quarta-feira, 8 de junho de 2022

Hambre y miseria azotan a Brasil en un año electoral


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

El último informe divulgado esta semana por la Red Penssan (Red Brasileña de Investigación en Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional) ha revelado cifras dramáticas de la situación de la miseria y el hambre en este país que, paradojalmente, es un gran productor y exportador de alimentos (Carne bovina, azúcar, café, soya y jugo de naranja, entre otros ítems). Por lo mismo, la pregunta que permanece en el aire es como un país que se sitúa entre los mayores exportadores mundiales de alimentos permite que parte significativa de su población no tenga que comer.

De acuerdo con esta investigación, seis de cada diez brasileños no poseen seguridad alimentaria. Ello representa a más de 125 millones de personas, lo cual viene a confirmar un aumento de 60 por ciento si se compara con los números de 2018. Dentro de esta cifra, son 33 millones de personas que pasan hambre en el país. El documento también constata que el hambre afecta especialmente a las poblaciones negras, pues el 65 por ciento de los hogares comandados por personas negras y pardas conviven con problemas de provisión de alimentos. En términos concretos, el contingente de personas que sufren el flagelo del hambre en el Brasil actual es muy superior al registrado hace 30 años atrás, cuando comenzaron a impulsarse los primeros programas de combate a la miseria y el hambre desde la redemocratización del país.

Según el mismo informe, este año de 2022 1 de cada 3 brasileños ha tenido que buscar alguna fórmula para conseguir alimento de la cual se avergüenza o le provoca tristeza. Son miles de familias que han tenido que recurrir a los rellenos sanitarios para buscar el alimento diario entre las sobras que deben disputar con buitres, jotes y otros animales carroñeros. Brasil siempre fue un país desigual, pero los niveles de indignidad a los cuales se ha arrojado a millones de ciudadanos es algo que no se había visto desde tiempos inmemoriales. Son lacerantes las imágenes de familias enteras aprovechando la escasa carne que sobra entre los huesos depositados en los basurales para saciar un hambre desmedida. Existen, por cierto, muchas acciones de solidaridad y de entrega de canastas mensuales de alimentos otorgadas por instituciones de la iglesia o de la sociedad civil, pero esta ayuda no es suficiente para paliar las enormes dificultades por las que atraviesan millones de brasileños.

Los especialistas que trabajan con la temática de la pobreza han mostrado enorme preocupación con el desmonte de los programas Hambre Cero (Fome Zero) y Bolsa Família, implementados durante los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff durante la gestión del Partido de los Trabajadores (PT). El gobierno de ultraderecha de Bolsonaro ha sustituido este último por uno que se llama Auxilio Brasil, el cual no tiene ni la envergadura, ni la capilaridad, ni el impacto que tenía el programa Bolsa Família.


En dicho programa eran 44 millones de familias las que recibían el aporte directo del Estado, reduciendo -ya en los primeros años- la pobreza (extrema o moderada) entre 25 millones de habitantes. En el caso del Auxilio Brasil son solo 14 millones de familias que reciben la ayuda. Ello significa que unos 30 millones de familias se han quedado sin recibir este beneficio, cuyo corte se ha efectuado sin ningún criterio técnico. Se excluyeron muchas familias simplemente porque se decidió arbitrariamente destinar menos recursos para políticas sociales. Tal situación contrasta radicalmente con el conjunto de beneficios otorgados a las Fuerzas Armadas, que recibieron ayudas hasta en la adquisición de artefactos bizarros y sospechosos para reforzar la virilidad de los militares, a saber, prótesis penianas, viagras y otros accesorios por el estilo.

Asimismo, el actual gobierno pretende acabar con el programa al final del presente año, lo que dejaría a millones de familias sin asistencia monetaria para enfrentar los déficits de alimentación que ya vienen experimentando hace años, carencias que además se han visto agudizadas por la pandemia. Para sumar obstáculos a los posibles beneficiarios de transferencia de renta, el gobierno ha impuesto un sistema que opera por Internet por medio de un computador o un celular. Es decir, las familias en situación de extrema pobreza quedan excluidas de cualquier tipo de ayuda por no poseer las condiciones mínimas para acceder a ellas.

Otro dato que preocupa a los especialistas es el hecho de que aquella población que sufre el impacto del hambre y la desnutrición tiene muchas posibilidades de comprometer su desarrollo físico e intelectual en el futuro, lo cual no hace más que reproducir las estructuras de exclusión y limitación de oportunidades para miles de niños y jóvenes que se han visto afectados por deficiencias nutricionales. Como se puede apreciar, este escenario solo aumenta los niveles de incertidumbre que vive la población más vulnerable de cara a las elecciones de octubre.

Cuando asumió su primer gobierno el 1 de enero de 2003, Lula da Silva se comprometió a eliminar Brasil del mapa del hambre. Para ello el gobierno comenzó a trabajar para garantizar dos elementos esenciales a este propósito. Primero, apoyar a la agricultura familiar para aumentar la producción de alimentos de consumo interno y, segundo, que la población más pobre accediera a una renta suficiente para comprar dichos alimentos.

Considerando que Lula da Silva pueda vencer la próxima contienda electoral, es de esperar que reponga aquellos programas sociales emblemáticos de los 18 años de administración del PT, aunque el retroceso causado por el gobierno de Bolsonaro es de tal magnitud que va a ser necesario un esfuerzo doblegado para restaurar las condiciones de seguridad alimentaria de la población brasileña.

quinta-feira, 2 de junho de 2022

La lucha por la reunificación italiana inspiró a la izquierda internacional


Anne Colamosca
Jacobin América Latina

La unificación italiana tuvo como héroe a Giuseppe Garibaldi, de cuyo fallecimiento se cumplen 140 años este 2 de junio. La lucha italiana contra la dominación extranjera influyó en los socialistas de todo el mundo.

El 27 de noviembre de 1871, el rey de Italia Vittorio Emanuele II pronunció un apasionado discurso en el Parlamento italiano, dando paso finalmente a la completa unificación de su país. Durante siglos, la península había estado dividida en un mosaico de regiones, dominadas en su mayoría por las monarquías de Austria, Francia y España. Napoleón se esforzó por cambiar esta situación después de la Revolución Francesa, pero, después de que el diplomático de los Habsburgo, el conde Klemens von Metternich, revocara sus reformas en el Consejo de Viena de 1815, las tres dinastías extranjeras recuperaron en gran medida sus bastiones.

Como reacción, surgió un agresivo movimiento político italiano, que reintrodujo el concepto de larga historia de Risorgimento —resurgimiento nacional— que encabezado por el intelectual genovés Giuseppe Mazzini atrajo a miles de jóvenes italianos dentro y fuera del país en la década de 1830. Sobre todo, querían que los imperios europeos abandonaran el país. Giuseppe Garibaldi, un importante discípulo de Mazzini y miembro de la sociedad secreta de la Joven Italia, se mantuvo en contacto con el genovés durante muchos años y, en 1848, atendió a su llamada para volver a casa y luchar. Mientras tanto, Garibaldi se hizo un nombre como importante líder guerrillero en América del Sur, un hombre que sabía cómo dirigir una gran tripulación mercante o un ejército.

Pero las cosas no salieron como Mazzini había previsto. Había escrito a Garibaldi que el enorme ejército austriaco en el norte de Italia estaba en un estado de casi colapso. Viajando por el norte meses después, Garibaldi descubrió que la situación era la opuesta, ante lo que las fuerzas italianas sufrieron una fuerte derrota en la batalla de Novara contra la oposición de los Habsburgo. En cuanto a Mazzini, en marzo de 1849, fue nombrado miembro del tribunal de tres hombres que dirigía una república radical en Roma que acababa de crearse. Desde el principio, todo el mundo estaba de acuerdo, Mazzini era el hombre principal.

La batalla de Roma enfrentaría a los defensores radicales de la república, incluidas las fuerzas que venían del norte con Garibaldi, con un ejército francés muy disciplinado que pretendía reinstalar al Papa fugitivo. Los hombres de Garibaldi -casi todos voluntarios, llegados de numerosos países- fueron celebrados por su valentía en incursiones contra el ejército francés que dejaron atónitos a los lectores de los periódicos de Europa y América. Pero a medida que se desarrollaba la batalla, que duró un mes, la opinión de Garibaldi sobre Mazzini, su antiguo mentor, cambió drásticamente.

Garibaldi había sido nombrado general, no comandante en jefe. Sin embargo, su destreza militar le proporcionó una victoria de alto nivel, aunque a corto plazo, el 30 de abril de 1849, cuando sus tropas se abrieron paso hacia la ciudad. «Cuando los legionarios de Garibaldi entraron en Roma», escribe su biógrafo Christopher Hibbert,

la gente los miró con asombro […] sus rostros barbudos, sombreados por las alas de sombreros de copa alta y plumas negras, estaban cubiertos de polvo, sus cabellos eran largos y desordenados; algunos llevaban lanzas, otros mosquetes y todos llevaban en sus cinturones negros una pesada daga […] y no había que confundir la figura de hombros anchos sobre el caballo blanco. A pesar de la piel pecosa y quemada por el sol y el flamante sombrero de fieltro negro con su alto penacho de plumas de avestruz, Garibaldi, para algunos, parecía el Mesías.

