sexta-feira, 12 de março de 2021

Ausencia y presencia de Marielle Franco


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

¿Qué paga este sudor del tiempo que se va?

¿Qué tiempo están pagando el de su vida?

¿Qué vida están sangrando por la herida?

De virar esta tierra de una vez…

(De una vez, Silvio Rodríguez)

 

Este 14 de marzo se cumplen 3 años desde el cobarde asesinato de Marielle Franco y Anderson Gomes en una emboscada perpetrada por dos Policías Militares que operaban como sicarios de una organización criminal de milicianos con sede en Rio das Pedras conocida como “Escritorio del crimen”. Los ahora ex PM, Ronnie Lessa y Élcio Vieira de Queiroz continúan presos a la espera del juicio que será realizado con la participación de un jurado popular.

A pesar de que existen fuertes indicios del vínculo que tiene la familia Bolsonaro con este grupo miliciano, hasta ahora la Policía Federal y la justicia no han podido recoger las pruebas necesarias y suficientes que permitan demostrar fehacientemente la asociación del Clan con dicha organización. En parte, ello es debido a un conjunto de obstáculos que se han interpuesto para que los investigadores puedan efectuar su tarea de la manera más acuciosa y pormenorizada posible, con el objetivo de conocer los motivos de los mandantes y la cadena de responsables que existen hasta que se consumó la ejecución del crimen.

Por lo mismo, sigue abierta la pregunta que se ha transformado en el lema de la campaña para obtener la verdad y la justicia en el caso de Marielle y Anderson: ¿Quién mandó a matar Marielle y por qué? Tal como nos recuerda el proverbio “la justicia tarda, pero llega” y en este caso quizás estemos cada vez más cerca de conocer la verdad sobre este atentado, a la luz de todos los elementos probatorios que se han ido acumulando a lo largo de estos tres años de pesquisas.

Solamente señalaré algunos de los principales antecedentes recabados hasta el momento. Adriano da Nóbrega, un miliciano amigo de la familia Bolsonaro fue ultimado en extrañas circunstancias al interior del Estado de Bahía, donde se había ocultado luego que la justicia determinó su captura por diversos delitos. Ex capitán del Batallón de Operaciones Especiales de la Policía Militar (BOPE), Adriano era considerado el jefe del Escritorio del crimen, además de ser un estrecho colaborador de Flávio Bolsonaro. En efecto, la esposa y la madre de Adriano trabajaron en el gabinete del entonces Diputado Estadual y participaron activamente en el esquema de desvíos de salarios de funcionaros que había montado Flávio (la conocida “rachadinha”) que hasta ahora es investigada por la Justicia de Rio de Janeiro. Otro actor clave en el funcionamiento de dicho esquema era el chofer y guardaespaldas del diputado, el también ex PM y miliciano Fabricio Queiroz, el cual se encuentra actualmente con prisión domiciliar por este y otros delitos.

Si Adriano de Nóbrega fue el mandante del crimen de Marielle Franco es una incógnita, difícil de resolver en la medida que ya no podrá comparecer ante la justicia, pues su muerte puede ser considerada ciertamente como una estrategia de “quema de archivo”. Sin embargo, otras pruebas pueden surgir hasta el día del juicio y es muy probable que ellas permitan comprobar el involucramiento del Clan Bolsonaro en el asesinato de Marielle.

En el documental Marielle realizado en 2020, el director Caio Cavechini realiza un recuento cronológico de las últimas horas de la concejala asesinada junto a su chofer Anderson. En el documental, se van intercalando aspectos de la vida de Marielle, desde la infancia y hasta el fatídico día de su homicidio. Nacida en la favela Complexo da Maré en Rio de Janeiro, Marielle, desde muy joven manifestó una fuerte sensibilidad social. Ello la llevó justamente a elegir la carrera de sociología, la cual concluyó en 2007. Luego, realizó estudios en el Programa de Postgrado en Administración de la Universidad Federal Fluminense (UFF). Su disertación de Magister se transformó ulteriormente en el libro “UPP. A redução da favela a três letras: uma análise da Política de Segurança Pública do Estado do Rio de Janeiro”, la cual se transformó al poco tempo en una referencia obligada entre quienes se dedican a la problemática del papel desempeñado por las políticas estatales en materia de seguridad pública y ciudadana.

En ese periodo comenzó a incorporarse más activamente a la actividad política, militando en el Partido Socialismo y Libertad (PSol). Posteriormente, en 2017, fue electa concejala por este partido, desde el cual desplegó una enorme energía en la defensa de los derechos de los residentes en comunidades pobres, los grupos LGBTI, las mujeres, la población negra y todos quienes experimentaron alguna violación a sus derechos por agentes del Estado o por grupos paramilitares, como las milicias y los escuadrones de la muerte. En su actividad política, Marielle fue reconocida por muchas organizaciones nacionales e internacionales (como Amnistía o Human Rights Watch) en su lucha por la defensa de los Derechos Humanos.


El 8 de marzo de 2018 (6 días antes de su muerte) con ocasión del día Internacional de la Mujer, Marielle realizó un discurso memorable en la Asamblea Legislativa del Estado de Rio en el cual señala en una de sus partes:

“El golpe para quien viene de la favela es atroz, nosotras somos violadas y violentadas hace mucho tiempo y en muchos momentos. En ese período, por ejemplo, donde la intervención federal se concretiza en la intervención militar, quiero saber ¿Cómo quedan las madres y los familiares de las niñas revisadas? ¿Cómo quedan las médicas que no pueden trabajar en sus puestos de salud? ¿Cómo quedan las mujeres que no tienen acceso a la ciudad? Esas mujeres son muchas. Son mujeres negras, mujeres lésbicas, mujeres trans, mujeres campesinas, mujeres que construyen esta ciudad…”

Por lo mismo Marielle representaba un obstáculo indiscutible para la expansión de estas bandas criminales en las comunidades pobres de Rio. Y no solo eso, ella también era una amenaza para la hegemonía política del Clan Bolsonaro en los sectores periféricos de la ciudad de Rio, una alternativa poderosa a los esfuerzos de esa familia para imponer su proyecto de extrema derecha entre los grupos más carentes de esos territorios, especialmente entre los adherentes al pentecostalismo. Proyecto que se vio concretizado con el triunfo del neofascismo en las elecciones de octubre de 2018.

Un cómplice miliciano de los criminales dijo en una entrevista, pocos días después del homicidio, que luego la sociedad brasileña se olvidaría de Marielle. Al contrario de la profecía de este emisario de la muerte, la figura de Marielle Franco ha ido creciendo cotidianamente, transformándose en una gran inspiración y baluarte en la defensa de los derechos de las minorías violentadas por los poderes abyectos del Estado y la necropolítica. Su presencia no solo se encuentra inmortalizada en millares de murales que surgen en diversas ciudades de Brasil y América Latina, sino que también su sonrisa seguirá iluminando eternamente todas las manifestaciones y movilizaciones que se convoquen en defensa de la vida, la justicia y la dignidad de las personas.

 

quinta-feira, 11 de março de 2021

Por que Lula seria hoje o único capaz de destronar Bolsonaro?


Juan Arias
El País

Existe como um sentimento de culpa na sociedade depois de ter constatado a atitude da Lava Jato que atacou o petista por motivos políticos, o que acabou entregando o país a instintos de morte e destruição

A liberação de Lula para poder disputar eleições foi um terremoto que revirou todas as cartas da política e de alguma forma antecipou a disputa das próximas eleições presidenciais. A recente entrevista de Lula a este jornal e a pesquisa do Ipec Inteligência sobre o potencial de voto de 10 possíveis candidatos em que Lula seria o único com potencial para vencer Bolsonaro já tinham sido reveladoras. Duas coisas ficaram claras: se Lula fosse liberado para poder disputar as eleições seria o candidato do PT e, portanto, da esquerda.

Lula afirmou na entrevista que se sentia com forças para travar essa batalha e que seus 75 anos não seriam um empecilho, já que Biden é presidente dos Estados Unidos com 78. Agora, na primeira entrevista coletiva depois do anúncio do Supremo Tribunal Federal de que pode disputar as eleições, ficou claro que a partir de hoje Lula já está em campanha eleitoral e começa a aparecer um Lula ressuscitado e com a intenção de vestir mais a figura do estadista conciliador do que a do sindicalista enfurecido. Apareceu mais o Lula de seu primeiro mandato e da famosa Carta ao Brasil, em que anunciava seu desejo de governar apoiado pelas forças de centro-direita em diálogo com o mundo da indústria e do mercado com fortes apelos a uma revolução social.

A forte rejeição que ainda existe em boa parte da sociedade contra a esquerda foi o que deu a vitória à extrema direita golpista. E pelo menos até ontem era verdade que Bolsonaro, se não for apeado do poder antes das eleições, contará para se reeleger com a poderosa máquina do Estado à sua disposição e com a força dos militares que agora terão apenas duas opções: apoiar Bolsonaro que os colocou no Governo ou confessar sua derrota e seu fracasso ao governar lado a lado com o discutido capitão, cujos impulsos ditatoriais tentam em vão amansar.

