quarta-feira, 18 de fevereiro de 2026

La página de información alternativa Rebelión celebra sus 30 años con un libro colectivo

Editorial
Rebelión

Pionero de la información alternativa en Internet, el diario digital Rebelión celebrará su 30 aniversario con un libro donde se reúnen 30 textos de personas que durante todos esos años han estado vinculadas de un modo u otro a la publicación.

30 años de Rebelión. Información alternativa y emancipadora, publicado por la editorial Dyskolo, cuenta con la participación de personas que pusieron en marcha el proyecto (Pascual Serrano y Toño Hernández); integraron en su momento el consejo editorial (Yayo Herrero, Santiago Alba Rico o Belén Gopegui), colaboran desde hace años con el diario (Aram Aharonian, Olga Rodríguez, Isabel Rauber o Alberto Acosta); o continúan ejerciendo funciones de redacción y edición (Silvia Arana, Miguel Arróniz o Alfredo Iglesias), entre otros.

Las 30 voces rebeldes pertenecen a escritores, profesoras, activistas, filósofos, periodistas, historiadores o sociólogos de América Latina, Europa y África, que buscan contextualizar la historia de un medio de información y sus particularidades: una organización horizontal, alejada de cualquier compromiso monetario o comercial, y con una reseñable amplitud y diversidad en su perspectiva editorial.

Prologado por José Daniel Fierro, el libro recuerda cómo surgió la iniciativa, y los desafíos que debieron superar sus promotores, así como el modo en que a lo largo de los años se ha logrado mantener sin grandes cambios los principios que lo hicieron posible. En una segunda parte se aborda el papel de Rebelión entre los medios de comunicación alternativa y la evolución de estos a lo largo de las últimas tres décadas. Y por último se analiza la conexión del periódico con organizaciones y movimientos populares a lo largo de los años, y los cambios experimentados en el panorama global.

Rebelion.org es una de las piezas fundamentales en la lucha contemporánea por la emancipación del pensamiento. No es un simple portal, es una institución de la conciencia crítica, un taller permanente de análisis, un archivo vivo de resistencia, un faro que ilumina las zonas que el capitalismo quiere mantener en sombra. Fernando Buen Abad Domínguez

Rebelión pone en diálogo a intelectuales, activistas y organizaciones populares, rompe el aislamiento, ofrece contexto histórico y político allí donde los grandes medios sólo caricaturizan. Patricia Rivas

Rebelión es el hogar de nosotras y nosotros, y es la red que nos conecta. No solamente porque acoge el testimonio por los agravios sufridos, sino porque es también un espacio donde se entretejen la solidaridad y la resistencia, desde donde es posible imaginar un mundo mejor. Silvia Arana

Ahí siguen otras compañeras remando a contracorriente en un proyecto que sigue siendo igual de importante que ayer, y que hoy se enfrenta a dos monstruos: el algoritmo de las redes sociales y la mal llamada inteligencia artificial. Luis Martín-Cabrera

quinta-feira, 5 de fevereiro de 2026

El humor es para Trump el arma del terror

Rubén Amón
Ethic

La «broma» de convertir Venezuela en un nuevo estado estadounidense describe la estrategia ambigua con que el presidente anticipa sus planes expansionistas y sus iniciativas políticas más serias.

Tiene razón la colega Marta García Aller cuando enfatiza la astucia con que Donald Trump convierte el humor en un instrumento político de intimidación y de prospección. Se trata de soltar una boutade, de explosionar un artefacto descacharrante para luego convertirlo en un objetivo. Sucede cuando regala a los invitados de la Casa Blanca los banderines electorales de Trump 2028. Y ha ocurrido ahora, con motivo del primer mes que «celebra» el secuestro de Maduro. Ha dicho Trump «bromeando» que Venezuela va a convertirse en el estado número 53 de Estados Unidos, pero lo más interesante del chascarrillo consiste en que en el mismo enunciado certifica las aspiraciones de incluir a Canadá (51) y Groenlandia (52).

O sea, que la broma ya no radica en prolongar, jijí-jajá, el expansionismo al Caribe, sino en haber consolidado la anexión de las fronteras septentrionales. Ya no es un chiste que Canadá y Groenlandia se hayan incorporado a la bandera. Tampoco será un chiste dentro de poco la «invasión» de Venezuela. Ni lo será que el presidente americano cambie las reglas del juego –ya veremos cómo – para repetir su candidatura en 2028 pese a los impedimentos.