Sin embargo, el 30 de junio de 1849, un Garibaldi exhausto se presentó ante la asamblea republicana para decir que tendría que rendirse ante el asedio francés. Mazzini, por su parte, exigió que siguieran luchando, sugiriendo que tener mártires ayudaría a su causa. Disgustado, Garibaldi renunció al mando y abandonó rápidamente Roma con su ejército de cuatro mil hombres. Tiempo después, Garibaldi formaría una alianza con Vittorio Emanuele para completar la lucha por la reunificación de Italia, ahora bajo la monarquía de los Saboya.

Reacciones de la corriente principal de Estados Unidos

La asediada República Romana había atraído mucha atención en los Estados Unidos. El medio de comunicación más importante de la América de mediados del siglo XIX era el mayor periódico del país, el New York Tribune, conocido por su postura editorial antiesclavista. El editor jefe, Horace Greeley, seis años más joven que Mazzini, se había convertido en un importante intelectual público tras fundar el Tribune en 1841. Apasionado defensor de la reforma social, en 1857 Greeley sería una figura destacada del nuevo Partido Republicano.

«El Tribune fue uno de los principales canales a través de los cuales los estadounidenses se enteraron de lo ocurrido en Europa en 1848», explica el biógrafo de Greeley, Mitchell Snay. Greeley había predicho con exactitud que su público estaría fascinado por la revolución que se estaba produciendo en Italia a finales de la década de 1840. Como el sombrío tema de la esclavitud obsesionaba cada vez más a Estados Unidos, aceptó la petición de su columnista de primera plana de trasladarse a Europa e informar desde allí. Margaret Fuller captaría el interés de los lectores de Greeley y les recordaría su propia revolución, de apenas tres cuartos de siglo antes.

Mazzini y Greeley —que nunca se conocerían— compartían una filosofía política común a su clase en la primera parte del siglo XIX. El socialismo utópico predicaba la unión de las clases para resolver los problemas sociales. Ambos hombres se dedicaban a reducir la agitación entre las clases trabajadoras y las altas. En ocasiones, Mazzini se había autodenominado socialista. Sin embargo, su definición era muy diferente a la de los socialistas marxistas que pronto desempeñarían un papel importante en la segunda mitad del siglo XIX, al menos en Europa. El célebre historiador italiano Gaetano Salvemini definiría a Mazzini como «alguien que esperaba una reforma social, pero que evitaba cuidadosamente hablar de conflicto de clases». Esto también definía la política de Greeley. A ambos lados del Atlántico hubo varias formas de este «ismo»: comunitarismo, fourierismo, asociacionismo y otros. Todas ellas implicaban una reforma social, no una acción revolucionaria.

Una mazziniana cubriendo la batalla de Roma

Margaret Fuller había pasado toda su vida profesional entre los socialistas utópicos. Una neoyorquina de sangre azul de Cambridge, Massachusetts, había sido autora de un libro feminista, Woman in the Nineteenth Century, y editó la publicación literaria de Ralph Waldo Emerson, The Dial, antes de ser contratada por Greeley para escribir en el Tribune en 1844.

Dieciocho meses después, se dirigió a Londres, donde le presentaron a Mazzini, que la cautivó desde el principio. Fuller se habría quedado atónita ante la descripción que Eric Hobsbawm hizo de Mazzini, en su libro La era de la Revolución, más de un siglo después, como «el lanudo e ineficaz autodramatizador». La descripción inicial que Fuller hizo de él fue la de «un hombre de música bella y pura».

Se mantuvieron en contacto, especialmente después de que Fuller regresara a Roma, justo antes de que el primer ministro del Papa Pío IX, el conde Pellegrino Rossi, fuera brutalmente acuchillado hasta la muerte en medio de una multitud enfurecida. El Papa huyó rápidamente hacia el sur. Durante los meses siguientes, hasta julio de 1849, Fuller cubriría la batalla en curso de las tropas radicales contra las fuerzas francesas que intentaban reinstalar al Papa. Y utilizaría a Mazzini como su principal fuente de información.

Al mismo tiempo, Fuller, a punto de cumplir los cuarenta años, experimentaba su propia crisis personal. Para consternación de Greeley, Fuller había desaparecido durante seis meses a principios de la primavera sin apenas decir nada sobre dónde y por qué no escribía. Sola y asustada en Aquila, había dado a luz a un hijo. Poco después, el padre, un joven miembro de la Guardia Civil romana, el marqués Giovanni Ossoli, se había unido a ella en una tranquila ceremonia de matrimonio. Una amiga de Massachusetts le aconsejó que se quedara en Italia y no volviera a casa. Contrató a una nodriza y regresó a Roma para cubrir la guerra.

El movimiento revolucionario europeo que Fuller abrazó y luego vio aplastado, surgió de una miseria social muy real y generalizada, escriben Larry J. Reynolds y Susan Belasco Smith, editores de una colección de sus escritos. «La Europa que Fuller encontró en sus viajes durante 1846 y 1847 estaba repleta de desempleo, hambruna y malestar social, así como de gobiernos despóticos incapaces de encontrar soluciones a estos problemas o poco dispuestos a hacerlo».

Otros proponían soluciones. La situación de la clase obrera en Inglaterra, de Friedrich Engels, publicada en 1845, y el Manifiesto Comunista, publicado en 1848, fueron señalados a Fuller por un periodista alemán, aunque no escribió sobre ninguno de ellos para el Tribune. En este periodo, Fuller, que había mantenido una larga entrevista con la escritora George Sand, empezó a llamarse a sí misma «radical». Pero la académica Margaret V. Allen concluye que «sus columnas muestran que ella creía implícitamente que el conocimiento de los errores o males conducía a su corrección». La poetisa Elizabeth Browning había afirmado que «Fuller se convirtió en una de las rojas más absolutas», pero Reynolds y Smith escriben que «la militancia de Fuller tenía sus límites», dudando de que se hubiera convertido en una «roja».

Fuller era ciertamente una firme admiradora de Mazzini – escribiendo que era «inmortalmente querido para mí —mil veces más querido por todo el juicio que vi hacer de él en Roma». Su idolatría parecía aumentar a medida que avanzaba el asedio. Pero, como escribe el historiador italoamericano Roland Sarti —ex director del departamento de historia de la Universidad de Massachusetts—, aunque muchas feministas en Inglaterra se inspiraron en Mazzini, «uno sospecha que, en algunos casos, las cultivó por el bien de los hombres” a los que estaban unidas. Fuller, comenta, «era una figura importante entre los trascendentalistas», lo que habría interesado a Mazzini. Pero añade: «Tuvo una importancia menor en la vida de Mazzini». Trágicamente, Fuller y su pequeña familia murieron en un naufragio frente a la costa de Nueva York el 1 de julio de 1850.

Del socialismo utópico al marxista

La caída de la República Romana, casi a la mitad del siglo XIX, fue seguida rápidamente por el profundo cambio de rumbo de Mazzini una vez de vuelta en Londres, donde viviría como emigrado el resto de su vida.

Seguía muy implicado en la defensa de la unificación de Italia. Pero durante los siguientes veinte años, se obsesionaría con un odio feroz hacia los socialistas marxistas emergentes. Karl Marx y Friedrich Engels denunciaron enérgicamente su socialismo «reaccionario» y otros similares, «es decir, las críticas conservadoras al capitalismo», escribe el académico Jonathan Sperber en su autorizada obra Karl Marx: A Nineteenth—Century Life. «Hicieron poco caso del ‘socialismo burgués’, lo que hoy llamaríamos reforma social, la mejora de la condición de la clase obrera dentro de la sociedad capitalista».

Esta «reforma social» estaba en el centro de la definición de Greeley y Mazzini del primer socialismo. «Pero poco a poco, a medida que el movimiento proletario asumía un carácter más revolucionario», escribe Salvemini, «y la palabra socialismo se alejaba de la idea de una forma simple y cooperativa de democracia y crecía para identificarse con la de la lucha de clases —como ocurrió de 1848 a 1851, bajo el impulso dado por [Louis Auguste] Blanqui y Marx—, Mazzini se volvió profundamente antagónico hacia este nuevo movimiento, con ideas tan diferentes a las suyas».

Mazzini culpó a los socialistas franceses de asustar a la burguesía y de llevar al poder al régimen imperial reaccionario de Luis Napoleón en París. «Así comenzó la campaña sistemática contra el socialismo que libraría hasta el final de su vida». Cuando la Comuna de París izó la bandera roja sobre la capital francesa en 1871, Mazzini atacó con saña a los comuneros, poniendo a muchos antiguos discípulos en su contra. «El sistema social de Mazzini, desde el punto de vista práctico, ya no se correspondía con las realidades sociales y políticas imperantes», resumió Salvemini.

El socialismo burgués y los republicanos estadounidenses

A diferencia de Mazzini, la filosofía política de Greeley, que también evitaba el conflicto de clases, se mantuvo intacta y fue muy popular en Estados Unidos. Su propia carrera, desde aprendiz de imprenta adolescente de una familia agrícola pobre hasta editor del periódico más exitoso del país, fue utilizada a menudo como ejemplo por los líderes del Partido Republicano.

El Tribune “sacó a la luz las escandalosas condiciones de trabajo en muchos talleres de la ciudad de Nueva York», escribe el célebre historiador de Columbia Eric Foner en Free Soil, Free Labor, Free Men. De hecho, “a diferencia de muchos otros republicanos, Greeley apoyó un límite legislativo a las horas de trabajo... [pero] las huelgas eran una forma de ‘guerra industrial’, la antítesis de la cooperación entre el trabajo y el capital que Greeley deseaba». Si Greeley reconocía las barreras sociales al progreso económico, también insistía en enfrentar “la intemperancia, el libertinaje, el juego y otros vicios, en la clase más baja». Como señala Snay, el persistente énfasis de Greeley en la armonía esencial entre las clases” subrayaba su profunda aversión al socialismo marxista.

