Socialismo y Democracia representan la síntesis de un camino hacia la transformación política, económica, social y cultural inspirada en los principios de dignidad, justicia, libertad, equidad y solidaridad que caracterizaron la vía chilena al socialismo, de la cual me siento tributario.
quinta-feira, 4 de março de 2021
¿Quién puede detener al genocida?
segunda-feira, 22 de fevereiro de 2021
Albert Camus y 'La Peste': libertad y existencia bajo asedio
En la famosa novela del gran escritor Albert Camus (1913-1960), 'La peste', se plantean de manera magistral, lúcida y sin concesiones, los rasgos esenciales de la condición humana ante la enfermedad, quizás en su forma más severa, la epidemia, y se pone en evidencia el profundo pensamiento humanista de su autor, merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1957, a los cuarenta y cuatro años de edad. En nuestros tiempos de Covid-19, su lectura es mucho más que pertinente.
Perspectiva Histórica: pandemias de ayer y de hoy
La ruta de la pandemia ocasionada por el virus Sars-Cov-2, causante de Covid-19, que sigue provocando estragos a nivel mundial, es bien conocida: grosso modo, de Asia pasó a Europa –con especial presencia en Italia– y de ahí se extendió a todo el planeta. Precisamente el primer caso mexicano fue el de una persona que había viajado a Italia.
De inmediato, la epidemia por un virus cuyo origen todavía se discute –se habla de murciélagos, pangolines y otros posibles transmisores originarios– cobró dimensiones globales y, en el particular caso de México, tres meses y once días después de iniciada en la que hasta ese momento era la internacionalmente ignota ciudad de Wuhan, en el sureste de la República Popular China, la pandemia quedó instalada no como tema único, pero, de manera inevitable, sí como el principal, recurrente y subordinante de cualquier otro asunto, que sin remedio quedó supeditado a lo que sucediera o dejara de suceder a consecuencia de la pandemia.
Como se ha insistido desde el principio, la actual crisis sanitaria sólo puede ser comparada con la pandemia que tuvo lugar a principios del siglo xx, también ocasionada por la expansión irrefrenable de un virus, para decirlo en términos técnicos, de influenza tipo a, subtipo H1N1, pero que (des)consideraciones de orden geopolítico movieron a denominarla, no sin insidia, como la gripe española.
Entre febrero de 1918 y hasta abril de 1920, lapso que a grandes rasgos es considerado como su duración real, aquella peste cobró la vida de aproximadamente 50 millones de personas alrededor del mundo, para un porcentaje apocalíptico si se pone en la perspectiva de dos datos duros, tanto de aquel tiempo como de éste: en 1920, la población mundial rondaba los mil 800 millones de habitantes; eso significa que, en sólo veintiséis meses, la influenza de 1918-1920 cortó la vida del 2.7 por ciento de la población mundial, para un promedio de 63 mil 291 muertes diarias. Un siglo más tarde, a la Tierra la poblamos alrededor de 7 mil 500 millones de seres humanos, y aunque la cifra de contagios y decesos naturalmente sigue y seguirá aumentando durante un lapso imposible de conocer, al día de hoy no rebasa los 2 millones 400 mil muertes, para un promedio aproximado de 5 mil 700 fallecimientos diarios por Covid-19, o 0.03 por ciento de la población mundial. Por supuesto, este comparativo numérico de ningún modo tiene la intención de minimizar la emergencia y la tragedia actuales; sólo pretende mirar el actual estado de las cosas desde una perspectiva histórica.
La de principios del siglo xx y la del Covid-19, como es natural y como, a estas alturas, lo sabe incluso el menos enterado, no son las únicas –y tampoco las peores– epidemias que la humanidad ha sufrido: sería imposible agotar el registro en un espacio como éste, pero apúntense al menos un par: la tristemente célebre peste negra medieval, que en el siglo xiv cortó la existencia de aproximadamente 200 millones de seres humanos en Europa y Asia, y otra que tuvo lugar en el siglo xix, pocos años antes de la acaecida en 1918-1920: la que asoló la ciudad argelina de Orán en 1849, de la cual se hace eco La peste, la conocida novela de Albert Camus, que en los días que corren ha cobrado nueva relevancia, como resulta obvio considerando tanto el tema del libro como la relevancia mundial de su autor
Perspectiva literaria: una y todas las pestes.
