quinta-feira, 3 de março de 2016

Buen Vivir: En busca de una alternativa post-capitalista

Fernando de la Cuadra
ALAI

La irrupción del Buen Vivir

La concepción del Buen Vivir se propone desnudar y superar los errores y las limitaciones de la matriz de pensamiento eurocentrista, de una determinada narrativa de la modernidad y del capitalismo como única forma posible de pensar y vivir. Ello se encuentra asociado a las diversas nociones y teorías tradicionales del progreso y el desarrollo que se sustentan en el crecimiento exponencial de bienes y servicios lo cual supone la explotación ilimitada de los recursos naturales y humanos que existen en el planeta. Para alcanzar los beneficios que presume la distribución de los frutos de este crecimiento económico persistente, se elaboran políticas, planes y programas de desarrollo, proceso reforzado por un conjunto de instancias financieras, de capacitación y transferencia de conocimientos desde el mundo desarrollado hacia el mundo en vías de desarrollo. Esta especie de mandato sacrosanto se transformó en una verdad única e incuestionable que acabó por someter o ignorar toda y cualquier perspectiva surgida fuera del canon occidental de formación de la modernidad y del capitalismo como proyecto civilizatorio.

La abundante información elaborada hasta ahora por los científicos dejaría meridianamente claro que dicho paradigma está destinado al fracaso. En efecto, el presente modelo ha generado un crecimiento exponencial en la explotación de los recursos naturales y ha estimulado un consumismo desenfrenado, especialmente en los países del hemisferio norte. Por lo mismo, es responsable tanto de provocar un agotamiento de los recursos como de producir toneladas de basura que contaminan diariamente las aguas, el aire y la tierra. [1] Cada año se pierden millones de hectáreas de bosques y miles de especies, reduciendo y erosionando irreversiblemente la diversidad biológica. Continúa la devastación de las selvas, con lo cual el mundo pierde anualmente cerca de 17 millones de hectáreas, que equivalen a cuatro veces la extensión de Suiza. Y como no hay árboles que absorban los excedentes de CO2, el efecto invernadero y el recalentamiento se agravan. La información generada por los científicos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) señala que necesitamos reducir el nivel de equivalentes de CO2 en la atmósfera para 350 partes por millón. Actualmente este nivel se encuentra en 390 partes por millón y la tendencia es que continúe en aumento. El dióxido de carbono presente en la atmósfera se ha incrementado en un 32% respecto del siglo XIX, alcanzando las mayores concentraciones de los últimos 20 millones de años, y se calcula que estas emisiones se acrecienten un 75% entre 1997 y 2020. La capa de ozono, a pesar del Protocolo de Montreal, no se recuperará hasta mediados del siglo XXI. Cada año emitimos cerca de 100 millones de toneladas de dióxido de azufre, 70 millones de óxidos de nitrógeno, 200 millones de monóxido de carbono y 60 millones de partículas en suspensión, agravando los problemas causados por las lluvias ácidas, el ozono troposférico y la contaminación atmosférica local.

En definitiva, un conjunto de indicadores medioambientales estudiados en las últimas décadas parecen revelar cada vez con mayor claridad que si la humanidad no cambia su estilo de desarrollo, en menos de un siglo colocaremos en serio riesgo la supervivencia del planeta y del género humano. Muchas de las soluciones que se han elaborado para contornar los efectos perversos del modelo productivista que impera en el mundo ha sido la generación de mecanismos de mercados para limitar la emisión de contaminantes, como el sistema de mercado de carbono. Este tipo de respuestas solo vienen a legitimar la acción de las empresas y naciones contaminadoras que compran en la bolsa “verde” su licencia para seguir contaminando. Como nos recuerda Mészáros, a cada nueva fase de postergación forzada, las contradicciones del sistema del capital sólo se pueden agravar, acarreando consigo un peligro aún mayor para nuestra propia sobrevivencia.

Contrariamente, el Buen Vivir cuestiona la esencia de este padrón productivista y consumista que viene organizando el planeta a partir de una perspectiva evolucionista, lineal que supone que todas las sociedades deben transitar desde un ámbito atrasado, tradicional o subdesarrollado hacia una etapa superior identificada con la modernidad, la industrialización y el progreso. El Buen Vivir nos advierte sobre la inviabilidad de continuar manteniendo el actual esquema de producción y consumo, concebido como un dispositivo legítimo de crecimiento basado en la acumulación permanente de bienes materiales. Para el Buen Vivir, diferentemente, la riqueza no consiste en tener y acumular la mayor cantidad de bienes posibles, sino en lograr un equilibrio entre las necesidades fundamentales de la humanidad y los recursos disponibles para satisfacerlas.

Sumak Kawsay en Quechua, Suma Qamaña en Aymara o Buen Vivir en la traducción más difundida, representa una cosmovisión construida a través de muchos años por los pueblos altiplánicos de los Andes. Ella no encarna necesariamente una manera de pensar y actuar de las comunidades altiplánicas, pues dicha perspectiva también es parte de la vida de otros pueblos originarios, como las comunidades Mapuche del sur, las poblaciones que habitan en la región amazónica o los diversos grupos autóctonos diseminados por todo el continente. De esta forma, el Buen Vivir se ha constituido en una propuesta y en una oportunidad para pensar otra realidad en las cual los seres humanos forman parte de un todo más armónico con la naturaleza y con los otros humanos, con la alteridad que nos enriquece cotidianamente. Es el reconocimiento de que existen diversos valores y formas de concebir el mundo, de respeto por todos los seres vivos que integran y conviven en nuestra casa común, la tierra. Su visión utópica se ha venido complementando y ampliando a través de la incorporación de múltiples discursos y saberes diseminados por los más diferentes rincones del planeta.

Por lo tanto, el Buen Vivir no es patrimonio de ningún grupo o sector social en particular, ni tampoco supone una fórmula mágica o catecismo al cual hay que adherir religiosamente. Es una propuesta en construcción permanente, es una concepción que parte de la idea de que existe una diversidad cultural, una pluralidad que se enriquece permanentemente en la convivencia cotidiana y que encuentra su armonía precisamente en el reconocimiento de esas diferentes formas de vivir. Es la búsqueda de una vida en fraternidad y cooperación del ser humano consigo mismo, con sus pares y con el conjunto de los seres que habitan en la naturaleza, todos formando parte de una entidad indisoluble e interdependiente, cuya existencia se delimita a partir de los otros. Tal visión no implica por cierto desconocer que en la sociedades coexisten las diferencias sociales, los conflictos y las desavenencias entre sus miembros. Lo que el Buen Vivir plantea es que se puedan superar estos obstáculos y desacuerdos en torno a una consciencia y un compromiso colectivo que permita cimentar una vida más plena y sustentable para todos.

En América Latina la emergencia de gobiernos progresistas auguraba la expectativa de que las nociones tradicionales de desarrollo y progreso, asociadas a la idea de crecimiento, fueran modificadas o expurgadas del vocabulario coloquial. Sin embargo, ello no ha ocurrido y podemos observar que la mayor parte de los gobiernos llamados de “progresistas” continúan cautivos a una visión tradicional del desarrollo, afectando con sus actividades (públicas y privadas) a pueblos originarios y comunidades campesinas existentes en la región. Por lo mismo se torna pertinente pensar en valores que han sido parte del arsenal de la humanidad, pero que han sido postergados en función de las fuerzas económicas y mercantiles. El Buen Vivir sintetiza esta alternativa o la posibilidad de pensar otro tipo de modelo. No obstante lo anterior, es necesario consignar que la noción de Buen Vivir es lo suficientemente amplia y abstracta – y por lo mismo muchas veces ambigua – que impide o limita su aplicación como política pública.

En el caso de Bolivia o Ecuador, países que han incorporado en sus constituciones los derechos de la Naturaleza, las medidas concretas hacia el Buen Vivir se han visto bloqueadas por las diferentes concepciones sobre las formas más adecuadas de operacionalizar o poner en práctica una agenda del Buen Vivir a través de las acciones gubernamentales. En efecto, el gobierno de Evo Morales se ha dedicado preferencialmente a desarrollar una política social intensa, de alfabetización, distribución de renta, participación del Estado en la producción de gas y petróleo, incentivo a la mediana y pequeña empresa, pero manteniendo una relación contradictoria y tensionada con las comunidades originarios y con la naturaleza. El caso TIPNIS quizás sea el ejemplo más expresivo de esta modalidad discordante para llevar adelante los principios del Buen Vivir.

Articulación con otras propuestas alternativas

Considerando los problemas y límites impuestos por los modelos clásicos de desarrollo, han surgido diversas corrientes de pensamiento o paradigmas que pretenden erigirse como alternativas al padrón dominante. Muchas de estas iniciativas han sido impulsadas por una variedad de grupos relativamente pequeños, pero que en su globalidad representan un porcentaje significativo de la población mundial. Precisamente desde una crítica vehemente a la noción clásica de desarrollo, un grupo de autores (Escobar, Shiva, Esteva, Rahnema y Bawtree, entre otros) han propuesto una perspectiva que pretende superar las limitaciones y ampliar los horizontes de dicha concepción. Partiendo de la constatación de que este concepto fue cimentado históricamente desde la exclusión de las diversas voces y saberes, el llamado postdesarrollo se constituye como un modelo que parte de la valorización de las culturas vernáculas y de la idea de depender menos del conocimiento de los expertos y más del conocimiento generado por las personas que aspiran a construir un mundo más humano y sostenible en términos culturales y ecológicos. Ello implica la necesidad de cambiar las prácticas del “saber” y del “hacer” que definen el actual régimen de desarrollo y, por lo tanto, multiplicar los centros y agentes de producción del conocimiento. Lo anterior supone visibilizar aquellas formas de conocimiento que son generadas por quienes supuestamente son los objetos del desarrollo para que puedan transformarse en sujetos y agentes.[2]

El postdesarrollo concibe también que las personas y las comunidades no están necesariamente abocadas a satisfacer sus necesidades materiales, pues ellas forman parte de una constelación más amplia, pero acotada, de necesidades construidas culturalmente. Anteriormente, una crítica a la afirmación del carácter infinito de las necesidades ya había sido realizada por la vertiente del desarrollo a escala humana (Max-Neef, Elizalde y Hopenhayn). En efecto, los defensores del desarrollo a escala humana plantean que a diferencia de lo que generalmente se piensa, las necesidades humanas son finitas y se encuentran en permanente interacción. Ellas pueden ser pueden ser definidas y clasificadas de acuerdo con dos criterios: existencial y axiológico.[3] En síntesis, dicha concepción sostiene la idea de que el desarrollo se debe concentran en constituir un conjunto de satisfactores adecuados para atender las necesidades humanas fundamentales que permitan la generación de niveles crecientes de interdependencia entre los seres humanos, entre ellos mismos y en su articulación con la naturaleza, en la interacción de los procesos globales y los comportamientos a escala local y en la imbricación del ámbito personal con su entorno social.