«En los Estados Unidos, particularmente en las grandes ciudades del Este, donde la inmigración a gran escala estaba aumentando la estratificación de clases y manteniendo bajos los salarios reales de todos los trabajadores, la perspectiva de ascender al autoempleo ya estaba retrocediendo… sabemos hoy, por supuesto», escribe Foner, «que a pesar de la amplia aceptación de la ideología de la movilidad social, los años posteriores a 1860 vieron una disminución constante de las perspectivas de que un trabajador o jornalero agrícola lograra la independencia económica». Sin embargo, en esa época, Abraham Lincoln insistiría en que el Norte no tenía una clase que «fuera siempre obrera». Esto surgió de un ethos de la época colonial que implicaba un estigma de décadas contra ser un «esclavo asalariado». En el Partido Republicano, ser un esclavo asalariado era sólo una existencia temporal, por lo que organizar a los trabajadores no era necesario.

Esto seguiría siendo una parte clave de la ideología republicana. «Paradójicamente», escribe Foner, «en el momento de su mayor éxito, las semillas del posterior fracaso de esa ideología ya estaban presentes». En la década de 1860, el partido de Greeley defendía un sistema económico que ya había empezado a perder poder. Para entonces, se estimaba que casi el 60 por ciento de la mano de obra estadounidense estaba empleada como asalariada, lo que demostraba que el nuevo partido político, desde sus inicios, abogaba por un sistema que ya formaba parte del pasado de Estados Unidos.

A pesar de los profundos problemas del Mezzogiorno, tanto en Italia como en el resto de Europa, a finales del siglo XIX surgió por primera vez en la historia un movimiento obrero de masas. «Entre 1880 y 1896 se fundaron diecinueve partidos socialistas y obreros», así como una federación sindical de ámbito nacional, escribe Sperber. Para entonces, el cambio entre el socialismo utópico y el socialismo marxista se había completado, mientras que en Estados Unidos ese momento nunca llegó a producirse. Mientras que Mazzini murió con un número de seguidores muy reducido, la celebración de la independencia económica de Greeley siguió muy viva. Y tendría una influencia duradera en la duradera división entre la izquierda estadounidense y la europea.

sexta-feira, 27 de maio de 2022

É preciso compreender o processo histórico para nele intervir

Roberto Amaral
Socialismo y Democracia

Compete à esquerda fazer a campanha da esquerda, jamais delegá-la a uma frente ampla cujo núcleo é a socialdemocracia. Toda campanha eleitoral é uma oportunidade de proselitismo. No caso concreto, os socialistas terão de associar a pedagogia ideológica à ação, o encontro ideal de teoria e prática, retornando à organização popular.

Ponderáveis setores da esquerda brasileira, novos e antigos companheiros das lutas democráticas, cobram de Luiz Inácio Lula da Silva o anúncio de um projeto socialista para o Brasil de hoje – embora a revolução, sempre desejada, não esteja posta pelo processo histórico. Lamentavelmente. De Lula, um dos mais avançados quadros da centro-esquerda brasileira, como certificam seus oito anos de governo, o que havemos de esperar é a construção e liderança de uma nova maioria política, fiadora da continuidade democrática, fundamental para a luta dos trabalhadores no Estado burguês. Não é um fim, em si, mas processo sem o qual não retomaremos o projeto de uma sociedade sem classes. (Ironia da História: são os “subversivos” que, hoje, defendem a democracia no país, contra as ameaças totalitárias dos partidos da ordem).

Cobra-se do Partido dos Trabalhadores – o maior e o mais sólido partido da socialdemocracia brasileira – um projeto revolucionário que não está no horizonte de seu programa. Sob o comando de Lula, o PT lidera uma coalizão partidária de centro-esquerda, ampla, que mais e mais procura afastar-se das teses encampadas na saudosa campanha eleitoral de 1989, porque de lá para cá o mundo mudou, o país mudou e mudou o próprio PT, tanto quanto mudaram as perspectivas da esquerda brasileira, com a crise do “socialismo real” e as seguidas “diásporas”; e consequentemente as condições de luta pioraram. O PT mudou para vencer as eleições em 2002, e volta a mudar, desta feita para poder liderar uma frente ainda mais ampla, em condições de derrotar o projeto protofascista governante, que nos ameaça com anunciadas expectativas de continuidade.

O pior desatino comete o pretenso revolucionário que supõe poder alterar a realidade ignorando os limites de seu papel como sujeito histórico. Como lembrava há mais de um século conhecido pensador alemão, o homem faz sua história, mas não a faz segundo os caprichos de sua vontade, de seus sonhos e de sua utopia; ele a faz segundo as circunstâncias com as quais se defronta (Cf. Marx, Karl. O 18 brumário de Luis Bonaparte). Dois mil anos antes, Sun Tzu recomendava aos generais em guerra conhecer previamente o inimigo e o terreno em que pretendiam lutar.

Mudando a conjuntura, as formas de luta também mudam. Independentemente do PT e de seu líder, nos defrontamos com o recesso das lutas sociais, implicando o remanso da denúncia da luta de classes. A conjuntura internacional vê-se pontuada pela fragilização das organizações revolucionárias, socialistas e trabalhistas, pari passu com o crescimento de apoio popular a movimentos de direita e extrema-direita (vide França, Itália, EUA, Hungria, Polônia), como o que se revelou contundente nas eleições brasileiras de 2018. Entre nós a extrema-direita empalmou o poder cavalgando eleições livres, pela primeira vez. Não se trata de um fenômeno menosprezável, mas de um indicador do nível de consciência das massas.

Cresce o imperialismo como força política, econômica e militar, e esse crescimento pesa sobre o processo social. A agudização do militarismo é uma de suas evidências. É seu o monopólio da informação, de que resulta a unipolaridade ideológica, uma modalidade de ditadura nas sociedades de massas. Limitada em suas opções revolucionárias, a esquerda optou pelo ingresso na institucionalidade, que, lhe dando sobrevida, congelou sua capacidade de intervir na realidade, visando a modificá-la. Perdida a revolução, seu projeto passou a ser modificar por dentro as estruturas, tornando-se, assim, inevitavelmente, um fator da ordem. É uma nova socialdemocracia, substituta daquela que transitou para a direita, no mundo e no Brasil.

Combater qualquer alteração do statu quo, qualquer ameaça de mudança de rumo, mesmo dentro da legalidade, qualquer sugestão de reforma social, passou a ser o projeto retrógrado da casa-grande brasileira, que não convive com alterações, quaisquer, da ordem baseada na superexploração da classe trabalhadora. Daí o combate que travou contra os governos Lula e Dilma, daí seu apoio ao quadro político consequente, daí suas ameaças ao processo eleitoral de 2022, à posse e ao futuro governo Lula, quando o candidato promete colocar o pobre no Orçamento e os ricos no Imposto de Renda. Essa resistência não conhece limite e explica o esforço do Lula candidato de construir, ainda no processo eleitoral, uma coalizão que lhe assegure, além da eleição e da posse, condições de governar, negadas a Jango e a Dilma Rousseff.

Nesta quadra histórica, está reservado às classes populares, organizadas, garantir a continuidade democrática e uma governança que possibilite a retomada do desenvolvimento, a recuperação das conquistas sociais e a preeminência do interesse nacional.

Para avançar, sempre a depender do que seremos e faremos no pós-2022, precisaremos alterar a atual correlação de forças, ampliando, para além de nosso campo, o arco político-social que garantirá a governabilidade a partir de 2023. Somente amparados em uma grande mobilização popular estaremos em condições de promover alterações significativas na estrutura do Estado brasileiro atual, sem as quais será impossível a um governo de raízes sociais descartar os entraves ao desenvolvimento nacional e remover a viciada, para além de nociva, ingerência da caserna atrasada sobre as instituições republicanas.

Tantos anos passados da Constituinte, retorna a discussão essencial sobre o caráter do Estado de que necessitamos para promover o progresso social, tantas vezes contestado pela casa-grande e seu braço armado. A urgência histórica é a questão democrática, que se materializará na derrota do projeto continuísta do bolsonarismo. É, ao mesmo tempo, a tarefa mais consequente ao nosso alcance, e aquela que mais amplia na sociedade, daí o caleidoscópio de alianças que o ex-presidente intenta costurar com paciência de cesteiro. Porque é necessário ganhar e é necessário ter forças para poder governar e, principalmente, governar sabendo que contará com a resistência da casa-grande.

Nada obstante essas considerações, que aos quadros mais experientes podem tangenciar o óbvio, é preciso ter sempre em conta que a ainda difícil (tanto quanto necessária) eleição de Lula e o retorno do PT ao governo – ainda longe da hegemonia do poder – significarão um grande avanço político (ao qual se associa a esquerda socialista), por representar o avanço possível nas condições concretas. Este avanço possível das esquerdas está abraçado ao sucesso que promete a candidatura Lula.

