sexta-feira, 20 de março de 2020

Virus: todo lo sólido se desvanece en el aire

Boaventura de Sousa Santos
Other News

Existe un debate en las ciencias sociales sobre si la verdad y la calidad de las instituciones de una determinada sociedad se conocen mejor en situaciones de normalidad, de funcionamiento corriente, o en situaciones excepcionales, de crisis. Tal vez ambos tipos de situación induzcan igualmente al conocimiento, pero sin duda nos permiten conocer o revelar cosas diferentes. ¿Qué conocimientos potenciales se derivan de la pandemia del coronavirus?

La normalidad de la excepción. La pandemia actual no es una situación de crisis claramente opuesta a una situación de normalidad. Desde la década de 1980 (a medida que el neoliberalismo se fue imponiendo como la versión dominante del capitalismo y este se fue sometiendo cada vez más y más a la lógica del sector financiero), el mundo ha vivido en un estado permanente de crisis. Una situación doblemente anómala. Por un lado, la idea de crisis permanente es un oxímoron, ya que, en el sentido etimológico, la crisis es por naturaleza excepcional y pasajera y constituye una oportunidad para superarla y dar lugar a un estado de cosas mejor. Por otro lado, cuando la crisis es transitoria, debe ser explicada por los factores que la provocan.

Sin embargo, cuando se vuelve permanente, la crisis se convierte en la causa que explica todo lo demás. Por ejemplo, la crisis financiera permanente se utiliza para explicar los recortes en las políticas sociales (salud, educación, bienestar social) o el deterioro de las condiciones salariales. Se impide, así, preguntar por las verdaderas causas de la crisis. El objetivo de la crisis permanente es que esta no se resuelva. Ahora bien, ¿cuál es el objetivo de este objetivo? Básicamente, hay dos objetivos: legitimar la escandalosa concentración de riqueza e impedir que se tomen medidas eficaces para evitar la inminente catástrofe ecológica. Así hemos vivido durante los últimos cuarenta años. Por esta razón, la pandemia solo está empeorando una situación de crisis a la que la población mundial ha estado sometida. De ahí su peligrosidad específica. En muchos países, los servicios de salud pública estaban hace diez o veinte años mejor preparados para hacer frente a la pandemia que en la actualidad.

La elasticidad de lo social. En cada época histórica, las formas dominantes de vida (trabajo, consumo, ocio, convivencia) y de anticipación o postergación de la muerte son relativamente rígidas y parecen derivar de reglas escritas en la piedra de la naturaleza humana. Es cierto que cambian gradualmente, pero las alteraciones casi siempre pasan desapercibidas. La erupción de una pandemia no se compagina con este tipo de cambios. Exige cambios drásticos. Y de repente, estos se vuelven posibles, como si siempre lo hubiesen sido. Vuelve a ser posible quedarse en casa y disponer de tiempo para leer un libro y pasar más tiempo con la familia, consumir menos, prescindir de la adicción de pasar el tiempo en los centros comerciales, mirando lo que está en venta y olvidando todo lo que se quiera, pero solo se puede obtener por medios que no sean la compra. La idea conservadora de que no hay alternativa al modo de vida impuesto por el hipercapitalismo en el que vivimos se desmorona. Se hace evidente que no hay alternativas porque el sistema político democrático se vio obligado a dejar de discutir las alternativas. Como fueron expulsadas del sistema político, las alternativas entrarán en la vida de los ciudadanos cada vez más por la puerta trasera de las crisis pandémicas, de los desastres ambientales y los colapsos financieros.

Es decir, las alternativas volverán de la peor manera posible.

La fragilidad de lo humano. La aparente rigidez de las soluciones sociales crea en las clases que más se aprovechan de ellas una extraña sensación de seguridad. Es cierto que siempre hay cierta inseguridad, pero hay medios y recursos para minimizarla, ya sean atención médica, pólizas de seguros, servicios de empresas de seguridad, terapia psicológica, gimnasios. Este sentimiento de seguridad se combina con el de arrogancia e incluso de condena respecto a todos aquellos que se sienten victimizados por las mismas soluciones sociales. El brote viral interrumpe este sentido común y evapora la seguridad de la noche a la mañana. Sabemos que la pandemia no es ciega y tiene objetivos privilegiados, pero aun así crea una conciencia de comunión planetaria, de alguna forma democrática. La etimología del término pandemia dice exactamente eso: el pueblo entero. La tragedia es que, en este caso, la mejor manera de mostrar solidaridad es aislarnos unos de otros y ni siquiera tocarnos. Es una extraña comunión de destinos. ¿No serán posibles otros?

Los fines no justifican los medios. La desaceleración de la actividad económica, especialmente en el país más grande y dinámico del mundo, tiene obvias consecuencias negativas. Pero, por otro lado, tiene algunas consecuencias positivas. Por ejemplo, la disminución de la contaminación atmosférica. Un especialista en calidad del aire de la agencia espacial de Estados Unidos (NASA) afirmó que nunca se había visto una caída tan dramática de la contaminación en un área tan vasta. ¿Significa esto que, a principios del siglo XXI, la única forma de evitar la cada vez más inminente catástrofe ecológica es a través de la destrucción masiva de la vida humana? ¿Hemos perdido la imaginación preventiva y la capacidad política para ponerla en práctica?

También se sabe que, para controlar efectivamente la pandemia, China ha implementado métodos particularmente estrictos de represión y vigilancia. Cada vez es más evidente que las medidas fueron eficaces. Resulta que China, a pesar de todos sus méritos, no tiene el de ser un país democrático. Es muy cuestionable que tales medidas puedan implementarse, o hacerlo de manera igualmente eficaz, en un país democrático. ¿Significa esto que la democracia carece de la capacidad política para responder a emergencias? Al contrario, The Economist mostró a principios de este año que las epidemias tienden a ser menos letales en los países democráticos debido al libre flujo de información. Pero como las democracias son cada vez más vulnerables a las fake news, tendremos que imaginar soluciones democráticas basadas en la democracia participativa a nivel de barrios y comunidades, y en educación cívica orientada hacia la solidaridad y la cooperación, y no hacia el emprendimiento y la competitividad a toda costa.

La guerra de la que se hace la paz. La forma en la que se construyó inicialmente la narrativa de la pandemia en los medios de comunicación occidentales hizo evidente el deseo de demonizar a China. Las malas condiciones higiénicas en los mercados chinos y los extraños hábitos alimenticios de los chinos (primitivismo insinuado) estaban en el origen del mal. Subliminalmente, el público mundial fue alertado sobre el peligro de que China, ahora la segunda economía mundial, domine al mundo. Si China no pudo evitar semejante daño a la salud mundial y, además, no pudo superarlo de manera eficaz, ¿cómo podemos confiar en la tecnología del futuro propuesta por China? ¿Acaso el virus nació en China? La verdad es que, según la Organización Mundial de la Salud, el origen del virus aún no se ha determinado. Por lo tanto, es irresponsable que los medios oficiales en Estados Unidos hablen del «virus extranjero» o incluso del «coronavirus chino», sobre todo porque solo en países con buenos sistemas de salud pública (Estados Unidos no es uno de ellos) es posible hacer pruebas gratuitas y determinar con precisión los tipos de gripe que se han dado en los últimos meses.

Lo que sabemos con certeza es que, mucho más allá del coronavirus, hay una guerra comercial entre China y Estados Unidos. Una guerra sin cuartel que, como todo lleva a creer, tendrá que terminar con un vencedor y un vencido. Desde el punto de vista de Estados Unidos, es urgente neutralizar el liderazgo de China en cuatro áreas: la fabricación de teléfonos móviles, las telecomunicaciones de quinta generación (inteligencia artificial), los automóviles eléctricos y las energías renovables.

La sociología de las ausencias. Una pandemia de esta dimensión causa justificada conmoción en todo el mundo. Aunque el drama está justificado, es bueno tener en cuenta las sombras que crea la visibilidad. Por ejemplo, Médicos sin Fronteras advierte sobre la extrema vulnerabilidad al virus por parte de los miles de refugiados e inmigrantes detenidos en los campos de internamiento en Grecia. En uno de estos campamentos (campo de Moria) hay un grifo de agua para 1.300 personas y falta jabón. Los internos solo pueden vivir cerca uno del otro. Familias de cinco o seis personas duermen en un espacio de menos de tres metros cuadrados. Esto también es Europa, la Europa invisible.

quinta-feira, 27 de fevereiro de 2020

O golpe de Bolsonaro está em curso

Eliane Brum
El País

Só não vê quem não quer. E o problema, ou pelo menos um deles, é que muita gente não quer ver. O amotinamento de uma parcela da Polícia Militar do Ceará e os dois tiros disparados contra o senador licenciado Cid Gomes (PDT), em 19 de fevereiro, é a cena explícita de um golpe que já está sendo gestado dentro da anormalidade. Há dois movimentos articulados. Num deles, Jair Bolsonaro se cerca de generais e outros oficiais das Forças Armadas nos ministérios, substituindo progressivamente os políticos e técnicos civis no Governo por fardados – ou subordinando os civis aos homens de farda nas estruturas governamentais. Entre eles, o influente general Luiz Eduardo Ramos, da Secretaria de Governo, segue na ativa, e não dá sinais de desejar antecipar seu desembarque na reserva. O brutal general Augusto Heleno, ministro-chefe do Gabinete de Segurança Institucional, chamou o Congresso de “chantagista” dias atrás. Nas redes, vídeos com a imagem de Bolsonaro conclamam os brasileiros a protestar contra o Congresso em 15 de março. “Por que esperar pelo futuro se não tomamos de volta o nosso Brasil?”, diz um deles. Bolsonaro, o antipresidente em pessoa, está divulgando pelas suas redes de WhatsApp os chamados para protestar contra o Congresso. Este é o primeiro movimento. No outro, uma parcela significativa das PMs dos estados proclama sua autonomia, transformando governadores e população em reféns de uma força armada que passa a aterrorizar as comunidades usando a estrutura do Estado. Como os fatos já deixaram claro, essas parcelas das PMs não respondem aos Governos estaduais nem obedecem a Constituição. Tudo indica que veem Bolsonaro como seu único líder. Os generais são a vitrine lustrada por holofotes, as PMs são as forças populares que, ao mesmo tempo, sustentam o bolsonarismo e são parte essencial dele. Para as baixas patentes do Exército e dos quartéis da PM, Bolsonaro é o homem.