En dialogo fecunda con esta concepción en que la humanidad puede efectivamente alcanzar a satisfacer sus necesidades dentro de un umbral sustentable y por medio de mecanismos que no pasan obligatoriamente por los mercados capitalistas, se encuentra toda la tradición derivada de aquello que fue llamado por Marcel Mauss como el “espíritu del don”. Esta perspectiva pretende dar cuenta de un tipo de relación que se establece entre los hombres en la cual la reciprocidad desempeña un papel fundamental, contrariamente a los intercambios de equivalentes realizados simultáneamente que se producen en la economía de mercado capitalista. A partir de la noción de los tres momentos de la reciprocidad expuestos por Marcel Mauss en sus estudios sobre las comunidades aborígenes (dar – recibir – retribuir), un conjunto de autores (Boilleau, Caillé, Godbout, Insel, Kolm, entre otros) viene rediscutiendo la función del mercado, el valor de cambio, el interés, la impersonalidad y el utilitarismo como iconos incontestados de la sociedad moderna. Estos autores descubrieron que el espíritu de don o dádiva posee una fuerza indiscutible entre las personas, fuerza que permite establecer y consolidar los lazos existentes en la comunidad y en las sociedades contemporáneas. Por ejemplo, autores principalmente franceses vinculados al grupo M.A.U.S.S. (Mouvement anti-utilitariste dans les sciences sociales) demostraron que los circuitos de reciprocidad no se producen solamente en la sociedades tribales estudiadas por el propio Mauss, sino que tales circuitos de trocas reciprocas están íntimamente presentes y actuantes en nuestras sociedades. Prácticamente todos los sistemas de voluntariado, cuidados de enfermos, donación de sangre y de órganos, trabajos por el bien de la vecindad, etc. se basan en comportamientos de generosidad con los extraños, acciones derivadas de gestos de buena voluntad, desprendimiento y libertad del donante. Esta dimensión de la actividad humana representa para estos autores, una forma de reconstruir y consolidar el tejido o lazo social existente entre las personas.[4] Estas nuevas formas de reciprocidad constituyen, por lo tanto, un tipo de contrato de la civilidad, que no es más el contrato político con el Estado, sino un contrato de cada persona con todos aquellos que forman parte de la colectividad. El espíritu del don - a diferencia de los intercambios de mercado- crea una relación, un vínculo entre los actores de dicho intercambio, el cual no tiene un límite de tiempo demarcado. Aquí, los bienes que participan en la permuta poseen principalmente un valor simbólico, valor de uso marcado por las relaciones que surgen y se establecen en función de ese bien.

Una perspectiva que también privilegia una relación ponderada entre las necesidades humanas, los bienes de consumo y una producción delimitada para satisfacer estas necesidades fundamentales ha recibido el nombre de decrecimiento.[5] Tal como lo advierte uno de sus principales propulsores, la palabra decrecimiento posee más que nada una fuerza propagandística, es un slogan político que posee implicaciones teóricas:

“La palabra de orden ‘decrecimiento’ tiene como principal meta enfatizar fuertemente el abandono del objetivo del crecimiento ilimitado, objetivo cuyo motor no es otro sino la búsqueda del lucro por parte de los detentores del capital, con consecuencias desastrosas para el medio ambiente y por tanto para la humanidad. No solo la sociedad queda condenada a no ser más que el instrumento o el medio de la mecánica productiva, sino que el propio hombre tiende a transformarse en la víctima de un sistema que va a transformarlo en un inútil y prescindir de él”. (Latouche, 2009, pp. 4-5).

El decrecimiento es una opción de desarrollo diferentemente de los presupuestos del modelo productivista, es una perspectiva que nació para enfrentarse a aquellas visiones del desarrollo sostenible que era y continúa siendo enarbolada por las empresas y que quieren convertir el llamado desarrollo verde o ecológico en una nueva oportunidad de negocios. Es un proyecto global y a la vez revolucionario, pues implica un cambio a largo plazo en que las empresas y los consumidores estén dispuestos a mudar el patrón predatorio y de consumo existente hasta ahora, su objetivo es lograr que la sociedad se autolimite para conseguir el bienestar de todos. Supone poner en marcha una reorganización de nuestras vidas, la producción, el transporte y el consumo a través de formas más conscientes de consumo y por medio de una vida más simple, sin grandes parafernalias que nos rodeen, utilizando estrictamente lo que necesitamos para llevar una vida digna y plena.

La idea del decrecimiento ha sido considerada ilusa y atacada desde diversos ángulos. En primer lugar, porque el mundo necesita seguir creciendo para alimentar a sus habitantes. Pero el decrecimiento no implica necesariamente dejar de producir, sino que producir a una escala moderada. Y de hecho las recientes evidencias sobre el calentamiento global y cambio climático que aquejan al planeta apuntan en otra dirección; la alternativa por el decrecimiento y la discusión sobre el poder y la desigual distribución del uso de los recursos naturales es ciertamente parte imprescindible de cualquier agenda que pretenda discutir el futuro de la humanidad. En ese sentido, el debate sobre el decrecimiento puede ser considerado un elemento fundamental para pensar en la construcción de un proyecto ecologista y socialista, puesto que incluye en su seno la concepción de que es preciso avanzar hacia una modalidad diferente de funcionamiento de la sociedad, más democrática, más igualitaria y más incluyente que redefina drásticamente el actual modelo de producción y consumo, intentando alcanzar el bienestar de todos en el marco de un nuevo relacionamiento de la humanidad entre ella misma y con la naturaleza.

Una corriente ciertamente vinculada a la anterior es aquella inaugurada con la publicación del libro Elogio de la lentitud de Carl Honoré[6] que como lo dice el subtítulo, se ha transformado en una especie de biblia que desafía el culto a la vorágine contemporánea en que estamos todos envueltos. Esta visión se vincula con el movimiento por una opción de simplicidad voluntario y un estilo de vida leve, más liviana, más lenta, como aquel levantado por el también movimiento slow food. En esta búsqueda de una vida más relajada, más consciente, otras iniciativas similares dentro del movimiento slow han surgido en este último periodo. Por ejemplo, luego se agregaron a esta tendencia un grupo -todavía reducido- de ciudades que consolidaron un estilo de vida armonioso, sin el ruido y la agitación de las grandes urbes, las cuales se denominan cittaslow. Dichas ciudades se caracterizan por organizar su vida en torno a las plazas, “que funcionan como puntos de encuentro de la población (…), donde la gente puede pasear y, si lo desea, observar productos y comprarlos, ya que en estas plazas suelen abundar las pequeñas tiendas de comercio local y de vez en cuando también se celebra algún mercado temporal con productos típicos de la zona”.[7] Derivado de este creciente ethos, el slow fashion incorpora una perspectiva que superar la rápida obsolescencia de la ropa estimulada por la industria de la moda. Son nuevas búsquedas por crear prendas que duren mucho más que una temporada pasajera y fugaz.

Finalmente, en estrecha relación y dialogando con el proyecto por el decrecimiento y el movimiento slow, se encuentra toda la tradición por un socialismo ecológico, tendencia inaugurada por William Morris en el siglo XIX. Este socialismo ecológico o eco-socialismo representa también una reorganización de la vida en muchos ámbitos, supone pensar en el uso de energías alternativas y limpias, supone reducir la huella ecológica a través de actividades en escala local y de relaciones más equitativas entre los miembros de la comunidad. De esta manera, el ecosocialismo busca romper drásticamente con las prácticas destructivas y las formas predadoras que derivan de un modo de producción y consumo altamente demandante de recursos naturales y humanos. La respuesta ecosocialista representa una ruptura tanto con el modelo expansionista del capital como con la perspectiva productivista del “socialismo real”. Para los ecosocialistas, ya sea la lógica del mercado y del lucro o ya sea el productivismo burocrático del marxismo economicista y vulgar, son considerados modelos totalmente incompatibles con la urgente e impostergable exigencia de preservar y cuidar del medioambiente y las personas.[8]

Así, la propuesta del socialismo ecológico y la perspectiva del decrecimiento representan una reorganización de la vida en muchos ámbitos, suponen renunciar al consumo artificial para emprender un consumo auto-limitado y adecuado a las necesidades reales de las personas, lo cual supone pensar también en el uso de energías alternativas y limpias y recudir la huella ecológica a través de actividades en escala local y de relaciones más equitativas y armónicas entre los miembros de la comunidad.

Interrogantes y comentarios finales

A partir de estas breves consideraciones, surgen inevitablemente algunas interrogantes esenciales: ¿El Buen Vivir representa un nuevo paradigma para reencontrar este equilibrio? o ¿representa una alternativa factible para concebir una sociedad post-capitalista? O también cabe cuestionarse si ¿El Buen Vivir puede convertirse en una revolución cultural que, en el marco del capitalismo, reduzca las consecuencias perversas del individualismo, el hedonismo extremo y el consumo desatado? ¿Existe el riesgo de que el Buen Vivir no pase de ser una moda conceptual que con el transcurso del tiempo se vaya diluyendo hasta convertirse en una palabra más que se incorpora al léxico de las agencias del poder supranacional? Una primera tentativa para responder tales cuestiones, nos lleva a sostener que el Buen Vivir puede efectivamente pensarse en términos propositivos como un camino factible para construir una vida más armónica del ser humano consigo mismo, con sus congéneres y con el mundo natural, entendiendo que frente a los efectos nocivos del crecimiento ilimitado que impera actualmente es ineludible conjugar y poner en práctica una nueva forma de vida más digna y sostenible para el conjunto de los habitantes del planeta. Sin embargo, la concepción y el debate sobre el Buen Vivir continúa siendo una temática abierta e inacabada. Por lo mismo, no se puede pensar éste como una categoría estanco a la cual se le asignan una serie de pre-requisitos, características e indicadores para medir si funciona. Las posibilidades de que alteraciones profundas se produzcan en la mentalidad y el quehacer de la humanidad también dependen de la convergencia de un sinnúmero de experiencias – a veces aisladas – que se articulen en torno de la urgencia por transformar el actual modo de vida que está condenando a la humanidad a su autodestrucción. El desafío de gobiernos, instituciones supranacionales y, especialmente, de las propias comunidades por sacudirse y eliminar la matriz productivista/consumista que hemos incorporado a través de los siglos, requiere una enorme voluntad de cambio y la convicción de que no existe otro camino para hacer de la tierra un lugar habitable.