As limitações óbvias de uma candidatura que, para viabilizar-se, carece de amplas alianças, mesmo ultrapassando as fronteiras de seu arco ideológico, não podem, porém, ser arguidas como inibidoras da ação e do proselitismo das esquerdas, a quem incumbe, na campanha eleitoral, a defesa das teses de nosso campo. Em síntese, compete à esquerda fazer a campanha da esquerda, jamais delegá-la a uma frente ampla cujo núcleo é a socialdemocracia. Toda campanha eleitoral é uma oportunidade de proselitismo. No caso concreto, os socialistas terão de associar a pedagogia ideológica à ação, o encontro ideal de teoria e prática, retornando à organização popular. Organização em todo e qualquer nível, para a ação e o proselitismo e, para, amanhã, responder aos desafios que lhe serão forçosamente impostos pelo processo social.

A deposição de Dilma e o que a partir dessa violência se seguiu não podem ser entendidos como frutos do acaso, nem muito menos pensados como “chuvas de verão”. O programa fascistóide tem raízes em ponderáveis segmentos da sociedade brasileira, sua existência guarda coerência com nossa formação de sociedade (em busca da nação) e país escravocrata, racista e autoritário, governado por uma elite alienada e forânea, descomprometida com os destinos do país e de sua gente. É preciso compreender o caráter do processo histórico para nele poder intervir consequentemente.

segunda-feira, 2 de maio de 2022

Lula, la izquierda y las tareas del mañana


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Las fuerzas que se asumen como genuinamente socialistas se sienten frustradas con el viraje hacia el centro del candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio Lula da Silva. La elección de Geraldo Alckmin como vicepresidente de la chapa, es un poco indigesta para muchos militantes del PT y también para numerosos simpatizantes de su candidatura. Y motivos no sobran. Alckmin es un representante conspicuo de las facciones más conservadoras del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) el mismo del ex presidente Fernando Henrique Cardoso. Miembro del Opus Dei, siempre ha sido una figura pechoña, que tiene como bandera los valores “sagrados” de la familia, con su impronta rancia de un catolicismo fervoroso. En lo económico es un fuerte defensor de la ideología pro mercado y de la disminución del papel del Estado en las actividades productivas, manteniendo solo una acción focalizada hacia los más desamparados y los indigentes.

Esta decepción puede aún ser mayor si pensamos que en el periodo de los gobiernos del PT (2003-2016) Brasil comenzó a robustecer su paso hacia una sociedad abierta, tolerante e integradora, incluso en el espacio rural que siempre había sido más acoplado a las formas y comportamientos conservadores.

Además, el candidato a vice carga con un historial de corrupción cuando estuvo a la cabeza del Gobierno de Sao Paulo. Entre otras acusaciones graves, posee la infamante denuncia de haber desviado a su favor recursos destinados para la merienda de los niños y niñas que frecuentaban las escuelas públicas del Estado. Posteriormente, una investigación de la Fiscalía - en base a declaraciones ante la justicia de ex ejecutivos de la constructora Odebrecht- sustentaba que Alckmin amparaba una red de sobornos que permitía ocultar el financiamiento ilegal de campañas. En pocas palabras, él representa sin duda el tipo de político que se caracteriza por hacer un uso patrimonialista del Estado y de los bienes públicos.

Entonces surge inevitablemente la pregunta ¿Qué puede aportar Geraldo Alckmin a una candidatura que pretende contrarrestar a las fuerzas del retroceso actualmente en el poder? En principio parece que nada o muy poco. Sin embargo, independiente de las aspiraciones del pueblo que se asume de izquierda y que levanta la candidatura de Lula en esta nueva contienda electoral, Alckmin puede significar el intento de formar un frente democrático que, en primer lugar, derrote electoralmente a las fuerzas retrógradas que se encuentran gobernando. Ciertamente la historiografía va a debatir por un buen tiempo cuales fueron las causas que determinaron el triunfo de un candidato con las credenciales de Bolsonaro, que representaba lo opuesto a los avances políticos, sociales, culturales y ambientales que aparentemente se habían cristalizado en la sociedad brasileña.

Lo que resulta más perturbador de todo este tránsito hacia el atraso es que si bien durante la dictadura cívico militar las restricciones a la libertad y a la democracia parecían impuestas desde fuera, con el triunfo de Bolsonaro y su base de apoyo parlamentaria y social, se pudo constatar lamentablemente que, el proyecto ultraconservador que se impuso finalmente fue una decisión realizada por decenas de millones de electores. Y muchos de quienes sufragaron por el ex capitán también eran parte de nuestro entorno cercano – parientes, amigos, vecinos o conocidos – los cuales estuvieron dispuestos a arrojar al país hacia los sombríos caminos de la extrema derecha.

Sin embargo, la presencia de elementos de un pensamiento atrasado ya se ha podido apreciar en otros momentos de la historia brasileña, específicamente en las crisis políticas de 1954 y 1964. En este último caso, las manifestaciones de la derecha –como la marcha en defensa de la familia– se cristalizaron en el golpe de Estado perpetrado por los militares el 1 de abril de 1964, para deponer el gobierno legítimo de João Goulart.

Esos repertorios de la cultura reaccionaria –en el sentido dado por Albert Hirschman– se encuentran presentes en la atmósfera política y social brasileña desde que el país se fundó sobre una matriz esclavista y excluyente, generando simultáneamente un fuerte proceso de desinstitucionalización de los mecanismos de resolución de conflictos surgidos en el seno de la sociedad, lo cual se ha evidenciado a través de los años en violaciones sistemáticas a los derechos humanos en el país, especialmente agudo en el caso de las poblaciones pobres, negras e indígenas.

Por lo mismo, es de suma importancia comprender y reconocer que en este nuevo trance histórico resulta imprescindible unificar a todas las fuerzas democráticas y republicanas que enfrentan la embestida autoritaria y las amenazas de un futuro autogolpe con Bolsonaro a la cabeza. No es por falta de aviso que la sociedad brasileña se debe preparar para oponerse a las huestes de milicianos y seguidores incondicionales que vienen repitiendo incansablemente que en el caso de ganar el candidato Lula da Silva, ellos desconocerán el resultado de las urnas, tal como lo hicieran –frustradamente- los partidarios de Trump en las últimas elecciones estadounidenses.

Como todo indica que la llamada “tercera vía” no va a ser capaz de despegar, la disputa electoral se va centrar necesariamente en el dilema entre un proyecto de centro izquierda democrática y pluralista y una extrema derecha que aspira a consolidar un régimen despótico y plutocrático. Si existe algún tipo de polarización en esta próxima contienda ella se configura en torno de la dicotomía democracia versus dictadura. Precisamente, empero la legitimidad y pertinencia de sus propósitos, la izquierda y los conglomerados socialistas no deben esperar que Lula asuma un discurso radical, pues condicionado por las actuales circunstancias -con el preocupante aumento en la intención de voto para Bolsonaro- el ex presidente deberá contener su lenguaje y su programa, para atraer el voto “gelatinoso” del centro que puede inclinarse en última instancia hacia el ex capitán. Es un enorme dilema, pero si el PT y los partidos aliados no son capaces de demostrar su voluntad de construir un bloque que le permita conquistar la confianza en su proyecto de restauración democrática y generar las bases para tener una “gobernabilidad” futura, muchos de los electores que siguen indecisos también pueden restarse de concurrir a sufragar o votar blanco o nulo.

A pesar de los escollos que existen para ejercer un mandato efectivamente socialista o de izquierda, probablemente la coalición triunfante podrá dar el giro necesario que asegure nuevas bases para recuperar las banderas y promesas incumplidas hasta ahora, como la de otorgar mayor estabilidad y capacidad de negociación a los trabajadores, retomar acciones a favor de los derechos humanos y de las minorías, re-implementar las políticas sociales que han sido desmontadas en estos últimos 3 años, revertir las regresiones impuestas en el sistema previsional y cuidar mejor de los ecosistemas nacionales, primordialmente terminar con la devastación del territorio amazónico, del pantanal y de la mata atlántica.

Siendo que la tarea estratégica deberá consistir en el desmantelamiento de la ideología del bolsonarismo, de los grupos protofascistas y milicias paramilitares que se han enquistado en las estructuras del Estado, dando sustento a la intimidación golpista, a la violencia contra las instituciones, a los fake news y a las expresiones más abyectas de racismo, clasismo, homofobia y misoginia. Para ello será necesario retomar los vínculos de los partidos de izquierda con la sociedad a través de un vasto trabajo de capilaridad territorial que se proponga la organización y la formación política de la ciudadanía, disputándole el espacio a las iglesias pentecostales que continúan dándole apoyo a Bolsonaro y a sus visiones más oscurantistas de la realidad. En ese sentido, es prioritario erigir un clima de esperanza en el cual el mundo popular y las grandes mayorías sientan que están llamadas a participar en la construcción de su propio destino, para enterrar definitivamente las voces y gestiones de los iluminados que quieren decidir por ellos.

sexta-feira, 1 de abril de 2022

Paulo Freire é homenageado com livro publicado em Portugal


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Nesta primeira semana de abril foi lançado no Portugal o livro-homenagem do grande educador brasileiro titulado Paulo Freire Centenário: Um educador no mundo. O livro é uma coletânea de artigos publicados por Freire no Chile e em Portugal, os quais foram organizados pelas professoras Adelaide Gonçalves e Débora Dias, junto com o autor desta coluna. Tal como se adverte na apresentação do mesmo: “Este é um livro de Paulo Freire, com a presença e a palavra do educador em entrevista, em debate e em escritos autobiográficos. É a reflexão e a memória de Paulo Freire por ele mesmo, uma memória que nunca foi em primeira pessoa, que se faz no plural mesmo quando diz de si, mesmo quando expõe sua sensibilidade e os modos como foi realizando sua leitura do mundo”.

