terça-feira, 28 de janeiro de 2025

El gobierno Lula es rehén del Parlamento brasileño

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

El próximo sábado 1 de febrero se concretizará la elección del nuevo presidente del Senado y de la Cámara de Diputados de Brasil. El favorito para el Senado es Davi Alcolumbre del Partido Unión Brasil. También existe bastante consenso que el candidato “tapado” para presidir la Cámara es Hugo Motta del Partido Republicanos. Lo que también es un hecho confirmado es que, desde antes de la proclamación de ambos candidatos, las demandas y presiones que ejerce el Congreso Nacional sobre el gobierno se ventilan a plena luz del día.

Se sabe que la actual gestión deberá realizar un ajuste ministerial en un futuro mediato, sin embargo, la Cúpula de la Cámara de Diputados aguarda la elección del nuevo comando de la Casa para negociar directamente con el presidente Lula da Silva la reforma ministerial, saltándose la ronda de negociaciones con el actual ministro de la Secretaria de Relaciones Institucionales y, por lo tanto, quien debiera ser el responsable de liderar la articulación política, Alexandre Padilha.

El argumento de los líderes de la Cámara, es que solo van a negociar con el presidente Lula, pues es él quien tiene la discrecionalidad de decidir al final los cupos ministeriales que reivindican los miembros del Centrão, que dominan sobradamente las acciones dentro del Congreso. A pesar de que el cargo de Padilha cuenta con el apoyo de Lula y es parte del andamiaje institucional del gobierno, los diputados no reconocen su legitimidad para realizar las negociaciones sobre el futuro de la composición ministerial.

Ellos también le hicieron llegar al Palácio do Planalto la información de que prefieren que en esta negociación no participen los líderes de los partidos de la amplia coalición, sino que los acuerdos sean realizados directamente por los presidentes de ambas Casas del Congreso Nacional. Para ello, se sabe que existe un diseño con todos los cambios propuestos para la reforma ministerial, con candidatos marcados para asumir los nuevos cargos, todos de partidos de derecha que antes habían formado parte del gobierno de Bolsonaro.

En un acto de chantaje político directo, descarado y sin escrúpulos, los líderes del Congreso vienen señalándole al gobierno que esa es la única manera de mantener los actuales equilibrios de fuerzas entre ambos Poderes del Estado, lo que a su vez es una condición que permitiría afirmar y garantizar la gobernabilidad de la presente gestión.

De hecho, en la primera mitad de este tercer mandato del gobierno Lula ha sido evidente la falta de colaboración y de presiones ejercidas por los Congresistas, quienes se han dedicado a boicotear la mayor parte de los vetos realizados por el Ejecutivo, desconociendo la voluntad del presidente y reponiendo prácticamente todos los proyectos propuestos por el Legislativo, que tiene la prerrogativa de dar la palabra final para la aprobación de las medidas provisorias y las leyes.

Actualmente, las enmiendas parlamentarias son el principal instrumento utilizado por los parlamentarios para reforzar sus corrales electorales, quienes destinan gran parte del tiempo de su labor legislativa a gestionar los recursos para obras e inversiones en sus reductos y articulando con los poderes locales y estaduales mayores cuotas de poder que les permitan la reproducción de su actuación política en esos territorios.

Desde 2015 hasta la fecha, los valores de las enmiendas fueron adquiriendo un crecimiento acelerado que las ha llevado a ocupar un impactante volumen dentro del presupuesto nacional, algo así como 50 mil millones de reales (aproximadamente 8 mil quinientos millones de dólares). Además de este enorme caudal de dinero, el Congreso aprobó la ejecución obligatoria para la mayor parte de estos fondos, inclusive con las contraindicaciones y bloqueos realizados por el Supremo Tribunal Federal, quien ha tratado de velar por la transparencia y trazabilidad de los dineros transferidos desde los cofres públicos.

Con los montos abultados que han acumulado las enmiendas impositivas, que en muchos casos superan los presupuestos de determinados ministerios, el poder de negociación y la influencia de los congresistas viene, en consecuencia, aumentando considerablemente. Anteriormente, tanto la ocupación de ministerios como los recursos públicos destinados a diversos tipos de emprendimientos daban una gran capacidad de negociación a los gobiernos. Actualmente, esta capacidad se encuentra definitivamente concentrada en el parlamento.

El carácter desmedido que ha tomado este empoderamiento de las huestes del atraso fisiológico del Congreso, coincide con la derrota sistemática que vienen sufriendo las fuerzas progresistas y de izquierda en las últimas elecciones parlamentarias y municipales, lo que les otorga a los representantes de la derecha y la extrema derecha una presencia mayoritaria en las decisiones más significativas de la legislatura, la mayoría de ellas marcadas por corrupción y cooptación del aparato institucional del país. En efecto, tales sectores se encuentran más habituados con las prácticas de esta índole durante décadas en la historia política brasileña.

Si bien es cierto Lula da Silva ganó las elecciones de 2022 -y, dicho sea de paso, por un margen estrecho-, la composición del Congreso Nacional le ha sido francamente adversa, debiendo ampliar la base de su administración a partidos de derecha que hasta hace muy poco formaban parte del gobierno Bolsonaro. De esta manera, Lula tuvo que distribuir al inicio de su mandato nada menos que nueve ministerios entre partidos de esta amplia coalición, entre ellos, Unión Brasil, Partido Social Democrático (PSD), Movimiento Democrático Brasileño (MDB), aumentando después la transferencia de nuevos ministerios para otros dos partidos ontológicamente de derecha, el Partido Progresistas (PP) y Republicanos.

No obstante, a pesar de participar en esta “amplísima” base gobiernista, muchos diputados y senadores que militan en los partidos indicados anteriormente, siguen siendo en los hechos de oposición, apoyando en escasas oportunidades las iniciativas emanadas desde el Ejecutivo o directamente boicoteando los proyectos presentados por el Palácio do Planalto.

Si a ello se suma la amenaza siempre latente de una sanción contra el gobierno a causa de cualquier posible acusación por irresponsabilidad fiscal y, por ello mismo, la consecuente aplicación medidas de contención de gastos promovidas por su actual Ministro de Hacienda, Fernando Haddad, hace que este tercer mandato del presidente Lula es claramente más deficitario en la promoción de programas sociales de gran impacto, como es el caso de los Programas Bolsa Família, Fome Zero, Minha Casa/Minha Vida o los diversos tipos de apoyos a la investigación científica y la formación universitaria.

Presionado por una oposición activa, grupos económicos decididamente contrarios, una prensa hostil y acosado por sus propios errores, el gobierno Lula parece una administración debilitada que debe enfrentar a un Congreso empoderado, manipulador y turbinado por el conjunto de enmiendas parlamentarias que le otorgan un poder expresivo a la hora de decidir sobre las políticas públicas y otro sinfín de materias. Estos órganos asumieron un nivel de protagonismo no solamente dentro del proceso político sino especialmente en la definición de las prioridades del presupuesto fiscal, que en concreto son las prioridades de los intereses de cada uno de los “excelentísimos” diputados y senadores.

Lejos del escrutinio popular, los parlamentarios no tienen que rendirle cuentas a nadie, menos a los electores y ciudadanos brasileños que hasta ahora han aceptado pasivamente el curso de los acontecimientos. Es decir, nos encontramos frente a una institución que detenta poderes casi omnímodos y que actúa sin grandes contrapesos institucionales. Ello permite vislumbrar un escenario sombrío y trágico que va a requerir de la movilización activa, comprometida y permanente de la sociedad civil y de los otros poderes, para garantizar una mayor transparencia y un ejercicio efectivamente democrático en los procesos políticos decisorios por parte de los diversos agentes que conforman ambas Casas Legislativas. Si no es así, el despotismo parlamentario puede comprometer seriamente el futuro de Brasil.

segunda-feira, 27 de janeiro de 2025

Invierno del 45. A 80 años de la liberación de Auschwitz

Elina Malamud
Página 12

Era pleno invierno en Europa del Este cuando un fotógrafo ruso, el capitán Alexander Vorontsov, llegó con el Ejército Rojo a las inmediaciones del pequeño pueblito de Osviecim, situado a poco menos de cincuenta kilómetros de Cracovia. Seguramente la imagen más famosa obtenida por Vorontsov que usted haya visto sea la foto que le tomó a trece niños, vestidos con unos harapos a rayas, tras un cerco de alambres de púa. Eran trece de entre los ochocientos prisioneros que habían quedado en la enfermería del lager cuando los alemanes los abandonaron a su suerte porque, en su atropellada huida, no podían cargar con los débiles y enfermos que no estaban en condiciones de soportar esa marcha forzada que se llamó marcha de la muerte.

En ese lugar del mundo, donde las idas y venidas de las guerras, y los consecuentes tratados de paz, dibujaban nuevas líneas de frontera, referenciaban culturas e imponían las nuevas designaciones y topónimos que dictaban las lenguas vencedoras, los alemanes establecieron un campo --que ellos, en su lengua, llamaban lager-- donde concentraron a malhechores y criminales, combatientes enemigos, opositores políticos y gentes de orígenes raciales imperfectos, para ponerlos a trabajar de manera que le dieran un sentido positivo a sus fallas intelectuales, sociales, ideológicas o genéticas disecando pantanos, cascoteando canteras, prestando sus cuerpos a pruebas científicas, ofreciéndose a la esclavitud laboral y/o sexual, tocando el violín en las mañanas heladas, a modo de burla mefistofélica, para acompañar a los que partían al trabajo o, finalmente, y para no andarse con vueltas, reunirlos sin prisa y sin pausa y de tres mil en tres mil, en amplias cámaras donde un soplido del famoso gas ZyklonB acababa con sus vidas en menos de media hora. Sus propios compañeros de prisión transportaban los cadáveres al quemadero para, al tiempo, correr ellos la misma suerte. Como usted ya se estará imaginando, espabilado lector, en la pronunciación y la grafía alemana, el inocente topónimo Osviecim se conoce como Auschwitz.

Fue hace ochenta años, el 27 de enero de 1945, que al ejército soviético se le reveló esa dimensión desconocida que descubrieron al aproximarse a Auschwitz. El doctor en química y escritor judeo italiano, Primo Levi, a quien no será la primera vez que nombro en esta columna, estaba ahí, en medio de un enchastre de nieve e incuria, regresando de depositar a un compañero de la enfermería que acababa de morir, en los afueras de una fosa en la que ya no cabían los cadáveres, cuando aparecieron, recortados en el contraluz del cielo gris, los cuatro primeros jinetes rusos. Primo Levi cuenta cómo le supo la imagen de los cuatro caballos que él veía allá arriba, enormes e imponentes, porque el suelo del lager estaba en un nivel más bajo que el de la carretera que bordeaba las alambradas.

No cuenta de saludos, ni de risas y alegrías, ni de gracias elevadas al cielo. Los soldados rusos se acercaban tímidos y absortos, empuñando sus metralletas desconcertadas, apoyando la mirada de sus ojos quizá incrédulos en los barracones semiderruidos, en los cadáveres descompuestos y olorosos sobre la nieve sucia y en los espectros medio humanos o semimoribundos que los observaban desde abajo. Se recuerda en un sentimiento de vergüenza como la que sentía, al seguir vivo, ante los seleccionados para morir, o la que experimenta el justo frente a la culpa que comete el otro, o porque su voluntad no fue suficiente para contrarrestar el Mal.

