quarta-feira, 6 de agosto de 2025

El Buen Vivir como alternativa viable a la crisis ambiental

Fernando de la Cuadra
Revista Descolonialidad del Poder, Buenos Vivires y Diálogo de Saberes

Los últimos acontecimientos que han conmovido al mundo demuestran fehacientemente un fenómeno que viene siendo expuesto y discutido desde hace varias décadas. El agotamiento de un modelo productivista y predatorio que amenaza cada vez con mayor intensidad las bases materiales de la vida sobre el planeta. El cambio climático es un hecho que a estas alturas no podemos negar. Aunque existe un acuerdo casi global entre el mundo científico sobre su inevitabilidad, aún subsiste bastante incertidumbre sobre las consecuencias efectivas que éste puede acarrear.

Las sucesivas catástrofes ambientales y “climáticas” que viene sufriendo el planeta, permiten sustentar sin exageración que nos encontramos en un estadio avanzado de riesgo fabricado o de crisis estructural, no sólo del capital, sino de la sustentabilidad de la especie. Por lo mismo, necesitamos mucho más para resolver los graves problemas ambientales que aquejan a la humanidad. En América Latina se estima que los mayores impactos de estos cambios se abatirán especialmente sobre la agricultura, la pesca y el acceso al agua potable. Anticipándose a este escenario incierto y sombrío han surgido en la región diversas iniciativas (como la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático) que han buscado construir alternativas al modelo productivista, predador y explotador actualmente imperante.

Paralelamente, también se han concebido algunas alternativas teóricas y prácticas para enfrentar la crisis: El ecosocialismo contemporáneo, el consumo consciente y la simplicidad voluntaria, el decrecimiento, los movimientos slow y otros, nacen precisamente como una respuesta a esta dimensión autodestructiva del capitalismo y se plantean como una alternativa racional y factible ante los dilemas socioambientales y civilizatorios que enfrenta la humanidad. En un campo promisorio de las alternativas que vienen surgiendo, en las próximas líneas abordaremos las posibles soluciones que se pueden levantar a partir de la recuperación del pensamiento de José Carlos Mariátegui en torno de las identidades culturales y las cosmovisiones de los pueblos indígenas de nuestra región y su relación con la concepción del Buen Vivir.

José Carlos Mariátegui (1894-1930) es un intelectual autodidacta peruano, autor de una vasta y prolífica obra, a pesar de haber fallecido prematuramente a los 35 años de edad. Mariátegui desarrolló una intensa actividad política, literaria e intelectual que lo hizo acreedor al título del “primer marxista de América” por parte del estudioso italiano Antonio Melis. Mariátegui, también conocido como Amauta , es un autor de una excepcional originalidad, creador de una poderosa e innovadora producción teórica y literaria que es a la vez profunda y auténtica, porque rescata elementos de la identidad indígena de su país y de la región altiplánica, incorporando a dichas comunidades dentro del proyecto de construcción de un socialismo con un sello particular, que él denominaba como socialismo indoamericano.

En sus textos, el pensador peruano realizaba una vehemente crítica al modelo de desarrollo seguido por Perú, con todos sus efectos nocivos sobre los sectores populares y las masas campesinas e indígenas. Diferentemente de lo que pensaban los intelectuales de derecha y los grupos hegemónicos de la sociedad peruana, Mariátegui percibía que el tipo de modernización que sustentaban estos sectores, solo reforzaban las estructuras de poder imperantes en el Perú en ese momento histórico. Como plantea Héctor Alimonda:

Mariátegui vislumbró que la modernización importada apenas como flujos de capitales reforzaba al tradicional esquema de dominación oligárquica, con el que se fusionaba. De esa forma, el “progreso” reproducía y reforzaba al “atraso”. Hubo en él una percepción crítica increíble para su época de lo que hoy denominamos “modelo de desarrollo devastador”, que tiene total correspondencia con la crítica al crecimiento económico insostenible como paradigma de modernidad.

En otras palabras, desconfiado de la racionalidad instrumental heredada de la matriz eurocéntrica, el Amauta esbozaba un modelo alternativo de modernidad que rescatando aspectos del comunismo incaico pretendía construir aquello que llamaba un tipo de socialismo indoamericano a partir del pasado indígena y de la recuperación de formas de solidaridad, reciprocidad y de ayuda mutua que caracterizaba a las formas de vida y de organización de la producción existentes en esos pueblos ancestrales y, por lo tanto, perfectamente factible de llevar a cabo en su país y en el resto de la región.

Este acercamiento a la noción de lo indoamericano permite destacar la relevancia que le asigna Mariátegui a los repertorios económicos culturales que se encuentran presentes en la visión de mundo y formas de vida de las comunidades andinas como alternativa a las actividades predatorias de la empresa capitalista, sustentada en una matriz con lógica cuantitativa, productivista y crematística. Sin despreciar del todo los aportes de la modernidad, Mariátegui aboga por una racionalidad alternativa que se nutre en relaciones de cooperación, reciprocidad, confianza y solidaridad que se expresan efectivamente en la vida cotidiana de los pueblos originarios que habitan estos territorios del mundo.

De esta manera, según la acertada conceptualización de Héctor Alimonda, en Mariátegui “el socialismo, la organización futura de la sociedad humana, está inscripto en el pasado andino, en las tradiciones comunitarias y solidarias que, recompuestas por una nueva política, abrirán el camino para una modernidad propia, en dialogo productivo con las tendencias renovadoras contemporáneas”.

Ello no implica, por cierto, realizar un mero trasvasije mecánico de las ideas de Mariátegui para nuestras actuales sociedades y si más bien intentar un ejercicio de “traducción” del pensamiento del gran Amauta, en el cual se integren las visiones de mundo y las formas de vida que desenvuelven los pueblos indígenas del continente. En efecto, el pensador peruano sustenta que no es necesario remontarse a las épocas remotas de los pueblos altiplánicos, ni volver al sistema de plantaciones en tarrazas, tal como era usual en dichas sociedades. Lo que es necesario recuperar –nos dice el Amauta- es el ethos andino, su manera de relacionarse con la naturaleza, entre ellos y consigo mismo.

Es decir, la crítica del Amauta a la civilización del capital, no significaba para nada un retorno literal a un pasado incaico, sino sobre todo recuperar las referencias históricas de las formas de vida de estas poblaciones capaces de concebir en las tradiciones colectivistas de los pueblos originarios una poderosa plataforma para desvendar los efectos deletéreos del proyecto capitalista inspirado en la obtención del lucro y la consagración del individualismo posesivo, para construir diferentemente las bases de un nuevo proyecto sustentado en el potencial emancipatorio de la cual la modernidad de impronta eurocéntrica reniega y se opone con vehemencia.

Para Mariátegui la tarea de recuperar las tradiciones legitimas debe recaer en quienes piensan que Perú es un “concepto por crear” y que el mismo no se formará sin la presencia del indio. Por lo mismo, el pasado incaico se introduce en la historia no a partir de la lectura sesgada que le imprimen los tradicionalistas de salón, sino por los revolucionarios que buscan en las raíces y en la cosmovisión indígena aquellos aspectos que abrirán el camino para la construcción de un proyecto socialista y libertario. Es una reintegración espiritual de la historia peruana, que tiene mucho de rupturista y revolucionaria en su “intención y trascendencia”.

Como mencionábamos, entre los principales aspectos que Mariátegui rescata de esta tradición indígena susceptibles de transformarse en un proyecto socialista, se encuentran aquellas expresiones vinculadas a su identidad, tales como la solidaridad, la cooperación y la reciprocidad. Si bien para el Amauta, a diferencia de Valcárcel, la cuestión de la emancipación indígena no se restringía a la problemática de la identidad y si más bien ella se vinculaba con factores económicos y sociales, especialmente con el problema de la expropiación de la tierra y las formas de servidumbre a la que fueron sometidas las poblaciones andinas desde la irrupción de la Conquista española , nunca desestimó la importancia de la dimensión cultural en la formación de un programa emancipatorio y revolucionario.

En sus escritos el intelectual peruano se impuso la tarea de rescatar el papel desempeñado por la cultura y las tradiciones de las colectividades indígenas, las que eran tratadas con sumo desprecio por las clases dominantes peruanas. Para estas clases privilegiadas y urbanas, la verdadera tradición provenía de los ancestros españoles, lo cual representaba para Mariátegui la negación misma de la tradición más profunda, pues según su concepción cuando la tradición es reivindicada por aquellos tradicionalistas que se apegan a las costumbres anquilosadas y anacrónicas de España, solo se consigue empequeñecer a la Nación, reduciéndola a las expresiones de apenas su población criolla o mestiza. La tradición que la República pretende imponer es la tradición rancia y arcaica de la evangelización española y del idioma, despojando a los pueblos originarios de sus identidades y singularidades históricas.

Buscando respuestas desde los pueblos originarios de América Latina

Precisamente, aspectos importantes de la tradición indígena pueden dar pie a una recuperación de la discusión contemporánea sobre el Sumak Kawsay o Buen Vivir. La irrupción de la concepción del Buen Vivir como un paradigma que postula una lógica diferente a la instaurada por el capitalismo, nos sitúa a Mariátegui como un pensador pionero que busca ya en los albores del siglo XX estos elementos de la cosmovisión andina para romper con la estructura destructiva da la humanidad y de la naturaleza que emana del llamado proceso civilizatorio pretendido por el modo de producción capitalista como modelo universal. Esto no significa que Mariátegui utilizará los conceptos de Sumak Kawsay (buen vivir) o Sumak Quamaña (vivir bien) como han sido recuperados actualmente por otros autores que inspirándose en la cosmovisión andina sustentan que dicho Buen Vivir representa una forma de concebir la vida en equilibrio, de una manera holística porque entiende que la naturaleza humana es componente de una realidad vital mayor de carácter cósmico cuyo principio básico es la interconexión entre los diversos entes que conforman un todo armónico e integrado.