Este livro-homenagem a Paulo Freire, lembra o seu centenário com a publicação de textos inéditos em Portugal, juntando escritos autobiográficos, debates e entrevistas. Freire tornou-se num educador do mundo e no mundo pela ampla difusão de suas ideias filosóficas, de seu método pedagógico e de sua ação, primeiro no Brasil, depois no Chile, seguindo para países da América Latina, Estados Unidos, Europa, Ásia e Oceania.

Em relevo estão momentos-chave da trajetória de Paulo Freire e o itinerário internacionalista de um pensamento cuja recepção por largos anos foi marcada pelo interdito, pela censura, por uma circulação clandestina e pelo exílio. No referido livro Paulo Freire conta suas experiências no âmbito da pedagogia e alfabetização de adultos em vários países do mundo, especialmente no Brasil, Chile, Guiné-Bissau, São Tomé e Príncipe, Angola e Cabo Verde.

Também reúne entrevistas e conferencias ditadas no Chile e Portugal, em que se apresentam suas ideias filosóficas e seu método de ensino que atualmente é aplicado a escala global. Dito método que foi sendo elaborado já nos anos cinquenta, superava o dualismo professor/aluno para construir em conjunto o processo da aprendizagem relevando o conhecimento e a realidade presente nos diversos sujeitos participantes nessa ação pedagógica.

Em muitos dos seus estudos, argumentava -a partir da leitura dialética realizada do ensaio de Frantz Fanon Os condenados da terra - que a opressão desumaniza tanto aos oprimidos como aos opressores e que as luchas emancipatorias daqueles que se encontram numa condição de subordinação são, em última instancia, uma tarefa que implica a libertação simultánea de si mesmos e de seus opressores. Em síntese, Paulo Freire entregou-se por inteiro a uma causa e a um projeto humanista e pedagógico, em que gerações seguiram aprendendo e pelo qual sempre será lembrado com admiração e respeito

O livro pode ser encomendado aqui: https://bit.ly/3lYucM0


quinta-feira, 24 de março de 2022

La paradoja de un desgobierno devastador


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

La catastrófica gestión del gobierno Bolsonaro se podría caracterizar por una preocupante paradoja: por una parte, se presenta como una administración incompetente y el Jefe de Estado emerge como una figura totalmente dispensable para dirigir los rumbos del país. De manera aparentemente contradictoria, nunca antes un mandatario había efectuado un daño tan devastador y un desmonte tan feroz de las políticas públicas y las estructuras del Estado brasileño.

En este último caso, la administración de Bolsonaro se podría caracterizar como un desgobierno o un anti-gobierno en la medida que se ha dedicado sistemáticamente a destruir todo aquello que Brasil había venido implementando en términos de políticas públicas en educación, salud, vivienda, medioambiente, transporte, previsión, Derechos Humanos y seguridad, entre otros. Muchos de sus ministros han sido emblemáticos de la desfachatez y la incapacidad de conducir su respectiva cartera.

El daño causado, por ejemplo, en un sector tan sensible y fundamental como educación es incalculable. Hasta la fecha, ya se han rotado cuatro ministros en el puesto y el actual secretario Milton Ribeiro, un pastor evangélico, se encuentra amenazado de ser exonerado, precisamente por haber favorecido a otros dos pastores con recursos para aumentar su influencia local. Estos dos religiosos actuaban como asesores informales del ministro e intermediaban reuniones con gestores municipales para la obtención de recursos a cambio de “propinas” por cada proyecto adjudicado. En una grabación difundida por el diario Folha de Sao Paulo, el ministro también llega a comprometer los recursos de su Ministerio para la construcción de iglesias en algunos municipios donde existen pastores pertenecientes a su iglesia, la Presbiteriana.

El Ministerio de Educación se ha caracterizado por escándalos desde que asumió el presente gobierno en 2019. Por ejemplo, el segundo ministro escogido por Bolsonaro, Abraham Weintraub, emprendió una verdadera cruzada contra la globalización porque, según su opinión, ella formaba parte de una estrategia de dominación del marxismo cultural. Después de insultar a los miembros del Supremo Tribunal de Justicia (los llamó de vagabundos en una reunión de gabinete), el ministro terraplanista acabó completamente aislado y despreciado por los funcionarios de carrera de su propio ministerio.

Podríamos seguir describiendo el desmonte en diversos sectores, como lo que ha sucedido con el boicot a los programas de vacunación que acumulaban una experiencia exitosa de hace décadas y que en este gobierno retardó intencionalmente la aplicación de inmunizantes contra el Covid-19, el cual ya ha cobrado la vida de más de 658 mil personas. Por lo mismo, existe una campaña sostenida en defensa del Sistema Único de Salud (SUS), garantizado por la Constitución de 1988 y una de las mayores conquistas de la población desde la redemocratización del país. La extinción de los programas de control de los principales ecosistemas del país, es otro caso emblemático de las acciones de desconstrucción de las políticas públicas en la esfera medioambiental. Cuestionando la información del organismo encargado de monitorear la región amazónica, que detectó un aumento significativo de la superficie de quemadas y devastación de la floresta, el presidente y su ministro de medioambiente no encontraron mejor solución que cambiar a los científicos encargados de administrarlo. Lo mismo ha sucedido con los programas de vivienda, de combate al hambre y la pobreza, de transporte y movilidad urbana, de financiamiento de la cultura y el arte, de protección del patrimonio histórico y un largo etcétera.

Tal como lo señaló Bolsonaro en su discurso inaugural, su primera tarea sería destruir todo lo que –según él- habían realizado los gobiernos de izquierda. En eso el ex capitán se ha mostrado un eficiente ejecutor en la devastación de las políticas públicas, de la acción política y de las instituciones de la República. El país se mantiene precariamente funcionando debido o ayudado por cierta inercia del aparato gubernamental que no ha sido del todo demolido y a la acción de los contrapesos del sistema político que pueden operar en ciertas ocasiones, especialmente en el caso del Supremo Tribunal Federal y del Ministerio Público. Ya el poder legislativo se encuentra cooptado por las prácticas fisiologistas articuladas por los partidos del llamado “Centrao”, configurándose aquello que tiene de peor el sistema político brasileño, o sea, un modelo que se sustenta por un clientelismo grosero y nefasto.

Si por un lado Bolsonaro es el paladín de la destrucción, por otra parte, se distingue como un gobernante sin cualidades, inculto e irrelevante. Su viaje a Rusia pocos días antes de la invasión a Ucrania tuvo escasa importancia para alterar el curso del conflicto que estaba por desatarse. Adulado por sus fervientes seguidores como el enviado de la paz, pasó completamente desapercibido para la geopolítica mundial, confirmando una vez más la completa intrascendencia que posee actualmente Brasil en materia de relaciones internacionales (La desastrosa geopolítica del gobierno Bolsonaro).

Aunque Bolsonaro puede presionar a la clase política a través de favores para el financiamiento de proyectos y enmiendas parlamentarias, en el plano interno sus opiniones son consideradas bizarras, groseras o anecdóticas, recibiendo en varias ocasiones el apodo de “bufón de la corte”. Por eso no deja de ser una paradoja el hecho de que un presidente tan limitado y carente de calificaciones, mantenga todavía un apoyo incondicional por parte de un cuarto de la población. Este respaldo a su gestión puede parecer débil, pero es ciertamente relevante si pensamos en todo el daño que viene realizando su gobierno en estos poco más de 3 años de mandato.

Contrariamente a lo que se podría esperar, parece haber un desfase entre los desastres cometidos por su administración y la aprobación que aún mantiene por una parte de los electores: economía en recesión, inflación disparada, carestía, desempleo, hambre y miseria, millares de familias viviendo en las calles, creciente criminalidad, violencia e inseguridad ciudadana, son algunos de los problemas que se han agudizado en este periodo. Sin embargo, las movilizaciones se han paralizado hace meses y existe una especie de letargo de los movimientos populares y de las organizaciones sociales. Quizás esta pasividad sea alterada por la contienda electoral que se avecina, pues solo faltan seis meses para que los brasileños y brasileñas escojan un nuevo presidente y un nuevo Congreso Nacional. Con todos los riesgos y amenazas que se vislumbran en este futuro escenario, las elecciones representan una inmejorable oportunidad para destrabar los nudos de este proceso sociopolítico y desenmascarar definitivamente las maniobras y atrocidades del actual desgobierno.

sábado, 26 de fevereiro de 2022

El socialismo es para la humanidad


Adam J. Sacks
Jacobin América Latina

El objetivo final del socialismo es tan simple como hermoso: la liberación de todas las personas de la dominación, sustituyendo los sueños atrofiados y la alienación por el florecimiento humano y la creatividad.

Marx tenía un ojo agudo para el corazón en un mundo sin corazón. Desde muy joven se preocupó por la forma en que el capitalismo sumergía los «problemas humanos» en la lucha por la supervivencia material. Esperaba que llegara el día en que estos se vieran más claramente, una vez se hubiera levantado el velo opresivo del capitalismo y se hubiera creado finalmente una «sociedad humana».