É verdade que as instituições estão tentando reagir. Também é verdade que há dúvidas robustas se as instituições, que já mostraram várias e abissais fragilidades, ainda são capazes de reagir às forças que já perdem os últimos resquícios de pudor de se mostrarem. E perdem o pudor justamente porque todos os abusos cometidos por Bolsonaro, sua família e sua corte ficaram impunes. De nada adianta autoridades encherem a boca para “lamentar os excessos”. Neste momento, apenas lamentar é sinal de fraqueza, é conversinha de sala de jantar ilustrada enquanto o barulho da preparação das armas já atravessa a porta. Bolsonaro nunca foi barrado: nem pela Justiça Militar nem pela Justiça Civil. É também por isso que estamos neste ponto da história.

Essas forças perdem os últimos resquícios de pudor também porque parte do empresariado nacional não se importa com a democracia e a proteção dos direitos básicos desde que seus negócios, que chamam de “economia”, sigam dando lucro. Esta mesma parcela do empresariado nacional é diretamente responsável pela eleição de um homem como Bolsonaro, cujas declarações brutais no Congresso já expunham os sinais de perversão patológica. Estes empresários são os herdeiros morais daqueles empresários que apoiaram e se beneficiaram da ditadura militar (1964-1985), quando não os mesmos.

Uma das tragédias do Brasil é a falta de um mínimo de espírito público por parte de suas elites financeiras. Elas não estão nem aí com os cartazes de papelão onde está escrita a palavra “Fome”, que se multiplicam pelas ruas de cidades como São Paulo. Como jamais se importaram com o genocídio dos jovens negros nas periferias urbanas do Brasil, parte deles mortos pelas PMs e suas “tropas de elite”. Adriano da Nóbrega – aquele que, caso não tivesse sido morto, poderia dizer qual era a profundidade da relação da família Bolsonaro com as milícias do Rio de Janeiro e também quem mandou assassinar Marielle Franco – pertencia ao BOPE, um destes grupos de elite.

Não há nada comparável à situação vivida hoje pelo Brasil sob o Governo de Bolsonaro. Mas ela só é possível porque, desde o início, se tolerou o envolvimento de parte das PMs com esquadrões da morte, na ditadura e além dela. Desde a redemocratização do país, na segunda metade dos anos 1980, nenhum dos governos combateu diretamente a banda podre das forças de segurança. Parte das PMs se converteu em milícias, aterrorizando as comunidades pobres, especialmente no Rio de Janeiro, e isso foi tolerado em nome da “governabilidade” e de projetos eleitorais com interesses comuns. Nos últimos anos as milícias deixaram de ser um Estado paralelo para se confundir com o próprio Estado.

A política perversa da “guerra às drogas”, um massacre em que só morrem pobres enquanto os negócios dos ricos aumentam e se diversificam, foi mantida mesmo por governos de esquerda e contra todas as conclusões dos pesquisadores e pesquisas sérias que não faltam no Brasil. E seguiu sustentando a violência de uma polícia que chega nos morros atirando para matar, inclusive em crianças, com a habitual desculpa de “confronto” com traficantes. Se atingem um estudante na escola ou uma criança brincando, é “efeito colateral”.

Desde os massivos protestos de 2013, governadores de diferentes estados acharam bastante conveniente que as PMs batessem em manifestantes. E como ela bateu. Era totalmente inconstitucional, mas em todas as esferas, poucos se importaram com esse comportamento: uma força pública agindo contra o cidadão. Os números de mortes cometidas por policiais, a maior parte delas vitimando pretos e pobres, segue aumentando e isso também segue sendo tolerado por uns e estimulado por outros. É quase patológica, para não dizer estúpida, a forma como parte das elites acredita que vai controlar descontrolados. Parecem nem desconfiar de que, em algum momento, eles vão trabalhar apenas para si mesmos e fazer os ex-chefes também de reféns.

Bolsonaro compreende essa lógica muito bem. Ele é um deles. Foi eleito defendendo explicitamente a violência policial durante os 30 anos como político profissional. Ele nunca escondeu o que defendia e sempre soube a quem agradecer pelos votos. Sergio Moro, o ministro que interditou a possibilidade de justiça, fez um projeto que permitia que os policiais fossem absolvidos em caso de assassinarem “sob violenta emoção”. Na prática é o que acontece, mas seria oficializado, e oficializar faz diferença. Essa parte do projeto foi vetada pelo Congresso, mas os policiais seguem pressionando com cada vez mais força. Neste momento, Bolsonaro acena com uma antiga reivindicação dos policiais: a unificação nacional da PM. Isso também interessa – e muito – a Bolsonaro.

Se uma parcela das polícias já não obedece aos governadores, a quem ela obedecerá? Se já não obedece a Constituição, a qual lei seguirá obedecendo? Bolsonaro é o seu líder moral. O que as polícias militares têm feito nos últimos anos, ao se amotinarem e tocarem o terror na população é o que Bolsonaro tentou fazer quando capitão do Exército e foi descoberto antes: tocar o terror, colocando bombas nos quartéis, para pressionar por melhores salários. É ele o precursor, o homem da vanguarda.

O que aconteceu com Bolsonaro então? Virou um pária? Uma pessoa em que ninguém poderia confiar porque totalmente fora de controle? Um homem visto como perigoso porque é capaz de qualquer loucura em nome de interesses corporativos? Não. Ao contrário. Foi eleito e reeleito deputado por quase três décadas. E, em 2018, virou presidente da República. Este é o exemplo. E aqui estamos nós. Vale a pergunta: se os policiais amotinados são apoiados pelo presidente da República e por seus filhos no Congresso, continua sendo motim?

Não se vira refém de uma hora para outra. É um processo. Não dá para enfrentar o horror do presente sem enfrentar o horror do passado porque o que o Brasil vive hoje não aconteceu de repente e não aconteceu sem silenciamentos de diferentes parcelas da sociedade e dos partidos políticos que ocuparam o poder. Para seguir em frente é preciso carregar os pecados junto e ser capaz de fazer melhor. Quando a classe média se calou diante do cotidiano de horror nas favelas e periferias é porque pensou que estaria a salvo. Quando políticos de esquerda tergiversaram, recuaram e não enfrentaram as milícias é porque pensaram que seria possível contornar. E aqui estamos nós. Ninguém está a salvo quando se aposta na violência e no caos. Ninguém controla os violentos.

Há ainda o capítulo especial da degradação moral das cúpulas fardadas. Os estrelados das Forças Armadas absolveram Bolsonaro lá atrás e hoje fazem ainda pior: compõem sua entourage no Governo. Até o general Ernesto Geisel, um dos presidentes militares da ditadura, dizia que não dava para confiar em Bolsonaro. Mas aí está ele, cercado por peitos medalhados. Os generais descobriram uma forma de voltar ao Planalto e parecem não se importar com o custo. Exatamente porque quem vai pagar são os outros.

As polícias são a base eleitoral mais fiel de Bolsonaro. Quando essas polícias se tornam autônomas, o que acontece? Convém jamais esquecer que Eduardo Bolsonaro disse antes da eleição que “basta um cabo e um soldado para fechar o Supremo Tribunal Federal”. Um senador é atingido por balas disparadas a partir de um grupo de policiais amotinados e o mesmo filho zerotrês, um deputado federal, um homem público, vai às redes sociais defender os policiais. Não adianta gritar que é um absurdo, é totalmente lógico. Os Bolsonaros têm projeto de poder e sabem o que estão fazendo. Para quem vive da insegurança e do medo promovidos pelo caos, o que pode gerar mais caos e medo do que policiais amotinados?

É possível fazer muitas críticas justas a Cid Gomes. É possível enxergar a dose de cálculo em qualquer ação num ano eleitoral. Mas é preciso reconhecer que ele compreendeu o que está em curso e foi para a rua enfrentar com o peito aberto um grupo de funcionários públicos que usavam a estrutura do Estado para aterrorizar a população, multiplicando o número de mortes diárias no Ceará.

A ação que envergonha, ao contrário, é a do governador de Minas Gerais, Romeu Zema (Novo), que, num estado em dificuldades, se submete à chantagem dos policiais e dá um aumento de quase 42% à categoria, enquanto outras estão em situação pior. É inaceitável que um homem público, responsável por tantos milhões de vidas de cidadãos, acredite que a chantagem vai parar depois que se aceita a primeira. Quem já foi ameaçado por policiais sabe que não há maior terror do que este, porque além de terem o Estado na mão, não há para quem pedir socorro.

Quando Bolsonaro tenta responsabilizar o governador Rui Costa (PT), da Bahia, pela morte do miliciano Adriano da Nóbrega, ele sabe muito bem a quem a polícia baiana obedece. Possivelmente não ao governador. A pergunta a se fazer é sempre quem são os maiores beneficiados pelo silenciamento do chefe do Escritório do Crime, um grupo de matadores profissionais a quem o filho do presidente, senador Flavio Bolsonaro, homenageou duas vezes e teria ido visitar na cadeia outras duas. Além, claro, de ter empregado parte da sua família no gabinete parlamentar.