Lo que postulamos es que entre el conjunto de temáticas que aborda el Amauta, esta noción del Buen Vivir se articula con la perspectiva crítica que ya se encontraba presente en Mariátegui con relación a su propuesta de pensar una racionalidad diferente de aquella enraizada en el pensamiento occidental. Es decir, en sus escritos también se expresa un juicio que intenta superar las limitaciones a que nos ha conducido el pensamiento occidental, el cual ha venido construyendo una narrativa lineal y unilateral de la modernidad y del capitalismo como la única vía posible de pensar y de existir. En ese sentido, anticipándose a esta corriente en debate actualmente, en los 7 ensayos, hace ya un siglo atrás, Mariátegui recuperaba estos valores que son parte del repertorio de la humanidad, pero que habían quedado postergados en función de las fuerzas colonizadoras y de marca feudal que los habían situado en un segundo plano.

Como apuntábamos, sin abjurar o renegar del capitalismo, Mariátegui es crítico de la forma en que dicho capitalismo se había implementado en su país: un capitalismo retardado confundido con la feudalidad y el atraso, impulsada por una burguesía casi inexistente, carente del sentimiento de aventura, del ímpetu de creación y del poder de organización de un espíritu capitalista auténtico. En Perú, lo que subsiste al final es una clase terrateniente que mantiene relaciones subalternas con el capital extranjero británico y norteamericano. Estos mismos sectores anclados en una feudalidad subordinada son aquellos que desprecian e invisibilizan las cosmovisiones presentes entre los habitantes andinos.

A diferencia de lo anterior, Mariátegui destaca de la cultura incaica aquellas formas existentes en su comunismo agrario, los elementos que constituyen su argamasa social y que se expresa en una ética diferente. No es el modelo productivo de los incas lo que se prioriza en esta perspectiva, sino la coexistencia de la solidaridad y la reciprocidad actuando en su cotidiano. Su recuperación responde al deseo y a la misión asumida por el Amauta de imprimir en la vida cotidiana de los peruanos esta rica cosmovisión incaica, pisoteada por el proyecto colonizador y civilizatorio del Estado controlado por las clases dominantes, sea como oligarquía latifundista heredera del sistema de Mercedes de tierra y de la encomienda española (y el gamonalismo), sea como burguesía entreguista presa a los intereses del capital y de las grandes corporaciones multinacionales asentadas en la metrópolis.

No obstante, pese a esta impronta de dominación de siglos, Mariátegui rescata una praxis viva y poderosa entre los pueblos originarios de su país, que se expresan en sus hábitos cotidianos y en las maneras de expresarse a través de los lazos que establecen con la naturaleza y entre ellos mismos. El pueblo sometido, residual a los ojos de la cultura criolla, es capaz, por lo tanto, de mantener intacta sus ancestrales prácticas de protección y respeto mutuo (con ellos y con su entorno), que se exteriorizan como una forma de resistencia cultural a los saberes y haceres dominantes.

La valoración de estos aspectos de la identidad y cultura indígenas, nos vincula con la recuperación contemporánea del Sumak Kawsay o Sumak Qamaña que representan en su cierne una redescubierta revolucionaria con relación a la lógica depredadora a que nos ha conducido el capitalismo. La concepción del Buen Vivir se propone desnudar y superar los errores y las limitaciones de la matriz de pensamiento eurocentrista, de una determinada narrativa de la modernidad y del capitalismo como única forma posible de pensar y vivir. Ello se encuentra asociado a las diversas nociones y teorías tradicionales del progreso y el desarrollo que se sustentan en el crecimiento exponencial de bienes y servicios lo cual supone la explotación ilimitada de los recursos naturales y humanos que existen en el planeta.

Para alcanzar los beneficios que presume la distribución de los frutos de este crecimiento económico persistente, se insiste en valorizar una determinada visión del desarrollo como crecimiento, proceso que es reforzado por un conjunto de instancias financieras, de capacitación y transferencia de conocimientos desde el mundo desarrollado hacia el mundo en vías de desarrollo. A diferencia de ello, la concepción del Buen Vivir se basa en la idea de que el progreso no debe medirse solo en términos de crecimiento económico, sino también en términos de equidad social, sostenibilidad ambiental y valores e identidades culturales.

Así, la idea de crecimiento económico se transformó en una especie de mandato sacrosanto, en una verdad única e incuestionable que acabó por someter o ignorar toda y cualquier perspectiva surgida fuera del canon occidental de formación de la modernidad y del capitalismo como modelo civilizatorio. Consecuencia directa de ello es que la mayor parte de las actividades productivas, extractivistas o de matriz energética tradicional (p. ej. Centrales termoeléctricas o Hidroeléctricas) poseen efectos devastadores sobre el clima, tal como lo hemos demostrado en la primera parte.

Ello se ha venido incrementando desde hace algunos años, razón por la cual diversos pueblos originarios han denunciado ante las autoridades nacionales y ante organismos internacionales los impactos nefastos de las actividades productivas y predatorias realizadas por empresas privadas y, a veces, por entidades públicas. Tales “emprendimientos” traen como consecuencia la deforestación, la contaminación o extinción de las aguas, la devastación de territorios ocupados por pueblos indígenas, la destrucción de la biodiversidad, la devastación causada por la minería, la agricultura y/o la producción pecuaria, que aceleran el exterminio de dichos pueblos junto con la destrucción de sus ecosistemas.

De esta manera, el Buen Vivir se fue articulando con otras propuestas alternativas a dicho padrón convencional del desarrollo, constituyéndose en nuevas formas de pensar y de sentir la realidad, el sentipensar del cual nos hablaba Orlando Fals Borda. Para estas sociedades la noción de Buen Vivir se vincula fuertemente con la idea de democracia radical, es decir, con la necesidad de elaborar espacios de toma de decisiones para el conjunto de la población, ya sea a nivel local, regional o nacional, en donde el saber atávico y popular y las tradiciones ancestrales sean reconocidas y valoradas y de esta manera poder incidir en el diseño y la formulación de las propuestas de políticas públicas de desarrollo. Como acertadamente ha señalado César Germaná, el Buen Vivir es finalmente una revuelta contra el individualismo, la tecnocratización y la perdida de sentido. De manera que su irrupción en el debate teórico y en las experiencias prácticas representa una recuperación de las “tradiciones que habían sido subalternizadas y marginalizadas por el patrón de poder colonial/moderno”.

En ese contexto, numerosos estudios se han dedicado a rescatar variadas experiencias prácticas de Buen Vivir entre comunidades indígenas, abordando la relación de sus miembros con la gestión de los recursos naturales, las formas de cooperación y reciprocidad y el respeto por la diferencia, la diversidad, el pluralismo de pensamiento y el autogobierno comunitario presente en dichas colectividades. Tales comunidades se preguntan, entre otras cosas, en cómo ser lo que somos con la presencia de la diferencia. Su respuesta aplicada en la vida cotidiana es aprender a convivir con lo diferente, que es distinto de lo opuesto, pues según su cosmovisión no existen los seres humanos opuestos.

En ese contexto, los pueblos nativos vienen demostrando una relevante capacidad para organizarse mancomunadamente en torno a la defensa de sus territorios y sus derechos. Tales comunidades han utilizado estrategias novedosas de movilización, cooperación, comunicación y uso de mecanismos institucionales y legales para el acceso a los bienes comunes, tal como ha quedado demostrado por una serie de investigaciones realizadas en torno a las dinámicas de cuidado y preservación de la vida y la naturaleza.

Reflexiones finales

Sostenemos resumidamente que la búsqueda de una racionalidad alternativa, tal como se puede desprender de la obra del Amauta, se enlaza fuertemente con la cosmovisión incorporada por los pueblos originarios en la noción de Buen Vivir. Siendo el Buen Vivir una filosofía, una visión de mundo y una praxis asentada en dichas poblaciones que promueve el bienestar holístico de las personas y sus grupos en plena armonía con la naturaleza y las diversas formas de vida, en el actual contexto de crisis climática, esta perspectiva cobra especial relevancia.

El Buen Vivir aboga por un cambio en el paradigma de desarrollo, alejándose de un modelo centrado en el crecimiento ilimitado y su distribución por medio del consumo, encaminándose hacia un modelo que priorice a la gente, su bienestar y la protección del entorno en que viven. Ello implica reconocer la interdependencia entre los seres humanos y la naturaleza y aspirar hacia la consolidación de un equilibrio que asegure la preservación de los ecosistemas para las generaciones futuras, tal como está incorporada en la definición básica de sustentabilidad.

Esto implica valorar y respetar la diversidad cultural y la pluralidad de las diversas formas de existencia, reconociendo que no existe una única forma de llevar la vida. Y junto con ello, es preciso promover la participación ciudadana y el dialogo inclusivo en la toma de decisiones, asegurando que las políticas y acciones que tienen impacto sobre el clima sean debatidas y deliberadas por estos colectivos. Reconocer y respetar la autonomía de los pueblos indígenas y las entidades locales para gestionar sus propios recursos naturales, es una tarea imprescindible para asegurar una mayor equidad y una justicia climática que sea capaz de contornar los efectos perversos de las actividades empresariales en los diversos ecosistemas.

Asimismo, esta cosmovisión y sus desdoblamientos prácticos representan una reorganización de la vida en muchos ámbitos, suponen renunciar al consumo artificial para emprender un consumo auto-limitado y adecuado a las necesidades reales de las personas, suponen pensar en el uso de energías alternativas y limpias, suponen reducir la huella ecológica a través de actividades en escala local y de relaciones más equitativas entre los miembros de una comunidad.

En resumen, el Buen Vivir ofrece un marco ético y político para abordar la crisis climática, que va más allá de simplemente reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Propone un cambio profundo en la forma en que concebimos el desarrollo y nuestra relación con la naturaleza, promoviendo un enfoque holístico y equitativo con respecto a los posibles caminos para construir una vida más armónica del ser humano consigo mismo, con sus congéneres y con el mundo natural, que pueda garantizar la supervivencia y el bienestar de todas las formas de vida en el planeta.