NOTAS
[1] Por ejemplo, se calcula que si el consumo medio de energía de Estados Unidos fuese generalizado para el conjunto de la población mundial, las reservas conocidas de petróleo se agotarían en sólo 19 días. Junto con ello, si todos fuésemos tan contaminadores como los ciudadanos medios de Estados Unidos y Canadá, necesitaríamos de nueve planetas Tierra para absorber las emisiones generadas. Ver Raj Patel, O valor de nada, Rio de Janeiro: Zahar, 2010.
[2] Arturo Escobar, Una minga para el postdesarrollo, Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2010.
[3] En la primera categoría se encuentran las necesidades de Ser, Tener, Hacer y Estar. Y en la segunda categoría se encuentran las necesidades de Subsistencia, Protección, Afecto, Entendimiento, Participación y Ocio. Ver Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn, Desarrollo a Escala Humana: Una opción para el futuro, Uppsala: CEPAUR/Fundación Dag Hammrskjöld, 1986.
[4] Jacques Godbout y Alain Caillé, L’esprit du don, Paris: Éditions La Decouverte, 1992.
[5] Serge Latouche, Pequeno tratado do decrescimento sereno; traducción Claudia Berliner. São Paulo: Editora Martins Fontes, 2009.
[6] Carl Honoré, Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad. Madrid: RBA Libros, 2009.
[7] José Luis Vicente, “Movimiento slow contra la inmediatez capitalista”, en el sitio El Salmón Contracorriente http://www.elsalmoncontracorriente.es/?Movimiento-slow-contra-la, accesado en 25/02/2016.
[8] Joel Kovel y Michael Löwy, Manifiesto Ecosocialista, en Revista Capitalism, Nature, Socialism, vol. 13, marzo 2002.

sábado, 13 de fevereiro de 2016

Lenin y Putin: ¿a propósito de cuál revolución?

Isabelle Mandraud
Le Monde

Se acerca el centenario de la revolución de octubre de 1917 y sigue sin resolverse la cuestión de qué hacer con Lenin. Noventa y dos años después de su muerte, el dirigente de la revolución bolchevique sigue presente en todos los rincones de Rusia, en el metro de Moscú y, por supuesto, en la plaza Roja, donde su cuerpo embalsamado reposa dentro de un mausoleo de granito. Lenin está en todas partes. En 2011, Rusia Unida, el partido en el poder, trató de movilizar a los partidarios de su entierro lanzando una página web con el nombre de Good Bye Lenin. Sin embargo, hasta ahora, y pese a las 620 648 respuestas afirmativas, la iniciativa ha caído en saco roto. Ningún dirigente ruso ha logrado tumbar la figura de Vladímir Ilíich Uliánov, el primer jefe de Estado soviético.

Peor aún, el actor estadounidense Leonardo Di Caprio lo representará en el cine. También han sorprendido las declaraciones de Vladímir Putin ante el Consejo de la Ciencia y la Educación reunido el 21 de enero en el Kremlin, en que el presidente ruso no ha dudado en acusar a Lenin de haber llevado a Rusia a su “hundimiento”. “Puso una bomba atómica bajo la casa Rusia que después explotó”, afirmó, provocando la ira del Partido Comunista, primera fuerza de oposición parlamentaria en Rusia. “Criticar [a Lenin] es atentar contra la seguridad del Estado”, zanjó el 2 de febrero Guenadi Ziugánov [estalinista de relieve que juega su baza], primer secretario del PC ruso, citado por la agencia Interfax.

“Me avergüenzan las cosas absurdas que dice el dirigente de nuestro país sobre su gran predecesor”, escribe Roman Kobízov, diputado de la región de Amur, en el extremo oriente del país, en un largo texto publicado en la página web del partido, y añade: “Quienes vapulean su país como hacen los nacionalistas ucranianos del Sector Derecha son una reencarnación de Bandera. El nombre de Putin es Bandera.” ¡Caramba!, ¿el presidente ruso equiparado al nacionalista ucraniano que colaboró con la Alemania nazi? El asunto va en serio. En un congreso político celebrado en Stavropol, Putin trató poco después de endulzar sus palabras. “Al igual que millones de ciudadanos soviéticos, yo fui miembro del Partido Comunista”, dijo pasando por alto su pasado como agente del KGB (servicio secreto soviético). “Sin embargo, a diferencia de muchos funcionarios del partido, no he tirado mi carnet, no lo he quemado […]. Todavía lo guardo en alguna parte.”

Ucrania en el punto de mira

“Siempre me han gustado las ideas comunistas y socialistas”, prosiguió el jefe del Estado. “Si leemos el código de los fundadores del comunismo […], se parece mucho a la Biblia. No es un chiste. Estamos hablando de cosas buenas, de igualdad, de fraternidad, de felicidad…” Al oír esto, los comunistas recuperaron el aliento, pero lo que vino después les desengañó: “Sin embargo, la realización concreta de esos ideales tiene muy poco que ver con las utopías socialistas de Saint-Simon u Owen.” Y adujo el ejemplo del asesinato de la familia del último zar de Rusia por los bolcheviques: “Supongo que tenían razones ideológicas para eliminar a sus herederos, pero ¿por qué matar al doctor Botkin, médico del Zar Nicolás II? ¿Por qué acabar con el personal doméstico, que eran proletarios? Para cubrir el crimen.”

Ya puestos, Putin denunció el papel del partido bolchevique durante la primera guerra mundial –“perdimos frente a una nación derrotada […], un caso único en la historia”–, antes de abordar la cuestión central de su intervención: sí, Lenin colocó sin duda “una bomba de relojería” bajo los cimientos de Rusia. Por un motivo muy sencillo, como explicó el jefe del Kremlin: la autonomía que el antiguo dirigente había concedido a los “sujetos” de la URSS “sobre la base de una igualdad plena, con derecho de cada uno a abandonar la unión”, fue un error. Putin calificó de “absurda” la decisión de ceder el Donbas a Ucrania…

“Las fronteras se fijaron de forma arbitraria, sin mucho razonamiento. ¿Por qué integraron el Donbas en Ucrania?” Mientras prosiguen laboriosamente los debates sobre la puesta en práctica de los acuerdos de Minsk -que se supone apaciguarán la situación en el este de Ucrania, donde se libra un combate sangriento entre los separatistas prorrusos, apoyados por Moscú, y las fuerzas de Kiev-, esta reflexión dice mucho de la visión que tiene el Kremlin de la integridad territorial de su vecina… Desde luego, no asombrará a quienes se acuerdan de que Putin calificó en su día la desaparición de la URSS de la “mayor catástrofe” del siglo XX. Sin embargo, no cabe duda de que detrás de esta evaluación del papel de Lenin hay más cosas. Obnubilado por las “revoluciones”, esas auténticas bombas de relojería, Putin no las tiene todas consigo ante la aproximación del centenario de uno de los más grandes revolucionarios de todos los tiempos.

sexta-feira, 12 de fevereiro de 2016

Luchaban por un mundo nuevo. Libertarias, anarquistas y feministas


Ser mujer y pertenecer al movimiento libertario te garantiza un espacio vacío en la Historia de los grandes volúmenes académicos, te releva al silencio de la ciencia heteropatriarcal que busca en el pasado aquellos procesos y hechos que dan sentido a la trayectoria del capital. Estas páginas nacieron de la búsqueda de la genealogía de las mujeres revolucionarias, aquellas que vivieron la revolución tras el levantamiento fascista del 18 de julio del 36, pero también de aquellas cuya existencia era por sí revolucionaria en una sociedad dónde las mujeres comenzaban a luchar por su autonomía vital y por su libertad personal.

¿Cuáles eran sus puntos de partida? ¿Cómo afrontaban las complicaciones de simbolizar el arquetipo de mujer proletaria? ¿Qué contradicciones se gestaron entre sus discursos y sus experiencias vitales? Con tan ambiciosos interrogantes se pone en marcha este texto que recoge la trayectoria vital de dos mujeres que encarnaron en sus actos su compromiso con la Revolución Social y su búsqueda de un nuevo mundo en el que conceptos como Libertad, Justicia e Igualdad fueran una realidad palpable y no una entelequia.

quinta-feira, 4 de fevereiro de 2016

Para tirar a esquerda do marasmo

Immanuel Wallerstein
Outras Palavras

Quanto Bernie Sanders anunciou que disputaria a indicação pelo Partido Democrata à presidência dos EUA, pouca gente o levou a sério. Hillary Clinton parecia ter tanto apoio que sua escolha parecia garantida sem dificuldades.

Contudo, Sanders persistiu em sua busca aparentemente utópica. Para surpresa da maioria dos observadores, o tamanho de sua audiência em encontros que se espalharam pelo país passou a aumentar de modo consistente. Sua tática essencial era atacar as grandes corporações. Ele lembrava que elas usam seu dinheiro para controlar decisões políticas e anular o debate sobre o abismo crescente entre os muito ricos e a vasta maioria do povo americano, que perde renda real e empregos. Para enfatizar sua posição, Sanders recusou-se a receber dinheiro de grandes doadores e arrecadou fundos apenas de indivíduos que doam pequenas quantias.

Ao fazer isso, Sanders tocou num veio profundo do descontentamento popular, não apenas entre aqueles que estão na base da pirâmide de renda mas da assim chamada classe média, que teme estar sendo levada para o fundo do poço. Agora, as pesquisas mostram que Sanders ganhou apoio suficiente para atuar como um sério oponente a Clinton.

Sanders tem suas limitações, especialmente o fato de que seu apelo para minorias raciais e étnicas parece limitado. Mas tem sido bem sucedido em forçar o debate público sobre a desigualdade de renda. Ele empurra o discurso de Hillary para a esquerda, já que ela busca recuperar eleitores potenciais de seu oponente. Seja qual for o resultado final da convenção do Partido Democrata, Sanders conseguiu muito mais do que quase todos previram no início de sua campanha. Ele forçou, no mínimo, um sério debate sobre programa, no Partido Democrata.

Em janeiro de 2016, parece ter começado uma campanha paralela na França. É semelhante, em vários sentidos, à de Sanders; mas também bem diferente, devido à estrutura das instituições eleitorais dos dois países.

Três intelectuais de esquerda decidiram lançar um apelo público por uma prévia da esquerda. Eles são Yannick Jadot, um ativista de longa data em grupos ambientalistas; Daniel Cohn-Bendit, famoso por sua participação em maio de 1968 mas empenhado, há algum tempo, em unir forças ambientalistas, socialistas de esquerda e pró-Europa; e Michel Wieviorka, um sociólogo que foi conselheiro da figuras à esquerda, no Partido Socialista.

Eles fizeram um apelo público denunciando a passividade diante da guinada à direita na política francesa – incluindo, é claro, a crescente força eleitoral da Frente Nacional. Apelaram a um debate público sério sobre como unir as forças de esquerda e centro-esquerda para incidir nas eleições presidenciais previstas para 2017. Antes de fazer esse apelo, buscaram apoio de intelectuais conhecidos do público, de múltiplas categorias políticas – inclusive Thomas Piketty e Pierre Rosanvallon. E persuadiram o Libération, maior jornal francês de centro-esquerda, a dedicar uma edição inteira, em 11 de janeiro de 2016, ao apelo e seus múltiplos apoios.

