sábado, 21 de março de 2026

El nuevo desborde del capital: cuando la bestia se vuelve autoritaria

Antonio Elizalde Hevia
Socialismo y Democracia

Frente al cinismo de la ley del más fuerte, la respuesta no puede ser únicamente militar ni económica. Ni tan siquiera política. Debe ser, sobre todo, cultural. Solo las culturas que beben del humanismo pueden volver a recordarnos la ética que sostiene nuestra convivencia.

Vivimos atrapados en una paradoja que debería hacernos ruido: el mundo nunca ha visto tanto dinero acumulado en tan pocas manos, pero el capitalismo, paradójicamente, ya no sabe qué hacer con él. No estamos ante una crisis por escasez, sino ante el vértigo de la sobreabundancia. Las grandes corporaciones transnacionales resguardan hoy cerca de 20 billones de dólares ociosos, un capital que no encuentra cauce en la economía productiva real sin poner en riesgo sus propias tasas de ganancia. Esa es la herida profunda del sistema: más valor atesorado del que puede ser colocado sin destruirse a sí mismo.

Durante años, esta presión se alivió con dos válvulas que terminaron siendo trampas: la deuda masiva y la especulación financiera. Ambas, lejos de resolver el estancamiento, solo expandieron la fragilidad del modelo. Así, el gran desafío del capital en esta fase es, en esencia, cómo inventar nuevas dinámicas de acumulación cuando las viejas ya no dan más.

Y la respuesta que está tomando forma es tan radical como inquietante: la fusión de tres mundos que hasta hace poco operaban en órbitas separadas. Por un lado, el capitalismo digital impulsado por inteligencia artificial; por otro, el capital financiero global; y finalmente, el complejo militar-industrial. Este bloque tripartito se ha convertido en el motor de una nueva expansión global. Pero esta vez, la expansión no viene con promesas de paz.

Para desplegarse, este nuevo ciclo necesita Estados dispuestos a ejercer la coerción sin eufemismos. Por eso abraza gobiernos autoritarios, modelos represivos y una deriva que muchos ya no dudan en llamar nuevo fascismo. Sus expresiones están a la vista: la guerra en Medio Oriente, la "guerra contra las drogas" como excusa para el control geopolítico, y la imposición de regímenes de excepción en territorios estratégicos. Este es el poder real que respalda a figuras como Donald Trump, pero no se trata de un capricho nacional ni de la voluntad de un hombre. Es el núcleo duro del llamado "trumpismo global": una fase expansiva del capital que opera mediante fuerzas de extrema derecha en todo el planeta, dispuesta a alinear países por la fuerza si es necesario al programa de este nuevo bloque transnacional.

Hemos accedido, de golpe, a la era sin orden, la era de la brutalidad, "la era de la revancha". Vivimos un retorno a la lógica de la amenaza, la confrontación y la guerra, al uso del poder duro como dialéctica geopolítica. Es una lógica imprevisible, arrogante, temeraria. No el derecho, sino la fuerza. No el acuerdo, sino el combate. No la negociación internacional, sino el ataque sistemático a las organizaciones multilaterales que antes arbitraban en el conflicto. Es una Era para desandar, para deconstruir valores, para desaprender. Una Era de laminación del multilateralismo, de cuestionamiento de la paz, de reemplazo de los valores de la Ilustración por el culto a la irracionalidad.

En este entramado, la inteligencia artificial se ha convertido en el instrumento perfecto. No solo porque optimiza la producción y la vigilancia, sino porque otorga al capital una herramienta de control estructural sin precedentes. Hoy no hay institución pública o privada que no dependa de estas tecnologías digitales. Eso implica un poder inmenso que ya se ejerce: desde la gestión algorítmica de la fuerza laboral hasta la militarización de la inteligencia artificial en conflictos abiertos. Los apóstoles del tecnocapitalismo han aprovechado la coyuntura perfecta: la erosión de las instituciones políticas y el debilitamiento de los grandes marcos espirituales que, durante siglos, proporcionaron un sentido compartido a la vida colectiva.