En su propuesta original, José Carlos Mariátegui ya vislumbraba estos aspectos como una dimensión que él atribuía al “comunismo incaico” y que serían las bases para la construcción de un nuevo proyecto colectivo. Una plataforma viable capaz de superar las formas nocivas del modo de producción capitalista para centrarse en la realización de una sociedad más justa, solidaria y equilibrada: el socialismo indoamericano.

terça-feira, 5 de agosto de 2025

Los posibles escenarios que se abren con la prisión efectiva de Bolsonaro

 
Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Bolsonaro está en prisión domiciliar, destacan los titulares de los principales diarios del país ¿Y ahora qué puede pasar si Bolsonaro es efectivamente encarcelado? Según los pasos que ha seguido el proceso judicial en su contra, falta poco para que el expresidente sea condenado a la cárcel por los delitos que él, junto a otros 33 cómplices -militares y civiles- cometieron a partir de su derrota electoral en octubre de 2022.

Solo para recordar, las acusaciones que pesan sobre este grupo de sediciosos articulados en torno a una trama golpista fracasada incluye los siguientes cinco crímenes: Conspiración para dar un Golpe de Estado; abolición del Estado democrático de Derecho; asociación criminal armada; daño calificado al patrimonio público y deterioro del patrimonio histórico nacional. Si es considerado culpable por todos estos delitos, Bolsonaro puede llegar a ser condenado a más de 40 años de cárcel y aumentar su inelegibilidad, que actualmente llega hasta el año 2030.

Lo anterior no incluye otros crímenes por los cuales el excapitán también está siendo investigado, como su conducta negligente durante la pandemia del Covid19 que causó la muerte de más de 700 mil ciudadanos, la falsificación del certificado de vacuna cuando viajó a Estados Unidos o la intención de vender las joyas y relojes de oro que había recibido del gobierno de Arabia Saudita. A ello, se puede sumar recientemente, la conspiración efectuada por el expresidente y su hijo Eduardo junto al gobierno de Trump, para que este aplique sanciones tarifarias a Brasil y penalice a miembros del Supremo Tribunal Federal, en especial al Ministro Alexandre de Moraes.

En rigor, no existe ninguna ilegalidad cometida por el ministro de Moraes por las cuales pueda ser acusado por la Justicia estadounidense y el gobierno de Trump. Al contrario, el proceso conducido por este ministro ha seguido estrictamente todos los pasos procesuales que considera la legislación brasileña, con la posibilidad de legítima defensa de los reos y el derecho al contradictorio consagrado en la Constitución.

Entonces, pensando en una situación -cada más plausible- de que se haga efectiva la prisión de Bolsonaro, cabe preguntarse sobre sus desdoblamientos en posibles futuros escenarios, tanto en términos institucionales como en lo que respecta al ámbito de lo que pueda ocurrir con la extrema derecha y el bolsonarismo.

Una primera cuestión es que la prisión del expresidente y sus comparsas por los delitos de que son acusados, representa un triunfo del Poder Judicial y del cumplimiento del principio de que “nadie está por encima de la ley”. Ello debería fortalecer la confianza de la población en el papel del Supremo Tribunal Federal (STF) y en la pluralidad de organismos de la institucionalidad democrática atacados sistemáticamente por el bolsonarismo.

Indudablemente, Bolsonaro y sus huestes van a reaccionar violentamente a una decisión de este tenor, acusando a la justicia de ser víctimas de una persecución política y llamando a sus seguidores a tomar las calles –como el pasado 8 de enero de 2023- para exigir una amnistía de los condenados, pero en este caso, sin muchas posibilidades de revertir la condena. La mayor parte de la población brasileña ya se manifestó a favor del encarcelamiento de Bolsonaro y sus secuaces por el conjunto de los delitos por los cuales están siendo juzgados.

Pero una radicalización del llamado “bolsonarismo raíz”, se va a enfrentar con la propia división de la derecha y la extrema derecha con vistas a las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias del año que viene. En este espacio político se constata una división entre las varias figuras que se vislumbran como posibles candidatos a presidentes, entre ellos, Tarcísio de Freitas, Romeu Zema, Ronaldo Caiado y Ratinho Junior, que son los actuales gobernadores de Sao Paulo, Minas Gerais, Goiás y Paraná, respectivamente. También aparecen como posibles presidenciables la esposa del expresidente (Michelle) y los hijos Flavio y Eduardo Bolsonaro.

En ese sentido, existen distintas estrategias que deberán ir asumiendo estos posibles candidatos, algunos acentuando su extremismo con una adhesión sellada a Bolsonaro y a las medidas coercitivas tomadas por el gobierno Trump, junto con un enfrentamiento directo al Supremo Tribunal Federal como una manera de movilizar a los votantes incondicionales del excapitán. Otros deben asumir una postura más distante del bolsonarismo, tratando de ganar el apoyo de electores de derecha más moderados que perciben que una solución a los dilemas del país no pasa por una mayor radicalización de la derecha, sino que en la conformación de un bloque conservador que se mueva dentro de las reglas del juego democrático. Otros pueden mantenerse en una posición más “neutra” esperando los resultados de los acontecimientos y las encuestas de opinión.

Por otra parte, sin la presencia aglutinadora de Bolsonaro como sucedió en las dos elecciones pasadas (2018 y 2022), la tendencia es que se producirá una reconfiguración y probable fragmentación del campo de la derecha, con corrientes que recuperen su discurso tradicional liberal, otras que apuesten en una mirada tecnocrática y conservadora o, finalmente, otras ideológicamente más radicalizadas, como las huestes ultraderechistas y neofascistas que siguen reivindicando el Golpe de Estado y la ruptura democrática. La inclinación por una u otra alternativa va a depender ciertamente de la postura que asuma la mayoría de los electores con relación al encarcelamiento e Bolsonaro y de quienes lo acompañaron en la tentativa de dar un golpe.

Ello también puede implicar un repunte del presidente Lula da Silva que sigue siendo la carta más fuerte de la actual situación y el candidato mejor evaluado entre todas las posibles figuras que se destacan para darle continuidad a su gobierno (Fernando Haddad, Geraldo Alckmin o Simone Tebet). Resumiendo, la prisión de Bolsonaro representa el triunfo de la democracia y las instituciones jurídicas del país, como también puede significar la pulverización de la extrema derecha y la oportunidad para el surgimiento de un nuevo pacto democrático entre el conjunto de fuerzas políticas cansadas del clima de odio, violencia extremista y radicalización impuesto por el bolsonarismo en los últimos años.

quinta-feira, 31 de julho de 2025

Autoritarismo y democracia en el siglo XXI. Entrevista con Enzo Traverso

Enzo Traverso
Jacobin América Latina

Enzo Traverso actualiza su análisis sobre el posfascismo a la luz de los acontecimientos de los últimos años. Reflexionando sobre el ascenso de las nuevas derechas y la crisis global de la izquierda, ofrece un diagnóstico sobre los desafíos contemporáneos y los peligros que enfrentan las luchas emancipatorias en un mundo cada vez más complejo.

En un contexto global marcado por el resurgimiento de fuerzas ultraderechistas, el historiador Enzo Traverso ofrece en esta entrevista una reflexión actualizada sobre el concepto de posfascismo, que ha venido desarrollando a lo largo de sus escritos. A partir de los acontecimientos más recientes, como el segundo mandato de Trump en Estados Unidos, el avance de la extrema derecha en Europa y el giro a la derecha en América Latina, el autor presenta un diagnóstico crítico de la crisis global de la izquierda y de los peligros que enfrenta un orden mundial cada vez más fragmentado. Traverso no solo profundiza en las características de las nuevas derechas, sino también en los desafíos que enfrenta la izquierda para articular una respuesta progresista capaz de contrarrestar la creciente hegemonía de la reacción.

Escribiste un libro que tuvo mucha repercusión, traducido al español como Las nuevas caras de la derecha, donde acuñaste el término «posfascismo». Desde entonces pasaron varios años y surgieron episodios clave vinculados al ascenso de la extrema derecha que no pudiste abordar en ese momento: el asalto al Capitolio en Estados Unidos, el intento similar en Brasil con Jair Bolsonaro, el triunfo de Javier Milei en Argentina, el nuevo ascenso de Trump, etcétera. ¿Cómo analizas hoy la extrema derecha y el concepto de posfascismo a la luz de estos nuevos acontecimientos?

El libro del que estás hablando surgió a partir de una entrevista realizada a comienzos de 2016, durante la campaña electoral en Estados Unidos, antes incluso del primer mandato de Trump. Luego hubo una suerte de segunda entrevista, ya después de las elecciones, hace casi diez años. Como decís, el contexto cambió de manera muy significativa, por lo que surge la pregunta lógica de qué debería cambiar respecto a la edición original de mi libro.

El marco general no lo modificaría. El concepto de posfascismo que intenté delinear en esa entrevista me sigue resultando útil para definir este fenómeno, aunque no lo considero un fenómeno cerrado, definido. Me parece que sigue siendo un fenómeno transicional, cuyo desenlace final es aún difícil de comprender o de describir con precisión. Sin embargo, no hay dudas de que muchas cosas han cambiado, y algunas tendencias que ya se podían identificar y analizar hace diez años hoy aparecen mucho más claras y, podríamos decir, consolidadas a escala global. Todos los fenómenos que mencionas lo confirman, ya sea hablando de Europa, de Estados Unidos, de América Latina o incluso más allá.

La mutación más notable, diría yo, no es solo el fortalecimiento de la derecha radical, sino su nueva legitimidad. Lo que cambió respecto al análisis que hice hace diez años es que hoy la derecha radical se ha convertido en un interlocutor legítimo —y en muchos casos privilegiado— de las élites dominantes a nivel global. Eso no era así hace una década. En ese momento, Trump había ganado las elecciones por sorpresa. Todos los sondeos y analistas daban por hecho que Hillary Clinton se iba a imponer, porque ella era la candidata del establishment, de las élites. Trump, en cambio, tuvo que enfrentar muchos obstáculos dentro de su propio partido, el Partido Republicano, y cuando fue elegido se lo percibía como un outsider, alguien que había ganado de forma completamente inesperada.

