quinta-feira, 1 de julho de 2021

Mariátegui y el pensamiento decolonial

 


Fernando de la Cuadra
Jacobin América Latina

Mariátegui es resultado de su época, pero no pierde actualidad. Su obra nos sigue interpelando porque aún tiene cosas que decirnos.

Han pasado más de nueve décadas desde que Mariátegui nos dejara físicamente, pero su reflexión sigue viva y sujeta a múltiples interpretaciones. Recuperar las diversas temáticas que el Amauta fue abordando a lo largo de su breve, pero fecunda vida intelectual y militante no deja de ser un campo prolífico para quienes pensamos en la transformación de la realidad latinoamericana. Mariátegui, sin lugar a dudas, es ya un clásico.

En la medida en que —parafraseando a Ítalo Calvino— un clásico es quien «nunca terminó de decir aquello que tenía que decir». Entre las tantas aristas a partir de las que se ha recuperado la obra del pensador peruano, nos interesa aquí destacar la problemática de la decolonialidad o, más específicamente, lo que se ha construido posteriormente bajo la denominación de «pensamiento decolonial».

En su vasta producción intelectual, Mariátegui tuvo la sensibilidad y claridad para captar la impronta eurocentrista que se imponía como narrativa única y legitimada a la hora de representar los principales rasgos e itinerarios históricos de la formación política, social y cultural de América Latina. Este eurocentrismo se impone en el Perú desde el momento de la conquista, cuando la visión de mundo y «la economía que brotaba espontánea y libremente del suelo y la gente peruanos» son destruidas sin contemplaciones.

Dicho sesgo eurocéntrico también se encuentra presente en la perspectiva del materialismo histórico, el cual va demarcando los caminos inexorables por los cuales debe transitar la gesta revolucionaria. Mariátegui emprende este esfuerzo consciente por descentrar la reflexión sobre América Latina de los mandatos europeos incluso enfrentando la injusta crítica realizada por Víctor Raúl Haya de la Torre y miembros del Partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), que lo acusaron de «europeizante».

Lejos de ello, el pensador peruano fue capaz de captar la complejidad de la formación histórica y social no solo de su país natal, sino también del conjunto de la región. Una complejidad derivada de que, a pesar de que reproducen ciertos patrones de poder centralizador, también pueden transitar por caminos que los diferencian sustancialmente de los derroteros seguidos por las naciones europeas.

Así, la idea de una coexistencia de distintos «modos de producción» le permite a Mariátegui comprender las particularidades de la formación histórica y social peruana: una estructura socioeconómica desigual, contradictoria y combinada. Esas tres características se articulan y coexisten en una totalidad heterogénea que, en última instancia, se encuentra subordinada o subsumida a las formas dominantes de producción capitalista bajo una modalidad que recibió el nombre de heterogeneidad histórico–estructural.

El Mariátegui de Quijano

De forma que en la producción intelectual del Amauta ya se encuentra modelada una visión que, aun reconociendo los aportes recogidos de su estadía en Europa, no le impide tener una posición crítica de las categorías de análisis utilizadas y consagradas por una visión evolucionista y continua del devenir histórico. De aquí se desprende su crítica a la hegemonía ejercida por el constructo teórico de matriz eurocéntrica, arrojando muchas luces sobre aquello que después sería caracterizado como modalidades jerarquizadas de relaciones en torno al poder, el saber y el ser. Sin embargo, es necesario reconocer que dichas categorías no se encuentran del todo formuladas en la obra del Amauta, sino que fueron posteriormente sistematizadas por Aníbal Quijano y otros autores adscritos a la perspectiva decolonial.

En otras palabras, las impresiones de Mariátegui respecto de la existencia de relaciones o vínculos de superioridad/subordinación en la constitución de la nacionalidad peruana contribuyen conceptualmente a aquello que posteriormente sería teorizado como la «colonialidad del poder».

Esta colonialidad constituye, para Quijano, la otra cara de la modernidad: su lado oscuro, dominador. La raza, la estructura de control del trabajo y el género configuran los principales ejes sobre los que se sustenta la dinámica histórica del capitalismo moderno de matriz colonial. En ese sentido, la noción crítica de la supremacía del conocimiento como consagración de un saber válido o legitimado por medio de la empresa colonial va enriqueciendo las interpretaciones emanadas por autores que, de alguna u otra forma, adscriben al pensamiento decolonial.

Tal noción representa —en palabras del mismo Quijano— una verdadera «subversión epistémica», en tanto aporta una perspectiva original de aquello que se puede coligar a la idea latinoamericana de heterogeneidad histórico–estructural como llave interpretativa que supere las visiones rectilíneas presentes tanto en los enfoques modernizadores como en el materialismo histórico de vocación orgánica y evolucionista.

Mariátegui construye una teoría que nos aporta elementos para ser apreciados como una génesis en la enunciación de nuevas perspectivas o en la formación emergente de una racionalidad alternativa que permitiría la realización teórico–práctica de un socialismo indoamericano liberado de la marca europeizante y hegemónica de lo moderno. El pensador peruano fue capaz de elaborar una perspectiva cognitiva que fue produciendo un conocimiento diferente de aquel asentado en la racionalidad instrumental occidental.

No obstante, no existe en Mariátegui una propuesta de racionalidad alternativa expuesta con total claridad. La noción acuñada posteriormente por Quijano se encuentra de manera más bien intuitiva en la obra del Amauta, sin haber sido desarrollada de manera consciente y sistemática. Así, no habría en Mariátegui un sistema filosófico coherente e inmutable o una teoría integral, sino más bien una reflexión en forma de ensayo dentro del ámbito de la producción periodística.

En efecto, en la actualización de su prólogo de los 7 ensayos («Treinta años después»), Quijano asume la crítica de David Sobrevilla y reconoce los límites de su interpretación en cuanto a la formulación de una racionalidad alternativa por parte del Amauta. En ese nuevo escrito, Quijano señala: «Tiene razón Sobrevilla si se refiere a que en Mariátegui no se encuentran esos términos, ni señales formales de que se hubiera propuesto encontrar o producir ninguna racionalidad alternativa».

A pesar de la honestidad intelectual del sociólogo peruano, no podemos dejar de resaltar que, con todos sus desdoblamientos historicistas, el mismo Aníbal Quijano se encargaba de resaltar unos años antes el aporte indudable presente en la obra de su ilustre coterráneo, especialmente como un insumo teórico que inspira la formación de una corriente crítica de la modernidad y del capitalismo.

La construcción de un socialismo en clave decolonial

Mariátegui reconoce tempranamente el carácter diferenciado y novedoso de los procesos de edificación del socialismo vivido en los países de fuera del mundo occidental. Cuando el Amauta sostiene que este proyecto no debe ser «ni calco ni copia» sino creación inédita, intrépida y, por lo tanto, heroica, está inaugurando un proyecto de pensar su país y la región a partir de sus bases reales, de su identidad, de sus problemáticas históricas específicas, de su condición de subordinación en el llamado orden mundial. La necesidad de transformar la realidad social peruana por medio de una relectura de los clásicos marxistas.

En este proceso, el Amauta supera en un primer embate las categorías analíticas propuestas por la Segunda Internacional de realizar un examen de la realidad peruana a partir de la situación del proletariado industrial, de los operarios. Esto significaba adherir a un tipo de marxismo eurocéntrico que no condecía con su deseo de elaborar una propuesta original que reflejase la realidad de su país. Por lo mismo Mariátegui se revela contra las tesis etapistas y positivistas que contemplan un paso inevitable desde una situación de nación precapitalista a una de país capitalista que, en función de las fuerzas productivas desplegadas y por medio de reformas sucesivas, llevaría inevitablemente a las transformaciones económicas, políticas y sociales que permitirían el advenimiento del socialismo.

Simultáneamente, Mariátegui también era consciente que en nuestra América los intelectuales se habían educado según los patrones europeos y que, por ello mismo, carecían de rasgos propios, de contornos originales. Era una intelectualidad colonizada, «una rapsodia compuesta por motivos y elementos del pensamiento europeo». Ello definía desde la intelectualidad y la formación de la cultura una posición de subordinación a la condición de superioridad invocada por la narrativa eurocéntrica como fiel garante de los valores de occidente.

De manera tal que el pensador peruano tiene claro que la situación de los países de la región, a pesar de ser repúblicas oficialmente independientes, en los hechos no pasan de mantener relaciones de carácter semicolonial en un contexto mundial marcado por la fase de penetración imperialista que determina la baja capacidad soberana de nuestras naciones. En dicho escenario, las burguesías nacionales aliadas de los países expoliadores sacan provecho de esta situación y abdican interesadamente en cualquier esfuerzo por la búsqueda de cimentar la soberanía de sus respectivos países.

Tales burguesías no poseen ninguna vocación para conquistar la autonomía e independencia necesaria para el desarrollo del conjunto de los habitantes, pues mantienen una situación privilegiada en cada uno de sus países. Posteriormente, en la ponencia «Punto de vista antiimperialista» que envía a la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana realizada en junio de 1929 en Buenos Aires, Mariátegui expresa fervientemente que el interés de las burguesías nacionales radica en mantener un lazo de cooperación y subordinación con los países imperialistas; nunca en establecer una lucha por la soberanía nacional, como había sido el caso de México o China.

Las burguesías existentes en esta parte del hemisferio, «que ven en la cooperación con el imperialismo la mejor fuente de provechos, se sienten lo suficientemente dueñas del poder político para no preocuparse seriamente de la soberanía nacional». Razón por la cual «no tienen ninguna predisposición a admitir la necesidad de luchar por la segunda independencia […] El Estado, o mejor, la clase dominante no echa de menos un grado más amplio y cierto de autonomía nacional».

Por su parte, para la Komintern la problemática indígena debía ser encarada como una cuestión de lucha por la autonomía de cada nación, es decir, con la formación de las repúblicas quechua y aymara y no por medio de una solución transversal a través de la emancipación del conjunto de las clases explotadas. Los campesinos e indígenas debían permanecer siempre en una situación de subordinación con respecto al proletariado, la clase revolucionaria por excelencia.