Não sei se pegar uma retroescavadeira como fez o senador Cid Gomes é o melhor método, mas era necessário que alguém acordasse as pessoas lúcidas deste país para enfrentar o que está acontecendo antes que seja demasiado tarde. Longe de mim ser uma fã de Ciro Gomes, mas ele falou bem ao dizer: “Se você não tem a coragem de lutar, ao menos tenha a decência de respeitar quem luta”.

A hora de lutar está passando. O homem que planejava colocar bombas em quartéis para pressionar por melhores salários é hoje o presidente do Brasil, está cercado de generais, alguns deles da ativa, e é o ídolo dos policiais que se amotinam para impor seus interesses pela força. Estes policiais estão acostumados a matar em nome do Estado, mesmo na democracia, e a raramente responder pelos seus crimes. Eles estão por toda a parte, são armados e há muito já não obedecem ninguém.

Bolsonaro têm sua imagem estampada nos vídeos que conclamam a população a protestar contra o Congresso em 15 de março e que ele mesmo passou a divulgar por WhatsApp. Se você não acha que pegar uma retroescavadeira é a solução, melhor pensar logo em outra estratégia, porque já está acontecendo. E, não se iluda, nem você estará a salvo.

segunda-feira, 23 de dezembro de 2019

Felices fiestas navideñas y un mejor año 2020



Querid@s amig@s:

En tiempos sombrios, de retroceso y amenazas a la democracia, renovamos nuestro compromiso con una América Latina más justa, inclusiva y democrática. Que la lucha por la paz y la justicia socioambiental nos acompañe y nos reuna en esta Navidad y durante todo el año 2020.

Son los sinceros deseos de Fernando

sábado, 2 de novembro de 2019

Sobre os surtos neofascistas e a covardia

Dilma Rousseff
Sul 21

A presidenta Dilma Rousseff recebeu do jornal Estado de S. Paulo uma pergunta sobre o que ela pensa da defesa que Eduardo Bolsonaro fez do AI-5, ao dizer que eventuais protestos contra o governo poderiam tornar necessário um ato de força semelhante. Eis a sua resposta, em nota enviada ontem ao jornal:

Ninguém, dos órgãos de imprensa, pode se declarar surpreendido pela manifestação do deputado Eduardo Bolsonaro a favor do AI-5. Na verdade, ninguém pode se surpreender porque já houve seguidas manifestações contra a democracia por parte da família Bolsonaro. Defenderam a ditadura militar e, portanto, o AI-5; reverenciaram regimes totalitários e ditadores; homenagearam o torturador e a tortura; confraternizaram com milicianos. Desde sempre pensaram e agiram a favor do retrocesso. Antes das eleições não havia duvidas a respeito. Durante as eleições e depois dela, muito menos, pois têm se expressado contra a democracia e os princípios civilizatórios em todas as oportunidades que tiveram.

O grave é que nunca receberam da imprensa a oposição enérgica que mereciam. Ao contrário, acredito que a imprensa fez vista grossa ao crescimento do neofascismo bolsonarista, porque este adotara a agenda neoliberal. É que, além das pautas neofascistas, a extrema direita defende a retirada de direitos e de garantias ao trabalho e à aposentadoria; as privatizações desnacionalizantes das empresas públicas e da educação universitária e a suspensão da fiscalização e da proteção ambiental à Amazônia e às populações indígenas. Não é possível alegar surpresa ou se estarrecer diante da defesa do AI-5. Na verdade, em prol da realização da agenda neoliberal, na melhor hipótese se auto iludiram, acreditando que poderiam cooptar ou moderar Bolsonaro.

Mas a defesa do AI-5 e da ditadura sempre esteve lá.

Vamos novamente lembrar, o chamado filho 03, que agora diz que considera o AI-5 necessário, é o mesmo que, há algum tempo, disse que “um soldado e um cabo” bastavam para fechar o STF. Óbvio que sem o poder coercitivo de um AI-5, isto nunca seria possível.

O presidente, então ainda deputado, proferiu no plenário da Câmara um voto em que homenageou um dos mais notórios e sanguinários torturadores do regime militar. Aquele coronel só agiu com tal brutalidade contra os opositores do regime militar porque estava protegido pelo AI-5.

Jair Bolsonaro afirmou em entrevista que a ditadura militar cometeu poucos assassinatos de opositores políticos. E que os militares deviam ter matado “pelo menos uns 30 mil”. Também afirmou, na campanha do ano passado, que, se vencesse a eleição, só restariam dois caminhos aos petistas – o exílio ou a prisão – e de que maneira isto seria possível sem a força brutal de um ato institucional como o AI-5?

É estranho que me perguntem o que eu acho da última declaração sobre o AI-5, pois a minha vida toda lutei, e continuo lutando, contra o AI-5, seus assemelhados e seus defensores. O Estadão, que me faz esta pergunta, também deve e precisa responder, pois sua posição editorial tem sido, diga-se com muita gentileza, no mínimo ambígua diante da ascensão da extrema direita no País.

Quem nunca questionou as ameaças da família Bolsonaro com a firmeza necessária e que, em nome de uma oposição cega, covarde e irracional ao PT, se omitiu diante do crescimento do ódio e da extrema-direita, tornou-se cúmplice da defesa canhestra do autoritarismo neofascista.

segunda-feira, 30 de setembro de 2019

Hacia un anticapitalismo realista

Wolfgang Streeck
Nueva Sociedad

Wolfgang Streeck cree que la izquierda debe plantear un programa anticapitalista realista antes que proyectos de reeducación moral. En esta entrevista analiza el rol de las izquierdas en el complejo panorama contemporáneo.

Los partidos de izquierda, dentro y fuera de Europa, están en crisis. ¿Hasta qué punto esta crisis difiere de la crisis general de las organizaciones políticas de masas y del desconcierto ideológico de los conservadores?

Hay puntos en común y diferencias. Uno de los puntos en común es que ya no se cree que los partidos tradicionales tengan fuerza creativa, y ni siquiera se les exige que la tengan. La diferencia es que hay otros que pueden manejar esta situación mejor que los socialdemócratas o los partidos ubicados a la izquierda de estos. Los partidos que no son de izquierda, antaño «burgueses», pueden hacer política de manera espontánea, como lo hace, por ejemplo, Angela Merkel, que logra escenificar magistralmente un oportunismo guiado por encuestas, a modo de una novela de aprendizaje personal. Todos los días sucede algo que la prensa puede revelar de inmediato. Lo que sucedió ayer ya no es de interés siquiera para los miembros de la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán).

Por el contrario, los partidos de izquierda tienen miembros que esperan de ellos un núcleo ideológico-programático. Sin embargo, generalmente no lo pueden consensuar, en parte porque carecen cada vez más de una perspectiva de poder real que promueva el realismo. Los votantes, muchos de los cuales toman su decisión en el último minuto dentro del cuarto oscuro, ven esto solamente como caos. Si los partidos de izquierda no logran, en medio de una opinión pública acostumbrada a consumir una multiplicidad de noticias, concitar atención y credibilidad para una voluntad transformadora que apunte a una sociedad sostenible a largo plazo, y por lo tanto tangiblemente distinta, se volverán irrelevantes. Más aún cuando sus líderes intentan imitar el oportunismo carente de conceptos del llamado «centro». Los otros dominan mejor la política posdemocrática.

Un punto neurálgico del debate político es el futuro de la Unión Europea. ¿Cómo percibe el debate actual de la izquierda sobre Europa?

Para Alemania, la Unión Europea sigue significando bonanza, tanto económica como política. En Alemania convergen los flujos de poder económico de la eurozona, mientras que los países de la región mediterránea se desangran. Aquí es donde se está gestando un conflicto intraeuropeo como no hemos tenido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Haber impuesto una moneda única de acuerdo con la receta alemana sirve a los intereses de la industria exportadora alemana, incluidos sus trabajadores, al tiempo que arruina a países como Italia y Grecia: un ejemplo de cómo un exceso de integración lleva al conflicto.

La situación es similar en Europa del Este, aunque por otras razones, como la política de refugiados. En términos políticos, con el número creciente y la heterogeneidad de los Estados miembros de la Unión Europea, Alemania está emergiendo como la potencia hegemónica de Europa, junto con –o mejor dicho, escondida detrás de– Francia. Y esto se debe además, en no menor medida, al rearme previsto del 2% del PIB, con lo que el presupuesto alemán de «defensa» superará con creces el de Rusia. Es probable que el nuevo poder militar se use en el África poscolonial, donde Francia necesita ayuda contra los insurgentes islamistas, así como en Europa del Este y los Balcanes, donde, para mantener la amistad de sus habitantes con Europa, Rusia debe ser mantenida a raya; y quizás incluso en Oriente Medio.

¿Cuáles son las consecuencias de esta hegemonía alemana para los y las votantes en Alemania?

Ser una potencia hegemónica no es gratis; los países mediterráneos demandarán compensación económica y financiera regional, y los países balcánicos reclamarán ayuda para el desarrollo; además será necesario cerrar la brecha financiera abierta por el Brexit en la Unión Europea y contar con el armamento convencional planeado como complemento de las armas nucleares y espaciales francesas. Nada de esto se discute seriamente en la izquierda alemana. Su pasatiempo es el reaseguro, en el nivel de la Unión Europea, de los seguros nacionales de desempleo a base de crédito y el denominado «salario mínimo europeo», llamado así porque diferencia según el ingreso promedio nacional.