Duas semanas depois, em 26 de janeiro, o Libération dedicou outra edição ao mesmo tema. A essa altura, 70 mil pessoas haviam assinado o documento. A edição continha artigos de várias personalidades públicas sobre temas que viam como os principais a ser debatidos, e sobre como debatê-los melhor. Muito do debate está centrado em qual é a função de uma prévia. O conceito é importado das eleições norte-americanas mas é, também, uma resposta aos resultados totalmente inesperados das eleições presidenciais francesas de 2002.

Nas regras que atualmente presidem as eleições presidenciais francesas, a menos que um candidato receba a maioria dos votos, há um segundo turno, no qual concorrem apenas os dois primeiros colocados no turno inicial. Presumia-se, portanto, que o primeiro turno fosse uma espécie de prévia, em que cada tendência política deveria mostrar sua força. Acreditava-se que o segundo turno colocaria frente a frente os dois partidos principais (de centro-direita e centro-esquerda).

Em 2002, entretanto, o candidato da Frente Nacional, de ultra-direita, afastou o Partido Socialista do segundo turno. O leque de opções dos eleitores ficou restrito à Frente Nacional ou ao partido tradicional à direita do centro. Diante desta opção, o Partido Socialista apoiou o candidato à direita no segundo turno, o que permitiu sua vitória tranquila. Isso deveu-se a algo simples. Houve muitos candidatos de esquerda e centro-esquerda no primeiro turno, o que impediu que o Partido Socialista obtivesse número suficiente de votos para chegar à disputa final.

O impacto das eleições de 2002 foi traumático para a esquerda francesa. O velho sistema foi concebido para uma situação na qual haja dois partidos principais. Não funciona para uma situação tripartite. Para evitar a repetição da derrota, o Partido Socialista decidiu, em 2011, realizar uma disputa prévia, aberta a qualquer um. Este processo foi bem sucedido, ao evitar que a maior parte dos candidatos da esquerda (embora não todos) disputassem diretamente as eleições – já que poderiam apresentar-se à disputa interna do Partido Socialista. A abertura levou muitos eleitores centristas a participar da prévia – o que permitiu que Hollande derrotasse um postulante à sua esquerda; e, ao final, se tornasse presidente, ao vencer o candidato da direita, o então presidente Nicolas Sarkozy.

Porém, agora que é presidente, a última coisa que Hollande deseja são prévias em que poderia ser derrotado. Ele tem perdido apoio entre o Partido Socialista, onde, um após o outro, personagens situados mais à esquerda afastaram-se ou foram expulsos de seus postos no ministério. Ele teme a entrada de novos nomes no primeiro turno da disputa, o que poderia levar à repetição do que ocorreu em 2002. Ao mesmo tempo, Sarkozy também enfrenta forte demanda por prévias em seu partido – uma disputa que também ele não teria certeza alguma de vencer.

O problema, em ambos os partidos principais, é que estão divididos internamente sobre muitos temas relevantes. Os socialistas e as forças de esquerda, debatem-se entre manter os programas liberais ou retomar as políticas de bem-estar social. Há a clivagem sobre como definir laicidade – em termos absolutos ou com tolerância às identidades culturais. E há a clivagem entre fortalecer ou enfraquecer as instituições europeias. Finalmente, há o tema, agora polarizador, do chamado “confisco de nacionalidade”, por meio do qual propõe-se que cidadãos nascidos na França sejam privados de sua nacionalidade, caso condenados por qualquer delito definido como “ajuda ao terrorismo”. Foi, historicamente, uma proposta da direita, fortemente combatida pelo Partido Socialista. A reviravolta, que seguiu-se aos atentados do Estado Islâmico em Paris, em 13 de Novembro, provoca enorme desconforto entre os socialistas.

Hollande disputa, hoje como o candidato com posições conservadoras sobre todos estes assuntos. Espera vencer como o representante da luta contra o terrorismo e, portanto, alguém que merece o apoio do centro. É este o candidato em que seu apelo às forças de esquerda tenta conduzir a um debate público.

O paralelo com Sanders é que o grupo francês pode estar captando o mesmo descontentamento popular em que o candidato rebelde dos EUA apoiou-se, para lançar-se candidato. A diferença é que os franceses enfrentam um presidente no poder, capaz de exercer todas as formas concebíveis de pressão para disciplinar os membros de seu partido. Saberemos, talvez, em seis meses, se podem ter êxito semelhante ao de Sanders.

quinta-feira, 28 de janeiro de 2016

La culpa es de los ciclistas

Javier Rodríguez Marcos
El País

Hace unos días supimos que el ministro de Exteriores polaco, Witold Waszczykowski, se ha impuesto la misión de acabar con esta degenerada Europa de “vegetarianos y ciclistas”. Es posible que el ministro, al que suponemos más proclive a devorar un chuletón que un libro, no haya leído Symzonia —esa utopía de Adam Seaborn publicada por La Biblioteca del Laberinto sobre un lugar habitado por vegetarianos, abstemios y demócratas—, pero parece que se ha tomado en serio un chiste que circuló a partir de 1918. Cuando un antisemita afirma que la culpa de la Primera Guerra Mundial es de los judíos, su interlocutor añade: “Sí, de los judíos y de los ciclistas”. Entonces el primero pregunta: “¿Por qué los ciclistas?”. Y el segundo: “¿Por qué los judíos?”.

Hannah Arendt reproduce ese chiste en Los orígenes del totalitarismo (Alianza), un ensayo de 1951 que va camino de convertirse en el libro que mejor explica no ya lo que pasó en el siglo XX sino lo que pasa en el XXI. Entre otras cosas, la pérdida de los derechos humanos cuando se pierde la ciudadanía. Sobrecoge pensar en los refugiados que llegan a Europa a la luz de las reflexiones de Arendt, que apunta que los citados derechos nunca han sido una “cuestión política práctica” por mucho que aparezcan en algunas constituciones. Según ella, esos derechos fueron definidos como inalienables porque se suponía que eran independientes de todos los Estados, pero en la práctica resultó que “cuando los seres humanos carecieron de su propio Gobierno y tuvieron que recurrir a sus derechos básicos, no quedó autoridad que los protegiera ni institución dispuesta a garantizarlos”.

La pensadora alemana sabía de qué hablaba: escribió su libro en Estados Unidos, cuando era una apátrida huida de la persecución contra los judíos en Alemania y Francia. Había experimentado en carne propia cómo quedarse sin Estado al que pertenecer la expulsó de la mismísima Humanidad. La privación de los derechos humanos empieza por la privación de un lugar en el mundo.

Arendt llegó a Nueva York en 1941 con 25 dólares. Enseguida acudió a una organización humanitaria que le asignó por dos meses una familia de Massachusetts para que aprendiese algo de inglés, primer paso para ganarse la vida. Lo hizo ante la chanza de su madre, que le recordó cómo en la escuela en Konigsberg se negó a estudiar ese idioma. Había preferido el francés, el latín y el griego. Dos años más tarde escribió un artículo antológico titulado “Nosotros, los refugiados” ahora recogido en Escritos judíos (Paidós), un volumen ideal para conocer la gigantesca dimensión periodística de la filósofa. Allí cuenta cómo ella y sus compañeros de desgracia aborrecían esa palabra. Entre ellos se llamaban recién llegados o inmigrantes. Cualquier cosa menos parecer pesimista. Y certifica algo difícil de maquillar: que “la historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos: la de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos”. Arendt y su marido se libraron de los primeros huyendo de Montauban a Marsella. Para fastidio de ministros carnívoros, hicieron el recorrido en bicicleta.

quarta-feira, 27 de janeiro de 2016

As ruas falam, mas a democracia avança pouco

Marco Aurélio Nogueira
Open Democracy

A participação no Brasil cresceu, mas até agora não se combinou com a elevação da qualidade da democracia, com um debate público mais consistente ou com o melhor funcionamento do sistema político.

A democracia não é somente um “método” para que se tomem decisões e um conjunto de regras sobre o modo como se governa uma comunidade política. É, também, um sistema de participação, que depende de cidadãos politicamente educados e tão bem organizados quanto possível. Fornece uma diretriz ético-política dedicada a promover o compartilhamento do poder político. Em termos normativos, é o conjunto dos cidadãos que governa, repartindo entre si responsabilidades e poderes.

Justamente por ser assim, a democracia tende a ser abalada quando cidadãos e organizações mudam de padrão, impulsionados por uma grande transformação social. É o que acontece hoje, nessa época de velocidade, tecnologia intensiva, mercado e individualização. Sob o capitalismo global e a “vida líquida”, a democracia é desafiada por uma demanda social de transformação que não consegue ser adequadamente processada e atendida. Quer-se “democratizar a democracia”, muitas vezes opondo a participação à representação. Ao passo que uns se proclamam ultrademocráticos e exigem sempre mais espaços de protesto e participação, ocorre também uma interdição: com o protagonismo acachapante dos mercados e do grande capital, a democracia é deslocada para a margem, perde valor, é convertida em adereço, em algo para ser usado e exibido, mas não para ser vivido com intensidade.

São, portanto, os próprios termos do jogo arbitrado pelo capitalismo financeiro global que travam a democracia. Para que ela prevaleça e mostre sua potência, os cidadãos precisam se contrapor aos arranjos políticos, econômicos e institucionais em curso. O problema é que não há, a rigor, atores que possam levar a cabo a tarefa de agregar politicamente os cidadãos e assumir a responsabilidade pelos riscos e efeitos que dela disso decorrerão.

Fraqueza da democracia brasileira

O Brasil é um caso particular. Enfrentou dificuldades, ao longo de sua história, para conviver com a democracia política. Conheceu muitos períodos de ditadura e suspensão de direitos. Tal fato perturbou a assimilação de uma cultura democrática pela população e pelo conjunto do Estado. Mesmo depois da modernização econômica do País e de três décadas seguidas de regime democrático, os cidadãos ainda continuam politicamente mal educados, fato agravado pela desigualdade que corta a sociedade, pela precariedade do sistema escolar e pela ausência de uma reforma política que oxigene os canais de comunicação entre o Estado e a sociedade. O próprio Estado permanecesse pouco ágil e muito ineficiente na prestação dos serviços básicos, o que tem comprometido gravemente o que se pode chamar de Welfare State brasileiro. Os governos governam com um flanco desguarnecido por onde se infiltram estratégias de corrupção e de desvios de recursos. O sistema político ajuda a que se troquem favores e dinheiro, seja para dar estabilidade aos governos, seja para alimentar as máquinas eleitorais dos partidos e das coalizões. O aparato policial dos governos não se “democratizou”: age de forma autoritária, mostrando incapacidade de conviver com uma população impregnada de vida “líquida”: dinâmica, individualizada, conectada em redes ativas, avessa a formas mais “sólidas” de organização e ação.