Si comparamos 2016 con 2025, en aquel entonces Trump firmó un solo decreto el día de su asunción. Hoy firmó decenas. En 2016 no tenía del todo claro qué hacer como presidente; hoy tiene ideas muy definidas sobre cómo actuar. Y, por supuesto, ya no es más un outsider: es el presidente de Estados Unidos y cuenta con un aparato consolidado detrás que lo respalda. En 2016, Bolsonaro también era un outsider, y nadie podía siquiera imaginarse a alguien como Milei. Giorgia Meloni era una figura completamente marginal en la política italiana. Durante las elecciones presidenciales de Francia en 2017, lo que sorprendió a todos los observadores fue el debate televisivo entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen. En ese entonces, ella apareció como alguien claramente no fiable: cuando le preguntaban qué haría con la Unión Europea o con el euro, no sabía responder de forma clara o convincente.

En resumen, la derecha radical no era vista como una opción viable por las élites. Al contrario: era observada con mucha desconfianza, tanto en Estados Unidos como en Europa y también en América Latina. Incluso Bolsonaro no ganó como candidato directo del gran capital brasileño. Tenía apoyos dentro del Ejército y algunos sectores económicos, sí, pero el candidato a ganar seguía siendo del PT, que en ese momento aparecía como una opción mucho más sólida. En 2017, en Europa, ocurrió algo que fue vivido como una especie de trauma: el ingreso de Alternative für Deutschland al parlamento alemán marcó un punto de inflexión. Poco después surgió Vox en España. Y el paisaje cambió de forma significativa.

Ahora bien, ese proceso no ha sido lineal. Después del triunfo de Trump y Bolsonaro, ambos perdieron las elecciones cuatro años más tarde. En el medio vino la pandemia y la crisis económica global que trajo aparejada. En mi libro yo planteaba justamente una hipótesis en ese sentido: ¿qué pasaría si se produjera una crisis internacional? Sostenía que una crisis de esa magnitud podría transformar el posfascismo en una nueva forma de fascismo. Pero eso no fue lo que ocurrió. La crisis, en lugar de fortalecer a la derecha radical, la debilitó, porque quedó claro que era incapaz de enfrentar desafíos de esa envergadura.

Yo hablaba entonces de un doble giro. Por un lado, un giro potencialmente autoritario, con la implementación de leyes extraordinarias, un estado de excepción, que ponen en cuestión las libertades individuales y colectivas, así como los espacios de acción pública. Desde ese punto de vista, la derecha radical es el candidato ideal para manejar ese giro autoritario. Pero, por otro lado, la pandemia produjo también un giro biopolítico, con una fuerte intervención del Estado orientada a proteger a los ciudadanos definidos físicamente como cuerpos, a proteger a las poblaciones. En ese terreno, la derecha radical fracasó en todos los países. Fue un momento de retroceso y, en general, perdieron las siguientes elecciones.

Después vino una nueva oleada, la que estamos enfrentando en el presente. Entonces insisto: no se trata de un proceso lineal, pero la tendencia general es bastante clara. Esto no significa que estemos frente a un nuevo fascismo con un perfil bien definido y rasgos nítidos. Creo que aún se trata de una constelación muy heterogénea que está buscando formas de convergencia. Y aunque hoy esa nueva alianza entre el posfascismo y las élites globales es innegable, sigue estando marcada por tensiones y contradicciones. No se puede hablar todavía de un nuevo bloque histórico, en el sentido gramsciano del término. Es más una convergencia basada en intereses comunes que la constitución de un bloque.


Con el auge de la nueva derecha radical volvió con fuerza el debate sobre el fascismo, un debate que tiende a polarizarse entre quienes sostienen que, si se trata de fascismo, deberá implicar un cambio de régimen político —con elementos como el partido único o el Estado corporativo, como ocurrió en los años 1930—, y quienes argumentan que si se mantiene la vigencia formal de la democracia liberal, se trataría simplemente de una nueva versión de la derecha tradicional, con una idiosincrasia distinta.

La pregunta es si esa polarización no está mal planteada. Es decir, si los fenómenos autoritarios actuales no se parecen más bien a lo que representa la Hungría de Viktor Orbán, un régimen autoritario que se desarrolla desde dentro del marco de la democracia liberal, conservando al menos sus formas externas. Nos gustaría conocer tu opinión sobre este debate y, en particular, qué lugar le darías al modelo de Orbán, que puede pensarse como una especie de utopía política para las nuevas extremas derechas, en contraste tanto con el fascismo histórico como con las derechas convencionales.

Sí, este es un rasgo central de las nuevas derechas radicales que, como muchos otros observadores, ya había señalado hace diez años. El fascismo clásico establecía una dicotomía radical entre fascismo y democracia: se definía explícitamente como antidemocrático. Esto no solo lo teorizaban sus ideólogos, sino que también lo reivindicaban con orgullo sus líderes carismáticos. Basta recordar la famosa definición de Mussolini, que describía a la democracia como un ludus cartaceus, un simple «juego de papel». El fascismo hacía ostentación de su desprecio por la democracia. Hoy, en cambio, todos los movimientos y líderes que llamo posfascistas adoptan una retórica democrática. Todos reivindican su pertenencia al marco de la democracia liberal y se presentan incluso como sus mejores defensores. Esa retórica ha sido fundamental para su legitimación ante la opinión pública. 

Marine Le Pen, por ejemplo, no solo cambió el nombre de su partido y rompió con su padre, sino que afirmó explícitamente su compromiso con las instituciones de la Quinta República y con los valores democráticos. Italia es otro caso revelador. Giorgia Meloni lidera un partido con raíces claramente fascistas. Hasta hace pocos años, ella misma reivindicaba con orgullo esa herencia. Pero desde que llegó al gobierno, abandonó cualquier apología del fascismo. No se declara antifascista, por supuesto, pero insiste permanentemente en su carácter «democrático» y en su adhesión al marco institucional vigente.

En Estados Unidos la paradoja llega al extremo: el asalto al Capitolio en enero de 2021 se hizo en nombre de la democracia. Los manifestantes decían defender una democracia que les había sido «robada» por los demócratas. Es decir, se presentaban como los verdaderos demócratas.

Esta es una transformación fundamental: la relación de la nueva derecha radical con la democracia es completamente distinta a la del fascismo histórico. Como bien señalas en tu pregunta, hoy la frontera entre democracia y fascismo ya no es clara. El fascismo del siglo XXI no busca abolir las formas democráticas, sino intervenir desde dentro, erosionarlas, transformarlas desde su interior. Esta manera de desdibujar las fronteras entre fascismo y democracia crea cierta obsolescencia de las viejas categorías analíticas como las de Poulantzas, sobre las cuales volveré más adelante.

Ahora bien, hay que considerar también otra diferencia histórica que ayuda a explicar esta mutación. En los años de entreguerras, la democracia era una conquista reciente, una conquista histórica de las clases subalternas, producto —o subproducto— de la Revolución de Octubre y de la ola revolucionaria que siguió al colapso del orden liberal decimonónico tras la Gran Guerra. Fue un período de crisis brutal, pero también de importantes avances democráticos: el sufragio universal masculino se consolidó en muchos países, en algunos las mujeres conquistaron el derecho al voto, el espacio público se transformó, emergieron nuevas formas de participación popular… En ese contexto, el fascismo apareció claramente como el enemigo de la democracia. Fue así en Italia desde los años 1920, en Alemania con la destrucción fulminante de la República de Weimar en 1933, y en la guerra civil española, que fue un enfrentamiento directo entre fascismo y democracia.

Hoy, en cambio, el contexto es completamente distinto. La democracia ya no aparece como una conquista por defender, sino más bien como una cáscara vacía. En gran parte del mundo occidental —y podríamos decir, a escala global—, la democracia se percibe como un cascarón formal, profundamente erosionado por los procesos de reificación mercantil del espacio público, por el vaciamiento de las instituciones, por una transformación estructural de la relación entre economía y política. Nadie piensa ya en la democracia como una promesa emancipadora. En Estados Unidos, Elon Musk apoyó la campaña electoral de Donald Trump otorgándole 270 millones de dólares y luego ingresó en su administración tomando cargos cruciales. En un contexto así, nadie puede definir la democracia como garantía de igualdad, libertad y justicia.

Pero, más allá del caso de Estados Unidos, es muy raro que se hable del fascismo como una amenaza real. Y aun en Estados Unidos el debate sobre el «fascismo de Trump» está muy circunscrito a las élites liberales. Joe Biden y Kamala Harris, por ejemplo, lo calificaron como fascista durante la campaña, y hay discusiones en medios como el New York Times sobre este tema. Pero incluso ahí, Trump suele ser representado como un cuerpo extraño, como una anomalía que cayó desde afuera sobre la democracia americana, paradigma de las democracias occidentales. Es decir que no se lo concibe como lo que en realidad es: un producto genuino de la sociedad estadounidense y también de su sistema democrático.

Y para buena parte de las clases populares, de los sectores trabajadores, la defensa de la democracia es lo último en su lista de preocupaciones. ¿Por qué habrían de considerar a Trump una amenaza para la democracia y a Biden su salvador? Esa oposición no tiene ningún sentido para ellos. Por supuesto que hay un grado de ceguera ahí —Trump es una amenaza—, pero el problema es más profundo: no se puede defender la democracia identificándola con lo que existe hoy. La cuestión es qué democracia queremos defender, qué democracia queremos construir.

Porque si la democracia es solo estas instituciones vaciadas, será muy difícil movilizar un gran movimiento antifascista para defenderlas, sobre todo cuando quienes las atacan se presentan también como demócratas y dicen —con algo de razón— que estas instituciones no funcionan. ¿Qué es lo que hay que defender? Ahí está el problema.

Señalabas que uno de los rasgos distintivos de esta nueva extrema derecha es su creciente respaldo entre las élites. En el caso de Trump, eso parece especialmente marcado: ahora tiene un control del Partido Republicano mucho más sólido que en 2016, cuenta con el respaldo de ambas cámaras, la Corte Suprema está alineada con su proyecto y buena parte de la clase dominante parece hoy mucho más afín a su figura. ¿Qué podemos esperar de este segundo mandato, tanto en el plano interno como en el escenario internacional?

Esa es una pregunta que muchos se hacen hoy pero no tiene respuesta fácil. Y, en parte, eso ya marca una diferencia importante respecto al fascismo clásico. El fascismo histórico tenía un proyecto claro: un régimen político definido, una estrategia de poder, una concepción del orden interno y del orden internacional. El fascismo italiano, por ejemplo, aspiraba a convertir el Mediterráneo en su mare nostrum, su espacio vital. El fascismo alemán tenía como objetivo el control de Europa continental y, en particular, la conquista imperial y militar del Este europeo. En España, Franco tenía se proponía «aplastar a los rojos» y establecer una dictadura nacional-católica.