Hay muchos indicios de que Alemania es demasiado pequeña para estar a la altura del papel de un Estado hegemónico europeo, incluso si Francia contribuyera con los costos. Ni siquiera somos capaces de reducir las diferencias de ingresos entre Alemania Occidental y Alemania del Este 30 años después de la unión monetaria alemana, ¿cómo haríamos entonces para reducir esas diferencias entre Baviera y Sicilia? Las demandas imposibles de satisfacer de otros países, especialmente si están moralmente justificadas, pueden provocar reacciones hostiles en la política interna. Entonces la «gran europea» Merkel, para ponerse del lado de sus votantes, traería sin duda de vuelta al «ama de casa suaba» (el símbolo de la austeridad alemana) de su reserva de RRPP. Incluso ante este peligro evidente, no hay una visión alternativa en la izquierda para una Europa futura, aparte de una mayor redistribución de Norte a Sur, con fronteras abiertas en todas las direcciones: un proyecto segurísimo de autorrepliegue.

Una importancia no menor reviste el tema de la migración, que ha resultado ser tan difícil como doloroso para los partidos de izquierda. ¿Cómo debería ser para usted una posición de izquierda convincente?

Las empresas alemanas tienen hambre de mano de obra, tanto de trabajadores calificados como de aquellos que estarían satisfechos con la mitad del salario mínimo alemán, sumado al subsidio Hartz IV. Una floreciente economía regional está creciendo más rápido que la oferta laboral renovable en cada región; es necesario que pasen casi dos décadas para que esa oferta arroje ganancias para los empleadores y los organismos de seguridad social. Esto significa inmigración. Piense en el hombre de Daimler, Dieter Zetsche, quien a fines de 2015 fantaseaba con el «comienzo de un segundo milagro económico». Pero tenemos una ley de migración desde hace apenas unos meses –tal fue hasta ese entonces la resistencia tanto de la antigua CDU como de los sindicatos– y no habría sido suficiente para la utopía neoliberal de un mercado laboral abierto con oferta ilimitada de mano de obra.

Fue entonces cuando llegaron oportunamente la guerra de Siria y las guerras (también guerras civiles) en Afganistán y África: si se interpreta adecuadamente la Constitución y el derecho internacional, a los refugiados se les debe permitir ingresar sin control y sin límite, incluso a aquellos poco calificados o que no están calificados en absoluto. Incluso tampoco pudo hacer nada en contra la bancada de la CDU/CSU en el Bundestag, acosada por sus votantes pero presionada a quedarse quieta no solo por la canciller, sino también por los empleadores, aliados con las iglesias, el Partido Socialdemócrata de Alemán (SPD), Los Verdes...

Por lo tanto, la economía obtuvo por razones humanitarias lo que no podría haber obtenido con justificación económica: una oferta de trabajo adicional tanto para trabajos calificados como para el sector de bajos salarios, desde el cual se puede seleccionar lo mejor y transferir el resto a la asistencia social. Que luego «nosotros» hayamos sido elogiados como una nación «abierta al mundo» –una «nueva Alemania» que ha «aprendido de su historia»– hizo de la izquierda casi un club de admiradores de Merkel, especialmente cuando se le permitió combatir al inevitable movimiento antagónico tildándolo de «neofascista». Lo que se le escapó fue el hecho de que Merkel, a más tardar a fines de 2016, tuvo éxito en volver a cerrar las fronteras no solo de Alemania sino también de Europa, para asegurar así su supervivencia política.

¿Pero la inmigración controlada no es vista con agrado por amplios círculos de la opinión pública alemana?

Sabemos poco sobre la reacción de la población local a las oleadas inmigratorias. Sin embargo, parece que aun en los países «más abiertos al mundo» la euforia inicial, incluso el orgullo nacional por la propia voluntad de ayudar, se convierte en algún momento y súbitamente en rechazo (ver los países escandinavos), al menos cuando se extiende la impresión de que la inmigración no está bien administrada, ya sea por incapacidad del gobierno o por falta de cooperación por parte de los inmigrantes.

En los Estados de Bienestar clásicos de Europa occidental, la oposición que surge a la inmigración se debe menos probablemente a la xenofobia general que a la preocupación por el estilo de vida propio, considerado progresista y justo. Una sociedad igualitaria tolera, por ejemplo, la desigualdad solo en un grado muy limitado: a diferencia de Estambul, no se quiere ver a los refugiados en Colonia o Múnich durmiendo en las calles y en los parques. Para que tal colapso del orden público sea solo una excepción, los recién llegados deben ser rápidamente capacitados para participar en la vida social como ciudadanos de pleno derecho, incluso mediante la adquisición de habilidades laborales, de modo que puedan ganar por lo menos el salario mínimo alemán.

Esto requiere un esfuerzo social y fiscal que no puede aumentarse arbitrariamente. A menos que se logre limitar la inmigración de forma tal que los recién llegados puedan integrarse a una vida doméstica exigente, es decir, que la entrada de inmigrantes se ajuste a los recursos destinados a la integración social disponibles, inevitablemente se hará escuchar el reclamo para que se ponga fin, primero de manera temporaria y luego permanente, a la inmigración. Quien condene esto moralmente debe contar, a su vez, con que recibirá una condena moral por violar otros valores sociales.

En Alemania, los socialdemócratas han discutido en los últimos tiempos acaloradamente sobre el ejemplo de Dinamarca, donde los socialdemócratas insisten en establecer estrictas restricciones migratorias.

Del caso danés se puede aprender que un partido socialdemócrata asume un alto riesgo si permite que la cantidad de inmigrantes exceda la capacidad de la sociedad para integrarlos a su estilo de vida tradicional. Esto es en particular lo que pasa cuando el partido reacciona con una retórica «cosmopolita» destinada a reeducar a los ciudadanos en lo que consideran moralmente aconsejable. Volver a trabajar como partido desde tal posición para volver a representar a sus votantes puede requerir un tipo de política simbólica que puede parecer sucia a los observadores externos. Sin embargo, en la medida en que los defensores de la inmigración ilimitada, incluso como consumidores, tienen interés en una mayor desigualdad –para comer barato en el restaurante y limpiar sus casas de manera más barata–, esto puede señalar un conflicto real sobre qué tipo de sociedad se quiere ser, una sociedad socialdemócrata o neoliberal.

Lo que sucede con los demócratas estadounidenses parece ser bien diferente de lo que ocurre en Dinamarca. ¿Qué se puede aprender de estas comparaciones?

El Partido Demócrata de Estados Unidos nunca ha logrado ponerse de acuerdo sobre una política de inmigración creíble. Actualmente, la reacción frente a Trump es liderada por fuerzas «liberales» que se basan en dos grupos significativos de defensores de las fronteras abiertas de facto: las familias inmigrantes que ya están en el país, predominantemente latinoamericanas, y los trabajadores de bajos salarios, como los cientos de miles que cada mañana inician su viaje de varias horas en el metro para limpiar habitaciones de hotel en Manhattan y cocinar alimentos para locales y turistas; por la noche viajan otras tantas horas de regreso, porque ni siquiera pueden soñar con vivir cerca de su lugar de trabajo. El lema que ambos deben pregonar es «Legalización de la inmigración ilegal».

Se evita decir si «legalización» significa que, después de una victoria electoral demócrata, toda inmigración debería ser legal, o si todavía habrá inmigración ilegal en el futuro y qué se debe hacer si alguien que no puede ingresar legalmente en ese momento lo hace ilegalmente. Cualquiera que haya tenido que pasar por los controles normales de inmigración como pasajero de una aerolínea normal después de aterrizar de manera segura en Estados Unidos debería poder imaginar que la «legalización de la inmigración», entendida como entrada gratuita al país para todos, no es un hit de campaña con el que se pueda vencer a Trump; probablemente ni siquiera se obtenga bajo ese lema una mayoría en el Partido Demócrata.

Por cierto, nadie habla de recursos para financiar la calificación profesional de los inmigrantes ni incluso de construir viviendas dignas para ellos, ni siquiera los «legalizadores»; ahí es donde se termina la generosidad aun del demócrata más generoso porque, en la vieja tradición de la sociedad rica más desigual del mundo, los inmigrantes tienen que valerse por sí mismos. No es un modelo para Europa.

Usted señala repetidamente el importante papel del Estado. ¿Realmente necesita la izquierda aclarar su relación con el Estado-nación?

Por cierto que sí, y con urgencia. El Estado-nación, especialmente el europeo, es la única entidad política de importancia que puede democratizarse. La transferencia de competencias nacionales al «mercado mundial» o a las autoridades supranacionales normalmente equivale a una desdemocratización de estas competencias, si por democracia se entiende la posibilidad que tienen los perdedores en la lotería capitalista de oportunidades de corregir, mediante la movilización del poder político, los resultados de la distribución.

La política de redistribución solo funciona en las naciones; en la sociedad mundial hay donaciones, de Bill Gates y compañía, pero no hay impuestos. La «gobernanza global» no es democrática y no puede serlo. Por encima del Estado-nación solo existe el «libre mercado internacional», que consiste en grandes empresas que son libres de hacer lo que quieran, y tecnocracias como el Fondo Monetario Internacional o la Unión Europea. En lo que respecta especialmente a esta última, se ha construido supranacionalmente desde el principio de modo tal que su democratización quede descartada o permanezca en el plano de la «consulta pública» del señor Juncker sobre la eliminación de la hora de verano. ¿Alguien realmente recuerda eso? En su lugar, ahora todos esperan que la señora Von der Leyen ponga fin al cambio climático.

Incluso si los Estados nacionales y la democracia están ligados, los Estados nacionales son históricamente responsables del exceso de violencia. ¿Acaso ser una nación no implica esto?

Es un cuento de hadas, contado muchas veces en beneficio de los Estados nacionales con ambiciones imperiales, que los Estados nacionales como tales sean agresivos hacia fuera y autoritarios hacia dentro. Curiosamente, el escepticismo con respecto al Estado desaparece como por arte de magia en los autodenominados «proeuropeos» tan pronto como el concepto se transpone al plano europeo. El superestado supranacional, que reemplazará al Estado-nación europeo al final de la «integración europea», de repente tiene que ser imaginado como pacífico y democrático.

