima.

Falar de comunidade para falar da nação moderna é complicado, porque se romperam todos os laços da comunidade pré-moderna. Eu diria que há aí um ponto importante, considerando que no conceito de comunidade há sempre a tentação de devolver-nos a uma certa relação não mediada, presencial. Essa é um pouco a utopia da internet.

Qual utopia?

A utopia da internet é que já não necessitamos ser representados, a democracia é de todos, somos todos iguais. Mentira. Nunca fomos nem somos nem seremos iguais. E portanto a democracia de todos é mentira. Seguimos necessitando de mediações de representação das diferentes dimensões da vida. Precisamos de partidos políticos ou de uma associação de pais em um colégio, por exemplo.

As comunidades virtuais da atualidade têm pouco das comunidades originais, então?

Quando começamos a falar de comunidades de leitores, de espectadores de novela, estamos falando de algo que é certo. Uma comunidade formada por gente que gosta do mesmo em um mesmo momento. Se a energia elétrica acaba, toda essa gente cai. É uma comunidade invisível, mas é real, tão real que é sondável, podemos pesquisá-la e ver como é heterogênea. Comunidade não é homogeneidade.

Nesse sentido é muito difícil proibir o uso da expressão "comunidade" para o Facebook. Mas o que me ocorre ao usarmos o termo "comunidade" para esses sites é que nunca a sociedade moderna foi tão distinta da comunidade originária.

O sentido do que entendemos por sociedade mudou. Veja os vizinhos, que eram uma forma de sobrevivência da velha comunidade na sociedade moderna. Hoje, nos apartamentos, ninguém sabe nada do outro. Outra chave: o parentesco. A família extensa sumiu. Hoje, uma família é um casal. O que temos chamado de sociedade está mudando. Estamos numa situação em que o velho morreu e o novo não tem figura ainda, que é a ideia de crise de (Antonio) Gramsci.

A proposta de sites como o Facebook não é exatamente de fazer essa reaproximação?

Creio que há pessoas no Facebook que, pela primeira vez em suas vidas, se sentem em sociedade. É uma questão importante, mas não podemos esquecer da maneira como nos relacionamos com o Facebook. Um inglês que passa boa parte de sua vida só, em um pub, com sua grande cerveja, desfruta muito desse modo de vida. Nós, latinos, desfrutamos mais estando juntos. Evidentemente a relação com o Facebook é distinta. O site é real, mas a maneira como nos relacionamos, como o usamos, é muito distinta. O Facebook não nos iguala. Nos põe em contato, mas nada mais.

De que maneira essas questões devem transformar os meios de comunicação?

Não sei para onde vamos, mas em muito poucos anos a televisão não terá nada a ver com o que temos hoje. A televisão por programação horária é herdeira do rádio, que foi o primeiro meio que começou a nos organizar a vida cotidiana. Na Idade Média, o campanário era que dizia qual era a hora de levantar, de comer, de trabalhar, de dormir. A rádio foi isso. A rádio nos foi pautando a vida cotidiana. O noticiário, a radionovela, os espaços de publicidade...

Essa relação que os meios tiveram com a vida cotidiana, organizada em função do tempo, a manhã, a tarde, a noite, o fim de semana, as férias, isso vai acabar. Teremos uma oferta de conteúdos. A internet vai reconfigurar a TV imitadora da rádio, a rádio imitadora da imprensa escrita... Creio que vamos para uma mudança muito profunda, porque o que entra em crise é o papel de organização da temporalidade.

A ascensão da internet e da oferta de informação por conteúdos suscita outra questão, ligada à formação do cidadão. Não corremos o risco de que um fã de séries de TV, por exemplo, só busque notícias sobre o tema, alienando-se do que acontece em seu país?