Es decir, había una idea bastante coherente de régimen y de mundo. Con Trump eso no está tan claro. Los mensajes que emite son muchas veces contradictorios, y cuesta mucho distinguir entre la pura demagogia y lo que podría entenderse como una orientación estratégica real. Dice, por ejemplo, que va a plantar la bandera de Estados Unidos en Marte, que sería bueno anexar Groenlandia, o incluso que Canadá debería ser el próximo estado norteamericano. Cierto: detrás de eso opera un proyecto geopolítico orientado a consolidar la influencia continental de Estados Unidos, en el marco de una redefinición de sus vínculos con China y una repliegue relativo en otros escenarios. Se trata de una ambición hegemónica que adquiere rasgos imperiales, pero que, paradójicamente, es el producto de un debilitamiento: Estados Unidos ha renunciado a la pretensión de dominar el mundo, como lo imaginó tras el final de la Guerra Fría y la caída de la Unión Soviética.

Pero estas son especulaciones, porque no existe un proyecto claramente definido. Las líneas estratégicas de la derecha neoconservadora de Bush, hace casi veinticinco años, después del 11 de septiembre de 2001, eran más claras. Algunos ideólogos y estrategas como Robert Kagan la habían definido con precisión. Detrás de Trump hay una constelación bastante contradictoria de fascistas clásicos como Steve Bannon y neoliberales radicales como Elon Musk, los cuales se odian entre sí. Los analistas tienen dificultades para comprender la coherencia de las medidas de Trump en el comercio internacional.

Incluso cuando Trump habla en términos más clásicos —como cuando dice Make America Great Again— el contenido de esa grandeza es ambiguo. Parece referirse a una restauración del rol de Estados Unidos como superpotencia global, pero al mismo tiempo evita comprometerse con una política de confrontación directa, por ejemplo, con China. De hecho, busca más bien un acuerdo con China, y lo mismo con Rusia, que es aliada de China pero mucho más débil. Trump dice que una superpotencia debe ser capaz de conquistar pero también de crear conflictos. Y ahí entran sus posiciones sobre Ucrania, donde plantea pasar la página, o sobre Medio Oriente, donde su alianza con Israel es evidente pero no necesariamente parece inclinarse por continuar la guerra de forma indefinida. Probablemente el objetivo final —en términos de su sector político— sea la colonización completa de Gaza y Cisjordania, pero no estoy seguro de que Trump tenga como estrategia prolongar el genocidio en Gaza para llegar a ese resultado.

Lo que vemos, entonces, es un conjunto de tendencias pero sin una coherencia programática fuerte. Y eso también forma parte del contexto internacional actual. Si uno quiere buscar analogías con los años de entreguerras, una de las más claras no está tanto en la política interna sino en la situación global: la ausencia de un orden internacional estable, en casos sistémico, la competencia entre potencias declinantes y emergentes. En ese escenario es difícil trazar líneas claras, tanto para Estados Unidos como para cualquier otro actor. Por eso no creo que Trump tenga hoy ideas tan claras y coherentes como las que tenía Hitler en 1933. Entre 1933 y 1941, la política del nazismo siguió una línea bastante directa. En el caso de Trump, no veo ni esa coherencia ni las condiciones para que pueda desplegar un proyecto estratégico de largo alcance.


Mencionabas como posible analogía con los años veinte o treinta el hecho de que no estamos ante una mera crisis económica o política, sino frente a una conmoción más profunda, una suerte de crisis estructural de largo alcance. En aquel entonces se trataba del colapso del orden liberal del siglo XIX; en ese marco, el ascenso del fascismo aparecía vinculado también al declive de ciertas potencias, como el de Alemania tras la Primera Guerra Mundial. ¿Te parece una conexión que se puede establecer también en el presente? Es decir, lo que estamos viendo hoy, con el ascenso de las nuevas extremas derechas, ¿puede estar relacionado con un proceso más amplio de declive de Occidente frente al ascenso de Asia, y especialmente de China? ¿Pensás que esa disputa geopolítica es una motivación importante —aunque quizás indirecta— del auge de estas derechas?

No, no creo que se pueda hablar de una analogía en ese sentido. Sí se pueden hacer comparaciones, pero hay diferencias fundamentales. En los años de entreguerras, frente al colapso del orden liberal decimonónico —el capitalismo del laissez-faire, los Estados del «antiguo régimen persistente» modernizados (según la fórmula de Arno J. Mayer), instituciones representativas pero muy poco democráticas—, emergieron dos modelos alternativos que eran, en sí mismos, proyectos de civilización. Por un lado, el socialismo, con una utopía de emancipación, igualdad, revolución; por el otro, el fascismo, con su exaltación de la nación, la raza y la dominación. Ambos eran visiones del futuro, modelos integrales de sociedad que prometían transformar radicalmente la vida de las personas.

Hoy no veo nada comparable en las nuevas derechas. No hay un horizonte utópico ni un proyecto de civilización propiamente dicho. Por eso me parece útil el concepto de «posfascismo», porque estas derechas radicales son profundamente conservadoras. Su impulso no es hacia adelante sino hacia atrás: lo que buscan es restaurar un orden tradicional. Los valores que reivindican —la soberanía, la familia, la nación— forman una especie de hilo rojo que las conecta.

Trump, por ejemplo, dice que en Estados Unidos solo hay hombres y mujeres, niega la existencia de otras identidades de género, y presenta a las comunidades LGBTQ+ como amenazas. Es una ofensiva reaccionaria contra todo lo que signifique diversidad o derechos conquistados. Esa vuelta a lo tradicional también se manifiesta en su hostilidad frente al ambientalismo, en su rechazo a cualquier agenda global sobre el cambio climático o en su apuesta por la producción nacional frente a los acuerdos internacionales. Make America Great Again es un lema que habilita una cierta imaginación de futuro, pero es una imaginación regresiva: volver a una época en la que Estados Unidos era fuerte, próspero y dominante. No hay en eso una propuesta nueva, sino una idealización del pasado.

En algunos casos, como el de la Argentina de Javier Milei, puede parecer que hay un intento de construir un nuevo modelo civilizacional. Milei se presenta como el arquitecto de una nueva sociedad inspirada en un neoliberalismo extremo. Pero incluso ahí, ese proyecto no es realmente nuevo. Si uno lee sus discursos y posicionamientos —hablo como observador externo, aclaro, sin conocer a fondo la situación argentina—, hay una correspondencia evidente con las ideas de Hayek. No tanto con Camino de servidumbre, el texto más conocido, sino con Derecho, legislación y libertad, donde Hayek describe una sociedad completamente regida por el mercado. Ese es el modelo que parece inspirar a Milei: un neoliberalismo autoritario (o un posfascismo neoliberal, si se quiere; se lo puede nombrar de diferentes maneras).

Lo novedoso, si acaso, es que ahora se intente llevar ese modelo hasta sus últimas consecuencias desde el Estado. En el pasado, el neoliberalismo también fue influyente de la mano de Margaret Thatcher en el Reino Unido, Ronald Reagan en Estados Unidos, Augusto Pinochet en Chile. Pero en esos casos el objetivo era desmantelar las conquistas del Estado de bienestar —el New Deal, el modelo keynesiano de posguerra—, no instaurar desde cero una sociedad «pura» de mercado. Además, muchas veces lo hicieron desde Estados que seguían siendo muy fuertes, como en el caso chileno, donde la dictadura pinochetista era un aparato hipercentralizado surgido de una contrarrevolución.

Lo que Milei pretende ahora es otra cosa: hacer del modelo neoliberal el núcleo de una nueva civilización. Pero, insisto, no es un proyecto nuevo. No es el «hombre nuevo» del fascismo clásico. Es una versión radicalizada de un modelo antropológico que ya domina el mundo global: individualismo, competencia, mercado. Para decirlo con Weber, no rompe con un determinado Lebensführung, una «conducta de vida» que es el modelo antropológico del neoliberalismo. Ese ethosno lo inventa Milei. Lo que hace es empujarlo hasta el extremo, y pretender que de ahí surja una nueva sociedad. Pero se trata de una intensificación de lo ya existente, no una alternativa histórica. Y eso, me parece, hay que tenerlo muy en cuenta. Este proyecto, ciertamente, es profundamente antidemocrático y tiene rasgos autoritarios, pero es todo lo contrario de un fortalecimiento del Estado, como lo pensaba Poulantzas en los setenta. El posfascismo no es estatalista como el fascismo histórico. Trump está desmantelando el Estado americano, y esa es una gran diferencia.

Desde Jacobin venimos trabajando una hipótesis sobre la situación internacional que desarrollamos en el número anterior y que queríamos compartir con vos para saber tu opinión. Nuestra idea es que en algún momento de la década pasada —aunque es un proceso difícil de fechar con precisión— se produjo un cambio de ciclo político a nivel global. Si tuviéramos que elegir una fecha simbólica, sería entre 2015 y 2016, cuando se encadenan una serie de eventos muy significativos: la derrota o capitulación de Syriza en Grecia, con fuerte impacto sobre la izquierda global, y, en paralelo, el triunfo de Trump en Estados Unidos y el Brexit en Reino Unido. También es el momento en que comienza la crisis del progresismo latinoamericano, marcada por la victoria de la derecha en Argentina y el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff en Brasil.

La sensación es que a partir de ese momento se invierte el signo político del malestar generado por la crisis de 2008. Hasta entonces había cierta capacidad por parte de la izquierda para canalizar ese descontento: los indignados en Europa, las huelgas generales en Grecia, el ciclo progresista en América Latina, la Primavera Árabe… Pero a partir de allí, lo que vemos es más bien el fracaso, el estancamiento o la derrota de esos procesos: el progresismo latinoamericano entra en crisis, la izquierda europea sufre un golpe muy duro, la Primavera Árabe deviene en catástrofe y la izquierda anglosajona también se estanca.