En un momento en el que los socialistas están llamados a explicar su política de nuevo, es importante recordar que el socialismo siempre ha sido, y sigue siendo, un movimiento humanista que busca liberar a las personas de la dominación y la explotación, promoviendo el florecimiento individual, la creatividad e incluso el enriquecimiento espiritual en lugar de los sueños atrofiados y la alienación.

Los socialistas han mantenido durante mucho tiempo estos objetivos. Cuando el socialismo surgió como movimiento de masas a finales del siglo XIX, no era raro oírlo anunciar como el mayor avance humanitario desde el Nuevo Testamento. El socialismo, pensaban sus seguidores, podía proporcionar la renovación de conciencia necesaria para salvar la sociedad.

A principios del siglo XX, el socialista alemán Leo Kestenberg adoptó el lema «educación para la humanidad« para una Europa que se enfrentaba a un diluvio de fascismo. Esperaba que la lucha por el socialismo pudiera servir de puente hacia un nuevo humanismo radical, una sociedad que premiara la bondad en lugar de la explotación. El llamado «Papa del marxismo», Karl Kautsky, invocó la noción de una «conciencia socialista» como medio para «salvar a la nación» (tenía a Estados Unidos en mente).

Varias décadas más tarde, en su discurso de investidura ante el Parlamento chileno, Salvador Allende habló en un tono igualmente arrebatado, describiendo el socialismo como una «misión» que podría infundir sentido al país:

¿Cómo puede el pueblo en general —y los jóvenes en particular— desarrollar un sentido de misión que le inspire una nueva alegría de vivir y le dé dignidad a su existencia? No hay otro camino que el de dedicarse a la realización de grandes tareas impersonales, como la de alcanzar una nueva etapa en la condición humana, hasta ahora degradada por su división en privilegiados y desposeídos (…) Aquí y ahora, en Chile y en América Latina, tenemos la posibilidad y el deber de liberar las energías creadoras, particularmente las de la juventud, en misiones que nos inspiran más que ninguna del pasado.

Aquí estaba el corazón de la filosofía marxiana: el impulso del sujeto humano, el esfuerzo inspirado hacia el crecimiento. Rosa Luxemburgo, la gran socialista polaco-alemana, lo encarnó en su propia forma de vivir, escribiendo a una camarada:

Ser un ser humano significa arrojar alegremente toda tu vida «en la gigantesca balanza del destino» si así debe ser, y al mismo tiempo alegrarse de la luminosidad de cada día y de la belleza de cada nube… el mundo es tan hermoso, con todos sus horrores, y sería aún más hermoso si no hubiera débiles ni cobardes en él.

Con demasiada frecuencia, los críticos han confundido el lado ético y humanista del socialismo como una variante del socialismo «utópico» contra el que Marx arremetió. Marx contrapuso sus escritos a los de pensadores cuya imaginación, como Charles Fourier y Robert Owen, los llevó al terreno del hiperidealismo, si no de los vuelos casi mágicos de la fantasía. Identificó su propia obra como «científica». Sin embargo, esta palabra en castellano no capta del todo el significado del original alemán wissenschaft. Este último término implica la búsqueda humana holística del conocimiento dentro de las «ciencias», tanto naturales como humanas; en la connotación en español, la palabra «ciencia» a menudo excluye las humanidades. Pero la crítica de Marx a las condiciones actuales estaba impregnada de un compromiso con la realización de la dignidad humana: deploraba las mercancías «sin alma» del capitalismo y sus implicaciones para el ser humano.

Quizás el mayor teórico del socialismo como una especie de metamoral humanista postsecular fue Jean Jaurès, conocido por su libro de 1911 Historia socialista de la Revolución Francesa. Jaurès estudió los discursos dominantes en la Francia de fin de siglo y los encontró terriblemente anquilosados. El nacionalismo era una estrategia reaccionaria que buscaba impedir deliberadamente el pensamiento de una esfera superior. La religión oficial era una fuerza nociva cuya tan cacareada caridad simplemente encubría una nueva forma de opresión. Y los espiritualismos en boga de la época —como la teosofía, que atraía a la gente lejos de la religión organizada hacia nuevos cultos postseculares— equivalían a misticismos diletantes, que mermaban el valor de la gente para enfrentarse a las luchas de la vida real. Solo el socialismo, sostenía Jaurès, podía emancipar la conciencia humana y restaurar el sentido de las infinitas posibilidades humanas.

Más adelante, en el siglo XX, una de las voces más fuertes a favor de un marxismo de la conciencia fue Isaac Deutscher, más conocido por sus biografías definitivas tanto de Stalin como de Trotsky. Deutscher, un judío gallego que se decantó por el Partido Comunista Polaco en lugar de por el Bund, estaba en una posición única para observar tanto los desencantos del poder socialista de Estado en el Este como el pesimismo de la Nueva Izquierda en Occidente. Volvería una y otra vez a esa subjetividad humana fundamental en el corazón del marxismo. Deutscher observó que esta subjetividad humana, que ya existe dentro de cada uno de nosotros como potencial, está distorsionada, aplastada y anquilosada por el capitalismo. Reduce literalmente nuestra personalidad, lo que es perjudicial para nuestro bienestar social tanto como para nuestro sustento económico. La promesa del socialismo, para Deutscher, consistía en la expansión y reintegración de nuestra personalidad, en el redescubrimiento de partes de nosotros mismos que se habían perdido.

Tras el colapso de la Unión Soviética, una voz crítica para la esperanza humanista socialista fue la física cubana Celia Hart. Hija de la generación fundadora de revolucionarios, Hart murió trágicamente joven en un accidente de coche, pero no sin antes dar un nuevo impulso a lo que ella llamaba la «hermosa batalla». Crítica interna del socialismo de Estado cubano, defendió sin embargo el papel de los partidos políticos en la «mejora de la humanidad» y adoptó como lema una cita del poeta cubano José Martí: «la patria es la humanidad».

Pidió que se volviera a los orígenes del socialismo y se pronunció a favor de una especie de ecumenismo marxista: «necesitamos a todos los que dijeron una verdad a la humanidad». En estas tradiciones y figuras podemos ver un socialismo que ha buscado combatir no solo la escasez de bienes materiales, sino la escasez de valores inmateriales y humanistas como el respeto, la estima y la autorrealización. Los asuntos de la moral, la psique y el alma nunca han sido relegados a los márgenes, porque cada uno de ellos es integral para el libre crecimiento y florecimiento del sujeto humano.

«Espiritual, no religioso» es un tópico de nuestros días; en esta tradición, podríamos sustituirlo por el lema «socialista, no religioso», y plantear una aspiración diferente: no el fin de la historia humana, sino su verdadero comienzo.

sexta-feira, 18 de fevereiro de 2022

La desastrosa geopolítica del gobierno Bolsonaro


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

El reciente viaje del ex capitán a Rusia y Hungría en momentos en que la primera nación se encuentra sumergida en una crisis de grandes proporciones con su vecina Ucrania, no hace más que confirmar los recurrentes errores cometidos por su política exterior en estos tres años de mandato. Primero fue Ernesto Araujo, el canciller terraplanista que prácticamente expulsó por la borda toda la experiencia diplomática de los ministros de Itamaraty en muchas décadas.

Coincidiendo con su gurú Olavo de Carvalho, el ex ministro Araujo llegó a declarar, entre otras afirmaciones bizarras, que la globalización era un invento del marxismo cultural o que la pandemia del Coronavirus era una maniobra de la China Comunista para dominar el mundo.

En esta ocasión, el actual ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Franca, calificó los encuentros con sus pares como una visita regular programada desde hace un tiempo y que no tiene relación con el apoyo de Brasil a las intenciones de Rusia de mantener una zona de seguridad en su frontera con Ucrania y de paso alejar su país de la amenaza de los misiles emplazados por la Otán a través de casi toda su frontera.

Para no volver de inmediato desde el viejo continente, Bolsonaro también visitó al único líder europeo que estuvo dispuesto a recibirlo, el primer ministro de extrema derecha de Hungría, Viktor Orban. En una reunión insustancial, ambos representantes de la ultraderecha mundial intercambiaron elogios y el ex capitán lo llamo de “mi hermano dadas las afinidades que significa compartir valores que pueden ser resumidos en cuatro palabras: Dios, patria, familia y libertad”. Esta es una declaración calcada de los panegíricos fascistas en la Italia de los años 20 y, posteriormente, en la década de los treinta por las dictaduras de Franco en España y Salazar en Portugal.

Con Orbán concordaron en sancionar leyes más severas contra los migrantes y restricciones a los derechos de los grupos LGBTQIA+ por considerarlos una amenaza a la niñez y a la familia tradicional. Nada más apropiado para un encuentro que busca reforzar y articular las fuerzas de la ultraderecha esparcidas en algunos rincones del planeta.

Con esta travesía el ex capitán pretende obtener dividendos políticos y aparecer frente a sus futuros electores como un estadista preocupado por los problemas y la paz mundial, emergiendo como un protagonista en la escena de negociaciones multilaterales y como un mediador en conflictos entre países de los cuales no tiene el mínimo conocimiento. En suelo patrio, sus acólitos siguen difundiendo imágenes de un Jesús que le dice a Bolsonaro “Va e impida la guerra, Jair”, en una patética demostración de fanatismo y delirio.

Sin embargo, como siempre, el inquilino del Palacio do Planalto no pasa de un charlatán tratando de alimentar la delirante narrativa de sus seguidores, que lo han erigido como un emisario de Dios para la construir la concordia entre las naciones. En las entrevistas concedidas, el presidente mitómano volvió a insistir en una idea maliciosa que busca arrogarse el éxito de sus gestiones por la paz a una eventual retirada de las tropas rusas de la frontera con Ucrania, aunque hasta el momento dicha crisis no está del todo superada.