Novas protestas e excessos policiais

Desde o início do ano, a cidade de São Paulo (a principal do País) tem sido palco de sucessivos protestos de rua, incentivados pelo MPL-Movimento pelo Passe Livre, que defende o fim da cobrança das tarifas de transporte público. O estopim das manifestações foi a decisão da Prefeitura municipal de aumentar a tarifa dos ônibus, que passou de R$ 3,50 a R$ 3,80. Como ocorreu em junho de 2013, quando grandes manifestações de massa tomaram conta das principais cidades brasileiras, os protestos atuais acolhem agendas mais amplas, fato que deriva essencialmente de seu caráter aberto e não organizado: todos os que tiverem algo de que reclamar, alguma indignação à flor da pele, uma causa e uma bandeira de luta, confluem nas ruas, encorpando as passeatas que congestionam a cidade. Até agora, em janeiro, as manifestações não impressionaram pelo número de participantes, mas mostraram possuir um amplo conjunto de reivindicações.

Em 2013, a imperícia policial foi chocante. Em boa medida, a manifestação cresceu em repúdio à violenta e desproporcional repressão policial. Agora, em 2016, a polícia voltou às ruas pior do que nunca, descumprindo até mesmo suas próprias normas operacionais diante de distúrbios e protestos. Não aprendeu a dialogar, não melhorou sua capacidade de compreensão do quadro das manifestações. Exacerba no uso da força. Por mais razões que possa ter para "endurecer" em alguns momentos, não contribui para ajudar a cidade a assimilar democraticamente as manifestações e conviver com elas.

Não é por outro motivo que o desentendimento cresceu entre manifestantes e forças de segurança. Pouco preparados para o diálogo democrático em sociedades complexas, tanto a polícia quanto os manifestantes disputam para saber se se deve ou não negociar um trajeto a ser seguido pelas passeatas. Enquanto os policiais alegam que isso é indispensável para que a cidade não pare e os cidadãos não sejam prejudicados, o MPL afirma que não obedece a nenhuma autoridade estatal e que suas decisões são tomadas na própria rua, pelos manifestantes. Todos ganhariam se houvesse uma negociação prévia a respeito, mas negociações não são impostas: são construídas. E falta vontade política para que isso ocorra, tanto da polícia quanto dos manifestantes. A polícia quer impor trajetos, e o MPL não conversa com autoridades e nem negocia longe dos olhares do público. É um diálogo de surdos. No qual se discute a “performance” e o espetáculo que se quer dar e o quanto de incômodo deve causar uma manifestação que, em tese, é política, ou seja, interessa a todos e se contrapõe ao poder político.

Lições não aprendidas

A lembrança de 2013 é fugidia. Não se aprendeu muito com ela. Do lado das forças de segurança, deixou-se de considerar que a violência sempre tende a gerar reações de solidariedade. As pessoas, hoje, podem temer a repressão policial e optam por ficar em casa para não se expor ela, mas verbalizam sua indignação nas redes sociais, o que é uma forma de fazer com que o protesto ganhe corpo e reverbere, provocando de algum modo uma elevação da temperatura política do País. Os que protestam, porém, não conseguem promover avanços democráticos consistentes, mesmo quando obtém vitorias tópicas: ou seja, não se mostram com organização e força suficientes para contagiar a sociedade e encurralar o sistema.

Pelo seu tamanho reduzido e por seu caráter pretensamente "desorganizado", o MPL se movimenta muito e pode dar a impressão de ser maior do que é de fato. Trata-se de um ator importante na dinâmica política de uma cidade como São Paulo, um ator que merece ser respeitado e analisado com atenção. Mas ele pode ser prejudicado por suas próprias características: o voluntarismo típico de sua conduta, a ideia de que a massa toma todas as decisões e escolhe até mesmo o percurso a ser feito, sua recusa a ter lideranças explícitas, seu desejo permanente de espetacularizar o protesto, de "travar a cidade", podem fazer com que o movimento não consiga permanecer agregando apoios e chegue mesmo a entrar em rota de colisão com a opinião pública ou a população que precisa do transporte e da livre circulação. O risco do isolamento é grande, na medida em que não há qualquer disposição do MPL de atuar em conjunto com partidos e outras forças organizadas. Ele parece querer viver a democracia sem aceitar algumas das regras da própria democracia e menosprezando os valores da esquerda democrática.

Grande participação, escassa incidência política

O Brasil tem sido palco de um efervescente desejo de participação. O protesto social, ainda que não seja um dado novo neste país que tem dificuldades históricas para se democratizar, cresceu muito nos últimos anos. A novidade maior deriva do fato de que os protestos não vêm sendo comandados por sindicatos e causas “materiais”: as vozes das ruas pedem melhores políticas públicas, menos corrupção e mais responsabilidade por parte dos governantes. Durante o ano passado, estudantes secundaristas manifestaram-se contra medidas de reforma do sistema escolar propostas pelo governo estadual de São Paulo, conseguindo desativá-las; milhares de pessoas desfilaram pelas cidades pedindo a renúncia da presidente Dilma Rousseff, forçando a que seus defensores buscassem igual demonstração de força.

A participação cresceu, mas até agora não se combinou com a elevação da qualidade da democracia, com um debate público mais consistente ou com o melhor funcionamento do sistema político. O ativismo é intenso, difuso e frenético, performático e movido a redes, mas carece de organização e projeto político. Dialoga pouco com os partidos e estes, por sua vez, estão incapacitados para agir em consonância com as ruas e menos ainda para dirigi-las. O quadro reflete, em boa medida, a desorganização e a falta de protagonismo das esquerdas.

Dos protestos de 2016 não deverá nascer um novo junho de 2013. O clima é outro. A população está mais interessada no desfecho da grave crise política que envolve o governo Dilma, sobre cuja cabeça ainda flutua a ameaça de impeachment. A crise econômica que se anuncia ainda não foi decifrada, as pessoas estão optando por esperar para ver onde tudo vai dar. Não há clareza sobre o impacto que o aumento das tarifas de transporte terá, bem como ainda não se produziu a transição da luta contra os "30 centavos" de aumento no transporte para uma luta que inclua os demais preços públicos (eletricidade, combustível, gás) e o conjunto das políticas, ou pelo menos para as mais importantes (saúde e educação, acima de tudo).

Toda ação política de protesto não favorece a quem quer esfriar uma crise. Se houver uma expansão dos protestos no tempo e no espaço, o mundo da representação terminará por ser mais afetado, assim como os governos subnacionais, dos estados e municípios. Os partidos, que já mal se aguentam em pé, ficarão ainda mais prejudicados em sua tentativa de estabelecer laços de comunicação com os movimentos sociais. A crise política, que já é suficientemente grave, ganhará mais combustível. E tudo isso num ano de eleições municipais.

Pequenos grupos sempre podem produzir efeitos que se multiplicam e ganham volume, valendo-se por exemplo das redes, que hoje são muito ativas. Não dá para descartar que protestos como os do MPL cruzem com as manifestações projetadas contra Dilma para depois do carnaval. Os públicos que participam de ambas as correntes são, porém, muito distintos. De um lado, jovens embalados por um ideal anárquico que os deixa "fora de controle" e potencialmente contra tudo e todos. De outro lado, cidadãos que estão focados no questionamento de um governo em particular, de uma prática política e governamental específica. Difícil que saia alguma articulação disso.

O cenário brasileiro mostra que as ruas podem se movimentar e falar mais sem que isso produza, de imediato e necessariamente, mais e melhor democracia.

sexta-feira, 22 de janeiro de 2016

Globalização e desigualdades

Rodrigo Medeiros
Carta Maior

Uma sociedade democrática deve efetivamente se preocupar com o destino dos indivíduos mais fragilizados.

A mais recente divulgação internacional de números que demonstram uma escandalosa escala de concentração de renda e riqueza nas mãos de poucas pessoas merece maiores considerações entre nós. Desde a grande repercussão global da publicação do trabalho de Thomas Piketty, em 2013, o debate sobre as desigualdades socioeconômicas disfuncionais entrou em outro patamar. Paul Krugman, por sua vez, sugeriu bem antes que “qualquer ideologia cuja principal prescrição consista em reduzir os tributos incidentes para os ricos provavelmente desfrutará de sobrevida prolongada”. Vejamos então alguns poucos aspectos gerais dessa discussão.

A fórmula que busca resumir as instigantes reflexões de Piketty é a seguinte: r > g (r é o retorno médio do capital; g é o crescimento da economia). Quando essa diferença é grande por muito tempo, as desigualdades podem ser consideradas como disfuncionais do ponto de vista social. Como os mais ricos têm uma maior propensão a poupar, já se mostrou algo muito comum “a retirada” de recursos financeiros da economia produtiva para o exercício da preferência pela liquidez por uma parcela minoritária da sociedade. Um excesso de poupança (“savings glut”) da parte de poucos indivíduos, quando a concentração da renda é bastante elevada, pode jogar a economia em uma recessão prolongada. Até pesquisadores do Fundo Monetário Internacional, Jonathan D. Ostry e Andrew Berg, por exemplo, apontaram para o fato de que desigualdades excessivas podem minar o crescimento em um país.

Uma matéria sobre a grave crise na Eurolândia publicada no “Valor Econômico”, assinada por James Politi, merece consideração. Conforme consta no texto, “o premiê da Itália, Matteo Renzi, advertiu que as políticas de austeridade da zona do euro impulsionadas pela Alemanha estão alimentando o populismo. Segundo ele, isso levará à paralisia política e a reveses eleitorais em toda a União Europeia (UE) para os governos atualmente no poder”. Renzi afirmou ainda que “a Europa tem de atender a todos os 28 países, e não a apenas um". Para o italiano, é possível derrotar a perspectiva do populismo com crescimento e empregos, ou seja, apostando em uma nova Europa social.

Antes de se pensar em traçar o rápido paralelo com as disputas políticas no Brasil, é importante avaliar a lógica da ascensão global da direita conservadora nos últimos 35 anos. Em “Vendendo prosperidade”, Krugman propõe algumas reflexões sobre o ciclo conservador. Segundo Krugman, “os supply-siders ficam furiosos com o que consideram como a afirmação simplista de que a Reaganomania significou cortes de impostos para os ricos, aumentos de impostos para a classe média e castigo para os pobres”. Ainda de acordo com Krugman, o “The Wall Street Journal” passou grande parte da década de 1980 em campanha pelo retorno do padrão ouro. O projeto hegemônico do euro criticado atualmente pelo primeiro-ministro italiano reproduz a rigidez do padrão ouro, chamado de “relíquia bárbara” por Keynes (1883-1946). Para ele, em 1923, o padrão ouro sacrificava o pleno emprego e a estabilidade de preços em prol da estabilidade da taxa de câmbio.