Desde el primer momento en que Trump irrumpió en la política convirtió el humor en arma ofensiva. Y lo hizo con una precisión y una audacia que ha descolocado a sus adversarios y ha redefinido lo que hoy entendemos por humor político. Cuando Trump pronuncia un chiste, está activando un mecanismo donde la risa, la sorpresa y la provocación empiezan a funcionar como vectores de influencia. Se libera una frase aparentemente absurda para capturar atención y luego, cuando la atención está encapsulada, la frase empieza a actuar como si fuese un pronunciamiento político legítimo, un plan o una aspiración realista.

Del humor al terror

Se ha canonizado la estrategia como el dark play, un juego oscuro que desdibuja la frontera de la ambigüedad. La idea radica en decir algo tan desmesurado que, si provoca rechazo, siempre pueda refugiarse en el «era una broma», pero que, si prende, quede ya inoculado en el imaginario colectivo. El humor como ensayo de realidad, como camino de exploración.

Trump no inventa el chiste político. Lo que hace es cambiar su función. Antes, el humor servía para pinchar al poder desde fuera. Ahora lo ejerce el poder desde dentro. Por eso su humor no busca consenso sino fricción. Cuando Trump lanza una ocurrencia no espera aplausos universales. Espera titulares, memes, tertulias escandalizadas, desmentidos solemnes. Todo eso forma parte del proceso. Cada respuesta literal a un chiste es una victoria. Cada editorial indignado confirma que el marco lo ha puesto él.

En ese mismo, el humor de Trump funciona a la vez como escudo y espada. Escudo, porque le permite esquivar la responsabilidad directa: «solo estaba bromeando». Espada, porque deja al adversario atrapado en una disyuntiva imposible: o se ríe (y normaliza la idea) o se indigna (y la amplifica). El chiste es una trampa retórica. Y casi siempre se cierra del mismo lado. Trump no compite en el terreno de la argumentación, sino en el de la «memorabilidad». No quiere convencer con razones, sino instalar marcos mentales. Y el humor es el atajo perfecto. De ahí que su humor sea deliberadamente poco sofisticado, poco elegante, incluso grosero. No busca la risa culta ni la ironía fina. Busca el reconocimiento inmediato. El «esto lo diría cualquiera». El humor de barra, de plató, de estadio. No el humor que observa desde arriba, sino el que se ríe con alguien y de otros al mismo tiempo. Humor tribal. Humor identitario.

Cuando bromea con la anexión de territorios, no está proponiendo una política exterior concreta. Está haciendo algo tan eficaz como desensibilizar. Está entrenando al público para aceptar como discutible lo que antes resultaba impensable. Hoy es un chiste. Mañana es una exageración. Pasado mañana, una hipótesis. Y al final, una propuesta que ya no suena tan extravagante porque lleva tiempo circulando en forma de risa. Eso explica también el error persistente de muchos medios: tomar el humor de Trump como un defecto, como una falta de seriedad, como un síntoma de incompetencia. En realidad, es una ventaja estratégica. El humor atrae, moviliza, cohesiona y protege. Y, sobre todo, desarma al adversario que sigue esperando solemnidad donde solo hay provocación calculada.

Trump no quiere parecer presidencial. Quiere parecer auténtico. Y la autenticidad, hoy, cotiza más que la coherencia. El chiste mal dicho, la exageración burda, el sarcasmo evidente refuerzan la sensación de que no hay filtro, de que habla como habla la gente. Aunque esa naturalidad esté milimétricamente diseñada. Por eso el humor trumpiano no es un exceso. Es el centro. No acompaña a la política: la sustituye. La política ya no se articula en programas, sino en gestos, en frases virales, sino en bromas que funcionan como contratos emocionales con su electorado.

La «riviera de Gaza», por ejemplo, nació como una provocación grotesca, casi como un chiste inmobiliario de sobremesa (la Franja convertida en destino turístico, el horror reciclado en resort) y, sin embargo, ese sarcasmo encapsulaba una idea muy concreta: la deshumanización del territorio y la naturalización de su reordenación desde fuera. Lo que parecía una boutade revelaba una lógica. Si Gaza puede imaginarse como solar, entonces también puede pensarse como proyecto. Si puede decirse en broma, puede empezar a discutirse en serio.