Pero lo cierto es que Bolsonaro se encuentra cada vez más aislado, transformado prácticamente en un paria en la comunidad internacional por sus innumerables ataques a los derechos humanos, sus gestos autoritarios, su política devastadora con el medioambiente y su negacionismo obtuso con relación al impacto de la pandemia. De hecho, en estos momentos Brasil se encuentra frente a una nueva oleada de contagiados con un crecimiento acelerado del número de fallecidos, llegando a superar los 640 mil decesos por causa del Covid19. Según la organización Médicos Sin Fronteras, el enfrentamiento de la pandemia del gobierno Bolsonaro ha sido el peor conocido entre todos los países.

Siendo un admirador declarado de Donald Trump, las relaciones con el actual presidente norteamericano Joe Biden son pésimas, comprometiendo aún más la tradición de racionalidad de la política exterior brasileña para pasar a constituirse en un tipo de disputa personal caracterizada por su desastroso desempeño para los intereses del país, generando disputas y enfrentamientos innecesarios con naciones que han mantenido estrechas relaciones económicas, comerciales y culturales con Brasil a lo largo de su historia.

En América Latina el ex capitán cuenta con escaso apoyo en la región, ni siquiera captando la adhesión de mandatarios que se pueden ubicar dentro del espectro conservador como Sebastián Piñera en Chile, Iván Duque en Colombia o Luis Lacalle Pou en Uruguay.

Hace 16 años se formalizó la creación de un bloque entre las economías emergentes que se denomina BRICS, del cual Brasil es integrante. Esta iniciativa fue construida con una relevante participación de Lula y los posteriores gobiernos del PT, que vieron en el bloque una alternativa geopolítica a la hegemonía de Estados Unidos y la Unión Europea en la definición del llamado “nuevo orden mundial”. En ese sentido, su objetivo principal es favorecer la creación de mundo institucional multipolar que a través de la cooperación horizontal supere las estrategias de dominación de los países industrializados que han ejercido un papel hegemónico en las relaciones internacionales.

Por su postura pasiva con relación al bloque, hasta ahora el gobierno Bolsonaro había sido prácticamente ignorado por los otros miembros del bloque, pero la coyuntura beligerante existente entre Rusia y Ucrania/USA/Otán posibilitó la formación de un acercamiento entre Putin y Bolsonaro, hasta el año pasado un sumiso e incondicional servidor de los caprichos de Trump.

Además, la política exterior de Brasil ha indicado un alineamiento casi exclusivo con sus pares de la extrema derecha mundial (Orbán en Hungría, Endogan en Turquía, Abascal en España, Von Storch en Alemania, Dupont-Aignan en Francia o Kast en Chile), comprometiendo seriamente el papel que antes había desempeñado la diplomacia brasileña en los asuntos internacionales. La declaración conjunta de ex cancilleres denunciaba hace poco que toda la credibilidad y el prestigio de Brasil en el ámbito diplomático se ha comprometido seriamente, siendo visto ahora como un país anecdótico e irrelevante. Para ello -dicen los ex ministros- es urgente rescatar la política exterior brasileña respetando “los principios constitucionales, la racionalidad, el pragmatismo, el sentido de equilibrio, la moderación y el realismo constructivo que ha caracterizado dicha política desde hace muchas décadas”.

Son años demasiado sombríos para la política externa brasileña. Sin perspectiva estratégica e influido por tesis conspiratorias de diversa índole, el desastre causado por los alucinados bolsonaristas resulta incalculable para las pretensiones históricas de la cancillería que deseaba transformar a esta nación en una referencia en el ámbito diplomático.

quarta-feira, 9 de fevereiro de 2022

La vivienda no puede estar sometida a la lógica financiera


Camila Parodi
Jacobin América Latina

Raquel Rolnik es una arquitecta y urbanista brasileña. Lleva más de cuarenta años como investigadora en la academia pero también como activista por los derechos humanos en la participación de políticas de planeamiento, urbanismo y el problema de la vivienda. A su vez, ha sido impulsora de las políticas de vivienda popular, urbanismo y desarrollo local en el marco del gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) encabezado por el expresidente Lula Da Silva. Entre 2003 y 2007 fue Secretaria nacional de los Programas urbanos del ministerio brasileño de las Ciudades.

En mayo de 2008, en plena crisis financiera hipotecaria, el Consejo de los Derechos Humanos de la ONU la nombró Relatora Especial de las Naciones Unidas en lo que respecta a vivienda durante seis años. En ese rol, la investigadora evaluó y acompañó las denuncias de violaciones de Derechos Humanos en materia de vivienda.

Recientemente se realizó el lanzamiento en Argentina de su último libro La guerra de los lugares: La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas, coeditado por la Editorial El Colectivo y Lom Ediciones con apoyo de la Oficina Cono Sur de la Fundación Rosa Luxemburgo. Desde Jacobin América Latina pudimos conversar con Rolnik en torno a la producción de la ciudad en el actual contexto y las posibles alternativas populares que responden a la financiarización del derecho a la vivienda.

Tu último libro, La guerra de los lugares, recientemente publicado en la Argentina, resulta un material imprescindible para repensar la ciudad y entenderla en el entramado de relaciones de poder. Allí hablas de la colonialidad del poder y de cómo impacta a través de las finanzas globales ¿Por qué es importante hablar del poder colonial hoy?

Toda la trayectoria del libro La guerra de los lugares ha salido de mi experiencia como Relatora Especial para el derecho a la vivienda adecuada para el Concejo Derecho Humanos de Naciones Unidas (ONU) a partir de 2008 que, justamente, coincidió con la crisis financiera hipotecaria. Entonces, al intentar investigar las razones y los orígenes de la crisis financiera hipotecaria, mientras hacía mi trabajo de relatora, recorriendo distintos países del planeta, me di cuenta de que estábamos ante de un proceso global, por encima de todos los procesos particulares y sus territorios.

Ahí lo tomé como una metáfora —que al final no era tanto— como una ocupación territorial del espacio construido por las finanzas. De tal manera que estamos hablando de un nuevo poder colonial ¿Por qué la idea de colonialidad es importante para intentar avanzar en nuestra comprensión de ese fenómeno? Porque estamos hablando de una triple ocupación: material, política y cultural. Se trata de una ocupación material, porque todas las partes del territorio del planeta son capturadas por una lógica de ocupación y de gestión del lugar instaurada a través de regímenes privados de control territorial con el objetivo de generar interés para el capital invertido.

Pero es también una ocupación política, porque, por ejemplo, en Brasil, cada vez que se discuten políticas públicas nacionales se anuncia en los medios: «El mercado está nervioso». Pero, ¿Qué es que el mercado «se ponga nervioso»? Es el mercado financiero. Hay algo más allá, que es abstracto, que no tiene vínculos con los territorios pero que se superpone sobre las dinámicas existentes, las controla y somete políticamente. Porque, por los «nervios» del mercado, caen presidentes, primeros ministros, coaliciones políticas, entonces es una ocupación política también.

Y finalmente, siguiendo con la metáfora de la colonialidad, esta también es una ocupación cultural. Es una imposición de ciertas maneras de organizar espacio de nuevo, si tomamos un ejemplo como los centros comerciales los shoppings centers, qué son sino una nueva manera de organizar sociabilidad y también ligadas a procesos de consumo. La imposición cultural de una manera de vivir, de una manera de existir, de estar en el planeta. La idea de colonialidad va mucho más allá de la idea del colonialismo, como algo que estuvo en el pasado. Estamos hablando de una renovación del concepto y de la presencia colonial en el planeta.

En el libro, también, mencionas que el alquiler es «la nueva frontera de financiarización de la vivienda». ¿Qué lugar ocupa el mecanismo de alquiler en el sistema financiero y cuáles deberían ser las respuestas de los gobiernos?

Es muy interesante mirarlo desde el proceso de acumulación y financiación de la vivienda. Lo que hemos podido observar en el ciclo anterior, que ha llevado hasta la crisis financiera hipotecaria, fue la promoción de la vivienda en propiedad como algo nuevo. Porque, si bien en algunos países de la socialdemocracia donde las luchas históricas de las y los trabajadores habían construido la idea de vivienda como un campo de inversión en vivienda social como una realidad, en muchos otros países fue una ilusión, como en el caso de América Latina. Pero, incluso como ilusión, también ahí estaba este cambio de que la vivienda no es un derecho social, no es parte de una política de bienestar —ya sea como realidad o como ilusión— para convertirse en una mercancía, en un activo financiero, y así han sido promovidas políticas muy amplias de inducción a la promoción de vivienda y propiedad vía crédito inmobiliario e hipotecario en todo el mundo, incluso movilizando mucho subsidio público en estas operaciones.

Las vivienda pasó a ser como un elemento de pasaje del circuito financiero, de los excedentes financieros para poder lograr interés y la vivienda. Entonces se convirtió en un activo y fue promovido también culturalmente, de tal manera que a partir de la vivienda como garantía se puede endeudar y financiar el consumo pero también financiar derechos. Es decir, financiar la educación paga, la salud privada y también como parte de la inversión de los sistemas privados de pensión, o sea, poner todo esto en un circuito permanente de valorización financiera y endeudamiento.