De esta forma, el protagonismo del campesinado indígena presente en la concepción mariateguiana representaba una salida herética de los lineamientos centrales trazados para la región. En el fondo, la indiferencia por conocer a fondo otras realidades se fundamentaba en la matriz eurocéntrica de los pensadores marxistas y en el desinterés con el que trataban el problema del colonialismo que imperaba en escala mundial. Fue por esta incomprensión que el Amauta sufrió ataques y descalificaciones en la última etapa de su vida.

«No soy un espectador indiferente al drama humano»

La diversidad de temas que abordó Mariátegui a través de su breve existencia nos permite pensar en él como un intelectual abierto a una diversidad de cuestiones relacionadas con el ámbito de la política, la economía, la sociedad, la educación, la cultura, el arte, el cine, la literatura y el psicoanálisis. En vida, al Amauta no le fue ajeno casi ningún tema que lo rodeaba y que inspiraba su pluma. En su exposición, no pretende ser neutro o indiferente a cuanto observa, y su compromiso con las luchas sociales concretas lo perfilan como un pensador coherente con una praxis cotidiana.

Como señala en la advertencia de sus 7 ensayos: «Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales de mis sentimientos, de mis pasiones». O como expone con meridiana claridad en su «Presentación» de La Escena Contemporánea: «Sé muy bien que mi visión de la época no es bastante objetiva ni bastante anastigmática. No soy un espectador indiferente del drama humano. Soy, por el contrario, un hombre con una filiación y una fe».

En Mariátegui todo es parte del proyecto de trasformar la sociedad que le toca vivir. Los temas que abordó continúan plenamente vigentes. Con todos sus desdoblamientos contemporáneos, las reflexiones del Amauta se nos presentan con una actualidad sorprendente. Resistente a la racionalidad reduccionista y tecnocrática de origen eurocéntrica, el arsenal conceptual de Mariátegui abrirá nuevos rumbos para construir una historia diferente, genuinamente peruana y latinoamericana. En su obra se condensan los cimientos de un tipo diverso, multifacético o alternativo de racionalidad que se enfrenta a la racionalidad instrumental de cuño eurocéntrico. Su pensamiento se entronca con las matrices fundantes de las cosmovisiones andinas, que hunden sus raíces en una historicidad milenaria despreciada por los colonizadores.

En tal sentido, su rescate del comunitarismo indígena y campesino se opone radicalmente a la perspectiva de esa racionalidad moderna instrumental (logos) que se contradice con la presencia de relaciones basadas en la reciprocidad, la cooperación, la solidaridad, el respeto mutuo y la fraternidad. En la obra del Amauta se encuentran los elementos para concebir un tipo de modernidad que es a la vez inclusiva, ética y emancipatoria; una modernidad en la que las clases populares, los sectores explotados y segregados, puedan tener la posibilidad de participar activa, autónoma y colaborativamente en la formación de sus proyectos de vida. Esta visión es la que da sustento a su idea de un socialismo a partir de una racionalidad distinta, indoamericana.

Mariátegui es resultado de su época, pero no pierde actualidad. Su obra nos sigue interpelando porque aún tiene cosas que decirnos. Al igual que Gramsci en sus escritos de la cárcel, Mariátegui es un hombre con una fe inagotable y con un optimismo sustentado en la voluntad del hacer. Su contribución y su creencia en la naturaleza humana siguen vigentes precisamente porque vivimos un periodo de restauración conservadora y de resurgimiento de tendencias racistas y xenófobas. En este contexto adverso y sombrío, su palabra y su praxis representan un estímulo innegable para seguir pensando las posibilidades de la utopía y la concepción de caminos emancipatorios para América Latina.

quarta-feira, 30 de junho de 2021

Macpherson y su visión inspiradora para un futuro socialista democrático


Matt McManus
Jacobin América Latina

El pensador canadiense C.B. Macpherson insistía en que el «individualismo posesivo» del capitalismo limitaba el florecimiento humano. En su lugar, quería una sociedad socialista democrática en la que las personas pudieran establecer relaciones significativas y expresar todo el espectro de la individualidad humana.

C. B. Macpherson era una leyenda en los círculos de la teoría política canadiense, conocido por su lectura minuciosa de difíciles textos teóricos. Consiguió sacar a la luz supuestos y tensiones ocultas con una rara combinación de agudeza académica y mordacidad. Pero como autor de libros con títulos áridos como Democratic Theory: Essays in Retrieval y Democracy in Alberta: Social Credit and the Party System, la reputación de Macpherson quedó en las puertas de la universidad.

Por suerte, el excelente libro reciente de Frank Cunningham, The Political Thought of C.B Macpherson, nos ofrece una visión más completa e interesante tanto del hombre como del núcleo socialista democrático de sus escritos. En las hábiles manos de Cunningham, Macpherson se revitaliza como una figura que no sólo puede enseñarnos sobre las limitaciones y fortalezas de la tradición liberal clásica, sino que puede ofrecernos una visión inspiradora para un futuro socialista democrático.

¿Qué es el individualismo posesivo?

La obra que dio a conocer a Macpherson fue Teoría política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke. Nominalmente una historia de la teoría política inglesa de principios de la modernidad, el libro tenía ambiciones mucho más grandes.

El objetivo de Macpherson era analizar las raíces de lo que denominó “individualismo posesivo”: la idea de que en el estado de naturaleza cada uno de nosotros es un individuo atómico, separado de todos los demás, definido por una búsqueda incesante del deseo que nos exige desarrollar nuestras habilidades y trabajo para adquirir lo que queremos. Los seres humanos naturales no deben nada a la sociedad ni a los demás, ni a la hora de desarrollar sus capacidades ni de disfrutar de sus bienes.

Lejos de ser natural, Macpherson demuestra que el individualismo posesivo surgió gracias a una combinación contingente de acontecimientos históricos y nociones ideológicas cambiantes. En particular, los enfrentamientos entre el absolutismo aristocrático y el parlamentarismo capitalista en la Gran Bretaña del siglo XVII proporcionaron un terreno fértil para que filósofos como Thomas Hobbes, James Harrington y John Locke concibieran la naturaleza de la sociedad siguiendo las pautas del mercado.

Según estos teóricos, la propiedad surge al mezclar el trabajo con la materia, lo que crea un derecho a lo que se produce. Un agricultor que pone una valla alrededor de una parcela y luego labra la tierra está mezclando su trabajo con la tierra, que en consecuencia se convierte en su propiedad junto con las zanahorias y las papas que brotan de ella.

Este ideal de trabajo -deberíamos quedarnos con lo que trabajamos- ha sido ideológicamente poderoso. Los conservadores todavía lo utilizan para justificar las grandes desigualdades. Pero como señala Macpherson, el ideal de trabajo es inviable incluso como base moral de la sociedad capitalista. Si es cierto que tenemos derecho a los frutos de nuestro trabajo, ¿Cómo es que los trabajadores hacen algo pero los capitalistas tienen entonces derecho a ello como su propiedad? Al fin y al cabo, no fue Ray Kroc quien hizo un millón de hamburguesas ni Donald Trump quien construyó la Torre Trump. Si realmente creemos que la gente tiene derecho a lo que ha trabajado para crear, entonces es imposible defender el sistema capitalista.

La solución de Locke fue extender la noción de contrato a la relación entre los empresarios capitalistas y los trabajadores. Argumentó que los trabajadores no tienen derecho a quedarse con lo que ganan si han acordado contractualmente trabajar para su empleador.

Por supuesto, los trabajadores podrían negarse a entregar lo que han creado y decidir disfrutarlo ellos mismos. O podrían decidir unirse y exigir democráticamente cambios en la sociedad. Los individualistas posesivos, por tanto, llegaron a reconocer la necesidad de un Estado poderoso que pudiera garantizar los derechos de los empleadores a vivir de lo que produjera el trabajo de sus empleados.

La ironía es que el individualismo posesivo pasó de concebir a las personas como átomos que no debían nada a nadie más, a exigir un leviatán que salvaguardara los intereses de unos pocos privilegiados. Como dice Macpherson casi al final de Individualismo: “No se trata de que cuanto más individualismo, menos colectivismo; más bien, cuanto más exhaustivo sea el individualismo, más completo será el colectivismo”.

Repensar el individualismo liberal y el socialismo

La historia crítica del individualismo posesivo de Macpherson constituye la piedra angular de su legado. Pero Cunningham nos recuerda que, además de ser un agudo lector del pensamiento liberal clásico, Macpherson fue también un socialista democrático que dedicó mucho tiempo a teorizar sobre los problemas del capitalismo contemporáneo y lo que podría sustituirlo.

El socialismo de Macpherson surgió de su creencia de que el capitalismo impedía a los seres humanos desarrollar plenamente sus “poderes productivos” y sus “capacidades”. Los mercados capitalistas generan estratificación: unos pocos elegidos se dan el lujo material de desarrollar sus capacidades, mientras que todos los demás se limitan a mejorar el estrecho abanico de habilidades necesarias para desempeñar su trabajo. Además, las sociedades individualistas posesivas cultivan un sentido del yo atomista y alienante que anima a los individuos a competir por bienes y honores escasos. La codicia es buena e inevitable. El trabajo del Estado, mientras tanto, es fomentar la competencia capitalista hasta el punto en que los individuos comienzan a dañarse físicamente unos a otros – e incluso esa línea puede ser cruzada si el capital exige, por ejemplo, una intervención imperialista o la supresión de movimientos radicales.

Macpherson insistía en que el liberalismo tenía razón al enfatizar el valor del individualismo –criticando a los estados socialistas autoritarios por pisotear la libertad individual– pero que se equivocaba al asumir que el único tipo de individualidad era el posesivo. A los ojos de Macpherson, es mejor un “individualismo normativo” en el que cooperamos unos con otros para formar comunidades significativas y democráticas que facultan mutuamente a sus miembros para expresar su individualidad. Esta posición se asemeja a lo que he llamado el individualismo “expresivo” en lugar de “posesivo” de John Stuart Mill. Pero Macpherson le da un tinte mucho más democrático.