Ahí está la clave. El humor no es un adorno del trumpismo. Es su gramática. Y quien siga analizándolo como simple chascarrillo seguirá llegando tarde. Porque, cuando el chiste ya ha hecho su trabajo, la realidad suele venir detrás. Y viceversa. El ejemplo más inquietante, más feroz, se encuentra en la campaña de su primera victoria (2016), cuando dijo que podría disparar a la gente en la Quinta Avenida y no sucedería nada. La boutade era una premonición de los escuadrones de la muerte que ahora patrullan en los estados demócratas para cazar humanos.

terça-feira, 3 de fevereiro de 2026

Las tres caras de la esperanza y el poder que nos desborda

Antonio Elizalde Hevia
Socialismo y Democracia

Hablamos de esperanza como quien habla del horizonte: algo que intuimos, que nos atrae, pero cuya esencia se nos escapa porque siempre está más allá. Sin embargo, hay una certeza en su naturaleza: la esperanza, cuando es auténtica, no sabe de parcelas. Es, por definición, una fuerza expansiva que quiere abarcarlo todo. Joaquín García Roca lo dice con una claridad que duele: pretende alcanzar "a la naturaleza y a la historia, a los integrados y a los excluidos, a los vencedores y a los vencidos". Es una promesa de plenitud que, si deja a alguien fuera, se traiciona a sí misma.

Esta promesa universal, sin embargo, no se ha perseguido siempre del mismo modo. La humanidad ha ensayado, al menos, tres caminos fundamentales para creer en ella.

El primero es el camino del telos, de la finalidad intrínseca. Es la confianza en que el mundo, por su propia constitución, camina hacia un punto de madurez y armonía. Como la semilla que lleva en sí el árbol, la historia llevaría un destino bueno inscrito en su código. Hegel lo elevó a sistema: el Espíritu del mundo desplegándose, superando contradicciones, avanzando inevitablemente hacia la libertad. La ciencia moderna, en el fondo, heredó esta fe. La llamó "progreso" y cambió la providencia divina por el dominio racional de la naturaleza. Pero este relato tiene una sombra alargada: en su marcha triunfal hacia el futuro, demasiadas veces pisa, sin verlos, a los que se quedan atrás. Su universalidad se construye, paradójicamente, sobre exclusiones concretas.

Frente a esta marcha que aplasta, surge una segunda vía: la esperanza apocalíptica. Esta no cree en el progreso del mundo presente; al contrario, lo denuncia como un orden esencialmente corrupto y lo declara condenado. Su promesa no es la culminación de la historia, sino su fin y su reinicio radical. Aquí, la garantía de universalidad se da precisamente a los perdedores de ese orden. Es el consuelo último de los perseguidos, la certeza de que la justicia, aunque no llegue hoy, es ineludible. La esperanza ya no está en el curso de las cosas, sino en una intervención que lo revierta todo, poniendo a los últimos en primer lugar.

Existe un tercer camino, más sutil y quizás más exigente: el profetismo. No anuncia un fin catastrófico ni confía ciegamente en el progreso. Su gesto fundacional es ponerse del lado de la víctima. Y es precisamente desde esa posición aparentemente parcial, desde esa toma de partido por los excluidos, donde encuentra su credencial universal. Porque al defender al que no tiene defensa, al denunciar la injusticia concreta, está defendiendo un principio que vale para todos: la dignidad inviolable. Como señala García Roca, "desde la parcialidad a favor de los desesperanzados podemos rehacer la esperanza". Es una paradoja luminosa: la puerta de entrada a lo universal está en el rincón más olvidado.

Esta reflexión sobre la esperanza se enreda inevitablemente con otra paradoja mayor, la de nuestra propia existencia. Vivimos en un universo que parece un milagro estadístico. Su existencia, el ajuste fino de sus constantes para que la vida fuera posible, es de una improbabilidad abrumadora. Y la aparición de la conciencia, de esta chispa que reflexiona sobre su propia improbabilidad, es un azar sobre otro azar.

Sin embargo, esa conciencia azarosa está enferma de sentido. No soporta el caos. Su primer impulso es buscar un orden, un patrón, una narrativa que lo explique todo. La ciencia es la forma más depurada de esta búsqueda: el intento de descifrar las leyes que subyacen al aparente desorden del cosmos.

Pero en nuestro tiempo, algo crucial ha cambiado. La ciencia ha mutado en tecno-ciencia. Ya no nos contentamos con descubrir el orden del mundo. Queremos asignárselo. Diseñarlo. La paciencia ante los ritmos lentos de la evolución y la ecología se nos agota. Buscamos acelerar, replicar en laboratorio, alterar la esencia misma de los fenómenos. El salto simbólico está en el paso de la genética (la ciencia que estudia las leyes naturales de la herencia) a la Genética (con mayúscula, la ingeniería que reescribe ese código). Ya no nos sometemos al orden primigenio; pretendemos ser sus autores.

