sábado, 14 de novembro de 2009

¿Hacia donde va Chile en la batalla de las ideas?

José Cademartori
CENDA

Ya en la elección presidencial del 2005, pudo observarse que la opinión mayoritaria expresaba dos juicios bastante categóricos. Uno, insatisfacción con lo logrado hasta entonces por los gobiernos de la Concertación; y dos, convicción de que se necesitaban cambios para que el crecimiento beneficiara a todos y no sólo a algunos. Las desigualdades, las notorias diferencias en el acceso a la salud, a la educación, al trabajo, a la jubilación fueron tópicos que salieron a la luz en el debate presidencial. En buena medida fueron colocados por el Juntos Podemos y por su candidato de ese momento, también por los obispos católicos y por personalidades de ámbitos universitarios y empresariales. Los candidatos de derecha, Lavín y Piñera, defensores cerrados del modelo trataron de escabullir el problema sin poder negarlo. Se limitaron a afirmar que todo era cuestión de administrar bien el mismo modelo y ellos lo harían mejor.

El electorado no les creyó. Michelle Bachelet triunfó, aunque con dificultades, pero comprendió que era hora de empezar los cambios. La rebelión de los pingüinos, la batalla de los trabajadores subcontratados, de los temporeros, la lucha de los mapuches y otras movilizaciones populares lo ratificaron. Surgieron las Comisiones Especiales para modificar las AFP, el Código Laboral, la Loce. Aunque estas reformas no satisficieron las expectativas, se dieron algunos pasos positivos como la creación de la pensión solidaria, mejorías en la justicia laboral, la ampliación de la red pública de jardines infantiles, mejoramiento en la calidad de las viviendas sociales y subsidios y empleos de emergencia a sectores afectados por la crisis económica global y un acercamiento hacia un frente común de solidaridad en América del Sur.

Pero estos avances y paliativos no son suficientes porque no tocaron las causas de aquellos males. La crisis internacional, que también ha golpeado a Chile, ha confirmado la necesidad de controlar nacional y globalmente un sistema potencialmente catastrófico. Ha afianzado la convicción mayoritaria que reclama soluciones más audaces, cambios más de fondo y que éstos deben abarcar también de las instituciones políticas, entre ellas la madre de todas, la Constitución pinochetista. De aquí las exigencias de ampliar el cuerpo electoral, de romper el monopolio bipartidista y permitir la representación de las minorías, hacer efectivo el derecho de la ciudadanía en las decisiones que les afectan, descentralizar los gobiernos regionales, entre otras. Se reclama un sistema integral de protección social, desde el nacimiento a la muerte, que cubra todos los riesgos, desde la enfermedad al desempleo, desde el abuso del poder a la delincuencia. Todos comprenden que el libre mercado, ni los monopolios, ni las privatizaciones van a resolver las injusticias ni la degradación social. De allí que al estado y sus gobernantes, a los poderes públicos se les exiga ahora mucho más, cumplir un rol más protagonista, junto a, y no por encima de los ciudadanos.

El vocero de la derecha, el diario El Mercurio, refleja en sus páginas su ansiedad por el curso que va marcando la controversia programática. Observa vacíos en el discurso de su candidato y errores en quienes lo asesoran. Sostiene que el piñerismo ha abandonado el ideario derechista y sus dogmas valóricos, los que tanto éxito estarían logrando en Europa, aunque Berlusconi, Sarkozy y otros están recibiendo cada día mayor repudio. Según la derecha más dura, los que dirigen la campaña piñerista se han dejado impresionar por el eco favorable que despierta en la opinión pública el discurso progresista. El columnista Andrés Benítez, refiriéndose al primer debate presidencial, critica a Piñera por no haber defendido el libre mercado ni la empresa privada. Para el comentarista de El Mercurio, no es una locura defender a los bancos pues ellos son los que han permitido "a millones de chilenos tener casa, autos y educación". Le faltó agregar que los banqueros son benefactores públicos y sus esquilmados deudores unos mal agradecidos.

La derecha quiere volver al poder que perdió con Pinochet, para liberar a los condenados de Punta Peuco, poner punto final a la investigación de los crímenes dictatoriales, establecer la "flexibilidad" reduciendo los derechos laborales, entregar Codelco y las empresas públicas al capital extranjero, privatizar el Estado, reducir los impuestos a los ricos, acabar con el estatuto docente y la indemnización por años de servicio. Pero esto no lo pueden decir sus candidatos. Tampoco le sirven sus repetidas peroratas sobre la libre empresa y el mercado libre. De allí, su demagogia de los ofertones. Se trata de ocultar a toda costa la responsabilidad que les cabe en los estragos que provoca la crisis económica, que es la crisis de la globalización neoliberal que ellos implantaron durante la dictadura para su propio enriquecimiento.

Hoy día la gente está irritada con las AFP, las Isapres, el lucro en la educación, los bancos privados, la colusión entre las cadenas de farmacias o entre las compañías de telecomunicaciones. Quiere más regulaciones y controles para poner fin a los abusos contra los consumidores, contra sus trabajadores, acabar con la discriminación a los habitantes de los barrios empobrecidos, donde se concentra el abandono, la basura, la contaminación, la inseguridad. La encuesta de la Universidad Diego Portales revela que el 86% de los consultados quiere que el Estado sea propietario de las empresas de servicio público, el 80% desea una AFP estatal, el 65% acepta el traspaso de educación universitaria al Estado; la misma opinión prevalece respecto a los recursos mineros, la banca, el transporte público. Ciertamente hay una mayor valoración del Estado no sólo por protección social sino también como factor de desarrollo económico.

Aunque hay sectores de las candidaturas de Frei y Enríquez captan este estado de ánimo de la ciudadanía y están dispuestos a satisfacerlos. Al mismo tiempo hay otros grupos muy influyentes que se niegan rotundamente a aceptarlo. No quieren separarse de la derecha y sus intereses, presionan para continuar con "los consensos" y cogobernar con aquélla. Estas contradicciones son visibles a cada momento, en los pasos y en los dichos de ambos candidatos.

En cambio, como ha dicho Jorge Arrate, en su candidatura no hay grupos de intereses, el programa es uno solo, es el mismo de todos sus adherentes. Su programa es claro, categórico y consecuente. Une y recoge justas demandas de los pobres y de las capas medias. Ni maximalista, ni quedado en el pasado. Es el programa para el momento y la época. Por todo eso en los foros, en las comparaciones y comparecencias con sus rivales, Arrate siempre gana y hasta los adversarios tienen que reconocerlo.

sexta-feira, 13 de novembro de 2009

As ideias italianas no Brasil


Luiz Sérgio Henriques
Gramsci e o Brasil

Presidente da Fundação Instituto Gramsci, em Roma, e ensaísta de mérito reconhecido internacionalmente, Giuseppe Vacca reaparece entre nós com um novo título que é quase uma provocação, no melhor sentido da palavra. Retirando do limbo uma expressão que entre os marxistas teve historicamente o sentido de uma “capitulação de classe” ou coisa pior, Vacca defende explicitamente, para as esquerdas, a atualidade de uma estratégia reformista não só para o seu país, como também, é de se presumir, para a generalidade dos países em que se trava a luta política em termos efetivamente contemporâneos. A marca deste novo reformismo é a explícita assimilação das tarefas de governo e das responsabilidades a elas inerente: e, segundo o paradigma que abraça, cujos antepassados mais distintos remontam aos anos trinta do século passado, classe e nação não se põem como termos antagônicos, mas aparecem reconciliados: partidos e movimentos que interpretam o antagonismo social estão desafiados a atuarem no plano no interesse nacional, dando respostas positivas — no quadro do Estado Democrático de Direito — aos problemas de toda a sociedade.

O novo reformismo de que fala Vacca afasta-se assim de qualquer veleidade maximalista e, muito consequentemente, deve afirmar-se doravante mais ou menos polemicamente contra uma esquerda dita alternativa ou radical, mas sem capacidade de governo e de síntese política própria das funções dirigentes. Fornece, mais amplamente, alguns critérios para avaliar a história do século XX, que não deve ser vista como um mero terreno de contraposição entre capitalismo e socialismo, entendidos como “campos” que combateram mortalmente guerras abertas ou “frias”, com a vitória final de um deles.

De resto, o reformismo que interessa ao autor tem seu ato de nascimento, nos anos 1930, como uma alternativa à “guerra civil europeia” entre nazistas e bolcheviques, quando a experiência comunista das frentes populares — retirado o caráter instrumental que tal política teve quase sempre sob a política stalinista — pôde colaborar, em alguns momentos decisivos, com socialistas, tal como aconteceu na Itália e sobretudo na França. E é a luz deste projeto que o autor reinterpreta contribuições vitais, como os Cadernos do cárcere, de Antonio Gramsci, ou um texto comparativamente de menor alcance, mas nem por isso menos importante do ponto de vista político, como as togliattianas Lições sobre o fascismo, de 1935.

Mas o autor pretende ainda sair do âmbito restrito da tradição comunista e, num movimento que dá fôlego ao seu pensamento, alude explicitamente ao “universalismo rooseveltiano”: à visão da luta contra o fascismo de que era portadora a elite política americana e, também, à visão desta mesma elite sobre as relações internacionais que deveriam se seguir à derrota do fascismo. Não é aqui diminuída a importância da URSS no combate ao fascismo: “apenas” se reconhece, realisticamente, que aquele modelo político, nascido sob o particular signo da “revolução passiva” staliniana, só pela força poderia se expandir aos países do entorno soviético, sem dispor de nenhuma força de atração sobre os países ocidentais. Mas não só isso. O autor alude a experiências concretas da socialdemocracia e do trabalhismo no período entre as duas guerras, muito especialmente no caso da Inglaterra, da Bélgica e da Suécia. Bem antes do modelo keynesiano que se generalizaria nos “anos dourados” do capitalismo do segundo pós-guerra, os reformistas destes países lançaram as sementes do reformismo moderno, ao distinguirem as possibilidades de uma nova regulação do mundo da economia, até então estruturado segundo os procedimentos do liberalismo e as regras “espontâneas” do mercado.

É neste quadro que se insere uma das teses mais significativas do livro. Vacca propõe-se ir além do “finalismo socialista” e da filosofia da história determinista que lhe é inevitavelmente conexa. A experiência daquelas três socialdemocracias e, mais em geral, as diversas tentativas de domar o mercado capitalista em crise fizeram nascer a ideia de que “capitalismo e socialismo referem-se a dois planos diversos da realidade e não são comparáveis: o capitalismo é um modo de produção, o socialismo é um critério de regulação do sistema econômico, que, portanto, não se contrapõe ao primeiro, mas propõe-se orientá-lo. Para superar este falso dilema, foi necessário elaborar o conceito de regulação, e, naturalmente, não estamos falando de elaboração puramente intelectual, mas de experiência histórica concreta. Aproximamo-nos, assim, do ato de nascimento do reformismo: a crise dos anos trinta e a invenção de um ‘modo de regulação’ do desenvolvimento alternativo ao do velho liberalismo, que entra em colapso” (p. 191).

Se de regulação se trata — e regulação capaz de expressar e induzir níveis sempre mais altos de produção material da vida e de sociabilidade humana —, os defensores da estratégia reformista devem ter a percepção de que uma teoria geral das crises é possível e não deriva de, ou desemboca em, uma visão rupturista ou catastrófica da política e da economia. Esta teoria geral, segundo o autor, está presente nos escritos de Antonio Gramsci, especialmente quando focalizam a primeira grande guerra e os anos que se seguem como um período de crise continuada, cuja raiz última reside no contraste entre o caráter cada vez mais internacional da economia e as soluções políticas mesquinhamente nacionais que se implementaram, e muitas vezes hoje ainda se implementam, na tentativa de sanar os desequilíbrios globais.