Este argumento tiene mucho que gustar. El individualismo atomista y posesivo es teóricamente inverosímil y empíricamente poco sólido. Las personas construyen su sentido del yo no simplemente trabajando y adquiriendo, sino formando relaciones significativas y desarrollando y ejercitando sus diversas capacidades. La sociedad individualista posesiva es indeseable precisamente porque su manía competitiva erosiona las relaciones humanas y, lo que es peor, porque sus desigualdades significan que muchos nunca podrán desarrollar más que una fracción de sus capacidades.

Al mismo tiempo, Macpherson tiene razón al afirmar que no debemos correr en dirección contraria, subordinando el individualismo al tradicionalismo cultural (como insistirían los críticos socialmente conservadores del liberalismo) o a los movimientos políticos (como ocurre con algunos experimentos socialistas). Por el contrario, nuestro objetivo debería ser crear una sociedad más sinceramente individualista que reconozca que ser capaces de formar conexiones profundas con otros y potenciarse mutuamente en la búsqueda de la buena vida es lo que nos permite ser verdaderamente autodeterminados y libres.

La democratización es un complemento necesario, ya que nos permite deliberar sobre el tipo de mundo compartido que queremos construir. No por casualidad, ésta es una de las razones por las que los individualistas hiperposesivos como los neoliberales desconfían tanto de la democracia.

Macpherson y el neoliberalismo

Cunningham dedica gran parte de su libro a aplicar el pensamiento de Macpherson a cuestiones contemporáneas, desde el neoliberalismo hasta las luchas feministas y por la justicia racial. Reprocha, con razón, a Macpherson por respaldar los objetivos de los movimientos de derechos civiles y feministas sin abordar las cuestiones que estos plantean, una omisión desafortunada, ya que ambos habrían aportado al análisis del individualismo posesivo de Macpherson.

Por ejemplo, Domenico Losurdo señala que los argumentos de Locke a favor del individualismo posesivo no sólo fueron fundamentales para justificar la coerción capitalista en los países del Norte (el argumento está bien resumido por mi difunto amigo Connor O’Callaghan); también animaron la denigración de Locke del trabajo de los indígenas como ineficiente y su argumento de que no tenían derecho a la tierra que habían habitado durante siglos. Era mucho mejor que fueran sustituidos por colonos blancos trabajadores e industriosos que realmente hicieran un buen uso de ella.

Una de las secciones más interesantes del libro de Cunningham es aquella en la que extiende el análisis de Macpherson al tema del neoliberalismo. Muchos liberales clásicos e igualitarios seguían manteniendo ideales humanistas de justicia e igualdad moral que les hacían ser escépticos a la hora de extender la lógica del individualismo posesivo a todos los ámbitos de la vida. Algunos pensadores liberales como Mill llegaron incluso a la conclusión de que el liberalismo y el capitalismo eran fundamentalmente incompatibles.

Los pensadores neoliberales no tenían esos recelos: elaboraron una teoría de “mercado puro”, sostiene Cunningham, que reducía el ideal liberal a lo que requería el capital. Macpherson murió en 1987, durante los días de gloria de las contrarrevoluciones de Reagan y Thatcher. Estaba profundamente preocupado por sus ataques al estado de bienestar y al régimen democrático, y argumentaba enérgicamente contra figuras como Milton Friedman que el neoliberalismo no se ajustaba ni a la justicia ni a la naturaleza humana.

Aquí creo que debemos separarnos de Macpherson y de Cunningham. Yo diría que el neoliberalismo resulta interesante precisamente porque es el momento histórico en que los defensores del capitalismo se dieron cuenta de que el individualismo posesivo no reflejaba la naturaleza humana. La mayoría de nosotros no pensamos en nosotros mismos (ni queremos pensar en nosotros mismos) como máquinas desconectadas y sibaritas que compiten entre sí, deseosas de transformar nuestras propias personalidades en capital social.

Reconociendo esta realidad, y queriendo acelerar la colonización del mercado en todas las esferas de la vida, los neoliberales trataron tanto de aislar al capitalismo de las presiones democráticas como de construir instituciones que pudieran remodelar a las personas a la imagen del individualismo posesivo. Al mismo tiempo, intentaron injertar sus ideas en las instituciones del orden internacional liderado por Estados Unidos, desterrando para siempre el espectro de la socialdemocracia y, donde existía, del socialismo.

El proyecto neoliberal tuvo un éxito magnífico durante un tiempo, y sólo recientemente hemos visto una revuelta generalizada contra el esfuerzo de meter toda la humanidad en el saco del individualismo hiperposesivo. Si esto terminará con una política de izquierdas renovada o con una explosión reaccionaria es una cuestión abierta. Pero la visión socialista democrática de Macpherson puede inspirarnos a pensar más ampliamente en los zig-zags ideológicos de los defensores del capitalismo, y en los elementos positivos del liberalismo que pueden extraerse de su contradictorio legado.

segunda-feira, 28 de junho de 2021

Genocida y corrupto: el desenmascaramiento de un gobierno embustero

 


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

En las últimas semanas, el gobierno Bolsonaro viene acumulando evidencias de corrupción en diversos ámbitos del quehacer nacional. De hecho, el ministro de (la destrucción del) medioambiente, Ricardo Salles, tuvo que renunciar debido a los procesos por los que está siendo sometido en la justicia por favorecimiento ilícito y por la exportación irregular de maderas a Estados Unidos y Europa. Estas maderas habían sido confiscadas anteriormente por la Policía Federal y devueltas a las empresas que realizaron la tala ilegal, a través de una ordenanza promulgada por el propio Salles. Durante su administración, el ex ministro fue desmontando todo el sistema de control y vigilancia del IBAMA y el ICMBio destinado a preservar los diversos ecosistemas brasileños (Amazonas, Sierra Atlántica, Pantanal, Cerrado central, etc.). Su papel en el ministerio fue, resumidamente, el de poner la máquina del Estado al “servicio” de corporaciones que ocupan ilegalmente las tierras en extensas regiones de frontera (grileiros) y de no fiscalizar las actividades extractivistas y la explotación de recursos realizadas por empresas mineras, forestales, agrícolas y pecuarias (estas últimas especialmente dedicadas a la producción de soja y ganado vacuno).

De esta forma, el ex ministro restringió al máximo la labor de los funcionarios de ambos institutos y pasó a entregar las tareas de protección del medio ambiente a miembros de la Policía Militar en los diversos Estados de la Unión, para favorecer la impunidad de los crímenes ambientales cometidos durante los últimos dos años. Ello se realizaba a pesar de los innumerables reclamos y resoluciones contra Brasil instauradas por organismos internacionales e, incluso, por empresarios de otros países, que dejaron de importar los productos brasileños como forma de presionar al gobierno por los innumerables crímenes ambientales ocurridos en el último periodo (quemadas descontroladas, incendios intencionales, devastación de los bosques, contaminación de ríos, lagos y napas subterráneas, destrucción de la biodiversidad y un largo etcétera).

En resumen, la salida del ex ministro se hizo inevitable cuando las autoridades ambientales de Estados Unidos devolvieron cargamentos de madera extraída ilegalmente y condenaron las acciones de Salles y sus colaboradores ante la justicia brasileña, razón por la cual se encuentra actualmente bajo investigación.

Pero no solo eso, Salles ha permitido también la invasión de territorios consagrados por la Constitución para los pueblos originarios bajo la modalidad de Reservas Indígenas, y en algunas de ellas las comunidades han sido atacadas con armas de fuego por grupos dedicados a la extracción de oro y otros minerales valiosos (garimpeiros), hiriendo y asesinando en algunos casos, a ancianos, mujeres y niños Yanomamis, Guaraníes, Kaiowás y de otras etnias nativas. En síntesis, desde que Bolsonaro asumió la presidencia la presencia creciente de madereros, ganaderos, grileiros y garimpeiros en esos territorios, han provocado una seria amenaza a la vida de dichas comunidades indígenas en la región amazónica y en diversas áreas habitadas por pueblos originarios.

Por otra parte, estudios realizados por el epidemiólogo e investigador Pedro Hallal en el marco de la crisis sanitaria, han demostrado que las comunidades indígenas han sido las más afectadas por la pandemia. Según ese estudio difundido recientemente, estas comunidades tienen en promedio 5 veces mayor riesgo de contraer el Coronavirus que el del resto de la población nacional. Los fallecimientos ocurridos entre los pueblos indígenas debido a la omisión y el abandono de que han sido objeto por parte del Estado brasileño, es una razón más que se suma a la acusación de genocidio que interpuso el Tribunal Penal Internacional, así como otras denunciadas efectuadas por organismos internacionales en defensa de los Derechos Humanos.

El presidente se hace el ofendido cuando lo acusan a él y a su administración de incentivar el genocidio. Pero, en rigor, que nombre se puede dar a un mandatario que ha dejado a su pueblo a merced de una pandemia sin tomar ninguna actitud frontal de combate a la enfermedad y que con su inacción y negligencia ha causado la muerte de millares de ciudadanos. Recapitulando la historia, ya sabemos de sobra que desde el inicio de las primeras defunciones causadas por el Covid-19, Bolsonaro desconoció la gravedad del propio virus y la velocidad con que avanzaban los contagios, descalificó y boicoteó las medidas de distanciamiento recomendadas por todos los especialistas y desestimuló el uso de máscaras. Por último, lo que ha sido más grave, es que el gobierno a su mando paralizó durante meses la compra de vacunas por ignorancia, prejuicio (le decían la “vachina”), indolencia y, agregaría, para satisfacer el instinto de muerte del presidente, como ya ha sido resaltado por diversos y connotados psiquiatras.

Reforzando su pulsión de Tánatos, el gobernante apostó en la inmunidad de rebaño e insistió en sabotear las medidas recomendadas inclusive por sus cuatro ministros de salud, argumentando que con toda la población contagiada el virus ya no tendría más efecto y la actividad económica volvería a recuperar su dinámica pre-pandemia.

De esta manera, el mandatario genocida se transformó en el mayor cómplice del virus, que con su política irresponsable y negacionista, permitió que el contagio se diseminase rápidamente por todo el país, generando incluso una nueva variante (Gama), causando el deceso de más de 510 mil personas e infectando hasta este momento a 18,4 millones de habitantes.