O Brasil, que possui uma carga tributária regressiva e, portanto, muito injusta do ponto de vista social, veio concedendo desde a sua redemocratização vários benefícios fiscais para o capital que não são transparentes. Pessoas físicas também se beneficiaram de desonerações fiscais entre nós. Em artigo na “Folha de S.Paulo”, Marcos Villas-Bôas expõe uma jabuticaba brasileira. Segundo o pesquisador, “os melhores trabalhos de política tributária do mundo nem falam em isentar os dividendos. O Reino Unido, a França, os nórdicos, a Austrália e outros países nem discutem isentar os dividendos. Procura-se a melhor forma de tributá-los, ainda que signifique aplicar uma alíquota baixa ou dar um crédito correspondente ao imposto pago na pessoa jurídica”. Para Villas-Bôas, a isenção fiscal de dividendos das pessoas físicas gera graves distorções em uma sociedade – “fraudes” para reduzir os gastos trabalhistas dos empregadores, menor carga de imposto para quem tem mais renda e aumento de outros tributos para compensar a perda de arrecadação. As argumentações dos economistas do lado da oferta (supply-side) não são neutras.

O artigo de Villas-Bôas aponta que os estudos que adotaram como base a redução da tributação dos dividendos em 2003 nos EUA revelaram uma baixa influência nos investimentos. Um dos seus efeitos foi a elevação dos preços das ações. Como muitas firmas investem através de lucros retidos, com uma maior distribuição dos dividendos ocorreu uma menor retenção na empresa. Portanto, o excedente não foi utilizado para elevar o investimento produtivo e o bem-estar na sociedade. Para o caso brasileiro, onde estaria mesmo a prova de que isentar dividendos foi algo positivo? Os números do IBGE citados por Villas-Bôas mostram que a taxa de investimento foi de 20,5% do PIB em 1995, passando posteriormente para 18,6% em 1996, 19,1% em 1997, 18,5% em 1998 e 17% em 1999. Segundo estimativas que variam de acordo com a aplicação da alíquota, a tributação sobre dividendos poderia contribuir com aproximadamente R$ 50 bilhões no presente para o ajuste fiscal. Conforme ponderou Piketty, o Brasil “deveria investir em uma reforma tributária, já que seu sistema de taxação não é progressivo o bastante de acordo com padrões internacionais. Enquanto a classe média fica sobrecarregada com impostos, as taxas sobre os ricos são muito baixas. E isso tudo é importante para aumentar a velocidade do crescimento do PIB no futuro”.

O Sindicato Nacional dos Procuradores da Fazenda Nacional (Sinprofaz), por sua vez, afirma que a sonegação fiscal anual é da ordem de 10% do PIB no Brasil. Segundo avaliou o seu presidente, Achilles, Frias, “é o grande sonegador que mais afeta e economia e que provavelmente também figura na lista dos devedores contumazes. É comum que o sonegador de grande porte esteja de alguma forma ligado à evasão de divisas, lavagem de dinheiro e corrupção". Afinal, qual seria a real utilidade ou o sentido prático dos paraísos fiscais no mundo?

Em um contexto brasileiro de ajustes contracionistas, o “Boletim Macro” indica que “o resultado nominal acumulado de janeiro a setembro foi deficitário em 9,7% do PIB, dos quais 9,51% do PIB correspondem à conta de juros nominais e apenas 0,2% ao déficit primário". O choque inflacionário em 2015 não foi de demanda. A economia brasileira demanda ajustes, reformas institucionais progressistas e alguns “choques de gestões”. Com uma carga tributária bem regressiva e elevada sonegação fiscal, os mais pobres estão pagando uma amarga conta (a desvalorização cambial e os repasses inflacionários, o desemprego e os reajustes nos preços administrados). Os ajustes poderiam ser progressivos, redistribuindo, por exemplo, o peso da carga tributária para aliviar os mais pobres e ainda buscando promover novas políticas públicas capazes de articular o desenvolvimento de pequenas e médias empresas de base tecnológica.

Em “O destino vem do berço?”, de Camille Peugny, há três lições básicas que podem ser extraídas para as mais diversas sociedades. A primeira lição diz respeito ao fato de que é insuficiente melhorar a escolarização para avançar na igualdade de oportunidades. O segundo ensinamento aponta para a necessidade de investimentos públicos nos primeiros anos de escolarização, aliviando o peso da origem social. Por último, a terceira lição versa sobre o papel das políticas públicas. Indo um pouco além dos aspectos quantitativos da reprodução (e intensificação) das desigualdades, os resultados das políticas acabam dependendo da coesão social em um país. Em um contexto de mérito desigual, que vem do acaso do nascimento, há muitas desvantagens para as classes populares. Peugny sinaliza para a necessidade de se buscar multiplicar, através de políticas públicas progressistas, os momentos de igualdade ao longo da vida dos indivíduos. Uma sociedade democrática deve efetivamente se preocupar com o destino dos indivíduos mais fragilizados, pois o determinismo do nascimento conspira para derrubar a confiança social nas instituições.

quinta-feira, 14 de janeiro de 2016

Benedict Anderson (1936-2015)

Claudio Lomnitz
La Jornada

El pasado 13 de diciembre falleció Benedict Anderson en un hotel en Malang, Indonesia. Anderson nació en Kunming, China, en el seno de un imperio británico agonizante; su mirada estuvo siempre marcada por esa excentricidad. Desde pequeño, el talentoso Benedict demostró una facilidad lingüística asombrosa; según la necrología del New Republic, leía holandés, alemán, español, ruso y francés, y hablaba el indonesio, javanés, tagalo y tailandés de corrido. Su prosa inglesa fue, por lo demás, siempre elegante y luminosa.

Benedict Anderson estudió su licenciatura en la Universidad de Cambridge, donde se recibió con los máximos honores. En Cambridge tuvo también su iniciación política, durante la crisis del Suez en 1956. Anderson se puso de lado de Nasser y contra el nacionalismo de la mayor parte de sus compañeros. A partir de entonces, se acercó al marxismo y a la política anticolonial. Quizá su interés por Indonesia date también de esos años en Cambridge –recordemos que el movimiento de los países no alineados comenzó en la Conferencia de Bandung (Indonesia) en 1955, meses antes de la crisis de Suez. El caso es que, terminando sus estudios en Cambridge, Ben Anderson se fue a realizar su doctorado a la Universidad Cornell, que era ya entonces un importante centro de estudios sobre el sudeste asiático. Allí se especializó en Indonesia, país que se volvería su gran pasión, y donde permanecería ya como profesor durante toda su carrera académica.

Indonesia es hoy el cuarto país más poblado del mundo, pero cuando Anderson comenzó a estudiarla era un Estado-nación muy joven. Sukarno había declarado su independencia tras la derrota de Japón en 1945, y los holandeses, que habían sido la potencia colonial que dominó el archipiélago indonesio hasta la invasión japonesa, no reconocieron su independencia hasta 1949.

El hecho de que se pudiera siquiera soñar en formar una nación a partir de aquel reguero de más de 17 mil islas, en las que se hablaban no menos de 700 idiomas, pedía –incluso exigía– una ciencia social sofisticada y novedosa. No había lugar para una ciencia política ramplona en un lugar así. Pensar la política en Indonesia pedía también una vocación de antropólogo, de historiador y aun de lingüista. No es tampoco casualidad que varios de los antropólogos más innovadores de la segunda mitad del siglo XX hayan trabajado en esa región; piensa uno inmediatamente en Clifford Geertz y en James Siegel, por ejemplo. Anderson perteneció a esa rodada y no desmereció en talla ni a una figura ni a la otra.

Sus primeros libros fueron sobre la revolución en Java durante los años cuarenta, y Anderson se interesó bastante por la capacidad de negociación que encontraba en la cultura javanesa. Fue quizá por ese amor a la cultura javanesa que Anderson reaccionó con tanto desasosiego ante la contrarrevolución que llevó al poder al dictador Suharto en 1967, y sobre todo ante la masacre de más de 600 mil comunistas o pretendidos comunistas. La suave cultura javanesa prohijó un genocidio político. Las denuncias y escritos realizados por Anderson a raíz de esos eventos tan monstruosos llevaron a que fuera expulsado de Indonesia en 1972. No regresaría hasta 1998, después de la renuncia de Suharto.

Más allá de los especialistas en el sudeste asiático, el nombre de Benedict Anderson se conoce sobre todo por su libro Comunidades imaginadas, publicado en 1983. Se trata sin lugar a dudas del trabajo más innovador e influyente que se haya escrito acerca del nacionalismo como formación cultural. Así. Punto. Durante cerca de 20 años hubo casi una industria de trabajos de investigación dedicados a revisar ese libro. Yo mismo hice alguna contribución a ese esfuerzo por asimilar y por remendar las tesis de Anderson. Se puede decir, sin exagerar, que Comunidades imaginadas acabó por definir los términos del análisis del nacionalismo.

Anderson alegó varias cosas, algunas muy pertinentes para Iberoamérica. Pensaba, por ejemplo, que el nacionalismo nació en las periferias, en las colonias, y no en la metrópoli. Hasta entonces se consideraba que la idea del Estado nacional se había inventado en Francia y no, como alegaba Anderson, en las colonias americanas. Esta idea fue importante en América Latina, porque había acá la costumbre de ver el proceso histórico local como un refrito de la innovación europea. Anderson se fijó en vez en la repercusión mundial de los procesos históricos que se iniciaron en las colonias.

Por otra parte, argumentó que el desarrollo comercial de la imprenta, manifiesto en publicaciones periódicas tanto como en el auge comercial de la novela, permitió imaginar un mundo de países que avanzan simultáneamente, en secuencias paralelas. Así como en la novela se desarrollan personajes en paralelo que luego se encuentran, y cuyas historias terminan entrelazándose, asimismo el periódico permitió imaginar un mundo compuesto de naciones que se desarrollan en paralelo, que se encuentran y entrelazan. El nacionalismo imaginado por Anderson es una formación cultural basada en la experiencia de la lectura paralela de noticias.

No creo que haya sido casualidad que Anderson entendiera tan bien la importancia histórica de las colonias –finalmente a él le tocó vivir el ocaso y últimos estertores del imperio británico–, y fue también testigo y partícipe de los inicios –tan llenos de esperanza– de los nuevos nacionalismos anticoloniales. También le tocaría vivir la desilusión respecto de esos nuevos países; presenciar guerras entre países poscoloniales, por ejemplo. El genocidio que se perpetró en Indonesia lo sintió, según escribió, como si hubiese descubierto que un ser amado fuese un asesino. Quizá quienes amamos a México hemos sentido algo parecido ante la violencia tan gratuitamente cruel de la guerra del narco.

Conocí a Benedict Anderson sólo en una ocasión. Convivimos durante día y medio en una pequeña conferencia que organizó la Universidad de Chicago para conmemorar los 25 años de la publicación de Comunidades imaginadas. Fui honrado con esa invitación por el ensayo crítico que había escrito sobre la obra de Anderson, que le había gustado. En persona, Anderson era tan cortés y amable como cultivado e incisivo. Realizó una de las mayores contribuciones a las ciencias sociales del último cuarto del siglo XX. Que descanse en paz.

sexta-feira, 8 de janeiro de 2016

El coqueteo de Occidente con el totalitarismo

Giorgio Agamben
Outras Palavras

El estado de emergencia no es un escudo que protege a la democracia. Por el contrario acompañó siempre a las dictaduras y hasta proporcionó un marco jurídico a las atrocidades de la Alemania nazi. Francia debe resistir a la política del miedo.