A esquerda italiana — pelo menos aquela parte da esquerda em nome da qual quer falar o autor — tentou continuadamente sair do âmbito do reformismo comunista nacional, encarnado pelo velho PCI, e adotar a Europa como cenário das suas ações e iniciativas. Falhas e deficiências à parte, este ainda é o horizonte mais plausível para uma nova regulação democrática dos fatos econômicos, bem como uma fonte de inspiração para a esquerda de outros quadrantes: sem abdicar do interesse nacional e das iniciativas que se devem tomar imediatamente no âmbito do Estado-nação, a busca de uma perspectiva cosmopolita, supranacional, é parte constitutiva da nova investigação em curso. E achar em cada caso a melhor combinação entre interesse nacional e forças que se movimentam externamente é um elemento da regulação democrática que deve ser conscientemente assumido, tendo em vista o cenário de desastre que conclui estes anos de (des)regulação neoliberal dos mercados e supremacia dos “espíritos animais” do capitalismo.

A insistência no termo “democracia” aqui não é casual. O último grande impacto das “ideias italianas” entre nós foi por ocasião do eurocomunismo de Berlinguer e do Gramsci filtrado pela tradição togliattiana, e isso nos já distantes anos setenta. Foi quando, por exemplo, circulou amplamente nos círculos da esquerda, muito especialmente do então PCB, a expressão berlingueriana da “democracia (política, não ‘burguesa’) como valor universal”. Certa ou erradamente, para o bem ou para o mal, a cultura política do novo partido em ascensão na esquerda guardava muito pouca relação com aquele conjunto de ideias, que propunha uma reforma democrática do caráter “prussiano” do capitalismo e da sociedade brasileira como a estratégia mais plausível de superação dos muitos elementos de atraso mantidos na peculiar modernização conservadora que atravessa a nossa história e que, não por acaso, se viu reforçada com o regime de 1964.

Acredito que o livro de Vacca dá um alento renovado àquelas ideias e reata o fio um tanto perdido nestes tempos de desorientação. Refiro-me especialmente aos muitos momentos em que assinala a democracia como o único terreno político no qual todos os atores — de direita, centro ou de esquerda — devem se mover, ou até devem ser levados por força das coisas a se mover, no caso de as suas culturas e valores carregarem vestígios mais ou menos fortes de concepções autoritárias da política, o que está longe de ser incomum na esquerda.

O Estado Democrático de Direito surge assim como uma forma alta de convivência, não como reflexo ilusório da dominação burguesa ou do “indivíduo abstrato” próprio da sua sociabilidade. Produto de duríssimas lutas históricas, esse tipo de Estado, na visão de Vacca, desconhece “classes gerais” e refuta a apropriação da máquina do Estado por uma classe ou um partido que supostamente represente uma classe ou bloco de classes portadoras do “sentido último” da história. Só reconhece partidos, associações e outras formas de subjetividade constitucionalmente definidas, estimulando classes e grupos sociais que neles legitimamente se reconheçam a elaborarem visões diferentes do bem-comum, cuja disputa privilegie o elemento consensual e hegemônico, em detrimento do elemento força ou violência. Assume-se sempre e tão-só o governo, incide-se inevitavelmente sobre relações de força na sociedade, mas não se busca um abstrato “poder” a partir do qual se reorganize arbitrariamente o mundo, extremando autoritariamente o político. Mudanças constitucionais são possíveis, mas na forma democrática do Estado não se toca. Consenso e liberdades, hegemonia e pluralismo democrático são termos incontornáveis da moderna disputa política e da investigação teórica mais avançada, a não ser que se opte anacronicamente por autoritarismos mais ou menos disfarçados.

Todo este novo reformismo de Vacca, ao apresentar cristalinamente as razões mais seguras de uma esquerda democrática, passa a impressão de que não fala apenas da Itália ou da Europa e seus problemas. Fala também, e ao mesmo tempo, da nossa história presente de brasileiros e sul-americanos.

quarta-feira, 11 de novembro de 2009

La dolorosa muerte del sueño americano

Larry Elliott
The Guardian

La verdad es que no se suponía que fuera a terminar así. Cuando el Muro de Berlín se derrumbó hace veinte años, la Guerra Fría acabó con la victoria de Occidente. En lugar de dos superpotencias, quedó una. En lugar de ideologías en competencias, quedó el capitalismo, y además en una versión especialmente desacomplejada. George Bush el Viejo declaró que el mundo aprendería a hacer las cosas al estilo norteamericano. "Sabemos lo que funciona", afirmó. "Los mercados libres funcionan".

Los confines del mercado se fueron ensanchando durante dos décadas, abarcando a China e India, así como a la antigua Unión Soviética y sus satélites. El veloz crecimiento produjo una impresionante reducción de la pobreza en China e India; y hay pocos polacos o checos que añoren los días en que Moscú manejaba los hilos.

Pero resultaba inevitable en todo momento que, tarde o temprano, la globalización se diera de bruces con la crisis, y lo que hemos visto en los últimos dos años no es más que el comienzo de ello. No dejemos que nos engañe la recuperación para necios de los últimos seis meses: los americanos andan de nuevo agotando sus ahorros para consumir bienes que no pueden permitirse; las exportaciones de Chines se disparan.

Han vuelto los desequilibrios globales. La combinación de cambio político y revolución tecnológica siempre ha producido agitación. Lo que fue verdad al coincidir la hiladora de husos múltiples con la Ilustración no resultó menos cierto cuando una segunda oleada de inventos -el cine, la luz eléctrica, el automóvil, el aeroplano- coincidió con el desmoronamiento del equilibrio de poder decimonónico.

La tecnología digital y la biociencia impulsarán la tercera revolución industrial, pero estos cambios tienen lugar en un momento en el que la difusión del mercado ha incrementado inmensamente el ejército de reserva laboral. La hegemonía de Norteamérica se ve amenazada por el ascenso de China.
Son, pues, tiempos combustibles. Esta crisis ha tardado en llegar, y la historia sugiere que el periodo de trastorno será prolongado y doloroso, como lo fue entre 1914 y 1945.

No tardaron en aparecer las primeras grietas en el nuevo orden global. La edad de oro duró apenas la mitad de una década, el periodo entre el alzamiento del telón de acero y la creación de la Organización Mundial del Comercio en 1994. A lo largo incluso de ese lustro se registraron señales de inquietud, de las que no fue la menor el impacto del tratamiento de choque aplicado a la economía rusa a principios de los años 90.

Pero fue la sucesión de crisis financieras que se iniciaban en la periferia de la economía global y se abrían gradualmente camino hacia el centro lo que desmintió la noción de que habría una transición suave y regular al nirvana del mercado. Se ignoraron los avisos de México, Tailandia y Corea del Sur, del derrumbe de los fondos de protección ("hedge funds") de Long Term Capital Management a la burbuja de los punto com.

A los políticos no les costó nada desechar estos detonantes como dolores de una dentición en desarrollo. El crecimiento era fuerte y la inflación baja. Desde principios de los años 90 a mediados de la primera década posterior al 2000 tuvimos lo que Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra, describió como la década "bonita" o NICE, es decir, los años de "noninflationary continual expansion" (continua expansión sin inflación).

Por supuesto, la clave estuvo en la deuda. La pérdida de poder adquisitivo y de negociación de los trabajadores de Occidente quedó compensada con los feroces periodos de auge del precio de los activos que permitió a los consumidores pedir prestado sobre la base del valor creciente de sus hogares.

Eso no sólo era cierto de economías desarrolladas tales como los EE.UU. y Gran Bretaña. El informe anual de transición del Banco Europeo de Recostrucción y Desarrollo, publicado hoy, afirma que la afluencia de capital a gran escala a los países del Este de Europa había "contribuido al auge del crédito y del préstamo en moneda extranjera. Estas cosas, a su vez, hicieron más profunda la crisis y complicaron su gestión".

Al igual que en Gran Bretaña y los Estados Unidos, la fácil disponibilidad del crédito vino a suponer niveles de deuda excesivos cuando la economía se resintió y exigió una acción internacional concertada para impedir un desplome de la banca del género del ocurrido en Islandia. Como es comprensible, los políticos se han quedado perplejos ante la primera crisis sistémica de la era global. Hasta 2007 pensaban que su trabajo consistía en hacer pequeños ajustes en las economías de mercado; y se enfrentan en cambio a un desafío existencial: ¿hacia dónde tiramos partiendo de aquí?

La opción uno es la schumpeteriana: esta es una época de destrucción creativa, de modo que bien podemos aguantarnos y soportarlo. El problema del sistema financiero es que no se le ha permitido que funcione como debiera: hay que dejar caer a la banca mal gestionada para que los buenos bancos puedan prosperar. La segunda opción es "business as usual", que todo siga como de costumbre, la cual, como resulta previsible, es la que prefieren la City y Wall Street. Considerando el volumen de los cheques del bienestar aportados por el contribuyente, las grandes finanzas apenas pueden presentar objeciones ante la perspectiva de una regulación más estricta, pero están cabildeando duramente en contra de cambios más radicales. Se habla mucho de tirar al niño con el agua del baño y matar a la gallina de los huevos de oro.

Los conservadores militan este campo, y no sólo porque David Cameron piense de modo excéntrico que la crisis la causó el exceso de gobernación más que su ausencia, sino debido a que Boris Johnson [alcalde conservador de Londres] anda cabildeando activamente en nombre de los hedge funds y las empresas de capital riesgo de la City con el fin de bloquear una reglamentación europea más estricta.

La opción tres consiste en seguir como de costumbre añadiéndole algunos extras. Reconoce que se ha producido un problema sistémico en el sector financiero, pero considera que la respuesta ha de consistir en una supervisión más estricta, una vigilancia mejorada de la economía global por parte del Fondo Monetario Internacional, cambios en las normas sobre capital de riesgo para garantizar que los bancos no puedan tomarse tantas libertades a la hora prestar en periodo de auge, y nuevas estructuras de incentivos para financieros que favorezcan el crecimiento a largo plazo de los negocios por encima de la actividad especulativa a corto plazo. Aquí es donde encontraríamos, no hay que ser un lince para adivinarlo, a Gordon Brown y Barack Obama.

Pero existe un variopinto hatajo de descontentos para quienes el que todo siga como de costumbre, cualquiera que sea la forma, significa que estallará otra crisis en no mucho tiempo. Sostienen que la exigua naturaleza de de las actuales propuestas de reforma se explica por el cautiverio institucional al que han reducido a los gobiernos los bancos de inversión, los grupos de presión más poderosos del mundo.

Las ideas de King de separar los bancos en divisiones comerciales y de inversión le coloca en el grupo de la opción cuatro, al igual que el apoyo de Adair Turner a imponer tasas a las transacciones financieras. Hay quien iría más allá. Un informe reciente del Comité de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas (Unctad) urgía a repensar "la suposición convencional de que desmantelar todos los obstáculos transfronterizos a los flujos de capital privado es la mejor receta para que los países avancen en su desarrollo económico". Quienes apoyan un "new deal" verde -políticas monetarias y fiscales expansioniarias destinadas a impulsar las energías renovables y apoyar a las empresas que desarrollan tecnologías medioambientales- afirman que debería haberse utilizado el ajuste cuantitativo [imprimir moneda y ponerla en circulación] para apoyar la inversión sostenible y productiva en lugar de volver a hinchar los precios de los activos. Si la causa de raíz de la crisis financiera estuvo en los desequilibrios de la economía global provocados por la búsqueda de mayores beneficios, la reforma real exigirá salarios reales más altos en Occidente, de modo que los consumidores dependan menos de la deuda. Eso significa un desplazamiento en el equilibrio de poder entre trabajo y capital; significa también repensar el modelo de capitalismo de accionistas.