La corrupción salta al escenario

 A pesar de que su principal discurso de campaña era de combate a la corrupción, el gobierno enfrenta ahora las acusaciones de un funcionario del sector de importaciones del Ministerio de Salud, Luis Ricardo Miranda, que habría sido objeto de presiones dentro del ministerio para firmar un contrato y repase adelantado de recursos (US$ 45 millones) para una sociedad offshore (Madison Biotech) con sede en Singapur, un país considerado un paraíso fiscal. El repase de recursos correspondería al pago de una factura por la compra de la vacuna Covaxin fabricada por el laboratorio farmacéutico indio (Bharat Biotech). Esta sería una primera entrega de la vacuna, pues el contrato global estipula la importación de 20 millones de dosis del inmunizante por un valor que asciende a los trescientos millones de dólares.

Luis Ricardo se negó a firmar este primer adelanto y denunció la situación a su hermano, el diputado federal Luis Claudio Miranda para que éste informase de la irregularidad al presidente Bolsonaro. Luego de una reunión entre los tres el día 20 de marzo, el gobernante quedó de tomar providencias y pedir a la Policía Federal para que investigase el caso. Hasta ahora nada fue realizado y el affaire finalmente salió ventilado a la luz pública, razón por la cual los hermanos Miranda fueron citados a la CPI del Covid, donde expusieron en detalle las sinuosidades y truculencias del ahora llamado Covaxin-gate.

Resumiendo, el presidente está siendo acusado de prevaricación, que es cuando una autoridad que conoce la existencia de un delito, no lo denuncia por negligencia o interés propio. En este caso, Bolsonaro deseaba encubrir al principal protagonista de este esquema de corrupción, que es precisamente el líder del gobierno, diputado Ricardo Barros. Es decir, están dados todos los elementos para considerar que Bolsonaro cometió un crimen al conocer las irregularidades cometidas por un miembro de su base y no hacer nada para indagar y contener la secuencia de ilícitos cometidos por este diputado y la empresa importadora de la vacuna Covaxin (Precisa Medicamentos), vinculada a la mencionada oficina de contabilidad fantasma con sede en Singapur. Es una madeja compleja que se ha ido desenredando poco a poco en el transcurso de estos días y que se suma a otras actividades de corrupción que venían siendo realizadas por el gobierno Bolsonaro, las que incriminan a muchos políticos de partidos aliados.

En su reciente libro, Como remover un presidente, el abogado y académico Rafael Mafei se pregunta por qué el actual mandatario no ha sufrido un proceso de impeachment, si viene sumando casi que diariamente infracciones a la constitución, entre ellos: amenazas e intentos de intervención a los otros poderes del Estado, perdida de decoro, abuso de autoridad, favorecimiento irregular y otras muchas transgresiones que se acumulan desde que asumió el cargo. En total, ya existen más de 130 pedidos de inhabilitación del presidente que se acumulan en el escritorio del presidente de la Cámara, diputado Arthur Lira. Hasta ahora aliado de Bolsonaro, Lira entiende que no están dadas las “condiciones” para iniciar un proceso de impedimento, a pesar de las innumerables pruebas que se han presentado en contra el ex capitán. Tal como señala el profesor Mafei: “Hasta aquí, los presidentes se preocupaban al menos en disimular la intención de agredir la Constitución. Él, al contrario, comete crímenes de responsabilidad en serie, abiertamente y de modo ostensivo. Cada comportamiento ultrajante e indecente busca sacar el foco de una infracción anterior. Bolsonaro y sus apoyadores son maestros en el arte de usar el crimen de hoy como distracción para el delito de ayer”.

Es cada vez más consensuado el hecho de que Bolsonaro está causando un grave daño a la población, a las instituciones y a la economía del país y que su narrativa anti corrupción se desmorona sistemáticamente con los escándalos que aparecen cotidianamente. En ese sentido, la opción del impeachment adquiere nuevamente fuerza, incluso para la clase empresarial y para algunos círculos políticos que hasta no hace mucho tiempo atrás lo apoyaban fervientemente. ¿Será que la derecha política, los empresarios y la jerarquía de las Fuerzas Armadas seguirán sustentando un gobierno que se ha ido descomponiendo también en sus “supuestas acciones” de enfrentamiento a la corrupción?

En mensajes intercambiados por los hermanos Miranda antes de encuentro con el presidente Bolsonaro, uno de ellos escribió: “Hoy descubriremos si Bolsonaro es cómplice u honesto”. A esta altura, parece que para los brasileños está claro que el gobierno del ex capitán no solamente ha sido el causante de un genocidio sin precedentes en la historia del país, sino que también, a pesar de su relato fraudulento, se encuentra contaminado con la lacra de la corrupción y las actividades criminales dentro del Estado, que asolan a este país desde épocas inmemoriales.

sábado, 12 de junho de 2021

Bolsonaro é a crise sanitária


Cristina Serra
Folha de Sao Paulo

Cada vez que abre a boca, alastra a praga e espalha veneno

Jair Bolsonaro é como o vampiro de um conto de terror, insaciável em sua sede de sangue. Ele deu prova disso, mais uma vez, ao tentar flexibilizar o uso de máscaras. Para a imensa maioria da população brasileira, que não pode se dar ao luxo do trabalho em casa e é obrigada a sair em busca do pão de cada dia, a máscara e o álcool em gel são as duas únicas medidas de proteção, enquanto não tem vacina para todos e, sabidamente, existe o risco de reinfecção.

Como fazer distanciamento social em ônibus, trens e metrôs lotados? Com o nível de contaminação no Brasil, falar contra o uso de máscaras é, praticamente, tentativa de homicídio. Bolsonaro se esmera em confundir e desinformar. Esse aspecto do descontrole da pandemia entre nós foi destacado pelo médico sanitarista Claudio Maierovitch e pela microbiologista Natalia Pasternak, em depoimento à CPI da Covid. Desinformação mata.

Ambos assinalaram que uma pandemia só pode ser controlada com grande esforço coletivo. Daí a necessidade de campanhas permanentes de informação e esclarecimento. Bolsonaro faz o contrário. Estimula a população a ser agente de propagação da doença.

Bolsonaro é a crise sanitária. Cada vez que abre a boca, alastra a praga, pulveriza nuvens de pestilência, espalha veneno. É como um experimento altamente tóxico que escapou aos controles do laboratório. Mas, no comando do genocídio, ele não está sozinho. Tem o inacreditável suporte do Conselho Federal de Medicina, que deveria estar na vanguarda da defesa da ciência e da população, mas que advoga uma genérica "autonomia médica". Lava as mãos covardemente. Vai ficar por isso mesmo?

Quem ganhou dinheiro com a falcatrua do "tratamento precoce" também é cúmplice da carnificina. Essa é uma linha de investigação a ser aprofundada pela CPI. Bolsonaro tudo faz para derrubar o nosso sistema imune, em múltiplos sentidos. O risco que corremos é o de uma septicemia.

segunda-feira, 7 de junho de 2021

“De Dilma a Bolsonaro”, una tragedia en curso: un libro necesario para la comprensión del Brasil actual


Paul Walder
El Clarín de Chile

Qué ha pasado en Brasil. En el curso de tan pocos años el país del fútbol y el carnaval ha mutado en una escena amarga, morbosa y mortuoria. Un tiempo que ha corrido con una prisa extrema para acabar en un circo macabro liderado por un payaso perverso. Qué cerca está todavía aquel Lula da Silva en el inicio del siglo XXI de estos momentos sin carnaval, ni fiesta, ni fútbol.

De Dilma a Bolsonaro. Itinerario de la tragedia sociopolítica brasileña, Ril Editores, 2021, es un libro escrito en el curso de una de las mayores crisis brasileñas. Un trance profundo y oscuro en el centro de gravedad sudamericano que el sociólogo chileno Fernando de la Cuadra nos narra con una precisión y cercanía a los hechos de este desbarranque histórico.

Una narración desde el inicio de la caída en el gobierno de Dilma Rousseff que sigue por los pasillos de la corrupta política y las maniobras en la sombra para desmantelar las políticas progresistas del Partido de los Trabajadores.

De Dilma a Bolsonaro es también un análisis desde categorías sociales y políticas que trasciende sus áreas hasta los medios de comunicación, las redes sociales y la violencia en las calles. Una narrativa que lleva consigo en la mayor amplitud el derrumbe de Brasil y busca dar respuesta a la mayor pregunta de todas. ¿Qué pasó para llegar a esto? ¿Hubo siempre, bajo los bailes y el fútbol un fascismo larvado? “Un proyecto de nación, que aspiraba a transformar Brasil en una gran potencia mundial, respetada en los foros mundiales, con un papel geopolítico estelar y miembro fundador de los BRICS, se fue reduciendo a un país sin ninguna relevancia e influencia a escala global y casi diría en una especie de paria en el concierto internacional de naciones”.

Es una narración cronológica, que pasa por distintas estaciones que anunciaban el accidente. Son textos que el autor publicó en diversos medios digitales, entre ellos El Clarín de Chile, y que conforman el itinerario de la tragedia sociopolítica en curso. Paso a paso, en un permanente descenso a los abismos de la política, tan conocidos y padecidos en nuestra región.

Fernando no oculta sus lecturas ni citas. Gramsci, Maquiavelo, Max Weber y Marx, cómo no, Hanna Arendt, Hobbes, Durkheim, Chomsky, Zygmunt Bauman… aparecen nombrados y citados como bases analíticas y comparativas. Y en el caso del fascismo, Umberto Eco, Primo Levi, Enzo Traverso para comprender el hundimiento de esta nación continente que “ha sido marcada por la combinación de una visión retrógrada y autoritaria de la sociedad, con la tentativa de imponer valores religiosos de matriz pentecostalista mezclados con una falsa moral en defensa de la familia y de la tradición”.

Un Brasil reducido a su peor expresión, exprimido de su fuerza social por hacendados subordinados a los intereses del gran capital. El lucro por delante y la religión como vertiente política fundamentalista pero especialmente irracional. Apocalípticos y terraplanistas, cultores de la muerte y nostálgicos de la dictadura, racistas y negacionistas en una deriva que nos llena de terror. La historia trágica centroeuropea puede decantar en una peor versión amazónica.