Ao mesmo tempo fica cada vez mais evidente que milhões de pessoas que votaram no mito estão arrependidas e repetem o mantra: “Como pude votar nesse fascista genocida sem compaixão pelas vítimas da pandemia?”. A rejeição visceral a Lula e à esquerda parece estar se desvanecendo. Existe como um sentimento de culpa na sociedade depois de ter constatado a atitude da Lava Jato que atacou Lula por motivos políticos, o que acabou entregando o país a Bolsonaro e seus instintos de morte e destruição.

Hoje o que se ouve na rua e nos corredores sobre a possível reeleição de Bolsonaro é “qualquer candidato menos ele”. A cada dia fica mais claro que tantos arrependidos por terem votado na extrema direita de morte bolsonarista constatam cada vez mais que o mito se tornou um presidente que está empobrecendo e envergonhando o país ao distanciá-lo do concerto internacional.

Por tudo isto e pelas incógnitas que o complexo quebra-cabeça das eleições ainda encerra, todas as possibilidades permanecem abertas, inclusive que Bolsonaro seja destituído do cargo dada a incapacidade cada vez mais evidente de governar um país que hoje se vê, por sua culpa, mergulhado na maior crise sanitária de sua história que preocupa não só dentro do país, como também mundialmente.

Para derrotar Bolsonaro, porém, será necessário confrontá-lo com um candidato com carisma popular. Não se pode esquecer que se trata de um país em que a grande maioria que vai às urnas é a massa das classes mais pobres, que nunca votarão, por melhor que seja, em um candidato que não se apresente como um salvador ou redentor, alguém que vá resgatá-las da pobreza e do esquecimento.

Não podemos esquecer que Bolsonaro não teria sido eleito se não fosse o misterioso atentado que de repente transformou um simples capitão reformado do Exército em um mito, no messias escolhido por Deus. Nesse sentido, desta vez esse mito se deteriorou e chega à reeleição com sua coroa destroçada. E é nesse sentido que os hoje decepcionados com o mito vão em busca de outro mito.

E neste caso Lula, vítima da Lava Jato, pode ressuscitar como uma fênix de suas cinzas, capaz de vencer novamente sua batalha. Isso explicaria por que Lula aparece com maior potencial político do que todos os demais possíveis candidatos. No inconsciente de milhões de pobres e de certa classe média esclarecida existe a convicção de que Lula pode ressurgir como uma nova esperança.

Diz-se e repete-se que o sonho de Bolsonaro é enfrentar Lula. Talvez se as pesquisas continuarem dando a Lula uma força política capaz de derrotar a extrema direita golpista, Bolsonaro tente, instigado pelos próprios militares, a mudar de camisa para aparecer menos provocador e negacionista. Finalmente está se revelando que a alardeada valentia do mito contém uma boa dose de covardia.

A hipótese de um acordo do centro-esquerda também está desmoronando porque com Lula não existe a possibilidade de que as outras forças progressistas cheguem a um acordo eleitoral. Lula ocupa todo o arco da esquerda e, além disso, já demonstrou que é capaz de fazer um Governo no qual participem partidos de centro, como aconteceu em seus dois Governos anteriores. Isso enfraquece a possibilidade do centro-direita optar por um Bolsonaro desgastado por seu comportamento durante a pandemia que a cada dia acumula mais mortes e mais sofrimento nacional.

Este país parece cada dia mais cansado de todo esse ódio semeado pelos boslonaristas e busca um período de paz política. Por isso é fundamental que Lula apareça depois de seu calvário judicial não mais como o político do nós contra eles, mas como o político da reunificação nacional.

Isso também poderia contribuir para a recuperação econômica e para a tranquilidade dos mercados e empresários se entenderem que o novo Lula volta renovado e capaz de dialogar e negociar com todos e que apresenta um novo projeto de Brasil. Um projeto capaz de convencer até mesmo aqueles que confiaram no projeto do mito da extrema direita que chega à reeleição, se chegar, desgastado e maltratado como um presidente incapaz de apostar na vida, mais preocupado em salvar da justiça sua família mergulhada na corrupção do que com os problemas urgentes do país.

Bolsonaro chega à reeleição como quem traiu todas as bandeiras e promessas com as quais foi eleito e como quem usou a pandemia como arma para seus interesses em se reeleger, com uma atitude suicida que ensanguentou o país ao mesmo tempo em que o transformou em um pária aos olhos do mundo.

Os primeiros sinais de que hoje a comparação entre Lula e Bolsonaro começa a se inclinar a favor do primeiro é que de repente seu nome aparece nas redes sociais com uma força que não tinha até ontem. E os mesmos políticos de centro-direita começam a fazer comparações entre o atual presidente golpista e fascista e o Lula democrático capaz de dialogar com todas as forças políticas.

Um sinal claro acaba de ser dado pelo ex-presidente da Câmara dos Deputados, Rodrigo Maia, de centro-direita, que fez uma interessante comparação entre Lula e Bolsonaro no Twitter. Segundo Maia, enquanto Lula “tem visão de país”, Bolsonaro “só enxerga o próprio umbigo”. Segundo Maia, “Lula, ao contrário de Bolsonaro, respeita e defende a democracia”. E acrescenta que “enquanto Lula defende uma política externa independente, Bolsonaro defende a subserviência”. E conclui: “Você não precisa gostar do Lula para entender a diferença dele para o Bolsonaro”.

São os primeiros sinais de que a candidatura de Lula começa a destroçar a atual política de morte do capitão e a ver sua chegada como uma nova forma de fazer política respeitando os valores da civilização e oferecendo ao mundo uma nova esperança de sair do túnel tenebroso de um bolsonarismo que acabou rebaixando o país à categoria de república de bananas que ele deseja manejar à vontade, esquecendo que o Brasil é uma das potências econômicas do mundo e coração do continente latino-americano.

Os sonhos loucos do capitão começam a perder força inclusive dentro da direita não fascista, que vê na chegada do velho Lula o fim de um pesadelo do qual o Brasil já está cansado e com vontade de virar a página.

quinta-feira, 4 de março de 2021

¿Quién puede detener al genocida?

 

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

El mayor enemigo del pueblo brasileño tiene nombre y apellido, es su presidente y se llama Jair Bolsonaro. Su personalidad psicopática está causando la muerte de miles de ciudadanos que se encuentran amenazadas no solo por las diversas mutaciones del Covid-19, sino especialmente por una política que está siendo ejecutada ex professo para aumentar el número de víctimas fatales.

No es mera negligencia e inoperancia, es una acción deliberada de negar los efectos del coronavirus sobre la población. La secuencia de declaraciones contra las medidas de precaución es larga, siendo que el ex capitán ha conspirado contra el distanciamiento social, contra el uso de la vacuna y, en su última y desastrosa manifestación, cuestionando el uso de las mascarillas, afirmando que podría tener efectos colaterales para quienes la usan, especialmente los niños. En su escalada genocida, Bolsonaro continúa insistiendo en el uso de la cloroquina como tratamiento precoz, un fármaco que ha sido descartado como remedio para el Covid-19 por todos los estudios científicos realizados hasta el presente. Al contrario, existen muchas más evidencias de que su utilización en pacientes infectados ha provocado la muerte y no la recuperación de los enfermos.

Brasil se encuentra en este momento en la peor fase de la pandemia, llegando casi a los 2.000 decesos por día, con hospitales colapsados, sin camas UCI para pacientes en situación grave, que se mueren en las salas de espera de los centros asistenciales, con un crecimiento acelerado de los contagiados y sin un programa de vacunación nacional que permita abrigar alguna esperanza sobre la superación de la crisis sanitaria que se instaló en el país. Además, por la falta de lechos en las Salas de cuidados intensivos, también están muriendo pacientes que tienen otras enfermedades que requieren atención de emergencia (infartos agudos al miocardio, accidentes vasculares, peritonitis, comas diabéticos, traumatismos, etc.).

Después de negarse a conversar y negociar con las farmacéuticas, Brasil se encuentra sin dosis para ofrecer a la población, inoculando con suma lentitud a su población más vulnerable y alcanzando a inmunizar a esta altura a solo un 3 por ciento de un universo de 109 millones de personas que requieren la vacuna con mayor urgencia (el país posee una población total de 210 millones de habitantes).

¿Qué han hecho hasta el presente las instituciones para resguardar la vida de los brasileños? Muy poco o casi nada. El Supremo Tribunal Federal se ha mantenido omiso frente a la grave crisis humanitaria decurrente de la ausencia de planificación y de la inexistencia de una política de salud. Cuando mucho, permitió que gobiernos estaduales y municipales puedan comprar sus propias vacunas en función de la incapacidad del gobierno federal de proveer de dosis al conjunto de la nación. Los gobernadores se han resistido a declarar la cuarentena de sus respectivos estados para no perjudicar aún más el comercio y las actividades productivas. Recién ahora las medidas de lockdown están siendo tomadas en varios estados de la federación, pues la situación actual de los contagios, muertes y colapso de los servicios es insoportable.