Por último están quienes creen que cualquier reforma convencional está destinada a fracasar porque cualquier modelo basado en el crecimiento está reñido con la viabilidad del planeta. ¿Dónde está hoy el centro político de gravedad? En algún sitio entre la opción dos y tres. Eso no sólo representa una oportunidad perdida sino una profunda falta de juicio. Se están sembrando las semillas de la próxima crisis. Aquí mismo, ahora mismo.

terça-feira, 10 de novembro de 2009

La caída del Muro, versión Cisjordania

Agencias

Con banderas palestinas al viento y apoyados en la potencia de un camión para poder alcanzar su propósito. Así han irrumpido un grupo de activistas palestinos en el muro de seguridad erigido por Israel en Cisjordania para conmemorar el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín.

Muy cerca de ellos, unas 50 personas que se habían congregado en la zona del muro cercana al puesto de control israelí de Qalandiya jaleaban a los activistas mientras el fragmento de hormigón, atado al vehículo con una cuerda, se venía abajo. Acto seguido, los soldados israelíes han lanzado gases lacrimógenos para dispersarlos.

"Hoy conmemoramos 20 años dede la caída del Muro de Berlín", ha afirmado Abdulá Abu Rahma, líder de la Campaña Popular de Lucha contra el Muro. "Este es el primer paso en una serie de actividades que realizaremos en los próximos días para expresar nuestro firme apego a nuestra tierra y nuestro rechazo a este muro".

segunda-feira, 9 de novembro de 2009

Berlín, 9 de noviembre de 1989

Agencias

Alemania celebra hoy el 20º aniversario de la caída del Muro de Berlín con una gran "Fiesta de la Libertad", una colección de actos que tendrán lugar a lo largo del día y que han comenzado con un oficio religioso al que ha asistido la canciller alemana, Angela Merkel. La fiesta culminará ante la Puerta de Brandeburgo con el derribo de un muro simbólico en forma de fichas de dominó decoradas por artistas de todo el mundo y un concierto de la Staastkpelle de Berlín dirigida por Daniel Barenboim, actos a los que asistirán numerosos jefes de Estado y Gobierno.

El 9 de noviembre de 1989, el puesto fronterizo de la Bornholmer Strasse abrió sus puertas de forma que los ciudadanos del Berlín comunista pudieran pasar libremente al otro lado. Miles de berlineses del este cruzaron ese y otros puestos fronterizos para conocer el otro lado, derribando de forma pacífica un muro levantado hacía 28 años y que separaba no sólo dos mitades de una misma ciudad, no sólo dos versiones de un mismo país, la RFA y la RDA, sino dos visiones antagónicas del mundo, la comunista, que se venía abajo aquella noche, y la capitalista.

Por ese mismo paso se acercó a Berlín oeste esa misma noche la que hoy es canciller de la Alemania unificada, la primera jefa de Gobierno procedente de la ex RDA y hoy volverá a hacerlo a primeras horas de la tarde, acompañada por los Premios Nobel de la Paz Mijail Gorbachov, ex jefe de Gobierno soviético, y Lech Walesa, ex presidente polaco.

Precisamente Walesa será el encargado de iniciar el acto central y simbólico en el que se derribará el muro por segunda vez. Se trata de la caída en cadena de un gran dominó formado por piezas de la misma altura del muro original y distribuidas por un tramo del antiguo trazado, entre la Potsdamer Platz y el Reichstag, con la Puerta de Brandeburgo como epicentro. Las cerca de mil piezas han sido pintadas por artistas y jóvenes de todo el mundo.

La fiesta comenzará hacia las 18.00 GMT con un concierto de la Staastkpelle de Berlín que dirigirá Daniel Barenboim. A continuación, los jefes de Estado y Gobierno atravesarán simbólicamente la Puerta de Brandeburgo desde el lado oriental hacia el occidental, donde ha sido instalado otro estrado, en el que habrá varios discursos. Las primeras intervenciones serán de la canciller Angela Merkel y el alcalde-gobernador de Berlín, Klaus Wowereit, a los que seguirán los representantes de las cuatro potencias aliadas que se repartieron Berlín tras la guerra.

Por parte de Rusia y Francia participarán sus respectivos presidentes, Dmitri Medvedev y Nicolas Sarkozy; por parte del Reino Unido asistirá el primer ministro británico, Gordon Brown, y de Estados Unidos llegó ya ayer la secretaria de Estado, Hillary Clinton.

Los festejos contarán también con la presencia de jefes de Estado y Gobierno de los 27 países miembros de la Unión Europea, entre ellos el español Jose Luis Rodríguez Zapatero, que llegará a Berlín junto a su colega polaco, Donald Tusk, tras celebrar una reunión bilateral en el balneario polaco de Sopot. Finalmente, los invitados a las celebraciones por el aniversario de la caída del Muro de Berlín cenarán en la Cancillería Federal con Merkel y su marido, el científico Joachim Sauer.

domingo, 8 de novembro de 2009

Capitalismo e modernidade no Brasil


William Vella Nozaki
Carta Maior

Na melhor tradição do pensamento social brasileiro, o livro "Capitalismo tardio e sociabilidade moderna", de João Manuel Cardoso e Fernando Novais, destaca como ao mesmo tempo em que criávamos condições para o nascimento e o desenvolvimento do capitalismo, impúnhamos obstáculos para o florescimento e a consolidação da modernidade no país. Esse pequeno ensaio sobre a modernidade brasileira reúne o método crítico de um historiador reconhecido por sua habilidade em clarificar a nossa herança mercantil e a perspectiva analítica de um economista conhecido por sua destreza em esclarecer o nosso fado industrial.

O Brasil ontem e hoje

O que se tornou o capitalismo brasileiro? Essa questão elementar não cessa de ser formulada. Muitos a perguntam na discrição das reflexões solitárias ou na distração das conversas informais; alguns a respondem de forma excessivamente retórica ou de maneira demasiadamente abstrata. Tratada de maneira indireta e oblíqua essa indagação soa mais como demonstração de estilo do que como manifestação de perplexidade. Talvez isso ocorra porque de tão natural, direta e ingênua, tal questão só possa mesmo ser feita por um pensamento maduro, cansado de tergiversar e pronto para a hora de falar concretamente. É precisamente esse o exercício proposto em Capitalismo tardio e sociabilidade moderna.

O texto foi escrito no bojo dos ataques contra o neoliberalismo e veio a lume pela primeira vez como parte da coleção História da Vida Privada no Brasil, em 1998. Trata-se de obra com espírito crítico e com ímpeto de balanço, que, publicada agora como livro, não deixa de revelar sua atualidade. Esse pequeno ensaio sobre a modernidade brasileira reúne o método crítico de um historiador reconhecido por sua habilidade em clarificar a nossa herança mercantil e a perspectiva analítica de um economista conhecido por sua destreza em esclarecer o nosso fado industrial. Ao atarem essas duas pontas, Fernando Novais e João Manuel Cardoso de Mello, produzem um curto-circuito revelando como a industrialização brasileira criou e foi tragada por uma sociedade mercantil nos trópicos.

A interpretação dos dois autores aborda meia dúzia de décadas fundamentais para a compreensão do Brasil. Parte-se do otimismo da década de 1930, período em que o progresso industrial colore a nação, e caminha-se em direção à desilusão da década de 1990, momento em que o regresso monetário descaracteriza qualquer nacionalismo. O livro se divide em sete pequenos capítulos, neles se analisam: (1) a indústria e o consumo; (2) o campo e a cidade; (3) a estrutura de classes e a mobilidade social; (4) os valores capitalistas e os princípios modernos; (5) a concentração de riqueza e a distribuição de renda; (6) o autoritarismo político-econômico e a massificação sócio-cultural; (7) a globalização e o neoliberalismo no Brasil.

Capitalismo

Nos três primeiros capítulos do livro abordam-se as principais transformações responsáveis pela modernização do país, trata-se de enfatizar a aura de otimismo que tomou conta do país apesar da manutenção de algumas distorções. Retomando interpretações consagradas, os autores relembram como nas décadas entre 1930 e 1950 acelera-se o processo brasileiro de industrialização, modernizam-se os setores industriais mais tradicionais (alimentos, têxteis, calçados, móveis) e formam-se os setores industriais mais complexos (aço, petróleo, alumínio, químicos e farmacêuticos). Além disso, ensaiando interpretações inéditas, enfatiza-se como nesse período emergem mudanças significativas no processo de comercialização dos produtos, com o surgimento dos supermercados, shopping centers, cadeias de lojas de eletrodomésticos, revendedora de automóveis e lojas de departamento.

O objetivo é demonstrar como as relações entre a alteração na oferta de produtos e na circulação de mercadorias implicaram novos hábitos de vestuário, de alimentação, de higiene pessoal, de limpeza da casa etc. ensejando um novo padrão de consumo.Para tanto, os exemplos mobilizados são muitos e diversos, trata-se de ilustrar a relação entre as mudanças na estrutura produtiva e as transformações na dinâmica do consumo. Como, por vezes, a profusão de casos listados pode ofuscar a interpretação sugerida pelos autores, aos deslumbrados com os exemplos recomenda-se cautela, aos ansiosos pela análise pede-se paciência. A leitura ponderada será recompensada ao final.

Durante esse período, notam ainda os autores, a industrialização acelerada não poderia deixar de significar também uma urbanização desenfreada. Assim é que a estrutura rígida do campo cede lugar à estrutura competitiva da cidade; a extrema pobreza e a miséria são sobrepujadas pela esperança e pelo desejo da migração; a família conjugal, dos compadres e vizinhos, é substituída pela família unicelular, de pais e filhos; e a educação pelo trabalho é trocada pela educação escolar.

Nesse processo o imigrante estrangeiro pôde usufruir de sua pequena vitória na luta por melhores posições sociais, dada sua melhor posição financeira de saída, muitos passaram de mascates a empresários, de trabalhadores especializados converteram-se em profissionais liberais. A mesma sorte não se deu com os migrantes rurais, ainda que sua situação tenha melhorado, a pobreza do campo foi substituída por não mais do que algumas tarefas de pouca qualificação e de baixa remuneração. Os negros urbanos, em sua grande maioria, permaneceram confinados ao trabalho subalterno, rotineiro e mecânico.

Tais mudanças e permanências, denunciam os autores, revelam como o capitalismo cria a ilusão de que as oportunidades econômicas são iguais para todos, quando na realidade a mercantilização da sociedade é que se apresenta como o único denominador comum.

No topo dessa sociedade abriga-se um pequeno conjunto de capitalistas, banqueiros e industriais, menos interessados em liderar o desenvolvimento econômico do país e mais interessados em tirar proveito da ação do Estado e da atuação da grande empresa multinacional. Na faixa intermediária, acotovelam-se uma classe média alta de profissionais em busca da qualificação fundada no ensino superior e uma classe média baixa de operários à procura de especialização. Na base dessa pirâmide subsistem incontáveis famílias de trabalhadores comuns, de migrantes recém-chegados e de citadinos empobrecidos.

