Mike González
Jacobin
La Revolución Mexicana impulsó una extraordinaria efervescencia cultural, con la pintura como su forma artística principal. Los espectaculares murales de Diego Rivera, inspirados en la historia y la cultura popular de México, constituyen el legado más notable de ese período.
El arte de Diego Rivera es inseparable de la revolución que México experimentó a comienzos del siglo XX y del Estado que se construyó en el período posterior. El proceso revolucionario comenzó en 1910, cuando Porfirio Díaz, quien había gobernado México durante treinta y cuatro años, anunció que habría elecciones presidenciales.
Díaz había supervisado el crecimiento de una economía basada en exportaciones como el azúcar, el café y el tabaco, y en nuevas industrias como el petróleo y los textiles, la mayoría de las cuales estaban financiadas por capital extranjero. La población rural de México, indígena y mestiza, vivía bajo el látigo de los latifundistas, la clase terrateniente, y la amenaza de violencia de la policía rural de Díaz, los rurales (como se documenta en el libro de John Kenneth Turner Barbarous Mexico).
Las tensiones sociales eran palpables, pero la chispa que encendió la mecha de la revolución de 1910–17 fue un panfleto políticamente moderado de Francisco Madero, hijo de una familia terrateniente acomodada, que abogaba por el sufragio universal y el voto contra Díaz. Las demandas de Madero se limitaban a la reforma política, y pronto fue empujado al exilio. Pero sus palabras resonaron en todo un país desgarrado por el conflicto social.
En el estado de Morelos, con sus plantaciones de azúcar altamente rentables, la resistencia campesina bajo el liderazgo de Emiliano Zapata defendía a las comunidades rurales frente a la expansión de las enormes haciendas. En el norte, un ocasional ladrón de ganado llamado Pancho Villa lideraba su propia rebelión. Las protestas contra Díaz se extendieron hasta que el dictador huyó a Gran Bretaña a comienzos de 1911.
En este vacío de poder, la vieja clase gobernante luchó por controlar los restos del Estado porfiriano en alianzas cambiantes con la clase media. Mientras cada movimiento armado reclamaba la revolución para sí, los zapatistas fueron los únicos en encabezar una lucha revolucionaria de masas.
La nueva constitución de México de 1917 se asentó sobre una promesa de modernización, desarrollo, redistribución de la tierra y control nacional del subsuelo (sobre todo del petróleo). Y fue bajo la presidencia de Álvaro Obregón (1920–24) que comenzó la construcción del nuevo Estado, en nombre de una «alianza popular».
Artista de la Revolución
Obregón estaba comprometido con la educación como instrumento de cambio, y nombró al filósofo José Vasconcelos como su ministro de educación. Vasconcelos lanzó el proyecto muralista para decorar los muros de los edificios públicos de México con imágenes de la cultura clásica universal. Sostenía que las sociedades avanzaban hacia una etapa superior de civilización universal a través de las artes, pero lo que tenía en mente eran los clásicos europeos, quizás combinados con algunas representaciones de indígenas estereotipados.
Sin embargo, el movimiento muralista que surgió después de su retiro en 1924 nació de un espíritu muy distinto. Diego Rivera y su generación habían rechazado el eurocentrismo conservador del establishment artístico y reclamaban un arte que reflejara la realidad de México. Dr. Atl, un español llamado originalmente Gerardo Murillo que adoptó un nombre azteca y se convirtió en director de la principal escuela de arte de la época, fue altamente influyente por su fascinación con los volcanes del país.
Rivera se encontraba en realidad en Europa durante la Revolución Mexicana, trabajando con cubistas y surrealistas en París y luego absorbiendo las técnicas del fresco de los maestros del Renacimiento italiano. En 1921 regresó a México para sumarse al movimiento muralista, trayendo consigo los métodos modernistas que había aprendido en Francia.
Tenía un compromiso claro con un modernismo mexicano que no imitara al europeo sino que expresara la transformación de México sobre la base de su propia historia y su rica y variada cultura indígena. Su única pintura surrealista —Paisaje zapatista (1915), una composición con un sombrero campesino, un rifle y un sarape contra un fondo de montañas— anticipó la centralidad del México indígena en su obra a partir de ese momento.
Nuevos héroes
Su primer mural, La creación, fue concebido para exhibirse en la nueva Escuela Nacional Preparatoria. Rivera todavía hacía referencia a mitos universales, pero utilizó imágenes de la vida indígena en la pintura del mural. Luego siguió su primer encargo importante para decorar los tres pisos del nuevo edificio del Ministerio de Educación.
De manera inusual, Vasconcelos había dejado el contenido de los murales abierto a la elección de los artistas. Rivera ya trabajaba con organizaciones populares y campesinas, y compartía con los otros dos muralistas principales, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, una visión del nuevo arte monumental. En palabras de Rivera, «Por primera vez en la historia del arte monumental, el Muralismo Mexicano terminó con el enfoque en dioses, héroes y jefes de Estado. (…) Por primera vez, convirtió a las masas en los héroes del arte monumental».