Por su parte, los alcaldes, también han sido timoratos y negligentes en la adopción de medidas para revertir la expansión desmesurada de los contaminados. Muchos de ellos, transfieren la responsabilidad de la enfermedad a los individuos que no han tomado en serio las medidas de precaución, siendo que la ausencia de una política pública efectiva en las tres esferas de la federación ha sido indudablemente la causa principal del colapso sanitario. Del Congreso Nacional no se puede esperar nada, pues la mayoría de los “honorables” parlamentarios han sido comprados con recursos de enmiendas al presupuesto en proyectos para continuar engañando a sus respectivos electores. Los más de 70 pedidos de impeachment del mandatario, ciertamente seguirán esperando y vegetando en la gaveta del presidente de la Cámara de diputados, Arthur Lira, hasta el final de su mandato.

Según el científico y gran especialista en virología y pandemia, Dr. Miguel Nicolelis, Brasil se está transformando en el mayor reservatorio biológico de coronavirus en el mundo. Ello debido a que el aumento exponencial de los contagios viene provocando no solamente el crecimiento de las defunciones, sino lo que es más grave, nuevas mutaciones del virus que pueden ser mucho más agresivas y nocivas que las cepas conocidas del Covid-19 y por lo mismo más inmunes a las vacunas actualmente disponibles. “Brasil es un laboratorio a cielo abierto para que el virus prolifere y eventualmente produzca mutaciones más letales. Infelizmente en la actualidad somos un paria mundial”.

Mientras tanto, Bolsonaro sigue gobernando y la diseminación del coronavirus es una acción premeditada del genocida y sus secuaces del gobierno, es una política de muerte o necropolítica pensada y ejecutada con perversidad y frialdad. El ex capitán considera que mientras más individuos sean contaminados con la “gripezinha”, la inmunidad de rebaño hará el resto y se podrán retomar las actividades económicas restringidas por la existencia de la pandemia. Pero los contagios y las muertes siguen aumentando de manera asustadora. El Covid-19 ya mató más de 260 mil personas hasta ahora. Si las previsiones de óbitos siguen la curva estimada por los especialistas de la Fiocruz y otros centros de investigación, en menos de 3 meses se llegará a la escalofriante cifra de medio millón de defunciones a causa del coronavirus. Por su obstinación en recusarse a combatir el Covid-19, Bolsonaro debería ser juzgado por el Tribunal Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad contra la población brasileña.

Si las instituciones no funcionan, es la ciudadanía y las organizaciones de la sociedad civil las que deben levantarse para frenar esta máquina de exterminio en que se ha transformado el gobierno brasileño. Pero la población se encuentra aislada en sus casas y es un peligro salir a manifestarse en las calles. Sin embargo, tímidamente las personas están saliendo en bicicleta o en auto para expresar su rechazo al genocida, su defensa de la democracia y de la vida. También cada cierto tiempo se escuchan protestas y cacerolazos en las principales ciudades del país. Es una lucha desigual y persistente por preservar los valores de una comunidad que desea sobrevivir a la muerte y al abandono. Como nos advierte muy acertadamente la escritora Eliane Brum: “La alternativa es seguir asistiendo a Bolsonaro ejecutar su política de muerte, hasta que no podamos más asistir porque también estaremos muertos”.

segunda-feira, 22 de fevereiro de 2021

Albert Camus y 'La Peste': libertad y existencia bajo asedio


Antonio Soria
La Jornada

En la famosa novela del gran escritor Albert Camus (1913-1960), 'La peste', se plantean de manera magistral, lúcida y sin concesiones, los rasgos esenciales de la condición humana ante la enfermedad, quizás en su forma más severa, la epidemia, y se pone en evidencia el profundo pensamiento humanista de su autor, merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1957, a los cuarenta y cuatro años de edad. En nuestros tiempos de Covid-19, su lectura es mucho más que pertinente.


Perspectiva Histórica: pandemias de ayer y de hoy

La ruta de la pandemia ocasionada por el virus Sars-Cov-2, causante de Covid-19, que sigue provocando estragos a nivel mundial, es bien conocida: grosso modo, de Asia pasó a Europa –con especial presencia en Italia– y de ahí se extendió a todo el planeta. Precisamente el primer caso mexicano fue el de una persona que había viajado a Italia.

De inmediato, la epidemia por un virus cuyo origen todavía se discute –se habla de murciélagos, pangolines y otros posibles transmisores originarios– cobró dimensiones globales y, en el particular caso de México, tres meses y once días después de iniciada en la que hasta ese momento era la internacionalmente ignota ciudad de Wuhan, en el sureste de la República Popular China, la pandemia quedó instalada no como tema único, pero, de manera inevitable, sí como el principal, recurrente y subordinante de cualquier otro asunto, que sin remedio quedó supeditado a lo que sucediera o dejara de suceder a consecuencia de la pandemia.

Como se ha insistido desde el principio, la actual crisis sanitaria sólo puede ser comparada con la pandemia que tuvo lugar a principios del siglo xx, también ocasionada por la expansión irrefrenable de un virus, para decirlo en términos técnicos, de influenza tipo a, subtipo H1N1, pero que (des)consideraciones de orden geopolítico movieron a denominarla, no sin insidia, como la gripe española.

Entre febrero de 1918 y hasta abril de 1920, lapso que a grandes rasgos es considerado como su duración real, aquella peste cobró la vida de aproximadamente 50 millones de personas alrededor del mundo, para un porcentaje apocalíptico si se pone en la perspectiva de dos datos duros, tanto de aquel tiempo como de éste: en 1920, la población mundial rondaba los mil 800 millones de habitantes; eso significa que, en sólo veintiséis meses, la influenza de 1918-1920 cortó la vida del 2.7 por ciento de la población mundial, para un promedio de 63 mil 291 muertes diarias. Un siglo más tarde, a la Tierra la poblamos alrededor de 7 mil 500 millones de seres humanos, y aunque la cifra de contagios y decesos naturalmente sigue y seguirá aumentando durante un lapso imposible de conocer, al día de hoy no rebasa los 2 millones 400 mil muertes, para un promedio aproximado de 5 mil 700 fallecimientos diarios por Covid-19, o 0.03 por ciento de la población mundial. Por supuesto, este comparativo numérico de ningún modo tiene la intención de minimizar la emergencia y la tragedia actuales; sólo pretende mirar el actual estado de las cosas desde una perspectiva histórica.

La de principios del siglo xx y la del Covid-19, como es natural y como, a estas alturas, lo sabe incluso el menos enterado, no son las únicas –y tampoco las peores– epidemias que la humanidad ha sufrido: sería imposible agotar el registro en un espacio como éste, pero apúntense al menos un par: la tristemente célebre peste negra medieval, que en el siglo xiv cortó la existencia de aproximadamente 200 millones de seres humanos en Europa y Asia, y otra que tuvo lugar en el siglo xix, pocos años antes de la acaecida en 1918-1920: la que asoló la ciudad argelina de Orán en 1849, de la cual se hace eco La peste, la conocida novela de Albert Camus, que en los días que corren ha cobrado nueva relevancia, como resulta obvio considerando tanto el tema del libro como la relevancia mundial de su autor

Perspectiva literaria: una y todas las pestes.

Breve, concisa, espléndida y durísima, La peste no fue ni el primer libro ni la primera novela publicada por Camus: un lustro antes había dado a la imprenta El extranjero, esa otra obra maestra, así como publicado alrededor de siete títulos, entre piezas teatrales y ensayos, incluyendo esa cúspide del pensamiento occidental llamada El mito de Sísifo

Publicada en 1947 –una década antes de que Camus recibiera, a sus cuarenta y cuatro años de edad, el Premio Nobel de Literatura–, a La peste se le ha querido entender como una gran metáfora de la invasión nacionalsocialista alemana en territorio francés. Asimismo, se le ha querido interpretar como si se tratara de una enorme alegoría relativa a la amenaza permanente de la maldad, contra la cual el género humano debe permanecer alerta si acaso lo que busca es no sólo sobrevivir y prevalecer sino realmente vivir o, quizá mejor dicho, realmente existir, y que la existencia misma tenga algún sentido, para expresarlo en los términos filosóficos que alguna vez le fuesen caros al propio Camus: los del existencialismo.

En tanto La peste se hace eco de un hecho histórico verídico, sólo que adaptado a la realidad de mediados del siglo xx, cabe por supuesto la interpretación más sencilla de todas: una evocación, estremecida y estremecedora, del pasado relativamente reciente, así como una revisión de la idiosincrasia nacional del propio autor, nacido en Argelia a finales de 1913 –en otras palabras, a los cinco años de edad Camus vivía en un mundo azotado por una pandemia. No en balde, los acontecimientos de ficción de La peste tienen lugar casi exactamente un siglo después de los que asolaron a la ciudad de Orán.

Empero, y sin demérito de las interpretaciones arriba apuntadas, con su segunda novela Camus alcanzaría, y de igual manera con una novela más bien corta –apenas arriba de doscientas páginas que, dicho clásicamente, se leen de un tirón porque resulta imposible soltar el libro sin llegar hasta el final–, lo mismo que Thomas Mann tres décadas y un lustro antes, con su también celebérrima Muerte en Venecia –contextualizada, como bien se sabe, durante una epidemia de cólera–: hablar no de una, sino de todas las epidemias, presentes, pasadas e incluso futuras, como los actuales habitantes de esta Tierra podemos constatar.