O que os separa é uma hierarquia rígida de trabalhos e remunerações, o que os une são certas necessidades e desejos de consumo. Sendo assim, ressaltam os autores, é importante notar como entre nós os processos de diferenciação do trabalho e de generalização do consumo se deram no mesmo compasso. Desse modo, entre nós a corrida pela ascensão social apresentou-se menos como um fruto do progresso industrial e tecnológico e mais como uma corrida de miseráveis, pobres, remediados e ricos pela atualização dos padrões de consumo.

Modernidade

Desse descompasso entre a produção industrial e a circulação mercantil é que emerge nossa modernidade interrompida. Esse tema encontra-se muito bem desenvolvido no quarto capítulo, que é uma espécie de ponto de viragem no livro, fazendo a passagem entre a formação da nossa economia capitalista e a deformação da nossa sociedade de mercado. Nos três últimos capítulos do livro, dessa vez, abordam-se as principais patologias e distorções responsáveis por interditar a modernização do país, trata-se de encarar o fantasma da desilusão que se generalizou pelo Brasil.

Isso porque entre as décadas de 1960 e 1980, os valores capitalistas foram reinventados entre nós sem grandes contestações. O privatismo patriarcalista da casa-grande se prolongou no familismo empresarial; a desvalorização do trabalho, herança da escravidão, se redefiniu na cisão entre funções intelectuais e tarefas manuais; a reverência pela hierarquia das ordens tradicionais se transfigurou na suposta concorrência que seleciona superiores e inferiores; e a idéia de país tomado como negócio, mas não como nação, ganhou fôlego redobrado. Isso tudo porque a aspiração à ascensão individual no Brasil não se lastreou no progresso técnico, mas na corrida pelo consumo.

Em contrapartida, os valores modernos foram obstruídos por grandes barreiras. A secularização, o racionalismo e a ilustração, capazes de inculcar as idéias de autonomia, igualdade e liberdade, trazem consigo conteúdos éticos e humanistas que não ecoam diante dos limites impostos pela lógica utilitarista e mercantil vigente no Brasil. Ou seja, sem os valores modernos capazes de refrear os valores capitalistas, imperou entre nós a exploração econômica e a dominação política que perpetuam as desigualdades sociais fundadas num capitalismo sem iluminismo. Em última instância, pode-se dizer que o industrialismo foi sobrepujado pelo consumismo como lógica de organização social.

Tal alteração ocorre, precisamente, por ocasião do Golpe de 1964, a política econômica capaz de combinar crescimento econômico e concentração de renda abria espaço para a acumulação de lucros e riqueza ao mesmo tempo em que patrocinava a diferenciação entre os salários e, por extensão, entre as capacidades de consumo.

O que se originava era uma sociedade deformada, fraturada em três dimensões: um mundo desfrutado por ricos e privilegiados, caracterizado pelo consumo de luxo, regado à ostentações e suntuosidades; um mundo permeado pelas várias classes médias e remediados, marcado por um tipo de consumo que é o simulacro e a imitação do primeiro; e, por fim, um mundo povoado por pobres e miseráveis, nesse ambiente os salários baixos permitem a reprodução daqueles padrões de consumo, mas impedem a difusão da capacidade de consumir.

Mas as agruras impostas ao país pela ditadura militar não se restringiram ao plano político e econômico, notam os autores, elas também se esprairam pela esfera social e cultural. Isso porque ao cerceamento do espaço público seguiu-se, imediatamente, o estabelecimento de uma opinião privada. Disfarçando-se em meio a entretenimentos ou revestindo-se de objetividades, as empresas televisivas e jornalísticas formavam uma pequena confraria que, com a anuência do governo militar, patrocinavam a instauração de uma indústria cultural americanizada no país.

A prioridade da TV e do entretenimento sobre a informação e a educação, e a preeminência de empresas privadas sobre a opinião pública, apontam os autores, promoveu, novamente, o triunfo de normas mercadológicas sobre princípios modernizantes. Desse modo, a sociedade brasileira passava diretamente da deseducação para a massificação, criavam-se consumidores sem que se houvesse formado cidadãos. Esse será o país lançado, nos anos 1990, sobre os estertores da globalização e do neoliberalismo.

Na melhor tradição do pensamento social brasileiro, o livro destaca como ao mesmo tempo em que criávamos condições para o nascimento e o desenvolvimento do capitalismo, impúnhamos obstáculos para o florescimento e a consolidação da modernidade no país. Tudo analisado à partir das justaposições entre a produção econômica e a reprodução social, entre a lógica da industrialização e os nexos do consumismo.

sábado, 7 de novembro de 2009

Muchachas afganas se inmolan tratando de escapar de matrimonios forzados


Adrienne Mong
Rawa

El pasado viernes tuvimos que ser testigos de la muerte de una adolescente. A Shirin la habían casado hace dos años, cuando sólo tenía quince… Murió seis horas después de conocerla en el hospital.

Shirin, de 17 años de edad, fue llevada a la Unidad de Quemados del Hospital Regional de Herat pocos días antes de nuestra visita allí. El noventa por ciento de su cuerpo se había convertido en una inmensa quemadura de tercer grado. Su suegra dijo que Shirin se había quemado accidentalmente. La muchacha estaba en la cocina preparando una comida pero algo hizo que confundiera la gasolina para cocinar con el petróleo, dijo. Pero el Dr. Mohamed Aref Jalali, director de la Unidad de Quemados, nos dijo que Shirin le contó en privado que se había prendido fuego deliberadamente tras pelearse con su suegra y su cuñada.

En Afganistán, muchas muchachas deciden autoinmolarse pensando que es la mejor solución para escapar de los problemas familiares, manifestó el Dr. Jalali. “Estas chicas creen que no está bien intentar resolver el problema con el suegro o con la suegra”, dijo el doctor. “Piensan que la autoinmolación lo resolverá todo”. Es una “solución” que se está convirtiendo en un problema muy grave en Afganistán, especialmente entre las mujeres jóvenes, de edades comprendidas entre los 13 y los 25 años.

En los primeros siete meses de este año, el equipo médico de la Unidad de Quemados de Herat –la única que tiene esa especialidad en todo el país- dijo que habían tratado 51 casos de mujeres que se habían autoinmolado. Sólo 13 habían conseguido sobrevivir.

La práctica procede de Irán, adonde huyeron muchas refugiadas afganas durante la guerra de una década de duración con la Unión Soviética (1979-1989) y la etapa posterior de los enfrentamientos entre muyahaidines que siguió durante los años noventa, dijo Jalali. Pero ahora se ha extendido la “popularidad” del método entre las mujeres afganas, a menudo de origen muy humilde, analfabetas, donde la tradición de niñas casadas a la fuerza sigue teniendo pleno vigor. “El matrimonio forzado es la razón más importante de estos hechos y se produce como consecuencia de los problemas económicos”, dijo Jalali.

Muy frecuentemente, en los matrimonios arreglados, a las mujeres no se les concede ningún valor. “Están allí sólo para lavar, limpiar, tener niños… y nada más”, dijo Marie-Jose Brunel, una enfermera francesa voluntaria de la Unidad de Quemados que se mostraba llena de calidez francesa y decidida seriedad. “Si no tienen libertad, no tienen posibilidad de estudiar y ser consideradas como nada es algo muy, muy duro de soportar”.

Violencia doméstica

En el hospital nos encontramos con Rezagul, otra paciente que estaba en la misma sala que Shirin. A la muchacha, flacucha y analfabeta, de trece años, la habían casado a los once con un hombre que era casi veinte años mayor que ella. Nos contó que la sometía a malos tratos, que le pegaba en cuanto cometía el menor fallo en las labores domésticas. Igual hacía su cuñada. “Todos eran muy crueles conmigo y me golpeaban, mi marido, mi cuñada, mi cuñado…”, dijo.

Debido a la frustración y a la nostalgia de su propia familia, Rezagul decidió tomar medidas drásticas. “Me sentía tan mal”, recordaba. “Me rocié de gasolina y me prendí fuego. No quería vivir”. Las quemaduras le cubrían la mitad inferior del cuerpo.

Necesitó varios meses para poder recuperar la piel y ahora estaba de nuevo en la clínica a causa de un dolor renal crónico. Jalali dijo que Rezagul necesitaba aún someterse a cirugía reconstructiva, con terapia física, para que pudiera recuperarse bien.

El día que la visitamos, Rezagul parecía tranquila y casi feliz. Ya no estaba casada. Su padre había ido a buscarla y había vuelto con su familia. Estaba excitada pensando que pronto acudiría al colegio por primera vez en su vida.

En realidad, con sus quemaduras aún cubriéndola, Rezagul parecía la foto de la salud, como Brunel, la enfermera, le decía tomándole el pelo, un testimonio del éxito de la Unidad de Quemados.

Llenando un grave vacío

Brunel, que vive habitualmente en el sur de Francia y se traslada a la clínica como voluntaria a través de la ONG francesa Humani Terra International, lleva trabajando desde 2003 con el equipo médico de la Unidad de Quemados.

De hecho, tuvo un papel decisivo en el comienzo de la unidad (que en sus orígenes formaba parte del hospital principal con sólo un puñado de camas y personal aún no preparado) tras una reunión con el entonces gobernador de Herat, Ismael Khan, que comprendió e impulsó la creación de un lugar donde tratar las quemaduras.

En octubre de 2007, tras años intentando encontrar financiación, planificación y formación, Brunel y sus colegas afganos abrieron el centro de tratamiento que estábamos visitando. El centro recibe de media al año entre 600 y 700 pacientes con quemaduras, la mayoría víctimas de accidentes domésticos, muchos de ellos niños. Había una sala con docenas de niños, la mayoría con varios miembros envueltos en gasas y vendas, como consecuencia de haberse derramado encima el agua hirviendo de la tetera.

Sin embargo, una parte importante de las pacientes son víctimas de autoinmolación, al menos un 10%, según las estadísticas que lleva la Unidad de Quemados. “En 2003, cuando empezamos, estimamos que en Herat se producían unos 350 casos al año”, recordaba Brunel. El número ha disminuido –al menos en cuanto a las víctimas de la provincia de Herat- después de que el hospital y el gobierno local lanzaran una campaña pública de concienciación. “Hemos visto cómo el problema iba disminuyendo”, manifestó Brunel. “Y confío que tras un segundo año de campaña, se reduzca aún más”.

Pero necesitan más financiación y más tiempo. Aunque los casos de autoinmolación en el interior de la provincia parecen estar disminuyendo, siguen creciendo los casos provenientes de otras zonas. “Nos llegan de otras provincias”, dijo el Dr. Jalali. “Ahora tenemos pacientes de las provincias de Farah, Nimruz, Badgis y Helmand”.

Perdiendo la vida

A lo largo de nuestra visita, volvíamos a visitar a Shirin de vez en cuando. Llevaba tiempo delirando y no paraba de quejarse. Su madre, Hanifa Ahmadi, no se separaba de ella, acariciándole de vez en cuando la cabeza. Ahmadi, una bella mujer que parecía más persa que afgana, dijo que no entendía por qué su hija se había prendido fuego. “Shirin fue siempre una muchacha alegre que se llevaba bien con todo el mundo”, dijo.