El hecho de que los Estados nacionales pueden ser bastante diferentes se demuestra al observar Escandinavia y Suiza, pero también las seis o siete décadas de la Europa occidental de posguerra, después de que las aspiraciones de poder del Reich fueran aniquiladas junto con el propio Reich. Los imperios son agresivos hacia dentro especialmente cuando no quieren que se independicen las naciones que ellos dominan, y hacia fuera, cuando hay conflicto con otros imperios, como en la Primera Guerra Mundial; así sucede con los Estados nacionales que quieren convertirse en imperios, como Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial, o Estados Unidos en Vietnam, Iraq, etc. Para formularlo de manera provocativa, una Unión Europea bajo el liderazgo francés y armada con el 2% del PIB de Europa, obviamente con fines de defensa, sería la única entidad política de Europa occidental que podría tener hoy ambiciones imperiales, por ejemplo, en África u Oriente Medio.

Volvamos nuevamente a la debilidad de la izquierda: el debate a menudo se refiere a la distribución de la atención política entre un eje de conflicto cultural y un eje de conflicto económico. ¿Cuál es el eje decisivo desde su punto de vista? ¿En qué plano hay que dar un golpe de timón de manera más urgente?

No creo que los dos ejes sean rígidamente perpendiculares entre sí, es decir, que no tengan nada que ver entre sí, en cuyo caso de hecho plantearían un dilema como el de Escila y Caribdis para la izquierda. Recuerdo que el problema surgió del desconcierto de la izquierda de la «Tercera Vía» en la década de 1990 sobre lo que aún podían ofrecer a los votantes después de su giro globalista: quedaba ya descartada la protección frente a las fuerzas del mercado y la competencia internacional. La respuesta fue la propagación de valores liberal-libertarios, llamados posmaterialistas, que eran percibidos como una tendencia.

Esto dividió a la base de la izquierda: aquellos «nuevos libertarios», que hasta entonces habían podido integrarse económicamente, ya no veían razón alguna para no pasarse inmediatamente a Los Verdes, que estaban en ascenso; por el contrario, los votantes de izquierda tradicionales se encontraron expuestos a una retórica de reeducación que exigía de ellos que adhirieran a estilos de vida que les parecían incomprensibles, siniestros o incluso inmorales. Es por ello que muchos de ellos decidieron no tener nunca más relación con la política. Otros se fueron a partidos conservadores o, en su defecto, a partidos de derecha y radicales de derecha.

¿Habría podido evitarse?

Creo que la mayoría de los alemanes tiende a adoptar una actitud de «vivir y dejar vivir» en cuestiones culturales y morales, siempre que los otros adopten la misma actitud hacia ellos. Aceptación de que cada uno haga lo que quiera mientras no me moleste; rechazo a que se imponga una cultura de «celebración de la diversidad» desde arriba hacia abajo, desde el pensamiento único antitradicionalista de la elite de los medios liberales hasta los últimos rincones del pensamiento y la vida cotidianos. No existe ninguna contradicción entre esto y que uno se lleve bien con los vecinos turcos o vietnamitas, aunque sea de una manera alemana, bastante poco social.

Creo que la política de izquierda puede contentarse con eso: no tiene que presionar por limpiar la esfera pública de actitudes y manifestaciones que no sean lo suficientemente diversas desde una perspectiva verde. Quedan exceptuadas las manifestaciones de odio nazis, para cuya represión en Alemania, afortunadamente, se cuenta con el derecho penal. La izquierda puede encomendarles los intentos de reeducación moral de las masas a Los Verdes, que tienen bastante experiencia en ello, y cuyo buen momento actual se debe probablemente al hecho de que han atenuado notoriamente su moralismo, que tanto crispa a la gente.

¿Dónde ve una razón para el optimismo? ¿Dónde están los puntos fuertes estructurales de la izquierda que podrían aprovecharse más en el futuro?

Veo una gran necesidad estructural de una política de izquierda, es decir, una política que cohesione a la sociedad multiplicando sus bienes colectivos, que benefician a todos por igual. Obviamente, otro asunto completamente distinto es si los partidos de izquierda pueden satisfacer esta necesidad tal como están conformados en la actualidad; en esto soy escéptico. La actual borrachera del espectro verde/izquierda con una política simbólica de exclusión hacia dentro, regulaciones discriminatorias en escritura y lenguaje, condena moral contra quienes cometan mínimas desviaciones, habla en contra de esto.

En mi opinión, la situación actual pide a gritos una izquierda que se preocupe con igual intensidad por los déficits dramáticamente crecientes de nuestras infraestructuras colectivas en el sentido más amplio, desde el transporte urbano hasta el sistema escolar, y por las crecientes disparidades entre las zonas centrales en ascenso y la periferia en decadencia. Esto requiere, entre otras cosas, el alivio de la deuda de los municipios, con una descentralización simultánea de decisiones, un aumento sostenido de la capacidad de la desangrada administración pública, la promoción de cooperativas y formas no convencionales de empresa con capital ligado a un lugar, inversiones costosas para la protección contra las consecuencias del irreversible cambio climático que se avecina y espera desde hace mucho tiempo, además de dejar de lado el «déficit cero» como dogma fiscal: en resumen, un anticapitalismo realista. A veces uno tiene la sensación de que algunas izquierdas están más preocupadas por la mayor difusión posible de las estrellas de género.

sábado, 17 de agosto de 2019

O Brasil rumo ao ostracismo

José Eduardo Agualusa
O Globo

O país corre o risco sério de se transformar num pária, como a África do Sul nos tempos do Apartheid

Na passada terça-feira, manifestantes do grupo Extinction Rebellion lançaram tinta vermelha sobre as paredes da embaixada brasileira em Londres, protestando contra a destruição da floresta amazônica e a perseguição aos povos indígenas. Dias antes, o governo alemão anunciara o cancelamento de fundos para a proteção da Amazônia, no valor de R$ 155 milhões. Jair Bolsonaro reagiu dizendo que o Brasil não precisa de dinheiro estrangeiro para proteger a floresta.

Há trinta anos a destruição das grandes florestas tropicais de chuva não era um tema que ocupasse as primeiras páginas dos jornais europeus ou americanos. Cientistas e ambientalistas tinham alguma dificuldade em denunciar o que estava acontecendo. Isso mudou. Se antes a Amazônia era apenas uma mancha verde nos planisférios, um território inconcreto, mais do domínio da mitologia do que da realidade, tornou-se algo muito próximo. A maioria dos europeus sabe que a destruição das grandes florestas afeta o seu quotidiano. O aquecimento global instalou-se nos quintais das nossas casas.

O Brasil de Bolsonaro corre o risco sério de se transformar, a muito curto prazo, num país pária, ostracizado e desprezado pela comunidade internacional, à semelhança da África do Sul nos tempos do sistema de segregação do Apartheid. Turistas brasileiros em viagem pela Europa já estão sendo questionados — e cobrados — pelas bizarras atitudes, comentários e decisões do presidente Jair Bolsonaro. Daqui a pouco estarão sendo abertamente hostilizados, pagando os justos pelos pecadores.

Ao mesmo tempo, muitos europeus desistem de viajar para o Brasil, em férias. Escolher o Brasil como destino turístico tende a ser visto como uma atitude política, de apoio a um governo que persegue as vozes críticas, hostiliza os movimentos feministas e os homossexuais, e, sobretudo, parece empenhado em destruir todo o seu rico patrimônio ambiental.

Jair Bolsonaro e os seus apoiantes apostam no fortalecimento da extrema-direita no ocidente. Não creio que seja uma boa aposta. A extrema direita vem crescendo na Europa devido à irritação de uma classe média empobrecida, que vota nesses movimentos para castigar os políticos tradicionais. Não se trata de um voto por convicção ideológica. Os partidos e movimentos ecológicos e ambientalistas, pelo contrário, veem crescendo de forma sustentada, graças ao apoio de uma juventude cada vez mais consciente e reivindicativa. A médio prazo a Europa será verde.

Contudo, não será preciso esperar muito mais tempo para que o Brasil seja responsabilizado. Questões como a preservação das florestas tropicais colhem simpatia quase geral. Graças sobretudo à sua política de destruição da Amazônia, Jair Bolsonaro está em vias de se transformar num vilão global.

Já se escutam vozes apelando ao boicote de produtos brasileiros. Por este andar, o Brasil terminará completamente isolado. Acham que estou exagerando? Podem até subestimar o meu pessimismo. Convém, porém, não subestimar Jair Bolsonaro e o seu tenebroso talento para o desastre.

sexta-feira, 16 de agosto de 2019

Bolsonaro y la irrupción del fascismo escatológico

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Solo me cabe certificarlo, Brasil es gobernado por un individuo ignorante y vulgar. Nada de la complejidad de la vida y de las problemáticas que enfrenta el mundo y su patria es del interés del actual presidente del país. Cada vez queda más claro que Bolsonaro todavía no supera su etapa anal, pues son ya varios los episodios en que utiliza recursos escatológicos para referirse a los problemas de la nación. Hace una semana, cuando fue indagado sobre la posible relación contradictoria entre crecimiento y medioambiente, el gobernante no encontró nada mejor que decir que para cuidar del medioambiente “hay que hacer caca un día sí y otro día no” (sic). Días después señaló que la “caca petrificada de indígena consigue parar el licenciamiento de obras”. En su última manifestación en Piauí inaugurando una escuela insistió en su escatología “Vamos a acabar con la caca en Brasil”, refiriéndose a los comunistas.

El psicoanalista y académico de la Universidad de Sao Paulo, Christian Dunker, entrega una explicación instigante para este fenómeno: “El discurso moral, cuando se exprime psicoanalíticamente, frecuentemente termina en la mierda, en la bosta, exactamente lo que el presidente está practicando”.