Fernando busca un momento para dar inicio a este drama. Un punto de corte es la Copa del Mundo de fútbol hacia finales de la primera década de este siglo. Una Copa que no arranca, fría, gris, incómoda, escribe Fernando. Una fiesta innecesaria llena de lujos que el país no está en condiciones de asumir tras el impacto global de la crisis de las hipotecas subprimes. Este es el inicio del gran drama brasileño, una Copa que se levanta a la fuerza y que no augura nada bueno. Ni para el país ni para el fútbol brasileño que el 2014 tiene tal vez la peor derrota de su historia al caer en Minas Gerais por 7 a 1 contra la selección de Alemania.

Es la derecha con sus medios que halla en la crisis económica la brecha para capturar al gobierno de Dilma. Una fractura que se extiende a través de todas las operaciones políticas judiciales, Lava Jato, Petrobras, Odebrecht y otros, hasta llegar al desmantelamiento no solo del programa social e inclusivo sino de la misma democracia. “Todos los indicios existentes permiten sostener que el golpe venía siendo urdido desde el mismo día en que Dilma Rousseff venció en las elecciones del 2014”. Y una vez consumado el golpe los demonios políticos ya están desatados.

Un interregno con Michel Temer, un personaje sin carisma, impopular, para consolidar el desastre. Un tiempo, escribe Fernando de la Cuadra, que fortaleció las posiciones más reaccionarias con figuras como Jair Bolsonaro y el auge de pastores evangélicos ultra conservadores que conducen a sus iglesias como rebaños obedientes y acríticos de la realidad. “Con un discurso simplista y antipolítico estos personajes surgen en momentos de desajuste y se presentan como seres mesiánicos que salvarán a la patria de todas las penurias”.

No hubo que esperar mucho para que el fascismo hiciera su aparición. El Ur-fascismo, o fascismo eterno de Umberto Eco y su apelación a unas clases medias frustradas por la crisis y la pérdida de sus niveles de vida. Unas clases medias que buscan a un chivo expiatorio para descargar su rabia y en su desorientación eligen lo que está a mano. El fantasma centroeuropeo vuelve al trópico y se encarna en este excapitán racista, negacionista, fundamentalista religioso, nostálgico de la dictadura y las torturas y profundamente anti izquierdista.

Lo que ha venido es el delirio de “un psicópata genocida de presidente”. No ha bastado con incendiar el Amazonas, en su odio patológico ahora deja morir a su pueblo. La pandemia hace estragos en Brasil mientras Bolsonaro se mofa de la OMS y del cuerpo médico. Con casi 17 millones de casos de Covid-17 y 473 mil muertes el país vive un drama político y humanitario.

Fernando de la Cuadra, que vive y padece esta tragedia en Brasil, no nos deja en el infierno. Bolsonaro no ha logrado dar el autogolpe ni invocar al Ejército para imponer una nueva dictadura. Y la izquierda sigue viva, Lula está libre y el tiempo corre hacia una nuevas elecciones en una creciente atmósfera de movilizaciones. Un libro necesario para comprender este trance entre los demonios políticos que azotan nuestra Sudamérica.

terça-feira, 1 de junho de 2021

Copa América: Un circo macabro sin pan


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

La decisión del (des)gobierno Bolsonaro de ser anfitrión de la próxima Copa América representa un escarnio sobre su población, en momentos en que el país se aproxima con alarmante velocidad hacia los 470 mil fallecidos por la pandemia del Covid-19. Los números elevados de casos de contagios registrados en los últimos días, indican que la circulación intensa del coronavirus se encuentra descontrolada en el país. A eso hay que sumar los problemas con la lentitud de la inmunización de las personas por medio de la vacunación, con escasez de vacunas en muchos estados y municipios.

Después de ser descartada por los gobiernos de Argentina y Colombia, la sede de la Copa está migrando para Brasil en un momento en que los especialistas evalúan la inminencia de una tercera ola de contagios producidos por las nuevas y más peligrosas variantes de cepas, como la indiana y la amazónica. A pesar de que la preferencia de la Conmebol era realizar este certamen en los Estados Unidos, el gobierno de Biden no aceptó la oferta de la Confederación por considerarla riesgosa para la salud de la población. En ese contexto, surgió como alternativa Brasil y tras una breve negociación con el gobierno brasileño, este aceptó efectuar el torneo en su territorio.

 Para el médico Leonardo Weissmann, miembro de la Sociedad Brasileña de Infectología, este anuncio del gobierno es “totalmente absurdo e irresponsable. El campeonato está programado para ocurrir cuando el país se encuentre alcanzando la cifra de 500 mil vidas perdidas, una absoluta falta de respeto”.

Luego de las manifestaciones multitudinarias contra su administración y del avance de la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI del Covid) que cada vez reúne más pruebas sobre la negligencia y las omisiones del gobierno en el enfrentamiento de la pandemia, el ex capitán intenta desviar las atenciones con esta jugada de última hora que le proporcionó el impasse generado por la inexistencia de un país dispuesto a hospedar la referida Copa.

Improvisando todo a última hora –la Copa comienza el próximo 13 de junio-, ya existen algunos gobernadores que se han negado a que sus Estados sirvan para albergar los juegos (Pernambuco) o se recusan a aceptar los partidos con asistencia de público. El mundo político también se ha declarado estupefacto ante esta decisión del ejecutivo y culpa al presidente de intentar colocar una cortina de humo sobre los graves problemas que vive la nación: crisis sanitaria con un promedio de 2.000 muertes diarias, recesión económica y desempleo histórico de 15 millones de personas (14,6%), inflación galopante y pedida del poder adquisitivo de los ciudadanos, destrucción de las florestas, crisis hídrica y eléctrica, desmantelamiento del aparato público, especialmente en los ministerios estratégicos, aumento expresivo de la miseria y falta de seguridad alimentaria.


Es un circo macabro para un pueblo golpeado por la pobreza y el hambre, que sólo puede agradar a los acólitos de la extrema derecha que verán realizada su pulsión de muerte y destrucción. Una de las críticas más frecuentes, es la rapidez que tuvo el gobierno para aceptar la sede de esta Copa, cuando recientemente demoró más de 3 meses en pronunciarse en relación al ofrecimiento de vacunas realizado por la farmacéutica Pfizer, como ha quedado demostrado precisamente en el marco de la CPI del Covid.

Frente a las dudas respecto a las posibilidades de organizar un evento de esta magnitud en tan poco tiempo (menos de 2 semanas), el vicepresidente Mourao respondió que Brasil ya tiene construido los estadios y la infraestructura necesaria desde la época del Campeonato Mundial de 2014. Lo que no se sabe todavía es si las delegaciones participantes de los otros 9 países se encuentran vacunadas, como ordena el protocolo sanitario en estos casos. Realizar el torneo en las actuales condiciones de pandemia e incertidumbre sanitaria, únicamente puede redundar en mayores perjuicios para los jugadores, equipos técnicos, organizadores, periodistas y para la población en general.

Es sabido que los brasileños aman el futbol, pero en este caso ellos perciben que anunciar de improviso la Copa América en este territorio, parece más la vieja consigna del “pan y circo” utilizada desde los tiempos del Imperio Romano. Solamente que ahora se trata más de circo que de pan. Estudios realizados este año por un grupo de investigadores de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG) junto con la Universidad de Brasilia (UnB) y la Universidad Libre de Berlín, revelaron que la situación de inseguridad alimentaria grave o moderada alcanzó a casi un 30 por ciento de la población brasileña, es decir, a 58 millones de personas. Otro porcentaje de la población se encontraría en situación de inseguridad alimentaria leve (31,7%), es decir, cuando existe la preocupación de que la comida acabe antes de tener dinero para comprar más o falten recursos para mantener una alimentación saludable y variada. Sumando ambos grupos, se constata que casi un 60 por ciento de los habitantes se encontrarían en condiciones de inseguridad alimentaria, lo que equivale a un total de 125 millones de personas.

Los resultados muestran una aceleración en el aumento de la miseria en Brasil, con cifras que se disparan en medio de la pandemia, de la crisis económica y el desmantelamiento de las políticas públicas de combate a la pobreza. El estudio concluye que se ha acentuado el hambre en el país, llegando a niveles similares a los de inicios de este siglo (2003), antes de ser creados los programas Fome Zero y Bolsa Familia durante el primer gobierno de Lula da Silva.

Esta maniobra de distracción inventada por el presidente genocida y sus asesores es tan burda y bizarra que es posible que no tenga éxito y sea bloqueada por el Supremo Tribunal Federal, a partir de recursos legales interpuestos por políticos y epidemiólogos que ya se encuentran movilizados contra este evento, junto a importantes sectores de la sociedad y de la opinión pública que se expresan fervientemente contrarios a la realización de esta fanfarronada en suelo brasileño.

sexta-feira, 21 de maio de 2021

El miedo al pueblo

Claudio Fuentes
CIPER

La transición comienza a desvanecerse y con ello se podrían debilitar también las antiguas relaciones de autoridad que se mantenían en base al miedo, sugiere el autor. Ahora es la élite la que teme: ve llegar a los centros de poder a personas que no conoce y los percibe como “antisistema”, dispuestos a destruirlo todo. Pero las propuestas de los “recién llegados” son puro sentido común, sugiere el autor.

En agosto de 1980, Eduardo Frei Montalva sostuvo un encuentro con la Democracia Cristiana en la antesala de lo que sería el plebiscito de 1980. Allí se explayó sobre la necesidad de rechazar la Constitución. Sostuvo en esa ocasión que “toda esta Constitución está construida sobre la base del miedo. El miedo al pueblo. ¡Todas son restricciones!, ¡todas son medidas defensivas!, ¡todos son cercos para apretar a la gente para que no se exprese!”. Frei Montalva tenía la convicción de que como generación debían confiar. “Debemos creer en nosotros mismos. No tener miedo. Eso es lo que tenemos que combatir. Tenemos que construir una Constitución sobre la base de que creemos en nuestro pueblo”, sostuvo.