Ahmadi estaba convencida de que Shirin se recuperaría pronto y dejaría el hospital, pero el Dr. Jalali no tenía dudas. “No va a durar mucho. Quizá una hora, hora y media. Es terrible pero no puedo hacer nada. Tiene el 90% del cuerpo abrasado con quemaduras de tercer grado”.

Brunel asintió. “No podemos hacer nada… excepto ayudarla para que muera con dignidad”, dijo. Ella y un camillero se turnaban tratando de hacer que se sientiera lo mejor posible, poniéndole un tubo para ayudarla a respirar, alimentándola, o aunque solo fuera alisando las sábanas que cubrían su cuerpo quemado.

El final se produjo algo más tarde de lo que el doctor había predicho, pero llegó. Seis horas después de que la conociéramos, expiró. Los miembros de su familia pasaron por delante de nosotros en el vestíbulo a toda velocidad, su madre, su tío, una tía y después su marido, que parecía más confundido que apenado. Subieron llorando a la habitación de Shirin, dando vueltas alrededor de su cama, retorciéndose las manos; incluso su suegra, con la que la muchacha se había peleado unos días antes.

Nos hicimos a un lado silenciosamente, recogimos nuestras cosas y nos preparamos para marcharnos tratando de no molestar. Cuando bajamos al vestíbulo por última vez, me asomé a la habitación donde estaba Rezagul. Ella me miró con sus vivos ojos y me dijo adiós con la mano. ¡Qué seas feliz, pequeña!

sexta-feira, 6 de novembro de 2009

20 años después del Muro la historia continúa

Mijaíl Gorbachov
IPS

Veinte años han pasado desde la caída del Muro de Berlín, uno de los símbolos vergonzosos de la guerra fría y de la peligrosa división del mundo en bloques y en esferas de influencia enfrentadas. El periodo actual nos permite observar aquellos acontecimientos y formarnos una opinión menos emocional y más racional.

La primera observación optimista es que el anunciado fin de la Historia no se ha producido en absoluto. Pero tampoco ha llegado lo que los políticos de mi generación confiaban sinceramente que ocurriría: un mundo en el cual, con el fin de la guerra fría, la humanidad podría finalmente olvidar la aberración de la carrera armamentista, de los conflictos regionales y de las estériles disputas ideológicas y entrar en una suerte de siglo dorado de seguridad colectiva, uso racional de los recursos, fin de la pobreza y la desigualdad y restauración de la armonía con la naturaleza.

Otra consecuencia es la interdependencia de importantes aspectos que tienen que ver con el sentido de la existencia de la humanidad. Esta interdependencia no se da sólo entre los procesos y hechos que ocurren en los diferentes continentes, sino también en el vínculo entre los cambios en las condiciones económicas, tecnológicas, sociales, demográficas y culturales de miles de millones de personas. La humanidad ha comenzado a transformarse en una civilización única.

Al mismo tiempo, la desaparición del llamado telón de acero y de las fronteras ha yuxtapuesto no solamente a aquellos países que hasta hace poco representaban diferentes sistemas políticos, sino también a civilizaciones, culturas y tradiciones.

Los políticos del siglo pasado podemos estar orgullosos de haber evitado el peligro de una guerra termonuclear. Sin embargo, para millones de personas el mundo no se ha convertido en un lugar más seguro que antes. Innumerables conflictos locales y guerras étnicas y religiosas han aparecido en el nuevo mapa de la política mundial. Una prueba evidente del comportamiento irracional de la nueva generación de políticos es el hecho de que los presupuestos de defensa de muchos países, grandes o pequeños, son ahora mayores que durante la guerra fría, así como que los métodos represivos son una vez más el medio general para resolver conflictos y un aspecto común y corriente de las actuales relaciones internacionales.

Desafortunadamente, a lo largo de las dos últimas décadas el mundo no se ha vuelto un lugar más justo: las disparidades entre la pobreza y la riqueza incluso se incrementaron, no sólo en los países en desarrollo, sino también dentro de las propias naciones desarrolladas. Los problemas sociales de Rusia, como en otros países poscomunistas, son una prueba de que el simple abandono de un modelo defectuoso de economía centralizada y de planificación burocrática no es suficiente para garantizar tanto la competitividad del país en una economía globalizada, como el respeto por los principios de la justicia social.

Deben añadirse nuevos desafíos. Uno es el terrorismo, convertido en la "bomba atómica de los pobres", no sólo en sentido figurado sino en sentido literal. La incontrolada proliferación de las armas de destrucción masiva, la competencia entre los antiguos adversarios de la guerra fría para alcanzar nuevos niveles tecnológicos en la producción de armas, y la emergencia de nuevos pretendientes a desempeñar un papel protagonista en un mundo multipolar, incrementan la sensación de caos que está afligiendo a la política global.

El verdadero logro que podemos celebrar es el hecho de que el siglo XX marcó el fin de las ideologías totalitarias, en particular las inspiradas en creencias utópicas. Pero pronto resultó evidente que también el capitalismo occidental, privado de su viejo adversario histórico e imaginándose a sí mismo como el indiscutible ganador histórico y la encarnación del progreso global, puede conducir a la sociedad occidental y al resto del mundo a un nuevo y ominoso callejón sin salida.

En este marco, la irrupción de la actual crisis económica ha revelado los defectos orgánicos del presente modelo occidental de desarrollo impuesto al resto del mundo como el único posible. Asimismo, demuestra que no solamente el socialismo burocrático sino también el capitalismo ultraliberal tiene la necesidad de una profunda reforma democrática y de la adquisición de un rostro humano, una suerte de perestroika propia.

Hoy en día, mientras dejamos a las espaldas las ruinas del viejo orden, podemos pensar en nosotros mismos como activos participantes en el proceso de creación de un mundo nuevo. Muchas verdades y postulados considerados indiscutibles (tanto en el Este como en el Oeste) han dejado de serlo. Entre ellos estaban la fe ciega en el todopoderoso mercado y, sobre todo, en su naturaleza democrática. Había una arraigada creencia de que el modelo occidental de democracia puede ser difundido mecánicamente a otras sociedades cuyas experiencias históricas y tradiciones culturales son diferentes. En la situación presente, incluso un concepto como el del progreso social, que parece ser compartido por todos, necesita una información más precisa y una redefinición.

quinta-feira, 5 de novembro de 2009

El siglo más largo

Joaquín Estefanía
El País


Ahora que se cumplen 20 años de la caída del Muro de Berlín, estación términi del siglo corto de Hobsbawm, es buen momento para revisar la tesis del historiador británico y comprobar si se ajustó a la realidad. Recordemos en qué consistía: hay una coherencia en los años transcurridos desde el estallido de la Primera Guerra Mundial hasta el hundimiento del comunismo. En esas casi ocho décadas se manifestaron tres fases: desde 1914 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial; desde 1945 hasta principios de los años setenta, 30 años de extraordinario crecimiento económico y transformación social; y una nueva era de descomposición, incertidumbre y crisis para vastas zonas del mundo. Ese siglo XX corto se compuso de una fugaz edad de oro, en el camino entre una y otra crisis hacia un futuro desconocido y problemático.

Cuando acaba de estudiar ese periodo, Hobsbawm manifiesta su preocupación por la existencia de un planeta cautivo, desarraigado y transformado por el colosal progreso económico y tecnológico del capitalismo dominante en los dos últimos siglos, que había mejorado las condiciones de vida de mucha gente. Y concluye: "Cuanto he escrito hasta ahora no puede decirnos si la humanidad puede resolver los problemas con los que se encuentra al final del milenio, ni tampoco cómo puede hacerlo. Pero quizá nos ayude a comprender en qué consisten esos problemas y qué condiciones pueden darse para solucionarlos, aunque no en qué medida estas condiciones se dan ya o están en vías de darse. Puede decirnos también cuán poco sabemos y qué pobre ha sido la capacidad de comprensión de los hombres y las mujeres que tomaron las principales decisiones públicas del siglo, y cuán escasa ha sido su capacidad de anticipar -y aún menos de prever- lo que iba a suceder, esencialmente en la segunda parte del siglo". (Historia del siglo XX).

Todavía cuando escribe esto el planeta está beneficiándose de los mejores efectos de la nueva economía, aquel paradigma que afirmaba que habían acabado los ciclos económicos (como se había terminado la historia) y que las sociedades no podían más que crecer y progresar. Hoy sabemos que la nueva economía fue en el mejor de los casos una ensoñación, y en el peor, una ideología cuyo objetivo era beneficiar a unos pocos. No es seguro, y tampoco probable, que nuestros hijos vayan a vivir mejor que nosotros. Cuando llevamos más de dos años de Gran Recesión y se empiezan a desvelar con crudeza las huellas que va a dejar en términos de paro, empobrecimiento de las clases medias, marginalidad, hambre, desigualdad o endeudamiento, ¿es demasiado arriesgado analizar esta crisis, heredera de la Gran Depresión, como una continuación natural de ese futuro desconocido y problemático que define al siglo XX, y aseverar que a medida que avanza el nuevo milenio está cada vez más claro que la tarea principal será reconsiderar los abusos intrínsecos del capitalismo? Entonces, el siglo XX no sería un siglo corto sino un siglo largo.

Son bastantes los que definen a la actual crisis como un cisne negro, en la descripción de Nassim Taleb: un acontecimiento inesperado que ocasiona enormes impactos; en este caso, una tormenta que surgió en un cielo casi sin nubes, imprevista, que se abatió sobre un planeta que creía que tales acontecimientos extremos no se iban a repetir. Otros, sin embargo, consideran que las bases para el actual derrumbamiento de la economía estaban puestas desde hace al menos dos décadas, cuando la autodestrucción del socialismo real cambió la naturaleza del poder y el escenario de los miedos; aumentó el temor de los ciudadanos comunes que empezaron a soportar, con más intensidad que nunca, la inseguridad a perder el puesto de trabajo, a quedar atrás en una distribución de recursos cada vez más desigual, a zozobrar en el control de las circunstancias y rutinas de sus vidas cotidianas; y quizá, y sobre todo, alarma ante el hecho de que quienes tienen la autoridad delegada hayan perdido su control a favor de fuerzas que están más allá de su alcance, como consecuencia de la globalización realmente existente. Por el contrario, perdieron esos miedos los poderosos, que a partir de principios de los años noventa no se tenían que enfrentar ya a la existencia de un sistema político y económico alternativo, con todos los defectos que se le quieran poner (y que eran ciertos), y tenían barra libre para experimentar a su favor con cualquier ungüento de serpiente, como era la desregulación de mercados inestables, con información asimétrica y competencia imperfecta.

Llevamos más de dos años componiendo el juego de culpables de esta crisis: los bancos centrales, que no la previeron o la facilitaron con su política de gran liquidez; las agencias de calificación de riesgos que nos engañaron sobre el verdadero valor de los activos financieros; los fondos de alto riesgo, totalmente libres; los banqueros, que sacaban de balance multitud de riesgos imprecisos; los organismos reguladores, que dedicados a lo que estaba dentro de sus fronteras no previeron que éstas ya no existían para los movimientos de capital; los gobiernos que permitieron todo lo anterior y lo legitimaron con su inacción. Pero para comprender esta Gran Recesión debemos ir más allá de ese espejo de culpables parciales o de chivos expiatorios, porque sólo ahondando en la fuente de los errores puede señalarse el sistema de ideas que dio lugar a ellos. Como acertadamente ha señalado Robert Skidelsky (El regreso de Keynes), cuando algo va mal el primer instinto es señalar a los responsables prácticos de la cosa y sólo empezamos a culpar a las ideas cuando resulta evidente que aquellos responsables no eran excepcionalmente corruptos, avariciosos ni incompetentes, sino que estaban actuando sobre lo que creían ser unos sanos principios y no lo eran: el pensamiento único.