Breve, concisa, espléndida y durísima, La peste no fue ni el primer libro ni la primera novela publicada por Camus: un lustro antes había dado a la imprenta El extranjero, esa otra obra maestra, así como publicado alrededor de siete títulos, entre piezas teatrales y ensayos, incluyendo esa cúspide del pensamiento occidental llamada El mito de Sísifo
Publicada en 1947 –una década antes de que Camus recibiera, a sus cuarenta y cuatro años de edad, el Premio Nobel de Literatura–, a La peste se le ha querido entender como una gran metáfora de la invasión nacionalsocialista alemana en territorio francés. Asimismo, se le ha querido interpretar como si se tratara de una enorme alegoría relativa a la amenaza permanente de la maldad, contra la cual el género humano debe permanecer alerta si acaso lo que busca es no sólo sobrevivir y prevalecer sino realmente vivir o, quizá mejor dicho, realmente existir, y que la existencia misma tenga algún sentido, para expresarlo en los términos filosóficos que alguna vez le fuesen caros al propio Camus: los del existencialismo.
En tanto La peste se hace eco de un hecho histórico verídico, sólo que adaptado a la realidad de mediados del siglo xx, cabe por supuesto la interpretación más sencilla de todas: una evocación, estremecida y estremecedora, del pasado relativamente reciente, así como una revisión de la idiosincrasia nacional del propio autor, nacido en Argelia a finales de 1913 –en otras palabras, a los cinco años de edad Camus vivía en un mundo azotado por una pandemia. No en balde, los acontecimientos de ficción de La peste tienen lugar casi exactamente un siglo después de los que asolaron a la ciudad de Orán.
Empero, y sin demérito de las interpretaciones arriba apuntadas, con su segunda novela Camus alcanzaría, y de igual manera con una novela más bien corta –apenas arriba de doscientas páginas que, dicho clásicamente, se leen de un tirón porque resulta imposible soltar el libro sin llegar hasta el final–, lo mismo que Thomas Mann tres décadas y un lustro antes, con su también celebérrima Muerte en Venecia –contextualizada, como bien se sabe, durante una epidemia de cólera–: hablar no de una, sino de todas las epidemias, presentes, pasadas e incluso futuras, como los actuales habitantes de esta Tierra podemos constatar.
En aras de comprobar lo antedicho, es grande y difícil de resistir la tentación de citar profusamente, pero se hará un esfuerzo de brevedad, comenzando por el final de la novela, incluida la idea que, para muchos, sintetiza el existencialismo según Albert Camus, que no sería otra cosa que un humanismo profundo, diríase telúrico y, en su caso, henchido de generosidad y calidez:
El viejo tenía razón, los hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux sentía que se unía a ellos. […] para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.
Lo que el narrador dice de Rieux, ese doctor infatigable para quien la piedad con sus semejantes tiene forma de persistencia, disciplina y olvido de sí mismo, es por supuesto lo que movió al propio Camus no sólo en la escritura de La peste y de otros libros suyos, en particular El hombre rebelde y El mito de Sísifo: la resistencia, casi que la obcecación ciega, contra la adversidad o la indiferencia de un mundo al que ni le sobra ni le falta la presencia o la ausencia del ser humano en su seno.
Sigue hablando el narrador, a nombre de ese espíritu noble del doctor Rieux, acerca de la conveniencia de no cantar victoria nunca, en particular si el enemigo a combatir es la peste, ya sea que se trate de un virus, del desaliento, del egoísmo o de la indiferencia respecto de la suerte del prójimo:
…sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos. Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.
El doctor Rieux y, a su personalísimo modo, el resto de los personajes que pueblan la historia –Tarrou y su desapegado escepticismo, paradójicamente no exento de ternura; el anciano Grand y su contribución tan discreta como indispensable en la ejecución de las faenas a que la epidemia obliga; Rambert, uno de quienes “llegaron incluso a pensar que seguían siendo hombres libres, que podían escoger”, más el resto, unos escépticos, otros exasperados, otros más esperanzados, otros todo lo contrario–, todos sin excepción viven, cada uno, su propia epidemia y reivindican su derecho a ser libres, así sea solamente para volver a la molicie prepandémica o, si la libertad bien entendida y mejor aprovechada es mucho pedir en medio de la tragedia, al menos reclaman su derecho -tan inalienable en la Edad Media como en los siglos xiv, xix, xx y el actual, sea en Wuhan, Orán o Ciudad de México- a seguir existiendo.