Pero esta bestia tecnológica no se alimenta solo de datos. Detrás de cada despliegue de IA hay una voracidad material que vuelve a poner en el centro el despojo: litio en América del Sur, coltán en el Congo, tierras raras bajo el deshielo de Groenlandia. Cada nuevo centro de datos, cada cadena de semiconductores, cada avanzada militar con IA incorporada implica expulsión de comunidades, devastación ambiental y represión. Lo que vemos entonces en Gaza, la presión sobre Venezuela, la guerra en Ucrania, el conflicto en Sudán, la desestabilización de Irán, la disputa por Rojava, el cerco al Congo y el renovado interés imperial sobre Groenlandia no son hechos aislados. Son piezas de un mismo tablero: la expresión militarizada y autoritaria de esta nueva ronda de acumulación. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no es solo un episodio traumático más: es el síntoma abyecto de una crisis de valores global.


El capital sobreacumulado ha encontrado así un camino: fusionar tecnología, finanzas y guerra para imponer una nueva fase de expansión. Lo hace bajo formas políticas extremas, erosionando democracias, naturalizando la violencia y presentando la coerción como la única gobernanza posible.

Pero este despliegue de fuerza no opera en el vacío. Encuentra un terreno fértil en la crisis profunda de sentido que atraviesan nuestras sociedades. Se habla mucho de la crisis de la política —con razón— pero mucho menos del vacío que ha dejado la pérdida de referencias morales y éticas comunes. El cristianismo —con todas sus contradicciones históricas, con todo su abuso de poder terrenal también— aportó durante siglos un armazón de valores que podían ser compartidos desde posiciones laicas: la idea de que el prójimo merece cuidado, la centralidad de la dignidad humana, la solidaridad con los vulnerables, el mandato de amar al otro, al diferente. La fraternidad, la compasión, la defensa del débil o la idea de comunidad no nacieron del mercado, sino de un sentido de respeto y empatía. Ahí estaba Luís Vives y su reflexión —tan lejana como vigente— sobre la imposibilidad de vivir la libertad sin igualdad.

Sin embargo, también la religión ha visto erosionada su autoridad moral en este tiempo. Los gravísimos casos de pederastia en el seno de la Iglesia, el silencio de décadas ante esos crímenes, o actitudes de intolerancia —todavía hoy— frente a avances sociales como la igualdad real entre mujeres y hombres, la libertad de orientación y de identidad sexual, la muerte digna o el derecho de las mujeres al aborto han debilitado profundamente su credibilidad.

A la vez, la política ha sufrido una gran merma de confianza. La desigualdad cronificada, la corrupción, la desinformación, la desconexión de diversas élites y la larga resaca social que han dejado la crisis financiera internacional de 2008 y luego la pandemia, han erosionado la confianza de millones de ciudadanos en las instituciones democráticas. Ese desgaste ha dejado el terreno abonado para discursos simplistas, radicales o directamente cínicos. Lo decía Gramsci: entre que muere lo viejo y nace lo nuevo es el tiempo en el que surgen los monstruos. Aquí los tenemos.

Ese vacío ha sido el caldo de cultivo perfecto para el anarcolibertarismo contemporáneo, una ideología que se presenta como rebelde pero que, en realidad, es la peor versión de una visión egoísta, retrógrada y elitista de la sociedad. El anarcolibertarismo es una estafa intelectual: solo beneficia a quien puede pagarse la fiesta. Exige renunciar a cualquier sentido comunitario, a cualquier política redistributiva, a cualquier responsabilidad común. Es la burbuja de los que pueden vivir sin Estado y soñar con viajes turísticos a la Luna mientras miles de millones de personas dependen de las políticas públicas para tener una vida digna en su educación, su sanidad, su trabajo, su jubilación o —en tantas partes del mundo— para no morir de hambre.