Así que las prácticas de todos esos agentes, por escandalosas que hayan sido, deben remontarse a las ideas que las acogieron. Estas ideas (la autorregulación, el Estado es el problema y el mercado la solución, presupuestos equilibrados en sociedades con muchas necesidades, primero es crecer y sólo luego distribuir, la inflación como prioridad económica absoluta...) llegan siempre a la arena pública mezcladas con la política, los intereses creados, las circunstancias de cada época y lugar y devienen en la ideología dominante.

No sólo Skidelsky defiende esta interpretación de lo sucedido. El Nobel de Economía George Akerloff, y otro economista que puede serlo en cualquier momento, Robert Shiller, se preguntan en qué hemos estado pensando los ciudadanos durante la parte alta del ciclo, por qué no nos dimos cuenta de lo que estaba sucediendo si era evidente la artificiosidad de la economía, hasta que no se nos cayó el mundo encima con acontecimientos como bancos que quiebran y han de ser nacionalizados, empresas que desaparecen, contabilidad creativa, pérdida de centenares de miles de empleos, ejecución de hipotecas, sequía de préstamos, bonus desequilibrantes de la estructura social... Y se responden: porque el público y los Gobiernos se sentían respaldados por una teoría que les decía que estaban seguros, que todo iba perfectamente y que no corrían ningún peligro.

Aseguraba Schumpeter que las fluctuaciones cíclicas de la economía capitalista, hoy tan abundantes, no son como las amígdalas, órganos aislados que pueden extirparse por separado, sino como los latidos del corazón, parte de la esencia del organismo que los pone de manifiesto.

Quién nos iba a decir que más de 60 años después de su muerte, Keynes iba a ser tan reivindicado por el fracaso intelectual de las ideas que lo arrumbaron, que íbamos a volver a contemplar la historia mucho más como una escalera de espiral que con la linealidad que con tanta falsedad nos vendieron, y que no íbamos a poder dejar tan fácilmente el siglo XX, olvidándonos de lo terrible que fue.

quarta-feira, 4 de novembro de 2009

Honduras: Congreso dilata futuro de Zelaya

Agencias

Los líderes del Congreso de Honduras decidieron el martes pedir la opinión de los poderes judicial y ciudadano antes de votar la posibilidad de restituir al depuesto presidente Manuel Zelaya, dilatando la convocatoria a una sesión clave para debatir el futuro del líder.

La decisión, informada por dos legisladores, desafía un acuerdo alcanzado la semana pasada entre negociadores de Zelaya y el Gobierno de facto con la mediación de Washington, cuyo punto central es que el Congreso vote sobre la vuelta al poder del derrocado mandatario. "Confirmado, se acordó enviar a la Corte, al Ministerio Público y a la Procuraduría General de la República", dijo a Reuters Antonio Rivera, subjefe de bancada del Partido Nacional. "Una vez que hayan los reportes de los tres órganos nos reuniremos", añadió.

El acuerdo logrado la semana pasada, dentro de los intentos por superar la crisis desatada por el golpe de Estado de fines de junio, contemplaba la posibilidad de que el Congreso pidiera la opinión no vinculante de la Corte Suprema, pero la directiva parlamentaria sumó a otros órganos del poder público.

La decisión de la Junta Directiva del Congreso no fue unánime. Tres de los 13 miembros votaron en contra de pedir la opinión de la Corte Suprema e intentaron fijar un plazo de 24 horas para que los órganos consultados den su informe y así pudiera ser convocada la sesión para votar sobre el futuro de defenestrado mandatario.

El diputado liberal Erick Rodríguez dijo que pidieron la opinión de forma "urgente" a la Corte Suprema, Procuraduría y Fiscalía, pero no fijaron un plazo. "En Honduras 'urgente' a veces dilata. Hablás a la policía de urgencia y vienen en cuatro o cinco horas", dijo al comentar que por esa razón los dictámenes y un posterior llamado a la sesión "podría tardar una semana, un mes después de las elecciones".

Los parlamentarios están en receso por la campaña electoral para las elecciones presidenciales del 29 de noviembre. Zelaya dijo que, si para el jueves no era reinstaurado, la comunidad internacional desconocería las elecciones, que ya estaban convocadas desde antes de su derrocamiento y que han sido la punta de lanza del Gobierno de facto como la vía para cerrar la peor crisis política en América Central en décadas. El acuerdo también dispone la conformación esta semana de un Gobierno de unidad nacional, plazo que estaría en duda con la decisión de los líderes parlamentarios.

La Corte Suprema dictaminó en el pasado que el golpe de Estado que derrocó a Zelaya fue legal, debido a que el mandatario depuesto habría violado la Constitución al querer forzar la reelección presidencial.

¿El pueblo se levanta? La decisión de la Junta Directiva tomó mal parada a la comisión de verificación de la Organización de Estados Americanos (OEA), que llegó a Tegucigalpa poco antes de la votación con la esperanza de una rápida aplicación del acuerdo. Además, enfureció a cientos de simpatizantes de "MEL", como llaman popularmente a Zelaya, que amenazaron con manifestar ante el Congreso para presionar por su restitución.

La comisión de la OEA es liderada por el ex presidente chileno Ricardo Lagos, quien más temprano el martes dijo a una radio de su país que cree que el camino para salir de la crisis es "restablecer al presidente Zelaya por el escaso tiempo que le queda en la presidencia".

Por su parte Hilda Solis, secretaria de Trabajo de Estados Unidos, dijo que está dispuesta a hacer todos los esfuerzos hasta saber "dónde y cómo vamos a alcanzar una solución para la gente de Honduras". En las afueras del Congreso, enfurecidos simpatizantes de Zelaya gritaban "¡Mel, aguanta, que el pueblo se levanta!", con el puño en alto.

Muchos juraron mantener la vigilia hasta que vuelva al poder su líder, refugiado desde el pasado 21 de septiembre en la embajada de Brasil en la capital hondureña tras haber ingresado de manera clandestina al país. El Congreso era custodiado por policías antimotines, provistos de escudos, palos y bombas lacrimógenas.

terça-feira, 3 de novembro de 2009

Emerge una nueva izquierda en Europa

Daniel Bensaid
El País

Las recientes elecciones alemanas y portuguesas han confirmado la emergencia en varios países de Europa de una nueva izquierda radical. En Alemania, Die Linke ha obtenido el 11,9% de los sufragios y 76 diputados en el Bundestag. En Portugal, el Bloque de Izquierda ha alcanzado un 9,85% y ha doblado su representación parlamentaria con 16 diputados. Esta nueva izquierda surgió a finales de los años noventa con la renovación de los movimientos sociales y el auge del movimiento alter-mundialista. La novedad reside en su avance electoral, que no se limita a un país o dos, sino que esboza una tendencia europea (ilustrada, entre otros, por la Alianza Roja y Verde en Dinamarca, Syriza en Grecia o el Nuevo Partido Anticapitalista en Francia), todavía frágil y desigual, según los distintos sistemas electorales. Por ejemplo, el NPA y el Frente de Izquierdas tienen en Francia un potencial acumulado de aproximadamente un 12%, pero no cuentan con ningún parlamentario electo, debido a un sistema uninominal a dos vueltas que excluye toda representación proporcional y favorece el "voto útil" como mal menor.

Varios factores explican este fenómeno y, ante todo, el hundimiento o el retroceso de los partidos socialdemócratas y comunistas que han estructurado desde hace medio siglo la izquierda tradicional. Los partidos comunistas, que se habían identificado con el "campo socialista" y con la Unión Soviética, han desaparecido o han visto disolverse su base social, a excepción relativa de Grecia y Portugal. En cuanto a la socialdemocracia, al acompañar e impulsar las políticas liberales en el marco de los tratados europeos, ha contribuido activamente a desmantelar el Estado social del que obtenía su legitimidad. Bajo pretexto de "renovación", de "tercera vía" y de "nuevo centro", se ha metamorfoseado además en formación de centro izquierda, a semejanza del Partido Demócrata italiano. A medida que sus vínculos con el electorado popular se debilitaban, se reforzaba su integración en los medios de negocios. El paso de Schröder al consejo de administración de Gazprom, y la promoción de dos "socialistas" franceses (Dominique Strauss-Kahn y Pascal Lamy) a la cabeza del FMI y de la OMC simbolizan esa transformación de altos dirigentes socialistas en hombres de confianza del gran capital. Paladina de la "economía social de mercado" y del compromiso social, la socialdemocracia alemana ya ha pagado por ello, al registrar en las elecciones del 27 de septiembre una pérdida de 10 millones de electores en 10 años.

Mientras que esta izquierda del centro cada vez se distingue menos de la derecha del centro, ha crecido tras la caída del muro de Berlín una nueva generación que no habrá conocido más que las guerras calientes imperiales, las crisis ecológicas y sociales, el desempleo, y la precariedad. Una minoría activa de estos jóvenes retoma el gusto por la lucha y la política, pero mantiene su desconfianza ante los juegos electorales y los compromisos institucionales. Al rechazar un mundo inmundo sin llegar a concebir "el otro mundo" necesario, esta radicalidad puede tomar direcciones diametralmente opuestas: la de una alternativa claramente anticapitalista, o la de un populismo nacionalista y xenófobo (el Frente Nacional en Francia, el National Front en Reino Unido), e incluso la de un nuevo nihilismo. Sin embargo, es alentador constatar que el electorado de Die Linke, como el de Olivier Besancenot en las elecciones presidenciales francesas de 2007, se caracteriza por tener un componente joven, precario y popular, proporcionalmente superior al de los otros partidos.

Sin embargo, la nueva izquierda no constituye una corriente homogénea reunida en torno a un proyecto estratégico común. Se inscribe más bien en un campo de fuerzas polarizado, de un lado, por la resistencia y los movimientos sociales, y del otro, por la tentación de la respetabilidad institucional. La cuestión de las alianzas parlamentarias y gubernamentales ya es para esta izquierda una verdadera prueba de verdad. Rifundazione Comunista, que todavía ayer aparecía como el buque insignia de esta nueva izquierda europea, se suicidó al participar en el Gobierno Prodi sin impedir el retorno de Berlusconi. Mucho más allá de las tácticas electorales, estas opciones revelan una orientación que Oskar Lafontaine resume con acierto: "Hacer presión para restaurar el Estado social".

Por tanto, no se trata de construir pacientemente una alternativa anticapitalista, sino de "hacer presión" sobre la socialdemocracia para salvarla de sus demonios centristas y hacerla volver a una política reformista clásica dentro del marco del orden establecido. En cuanto a "restaurar el Estado social", para ello haría falta empezar por romper con el Pacto de Estabilidad y el Tratado de Lisboa, reconstruir unos servicios públicos europeos y someter el Banco Central Europeo a instancias elegidas. En resumen, hacer exactamente lo contrario de lo que han hecho los gobiernos de izquierdas durante los últimos 20 años y siguen haciendo cuando están en el poder. La moderación de la socialdemocracia ante la crisis económica y su declaración común durante las últimas elecciones europeas demuestran que su sometimiento a los imperativos del mercado no es reversible.