Si Bolsonaro solo se dedicara a proferir sus necedades y abrir su cloaca verbal hasta podría ser un personaje inconveniente e irrelevante. El problema es que su gobierno se encuentra desmontando todas las políticas públicas que aseguraban un nivel mínimo de convivencia y aspiraciones de desarrollo entre la población. Y en todos los ámbitos.

Solo por mencionar el impacto de sus políticas sobre la acelerada desforestación del territorio amazónico, los datos recopilados en este primer semestre por organismos especializados como el Instituto de Pesquisa Espaciales (INPE) han demostrado que dicho proceso ha aumentado casi en un 90% en el presente año. Además de desconocer los datos entregados por el INPE, el ejecutivo no encontró nada mejor para impugnar las conclusiones de esta institución que remover a su director.

La postura radical de Bolsonaro contra los temas medioambientales lo ubica como un líder de la ultraderecha en esta cuestión, desconociendo tratados internacionales y provocando el corte de financiamiento en proyectos para esa región de países como Alemania o Noruega, que hasta ahora apoyaban el Fondo Amazonia. Su desafecto con los países europeos que dejaron de apoyar este Fondo, también se ha extendido hacia Alberto Fernández y Cristina Kirchner, que se perfilan como favoritos para ganar las próximas elecciones en Argentina, diciendo que “Bandidos de izquierda empezaron a volver al poder”.

A pesar de que se han escrito millares de páginas sobre este tema, no deja de resonar la pregunta sobre las razones que llevaron al electorado brasileño a elegir un candidato tan escaso de cualidades para ejercer un cargo de esa magnitud. Como entregar los destinos de la nación a un personaje tan nefasto y perverso. Puede ser el malestar acumulado contra los gobiernos del PT, la corrupción desatada en la última década, la creciente criminalidad y la inseguridad cotidiana, la manipulación efectuada en las redes sociales, la expectativa de cambios fuera de la estructura política tradicional, el hartazgo generalizado, la apatía republicana y un largo etcétera.

¿Y qué pasó con la valorización de la democracia, conquistada con tanto esfuerzo después de 21 años de dictadura?, ¿Cómo la ciudadanía le dio carta blanca a este grupo de apologistas de la tortura y el asesinato, reaccionarios delirantes, económicamente ultraliberales y fundamentalistas religiosos? ¿Cómo se puede soportar el retroceso cultural y social que quiere imponer ese grupo de descalificados, paranoicos y terraplanistas que niegan el cambio climático y la globalización?

Hace un par de años Yascha Mounk y Roberto Foa pusieron las alarmas sobre lo que denominaron como el proceso de “desconsolidación” democrática que comenzaba a campear por el mundo. Este desapego o desinterés por las formas de regímenes democráticos se puede atribuir al hecho de que las personas han aumentado sus expectativas sobre este sistema de gobierno, expectativas que no se cumplirían actualmente. En efecto, lo que la democracia proporcionaría en términos de estabilidad, inclusión, mejoras en la calidad de vida de las personas ya no se está consumando. En función de ello, los ciudadanos han ido perdiendo su aprecio y apoyo por la democracia. Para estos autores, los gobiernos de baja calidad colocan en riesgo la democracia y van minando su legitimidad. Especialmente propicios para la inclinación hacia gobiernos autoritarios son aquellos escenarios en los que está ausente un sistema de seguridad pública y la falta de confianza en que las formas democráticas puedan resolver los problemas de inseguridad y acceso a los servicios básicos de las personas.

Parece que Brasil todavía no ha tomado plena conciencia sobre los riesgos que representa la inauguración de este ciclo perverso en que la ultraderecha de la mano de las fuerzas armadas ha ido asumiendo el control sobre la nación. Ello sin duda plantea un peligroso precedente para que otras derechas en otros países aspiren a contar con el concurso de los militares para imponer una dictadura definitiva e irreversible.

Hasta ahora las democracias de la región han mantenido una relación ambigua con el autoritarismo y su versión fascista, aunque si el autoritarismo sigue tomando la iniciativa en plantearse como alternativa frente al malestar y la inseguridad que experimentan los ciudadanos, no pasará mucho tiempo para que fantasma del fascismo se apodere de nuestros países y nos lleve de regreso a un periodo de tinieblas.

En otro artículo señalábamos que para Umberto Eco siempre existirá la amenaza de restauración de un ur-fascismo o fascismo eterno. El ur-fascismo crece y busca el consenso explotando y exacerbando el miedo a la diferencia, a los otros. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El ur-fascismo es, pues, racista por definición. Pero él también se nutre del culto a la tradición y el rechazo a lo moderno, en la misoginia y la homofobia, en el odio a los extranjeros, en el desprecio a los pobres. Por eso, el fascismo escatológico de Bolsonaro no se distingue fundamentalmente de estas claves apuntadas por Eco. Al contrario, este tipo de fascismo libera la excrecencia que llevamos dentro, se nutre de los despojos corporales, se complace en exponer los residuos del espíritu humano, los códigos nauseabundos de nuestras vísceras y nuestros prejuicios. El fascismo es escatológico por antonomasia y quizás si la gran apuesta de futuro consiste en desterrarlo definitivamente de la convivencia humana a través del simple ejercicio de la democracia, la tolerancia y la fraternidad.

segunda-feira, 5 de agosto de 2019

Negacionismo climático y los escenarios del desastre

Adolfo Estrella
Diario La Quinta


Los negacionistas pueden ser divididos en ingenuos, ignorantes, estúpidos y malvados. Algunos presentan todos estos atributos a la vez. Y negacionistas los hay y los ha habido siempre, y de toda ralea. Han negado y niegan, por ejemplo, el holocausto judío, la limpieza étnica en Palestina, los crímenes de Stalin, la llegada de los estadounidenses a la luna, la teoría de la evolución, la existencia del VIH Sida, los crímenes de Pinochet, etc.

El negacionismo no debe ser confundido con posiciones críticas frente a determinados consensos o hegemonías. El negacionismo no es una refutación racional y dialogante de aseveraciones científicas. Es un rechazo sistemático, generalmente doctrinario, burdo y obtuso, que pretende, desde una posición falsamente crítica, cuestionar los acuerdos básicos que han posibilitado la existencia de la cultura humana.

Los negacionistas, como los fascismos y ciertos populismos, son desestabilizadores y reaccionarios frente a los saberes comunes que las sociedades han ido construyendo laboriosamente a lo largo de los siglos. Como estos últimos, sus líneas argumentales son débiles en contenidos, pero abundantes en falacias lógicas que no respetan el principio de no contradicción. El negacionismo, en sus exponentes extremos, es una ideología de encubrimiento de propósitos ocultos y perversos, de dominio y privilegios. Es una estrategia retórica de poder más que una defensa de realidades alternativas y legítimas.

En tanto negación de los datos empíricos que sostienen determinados hechos, tiende a ser un comportamiento reaccionario. Pero no siempre es así: el negacionismo frente al actual desastre climático, por ejemplo y a sus consecuencias civilizatorias tiene también sus adherentes en el “campo progresista”, seducidos todavía por las posibilidades de un “capitalismo verde”; es decir, de un “capitalismo bueno”, ecológicamente consciente y responsable. Por otra parte, frente al negacionismo dogmático, ideológico y ruidoso, existe un negacionismo psicológico, íntimo, del “ciudadano normal”, silencioso, que no quiere sacar las consecuencias de las imágenes de playas llenas de plástico, de sequías cada vez más frecuentes, de la contaminación de sus ciudades, de la desaparición de especies entre otras escenas que se ven abundantemente en las pantallas mediáticas.

Ya hemos sido advertidos

Durante años los informes científicos vienen advirtiendo de las consecuencias negativas del funcionamiento del industrialismo en lo que respecta a la biosfera. Todos han señalado que se han traspasado límites que no deberían haberse traspasado y que las posibilidades de supervivencia de la civilización humana y de la vida sobre el planeta están muy reducidas. Contaminación, agotamiento de recursos y cambio climático han sido señalados como sus signos más evidentes. Las ciencias y los movimientos ecologistas durante décadas han advertido lo que ahora es una evidencia visible. Pero el mundo ha seguido creciendo al abrigo de la energía aparentemente inagotable que proporcionaba el petróleo barato, no queriendo enfrentarse a la paradoja de que el petróleo barato es, a la vez, la causa del crecimiento ilimitado del industrialismo y causa de su colapso. Y que la quema de combustibles fósiles ha producido una emisión insostenible de dióxido de carbono con sus consecuencias directas sobre el aumento del efecto invernadero.

Ahora nos encontramos con evidencias, irrefutables científicamente, aunque posibles de negar dogmáticamente, de un desastre inminente. La humanidad está consumiendo una cantidad de recursos naturales equivalente a 1,6 Planetas. De seguir, se necesitarían 2,5 Planetas en 2050. Europa ha vivido estos días las mayores temperaturas registradas nunca, simbolizadas por esos cuarenta y dos grados en París. “Seguir con la dinámica de crecimiento actual nos enfrenta a la perspectiva de desaparición de la civilización tal como la conocemos, no en millones de años ni tan sólo en milenios, sino desde ahora hasta el fin de este siglo: cuando nuestros hijos tengan sesenta años, si todavía existe, el mundo será muy diferente”, afirmaba hace un tiempo, Peter Branett del Centro de Investigación para la Antártica.

La ONU, entidad alejada de cualquier posición extremista, a través de la representante especial del Secretario General para la Reducción del Riesgo de Desastres, Mami Mizoturi, señala que los desastres climáticos están ocurriendo en la actualidad al ritmo de uno a la semana, aunque no tengan atención mediática. Se trata de “eventos de, relativo, bajo impacto que están causando muerte, desplazamientos de población y sufrimientos, y que están sucediendo con mucha mayor frecuencia de la prevista”. Y asegura que esto “no es un tema del futuro, sino del presente”. Finalizaba Mizoturi diciendo que es necesario que “la gente debería conversar más acerca de adaptación y resiliencia”.