Este impulso prometeico de "ser como dioses" recorre nuestra historia. Está en el mito de Prometeo robando el fuego, en la serpiente del Edén ofreciendo el fruto del conocimiento, en la "muerte de Dios" de Nietzsche que nos deja como únicos árbitros del valor. Es la voluntad humana desatada, el yo puedo convertido en imperativo absoluto.

Y aquí es donde la advertencia del Papa Francisco en Laudato si’ resuena como un gong: "cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando como legítima cualquier práctica". Un poder sin brújula ética es un poder ciego. La pregunta "¿podemos hacerlo?" ahoga a las preguntas esenciales: "¿deberíamos hacerlo?" y, sobre todo, "¿para el bien de quién?". La tecnociencia, separada de la ética, no conoce autolimitación. Y en su marcha, redefine qué es la vida, la salud, la normalidad, concentrando ese poder de definición en muy pocas manos y amplificando, a menudo, las desigualdades ya existentes.

Frente a este panorama de poder desbocado y esperanza fracturada, es tentador el cinismo. Pero quizás la respuesta no esté en el centro, en los lugares donde se diseña ese futuro tecnológico, sino en los márgenes que ese futuro suele olvidar.

García Roca apunta hacia allí: "En la esperanza de los últimos, se empieza a recuperar la tierra como hogar". Para las comunidades excluidas, despojadas, confinadas a los territorios más degradados, la tierra no es un "recurso" abstracto. Es el suelo bajo los pies, el agua que se bebe, el aire que se respira. Es, literalmente, el hogar sin el cual no hay futuro. Su lucha ecológica no es un lujo ideológico; es una cuestión de supervivencia inmediata. En esa lucha se forja una alianza poderosa: la de los perdedores del sistema, unidos por una solidaridad concreta con las víctimas del "progreso".

Desde ahí, desde esa posición de fragilidad y resistencia, se vislumbra la paradoja más fecunda: "Si hay que esperar en tiempos en los que se ha hecho difícil la esperanza, es en y desde los empobrecidos y excluidos, que se puede recuperar la universalidad de la esperanza". ¿Por qué? Porque su esperanza nunca se construyó sobre el mito del dominio técnico infinito o del consumo sin límites. Su esperanza, templada en la adversidad, es más resiliente. Sabe de dependencias, conoce los límites, está atada al cuerpo concreto y al territorio vivo. Es una esperanza encarnada. Y desde esa encarnación, desde esa parcialidad consciente por los dañados, es posible vislumbrar una universalidad más verdadera y más humilde.

Frente a la tecnociencia sin ética, Francisco no propuso un rechazo romántico, sino un diálogo triple y urgente:

1. Diálogo interreligioso: Para movilizar las vastas reservas de sabiduría espiritual sobre el límite, la dignidad de lo creado y la justicia, orientándolas al cuidado común.

2. Diálogo entre las ciencias: Para romper el aislamiento de los especialismos y poder abordar problemas complejos (como el cambio climático) que exigen miradas integradas.

3. Diálogo entre los movimientos sociales: Para superar luchas ideológicas fragmentarias y encontrar causas comunes.

Este diálogo, nos recuerda, requiere paciencia, ascesis (disciplina, renuncia) y generosidad. Y debe guiarse por un principio fundamental: "la realidad es superior a la idea". Ningún modelo teórico, por elegante que sea, puede sustituir la atención humilde y persistente a lo concreto: al grito de la tierra y al grito de los pobres, que son, en el fondo, un solo grito.

Al final, nos quedamos con esta imagen paradójica y poderosa. En la era del poder tecnológico sin precedentes, la esperanza universal más genuina no brota de los centros de mando, sino de las periferias de dolor y resistencia. Es una esperanza crítico-utópica:

Encarnada, atada a territorios y cuerpos.

Dialógica, que busca el encuentro entre saberes.

Consciente de los límites, tanto ecológicos como éticos.

Parcial hacia las víctimas, entendiendo que la justicia universal empieza por ahí.

Resiliente, forjada en la lucha por la supervivencia digna.

Esta esperanza no es ingenua. Sabe del poder de la tecnociencia y de sus riesgos. No es un simple optimismo. Es, más bien, la decisión tenaz de rehacer la confianza en el futuro desde el único lugar donde esa confianza no puede ser una ilusión barata: desde el lado de quienes más tienen que perder, y que, aun así, insisten en cuidar el hogar común. Es ahí, en los márgenes, donde la vida, contra toda esperanza, se renueva. Y es quizás desde ahí, paradójicamente, de donde tendrá que venir la luz que nos guíe a todos.