En cambio, el día después de las elecciones portuguesas, Francisco Louça, el diputado que coordina el Bloque de Izquierda, rechazó los cantos de sirena gubernamentales, al declarar rotundamente que su formación estaría "en la oposición", en contra de las privatizaciones anunciadas, del desmantelamiento de los servicios públicos y del nuevo código de trabajo; por tanto, en la oposición del Gobierno Sócrates. Esta opción también está en el corazón de las divergencias entre el NPA de Olivier Besancenot, que rechaza toda alianza de gobierno con el Partido Socialista, y el Partido Comunista francés, claramente comprometido con la perspectiva de reconstruir la "izquierda plural", cuyo gobierno condujo al desastre de 2002 con Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

Estas dos opciones atraviesan, sin duda, la mayoría de los partidos de la nueva izquierda y, en concreto, Die Linke, cuya coalición con el SPD, ya muy discutida en el Ayuntamiento de Berlín, tendería a generalizarse como parece anunciarlo la alianza trabada últimamente en el land de Brandenburgo.

De este modo, se esboza la opción estratégica a la que se verá confrontada la nueva izquierda. O bien se contenta con un papel de contrapeso y presión sobre la izquierda tradicional privilegiando el terreno institucional; o bien favorece las luchas y los movimientos sociales para construir pacientemente una nueva representación política de los explotados y oprimidos. Esto no excluye de ningún modo que busque la más amplia unidad de acción con la izquierda tradicional, en contra de las privatizaciones y las deslocalizaciones, y a favor de los servicios públicos, la protección social, las libertades democráticas y la solidaridad con los trabajadores inmigrados y sin papeles. Pero esto exige una independencia rigurosa respecto a una izquierda que gestiona lealmente los asuntos del capital, a riesgo de hacer aborrecer la política a las nuevas fuerzas emergentes.

La crisis social y ecológica está todavía en sus inicios. Más allá de posibles recuperaciones o mejoras, el desempleo y la precariedad se mantendrán en unos niveles muy elevados y los efectos del cambio climático seguirán agravándose. En efecto, no estamos ante una crisis como las que ha conocido frecuentemente el capitalismo, sino ante una crisis de la desmesura de un sistema que pretende cuantificar lo incuantificable y dar una medida común a lo inconmensurable. Es probable que estemos, por tanto, al principio de un seísmo, con recomposiciones y redefiniciones, del que saldrá un paisaje político dentro de unos años totalmente recompuesto. Hay que prepararse para ello y no sacrificar el surgimiento de una alternativa a medio plazo por operaciones de politiqueo e hipotéticas ganancias inmediatas que traen amargas desilusiones.

segunda-feira, 2 de novembro de 2009

Mario Bunge: "Hay nubes negras en el horizonte"

Héctor Pavón
Revista Ñ

Critica a casi todos. Dice que las redes virtuales son superfluas, que los economistas son enemigos del pueblo, que Heidegger era un charlatán y que vendrán guerras por los recursos. Pero apuesta por la democracia participativa, el desarrollo, la igualdad y el bien común. El Estado es imprescindible, dice, y agrega que no puede estar sometido a unos pocos, a una minoría.

Además de físico, filósofo y epistemólogo, Mario Bunge es humanista en la teoría y en la práctica. Un hombre que reivindica la actitud liberal de quien defiende la libertad y ejercita un pensamiento progresista. Y también provocador. Polémico y con pocas pulgas: así se refiere a quienes no respeta. Bunge ha llegado a la síntesis hegeliana de su pensamiento al publicar un libro enorme en tamaño y en ideas que se llama simplemente Filosofía política (Gedisa). Desde que la Noche de los bastones largos lo expulsó del país, Bunge vive en Canadá, donde también piensa y escribe sobre este mundo, que muchas veces suele indignarlo. Una mañana, desde Montreal conversó por teléfono con Ñ y contó cómo es la democracia, la ideología, el bien común y el sistema lógico que desearía compartir con muchas personas de este planeta.


¿Cómo opera la lógica en la política cotidiana? Usted cita frases de George Bush que no resisten el análisis lógico...

En la política cotidiana no se trata de argumentar a favor o en contra, sino más bien de persuadir. Se usa el arte de la retórica, de la persuasión que es muy diferente de la lógica que usan los científicos. El discurso político, aun cuando sea honesto, recurre a trucos retóricos porque se trata de convencer al votante y se recurre a argumentos de tipo sentimental. En este momento, se está debatiendo en EE.UU., algo muy raro porque el debate de ideas casi no existe en ese país, acerca de los planes de Obama, de reformar el sistema de salud. Las compañías farmacéuticas, las de seguros y el Partido Republicano recurren a mentiras. Dicen que el sistema canadiense es malo cuando es al revés, es muchísimo mejor y más barato que el norteamericano; unos dicen que la socialización de la medicina equivale al comunismo y otros, al nazismo. Amenazan: mucha gente va a los mitines con armas, las exhiben y dicen que están dispuestas a defender la medicina privada con sus ¡vidas! Cuando hay grandes intereses de por medio, la retórica reemplaza a la lógica.

Usted dice que en la política es tan común la estupidez como la racionalidad. ¿Quiénes son los que pregonan esa estupidez?

Los malos filósofos. Como Nietzsche que no era filósofo sino panfletista: no resolvió ningún problema filosófico importante, pero sí difundió una ideología reaccionaria, proto-fascista. Los anarquistas admiraban a Nietzsche porque era anticristiano, porque peroraba en contra del establishment, y no se daban cuenta de que era antidemocrático, misógino, que estaba en contra de los sindicatos, que preconizaba la dictadura, el predominio del súper hombre. Nietzsche era el filósofo favorito de Hitler, otro: Heidegger preconizaba la estupidez, porque se reía de la lógica, negaba la racionalidad, y porque escribía de manera totalmente incomprensible. Se cree que Heidegger fue un filósofo nazi, pero eso fue un error. No era un filósofo, era un charlatán.

En su libro elogia las redes sociales. ¿La aparición de comunidades virtuales como Facebook, ha modificado ese espíritu?

Sí, pero son comunidades muy flojas porque los vínculos que los unen son puramente informáticos; una cosa es una relación cara a cara y otra es una relación a través de una pantalla. Yo tengo amigos postales a quienes nunca he visto en mi vida, con quienes me escribo desde hace 20, 30 años, y los considero amigos porque intercambiamos ideas, nos ayudamos mutuamente, pero en un plano muy abstracto. Las relaciones que suele hacer la gente en Internet son muy superficiales. Cuando yo era chico había otra red: la de los radioaficionados, tipos que tenían un equipo de radioemisora, retrotransmisora y receptora en un altillo y se comunicaban con gente en Australia, por ejemplo. Las conversaciones eran del tipo: "Hola, ¿qué tal?, ¿qué estás haciendo? ¿Hace lindo tiempo ahí? ¿qué comiste?" Todos temas intrascendentes. Es muy diferente de las redes profesionales, de científicos o de políticos que están tratando problemas serios, ya sea cara a cara o a través de la pantalla. La pantalla disminuye mucho la intensidad de las relaciones sociales.

¿Usted asesoraría a un gobernante como intelectual?

Sí, cómo no, desde luego. Pero la desgracia es que los gobernantes casi nunca consultan a los científicos; consultan a los economistas, y casi siempre a los malos. Por ejemplo, Obama, a pesar de sus buenas intenciones, está rodeado de economistas de la época de Bush o de Clinton, que son responsables de la crisis actual. Son personas que asesoraron a los gobiernos anteriores diciéndoles que había que desregular ésta o aquella industria; empezando por Ben Bernanke, que es el presidente del Banco Central, Larry Summer, que fue presidente de Harvard University. En ese entonces, Summer dio sugerencias sobre las inversiones y Harvard llegó al borde de la bancarrota. Ronald Reagan se hizo asesorar por Milton Friedman quien dio recomendaciones que hicieron que la economía norteamericana cayera en crisis. En cambio, en la gran recesión que empezó en 1929, el gobierno de Roosevelt se asesoró por discípulos de Keynes. Es decir, esa vez sí consultaron a un buen economista, uno de los pocos que no era enemigo del pueblo. La mayor parte de los economistas son enemigos del pueblo. Como dijo Nassim Nicholas Taleb: son como astrólogos pero mucho más peligrosos.

¿Cuánto cree que se ha transformado el concepto de seguridad? Pareciera que en nombre de la seguridad hoy se resigna libertad. ¿Es un mal necesario?

No, yo creo que no, que es al revés. Solamente en una sociedad democrática puede haber seguridad, porque la gente participa y, en lugar de esconderse en pequeños grupos subterráneos ilegales, saca la cara y combate en defensa de las libertades. Por otro lado, en la sociedad actual no hay seguridad económica, a uno lo pueden dejar cesante de la noche a la mañana. Tampoco hay seguridad ambiental; uno no puede tener seguridad de que el aire que respira o el agua que bebe están libres de contaminantes. No hay seguridad sanitaria, digamos. Hay muchas clases de seguridad. La política de Bush fue igual que la de Hitler: decirle a la gente que estaba bajo amenaza para que aguantaran cualquier cosa. Cuando en el Juicio de Nüremberg le preguntaron al mariscal Goering cómo se las arreglaron para persuadir al pueblo alemán de que tenía que seguir fielmente las órdenes del Führer, dijo: "Es muy simple, los convencimos de que estaban bajo amenaza, de que la nación alemana estaba en peligro de ser destruida de adentro por los judíos y de afuera, por los bolcheviques". Bastó eso para que aceptaran todas las medidas de emergencia. Y lo mismo pasó con el 9/11. Bush convenció, con la complicidad de los grandes medios, a la población de que EE.UU. estaba bajo ataque. Y era mentira. Eso de la guerra contra el terrorismo es ridículo, lo que requiere es una operación policial, no una movilización de todo un pueblo. Los norteamericanos estaban completa y políticamente ciegos.

¿La idea de un bien común, se modifica cuando se multiplican los guetos? Hay guetos voluntarios de ricos, involuntarios de pobres, hay minorías sexuales, tribus urbanas, que busca cada una su bien común. ¿Quién busca el bien común...?

Es que no son bienes comunes. El bien común existe desde el comienzo de la civilización. Justamente ésa es una de las características del comienzo de la civilización; aparece la división de clases, aparecen los ejércitos permanentes, pero también aparece un hecho nuevo: el bien común para el cual hay que imponer impuestos. Por ejemplo, las carreteras, los puentes, los templos, los graneros, las reservas de agua, etcétera, son todos bienes comunes, y la función del Estado es doble: no solamente mantener el orden social sino también administrar el bien común. Es cierto que cada grupo tiene sus intereses particulares y también es cierto que la escuela nos enseña –o nos enseñaba– que hay un bien común que hay que proteger y enriquecer; pero es muy difícil, sin democracia participativa es muy difícil convencer a la gente de que no tiene que dañar los edificios públicos, de que tiene que tratar de mejorar el alumbrado o el servicio sanitario y agruparse en sociedades vecinales, de fomento.

¿Qué se entiende por ideología hoy? ¿Existe aún?

Una ideología es un sistema de juicios de valor, de propuestas sobre la conducción de la política; contiene una visión de la sociedad, y datos. Lo que se puede prescindir es de una mala ideología, de una ideología fundada sobre mentiras o de una que sirve solamente a una pequeña minoría. Yo creo en las posibilidades de construir ideologías científicas, es decir, ideologías que se basen sobre los datos de las ciencias, de las distintas ciencias, en particular las ciencias sociales. Por ejemplo, que la libertad hace bien a la salud, y que la opresión daña la salud. Ese es un dato importante. También, es un dato importante saber que los chicos desnutridos no aprenden bien. Los mexicanos encontraron ya hace medio siglo que la corteza cerebral de los chicos pobres es mucho más delgada que la corteza cerebral de los chicos de familias acomodadas, por eso es que andan mal en la escuela, su cerebro funciona mal porque están hambrientos. Una ideología progresista, una ideología científica va a tener en cuenta esos datos de las ciencias médicas, de las ciencias sociales.