En aras de comprobar lo antedicho, es grande y difícil de resistir la tentación de citar profusamente, pero se hará un esfuerzo de brevedad, comenzando por el final de la novela, incluida la idea que, para muchos, sintetiza el existencialismo según Albert Camus, que no sería otra cosa que un humanismo profundo, diríase telúrico y, en su caso, henchido de generosidad y calidez:

El viejo tenía razón, los hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux sentía que se unía a ellos. […] para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Lo que el narrador dice de Rieux, ese doctor infatigable para quien la piedad con sus semejantes tiene forma de persistencia, disciplina y olvido de sí mismo, es por supuesto lo que movió al propio Camus no sólo en la escritura de La peste y de otros libros suyos, en particular El hombre rebelde y El mito de Sísifo: la resistencia, casi que la obcecación ciega, contra la adversidad o la indiferencia de un mundo al que ni le sobra ni le falta la presencia o la ausencia del ser humano en su seno.

Sigue hablando el narrador, a nombre de ese espíritu noble del doctor Rieux, acerca de la conveniencia de no cantar victoria nunca, en particular si el enemigo a combatir es la peste, ya sea que se trate de un virus, del desaliento, del egoísmo o de la indiferencia respecto de la suerte del prójimo:

…sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos. Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.

El doctor Rieux y, a su personalísimo modo, el resto de los personajes que pueblan la historia –Tarrou y su desapegado escepticismo, paradójicamente no exento de ternura; el anciano Grand y su contribución tan discreta como indispensable en la ejecución de las faenas a que la epidemia obliga; Rambert, uno de quienes “llegaron incluso a pensar que seguían siendo hombres libres, que podían escoger”, más el resto, unos escépticos, otros exasperados, otros más esperanzados, otros todo lo contrario–, todos sin excepción viven, cada uno, su propia epidemia y reivindican su derecho a ser libres, así sea solamente para volver a la molicie prepandémica o, si la libertad bien entendida y mejor aprovechada es mucho pedir en medio de la tragedia, al menos reclaman su derecho -tan inalienable en la Edad Media como en los siglos xiv, xix, xx y el actual, sea en Wuhan, Orán o Ciudad de México- a seguir existiendo. 

sexta-feira, 19 de fevereiro de 2021

La mentira como forma de acción política


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Es bastante conocida la frase difundida por el principal ideólogo del nazismo, el ministro de Propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels, quien declaró en innumerables oportunidades que “Una mentira mil veces repetida, se transforma en verdad” o también aquel eslogan que difundía frecuentemente y que se ha transformado en una especie de mantra de los apologistas del llamado paradigma de la posverdad: “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”.

Pero no es necesario remitirnos al régimen nazista para conocer los estragos de la mentira descarada en la vida democrática de las naciones. En la política contemporánea tenemos innumerables ejemplos esparcidos por el planeta. Quizás el caso más representativo de la mentira en la vida política actual, sea el de Donald Trump, quien -según el Washington Post- tiene el increíble record de haber dicho más de 25.000 mentiras durante sus 4 años en la presidencia de Estados Unidos. Hasta el final de su mandato - en que mintió descaradamente sobre la existencia de un fraude en las elecciones que le dieron el triunfo a su adversario demócrata-, el ex presidente Trump mintió prácticamente en todas las materias sobre las que se pronunció o en las que fue consultado. Mintió sobre el sistema de salud, sobre los inmigrantes, sobre la economía, sobre el medioambiente, sobre el origen y la gravedad del Covid-19 y sobre un largo etcétera. Entre mentiras grandes y pequeñas, mentiras groseras y mentiras “piadosas”, su arsenal de falsedades es tan grande que sería un despropósito enumerarlos con detalle en esta breve columna.

Sin embargo, vale la pena recordar algunas de sus mentiras más emblemáticas: A pesar de existir pruebas fotográficas en su contra, dijo desconocer a una mujer que lo acusó de violación. En el caso de la conspiración y espionaje realizada junto con el presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, mintió y pudo finalmente ser absuelto de un impeachment gracias a la “lealtad” de sus correligionarios republicanos en el Congreso. En la última acusación con relación a haber convocado una invasión al Capitolio, Trump desconoce su propia proclama a las huestes de seguidores, la que fue asistida por millones de televidentes en su país y en el resto del mundo. Trump hizo de la mentira su forma de gobernar y continúa mintiendo a pesar de que ya no ocupa el cargo de presidente. No es esperable de él ningún gesto que reivindique –aunque sea por una vez- el honor a la verdad.

Su principal admirador y acólito en el continente sudamericano es sin duda Jair Bolsonaro. El ex capitán ha mentido descaradamente desde que asumió la presidencia hace más de 2 años. Formado en la escuela de Goebbels y Trump, Bolsonaro insiste en afirmar – después de la irrefutable evidencia en su contra – que el Coronavirus es un resfriadinho que se encuentra en franco declive. Negándose a escuchar las recomendaciones de los médicos, epidemiólogos, infectologistas y la comunidad científica en general, el presidente desestimula el uso de máscaras, del aislamiento social y la efectividad de la vacuna para proteger a la población ante un posible contagio.

Las mentiras de Bolsonaro son tan groseras que a veces cuesta imaginar el nivel de desparpajo con que son expuestas. Después de arengar en plaza pública a sus huestes con el discurso de que es urgente cerrar el Congreso y el Supremo Tribunal Federal para realizar los cambios que Brasil requiere, el ex capitán aparece al otro día afirmando –sin ninguna muestra de pudor- que él más que nadie respeta las instituciones democráticas de la república. Luego, en una reunión de su gabinete, amenazó con destituir al Superintendente de la Policía Federal porque dicha institución hostigaba a sus hijos y amigos. Así lo hizo, pero después negó que ese fue el motivo principal, a pesar de que su alocución en ese encuentro ministerial fue grabada y expuesta posteriormente para todo el país.

Con la campaña de vacunación no ha sido diferente. Primero difundió falsedades sobre los efectos que tendría la inoculación sobre la población, llegando a decir que quien toma la vacuna al otro día surge transformado en jacaré (sic). Debido a una política criminosamente negligente y omisa, Brasil se encuentra actualmente con falta de vacunas y ha debido suspender el proceso de vacunación en muchos estados de la Federación. Con más de 224 mil fallecidos y de 10 millones de infectados, el ejecutivo insiste en decir que la pandemia está siendo controlada. El ministro da Salud, prometió que llegarían 230 millones de dosis de vacunas hasta fines de julio, pero gobernadores y alcaldes no le creen. Lo que es peor, simulan creerle para que la ciudadanía se quede tranquila, aunque entre bambalinas afirman que los datos entregados por el general Pazuello no son fidedignos ni dignos de crédito.

Al igual que Trump y otros líderes políticos, Bolsonaro sigue en rigor el precepto de que, mintiendo en repetidas oportunidades, sus palabras se transformarán en verdad y de esta manera viene actuando hace más de 30 años en la escena pública brasileña. Parece que en la política no hay espacio para la verdad, especialmente en los regímenes totalitarios o con claras inclinaciones autoritarias, como es el caso de Brasil. La falsa ideología como forma de aprender la realidad se va diseminando en las mentes de los ciudadanos a partir de una batería de mecanismos de penetración que hoy están disponibles, especialmente las redes sociales virtuales. Quizás como nunca suena pertinente la advertencia realizada hace algunos años por Hannah Arendt respecto de que la verdad y la política nunca se llevaron demasiado bien y que nadie puede poner la veracidad entre las virtudes de la política.

En principio, el enunciado de la pensadora alemana es muy pesimista, pero a juzgar por la manera en que es tratada y maltratada la verdad en el campo de la política, su sentencia constituye algo enteramente pertinente. La mentira ostensible hecha en forma reiterada posee una eficacia enorme y ya está suficientemente comprobado que el falsear la realidad y manipular los hechos ha sido un recurso poderoso de la política desde que ella existe. Sin embargo, quizás como nunca hasta ahora la mentira se despliega con tanta convicción y falta de pudor entre quienes desean convencer a la población sobre la modalidad en que los “fenómenos” ocurren. Y, además como nunca existieron tantas herramientas para engañar a los ciudadanos y a los electores sobre la existencia de una realidad paralela. La verdad termina siendo tan subjetiva que ella es vaciada de todo contenido y vínculo con aquello que efectivamente está sucediendo, dejando el terreno para controversias interminables sobre lo que puede o no ser real. Esto lo saben muy bien los profetas de la ficción delirante y los demagogos que, como Bolsonaro, han hecho de la mentira una forma de gobernar y de hacer política.

quarta-feira, 3 de fevereiro de 2021

Brasil: Sin impeachment para el genocida

 

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

El recién electo parlamento brasileño es la máxima expresión del fisiologismo político que carcome como un cáncer la democracia brasileña. En el fisiologismo no hay proyecto de país, ni vocación de mejorar las condiciones de vida de la población. Solo mucho apetito por cargos y recursos económicos a cambio de apoyo, complicidad u omisión en caso de que el ejecutivo transgreda la Constitución. Es la vieja práctica institucionalizada del “yo te doy si tú me das” (toma-lá-dá-cá). Una tragedia para los habitantes de este territorio que ahora van a tener que continuar soportando la incapacidad del gobierno para enfrentar la pandemia y las arremetidas autoritarias del ex capitán sin el contrapeso que podría ejercer el Poder legislativo.