Antigamente, todos líamos, escutávamos e víamos o mesmo. Isso para mim era muito importante. De certa forma, obrigava que os ricos se informassem do que gostavam os pobres -sempre defendi isso como um aspecto de formação de nação. Quando lançaram os primeiros aparelhos de gravação de vídeo, disseram-me que isso era uma libertação: as pessoas poderiam selecionar conteúdos.

Mas esse debate já não é possível hoje. Passamos para um entorno comunicativo, as mudanças não são pontuais como antes. A questão não é se eu abro ou não abro o correio. Não quero ser catastrofista, mas o tanto que a internet nos permite ver é proporcional ao tanto que sou visto. Em quanto mais páginas entro, mais gente me vê. É outra relação.

Temos acesso a tantas coisas e tantas línguas que já não sabemos o que queremos. Hoje há tanta informação que é muito difícil saber o que é importante. Mas o problema para mim não é o que vão fazer os meios, mas o que fará o sistema educacional para formar pessoas com capacidade de serem interlocutoras desse entorno; não de um jornal, uma rádio, uma TV, mas desse entorno de informação em que tudo está mesclado. Há muitas coisas a repensar radicalmente.

terça-feira, 25 de agosto de 2009

Grecia: El fuego 'cerca' al Gobierno de Karamanlis

Agencias

Mientras el fuego que rodea Atenas comienza a remitir, el Gobierno del primer ministro conservador Costas Karamanlis se enfrenta a las primeras críticas por la gestión de los planes de evacuación. A siete meses de que el Parlamento vote la elección de un nuevo presidente, la oposición ha visto el terreno abonado para endurecer su postura contra un Ejecutivo que revive la experiencia de 2007, cuando murieron 65 personas en el mayor incendio que se ha producido en Grecia, y que también se vio acosado por los disturbios ocasionados durante las protestas estudiantiles en diciembre del año pasado.

Nueva Democracia (ND), el partido de Karamanlis, se aferra a su escaño de ventaja en el Parlamento, pero los socialistas del PASOK (Movimiento Socialista Panhelénico) del líder opositor Yiorgos Papandreu encabezan los sondeos. La oposición confía en que la elección del nuevo presidente dé un giro a la política del país y fuerce así elecciones anticipadas, lo que podría expulsar a ND del Gobierno a un año de acabar la legislatura.

Aleka Papariga, líder del partido comunista (KKE) se ha pronunciado contra las supuestas deficiencias que han impedido controlar los incendios que se extienden por toda la geografía griega, especialmente en el noreste de Atenas, y que duran ya cuatro días. "Lo que importa ahora es corregir los enormes defectos en la infraestructura de la lucha contra el fuego", ha declarado.

A él se une el alcalde de Maratón, Spyros Zagaris, que se quejó ayer de haber "pedido al Gobierno que mandara aviones y helicópteros" en vano para una de las localidades más afectadas por el fuego, según recoge The New York Times. "Aquí sólo hay dos dispositivos contra el fuego, tres casas están ardiendo y nosotros solo miramos inútilmente", dijo.

segunda-feira, 24 de agosto de 2009

Jean Baudrillard: À sombra das maiorias silenciosas

Jean Baudrillard

Todo o confuso amontoado do social se move em torno desse referente esponjoso, dessa realidade ao mesmo tempo opaca e translúcida, desse nada: as massas. Bola de cristal das estatísticas, elas são “atravessadas por correntes e fluxos”, à semelhança da matéria e dos elementos naturais. Pelo menos é assim que elas nos são representadas. Elas podem ser “magnetizadas”, o social as rodeia como uma eletricidade estática, mas a maior parte do tempo se comportam precisamente como “massa”, o que quer dizer que elas absorvem toda a eletricidade do social e do político e as neutralizam, sem retorno. Não são boas condutoras do político, nem boas condutoras do social, nem boas condutoras do sentido em geral. Tudo as atravessa, tudo as magnetiza, mas nelas se dilui sem deixar traços. E na realidade o apelo às massas sempre ficou sem resposta.