El miedo al pueblo ha sido uno de los sentimientos más persistentes y duraderos de nuestra historia. Lo señala con particular agudeza Kathya Araujo en su libro El miedo a los subordinados (2016, LOM), donde plantea que desde los albores de la República se construyeron dos modelos de autoridad. Uno de tipo portaliano, que actúa por sobre la legalidad y que usa la fuerza para sostener el orden y su propia autoridad; y el modelo del hacendado, donde se establecen relaciones de reciprocidad entre el patrón y el trabajador y en las que el orden se sostiene por la obediencia y la veneración a dicha autoridad.

Ambos modelos ocupan una medida de fuerza. Comprender cómo se organizan las relaciones sociales y la autoridad es crucial para analizar el momento que vivimos tras las elecciones. De pronto vemos que el viejo orden de la transición en Chile comienza a desvanecerse, y con ello se desvanecen las relaciones de autoridad que la sostenían en base al miedo.

Desde el punto de vista legal, y siguiendo la reflexión de Frei Montalva, la Constitución de 1980 organizó las relaciones de poder para perpetuar la autonomía militar —la que fue parcialmente minada con la reforma de 2005—, y las relaciones de autoridad jerárquicas y centralistas. En ese texto la ciudadanía, el pueblo, no existen salvo para cumplir con un rito que ocurre cada cuatro años para elegir representantes. El aparato institucional organizó además una serie de balances y contrabalances precisamente para evitar que el poder saliera de ciertas manos, a través del Consejo de Seguridad Nacional, el Tribunal Constitucional, los poderes de veto y los quórums.

Desde el punto de vista político, la historia es conocida: los partidos se distanciaron de sus raíces territoriales y la autoridad amenazó contra los cambios: se corría el riesgo de ahuyentar a los capitales si se subían los impuestos; o había peligro de romper los equilibrios fiscales o de incrementar las expectativas inflacionarias. También se afirmaba que desaparecerían puestos de trabajo si no se aprobaba un megaproyecto de inversión en algún territorio. Después de 1988, donde cada voto contaba, cada vez más personas comenzaron a pensar que daba más o menos lo mismo por quién se votaba y progresivamente fueron abandonando las urnas.

A lo anterior se sumó la ruptura del lazo entre lo político y lo social (Garretón 2012, Araujo 2016, Luna 2017). Dejaron de existir mecanismos de intermediación. La Iglesia Católica dejó de actuar como un puente entre las élites y las poblaciones. Tampoco los partidos —sobre todo los de izquierda— ejercieron un rol de vínculo entre las demandas sociales y el Estado. La modernización avivó el optimismo de los sectores más acomodados, mientras esa misma modernización se transformaba en tarjetas de crédito y deudas. Vino el agobio individual y la constatación de que los sectores acomodados (empresarios, políticos, curas y militares) abusaban del poder.

Hoy experimentamos un momento único de revisión sustantiva del lazo social y político que organiza nuestra convivencia. Y, como era de esperar, emerge nuevamente el miedo al pueblo. El pueblo salió a la calle, no una, sino cientos de veces en la última década, cansado de las promesas incumplidas. Incluso llegó a la frontera social invisible de Plaza Italia y comenzó una larga batalla que aún no ha terminado por la “dignidad”. No es casual que el conflicto permanezca en dicha frontera, pues es la expresión más patente de las desigualdades que enfrenta el país: la división entre ricos y pobres, privilegiados y excluidos o hacendados y asalariados.

Lo sorpresivo de esta historia es que aquellas personas cansadas de “los mismos de siempre”, agotadas con el abuso y el ninguneo, se organizaron y superaron todas las barreras legales imaginables (petición de firmas, financiamiento electoral, franjas irrisorias, armado de listas, entre otras). Así, contra todo pronóstico, lograron llegar hasta la Convención Constituyente. Y que se instale en el centro del poder un grupo que no pertenece a las élites habituales infunde miedo. Siempre el pueblo ha infundido temor, uno visceral a lo desconocido. Pero también un temor a perder el poder.

El hacendado y su inquilino

Los días que han seguido desde el fin de semana han demostrado la sorpresa y el temor. Es el caso del diario El Mercurio, que en su editorial del día lunes 17 de mayo sostuvo que: “Es, sin embargo, una extraña paradoja el que precisamente en estos 30 años —frente a los cuales se ha manifestado un tan rotundo ánimo de cambio—se hayan alcanzado algunos de los mayores logros de la historia nacional, en términos de desarrollo económico, avance social y reducción de la desigualdad”.

En estas palabras resuena algo de la relación hacendado-inquilino que describe Araujo, donde el primero se preguntaría: “¿Por qué protestas y me tratas así cuando te he alimentado, te he dado cobijo, he educado a tus hijos? ¿Por qué me pides más si te he dado tanto?”.

También se ha observado el temor a la caída de la bolsa, al ver que la derecha no controlará el tercio de la Convención. Asimismo, las editoriales en los diarios advierten de la “actitud rupturista” de los independientes de izquierda que fueron electos.

Hay quienes señalan que estos nuevos grupos vienen con un proyecto refundacional y quieren destruirlo todo. Respecto a este punto, el historiador Joaquín Fermandois nos advierte que “después vienen los independientes, en número los claros vencedores, inconfundiblemente antisistema todos, por darles un nombre”. Las preguntas son varias: ¿Por qué una multiplicidad de representantes de organizaciones territoriales querrían destruirlo todo? ¿Se trata de las masas afiebradas que, así como destruyeron paraderos de micro, ahora se instalarán en la Convención para destruir todo lo que esté a su paso? ¿Es esa la lectura adecuada que debiésemos hacer?

Un breve recuento de algunas de sus propuestas programáticas de aquellos y aquellas que han resultado electas, puede ayudarnos a responder estas preguntas. Señalaré solo algunos párrafos de las propuestas hechas por este mundo al que la elite teme.

Dayana González (D3), dirigente social y profesora, plantea al inicio de su programa que se requiere “la construcción de un sólido aparato institucional que reconozca los derechos sociales, económicos, culturales, y lidere, con colaboración privada en algunos casos, la solución de los graves problemas de pobreza y exclusión”, todo esto en el marco del cambio climático y la revolución científica tecnológica, afirma.

Ivanna Olivares (D5), educadora y gestora cultural, sugiere en su programa una serie de ejes —bastante comunes en la mayoría de las propuestas programáticas de candidaturas independientes— que se asocian con un Estado “solidario y plurinacional”, un Estado con perspectiva de género y feminista, así como un Estado ecocéntrico, donde se establezcan medidas de protección y preservación. Asimismo, aboga entre los ejes de su programa por establecer un Estado decolonial que acepta los principios organizativos y saberes ancestrales, además de un Estado laico, descentralizado y regionalista; un Estado garantista y protector de los derechos humanos. Se pone atención en el cambio climático y en la revolución digital que son dos transformaciones globales que transformarán el planeta.

Fernando Salinas (D18) coloca énfasis en su programa en la necesidad de crear un Estado constitucional ambiental, igualitario y participativo. Propone una serie de deberes constitucionales como “el primero es el respeto por la diversidad, lo que implica el deber de tratar a los distintos como legítimos otros. El deber de proteger a nuestras ancianas y ancianos, así como a toda minoría; el deber de estudiar y trabajar con responsabilidad, asumiendo que estas actividades tienen un profundo impacto social y no solo un interés individual; el deber de respetar el régimen democrático, los derechos humanos y el orden público propio de un régimen democrático y de un gobierno legítimo”.

De la lectura de un sinnúmero de programas emerge una mirada crítica sobre el actual momento histórico, desde el punto de vista de la participación democrática, la calidad de vida, la garantía de derechos y las inequidades sociales. En muchos de ellos se critica el modelo económico extractivista, argumentando que ha afectado seriamente el bienestar de los territorios y ha dañado las condiciones de la vida humana y de la naturaleza. Es interesante destacar que gran parte de las propuestas provienen de activistas, que por muchos años han estado atentos a las problemáticas en zonas de sacrificio. Y son estos temas los que han encauzado los conflictos sociales de la última década.

Propuestas refundacionales

Lo que un segmento de las élites no termina de comprender aún es que los beneficios del crecimiento económico no se distribuyeron equitativamente. Es más, algunos efectos de ese crecimiento han sido altamente negativos para determinados territorios, incluyendo lagos, bosques, ríos, salares, glaciares y mares. No es casual el fuerte acento que muchos programas tienen en medioambiente, probablemente uno de los temas más relevantes en el escenario global (por el cambio climático) y nacional (por el modelo económico extractivista).

Pero, ¿son refundacionales las propuestas que se esbozan? Sin duda en muchas dimensiones lo son. Resulta curioso que ahora estas propuestas causen tanto escozor, cuando se trata de temas presentes en el debate público desde hace décadas y que se han transformado en una preocupación incluso a nivel internacional. Se plantea, por ejemplo, la idea de un Estado Regional, acompañado de un debate político de 30 años o más; se propone también la posibilidad de un Estado Plurinacional; y, por último, se plantea un sistema de gobierno con mayor equilibrio de poderes entre el Ejecutivo y Legislativo. ¿Debiese sorprendernos todo esto?

Escribir una Constitución es un acto para reconstituirse y para revisar las bases de la convivencia social, porque se percibe que algo no está funcionando o está funcionando muy mal. En la Convención se expresarán una multiplicidad de diversidades, sociodemográficas, territoriales e ideológicas que por el momento sería inadecuado “clasificar”. Ante todo son personas que concurrirán al foro público a intentar convencer al otro de sus ideas, a deliberar. Tendrán el mandato de establecer un acuerdo, un nuevo texto que guíe el destino del país por las próximas décadas.

El miedo al pueblo considera —además de la perplejidad y el temor— una tercera reacción asociada a intentar clasificar bajo paradigmas tradicionales esta nueva forma de hacer política. Inmediatamente se busca contabilizar cuántos candidatos son de derecha y cuántos son de izquierda. Lo mismo opera con los representantes de pueblos originarios. De hecho, ya andan circulando mapas que intentan ubicar a los constituyentes en el eje izquierda-derecha.