A partir de este resultado, las posibilidades de que se abra un proceso de impeachment contra Bolsonaro son muy remotas. Con un fuerte aliado presidiendo la Cámara de diputados, los más de 60 pedidos de destitución que se vienen acumulando durante los últimos dos años de mandato, podrán seguir esperando en las gavetas hasta ser archivados definitivamente. Los motivos para apartar a Bolsonaro de la presidencia son muchos y variados, lo que falta ahora es la voluntad política de llevar adelante un proceso complejo y desgastante, con parlamentarios que tienen como principal objetivo obtener más recursos del gobierno federal o influir para que alguna amistad obtenga un buen cargo dentro del aparato de Estado.

Es lamentable, pero estamos seguramente en presencia del más nefasto Congreso Nacional en la historia reciente de Brasil. El llamado “Centrão” que es mayoritario, es un amontonado gelatinoso de partidos y siglas que se articulan en torno de intereses espurios con la finalidad principal de reproducirse en las esferas del poder. Sus miembros son figuras oportunistas y maliciosas, que se caracterizan por presentar pocos proyectos para el beneficio de la ciudadanía, pero que circulan por los pasillos del Congreso aprovechando los intersticios del sistema para conseguir recursos, prebendas, auxilios, comisiones, enmiendas presupuestarias, etc. que en nada aportan al desarrollo de la nación.

El candidato Bolsonaro que en las elecciones de 2018 se presentaba como el representante de una nueva manera de hacer política, sin componendas y acuerdos bajo el tapete, se ha revelado como el peor de todos. Puso todos los recursos del Estado para comprar a senadores y diputados en cambio del apoyo a sus candidatos (Pacheco y Lira), haciendo promesas de cargos inexistentes o de posibles futuros ministerios que el ejecutivo dice estar evaluando crear o refundar, principalmente para transformarlos en agencias de empleo. Según palabras del propio presidente “el país se encuentra quebrado” (sic), pero recursos para conseguir el apoyo de los honorables al parecer abundan. Si eso no constituye motivo de fraude electoral, no se me ocurre que podría ser.

Hace poco un estudio coordinado por la jurista Deisy Ventura de la Universidad de São Paulo, reveló que desde marzo de 2020 existe una estrategia institucional de la administración Bolsonaro destinada a propagar el virus por todo el país. Lo anterior desmiente la difundida idea de que el gobierno ha sido impotente y negligente en el enfrentamiento de la pandemia. Por el contrario, el informe concluye que “la sistematización de los datos demuestra el compromiso y la eficacia de la acción del gobierno federal para difundir ampliamente el virus en el territorio nacional”. La lista de evidencias de esta afirmación es muy extensa y el crecimiento acelerado de fallecidos e infectados que presenta Brasil permite corroborar los resultados del estudio. En este caso, el ex capitán podría perfectamente ser procesado por manifiesto abandono en el ejercicio de sus funciones y por quebrantar el juramento constitucional de cuidar y preservar la vida de los brasileños.

Para defenderse de las acusaciones que se acumulan en su contra, el mandatario le transfiere la culpa de su incapacidad de gobernar y de su pulsión por la muerte a todos quienes pueda colgarle el bulto de esta desastrosa gestión que solo tiende a empeorar. De esta manera, culpa a las cuentas públicas por las ataduras presupuestarias que han provocado el caos sanitario en Manaos o que limitan la ayuda de emergencia para los sectores más afectados, culpa al Supremo Tribunal Federal que le entregó mayor autonomía a gobiernos estaduales y municipios, culpa a las farmacéuticas por no ofrecer las vacunas al mejor precio de mercado, culpa a los ciudadanos por contraer el virus, culpa a las instituciones que no lo dejan gobernar discrecionalmente y un largo etcétera.

El ex capitán ha transformado a Brasil en un país donde la vida no es preservada, donde la vacunación avanza a pasos muy lentos y donde cada día más de mil personas mueren a causa del Covid-19. Ante este escenario y temeroso de una eventual destitución, el presidente ha apostado sus fichas en la formación de un Congreso sumiso y cooptado por los intereses pecuniarios. En tal sentido, la crisis económica -que muy probablemente se agudizará este año- puede implicar perder el control de los miembros del centrão, en caso de no contar con más recursos para ofrecerle a sus apoyadores de alquiler o “aliados” condicionales. Paradojas del destino, para alejarse del fantasma del impeachment Bolsonaro va a tener que seguir haciendo concesiones ad infinitum a la corrupta mafia de los partidos, oportunista y fisiológica, que él prometía desterrar de la vida política brasileña.

quarta-feira, 27 de janeiro de 2021

La renta básica ciudadana en tiempos del coronavirus

 

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Casi nadie puede desconocer actualmente el fuerte impacto que tiene la pandemia sobre aquellos sectores más vulnerables de la población. Confinamiento de la población, disminución del consumo, cierre de miles de pequeñas empresas, locales de esparcimiento, restaurant, peluquerías y salones de belleza, gimnasios, comercio local y un largo etcétera. Ello ha tenido consecuencias directas sobre las actividades de servicios, emprendimiento familiar y el empleo.

Según el último informe de Oxfam, la tragedia pandémica desató la peor crisis de empleos en más de 90 años, con centenares de millones de personas desempleadas. Y como casi siempre, la presente crisis ha afectado con mayor intensidad a las mujeres y a las profesiones precarias de baja remuneración. Este fenómeno de fragilización y precarización del trabajo viene a profundizar las tendencias ya existentes en el ámbito laboral, con la agudización del desempleo estructural (causada por los procesos de robotización, automatización, digitalización, etc.), la flexibilización y la disminución de los salarios, la pérdida de beneficios sindicales y la expoliación de los sistemas previsionales.

Los efectos de ello han sido expuestos por la misma Oxfam en sendos informes sobre el aumento de la desigualdad en la distribución de la renta mundial y la consecuente concentración del poder que de ello se deriva. En uno de dichos estudios, ya nos advertía en el año 2017, que ocho personas o familias multimillonarias poseían la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad.

Frente a este escenario trágico, la renta básica universal (o renta mínima garantizada o ingreso ciudadano), surge como una respuesta viable para resolver los problemas que no solamente giran en torno al ajuste de las economías y los procesos productivos en función del desempleo estructural. También -y lo que es mucho más trascendental-, en este periodo nefasto de pandemia dicha renta transferida por el Estado va a ayudar a que miles de familias puedan acceder a un ingreso mínimo que les permita adquirir una canasta básica de alimentos y otros bienes esenciales que garanticen su supervivencia.

Puede parecer exagerado hablar de sobrevivencia, pero en rigor muchas familias se han quedado sin ningún tipo de renta para enfrentar la lucha cotidiana por un plato de comida. Ello se ve claramente reflejado en el hecho de que en las más diversas partes del planeta han surgido Ollas comunes, Comedores populares, huertos urbanos y otras iniciativas de este tipo, que se orientan a suplir las carencias alimentarias de miles de personas que han perdido su trabajo o su fuente regular de ingresos.

Algunos gobiernos en la actual coyuntura han creado diversos instrumentos para salir en ayuda de sus ciudadanos -por ejemplo, canastas básicas, auxilio de emergencia, bonos productivos, préstamos con bajos intereses, subsidios- pero la entrega de una renta básica se podría transformar en una política de protección social de mayor alcance con la finalidad de enfrentar de una manera mucho más efectiva y permanente las situaciones de desigualdad de nuestras sociedades.

Dichas condiciones de desigualdad se han profundizado en estas últimas cuatro décadas como lo han constatado diversos estudios, como los emprendidos por dos Premio Nobel de Economía, el economista bengalí Amartya Sen (Sobre la desigualdad económica y Nuevo examen de la desigualdad) y el estadounidense Joseph Stiglitz (El precio de la desigualdad). Ello también se puede aprecia en el acucioso trabajo del economista francés Thomas Piketti, autor de los influyentes libros El capital en el siglo XXI y La economía de las desigualdades. En estas investigaciones se concluye –grosso modo- que las desigualdades existentes en el actual régimen de acumulación se encuentran estimuladas por el declinio o el desmonte directo de las redes de protección social y del conjunto de mecanismos de seguridad social desplegados desde la segunda post-guerra por el Estado de Bienestar Social (Welfare State).

Ahora las poblaciones deben experimentar en carne propia la primacía otorgada al mercado en la asignación de los recursos y en la solución focalizada de la problemática social. Por lo mismo, es que surge todavía con mayor fuerza y pertinencia la propuesta de establecer una renta básica para todas aquellas personas (y sus familias) que se han visto marginadas de la estructura productiva y de alternativas viables de desarrollo y que penan diariamente para poder mantener sus condiciones mínimas de existencia. Estos programas de renta ciudadana se pueden tornar una vía directa de distribución de los ingresos de un país, protegiendo a quienes por diversas circunstancias (invalidez, enfermedad, vejez o desempleo) no pueden tener acceso a un ingreso regular que les permita llevar adelante sus proyectos de vida.