En esa nada llena de muerte en la que los sobrevivientes habían vagado durante los diez días que siguieron al desbaratado escape de los alemanes, lo recorría un estremecimiento de pudor por que se le traslucieran las memorias de la suciedad humana que habitaba su conciencia o el penoso asombro de que todo aquello hubiera sucedido, acompañando a esa triste alegría, recién sentida, del fin de la pesadilla nazi, de estrenar la libertad o, quizá sería mejor decir, el regreso de la dignidad al cuerpo y al alma. Un pasado lleno de días oscuros que de pronto convergía, se solidificaba en esos hombres que llegaban armados, pero, a diferencia de lo que venían de vivir, para salvarlos, para acogerlos y protegerlos.

También recuerda a las muchachas polacas que llegaron al lager a limpiar y a cocinar, a alimentar, vestir y abrigar a los redivivos y a atender y curar a los enfermos, de la mejor manera que se les daba, sin poder evitar una mezcla de asco y compasión que se reflejaba en la tiesura de sus mejillas, coloradas por el frío.

Es aquí que quiero decirle ¿tal vez advertirle? prevenido lector, que nada que a posteriori haya sucedido en la historia de Occidente revierte la penosa realidad de los hechos acaecidos, de la devastación humana perpetrada por el nazismo durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado, ni de la desaparición de las hermanas de mi abuela, de las que nunca supe si murieron fusiladas, o de frío y de hambre escondidas en el bosque, si se las llevaron a un campo de exterminio o si perecieron encerradas en un granero al que algún soldado fascista le prendió fuego.

Ochenta años después de aquel día en que el Ejército Rojo llegó a las alambradas de Auschwitz y que acabo de describir con sensaciones robadas a Primo Levi, he de encender una vela en memoria de cada judío, de cada gitano, de cada homosexual, de cada partisano, de todo aquel que por su pensamiento humanista o su raciocinio político haya sido mártir de aquella Barbarie.

Según lo que he podido averiguar, seis de los trece niños fotografiados por Vorontsov se establecieron en Israel, en algún momento después de terminada la guerra. Ochenta años después me pregunto cómo habrá sido la deriva emocional de la ofensa recibida y enquistada en ellos, y cómo se habrá transmitido y encarnado en sus hijos, nietos y bisnietos; si se perpetuó en ellos como cansancio moral y como renuncia, si sus almas desgarradas cedieron al odio y la sed de venganza y disfrutaron de encerrar al vecino entre muros y alambradas, con un instinto genocida parecido al que ellos mismos habían padecido --y que había pasmado a los cuatro jinetes del Ejército Rojo-- o alcanzaron a regodearse en la búsqueda de la justicia y el servicio del otro, en ese nuevo Estado nación que parece embarcado en una insaciable expansión mesiánica a la vez que, en yunta con los imperios atlantistas, se erige en guardián de la costa oriental del Mediterráneo, con la pretensión de ser lo que no es: la totalidad de lo judío.

Leer la historia, recordar los eventos del pasado, abre los ojos al advenimiento de lo que se está cuajando en el futuro. Podemos nombrarlo como lo que nos espera, como lo que nos acecha o con el ansia militante de lo que pretendamos construir.

Me cuesta salirme de mi caprichosa costumbre de andarme con circunloquios, rondando sin nombrar, pero hoy quiero denunciar directamente a Elon Musk, tal como lo vi, estirando todo su brazo derecho pa’lante y p’atrás después de palmotearse el corazón, en claro clamor nazi-fascista, homologado por su apoyo confeso al partido neonazi Alternativa para Alemania. Elon Musk es el dueño desregulado de las verdades o mentiras que se instalarán en las conciencias o inconciencias de miles de millones de seres humanos que votarán y/o portarán armas y es también el patrocinador de la pista resbalosa por la que nuestro presidente avanzará, tuiteo en ristre, contra el fantasma del comunismo soviético del siglo pasado.

Quiero decir que no está demás que esta noche, a la hora de dormir, echemos otra mirada a las alambradas de Auschwitz, antes de apagar la luz.

sexta-feira, 10 de janeiro de 2025

Julio Antonio Mella fue uno de los grandes revolucionarios cubanos


Luiz Bernardo Pericás
Jacobin América Latina

Este 10 de enero se cumple un nuevo aniversario del asesinato del joven revolucionario cubano Julio Antonio Mella, cuyo pensamiento político marcó un hito para la izquierda latinoamericana.

Julio Antonio Mella fue uno de los grandes pioneros del marxismo en América Latina. A lo largo de su breve vida, fue un destacado dirigente del movimiento estudiantil cubano, fundador del Partido Comunista de Cuba e impulsor de diversas organizaciones populares y revolucionarias. También obtuvo un amplio reconocimiento como intelectual audaz y provocador.

Nacido en La Habana en 1903, Mella pasó su juventud estudiando en escuelas de Cuba y Nueva Orleans. Antes de terminar el bachillerato, ya había leído obras de José Enrique Rodó, Manuel González Prada, José Ingenieros y Emilio Roig de Leuchsenring, pero sobre todo recibió la influencia de las ideas de José Martí, una de las figuras clave de la lucha por la independencia de Cuba.

En 1921 ingresó en la Universidad de La Habana como estudiante de Derecho, Filosofía y Letras. Fue a partir de ese momento cuando comenzó realmente la carrera de Mella como activista revolucionario e intelectual. Varios acontecimientos marcarían a la nueva generación, entre ellos las reverberaciones de la Revolución Mexicana, la crisis económica y política tras el final de la Primera Guerra Mundial y la influencia de la Revolución Rusa.

Juventud revolucionaria

La reforma universitaria argentina de 1918, que poco a poco se extendió a otras partes de América Latina, también desempeñó un papel fundamental en la agitación de los ánimos de la juventud cubana. Fue a través de su participación en el movimiento estudiantil que Mella comenzó a destacar. Fue uno de los fundadores (y más tarde presidente) de la Federación de Estudiantes Universitarios, organización creada en diciembre de 1922 por iniciativa suya, además de dirigir la revista Alma Mater, de la que fue fundador. Además, dirigió el primer Congreso Nacional de Estudiantes y creó la revista Juventud.

A partir de este momento, Mella trataría siempre, cuando fuera posible, de unir al movimiento obrero y a los estudiantes en una lucha amplia y unificada. Sus contactos con dirigentes obreros como Carlos Baliño y Alfredo López fueron producto de esa época. Fue uno de los principales protagonistas del movimiento de reforma universitaria y desempeñó un papel clave en la creación de la Universidad Popular José Martí, un experimento que acabaría siendo clausurado por el gobierno de Gerardo Machado, a quien Mella apodó el «Mussolini tropical».

En 1924, Mella fundó la Federación Anticlerical de Cuba como parte de la organización continental del mismo nombre, con sede en México. También creó el Instituto Politécnico Ariel con algunos amigos y se afilió a la Agrupación Comunista de La Habana. Ese mismo año contrajo matrimonio con una estudiante de Derecho llamada Oliva Zaldívar Freyre. La siguiente tarea de Mella fue fundar la sección cubana de la Liga Antimperialista de las Américas en julio de 1925. Esta era una organización que había sido fundada el año anterior en México por comunistas estadounidenses y mexicanos, junto con su periódico El Libertador.

En 1925, con solo veintidós años y una impresionante experiencia política, Mella participó en la fundación del Partido Comunista de Cuba (PCC). Ese mismo año fue expulsado de la universidad. El gobierno de Machado también llegó al poder en 1925 e inició una intensa campaña de represión política. Varios opositores al régimen fueron encarcelados, asesinados o (en el caso de los extranjeros) deportados.

Poco después de tomar posesión, Machado ordenó la detención de dos docenas de militantes comunistas y anarcosindicalistas, muchos de los cuales fueron puestos en libertad bajo fianza. Sin embargo, en septiembre se produjeron explosiones en distintos puntos de La Habana. Varios activistas de la oposición fueron acusados de los atentados y detenidos, entre ellos Mella, que ingresó en prisión a finales de noviembre.

Una vida de lucha

El 5 de diciembre inició una huelga de hambre, algo inusual en Cuba en aquella época, y comenzó una campaña nacional por su liberación. La huelga de hambre de Mella se convirtió en el principal tema de discusión en la prensa y en un verdadero drama nacional. Sin embargo, esto disgustó mucho al PCC, que le ordenó interrumpir el ayuno inmediatamente, aunque Mella no cumplió la instrucción.

Los dirigentes del partido acusaron a Mella de vanidoso, indisciplinado y propenso a actitudes pequeñoburguesas. Algunos le consideraban desobediente e inclinado a romper con la jerarquía del partido. Mella fue incluso tachado por sus correligionarios políticos de traidor y desertor y acusado de querer constituir su propia corriente, el «mellismo», lo que no era cierto. Pasó dieciocho días en huelga de hambre y sufrió un infarto debido a la gravedad de su estado. Pero Machado acabó cediendo bajo el peso de la presión pública. El 23 de diciembre de 1925 se dio la orden de liberación de Mella.

En enero de 1926, ante la posibilidad de ser enviado de nuevo a prisión, Mella decidió abandonar Cuba en secreto para exiliarse en México. Abandonó el país sin su esposa Oliva, que en ese momento estaba embarazada y pasó semanas sin tener noticias de su marido. Ese mismo mes, fue expulsado del PCC (según algunos, «excluido temporalmente», «sancionado» o «suspendido» del partido), a pesar de que pertenecía a su Comité Central y había sido uno de sus fundadores.

Esta actitud hacia Mella aisló a los comunistas cubanos de la época. La Comintern consideró su expulsión como una medida sectaria y exigió la revisión de la decisión. Cuando llegó a México, el presidente Plutarco Elías Calles concedió inmediatamente asilo político al joven militante. Mella se afilió al Partido Comunista Mexicano (PCM) con el apoyo de la Comintern.

Durante su estancia en México, Mella dirigió la Liga Antimperialista de las Américas, trabajó en la redacción de la publicación El Machete y participó en otras actividades políticas, tanto nacionales como internacionales. Al mismo tiempo, reanudó sus estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de México y fundó la Asociación de Estudiantes Proletarios y su órgano El Tren Blindado.

Mella fue también miembro del Comité Manos Fuera de Nicarágua (MAFUENIC) y del Comité Ejecutivo del Partido Revolucionario Venezolano. Incluso fue detenido durante unos días tras participar en las protestas contra la condena de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti frente a la embajada de Estados Unidos (junto con su esposa, que en ese momento se había trasladado a México para vivir con él).

Esta agotadora rutina de activismo político y las dificultades económicas que soportaba Mella prácticamente no dejaban espacio para una vida familiar tradicional. Después de un embarazo que terminó en un nacimiento sin vida en 1926, su esposa dio a luz a su hija Natasha al año siguiente. Poco después, extrañando a su familia, descontenta con la constante vigilancia de su actividad por parte de la Policía y los agentes de Machado y agotada por las privaciones diarias que sufrían, regresó a Cuba con Natasha. Mella no volvió a verlas. Al poco tiempo, inició una relación con la fotógrafa Tina Modotti.

Brillantez inusual

La labor política de Mella durante este periodo incluyó un viaje a Europa en febrero de 1927 para participar en el congreso fundacional de la Liga contra el Imperialismo y la Opresión Colonial en Bruselas, donde denunció el fascismo y el Ku Klux Klan al tiempo que exigía la libertad de los pueblos africanos. El congreso reunió a 174 delegados de veintiún países diferentes. Algunos de los asistentes, como el comunista argentino Vittorio Codovilla y el peruano Haya de la Torre, hicieron comentarios desfavorables sobre Mella, pero el novelista Henri Barbusse lo describió como «un delegado de una brillantez inusual».