Tal vez, solo tal vez, es un error seguir funcionando bajo el esquema de pensamiento del viejo orden. Dada la fragmentación de la Convención, la dinámica que podría anticiparse es más flexible y podría funcionar desde el punto de vista de los temas que se vayan discutiendo. ¿Por qué debemos asumir que ciertos grupos funcionarán como bancada todo el tiempo y en cada debate que emerja? El impulso por “clasificar” y “categorizar” es quizás una respuesta ansiosa para reducir la incertidumbre subjetiva frente a un cuerpo deliberativo que no se conoce. Las experiencias constituyentes en otros países muestran que existen factores subjetivos (liderazgos y dinámicas de cooperación) que son vitales a la hora de decidir.

Resulta iluminadora en ese sentido una de las primeras entrevistas que dio la recién electa constituyente Giovanna Grandón (más conocida como “tía Pikachu”), que planteó la necesidad de lograr acuerdos en la nueva Constitución para que todos los chilenos tuvieran mejores oportunidades en educación, vivienda, salud y pensiones, además del derecho al agua. “Si uno se postuló es para hacerle bien al país, no para que quede exactamente igual o peor. Hay que llegar a un acuerdo para que el agua sea un derecho universal, no como en el norte donde las paltas tienen más derechos que la gente”, declaró.

Además en la entrevista agregó: “Ese es el tema, los acuerdos. Y tampoco vamos a ser Chilezuela ni nada. Tampoco queremos quitarles los privilegios y que las empresas quiebren, pero sí que la gente tenga al menos agua… Nosotros decimos ¿Cómo a estas alturas de la vida no hay agua potable para las personas?”.

En base a lo expuesto, la discusión constituyente intentará recuperar los sentidos comunes: que la gente tenga agua para beber, que exista un modelo de desarrollo que evite zonas de sacrificio y dañe irremediablemente a la naturaleza, además de que el poder se distribuya para permitir que la ciudadanía pueda tomar decisiones en temas vitales. Sumado a eso, que podamos convivir en un medioambiente diverso y que nos preocupemos del cambio climático que está afectando seriamente nuestras vidas. Lo novedoso de esta historia es que ahora vemos a Giovanna Grandón calmando la ansiedad de las élites de convertirnos en Chilezuela. Puro sentido común.

segunda-feira, 10 de maio de 2021

La banalización de la muerte y la masacre de los pobres


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

La masacre perpetrada recientemente en el barrio de Jacarezinho, Rio de Janeiro, en que fueron asesinados 27 moradores jóvenes de esa comunidad, refleja visiblemente el carácter de extrema derecha del actual gobierno que ha dado carta blanca para que las diversas Policías (Militar, Civil y Federal) ocupen a sangre y fuego las áreas pobres de las principales ciudades de Brasil.

Las declaraciones del Vice-Presidente de la República, Hamilton Mourão, fueron el corolario de la visión prejuiciosa y maligna que tienen las autoridades sobre las personas que habitan en los territorios más carentes. Ante la consulta sobre el número excesivo de fallecidos entre la población civil que dejó el operativo de la Policía Civil, el General Mourão sintetizó en una frase simple y brutal su opinión sobre la secuela de muertes que dejó la acción policial: “Son todos bandidos”. Para él poco importaba el estatus jurídico de los jóvenes ultimados, porque al final no eran más que pobres y con eso basta para justificar la matanza. “La policía no mata sola. Este es un tipo de discurso que legitima la barbarie y la violencia policial”, afirmó luego de conocer estas afirmaciones, el abogado Joel Luiz Costa, coordinador del Instituto de Defensa de la Población Negra.

En los hechos, actualmente existe escasa regulación sobre el comportamiento abusivo de los organismos encargados de velar por la Seguridad Ciudadana, transformándose en una especie de cuerpo autonomizado del brazo represivo del Estado, con poco o ningún control por parte de las instituciones que conformarían el llamado Estado Democrático de Derecho. Sin que operen efectivamente los límites y restricciones institucionales establecidas por la Constitución de 1988, las policías usan y abusan de una violencia arbitraria orientada a aniquilar principalmente a los segmentos más vulnerables del país, sobre todo a los hombres jóvenes, negros y pobres que habitan en esas comunidades más carenciadas o favelas. En el año 2019 fueron más 47 mil muertes violentas en el país, de las cuales 74 por ciento correspondieron a población negra y en que más del 50 por ciento tenían entre 15 y 29 años.

En rigor, las llamadas fuerzas del orden actúan con total impunidad debido a la postura contemplativa de una “política de exterminio” que ha sido avalada por los agentes del Estado, comandantes militares, ministros y subsecretarios, gobernadores, alcaldes, miembros del poder judicial y, también, una parte de los electores influidos por el discurso de odio y de criminalización de los pobres que ha sido difundido hasta el cansancio en los últimos años por autoridades y medios de comunicación. Esta masacre refleja, en síntesis, lo que una parte de la sociedad entiende como la solución para los problemas de seguridad pública: “Bandido bueno es bandido muerto”.

Max Weber concibió al Estado burocrático moderno como aquella entidad que posee la legitimidad para detentar el monopolio del uso de la fuerza o la violencia física dentro de los límites de determinado territorio. Es decir, dicho Estado consistiría en el establecimiento de una relación de dominación de un ente superior sobre el conjunto de los ciudadanos, fundado en el instrumento que le otorga la legitimidad del uso de la violencia bajo la aceptación de quienes se someten a esa autoridad reivindicada por los agentes dominadores emplazados en el Estado y sus aparatos de coerción.

Pero esta legitimidad otorgada por las personas al Estado y sus instituciones se vería afectada seriamente cuando ciertas instituciones de su estructura actúan con una autonomía transgresora de las reglas del juego definidas y compartidas en las democracias modernas. La utilización desmedida de la fuerza hiere y flagela el cuerpo social que se rebela tarde o temprano contra la arbitrariedad y el abuso, como ha sucedido históricamente en las luchas de las poblaciones contra los regímenes autoritarios o dictatoriales. Exceptuando el caso de las sociedades tremendamente controladas -o como en las distopías literarias al estilo de 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley- la tendencia es que las personas lleguen al hartazgo de las políticas represivas y se organicen para combatir la tiranía y la opresión. No obstante, hay que reconocer que la masiva adhesión al régimen Nazista o al propio fascismo en tiempos de Mussolini son temas que continúan intrigando a los cientistas sociales que se inspiran en las categorías o tipos ideales weberianos para interpretar la cuestión de la legitimidad detentada por la autoridad.

Fuera de estas consideraciones más generales, lo que se puede observar en el caso brasileño es la utilización de una fuerza predatoria para combatir la pobreza instalada en determinados territorios. La Policía y también las Milicias -que son integradas por militares, policías en actividad y ex policías-, se han erigido en una fuerza criminal dentro del Estado con fuertes vinculaciones con la clase política: diputados, alcaldes, concejales y otros agentes del poder local. Las milicias se consolidaron en las grandes ciudades y representan la mano del terror del Estado sumergida en la ilegalidad y en la impunidad. Fue avanzado en los territorios dominados por el tráfico hasta llegar a las Asambleas Legislativas de cada Estado de la Federación e instalarse finalmente en el Congreso y el Poder Ejecutivo, ahora con la anuencia y el apoyo indesmentible de la familia Bolsonaro. Son responsables de numerosos crímenes que los Tribunales de Justicia ignoran, desconsideran y descartan por cobardía o conveniencia.

Estas milicias funcionan en los intersticios de un Estado omiso que mantiene la lógica de ocupación del territorio para actividades delictivas y el control sobre un conjunto de actividades importantes en el quehacer cotidiano, que van desde el transporte urbano, la distribución de gas, la señal del cable, etc. que pasa también por la oferta de protección a los comerciantes y llega finalmente hasta la supremacía en el mercado de armas y drogas. Es una red cada vez más extensa que interviene actualmente en más del 60 por ciento de las operaciones criminales que existen entre las casi 700 favelas existentes en la metrópoli carioca.

La favela de Jacarezinho es un espacio dominado por el Comando Vermelho (CV) y por eso fue necesario realizar esta operación de “limpieza” para dejar el terreno despejado para la instalación posterior de las milicias. Situada en una región estratégica de la zona norte de Rio, en esta comunidad habitan aproximadamente 40 mil personas que luchan diariamente para sobrevivir en el contexto de la pandemia. La mayoría de las familias de esta parte de la ciudad, han sufrido en carne propia los efectos del desempleo y la precarización del trabajo que se ha profundizado desde el inicio de las restricciones y las cuarentenas decurrentes del avance de este flagelo que afecta a todo el planeta.

Jacarezinho, como otras favelas emblemáticas de Rio de Janeiro (Rosinha, Santa Marta, Complexo do Alemão, Maré, Vidigal, Turano, etc.) han venido experimentando desde hace muchos años la violencia devastadora del Estado brasileño, como se encuentra demostrado en numerosos estudios e informes elaborados por instituciones de Derechos Humanos y por el propio Ministerio Público a través de la Procuraduría del Gobierno Estadual.

En una investigación realizada por especialistas de la Universidad Federal Fluminense (UFF), en que analizaron 11.323 operaciones efectuadas por las Policías en el Estado de Rio de Janeiro en los últimos 15 años, se concluye que, considerando el número de muertos, heridos, detenidos y decomiso de drogas y armas, la mayor parte de dichas incursiones (85 por ciento) fueron completamente ineficientes en el combate al crimen organizado. Y muchas de ellas tuvieron un resultado desastroso sobre los habitantes, con numerosas muertes por causa de bala perdida o como consecuencia de disparos efectuados por las fuerzas policiales.

En lo que sin duda estas operaciones han sido exitosas es en la difusión del miedo entre los habitantes de las comunidades pobres del país, que cotidianamente ven sus vidas devastadas por el exceso de violencia que termina en la muerte de muchos inocentes y que coarta sus necesidades de circular libremente por el territorio, ejercer sus derechos en plenitud y llevar una existencia digna. El Estado ha operado durante décadas con desprecio por los barrios pobres, ayudando a reproducir la violencia y la marginalidad, para luego penalizar y reprimir las estrategias de supervivencia que emergen desde la propia población.