Tal como señala uno de sus principales impulsores, Philippe van Parijs, la renta básica universal es una transferencia que realiza el Estado a los ciudadanos de manera individual, independientemente de sus medios sin esperar ningún tipo de trabajo a cambio. Para este economista y filósofo belga la idea de la renta básica es muy simple: “conferir incondicionalmente a cada persona, rica o pobre, activa o inactiva, sea cual sea la forma de convivencia por ella escogida, una renta modesta completamente compatible con cualquier otra renta: salarios, intereses del ahorro, subsidios condicionados. Una justificación adecuada requiere el llamamiento a una concepción de la justicia anclada en la aspiración de dotar a cada cual, no sólo de la posibilidad de consumir, sino también de escoger su forma de vida.”. Es universal porque está destinada a todos y todas las habitantes de un país y es incondicional, pues se les proporciona a las personas sin ninguna condicionante como contraparte, bastando solamente ser un ciudadano o ciudadana. Se sustenta en una visión vehemente de la justicia social y de la libertad de los individuos, en la medida en que la pobreza y el desempleo representan limitaciones o coerciones a dicha libertad.

Fuera de este enfoque más estructural con relación a la pertinencia de otorgar una renta garantizada para la ciudadanía, en la actual coyuntura de crisis sanitaria y humanitaria provocada por la diseminación exponencial del Covid19, la temática de un ingreso básico ciudadano -que garantice condiciones elementales de vida de la población frente a la expansión del desempleo, el crecimiento de la pobreza y las desigualdades sociales-, emerge como una cuestión de gran relevancia para los gobiernos y la sociedad en general. Es evidente que el proceso de pauperización que afecta a millones de personas en el globo y la posibilidad de acceder a un ingreso que permita superar la línea de la pobreza no solo representa una especie de imperativo moral categórico, sino que también tiene un impacto directo sobre el poder de compra de los habitantes, aumentando la demanda agregada y por esa vía provocar efectos positivos sobre la industria y la economía de los países.

Este fenómeno sale al encuentro de quienes argumentan que una política de renta básica ciudadana no tiene posibilidades de ser sustentada por ninguna nación, en función del enorme déficit fiscal que acarrearía para cualquier Estado que no posea una estructura tributaria y reservas de capital suficientes para arcar con los exorbitantes gastos derivados de tal opción de política. Por el contrario, insistimos que el impacto positivo del gasto social sobre las economías ha podido ser demostrado por innumerables estudios que destacan la cadena virtuosa de dicha política, desde los tiempos en los economistas británicos John M. Keynes y William Beveridge publicaron sus documentadas investigaciones sobre esta temática.

Pero no solo eso, la instalación de una política de renta mínima representa una oportunidad para que los líderes mundiales y el conjunto de la sociedad, ponga en práctica una noción fuerte de solidaridad y cooperación con aquellos que por la fuerza del destino se encuentran viviendo en condiciones de escasez y precariedad, sea como producto de las transformaciones acaecidas en el ámbito científico tecnológico, económico, social y cultural sea como resultado de coyunturas adversas y críticas. En este caso, la situación de incertidumbre y vulnerabilidad se ha visto profundizada en el marco de la actual pandemia de Coronavirus.

El recién asumido presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha enviado para su aprobación al Congreso una propuesta de destinar 1,9 billones de dólares para ir en ayuda de la población más afectada por la pandemia y también de apoyo a las pequeñas y medianas empresas, entre un conjunto de acciones. El paquete de gobierno incluye la entrega de pagos directos de 2 mil dólares para quienes más lo necesiten, incluso para personas casadas con residentes indocumentados. Cupones de comida, ayuda para el pago de hipotecas, beneficios para los desempleados y aumento del salario mínimo, son otras de las medidas a ser adoptadas con el fin de estimular el consumo y mejorar la vida de los estadunidenses.

A partir de lo expuesto, pensamos que quizás como nunca antes sea la hora de comenzar a discutir el papel de debiera tener una política de renta básica ciudadana dentro de las agendas de los diversos gobiernos, para que el mundo se levante de esta descomunal catástrofe sanitaria y social con un rostro más fraterno y justo, en que nadie tenga la desdicha de poseer un nivel de vida por debajo de lo que es humanamente digno y soportable.

quarta-feira, 20 de janeiro de 2021

Na pandemia, Exército volta a matar brasileiros


Luiz Fernando Vianna
Revista Época

Em vários momentos da nossa história, o Exército brasileiro se pôs a matar a população em grande quantidade. Na Revolta de Canudos, por exemplo, destruiu um povoado de 25 mil habitantes, na Bahia, em 1897. Nem as crianças foram poupadas. A Comissão Nacional da Verdade, que atuou entre 2012 e 2014, apontou 434 mortos e desaparecidos pelo Estado brasileiro entre 1946 e 1988. A maior parte dos crimes aconteceu durante o regime militar (1964-1985), quando as Forças Armadas se uniram às polícias para torturar e assassinar.

Com a redemocratização, o Exército se adequou ao seu papel constitucional. Nos últimos anos, começaram a acontecer coisas antes impensáveis, como um general, Eduardo Villas Bôas, pressionar o Supremo Tribunal Federal para que não se tomasse uma decisão em favor do ex-presidente Lula.

No governo de Jair Bolsonaro, o Exército voltou a se lambuzar de política. Oficiais da ativa e da reserva ocupam postos-chave, participam de manifestações antidemocráticas e, assim, emitem sinais de que as Forças Armadas endossam o que presidente diz e faz.

No momento, o Exército participa de um massacre. Um general, Eduardo Pazuello, aceitou ser ministro da Saúde mesmo, como admitiu, sem saber o que é o SUS (Sistema Unificado de Saúde). Suas credenciais eram as de um craque da logística. Ele pode ser bom em distribuir fardas e coturnos, mas, como estamos vendo, não sabe salvar vidas.

Demorou a comprar seringas e agulhas, e ainda mandou um lote vir de navio, porque é mais barato. Só agora, e quase à revelia dele, cidadãos daqui começam a ser vacinados, embora mais de 35 milhões já tenham sido ao redor do planeta. O Brasil passou dos 209 mil mortos, e Pazuello continua defendendo o uso de remédios que não servem para combater os efeitos do coronavírus.

Não se trata de um caso isolado, de um incompetente que está fazendo trapalhadas. Bolsonaro o nomeou para que ele as fizesse. O lambe-botas do presidente soube com dias de antecedência que os hospitais de Manaus entrariam em colapso por falta de oxigênio para os pacientes. Nada fez, a não ser prescrever a inútil cloroquina. A tragédia do Amazonas reforça o que não é novidade, mas ainda assim é terrível: temos um governo que atua para que um número cada vez maior de brasileiros morra. Não é acidente, é projeto. Em cada mil brasileiros, um já morreu de Covid-19.

Os generais de Brasília (Mourão, Augusto Heleno, Braga Netto, Azevedo e Silva) pouco fazem além de inscrever seus nomes na história como operadores de um morticínio – não se pode usar a palavra genocídio porque algumas damas da intelectualidade ruborizam.

O Exército ainda está sendo cúmplice da, quem diria, venezuelização do Brasil. Em vez das milícias boliviarianas de Hugo Chávez e Nicolás Maduro, estão em formação as milícias bolsonaristas: facilitação da compra de armas por civis, aumento de poder e de vencimento para policiais, mobilização de apoiadores contra o Legislativo e o Judiciário para que estes se submetam ao Executivo. Enquanto tentamos sobreviver na pandemia, temos um governo que joga contra nós e é integrado por oficiais que envergonham as fardas que vestem ou vestiam.

terça-feira, 19 de janeiro de 2021

La precarización violenta del trabajador brasileño


Fernando de la Cuadra

Socialismo y Democracia

El sociólogo Ricardo Antunes hace ya un tiempo que viene advirtiendo a la clase política, los académicos, la prensa y la sociedad brasileña en general con respecto al acelerado proceso de precarización que viven los trabajadores de ese país. En su libro O privilégio da servidão (El privilegio de la servidumbre), el autor estudia la devastación de la categoría trabajo en Brasil y en el mundo, con la emergencia de formas cada vez más fragmentadas y precarias de una actividad esencial en la cultura y en el devenir de la humanidad.

Cuando Antunes piensa en la condición de los trabajadores actualmente, se inspira en la idea de que, en la lucha por ocupar un espacio dentro de la estructura productiva capitalista, los seres humanos deben necesariamente asumir el “privilegio” de transformarse en siervos del sistema, esclavos de los intereses del capital en escala nacional y global. Esto quiere decir que en los días actuales las personas que tienen algún tipo de empleo, por muy indigno que este sea, viven efectivamente en una situación de privilegio, ya que pueden ser consideradas como seres humanos dignos y pasibles de tener derechos de ciudadanía. Si las personas no tienen esa prerrogativa de ser “siervos” en algún trabajo, se encontrarán en una situación de tragedia social, en la condición de transformarse en seres invisibles o superfluos, según la precisa y contundente definición acuñada por Ilija Trajanov en su libro El hombre superfluo.