Con alta probabilidad el desorden climático ya está en marcha y las consecuencias sobre la vida en la tierra se han abierto a lo imprevisible. Lo que se avecina más que un cambio climático es un caos climático; es decir, una pérdida del equilibrio y de la “normalidad” atmosférica como consecuencia de un efecto invernadero intensificado. Esto significará un aumento de la temperatura media de la tierra con sus consecuencias sobre la modificación de los ciclos vitales, re-aparición de enfermedades ya erradicadas, deshielos, inundaciones con sus consecuentes crisis alimentaria, desplazamientos poblacionales, entre otros muchos otros efectos catastróficos, que algunos denominan “colapso civilizatorio”.

Un colapso civilizatorio significa la reducción de la complejidad de una sociedad que modifica radicalmente su funcionamiento habitual en términos de flujos de energía, estructura social y posibilidades de mantenimiento de la vida colectiva. Es un proceso por etapas que no se desarrolla simultáneamente en todos los lugares, ni en todos los sectores sociales: algunos podrán enfrentarlo de mejor forma que otros. “Si la magnitud de la catástrofe será de alcance mundial -afirma Paolo Cacciari- “habrá sin duda algún privilegiado que se las arreglará para vivir más tiempo escondido en un bunker antiatómico o en una habitación anti motín o que se escapará de las inundaciones o del asalto de los desposeídos enfurecidos escondiéndose en sus mansiones de montaña”

Escenarios del desastre

Frente a este colapso biológico y civilizatorio es posible imaginar al menos cuatro escenarios posibles:

Escenario 1. Sostenibilidad: espera de un remedio mágico, confianza en la tecnología y en la capacidad del capitalismo de transformarse en un “capitalismo verde”, con producción “circular”, reciclaje generalizado, energía nuclear, captura y almacenamiento de dióxido de carbono y otras acciones paliativas. Este es el escenario con el que trabajan la mayoría de los gobiernos en el mundo y constituye para las poblaciones el escenario más tranquilizador y que exige menos compromiso individual y colectivo.

Escenario 2. Ecofascismo: crisis económicas, catástrofes ambientales encadenadas, competencia por recursos, guerras, supervivencia de los más fuertes. Resurgimiento de las doctrinas del “espacio vital” y todos aquellos comportamientos que defenderán los privilegios de algunas minorías fuertes frente a mayorías débiles.

Escenario 3. Comunitarismo/individualismo resiliente: construcción de “botes salvavidas” con momentos y espacios de solidaridad y preservación comunitarias que salvarían a la civilización en algunos lugares con suficiente, aunque limitada, provisión de agua y alimentos.

Escenario 4. Decrecimiento y transición: adaptación inmediata a un suministro energético declinante siguiendo una vía de cooperar, conservar y compartir hacia una sociedad más austera (decrecer, descentralizar, descomplejizar, reutilizar…)

Podemos elegir cualquiera de estos escenarios. También podemos pensar en que estos escenarios no son excluyentes y que las próximas generaciones humanas tendrán que convivir, de acuerdo a sus particulares circunstancias con combinaciones de estos cuatro. No obstante, existe evidencia razonable para pensar que el colapso no lo podremos evitar en la medida que no podremos compensar el descenso de energía disponible y los otros factores asociados a la civilización termo-industrial. Y con menos energía no se puede mantener la complejidad y las actuales exigencias de producción y consumo.

Se dice que un pesimista es un optimista informado. Nuestra información y nuestro pesimismo nos lleva a afirmar que el mundo que se avecina será un mundo muy diferente al actual y, con alta probabilidad, trágico. Los pesimistas y catastróficos pensamos que existen posibilidades de enmendar el rumbo modificando tanto el imaginario productivista como las formas sociales de organización del trabajo, distribución de la riqueza y relación con la naturaleza. Existen posibilidades culturales, tecnológicas y políticas, pero desgraciadamente, desconocemos sus probabilidades de éxito. A lo mejor los botones del fin ya han sido tocados.

quinta-feira, 1 de agosto de 2019

Bolsonaro muestra su índole cruel y vulgar

Fernando de la Cuadra
Socialismo y Democracia

Los apelativos que se utilizaban más frecuentemente para definir la índole de Bolsonaro como los de un ser ignorante, incapaz, vulgar, homofóbico, racista, autoritario o bruto, ya no permiten reflejar en toda su magnitud los rasgos de su personalidad siniestra y psicopática. Molesto por las actividades de la Orden de los Abogados de Brasil (OAB) respecto al proceso sobre el atentado que sufrió y que declaró inimputable a su autor por problemas de salud mental, el ex capitán dirigió su odio contra el actual presidente de la OAB, Felipe Santa Cruz, hijo de un militante de izquierda detenido y desaparecido de la dictadura en 1974, afirmando que: “Si el presidente de la OAB quiere saber cómo su padre desapareció en el periodo militar, yo cuento para él”.

Las reacciones del mundo político, de la prensa y de la sociedad han sido inmediatas, llegando a sumarse la repulsa de muchos aliados, como el gobernador de Sao Paulo, quien en una declaración fuerte (y dígase de paso oportunista) señaló que las palabras del mandatario eran “inaceptables”. Uno de los abogados que entró con pedido de casación contra la presidenta Dilma Rousseff, el jurista Miguel Reali Jr., afirmó que este no sería precisamente un caso para solicitar impeachment, sino que para pedir la interdicción, pues estaríamos “frente a un cuadro de insanidad absoluta” por parte de Bolsonaro.

Por su parte, el Supremo Tribunal Federal puede aceptar la interpelación del injuriado presidente de la OAB, Felipe Santa Cruz, para que Bolsonaro entregue la información que dice poseer sobre el desaparecimiento de su padre.

Continuando con la polémica sobre el destino de los torturados y desaparecidos durante el régimen militar, Bolsonaro llegó a decir que la información recopilada y difundida por la Comisión Nacional para la Verdad (CNV) es pura mentira. Esta Comisión creada en 2011 por la ex presidenta Dilma Rousseff, fue compuesta por un grupo de juristas y especialistas en derechos humanos que elaboraron un detallado informe sobre caso de violaciones a los derechos humanos (detenciones, torturas y desapariciones) ocurridas en los años de la dictadura. Según el Informe final de esta Comisión divulgado en 2014, se constató con documentos y declaraciones de los agentes y militares involucrados, que durante ese periodo (1964-1986) fueron asesinadas o desaparecieron 434 personas como resultado de la violencia directa ejercida por parte de miembros del Estado brasileño.

Que puede estar por tras de estas declaraciones tan mentirosas y deshumanas proferidas por el gobernante. Algunos analistas especulan que Bolsonaro en realidad desea crear un distractor comunicacional que le permita seguir desmontando las políticas educacionales, sociales, culturales y ambientales sin generar rechazo ni resistencia entre la población. Sus constantes comentarios y acciones tendrían como objetivo levantar una cortina de humo para esconder de la sociedad sus reales propósitos de destruir las políticas que buscan favorecer a las mayorías y promulgar, por el contrario, decretos y resoluciones que favorecen a los grupos empresariales y ruralistas que le dan sustento a su gobierno.

Aunque todo tiene un límite. Estas últimas bravatas de Bolsonaro son tan aberrantes, vulgares y crueles que incluso entre sus huestes más incondicionales, hasta ahora, se percibe el descontento y la frustración con la impostura del presidente. Y es que los permanentes desatinos y barbaridades pronunciadas por él pueden colocar en riesgo la continuidad de las reformas ultra liberales encabezadas por su Ministro de Hacienda, Paulo Guedes. De hecho, el proceso de aprobación de la Reforma Previsional (con muchas indicaciones) todavía no concluye y tiene que pasar por dos votaciones en el parlamento para ser aprobada definitivamente.

La pregunta por lo tanto es hasta donde la insanidad de Bolsonaro puede comprometer los cambios conservadores a que aspira la derecha brasileña o si en realidad dicho estilo permite precisamente esconder de la opinión pública los negocios truculentos que pretenden realizar las autoridades como, por ejemplo, la privatización de la empresa Distribuidora de Petrobras a un consorcio estadounidense.

Entre una especulación y otra, lo que queda evidente en este último episodio con el presidente de la OAB es que el ex capitán continúa reafirmando su completa decrepitud moral, su falta de criterio y su monumental incapacidad para dirigir el destino de millones de brasileños.

quarta-feira, 31 de julho de 2019

Espiral de infâmias

Editorial
Folha de Sao Paulo

Em declarações, Bolsonaro escancara leviandade e inclinação autoritária

Numa escalada sem precedentes de insultos às normas de convívio democrático, aos fatos históricos, às evidências científicas e aos direitos humanos, o presidente Jair Bolsonaro (PSL) aguçou nos últimos dias as tensões e incertezas em torno de sua administração.

Se no início de mandato declarações e medidas estapafúrdias ainda podiam, com boa vontade, ser vistas como tentativa de satisfazer o eleitorado mais fiel e ideológico, o que se verifica agora é um padrão de atitudes que ofendem o Estado de Direito, reforçam preconceitos e aprofundam as divisões políticas.

Além de expor o despreparo do chefe do Executivo para desempenhar suas funções num quadro de coexistência com as diferenças, a insistência na agressão e na boçalidade revela uma personalidade sombria que parece se reconhecer, com júbilo, nas trevas dos porões da ditadura militar.

As insinuações sórdidas acerca do pai do presidente da OAB, Felipe Santa Cruz —morto, segundo as investigações, sob a guarda do poder autoritário—, são um exemplo da pequenez e da leviandade a que pode chegar o presidente.