En este contexto, sorprenden —y estremecen— las veleidades frente a las violaciones de las reglas para lograr la paz, de reglas frente a la barbarie para sustituir la ley del más fuerte por el Estado de Derecho. Por tanto, si el nuevo orden es la ley de la selva, ¿hemos de adaptarnos a la selva? Eso suena al peor de los mundos. Si las instituciones caen en la irrelevancia total y solo importa el peso de la bestialidad, ya podemos anticipar lo que va a ocurrir(nos).

Está en las páginas que Stephan Zweig escribió en El mundo de ayer. Pero también en las de un ensayo fundamental: Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson. Ellos demuestran que las sociedades solo prosperan cuando existen instituciones inclusivas, reglas compartidas y límites a los poderes. Cuando esas reglas desaparecen, lo que emerge no es libertad, sino dominación. Luego vienen la fractura y el declive.

En este panorama sombrío hay, sin embargo, una posibilidad de reconstrucción: la cultura. La cultura —entendida en su sentido más hondo y cabal— no es solo entretenimiento ni industria creativa. Es el espacio donde una sociedad se piensa a sí misma, donde se transmiten las huellas profundas de la vida, donde desde el respeto se siente la empatía que alumbra la convivencia. La cultura es el territorio que piensa en el ayer, en el presente y en el mañana y que formula la pregunta esencial: ¿Qué significa vivir juntos?

Cuando la política se ha debilitado y la espiritualidad ha perdido autoridad moral, la cultura es la esperanza. No un imperio tecnológico con basamentos medievales. No la inteligencia artificial como arma de destrucción masiva del pensamiento. Sino el bastidor que da sentido y valor —progreso, en definitiva— a todos los avances tecnológicos y científicos de la sociedad humana. Eso es la cultura. Hay un renacer de una inquietud espiritual ante un mundo secularizado que genera vacío y que se manifiesta en el auge de la meditación o en fenómenos culturales. El vacío ante el vacío: esa es la cuestión.

Ese renacer —llamémosle espiritual o ético— es una oportunidad si está orientado hacia lo común. Porque lo que está en juego no es solo el equilibrio geopolítico, el multilateralismo que muchas se esforzaron por construir, y los derechos y las libertades de la ciudadanía. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: el sentido ético de nuestras sociedades, ¿Cómo queremos vivir juntos?

La guerra de Irán es una advertencia. Uno de aquellos avisadores de incendios de los que hablaba Walter Benjamin. Este ataque desnudo de explicaciones y argumentaciones evidencia que, cuando la sociedad se vacía de valores, cuando la política se degrada y las instituciones se debilitan —y hay agentes muy poderosos interesados en ello—, entonces el mundo retorna rápidamente a su estado más primario: el de la fuerza contra la razón. Sube el precio del petróleo y baja el precio de la muerte.

Por eso, frente al cinismo de la ley del más fuerte, la respuesta no puede ser únicamente militar ni económica. Ni tan siquiera política. Debe ser, sobre todo, cultural. Solo las culturas que beben del humanismo pueden volver a recordarnos la ética que sostiene nuestra convivencia. Por eso, empujados a la nueva Era, constatamos que allá donde existe poder también aparece resistencia. El laissez faire, laissez passer no es una opción decente. Frente al cinismo de la ley del más fuerte, de la aberración criminal de los líderes fanáticos envueltos en la religión para masacrar a sus pueblos, de los autoritarismos que aspiran a repartirse el mundo, nos queda la cultura. Y la cultura es decencia, dignidad y humanismo.

Porque la pregunta que no podemos eludir es si existirá contrapoder colectivo capaz de frenar esta maquinaria. No estamos ante una crisis técnica del capitalismo, sino ante su reconfiguración más autoritaria en décadas. Y si algo nos enseña la historia es que las bestias, cuando concentran tanto poder, no se detienen solas. Pero tampoco se detienen ante el silencio. Se detienen, quizá, cuando la cultura —esa memoria viva de lo que fuimos y lo que aún podemos ser— les devuelve el espejo de su propia barbarie.

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