Para no situarse en la condición de seres residuales, invisibles, las personas estarán dispuestas a buscar cualquier vía para obtener una renta, por muy indigno o precario que sea este empleo. Una de las modalidades más extendida que asume esta precarización en nuestros días es la profusión de trabajos en que somos o nos creemos ser nuestros propios patrones. En este caso se construye una falsa narrativa de autonomía, de emprendimiento, cuando lo que en realidad existe son nuevas formas de explotación encubierta, que pueden tener una expresión tanto o más violenta que la extracción de plusvalía absoluta o relativa experimentada históricamente por la clase trabajadora, según la clásica definición de la economía política marxiana.

Camuflada bajo la denominación de una economía colaborativa que se sustentaría en el intercambio y la puesta en común de bienes y servicios mediante el uso de plataformas digitales y aplicativos de celular, un sinnúmero de estas empresas (que gustan ser llamadas de entidades) han ido creciendo exponencialmente en los últimos seis años. Existen para ello, una variedad de actividades a las cuales se dedican, como el traslado o movilidad de pasajeros (Uber, DiDi, Cabify, Beat, Grin, Awto, Lime, etc.); de compra y/o entrega de alimentos (Cornershop, Rappi, ifood, PedidosYa, Glovo, Uber Eats, etc.); de alojamiento o alquiler por temporada (Airbnb, HomeAway, HouseTrip, FlipKey, etc.) o de entrega de mercaderías de mayor tamaño.

En principio, estas empresas afirman que no establecen vínculos de jefatura/subordinación con sus miembros participantes, los que para efectos contractuales no serían sus empleados en los moldes convencionales. Por el tipo de vínculo que otorga mayor autonomía a los colaboradores, aquellos que se incorporan o pasan a “integrar” estas empresas lo hacen pensando en que van a disponer libremente de su tiempo, ya que podrán administrar mejor las horas destinadas al trabajo o a estar con la familia, a descansar o a la recreación. Falso. La verdad constatada por muchos estudios, entre ellos los de Ricardo Antunes, es que quienes participan de estos emprendimientos terminan trabajando muchas más horas que las que demandaría un trabajo con contrato convencional, pues no hay horario que delimite el tiempo en que las personas deben o no parar de laborar. Mientras más horas destinen al trabajo, más rendimientos tendrán los “socios” de estas compañías.

Dicha matemática simple fue retratada de manera excepcional por la película de Ken Loach, Sorry We Missed You (Lo siento, te extrañamos), en la cual una familia se embarca en un proyecto de emprendedorismo ofreciendo los servicios para una empresa de entrega de productos y, por lo mismo, debe endeudarse en la compra de una furgoneta. Al inicio la apuesta parece que va a prosperar, pero luego el espectador puede observar como se da curso a una espiral descendente, en la cual el protagonista, Ricky, y su familia se ven transformados en esclavos de la empresa, en simples eslabones de una cadena de sobreexplotación, tapizada más bien con ribetes de auto-explotación.

Un estudio realizado recientemente en la ciudad de São Paulo -con entregadores de alimentos que hacen uso de su bicicleta-, comprobó que muchos de ellos viven en zonas o barrios muy apartados de los locales que producen estos alimentos (casi todos ubicados en el centro de la ciudad), razón por la cual deciden dormir en cualquier parque o plaza del mismo centro, pues el regreso a casa en bicicleta les demanda un gran esfuerzo, el que no pueden realizar o soportar después de pasarse un día completo trasladando alimentos de un sitio a otro en esta imponente e implacable megalópolis. Muchos testimonios de estos jóvenes confirman que no tienen alternativa para sobrevivir o para aspirar a tener mejores condiciones de vida.

Hace poco más de cinco años apuntaba en una columna escrita en el contexto de la crisis que atravesaba el gobierno de Dilma Rousseff (Dilma en su laberinto), que uno de los principales desafíos de dicho gobierno era el enfrentamiento de la alta tasa de desempleo que se verificaba en ese tiempo, la cual había aumentado de un 5 por ciento a cerca de un 9 por ciento, con casi 8 millones de desocupados. Eso era impensable y hasta considerado escandaloso en ese momento.

Actualmente la tasa de desempleo alcanza al 14,6 por ciento de la población con más de 15 millones de la población económicamente activa fuera de cualquier tipo de actividad laboral, excluyendo ciertamente a los trabajadores por cuenta propia que, como se sabe, solo permiten camuflar u ocultar artificialmente las cifras oficiales de desempleo. Y las previsiones de gran parte de los economistas es que, de continuar la situación de crisis pandémica esta cifra superará el 17 por ciento durante el primer trimestre del presente año. Con la retirada de la ayuda de emergencia por parte del gobierno, la tendencia es que millones de familias deberán inventar alguna fórmula para obtener un ingreso que les permita sobrevivir en estos tiempos aciagos. Mientras tanto, el ex capitán continúa preocupado con su reelección para el 2022, dejando tras de sí un rastro imborrable de muerte, angustia y sufrimiento.

sábado, 16 de janeiro de 2021

Brasil: A estrutura da morte

 

Lygia Jobim
Carta Maior 

 "A gente está sem oxigênio para os pacientes, a previsão é que acabe em duas horas. Já tivemos baixas de pacientes, então quem tiver oxigênio em casa sobrando, por favor, traga aqui para o hospital", suplicou o médico intensivista do HUGV, Anfremon D'Amazonas Monteiro Neto nas redes sociais.

"Acabou o oxigênio e os hospitais viraram câmaras de asfixia", diz o pesquisador Jesem Orellana. "Os pacientes que conseguirem sobreviver, além de tudo, devem ficar com sequelas cerebrais permanentes." As frases acima são do dia 14 de janeiro de 2021 e se referem à situação no Estado do Amazonas. Entrará para a história de nosso país como o Dia da Infâmia.

O tenente, que nunca escondeu quem é, que sempre disse que sua especialidade era matar, escolheu a dedo o Ministro da Saúde. Escolheu um general que é mais do que um especialista em logística, é um gênio em sua especialidade e tem os mesmos objetivos que seu chefe. Peça por peça, juntos montaram a estrutura da morte. Peça por peça, como num grande quebra cabeça, essa estrutura agora se mostra em todo seu horror e eficácia, com seringas que viajam de navio e pessoas que morrem asfixiadas.

Que sejam malditos os que a conceberam. Que sejam malditos os que podem, por vias constitucionais, retirá-los do poder e não o fazem. Não podemos mais contemporizar. Esta chusma imunda que se aboletou no Planalto tem que ser removida. Todos, a começar pelo chefe, têm que ser, com as armas que a democracia nos dá e que estão num livrinho chamado Constituição, defenestrados do poder que nunca deveria ter lhes sido entregue já que nunca fizeram segredo de seus objetivos.

Em 05 de agosto de 2010 o genocida, então deputado, fez um discurso na Câmara onde culpava o crescimento populacional pela miséria e a violência em nosso país. Sua fala está circulando em vídeo com o intuito de alertar para o fato de que o extermínio da população, a que estamos assistindo por causa de sua inaceitável conduta ao minimizar os efeitos da pandemia que assombra o mundo, é um projeto de governo. No vídeo encontramos frases como “Tem gente demais. Nós temos que colocar um ponto final nisso se quisermos produzir felicidade em nosso país. E não fiquem botando cada vez mais gente no mundo que infelizmente sua grande maioria não servirá para o futuro de nosso país”.

Este não foi seu único discurso defendendo essa tese. Em rápida pesquisa na internet é possível encontrar diversas falas em que defende a esterilização e a laqueadura - sempre dos menos favorecidos. Agora, a Covid-19 vem a calhar, abrindo espaço para sua política de extermínio. Deixa-o livre para continuar a afirmar que nosso mal não vem de uma política social errada. Tão profundamente errada que só nos fez não figurar no mapa da fome – onde agora estamos de volta – durante os governos do PT.

Líderes nazistas reuniram-se em Berlim, no dia 20 de janeiro de 1942, para, naquela que ficou conhecida como a Conferência de Wannsee, discutir detalhes operacionais do extermínio dos judeus na Europa. Numa rápida reunião que durou talvez menos de duas horas, Reinhard Heydrich, diretor do Departamento Geral de Segurança do Reich, reuniu apenas catorze pessoas. Um número pequeno para um projeto tão monstruosamente grande.

Se no projeto alemão a asfixia era levada a cabo em câmaras de gás, aqui, onde o tenente talvez tenha se reunido com meia dúzia ou uma dúzia, de fiéis integrantes de seu asqueroso grupelho homicida, ela se dá apenas com descaso e logística. Só conheceremos os detalhes quando, identificados um por um, assistirmos a seus julgamentos pelo eficiente trabalho de apenas deixar morrer.

sábado, 9 de janeiro de 2021

O instinto assassino de Bolsonaro


Cristina Serra
Folha de Sao Paulo

Ao confessar seu fracasso, ele deveria renunciar. Mas não tem hombridade para tal

Bolsonaro tem duas preocupações na vida: salvar a pele dos filhos suspeitos de cometer crimes e preparar as bases para um golpe na eleição de 2022. Como admitiu em cínica declaração, pelo país ele nada consegue fazer. Aí está uma verdade. Não consegue porque não é capaz. Seu governo será sempre associado a um recorde trágico: 200 mil brasileiros mortos, em menos de dez meses, pelo vírus que ele ajudou a espalhar com seus arrotos de ignorância.