La idea, entonces, es que lo que tuvo lugar en aquel momento fue un cambio de signo global: la izquierda pasó a la defensiva en casi todos lados y la extrema derecha, a la ofensiva. ¿Coincidís?

Es una hipótesis muy interesante, y en buena medida la comparto. Le agregaría quizás un matiz. Es cierto que estamos atravesando una nueva ola —yo hablaba antes de una inflexión que se produjo en torno a la pandemia—, pero este nuevo ascenso de las derechas tiene como una de sus condiciones justamente la crisis de la izquierda en escala global. Todos los elementos que mencionas son importantes.

Diría incluso más: la parálisis y derrota de las revoluciones árabes es un momento clave, y lo que hoy ocurre en Gaza es también una de sus consecuencias más trágicas.

A eso se suma la crisis del modelo de resistencia que había aparecido en América Latina en los años 1990. No era un modelo nuevo, pero sí había un continente que representaba una forma de resistencia frente a la ofensiva neoliberal. Hoy, los actores de esa resistencia están en crisis o totalmente deslegitimados, y eso tiene consecuencias políticas muy profundas. No me voy a extender sobre casos como Venezuela o Bolivia, pero también podríamos mencionar la derrota en Argentina con Milei, o el hecho de que en Brasil —el país más importante de la región— la izquierda no sea capaz de proponer otra figura que no sea Lula. Eso también es un reflejo de esta crisis.

En Europa, como decís, hubo intentos importantes de recomposición de la izquierda en miras a ensayar un nuevo modelo, y Syriza y Podemos fueron los protagonistas de ese ciclo. Las expectativas que generaron fueron enormes… y lamentablemente también el impacto de su fracaso. En Estados Unidos la situación es distinta. No hubo una derrota tan marcada, pero la relación simbiótica —y ambigua— entre la izquierda y el Partido Demócrata genera enormes obstáculos para avanzar.

Entonces sí, la emergencia del posfascismo se apoya en esta crisis política y estratégica de la izquierda. Pero no es solo eso. Esta crisis forma parte de un proceso mucho más largo, de una secuencia de derrotas históricas acumuladas. Si tomamos una mirada de larga duración, estamos viviendo las consecuencias del cierre de un ciclo histórico, el de las revoluciones del siglo XX. Son derrotas de largo aliento, cuyos efectos siguen condicionando nuestro presente. Los retrocesos de 2015 y 2016 pertenecen a una coyuntura particular pero al mismo tiempo se inscriben en una tendencia estructural, que es la de una derrota histórica de la cual la izquierda —a escala global— no fue capaz de salir con nuevos modelos.

Pensar una reconstrucción no es fácil, para nada. Pero me impactó mucho una intervención reciente de Bernie Sanders, en la que advirtió: «Cuidado, no debemos quedar subordinados a la agenda de Trump». Hay una tendencia a que la izquierda conteste cada punto del discurso de la extrema derecha pero dentro del marco que esa misma derecha impone. Y Sanders entonces alerta que «tenemos que hablar de lo que Trump no dice». Esa debería ser la agenda de la izquierda: una agenda social que hoy está totalmente ausente del discurso dominante.

Ahora bien, no creo que la izquierda de hoy pueda reconstruirse solamente desde el antifascismo, como ocurrió en los años treinta. Primero, porque hoy no se puede defender la democracia de la misma manera. Y segundo, porque la lucha antifascista tiene que articularse con otras dimensiones fundamentales: la cuestión social, económica, ambiental y el enfrentamiento con un modelo de sociedad neoliberal que pretende ser una civilización. Esa articulación es indispensable.

Además, el mundo global ya no es el de la primera mitad del siglo XX. El fascismo clásico tuvo su historia, pero el antifascismo de aquel entonces no era un discurso universal. No tenía legitimidad fuera de Occidente. Su vínculo con el colonialismo, el hecho de que la democracia estaba restringida al mundo occidental… todo eso lo limitaba. Hoy ocurre algo similar.

terça-feira, 29 de julho de 2025

Del Plan Camelot al Big Data, la huella indeleble del intervencionismo de Estados Unidos

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

La novela Camelot (Ceibo ediciones) del periodista y escritor Dauno Tótoro Taulis que fue publicada recientemente nos recuerda con una mezcla de brillante ficción y periodismo de investigación los laberintos de la implementación del Plan Camelot en Chile. Por sus páginas desfilan un sinnúmero de personalidades de la política mundial y nacional –algunos todavía vivos- estrategas en geopolítica, intelectuales, científicos, sociólogos, periodistas y personas que de una u otra manera se encontraron vinculados con los desdoblamientos de este proyecto –uno más- del intervencionismo estadounidense en los países de América Latina, pero también del resto de los países del llamado Tercer Mundo.

El Plan Camelot consistió en un proyecto secreto diseñado a comienzos de los años sesenta por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, utilizando como instrumento mascarado de su implementación al Centro de Investigación para el Desarrollo Social (CRESS) entidad vinculada al Ejercito de los Estados Unidos. También participarían en él 33 cientistas sociales provenientes de las principales universidades de ese país, como Harvard, Stanford, Yale, Princeton, UCLA, Cornell, Michigan, Vanderbilt, Washington o Pittsburg.

El Plan Camelot tenía como propósito principal prevenir y evitar la emergencia de situaciones de inminente insurgencia revolucionaria en los países subdesarrollados, pero especialmente destinado para los países de América Latina, utilizando para ello un volumen extraordinario de informaciones que permitieran construir escenarios de eventuales riesgos para la “democracia”, según los parámetros del gobierno de los Estados Unidos. Para ello se valían del estudio pormenorizado no solo de las estructuras sociales, política y económicas de dichos países, sino que especialmente a un nivel micro pretendía saber lo que pensaban y como podrían ser manipulados los ciudadanos de aquellos países considerados peligrosos para los intereses de la seguridad nacional del Imperio.

El Plan Camelot pretendía lograr este objetivo por medio de la recolección de grandes cantidades de datos sobre diversos países considerados de riesgo potencial, para de esta forma construir modelos predictivos que permitieran evaluar la posibilidad de surgimiento de conflictos sociopolíticos y eventuales levantamientos revolucionarios o guerrillas de izquierda que colocasen el peligro el control ejercido por los Estados Unidos sobre dichos países. Para ello, se diseñarían estrategias de intervención destinadas a mantener la “estabilidad democrática” de esos países, mediante la elaboración de una herramienta permanente de contrainsurgencia cultural e ideológica en el marco de la Guerra Fría.

Por lo mismo, era un Plan que utilizaba preferentemente las visiones y abordajes metodológicos de las ciencias sociales, combinados con los recursos cibernéticos que ya estaban siendo desarrollados por ingenieros en informática vinculados al Pentágono y al Departamento de Estado, con el apoyo técnico profesional de la empresa IBM.

En la novela, muchos años después de denunciado este Plan en 1965, el periodista chileno Federico Hellström, recibe por parte la exdiputada María Maluenda un par de carpetas que contienen el enmarañado de documentos e informes producidos por la Comisión Especial Investigadora del Congreso creada en ese momento y de la cual ella formaba parte como representante del Partido Comunista. Esta Comisión llega a la conclusión de que efectivamente el Plan Camelot buscaba contratar una red de investigadores sociales chilenos con la intención de obtener información científica que permitiera “predecir e intervenir ante cualquier posibilidad de un brote insurgente” en la región, a través del análisis de variables sociales, culturales, económicas y políticas.

Después de zambullirse en la ardua tarea de clasificar y desvendar la información proporcionada por la exdiputada Maluenda, Federico llega a la clara conclusión de que la denuncia realizada en su momento por el diario El Siglo y corroborada por muchas personas, -entre los cuales el sociólogo noruego, Johan Galtung-, es literalmente sepultada por la mayoría de los miembros del Congreso Nacional y posteriormente condenada al olvido por parte de los principales medios de comunicación del país, controlados por grupos interesados en ponerle la paletada de cal al escándalo desatado luego que éste caso se hizo público.

En este oportuno y conveniente olvido participaron también la clase política y los cientistas sociales que pensaban participar de su desarrollo y aplicación en Chile. Es decir, tanto la mayoría de los congresistas como directamente el gobierno de Frei Montalva optaron por sepultar olímpicamente el problema, aceptar las disculpas del gobierno de L. B. Johnson y someterse el argumento de que el mentado “proyecto de investigación” sería definitivamente cancelado, aunque como sabemos actualmente, sus objetivos continuaron vigentes en otros programas similares, pero con distintos nombres.

Como queda constatado en estudios posteriores, Chile fue elegido como el país modelo para realizar los estudios derivados del Plan Camelot pues se consideraba que reunía todos los requisitos para ello: Chile era percibido como una nación que poseía una sociedad políticamente polarizada, pero institucionalmente estable, ideal para analizar posibles caminos hacia una revolución por venir.

La trama y el relato de la novela es sorprendente, porque transita entre la realidad y la ficción, dejando la sensación de que los personajes que aparecen y que son efectivamente de carne y hueso –John F. Kennedy, Robert McNamara, Rex Hoppper, Hugo Nutini, Daniel Ellsberg, Salvador Allende, María Maluenda, Andrés Aylwin, Ricardo Lagos, Luis Corvalán, Raúl Urzúa, Álvaro Bunster, entre muchos otros – se mezclan con personajes ficticios de enorme credibilidad como Federico Hellström (alter ego de Dauno Tótoro), César Avendaño (el extraordinario CGSP), Pamela Antinao y otros pocos, lo que le permite al lector viajar constantemente desde un mundo “inventado” por su narrador hacia la realidad más concreta del Plan Camelot, conocido en su época por el gran bullicio que desató y que hoy podemos recuperar gracias a este escrito que, como dijimos al comienzo, se parece más a una iniciativa del periodismo investigativo construido en forma de ficción.

Esta perspectiva se ve ciertamente reforzada en algunos pasajes de la novela en los cuales se puede apreciar con meridiana claridad que los esfuerzos de control desplegados por los altos funcionarios, agentes de los servicios secretos e intelectuales que, como Paul Lazersfeld, indicaban entre otras cosas que “la aplicación de las matemáticas en la sociología, las comunicaciones y el desarrollo de mensajes prediseñados”, pueden llegar a influir decisivamente en la conducta y el comportamiento social, político y de consumo de los ciudadanos en cualquier parte del mundo. ¿Parece conocido?