Não espanta, aliás, que tenha classificado como “balela” documentos oficiais sobre abusos cometidos pelo regime. Já eram, afinal, conhecidos seus elogios ao torturador Carlos Alberto Brilhante Ustra, bem como suas simpatias pelas violações praticadas no submundo dos órgãos de repressão.

Enganou-se, infelizmente, quem esperou que a condição de presidente da República levaria o ex-deputado nanico a moderar o discurso e buscar alguma conciliação.

Pelo contrário, são os traços intolerantes e obscurantistas do mandatário que saltam aos olhos nos ataques e afirmações falsas dirigidos aos jornalistas Miriam Leitão e Glenn Greenwald, nas imposturas acerca do desmatamento da Amazônia, nas ameaças de censura ao cinema, no tratamento injurioso aos nordestinos e no desdém pelo massacre de presos no Pará.

Talvez transtornado com as críticas à indicação vexatória de um filho à embaixada em Washington, ou com as investigações que envolvem outro, Bolsonaro aprofunda a estratégia populista e acentua a retórica de confrontação.

Com índices de aprovação aquém dos obtidos por seus antecessores em igual período do mandato, o presidente desperta crescente apreensão quanto a seu desempenho nos anos vindouros.

Para alguns analistas, os destemperos verbais já começam a fornecer munição para um eventual enquadramento em crime de responsabilidade, por procedimentos incompatíveis com a dignidade, a honra e o decoro do cargo.

Não se vê nenhum movimento nesse sentido, e a perspectiva de reforma da Previdência dá fôlego ao governo. Entretanto a recente espiral de infâmias não poderá se perpetuar sem consequências.

quinta-feira, 25 de julho de 2019

Descolonizar o saber e o poder

Boaventura de Sousa Santos
Outras Palavras

O drama do nosso tempo é dominação articulada e resistência fragmentada. Muitas vezes, os movimentos anticapitalistas, feministas e antirracistas têm combatido uma destas formas de opressão – e fechado os olhos às outras

Os conflitos sociais têm ritmos e intensidades que variam consoante as conjunturas. Muitas vezes acirram-se para atingir objetivos que permanecem ocultos ou implícitos nos debates que suscitam. Num período pré-eleitoral em que as opções políticas sejam de espectro limitado, os conflitos estruturais são o modo de dramatizar o indramatizável.

Os conflitos estruturais do nosso tempo decorrem da articulação desigual e combinada dos três modos principais de desigualdade estrutural nas sociedades modernas. São eles, capitalismo, colonialismo e patriarcado, ou mais precisamente, hetero-patriarcado. Esta caracterização surpreenderá aqueles que pensam que o colonialismo é coisa de passado, tendo terminado com os processos de independência. Realmente, o que terminou foi uma forma específica de colonialismo — o colonialismo histórico com ocupação territorial estrangeira. Mas o colonialismo continuou até aos nossos dias sob muitas outras formas, entre elas, o neocolonialismo, as guerras imperiais, o racismo, a xenofobia, a islamofobia, etc. Todas estas formas têm em comum implicarem a degradação humana de quem é vítima da dominação colonial. A diferença principal entre os três modos de dominação é que, enquanto o capitalismo pressupõe a igualdade abstrata de todos os seres humanos, o colonialismo e o patriarcado pressupõem que as vítimas deles são seres sem plena dignidade humana, seres sub-humanos. Estes três modos de dominação têm atuado sempre de modo articulado ao longo dos últimos cinco séculos e as variações são tão significativas quanto a permanência subjacente.

A razão fundante da articulação é que o trabalho livre entre seres humanos iguais, pressuposto pelo capitalismo, não pode garantir a sobrevivência deste sem a existência paralela de trabalho análogo ao trabalho escravo, trabalho socialmente desvalorizado e mesmo não pago. Para serem socialmente aceitáveis, estes tipos de trabalho têm de ser socialmente vistos como sendo produzidos por seres humanos desqualificados. Essa desqualificação é fornecida pelo colonialismo e patriarcado. Esta articulação faz com que as pessoas que acham desejável a desigualdade social do capitalismo tendam a desejar também a continuação do colonialismo e do patriarcado, e sejam, por isso, racistas e sexistas, mesmo que jurem não sê-lo. Esta é a verdadeira natureza dos grupos políticos de direita e de extrema direita. Se, numa dada conjuntura, as preferências racistas e sexistas vêm à tona, é quase sempre para expressarem a oposição ao governo do dia, sobretudo quando este é menos pró-capitalista que o desejado por tais grupos.

O drama do nosso tempo é que, enquanto os três modos de dominação moderna atuam articuladamente, a resistência contra eles é fragmentada. Muitos movimentos anticapitalistas têm sido muitas vezes racistas e sexistas, movimentos anti-racistas têm sido frequentemente pró-capitalistas e sexistas e movimentos feministas têm sido muitas vezes pró-capitalistas e racistas. Enquanto a dominação agir articuladamente e a resistência a ela agir fragmentadamente, dificilmente deixaremos de viver em sociedades capitalistas, colonialistas e homofóbicas-patriarcais. Talvez, por isso, e como se tem visto ultimamente, aos jovens de muitos países seja hoje mais fácil imaginar o fim do mundo (pelo agravamento da crise ambiental) do que o fim do capitalismo. A assimetria entre a dominação articulada e a resistência fragmentada é a razão última da tendência das forças de esquerda para se dividirem em guetos sectários e das forças de direita para se promiscuirem em amálgamas ideológicas na mesma cama do poder.

A continuidade da dominação segrega um senso comum capitalista, racista e sexista que serve as forças de direita, até porque é reproduzido incessantemente por grande parte da opinião publicada e pelas redes sociais. Porque age na corrente, a direita pode dar-se ao luxo de ser indolente e transmitir a ideia de “estar ao corrente” e, quando tal não funciona, aciona a sua asa de extrema direita (tão presa ao seu tronco quanto a asa de direita moderada) para dramatizar o discurso e provocar novas divisões nas esquerdas, sobretudo se estas ocupam o poder de governo e estamos em período pré-eleitoral e a ausência de alternativas credíveis salta aos olhos. Pelo contrário, as forças de esquerda estão sempre à beira do abismo da fragmentação por terem sido treinadas no mundo eurocêntrico para desconhecer ou descartar as articulações entre os três modos de dominação. As dificuldades são ainda maiores por terem de agir contra a corrente do senso comum reacionário.

Identifico duas tarefas urgentes para superar tais dificuldades. A primeira é de curto prazo e tem um nome: pragmatismo. Se a agressividade do pensamento reacionário, explicitamente racista e encobertamente hiper-capitalista e patriarcal, é a que se observa e ocorre num país cujos cidadãos ainda há cinquenta anos eram vítimas de racismo por toda a Europa dita desenvolvida e antes disso tinham sido ostracizados como brancos escuros — ou portygyes no Caribe, Havaí e EUA – se tudo isto ocorre num país cujo poder de governo é ocupado por forças de esquerda, é fácil imaginar o que será quando voltarmos (se voltarmos) a ser governados pela direita. O entendimento entre as forças de esquerda tem contra si forças imensas, nacionais e internacionais: capitalismo financeiro global, privatarias público-privadas, Comissão Europeia, Embaixadas norte-americana e de muitos países europeus, agências da sociedade civil supostamente promotoras da democracia, Igrejas conservadoras, a razão indolente da direita infiltrada há muito no PS português contra a militância corajosa do último Mário Soares, a razão indolente do sectarismo de pequenos grupos de esquerda radical que têm sempre os dois pés no mesmo sítio para acreditarem que são firmes em vez de estáticos. Mas o que está em jogo é muito e o pragmatismo impõe-se. Quando a direita começa a defender transportes públicos e saúde pública, a esquerda no governo deve lembrar-se do que está a esquecer. A resposta à extrema-direita racista tem de ser tanto política como jurídica e judicial. Defendo há muito que as lutas jurídicas contra o senso comum reacionário só devem ocorrer depois de tais lutas terem adquirido forte densidade política. É, pois, imprudente determinar em abstrato a validade da via jurídico-judicial ou da via política.

A segunda tarefa é de longo prazo e consiste em descolonizar o saber científico e popular e o poder, tanto social como cultural e político. Esta tarefa é particularmente difícil em Portugal por duas razões. Em primeiro lugar, a última fase da descolonização do colonialismo português ocorreu há muito pouco tempo (1961-1975). As feridas coloniais estão ainda tão abertas e fundas que, tal como as crateras produzidas pela mineração a céu aberto, parecem parte integrante da paisagem. O longo ciclo colonial está inscrito na carne do país até ao mais íntimo tutano. Um país com tanta falsa esperança histórica sente-se agora dominado por tanto falso medo de ser menos europeu que a Europa desenvolvida que sempre recolonizou o colonialismo português para maior benefício dela. Por sua vez, os países que nasceram da luta anticolonial contra Portugal tiveram o privilégio de sofrer o menor ônus neocolonial. Todos sem exceção se afirmaram orgulhosamente socialistas e não apenas independentes. Foram, porém, rapidamente postos na ordem pelo capitalismo financeiro global. Sucederam-se lideranças que querem esquecer a violência e rapina colonialistas para melhor ocultarem a violência e a rapina que elas próprias vão exercendo contra as suas populações.

A segunda decorre do fato de os processos de independência terem ocorrido como uma dupla revolução: nas então colónias, a revolução da independência, e em Portugal, a revolução da democracia do 25 de Abril de 1974. Os mesmos militares que sustentaram o regime colonial no seu último período, participaram na guerra dita de pacificação e certamente cometeram as atrocidades correspondentes, são também os heróis de que muito nos orgulhamos por terem aberto o caminho às independências sem peias neocoloniais e pela democracia que nos devolveram em Portugal. Passará ainda algum tempo para que as feridas se exponham, e assim possam ser eficazmente curadas.