Tras este evento, Mella visitó la Unión Soviética durante unas semanas, donde fue invitado a participar en la segunda conferencia del Socorro Rojo Internacional y fue elegido miembro de su comité como representante centroamericano. Preparó dos detallados informes políticos, uno sobre Cuba y otro sobre México. Parece ser que en esta ocasión también mantuvo contactos con miembros de la Oposición de Izquierda. Se dice que Codovilla lanzó varias acusaciones contra Mella, tachándolo de intelectual pequeñoburgués y oportunista sin disciplina revolucionaria.

De Moscú, Mella fue a París antes de regresar a México en junio de 1927. Quedó tan impresionado por la Unión Soviética que en una carta dijo haber vuelto «del paraíso». Mella escribió varios artículos sobre la URSS, en general bastante elogiosos. Vladimir Lenin aparece en los escritos de Mella como un punto de referencia fundamental: el líder bolchevique era para él «el maestro del proletariado internacional» y «el más exacto y práctico de los intérpretes de Karl Marx». Menciona a León Trotsky en algunos artículos, normalmente de forma positiva: en un texto, Trotsky es descrito como un «dínamo humano». Iósif Stalin, en cambio, no figura en ninguna de las obras del joven.

El Partido Comunista Mexicano tenía suficiente confianza en Mella como para nombrarlo secretario general interino del partido en junio de 1928. Sin embargo, cuando una delegación del partido regresó del VI Congreso de la Comintern en septiembre de ese año, Mella fue destituido no solo de este cargo interino, sino también del Comité Central. En diciembre de 1928, Mella decidió abandonar el Partido. Según el secretario del partido, Rafael Carrillo, entregó un «repudio insultante» a los dirigentes del PCM.

El motivo fue una carta que el PCC envió a los comunistas mexicanos, solicitando que el «grupo cubano» (Mella y sus socios) se subordinara al Comité Central del PCM en lugar de trabajar por su cuenta, lo que podría comprometer «de manera verdaderamente criminal» a los camaradas que trabajaban en la propia isla. Se supone que la respuesta de Mella fue tan impulsiva que los dirigentes del PCM pretendieron hacer circular una resolución al respecto entre todos los partidos latinoamericanos.

Sin embargo, Mella reconsideró su decisión unos días después y pidió disculpas en una carta, solicitando permanecer en el partido. En ese momento, Carrillo declaró que Mella siempre había tenido «debilidades trotskistas». El partido aceptó su petición, con la condición de que no asumiera ningún papel dirigente durante los tres años siguientes.

El enemigo de Machado

Los partidarios del régimen de Machado acusaron a Mella de antipatriótico, presentándolo como un mercenario y una marioneta de la Unión Soviética. Se trataba claramente de una imagen falsa destinada a reducir su gran popularidad en los círculos progresistas. De hecho, Mella perteneció a una generación de intelectuales latinoamericanos muy originales que tuvieron la capacidad de captar la realidad nacional de sus países, identificando posibles vías de acción y adaptando diversas líneas de pensamiento, tanto marxistas como no marxistas, para comprender la historia y la coyuntura local.

En la primera mitad de 1928, Mella llevó a cabo su proyecto más importante al crear la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos (ANERC), una organización antimperialista, interclasista y declaradamente «democrática» con sede en Ciudad de México. Claramente inspirada en José Martí, el nicaragüense Augusto César Sandino y el Partido Revolucionario Venezolano, su objetivo inmediato era desalojar a Machado del poder.

Para Mella, la organización debía unir las luchas de todos los que se oponían al régimen —estudiantes, trabajadores, intelectuales e incluso miembros de la Unión Nacionalista liberal-burguesa— para iniciar un levantamiento armado en Cuba, sin perder de vista el objetivo socialista final. Sin embargo, el foco principal siempre estuvo en la clase obrera; después de todo, la publicación oficial de la ANERC tenía un título (¡Cuba Libre! Para los trabajadores) que indicaba claramente cuál era el objetivo principal del grupo.

Se trataba de preparar una expedición militar que zarparía de México e iniciaría una insurrección en la isla. El grupo estaba fuera del ámbito del PCC: ni su estructura ni su estrategia coincidían necesariamente con los proyectos de los comunistas cubanos. Según algunos autores, Mella pensaba que la lucha armada en Cuba abriría un nuevo frente contra el imperialismo norteamericano, que ya estaba ocupado en Nicaragua.

La ANERC fue fuente de fricciones entre Mella y miembros de la dirección del PCM. Los comunistas mexicanos consideraban el proyecto de carácter «golpista» y pequeñoburgués, que implicaba alianzas con sectores reformistas y liberales y no priorizaba la acción de las masas proletarias. Se lo acusó de no seguir las instrucciones de la Comintern y de albergar simpatías por el trotskismo.

Al mismo tiempo, los planes de Mella disgustaron mucho al régimen de Machado. El 10 de enero de 1929, hacia las nueve de la noche, mientras caminaba por una calle de Ciudad de México con Tina Modotti, recibió dos disparos por la espalda a quemarropa. Aunque fue trasladado a un hospital para ser operado, Mella no sobrevivió al ataque y exhaló su último aliento hacia las dos de la madrugada del día siguiente. Solo tenía veinticinco años.

Aunque hubo varias teorías especulativas sobre el móvil del atentado —desde un «crimen pasional» que implicaba a Modotti hasta el asesinato por militantes comunistas que actuaban en nombre del estalinismo—, quedó claro que los asesinos eran agentes contratados por Machado para eliminar a su rival político. A partir de ese momento, la leyenda en torno a Julio Antonio Mella no pararía de crecer.


Las influencias de Mella

Como todo personaje complejo, Mella no puede ser encasillado teórica ni ideológicamente. Luchó por la revolución sin descartar la posibilidad de lograr reformas radicales en el camino. Era antirracista, pero hacía especial hincapié en la lucha de clases. Defendió al proletariado como principal protagonista político sin dejar de incluir en sus proyectos a sectores de clase media, estudiantes e intelectuales progresistas. Fue «nacionalista» pero siempre mantuvo una perspectiva internacionalista y continental. Fue marxista sin dejar de estar comprometido con el legado de José Martí.

Mella podía trabajar tanto dentro como fuera de los partidos a los que pertenecía en organizaciones muy heterogéneas. Polémico y a veces contradictorio, fue un excelente organizador, y su activismo en diversos frentes fue constante y frenético. Combatió la dictadura de Machado con un proyecto de democracia, modernización institucional, desarrollo económico y verdadera independencia para Cuba. Mella apoyó una educación que abarcara a las clases populares, un antimperialismo intransigente y (en última instancia) una revolución social dirigida por los trabajadores.

Para entender la ideología de Mella necesitamos identificar las diferentes influencias teóricas que moldearon su pensamiento. Su primera gran influencia fue, sin duda, José Martí. Mella se propuso «redescubrir» y «reinterpretar» la obra del poeta, reivindicando su vida y su pensamiento para las luchas populares.

El vínculo entre Martí y Mella fue probablemente Carlos Baliño. Conocido como el primer marxista cubano (y quizás incluso el primer marxista de toda América Latina), Baliño fue un contemporáneo de Martí que se hizo amigo suyo y se afilió al partido que este fundó. Comprendió las particularidades de la historia cubana y la necesidad de una verdadera independencia política y económica, combinando estos elementos con el conocimiento del movimiento obrero, la participación en las luchas sindicales y el compromiso con la revolución socialista.

Baliño fue probablemente el primero en unir las ideas de Martí y Marx en la isla, además de ser un excelente organizador político y un gran admirador de Lenin y la Revolución de Octubre. Posteriormente mantuvo una estrecha relación con Mella y fue uno de los fundadores del PCC. Debemos recordar su papel en el desarrollo del pensamiento del joven.

También es digno de mención el impresor anarcosindicalista Alfredo López. Mella reconoció a López como su «maestro» en muchos aspectos. Cuando Mella era dirigente estudiantil, aprendió mucho de su colega, que contribuyó a acercar a los universitarios a los trabajadores.

Por supuesto, Marx sería una influencia decisiva para Mella, junto con Lenin y la Revolución Rusa. Aunque leyó obras de Trotsky y Nikolai Bujarin, fue la obra de Lenin la que más le impactó en aquella época. Mella creía que la existencia de «apóstoles», «héroes» y «mártires», junto con los «revolucionarios profesionales», era esencial para que la causa triunfara. En su opinión, el revolucionario debía dedicarse por entero a la causa y subordinar su propia personalidad a las necesidades políticas y sociales.

Patria Grande

Por un lado, Mella defendía un «nacionalismo revolucionario» con un claro carácter de clase, popular y proletario. Por otro, buscaba la unión de América Latina como Patria Grande de todo el continente. Llamaba a luchar por hacer realidad «el viejo ideal de [Simón] Bolívar, adaptado a los tiempos actuales»: la «unidad de América», una «América libre», no la América explotada y colonial que era feudo de unas pocas empresas capitalistas, apoyadas por gobiernos que actuaban como agentes del imperialismo.

Mella basó su visión del imperialismo principalmente en el libro de Lenin El imperialismo, fase superior del capitalismo y en los escritos de Martí. También es posible que leyera y se viera influido por las obras de Scott Nearing, a quien se refirió como un «formidable sociólogo estadounidense» (El Imperio Americano de Nearing fue traducido al español por Carlos Baliño). Mella creía que la teoría leninista del imperialismo era «universalmente aplicable», en lugar de ser específica para ciertas regiones, «como sostienen algunos “revisionistas” de manera simplista».

Mella fue uno de los opositores más acérrimos de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), el movimiento fundado por Haya de la Torre. Escribió un panfleto que posiblemente sea el texto crítico más importante sobre el APRA de aquella época. Para Mella, el APRA representaba una variante del populismo con un programa que en la práctica lo convertiría en el instrumento de una política reformista para las burguesías de América Latina.

Mella estaba ciertamente preocupado por las cuestiones de «raza» y racismo. En una entrevista señaló que un tercio de la población de Cuba tenía «sangre africana» y que estaban terriblemente explotados, encontrando grandes obstáculos en los campos de la política y la educación. También denunció con indignación el linchamiento de afroamericanos en Estados Unidos. A pesar de ello, Mella consideraba que la lucha de clases tenía prioridad sobre la cuestión racial.

Su posición se hizo más explícita en sus críticas al APRA, especialmente en relación con el papel de los pueblos indígenas de América Latina. Según Mella, era un error hablar del potencial revolucionario de los pueblos indígenas:

La penetración del imperialismo ha acabado con el problema de la raza, en su sentido tradicional, en la medida en que el imperialismo transforma a indios, mestizos, blancos y negros en trabajadores, es decir, le da al problema una base económica y no étnica.

Para Mella, la experiencia ya había demostrado que «el campesino —el indio en América— es extraordinariamente individualista y que su máxima aspiración no es el socialismo, sino la propiedad privada». Solo la clase obrera podría liberar al campesinado de este error, «sobre la base de la alianza que el Partido Comunista establezca entre las dos clases».

Por supuesto, existen limitaciones en los textos de Mella, que en general son bastante breves y no necesariamente desarrollan con gran profundidad las ideas que expone, quizás debido a su estilo de vida y a la falta de tiempo, con la gran cantidad de actividades políticas que desarrollaba simultáneamente. Hablamos de alguien todavía muy joven que a menudo preparaba artículos sobre la coyuntura política inmediata, muchos de los cuales tenían un sesgo propagandístico y una visión determinista de la historia. Su objetivo era ser lo más directo posible, lo que se traducía en obras de contenido polémico y provocador.