En efecto, los recursos que se utilizaron a mediados de los sesenta para prevenir situaciones riesgosas y en definitiva para controlar a las poblaciones mediante mecanismos sofisticados de manipulación cultural y cognitiva, actualmente se realizan a través del procesamiento de billones de datos de todas las personas (Big Data) de manera de poder determinar sus pulsiones más íntimas, sus inclinaciones ideológicas, políticas y culturales, y por esa vía influir en sus decisiones políticas y de consumo.

Lo anterior ha quedado demostrado últimamente en el caso de la influencia ejercida por la empresa Cambridge Analytica en los resultados obtenidos por el Brexit o su influjo en las elecciones que llevaron a figuras como Trump, Bolsonaro o Milei a transformarse en presidentes de sus países. El libro de Tótoro nos ayuda a recordar que a pesar de que el Plan Camelot fue oficialmente clausurado por el gobierno de Estados Unidos desde su fracasado intento de aplicación en Chile, varios otros esfuerzos y programas de intervención y control social vienen siendo implementados desde esos años. Ello forma parte de una estrategia consolidada e irrenunciable de Estados Unidos para mantener su hegemonía sobre el resto de las naciones del planeta, en especial de aquellas que ellos consideran su “área de influencia”.

quinta-feira, 22 de maio de 2025

A nova Idade das Trevas começa em Israel

Chris Hedges
Socialismo y Democracia

Na retomada da ofensiva contra Gaza, cem mortos por dia e um rastro de barbárie: o Ocidente regride no tempo, rumo a origens que nunca o deixaram, mas foram mascaradas por promessas vazias de democracia, justiça e direitos humanos.

Daqui do Cairo até o posto fronteiriço de Rafah, em Gaza, são 320 quilômetros. No deserto árido do norte do Sinai, no Egito, dois mil caminhões estão estacionados — abarrotados de sacos de farinha, reservatórios de água, alimentos enlatados, suprimentos médicos, lonas e combustível. Eles permanecem parados sob um sol implacável, com temperaturas que ultrapassam os 37ºC.

A poucos quilômetros dali, em Gaza, dezenas de homens, mulheres e crianças – sobrevivendo em barracas precárias ou entre os escombros de prédios destruídos – são massacrados diariamente por balas, bombas, mísseis, disparos de tanques, doenças infecciosas e pela arma mais antiga da guerra de cerco: a fome. Uma em cada cinco pessoas enfrenta inanição após quase três meses de bloqueio israelense a alimentos e ajuda humanitária.

 O primeiro-ministro israelense Benjamin Netanyahu, que lançou uma nova ofensiva e já provoca mais de 100 mortes diárias, declarou que nada impedirá este ataque final, batizado de “Operação Carruagens de Gideon.”

 Ele declarou que “não há chance” de Israel parar a guerra, mesmo que os reféns israelenses restantes sejam libertados. “Estamos destruindo cada vez mais casas em Gaza”, afirmou. “Os palestinos não têm para onde voltar.” E acrescentou a parlamentares, numa fala que vazou de um encontro a portas fechadas: “Nosso maior problema é encontrar países que aceitem recebê-los.”

A fronteira de 14 quilômetros entre o Egito e Gaza tornou-se a linha divisória entre o Sul Global e o Norte Global – a demarcação entre um mundo de violência industrial selvagem e a luta desesperada daqueles abandonados pelas nações mais ricas. Ela simboliza o fim de um mundo onde o direito humanitário, as convenções que protegem civis ou os direitos mais básicos e fundamentais importavam.

Anuncia-se um pesadelo hobbesiano onde os fortes crucificam os fracos, onde nenhuma atrocidade – incluindo o genocídio – é impedida, onde a raça branca do Norte Global retorna à selvageria e dominação atávicas e desenfreadas que definem o colonialismo e sua longa história de pilhagem e exploração. O Ocidente está regredindo no tempo, rumo a suas origens – que nunca o deixaram, mas que foram mascaradas por promessas vazias de democracia, justiça e direitos humanos.

Os nazistas tornaram-se os bodes expiatórios convenientes para o legado europeu e norte-americano de massacres em massa – como se os genocídios que estes países perpetraram nas Américas, na África e na Índia nunca tivessem acontecido, meras notas de rodapé insignificantes em sua história coletiva. Na verdade, o genocídio é a moeda corrente na história da dominação ocidental.

Entre 1490 e 1890, a colonização europeia – incluindo atos de genocídio – foi responsável pela morte de até 100 milhões de indígenas, segundo o historiador David E. Stannard. Desde 1950, ocorreram quase duas dezenas de genocídios, incluindo os de Bangladesh, Camboja e Ruanda.

O genocídio em Gaza faz parte de um padrão. É o prenúncio dos genocídios que estão por vir, especialmente com o colapso climático, quando centenas de milhões serão forçados a fugir de secas, incêndios florestais, enchentes, colheitas escassas, Estados falidos e mortes em massa. É uma mensagem ensanguentada que se envia ao resto do mundo: “Nós temos tudo e, se tentarem tirar de nós, nós os mataremos.”


Gaza desmascara a mentira do progresso humano – o mito de que evoluímos moralmente. Apenas as ferramentas mudam. Se antes espancávamos as vítimas até a morte ou as esfacelávamos com espadas largas, hoje lançamos bombas de 900 quilos sobre campos de refugiados, metralhamos famílias com drones militarizados ou as pulverizamos com disparos de tanques, artilharia pesada e mísseis.

Louis-Auguste Blanqui, um socialista do século XIX, rejeitava — ao contrário de quase todos os seus contemporâneos, inclusive Friedrich Hegel e Karl Max, a crença de que a história humana é uma progressão linear rumo à igualdade e a uma moralidade superior. Ele alertava que essa visão positivista absurda é cultivada pelos opressores para enfraquecer os oprimidos.

“Todas as atrocidades dos vencedores, sua longa série de ataques, são friamente transformadas em uma evolução constante e inevitável, como a da natureza… Mas a sequência dos atos humanos não é inevitável como a do universo. Pode ser mudada a qualquer momento”, Blanqui alertou. E prosseguiu: “O avanço científico e tecnológico, longe de ser um exemplo de progresso, pode transformar-se numa arma terrível nas mãos do Capital contra o Trabalho e o Pensamento.”

 “Pois a humanidade”, escrevia Blanqui, “nunca é estacionária. Ou avança ou retrocede. Sua marcha progressiva conduz à igualdade. Seu marcha regressiva passa por todos os estágios de privilégio até desembocar na escravidão humana – a palavra final do direito à propriedade.” Ele acrescentava: “Não estou entre os que afirmam que o progresso é inevitável, que a humanidade não pode retroceder.”

A história humana é marcada por longos períodos de esterilidade cultural e repressão brutal. A queda do Império Romano levou à miséria e à opressão na Europa durante a Idade das Trevas, aproximadamente do século VI ao XIII. Houve perda de conhecimentos técnicos, inclusive sobre como construir e manter aquedutos. O empobrecimento cultural e intelectual gerou uma amnésia coletiva. As ideias de estudiosos e artistas da Antiguidade foram apagadas. Não houve recuperação até o século XIV, com o Renascimento – um desenvolvimento possibilitado em grande parte pelo florescimento cultural do Islã, que, ao traduzir Aristóteles para o árabe e por meio de outras conquistas intelectuais, evitou o desaparecimento da sabedoria do passado.

Blanqui conhecia bem os trágicos refluxos da história. Participou de uma série de revoltas francesas, incluindo a tentativa de insurreição armada de maio de 1839, a revolução de 1848 e a Comuna de Paris, o levante socialista que controlou a capital francesa de 18 de março a 28 de maio de 1871. Operários em cidades como Marselha e Lyon tentaram, sem sucesso, organizar comunas similares antes que Paris fosse esmagada militarmente.

Estamos entrando numa nova era das trevas. Esta versão moderna vale-se de ferramentas como vigilância em massa, reconhecimento facial, inteligência artificial, drones, polícia militarizada, a revogação do devido processo legal e das liberdades civis. Faz tudo isso para impor um regime arbitrário, guerras incessantes, insegurança, anarquia e terror – os mesmos denominadores comuns da Idade das Trevas.

Confiar no conto de fadas do progresso humano para nos salvar é rendermo-nos passivamente ao poder despótico. Só a resistência – articulada na mobilização das massas e na ruptura do exercício do poder, especialmente contra genocídios – pode nos salvar.


Campanhas de extermínio em massa liberam os instintos selvagens que permanecem latentes em todos os seres humanos. A sociedade organizada, com suas leis, etiqueta, polícia, prisões e regulamentos – todas as formas de coerção – mantém esses instintos sob controle. Remova esses freios e os seres humanos se transformam, como vemos com os israelenses em Gaza, em animais predadores e assassinos, que se inebriam com a destruição – inclusive de mulheres e crianças. Eu gostaria que isso fosse apenas uma suposição. Não é. É o que testemunhei em todas as guerras que cobri. Quase ninguém está imune.

No final do século XIX, o rei belga Leopoldo ocupou o Congo em nome da civilização ocidental e do combate à escravidão, mas saqueou o país, causando a morte — por doenças, fome e assassinatos — de cerca de 10 milhões de congoleses. Joseph Conrad retratou essa dicotomia entre quem somos e quem afirmamos ser em seu romance Coração das Trevas e no conto Um Posto Avançado do Progresso.

Em Um Posto Avançado do Progresso, Conrad narra a história de dois comerciantes europeus, Carlier e Kayerts, enviados ao Congo. Eles alegam estar na África para implantar a civilização europeia. O tédio, a rotina opressiva e, sobretudo, a ausência de quaisquer freios externos transformam os dois homens em feras. Traficam escravos em troca de marfim. Brigam por comida e suprimentos cada vez mais escassos. Por fim, Kayerts assassina seu companheiro desarmado, Carlier.