Fue en cierto modo un ejercicio masivo de creación de una conciencia nacional con una clara comprensión de clase. El lenguaje de este nuevo arte público se nutría de la rica cultura indígena de México, cuyos colores y formas se remontaban a la historia de los mundos azteca y maya, aunque los descendientes contemporáneos de esos mundos estaban sumidos en la pobreza y la explotación más intensa.
En el Patio del Trabajo del Ministerio de Educación, Rivera pintó la vida cotidiana de los trabajadores en la agricultura y la industria. En el Patio de las Fiestas, recurrió a los rituales y ceremonias de las comunidades indígenas y mestizas que daban sentido a sus relaciones con el paisaje y la historia de México, como el Día de los Muertos, con sus omnipresentes esqueletos.
Para la tercera galería utilizó un lenguaje diferente, el del «realismo socialista» que había encontrado en una visita a Rusia en 1928–29. En La distribución de armas incluyó a su esposa Frida Kahlo, a la fotógrafa Tina Modotti y a su amante Julio Antonio Mella, fundador del Partido Comunista Cubano.
Tierra y Libertad
El propio Rivera se afilió al Partido Comunista Mexicano, al igual que Orozco y Siqueiros; los tres fueron miembros de su comité central. Fue un reflejo del papel de los muralistas en la configuración de la cultura revolucionaria.
Para Rivera, el arte, y especialmente el arte público, era una forma de trabajo productivo que transformaba el entorno material y a las masas que lo habitaban. El papel del artista era, en contraste con la concepción burguesa del artista como creador individual, el de ser un trabajador en una creación colectiva. Esa creación no era simplemente la obra de arte sino la revolución misma.
En ese espíritu, Rivera, Siqueiros y Orozco formaron la Unión de Pintores, Escultores y Trabajadores Técnicos. Produjeron un periódico, «El Machete», que fue diseñado utilizando dramáticos grabados en madera que hacían una referencia clara a las artesanías tradicionales. Más tarde se convirtió en la publicación del Partido Comunista.
A diferencia de la Revolución Rusa, la Revolución Mexicana no estuvo moldeada por un partido dominante basado en la clase trabajadora ni impulsada por una concepción del Estado. El movimiento revolucionario de masas fue la insurrección rural liderada por Emiliano Zapata, quien había sido asesinado en 1919. Sin embargo, su consigna «Tierra y Libertad» se convirtió en la consigna de la revolución.
En 1929, se le pidió a Rivera que decorara la capilla del nuevo colegio agrícola en Chapingo. Rivera concibió el proyecto como una celebración de la redistribución de la tierra entre el campesinado. El más conmovedor y más punzante de los murales muestra a Zapata y a su colega Otilio Montaño enterrados bajo un campo de maíz con nuevas plantas creciendo desde sus cuerpos. Es una profecía de una revolución por venir, y quizás un presagio de la reemergencia del zapatismo como movimiento revolucionario en Chiapas durante la década de 1990.
En el mismo año, Rivera comenzó su obra maestra en el Palacio Nacional en la Ciudad de México, Historia de México (de la Conquista a 1930). Este enorme mural sobre la escalera central retrata a la civilización azteca y a la deidad principal de las culturas prehispánicas, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada. En el fondo está la gloriosa capital azteca, Tenochtitlán. Esta parte del mural representa la brutal conquista española de ese mundo y la crueldad de la Iglesia Católica.
La representación avanza luego en una curva envolvente a través de las guerras de independencia hacia un México previsto de luchas obreras y campesinas y más tarde un futuro industrial, supervisado desde arriba por Karl Marx. Ese sentido del futuro es central en la obra de Rivera, pero la presencia de Marx fue suficiente para persuadir a estudiantes de derecha a atacar a este y a sus otros murales, muchos de los cuales todavía llevan las cicatrices.
Entre Stalin y Trotsky
Para 1929, la Internacional Comunista (Comintern) estaba plenamente bajo el mando de Joseph Stalin y estaba expulsando a los partidarios de León Trotsky y de la Oposición de Izquierda, con la cual Rivera ya había expresado su simpatía. En línea con la política sectaria de «clase contra clase» de la Comintern de ese momento, el Partido Comunista Mexicano lanzó una tentativa de derrocar al gobierno posrevolucionario cuya figura dominante era Plutarco Elías Calles. Esto ocurrió justo cuando el gobierno también enfrentaba una insurrección católica reaccionaria conocida como la Guerra Cristera.
El intento de golpe fracasó. Rivera se opuso a él desde el principio y fue expulsado del partido, con Siqueiros como su principal acusador. De manera irónica, Rivera votó a favor de su propia expulsión, quizás porque sus puntos de vista como artista significaban que rechazaba la ortodoxia rígida exigida del estalinismo, tanto política como artísticamente.