Aun así, se puede encontrar en Mella una marcada sensibilidad y una enorme capacidad para comprender la época en que vivió y las necesidades del momento. Su vida y su obra siguen inspirando a la gente en Cuba y merecen ser conocidas por la juventud progresista de hoy más allá de la isla.

domingo, 5 de janeiro de 2025

Un hito en la barbarie humana: "Gaza en el corazón"

Adolfo Estrella
El Desconcierto

En los próximos futuros, si es que los dueños del mundo dejan algo en pie, Gaza debería ser recordada como un hito en la barbarie humana. Pero eso no va suceder porque la masacre, ahora tecnificada y digitalizada, no se detiene y Gaza nos muestra, otra vez, que las “soluciones finales” persisten en la historia y las víctimas de ayer pueden ser los victimarios de hoy.

No hay progreso ético en la historia del mundo. Mundo e inmundicia tienen la misma etimología. Ni el Gulag, ni Auschwitz, ni Guernica, ni Hiroshima, ni Villa Grimaldi, ni La Escuela de Mecánica de la Armada, ni Sabra y Chatila, ni… por citar sólo unos pocos casos en una cronología de las matanzas recientes, fueron el final de un período negro. No fueron excepciones en la larga marcha de la humanidad desde un pasado malo hacia un futuro bueno.

La historia está sembrada de cadáveres de optimistas y buenistas que creyeron en eso. Otra vez, como siempre, "cae ceniza, cae hierro y piedra y muerte y llanto y llamas", escribía Pablo Neruda en su “España en el Corazón”, señalando la llegada de la bestia fascista.

Gaza es lo que nadie ve después de tanto mirarlo. El mal se hace transparente e inocuo en las pantallas mediáticas del totum revolutum y en el simulacro del espectáculo. Todo vale porque nada vale y viceversa. La sangre no se huele en las pantallas de la estupidez informatizada, ni se oyen los gritos de una amputación sin anestesia en un hospital bombardeado.

Mientras tanto los escombros, los heridos y muertos se acumulan en las calles de Gaza, la cárcel masiva que su verdugo, después de la limpieza étnica, después de los colonos, después del apartheid, después de las detenciones administrativas, después de las retóricas “condenas internacionales”, ha destruido a vista y paciencia de todos. "Y una mañana todo estaba ardiendo y una mañana las hogueras salían de la tierra, devorando seres y desde entonces fuego, pólvora desde entonces y desde entonces sangre. Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles".

La razón de Estado, esta vez teocrático, militarizado y falsamente democrático, triunfa sobre la misericordia, la conmiseración y la bondad. Todo es crueldad revestida de destino manifiesto, de libros sagrados y argumentos arcaicos, de delirios y fantasías mesiánicas por parte de aquellos "seres del exterminio, los devoradores, que llegaron a tu arena terrenal".

El horror en Gaza y en toda Palestina no empezó con la reciente ofensiva, inútil y asimétrica, de Hamás. Comenzó mucho antes, comenzó con la idea falsa de un pueblo sin territorio que llegaba a un territorio sin pueblo, comenzó con la destrucción de aldeas, con el esfuerzo sistemático de borrar una cultura, con las deportaciones, con la construcción de “la cárcel más grande de la Tierra”, hechos que tan detalladamente han documentado historiadores israelíes valientes como Ilan Pape. Comenzó con la idea de superioridad, punto de partida de cualquier genocidio.

Vemos ahora Gaza como veían los ciudadanos alemanes pasar los trenes repletos de prisioneros hacia los campos de exterminio, es decir, sin hacer nada. Ni el humo de las chimeneas ni el olor de cuerpos quemados hizo que la cotidianeidad de entonces cambiara su curso. Lo mismo sucede ahora. El sadismo mecanizado de entonces es el mismo sadismo digitalizado de estos días.

La normalización del horror y la amnesia colectiva son unas de las mayores enfermedades éticas de la especie humana. En los bares de Tel Aviv y en los bares de todo el mundo se bebe y se festeja la llegada del nuevo año mientras las bombas no dejan de caer sobre la infancia aterrada.

Gaza la visible, Gaza la invisible, Gaza palestina, Gaza universal, Gaza sacrificada, Gaza heroica donde de cada niño muerto sale un fusil con ojos. ¿Se puede no sufrir por Gaza? ¿Se puede no sufrir con Gaza? "Yo no me olvido de vuestras desgracias, conozco vuestros hijos, y si estoy orgulloso de sus muertes, estoy también orgulloso de sus vidas". El "galope de bestias" continua entre "tanta tumba y tanto martirio". Y nuestra palabra, sobre las ruinas de Gaza, se hace impotente y, a la vez, necesaria.

terça-feira, 31 de dezembro de 2024

Feliz Año Nuevo 2025 !!


A pesar de las guerras, conflictos y riesgos que amenazan nuestra región y el planeta, con el nuevo año siempre renovamos nuestros deseos de esperanza en mejores días, con mucha salud, paz, prosperidad y felicidad.  Les deseo a todas mis amigas y amigos lectores un 2025 lleno de alegrías, triunfos y realizaciones !!

sexta-feira, 27 de dezembro de 2024

Los demonios de la segunda mitad del gobierno Lula

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

El próximo 1 de enero, el Presidente Lula da Silva inicia la segunda mitad de su mandato de cuatro años, en un escenario marcado por fantasmas y adversidades que se instalan sobre el gobierno. En el plano interno, el Ejecutivo va a tener que enfrentar un Congreso hostil y resentido, especialmente ahora que el Ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), Flavio Dino, ha sancionado el bloqueo de 4 mil doscientos millones de reales (US$ 660 millones) de las enmiendas parlamentarias de comisiones y la investigación por parte de la Policía Federal sobre el posible uso fraudulento de esos recursos.

La cuestión problemática de estas enmiendas es que el 40 por ciento de ellas pasarían a beneficiar al Estado de Alagoas, tierra natal y reducto electoral del actual presidente de la Cámara de Diputados, Arthur Lira. Como hemos señalado en artículos anteriores, Lira se desempeña como un ilustre capo mafioso desde su cargo, distribuyendo recursos e influencias dentro del Congreso y chantajeando al gobierno con el poder que detenta sobre la mayoría de los diputados del llamado Centrão.

La intención de Lira y sus secuaces del Congreso siempre ha sido que los recursos obtenidos por la vía de las enmiendas formen parte del presupuesto secreto, es decir, que los parlamentarios no tengan la obligación de informar quien liberó el gasto, para quien y en qué actividad u obra se utilizaron esos montos. Una verdadera caja negra del destino del dinero público. Como el gobierno se encuentra en una posición débil para enfrentar a los congresistas y sus grupos de intereses, le ha correspondido al STF velar por el buen uso del patrimonio público, asegurando que dichos recursos cumplan con el requisito de la transparencia y rastreabilidad. Por eso, los “honorables” parlamentarios acusan al gobierno central de estar coludido con el Poder Judicial para obstaculizar las actividades de diputados y senadores. Ante lo cual, amenazan con boicotear las próximas votaciones de suma importancia para el Ejecutivo, como, por ejemplo, la aprobación de la Ley Anual de Presupuesto.

La discordia del actual parlamento con el gobierno se ve reforzada por el clima beligerante insuflado por las huestes bolsonaristas y los sectores de la extrema derecha. Falsamente la prensa se ha dedicado a llamar la atención sobre la peligrosa radicalización o polarización del país, pero objetivamente los únicos sectores que se han radicalizado en esta última década son los grupos de la ultraderecha brasileña. Si, por una parte, la respuesta intuitiva a la crisis es construir un clima de tolerancia y diálogo en la sociedad que permita tener un debate pluralista y ponderado sobre los diversos proyectos en disputa, por otra parte, parece que la única manera de contener las amenazas de los grupos golpistas debiera ser la aplicación de sanciones ejemplares a quienes han promovido acciones conspirativas conscientes para quebrantar el Estado democrático de Derecho.

Quienes participaron de las invasiones a las sedes de los Tres Poderes en enero de 2023 vienen solicitando la aplicación de una amnistía presidencial a todos los inculpados como un gesto del Ejecutivo que ayude a la “pacificación” del país. Junto con ello, piden el indulto para anular la inelegibilidad del ex Presidente Bolsonaro pensando en su postulación para las elecciones de 2026. Mientras apelan a la comprensión del presidente Lula, simultáneamente conspiran en todos los ámbitos posibles contra el gobierno federal, culpándolo hasta de tragedias climáticas como las inundaciones de Rio Grande do Sul o de los devastadores incendios en São Paulo, Amazonas y Pantanal, cuando la mayoría de las incompetencias observadas en estos casos son de responsabilidad de las administraciones estaduales, controladas precisamente por representantes de la derecha.

No obstante, en el ámbito de las políticas sociales y las acciones de combate a la pobreza, el saldo es negativo. La desigualdad y la exclusión siguen siendo uno de los grandes problemas que se arrastran desde hace décadas y el porcentaje de familias que viven en situación de miseria sigue siendo una afronta a la democracia que la actual gestión no ha conseguido revertir. Los servicios públicos continúan en una situación deplorable y miles de personas son condenadas anualmente a la muerte o a una vida de sufrimiento por la falta de atención adecuada en el sistema público de salud. Enfermedades como el cólera, la fiebre amarilla, malaria o dengue, siguen causando la muerte de miles de habitantes todos los años. Solo en el caso de esta última enfermedad, según datos del Ministerio de Salud, para lo que va del presente año, fueron registrados 6.630.766 casos de dengue, de los cuales casi 6.000 terminaron en óbitos confirmados y otros mil casos de fallecidos se encuentran en fase de investigación para confirmar la causal.

Para mejorar la vida de las personas que más lo requieren, el gobierno debe aumentar necesariamente su gasto social, pero las barreras impuestas por el Congreso con el argumento de que se mantenga el equilibrio fiscal, inviabilizan cualquier decisión del Ejecutivo encaminada a asignar más recursos para programas sociales, bajo la amenaza de sufrir un proceso de impeachment por irresponsabilidad en el uso del dinero público, tal como sucedió en el año 2016 con la presidenta Dilma Rousseff.

El país también experimenta una epidemia de violencia, no solamente de las organizaciones criminales del narcotráfico y las milicias, sino que de las diversas policías que están utilizando métodos truculentos e ilegales para enfrentar a los delincuentes. Varios casos de asesinatos sumarios realizadas por las “fuerzas del orden” han conmovido a los ciudadanos de este país. Institutos y Centros de Estudios dedicados al tema advierten que se ha producido un incremento notorio en la letalidad policial durante este año, siendo que en algunos estados ella se ha incrementado en un 160 por ciento, como es el caso de Mato Grosso do Sul. Otros Estados con cifras alarmantes de ejecuciones son São Paulo, Rio de Janeiro, Santa Catarina y Distrito Federal. Para el especialista en seguridad pública, José Vicente, esto es intolerable: “Nosotros sabemos que cuando hay un incremento de esa letalidad, mucha cosa errada está sucediendo. Es muy probable que personas murieron sin deber estar muriendo en la mano de agentes del Estado”.