Será imposible comprender el verdadero problema que plantea el estado de emergencia en ese país -hasta fines de febrero- si no se analiza en el contexto de una transformación radical del modelo de Estado que se ha vuelto familiar. Es preciso en primer término desmentir las palabras de los irresponsables hombres y mujeres políticos según las cuales el estado de emergencia es un escudo para la democracia.

Los historiadores están bien conscientes de que lo verdadero es lo opuesto. El estado de emergencia es precisamente el dispositivo que usaron los poderes totalitarios para instalarse en Europa. Durante los años que precedieron a la toma del poder por Hitler, los gobernantes socialdemócratas de la República de Weimar habían establecido tantas veces el estado de emergencia (llamado en Alemania estado de excepción) que puede decirse que ese país había dejado de ser, ya desde 1933, una democracia parlamentaria.

Pero el primer acto de Hitler luego de su nombramiento fue proclamar de nuevo el estado de emergencia, nunca luego derogado. Cuando nos sorprenden los crímenes impunemente cometidos por los nazis en Alemania, nos olvidamos de que esos actos eran perfectamente legales, dado que las libertades individuales habían sido suspendidas.

No queda claro por qué ese escenario no habría de repetirse en Francia. Es posible imaginar que un gobierno de extrema derecha podría usar para sus propósitos un estado de emergencia a que los ciudadanos socialistas ya acostumbrados volverían. En un país que vive una prolongada emergencia y en el que los operativos policiales van sustituyendo gradualmente a la Justicia, es de esperar un rápido e irreversible deterioro de las instituciones públicas.

Esto es especialmente cierto porque el estado de emergencia forma parte del proceso con el que las sociedades occidentales tienden al llamado Estado de Seguridad (Security State como lo llaman los cientistas políticos usamericanos) La palabra “seguridad” se ha incorporado absolutamente al discurso político y puede decirse sin temor a equivocarse que las “razones de seguridad” han ocupado el lugar que anteriormente se denominara “raison d´Etat” (razón de ser del Estado). Aún no existe sin embargo un análisis de esta nueva forma de gobierno. Como el estado de seguridad no es ni el estado de derecho ni aquello que Michel Foucault llamó “sociedades disciplinadas” se requieren algunos encuadres para intentar su posible definición.

En el modelo del inglés Thomas Hobbes que influyó tan profundamente en nuestra filosofía política, el contrato que otorga poderes soberanos presupone miedo mútuo a la guerra de todos contra todos: el Estado es el que precisamente debe terminar con el miedo. En el Estado de Seguridad ese patrón se invierte: el Estado está permanentemente fundado en el miedo y debe mantenerse así a cualquier costo, dado que de él deriva su función esencial y su legitimidad.

Foucault ya había demostrado que cuando apareció por primera vez la palabra “seguridad” en el discurso político en Francia, con los gobiernos fisiócratas de antes de la Revolución, no fue para evitar desastres y hambre – sino para dejar que ellos sucedieran para, en seguida, gobernar en un sentido que pensaban ser rentable.

Sin ningún sentido jurídico

Del mismo modo, la seguridad no está destinada hoy en día a impedir actos de terrorismo (algo ciertamente difícil, cuando no imposible dado que las medidas de seguridad son eficaces apenas después de los hechos y el terrorismo es por definición una serie de primeros disparos). Esta destinada a establecer una nueva relación con la gente, la de un control generalizado e ilimitado – con énfasis en dispositivos que permiten el completo control de datos informáticos y de la comunicación entre ciudadanos, incluido el de la intervención en el contenido de las computadoras.

El riesgo que enfrentamos en primer término es la tendencia a establecer una relación sistémica entre terrorismo y Seguridad del Estado. Si el Estado necesita legitimar el miedo, es necesario producir terror o por lo menos no impedir que se produzca. Es por eso que muchos países adoptan una política exterior que alimenta al terrorismo – al que interiormente dicen combatir - y mantener con él relaciones cordiales y hasta venderle armas a Estados que se sabe financian organizaciones terroristas.

Un segundo aspecto a destacar es el cambio de estatuto político de los ciudadanos y del pueblo, que debería ser el titular de la soberanía. En el Estado de Seguridad, existe una tendencia a la despolitización progresiva de los ciudadanos cuya participación política se reduce a las urnas. Esta tendencia es particularmente preocupante y fue formulada teóricamente por juristas nazis, definiendo al pueblo como un elemento esencialmente apolítico, al que el Estado debe asegurar la protección y el desarrollo.

Mientras tanto de acuerdo con los juristas solo existe una manera de volver político a un elemento apolítico: a través de la igualdad de ascendencia y de raza, que llevará a distinguirlo del extranjero y del enemigo. Esto no significa confundir al Estado nazi con el Estado de Seguridad contemporáneo; lo que es necesario entender es que al despolitizar a los ciudadanos estos no podrán salir de la pasividad, cuando sean movilizados por el miedo ante un enemigo extranjero que no es necesariamente externo (como en el caso de los judíos en Alemania o ahora con los musulmanes en Francia).

Es en tal contexto que debemos analizar el siniestro proyecto de privar de la nacionalidad a los ciudadanos binacionales, que recuerda la ley fascista de 1926 sobre la desnacionalización de los “ciudadanos indignos de la ciudadanía italiana “ y las leyes nazis de desnacionalización de los judíos.

Un tercer aspecto, cuya importancia no debemos subestimar es la radical transformación de los criterios que establecen la verdad y la certidumbre en la esfera pública. A un observador atento no le pasan desapercibidos los expedientes sobre crímenes del terrorismo en que se observa una absoluta renuncia al establecimiento de la certeza jurídica.

Lo que corresponde a un Estado de derecho es que un crimen pueda ser comprobado mediante la intervención judicial, cuando existe el paradigma de la seguridad debemos conformarnos con lo que dicen la policía y los medios de comunicación que dependen de ella - es decir dos instancias que fueron siempre consideradas poco confiables. De allí las increíbles imprecisiones y las evidentes contradicciones en la reconstrucción de sucesos que eluden conscientemente toda posibilidad de verificación y de falsificación y que mas se parecen a chismes que ha interrogatorios. Esto significa que el Estado de Seguridad tiene interés en que los ciudadanos – cuya protección debe asegurar – se mantengan sin saber qué los amenaza, ya que la incertidumbre y el miedo andan juntos.

La misma incertidumbre que se encuentra en la ley del 20 de noviembre sobre el estado de emergencia y que se refiere “a cualquier persona en que existan razones serias para dar por cierto que su comportamiento constituye una amenaza para el orden público y la seguridad” Es bastante obvio que la expresión “razones serias para considerar” no tiene ningún significado jurídico y como está referida a la arbitrariedad de quien las “considera” puede ser aplicada en cualquier momento y contra cualquier persona. En el Estado de Seguridad esas formas indeterminadas que siempre fueron consideradas por los abogados como contrarias al principio de seguridad jurídica se convierten en la norma.

Despolitización de los ciudadanos

La misma imprecisión y los mismos errores aparecen en las declaraciones de las mujeres y de los hombres políticos que afirman que Francia está en guerra contra el terrorismo. La guerra contra el terrorismo es una contradicción terminológica, porque el estado de guerra se define precisamente por la capacidad de identificar realmente al enemigo contra el que se debe luchar. En la perspectiva securitaria el enemigo debe- por el contrario – mantenerse indefinido, tanto interna como externamente de manera que cualquiera pueda ser identificado como tal.

El mantenimiento de un estado de miedo generalizado, la despolitización de los ciudadanos, la renuncia a la efectividad de la ley: son tres características del Estado de Seguridad suficientes para perturbar los espíritus. Porque eso significa, en primer lugar, que el Estado de Seguridad para al que nos estamos refiriendo hace lo opuesto a lo que promete. La seguridad significa falta de preocupación (sine cura) en lo referente al miedo y al terror. El Estado de Seguridad es por otra parte un Estado policial, porque eclipsando al Poder Judicial generaliza la discrecionalidad de la policía de modo que en estado de emergencia permanente se vuelve cada vez más soberano.

Por medio de la despolitización gradual de los ciudadanos se los transforma de algún modo en terroristas potenciales: el Estado de Seguridad ha traspasado el conocido campo de la política para dirigirse a una zona incierta donde lo público y lo privado se confunden y en donde es difícil definir  las fronteras.

sexta-feira, 11 de dezembro de 2015

Argentina: más confusión que neoliberalismo

Paul Walder
Punto Final

El triunfo del candidato Mauricio Macri de la alianza derechista Cambiemos, en Argentina, se presenta como una profecía autocumplida al confirmar los augurios sobre un fin del ciclo progresista en la región y el ingreso en una fase de repliegues y confusiones. Macri, un neoliberal desembozado, es muy probable que puso en marcha a partir de ayer, 10 de diciembre, un programa económico cercano a los postulados del FMI y de los intereses de las finanzas globalizadas. Sus primeras declaraciones, aún ambiguas, engarzadas con sus promesas de campaña, apuntan a un desmantelamiento del modelo, más estatista e inclusivo, del finalizado ciclo kirchnerista.

No han sido pocos los analistas y observadores que reflexionaban sobre este nuevo trance político, que aparece como un nuevo proyecto ideológico solo por las limitaciones y obstáculos internos del anterior gobierno. Más que un triunfo de la derecha y el regreso a los modelos de libre mercado desregulado, es el resultado de un voto de castigo, es marketing electoral y desencanto ante un proceso de desarrollo que no hallaba su destino. Una fusión poco auspiciosa que puede regresarnos a periodos de gran confusión y nuevas tensiones. Los gobiernos neoliberales en Argentina y en otros países terminaron en una crisis de tal profundidad, que marcaron época. Su retorno no es fruto de ideas ni propuestas ni nuevas ni recicladas, sino de comunicación y retórica.

El resto de los gobiernos latinoamericanos denominados progresistas o de Izquierda no puede compararse ni con el argentino ni entre sí. Cada uno tiene sus singularidades y su profundidad en las políticas sociales e inclusivas. Pero hay un gran factor común, que trasciende a toda la región: sus políticas públicas se han basado en un ciclo mundial de altos precios para sus materias primas, el cobre, la soya, el petróleo, periodo que hace un año inició su repliegue. Hoy podemos decir que este ciclo está terminado y probablemente también el modelo de desarrollo basado en la extracción de recursos naturales.

No sabemos todavía la extensión y la profundidad de la reinstalación neoliberal en Argentina. Y tampoco si se reproducirá este fenómeno en el resto de la región, lo cual dependerá de la penetración y solidez de las estructuras políticas actuales. Lo que sí está claro es que la región ingresó en un periodo de inflexión, en un valle, que estará caracterizado por recortes en el gasto de los programas sociales derivados del descenso en los precios de los commodities. En este repliegue los programas políticos y sociales, sin una dirección ni una consistencia clara, pueden llevar a cualquier parte.