Elas não irradiam, ao contrário, absorvem toda a irradiação das constelações periféricas do Estado, da História, da Cultura, do Sentido. Elas são a inércia, a força da inércia, a força do neutro. É nesse sentido que a massa é característica da nossa modernidade, na qualidade de fenômeno altamente implosivo, irredutível a qualquer prática e teoria tradicionais, talvez mesmo irredutível a qualquer prática e a qualquer teoria simplesmente. Na representação imaginária, as massas flutuam em algum ponto entre a passividade e a espontaneidade selvagem, mas sempre como uma energia potencial, como um estoque de social e de energia social, hoje referente mudo, amanhã protagonista da história, quando elas tomarão a palavra e deixarão de ser a “maioria silenciosa” - ora, justamente as massas não têm história a escrever, nem passado, nem futuro, elas não têm energias virtuais para liberar, nem desejo a realizar: sua força é atual, toda ela está aqui, e é a do seu silêncio. Força de absorção e de neutralização, desde já superior a todas as que se exercem sobre elas.

Força de inércia especifica, cuja eficácia é diferente da de todos os esquemas de produção, de irradiação e de expansão sobre os quais funciona nosso imaginário, incluindo a vontade de destruí-los. Figura inaceitável e ininteligível da implosão (trata-se ainda de um processo?), base de todos os nossos sistemas de significações e contra a qual eles se armam com todas as suas resistências, ocultando o desabamento central do sentido com uma recrudescência de todas as significações e com uma dissipação de todos os significantes.

O vácuo social é atravessado por objetos intersticiais e acumulações cristalinas que rodopiam e se cruzam num claro-escuro cerebral. Tal é a massa, um conjunto no vácuo de partículas individuais, de resíduos do social e de impulsos indiretos: opaca nebulosa cuja densidade crescente absorve todas as energias e os feixes luminosos circundantes, para finalmente desabar sob seu próprio peso. Buraco negro em que o social se precipita.

Exatamente o inverso, portanto, de uma acepção “sociológica”. A sociologia só pode descrever a expansão do social e suas peripécias. Ela vive apenas da hipótese positiva e definitiva do social. A assimilação, a implosão do social lhe escapam. A hipótese da morte do social é também a da sua própria morte. O termo massa não é um conceito. Leitmotiv da demagogia política, é uma noção fluida, viscosa, “lumpen-analítica”. Uma boa sociologia procurará abarcá-la em categorias “mais finas”: sócio-profissionais, de classe, de status cultural, etc. Erro: é vagando em torno dessas noções fluidas e acríticas (como outrora a de “mana”) que se pode ir além da sociologia critica inteligente. Além do que, retrospectivamente, se poderá observar que os próprios conceitos de “classe”, de “relação social”, de “poder”, de “status”, todos .estes conceitos muito claros que fazem a glória das ciências legítimas, também nunca foram mais do que noções confusas, mas sobre as quais se conciliaram misteriosos objetivos, os de preservar um determinado código de análise.

Querer especificar o termo massa é justamente um contra-senso - é procurar um sentido no que não o tem. Diz-se: “a massa de trabalhadores”. Mas a massa nunca é a de trabalhadores, nem de qualquer outro sujeito ou objeto social. As “massas camponesas” de outrora não eram exatamente massas: só se comportam como massa aqueles que estão liberados de suas obrigações simbólicas, “anulados” (presos nas infinitas “redes”) e destinados a serem apenas o inumerável terminal dos mesmos modelos, que não chegam a integrá-los e que finalmente só os apresentam como resíduos estatísticos. A massa é sem atributo, sem predicado, sem qualidade, sem referência. Aí está sua definição, ou sua indefinição radical. Ela não tem “realidade” sociológica. Ela não tem nada a ver com alguma população real, com algum corpo, com algum agregado social específico.