En torno a la cuestión ambiental el escenario es decepcionante. A pesar de que Brasil va a ser sede de la próxima Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático (COP 30) que se realizará en la ciudad de Belén, Estado de Pará, en noviembre de 2025, la actuación gubernamental en este ámbito tiene muchas tareas pendientes. Son especialmente graves la negligencia en las políticas de preservación y cuidado en los biomas brasileños, sobre todo en los territorios del Cerrado, Pantanal, Amazonas y Mata Atlántica. Miles de hectáreas de bosques son quemados o destruidos todos los años, sin que los órganos de vigilancia y protección puedan cumplir con su papel, por diversos motivos: por falta de funcionarios para fiscalizar las áreas de riesgo, por escasez de recursos e infraestructura para realizar el monitoreo o por la colusión de funcionarios con empresas forestales y empresarios inescrupulosos que desarrollan actividades criminales en esos espacios. De esta manera, quemadas, desforestación, extractivismo ilegal, polución de las aguas y depredación de ecosistemas valiosos, forman parte de una constelación de problemas que comprometen seriamente las prácticas de sustentabilidad prometidas en el programa de Lula y su coalición de partidos.

En el plano internacional, la reelección de Trump y la ascensión de líderes de la extrema derecha por el mundo, colocan en alerta a las autoridades de gobierno y del Ministerio de Relaciones Exteriores (Itamaraty). La política exterior brasileña siempre se ha caracterizado por su pragmatismo y neutralidad, pero las guerras y los conflictos existentes en diversas regiones, desafían la capacidad de Lula para operar como un mediador eficaz en el concierto mundial. Es consenso entre los cuadros diplomáticos que Brasil ya no tiene el protagonismo que poseía antes como una nación capaz de participar en acuerdos para promover la paz en la región y en el planeta.

La conjunción de todos estos aspectos le ha impedido a Lula aumentar o incluso mantener su popularidad, la que, si bien no ha descendido bruscamente, tampoco ha conseguido estabilizarse en los niveles que tenía al inicio de su mandato. Por ello, el gran desafío para la segunda mitad de su gestión será exorcizar estos y otros demonios que se han venido robusteciendo en el curso de los dos últimos años. Si la tendencia es que estas amenazas aumenten en un futuro próximo, las posibilidades de que el actual mandatario se constituya en una carta segura en las próximas elecciones para encabezar un cuarto gobierno, se verán seriamente comprometidas o directamente anuladas.

quarta-feira, 18 de dezembro de 2024

Beatriz Sarlo, pensadora da modernidade periférica


Caroline Tresoldi
Outras Palavras

Renomada crítica literária argentina morreu nesta terça (17). No jornalismo cultural e na Academia, ela propôs novas leituras entre as letras e o tecido social latino-americano – e a importância do papel do intelectual na mediação de processos culturais e políticos

Beatriz Sarlo, um dos grandes nomes da crítica literária e cultural do nosso tempo, faleceu em Buenos Aires, aos 82 anos. Beatriz começou sua trajetória intelectual na filosofia, na Universidade de Buenos Aires, mas acabou migrando para as letras, formando-se em 1966. Ela trabalhava com Boris Spivacow no Editorial Universitário de Buenos Aires (EUDEBA) quando um golpe militar expulsou centenas de intelectuais das universidades argentinas. Formada e com pouca experiência profissional, Beatriz passou a atuar no Centro Editor de América Latina (CEAL), criado por Boris com o objetivo de organizar coleções de livros de diferentes áreas das ciências humanas e com preços acessíveis às camadas populares. Durante quase duas décadas, o CEAL reuniu intelectuais argentinos que estiveram à margem dos circuitos oficiais e, para os mais novos, como Beatriz Sarlo, serviu como um espaço simbólico de pós-graduação, como ela mesma gostava de dizer.

Foi lá que ela conheceu alguns dos seus companheiros de travessia pelas últimas ditaduras argentinas (1966-1973 / 1976-1983), como Carlos Altamirano, Ricardo Piglia, Josefina Ludmer, Susanna Zanetti, Maria Teresa Gramuglio e outros. No começo dos anos 1970, com Altamirano e Piglia, começou a colaborar com a revista Los Libros, que publicava textos sobre as novidades que saíam no mercado editorial. Nessa revista, Beatriz escreveu seus primeiros textos de crítica literária, já propondo um forte vínculo entre crítica, estética e política, que aperfeiçoaria, mais tarde, na Punto de Vista, revista fundada em 1978 por ela, Altamirano, Piglia, Gramuglio e Hugo Vezzetti. A emblemática revista argentina foi dirigida por Beatriz durante os 90 números publicados ao longo de 30 anos.

Com o fim da ditadura, em 1983, Beatriz começou a dar aulas na Universidade de Buenos Aires, onde atuou por duas décadas. Seus cursos ousaram propor novas leituras sobre as tarefas da crítica literária – considerando os vínculos com o tecido social – e negociaram um novo cânone para a literatura argentina do século XX.

Durante meu mestrado, quando estava estudando sua obra, tive a oportunidade de conversar com ela em algumas ocasiões. Numa entrevista um pouco mais longa, lembro-me de que, ao mencionar que não teve uma formação continuada, ela fez questão de ressaltar que seu primeiro livro solo, El imperio de los sentimientos (1985), era apresentado às agências financiadoras como uma espécie de tese de doutoramento. “É um currículo muito particular, e é necessário explicá-lo tendo em vista quase duas décadas de acúmulo de leituras em espaços não acadêmicos”, observou na ocasião, acrescentando ainda que era algo muito diferente dos seus contemporâneos brasileiros.

Para acentuar a diferença, contou-me sobre uma viagem que fez a Campinas, em 1980, para participar de um evento na Unicamp, que reuniria grandes nomes da crítica latino-americana, como Antonio Candido, Ángel Rama, Antonio Cornejo Polar, entre outros. Sobre essa viagem, Beatriz disse:

Foi uma das primeiras vezes que estive com grandes figuras intelectuais, pois eu e meus colegas de geração não tivemos grandes professores e tutores. No Brasil, ao olhar Antonio Candido caminhando com seus alunos na universidade, era como se fosse uma manifestação! Sem dúvida, uma das formas particulares da ditadura brasileira que, inclusive, tinha criado uma universidade em Campinas. Quando voltei a Buenos Aires, contei aos meus amigos da revista Punto de Vista que nossos contemporâneos brasileiros (como os críticos Roberto Schwarz, Davi Arrigucci etc.) eram pessoas que tinham carreiras relativamente normais, uma formação universitária completa, trabalhando com grandes professores e mestres. Esse encontro foi um choque, uma experiência única de conhecimento de outro campo intelectual e político, e de outro contexto universitário, que nos deu consciência das diferenças entre nós e eles.

Essa história da viagem de Beatriz a Campinas ilustra um pouco de sua ousadia e de seu temperamento. Sem conhecer ninguém, apenas avisada por um amigo de que haveria um “grande encontro” no interior de São Paulo, ela pegou um ônibus de Buenos Aires e foi até Campinas para fazer matérias para a Punto de Vista sobre literatura e sociedade na América Latina. Apresentou-se aos pesquisadores do evento e conseguiu realizar algumas entrevistas para publicar em sua revista, que ainda era desconhecida na Argentina.

Se Beatriz já conhecia o Brasil de uma viagem feita nos anos 1960, como relata no livro Viagens: da Amazônia às Malvinas (2015), foi a partir do encontro de 1980 na Unicamp que ela estabeleceu uma longa relação com intelectuais brasileiros. Ela participou de inúmeros eventos acadêmicos no Brasil, esteve em encontros da Abralic, na Flip e chegou até mesmo a ser entrevistada no programa Roda Viva.

Com coragem e sempre muito afiada, Beatriz colaborou com frequência com a imprensa argentina, sobretudo a partir dos anos 2000, tendo assinado colunas em jornais de diferentes espectros ideológicos, como Clarín, Página 12, La Nación, etc. Ela assumiu na imprensa posições políticas controversas ao longo dos anos, aproximando-se e distanciando-se de diferentes governos argentinos. Para alguns, era uma raivosa intelectual de esquerda; para outros, assumia posturas conservadoras. Nas discussões políticas, certamente estava longe de ser uma unanimidade.

Mas sua contribuição intelectual é inestimável. Desde o já mencionado El imperio de los sentimientos, passando por Una modernidad periférica (1988), Borges, un escritor en las orillas (1993), Escenas de la vida posmoderna (1994), Tiempo presente (2001), La pasión y la excepción (2003), Tiempo pasado (2005) e tantos outros, Beatriz interpretou diferentes aspectos da cultura argentina. Escreveu sobre a literatura dos séculos XIX ao XXI, sobre vanguardas estéticas, cultura popular, meios de comunicação de massa, cultura urbana, arte contemporânea, consumo audiovisual etc. Refletiu como poucos sobre o que chamava de “diferença rio-platense”, pensando, a partir de seu país periférico, a heterogeneidade dos processos de modernização e seus impactos na vida cultural.

Seu último livro, Las dos torres: ¿Puede la cultura contemporánea pensar algo nuevo?, publicado no início deste ano, pode até ser lido como um retrato intelectual da ensaísta portenha. Com textos escritos entre 1992 e 2018, muitos deles inéditos, Beatriz transita, com seu olhar afiado e sua escrita pública provocadora, entre a crítica literária e a crítica cultural, passando por reflexões sobre intelectuais, política, cinema, teatro alternativo, música de vanguarda, marketing nos museus, direitos humanos etc.

Considerando as grandes transformações sociais, políticas e tecnológicas das últimas décadas, ela se pergunta qual é o espaço crítico disponível para seguir formulando questões relevantes para pensar o contemporâneo. Apesar de reconhecer que a figura do intelectual mudou, e muito, Beatriz continuou defendendo até o fim a crítica como espaço de mediação dos processos culturais e de avaliação da literatura, da arte e do consumo cultural. Uma crítica comprometida com os desafios intelectuais e políticos do seu tempo.

quinta-feira, 12 de dezembro de 2024

Irene Vallejo: "Todos venimos de la migración y del mestizaje"

Sergio Alzate
Ethic

Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) es doctora en Filología Clásica, Premio de las Letras Aragonesas en 2023 y Premio Nacional de Ensayo en 2020. Su libro ‘El infinito en un junco’ (Siruela) ha vendido más de un millón de ejemplares y ha sido traducido a más de treinta idiomas. En esta entrevista, la autora habla sobre la democratización de la lectura, el acoso escolar, los cuidados y la migración como base de la historia.

Antes de El infinito en un junco, ¿para usted qué era el éxito? ¿Y qué es después del gran recibimiento que ha tenido con ese libro?

Para mí el éxito absoluto y lo máximo a lo que podía aspirar era vivir de la literatura, aun sabiendo que sería una vida precaria, con dificultades, con meses mejores y peores. Soñaba con una vida así y con las cosas que rodean a la literatura: escribir críticas, colaborar con revistas culturales, dar conferencias y talleres para personas mayores. Ese era mi concepto del éxito. Lo que ha pasado con El infinito en un junco no me lo podía imaginar ni remotamente ni entraba en mis planes. Después de este libro sigo pensando que el éxito es poder vivir de la literatura, es decir, no tener otro trabajo que te ocupe la mayor parte del tiempo y te asfixie y te quite las energías para escribir. Después de las sucesivas crisis económicas, lo que ha desaparecido es la clase media de la escritura. Están los grandes bestsellers y los que para subsistir tienen que tener tres trabajos o incluso más si te descuidas.

¿En qué ha cambiado su vida este éxito?

Mi sensación es la de aprovecharlo bien y estar a la altura de esa oportunidad que me han brindado los lectores. No solo en el sentido de escribir, sino el altavoz que me da el fenómeno de El infinito en un junco para ayudar a editoriales independientes y para promover en mis redes un interés por otras literaturas. Me interesa mucho que llegue más literatura latinoamericana a España, porque creo que no nos estamos leyendo lo suficiente: tiene más presencia lo anglosajón, por todo el prestigio que tiene. Me interesan mucho las literaturas del sur: Portugal, Italia, Grecia, España y Latinoamérica. Somos un sur concebido como periferia, como secundario. Por eso, cuando viajo a los países pregunto qué se está haciendo, qué se está publicando, quiénes son los autores por descubrir.