sexta-feira, 19 de fevereiro de 2021
La mentira como forma de acción política
Fernando de la Cuadra
quarta-feira, 3 de fevereiro de 2021
Brasil: Sin impeachment para el genocida
quarta-feira, 27 de janeiro de 2021
La renta básica ciudadana en tiempos del coronavirus
quarta-feira, 20 de janeiro de 2021
Na pandemia, Exército volta a matar brasileiros
Luiz Fernando Vianna
terça-feira, 19 de janeiro de 2021
La precarización violenta del trabajador brasileño
sábado, 16 de janeiro de 2021
Brasil: A estrutura da morte
sábado, 9 de janeiro de 2021
O instinto assassino de Bolsonaro
Cristina Serra
Folha de Sao Paulo
Ao confessar seu fracasso, ele deveria renunciar. Mas não tem hombridade para tal
quarta-feira, 6 de janeiro de 2021
Brasil: No hay vacuna para el necropresidente
Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia
Se cumplieron 2 años desde que el ex capitán asumió la presidencia de Brasil, en los cuales se puede constatar no solo el carácter siniestro del des(gobierno) como la compulsiva tendencia a aliarse con la crueldad y la muerte de los brasileños. Sólo de esta manera puede ser interpretada la desidia con que el ejecutivo ha asumido su combate a la pandemia que asola al mundo, ahora a través de una lentitud criminal para implementar el proceso de vacunación de los habitantes de este país.
A pesar de todas las evidencias existentes, el gobierno sigue cuestionando la efectividad de las vacunas y solicitando nuevos antecedentes para dar su visto bueno a través de la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa), una entidad que gozaba de gran prestigio antes de ser literalmente ocupada por militares activos o de la reserva sin ningún conocimiento técnico ni profesional en esta área. Resultado: La Anvisa se ha transformado en un enorme aparato burocrático que responde a directrices ideológicas emanadas de Bolsonaro y los ultraderechistas que ocupan los principales cargos de su gobierno.
En su gran mayoría, los ministros del actual gobierno se parecen más a los bizarros y patéticos personajes inventados por Roberto Bolaño en su novela “La literatura nazi en América”, un verdadero caleidoscopio de seres frustrados, fracasados, llenos de complejos e ideas estrambóticas sobre la realidad, incubando fantasías de enemigos ocultos e insufribles tesis conspirativas. Es así como se comportan algunos de los delirantes miembros del gabinete de Bolsonaro, los cuales junto a ciertos pastores pentecostales llegan a afirmar que quien toma la vacuna contra el Covid19 después se transformará en Jacaré, un cocodrilo abundante en las regiones de Amazonas y Pantanal.
Sería cómico si no fuera trágico. El país ya se aproxima a la amarga cifra de 200 mil fallecidos y casi 8 millones de infectados por el virus y las autoridades continúan paralizadas, sin ninguna voluntad de respuesta a la urgencia de iniciar una masiva campaña de vacunación. En estos momentos, cinco de los mayores hospitales de Sao Paulo se encuentran con su capacidad desbordada y con la ocupación al 100% de sus camas para pacientes con Covid19. El propio Ministro de Salud, General Pazuello, hace dos semanas que no se hace visible para dar algunas informaciones u orientaciones a la población que se mantiene expectante frente al proceso de inmunización que se desarrolla ya en muchos países. Además de la inacción del gobierno federal, la absoluta falta de coordinación entre éste y los gobiernos estaduales tiene al país entre los últimos de la fila para llegar a un acuerdo con las farmacéuticas que deben dar cuenta de una demanda excesiva.
Es desesperador para muchos especialistas en epidemiología y salud pública observar como Brasil se está quedando muy atrás en una materia de vida o muerte para los millones de personas que quieren volver a la llamada “nueva normalidad” con la seguridad y la confianza de que no sucumbirán al Coronavirus. Mientras el poder público se encuentra paralizado, clínicas privadas están negociando contratos con ciertas empresas farmacéuticas, lo cual puede representar una solución para grupos minoritarios de la población, pero nunca para la mayoría de los 210 millones de habitantes de Brasil.
Y aún más, cuando la elite de este país esté vacunada, ciertamente las presiones de los grupos más influyentes sobre el gobierno van a disminuir drásticamente, con lo cual la demora en la respuesta sanitaria a la pandemia se puede profundizar. A pesar de toda la crítica realiza por los especialistas y vehiculada diariamente por la prensa, el presidente se hace el desentendido respondiendo con un simple “todos tenemos que morir algún día”. Es la expresión más grotesca de un mandatario que le impone la muerte a miles de personas a causa de su desidia y negligencia administrativa y su apatía y desprecio por la vida ajena.