La penalización funciona como un mecanismo que busca invisibilizar los problemas sociales que existen entre los sectores carentes y que el Estado no enfrenta con políticas sociales sino con mayor represión y exclusión. Como señala acertadamente Loïc Wacquant en su libro Castigar a los pobres: “La cárcel actúa como un contenedor judicial donde se arrojan los desechos humanos de la sociedad de mercado”.

Cárcel y asesinato, esas son las políticas “emprendidas” por el actual régimen neofascista para mantener sometidos a los pobres, para diseminar el miedo entre los habitantes de la periferia y para domesticar y subyugar la mano de obra que producen las favelas. Si no es a través de los organismos “legitimados” por la institucionalidad democrática, lo es a través de aparatos extra institucionales que cuentan con el beneplácito y la complicidad del gobierno.

El asesinato sumario de algunos de estos jóvenes (ejecutados con tiros en la cabeza luego de su rendición) refleja no solo el desprecio por los pobres y negros, sino que también expresa la completa banalización de la muerte. En un país donde gobierna la necropolítica, la perdida de algunas vidas de “bandidos” no tiene ninguna importancia si comparados con los más de 420 mil fallecidos que se acumulan a causa del Coronavirus. La tragedia brasileña se tiene que acabar para un sector mayoritario de la población –como los habitantes de Jacarezinho- que no soporta más sufrir tanto descaso y abandono. Sin embargo, las instituciones continúan dando soporte a una administración que parece que tiene como horizonte terminar con cualquier garantía democrática para imponer definitivamente un régimen de carácter autoritario, que perpetúe los privilegios y las desigualdades entre los brasileños.

sábado, 24 de abril de 2021

Freire y la ciudadanía. Reflexiones desde la Educación Popular

Jorge Osorio
Merlinescas

Ad portas de conmemorar los 100 años del natalicio de Paulo Freire un ejercicio de estudio y reflexión de su pensamiento acerca de la política, de la ciudadanía-comunidad y de la educación es muy pertinente, máxime en este tiempo de crisis planetaria, que nos obliga a mirar los supuestos en los que sosteníamos la vida en común, la convivencia humana, la relación pedagógica entre generaciones y el cuidado del planeta al momento de ser impactados por el Covid-19.

En el capítulo segundo de su libro Pedagogía de la Esperanza Freire habla de la negación que sostenían ciertos sectores de izquierda, en los años en que escribía la Pedagogía del Oprimido, de las pluri-posibilidades que toda acción política abre de cara al futuro (imposible de predecir, pero sí de crearlo por la acción humana). Los cuestiona porque sostenían una idea ultra optimista, de extremo historicismo y de voluntarismo liberador, creyendo que la liberación vendría sí o sí, creencia refrendada por una certeza casi metafísica de que la "nueva sociedad" estaba al alcance de la mano por la irrefrenable acción de las vanguardias revolucionarias. Freire cuestionaba el "fondo epocal" de estos grupos y veía, en este modo de pensar, un extremo dogmatismo y la negación de su posición a que las transformaciones sociales sólo serían posibles a través de procesos creativos, disputados, plurales, no bancarios políticamente, sin vanguardismo e "inéditamente" abiertos a la historia.

Este es el tema que quisiera desarrollar en este artículo, escrito aún en un contexto de alta incertidumbre y tensión existencial. ¿Qué tipo de educación queremos: una que esté definida por las actuales vanguardias tecnocráticas que disciplina y ajusta violentamente los límites de las posibilidades inéditas de la historia o una educación “abierta a la historia”?

En la misma Pedagogía de la Esperanza considera como clave para avanzar en este segundo sentido es el reconocimiento de los “saberes de experiencia vivida”, y de este modo ratifica su definición de pedagogía como un diálogo de saberes y experiencias, situadas en culturas, territorios, lenguas, comunidades de vida y estéticas diversas y plurales, que habitan el mundo del pueblo. Dar la voz y protagonismo a los saberes del pueblo es el sustento y horizonte de una didáctica culturalmente situada. Por ello, la educación -la educación que siempre deberá ser popular, pues sólo así será efectivamente educación de y para todes- es primeramente una creación cultural, el resultado de procesos de creatividad cultural en que participen los que se convoquen a vivir en con-ciudadanía, es decir, los dispuestos a ser partícipes activos de una comunidad política (micro y macro) que no excluyendo o discriminando asume el proyecto de crear saberes comunes.

A esta ciudadanía podemos llamarla ciudadanía de aprendizajes o ciudadanía (comunidad) de saberes. En el lenguaje de Freire se trata de una educación en que el mundo propio puede llegar a ser también el mundo de todos. Un universo vocabular común es el sustento de una ciudadanía de aprendizaje. Siendo este un proyecto que habita una historicidad no es posible desarrollarlo sin considerar la conflictividad social y las lógicas asimétricas del poder. El futuro no puede asumirse como una categoría abstracta sino como construcción política y cultural disputada y un búsqueda anticipatoria de formas que configuren nuevos modos de vivir y educar.

Para Freire condición para tal experiencia es la “toma de distancia de sí mismo”, una distancia creativa de sí mismo para saber cómo vivimos como educamos. Escribe Freire: “No podemos existir sin interrogarnos sobre el mañana, sobre lo que vendrá, a favor de qué, en contra de qué, a favor de quién, en contra de quien vendrá; sin interrogarnos sobre cómo hacer concreto “lo inédito viable” que nos exige que luchemos por él”.

Condición de la buena educación, de la educación libre y liberadora, exige una “intervención de lo intelectual” de quienes educan para hacer de la clave de la educación , esto es “leer el mundo”, un proceso continuo de ampliación de los límites, de ampliación de las posibilidades, a través de la lectura de las palabras y la lectura del mismo, confirmará el propio Freire. Hermosa dialéctica plantea Freire: tomando distancia nos aproximamos.

El mensaje para les educadores es “no somos técnicos” sino hermeneutas, hábiles para crear condiciones de diálogos generativos es verdad, pero esas condiciones son “existenciales” y no meramente tecnológica”. El recurso de quienes educan siempre será el círculo de conversación, lo que nos remite de alguna forma a la condición ancestral del círculo como arquetipo del aprendizaje. No en vano podemos reivindicar el adjetivo de “circular” para la ciudadanía. Ciudadanía circular. La educación liberadora será siempre experimentada con intensidad, con una tensión en doble dirección: hacia el (mundo) interior y hacia el (mundo) exterior.

En la década de los años 60 del pasado siglo movimientos sociales, culturales, terapéuticos, estéticos y epistemológicos hicieron del volar, del liberarse, de congregarse metáforas movilizadoras de una nueva educación. Rogers en la cultura californiana y Freire en América Latina son emblemas de tales movimientos. Entre nos comenzamos a llamarla “popular” pues era para todos, en especial los que se sentían pueblo, desprovistos, vulnerados, explotados, invisibilizados y que pugnaban por presencia, por reconocimiento, por pertenencia, por un Ciudadanía circular.

De este contexto explosivo de creatividad, de protagonismo comunitario en la resignificación de la Ciudadanía como reconocimiento y poder auto-constituyentes se nutre el ciclo que llamamos moderno de la educación popular. La lectura del mundo como condición de la educación liberadora suscitó un giro epistemológico crucial con la investigación acción participativa que experimentó y sistematizó Orlando Fals Borda, con los movimientos de recuperación de las memorias populares y de los saberes ancestrales y campesinos, con la recuperación de la comunidad como escenario educativo, con la emergencia de redes y comunidades de aprendizaje.

Se configuró un campo –una ciudadanía circular– de educadores y educadoras que abrió rutas pedagógicas críticas, dotó al pensamiento feminista de relevancia educativa, hizo de la educación un ver-juzgar-actuar de incidencia planetaria y ecológica, nutrió el tejido social que resistió las dictaduras, movilizó estudiantes en grandes campañas alfabetizadoras y resignificó el sentido de la trascendencia en la educación con una ética samaritana y hospitalaria que llevó al martirio a muchos educadores y educadoras.

El tejido de las campesinas y el testimonio de las Domitila de toda América hizo del enseñar–aprender un arte, una ética pedagógica y una estética artesanal, desterrada por los reformismos tecnocráticos que han intentado urbanizar la educación campesina, blanquear la educación negra e indígena, hacer de los y las maestros/as técnicos efectivos, paramentando las didácticas y negando la territorialidad (y su valor humano de la proximidad), las lenguas diversas (y su valor identitario), los saberes vernáculos (y su valor sapiencial) y con ello desterrando una ciudadanía circular.

quinta-feira, 22 de abril de 2021

De Dilma a Bolsonaro. Itinerario de la tragedia sociopolítica brasileña


Editorial RIL

¿Qué pasó con el país que aspiraba a constituirse en una tierra justa y solidaria, dejando para el pasado la impronta esclavista incrustada en las entrañas de su sociedad? ¿Cómo se llegó al momento actual, en que las instituciones democráticas están siendo desmanteladas diariamente por un gobernante despótico que hace apología de la tortura y de la muerte?

Estas son algunas de las interrogantes que pretenden responder estos escritos, realizados al calor de los hechos y las sinuosidades de la historia reciente de este país/continente. Comenzando por analizar los conflictos que surgieron durante la presidencia de Dilma Rousseff, estos textos abordan un periodo que nos muestran el acelerado proceso de degradación de la vida sociopolítica brasileña, que culmina con la elección de un gobierno de extrema derecha que combina las formas deletéreas de un autoritarismo impúdico en el plano político, con un proyecto ultra liberal en lo económico y con la instalación definitiva de un modelo de conservadurismo retrógrado en el ámbito sociocultural, educativo, de los valores morales y de las costumbres.

Sin embargo, en medio de la crisis sistémica y de la tragedia humanitaria causada por la pandemia, se abre un horizonte de esperanza de una ciudadanía que comienza a movilizarse, en principio dentro del campo electoral, por la recuperación de sus derechos -laborales, sociales, étnicos, culturales- precisamente porque ellos han sido conquistados con mucho esfuerzo a través de largos años de luchas, frustraciones y coerción. A partir de estas demandas concretas y unificadoras deben converger las fuerzas que permitirán la construcción de una nación digna de asumir las tareas del futuro en paz, justicia social y prosperidad colectiva.

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