A pesar de todo lo que rodeó a la escritura de El infinito en un junco, es un texto luminoso y esperanzador. Quizá otro escritor hubiera seguido una ruta oscura, pesimista, pero usted eligió la luz y la esperanza. ¿Por qué?

Porque no me podía permitir la oscuridad. En ese momento tenía una obsesión en mi cabeza: «No puedo tener una depresión posparto». Si tenía una y me tenían que cuidar a mí también, la familia se desmoronaba. Tenía tanta necesidad de estar en contacto con ideas esperanzadoras que lo construí de esa manera. No podía escribir en otro tono ni mucho menos acercarme como autora a lo que estaba viviendo con mi hijo en ese momento. Lo que necesitaba era colocar la mente en otro lugar y escapar a esa obsesión. Pensé: «Si va a ser el último libro que escribo, quiero que sea un homenaje a lo que ha significado la literatura para mí y cómo me ha ayudado en las diferentes etapas de mi vida». Así que me embarqué en estas historias, en estos viajes, en estas aventuras. Por eso mismo es un libro con tantos escenarios, porque yo no me podía permitir viajar. Mi vida era de la casa al hospital y viceversa.

Usted habla mucho del cuidado, lo que me lleva a pensar en el ensayo Frágiles, de Remedios Zafra: el mundo cultural parece olvidarse del cuidado y quienes lo ejercemos somos personas precarizadas, frágiles y sintientes. ¿Cómo es escribir desde el cuidar del otro y de sí mismo?

Para mí este es un tema muy importante, de hecho ahora estoy investigando en esa dirección. Creo que las sociedades contemporáneas dejan muy solas a las personas en la labor de cuidarse y de cuidar a otros. Cuando cuidas a alguien (un padre, un hijo, un hermano, un ser querido enfermo), lo haces a costa de tu trabajo, de tu situación económica. Con una penalización enorme. No estamos atendiendo a eso y no estamos pensando que el cuidado es también una dimensión colectiva, porque construye comunidades. Desde la cultura es importante que hablemos de este tema y que le demos un cauce artístico, también para colocarlo en el centro del debate y de las conversaciones.

El infinito en un junco es una genealogía de afectos lectores que va milenios atrás. Afectos que la ayudaron a enfrentar situaciones como el acoso escolar…

Sí, para poder enfrentar la etapa del acoso escolar me refugié en los libros. Muchos autores eran mi pandilla en el instituto. Yo sentía que mis compañeros de clase no me entendían, no me aceptaban y no les gustaba como yo era, pero que las personas que habían escrito los libros que yo amaba sí lo hacían. Es imposible explicar hasta qué punto esa idea me ayudó y me salvó de intentar cambiar mi personalidad para ser quien no era con tal de encajar. Se puede leer en soledad, sí, pero creo firmemente que esos relatos que compartimos los unos con los otros construyen y cimentan las sociedades. Leer no es algo que nos afecte individualmente. Los libros son una base sobre la que construir algo comunitario.

En sus libros hay un interés por nombres pequeños, olvidados, que quizá históricamente han quedado relegados…

Quizá en El silbido del arquero es todo lo contrario, aunque sin perder esa idea que dice: tomar a Eneas, que siempre nos lo han contado como el gran guerrero, el fundador de Roma, para verlo como el migrante y el hombre que lo ha perdido todo. Una persona que, cuando su ciudad cae (Troya), en vez de inmolarse en nombre de la gloria decide huir con su padre y con su hijo. Este es un homenaje desde un mito fundacional al migrante y a la figura del hombre cuidador. Muchas veces los textos son secuestrados por la grandilocuencia y el heroísmo. Es como lo que pasa con los Evangelios: cómo los pueden leer y esgrimir tantas personas sin darse cuenta de lo que realmente están leyendo. Son textos que una vez que se han puesto en lo más alto del canon literario, parecieran no tener nada más revolucionario que decirnos. A mí me interesa mucho esa parte: cómo nuestros mitos a veces son más rebeldes y audaces de lo que nosotros podemos llegar a ser.

A veces pienso que los «antiguos» somos nosotros y que los modernos fueron quienes nos precedieron siglos atrás…

Por eso a mí en El silbido del arquero me interesaba esa historia del hombre migrante que lo ha perdido todo. Esta novela la escribí cuando empezó la guerra de Siria, cuando el Mediterráneo estaba lleno de migrantes huyendo o naufragando en esas aguas. En las mismas en que naufragó Eneas. Y era en el presente cuando en Europa se cerraban las fronteras y cundía el miedo al recién llegado o al refugiado. Yo solo podía pensar «cómo es posible si esta es nuestra historia, si es que Eneas, el primer europeo en términos simbólicos, fue eso: un turco que venía a Europa». Cómo es posible que consideren la Eneida un clásico de la literatura, que lo lean por ese motivo, pero no sean capaces de captar su verdadero mensaje: todos somos migrantes.

Sus libros parecen hablar de los clásicos, de la lectura, de los griegos, de los romanos; sin embargo, creo que detrás de todo esto hay un tema más importante: el poder y las formas en que se ha ejercido a lo largo de los siglos. ¿Qué le interesa del poder como tema?

Desde niña me han interesado mucho los relatos épicos, pero jamás he sentido simpatía por esa idea de que la épica es únicamente la historia de la conquista, de la guerra, del control, de la apropiación y de la victoria. Para mí, El infinito en un junco es un relato de una épica alternativa: la democratización del acceso a los libros. Eso es algo muy vital, porque yo vengo de una genealogía en la que mis dos abuelas no pudieron estudiar por ser mujeres y pobres. Ellas siempre me apoyaron y me sostuvieron y sintieron la importancia de que yo pudiera estudiar. Es un ejemplo que tengo así de cerca, solo dos generaciones atrás. Hay toda una estructura de poder que condiciona tus condiciones vitales.

¿Qué es para usted el canon literario?

Cuando lo estudiaba en la universidad y lo analizaba, lo que buscaba era la confluencia entre el poder y la literatura, porque el canon es evidentemente una forma de poder. Históricamente, el rol de la mujer ha sido el de ser inspiración, mas no creadora. Ella es la que inspira al genio, nada más. Por eso, en El infinito en un junco yo le doy mucha importancia a que el primer texto firmado del que se tiene registro es de una mujer: Enheduanna, una poeta y sacerdotisa, dejó constancia de su nombre 1.500 años antes que Homero. El nombre de ella está fuera de los libros de texto. Nunca nuestras historias literarias empiezan por Enheduanna, sino por Homero, que no es nadie, que es un misterio, una incógnita, un fantasma: no sabemos si fue una persona o si fue muchas. No tenemos la más remota idea de si existió alguien llamado Homero y aun así le hemos hecho el inicio de la literatura, pero sí sabemos que existió mucho antes que él alguien llamado, a quien hemos querido ofrendar el olvido.

Sea que usted escriba ficción o no ficción, hay otro tema muy presente: las fronteras y cómo todos estamos hechos de ellas. ¿Por qué le interesa tanto este tema en una época en que se construyen muros?

La frontera me interesa porque creo que es un tema muy literario, es una convención absoluta. No existe nada en la naturaleza que configure las fronteras. De hecho, los animales las atraviesan constantemente. Sin embargo, por esa arbitrariedad se han construido toda una serie de ideologías y de miradas sobre el mundo. Esto habla de la fuerza que pueden tener los símbolos y del patente olvido de que toda la humanidad es migrante. Para mí la migración es uno de los grandes temas del mundo contemporáneo y me asombra que no reconozcamos que todos venimos de la migración y del mestizaje y de muchas historias y violencias.

Por ejemplo, la misma España es profundamente mestiza. ¿Qué sería del idioma español si nunca hubiera existido al-Ándalus? ¿Qué sería de la tortilla de patatas sin la importación de la papa andina?

Exactamente. Solo hay que pensar en nuestra gastronomía, en la que las cosas más típicas parecen ser el gazpacho, que no podría existir sin el tomate; la tortilla de patatas, que su mismo nombre lo dice todo; las naranjas, que su origen es asiático. Todo lo que como españoles consideramos nuestro ha venido de afuera. Ese es el caso de las palabras, que han sido desde siempre viajeras. En nuestro idioma seguimos diciendo «ojalá», lo cual es nombrar a Alá. Pero preferimos ignorar esta realidad para construir un discurso de sospecha. Los españoles hemos olvidado que somos mestizos.

terça-feira, 10 de dezembro de 2024

Em defesa da família tentacular

Maria Rita Kehl
Blog da Boitempo

Uma das queixas que os psicanalistas mais escutam em seus consultórios é esta: “Eu queria tanto ter uma família normal!”. Adolescentes filhos de pais separados ressentem-se da ausência do pai (ou da mãe) no lar. Mulheres sozinhas queixam-se de que não conseguiram constituir famílias, e mulheres separadas acusam a si próprias de não terem sido capazes de conservar as suas. Homens divorciados perseguem uma segunda chance de formar uma família. Mães solteiras morrem de culpa porque não deram aos filhos uma “verdadeira família”. E os jovens solteiros depositam grandes esperanças na possibilidade de constituir famílias diferentes — isto é, melhores — daquelas de onde vieram. Acima de toda essa falação, paira um discurso institucional que responsabiliza a dissolução da família pelo quadro de degradação social em que vivemos.

Os enunciadores desse discurso podem ser juristas, pedagogos, religiosos, psicólogos. A imprensa é seu veículo privilegiado: a cada ano, muitas vezes por ano, jornais e revistas entrevistam “profissionais da área” para enfatizar a relação entre a dissolução da família tal como a conhecíamos até a primeira metade do século XX e a delinquência juvenil, a violência, as drogadições, a desorientação dos jovens etc. Como se acreditassem que a família é o núcleo de transmissão de poder que pode e deve arcar, sozinha, com todo o edifício da moralidade e da ordem nacionais. Como se a crise social que afeta todo o país não tivesse nenhuma relação com a degradação dos espaços públicos que vem ocorrendo sistematicamente no Brasil, atingindo particularmente as camadas mais pobres há quase quarenta anos. E sobretudo como se ignorassem o que nós, psicanalistas, não podemos jamais esquecer: a família nuclear “normal”, monogâmica, patriarcal e endogâmica, que predominou entre o início do século XIX até meados do XX no Ocidente (tão pouco tempo? pois é…), foi o grande laboratório das neuroses tal como a psicanálise, justamente naquele período, veio a conhecer.

A cada novo censo demográfico realizado no Brasil, renova-se a evidência de que a família não é mais a mesma. Mas “a mesma” em relação a quê? Onde se situa o marco zero em relação ao qual medimos o grau de “dissolução” da família contemporânea? A frase “a família não é mais a mesma” já indica a crença de que em algum momento a família brasileira teria correspondido a um padrão fora da história. Indica que avaliamos nossa vida familiar em comparação a um modelo de família idealizado, modelo que correspondeu às necessidades da sociedade burguesa emergente em meados do século XIX. De fato, estudos demográficos recentes indicam tendências de afastamento em relação a esse padrão, que as classes médias brasileiras adotaram como ideal.