La falta de profundidad de las políticas post neoliberales, pero sin duda capitalistas, más los programas de austeridad fiscal, es probable que nos empujen a un periodo de circularidad, de demagogias y retóricas derechistas, tal como ocurrió con la debacle neoliberal hacia finales del siglo pasado, con gobiernos inestables y corruptos incapaces de terminar sus mandatos.

Se abre un nuevo ciclo, aparentemente peor que el anterior, artificialmente inflado con más de una década de altos precios de los recursos naturales. Lo que tendremos es una nueva fase de fuertes demandas y tensiones sociales contra las corporaciones, fusionadas con las diferentes expresiones de los poderes del Estado. Este escenario no surge de un vaticinio sino de la reflexión de analistas como Wallerstein. En este nuevo contexto, que tendrá dimensiones regionales, esta confrontación no podrá ser controlada con las políticas progresistas y menos aún con la reinstalación del modelo neoliberal.

Hay analistas que ya prevén varios años de bajos precios de las materias primas. De manera paralela, también auguran efectos económicos nocivos al interior de los países, más la constante presión de las compañías y los grupos económicos para volver a hacer negocios en medio de la confusión. Un espacio revuelto que, a diferencia de hace una década o más, esta vez contará con una ciudadanía organizada y politizada. Será tiempo de nuevas y más profundas luchas.

terça-feira, 8 de dezembro de 2015

Brasil: Crisis, impeachment y participación ciudadana

Fernando de la Cuadra
ALAI

La declaración de admisibilidad de la solicitud de impeachment realizada por el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, pone definitivamente a Brasil en una hoja de ruta que se venía perfilando en los últimos meses, prácticamente desde que la mandataria asumió su segundo período en enero del presente año. Sin embargo, estudios de opinión entre los congresistas realizados en estos días revelan que si la votación sobre el impedimento en el plenario de la Cámara de Diputados fuese en este exacto momento, la presidenta Dilma Rousseff conservaría su mandato, pues la mayoría de ellos se mostró contrario a la instalación de un proceso de veto de la jefa de gobierno. De acuerdo con ese levantamiento, Dilma tendría actualmente el respaldo de por lo menos 258 de los 513 deputados, 87 votos más de los 171 necesarios para mantenerse en el poder. Tal parece que el proceso de impeachment ya nació moribundo y serán necesarios muchos esfuerzos de la oposición para reanimarlo. Ya se puede presagiar esta derrota en la propia constitución de la Comisión Especial para juzgar el mérito del argumento esgrimido por los juristas, crimen doloso de irresponsabilidad en el ejercicio de funciones por parte de la presidenta.

Al consentir la apertura de dicho mecanismo, el diputado Cunha no debe sospechar que no solo puso en evidencia su postura vengativa y chantajista con el gobierno y el Partido de los Trabajadores (PT), sino que además está gatillando aún más el clima de confrontación y agresividad que viene experimentando el país en el último periodo y que se puede agravar en el transcurso de los próximos meses. En primer lugar, Cunha utiliza la carta del impedimento como moneda de cambio para obtener el apoyo de partidos oposicionistas y salvar su mandato de las acusaciones en su contra por corrupción, abuso de cargo, lavado de dinero, evasión fiscal, ocultación de bienes y una lista extensa de crímenes comprobados por diversos órganos contralores del Estado, como la Procuraduría General de la República (PGR), Receita Federal (Impuestos Internos) o el Tribunal de Cuentas de la Unión (TCU).

Una contradicción fragrante de este asunto, es que horas antes de que se estableciera la apertura de la denuncia contra Rousseff, el Congreso había aprobado la nueva propuesta de meta fiscal que consideraba un déficit de 119 billones del presupuesto nacional. Precisamente, la tesis central de la acusación para iniciar un proceso de cesación de funciones se sustenta en la irresponsabilidad del ejecutivo en el ámbito de la contención de recursos públicos y de los mecanismos utilizados para justificar el exceso de gastos que provocaron este déficit presupuestario, a través de un resquicio administrativo sui generis conocido como “pedaladas fiscales”. De acuerdo a connotados juristas, la utilización de las llamadas pedaladas fiscales no justifica la instauración de un juicio que promueva la suspensión de la mandataria, debido al hecho de que este recurso también había sido utilizado por gobiernos anteriores (Itamar Franco, Fernando Henrique Cardoso y Lula Da Silva) con el propósito de realizar los gastos necesarios para movilizar la máquina del Estado y también para implementar el conjunto de políticas -especialmente las sociales- destinadas a mejorar la vida de la población más vulnerable. Además, los gobiernos estaduales de múltiples partidos del espectro partidario también han utilizado esta práctica con el objetivo de viabilizar sus gastos.

El movimiento por la destitución de la presidenta es formado por sectores de la oposición que no se resignan con la derrota electoral pasada, invocando un argumento pseudo-jurídico para acelerar la substitución del ejecutivo por un gobierno de transición que convoque a nuevas elecciones con la vana esperanza de salir triunfante en la próxima contienda electoral. En definitiva, la denuncia no se encuentra debidamente sustentada en hechos jurídicos y elementos probatorios de que la presidenta haya incurrido en un crimen de responsabilidad y que ese crimen fue cometido dolosamente por la titular del cargo. Por lo mismo, la acusación se asemeja más a una estrategia político-partidaria que apela a la Constitución con el propósito de obtener el poder por medio de un expediente legalista cuando éste no pudo ser conquistado a través del voto.

Asimismo, aun admitiendo que el gobierno pueda haber incurrido en una desviación de la cláusula constitucional con relación al capítulo sobre responsabilidad, ello no le resta o substrae la legitimidad obtenida en las urnas en la pasada contienda electoral. El motivo que sostienen ciertos sectores de la oposición es muy débil e irrisorio: Dilma habría perdido su legitimidad ante los ojos de la ciudadanía debido a que las recientes encuestas de opinión demostrarían la acentuada caída en los índices de popularidad de la mandataria. Es a todas luces absurdo e improcedente intentar destituir a un gobierno por los resultados de las encuestas de apoyo popular a su gestión. Las reglas del juego democrático estipulan claramente que quien pierde una elección tendrá otra chance cuando la ciudadanía sea nuevamente convocada a sufragar y decidir en las urnas. La alternancia del poder es una cláusula democrática férrea y ella debe ser respetada por ganadores y perdedores. Si un gobierno es deficiente o malo, la apelación al mecanismo de impeachment no es y nunca será el remedio adecuado para resolver este dilema. Si así fuera, la gran mayoría de los gobiernos en el mundo no conseguirían concluir sus respectivos mandatos.

La inhabilitación del presidente Collor de Melo fue necesaria para restablecer la ética, el decoro y la probidad de la acción gubernamental y en ese proceso convergieron prácticamente todas las fuerzas político-partidarias, los movimientos sociales y las organizaciones civiles de Brasil. Como ya lo han señalado diversas voces de un amplio espectro político y partidario, independiente de las críticas que se le puedan hacer a la actual administración, lo que se encuentra en cuestión es la defensa de la democracia y del respeto a la decisión soberana del pueblo en las urnas. No cautelar este principio puede llevar al Brasil a un periodo de inestabilidad y crisis institucional sin precedentes desde el retorno a la democracia.

Si bien es cierto el país se encuentra atravesando una crisis, la solución planteada por la oposición es bizarra. Ella se fundamenta en la apuesta de que se pueda constituir una alternativa de unidad nacional en torno a alguno de los sucesores oficiales de la presidenta, especialmente su vice, Michel Temer. Luego se convocará a nuevas elecciones y en esa circunstancia los ciudadanos se inclinarán por un “gobierno de salvación” que supere la actual coyuntura. Este es un escenario bastante improbable. En gran parte porque las crisis son como los terremotos, en que las personas saben dónde comienzan pero no saben cuándo y cómo terminan. Es la incerteza lo que hace que se instale un sentimiento colectivo de que la “presente crisis” es la peor que existe en la historia del país y concomitantemente refuerza la sensación de sofoco y angustia entre la población. Asumiendo este supuesto, no existe la posibilidad de salir del actual impasse a través de recetas mágicas o por el simple reemplazo del gobierno de turno. La crisis es sistémica y se requiere de un gran acuerdo nacional para formular consensuadamente las posibles salidas en el ámbito económico, energético, político y social.

Sin embargo, la tentativa de derribar al gobierno introduce aspectos positivos. El primero, y quizás más evidente, es que al igual como sucedió hace algunos años atrás con el “caso Collor”, la población entró en una dinámica in crescendo de debates sobre variados aspectos de la vida republicana nacional y sobre el futuro del país. Brasil se ha transformado en una gran arena de discusión en la que cual más cual menos los actores deben tomar partido a favor o en contra del impeachment y analizar sus posibles desdoblamientos. Ese intercambio circula vertiginosamente en las redes sociales y en diversos espacios ciudadanos, neutralizando la influencia ejercida por las corporaciones de mass-media tradicional. Pero el debate no se encuentra restringido al ciberespacio, pues es evidente que dicha disputa se instalará rápidamente en las calles. Las posibilidades de éxito o derrota de la iniciativa opositora se van a respaldar en la capacidad de convocatoria que cada sector tendrá para movilizar sus fuerzas. La temperatura del Ágora y la movilización de la ciudadanía será un factor fundamental que actuará como un contrapeso a favor o en contra de la destitución.

Pensamos que este es un escenario en que las fuerzas democráticas saldrán fortalecidas y que, inversamente, el carácter revanchista y oportunista de la acusación quedará desenmascarado. La previsible derrota de los grupos pro impeachment en la Comisión Especial de la Cámara de Diputados le permitirá al ejecutivo salir más vigorizado para reformular el presidencialismo de coalición y concluir su mandato sin las presiones que hasta ahora viene ejerciendo el principal partido de la base aliada, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), que preside ambas casas del Congreso y que ocupa, hasta ahora, la Vice-Presidencia de la República.

Brasil se encuentra en estos momentos entre la turbulencia y la incerteza, aunque no existen elementos de peso que permitan augurar o presagiar un desenlace trágico. Al contrario, quizás sea esta una inmejorable circunstancia para que el debate democrático se difunda capilarmente en todo el territorio y que la política se discuta en el día a día por la población, recuperando para la plaza pública una actividad que había sido secuestrada por determinados grupos de profesionales de la política, policy makers y experts. La democracia puede ser medida por la voluntad de las personas para participar colectivamente en la construcción de un mejor porvenir. En ese sentido, estos tiempos representan una ocasión privilegiada para ratificar los principios demócraticos por sobre las asonadas y tentativas autoritarias, así como manifestar aquello que los griegos convocaban en la polis: un espacio para reflexionar, proponer, debatir y deliberar sobre los asuntos que le competen a todos los miembros de una comunidad de destino. Ojalá Brasil pueda aprovechar esta oportunidad.