¿La democracia ha cambiado lo suficiente para adaptarse al mundo de hoy...?

Fue una gran revolución la introducción de la democracia política. Pero no basta porque no da de comer, hace falta la democracia económica, es decir, una repartición más justa de los bienes materiales, hace falta democracia biológica, o sea, igualdad de sexos, de los tres sexos; igualdad de razas también; hace falta democracia ecológica o ambiental, para evitar que los recursos naturales, que la naturaleza sean apropiados por unas pocas corporaciones que la arruinan, que la explotan en forma que no es sostenible. Yo propongo una democracia integral, que sea a la vez biológica, económica, cultural y política. En la Argentina, desde la época de Sarmiento en adelante se ha gozado de cierta democracia cultural o por lo menos educativa. La enseñanza ha sido siempre gratuita, abierta a todo el mundo. Pero lo malo es que una escuela gratuita pero pobre no sirve.

¿Cómo imagina que será la democracia en el futuro?

Todo depende de si los ciudadanos siguen en su mayoría apáticos, indiferentes a la política o asqueados por la política, en lugar de tratar de mejorarla. Tenemos que actuar en política, discutir y ver cuáles son los problemas que debieran abordar los partidos políticos y las agrupaciones políticas no partidarias. En cada barrio debería haber una agrupación no gubernamental que estudie los problemas del barrio, los problemas urbanos, económicos, culturales, y que sugiera soluciones, que inviten a conferencistas, que hagan trabajos sobre distintos problemas; que la ciudadanía participe activamente en la construcción, reconstrucción y modernización de las instituciones.

¿Hacia dónde va el papel del Estado, teniendo en cuenta la importancia que tuvo en la definición de la crisis global?

El Estado es imprescindible, pero no puede estar sometido a unas pocas empresas, no puede estar sometido a una minoría. Hay Estados más o menos neutros en que eso no pasa, por ejemplo en Suecia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Finlandia, donde predomina el Partido Socialdemócrata. Es cierto que Berlusconi en Italia es un delincuente que los italianos estúpidamente han elegido tres veces; pero lo único que ha logrado Berlusconi es cambiar la industria de la comunicación, se ha apoderado de casi todos los medios, pero los gobiernos de Berlusconi no han cambiado la estructura social. Italia sigue siendo un país en que la mayor parte de la población es propietaria de su casa, la mayor parte de la población es de clase media y no hay ya la miseria que había hace 50 años. El Estado moderno en los países llamados de bienestar capitalista, o llamados socialistas, cumple un papel positivo, bastante positivo.

¿Es optimista o pesimista sobre el futuro de la humanidad?

No soy pesimista ni optimista, soy realista. Creo que hay posibilidades de desarrollo progresivo, de mejorar la manera en que vive la gente, pero no estoy para nada seguro de que se realicen porque hay muchas nubes negras en el horizonte. Los recursos energéticos básicos están disminuyendo, de modo que es casi inevitable que haya nuevas guerras de petróleo. La sobrepoblación sigue siendo una nube negra; la erosión de la tierra; la contaminación del ambiente. Pero también es cierto que se dispone cada vez más de una ingeniería y de una química capaz de resolver muchos problemas. Hay posibilidades de ir adelante, y también hay posibilidades de ir atrás. Si seguimos poniendo la economía en manos de aventureros y de gente ignorante, entonces, vamos a seguir sufriendo crisis. Y con cada una de estas crisis se barren, desaparecen miles y miles de millones de bienes; y por supuesto, millones de vidas quedan arruinadas, las vidas de los desocupados. Hay maneras de ir para adelante, la cuestión es saber si los ciudadanos van a tomar interés en el futuro o van a seguir apáticos, marginados.

domingo, 1 de novembro de 2009

O governo do submundo

Euclides Mendes
Folha

O crime organizado é um "governo do submundo", defende o pesquisador alemão Klaus von Lampe. Ele é autor do livro "Crime Organizado" (publicado na Alemanha em 1999). Professor de justiça criminal na Universidade da Cidade de Nova York (EUA) e um nomes mais respeitados em sua área, Von Lampe estuda a formação e a atuação do crime organizado, sobretudo na Europa. Em entrevista recente, ele diz que a violência desencadeada pelo crime é parte de um fenômeno que perpassa alianças, disputas e interesses entre grupos criminosos e também parcelas da elite social. "Criminosos geralmente prestam serviços às elites sociais", afirma. Reduzir o poder do crime organizado - que chegou a derrubar um helicóptero da polícia no Rio Janeiro - segundo Von Lampe, depende de ações que partam do Estado e da sociedade. Ele ainda defende, na entrevista abaixo, a descriminalização controlada das drogas, o que, diz, poderia reduzir o tráfico e seus custos sociais.

A legalização do uso de drogas é uma medida eficaz para combater o narcotráfico?

Em primeiro lugar, não acho, por várias razões, que uma legalização total de todas as drogas seja praticável. O que é mais viável é a descriminalização, juntamente com um alto nível de regulação. Em segundo lugar, o número de consumidores, o impacto negativo sobre eles, os custos sociais do uso de drogas e o volume do tráfico poderiam ser reduzidos significativamente fornecendo o acesso legal às drogas atualmente ilegais. Todas as pesquisas sobre os efeitos da oferta controlada de drogas aos consumidores -como a heroína dada aos viciados em heroína- indicam que isso apresenta mais vantagens que desvantagens.

Que drogas dão mais dinheiro ao crime organizado?

Depende do fornecimento, da demanda e dos traficantes de drogas. Quanto mais elevados são a intensidade da aplicação da lei e os custos de transporte, mais elevado será o valor por unidade. Por isso os traficantes colombianos trocaram a maconha por cocaína quando os EUA intensificaram os esforços contra o contrabando na região do Caribe. A maconha era, simplesmente, muito volumosa.

O que sustenta o fluxo do tráfico de drogas?

Oferta e procura, e também um número justo de coincidências entre os meios de transporte, os contatos pessoais, as preferências e as habilidades dos traficantes.

No Brasil, organizações como o Primeiro Comando da Capital, em São Paulo, e o Comando Vermelho, no Rio, agem mesmo com vários de seus líderes presos. Como o sistema carcerário e a legislação penal contribuem para o fortalecimento do crime organizado?

Há diversos exemplos, historicamente, de organizações criminosas (e, de forma geral, de redes criminosas) que estão sendo formadas dentro das prisões. Isso não é uma surpresa, a prisão é um lugar de encontro para pessoas que pensam de modo parecido. O fenômeno das gangues nas prisões parece ter relação, em parte, com superlotação e conflitos entre os detentos. A solução óbvia seria reduzir a superlotação nas prisões, procurando alternativas ao aprisionamento e/ou expandindo as capacidades do sistema carcerário.

Qual deve ser a responsabilidade do Estado no combate às organizações criminosas?

É importante que a pressão na aplicação da lei em criminosos seja elevada. A polícia precisa de determinadas ferramentas de investigação para ser eficaz. Além dos meios repressivos, a polícia e a sociedade devem desenvolver medidas preventivas contra a logística de grupos criminosos, reduzindo as oportunidades para o crime organizado e para os criminosos se estabelecerem e manterem contatos com outros criminosos.

Sua tese de doutorado trata do conceito americano de "crime organizado". Como nasceu o crime organizado nas sociedades modernas? A vida urbana foi fundamental para isso?

Eu examinei o conceito de crime organizado, que foi consistentemente usado no discurso político sobre o crime desde 1919, começando em Chicago [EUA]. Mas ele não é confinado necessariamente aos ambientes urbanos.

Em áreas dominadas pelo tráfico de drogas em cidades como o Rio de Janeiro, organizações criminosas têm influência na comunidade local. Pode haver mudanças na percepção social do crime dentro e fora da área controlada?

Traficantes de drogas controlando um território são um problema que, acho, precisa ser visto sob diferentes ângulos. É preciso focar membros individuais, a gangue e seus símbolos, o contexto situacional de lugares de encontro, o transporte, o armazenamento e a venda das drogas. É preciso identificar os problemas sociais que conduzem à tolerância e à aceitação de traficantes de drogas em comunidades, a ponto de serem imitados pelos jovens. Não há nenhuma solução aplicável de maneira geral. É preciso sempre olhar a situação específica.

Como funciona a estrutura de poder do crime organizado?

Há diferentes manifestações do crime organizado. Na maior parte da Europa Ocidental, o crime organizado está ligado ao fornecimento de mercadorias e serviços ilícitos, e atividades como fraude, roubo, saque e extorsão. Em algumas regiões da Europa e dos EUA, esses crimes ocorrem no contexto de um "governo do submundo", isto é, estruturas mais ou menos formalizadas que controlam e regulam atividades ilegais.

Normalmente, nesses casos, os criminosos são forçados a compartilhar seus lucros ilegais com os grupos que se especializam no uso da violência e podem receber, em retorno, benefícios como proteção. Às vezes, há uma sobreposição entre empresas ilegais e o "governo do submundo" -por exemplo, quando membros de uma família da máfia na Sicília (Cosa Nostra) estão envolvidos no tráfico de drogas. Às vezes, os grupos começam como empresas ilegais e procuram ganhar o controle sobre um território. Eles estabelecem então um monopólio ou licenciam as atividades de outros criminosos.

Por exemplo, um grupo do tráfico permite a um número limitado de indivíduos vender drogas em um determinado território. Em algumas regiões da Europa -e, historicamente, também nos EUA- há uma aliança entre o mundo e o submundo. Os criminosos colaboram com políticos e homens de negócios. Tais alianças emergem quando os governos e a sociedade civil são fracos. Os interesses particulares e políticos são perseguidos, mesmo violando a ordem legal e constitucional existente.

Criminosos geralmente prestam serviços às elites sociais. Quando essas alianças se rompem, como no caso do cartel de Medellín [na Colômbia] e da máfia siciliana no começo dos anos 90, as elites políticas e dos negócios prevalecem no conflito militar subsequente, porque as elites sociais podem fazer todo o uso de recursos estatais (incluindo a polícia e as Forças Armadas).

Quais são as diferenças entre o crime organizado na Europa e nos Estados Unidos?

As organizações criminosas na Europa e nos EUA se enquadram em três categorias amplas: empresas ilegais, associações criminosas e "governo do submundo". Empresas ilegais, como grupos que realizam tráfico de drogas, tendem a ser pequenas e encaixadas em redes criminosas maiores. Associações criminosas fornecem status e sustentação mútua e atendem, indiretamente, atividades econômicas ilícitas dos seus membros. Elas regulam o comportamento entre os membros, como uma associação profissional, e podem desenvolver uma estrutura hierárquica."Governos do submundo" precisam ter uma estrutura hierárquica para evitar o conflito interno e trabalhar efetivamente. Eles também precisam ser reconhecíveis.

Em muitos casos, isso é conseguido por meio de alguns símbolos. Associações criminosas podem funcionar como "governos do submundo". Em contraste, as demandas na estrutura da organização são bastante diferentes para empresas ilegais e outras formas de organização criminosa, de modo que elas raramente aparecem como uma organização.