Nesse cenário de extrema mobilidade das configurações familiares, novas formas de convívio vêm sendo improvisadas em torno da necessidade — que não se alterou — de criar os filhos, frutos de uniões amorosas temporárias que nenhuma lei, de Deus ou dos homens, consegue mais obrigar a que se eternizem. A sociedade contemporânea, regida acima de tudo por leis de mercado que disseminam imperativos de bem-estar, prazer e satisfação imediata de todos os desejos, só reconhece o amor e a realização sexual como fundamentos legítimos das uniões conjugais. A liberdade de escolha que essa mudança moral proporciona, a possibilidade (real) de tentar corrigir um sem-número de vezes o próprio destino, cobra seu preço em desamparo e mal-estar. O desamparo se faz sentir porque a família deixou de ser uma sólida instituição para se transformar num agrupamento circunstancial e precário, regido pela lei menos confiável entre os humanos: a lei dos afetos e dos impulsos sexuais. O mal-estar vem da dívida que cobramos ao comparar a família que conseguimos improvisar com a família que nos ofereceram nossos pais. Ou com a família que nossos avós ofereceram a seus filhos. Ou com o ideal de família que nossos avós herdaram das gerações anteriores, que não necessariamente o realizaram. Até onde teremos de recuar no tempo para encontrar a família ideal com a qual comparamos as nossas?

Não é necessário retroceder até as revoluções burguesas europeias para procurar o que se perdeu no Ocidente, e particularmente no Brasil, a partir dos anos 1950. Basta recordar o que foi a “tradicional família brasileira” para perguntar: o que estamos lamentando que tenha se perdido ou transformado? Será que a sociedade seria mais saudável se ainda se mantivesse organizada nos moldes das grandes famílias rurais, a um só tempo protegidas e oprimidas pelo patriarca da casa grande que controlava a sexualidade das mulheres e o destino dos varões? Temos saudade da família organizada em torno do patriarca fundiário, com sua contrapartida de filhos ilegítimos abandonados na senzala ou na colônia, a esposa oficial calada e suspirosa, os filhos obedientes e temerosos do pai, dentre os quais se destacariam um ou dois futuros aprendizes de tiranete doméstico? O sentimento retroativo de conforto e segurança que projetamos nostalgicamente sobre o patriarcado rural brasileiro não seria, como bem apontou Roberto Schwarz em “As ideias fora do lugar”, tributário da exploração do trabalho escravo, que o Brasil foi o último país a abolir já quase às portas do século XX?

Ou será que temos saudade da família emergente das classes médias urbanas, fechada sobre si mesma, incestuosa como em um drama de Nelson Rodrigues, temerosa de qualquer contágio com membros da camada imediatamente inferior, mantidos à distância às custas de preconceitos e restrições absurdas? Saudades das famílias “de bem” que viviam atemorizadas em relação aos próprios vizinhos, com medo de cada nova fase da vida, apavoradas com a sexualidade dos filhos e filhas adolescentes — maledicentes e invejosas da vida alheia, administrando a vida conjugal como se administra um pequeno negócio? Saudades dos casamentos induzidos a partir de namoros quase endogâmicos, rigorosamente restritos a gente do nosso nível e mantidos à custa da dependência econômica, da inexperiência sexual e da alienação das mulheres?

De certa forma, a família desprivatizou-se a partir da segunda metade do século XX, não porque o espaço público tenha voltado a ter a importância que teve na vida social até o século XVIII, mas porque o núcleo central da família contemporânea foi implodido, atravessado pelo contato íntimo com adultos, adolescentes e crianças vindas de outras famílias. Na confusa árvore genealógica da família tentacular, irmãos não consanguíneos convivem com “padrastos” ou “madrastas” (na falta de termos melhores), às vezes já de uma segunda ou terceira união de um de seus pais, acumulando vínculos profundos com pessoas que não fazem parte do núcleo original de suas vidas. Cada uma dessas árvores super ramificadas guarda o traçado das moções de desejo dos adultos ao longo das várias fases de suas vidas — desejo errático, tornado ainda mais complexo no quadro de uma cultura que possibilita e exige dos sujeitos que lutem incansavelmente para satisfazer suas fantasias.

É importante observar também o papel da mídia, particularmente da televisão, doméstica e onipresente, no rompimento do isolamento familiar e, consequentemente, na dificuldade crescente dos pais de controlar o que vai ser transmitido a seus filhos. A família tentacular contemporânea, menos endogâmica e mais arejada que a família estável no padrão oitocentista, traz em seu desenho irregular as marcas de sonhos frustrados, projetos abandonados e retomados, esperanças de felicidade das quais os filhos, se tiverem sorte, continuam a ser portadores. Pois cada filho de um casal separado é a memória viva do momento em que aquele amor fazia sentido, em que aquele par apostou, na falta de um padrão que corresponda às novas composições familiares, na construção de um futuro o mais parecido possível com os ideais da família do passado. Ideal que não deixará de orientar, desde o lugar das fantasias inconscientes, os projetos de felicidade conjugal das crianças e adolescentes de hoje. Ideal que, se não for superado, pode funcionar como impedimento à legitimação da experiência viva dessas famílias misturadas, engraçadas, esquisitas, improvisadas e mantidas com afeto, esperança e desilusão, na medida do possível.

quinta-feira, 28 de novembro de 2024

Do globalismo ao neofascismo

Wolfgang Streeck
Compact

História de uma transição. Como as políticas neoliberais devastaram o Estado nacional, desampararam as maiorias e levaram parte delas a reivindicar os “líderes fortes” que a direita cultua. Como uma alternativa pode desmontar a farsa.

Com o advento da globalização neoliberal, a democracia como meio de intervenção política igualitária na economia caiu em descrédito. As elites de ambos os lados do Atlântico lideraram esse processo. Elas viam a democracia como tecnocraticamente “pouco complexa” diante da “complexidade exacerbada” do mundo; propensa a sobrecarregar o Estado e a economia; e politicamente corrupta devido à sua falta de vontade de ensinar aos cidadãos “as leis da economia”.

De acordo com essa linha de raciocínio, o crescimento não vem da redistribuição de cima para baixo, mas de baixo para cima: na extremidade inferior da distribuição de renda, por meio da abolição do salário mínimo e da redução dos benefícios da seguridade social; e na extremidade superior, ao contrário, por meio de melhores oportunidades de lucro e salário, apoiadas por impostos mais baixos. O processo subjacente foi uma transição para um novo modelo de crescimento hayekiano, destinado a substituir seu antecessor keynesiano como parte da revolução neoliberal.

Como em qualquer doutrina econômica, essas ideias devem ser entendidas como representações camufladas de restrições e oportunidades políticas decorrentes de uma distribuição de poder historicamente contingente, disfarçadas como manifestações de leis “naturais”. A diferença é que, no mundo hayekiano, a democracia não aparece mais como uma força produtiva, mas como uma pedra de moinho em volta do pescoço do progresso econômico. Por esse motivo, a atividade distributiva espontânea do mercado deve ser protegida da interferência democrática por muros chineses de todos os tipos ou, melhor ainda, pela substituição da democracia pela “governança global”.

A desintegração do modelo padrão de capitalismo democrático em meio ao avanço da globalização foi muito analisada. No decorrer de cerca de duas décadas, desde o desaparecimento do comunismo soviético, o neoliberalismo teve um retorno surpreendente: Hayek, que por muito tempo foi ridicularizado como líder de um culto sectário, eclipsou figuras importantes dos assuntos mundiais como Keynes e Lênin. As ideias de Hayek penetraram profundamente no pensamento não apenas de economistas e instituições internacionais, mas também de governos nacionais e partidos políticos.

Isso incluiu seus apelos por um sistema no qual a propriedade privada seria protegida internacionalmente e a liberdade do mercado global prevaleceria sobre a política nacional; pela liberalização por meio de sistemas jurídicos idênticos em Estados formalmente soberanos (“isonomia”); pela liberalização econômica em federações internacionais heterogêneas; pela proibição do intervencionismo estatal por meio da lei de concorrência internacional; e, não menos importante, pela livre circulação de mercadorias, serviços, capital e pessoas como meio de neutralizar economicamente o Estado-nação. Os governos nacionais e os partidos políticos começaram a compartilhar as suspeitas da teoria da escolha pública em relação a eles mesmos.

Até ser desmistificado pela Grande Recessão, o neoliberalismo se tornou a doutrina político-econômica dominante do capitalismo moderno: a utopia de uma economia de mercado capitalista global autorregulável, na qual as políticas nacionais se limitavam ao estabelecimento e ao apoio dessa economia, à promoção de uma adaptação flexível a ela e, talvez, à preservação folclórica das tradições culturais e políticas locais para que as pessoas se sentissem em casa em uma sociedade cada vez mais sem teto.

O avanço do modelo de crescimento globalizante-neoliberal foi acompanhado por uma erosão gradual do modelo padrão de democracia do pós-guerra. Desde o final da década de 1970, houve um declínio notável na participação em eleições de todos os tipos em todas as democracias capitalistas. Isso tem sido especialmente verdadeiro entre aqueles que estão na base da distribuição de renda e de oportunidades de vida, que são os que mais precisam de proteção social e redistribuição. Ao mesmo tempo, os partidos políticos, independentemente das diferenças institucionais nacionais, sofreram um declínio drástico no número de membros.

O mesmo ocorreu com os sindicatos, que, desde o final da década de 1980, raramente conseguiram exercer seu direito de greve com alguma perspectiva de sucesso. Quanto ao sistema partidário, conforme demonstrado por Peter Mair, os partidos estabelecidos do centro se distanciaram cada vez mais da sociedade e de seus eleitores, indo para o aparato do Estado, e sua crescente estatização teve sua contrapartida na privatização da sociedade civil.

A principal força motriz desse processo foi a compulsão por governar “com responsabilidade”, como diz Mair, derivada da própria globalização – em outras palavras, da real ou suposta falta de alternativas políticas ao pensamento neoliberal único do Consenso de Washington que se espalha. Assim como os sindicatos que querem preservar os empregos de seus membros só podem fazer exigências salariais moderadas, os partidos políticos que querem governar seus Estados, agora inseridos no mercado global, não podem se deixar influenciar demais por seus membros. Para usar os termos de Mair: a responsabilidade veio com o preço da capacidade de resposta.


O colapso final do modelo padrão coincidiu com a globalização acelerada da década de 1990. Quatro aspectos desse processo são característicos da involução liberal da democracia capitalista. O que está envolvido aqui é uma mudança específica nos interesses e atitudes representados pelo centro do sistema político democrático, a formação de um padrão correspondente de oferta e demanda política e o aumento dos conflitos sobre o status do Estado-nação em face dos interesses crescentes na restauração de uma política de proteção e redistribuição.

Em primeiro lugar, nos sistemas políticos padrão do pós-guerra, os partidos conservadores de centro-direita – que na Europa Continental geralmente tinham uma orientação democrata-cristã – haviam assumido a tarefa de conciliar o tradicionalismo social com a modernização capitalista. Isso se tornou cada vez mais difícil sob a pressão da globalização. O fim do socialismo de fato existente não significava apenas o desaparecimento da antítese do conservadorismo burguês, cuja existência havia facilitado a reconciliação do tradicionalismo com o capitalismo.

Havia também novas pressões competitivas sobre os partidos de centro-direita para que abandonassem seu equilíbrio entre progresso e preservação e ficassem do lado dos destruidores criativos e dos modernizadores culturais em nome da competitividade econômica nacional. (Um exemplo entre muitos outros é a transição politicamente promovida para uma estrutura social de participação universal no mercado de trabalho, que enfraqueceu muito a receptividade da sociedade às políticas familiares conservadoras). Segmentos cada vez maiores do eleitorado culturalmente conservador ficaram politicamente desamparados.