Como ya advertíamos en un artículo publicado meses atrás, la política del gobierno de Bolsonaro se sustenta en la muerte, en la noción de que al poder político le cabe la discrecionalidad de decidir entre quienes pueden vivir y quienes pueden ser eliminados, pues son vidas superfluas, residuales, “matables”. De esta manera, se establecen los estándares entre quienes hay que proteger y asegurar en sus condiciones de vida o, por el contrario, aquellos que pueden morir porque son superfluos para el sistema o porque representan una “amenaza para la sociedad” por pensar diferente o, simplemente, por ser diferentes.
Bolsonaro es la encarnación de esta visión perversa que Achille Mbembe analizó y denominó como necropolítica. Es un necropresidente de un necrogobierno que se ufana de estar consiguiendo la inmunidad de rebaño, con millones de contagiados que aumentan de manera exponencial cada día. Y que ha colocado a la cabeza del Ministerio de Salud a un militar que actúa como un subordinado y no como alguien que debe tomar decisiones vitales para velar por la salud y la vida de la población. No en vano ya es conocido como el Ministro de la Enfermedad.
La mitad de la pesadilla
Decir que este ha sido un periodo oscuro, sombrío o siniestro no es una exageración. Han sido dos años de desmonte de las políticas públicas en casi todos los ámbitos de la sociedad: educación, salud, derechos humanos, medioambiente, vivienda, saneamiento básico, infraestructura, previsión, transporte, relaciones exteriores, etc. Todavía restan dos años de mandato del ex capitán y el país continúa sumergido en una profunda crisis a todo nivel, de la cual no se vislumbra salida a corto o mediano plazo. El mismo Bolsonaro viene repitiendo regularmente que “Brasil está quebrado”, eludiendo su responsabilidad ante la insolvencia fiscal del gobierno. Creando falsas polémicas y descalificando a sus críticos, el gobierno esconde artificialmente su propia incompetencia para lidiar con los problemas de la nación.
Por su parte, los pedidos para iniciar un proceso de impeachment por crimen de responsabilidad, falta de decoro o incapacidad para ejercer el cargo, se acumulan en la gaveta del presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, que por cálculo político, cuidado excesivo o temor se ha negado a abrir cualquiera de las más de 30 solicitudes de impedimento que se han realizado en estos últimos dos años. Rodrigo Maia debe dejar su puesto en febrero, por lo cual ya se encuentran en curso las articulaciones para elegir al nuevo presidente de la Cámara.
La oposición ha conseguido con mucho esfuerzo forjar una alianza en torno al candidato Baleia Rossi, del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), el mismo partido en que milita Michel Temer, aquel vice presidente que traicionó a su compañera de lista Dilma Rousseff en el año 2016. A pesar de todos sus resquemores, el Partido de los Trabajadores apoyará la candidatura de Rossi, suponiendo que en esta compleja coyuntura es necesario sumar todas las fuerzas capaces de establecer un contrapunto o contrapoder a los ímpetus del ejecutivo de controlar al conjunto de las instancias decisorias existentes en el país.
Quizás si lo único que otorga un poco de consuelo a los conglomerados políticos opositores y a la mayoría de los ciudadanos que le han restado su apoyo a Bolsonaro, es que a partir de ahora la mitad que resta de su mandato se va a ir reduciendo cada día hasta llegar a su fin, el 31 de diciembre de 2022. Es ciertamente un consuelo pequeño, porque además siempre existe el riesgo de que, si los sectores democráticos no son capaces de levantar una alternativa unitaria y viable a la manipulación y el chantaje ejercido por los seguidores del necropresidente, esta pesadilla se vuelva a repetir por otros cuatro años.
quinta-feira, 31 de dezembro de 2020
Deseando un 2021 de luchas, salud, solidaridad y amistad...
No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje
perseguir los sueños,
destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo.
Mario Benedetti
Con la esperanza renovada para superar este año demasiado difícil, les deseo un año 2021 con mucha salud, solidaridad y amistad.
Un abrazo fraterno de Fernando
quarta-feira, 23 de dezembro de 2020
Um guia anarquista para o natal
Ruth Kinna
quarta-feira, 2 de dezembro de 2020
Brasil: Los posibles caminos para una izquierda sin miedo del futuro