Péssimo militar e parlamentar medíocre, Bolsonaro levou seu despreparo para o Planalto e se cercou de incompetentes como ele. O pascácio da Saúde desconhece a lei da oferta e da procura e não consegue marcar a data da campanha de vacinação. O da Economia não sabe o que pôr no lugar do auxílio emergencial. O vírus mata, a fome também.

A incapacidade do presidente está longe de ser nosso único tormento. Para quem já respondeu a processo por terrorismo, as cenas de selvageria no Capitólio, em Washington, devem ter provocado êxtase. Certamente excitado com o que viu, Bolsonaro vai radicalizar sua campanha de sabotagem à democracia, à urna e ao voto enquanto tonifica seus esquadrões da morte, pelotões de jagunços e hordas de milicianos por dentro do aparelho de Estado, com liberação de armas, promoções, verbas, cargos e salários.

Só numa sociedade muito adoecida o presidente pode atentar à luz do dia contra a democracia e ficar tudo na mesma. O Brasil está morrendo de falência múltipla de instituições. Ao confessar seu fracasso, Bolsonaro deveria renunciar. Mas não tem hombridade para tal.

Restaria o impeachment. Mas ele sabe que os pedidos continuarão juntando mofo enquanto puder contar com a cumplicidade de gente graúda que enriquece ainda mais com a crise e que prefere deixar tudo como está. Assim, Bolsonaro pode seguir sem ser incomodado, contando com mais dois anos para exercitar seu instinto assassino. Não resta dúvida de que nisso está sendo muito bem-sucedido.

quarta-feira, 6 de janeiro de 2021

Brasil: No hay vacuna para el necropresidente


Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia


Se cumplieron 2 años desde que el ex capitán asumió la presidencia de Brasil, en los cuales se puede constatar no solo el carácter siniestro del des(gobierno) como la compulsiva tendencia a aliarse con la crueldad y la muerte de los brasileños. Sólo de esta manera puede ser interpretada la desidia con que el ejecutivo ha asumido su combate a la pandemia que asola al mundo, ahora a través de una lentitud criminal para implementar el proceso de vacunación de los habitantes de este país.

A pesar de todas las evidencias existentes, el gobierno sigue cuestionando la efectividad de las vacunas y solicitando nuevos antecedentes para dar su visto bueno a través de la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa), una entidad que gozaba de gran prestigio antes de ser literalmente ocupada por militares activos o de la reserva sin ningún conocimiento técnico ni profesional en esta área. Resultado: La Anvisa se ha transformado en un enorme aparato burocrático que responde a directrices ideológicas emanadas de Bolsonaro y los ultraderechistas que ocupan los principales cargos de su gobierno.

En su gran mayoría, los ministros del actual gobierno se parecen más a los bizarros y patéticos personajes inventados por Roberto Bolaño en su novela “La literatura nazi en América”, un verdadero caleidoscopio de seres frustrados, fracasados, llenos de complejos e ideas estrambóticas sobre la realidad, incubando fantasías de enemigos ocultos e insufribles tesis conspirativas. Es así como se comportan algunos de los delirantes miembros del gabinete de Bolsonaro, los cuales junto a ciertos pastores pentecostales llegan a afirmar que quien toma la vacuna contra el Covid19 después se transformará en Jacaré, un cocodrilo abundante en las regiones de Amazonas y Pantanal.

Sería cómico si no fuera trágico. El país ya se aproxima a la amarga cifra de 200 mil fallecidos y casi 8 millones de infectados por el virus y las autoridades continúan paralizadas, sin ninguna voluntad de respuesta a la urgencia de iniciar una masiva campaña de vacunación. En estos momentos, cinco de los mayores hospitales de Sao Paulo se encuentran con su capacidad desbordada y con la ocupación al 100% de sus camas para pacientes con Covid19. El propio Ministro de Salud, General Pazuello, hace dos semanas que no se hace visible para dar algunas informaciones u orientaciones a la población que se mantiene expectante frente al proceso de inmunización que se desarrolla ya en muchos países. Además de la inacción del gobierno federal, la absoluta falta de coordinación entre éste y los gobiernos estaduales tiene al país entre los últimos de la fila para llegar a un acuerdo con las farmacéuticas que deben dar cuenta de una demanda excesiva.

Es desesperador para muchos especialistas en epidemiología y salud pública observar como Brasil se está quedando muy atrás en una materia de vida o muerte para los millones de personas que quieren volver a la llamada “nueva normalidad” con la seguridad y la confianza de que no sucumbirán al Coronavirus. Mientras el poder público se encuentra paralizado, clínicas privadas están negociando contratos con ciertas empresas farmacéuticas, lo cual puede representar una solución para grupos minoritarios de la población, pero nunca para la mayoría de los 210 millones de habitantes de Brasil.

Y aún más, cuando la elite de este país esté vacunada, ciertamente las presiones de los grupos más influyentes sobre el gobierno van a disminuir drásticamente, con lo cual la demora en la respuesta sanitaria a la pandemia se puede profundizar. A pesar de toda la crítica realiza por los especialistas y vehiculada diariamente por la prensa, el presidente se hace el desentendido respondiendo con un simple “todos tenemos que morir algún día”. Es la expresión más grotesca de un mandatario que le impone la muerte a miles de personas a causa de su desidia y negligencia administrativa y su apatía y desprecio por la vida ajena.

Como ya advertíamos en un artículo publicado meses atrás, la política del gobierno de Bolsonaro se sustenta en la muerte, en la noción de que al poder político le cabe la discrecionalidad de decidir entre quienes pueden vivir y quienes pueden ser eliminados, pues son vidas superfluas, residuales, “matables”. De esta manera, se establecen los estándares entre quienes hay que proteger y asegurar en sus condiciones de vida o, por el contrario, aquellos que pueden morir porque son superfluos para el sistema o porque representan una “amenaza para la sociedad” por pensar diferente o, simplemente, por ser diferentes.

Bolsonaro es la encarnación de esta visión perversa que Achille Mbembe analizó y denominó como necropolítica. Es un necropresidente de un necrogobierno que se ufana de estar consiguiendo la inmunidad de rebaño, con millones de contagiados que aumentan de manera exponencial cada día. Y que ha colocado a la cabeza del Ministerio de Salud a un militar que actúa como un subordinado y no como alguien que debe tomar decisiones vitales para velar por la salud y la vida de la población. No en vano ya es conocido como el Ministro de la Enfermedad.


La mitad de la pesadilla


Decir que este ha sido un periodo oscuro, sombrío o siniestro no es una exageración. Han sido dos años de desmonte de las políticas públicas en casi todos los ámbitos de la sociedad: educación, salud, derechos humanos, medioambiente, vivienda, saneamiento básico, infraestructura, previsión, transporte, relaciones exteriores, etc. Todavía restan dos años de mandato del ex capitán y el país continúa sumergido en una profunda crisis a todo nivel, de la cual no se vislumbra salida a corto o mediano plazo. El mismo Bolsonaro viene repitiendo regularmente que “Brasil está quebrado”, eludiendo su responsabilidad ante la insolvencia fiscal del gobierno. Creando falsas polémicas y descalificando a sus críticos, el gobierno esconde artificialmente su propia incompetencia para lidiar con los problemas de la nación.

Por su parte, los pedidos para iniciar un proceso de impeachment por crimen de responsabilidad, falta de decoro o incapacidad para ejercer el cargo, se acumulan en la gaveta del presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, que por cálculo político, cuidado excesivo o temor se ha negado a abrir cualquiera de las más de 30 solicitudes de impedimento que se han realizado en estos últimos dos años. Rodrigo Maia debe dejar su puesto en febrero, por lo cual ya se encuentran en curso las articulaciones para elegir al nuevo presidente de la Cámara.

La oposición ha conseguido con mucho esfuerzo forjar una alianza en torno al candidato Baleia Rossi, del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), el mismo partido en que milita Michel Temer, aquel vice presidente que traicionó a su compañera de lista Dilma Rousseff en el año 2016. A pesar de todos sus resquemores, el Partido de los Trabajadores apoyará la candidatura de Rossi, suponiendo que en esta compleja coyuntura es necesario sumar todas las fuerzas capaces de establecer un contrapunto o contrapoder a los ímpetus del ejecutivo de controlar al conjunto de las instancias decisorias existentes en el país.

Quizás si lo único que otorga un poco de consuelo a los conglomerados políticos opositores y a la mayoría de los ciudadanos que le han restado su apoyo a Bolsonaro, es que a partir de ahora la mitad que resta de su mandato se va a ir reduciendo cada día hasta llegar a su fin, el 31 de diciembre de 2022. Es ciertamente un consuelo pequeño, porque además siempre existe el riesgo de que, si los sectores democráticos no son capaces de levantar una alternativa unitaria y viable a la manipulación y el chantaje ejercido por los seguidores del necropresidente, esta pesadilla se vuelva a repetir por otros cuatro años.