Em segundo lugar, ocorreu um desenvolvimento correspondente dentro dos partidos, principalmente social-democratas, na outra metade esquerda do centro político. A abertura acelerada das economias nacionais os privou do instrumento mais importante de sua caixa de ferramentas políticas: a política econômica keynesiana em sua versão pós-guerra. O mesmo pode ser dito sobre o rápido aumento da dívida pública após a década de 1970 e o fato de que, em mercados internacionais abertos, os custos de uma política social nacional e descomodificadora ameaçavam se tornar uma desvantagem competitiva. Se os partidos conservadores do centro se tornaram os gerentes do progresso capitalista, seus colegas social-democratas se tornaram seus facilitadores, garantidores e propagandistas, falando com entusiasmo a seus eleitores sobre a luz da prosperidade renovada no fim do túnel da globalização.

Na Alemanha, por exemplo, os eleitores sociais-democratas tradicionais foram informados de que era melhor se reinventarem como empreendedores individuais – como a Egos Inc. – com o apoio do Estado, se necessário. Também lhes foi dito que a época moderna exigia uma política social voltada para o investimento, em vez de uma política voltada para o consumo; que a adaptação flexível era preferível à aposentadoria precoce; e que a solidariedade internacional agora significava submeter-se à concorrência nos mercados internacionais. Isso também não foi bem aceito. Enquanto os vitoriosos entre seus apoiadores se sentiam parcialmente representados – mas apenas parcialmente, já que boa parte deles se mudou para os novos partidos verdes de centro-esquerda – os perdedores da globalização, achando que tudo isso era demais para suportar, abandonaram a bandeira da modernização social-democrata, primeiro não comparecendo às urnas, depois se voltando para uma nova direita, longe do caminho democrático-capitalista.

Em terceiro lugar, ao se unirem à frente unida da globalização, tanto a centro-direita quanto a centro-esquerda perderam suas identidades políticas, por mais vagamente definidas que tenham sido no início. No processo de adaptação ao mercado mundial, a política democrática do pós-guerra deixou de ser a busca de longo prazo de diferentes modelos de uma sociedade ideal – um modelo paternalista-hierárquico, por um lado, e um modelo igualitário e sem classes, por outro – e passou a ser uma série de reações pragmáticas e de curto prazo às condições do mercado mundial em constante e imprevisível mudança. Os políticos e a política se tornaram menos ideológicos do que nunca, sem perspectiva e, portanto, indistinguíveis uns dos outros. Dessa forma, a democracia poderia se transformar em pós-democracia, entretendo os eleitores como espectadores passivos, ao mesmo tempo em que trazia spin doctors e técnicos de relações públicas para elaborar políticas.

O comportamento do voto – tanto as intenções contadas pelos estrategistas eleitorais quanto as escolhas dos próprios eleitores – mudou de acordo com isso: não mais orientado para um ideal social coletivo, um futuro comum pelo qual lutar como cidadãos, mas dissociado de posições de classe e ideologias, reagindo ao momento, em vez de a um futuro ideal. Como resultado, a rotatividade de eleitores entre os partidos aumentou, enquanto os antigos partidos do modelo padrão podiam contar cada vez menos com o apoio estável de uma base estabelecida.

Em quarto lugar, a despolitização pragmática da política provocada pela globalização, especialmente na esfera da economia política, juntamente com o surgimento de uma política econômica uniforme e de acordo com o mercado, acabou com a estruturação do conflito político-partidário ao longo do eixo capital-trabalho, como havia moldado a diferenciação e a integração política no modelo padrão. Ele foi substituído por uma nova clivagem que atravessou a estrutura de patrocínio do antigo sistema, entre uma maioria cada vez menor que se sentia amplamente representada na política pós-democrática e uma minoria cada vez maior que se sentia excluída. Isso se refletiu, entre outras coisas, em um declínio na participação dos eleitores e em um alto grau de volatilidade eleitoral, bem como em um declínio dramático na confiança e nas expectativas dos cidadãos em relação à política e aos partidos em todos os grupos.

Nos anos de internacionalismo e suas crises, outra clivagem se cristalizou entre uma orientação nacional e uma orientação internacional dos interesses políticos. Aqueles que sentiam que haviam se beneficiado da globalização de uma forma ou de outra se encontravam na estreita faixa da política da Terceira Via. Por outro lado, entre os perdedores econômicos e culturais da globalização, aqueles que não se viam representados pelo centro político reorganizado, desenvolveu-se uma preferência há muito não articulada e politicamente submersa por uma restauração da autonomia política e da capacidade do Estado-nação. Essa preferência podia ser cada vez mais mobilizada por partidos e movimentos orientados para um nacionalismo de direita ou de esquerda – e, por esse motivo, excluídos como “populistas” do espectro dominante.

A crise de 2008 marcou o fim do auge do neoliberalismo. Muito havia sido prometido e muito pouco foi cumprido. As dúvidas sobre a democracia, se não sobre o capitalismo, começaram a crescer entre as pessoas comuns, que se redescobriram e se reconstituíram politicamente de várias formas e cores, tanto como manifestantes quanto como eleitores. A perda da estabilidade e da confiança, a distribuição cada vez mais desigual da riqueza, que cresce cada vez menos, e a estagnação econômica, apesar das demandas por mudanças estruturais, juntamente com a crescente insegurança cultural e o desprezo da elite pelos que foram deixados para trás, deram origem a contra-movimentos populares plebeus vindos de baixo. O regime neoliberal pós-democrático reagiu a esses movimentos com horror.

Independentemente de terem surgido da experiência da vida cotidiana globalizada ou de terem sido oportunisticamente fomentados por novos atores políticos, o que eles tinham em comum era e é uma profunda desconfiança de qualquer tipo de “abertura” com eventos incertos, do livre comércio à migração, acompanhados por uma redescoberta da solidariedade local e da justiça local, em nível regional, nacional e de classe, em todas as combinações imagináveis. Já nos anos anteriores à crise, a globalização havia sido objeto de protestos; depois, por meio de uma infinidade de desvios, ela provocou uma repolitização de uma vida política que estava paralisada há algum tempo, culminando em uma disputa fundamental, mais ou menos articulada, sobre o lugar correto e legítimo da política, da democracia e da solidariedade na sociedade.


Hoje, em todos os países do capitalismo da OCDE, alguns dos remanescentes do modelo padrão de democracia do pós-guerra estão sendo redescobertos e utilizados como recursos institucionais para a resistência popular contra a modernização capitalista e cultural acelerada e a mudança estrutural politicamente desempoderadora impulsionada pela globalização. O que isso significa é uma luta amarga sobre o futuro caráter do Estado, tanto nacional quanto internacional: centralizado e integrado para proteger a globalização, ou descentralizado e subdividido para impedir seu avanço; elitista ou igualitário; (pequeno) burguês ou plebeu; tecnocrático ou democrático?

Nos anos anteriores à Covid, começaram a surgir os contornos de uma reversão da tendência de queda na participação política, com um aumento nos protestos e greves mais frequentes. Os partidos de modelo padrão abandonados e seus aliados na mídia tiveram pouco a ver com isso. Na verdade, eles combateram a nova onda de politização com todo o arsenal de armas de que dispunham – propagandísticas, culturais, legais, institucionais – muitas vezes, sem querer, soprando vento nas velas daqueles que eles haviam enquadrado como inimigos não apenas da democracia, mas também do Estado.

Três décadas de centralização e unificação político-econômica neoliberal mudaram as democracias ocidentais em seu cerne: partidos políticos centristas declinaram conforme a participação eleitoral se recuperou, sindicatos perderam membros e status político, e novos partidos de direita, ou correntes populistas dentro dos partidos existentes, corroeram o conservadorismo centrista, incluindo a social-democracia tradicional. Em 2023, a nova oposição havia se transformado em uma força política mais ou menos influente a ser considerada em todos os países ocidentais, em alguns se tornando um parceiro informal ou formal no governo, às vezes até mesmo como sua força política dominante.

Isso vale para os Estados Unidos e a Grã-Bretanha, bem como para a Itália, França, Áustria e toda a Escandinávia, sem falar na Polônia, Hungria e Europa Central e Oriental de forma mais ampla. O que quer que possa dividir os novos nacionalistas de direita, o que eles têm em comum é a oposição à internacionalização e à centralização e integração da governança que vêm com ela, trazendo à tona e politizando uma linha de conflito nas democracias capitalistas inerente à Nova Ordem Mundial pós-1990 do neoliberalismo global.

Hoje, as pressões por autogoverno local — por descentralização da governança por meio da restauração da soberania nacional — e a questão de como responder a elas são uma questão central de políticos e da política em contextos políticos e econômicos nacionais e internacionais. Forças políticas que insistem na soberania de seus Estados-nação — em relação a outros Estados imperiais, bem como a organizações internacionais dominadas por estes últimos, ou a mercados livres globais ou continentais — podem alegar que estão defendendo uma condição indispensável da democracia nacional, mesmo que a queiram apenas para si, e não também para seus oponentes.

Aqueles que tentam preservar a democracia liberal do período neoliberal tendem a subestimar o poder da oposição a ela, enquanto superestimam a capacidade de governar, política e tecnicamente, de organizações supranacionais e países hegemônicos imperiais. A democracia neoliberal foi incapaz de evitar uma profunda perda de confiança em suas instituições por parte dos cidadãos, o que é outro resultado dramático de longo prazo das três décadas neoliberais desde o início dos anos 1990. Nem o centralismo neoliberal foi capaz de sustentar instituições nacionais ou internacionais capazes de estabilizar uma economia de mercado global; como os mercados falharam, a política neoliberal, que havia apostado em sua infalibilidade, estava fadada a falhar também.

A revolução neoliberal havia destruído completamente a ordem política e social do compromisso do pós-guerra, descartando um simples retorno a ele. Isso torna ainda mais necessário entender as causas precisas do fracasso do centralismo supranacional para entender os possíveis contornos da democracia pós-globalista e pós-neoliberal. Somente dessa forma podemos esperar preencher o vazio político deixado pelo neoliberalismo com um equivalente funcional do modelo padrão do pós-guerra. Como seu predecessor, um modelo pós-globalização de democracia — descentralizada — teria que ser incorporado em uma ordem internacional acomodatícia que respeitasse a autonomia política local e a soberania do Estado nacional como condições fundamentais para a democracia na sociedade e na economia.

A este respeito, o destino da União Europeia oferece lições sobre a fragilidade do internacionalismo estatista, os limites da governança supranacionalmente centralizada, da integração como unificação — em suma, sobre a futilidade de tentativas mais ou menos bem-intencionadas de consignar o Estado-nação como o local da soberania distribuída para a lata de lixo da história. Olhando em particular para o estado da União Europeia no final do neoliberalismo e no início da pós-globalização, pode-se aprender sobre as forças de resistência a uma ampliação supranacional hierárquica-tecnológica da política, como aquelas que afastaram os Estados-membros da UE que deveriam crescer para se tornarem os Estados Unidos da Europa.

Além disso, a maneira como as rédeas foram apertadas novamente e a centralização restaurada no curso da guerra na Ucrânia sugere que a unificação supranacional de Estados-nação soberanos é melhor perseguida com a ajuda de um inimigo ou aliado comum — um Estado imperial agindo como um unificador externo ao definir ou mesmo criar um problema de segurança internacional comum a ser tratado supranacionalmente sob liderança imperial: uma questão de vida ou morte, bem diferente de uma rendição voluntária da soberania nacional em prol da prosperidade econômica e do conforto cosmopolita, e extremamente perigosa para começar.