¿Y cuál fue el resultado?

El resultado de este primer ciclo fue una concentración enorme de lucros en gestores financieros y un ciclo de desposesión con la pérdida del valor, con la quiebra de constructoras, con ejecuciones hipotecarias. Estoy hablando mucho del proceso norteamericano. Pero después de este ciclo, el mismo modelo de promoción de vivienda y propiedad vía crédito inmobiliario también ha sido aplicado en la periferia del capitalismo. Esto lo vemos claramente a partir del modelo chileno, que luego se difundió en América Latina, en África, en varias partes de la periferia del capitalismo.

Claro que ni siquiera en la periferia del capitalismo de Europa y Estados Unidos han logrado acabar con el problema de la vivienda o el hecho de que mucha gente no tiene donde vivir o no tiene condiciones de pagar donde vivir y, por lo tanto, hay una nueva ola por todo lo que significó la emergencia habitacional en países del centro del capitalismo, toda una nueva ola de inversión la vivienda en esta segunda ola de alquiler.

El alquiler como un nuevo frente de financiarización de la vivienda, los mismos agentes financieros, gestores de finanzas globales que han sido involucrados en la promoción de la vivienda en propiedad, ahora se han convertido en señoríos, propietarios, corporativos de miles de viviendas de alquiler. Y ahora, en términos de política pública otra vez existe una promoción masiva en todas partes del mundo de la idea de que «hay que tener un sector profesional, corporativo de alquiler». Un poco con esto, abriendo el campo —que es exactamente lo que los Estados hacen— para esta nueva fuente financiera.

A su vez, fenómenos como el Airbnb, plataformas digitales de movilización del espacio construido junto con la privatización y venta de los estoques de vivienda que estaban con los bancos por las ejecuciones hipotecarias para gestores financieros. Todo este proceso también ha transformado al alquiler como un nuevo frente de finalización de la vivienda trabajando ahora mucho más con la idea de extraer el interés y rentabilidad del tiempo más que del espacio. El tiempo de permanencia en la vivienda también se convierte en unidad de extracción de valor y avanza aún más hacia una nueva forma de explotación de plusvalías. Por ejemplo, en Airbnb, la gente misma pone su trabajo y su tiempo para que las plataformas digitales puedan extraer esas plusvalías.



En el libro mencionas a las personas «sin lugar». En el contexto brasilero, el «sin techo» de hoy es el «sin tierra» de los años 80, lo que nos habla de una continuidad de la lógica de exclusión y marginación pero también de la permanente extracción de renta sobre el suelo rural y urbano ¿Cuáles son las experiencias de resistencia de las personas «sin lugar» hoy? Y, particularmente, ¿Cuál es el rol de las mujeres?

Todo este proceso activa la lucha en torno a la vivienda. Es un proceso que genera un nuevo grupo o un nuevo segmento de desposeídos y desposeídas. En el tema de la vivienda hay una presencia femenina importante, no solamente en el proceso de endeudamiento sino también en el proceso de desposesión como en la organización y la lucha por la vivienda. Entonces hay toda una nueva generación de organización y luchas en torno a la vivienda en distintas partes del mundo. Organizaciones de afectados por las hipotecas y ejecuciones hipotecarias, sindicatos de inquilinas e inquilinos, organizaciones de inquilinos, movimientos en torno al congelamiento de alquileres, a la denuncia de los alquileres abusivos, hacia una regulación. Por ejemplo, en Brasil, hay una nueva ola de ocupaciones de viviendas en las periferias pero también en áreas céntricas; San Pablo es un ejemplo muy fuerte de esta nueva ola.

Desde que la vivienda se ha transformado en un campo de aplicación financiera para las finanzas globales, la presión especulativa sobre los precios es mucho mayor, porque estamos hablando de una masa inmensa de capital financiero global que está buscando donde invertir. Hay nuevos instrumentos financieros que conectan el espacio construido con las finanzas y sus dinámicas de circulación, títulos financieros que conectan y permiten una entrada salida de los capitales. Es así que la pobre gente tiene que competir con sus ingresos bajos por la localización con este capital que está listo para entrar e invertir y con una expectativa de remuneración a mediano y largo plazo, no inmediata. Como es un activo financiero, ni siquiera es necesario que sea utilizado, entonces podemos hablar de una especie de «boom de precios inmobiliarios» que se mantiene incluso durante periodos de crisis que se conforma de manera más amplia y global.

De manera que se conforma una agenda de organización y lucha muy importante. En algunos países ya no se veían luchas en torno a la vivienda, y ahora esto renace. En países como Brasil y Argentina las luchas por la vivienda siempre han sido importantes y continúan de una manera aún más intensa.

Hablando de Brasil, este año se realizan las elecciones presidenciales. ¿Qué nos podrías decir del actual contexto y qué se juega para vos en 2022 en clave de derecho a la vivienda?

Durante la era de Lula, con el gobierno del PT, Brasil conoció una financiación de la vivienda por la promoción de vivienda vía crédito hipotecario masivamente, pero que tenía también uno de los componentes pequeños de la posibilidad de crédito a entidades por autogestión. También se construyeron viviendas por el mercado con un subsidio muy alto del presupuesto público, lo que se conoció como el programa «Mi casa, mi vida», que ha producido viviendas en la ciudad y en las afueras que efectivamente no ha logrado (por el modelo mismo, por una falla de su aplicación) garantizar la calidad de vivienda para la gente.

Pero lo que pasó después del golpe contra Dilma fue la interrupción total de los programas de vivienda. Todo el subsidio que estaba movilizado en el programa «Mi casa, mi vida» se terminó. Estamos atravesando una de las crisis más serias de vivienda que hemos visto en Brasil. La cantidad de población viviendo en la calle es algo absolutamente impresionante y en una escala como nunca había visto. La cantidad de nuevas ocupaciones también es muy grande en las periferias. Y no solo no existen políticas públicas a nivel federal del gobierno de Bolsonaro, tampoco hay a nivel estadual, municipal en las ciudades es como si nada.

En este contexto, también, creo que la lucha por la vivienda empieza a crecer. Una campaña muy importante que ha ganado mucho territorialmente en Brasil es la campaña «Cero desalojos» para impedir que la gente sea desalojada durante la pandemia. Es importante en términos de real articulación en torno a la vivienda con una cierta capacidad de aprobar algunas medidas de suspensión de desalojos que ha sido importante en algunos casos y que puso sobre la mesa el tema. Sin embargo, la decisión del Supremo Tribunal Federal donde se aprobó esta suspensión de los desalojos ya se termina en marzo.

Lo que tenemos es una situación muy complicada y creo que esto va a ser un tema importante en la campaña para las elecciones. También, el tema de las vivienda porque durante todo este periodo donde no hubo política, crecieron mucho las auto urbanizaciones y las ocupaciones de edificios, así que la lucha por la rehabilitación de los edificios ocupados, la lucha por la urbanización y consolidación de los asentamientos creo que va a ser una lucha muy importante.

Espero que haya una política importante de vivienda y que no volveremos a un programa como «Mi casa mi vida» porque creo que también esta es una discusión para todo lo que es reconstrucción poscrisis y pospandemia: un poco volver a lo que teníamos, la idea de que la vivienda y las políticas de vivienda históricamente han sido dibujadas por el sector de la industria, de la construcción civil y la industria financiera tiene que cambiar. Hay que insistir con que esto no puede ser, que las políticas de vivienda no pueden estar sometidas a la lógica financiera sino a la lógica de la necesidad de la gente y así generar políticas mucho más descentralizadas, de apoyo a las iniciativas populares vivienda, a las cooperativas que ya se organizaron, a las entidades y las experiencias de autogestión, que ya tenemos. Yo espero que tengamos un apoyo mucho mayor a estas propuestas y una visión mucho más crítica a lo que los programas de promoción masiva de vivienda en general en todas las partes del mundo incluso, no solamente, en Brasil.

Cómo planteas en tus trabajos, si miramos en clave global, existe actualmente un proceso de transformación que tiene que ver con la producción de la ciudad. Esto llevó a la reconfiguración del rol de los gobiernos locales y de los mecanismos de participación como así también la incorporación de organismos y leyes que atiendan la cuestión del hábitat. Sin embargo, muchas veces éstos se convierten únicamente en discursos, sin participación real. ¿Cuál es tu lectura sobre estos cambios institucionales?

Yo creo que la cuestión es definir el «locus de definición de la política pública». Especialmente en la política de vivienda, el locus de definición es la conversación con la industria de la construcción civil y la industria financiera y, por lo tanto, la pregunta central es cuántas nuevas viviendas podemos producir y cuánto crédito inmobiliario podemos poner. Esta es la pregunta central y no cuál es la necesidad de la gente. Cambiar totalmente el locus de definición implica hacer una lectura mucho más clara y desde abajo de las necesidades concretas de la vivienda.

También implica cortar el vínculo que hay entre las finanzas y las viviendas. Es imaginar maneras de organizar la vivienda que sean mucho menos susceptibles a la financiación. Por ejemplo, cooperativas, comicios colectivos, o sea, maneras colectivas y solidarias de organizar el vínculo con el territorio de tal manera que podemos ir generando espacios protegidos de la finalización espacios, reservados para la vida y no para la renta. Creo que esto es muy importante y que la política pública lo que tiene que hacer es apoyar estas iniciativas con recursos públicos, en vez de diseñar iniciativas que no dialogan con nadie.