“Eram dois indivíduos perfeitamente insignificantes e incapazes”, escreveu Conrad sobre Kayerts e Carlier, “cuja existência só se torna possível por meio da alta organização das multidões civilizadas. Poucos homens percebem que sua vida, a própria essência de seu caráter, suas capacidades e audácias, são apenas a expressão de sua crença na segurança de seu entorno. A coragem, a compostura, a confiança; as emoções e os princípios; cada pensamento grandioso ou insignificante pertence não ao indivíduo, mas à multidão: à multidão que crê cegamente na força irresistível de suas instituições e moralidade, no poder de sua polícia e de sua opinião.

Mas o contato com a selvageria pura e absoluta, com a natureza primitiva e o homem primitivo, traz subitamente um turbilhão profundo ao coração. Ao sentimento de estar isolado entre os seus, à clara percepção da solidão dos próprios pensamentos, das próprias sensações — à negação do habitual, que é seguro – soma-se a afirmação do incomum, que é perigoso; uma sugestão de coisas vagas, incontroláveis e repulsivas, cuja intrusão perturbadora excita a imaginação e testa os nervos civilizados tanto dos tolos quanto dos sábios.

O genocídio em Gaza implodiu os subterfúgios que o Ocidente usa para enganar a si mesmo e tentar enganar os outros. Ele escarnece de todas as virtudes que a civilização eurocêntrica alega defender, inclusive o direito à liberdade de expressão. É um testemunho de sua hipocrisia, crueldade e racismo.

Os ocidentais não podem mais — depois de fornecer bilhões em armas e perseguir quem denuncia o genocídio — fazer reivindicações morais a ser levadas a sério. Sua linguagem, de agora em diante, será a linguagem da violência, a linguagem do genocídio, o uivo monstruoso da nova era das trevas, onde poder absoluto, ganância desenfreada e selvageria incontida assombram o mundo.

quarta-feira, 21 de maio de 2025

Por que legado de Malcolm X permanece atual

Suzanne Cords
Deutsche Welle

Ativista ainda é inspiração contra opressão dos negros, 100 anos após seu nascimento. Em meio aos esforços de Trump de branquear história dos EUA, palavras de Malcolm X estão mais relevantes do que nunca.

"O que você acha que faria depois de 400 anos de escravidão, Jim Crow e linchamentos? Você acha que responderia de forma não violenta?" Essas foram algumas das principais perguntas que Malcolm X fez à sociedade americana.

Embora a escravidão tenha sido abolida nos Estados Unidos em 1865, as chamadas leis Jim Crow continuaram a consolidar a discriminação cotidiana contra os negros até 1964. Eles não tinham permissão para votar ou sentar-se ao lado de brancos em ônibus ou restaurantes. Viviam em guetos e tinham empregos precários.

"Malcolm X abordou exatamente as questões que estavam fervilhando na mente dos afro-americanos oprimidos", disse Britta Waldschmidt-Nelson, autora da biografía Malcolm X: The Black Revolutionary. Sua mensagem para os afro-americanos foi clara: tenham autoconfiança! Lutem por seus direitos da forma que for necessária – até mesmo com violência, se preciso.

Na biografía de Malcolm X escrita pelo jornalista americano e ganhador do Prêmio Pulitzer Les Payne (1941-2018), ele relembrou como um discurso do ativista em 1963 o libertou, como um "golpe de espada", do "sentimento condicionado de inferioridade como homem negro" profundamente enraizado em sua psique. Esse era exatamente o objetivo declarado de Malcolm X.

Infância marcada pelo racismo

Nascido em 19 de maio de 1925, em Omaha, Nebraska, com o nome de Malcolm Little, o ativista passou a infância perto de Detroit, em meio à pobreza e violência. Ele tinha seis anos de idade quando seu pai foi encontrado morto, assassinado por supremacistas brancos, segundo relatos. Completamente sobrecarregada, com sete filhos e pouco dinheiro, a mãe de Malcolm enfrentou problemas de saúde mental. Malcolm foi, então, submetido a várias famílias adotivas e instituições. Mais tarde, em sua autobiografia, ele falou sobre o "terror dos assistentes sociais muito brancos".

Apesar de início de vida difícil, ele era um bom aluno, o único negro de sua classe. Uma experiência em particular teve um impacto profundo sobre ele: seu professor favorito lhe perguntou o que ele queria ser quando crescesse. Malcolm respondeu que gostaria de estudar direito. Mas o professor, dirigindo-se a ele com um insulto racista, disse que essa não era uma meta realista para um garoto como ele. Depois desse episódio, suas notas caíram drasticamente. Aos 15 anos, Malcolm X se mudou para Boston para morar com sua meia-irmã Ella Collins e, mais tarde, para Nova York. Ele se sustentava fazendo bicos, até passar a cometer pequenos crimes. Aos 20 e poucos anos, foi preso por vários roubos.

"Aqui está um homem negro enjaulado atrás das grades, provavelmente por anos, colocado lá pelo homem branco", escreveu mais tarde em sua autobiografia. "Você permite que esse homem negro enjaulado comece a perceber, como eu fiz, que desde o primeiro desembarque desse primeiro navio negreiro, os milhões de homens negros na América têm sido como ovelhas em um covil de lobos. É por isso que os prisioneiros negros se tornam muçulmanos tão rapidamente quando os ensinamentos de Elijah Muhammad entram em suas jaulas por meio de outros condenados muçulmanos." O mentor a que Malcolm X se refere, Elijah Muhammad, era um separatista negro e líder da Nação do Islã, uma organização político-religiosa de afro-americanos fora da ortodoxia islâmica.


Luta contra os "demônios brancos"

A Nação do Islã "afirma que todos os negros são inerentemente filhos de Deus e bons, e todos os brancos são inerentemente maus e filhos do demônio", explica a biógrafa Waldschmidt-Nelson. "O que tornou isso muito atraente para Malcolm e muitos outros presos, é claro, é que alguém viria e diria: 'Vocês não são culpados por sua miséria; foram os demônios de olhos azuis que os fizeram se desviar'."

Depois de entrar para a organização, ele começou a se chamar Malcolm X, porque os sobrenomes dos afro-americanos eram historicamente atribuídos por seus proprietários de escravos. Portanto, os membros da Nação do Islã rejeitavam seus nomes de escravos e se chamavam simplesmente de "X". Durante os sete anos em que passou na prisão, ele buscou mais conhecimento e permaneceu como membro da Nação do Islã por 14 anos. O líder Elijah Muhammed apreciava a perspicácia intelectual e as habilidades oratórias do jovem e o tornou o porta-voz da organização.

Em seus discursos, Malcolm X denunciou várias vezes os "demônios brancos". Embora vivesse nos estados do norte dos EUA – espécie de "terra prometida" para os negros dos estados do sul, ainda mais restritivos –, ele também não depositava mais nenhuma esperança nos "liberais" brancos de lá. Afinal de contas, ele havia experimentado pessoalmente como os negros eram tratados como cidadãos de segunda classe em todos os Estados Unidos.

Malcolm X há muito tempo desdenhava do movimento pelos direitos civis de Martin Luther King Jr. Ele criticou o famoso discurso de King na Marcha sobre Washington, em 1963, que falava de uma América livre e unida, que ultrapassasse todas as barreiras raciais, por considerá-lo irrealista. "Não, eu não sou americano. Sou um dos 22 milhões de negros que são vítimas do americanismo. [...] E vejo os Estados Unidos com os olhos da vítima. Não vejo nenhum sonho americano; vejo um pesadelo americano."

Peregrinação á Meca e mudança de atitude

Depois de ficar desiludido com o líder da organização, Malcolm X rompeu com a Nação do Islã em março de 1964. Naquele mesmo ano, ele fez uma peregrinação a Meca, e sua impressão a respeito dos "demônios brancos" começou a mudar. "Ele ficou profundamente impressionado com a hospitalidade e a cordialidade com que foi recebido, até mesmo por muçulmanos brancos na Arábia Saudita", escreve Britta Waldschmidt-Nelson em sua biografia. "E então, no último ano de sua vida, ele se afastou dessa doutrina racista".

Ele se lançou a um novo propósito: "Malcolm X queria criar uma aliança de todas as pessoas de cor oprimidas contra a opressão colonial branca", diz a biógrafa. Em uma viagem à África, os governos elogiaram sua intenção, mas ele não podia contar com o apoio deles: "É claro que todos eles dependiam da ajuda ao desenvolvimento dos EUA, e a maioria dos governos africanos não teria agido abertamente contra os EUA naquela época."

Em vez disso, Malcolm X tornou-se o foco da CIA, o serviço de inteligência americano. A Nação do Islã também estava em seu encalço. "Ele sabia que seria assassinado, e foi uma decisão consciente de sua parte enfrentá-la", diz Waldschmidt-Nelson. "Ele provavelmente disse a si mesmo: 'Não posso desistir agora'. Depois de sua experiência em Meca, Malcolm embarcou em um caminho completamente novo, aberto a colaborar com o movimento de direitos civis de King e, se necessário, também com os brancos." Mas isso nunca aconteceu. Em 21 de fevereiro de 1965, ele foi morto a tiros durante uma palestra, por membros da Nação do Islã. Ele tinha apenas 39 anos de idade.

Legado atual

Na década de 1980, artistas de hip-hop celebraram o legado de Malcolm X citando trechos de seus discursos em suas músicas: "Tudo isso teve muita ressonância", disse Michael E. Sawyer, professor de literatura e cultura afro-americana na Universidade de Pittsburgh. "Foi uma maneira de criar esse tipo de ressurgimento da identidade negra como também uma identidade política." As músicas serviam como declarações políticas de guerra contra o racismo branco, a brutalidade policial e o empobrecimento dos negros marginalizados.

Em 1992, Spike Lee adaptou a autobiografía de Malcolm X em um filme estrelado por Denzel Washington, o que também contribuiu para transformar a figura revolucionária num ícone que forjou a identidade cultural de muitos negros.

Hoje, como o esforço do atual governo dos EUA em branquear a história e subestimar as consequências do racismo na formação do país, e com o movimento Make America Great Again (MAGA) se opondo a qualquer crítica à suposta glória passada dos Estados Unidos, as palavras de Malcolm X estão mais relevantes do que nunca: "Você não deve ficar tão cego de patriotismo que não consiga encarar a realidade. O errado é errado, não importa quem o faça ou o diga."