Qualquer tentativa de qualificá-la é somente um esforço para transferi-la para a sociologia e arrancá-la dessa indistinção que não é sequer a da equivalência (soma ilimitada de indivíduos equivalentes: 1 + 1 + 1 + 1 - tal é a definição sociológica), mas a do neutro, isto é, nem um nem outro (neuter). Na massa desaparece a polaridade do um e do outro. Essa é a causa desse vácuo e da força de desagregação que ela exerce sobre todos os sistemas, que vivem da disjunção e da distinção dos pólos (dois, ou múltiplos, nos sistemas mais complexos). É o que nela produz a impossibilidade de circulação de sentido: na massa ele se dispersa instantaneamente, como os átomos no vácuo. É também o que produz a impossibilidade, para a massa, de ser alienada, visto que nela nem um nem o outro existem mais.

Massa sem palavra que existe para todos os porta-vozes sem história. Admirável conjunção dos que nada têm a dizer e das massas que não falam. Nada que contém todos os discursos. Nada de histeria nem de fascismo potencial, mas simulação por precipitação de todos os referenciais perdidos. Caixa preta de todos os referenciais, de todos os sentidos que não admitiu, da história impossível, dos sistemas de representação inencontráveis, a massa é o que resta quando se esqueceu tudo do social. Quanto à impossibilidade de nela se fazer circular o sentido, o melhor exemplo é o de Deus. As massas conservaram dele somente a imagem, nunca a Idéia. Elas jamais foram atingidas pela Idéia de Deus, que permaneceu um assunto de padres, nem pelas angústias do pecado e da salvação pessoal. O que elas conservaram foi o fascínio dos mártires e dos santos, do juízo final, da dança dos mortos, foi o sortilégio, foi o espetáculo e o cerimonial da Igreja, a imanência do ritual - contra a transcendência da Idéia. Foram pagãs e permaneceram pagãs à sua maneira, jamais freqüentadas pela Instância Suprema, mas vivendo das miudezas das imagens, da superstição e do diabo. Práticas degradadas em relação ao compromisso espiritual da fé? Pode ser.

Esta é a sua maneira, através da banalidade dos rituais e dos simulacros profanos, de minar o imperativo categórico da moral e da fé, o imperativo sublime do sentido, que elas repeliram. Não porque não pudessem alcançar as luzes sublimes da religião: elas as ignoraram. Não recusam morrer por uma fé, por uma causa, por um ídolo. O que elas recusam é a transcendência, é a interdição, a diferença, a espera, a ascese, que produzem o sublime triunfo da religião. Para as massas, o Reino de Deus sempre esteve sobre a terra, na imanência pagã das imagens, no espetáculo que a Igreja lhes oferecia.

Desvio fantástico do princípio religioso. As massas absorveram a religião na prática sortílega e espetacular que adotaram. Todos os grandes esquemas da razão sofreram o mesmo destino. Eles só descreveram sua trajetória, só seguiram o curso de sua história no diminuto topo da camada social detentora do sentido (e em particular do sentido social), mas no essencial somente penetraram nas massas ao preço de um desvio, de uma distorção radical. Assim foi com a razão histórica, a razão política, a razão cultural e a razão revolucionária - assim foi com a própria razão do social, a mais interessante pois é a que parece inerente às massas, e por tê-las produzido no curso de sua evolução.

As massas são o “espelho do social”? Não, elas não refletem o social, nem se refletem no social - é o espelho do social que nelas se despedaça. A imagem não é exata, pois ainda evoca a idéia de uma substância plena, de uma resistência opaca. Ora, as massas funcionam mais como um gigantesco buraco negro que inflete, submete e distorce inexoravelmente todas as energias e radiações luminosas que se aproximam. Esfera implosiva, em que a curvatura dos espaços se acelera, em que todas as dimensões se encurvam sobre si mesmas e involuem até se anularem, deixando em seu lugar e espaço somente uma esfera de absorção potencial.