Luego pasó algún tiempo en los Estados Unidos, donde recibió encargos en Detroit, San Francisco y, el caso más famoso, por parte de Nelson Rockefeller para pintar un mural en el vestíbulo de entrada del Rockefeller Center de Nueva York. Rivera incluyó la figura de Vladimir Lenin y el mural fue destruido. Sus murales de Detroit son celebraciones de la industria en sí misma y hacen eco de esa sección industrial del mural del Palacio Nacional.
Los comunistas en México y en los Estados Unidos utilizaron estos encargos como una oportunidad para atacar a Rivera, retratándolo como una herramienta del gobierno mexicano y un sirviente del gran capital. Él y Kahlo entablaron posteriormente amistad con León Trotsky, y Rivera utilizó su influencia con Lázaro Cárdenas, que se convirtió en presidente de México en 1934, para ofrecerle asilo al gran revolucionario.
Trotsky se mudó a la Casa Azul de Kahlo, en la Ciudad de México, donde ella y Rivera vivían. Trotsky y su esposa permanecieron allí hasta que una serie de problemas personales (sin mencionar el breve romance de Trotsky con Kahlo) hicieron imposible su convivencia. Trotsky se trasladó a una casa cercana donde fue blanco de un intento fallido de asesinato en 1940 por un comando dirigido nada menos que por David Alfaro Siqueiros. Unos meses más tarde, un agente estalinista logró matarlo en su escritorio.
Unos años antes de su muerte en 1957, Rivera solicitó reingresar al Partido Comunista, quizás por nostalgia de los primeros años del movimiento muralista. Pero seguía siendo el mismo partido que lo había tildado de renegado, derechista y dócil sirviente del gobierno, según la acusación demoledora de Siqueiros.
Revelando México
En 1938, Rivera y el poeta surrealista francés André Breton habían firmado conjuntamente un texto, que Trotsky ayudó a redactar, con el título de «Manifiesto por un arte revolucionario libre». Contenía las siguientes palabras:
En el mundo contemporáneo debemos reconocer la destrucción cada vez más extendida de aquellas condiciones en las que la creación intelectual es posible. (…) El verdadero arte, que no se contenta con jugar variaciones sobre modelos ya hechos sino que se esfuerza por expresar las necesidades internas del hombre y de la humanidad en su tiempo, el verdadero arte no puede dejar de ser revolucionario, no puede dejar de aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad.
El crítico de arte Meyer Schapiro señaló que los murales de Rivera «producen una poderosa impresión de densidad de la vida histórica, (…) ningún otro pintor de nuestro tiempo ha sido tan prolífico e inagotablemente curioso sobre la vida y la historia». Schapiro continuó preguntándose «cómo pudo producirse tal arte en un país semicolonial dominado por el imperialismo extranjero». Parte de la explicación residía en el descubrimiento por parte de Rivera de la enorme riqueza intelectual del México indígena.
En su mural Historia de la medicina en México: la demanda del pueblo por una mejor salud en el Hospital de la Raza en la Ciudad de México, la procesión de científicos incluye a personajes aztecas, mostrando que la suya era una civilización avanzada. Cuando describía el arte del mundo indígena, Rivera elogiaba su profundidad espiritual. De hecho, la forma mural en sí misma estaba altamente desarrollada en el mundo prehispánico (por ejemplo, en la Pirámide de la Luna en Teotihuacán) y en la cultura popular de México (considérense los murales en las pulquerías del país).
Rivera era irreprimiblemente enérgico e inspirado en su aplicación de algunos de los métodos de vanguardia que había encontrado en Europa. Podía pintar caricaturas feroces como las de Noche de los ricos y retratos intensamente emocionales como Entrada a la mina, donde vemos al minero a punto de entrar en el reino subterráneo cuya entrada bosteza como una boca a punto de tragárselo. Hay aquí una referencia religiosa, pero el propio Rivera era materialista y ateo, y las metáforas evocan la religión popular más que cualquier ortodoxia católica.
Rivera fue un individuo enormemente creativo, consagrado a una causa colectiva que ganó profundidad y poder imaginativo a través de sus brillantes murales. Para tomar solo un ejemplo, La Maestra Rural muestra a una joven maestra en una aldea, durante la campaña nacional de alfabetización, instruyendo a un círculo de estudiantes que tienen la forma y las figuras del arte prehispánico. Un guardia a caballo vigila posibles ataques de campesinos locales incitados por el sacerdote del lugar (algo que ocurría con frecuencia en ese momento).
Octavio Paz señaló en una ocasión: «La Revolución nos reveló a México. O mejor, nos dio ojos para verlo». Diego Rivera, en su inmensa obra, fue central para esa nueva visión.





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